Capítulo XXVII


Oh, Xena... cómo desearía poder encontrarte ya. O que tú me encontraras a mí. Varias de las amazonas de mi tripulación han muerto y la máscara nueva que me hizo Ephiny ha desaparecido. Ésta es una experiencia de pesadilla que siempre me atormentará.

Gabrielle apartó la vista del diario, recordando aún con demasiada claridad el incidente con los aztecas que había sido uno de los más sanguinarios por los que había pasado en su vida.


Tras casi tres meses enteros en el mar, por fin avistaron tierra y todas se alegraron mucho por ello. Las exploradoras desembarcaron primero, aunque Gabrielle insistió en que, al ser inmortal, lo más lógico era que fuera ella. Las amazonas se empeñaron y Gabrielle cedió con buen talante, pues sabía que para ellas era una cuestión de honor. Fue una decisión que no tardó nada en lamentar.

Las cuatro mujeres se movían en silencio, rápida y cautelosamente. No sabían qué esperar y no querían verse pilladas por sorpresa. Por desgracia para ellas, los que las acechaban las habían visto cuando el barco apareció en el horizonte muchas horas antes y estaban apostados a la espera.

Los hombres se movían en silencio, tal y como les había indicado su sacerdote. Éste estaba situado en un altozano lejos de la orilla, vestido de representante del dios de la guerra. El plumaje azul y verde de su máscara era desconcertante y lo ocultaba muy bien en la espesa jungla que había nada más pasar la playa. Observaba con ojos impasibles mientras los guerreros se preparaban para capturar a los intrusos que iban a sacrificar a su dios.

La amazona se desplomó sin hacer ruido, aunque las demás guardias lo vieron y al instante se colocaron en formación para defenderla de la amenaza. Por desgracia para ellas, no estaban preparadas para los dardos que salieron volando invisibles del follaje hasta que ya fue demasiado tarde. Las mujeres fueron recogidas y desaparecieron en la jungla al tiempo que se daba la alarma y el resto de la tripulación se preparaba para el rescate.

Armadas hasta los dientes y cubiertas con sus máscaras ceremoniales, las amazonas siguieron a sus hermanas caídas. El rastro no era difícil de ver, pero la precaución las obligaba a avanzar despacio. Ya había cuatro en peligro: nadie quería aumentar esa carga.

Cuando llegaron a un claro entre la vegetación, se detuvieron horrorizadas ante lo que veían.

El sacerdote, ataviado con ropajes y máscara de plumas, estaba al otro lado de un altar, sosteniendo un cuchillo en alto. Mientras miraban, el cuchillo se clavó en el pecho aún vivo del hombre atado al altar ante él. El hombre chilló de dolor y el grito se interrumpió de golpe. El sacerdote elevó las manos ensangrentadas por encima de la cabeza, aferrando con una el corazón del hombre.

Varias de las amazonas se dieron la vuelta para vomitar. La siguiente persona obligada a ocupar el altar era una amazona, y Gabrielle sintió que la furia que llevaba dentro se agitaba en su interior. Se lo permitió. La conocida ola roja le recordó a su experiencia en la Biblioteca y entonces se dejó arrebatar por la sed de sangre.

El olor cobrizo que flotaba en el aire hizo que sus colmillos se alargaran rápidamente, y se transformó en un torbellino difuso mientras se abría paso a estocadas entre hombres y mujeres que pasaron de los cánticos a los gritos de terror en los meros instantes que su ira tardó en alcanzarlos.

Gabrielle notó que le arrancaban la máscara de la cara y se echó a reír al ver la expresión de terror que saludó a sus relucientes ojos rojos y amarillos. No dudó, sino que hundió las garras en el hombre y observó impasible cuando el hombre cayó muerto al suelo.

Tuvo suerte, esta vez, porque las amazonas que había a su alrededor estaban demasiado ocupadas con sus propios combates para fijarse en su transformación. Llegó al altar y no se detuvo, sino que hincó los dientes en el cuello del sacerdote y le chupó toda la sangre antes de tirar a un lado su cuerpo desecado. Entonces se volvió hacia el altar y estuvo a punto de echarse a llorar.

La amazona seguía sangrando lentamente, pero lo más revelador era la expresión de horror congelada en su cara. Gabrielle cerró los ojos, obligándose a calmarse, pues no quería profanar la muerte de su hermana amazona exponiendo la parte más violenta de sí misma.

Cuando abrió los ojos de nuevo, Gabrielle advirtió que los ruidos de la lucha se habían apagado. Las amazonas esperaban sus órdenes, y los nativos, si alguno quedaba con vida, se habían desvanecido en la jungla.

Gabrielle se encogió de hombros. No tenía forma de saber que habían visto su furia y habían huido aterrorizados. Sólo sabía que sus sentidos hiperagudizados no encontraban rastro alguno de ellos por allí cerca y con eso se daba por satisfecha. Sus hermanas amazonas se merecían todo el respeto en la muerte que se les pudiera dar y ésa era su principal preocupación... ésa y ocuparse de las heridas.

—¿Estáis todas bien? —Varias tenían heridas de poca importancia, pero comprendieron lo que quería decir con la pregunta y todas asintieron. Gabrielle las miró satisfecha—. Tish, Lorrin... dividid a las hermanas. Tish, tú coge a tu grupo y vuelve a la playa para recoger leña. Lorrin, tú trae aquí a tu grupo, vamos a buscar una manera de llevar a nuestras caídas hasta sus piras.

Las amazonas se movieron rápidamente para cumplir las órdenes de Gabrielle y a los pocos minutos habían encontrado a cuatro muertas. Algunas de ellas estaban heridas, pero no era nada de lo que no pudieran ocuparse una vez hechas las piras.

Tardaron un poco, pero por fin terminaron de construir una litera para los cuerpos y emprendieron el lento viaje de regreso a la playa. Con mucho cuidado, colocaron a cada mujer en su lugar de descanso final y, a una señal de Gabrielle, prendieron las piras. Las amazonas se quedaron largo rato en respetuoso silencio y por fin Gabrielle habló de nuevo.

—Las que estáis heridas tenéis que ocuparos de vuestras lesiones inmediatamente. Misha, esta noche establece turnos de guardia cortos. No más de dos horas cada uno. Mañana, os quiero a todas de vuelta en el barco y lejos de aquí.

—¿Y tú, mi reina? No podemos dejarte sola aquí... después de esto.

—A mí no me molestarán, por lo menos durante un tiempo —contestó Gabrielle con un brillo feroz en los ojos que les provocó a todas un estremecimiento—. Sobre todo después de lo que ha ocurrido aquí.

—¿Estás segura, Gabrielle? Es que...

—Créeme, Tish. No he vivido tanto sin aprender a cuidar de mí misma. Además, no pueden matarme, ¿recordáis? Y no voy a consentir que nadie se juegue la vida por mí. —Gabrielle esperó medio segundo y entonces bajó la voz y les aplicó la mirada—. ¿Entendido?

Todas las amazonas asintieron rápidamente y Gabrielle sonrió con tristeza. Había disfrutado del tiempo que había pasado con estas mujeres, pero no iba a poner en peligro su vida sólo por aliviar su soledad. Con un poco de suerte, Afrodita no tardaría en aparecer.

Se olvidó por completo de su máscara, hasta mucho tiempo después.


Gabrielle se quedó mirando hasta que el barco de las amazonas desapareció sano y salvo. Notaba los ojos de los nativos que la observaban y se sonrió tensamente al notar por instinto que se iban a mantener lejos de ella.

La seguían a cierta distancia, pero no tan lejos que sus sentidos no pudieran detectarlos por el oído y por el olfato. Gabrielle no quiso regresar al lugar donde había habido tanta muerte y destrucción y, por instinto, volvió sus pasos hacia el noreste.


Gabrielle caminó durante días, gozando de la soledad y más que contenta de dejar atrás los recuerdos del pasado reciente. Le traían a la mente recuerdos más dolorosos y mucho más antiguos y Gabrielle no tenía el menor deseo de volver sobre ellos. Lo había superado tanto que a su mente le parecía que ya no debía dolerle. Pero su corazón sabía que no era así.

—¡Eso es porque tienes un corazón como supertotal, nena! Lo sabe.

Gabrielle sonrió al oír la voz y, al volverse, se encontró a Afrodita de pie a su lado. Preocupada, le puso a Dita una mano amable en el brazo.

—Afrodita, ¿estás bien?

A Gabrielle la diosa le parecía un poco desaliñada y cansada, cosa que no había visto desde que Gabrielle la convirtió en mortal, con aquel antiguo pergamino.

Dita asintió y se encogió ligeramente de hombros.

—Un poco cansada, creo. No consigo el poder como antes y todavía tengo tanto trabajo que hacer... —Se calló y volvió a encogerse de hombros—. Lo siento. He venido a ver cómo estás, no a darte la paliza con mis rollos.

Gabrielle cogió a Dita de las manos y la hizo sentarse junto a la pequeña hoguera que había encendido. En la tierra por la que viajaba hacía mucho calor de día, pero la temperatura bajaba mucho cuando se ponía el sol. Afrodita alargó las manos hacia el fuego con placer, según advirtió Gabrielle preocupada, por lo que le ofreció a su amiga una taza de té caliente que fue aceptada con agradecimiento.

Se quedaron sentadas en silencio un rato, reconfortadas por su mutua presencia y el té que compartían. Por fin Dita se rindió ante la mirada inquisitiva de Gabrielle, pues sabía que merecía una explicación.

Dejó la taza y abrió los brazos de par en par, haciéndole un gesto a Gabrielle con la cabeza.

—Ven aquí, preciosidad, y dame un abrazo. No me vendría mal un poco de amor de bardo —dijo en broma, pero Gabrielle captó sin dificultad la tensión que había detrás.

En lugar de aceptar la invitación de Dita, Gabrielle abrió los brazos y sonrió afectuosamente. Dita no lo dudó y se lanzó a los brazos de Gabrielle.

Se quedaron sentadas largo rato mientras Gabrielle abrazaba a Afrodita, frotándole suavemente la espalda y murmurándole naderías al oído. Afrodita cobró fuerza gracias a esto y cuando se incorporó y se apartó, Gabrielle notó una clara diferencia en ella.

—¡Caray, nena! Ni te digo lo superincreíble que ha sido esto. Me acabas de pasar más vibras de amor chachis que las que me ha pasado nadie desde hace siglos, o sea. Mola todo.

Gabrielle se echó hacia atrás, atónita por la transformación que un poco de afecto había provocado en la diosa. De repente, cayó en la cuenta.

—Te estás debilitando, ¿verdad? ¿Estás perdiendo tus poderes?

La euforia de Dita se desvaneció y asintió con tristeza.

—No es que vaya a dejar de existir ni nada, pero como que me supercuesta hacer gran cosa. Los demás ya no van a ninguna parte. Ares y yo podemos, pero...

—Pero es tal esfuerzo que tienes que elegir con cuidado cuándo y dónde vas. —Dita asintió—. Y pasas la mayor parte del tiempo entre cada visita que me haces haciendo acopio de energía para venir a verme otra vez. —Otro gesto de asentimiento, más lento esta vez.

Gabrielle se miró los dedos y luego levantó los ojos hacia Afrodita con una expresión de profunda tristeza.

—Lo siento, Afrodita. No pretendía ser tan egoísta.

Dita se quedó boquiabierta.

—¿¡¿EGOÍSTA?!? ¿De dónde te sacas una idea tan superfalsa?

Gabrielle fue a contestar, pero un suave toque en los labios detuvo lo que iba a decir.

—Quiero que me escuches atentamente, Gab, ¿vale? —dijo Dita muy seria. Gabrielle asintió, pues sabía por la forma de hablar de Afrodita y por su expresión que hablaba totalmente en serio—. Estoy aquí porque quiero estar aquí. Necesito tu amistad tanto como tú necesitas la mía y no la cambiaría por todos los fieles del mundo.

A Gabrielle se le pusieron los ojos muy redondos al oír aquello, pero guardó silencio. Dita se fijó en su expresión.

—Lo sé, lo sé... parece una chorrada, pero es la verdad. He tenido muchos años para pensar y he llegado a comprender algunas cosas. Una de las cuales es la importancia de la amistad. Nunca me siento sola cuando estamos juntas, Gab, y rara vez no me he sentido sola... ni siquiera cuando estaba en la cima de mi poder. Ahora bien, reconozco que me cuesta un poco más venir a verte últimamente. —Dita alargó la mano y le acarició la cara a Gabrielle con ternura—. Pero me merece la pena totalmente. Así que a menos que sea un problema para ti, me gustaría seguir haciéndolo mientras pueda.

Gabrielle agarró los dedos que le acariciaban la cara.

—Eres bienvenida siempre que puedas.

—Mola —dijo Dita, volviendo a su particular forma de hablar—. A lo mejor podemos encontrar una forma como de trasladar tu supercuerpazo al Olimpo sin que Ares lo descubra, o sea... aunque... no estoy tan segura de eso sea una idea tan molona. —Se mordisqueó una uña perfecta—. No sé cómo... —Dita miró a Gabrielle con aire de disculpa.

—Sí —asintió Gabrielle—. Yo tampoco sé cómo se sentirían al verme allí. —Se encogió de hombros—. Podemos improvisar... tal vez idear algún tipo de señal si no hay peligro.

—¡Oooh, qué idea tan total! Me ocuparé de ello. Ahora, ¿quieres saber por qué he venido, o sea? O sea, aparte de que te echaba de menos, o sea. —Parpadeó al repasar lo que acababa de decir y luego se encogió de hombros. Ella sabía lo que quería decir y Gabrielle también.

—Claro —contestó Gabrielle riendo—. Me lo estaba preguntando, pero he pensado que en algún momento acabarías diciéndomelo. Siempre tenemos cosas de que hablar.

—Ya te digo —resopló Dita—. Pero este viaje tiene un propósito concreto. He descubierto unas cosas que tienes que saber y de las que te tienes que ocupar antes de... ¿te marchas o te quedas aquí?

Gabrielle se lo pensó.

—Me marcho —dijo por fin—. Xena todavía va a tardar en aparecer por aquí y quiero volver durante un tiempo a lo que se considera la civilización en estos días. Me parece que llevo siglos fuera de contacto.

—Bueno, o sea, dependiendo de cómo lo mires, eso es cierto. Bueno, pues manos a la obra. Tienes cantidad de cosas que hacer antes de emprender otro largo viaje por mar. —Afrodita sonrió al oír el gemido de Gabrielle.

Se tumbaron, cada una a un lado del fuego. Dita se concentró muchísimo y al cabo de un momento tenía un petate y una manta parecidos a los de Gabrielle, así como ropa más abrigosa. Se encogió de hombros ante la mirada interrogante de Gabrielle.

—Noto un poco el frío. Esto nos va a llevar un tiempo, o sea, así que he pensado que, ya puestos, por qué no estar cómoda.

—Bien —fue lo único que dijo Gabrielle, pero sonrió afectuosamente.

Afrodita se sacó las gafas del bolsillo y se las colocó en la nariz. Luego sacó sus notas y las leyó con cuidado antes de volverse de nuevo hacia Gabrielle.

—Bueno, ten paciencia conmigo, Gab, y trataré de que esto tenga sentido. Llevo un tiempo trabajando en ello, así que mis notas están un poco desordenadas.

Gabrielle asintió. Dita se había puesto toda seria de nuevo y Gabrielle sabía que cuando Dita se ponía seria, había llegado el momento de pararse a escuchar.

—Me puse a navegar por la red divina mundial, para ver si lograba encontrar unas cosas... en concreto, cómo es posible que Xena haya sido transportada dos mil años a través del tiempo sin la piedra de Cronos. Lo que descubrí es casi una paradoja.

Le pasó a Gabrielle un fajo de papeles y Gabrielle los leyó despacio. Por fin posó de nuevo los ojos verdes en los de Afrodita.

—¿Cómo has descubierto todo esto... el ritual, los tótems?

—Investigando —se quejó Dita—. Investigando muchísimo.

Gabrielle soltó una risita al ver la cara de Dita.

—Sí, tú ríete. He leído más cosas sobre la guerra de las que querría saber jamás mientras buscaba esto. En realidad, Ares lo dejó todo dispuesto... es algo en lo que lleva trabajando desde hace tiempo.

Gabrielle detuvo su repaso de las notas de Afrodita.

—Espera un momento... ¿el chakram de Xena es parte de este ritual?

—Sí. Una se pregunta en qué estaría pensando, pero ha estado un poco pocho desde que ella también desapareció. Ah, y eso me recuerda... puede captar tu furia de verdad. No lo comprende para nada y no tiene ni idea de dónde sale, pero lo nota totalmente cuando liberas tu lado de bacante como el otro día. Así que ten cuidado, ¿eh?

—Lo tendré. —Gabrielle suspiró profundamente—. Intento no dejarme ir, pero a veces...

Afrodita se incorporó y se acercó más a Gabrielle, posando una mano en el pelo rubio y acariciándolo con ternura.

—Lo sé, cielo. No te estaba criticando... sólo te estaba avisando.

—Gracias, Afrodita. Es algo que aprecio. —Suspiró mientras los largos dedos seguían masajeándole suavemente el cuero cabelludo—. A veces me canso tanto —murmuró antes de que su respiración se profundizara al quedarse dormida. Dita se enjugó la lágrima que resbalaba por su propia cara.

—Ya lo sé, cosita.


Fue el sol que le daba en los ojos lo que despertó a Gabrielle, que miró al otro lado de la hoguera medio apagada y descubrió a Afrodita tumbada en su petate y profundamente dormida. Gabrielle se incorporó bostezando y se estiró, y sus movimientos casi silenciosos sacaron a la diosa del amor de su reposo.

—Buenos días —susurró Dita. Gabrielle volvió la cabeza de golpe.

—Lo siento —murmuró—. Creía que no hacía ruido. —Carraspeó—. Buenos días, por cierto.

Afrodita se esforzó por incorporarse, gimiendo cuando la noche al raso pasó factura a su cuerpo inmortal.

—¡Por los dioses, Gab! ¿Cómo lo aguantas? Aajj... ¿Desde cuándo es tan duro el suelo?

Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Afrodita, el suelo siempre ha sido duro. Es que nunca te quedas el tiempo suficiente para descubrirlo.

Dita gimió al estirarse, notando toda clase de crujidos por la columna vertebral.

—¡Puuu! Qué ascazo. ¡Puaj! Recuérdame que la próxima vez encargue el equipo de acampada de superlujo.

Gabrielle se echó a reír.

—Voy a lavarme. —Indicó el río que había estado siguiendo hacia el norte. Cogió la toalla y el jabón y se deslizó por entre los matorrales.

Afrodita se planteó seguirla, pero luego decidió que no. No había nada por lo que mereciera la pena poner en peligro la amistad que tenía con Gabrielle, aunque la tentación le resultó más grande de lo que se esperaba después de mil quinientos años. Entonces se hizo una mueca a sí misma.

—Vamos, diosa del amor. Tú sabes mejor que nadie lo eternas que son algunas cosas. —Entonces se levantó y se paseó un poco, con la esperanza de quitarse parte de los calambres que sentía en un cuerpo que había vivido cien vidas.

Intentó encender el fuego a la manera tradicional y luego se dio cuenta de que aquello era más inútil que fructífero. Además, con la descarga de cariño auténtico que Gabrielle sentía por ella, Afrodita se sentía renovada, mejor de lo que se sentía desde hacía más de un siglo. De modo que chasqueó los dedos y soltó un suspiro de satisfacción cuando apareció un pequeño fuego.

—Eso es hacer trampa, que lo sepas —comentó Gabrielle al volver al claro secándose el pelo con la toalla—. La mayoría de nosotros no podemos encender el fuego chasqueando los dedos.

Afrodita miró atentamente a Gabrielle de arriba abajo y luego le dedicó una sonrisa sensual.

—Ah, no sé, nena... seguro que tú no tienes problemas para encender toda clase de fuegos con un mero toque.

Incluso después de mil quinientos años de exposición al flirteo de la diosa del amor, Gabrielle logró ponerse de un color rojo envidiable. Por supuesto, también había aprendido a corresponder con la misma moneda.

—Encenderlos es fácil, Dita... apagarlos es lo que exige más... cuidado y esfuerzo.

Gabrielle dirigió una mirada provocativa a Afrodita por encima del hombro, lo cual hizo que Afrodita se abanicara a toda velocidad.

—Ooh, chatunga. Qué bien sabes ligarte a las chicas. No me extraña que tuvieras tan pillada a tu supernena guerrera.

—Sí, y seguro que acabo atándola a la cama durante una temporada cuando por fin la alcance —murmuró Gabrielle por lo bajo, pero Afrodita oyó hasta la última palabra.

—¡Uuuh, cariño! ¡No hagas promesas que no tengas intención de cumplir! —dijo Dita en voz baja.

Gabrielle volvió la cabeza de golpe mientras calentaba agua para el té.

—¿¡¿Cómo dices?!?

—¿Mmm? —preguntó Afrodita batiendo las pestañas con aire inocente—. Oh, perdona. Es que estaba pensando en lo que debes de estar deseando reunirte con Xena.

Gabrielle miró fijamente a Afrodita, pero la diosa del amor la miró a su vez apaciblemente. La bardo no se tragaba su aire de inocencia, pero Dita no apartó la mirada y por fin Gabrielle se volvió para seguir preparando el té. Dita aplaudió en silencio, deseosa de que llegara el momento de esa experiencia.


A Gabrielle le pareció raro que Afrodita quisiera acompañarla durante un tiempo, pero aceptó su compañía con elegancia y buen humor. En realidad, se alegraba de tener a Dita a su lado. Así había otra persona a quien los nativos podían mirar raro a causa del pelo y los ojos de color extraño. Los pocos que se había encontrado, aparte de los primeros, por supuesto, eran muy corteses y amables, pero también eran muy curiosos. La curiosidad sí que podía aguantarla... era el toqueteo lo que la ponía incómoda.

Pensó en eso y llegó a la conclusión de que se debía a que en su vida no había ningún contacto íntimo. Cada vez que alguien la tocaba, se sentía invadida. De modo que agradecía la presencia de Dita, aunque sólo fuera porque así había otra persona sobre la que podían volcar su interés.

Dita, por otro lado, se alegraba de acompañarla no sólo por Gabrielle, sino también para asegurarse de que el pergamino que con tanto cuidado había copiado en forma de historia como las que le había oído contar a su amiga en numerosas ocasiones estuviera donde tenía que estar cuando le llegara el momento de ser encontrado.

Viajaron despacio, siguiendo el río, y descubrieron que tenían muchas cosas de las que hablar. Gabrielle sabía que la personalidad atolondrada de Dita disimulaba una enorme inteligencia, y las conversaciones que mantenían durante sus viajes no hicieron sino reforzar su convencimiento.

—¿Pero por qué? —le preguntó Gabrielle por fin—. ¿Por qué has dejado que todo el mundo te subestime?

Dita se encogió de hombros.

—No ha sido intencionado. Es algo que pasó sin más. Aunque me ponía las cosas más fáciles... nadie esperaba nada de mí y podía dedicarme a mis movidas del amor sin grandes interferencias por parte de nadie. Era agradable.

—¿No te importaba que todo el mundo creyera que eras...?

—¿Atolondrada, bobalicona, una rubia tonta? —Dita se encogió de hombros—. No sé... o sea... sí, a veces. Pero me resultaba más fácil dejar las cosas como estaban que luchar contra ellas. Y todo el mundo me dejaba a mi rollo. Odio totalmente el politiqueo, ¿sabes? No me merecía la pena para nada.

—¿Y ahora? —preguntó Gabrielle.

—¿Ahora? —Dita se rió sin humor—. Ahora, me siguen dejando en paz totalmente... porque soy la diosa más molona de todos ellos. Y estoy mucho más ocupada que ellos. Sus pequeñas conspiraciones son una superchorrada para distraerse porque como que no tienen nada más, ¿sabes? A mí no me interesan sus jueguecitos y sus intrigas... nunca me han interesado.

Gabrielle se sorprendió por la vehemente dureza de lo que decía Afrodita y percibió claramente la desazón que emanaba de Afrodita a oleadas. Se dio cuenta de que las únicas veces en que Dita se había enfrentado a su familia había sido por Gabrielle y Xena, y siempre a costa de un precio muy grande para ella misma. Sonrió con tristeza y le dio unas palmaditas en el brazo a Afrodita.

—Bueno, pues a mí me gustas tal cual eres, amiga mía. Rubia bobalicona y todo.

Afrodita se echó a reír.

—La cosa queda entre rubias, ¿eh?

Gabrielle se rió.

—Ya te digo.


Las dos llegaron a una tierra tan llana que a Gabrielle le parecía que podía alcanzar el otro lado del mundo con la vista. Caminaron durante días, y Gabrielle estaba maravillada por la resistencia de Afrodita. No hacía aparecer nada ni se quejaba de la dureza del camino. Era muy distinto de todo lo que había vivido Gabrielle hasta entonces con Afrodita y el esfuerzo que estaba haciendo la diosa le resultaba entrañable.

Encontraron una cueva al abrigo del viento y de las tormentas que se habían desencadenado de repente, y Gabrielle se dispuso a realizar el ritual de preparar el campamento. Era una cosa en la que Dita nunca interfería, y Gabrielle no se fijó en el rollo de pergamino que Dita se llevó consigo cuando se fue a explorar la cueva.

Poco después Dita regresó enardecida por su éxito y la emoción. El pergamino había quedado bien escondido y la cueva...

—Este sitio es increíble totalmente. Qué pinturas tan fantásticas. Me encantaría saber qué historias superchachis cuentan estas piedras.

Gabrielle sonrió.

—Seguro que son muy interesantes. Las pocas personas que nos hemos encontrado por aquí tienen costumbres muy diferentes. Me ha gustado pasar un tiempo en este lugar.

—A mí también —asintió Dita, sin fijarse en la mirada que le dirigía Gabrielle.

—¿Por qué? —fue la inesperada pregunta.

—¿Eh?

—Vamos, Dita. Por mucho que haya disfrutado de tu compañía en las últimas semanas, esto no es tu movida habitual. Nunca te ha gustado hacer cosas con esfuerzo y, francamente, vivir como mortal nunca ha sido fácil... ni siquiera para los que tenemos mucha práctica.

Afrodita sonrió con tristeza.

—Tienes razón. Pero no sé si volveré a tener la oportunidad de pasar un tiempo contigo como ahora.

Gabrielle se volvió de cara a Afrodita.

—¿Por qué? ¿Es que...?

—Ya sabes que mi poder está desapareciendo, y ni siquiera estar aquí contigo basta para cambiar la situación. No sé si tendré poder para volver a hacer esto. Y sólo quiero disfrutar de ello todo lo que pueda. —Y no mencionó el pergamino ni el papel que iba a tener en el futuro de Xena y Gabrielle.

Gabrielle se lo pensó y luego le dio una palmadita en el brazo a Afrodita.

—Pues me alegro de que lo hayas hecho. Yo también lo he disfrutado. ¿Cuánto tiempo...?

—Debería irme pronto. Llevo fuera tanto tiempo que hasta Ares puede empezar a notarlo. Y no queremos que le entre la curiosidad y venga a husmear, ¿verdad?

—No, pero te voy a echar muchísimo de menos.

—Y yo a ti, nena. Este tiempo que hemos pasado juntas ha sido superguay.

—Bueno, tú hazme saber cuándo es seguro y me pasaré a verte.

—Trato hecho, cosita.


Afrodita se había ido cuando Gabrielle se despertó.

—Adiós, amiga. Te voy a echar de menos.


Gabrielle se tomó su tiempo para cruzar el resto de esta tierra salvaje e indómita. Como Cecrops, estaba asombrada por la belleza del lugar y la amabilidad de los nativos. La tierra tenía una frescura que hacía mucho tiempo que echaba de menos en los viejos países por los que había viajado la mayor parte de su vida. Sólo los dos lugares donde ahora vivían las amazonas eran parecidos por su novedad y su fresca belleza.

Por fin, Gabrielle llegó a la costa, y se dio cuenta de que iba a tener que encontrar una manera de cruzar el gran océano que la llevaría de vuelta a los viejos países y a Grecia.

Se encaminó hacia el norte, con la esperanza de encontrarse con los descendientes de los vikingos. Se acordaba bien de las historias que le habían contado tanto Dita como Ch'uang sobre los viajes que habían hecho los vikingos a esta nueva tierra. De modo que siguió caminando, disfrutando del aire fresco, aunque estuviera cargado de nieve. Los recuerdos que le traía eran felices y confiaba en encontrar a los vikingos y volver a casa pronto. Tenía cosas que hacer.



Capítulo XXVIII


Gabrielle se alegró y se entristeció a la vez de volver a ver tierra. Había sido un largo viaje en barco y cualquier excusa para no estar en un barco, incluso con el talismán que llevaba, era excusa suficiente para ella. Había mucho que decir a favor de un suelo estable, y tras meses en el mar, Gabrielle estaba segura de que todo lo que se dijera sería bueno.

Por otro lado, en los últimos años había vivido la mayor parte del tiempo en un entorno salvaje y puro, explorando lugares que pocas personas habían visto y menos creían que existieran de verdad. Volver a la civilización fue un choque para su organismo. Había masas de gente y ruido y un olor que le hacía llorar los ojos.

Y la ropa... Gabrielle no entendía por qué los supuestos avances de la humanidad obligaban a las mujeres a ponerse ropa más incómoda y restrictiva que antes. Comparadas con lo que las mujeres llevaban ahora, su falda y blusa de campesina parecían una auténtica liberación.

Sin embargo, Gabrielle seguía llevando sus pantalones y camisas. Eran cómodos y nadie, ni hombre ni mujer, le iba a decir cómo debía vestirse. Y menos a estas alturas de su vida. Era capaz de hacer frente a cualquier desafío de la autoridad masculina, y fue esto lo que llamó la atención de una pareja de monarcas españoles.


El mensajero se detuvo delante de la pequeña posada. Había pasado casi un mes viajando frenético, siguiendo pistas y rumores hasta que por fin dio con este lugar. Esperaba que esta vez la información fuera correcta. No quería tener que volver antes sus reyes y decirles que había fracasado.

Corría el año de nuestro Señor de mil cuatrocientos noventa y uno, y España quería ser líder mundial en materia de exploración. El rey Fernando y la reina Isabel se habían enterado de que había una mujer de gran valor y habilidad, que sabía defenderse a sí misma y a aquellos que no podían defenderse solos. Y habían decidido que querían conocer a esta campeona. Era precisamente la clase de valiente que España necesitaba para dirigir sus exploraciones en tierras lejanas.

Sin embargo, encontrar a esta mujer había sido tarea difícil. Rara vez se quedaba en un solo sitio más de un día y se movía como el viento: notada y apreciada, pero siempre invisible. El mensajero ni siquiera había conseguido una descripción exacta. Era baja, era alta. Era rubia, era pelirroja. Mataba con una mirada, mataba con palabras, su talento con las armas no tenía igual.

El hombre meneó la cabeza. Dudaba mucho de la realidad de tal aparición, pero no le correspondía a él tomar esa decisión. Su deber era encontrarla y llevársela de vuelta. Entonces sus soberanos decidirían si este dechado de virtudes existía de verdad o si no era más que un producto de la imaginación calenturienta de unos campesinos.

Ni se paró a pensar en las distintas fuentes de información para darse cuenta de que todas esas percepciones podían ser correctas. Dependía simplemente de la interpretación.

Entró en la sala en penumbra y se quedó un momento en el umbral para que se le acostumbraran los ojos. El sol del atardecer lo dibujaba muy bien y la sala se quedó en silencio cuando todo el mundo se dio cuenta de que había llegado un mensajero real.

Lucio cerró la puerta al pasar y se acercó al mostrador.

—Buenas tardes, maese —le dijo al tabernero que atendía su negocio con cuidado al tiempo que recorría al desconocido con la mirada.

Asintió cortésmente.

—Os saludo, señor. ¿Qué deseáis?

—Vino y un poco de información —dijo Lucio, depositando una moneda de oro en el mostrador. El tabernero se quedó mirándola largos instantes y luego cogió un vaso limpio y lo llenó con el vino del barril que tenía detrás.

—¿Qué clase de información? —preguntó dubitativo, pues sabía que había cosas que no se podían comprar ni pagar tan fácilmente.

—Estoy buscando a una mujer —dijo el mensajero, después de beberse la mitad del vaso de un solo trago.

El tabernero resopló.

—Me temo que para eso os habéis equivocado de lugar, amigo. Esto no es más que una posada con taberna. El burdel está una calle más adelante.

—¿Qué? Oh, no. ¡No esa clase de mujer! Virgen santa... mi esposa me mataría si... Mm, no. Vengo por motivos oficiales. Me han enviado a buscar a una mujer concreta y se la ha visto por esta zona. Espero que siga aquí.

—¿Esta mujer tiene nombre?

—Seguro que sí, aunque yo no lo conozco. Lo único que tengo es una descripción poco fiable.

El tabernero se rascó la cabeza y luego le rellenó el vaso a Lucio.

—Pues parece que tenéis un problema, amigo. No sé cómo vais a encontrar a nadie sin un nombre ni una descripción fiable.

Lucio agachó la cabeza.

—Ya lo sé. Pero no quiero regresar ante los reyes con un fracaso. —Se frotó los ojos cansados y se terminó el resto del vino—. ¿Con eso tengo para una cama y un baño esta noche? —Indicó la moneda que seguía en el mostrador entre los dos.

—Cama, baño, cena, desayuno y comida para el camino si lo deseáis.

Lucio asintió cansado.

—Lo deseo. Estoy tan cansado en estos momentos...

—Vamos —dijo el tabernero con un gesto, al tiempo que se metía la moneda en el bolsillo—. Ésta es la habitación del baño. —Abrió una puerta que estaba al lado de la cocina—. Cuando hayáis terminado aquí, será la hora de cenar. Luego os prepararé una habitación para que durmáis.

—Gracias —replicó Lucio, sin molestarse en disimular. Agradecía la oportunidad de poder dormir en una cama de verdad. Luego llenó la bañera de agua, se desnudó y se metió en sus cálidas profundidades con una sensación de alivio total.

Lucio se sentía como un hombre nuevo cuando salió de la habitación del baño. Entró de nuevo en la zona de la taberna, saludó con la mano al tabernero y se sentó hacia el fondo de la sala. Ya era de noche y Lucio no tardó en darse cuenta de que la posada estaba increíblemente llena. La moza le trajo un plato con la cena y otro vino y Lucio se acomodó, dando gracias por su buena suerte. Hacía mucho tiempo que no estaba tan a gusto y ardía en deseos de volver a palacio... aunque regresara sin la mujer misteriosa. Ya había llegado a la conclusión de que lo habían enviado a una misión inútil y se moría de ganas por averiguar quién había iniciado los ridículos rumores sobre esta mujer.

Apartó el plato y se acercó el vino, dispuesto a disfrutar de la bebida antes de subir a dormir. Ante su sorpresa, el tabernero subió al escenario improvisado situado en la parte delantera de la sala y el gentío guardó un silencio expectante. Lucio también prestó atención, pues la curiosidad se impuso a su reserva natural.

—Damas y caballeros, demos la bienvenida a Gabrielle.

Lucio se fijó en una mujer bajita y de pelo rubio rojizo que cruzaba el escenario y se sentaba en la banqueta que el tabernero le había colocado allí. Observó fascinado cómo tenía al público en la palma de la mano, atrapándolo con sus miradas, sus palabras y sus gestos. Y de repente cayó en la cuenta de por qué las descripciones de la mujer que estaba buscando cambiaban de persona en persona. Era todo una cuestión de percepción... y por fin había encontrado a la mujer de los rumores.

Cuando terminó, Gabrielle bajó entre el público y aceptó sus cumplidos. Lucio logró deliberadamente ser el último en saludarla y cuando se detuvo ante su mesa, el mensajero hincó la rodilla ante Gabrielle.

La bardo se quedó mirándolo, sorprendida.

—Mm, señor, debo deciros que no sólo no me voy a casar con vos porque ya estoy bien casada, sino que no aprecio en absoluto las proposiciones antes de la primera cita.

Lucio se echó a reír a carcajadas, pillado totalmente por sorpresa por el peculiar sentido del humor de Gabrielle. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y apoyó los brazos en las rodillas. Gabrielle se quedó mirándolo risueña al tiempo que se sentaba en la silla que él acababa de dejar libre y esperó a que se calmara.

Por fin a Lucio se le pasó la risa y se secó los ojos.

—Habláis el idioma como una nativa, aunque está muy claro que no lo sois.

Mucha práctica.

Lucio se echó a reír otra vez.

—Me parece que los reyes os van a adorar. No me extraña que tengan tantas ganas de conoceros.

—¿Cómo decís? —Gabrielle se preguntó si su cara mostraba la incredulidad que sentía.

—Os pido perdón, señora —dijo Lucio, al tiempo que se levantaba y hacía una reverencia, asumiendo la formalidad de su papel—. Os traigo saludos del rey Fernando y la reina Isabel de España. Y una humilde invitación para que os presentéis en la corte.

—¿Por qué?

Ahora fue Lucio el que se quedó desconcertado.

—¿Cómo?

—¿Por qué se solicita mi presencia en la corte? Allí no conozco a nadie. —Gabrielle se cruzó de brazos y esperó pacientemente.

Lucio se frotó los ojos.

—No lo sé, señora. Sólo se me ha dicho que os encuentre y os comunique la invitación.

Gabrielle asintió comprensiva.

—¿Tenéis habitación aquí? —Esperó a que él asintiera—. Os daré mi respuesta por la mañana. Buenas noches.

Antes de que Lucio pudiera responder, Gabrielle ya había subido las escaleras y había desaparecido.

Bueno, eso explica muchas cosas, pensó meneando la cabeza. Luego fue a buscar al tabernero para que le diera la llave de su habitación.


Por la mañana, Lucio estaba esperando a Gabrielle en la taberna. Ardía en deseos de triunfar en su misión y se había levantado al alba para asegurarse de que no se le escapaba. No tenía forma de saber que ella ya hacía tiempo que había salido a cazar antes de que él se levantara y por eso se llevó una sorpresa al verla salir de la habitación del baño. Se preguntó cuánto tiempo llevaría allí para no haberla visto entrar y luego se encogió de hombros.

No le extrañaba que quisiera bañarse, sobre todo si iba a viajar con él. El camino era duro y sucio y comprendía muy bien la necesidad de librarse de la mugre.

La observó mientras ella recorría la sala con los ojos y sólo cuando estuvo convencida de que las cosas estaban tal y como a ella le gustaban, se acercó a su mesa.

—Me voy a sentar allí —indicó un rincón del fondo—, si queréis acompañarme.

Lucio cogió su plato y se apresuró a dejarlo en la mesa para ayudarla a sentarse. Gabrielle puso los ojos en blanco, pero le permitió la cortesía. Asintió a la moza, que le trajo una fuente y cerveza. Entonces Gabrielle esperó hasta haber consumido la mitad de su comida y por fin habló de nuevo.

—Lucio, ¿tenéis una invitación por escrito para mí?

El mensajero asintió vehementemente, se limpió las manos y hurgó en la pequeña faltriquera que llevaba al cinto. Sacó la misiva que todavía llevaba el sello real y se la pasó al otro lado de la mesa. Gabrielle abrió el sello y leyó la nota y luego la dejó a un lado.

—Gracias, Lucio. Podéis regresar con los reyes y decirles que estaré allí dentro de un mes. Primero tengo que ocuparme de unas cosas, pero allí estaré.

—Pero... yo creía...

—Viajo sola, Lucio. Lo prefiero así. Pero allí estaré. Os doy mi palabra y os daré una nota para que la llevéis, ¿de acuerdo? —dijo, al darse cuenta de que el hombre tenía miedo de ser castigado por fracasar si ella no volvía con él.

Lucio asintió, aliviado de que Gabrielle entendiera el motivo de su temor. Fue a ofrecerle papel y pluma y se quedó pasmado cuando ella sacó sus propios utensilios de lo que parecía un bello estuche de cuero hecho de encargo. Se preguntó a qué se debía la expresión de tristeza que inundó su cara al acariciarlo, pero entonces ella se puso manos a la obra y escribió una nota que selló con un sello desconocido.

Lucio aceptó la nota y se la metió con cuidado en la faltriquera. Luego terminó de desayunar y sin más dilación, se despidió de Gabrielle. Lucio se santiguó al cruzar el umbral, rezando para que Gabrielle cumpliera su palabra.


Lucio tardó menos de quince días en volver a palacio y entregar el mensaje que le había dado Gabrielle para los reyes. Estos le concedieron el perdón, siempre y cuando Gabrielle apareciera, y se pasó el resto del mes haciendo trabajos domésticos por el palacio.

A medida que se acercaba el final del mes, Lucio se iba poniendo cada vez más nervioso. Pero por fin reconoció el sonido de la redención cuando oyó una voz en el antepatio del castillo que solicitaba permiso para entrar en palacio.

Lucio bajó las escaleras corriendo, llevó a Gabrielle a la sala de audiencias principal e hizo las presentaciones sin que apenas le temblara la voz. Pero el resto del día lo pasó vomitando y dando gracias.

—Pasad. Pasad, Gabrielle —la instó Isabel—. Hemos oído tantas cosas sobre vos. Sed bienvenida. Pasad y acomodaos.

Gabrielle se sentía un poco abrumada. No entendía en absoluto a qué venía esta invitación y hacía mucho tiempo que no se trataba con la realeza. Pero recordó sus años de experiencia y su preparación como amazona y dejó que eso la ayudara con este imponderable.

—Gracias, reina Isabel —asintió con elegancia—. Me ha sorprendido bastante vuestra invitación. Todavía no sé por qué estoy aquí.

—Es cierto que hemos oído mucho sobre vos, Gabrielle... —El rey Fernando se interrumpió, un poco confuso—. Os parece bien que os llamemos Gabrielle, ¿verdad? Es el único nombre que nos ha dado Lucio. No sabéis el tiempo que ha dedicado el hombre a buscar a una persona sin nombre y descrita de las maneras más variopintas y...

Gabrielle lo interrumpió haciendo un gesto con la mano.

—Gabrielle está bien.

—Bien. Pues queríamos averiguar de qué trataban todos estos rumores... de quién trataban todos estos rumores. Y luego, bueno, ya veremos cómo van las cosas. Tal vez tengamos una propuesta que haceros.

—No sé si me gusta la idea, con franqueza.

Entonces intervino la reina Isabel.

—Os lo prometo, Gabrielle. No tendréis que hacer nada que no queráis. Sois libre de marcharos en cualquier momento. Aunque esperamos que al menos os quedéis a cenar con nosotros.

Gabrielle asintió.

—Creo que eso sí puedo hacerlo. Después... —Se encogió de hombros—. Ya veremos.


La cena resultó interesante y agradable para Gabrielle. La conversación giró en torno a asuntos internacionales, y descubrió que Isabel y Fernando defendían puntos de vista distintos sólo para discutir los puntos lógicos y luego se volvían hacia ella para preguntarle su opinión. En varias ocasiones sacó a la luz datos poco conocidos para respaldar su opinión sobre un tema, consiguiendo que los monarcas se pararan a pensar.

Por mutuo acuerdo, Gabrielle se quedó con Isabel y Fernando. Tardaron varias semanas en abordar la idea de ponerla al mando de una expedición para fundar más colonias españolas. Gabrielle se apresuró a decir que no.

—¿Pero por qué, Gabrielle? —preguntó Isabel con franqueza—. Sois la candidata perfecta.

—Por varias razones, Isabel, algunas muy personales. Baste decir que ése no es mi destino.

—¿Tan segura estáis? —preguntó Fernando.

—Sí. Ya lo creo. Pero he oído ciertos rumores.

Isabel se echó hacia delante.

—¿Sí? Contadnos.

—Bueno, al parecer, hay un explorador italiano llamado Colón que está buscando apoyos para navegar hacia el oeste en busca de una ruta marítima hasta China e India.

—¿Sí? ¿Y?

—Y mis fuentes me dicen que el rey italiano lo ha rechazado. Sería muy fácil hacerle saber que su petición sería bien recibida aquí.

—¿Y vos creéis que deberíamos... hacer caso de su petición, quiero decir?

Gabrielle se puso pensativa, con los labios fruncidos mientras se acariciaba la barbilla. Por fin mostró su acuerdo tácito.

—Sí, eso creo. Parece tener las ganas y la iniciativa necesarias y defiende una teoría con mucha firmeza. Creo que podría tener mucho éxito.

Fernando asintió sabiamente.

—Esto podría venirnos muy bien, Bela. Tal vez deberíamos pedirle a Gabrielle que le dé un toque, ¿eh?

—Me parece buena idea, Nando. —La reina se volvió hacia Gabrielle—. ¿Os importaría?

Gabrielle sonrió.

—Dejadlo todo en mis manos. Lo traeré aquí personalmente.


Italia había cambiado mucho con el paso de los siglos desde la última vez que Gabrielle pisó suelo romano. En lugar de la muerte y la decadencia que recordaba del Imperio Romano, se respiraba un ambiente de renovación.

Las cosas eran muy distintas. En las esquinas de las calles, los vendedores anunciaban libros y panfletos y todo el mundo sabía leer. Era tan distinto de lo que había sido antes que Gabrielle logró olvidarse del hedor de la ciudad. Por las calles volaban nuevas ideas y filosofías, y Gabrielle aspiró el aroma del renacimiento llena de alegría.

Tardó un poco, pero por fin alguien le indicó a Gabrielle dónde podía encontrar a Cristóbal Colón.

Colón no era en absoluto como se esperaba Gabrielle, aunque había intentado no hacerse ideas preconcebidas. Sabía lo poco fiables que eran las impresiones, pero le habían dado tantas descripciones que estaba convencida de que Colón era un hombre gigantesco y vocinglero.

Lo que se encontró fue a un hombre de estatura media que hablaba suavemente expresando ideas muy sólidas. Aunque se quedó un poco asombrada por sus procesos mentales y sus conclusiones, estaba claro que era un pensador y muy ambicioso.

Él se quedó mirándola con cierta desconfianza cuando se le presentó. A fin de cuentas, era una mujer... y una mujer que se negaba a doblegarse a las convenciones. Con todo, lo que tenía que decirle era interesante para el explorador, sobre todo porque traía consigo una misiva real que lo invitaba a la corte de los monarcas españoles.

—Decidme, Gabrielle. ¿Cómo es que habéis oído hablar de mí? —preguntó Colón mientras se dirigían a la villa de su familia. La familia iba a hacer una fiesta en su honor y mamá le había ordenado que trajera a la fiesta a la mujer que les había brindado semejante oportunidad. Gabrielle había intentado rechazar la invitación, pero sabía mejor que la mayoría lo difícil que resultaba a veces decirle que no a mamá, pues recordaba bien la tozudez de Cyrene.

—No ha sido tan difícil, Cris. Me interesa la comunidad científica y en ella vuestras teorías cuentan con muchos apoyos.

Colón asintió. Sabía que era cierto. Siguieron caminando un rato en silencio y luego carraspeó y habló de nuevo.

—¿A vos os parecen teorías válidas?

Gabrielle dio vueltas a la pregunta unos momentos para pensarse bien la respuesta.

—Sí que creo que la Tierra es redonda —dijo por fin, con sinceridad—. No estoy segura de que si viajáis hacia el oeste, llegaréis necesariamente donde queréis, pero sí que creo que allí hay cosas a la espera de ser descubiertas.

Él observó su rostro con atención y se dio cuenta de que, efectivamente, lo creía. Sonrió. Mucha gente no lo creía, incluso dentro de su propia familia. Era agradable oír algo positivo por una vez.

—Bueno, espero que el rey Fernando y la reina Isabel compartan vuestra opinión, Gabrielle. Estaría bien poder demostrar mis teorías de una vez por todas.

—Creo poder decir con seguridad que os darán toda clase de oportunidades para que lo hagáis, Cris. Lo que hagáis con esas oportunidades depende totalmente de vos.

Los numerosos familiares de Colón los recibieron calurosamente. Gabrielle no tardó en descubrir que todo aquel que pudiera ser considerado pariente, por lejano que fuera, había sido invitado y había acudido a la fiesta. Perdió la cuenta de las veces que le presentaron a tal primo o cual pariente hasta que estuvo convencida de que se le iba a caer la cabeza de la sobrecarga.

Por fin, ya avanzada la velada, encontró un rincón tranquilo en el jardín y se quedó ahí sentada absorbiendo la paz.

—¿Si me disculpáis?

Gabrielle abrió despacio los ojos en la oscuridad. No había percibido malevolencia, sólo un poco de curiosidad, aunque había tenido la vana esperanza de que la dejaran en paz. Suspiró en silencio.

—¿Si me disculpáis, señorita? —repitió la voz suave, y esta vez volvió la cabeza para ver quién era.

—¿Deseáis algo?

—Espero que no me consideréis demasiado osado, ¿pero sería posible tal vez que me dejarais pintaros?

Gabrielle parpadeó, no muy segura de querer entender lo que le estaba preguntando el hombre que tenía delante. Pero antes de que pudiera abrir la boca para contestar, Colón entró en el jardín para buscarla.

—Ah, estáis aquí. Mamá me ha enviado a buscaros. Vamos a hacer el brindis final y tenéis que estar presente. —Se fijó en el hombre que seguía esperando pacientemente a un lado—. ¡Leo! ¿Cómo estás? ¡Hace siglos que no te veo!

Colón se volvió hacia Gabrielle.

—Éste es Leo, primo segundo mío, hijo de unos tíos de mi madre. Leo, ésta es Gabrielle. —Se volvió de nuevo hacia la bardo—. Se dedica a pintar, y es un geniecillo, en realidad.

Gabrielle miró al tímido joven cuyo rubor se veía claramente a la luz de la luna.

—¿De verdad? Bueno, cuando deje a Colón colocado con los reyes de España, ¿tal vez me dejaríais ver vuestro trabajo?

Leo asintió y Gabrielle sonrió.

—Bien. Estoy deseándolo.

Y entonces los tres volvieron dentro para brindar por el posible viaje de Colón.


Convencer a Isabel y Fernando de que lo respaldaran no fue en absoluto tan difícil como Colón se esperaba. Aunque quisieron conocer los detalles específicos de sus teorías y planes, se mostraron más que dispuestos a darle su apoyo en cuanto quedaron convencidos de que, efectivamente, lo había estudiado todo a fondo.

—¿Por qué habéis estado dispuestos a escucharme? —preguntó Colón sin rodeos cuando finalizaron las negociaciones—. El rey italiano apenas me saludó antes de negarse a respaldarme.

Isabel se encogió de hombros con gracia.

—Por Gabrielle. Ella nos convenció de que sois el hombre que estábamos buscando.

—Pero si ni siquiera me conocía —dijo perplejo—. ¿La conocéis desde hace tanto como para fiaros de su criterio implícitamente?

—La verdad es que no. Pero no ha hecho sino darnos motivos para fiarnos de ella y, como vos, estaba preparada. —Isabel hizo una pausa—. Lo cierto es que ella era nuestra primera elección.

—¿Os rechazó? —Un gesto de asentimiento—. ¿Por qué? Es un gran honor.

—No era algo que deseara hacer. De modo que os recomendó a vos. Consideraos afortunado.

—Supongo que esto quiere decir que no va a estar al mando de un barco, ¿no?

—Suposición correcta, capitán. Id con Dios.

—Así lo haré, majestad. Y volveré con nuevas rutas comerciales para España.


Gabrielle se quedó en España cerca de Isabel y Fernando durante los meses en que Colón estuvo de viaje. No le resultaba cómodo estar con ellos constantemente, pero se mantenía en contacto con ellos con regularidad.

Recorrió el país como había hecho con Xena durante sus primeros viajes juntas. Conoció gente y siguió reconectando con su faceta de bardo, que había estado dormida demasiado tiempo. Rara vez tenía que poner a prueba su habilidad con las armas, una vez se corrió la voz por el país de que había derrotado a Fernando y a su mejor maestro de armas en la corte.

Siempre había incidentes, por supuesto: gente que no se creía la reputación que la precedía. Y Gabrielle siempre intentaba hablar primero y sólo entonces recurría a la violencia. Y después se alejaba a solas un rato para satisfacer la sed de sangre que ardía con tanta facilidad en cuanto se le daba una oportunidad.

Pero por lo general, Gabrielle pasaba los días tranquila y agradecía la oportunidad de volver a hablar con la gente corriente.

Por fin, meses después de que Colón zarpara rumbo a lo que esperaba que fuera China e India, Lucio volvió a acudir en busca de Gabrielle. Pero esta vez, sabía a quién buscaba y la encontró muy deprisa.

Al verlo, Gabrielle terminó su conversación con los comerciantes y se acercó. Él le sonrió e inclinó la cabeza.

—Os saludo, Gabrielle. El rey Fernando y la reina Isabel solicitan vuestra presencia en palacio lo antes posible. Colón ha vuelto y tiene mucho que contar.

Ella aceptó el caballo que le ofrecía y montó con elegante facilidad.

—Así pues, ¿hay buenas noticias, Lucio?

—Eso creo, sí. No ha encontrado la India, pero ha encontrado una nueva tierra de la que ha tomado posesión en nombre de España. Parece que los reyes van a tener la nueva colonia que querían, después de todo.

—Muy interesante.

Y entonces pusieron los caballos al galope y corrieron al castillo.


Colón no estaba contento con su descubrimiento, aunque le dio cierta riqueza y fama. No era lo que estaba buscando y se sentía obligado a volver al mar para seguir buscando la ruta que estaba seguro de que existía.

Por su parte, los monarcas españoles estaban satisfechos con su hallazgo, pues esto les daría nuevos territorios que conquistar y explorar. Gabrielle se hartó de tanta política y no tardó en hacer preparativos para volver a Italia.

—¿Pero por qué, Gabrielle? —preguntó Fernando—. Habéis sido valiosísima para nosotros.

Gabrielle aceptó las palabras asintiendo.

—Tal vez —concedió—. Pero ahora hay otros sitios donde necesito estar y tengo que regresar a Italia para ver la obra de Leo. Se lo prometí.

—¿Leo?

—Es un pariente de Cris. Lo conocí cuando fui a buscar a Cris para traerlo aquí.

Entonces los monarcas asintieron a la vez, creyendo comprender algo que no comprendían.

—Por supuesto, Gabrielle. Disculpadnos. No queríamos manteneros tanto tiempo alejada de vuestro amor. Id pues, con nuestra bendición.

Gabrielle se quedó boquiabierta por el pasmo ante la conclusión a la que habían llegado erróneamente los reyes. Luego sacudió la cabeza sin dar crédito y no se molestó en sacarlos de su error. No merecía la pena enzarzarse en discusiones y justificaciones.

—No creo que a Tony le hiciera mucha gracia tener que compartir a Leo de esa forma —se dijo por lo bajo, pues recordaba la ferocidad con que el hombretón protegía al pintor y conocía íntimamente el origen de ese afán protector. Ese reconocimiento le había vuelto a llenar de dolor el corazón, al igual que ahora al recordarlo.


El viaje a Italia fue largo y arduo, pues era invierno cuando partió. Pero Gabrielle se tomó su tiempo, puesto que apreciaba la furia de la naturaleza como una belleza en sí misma. Así y todo, se alegró al ver que las lluvias de la primavera sustituían a las nevadas del invierno, y ni siquiera el hedor a humanidad que llevaba demasiado tiempo sin lavarse conseguió borrar la sonrisa que la luz del sol le dibujaba en la cara.

Gabrielle dedicó un tiempo a ver la diferencia que un poco de conocimiento había supuesto para tanta gente. Una vez más, la gente leía y hablaba de filosofía. Había pintores instalados a lo largo de la amplia avenida y a lo lejos, Gabrielle oía música de cámara, tanto vocal como instrumental.

Se adentró en el laberinto de calles y por fin llamó a la puerta del número que le habían dado. Sólo lo había visto una vez, pero se acordaba de ella y, con una amplia sonrisa, Tony abrió la puerta de par en par e hizo una reverencia.

—Bienvenida a nuestro humilde hogar, Gabrielle. Estamos encantados de teneros aquí por fin.


PARTE 15


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades