Capítulo XXXI


Oh, Xena... menuda historia tengo que contarte.

Gabrielle se echó a reír por lo bajo al leer esas palabras en su diario, recordando muy bien el día en que las escribió.


El Renacimiento se había extendido por todas partes cuando se enteró de que se iba a celebrar un concurso de bardos en Britania... digo, en Inglaterra, se recordó Gabrielle. Decidió que ya era hora de olvidarse de la manía que le tenía a aquel lugar e ir a echar un vistazo. Ya es hora de sustituir esos recuerdos por algo mejor, reflexionó cuando por fin desembarcó, cruzando los dedos mentalmente para conseguirlo.

El lugar había cambiado mucho durante los siglos que habían transcurrido desde que estuvo aquí y sin embargo, todavía daba una sensación salvaje e indómita a pesar del aire civilizado que tenía. Gabrielle se dirigió despacio a la ciudad, llamando la atención lo menos posible. Una mujer que viajaba sola por los caminos seguía interpretándose como una invitación para tomarse libertades por parte de bandoleros y ladrones, aunque en esta época había algunas posibilidades más para protegerse de ellos. Así y todo, Gabrielle no tenía el menor deseo de convertirse en blanco para ellos, aunque estaba claro que podía acabar fácilmente con cualquiera que lo intentara.

Por fin llegó a la ciudad y se dirigió con cautela al patio del palacio donde se iba a celebrar el concurso. Había mucha gente alrededor y acabó cerca de la mesa donde se apuntaban los participantes. Se había dicho a sí misma que sólo venía a escuchar, pero sintió que se le agitaba la sangre de una forma muy placentera a medida que el ambiente se iba apoderando de su ser.

Notó un escalofrío delicioso por la espalda y antes de poder pensárselo dos veces, Gabrielle se apuntó para participar en el concurso.

La mañana y la tarde pasaron agradablemente y hacía años que Gabrielle no se divertía tanto. Muchos narradores se subieron al escenario, algunos buenos, otros no. Pero todos eran entretenidos, aunque sólo fuera cuando salían corriendo del escenario para evitar que les tiraran fruta podrida.

Debido a lo tarde que se había apuntado, Gabrielle iba a actuar la última y había muchos participantes. Y ya estaba casi anocheciendo cuando un joven, el penúltimo participante, se levantó.

Estaba claro que era uno de los preferidos del gentío, a juzgar por el aplauso que recibió cuando lo presentaron, y hasta Gabrielle se dejó arrastrar por su historia de intriga y penalidades. Cuando terminó, la gente aplaudió y gritó hasta que Gabrielle se preguntó si debía intentarlo siquiera. Entonces el maestro de ceremonias pidió silencio y el gentío se calmó.

—Eso ha estado muy bien, Will —le dijo sonriendo al joven, que parecía insoportablemente satisfecho de sí mismo—. Y ahora —dijo el maestro de ceremonias—, tenemos un bardo más, que se ha apuntado a última hora... demos la bienvenida a la bardo Gabrielle.

El aplauso fue cortés, pero el silencio estaba cargado de expectación. Aparte de que era el favorito de la gente, Will siempre actuaba el último, y el hecho de que se tratara de una mujer la que iba a actuar en público era algo casi inaudito en esta época. La narración de historias no era algo que muchas mujeres eligieran hacer, por lo menos fuera de casa.

Así que esperaron con paciencia y todos se quedaron prendados de unos ojos verdes y una ligera sonrisa cuando Gabrielle posó la mirada sobre el público, intentando establecer contacto visual con todo el mundo. Entonces abrió la boca para hablar.

La historia que contó era sencilla: su propia historia con sus propias palabras. O parte de ella, al menos. Había partes que eran demasiado personales para compartirlas y otras eran sencillamente imposibles de creer. Habló de una heroína guerrera, humana y con defectos, que no siempre tomaba la decisión correcta, pero siempre lo intentaba. Habló de su compañera, que se quedó sola a causa de esas decisiones, y de su empeño por encontrar a la guerrera. Por último, les habló de su reunión triunfal y de la alegría que supuso.

Hubo un silencio total cuando Gabrielle terminó y se apartó, sintiéndose agotada como no se sentía desde hacía muchos años. De repente, el preferido de la gente, Will, saltó al escenario y le levantó el brazo como ganadora. Atónita, la multitud empezó a gritar con un rugido de aprobación.

Gabrielle se vio rodeada de numerosos participantes que ardían en deseos de felicitarla. El maestro de ceremonias tuvo que apartar a la gente a empujones para llegar al centro del escenario donde estaba Gabrielle, hablando con los participantes y aceptando las aclamaciones del público.

Alzó la mano para pedir silencio.

—Damas y caballeros... creo que ya tenemos ganador. La bardo Gabrielle.

Las ovaciones volvieron a resonar por el patio y el maestro de ceremonias dejó que siguieran un rato antes de alzar las manos de nuevo.

—En nombre de sus majestades, entrego la bolsa de este año a Gabrielle. ¡Enhorabuena!

Gabrielle aceptó la pequeña bolsa asintiendo con una sonrisa y los participantes volvieron a rodearla. En más de una ocasión notó manos que intentaban alcanzar la bolsa, pero las lecciones que con tanta paciencia le había inculcado Xena sobre los puntos de presión venían bien para algo más que el mareo y curar.

Por fin, el gentío empezó a dispersarse para volver a sus casas y a las aldeas que rodeaban el castillo. Gabrielle se quedó un momento mirando a su alrededor y luego un toque en el codo hizo que se diera la vuelta.

—¿Sí? —Hizo una pausa—. Will, ¿no es así?

—Sí, bardo Gabrielle —empezó, pero se detuvo al ver cómo meneaba la cabeza y alzaba la mano—. Lo siento, me...

—Will, respirad hondo, ¿de acuerdo? Me llamo Gabrielle a secas: ni bardo Gabrielle, ni doña Gabrielle, ni dama Gabrielle, ni cualquier otro título que se os pueda ocurrir. Gabrielle a secas.

Will le sonrió.

—Pues muy bien, Gabrielle a secas. Me preguntaba si os gustaría venir a casa conmigo.

Unas cejas rubias subieron hasta el nacimiento del pelo igualmente rubio y unos cálidos ojos verdes se convirtieron en hielo.

—¿Cómo decís?

—¿Qué...? Oh... ¡¡OH!! —Sacudió la cabeza y se rió un poco—. No, no... lo siento, Gabrielle. No quería decir eso... al menos en ese sentido. Perdonad. Para ser bardo, tengo la horrible costumbre de no transmitir con mucha claridad lo que quiero decir al hablar normalmente. Permitidme que empiece de nuevo.

Gabrielle asintió, advirtiendo el rubor que teñía el rostro de Will.

—Creo que por eso suelo ganar —se dijo éste por lo bajo. Miró de nuevo a Gabrielle y le hizo un gesto para que se sentara antes de hacerlo él mismo—. Cuando hablo, cometo toda clase de errores, digo cosas que no debería o que no quiero decir y suelo quedar en vergüenza. —En sus ojos apareció un brillo—. Pero cuando cuento historias...

Gabrielle esperó y terminó por él.

—Cuando contáis historias, os transformáis en otra persona. Contáis sus historias con sus palabras.

—¡Exacto! —dijo Will con emoción, encantado de que lo entendiera—. Desaparezco al fondo a medida que surgen los personajes. —Vaciló—. Pero vos no hacéis eso. Vos os habéis convertido en parte de la historia. Ha sido tan real... tan personal... como si lo hubierais vivido de verdad. Me gustaría que me enseñarais.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Will, eso no es algo que se pueda enseñar. La técnica, sin duda. La cadencia, por supuesto. Pero las historias tienen que ser parte de vos. Y no podéis contarlas simplemente. Tenéis que vivirlas, experimentarlas, creer en ellas tanto que se conviertan en vuestra verdad.

Will se quedó mirándola largamente con timidez.

—Esa historia era cierta, ¿no es así? Vos sois una de las personas de la historia.

Gabrielle no necesitó contestar. La verdad era evidente en sus ojos cuando Will la miró.

Se dio una palmada en los muslos y se levantó.

—Bueno, mi invitación sigue en pie. Sois libre de venir a alojaros conmigo... o no. Me gustaría conoceros, o sea, como amigo. O sea...

Gabrielle se apiadó por fin de él.

—Lo comprendo, Will, de verdad. Creedme... cuando se ha vivido tanto como yo, se aprende a interpretar las señales. Por eso vuestro primer ofrecimiento me ha sorprendido tanto. No me parecía... —Hizo un gesto con la mano—. Olvidadlo. Invitadme a una copa y luego veremos qué podemos hacer.


—¿No teméis las habladurías de la gente, Will? A fin de cuentas, yo sólo estoy de paso.

—Gabrielle, os aseguro que lo que piense la gente sobre el hecho de que os alojéis en mi casa sólo puede mejorar la reputación que tengo. Se me considera el idiota del pueblo... otra razón por la que creo que me siguen la corriente y me dejan ganar el concurso de bardos. Al prepararme para ellos, estoy ocupado y no doy problemas.

—No tenéis mucha seguridad en vos mismo, ¿verdad, Will?

Se encogió de hombros.

—Nunca he tenido muchos motivos para ello. Durante toda mi vida, la gente me ha dicho lo estúpido que soy. Cuesta superarlo cuando es lo único que se oye.

Gabrielle se mordió el labio, recordando muy bien cómo era su vida antes de Xena y la semilla de seguridad que Xena había logrado plantar en el fondo de su alma.

—Escuchad, Will. Me quedaré con vos durante un tiempo. Tal vez... tal vez podamos encontrar vuestra verdad.


El camino de regreso a Avon no fue largo, pero ya estaba oscuro del todo cuando llegaron a casa de Will.

—Pasad. No es gran cosa, pero es mi hogar.

Will encendió las velas, le pasó una a Gabrielle y se quedó con la otra mientras se movía por la casa encendiendo las demás. La casa era pequeña, pero bien cuidada, y Gabrielle miró a su alrededor contenta y sorprendida. La zona principal de la vivienda consistía en una sala de estar de buen tamaño con una gran chimenea en un extremo. La cocina donde se encontraba ahora ocupaba otro lado de la estancia principal y también tenía una gran chimenea.

A un lado había dos puertas y Will abrió una con timidez.

—Ésta era la habitación de mis padres. No es mucho, pero he intentado mantenerla limpia.

—¿Han muerto? —preguntó Gabrielle amablemente.

Will se echó a reír.

—Oh, no. A mi padre lo llamaron para que trabajara de alguacil real. De hecho, hoy los he visto.

—¿Y no les importará...? —Indicó la habitación que tenían delante.

—No. No están aquí, y no bromeaba al decir que vuestra presencia sólo puede mejorar mi reputación. —El joven se sonrojó—. Espero que no os molesten algunas de las cosas que se dirán sobre vuestra estancia... a solas conmigo, quiero decir.

Gabrielle le puso una mano con ternura en el brazo, haciendo que se sonrojara aún más.

—Will, si algo he aprendido en esta vida es a no dejar que lo que piensen otras personas me afecte. Tengo que hacer lo que es correcto y lo mejor para mí, el resto se queda por el camino.

Will se lo pensó un momento y luego le sonrió alegremente.

—Me gusta vuestra filosofía, Gabrielle. Buenas noches.

Sin esperar su respuesta, Will cerró la puerta y se fue a su propia habitación. Gabrielle contempló el pequeño cuarto con la cama bien hecha y muebles fuertes y sencillos y asintió con satisfacción. Ésta podría resultar una temporada muy agradable.


—Will, os lo estoy diciendo... así no es como ocurrió.

El hombre levantó las manos con gesto de hartazgo.

—Pero Gabrielle, es que no hay drama... no hay tragedia.

Gabrielle se recostó en su asiento y se frotó los ojos cansados. Llevaban varias semanas trabajando sin parar. O más bien, ella le contaba historias a Will y éste las retorcía para "darles un aire dramático", según decía él. Para Gabrielle, no era más que enredar los hechos.

—Will, ¿por qué tiene que haber drama? ¿O tragedia? ¿Acaso la vida no es suficientemente dura sin añadirle más fealdad como entretenimiento?

Se levantó de la mesa.

—Ésta era una historia de amor clásica, Will. Familias enemistadas, intrigas mezquinas y una chica decidida a no seguir viviendo sin su amado. Hasta el punto de que estaba dispuesta a morir antes que casarse con alguien a quien no amaba o ver cómo el que amaba hacía lo mismo.

Gabrielle se puso a dar vueltas.

—Un chico que llegó al extremo de hacer que el tiempo se repitiera hasta que pudiera encontrar una manera de impedir que su amada se suicidara. No sólo eso, sino también hasta que pudiera encontrar una manera de poder estar por fin los dos juntos. Y ocurrió, Will. Yo estuve allí. Ese día se repitió durante ocho días seguidos hasta que cada detalle quedó encajado en su sitio. Y la pareja vivió feliz para siempre. No es muy frecuente, lo sé, pero a veces ocurre y así fue esta vez. Lo sé. Volví a visitarlos varios años después. Seguían tan felices y enamorados como la primera vez que los vi. —Gabrielle soltó un resoplido de exasperación—. ¿Por qué es tan difícil dejar que vivan felices para siempre?

Se volvió para mirarlo fijamente y luego se trasladó a la ventana.

—¿Es que la felicidad vale ya tan poco que se puede prescindir de ella por el puro drama?

Will se frotó los ojos y empezó a hablar suavemente.

—No, no vale tan poco, pero lo cierto es, Gabrielle, que el amor verdadero es tan, tan infrecuente... —Alzó una mano cuando ella quiso hablar—. Dejadme terminar, por favor.

Gabrielle asintió y volvió a sentarse en el sofá. Will fue a la ventana y se quedó mirando fuera, de espaldas a la habitación.

—El amor verdadero es muy infrecuente, Gabrielle. La mayor parte del mundo jamás lo ve, ni tiene la fortuna de experimentarlo. Es como un cuento de hadas. Si vuestro compañero os acaba gustando, en general se considera que vuestro matrimonio es un gran éxito. —Suspiró—. Y lo triste es que la tragedia atrae a la gente porque les recuerda que las cosas siempre podrían ir mucho peor de lo que van. Saber que el vecino está peor hace que uno se sienta mejor consigo mismo. Es un hecho terrible de la condición humana, pero también es muy cierto. Además —continuó en un tono tan bajo que Gabrielle tuvo que esforzarse para oírlo—, me habéis dicho que escriba sobre lo que conozco. Y os aseguro que he tenido mis desgracias en el tema del amor.

Gabrielle se llevó una mano a la nuca y se la frotó.

—Está bien, Will. Haced lo que queráis con esto. Yo voy a ver si se me ocurre una tragedia auténtica para vos.


Will se preguntaba qué estaba haciendo Gabrielle. Le parecía que no hacía más que pasarse horas sentada mirando al vacío. No tenía forma de saber que estaba repasando siglos enteros de recuerdos intentando decidir qué suceso trágico podía compartir con él.

Repasó su vida en casa, en Potedaia, antes de conocer a Xena. Aburrida, tal vez, pero un cordero perdido no se podía considerar trágico precisamente. La "muerte" de Xena por el dardo de Calisto; la muerte de Xena por el árbol; su propio amago de muerte al ser quemada viva. Ninguno de estos hechos era trágico gracias a su final.

El momento en que asesinó a Meridian; su violación a manos de Dahak; Esperanza; el momento en que traicionó a Xena y la muerte de Solan como consecuencia; los meses que habían pasado llenas de dolor y casi odiándose la una a la otra. Todo muy trágico y demasiado personal para compartirlo. Sólo de pensar en esos recuerdos se le llenaba la garganta de bilis.

La muerte definitiva de Esperanza; la destrucción de Eva. También eras cosas que no le apetecía compartir. Y no estaba dispuesta en absoluto a contar la última acción de Xena. Ya había contado muchos más detalles de esa historia de lo que había planeado y no la iba a usar como base para otra tragedia, aunque después de todo el tiempo que había pasado, la narración de esa historia tenía tantas posibilidades de enfurecerla como de hacerle daño.

Su mente siguió recorriendo la historia, recordando a todas las personas que había conocido por el camino. Por fin, hacia el mediodía de su cuarto día de contemplación, Gabrielle se irguió y cogió papel y pluma. Sabía qué historia quería contar... muy trágica y muy cierta.

Pasó días sentada, llenando una hoja de papel grueso tras otra con su letra larga y fina. Will se preguntaba si paraba para algo. Estaba escribiendo cuando él se levantaba por la mañana y seguía en ello cuando se quedaba dormido por la noche.

Por fin, tras pasar varias semanas escribiendo, Gabrielle se levantó de su asiento con una sonrisa de satisfacción. Recogió el manuscrito y lo sostuvo un buen rato.

—Bueno, los hechos que aparecen en estas páginas ocurrieron de verdad. Yo estuve allí, así que lo sé. Esto es un relato directo de lo que vi y de lo que sé. —Miró el rostro serio de Will—. Si decidís usarlo, vais a tener que cambiar algunos detalles para que la historia real quede oculta. Tengo varias ideas sobre cómo podéis hacerlo, pero primero quiero que leáis la historia verdadera.

Entonces se hizo el silencio en la casa, salvo por el roce ocasional de papel mientras William leía. Gabrielle esperó hasta que estuvo segura de que estaba totalmente inmerso en la historia y entonces desapareció para darse un baño. Le parecía que se había ganado un rato largo de estar a remojo después de las horas que había dedicado a confeccionar la historia que le había dado a Will.

Will estaba poniendo la mesa en silencio cuando Gabrielle regresó a la casa. Todavía le gustaba la naturaleza libre y se alegraba muchísimo de que Will tuviera un pequeño arroyo que cruzaba por su finca. Le encantaba darse baños calientes, pero en las últimas semanas había pasado tanto tiempo pensando en su vida con Xena que tenía la necesidad de bañarse como lo había hecho durante esa parte de su vida. Además, necesitaba alimentarse, y eso le daba la oportunidad de hacer ambas cosas sin provocar habladurías.

El olor del estofado flotaba en el aire y Gabrielle tomó asiento por indicación de Will. Éste colocó un cuenco en cada sitio y dejó el pan entre los dos. Entonces se puso a comer, sin decir palabra.

Gabrielle lo dejó en su silencio, respetando su necesidad de asimilar la historia que le había dado. Cuántas veces había hecho Xena lo mismo, aunque en el caso de Xena, se debía tanto al hecho de que guardar silencio formaba parte de su naturaleza como a cualquier otro tipo de consideración.

Will se terminó el cuenco y se levantó para repetir, comprobando atentamente cómo iba Gabrielle. Cuando volvió a sentarse, dio vueltas al estofado y carraspeó para hablar.

—¿Esa historia es cierta? —Tenía la voz algo ronca.

—Sí —dijo Gabrielle escuetamente. No quería influir en sus ideas.

—Mm... pues... aah, teníais... mm... teníais razón sobre lo de la tragedia. A mí nunca se me habría ocurrido una cosa así ni aunque me dedicara a pensar un millón de años. De hecho, seguro que me habría dado a la bebida —comentó con una sonrisa sardónica.

Ella levantó su copa y él le devolvió el saludo.

—Pero es una historia con mucha fuerza. ¿De verdad pensáis que podemos cambiarla lo suficiente para que la gente no reconozca la base de verdad que tiene?

—Pues sí. Lo he estado pensando. Vamos a terminar de cenar y luego podemos sentarnos con papel y pluma. Entonces veremos lo que se nos ocurre.

Will se apresuró a terminar de comer, evidentemente ansioso por sumergirse en el proceso creativo. En cuanto estuvo seguro de que Gabrielle había acabado, retiró los cuencos y llevó papel a la mesa. Con un frasco de tinta delante y una pluma afilada en la mano, se sentó preparado para escuchar sus comentarios.

Gabrielle carraspeó.

—Bueno, lo primero que creo que deberíamos hacer es añadir a las Parcas... que sean brujas, si queréis, pero tienen que ser un tema constante de principio a fin, para atarlo todo.

—Oh, eso me gusta... un poco de misticismo y ocultismo siempre viene bien para dar fuerza. ¿Qué más?

—¿Y si hacemos que el señor feudal sea un rey? ¿Y en lugar de venganza, que el motivo sea la codicia?

La pluma se movía velozmente mientras Gabrielle hacía sus sugerencias y Will se esforzaba por no perderse.

—Queréis intriga... en lugar de dos hermanas, que sean marido y mujer. La mujer quiere que su marido sea rey y lo convence de que el asesinato es la única forma de lograrlo. Las Parcas... las brujas podrían hacer que ese acto lo lleve a la locura.

—Oh, cómo me gusta esto. ¿Cómo lo vamos a llamar?

—Pues, ¿dónde queréis que ocurra? Eso influirá a la hora de elegir los nombres. Pero... —Hizo una pausa—. No podéis situarlo en Alemania. Allí es donde ocurrió esto. Tenemos que alejarlo de su origen.

—Mmm... ¿Escocia, tal vez? Podríamos llamarlo... Mac... lo que sea. ¿MacDuff? ¿MacDonald? ¿Macbeth?

Gabrielle se lo pensó largamente.

—Eso me gusta... Macbeth, Lady Macbeth... suena bien, ¿no?

Will sonrió de oreja a oreja.

—Sí, ya lo creo. Seguro que hasta podríamos crear unos buenos rumores sobre ese nombre. —Se echó a reír a carcajadas—. Gracias, Gabrielle. Creo que he encontrado mi voz. Esto nos va a hacer famosos. Pondrán esta obra en todas partes... en teatros cubiertos, en el parque, puede que incluso en teatros al aire libre junto al mar.

Gabrielle sonrió.

—Me alegro, Will. Habéis sido muy amable conmigo y un buen amigo. ¿Pero queréis hacer algo por mí?

—Lo que sea, Gabrielle. Decidme.

—No pongáis mi nombre. Lo único que he hecho es colocaros en el buen camino, pero estas historias os van a hacer famoso. Yo no quiero ser famosa, Will. No puedo serlo.

Will miró a los ojos verdes del otro lado de la mesa y de repente vio en ellos una antigüedad que no había notado hasta ahora. Fuera cual fuese su secreto, cargaba con él desde hacía mucho tiempo, y se descubrió asintiendo.

—Pero no me parece bien quedarme con vuestras historias. Pensaba que compartiríamos el mérito...

Gabrielle le cogió las manos.

—Will, os regalo las historias. Podéis cogerlas y reescribirlas como queráis. Dadles vuestro toque especial de dramatismo, ¿de acuerdo? Para mí será un placer decir que os conocí en los orígenes.

Shakespeare se sonrojó.

—Sois una mujer muy especial, Gabrielle. Gracias.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Hago lo que hago, Will. No sé ser de otra forma.

—Pues me alegro de haber tenido la oportunidad de conoceros y trabajar con vos, aunque la cosa tenga que quedar entre nosotros.

—Creedme cuando os digo que es mejor así. Estáis destinado a la grandeza, William Shakespeare.

Él volvió a ruborizarse y se levantó a toda prisa, intentando disimular su vergüenza. Con las prisas, volcó el vino y la copa y el líquido cayeron directamente en el regazo de Gabrielle. Ésta se levantó, cogió una servilleta y frotó la mancha con energía.

—¡Fuera, mancha maldita! ¡Acababa de lavarme esta ropa!

—Perdonad, Gabrielle. Me...

—No os preocupéis, Will. Saldrá a base de frotar. Voy a cambiarme y luego podemos seguir trabajando.


—¿Dónde irás ahora, Gabrielle? —le preguntó Shakespeare mientras volvían caminando a la ciudad donde se habían conocido un año antes. Gabrielle no iba a competir, pero le había prometido a Will que se quedaría el tiempo suficiente para ver cómo ganaba.

—A Alemania, creo. Tengo antojo de buena cerveza y ahí hacen la mejor que he probado nunca.

—¿En serio?

—Sí. Deberías hacer un viaje y probarla.

—Tal vez algún día —dijo Will—. Gracias a ti, tengo tantas ideas... tantas historias que quiero contar que voy a tardar años en contarlas todas.

—Sé lo que sientes, Will. Por eso sé que triunfarás.


Shakespeare ganó el concurso y dividió sus ganancias con Gabrielle. Ésta intentó rechazarlo, pero él no se lo permitió y, para no montar una escena, ella aceptó la bolsa con elegancia. Luego lo abrazó estrechamente, le dio un beso en la mejilla y desapareció en la niebla de la noche.


Gabrielle se alegró de volver a pisar tierra firme, aunque el viaje por mar no le resultó demasiado molesto, gracias al talismán de Dita. Pero necesitaba alimentarse de nuevo y realmente le apetecía una buena cerveza.

Llegó a Munich. No había pasado un siglo completo desde su última visita, por lo que se quedó de piedra al ver una estatua bastante fiel de sí misma colocada en una de las plazas del mercado. Gabrielle se acercó a un vendedor que la miró fijamente, se volvió y estudió con atención la estatua y luego miró de nuevo a Gabrielle.

—¿Sois descendiente? —preguntó el hombre, indicando la estatua—. Nunca he visto a nadie por aquí que se parezca a ella.

Gabrielle se encogió de hombros.

—No sé. ¿Quién es?

El hombre meneó la cabeza.

—La verdad es que no conozco su nombre. No se menciona en ninguna de las historias. Pero es la que convenció al duque Guillermo IV de que la cerveza no tenía por qué ser nada más que cebada, lúpulo y agua pura. Menuda diferencia para nuestras destilerías y nuestra cerveza.

Gabrielle se frotó la nuca, recordando muy bien la lucha que había tenido para convencerlos y la gratitud que le demostraron cuando probaron la diferencia. Pero nunca se había imaginado que le iban a hacer una estatua. Levantó la mirada y se dio cuenta de que el hombre esperaba una respuesta.

—Qué historia tan increíble. Mm, ¿dónde puedo conseguir una de esas cervezas?

El hombre señaló.

—La taberna está tres edificios más allá. Tiene la mejor cerveza de la ciudad.

Gabrielle asintió.

—Gracias, amigo... por el consejo y por la historia.

—De nada, bonita. —Se quitó la gorra y se medio inclinó ante ella.

Gabrielle se dirigía a la taberna cuando su anillo de talismán empezó a relucir y hormiguear. Era la señal preestablecida que habían acordado Dita y ella para indicar que Gabrielle tenía vía libre para visitar el Olimpo. Sonrió. Hacía mucho tiempo que no veía a su amiga, la diosa del amor, y echaba de menos esa presencia rubia y algo alocada como una constante en su vida. Estaba deseando volver a ver a Afrodita.

—Pero primero, me voy a tomar esa cerveza.



Capítulo XXXII


—¡Uuh, chatunga! —exclamó Afrodita toda emocionada al tiempo que abrazaba a Gabrielle con fuerza—. Ni te cuento lo superencantada que estoy de tenerte aquí. ¡Cuánto te he echado de menos!

Gabrielle le devolvió el abrazo fieramente. Hacía muchísimo tiempo que no se veían y era un placer volver a estar con alguien que la conocía, que sabía cosas de ella que nadie más podía y que era alguien a quien conocía y en quien confiaba.

Estuvieron largo rato abrazadas, hasta que por fin Dita se apartó para mirar bien a Gabrielle. Le pasó una mano por el largo pelo rubio, siguió delicadamente los rasgos de su cara y acabó posando la mano en el hombro de Gabrielle.

—Estás estupenda, cosita. Supermolona total. —Tiró de la mano de Gabrielle y la llevó a la tumbona, donde se dejó caer y dio unas palmaditas en el espacio libre que quedaba a su lado—. Alucino con lo distinta que pareces... tan fuerte, tan super en forma, tan... no sé, ¿en paz, tal vez?

—Tal vez —contestó Gabrielle—. He aprendido a vivir la vida al máximo. He conocido amigos estupendos, he hecho cosas fabulosas, he visto en persona un montón de descubrimientos nuevos. Y ahora sé, sin la menor duda, dónde está Xena... bueno, relativamente. Sólo tengo que esperar a que llegue allí.

Dita bailoteó un poco.

—Ni te cuento las ganas que tengo de que llegue esa reunión, o sea. Me da de todo sólo de pensarlo.

La diosa del amor estaba tan enfrascada en sus fantasías que no captó la sombra que cruzó por el rostro de Gabrielle al mencionar su reunión con Xena.

—Bueno —dijo Gabrielle tras unos minutos de silencio—. ¿Qué ha pasado? Quiero decir, la verdad es que no me esperaba volver aquí nunca más... teniendo en cuenta que Ares está aquí y lo que siente el resto del Panteón por mí.

Afrodita toqueteó la tela de seda de la tumbona.

—Bueno, es que Ares como que no está aquí, sabes... está montando una de esas superguerras en Turquía o algo así. En cuanto a los demás —se encogió de hombros con gracia—, han tardado un poco en superar las quejas y el lloriqueo, pero al final se han dado cuenta de que Xena les hizo un superfavor total.

Gabrielle la miró sorprendida. Dita la miró a través de las pestañas y captó perfectamente la expresión incrédula de Gabrielle.

—¡En serio, nena! El traslado a Roma fue un pelotazo total para su base de poder. Tuvieron como siglos de poder inmenso que si no, no habrían tenido. Fue una pasada de subidón mientras duró. Además, Artemisa estaba como loca porque sus nenas amazonas habían encontrado un sitio nuevo donde florecer.

—¿Y los demás?

—La verdad es que no tienen poder suficiente para malgastarlo dándole vueltas a algo que ocurrió hace casi dos milenios y que en última instancia fue bueno para ellos, ¿sabes?

—¿Así que les da igual?

—No, en realidad no. Más que nada se juntan con otros dioses, o sea, como yo con Ch'uang. Dedican cantidad de tiempo a hablar del pasado.

—¿Saben lo mío?

Afrodita negó con la cabeza.

—Nadie ha dicho una palabra y créeme, nena, me habría enterado. Estas pibas cotillean más que una panda de gallinas cluecas después de pasar una noche con un gallo.

Gabrielle no pudo evitar la carcajada que se le escapó, aunque no habría sabido explicar si se debía a lo que acababa de decir Afrodita o a la cara tan cómica que había puesto al decirlo. El caso es que le dio tal ataque de risa que se le saltaron las lágrimas y Dita no pudo evitar reírse con ella, aunque no sabía por qué se estaba riendo, sólo que la risa de Gabrielle era contagiosa.

Por fin las carcajadas se fueron apagando y se hizo un silencio interrumpido de vez en cuando por alguna risilla o un hipo. Tardó un rato, pero por fin Gabrielle pudo mirar a Afrodita sin volver a estallar en carcajadas.

—¡Uuf! —dijo con una sonrisa, abanicándose con las manos para aliviar el calor que le había entrado con tanta risa—. Por los dioses, qué falta me hacía. No me reía así desde... nunca.

Dita se rió por lo bajo.

—Yo tampoco. Pero, ¿de qué nos estábamos riendo, o sea?

La pregunta estuvo a punto de provocarle a Gabrielle otro ataque de risa, pero controló el impulso con un esfuerzo supremo. Respirando hondo, se volvió hacia Afrodita.

—Bueno, yo me estaba riendo por la imagen que me has creado... La idea de ver a Atenea y Artemisa y las demás contoneándose como gallinas por el patio no es algo que me esperara oír de ti.

Afrodita se lo pensó largamente con la cara muy seria. Por fin asintió.

—Vale... da igual. Bueno —dijo muy animada y cambiando de tema—, tengo una sorpresa chachi guay para ti.

Gabrielle parpadeó.

—Una sorpresa. Afrodita... no tenías por qué...

Dita le tapó la boca a Gabrielle.

—Ya sé que no. Pero créeme, preciosidad. Esta sorpresa mola todo. Te va a encantar... te lo prometo. Ahora, cierra los ojos.

Gabrielle la miró de hito en hito y ella agitó las manos con impaciencia.

—Ciérralos, y no vale mirar. —Dita se levantó y cogió a Gabrielle de las manos—. Vamos. Está en la otra habitación.

Gabrielle caminó despacio, agarrada a la mano de Dita y confiando en que la diosa impidiera que se chocara con algo. Cuando cruzaron el umbral, Gabrielle oyó el ligero zumbido de la red divina mundial y pensó que a lo mejor Afrodita tenía noticias sobre Xena. Como reacción, apretó la mano de Dita.

—¡Pero nena! ¡Tranqui! Que vas a estropear el género si aprietas tanto. Tranquilízate, ¿quieres? No es Xena —dijo y entonces notó que el cuerpo que tenía detrás se derrumbaba un poco. Afrodita se dio la vuelta, cogió a Gabrielle entre sus brazos y la abrazó mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Con ternura, secó las lágrimas que mojaban la cara de Gabrielle—. Lo siento muchísimo, Gab. Ni se me ocurrió que esto podía alimentar tus esperanzas. Yo nunca, jamás, te tomaría el pelo ni te haría una cosa así.

—Lo sé, Dita. Es que estoy tan cansada de esperar. Creo que hasta ahora mismo no me había dado cuenta de lo larga que es la eternidad. Siento que estoy sola desde siempre y a veces... —Se apartó de Afrodita y se secó los ojos antes de abrirlos. Dita tomó aliento al ver la soledad evidente en esos ojos verdes—. A veces me pregunto qué será de mí si no la encuentro. Afrodita, no sé si podría soportarlo.

—Oh, ya lo creo que la encontrarás, pequeña, y lo que es yo, estoy que me muero por presenciar esa pasada de reunión. —Agitó las caderas y bailoteó un poco—. Estoy esperando unas buenas supervibras de amor y un subidón de poder de que te pasas cuando llegue el momento.

Gabrielle se echó a reír con sorna.

—Sí, ya, pues yo sigo dudando entre besarla o matarla cuando la encuentre.

Afrodita sofocó una risotada, contenta de ver que Gabrielle recuperaba el sentido del humor.

—Bueno, si la matas primero, luego puedes besarla y hacer las paces. —Se detuvo pensando y se pellizcó los labios con los dedos—. Aunque podrías saltarte la pelea y pasar directamente a la reconciliación... aunque seguro que con una buena pelea, la reconciliación sería aún más deliciosa. Por otro lado...

—¡¡Dita!!

Afrodita dejó de pensar en voz alta cuando Gabrielle exclamó su nombre con tanta vehemencia.

—¿Mmff? —intentó decir con la boca tapada por la mano de Gabrielle.

—Por favor, me estás liando con tanto podrías y no podrías. Primero tengo que encontrarla. Ahora —dijo, cambiando deliberadamente de tema—, ¿dónde está mi sorpresa?

Dita soltó un chillidito y dio una palmada.

—Oh, cómo mola. Al loro con esto.

Llevó a Gabrielle hasta una pequeña mesa de mármol cerca de la red divina.

—Sé que has estado escondiendo tus pergaminos cada vez que pasas por Grecia. —Se puso las manos a la espalda y empezó a pasearse, haciendo aparecer sus gafas cuando habló de nuevo—. Los he cogido, unos pocos de cada vez, los he transcrito y los he puesto en forma de libro para ti. Luego los he devuelto al lugar donde los escondiste. —Dita miró a Gabrielle de frente—. Me imaginaba que, o sea, los habrías ocultado allí por algún motivo.

—¿Has leído mis pergaminos? —Gabrielle tragó con dificultad, pues nunca se había imaginado que alguien pudiera leer sus pergaminos. Se había asegurado de guardarlos en el único lugar donde estaba segura de que nadie, ni siquiera los dioses, iría a buscarlos.

Dita negó con la cabeza.

—No, en realidad no. O sea, no mucho. He visto trozos, mm... detallitos. La... mm, la red divina los escaneó y cuando terminé con todo lo que pude encontrar, o sea, pues lo imprimí.

—¿Por qué? —Un susurro ronco. Sabía muy bien lo personales que eran algunos de esos pergaminos.

—¿Por qué qué? —Se volvió y advirtió alarmada que la cara de Gabrielle lucía una palidez enfermiza, en lugar de su sano color habitual—. ¿¡¿Gabrielle?!?

Gabrielle cerró los ojos y se concentró en respirar. Cuando sintió que el mundo recuperaba el equilibrio, abrió los ojos y dirigió una sonrisa trémula a Dita.

—Lo siento, Afrodita. Es que me has pillado un poco desprevenida. Nunca pensé que nadie fuera a encontrar mis pergaminos... y mucho menos a leerlos. En ellos había cosas muy personales. Por eso los escondí en la...

—En la tumba que creó Hefestos. Lo sé. Me preguntaba por qué habías entrado allí. Cuando encontré los pergaminos, pues pensé que sería una sorpresa supertotal para ti. —Dita se quitó las gafas y miró a Gabrielle con franqueza—. Lo siento, Gabrielle. No pretendía fastidiarte. Sólo intentaba hacer algo bonito para ti.

Gabrielle cogió las manos de Dita.

—Ya lo creo que has hecho algo bonito para mí. Es que no me esperaba una cosa así. Siento haber herido tus sentimientos con mi reacción. Te conozco y sé que no tenías mala intención. Bueno, ¿puedo verlos?

Dita se quedó mirando a Gabrielle largamente y vio cómo recuperaba el color. Entonces fue a su mesa y cogió cuatro grandes libros encuadernados en cuero. Regresó a la mesa de mármol y los depositó con estrépito.

—Has escrito un montón, chati, ¿lo sabes?

Gabrielle asintió, demasiado atónita por los intrincados detalles de las tapas para decir una palabra. Pasó la mano por cada tapa, fijándose en los distintos símbolos que Afrodita había grabado en cada una de ellas. Por fin, tomó aliento entrecortadamente.

—Gracias, Afrodita. Son... fantásticos. ¿Puedo... compartirlos contigo?

Dita sonrió y dio palmas, pegando brincos como una niña por la emoción.

—Qué ganas tenía de que quisieras hacerlo, porque me ha sido megadifícil ser buena cuando estaba organizando todo este tinglado. Has tenido unas aventuras superguays.

Gabrielle acarició la tapa del primer libro.

—La verdad es que sí, y he conocido a gente interesantísima. —Abrió el libro por la primera entrada y advirtió que ponía la fecha en la esquina superior derecha—. ¿Los has ordenado?

—Pues sí. O sea, ¿cómo si no lo ibas a leer? Por eso he visto trocitos... ya sabes, al buscar fechas y cosas así. Hay que ver la cantidad de información que conseguías meter en uno solo de esos pergaminos, o sea.

Gabrielle asintió y sonrió.

—Lo sé. Xena me tomaba el pelo con eso. Decía que era capaz de meter más historias en un solo pergamino de lo que era físicamente posible —añadió riendo. Miró a Afrodita—. ¿Cómo lo has metido todo en cuatro libros? He hecho muchas cosas a lo largo de los siglos que llevo vividos.

—¡A mí me lo vas a decir, nena! Ni te cuento la cantidad inmensa de tinta y papel que ha hecho falta para copiar esos pergaminos. Pero ha merecido la pena, si te gustan. —Afrodita bajó la mirada con timidez. Ésta era probablemente una de las cosas más personales e íntimas que había hecho en su vida en las que el sexo no tuviera algún tipo de papel. Se sentía un poco insegura, dada la reacción inicial de Gabrielle.

Gabrielle se levantó de su silla y fue hasta donde estaba sentada Dita con aire dubitativo, abrió los brazos y estrechó a la diosa del amor cuando Dita la abrazó.

—Me encantan, Dita, y tú también. Gracias por estar pendiente de mí —dijo suavemente.

Gabrielle no vio a Afrodita secándose las lágrimas que le caían de los ojos. Pero notó el beso ligero que le rozó la coronilla y oyó su susurro:

—¡Eso es lo que hace una amiga por otra, Gab!

Tras un largo abrazo, Dita consiguió controlar sus emociones y se apartó.

—Bueno, venga. ¡Quiero leer lo bueno!

Gabrielle se echó a reír, y al poco las dos estaban leyendo los libros con avidez.


—No te haces idea de cuánto he disfrutado con esto... de la falta que me hacía.

—¡Yo también, nena bárdica! Te digo sinceramente que hacía como siglos que no lo pasaba tan superguay ni me reía tanto, o sea. Ahora ten cuidado, ¿vale? Sé que mi hermano ha estado superocupado últimamente con sus movidas guerreras. Si no, ya se habría pasado a verme.

—Lo tendré, Dita. Gracias por preocuparte. Significa mucho para mí.

—Bueno, no dejes de venir a despedirte de mí cuando te marches, si puedes, ¿de acuerdo? Ya se tiene que estar acercando el momento.

Gabrielle asintió.

—Eso espero. Estoy deseando que esto acabe.

Afrodita le apartó a Gabrielle el flequillo de la frente.

—Lo sé —respondió suavemente.


Gabrielle suspiró mientras contemplaba la ciudad. Incluso desde aquí percibía el olor cobrizo de la sangre, y sintió que se le alargaban los colmillos como reacción. No era algo que deseara sentir, pero hacía tanto tiempo que no tenía la oportunidad de cazar y alimentarse que no pudo evitarlo. El hecho de que la humanidad pareciera estar en guerra de nuevo contra sí misma no hacía sino exacerbar el problema.

Gabrielle no había estado en la Galia desde hacía mucho tiempo y nada de lo que veía ahora la llevaba a cambiar de opinión sobre el lugar. La pobreza campaba por sus respetos y mucha gente tenía un aspecto sucio y demacrado, como si los hubieran arrastrado por la tierra y llevaran años sin alimentarse adecuadamente.

Gabrielle debía tener cuidado al cazar. No quería causar problemas en lo que claramente era una sociedad inmersa en dificultades, pero necesitaba la sangre. Encontró un cerdo pequeño y lo desangró y luego curó con cuidado la carne para dejarla a la puerta de algún desdichado.

Los problemas que padecía este país conocido ahora como Francia eran descomunales, pero ella quería contribuir a la causa del bien supremo. De modo que Gabrielle viajó por el país, haciendo lo que podía para aliviar la carga de la gente corriente que la rodeaba.

Muchos la creían un ángel y ella no los sacaba de su error, dejando que pensaran que un ser mitológico había acudido para aliviar sus penalidades.

De modo que tardó mucho en llegar al centro de la ciudad que había despertado su hambre y tuvo que regresar al campo al abrigo de la oscuridad para saciar su necesidad.

Saciada por fin y segura de que su regalo había sido aceptado por una familia que se había mostrado amable con ella, Gabrielle se internó en la ciudad para ver qué podía hacer para ayudar.


Encontró una taberna, limpia y con un vino decente, y se sentó a descansar un poco. Al cabo de un rato, entró un grupo de revolucionarios franceses, hablando a voces.

—¡Tabernero! ¡Cena y vino para todos!

El hombre que estaba detrás de la barra asintió y a los pocos minutos el grupo estaba servido. La comida y la bebida los tranquilizaron un poco, cosa que sorprendió a Gabrielle. La experiencia le había enseñado que el alcohol tendía a hacer que los hombres se envalentonaran más y montaran más jaleo.

Sin pretenderlo, se le aguzaron los sentidos y escuchó sin dificultad la apagada conversación que se desarrollaba en la mesa cercana. Encargó una comida para que no sospecharan de sus motivos, aunque su vestido llamaba la atención de todas formas.

Encogiéndose de hombros mentalmente, prestó atención a los revolucionarios y asintió dando las gracias a la camarera cuando le puso la comida delante.

—Os lo digo yo, tenemos que encontrar la forma de detener a la Pimpinela Escarlata. Se nos están escapando demasiados aristócratas soberbios por culpa de él y sus compinches. Si queremos que esta revolución tenga éxito, ¡tienen que morir todos!

—Vamos, Pierre. Su sangre ya tiñe de rojo las calles. ¿Qué más da que se escapen unos pocos? El país es nuestro. ¡Jamás nos lo volverán a arrebatar!

Un capón hizo que el que hablaba se mordiera la lengua y mirara avieso a Pierre, que le devolvió la mirada sin arredrarse.

—¡Idiota! —bufó—. Mientras no los tengamos a todos, siempre existe la posibilidad de que regresen e intenten recuperar lo que creen que es suyo por derecho.

Jacques asintió despacio y Pierre siguió hablando.

—Han ordenado a Chauvelin que encuentre a la Pimpinela. Ha hecho correr la voz por las calles. Un millón de francos por la Pimpinela, vivo o muerto. Quinientos mil por cualquier otro miembro de su banda. Podemos ser patriotas y hacernos ricos al mismo tiempo.

La mente de Gabrielle retrocedió varios meses, a la época en que estaba trabajando en un pueblo de la costa.


Cuando se marchó de Grecia, Gabrielle se dirigió hacia el norte y caminó hasta llegar al mar. Entonces dirigió sus pasos hacia el oeste, dispuesta a superar la manía irracional que todavía tenía a la Galia y sus habitantes. Recordaba muy bien cómo había sido aquella tierra bajo los romanos y esperaba sinceramente que hubiera cambiado con el tiempo.

Estuvo deambulando cerca de la costa durante un tiempo, encontrando numerosas familias necesitadas y dándose cuenta de que estaban en medio de una revolución, a juzgar por las historias que corrían por el campo de vez en cuando. Pero había tanta gente a quien ayudar que no consiguió llegar a la ciudad para confirmarlo. Dado lo que se rumoreaba, no estaba muy segura de querer hacerlo.

En una noche de julio, estaba en lo alto de un acantilado mirando hacia el norte, hacia Inglaterra. Ahora ya tenía recuerdos mucho mejores de ese país y estaba recordando la temporada que había pasado con Will. Éste había superado sus expectativas y se había convertido en el bardo más famoso y prolífico que había visto nunca ese país. Se alegraba. Había sido un buen amigo para ella y había logrado transformar muchas de las historias que había compartido con él en algo más grandioso de lo que ella misma se podía haber imaginado.

Algunas eran incluso historias que él le había contado en sus meros inicios, y estaba asombrada por lo refinadas que eran las obras definitivas.

Por el rabillo del ojo divisó una goleta británica que se acercaba a la costa. Se movía con aire furtivo, y Gabrielle se fundió fácilmente con las sombras que tan familiares le eran.

El barco estaba oculto en una cala natural que impedía que ojos curiosos lo vieran a menos que supieran con exactitud dónde mirar. Los hombres que salieron del barco iban vestidos con ropa adecuada para operaciones secretas y clandestinas, y Gabrielle observó con interés mientras se dirigían con cautela hacia la ciudad.

Estuvo vigilando varios días, preguntándose qué habría sido de los hombres, hasta que por fin, en la cuarta noche, regresaron con un hombre que caminaba con los ojos vendados, amordazado y con los brazos atados a la espalda.

Gabrielle salió de las sombras, haciendo que la pequeña comitiva se detuviera de golpe.

—Apartaos, señora —ordenó una cultivada voz inglesa, amenazándola con una espada—. No tengo el menor deseo de haceros daño, pero no os interpondréis entre nosotros y el éxito de nuestra misión.

Gabrielle apartó la espada de un manotazo como si no tuviera importancia ni fuera una amenaza.

—Habladme de vuestra misión. Yo decidiré si vuestra noche terminará con el éxito o el fracaso.

El hombre enmascarado se retiró la capa de los hombros y se echó a reír.

—¿Una delicada flor como vos, mi querida señora? Me parece...

Lo que fuera a haber dicho quedó interrumpido cuando dos brazos enfundados en seda salieron disparados y el hombre cayó de rodillas. Se oyó el roce de media docena de espadas al ser desenfundadas, pero nadie se movió al oír las palabras de Gabrielle.

—Acabo de cortaros el flujo de sangre al cerebro. De modo que decidles a vuestros muchachos que guarden las espadas y hablaremos. Os quedan unos veinte segundos antes de que os falle el cerebro. Elegid.

El hombre espurreó y les hizo una seña a sus hombres, quienes envainaron las armas de inmediato y retrocedieron un paso. Gabrielle avanzó de nuevo y sus manos salieron disparadas una vez más hacia el cuello del hombre. Éste tosió y cayó hacia delante, sujetándose con los brazos a pocos centímetros del suelo.

—Ahora que cuento con vuestra atención... ¿quién sois y qué estáis haciendo? —Gabrielle se acercó al hombre que iba atado y le quitó con calma las cuerdas que le sujetaban las manos a la espalda.

El prisionero se quitó la mordaza y la venda de los ojos y luego se fijó en el grupo que seguía en silencio a su alrededor. Uno se frotó la garganta con gesto evidente y los demás se escudaron tras este acto. El hombre vio a Gabrielle y le cogió la mano con delicadeza, llevándosela a los labios para besarla.

—Madame —dijo con voz grave y acento francés—. Soy el marqués de la Noire. Y este caballero que me ha salvado la vida de las hordas de París no es sino la Pimpinela Escarlata, si no me equivoco.

El hombre que seguía frotándose la garganta se puso de rodillas con un esfuerzo y luego otro de su banda lo ayudó a ponerse en pie con las piernas temblorosas. El segundo hombre esperó a que su líder recuperara el equilibrio y luego retrocedió respetuosamente.

El primer hombre se echó la capa hacia atrás sobre los hombros y le ofreció la mano al francés.

—Lo soy, efectivamente, señor —confirmó con voz ronca. Luego se volvió hacia Gabrielle—. Mis disculpas, señora mía. Yo mejor que nadie debería saber que no se debe juzgar a nadie por su apariencia. ¿Queréis acompañarnos? Me gustaría explicaros nuestra misión, pero tenemos que llevar al marqués hasta el barco a toda prisa.

Gabrielle se lo pensó. Los hombres de la Pimpinela no habían hecho amago de atacarla, aunque sin duda habían querido y, salvo porque había juzgado mal su delicadeza, y Gabrielle sofocó una carcajada al pensar en eso concretamente, el hombre se había mostrado muy caballeroso. Sin embargo, era evidente que no se fiaba de él, aunque no percibía ningún peligro real por su parte. Era simplemente una situación extraña, y su curiosidad de bardo se impuso a cualquier sensación de peligro que la banda de hombres pudiera proyectar.

Asintió dando su consentimiento. Sin añadir palabra, los hombres rodearon al marqués y la Pimpinela cogió a Gabrielle del brazo y lo enlazó con el suyo. Entonces se puso a contar su historia.

Terminó justo cuando llegaban al barco y estaba casi sin aliento de tanto hablar. Gabrielle se quedó en silencio mientras él recuperaba la respiración, horrorizada por lo que le había contado. Por fin, la Pimpinela pudo hablar de nuevo.

—¿Comprendéis ahora por qué hacemos lo que hacemos? ¿Y por qué hacemos que parezca un secuestro? No servimos de nada si nos encierran o nos matan.

Gabrielle se rió con sorna.

—Sí, supongo que lo de estar muerto podría dificultar mucho vuestros planes. —Y pensó en la cantidad de veces que eso le había causado más problemas de los que había resuelto—. Guardaré vuestro secreto, Pimpinela, y os deseo éxito en vuestra empresa. Puede que no esté de acuerdo con el gobierno, pero sí sé que no acepto las matanzas masivas.

—Yo tampoco, señora mía. Yo tampoco.


Y desde entonces, Gabrielle se había topado en varias ocasiones con la Liga de la Pimpinela Escarlata y, aunque nunca contribuyó directamente a su causa, se aseguraba de que estuviera informado de los asuntos de la capital que le contaban los numerosos viajeros que se encontraba por el camino.

Ésta, sin embargo, era la primera vez que ella misma estaba en la capital, y se preguntaba por qué había decidido venir. Estaba oscuro cuando llegó y le entró curiosidad al percibir el olor abrumador a sangre que le ponía el pelo de punta.

Cuando se hizo de día, su curiosidad se transformó en asco y, por primera vez desde hacía siglos, Gabrielle se puso físicamente enferma del estómago al ver a la gente que aplaudía mientras otros eran decapitados. Los recuerdos que le trajo la visión de la guillotina eran horriblemente desagradables, pero el regocijo de la gente era repugnante hasta extremos que Gabrielle no pudo soportar.

Se dio la vuelta y se abrió paso a través de la masa de cuerpos, estremeciéndose cada vez que oía el ruido de la hoja al caer y tragándose la bilis que le subía por la garganta con cada grito de alegría que surgía después.

Por las prisas de irse, no se fijó en el militar bajito que estaba de pie al borde de una tarima con una mano metida por dentro del chaleco mientras observaba impasible lo que ocurría. Y no llegó a ver cómo los ojos oscuros del hombre más alto que estaba al lado del general recorrían la muchedumbre, preguntándose qué era lo que de repente le había acelerado el pulso. Sólo una persona le había causado ese efecto en toda su vida y llevaba muerta casi dos milenios.

Ares sacudió la cabeza, atribuyendo la deliciosa sensación a la sangre que corría libremente por las calles de París. La purga iba muy bien y el hombre que estaba a su lado no tardaría en estar preparado para crear un nuevo imperio.

—Vamos, Napoleón. Tenemos que hacer planes.

El general miró a su mentor largamente antes de asentir. Había aprendido mucho de este hombre que se llamaba como el antiguo dios griego de la guerra. Pero pronto llegaría su momento y el mundo temblaría al oír el nombre de Napoleón Bonaparte.


Gabrielle esperó a la Pimpinela, pues quería despedirse y advertirlo de la subida del precio que habían puesto a su cabeza. Él le dio las gracias por el aviso y se separaron como amigos. Hasta años después Gabrielle no averiguó su identidad, así como toda su historia.

Volvió sus pasos hacia Grecia, pues había decidido que estaba preparada para viajar al nuevo territorio que ahora se conocía como Estados Unidos de América. Allí era donde estaba segura de que volvería a encontrar a Xena. Había algo en aquel lugar que la llamaba, incluso cuando lo cruzó por primera vez. Aparte de eso, Dita prácticamente se lo había confirmado cuando estuvieron un tiempo viajando juntas por aquellas tierras.

Gabrielle dejó que su mente repasara todos los sitios por los que había pasado en esa tierra salvaje e indómita y se preguntó cuánto habría cambiado en el trancurso de los siglos desde que estuvo allí. Esperaba que no mucho. Quería que Xena experimentara la belleza que ella había visto.

Entonces sus pensamientos se centraron en Xena y se preguntó cómo reaccionaría al estar tan lejos de su época y su patria. Estaría desconcertada, sin duda, y confusa, ¿pero estaría furiosa? ¿Apenada? ¿Cómo se comunicaría? ¿Haría amigos o intentaría hacerlo todo sola?

Gabrielle sonrió. Conociendo a su guerrera, seguro que se topaba con todos los desafíos posibles mientras intentaba averiguar cómo volver a casa.

El sonido de una música le llamó la atención, y Gabrielle salió del camino y miró a su alrededor para ver de dónde salía. Lo que vio la sorprendió un poco, y se acercó al jovencito que estaba sentado a solas en el escenario, al parecer ajeno al resto del mundo.

Se sentó a la sombra de un árbol y dejó que la música la inundara. Tenía algo que la atraía y le recordaba varios hechos de su vida. Cuando terminó, siguió sentada, con los ojos cerrados, dejando que la paz que le habían traído los recuerdos se posara en ella como un vino dulce. Notó que el joven se acercaba, pero esperó a que tapara el sol antes de abrir los ojos.

—¿Le ha gustado el concierto? —preguntó el chico con un deje de arrogancia.

—Sí, me ha gustado —contestó ella plácidamente—. Toca usted muy bien.

—Lo he escrito yo mismo.

—Pues es precioso. Me ha gustado mucho. ¿Hay una historia detrás?

Él ladeó la cabeza. Estaba acostumbrado a reacciones muy distintas, pero curiosamente, apreciaba la sinceridad de ésta. Sonrió y le ofreció la mano a Gabrielle.

—Pues sí que la hay. Me llamo Richard... Richard Wagner.

Gabrielle le estrechó la mano y dejó que tirara de ella para ponerla en pie.

—Bueno, Richard Wagner, encantada de conocerlo. Yo me llamo Gabrielle. ¿Tal vez le gustaría contarme la historia? Y luego yo le puedo contar una historia a usted. Quién sabe, a lo mejor descubre en ella algo sobre lo que escribir.

Wagner se echó a reír.

—Venga, Gabrielle. Creo que a maman le va a encantar conocerla.

Y el adolescente la llevó a casa de sus padres.


PARTE 17


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades