Capítulo XXIX


Tony había cogido su equipaje y lo había dejado en una habitación libre antes de llevarla donde Leo estaba trabajando. El taller era totalmente distinto de lo que se esperaba Gabrielle. Había planos y bocetos por todas partes, ideas de las que Xena y ella habían hablado hechas realidad sobre el papel.

Colgados del techo había varios modelos: un par de ellos los reconoció, pero el resto... modelos viables que se movían y funcionaban como pensaba que debían de hacerlo los equivalentes de tamaño real.

En las paredes había bocetos y dibujos a lápiz tan detallados que Gabrielle casi se echó a llorar por su belleza. Se quedó parada largo rato en medio de la estancia, limitándose a asimilar la magnitud del genio creativo, y los dos hombres la observaron en silencio, apreciando su pasmo.

Al cabo de unos minutos, Gabrielle tomó aliento con fuerza y miró de frente al artista a quien había venido a ver.

—¡Leonardo da Vinci! ¡Sois un farsante!

Dos pares de ojos oscuros estuvieron a punto de salirse de sus órbitas al oír las palabras y el tono. Da Vinci avanzó un paso hacia ella y Tony se le adelantó. Pero Leo captó el brillo risueño de los ojos verdes de Gabrielle y retuvo a Tony.

Tony se volvió para mirar a Leo a la cara y se fijó en sus ojos chispeantes. Se volvió en redondo y vio la sonrisa de puro deleite de Gabrielle. La miró enarcando una ceja inquisitiva.

—"Se dedica a pintar", dijo Cris. "Es un geniecillo". ¿Un geniecillo? Leo, esto es fantástico. —Rodeó un modelo de una máquina voladora y alargó la mano con delicadeza, pero se detuvo antes de llegar a tocarlo—. ¿Vuela?

No le dio ocasión de contestar y se agachó para observar la nave submarina, y se acordó de la vez en que Xena y ella se vieron atrapadas en esa situación.

—¿Esto está hecho a propósito? ¿De verdad habéis querido meter un barco bajo el agua?

—¡Oh, sí! Creo que es posible hacer que los barcos viajen por debajo del agua. Mirad... —Indicó las turbinas acuáticas que estaban funcionando en una esquina del tanque—. Creo que con esto se podría impulsar un barco debajo del agua.

—Vale —dijo Gabrielle despacio—. ¿Pero por qué querríais hacerlo?

—Es que tengo una teoría —empezó Leo, que agarró a Gabrielle de las manos y se la llevó hasta su mesa de trabajo. Tony meneó la cabeza y regresó a la casa para empezar a preparar la cena para todos.

Leonardo dedicó horas a compartir sus ideas y teorías con Gabrielle, cuyos ojos relucían y brillaban por el caudal de ideas que inundaban la conversación. Cuántas de estas cosas eran ideas que Xena y ella habían discutido tantos años atrás en las numerosas charlas junto al fuego que habían mantenido durante sus viajes. Saber que otros habían llegado por fin a las mismas creencias y conclusiones resultaba gratificante.

Por su parte, a da Vinci le encantaba tener a alguien nuevo con quien hablar. Quería a Tony, pero Tony no hablaba mucho. Escuchaba estupendamente, pero rara vez tenía la necesidad de aportar sus ideas a la conversación. Gabrielle, por el contrario, estaba encantada de hablar, discutir y conversar sobre toda clase de ideas y pensamientos.

Así fueron transcurriendo los días de la mañana a la noche, aunque pasaban la mayor parte del tiempo en la casa para incluir a Tony, hasta que éste los echaba para tener un poco de paz y silencio. Leo planteaba una idea y Gabrielle escuchaba. Entonces ella expresaba sus propias opiniones y ya no había manera de parar la conversación. En muchas ocasiones hacía hincapié sobre un punto y él detenía la charla para poder tomar nota. Luego retomaban el hilo y seguían adelante.

Tras casi una semana de conversaciones sobre prácticamente todas las cosas que había bajo el sol y algunas sobre el propio sol, Leo por fin abordó el motivo inicial que había tenido para invitar a Gabrielle a su villa.

—Bueno, ¿habéis decidido dejar que os pinte?

Gabrielle meneó la cabeza. Había visto algunos de los cuadros de Leo y estaba segura de que era una forma fácil de quedar inmortalizada. Ya tenía suficientes problemas con la inmortalidad para encima ponerles rostro.

—Mm, no —dijo por fin—. Me preguntaba en cambio si estaríais dispuesto a tomarme como discípula durante un tiempo... para que aprenda de vos.

Leo se lo pensó un rato y luego se encogió de hombros.

—Lo puedo intentar. Puedo enseñaros la técnica, la mezcla de colores, el manejo del pincel, pero el arte mismo... —Le dio un golpecito en el pecho—. Eso tiene que salir de dentro. No puedo enseñaros el sentimiento.

Ella asintió.

—Eso lo comprendo, Leo. Todas mis mejores historias proceden de aquí. —Se dio una palmadita en el pecho—. Y no es algo que pueda explicar. Es algo que tengo que sentir para poder contárselo a los demás.

Da Vinci asintió sabiamente.

—Pues ya comprendéis lo más importante. El resto es pura mecánica, y cualquier buen maestro puede instruir a un alumno deseoso de aprender.

De modo que a la mañana siguiente Leo colocó a Gabrielle delante de un caballete instalado en un rincón de su taller. Pasó varias horas explicándole los temas de la percepción y el sombreado y le enseñó varios de sus bocetos.

—Primero hago un boceto de mis ideas antes de sacar las pinturas. Eso me ayuda a visualizar lo que quiero mostrarle a la gente con mi arte... me enseña todas las posibilidades que encierra el cuadro que quiero crear. —Hizo una pausa—. ¿Sabéis dibujar?

Gabrielle se quedó pensativa.

—Nunca lo he intentado, pero... —No completó la frase—. Creo que sabría.

Leo se quedó mirándola largamente, esperando a que volviera a posar la mirada en él. Cuando por fin se dio cuenta de que la estaba mirando, le sonrió nerviosa y se frotó la nuca.

—¿Qué?

Él fue a su mesa y se puso a revolver las cosas y a abrir y cerrar cajones. Sin decir palabra, Tony entró en la estancia, apartó hábilmente a Leo, hurgó en la pila de papeles que había en la mesa y cogió un taco de papel bien encuadernado. Se lo entregó a Leonardo.

—La cena está lista —anunció Tony sin más, sabiendo que lo seguirían de vuelta a la villa.

—¿Cómo sabía...? —preguntó Gabrielle, señalando el cuaderno que ahora tenía Leo en las manos. Da Vinci sonrió mirando el cuaderno y se encogió de hombros.

—No sé. Siempre sabe cuándo necesito algo y le echa mano sin el menor esfuerzo. —Se calló al darse cuenta de lo que se podía deducir de lo que acababa de decir y se sonrojó levemente. Gabrielle tuvo la amabilidad de limitar su reacción a una expresión de risueño descaro en los ojos. Leo carraspeó y continuó—. Bueno, he hecho unos cuantos cuadernos como éste. He estado intentando mejorar la imprenta y he descubierto que la encuadernación es importantísima para la calidad de un libro. Así que he hecho unos cuantos de éstos y ahora los uso como cuadernos de dibujo. —Le pasó el cuaderno a Gabrielle, que lo cogió delicadamente—. Que lo disfrutéis con salud, querida mía.

—Gracias, Leo. Estoy deseando ver si ésta es una de las muchas cosas que sé hacer.

Se quedó extrañado al oír la tristeza de su tono, pero la expresión distante de sus ojos le impidió hacerle preguntas. En cambio, entraron para disfrutar de la estupenda cena que les había preparado Tony.


Durante los días siguientes, Gabrielle pasó horas fuera. Leonardo descubrió que echaba de menos la compañía de Gabrielle, pero volvió a centrarse en sus estudios científicos, incorporando algunas de las ideas de las que habían hablado los dos. Tony también la echaba en falta, porque había añadido algo a su cocina.

Cada vez que cualquiera de los dos iba a ver cómo estaba, se la encontraba contemplando el vacío sin hacer gran cosa. Sólo de vez en cuando veían cómo se movía el carboncillo por el papel.

Por fin, al cabo de casi una semana, Gabrielle regresó en silencio al atardecer. Dejó el cuaderno de dibujo con cuidado y se hundió en el sillón de pensar de da Vinci, situado cerca del gran ventanal del taller.

Se puso a contemplar la vista, sin advertir siquiera que Leo dejaba su propio trabajo y se acercaba a ella.

—¿Algún problema?

Gabrielle lo miró, le sonrió levemente, y luego se encogió de hombros y volvió a concentrarse en la vista que se divisaba por el ventanal.

Leo se frotó la barba, intentando encontrar un modo de interrogarla sin resultar demasiado metomentodo o condescendiente. Por fin, habló sin más.

—No deberíais sentiros desilusionada, Gabrielle. No todo el mundo sabe dibujar, ya lo sabéis. Tal vez podríais intentar pintar simplemente.

Entonces ella le sonrió de nuevo y él captó la tristeza que acechaba tras la expresión ligeramente traviesa que se advertía en esas profundidades verdes. Alargó la mano para coger el cuaderno de dibujo e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Dibujar no ha sido el problema, Leo. Parece que se me da bien. Pero no puedo pintar esto. Las imágenes son demasiado personales para mí.

—¿Puedo verlo? —preguntó Leo titubeante—. Ya sé que no es para el consumo público —dijo alzando una mano—. Creedme cuando os digo que eso lo comprendo perfectamente. Yo mismo tengo varios dibujos así. Tengo varios bocetos que jamás verán la luz del día porque... bueno, mirad... podéis verlo vos misma.

Fue a un pequeño cofre situado en un rincón de la estancia. Levantó la tapa y sacó varias hojas, la primera de las cuales le provocó una sonrisa.

—Siempre he querido pintar a Tony. Tiene una cara y un cuerpo preciosos. Pensaba que sería un cuadro increíble. —Leo le pasó la hoja a Gabrielle—. Estaba en lo cierto.

Gabrielle cogió las hojas dubitativa, sintiendo que estaba cotilleando, aunque Leo se las ofrecía para que las viera. Lo miró a los ojos un poco más y él asintió. Gabrielle volcó su atención en las hojas y sintió que se le desorbitaban los ojos.

El amor que el pintor sentía por su modelo era evidente en cada trazo del lápiz. Gabrielle sintió que había irrumpido en la intimidad del dormitorio de alguien y se volvió de nuevo hacia Leonardo.

—Son tan... personales.

—Sí, de modo que ya lo veis, lo comprendo. Pero también me gustaría ver vuestro trabajo, si pensáis que podéis compartirlo... con otro pintor. Nadie más lo verá... ni siquiera Tony, sin vuestro permiso.

Gabrielle se quedó mirándolo largamente, sopesando sus palabras y su sinceridad y comparándolas con la necesidad que tenía de conservar su intimidad. Y descubrió, cosa sorprendente, que quería su opinión sincera, al saber que comprendía al menos parte de su dilema.

Dudó y luego le pasó el cuaderno y volvió a mirar por la ventana mientras él lo estudiaba. Durante un rato, lo único que se oyó en la estancia fue el roce ocasional de las hojas y la respiración de dos personas. Luego sólo se oyó la respiración, pues el roce del papel cesó. El brusco silencio se alargó interminablemente, hasta que Gabrielle miró a Leo a la cara para intentar calibrar su reacción.

Las lágrimas que tenía en los ojos la sorprendieron y se arrodilló a su lado. Leonardo contemplaba el dibujo, sin advertir su presencia. Le puso una mano en el brazo y preguntó suavemente:

—¿Tan malos son?

Él sacudió la cabeza y luego dijo susurrando:

—Son increíbles. ¿Quién es ella?

—Alguien que lo es todo para mí... alguien que desapareció de mi vida hace mucho tiempo.

Los dibujos eran todos los recuerdos de Xena que más quería, pero el que contemplaba Leo era especialmente precioso para ella. Era Xena tal y como se le apareció a Gabrielle cuando sus almas dejaron la cruz antes de ascender al cielo. La expresión de puro amor y alegría del rostro de Xena era tan intensa que resultaba palpable incluso sobre el papel.

—Os amaba —afirmó.

—Sí, y yo la amo a ella.

—¿Todavía?

Un gesto de asentimiento.

—Siempre.

—Comprendo vuestro problema, Gabrielle —dijo con tono práctico—. Tal vez os vendría mejor pintar simplemente... algo que podáis ver, en lugar de algo que recordáis.

Gabrielle asintió despacio.

—Puedo intentarlo —dijo por fin.

Leo asintió.

—Estáis muy dotada. La habilidad ya la tenéis. Dejad que trabaje para vos. —Indicó el caballete que había colocado en el rincón para ella una semana antes—. Está ahí dispuesto, preparado para que empecéis cuando queráis. Dejad que el arte os guíe.

Después de eso, todos los días, al menos durante un rato, Gabrielle se colocaba delante de la plancha de madera. Añadía un poco cada vez: a veces no daba más que una pincelada y en otras ocasiones se quedaba horas trabajando en pequeños detalles.

Ni Leo ni Tony consiguieron ver la obra hasta que estuvo terminada. Podrían haberle echado un vistazo, por supuesto, pero Gabrielle la mantenía tapada con una tela cuando no estaba trabajando y ellos respetaban su necesidad de intimidad.

Por fin, llegó el día en que terminó y Gabrielle dejó el cuadro sin tapar y se fue a dar un paseo. Estaba segura de que ninguno de los dos hombres podría resistir la tentación de mirar, dada la oportunidad, y quería prepararse para la reacción que pudieran tener.

Cuando regresó a la villa, la casa estaba en silencio. Se alegró de ello. Así tenía tiempo de darse un baño, experiencia de la que disfrutó al máximo. Leonardo había ideado un cuarto de baño completo con cañerías internas y a Gabrielle le encantaba su eficacia.

La casa seguía vacía cuando terminó, y pensó que ya había remoloneado todo lo posible. Armándose de valor, fue hasta el taller y asomó la cabeza por la puerta.

Leo y Tony estaban sentados delante del cuadro, contemplándolo en silencio. Se volvieron para mirarla un momento cuando Gabrielle cruzó el umbral y luego siguieron contemplando el retrato que tenían delante.

—¿Quién es? —preguntó Tony cuando el silencio se hizo opresivo.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Es muchas personas. Tiene vuestros ojos, Tony, y las manos de Lisa. La forma de su cara es la de Leo y la ropa pertenece al ama del obispo. El pelo es parte de un recuerdo mío y la forma del cuerpo es la del panadero.

—Es increíble —comentó Leo por fin—. ¿Cómo se llama?

Gabrielle se encogió de hombros.

—No sé. Podéis llamarla como queráis. Os la regalo.

Leonardo sofocó una leve exclamación.

—Gabrielle... eso es... es... Gracias. Es asombrosa.

—Con una condición, Leo. —Éste ladeó la cabeza y esperó a que continuara—. Es vuestra. Vuestra obra, vuestro arte, vuestro nombre.

—Pero... ¿por qué? —preguntó Tony con cara de desconcierto.

—Es lo mejor para mí, Tony, y todo el mundo sabe ya que Leo es "un geniecillo" con respecto al arte —dijo Gabrielle soltando una risita taimada. Leonardo reaccionó como corresponde a un adulto y le sacó la lengua.

—Pero...

—Tony —interrumpió Leo con tranquilidad—. Déjalo. Lo comprendo. —Y la mirada que cruzó con Gabrielle le aseguró a ésta que su comprensión era más profunda de lo que se podía imaginar.

—¿Y cómo la vais a llamar?

—No lo sé. ¿Mona tal vez? De Muchos Oscuros y Nefandos Atributos... Liberados Inmanentes y Sacrílegos A Los Objetos Curiosos y Animados...

Gabrielle estalló en carcajadas.

—¿¡¿Mona Lisa Loca?!? —Hizo una pausa, sin dejar de reír—. Aunque Mona Lisa me suena bien. —Volvió a encogerse de hombros—. Podéis llamarla como queráis, Leo. Es vuestra. —Su voz se hizo más suave al tiempo que lo estrechaba en un firme abrazo, contenta cuando se vio correspondida en igual medida—. Gracias, Leo.

—¿Por qué, amiga mía? —Y le apartó el flequillo rubio de los ojos.

—Por enseñarme. Por hablar y escuchar. Por dejar que me quede aquí y por ser simplemente mi amigo. No sabéis la diferencia que habéis supuesto en mi vida.

Leonardo le dio un beso a Gabrielle en la cabeza.

—Y vos no sabéis la diferencia que habéis supuesto en la mía.

—¡Eh! —interrumpió de repente la voz de Tony—. ¿Se trata de un abrazo privado o puede participar cualquiera?

Gabrielle y Leo se separaron un poco para dejar que el hombretón participara y Tony los estrechó inmediatamente a los dos entre sus brazos. Pasaron varios minutos hasta que Tony se apartó.

—Bueno, voy a ver qué puedo preparar para la cena.

Esperaron a que volviera a la villa antes de volverse de nuevo el uno hacia el otro.

—¿Cuánto tiempo más os podéis quedar? —preguntó Leo tras un momento de silencio.

—Una temporadita. Me tomo las cosas según van viniendo.

Leo se echó a reír.

—Todos deberíamos hacer eso. El mundo sería un lugar más agradable. —Hizo una pausa—. Sabéis que aquí sois bienvenida miestras estéis a gusto.

—Lo sé. Gracias, Leo.


Al final, Gabrielle se quedó más tiempo del que pensaba. A los pocos meses, el padre de Leo falleció y luego un tío al que quería mucho. Y luego, de repente, Tony murió en plena noche. Sin una enfermedad de la que fueran conscientes, sin un dolor que hubiera mencionado jamás: simplemente exhaló su último suspiro mientras dormía.

Leo se quedó destrozado y Gabrielle permaneció con él mientras se recuperaba. Pasaron muchas horas hablando y por fin llegó el día en que Leo volvió a sonreír.

—Siento haber cambiado tus planes de una forma tan drástica —dijo da Vinci la noche antes de que Gabrielle se fuera—. Espero que no te hayas perdido nada importante.

Gabrielle le cogió las manos.

—No había nada más importante que esto. Tony era buena gente y me considero afortunada de haberlo conocido.

Leo se soltó las manos y se volvió hacia la ventana.

—Todavía lo echo de menos —dijo con sencillez.

Gabrielle sonrió con tristeza.

—Siempre lo echarás de menos, pero lo importante es que lo querías y lo recuerdas. Eso le permite seguir viviendo.

—Tú vives así cada día, ¿verdad? —preguntó sin apartarse de la ventana.

—Y desde hace más tiempo del que consigo recordar —replicó Gabrielle en voz baja.

Entonces, por fin, Leonardo se apartó de la ventana.

—Eres una mujer de gran fuerza y coraje, Gabrielle. Gracias por haber venido aquí. Gracias por compartir tantas cosas conmigo. Te deseo mucho éxito en tu viaje... y tu búsqueda.

Aunque nunca habían hablado de ello, Gabrielle se dio cuenta de que Leo comprendía mucho más de lo que le había explicado. Lo miró interrogante y él sonrió.

—Se nota... es tus palabras y tus actos... y en tu arte. Que tengas suerte, amiga mía.

—Tú también, Leo.


Por razones que sólo más tarde pudo atribuir a una curiosidad macabra, Gabrielle se dirigió a Roma. Había oído comentarios sobre el arte que se podía ver allí y quería ver con sus propios ojos cómo se comparaba con la obra de Leo. Además, Roma y ella tenían historia, y le interesaba ver cómo aguantaba la vieja ciudad el peso de los años que habían transcurrido.

Lo que se encontró le resultó a la vez sorprendente y descorazonador. Gran parte de lo que había conocido se estaba desmoronando a su alrededor y le recordaba lo vieja que era en realidad. Por otro lado, no le importaba que el Coliseo que tanto a ella como a Xena les había causado tantos sufrimientos se estuviera convirtiendo en una ruina.

Paseó despacio por las calles de la ciudad, mientras sus brillantes ojos absorbían todas las cosas nuevas que se veían por las aceras y los bulevares de la capital. Como en otras partes de Italia, las artes abundaban en Roma. Mirara donde mirase, Gabrielle veía el florecimiento de los filósofos y eruditos y oía retazos de conversaciones que le recordaban a las charlas que mantenía con Xena tantos años atrás.

—Parece que el mundo nos está alcanzando por fin, amor —susurró por lo bajo y luego emprendió la búsqueda de un alojamiento cómodo.

Pasó varios días recorriendo la ciudad, impresionada de nuevo por la calidad del arte que ahora florecía a su alrededor. Las esculturas, en madera, bronce y mármol, tenían detalles tan exquisitos que Gabrielle estaba maravillada por su complejidad. Hizo una mueca cuando se dio cuenta de que la mayor parte estaba dedicada a algún aspecto de la religión, pero luego dejó eso de lado y se dedicó a disfrutar de las obras por la belleza del arte mismo.

Al entrar en una catedral más, se encontró una obra con el sencillo título de David. Le dio tal ataque de risa que se le saltaron las lágrimas y un hombre que estaba a su lado la miró preocupado.

—¿Os ocurre algo, señorita?

Gabrielle controló la risa y se secó los ojos, tratando de no mirar la escultura por temor a echarse a reír de nuevo.

—No... no. Estoy bien, gracias.

—¿Puedo preguntaros qué os ha hecho tanta gracia?

Gabrielle señaló la estatua.

—David no era así. Y desde luego jamás se habría quedado con todo al aire de esa forma. —Se echó a reír de nuevo y fue hacia la puerta, seguida rápidamente por el hombre.

—Habláis como si lo conocierais.

Gabrielle le contestó distraída mientras miraba al otro lado del bulevar.

—Así es.

El hombre se quedó petrificado al oír la pragmática respuesta. La miró a los ojos y advirtió que eran los ojos de una soñadora, de una artista como él. Le sonrió y le ofreció la mano como saludo.

—La gente me llama Miguel. Esa escultura es mía. —Señaló hacia la iglesia.

Gabrielle se sonrojó ligeramente.

—Pues está muy bien hecha. —Se frotó la nariz—. Es que no es muy... mm... realista.

Miguel se echó a reír.

—No, pero es una buena obra de arte. Venid. Comed conmigo y os enseñaré mi último proyecto, para que podáis criticarlo también.

Gabrielle se quedó mirándolo de hito en hito.

—¿Estáis seguro de que a vuestro novio no le importará? —preguntó con picardía, atenta a la reacción de pasmo que sabía que se iba a producir.

—Yo no... ¿Cómo habéis...? Da igual. ¿Queréis venir o voy a comer solo?

Ella se cogió de su brazo y Miguel la llevó por el bulevar hacia la capilla donde estaba trabajando.

—Bueno, ¿por qué habéis ido a la catedral en medio de la jornada laboral si estáis trabajando aquí? —preguntó Gabrielle cuando entraron en la capilla. Para ser una capilla era muy grande, pensó Gabrielle, y luego se detuvo de golpe al ver que el interior estaba totalmente cubierto de andamios—. ¿Qué...? —Se volvió y miró a Miguel a la cara.

—Me han encargado que pinte historias de la Biblia en el techo. A veces, me resulta un poco abrumador. Así que me escapo un ratito y voy a mirar a David. Así recupero un poco la perspectiva. Me recuerda que soy capaz de hacer esto, aunque tarde años.

Gabrielle miró hacia el techo y se fijó en que una pequeña parte estaba cubierta de murales. Pero con su corta estatura y los imponentes andamios, lo único que veía eran colores brillantes de vez en cuando. Volvió a mirar a Miguel Ángel, que observaba su cara con expresión risueña.

—¿No podríamos acercarnos un poco más? Lo único que veo desde aquí es mucho colorido.

Miguel se echó a reír.

—Claro. Mm, no tendréis problemas con las alturas, ¿verdad?

—Hace años que no —dijo Gabrielle con tono de guasa, recordando sus primeras experiencias con las amazonas y cómo había aprendido a caminar sobre los árboles. Miguel no advirtió su expresión distante.

—Bien —murmuró—, porque está muy alto.

Estaba muy alto, pero la subida mereció la pena, decidió Gabrielle cuando llegó al final de la escalera. Lo poco que estaba completo tenía tal riqueza de detalles que se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Esto es fabuloso! —dijo sin aliento, después de dedicar largo rato a contemplar cada panel—. La narración es increíble.

Miguel sonrió. Aunque Leo y él eran rivales desde hacía años, era una rivalidad casi amistosa y algo que los dos hombres disfrutaban en secreto. Cuando recibió la carta de Leo en la que le hablaba de la llegada de Gabrielle a Roma y le pedía a Miguel sutilmente que le hiciera el favor de cuidar de la bardo, al pintor le picó la curiosidad lo suficiente para salir en busca de Gabrielle.

De modo que lo que le había dicho a Gabrielle sobre David era cierto, pero no era cierto del todo. Llevaba los últimos siete días esperando a que llegara, pues sabía que si lo que había dicho Leo sobre ella era cierto, llegaría tarde o temprano. A título personal, se alegraba de que hubiera sido temprano. El Papa y los arzobispos se estaban escamando un poco por sus continuas ausencias.

—Gracias —dijo sonrojándose. No le iban mucho las chicas, pero Gabrielle tenía algo... —. Sabéis, el otro día recibí una carta de un amigo mutuo.

Gabrielle enarcó una ceja interrogante.

—Leo me dijo que una bella artista venía hacia aquí y que... —Carraspeó con cierta timidez y luego puso un tono nasal—. Me convendría trabar conocimiento con vos.

Gabrielle se echó a reír.

—Eso suena a Leo. —Hizo una pausa—. ¿Entonces no me he encontrado con vos por pura suerte?

—No exactamente, pero me alegro de haberos encontrado. Hacía tiempo que no me reía tanto como al oír vuestra crítica sobre David. —Señaló hacia el techo—. Este trabajo es muy tedioso y difícil. —Siguió adelante antes de que ella pudiera contestar—. No es que no me encante, pero así y todo... —Dudó—. No querréis colaborar un poco, ¿verdad?

—¿Cómo sabéis que tengo el talento necesario?

—Porque aunque Leo y yo nos peleemos mucho, jamás mentimos sobre el talento artístico —dijo sin vacilar—. En esto no hay cabida para los farsantes.

—No me conocéis ni sabéis nada de mí. ¿Cómo sabéis que no os voy a engañar ni a fastidiaros el trabajo?

—Conozco a Leo. Jamás se dejaría engañar por una cosa así y sé que habéis pasado una larga temporada con Tony y con él. Se fía de vos.

Gabrielle observó su cara, midiendo la sinceridad de sus palabras y su voz. Por fin asintió, satisfecha con lo que había visto.

—Os ayudaré, con dos condiciones —dijo finalmente.

—¿Sí? —Miguel Ángel sentía curiosidad ahora. Dado lo que le había contado Leonardo, tenía una idea de lo que iba a decir.

—No mencionáis mi nombre y me dais de comer.

—Eso sí que puedo hacerlo —dijo Miguel con una sonrisa, ofreciéndole la mano.

Gabrielle se la estrechó.

—Pues ya tenéis trato.


Gabrielle volvió al presente sobresaltada. Hacía tiempo que no dibujaba ni pintaba, y ahora sacó con cuidado el cuaderno que le había dado Leo tantos siglos atrás. El tacto del grueso papel la hizo sonreír y los dibujos volvieron a llenarle los ojos de lágrimas.

—Tendré que llevarte otra vez a Roma, Xena, y enseñarte lo que pinté. No se nota la diferencia, pero yo lo recuerdo. Era una obra de arte increíble... y lo sigue siendo. Esa época me hizo apreciar muchas cosas.

Guardó el cuaderno de dibujo y luego sacó la pluma de su diario que marcaba el punto donde se había quedado y le dio vueltas entre los dedos, recordando aquel lejano momento en que se quedó observando cómo Xena reparaba su máscara de reina para una fiesta.

—Un día, cuando tengamos tiempo, vas a tener que enseñarme a hacer una máscara de amazona, Xena. Sé que sabes hacerlo, y aunque ahora ya no me hace falta, me gustaría volver a tener mi máscara de reina. Nunca recuperaré la que me hizo Ephiny. —Se estremeció—. Tampoco es que la quiera, con los recuerdos que ahora asocio con ella.

Entonces cogió el diario, cerró la puerta y salió a la luz del sol.



Capítulo XXX


Xena dio vueltas entre los dedos a la pluma que le había dado Keto mientras cruzaba las llanuras rumbo a la parte mexicana del continente. Sólo llevaba dos días de viaje y las cosas estaban difíciles: sus compañeros animales seguían muy enfadados con ella y la pluma le traía muchísimos recuerdos de Gabrielle a la mente. Decidió concentrarse en los animales primero. El viaje le iba a dar tiempo de sobra para examinar sus recuerdos de Gabrielle.

—Vamos, chicos. Ya os he dicho que lamento haber ido sin vosotros.

No supo cómo, pero se las arreglaron para mirarla con total desdén. Xena suspiró y se detuvo. Los animales siguieron caminando despacio delante de ella.

—Lo sé... tendría que haber esperado a la primavera, pero... es que... necesito encontrar los tótems. Lo más deprisa que pueda. Tengo que volver con Gabrielle.

No la perdonaron exactamente, pero sí que dejaron de caminar y la miraron, esperando a que los alcanzara. Xena sonrió. No era la cálida bienvenida que deseaba, pero como primer paso no estaba mal.

Siguieron caminando en silencio durante un rato. Era lo que a todos les resultaba más cómodo. Por fin, Xena volvió a fijarse en la pluma que seguía sujetando en la mano.

Era larga, estrecha y del mismo tono dorado oscuro que, según recordaba Xena, tenían las plumas superiores de la máscara de Gabrielle. Aún veía claramente la expresión desafiante de la bardo al aceptar la responsabilidad y quitársela a Velasca. Xena se había sentido orgullosísima de Gabrielle en ese momento.

Xena siguió rememorando, acordándose de lo que había sentido cuando su espíritu se apoderó del cuerpo de Gabrielle. Fue la primera vez que estuvo segura de que lo que sentía por Gabrielle le era correspondido en igual medida, y fue una sensación absolutamente maravillosa y terrorífica. Y fue el primer paso de un viaje al que estaba desesperada por volver.

Dio vueltas distraída a la pluma, dejando que le acariciara los labios mientras su mente repasaba las pocas ocasiones posteriores en que había visto a Gabrielle ataviada con su ropa ceremonial. Rara vez se ponía la máscara, pues decía que le daba calor y la agobiaba. Prefería dejarla colgada en la pequeña cabaña reservada para ellas.

Xena sabía que había algo más en ello y había decidido que era misión personal suya asegurarse de que la máscara estuviera en perfecto estado para las raras ocasiones en que Gabrielle se dignaba a ponérsela. De hecho, habían hablado de ello una vez, justo antes de que Ephiny muriera.

—Es un símbolo de honor, Gabrielle. De tradición.

—Eso ya lo sé, Xena. —Gabrielle se pasó las manos por el pelo, corto desde hacía poco, llena de frustración—. Estoy orgullosa del simbolismo, del honor y la tradición que la acompañan. Pero soy tan poco digna de llevar esa máscara como Ares. No soy una reina amazona. —Suspiró—. Nunca lo he sido —terminó, con un tono mucho más apagado.

—No estoy de acuerdo contigo, Gabrielle, y tampoco lo estarían muchas de las mujeres de tu tribu. ¿Por qué crees que Ephiny te la guarda? ¿Por qué si no está colgada en tu cabaña y no en la de ella? —Xena apartó con ternura el flequillo despeinado de la frente de Gabrielle—. Un día... algún día, te pondrás esa máscara y comprenderás por qué eres de verdad una auténtica reina amazona.

Xena volvió al presente y se dio cuenta de que se estaba poniendo el sol y de que iba a tener que acampar por esa noche.

Los dos animales se fueron a cazar por su cuenta mientras Xena cazaba por la suya y cuando el gran conejo quedó desangrado, lo ensartó en un palo para cocinarlo. Ya nunca tenía mucha hambre, pero no había tardado en darse cuenta de que si le daba a su cuerpo una ración de comida con regularidad, su necesidad de alimentarse de sangre disminuía de forma significativa.

Xena odiaba esta faceta de su inmortalidad: el precio que tenía que pagar por continuar existiendo. Sus pensamientos pasaron a cómo se las estaría arreglando Gabrielle con algo parecido. La pérdida de control y dignidad resultaba humillante y Gabrielle siempre había sido mucho más sensible que Xena con respecto a la idea de matar y la muerte, incluso después de hacerse guerrera.

Era mucho más fácil y... aquí Xena sonrió ampliamente... mucho más placentero cuando estaban juntas. No era algo de lo que hablaran siquiera, pero ahí estaba. Ahora su sonrisa desapareció por completo. ¿Por qué no había pensado en eso antes de tomar su decisión en Japón? Sacudió la cabeza para despejársela. Por mucho que le diera vueltas, por muchos remordimientos que tuviera, eso no podía cambiar lo que había hecho... tanto a sí misma como a Gabrielle.

¿Lo cambiarías si pudieras?

Xena volvió la cabeza de golpe y sus sentidos hiperaguzados examinaron la zona en busca de cualquier cosa que le revelara lo que podía haber sido un susurro del viento o su propia imaginación hiperactiva. Soltó un resoplido burlón. Nadie la había acusado jamás de padecer de esa enfermedad concreta. Gabrielle siempre había sido la parte de la pareja capaz de imaginarse toda clase de posibilidades. A Xena le encantaba escuchar las reflexiones de la bardo, pero tendía a atenerse a los hechos puros y duros.

De modo que esperó, pacientemente, intentando percibir... algo, cualquier cosa... para explicar lo que había oído, lo que había sentido literalmente como una caricia sobre la piel al oírlo. Sin embargo, sus sentidos sólo captaron el silencio y la quietud, y Xena supo que no obtendría descanso mientras la pregunta siguiera repitiéndose en su mente.

Los siguientes días transcurrieron del mismo modo, aunque ahora esa pregunta pesaba en su mente. Aunque sabía que la respuesta sin duda alguna era un SÍ inequívoco, la pregunta era un recordatorio constante, un pensamiento constante. A veces, Xena estaba segura de que se iba a volver loca por esta repetición interminable, segura de que las Furias habían vuelto para atormentarla una vez más.

Por fin, a base de pura fuerza de voluntad, Xena dejó la pregunta a un lado y volvió a concentrarse en la máscara que tenía que encontrar.

Cuando le dio la pluma, Keto le explicó que encontrar la máscara le iba a resultar un poco más complicado que la búsqueda de la vara.

—Kya no decir mucho, pero tardó dos ciclos completos de estaciones en regresar con nosotros. Pluma que tienes es todo lo que queda de máscara.

—¿La destruyó?

—No. Quedó con sólo una pluma cuando tótems regresaron a casa.

Xena asintió y se preguntó cuánto le habría costado a Keto conseguir la pluma de Kya. El joven todavía guardaba un inmenso rencor a Xena por haber emprendido una búsqueda que a él le parecía que le correspondía por derecho. No podía saber que el resto de la tribu se había asegurado de que comprendiera el castigo que lo aguardaba si volvía a deshonrar a Xena.

—Necesitarás astucia para encontrar... muchas trampas, bien ocultas.

Xena asintió, cogió el pergamino y la vara y se dirigió hacia el suroeste, hacia lo que en otro tiempo había sido territorio azteca.

Ahora ya había avanzado mucho en su viaje, aunque sabía que tardaría bastante a pie. No le parecía bien llevarse uno de los pocos caballos que tenía la tribu, aunque Keto le había reservado uno para que lo usara. Estaban plagados de numerosos combates y pequeñas guerras y Xena no quería que los guerreros se quedaran escasos de recursos.

De modo que emprendió el viaje a pie y descubrió un nuevo aprecio por el mundo que la rodeaba y por la fuerza de Gabrielle tantos años atrás. Por supuesto, al no tener caballo, cargaba con bastantes más cosas de las que tenía que llevar Gabrielle. Además de la mochila donde llevaba su muda de ropa, una toalla y algunos víveres, también llevaba su tetera, su taza y su plato. El petate lo llevaba atado en la parte inferior de la mochila, pegado a los riñones.

Colgada de la cintura llevaba el arma que le había dado Michael, al otro lado una aljaba y colgado del hombro un arco corto. Agradecía la vara de un modo que no se esperaba. No me extraña que Gabrielle se aficionara a montar cuando renunció a la vara.

Poco a poco, Etor y Melo iban acercándose otra vez a ella, aunque le habían dejado claro que se habían enfadado con ella de mala manera. El zorro parecía querer perdonar y olvidar: había una expresión casi desamparada en los ojos verdes que la observaban desde el otro lado de la fogata. Pero la pantera seguía mirándola mal y gruñéndole. Sabiendo que se parecían por temperamento a ella misma y a Gabrielle, no pudo evitar preguntarse si aquello era una indicación del recibimiento que tendría por parte de Gabrielle. Casi lo esperaba. Al menos Melo quería perdonarla, aunque estuviera tardando un poco. Etor todavía parecía tener ganas de morderla.

Durante días y semanas siguieron caminando juntos en relativo silencio. Había pocas cosas que los molestaran por el camino, salvo los depredadores que eran de esperar, y el trío emitía suficiente aroma propio a depredador para que todo lo demás se apartara de ellos.

Las llanuras se fundieron con las montañas y las montañas bajaron hasta las arenas del desierto y por fin la arena dio paso a la jungla que el pergamino le había dicho que debía buscar. Aquí el aire era mucho más denso, húmedo y cargado del olor a vejez y podredumbre.

Estuvieron largo tiempo caminando con sigilo, con cuidado de no romper el silencio que era tan denso como el aire. Por fin, llegaron a una pirámide y Xena emprendió su búsqueda.

El ambiente era opresivo y no había señales de que hubiera habido nadie por aquí desde hacía muchísimo tiempo. Rodeó la zona despacio, fijándose distraída en los restos ruinosos de lo que parecía haber sido una civilización floreciente en otro tiempo.

Buscó con cuidado. Aunque tenía una idea clara de dónde sospechaba que podía estar la máscara, no le convenía pasar por alto ni las posibilidades evidentes ni las que no lo eran tanto.

Xena comprobó primero la zona de alrededor del templo, avanzando en espiral que poco a poco iba cerrrando el círculo. Por fin llegó al templo y al no ver una forma de entrar clara, empezó a subir hacia la cima.

Iba comprobando cada lado de la pirámide, pues sabía que la máscara se podía haber perdido o estar oculta, pero estaba bastante segura de que se encontraba en algún lugar del interior, dado el excelente estado de la pluma que ahora poseía.

Llegó a la cima y a la zona del altar y se dejó inundar por el asco que sintió ante lo que descubrió allí. Sin permiso consciente, sintió que se le alargaban los colmillos cuando su nariz captó el olor a sangre muy antigua. Sus ojos se posaron en las manchas que seguían en el altar y se estremeció por dentro al pensar el el horror de este lugar y en su propia reacción incontrolable.

Estaba segura de que lo que tenía delante era prueba de sacrificios humanos, y habría rezado, si aún le hubiera quedado algo de fe, para que Gabrielle no hubiera tenido que pasar por la espantosa experiencia de ver semejante atrocidad en nombre de un dios. Al saber los recuerdos que eso le habría traído, se tragó la bilis que a ella misma le subía por la garganta.

Una búsqueda meticulosa alrededor del altar dio por fin con la palanca que estaba buscando. La movió y luego esperó pacientemente a que la puerta se abriera, permitiéndole adentrarse en los misterios que llevaban generaciones ocultos a ojos curiosos.

El aire era viejo y rancio, aunque estaba relativamente libre del olor a sangre, según notó Xena con satisfacción. Examinó la entrada con cuidado y luego hizo varias antorchas con los materiales que logró encontrar por los alrededores. Tardó hasta que ya casi estaba oscuro, pero decidió que prefería estar dentro, lejos del olor a sangre y muerte. De modo que encendió una antorcha y entró, notando que los dos animales pasaban a su lado.

La oscuridad era espesa y agobiante y la antorcha poco podía hacer contra la sensación de opresión que transmitía el aire cargado. Avanzó despacio, pues Xena no quería pisar posibles trampas ni dar pie a la posibilidad de que la máscara que estaba buscando escapara a su atención.

Los escalones conducían hacia abajo, y Xena se imaginó que llevaban hasta el nivel del suelo y probablemente a una cámara principal. De modo que bajó por las escaleras lenta y metódicamente, atenta mientras los bichos y los escarabajos se escabullían a su paso y con cuidado de no molestar a las serpientes y otros seres más mortíferos que la observaban al pasar.

La oscuridad la oprimía y Xena se quedó inmóvil un momento al llegar al suelo. En la zona no había nada vivo y eso dio que pensar a la guerrera. No tenía sentido: ni que algo pudiera sobrevivir dentro del templo, ni que lo que sobrevivía evitara esa zona de suelo despejado. Entonces algo le llamó la atención en la oscuridad y dejó de lado sus ideas confusas para mirarlo mejor.

Era otro altar, pero totalmente distinto del que había visto fuera. Éste estaba en perfecto estado, salvo por la capa de polvo que lo cubría, y dispuesta sobre su superficie había una serie de cuchillos. Por la empuñadura y la forma eran muy parecidos, sólo la longitud de la hoja los diferenciaba unos de otros. Estaban limpios y seguían afiladísimos, aunque los sentidos de Xena detectaron levísimos rastros de sangre en el punto donde se unían la empuñadura y la hoja.

Rodeó despacio el altar, consciente de una serie de cosas colgadas en las paredes cercanas, aunque no se veía nada con claridad en las densas sombras fuera del pequeño círculo de luz. Xena se acercó más a las paredes para investigar. No se fijó en que la pantera y el zorro se alejaban juntos.

Justo detrás del altar colgaba una gran capa de plumas azules y verdes con una raja en un lado del cuello y manchas de sangre alrededor del boquete mismo. Una máscara ornamentada colgaba justo encima y Xena subió más la antorcha para examinarla mejor.

La máscara estaba hecha de madera y plumas, pero las únicas plumas que encontró Xena eran del color azul y verde de la capa y no las doradas que buscaba. Xena alzó una mano para tocarla, pero un ruido sordo que se oyó al lado y un poco por detrás de ella la disuadió.

Su antorcha empezó a chisporrotear y fallar, de modo que Xena cogió otra de su provisión y la encendió, dejando que la primera le siguiera dando luz hasta que se apagara por causas naturales.

A un lado de la capa había una especia de vara con cuentas y adornos que Xena no reconoció. Al otro lado colgaba un escudo, también más decorativo que útil. Xena lo tocó ligeramente y luego continuó avanzando despacio alrededor de la cámara.

Había otros objetos colgados y bien conservados en las paredes y se preguntó de dónde habían salido y por qué seguían allí cuando no quedaba nadie para apreciarlos o comprender el papel que tenían en la sociedad que a todas luces había florecido en otro tiempo en este lugar.

Cuando llegó a la pared situada directamente frente al altar, un hormigueo conocido le recorrió la espalda.

—¿Gabrielle? —susurró, aunque su mente consciente sabía que aquello era imposible. Con todo, la sensación seguía allí, y se detuvo una vez más, desesperada por no saltarse ni la más mínima pista.

Aquí había una pila de armas ensangrentadas, ninguna de las cuales se había limpiado tras su último uso, y todas ellas estaban tiradas en el suelo de cualquier manera. Agitó la nariz y se preguntó por qué habían dejado las armas en tal estado.

Sus ojos rodearon la pila y subieron despacio por la pared, posándose por fin en otra máscara. Ésta estaba sujeta con un cuchillo incrustado hasta la empuñadura entre los ojos de la máscara y clavado a la pared misma. Xena acercó más la luz a la pared, incapaz de contener la leve exclamación que se le escapó al ver claramente la máscara que tenía delante.

Era una máscara de guerra amazona y, más concretamente, era la máscara de guerra de una reina.

Xena se preguntó cómo había llegado a esta época y a este lugar, y luego dejó a un lado las preguntas para quitarla de la pared. Apartó las armas ensangrentadas y clavó la antorcha en el suelo. Luego pegó un salto, arrancó el cuchillo de la pared y atrapó la máscara con la mano libre cuando se soltó.

Xena dejó caer el cuchillo y agarró la máscara con las manos ligeramente temblorosas. Toda la parte de delante estaba salpicada de sangre. Trazó con los dedos la conocida forma, recordando las raras ocasiones en que había sostenido en las manos una máscara parecida a ésta antes de dársela a Gabrielle.

Volvió a mirar a su alrededor, con la esperanza de encontrar alguna pista que le dijera de dónde procedía la máscara y por qué estaba aquí. Al no ver nada, Xena le dio la vuelta en las manos y se quedó paralizada. Atrapados en las correas y las grietas de la parte del dorso había pelos rubios del tono que Xena sólo había visto en una sola persona en toda su vida.

—¿Gabrielle? —Alargó la mano para tocarlos y luego la apartó, pues no quería que fueran reales, pero al mismo tiempo necesitaba la confirmación táctil de la verdad que sus ojos estaban empeñados en defender.

Xena se quitó la mochila y con calma dejó la máscara encima. Luego se sentó y se apoyó en la pared, rechazando el consuelo del llanto y dejando divagar la mente.

Odiaba todo esto: odiaba donde estaba, odiaba lo que había hecho, odiaba sobre todo no saber la verdad completa de por qué estaba aquí y cómo volver a casa. Y la idea de que Gabrielle hubiera estado aquí sin ella atravesó a Xena con un dolor tan agudo que reaccionó sofocando un grito.

El zorro abandonó el lugar que ocupaba junto a la pantera y se acurrucó sin dudar en el regazo de Xena. Ésta dejó que sus manos acariciaran delicadamente el pelaje dorado rojizo, notando el grave ronroneo de satisfacción del cálido cuerpo. La pantera se acercó, colocándose como atenta centinela, pero sin ponerse al alcance de Xena.

—¿Por qué estuvo aquí, Melo? Porque sé que estuvo. Noto esa verdad hasta la médula de los huesos. ¿Cuándo estuvo aquí? Por lo que cuentan, los habitantes de este valle desaparecieron hace siglos. Está viva... y es inmortal. De eso ya estoy segura. La pregunta es: ¿cómo la encuentro?

Xena se movió para ponerse más cómoda y encendió otra antorcha.

—Podemos esperar hasta que sea de día antes de ponernos en marcha de nuevo —les murmuró a sus dos compañeros, y luego volvió a centrarse en sus pensamientos desordenados—. ¿Tú que opinas, Melo? ¿Se alegrará Gabrielle de verme cuando la encuentre? ¿También ella lo desea? ¿Querrá volver a casa o querrá quedarse aquí? Lleva sola mucho tiempo... a lo mejor prefiere... —Xena se llevó las manos de golpe a la cara y se la frotó con fuerza—. Lo siento —murmuró de nuevo—. Estoy hecha una estúpida.

¿Y por qué estás hecha una estúpida, Xena? ¿De dónde te sale este ataque de inseguridad, mmm? Gabrielle nunca te ha dado motivos para dudar o desconfiar, y si quiere quedarse aquí, encontrarás un modo para quedaros aquí y que funcione. ¡Esta vez elige ella, guerrera!

Xena sabía que esto era algo que sentía de verdad, pero era como si las palabras fueran de otra persona. Por un momento se preguntó de nuevo si las Furias habían sido enviadas para castigarla y luego desechó esa idea. No podían hacer nada que fuera peor de lo que ella misma era capaz de lograr por su cuenta. Y ahora mismo, parecía estar lográndolo muy bien... si volverse loca ella sola formaba parte del programa.

Xena sabía que pensar tales cosas no tenía sentido, pero le resultaba mucho más difícil no pensarlas en este lugar. Tal vez porque no había tenido tiempo para habituarse, tal vez porque Gabrielle no estaba aquí, tal vez... tal vez porque este sitio es deprimente y debería olvidarlo.

Cerró los ojos y dejó deliberadamente que su mente la llevara a algunos de sus recuerdos más felices con Gabrielle.


Con la mañana, su humor mejoró, y Xena atribuyó su depresión a la oscuridad del templo. No había dejado que se apagaran las antorchas durante toda la noche y ahora sólo le quedaba la última.

—Vamos, chicos. Tenemos otros sitios donde ir aparte de éste.

Xena miró a su alrededor, con la esperanza de encontrar una salida aquí en la base. Tras mucho buscar, por fin encontró una grieta en la pared que parecía una puerta y se puso a buscar una forma de abrirla. Justo cuando encontró la piedra que hacía de llave, la antorcha chisporroteó y se apagó. Xena soltó un suspiro de alivio cuando la puerta de piedra se abrió sin hacer ruido, dejando pasar el aire fresco y la luz del sol por el umbral.

Los tres se sentían aliviados de salir de la oscuridad y el aire rancio, y se alejaron despacio de la zona del templo con la máscara sujeta a la mochila de Xena y la vara bien agarrada.

Después de viajar muchos días hacia el norte, Xena llegó por fin a una zona habitada del país, pero el número de soldados que había visto en la zona la ponía nerviosa. Hacía que le ardiera la sangre... y entonces ocurrió lo impensable.

Un soldado tiró a un niño al suelo y alzó su rifle. La madre del niño, frenética y desolada, se tiró delante del niño para protegerlo. El soldado se rió con desprecio y agarró a la mujer, apartándola a un lado, y levantó de nuevo su arma.

Esta vez la madre saltó sobre él por detrás y el soldado se la quitó de encima tirándola al suelo, levantó el rifle como si fuera un palo y lo echó hacia atrás...

...para descubrirlo atrapado y sujeto por una mujer demonio de ojos azules.

Xena echó el brazo hacia atrás y le dio tal puñetazo que sintió que al hombre se le tambaleaba el cerebro antes de caer como un plomo al suelo. La mujer chilló y Xena tuvo el tiempo justo de lanzar una patada antes de que varios soldados cayeran sobre ella y se pusieran a pegarle con ganas.

Se lo permitió durante un rato: más que nada se pegaban los unos a los otros y no veía motivo para impedírselo. Sin embargo, uno de ellos tuvo la fortuna de atizarle un puñetazo en la nariz y en cuanto empezó a manar la sangre, todo cambió.

La concentración de Xena se cerró y su mundo quedó limitado a los hombres que tenía encima. Notó que se le alargaban los colmillos y que el ardor aullaba en su sangre y se lo permitió, sacando fuerzas de él para la batalla que se avecinaba.

De repente, se levantó del suelo y despacio, metódicamente, acabó con el pelotón de soldados que se le habían echado encima. Cuando todo terminó, era el único ser vivo que quedaba en el pueblecito. La gente había huido a sus casas y sólo quedaban trozos de lo que momentos antes había sido una patrulla de orgullosos soldados mexicanos.

Poco a poco, se le fueron encogiendo los colmillos y se echó hacia atrás, ensangrentada y saciada de lo que era, en realidad, los restos de una zona de guerra.

Xena regresó donde tenía las cosas, que el zorro y el felino le guardaban pacientemente. Levantó la mochila con cuidado, pues no quería manchar más de sangre la máscara, y tampoco ninguna de sus demás cosas. Cuando se agachó para recoger la vara, un siseo le llamó la atención.

Se volvió y allí estaba la mujer a quien había defendido momentos antes. Tirando de la manga de la guerrera, la mujer dejó claro que quería que Xena la siguiera y, como sus sentidos ya no estaban alarmados, Xena obedeció.

La mujer y su familia le ofrecieron a Xena un lugar donde bañarse y una comida caliente mientras la mujer lavaba la sangre de la ropa de Xena. No hablaban mucho, lo cual a Xena le venía muy bien. Hacía años que no se sentía tan agotada. Le ofrecieron una cama que tenía toda la intención de rechazar, hasta que el niño al que había salvado la miró con ojos suplicantes que le recordaron muchísimo a Gabrielle.

Xena sonrió entonces y le revolvió el pelo y él le sonrió a su vez de oreja a oreja. Mañana habría más soldados y más problemas, pero por esa noche, tenían a su propia heroína.

La familia miró alarmada a los dos animales que siguieron con calma a Xena hasta la pequeña habitación que le habían dado, pero tanto la pantera como el zorro pasaron tan tranquilos y desaparecieron.

Cuando terminó la cena, Xena fue a su habitación y abrió la ventana para mirar las estrellas. Pasó la mayor parte de la noche así tumbada, pensando en el gusto que le daba volver a luchar por una causa justa. No era como en Grecia. Incluso sin la maldición de bacante, el combate era distinto en esta época y lugar.

Con armas de fuergo, era mucho más fácil matar, mucho más fácil morir. Y sin Gabrielle para protegerle la espalda, la forma de luchar de Xena tenía que cambiar de dinámica. Había tardado años en considerar a Gabrielle como a una compañera, una igual, y ahora tenía esa costumbre tan arraigada que a Xena le resultaba casi imposible luchar de otra manera.

—Te echo de menos, bardo mía... de más formas de las que me podría haber imaginado nunca —susurró a las estrellas que iban desvaneciéndose con el amanecer—. Pero creo que tengo que encontrar un modo de volver a dedicarme al "bien supremo", al menos durante un tiempo. Me parece la mejor forma de salir adelante sin ti, hasta que vuelva a encontrarte. Siempre he estado orgullosa de ti, Gabrielle, y quiero que tú puedas decir lo mismo de mí.

Entonces se levantó de la cama y se vistió, deseosa de ponerse en marcha hacia su siguiente meta.


El pergamino no dejaba nada claro dónde tenía que ir, pero Xena sabía lo suficiente para avanzar hacia el oeste, hacia el océano. Por el camino ayudaba a los que lo necesitaban, cuidando de los enfermos, construyendo casas y corrales, arreglando vallas y de vez en cuando luchando contra los malos.

Xena disfrutaba mucho al luchar, y descubrió un renovado optimismo con respecto a sí misma y a sus capacidades al permitirse recrearse en su habilidad y sus instintos. Empezó a correr el rumor de que había una feroz defensora de ojos azules que protegía a los débiles, sólo que ahora, nadie conocía su nombre.

Simplemente llegaba, hacía lo que hubiera que hacer y seguía su camino sin hablar mucho. De vez en cuando, se veía a sus guías espirituales, pero por lo general, Xena era vista como una guerrera solitaria. No era que la gente no quisiera acercarse a ella... algunos hasta lo intentaban. Pero Xena dejaba claro que no tenía interés en hacer amigos ni otras cosas. Aceptaba una comida y a veces una cama y un baño, pero eso bastaba para satisfacer su necesidad de contacto humano.

Eso y los combates, claro está. Era entonces cuando volvía a sentirse entera, y tenía cuidado de intentar controlar su entusiasmo hasta el punto de que nadie quedara expuesto a la faceta de bacante de su personalidad.

De modo que fue subiendo despacio por la costa, con la esperanza de percibir dónde tenía que estar para encontrar el anzuelo. La descripción del pergamino hacía que le resultara muy familiar, algo que recordaba haberle visto puesto a Ephiny en la aldea amazona.

Xena reconocía sin dificultad la representación de la habilidad que concedía, pero no sabía cómo explicar que un collar de amazona hubiera acabado casi al otro lado del mundo. No estaría limitándose a seguir a Gabrielle mientras buscaba estas pistas, ¿verdad? Meneó la cabeza. No, lo sabría si Gabrielle estuviera tan cerca, de eso estaba segura. Su Gabsentido rara vez le había fallado y hacía tanto tiempo que no lo notaba que habría reconocido el cambio inmediatamente.

Así y todo, reflexionaba sobre los porqués y los cómos de los objetos que estaba obligada a rastrear. El hecho de que se encontraran en esta época y lugar era un misterio de no poco calibre y era interesante, aunque no siempre divertido, especular sobre lo que podía haber detrás.

Todavía no había mucha gente que hubiera llegado tan al oeste y Xena podía pasar días enteros sin encontrarse con un alma viviente aparte de los animales que tanto abundaban. De vez en cuando, se topaba con una tribu nativa e intercambiaba cosas, pero por lo general, era territorio salvaje.

O lo era antes, pensó Xena con sorna cuando el hedor de un villorrio llegó hasta su nariz. Todavía le asombraba cómo olía la humanidad cuando se juntaba y no podía creer que la gente no sintiera las mismas náuseas que ella. Y si se añadía ganado a la mezcla...

Su primer impulso fue darse la vuelta y dirigirse a las colinas y el aire fresco que sabía que encontraría allí. Pero ya había estado allí y no había descubierto nada. Sus instintos la habían traído hasta aquí y si había una cosa en el mundo en la que Xena confiaba implícitamente, esa cosa era el instinto que llevaba afinando desde sus tiempos de señora de la guerra.

En algún lugar de este pueblucho diminuto y apestoso estaba la siguiente pieza de su rompecabezas.


Xena consiguió trabajo con la cuadrilla de construcción. No era lo que quería hacer en realidad, pero era mejor que el único "trabajo" disponible para la mayoría de las mujeres de este pueblo. Tuvo que ejercer sus dotes de convicción, pero cuando el jefe vio que hacía el mismo trabajo que los hombres con menos esfuerzo, asintió y la aceptó dentro de su cuadrilla. Los hombres la observaron un tiempo y luego, de mala gana, la aceptaron como uno más.

Poco a poco, el pueblo empezó a transformarse, pasando de ser un poblado de chozas a algo más respetable, y en una o dos ocasiones Xena vio el perfil de alguien que le trajo antiguos recuerdos. Pero no consiguió verlo con la suficiente claridad para confirmar sus sospechas.

Pasaron los días y Xena descubrió que echaba en falta el aire limpio y el silencio de los que había gozado desde que había llegado a esta tierra. Sus compañeros animales la habían abandonado cuando llegó a los aledaños del pueblo, rechazando el ruido y el olor por la paz que podían conservar lejos de la masa de humanidad. Xena los echaba de menos.

En varias ocasiones sintió el afán de emprender viaje, recordando claramente la llamada del camino que había compartido con Gabrielle. Sólo ese sentido innato que había llegado a respetar la mantuvo en el pueblo, aunque había investigado la zona de los alrededores todo lo que le había sido posible. Y seguía sin el talismán que buscaba.

La construcción se fue deteniendo a medida que el clima se hacía más frío y desapacible, y a Xena cada vez le costaba más quedarse en un solo sitio, sobre todo en éste. Pero sus conversaciones nocturnas con Gabrielle le aliviaban la frustración y la soledad y Xena se consolaba con ellas. Se imaginaba que notaba la presencia cada vez más cercana de Gabrielle y se sentía mejor al contarle cómo le había ido el día.

Entonces llegó un día, a comienzos del año nuevo, en que ocurrieron tres cosas que trajeron satisfacción y un cambio aterrador e inquietante a la vida de Xena.

Xena entró en su cuartito al anochecer y se tiró en la cama de cualquier manera, contemplando el techo de madera. Por primera vez en varios meses se sentía optimista, y sonrió al tiempo que aferraba el anzuelo contra su pecho.

—Oh, Gabrielle... menuda historia tengo que contarte.


PARTE 16


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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