Nota de Atalía: En esta parte aparece un personaje llamado Johnny Appleseed (algo así como Juanito Manzanas, libremente traducido). Es un personaje histórico real, muy conocido en EE.UU. Llamado en realidad John Chapman, nació en 1774 en Massachusetts y se pasó 49 años de su vida viajando por América plantando semillas de manzanas. Viajaba a pie y descalzo, vestido con sacos y con una olla por sombrero, que usaba para cocinar, y se hacía amigo de todo el mundo, blancos e indios por igual. Plantó manzanos por Illinois, Indiana, Kentucky, Pensilvania y Ohio, y después de 200 años, algunos de esos manzanos todavía se conservan y dan fruto. Murió en 1845.
Por cierto, aprovecho la coyuntura para comentar que hay ciertos detalles de esta novela en los que la autora hace un claro homenaje por alusiones a Melissa Good y su serie de Xena y Gabrielle: concretamente con los personajes de la pantera y el zorro y con el tema de las semillas de manzana. Para los que hayáis leído dicha serie en inglés, ya sabéis a qué me refiero. Los que no la hayáis leído, paciencia, que ya os enteraréis a medida que una servidora la vaya traduciendo. ;-)


Capítulo XXV


La primera parada del viaje fue la aldea original nativa. Gabrielle se quedó asombrada al ver los cambios y el crecimiento que se habían producido durante su larga ausencia. Había muchos hombres e incluso bastantes mujeres, aunque eran muchas menos. Ephiny y Gabrielle fueron recibidas calurosamente y luego las dejaron para que visitaran el lugar a su antojo.

El mercado era grande y Gabrielle pasó un rato recorriéndolo, charlando con los comerciantes y regateando hasta que ambas partes quedaron satisfechas con sus compras. Ephiny se hizo a un lado para observar, meneando la cabeza ante una faceta vertiginosa de su amiga que nunca había pensado que llegaría a ver. Recordó los pergaminos privados de su antepasada que llevaba consigo y se preguntó si vería algo más descrito en ellos.

Pasaron varios días en la aldea, mientras Gabrielle hablaba con el consejo dirigente entre otras cosas. El acuerdo que había creado entre ellos y las amazonas tantos años atrás había resultado beneficioso para todas las partes implicadas, y Gabrielle se alegró de saber que seguía vigente.

Varios de los hombres de la aldea se mostraron interesados por ella y por Ephiny, puesto que la razón fundamental de que las amazonas los visitaran era para tener hijos, pero tras varias negativas y un rechazo bastante brusco, los hombres comprendieron que ninguna de las dos estaba interesada en tener hijos.

—Ephiny, ¿por qué le has dejado marca? —No había crítica en la pregunta, sólo pura curiosidad.

—Teniendo en cuenta donde tenía las manos —gruñó Ephiny—, tiene suerte de que no se las haya roto. —Indicó con sus manos dónde había intentado el hombre ponerle las suyas.

—Ooh. Pues en ese caso tiene suerte de que hayas sido tú y no yo. —Ephiny enarcó una ceja interrogante—. Le habría aplicado el pellizco.

—¿El pellizco? —El rostro de Ephiny se llenó de confusión mientras repasaba su catálogo mental de técnicas de combate—. ¡OH! —exclamó cuando cayó en la cuenta—. Quieres decir el pellizco. ¿Xena te enseñó eso de verdad?

—Sí, de verdad —contestó Gabrielle suavemente, recordando con demasiada claridad cómo se había arrodillado en el suelo de la habitación en Japa. Incluso ahora, sintió que se le revolvían las tripas como en aquel entonces y tuvo que esforzarse por no vomitar. Ephiny le puso la mano en el brazo y eso la devolvió a la realidad, y tras un momento de intensa concentración, Gabrielle logró controlar esa fiera sensación.

—Lo siento, Gabrielle. No quería...

Gabrielle hizo un gesto para detener la disculpa de Ephiny.

—Tranquila, Eph. No tienes forma de saber qué es tabú y qué no lo es. Igual que yo nunca sé qué es lo que me puede afectar. —Sonrió débilmente—. A veces un simple olor me recuerda algo... Bueno, tú ten paciencia conmigo, amiga. No ocurre a menudo, afortunadamente. Y siempre lo supero.

Dio unas palmaditas en la mano que estaba en su brazo y Ephiny le correspondió apretándoselo ligeramente.

—Además —comentó Gabrielle con humor—, el tema lo he sacado yo, ¿no? Venga. Vamos a visitar a la tribu de Uluru.


—Hacía mucho tiempo que no cruzaba un desierto —comentó Gabrielle—. Ahora recuerdo por qué.

—Al menos no nos hemos topado con ninguna tormenta de arena —dijo Ephiny riendo.

—Ni lo menciones —advirtió Gabrielle con una sonrisa—. No tiene gracia.

—Lo dirás en broma... ¿de verdad has tenido que viajar en medio de una tormenta de arena?

—No, no lo digo en broma, y sí, de verdad lo he hecho. ¿Crees que la arena que tienes ahora encima es un horror? Pues espera a que se te meta en lugares que no le corresponden.

—¡Aaajj! Gracias, Gabrielle. Como si no estuviera llena de picores antes de esa agradable imagen mental.

—Ya, pues deja que te diga que la física es mucho peor. Lo he visto, lo he hecho, no quiero repetir.

Hacía ya casi tres semanas que habían dejado la aldea nativa para dirigirse a la aldea amazona central de Uluru. Les habían dado indicaciones de cómo llegar a una o dos pequeñas charcas de agua por el camino, pero hacía cinco días que no veían ninguna y las dos estaban bastante desesperadas por encontrar agua.

—¿Por qué exactamente hay amazonas en medio de la nada? —preguntó Gabrielle, con la esperanza de distraerse y no pensar en la arena.

—Cuando se acabó aquella enfermedad... —Miró a Gabrielle para ver si se acordaba de aquella época. Gabrielle asintió y Ephiny tomó aliento—. Cuando se acabó la enfermedad, el consejo y la regente decidieron que sería prudente para la vida de la Nación que nos expandiéramos un poco. Que tuviéramos unas cuantas tribus separadas en lugar de una sola.

—¿Y quién se mereció el castigo de acabar en medio del desierto?

Ephiny se echó a reír.

—Nadie. Se decidió que el puesto avanzado del oeste se convirtiría en un puesto permanente, aunque la gente sirve en él cada seis meses. Luego el consejo decretó enviar de viaje a una partida de exploración hasta que encontraran un buen sitio donde instalar una segunda aldea.

—¿El desierto?

—¡Calla! —la regañó Ephiny—. Estoy intentando contarte una historia. —Entonces se tapó la boca con la mano al darse cuenta de a quién acababa de decirle semejante cosa. Gabrielle se limitó a desternillarse de risa.

—Sigue, Ephiny —dijo, secándose las lágrimas de los ojos—. No digo nada, te lo prometo.

—Ejem, ya, bueno, pues el caso es que, como a la mitad del desierto, varias de las exploradoras cayeron gravemente enfermas. Se decidió que tanto ellas como algunas de las amazonas sanas se quedarían allí mientras las demás continuaban el viaje. Durante el año que las exploradoras tardaron en llegar a la costa del otro lado y establecer un pequeño puesto, las amazonas que se quedaron aquí se dedicaron a establecer su propia colonia. Cuando las pocas exploradoras originales que no habían quedado instaladas en el este regresaron a buscarlas, se habían construido un hogar muy cómodo.

—¿En el desierto?

—En el desierto. Cuando las exploradoras regresaron y dieron la noticia, el consejo decidió que así estaba bien... sobre todo porque así teníamos no una, sino dos aldeas más. Y así teníamos un sitio donde descansar al viajar de costa a costa.

—Bueno, pues aunque sólo sea por eso, me alegro de que encontraran un hogar aquí. Estoy como superharta de tanta arena.

Ephiny se echó a reír.

—Sabes, cuando hablas así, te pareces mucho a la descripción que haces de Afrodita.

Entonces fue Gabrielle la que se echó a reír.

—¿Qué quieres que te diga? Se te pega al cabo de un tiempo.


Por fin, divisaron la gran roca roja que era lo único que se veía en kilómetros a la redonda.

—¡Caray! Es increíble —dijo Gabrielle suavemente.

Ephiny levantó la mirada, pero estaba más interesada en examinar la zona. Se suponía que la tribu de Uluru estaba cerca de la roca, pero no veía señal alguna de vida ni ocupación. Y como nunca había viajado tan lejos, Ephiny no sabía muy bien cómo encontrarlas.

—Ah —gruñó, y volvió a fijarse en el paisaje hábilmente anodino. Gabrielle la miró extrañada.

—Mm, ¿Ephiny? ¿Qué buscas?

—La aldea —fue la respuesta distraída.

—Aquí no hay nada.

—Sí que hay. Es que tengo que encontrarlo.

Gabrielle se sentó en una piedra y se echó hacia atrás y soltó un graznido de sorpresa cuando la roca se movió. Un ruido áspero y lo que parecía un terremoto en miniatura las llevó a las dos a mirar a su alrededor hasta que advirtieron el agujero que iba apareciendo en el suelo.

—¿Bajo tierra? ¿Viven bajo tierra? —le preguntó Gabrielle a Ephiny.

—Sí, aunque no sé si habría llegado a encontrar la palanca si tú no te hubieras apoyado en ella. La han disimulado muy bien. Buen trabajo, mi reina.

Gabrielle le lanzó un ligero puñetazo a Ephiny, que lo esquivó fácilmente.

—Graciosilla. —Contempló el agujero oscuro donde se veía el comienzo de unas escaleras—. Bueno, venga. Vamos a ver esta aldea subterránea.

Gabrielle empezó a bajar los escalones antes de que Ephiny pudiera detenerla. Pero cuando sólo había bajado dos escalones se detuvo de golpe... tan de golpe que Ephiny estuvo a punto de arrollarla por detrás.

—¿Gabrielle?

De repente, las dos lanzas que tenía casi clavadas en la tripa bajaron levemente.

—¿Mi reina? —se oyó una voz en la oscuridad.

—Sí —contestó Gabrielle escuetamente.

Las lanzas bajaron más y una guardia subió despacio por las escaleras, parpadeando bajo la brillante luz del sol.

—Mis disculpas, mi reina. No nos dijeron que vendrías tan pronto.

—Bueno —comentó Gabrielle con humor—, os felicito por vuestra diligencia. ¿Podemos entrar?

—Oh... oh, sí. Por favor. Dina, pásame una antorcha para que la reina y... —La guardia miró por encima del hombro de Gabrielle—. Ephiny, ¿verdad? —La cabeza rizada asintió—. Y Ephiny puedan ver y bajar hasta la aldea.

La aldea misma era una obra de arte asombrosa. Se habían excavado túneles en la roca que soltaba destellos de color cuando le daba la luz, y había habitaciones por todas partes. En algunos puntos, el suelo de encima estaba trabajado de forma que dejaba pasar la luz del sol, y un manantial de agua subterránea creaba una gran charca en la zona central.

—Bienvenida, mi reina —dijo la regente inclinando la cabeza—. Bienvenida a Uluru.

Gabrielle miró a su alrededor asombrada y encantada.

—Esto es increíble, Pyrna. Es impresionante.

—Gracias, mi... Gabrielle. —Cambió el nombre cuando Gabrielle alzó una mano y la miró—. Estamos muy orgullosas de nuestro hogar.

—Y con razón —comentó Ephiny—. Esto es fantástico. ¿Todo esto lo habéis excavado vosotras o...?

La regente se echó a reír.

—Dioses, no. Nuestras antepasadas tuvieron la gran fortuna de encontrar las cuevas principales cuando se instalaron aquí. Hemos trabajado mucho para ampliarlas y la verdad es que seguimos haciéndolo. Necesitamos más espacio a medida que la tribu crece.

—¿Dónde encontráis hombres? Hace casi tres semanas que no vemos a nadie.

—Viajamos a cualquiera de las otras dos tribus. Las dos tienen acuerdos con las aldeas nativas vecinas.

—¿Y eso os funciona? —preguntó Gabrielle.

—Sí. Algunas mujeres se quedan en las otras aldeas, pero en su mayoría, las demás vuelven a casa... y por lo general se traen a alguien.

—Vaya, todo esto es fascinante. ¿Podemos hacer una visita? —preguntó Gabrielle de nuevo, mientras sus ojos lo absorbían todo con tranquilo deleite.

—Por supuesto. Luego celebraremos un banquete. Es la primera vez para nosotras, sabes.

Gabrielle se quedó atónita.

—¿Vuestro primer banquete?

A la regente le dio tal ataque de risa que se quedó doblada en dos.

—No, majestad. Es la primera vez que nuestra reina nos visita. Te aseguro que sabemos hacer una buena fiesta.

Ephiny soltó una risita. Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Lo llevan en la sangre —se susurraron la una a la otra a la vez. Luego siguieron a la regente por la inmensa red de cavernas.


Tanto Ephiny como Gabrielle disfrutaron del tiempo que estuvieron con las que llamaban las amazonas de las cuevas. Gabrielle se quedó asombrada al ver las numerosas maneras en que habían adaptado su vida subterránea hasta lograr casi lo que incluso alguien de arriba habría considerado normal. Había agua corriente caliente y fría, un molino de grano, un complicado sistema para eliminar desechos y una gran zona reservada para juegos y torneos.

A Ephiny esto último le gustó muchísimo, pues se podían realizar toda clase de complicados ejercicios físicos.

—Esto tiene mucho sentido —le comentó a Gabrielle mientras usaban las instalaciones una mañana—. Porque no pueden subirse a los árboles ni correr largas distancias.

Gabrielle miró a Ephiny, que estaba trepando por la cara de roca a su lado.

—No, pero deja que te diga que ésta es una de las cosas más difíciles que he intentado en mi vida.

Para Gabrielle, sin embargo, lo más ingenioso de todo eran el invernadero y el empleo del calor, la luz del sol y el agua.

—Esto es... con esto se podrían resolver todos los problemas de hambre —le comentó a la jardinera jefa. Gabrielle había presenciado hambrunas en persona, junto con sus devastadores resultados.

—Sí, pero no hemos averiguado cómo compartir nuestros conocimientos y todavía estamos haciendo pruebas en las otras dos aldeas, para ver si puede funcionar en la superficie.

—Ésta sería una forma de que las amazonas dejaran su huella en el mundo —comentó Ephiny. Gabrielle asintió, pero no dijo nada.

Cuando llegó el momento de marcharse, las dos se encontraron con algo parecido a un séquito.

—Lo siento, Gabrielle —murmuró Ephiny—. Si hubiera sabido que nos íbamos a llevar a la mitad de la tribu, nos habríamos fugado en medio de la noche o algo así.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Nos las arreglaremos —dijo, esperando que fuera cierto y no meras ilusiones por su parte. Si no, iba a ser un viaje insoportablemente largo.

Al final, resultó no ser tan malo en absoluto como Gabrielle o Ephiny se esperaban. La mayoría de las mujeres sólo querían acompañarlas un breve trecho antes de volver a casa. Las pocas que se quedaron estaban decididas a demostrar su valía y dejaban a Gabrielle en paz, salvo para pedirle alguna historia de vez en cuando. Ésa era una contribución que Gabrielle siempre estaba encantada de hacer.

Viajaron a buen ritmo hasta la aldea costera, y las mujeres que habían viajado con ellas siguieron hasta la aldea nativa para encontrar un compañero. Gabrielle se estremeció por la fría y despegada precisión con que se realizaba esa tarea. Pensaba que ni siquiera para tener hijos podría copular con un hombre por el que no sintiera al menos un poco de afecto.

—No es tan malo como parece, Gabrielle. La mayoría de las mujeres pasan unos cuantos meses buscando a alguien con quien tengan al menos cierta compatibilidad. Sólo unas pocas lo hacen desde un punto de vista puramente clínico.

Gabrielle se estremeció.

—Supongo que siempre he pensado que el sexo y el amor deberían formar parte el uno del otro. Yo no podría...

Ephiny le puso una mano en el hombro con delicadeza.

—Lo comprendo, Gabrielle. Algunas amazonas sienten lo mismo que tú y nunca tienen hijos por esa razón. Pero es decisión suya, y ésas son nuestras costumbres. Siempre lo han sido.

—Lo sé, y les deseo lo mejor.

—¿Hasta el punto de presidir los ritos de fertilidad mañana por la noche?

—Sí, presidiré una fiesta más de las amazonas —replicó Gabrielle riendo—. Te juro que dedico más tiempo a las juergas durante mis estancias relativamente cortas con las amazonas que durante el resto de mi vida entera.

Ephiny se echó a reír.

—Tenemos que asegurarnos de que quieres volver.


Los ritos salieron bien y la fiesta fue muy divertida, pero Gabrielle se sentía cada vez más tensa. Incluso su placer al ser presentada a la comunidad y visitar una nueva aldea estaba empañado. No sabía si atribuirlo a la creciente necesidad de alimentarse de nuevo o a la compañía constante que parecía rodearla.

Al cabo de un par de días de observar la irritación en aumento de Gabrielle, Ephiny por fin se la llevó aparte. A Gabrielle no le sorprendió mucho. Ephiny y ella se habían hecho buenas amigas, y pensó que hasta para la menos observadora de todas ellas, era evidente que estaba de mal humor. Lo que la dejó totalmente pasmada fue lo que dijo Ephiny.

—Gabrielle, ¿cuánto tiempo hace que no te alimentas?

—¿Dis... disculpa? —Los desorbitados ojos verdes miraron a Ephiny con una mezcla de miedo, alivio y desesperación.

Ephiny cogió a Gabrielle del brazo y se la llevó de la aldea hacia la playa. Cuando se convenció de que estaban solas, Ephiny carraspeó y empezó a hablar.

—Deja que te cuente una historia. Hace muchos años, había una joven reina amazona llamada Gabrielle que eligió a su amiga Ephiny para que fuera su regente. Ephiny quería mucho a la reina y de vez en cuando escribía cosas sobre Gabrielle en sus diarios privados. Con el paso del tiempo, Ephiny notó unas sutiles diferencias en la reina y en la consorte no oficial de la reina, Xena. No era nada concreto que pudiera señalar, pero algo había cambiado entre ellas, mucho después de que Ephiny supiera que eran amantes.

"Fue un tiempo después del... —se detuvo y eligió sus palabras con cuidado—, del incidente de la aldea. Pero no sé cuánto tiempo después. Era la primera vez que volvías a la aldea después de que Xena te hubiera sacado a rastras de la Nación y todavía había mucha animosidad contra la guerrera. Después de que Xena le hubiera dado las gracias a Ephiny por lo que había hecho para proteger a su reina y hubiera pedido perdón por lo que ella misma había hecho, Ephiny se topó literalmente con su secreto.

"Se había adentrado en el bosque para escapar y pensar, pues sabía que cualquier castigo que se debiera aplicar a Xena era exclusivamente responsabilidad suya. Fue derecha a su árbol de pensar, rezongando y maldiciendo mientras se esforzaba por trepar con el brazo que todavía tenía débil. Pero por fin logró subir, y llegar a su lugar preferido no le exigió mucho más esfuerzo.

"Ephiny se quedó sentada sin moverse un buen rato, tranquilizando su mente y repasando todos los hechos tal y como los conocía. Se sobresaltó cuando de repente Xena y Gabrielle se detuvieron debajo de ella y se pusieron a hacer el amor casi con frenesí. Abrió la boca para anunciar su presencia y entonces vio que Gabrielle abría la boca y clavaba los colmillos en el cuello de Xena, provocando una reacción inesperada tanto en la guerrera como en la bardo.

"No duró mucho, y Xena le devolvió el favor, y luego se pusieron a hacer el amor con ternura. Ephiny captó el momento en que los sentidos de Xena advirtieron su presencia y se dio la vuelta para dar a sus amigas cierta intimidad. Se vistieron la una a la otra despacio cuando terminaron y se dirigieron de vuelta a la aldea. Xena clavó una mirada en Ephiny y aceptó el gesto solemne de asentimiento que le prometía que guardaría silencio. Ephiny se quedó en el árbol casi toda la noche, intentando comprender lo que acababa de ver.

"Nunca se lo contó a nadie. Pero siempre se preguntó qué había pasado.

Gabrielle estaba sentada inmóvil, abrazada a sí misma como para protegerse.

—Lamento haberte entristecido, Gabrielle —dijo Ephiny suavemente—. Sólo te lo he preguntado por preocupación y un poco de confusión.

—¿Lo sabía toda tu familia? —preguntó Gabrielle roncamente—. ¿Ha sido un secreto transmitido de madre a hija durante mil trescientos años?

—No, Gabrielle. En absoluto. Al menos, si alguien más lo sabía, nadie habló nunca de ello. Yo descubrí los diarios por casualidad. —La expresión escéptica de Gabrielle la obligó a seguir a toda prisa—. Cuando nos marchamos de Grecia, a todo el mundo se le permitió llevar una caja pequeña con sus posesiones.

Gabrielle asintió, recordando muy bien la angustia que eso había causado a algunas personas.

—Mis antepasadas se trajeron un cofre que había hecho la propia Ephiny, lleno de intrincados diseños y delicadas tallas. Al principio, se usaba porque era lo único que teníamos, y luego se guardó por ser el único recordatorio que nos quedaba de nuestra antigua patria y de las cosas que se habían quedado atrás. Mi madre murió cuando yo tenía trece años, pero ya me estaba entrenando como guerrera y se me consideraba adulta. De modo que se me permitió conservar mi hogar. —Ephiny tomó aliento—. El día en que terminamos el entrenamiento básico como guerreras, se nos permitió pasar la noche en casa. Era la primera vez que estaba allí sola y tenía un poco de miedo. —Se rió cohibida—. Pasé mucho rato dando vueltas por la cabaña vacía hasta que el cofre me llamó la atención. Me quedé mirándolo largo rato, sin saber qué hacer. Por fin, vi un patrón en la madera y me di cuenta de que era un rompecabezas. Tardé casi dos meses en descubrir el secreto, pero cuando lo hice, encontré el cajón oculto donde estaba el diario. Fue... pensé que era lo mejor que me podía pasar.

Sonrió a Gabrielle.

—Y durante mucho tiempo, lo fue. Era la guardiana de un trozo desconocido de la historia de las amazonas... mi propio secretillo. Y entonces te conocí.

Ephiny miró a la figura inmóvil que le daba la espalda llena de tensión.

—Gabrielle, ¿me explicas una cosa?

Durante largo rato no hubo más que silencio, y Ephiny había renunciado casi a la esperanza de obtener respuesta cuando en la quietud se oyó una voz que susurró:

—Si puedo.

—No eres una bacante normal. Comes y duermes como todo el mundo, te mueves bajo el sol y pareces capaz de controlar la necesidad de alimentarte. —Ephiny vaciló, preguntándose cómo plantear la pregunta, pero Gabrielle lo entendió.

—No soy bacante plena, y tengo a una diosa que se preocupa por mí. —Hizo una pausa—. Bebí la primera vez que Baco me ofreció el cáliz y eso me dio la inmortalidad y la necesidad de sangre. Xena me detuvo antes de que pudiera beber por segunda vez y completar el ritual. Como porque me gusta, y a veces incluso tengo hambre, aunque normalmente eso sólo me ocurre después de hacer mucho ejercicio o si he estado muy tensa. Duermo porque me ayuda a pasar el tiempo y me recuerda que hace mucho tiempo era totalmente humana. Por supuesto, a veces me canso de verdad lo suficiente para tener necesidad de dormir, pero no sucede a menudo.

Su voz, ya apagada, se convirtió en un susurro.

—La necesidad de sangre no es algo que pueda controlar... sigo teniendo que alimentarme mientras Xena y yo estemos separadas. Afrodita me dio un talismán que me lo hace más soportable. No tengo que alimentarme muy a menudo.

Ephiny se acercó entonces a Gabrielle, lo bastante cerca como para tocarla, pero sin llegar a hacerlo.

—Gracias —dijo suavemente—. Agradezco tu confianza. —Respiró hondo—. Ahora ve. Les diré a las amazonas que necesitabas un poco de paz.

Ephiny empezó a alejarse, pero se detuvo al oír la voz de Gabrielle.

—Gracias por comprender.

Ephiny se rió suavemente.

—Todavía hay mucho que no comprendo, pero sí que comprendo que soy tu amiga, y las amigas se apoyan.

Gabrielle sonrió entre lágrimas que la mujer más joven no veía.

—Ya lo creo, Eph. Ya lo creo.


Después de aquello, las dos descubrieron que estaban más cómodas la una con la otra, y su estancia en la aldea costera se caracterizó por la risa. La tribu lamentó mucho verlas marchar.

—Mi reina, tu barco está cargado y preparado para viajar.

—Gracias, Kima. ¿Estás segura de que esto no supondrá un problema para tu aldea? No voy a volver muy pronto. Varios años como mínimo —le dijo Gabrielle a la regente mientras se dirigían a los muelles.

—Gabrielle, el barco es el que les confiscamos a unos asaltantes que intentaron acabar con nosotras. Lo hemos remodelado para que sea más bien un barco de recreo para las ocasiones en que podemos usarlo. En cuanto a la tripulación... todas estas mujeres comprenden que pueden tardar en volver a casa. Eso lo has dejado muy claro. Así y todo, hemos tenido que celebrar un torneo para decidir quién iba contigo. —Kima se rió suavemente al ver la cara de vergüenza y consternación de Gabrielle—. Lo siento, mi reina. Creo que no comprendes bien cómo afectas a la gente... sobre todo a las amazonas. —Se detuvieron al pie de la plancha—. Que tengas un buen viaje, Gabrielle. Que encuentres pronto a quien tu corazón más desea.

Sin darle a la reina oportunidad de responder, la regente se dio la vuelta y regresó al final del muelle donde se había congregado casi toda la aldea. Un estrépito al fondo del grupo hizo que la gente se apartara mientras Ephiny se abría paso a empujones.

—Te pido disculpas, mi reina.

Gabrielle alzó una mano para detener lo que decía.

—Me alegro de que hayas podido unirte a nosotras. Ahora pongámonos en marcha. Si lo he entendido bien, este viaje nos va a llevar varios meses.

Ephiny gimió en silencio, luego subió corriendo por la plancha y se detuvo en seco al ver a la capitana.

—¿Elizabeth?

—Hola, Ephiny —resonó la voz grave—. He pensado que ya era hora de ser sincera sobre lo que siento por ti —dijo, pero Ephiny captó claramente la intención en los ojos oscuros que la miraban. De repente, la idea de pasar juntas varios meses en el mar ya no le pareció tan mala.


Cuando llevaban diez días en el mar, se oyó el grito de "¡Tierra a la vista!" desde la cofa de vigía. Como nadie se lo esperaba, casi todas las mujeres del barco corrieron a cubierta para ver. Efectivamente, se veía un poco de tierra, y al recibir el asentimiento de Gabrielle, la timonel puso rumbo a ella.

La tierra era preciosa, verde y exuberante de un modo que Gabrielle llevaba años sin ver. La playa era de arena negra, fina y suave como la seda, y Gabrielle se preguntó por un largo instante si realmente necesitaba ver el mundo del que le había hablado Cecrops. Este otro era sencillamente asombroso.

Entonces decidió que tenían tiempo para explorar un poco. Con suerte, la belleza de este lugar no le haría perder a toda su tripulación.

Los días y las semanas se convirtieron en meses hasta que Gabrielle decidió que tenía que seguir viaje hacia el otro mundo que buscaba. Sus exploraciones les habían mostrado montañas y valles, verdes colinas y cumbres cubiertas de nieve. Los lagos eran transparentes, y los volcanes... bueno, de esos podrían haber prescindido perfectamente. Pero por otro lado, según se dice, el exceso de cosas buenas puede llegar a aburrir. Algo malo de vez en cuando en la vida hace que las cosas sean mucho más interesantes.

Al final, como un tercio de la tripulación decidió quedarse, incluidas Ephiny y Elizabeth. A Gabrielle no le sorprendió, aunque iba a echar mucho de menos a Ephiny. Se sintió halagada cuando le pidieron que las casara antes de que zarpara el barco.

Cuando terminó la ceremonia, Ephiny encontró un momento para despedirse en privado.

Abrazó con fuerza a Gabrielle y ésta correspondió.

—Te voy a echar de menos, que lo sepas. Viajar contigo ha sido una de las experiencias más emocionantes de mi vida y jamás lo olvidaré... ni a ti.

—Yo también te voy a echar de menos —dijo Gabrielle con tono apagado—. No te haces idea de lo agradable que ha sido para mí contar con tu compañía durante un tiempo. Que seas feliz, amiga mía. Y quereos bien la una a la otra durante mucho tiempo.

Elizabeth apareció entonces al lado de Ephiny y le ofreció la mano a Gabrielle, que se la estrechó con firmeza.

—Gracias, mi reina. Me has traído hasta mi futuro y siempre estaré en deuda contigo por eso.

—Me alegro de no haberlo estropeado.

—No, eso fue por mi propia estupidez y terquedad. Me alegro de que seas amiga de Ephiny.

Entonces Gabrielle le sonrió de verdad.

—Yo también. ¿Y espero poder incluirte a ti entre mis amigas? —dijo vacilante.

—Sería un honor, mi... Gabrielle.

—Gracias, Elizabeth. Ahora, estoy segura de que las dos tenéis cosas mejores que hacer que estar aquí hablando conmigo. —Hizo gestos con las manos para que se fueran—. Vamos, largo.

Las dos se levantaron temprano a la mañana siguiente con el resto de las que se quedaban atrás para despedir al barco debidamente. Y entonces empezó el largo viaje al Nuevo Mundo.


Fue un viaje largo y monótono, interrumpido únicamente por los días en que se detenían para nadar y refrescarse. Se encontraron varias islas pequeñas por el camino, más por casualidad que a propósito, aunque todas lo agradecían. Estas escalas hacían el viaje mucho más tolerable y les proporcionaban el agua fresca tan necesaria y alimentos.

Cuando llevaba dos meses en el mar, Gabrielle estaba tan aburrida que decidió intentar hacer algo que le recordaba a Xena.

Se tiró desde la popa del barco con una larga cuerda que estaba atada a una anilla de hierro sujeta a la parte más saliente. Con un grito, dio una orden a la capitana y Marta empezó a virar el barco para coger el viento. Al poco, el barco corría a toda velocidad y Gabrielle estaba de pie en el agua, corriendo detrás.

El color de su cara y el brillo de sus ojos fueron bien recibidos por todas y se rieron con ella celebrando su alegría. Fue una experiencia que repetiría varias veces antes de llegar a la costa.


Gabrielle se estremeció al recordarlo. Lo que encontró cuando llegó al Nuevo Mundo no era lo que Cecrops le había dicho que podía esperar. Aunque sí logró encontrar lo que le había dicho después de un largo viaje a pie.

—Xena, no sé dónde estás exactamente, pero espero con todo mi corazón que estés en un sitio seguro... no donde acabé yo en mi primera visita. América es un país bello y salvaje. —Entonces Gabrielle se echó a reír suavemente—. Se parece mucho a ti, mi amor.

Una llamada a la puerta interrumpió su diálogo interno. Gabrielle dejó pasar al camarero con el agua caliente y cerró la puerta tras él cuando se fue.

—Me pregunto si tienes el lujo de darte un baño caliente. Siempre eran más divertidos cuando lo hacíamos juntas.

Con una sonrisa melancólica, Gabrielle se quitó la bata y se metió en la pequeña bañera para lavarse ese día.

—Ahhhhh...



Capítulo XXVI


—Brrr —murmuró Xena suavemente al tiempo que se sacudía el agua de los brazos y se escurría el pelo antes de coger la toalla y secarse rápidamente. Incluso apartada del viento, eso no contribuía a calentar el agua casi congelada en la que se estaba bañando, y se miró con humor, para asegurarse de que aún conservaba todos los dedos de las manos y los pies.

El tiempo se había puesto violento de forma inesperada, puesto que Xena todavía estaba aprendiendo las señales y síntomas de una tierra aún muy nueva para su experiencia. Pero sabía lo suficiente para hacer acopio de leña y encontrar una cueva seca donde guarecerse hasta que pasara lo peor.

Además de estar seca, la cueva le había proporcionado un nuevo abrigo de piel de oso y carne suficiente para aguantar durante todo su viaje hacia el este, así como sangre suficiente para no tener que alimentarse durante un tiempo. También había hecho necesario que se diera un baño.

—Oh, Gabrielle —murmuró al regresar al agradable calor de la cueva—. Qué no daría yo por un baño caliente contigo en estos momentos. —Echó un poco más de leña al fuego y se dispuso a curar la carne y la piel. Si su sentido climatológico interpretaba las señales correctamente, iba a necesitar el abrigo durante un tiempo.

El pergamino era algo vago en materia de pistas, pero decía lo suficiente para llevarla a emprender viaje hacia el noreste. Tenía que encontrar los árboles de los que estaba hecho y a partir de ahí encontraría la vara. Keto le había dicho que buscara los árboles azules, y tras unas cuantas preguntas bien hechas, ahora se encontraba en este camino.

Se planteó si sería prudente exponerse al clima, pero sabía que su corazón no le permitiría dejarlo, aunque su cabeza supiera que no le convenía. Por ahora, el clima dictaba lo que debía hacer, y había decidido que tenía que quedarse donde estaba.

Con la piel bien estirada y la carne curándose despacio encima de varias hogueras pequeñas, Xena se quedó sin saber qué hacer. Tenía pocas cosas y las que no estaba usando en ese momento, ya habían quedado bien recogidas. Eso le dejaba a Xena más tiempo para pensar del que le apetecía, pues sabía que sus pensamientos volverían a Gabrielle y a lo que había perdido.

De modo que se levantó del petate y empezó a ejecutar una serie de movimientos: artes que había aprendido en las tierras de Oriente que permitían movimientos de ataque y defensa pensados para mutilar o matar sin usar arma alguna.

Una y otra vez repasó las formas despacio y con precisión y luego unió los movimientos cada vez más deprisa hasta que fluyeron como una cascada: veloces, bellos y mortíferos.

Por fin, chorreante de sudor y agotada, Xena se dejó caer boca arriba en su petate. Se quedó ahí tumbada un momento, jadeando, luego añadió más madera verde al fuego que usaba para ahumar la carne y atizó la hoguera donde cocinaba.

Justo antes de cerrar los ojos y quedarse dormida, la mente de Xena regresó al calor que desde hacía mucho tiempo relacionaba con Gabrielle. En sus labios se dibujó una sonrisa.


Los siguientes días transcurrieron de la misma forma, para consternación de Xena. Hacía mucho tiempo que le costaba dormir, y ahora tenía que esforzarse más que nunca para conseguirlo.

Por un lado, era agradable. No había estado en tan buena forma física desde antes de concebir a Solan. Se sentía como si su cuerpo hubiera perdido años como si jamás hubieran pasado.

Por otro lado, sin embargo, Xena estaba aburrida. Gabrielle no estaba allí para apreciar tanto esfuerzo y no había nadie más a quien Xena quisiera o necesitara impresionar. Además, este tipo de repetición le producía un poco de agobio. Una cosa era repetir un ejercicio para aprender un nuevo movimiento o fortalecer determinados músculos. Pero una cosa totalmente distinta era verse obligada por las circunstancias a hacer lo mismo una y otra y otra vez.

Al cabo de cuatro días, la tormenta amainó y Xena salió a... la pradera desnuda. El viento había soplado con tal fuerza que se había llevado la nieve con su furia. Xena se quedó asombrada. Según su experiencia, la nieve tendía a caer y pegarse al lugar donde caía y quedarse ahí hasta el deshielo de primavera.

La luz del sol la hizo sonreír, y se apresuró a recoger su pequeño campamento, apagó los fuegos y emprendió de nuevo el viaje hacia el noreste, infinitamente agradecida por el abrigo de piel de oso. Parecía hacer calor por la luz del sol, pero la temperatura era gélida y el viento lo atravesaba todo con un entumecimiento helador.

El invierno parecía durar una eternidad y el hecho de avanzar despacio y sin pausa hacia el norte no cambiaba la percepción de Xena. Pero por fin, el invierno cedió ante lo inevitable de la primavera. Y la primavera encontró a Xena en las montañas.

Pasaron los meses mientras Xena subía y bajaba por cada colina y cada valle, cada día más irritada. Pensó que era una buena forma de aprender a tener paciencia, sólo que no estaba segura de tener paciencia para aprender.

—Un árbol es un árbol que es un árbol —se dijo—. ¿Cómo voy a encontrar una vara en medio de un bosque? Mejor aún, ¿cómo sé si no me he equivocado de bosque?

Xena se frotó la nuca con la mano, notando la tensión acumulada tras casi un año de búsqueda infructuosa. Una mirada al cielo le indicó que se acercaban las primeras tormentas del invierno y decidió buscar un sitio donde esperar a que llegara la primavera.


La primavera llegó de nuevo y Xena estaba aún más decidida a encontrar la vara. Había pasado la mayor parte del invierno estudiando todo lo que podía para intentar calcular con precisión dónde la iba a encontrar. Recogió sus morrales y se dirigió de nuevo hacia el noreste.

De repente, un extraño hombrecillo se plantó delante de Xena, quien por instinto fue a coger una espada que ya no tenía. Se detuvo, dándose cuenta de su error casi al instante, y miró mejor al hombre. Casi se le desencajó la mandíbula al reconocerlo.

—¿Joxer? —susurró.

El hombre ladeó la cabeza y la olla que llevaba por sombrero se le resbaló a un lado, pero levantó la mano para pararla. Se la colocó bien y luego le ofreció la mano.

—Me llamo John Chapman, pero la gente de por aquí me llama Johnny Appleseed. ¿Quieres una manzana?

—De ti no, colega —murmuró Xena—. No sabes el poder que tiene una semilla de manzana.

Él se quedó un poco sorprendido por su respuesta, pero tragó saliva y continuó valientemente.

—Oh, pero claro que lo sé. Mi tarea es esparcirlas por todo el país —dijo, sin entender la mirada extraña que le dirigía Xena—. Por favor, toma una. —E intentó ponerle una manzana en las manos.

—No, gracias —contestó ella tajantemente—. Esas cosas sólo las comparto con Gabrielle.

Él alzó las manos.

—Está bien. Si cambias de idea, estoy plantando manzanos por todas partes. Eres libre de coger lo que quieras.

—Gracias —dijo Xena al tiempo que se alejaba de él.

—Oye —la llamó antes de que desapareciera—. ¿Cómo te llamas?

—Me llaman Xena.

Él abrió la boca para hablar de nuevo y entonces se encogió de hombros. No se la veía por ninguna parte. Dirigió de nuevo sus pasos hacia el oeste y echó a andar... silbando.


La ciudad estaba atestada de gente, llena de ruido y de cosas que jamás en su vida se habría imaginado que podría ver. Y el olor... era indescriptible. Le recordaba... En los labios de Xena se dibujó apenas una sonrisa al recordar. Le recordaba a la primera vez que decidió cocinar para Gabrielle. No sabía que el aceite de freír caliente podía arder como el fuego griego y oler aún peor.

Sonrió entonces, al recordar cómo Gabrielle no sólo había colaborado para limpiar el estropicio, sino que tuvo la decencia de no tomarle el pelo después. Y la noche misma fue... maravillosa. Un recuerdo precioso que todavía le encantaba.

Xena suspiró, deseosa de algo más que recuerdos, y se dirigió con paso firme en busca de las respuestas que quería.

El primer sitio donde probó era una posada, y se negaron a dejarla entrar, mencionando una norma que no dejaba pasar a los "pieles rojas" por la puerta. En el segundo se burlaron de su ropa, diciendo que ninguna mujer decente se dejaría ver vestida de hombre. Se planteó iniciar una pelea, pero recordó las últimas palabras de advertencia que le había dicho Keto.

"Hombres blancos diferentes de nosotros, Zee-nah. Buscan razón para hacer daño a los que no son ellos. Algunos buenos, pero difícil saber quién".

Estaba de acuerdo, pero eso lo pensaba de la mayoría de la gente. Era imposible saber quién era bueno o malo sólo por su aspecto.

Xena se quedó pensando un momento y por fin decidió buscar a un alguacil. Eso podría darle una pista para empezar a buscar a Hércules.


—¡Eh!

Los dos hombres que estaban sentados a la mesa se volvieron para mirarla y entonces enarcaron la cejas al ver su aspecto. Pero el de más edad le hizo un gesto para que se acercara y ella cerró la puerta al pasar al interior de la estancia.

—¿Puedo ayudarla... aah, señora? —preguntó el hombre de más edad. Estaba claro que era una mujer, pero nunca había visto a una vestida así.

—Eso espero. Estoy buscando a una persona.

Silencio.

El hombre más joven intervino.

—¿Esta persona tiene nombre?

Xena se encogió de hombros.

—Estoy segura de que sí, pero no me lo ha dicho.

Los dos hombres se miraron.

—Vale, ¿y qué quiere de nosotros? —dijo el hombre de más edad. Era evidente que estaba al mando, y a Xena le pareció igualmente evidente que ninguno de los dos tenía la menor intención de ayudarla.

—Mire, olvídelo, ¿de acuerdo? Lo encontraré yo sola.

—A ver, un momento, damita. Un momento. —Vio cómo estrechaba los ojos y retrocedió por instinto—. Lo siento, señorita... señorita... ¿Cómo se llama?

—Pueden llamarme Xena. Xena a secas. Y no soy una dama.

—Lo siento, señori... —Vaciló bajo su mirada—. Lo siento, Xena. No pretendíamos que pensara que no queríamos ayudarla. Es que normalmente cuando buscamos a alguien, al menos sabemos quién es ese alguien.

—Pues es de mi estatura, un poco más alto... ojos azules, pelo castaño claro, musculoso. —Indicó la anchura de sus hombros—. Recuerda un poco a un héroe de leyenda.

—Eh, jefe, se parece a...

—Sí. —El hombre de más edad se volvió de nuevo a quien lo miraba con una ceja enarcada—. Oh, discúlpenos de nuevo, señori... Xena. Un hombre que encaja bien con su descripción es en realidad un compañero. Es el oficial de justicia de esta zona.

Xena asintió, aunque en realidad no entendía qué era un oficial de justicia. Todavía no sabía muy bien quiénes eran estos dos ni qué cargo tenían. Sólo sabía que la amable mujer de la misión le había indicado dónde debía ir cuando preguntó por un alguacil. El resto de la perorata de la mujer se le había olvidado.

—¿Me pueden decir dónde encontrarlo?

—Pues ha salido de la ciudad por asuntos de trabajo, pero debería volver pronto... una semana como mucho.

A Xena se le desorbitaron los ojos. No quería pasar una semana en esta extraña ciudad. Había mucho ruido, apestaba y la gente... bueno, estaba harta de la grosería y los malos modales. Y no estaba dispuesta ni por asomo a ponerse esos ridículos trajes que llevaban las mujeres de aquí. No tenían sentido y eran muy poco prácticos. Le recordaban vagamente a la ropa que llevaba Gabrielle cuando se conocieron.

—Escuche —dijo el hombre de más edad, al ver la expresión incómoda de sus ojos—. Yo me llamo Jake y éste de aquí es Billy. —Intercambiaron saludos con la cabeza—. La señorita Lucille es la dueña de la pensión donde vivimos los dos. ¿Qué tal si uno de nosotros la lleva allí para que pueda alojarse y esperar a Hank?

Xena se quedó mirándolos largos instantes. Había confiado muchas veces, para luego verse tristemente traicionada. Pero no sabía cómo encontrar a Hércules y ésta era la mejor oportunidad que se le presentaba en varios meses desde que había iniciado su búsqueda. ¿Qué más daba una semana más?

—Está bien —dijo por fin, al darse cuenta de que podría enfrentarse fácilmente a los dos si le estaban mintiendo, pero con la esperanza de que, por una vez, alguien estuviera siendo sincero con ella desde el principio.

Jake asintió y cogió su sombrero de la percha.

—Vuelvo dentro de nada, Billy. —Y detuvo la protesta del hombre más joven antes de que pudiera expresarla—. Le pediré a la señorita Lucille uno de sus bollos especiales para ti, ¿de acuerdo?

Billy sonrió y asintió. Al contrario que Jake, siempre se sentía un poco tímido con la señorita Lucille, aunque ésta nunca había sido otra cosa que amable con él.

Jake fue a coger a Xena del codo, pero se detuvo cuando oyó un gruñido que emanaba de las profundidades de su pecho. En cambio, abrió la puerta y le hizo un gesto para que pasara antes que él. Ella puso los ojos en blanco y salió de nuevo a la calle sucia, mal oliente y llena de gente.

Había veces, y ésta era una de ellas, en que la suma de la percepción aumentada de sus sentidos de bacante a sus sentidos de guerrera, ya bien agudos de por sí, le producía una sobrecarga. Le hacía desear encontrar una forma de desconectarlos.

Jake guió sus pasos por el camino hasta que Xena se dio cuenta de que se dirigían a las afueras de la ciudad. Observó con cuidado por dónde iban. Quería poder volver a la ciudad si las cosas no salían bien.

Xena logró respirar un poco mejor aquí fuera, y Jake sonrió ligeramente al ver que se relajaba. Le puso una mano amable en el brazo, pero la apartó cuando ella se encogió.

—No se preocupe, Xena. La señorita Lucille cuidará bien de usted.


A Xena, la señorita Lucille le recordaba mucho a su madre, Cyrene. Y como Xena no toleraba la caridad, pasaba los días haciendo cosas para ganarse el sustento mientras esperaba al misterioso Hank.

Cuatro días después de presentarse en la pensión de la señorita Lucille, un gran caballo ruano subió despacio por el camino. Lucille salió al porche delantero y sonrió cuando vio al hombretón que bajaba del lomo del caballo.

—¡Hola, Hank!

—¡Hola, señorita Lucille! ¿Cómo va todo?

—¡Bien, bien! Tiene a alguien esperándolo. ¿Se lo ha dicho Jake?

—No, he venido aquí directo. Necesito darme un baño. El camino ha sido largo.

—¿Quiere que le mande a esta persona cuando termine?

—Sí. No tardaré, pero tengo que librarme del polvo del camino. Me da picores.

Lucille se echó a reír.

—Pues vamos. Tengo agua calentándose para la colada... se la daré y calentaré más para lavar. —Alzó una mano antes de que él pudiera hablar—. Dígame que ahora mismo un baño caliente no le apetece.

—No vale, señorita Lucille. Intento no ser egoísta.

—¿Por qué? Yo se lo he ofrecido. Disfrute mientras pueda.

Hank se rió.

—Está bien, señorita Lucille. Está bien. Gracias. Ya subo yo el agua.

—Gracias, Hank.

La saludó con la mano al entrar en la casa. La puerta se cerró de golpe tras él y Lucille se quedó en el porche escuchando los ruidos de dentro y de fuera. Estuvo a punto de darle un soponcio cuando Xena dobló la esquina sin hacer ruido.

—Santo Dios, niña. ¿Cómo lo hace? Nunca he conocido a nadie tan silencioso en toda mi vida.

Xena se sonrió por dentro, pero se limitó a encogerse de hombros ante Lucille. Había renunciado a intentar que la pelirroja de mediana edad dejara de llamarla niña. Tampoco entendería que tengo casi dos mil años de edad.

Lucille meneó la cabeza.

—Escuche, Hank ha vuelto y necesitaba el agua caliente que tenía preparada para la colada para darse un baño. ¿Me traería un par de cubos más del pozo?

—Claro —contestó Xena, contenta de tener algo que hacer para ocupar el tiempo hasta que Hank acabara. Tenía muchas ganas de terminar con esta parte de su búsqueda. Se sonrió. Y si tenía mucha suerte, también sería agradable ver a un viejo amigo.

Lucille se quedó mirando a Xena un momento antes de volver a la cocina. Iba a tener que preparar una cena bastante más abundante de lo que había planeado. Pero se alegraba de que Hank hubiera vuelto. Sentía bastante curiosidad por saber por qué lo buscaba Xena.

—Nunca he conocido a una mujer más callada que ésta —se dijo Lucille y luego sacó la sartén grande.

Xena llevó los dos cubos de agua a la cocina y los dejó junto al fogón, puesto que la olla que había puesto Lucille allí esa mañana para hacer la colada ya no estaba. Luego volvió a la cuadra para cepillar a los caballos y sacarlos a pastar.

Hank se apresuró con el baño, aunque le encantó poder hacerlo con agua caliente. Sentía curiosidad por la persona que esperaba para hablar con él. Qué curioso que la señorita Lucille no me haya dicho cómo se llama. Ni siquiera sé si es un hombre o una mujer, aunque se imaginaba que era un hombre. Dado su trabajo, era la conclusión más lógica.

Aparte de eso, tenía que ir a la ciudad para hablar con Jake y Billy. Sospechaba que los ladrones de ganado a quienes había capturado formaban parte de un grupo más grande y quería ver si habían oído algo nuevo.

De modo que Hank se bañó a toda prisa, aunque se aseguró de quitarse toda la mugre y el polvo de la piel. Suspiró. Echaba de menos el sistema de cañerías que había conocido en otro tiempo y estaba deseando que llegara el momento en que la humanidad alcanzara el nivel donde había estado el progreso muchas civilizaciones atrás.

A veces ser inmortal entre mortales era un auténtico rollo.

La campana de la cena sonó justo cuando estaba pensando en eso y salió de la bañera y se secó. Se colocó la placa cuando terminó de vestirse, pues sabía que tenía que pasar la tarde en la ciudad poniéndose al día con el trabajo.

Entró en el comedor y al instante se fijó en el largo pelo oscuro y los anchos hombros. Le recordaba... Y entonces la figura se volvió y se encontró con unos conocidos ojos azules. Sólo gracias a su sangre divina consiguió sostenerse en pie.

—Hola, Hércules —dijo ella en un susurro bajo que sabía que sólo él podría oír.

—¡Hank! ¡HANK! —Lucille esperó hasta que él posó los ojos en los suyos—. ¿Está bien? Parece que ha visto a un fantasma.

—Estoy bien, señorita Lucille. Es que no me esperaba volver a ver a Xena. —Desde luego, no en este tiempo ni en este lugar. ¿Cómo...? Le cogió las manos, levantó a Xena de su silla y le rodeó el cuerpo con los brazos con mucho cuidado, no fuera a desaparecer como un sueño. Ella le devolvió el abrazo con fuerza y él sonrió.

—Ha pasado demasiado tiempo, amiga mía —dijo cuando se separaron—. Ni te imaginas lo maravilloso que es volver a verte.

—Hér... Hank —contestó Xena sonriendo, aunque Hércules vio muchas otras cosas en sus ojos. Enarcó una ceja interrogante y ella asintió ligerísimamente. Herc soltó aliento. Se moría por oír su historia.

Lucille sonrió alegremente.

—Vaya. ¿No es estupendo? Ha estado esperando para verlo, Hank. Me alegro de que sea usted la persona a la que estaba buscando. Ahora voy a servir la cena. Seguro que los dos tienen mucho de que hablar.

Tenía muchísimas ganas de quedarse a escuchar, pero sabía que Xena no hablaría si había gente cerca. Aunque sólo fuera en cuatro días, Lucille había averiguado este detalle de su misteriosa huésped.

Hércules esperó hasta que supo que Lucille los había dejado solos y entonces preguntó con un susurro sibilante:

—¿Qué...? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo?

Xena alzó una mano para contener el torrente de preguntas que le hacía.

—Luego. Baste decir que estoy intentando volver a casa... a mi tiempo y a Gabrielle.

Ahora Hércules alzó ambas cejas y se sintió cada vez más intrigado. En ese momento, sin embargo, Lucille volvió de la cocina y les sirvió dos cuencos llenos de verdura y luego desapareció para buscar la bandeja de carne.

—¿Hablaremos? —preguntó él.

—Sí —fue la única respuesta que le dio antes de que Lucille se sentara y el tema de conversación se hiciera más general.


—Señorita Lucille, si Jake o Billy vienen a buscarme, dígales que hablaremos mañana. Esta tarde tengo que ocuparme de unos asuntos personales.

Lucille los miró a Xena y a él y asintió. No sabía si sentirse celosa o no. Era evidente que los dos compartían un pasado, pero si interpretaba las señales correctamente, no eran más que buenos amigos.

—Todavía no saben que ha vuelto, Hank, así que no preguntarán nada hasta que vuelvan de la ciudad.

—Bueno, Marty y Ruford se han llevado a los prisioneros al calabozo, así que ya saben que estoy aquí. Pero no pueden dejarlo todo para venir. —Sonrió y Lucille se echó a reír.

—Ustedes dos váyanse. Yo defenderé el fortín si aparecen antes que ustedes.

—Gracias, señorita Lucille. —Hércules se volvió hacia Xena—. ¿A pie o a caballo?

—No tengo caballo.

Herc sonrió.

—Creo que podemos solucionar ese problema si quieres montar.

El brillo de sus ojos fue respuesta suficiente, y a los pocos minutos, los dos galopaban campo a través. Aflojaron el paso al llegar al riachuelo que corría cerca del límite trasero de la finca y desmontaron ágilmente. Dejaron a los caballos libres para que pastaran y se dirigieron a la orilla del agua cantarina.

Hércules se sentó apoyado en un árbol y contempló a la mujer que había conocido tantas vidas atrás. Habían cambiado muchas cosas desde la última vez que la había visto, pero muchas más seguían igual. Esperó pacientemente, pues sabía que, tarde o temprano, estaría preparada para hablar con él. No tardó en absoluto tanto como se esperaba.

—¿Cuántos detalles conoces de mi historia? —preguntó suavemente, sin dejar de contemplar el agua.

Él se encogió de hombros.

—Ni por asomo los suficientes —respondió—, dado mi pasmo al verte aquí. —Hizo una pausa—. Sé lo que ocurrió en Japón.

Ella se rió con desprecio.

—¿No comentas nada? ¿No mencionas lo estúpida que fui? ¿Lo egoísta que fui?

—¿Qué quieres que te diga que no te hayas dicho ya a ti misma mil veces? —contestó al tiempo que se levantaba.

Ella apretó los puños y esperó, porque necesitaba que se lo dijera en voz alta.

—Está bien... —cedió él—. Te equivocaste con tu elección, te equivocaste con tu decisión, ¡y todo por nada! ¡Gabrielle se quedó sola para sufrir! ¿Es eso lo que querías que te dijera?

Incluso sabiendo que era cierto, al oírlo de sus labios a Xena se le hundieron los hombros.

—¿Es eso lo que crees de verdad? —dijo en apenas un susurro.

—Es lo que sé. Vi lo que pasó allí... cómo fuiste manipulada. Cómo te dejaste manipular para poder ignorar la verdad que llevabas en el corazón y así justificarlo ante ti misma. —Hércules respiró hondo. No tenía sentido atacarla por cosas sucedidas hacía tanto tiempo. Estaba seguro de que ella ya se recriminaba a sí misma lo suficiente.

Se puso detrás de ella, cerca, pero sin tocarla.

—Ahora ya da igual. Es el pasado y no lo puedes cambiar. Lo único que puedes hacer es albergar la esperanza de que la vida que tienes ahora sea mejor.

—¡No! ¡NO! —dijo ella de nuevo, con ferocidad—. Tengo una forma de volver a casa... de volver a mi tiempo, a Gabrielle. ¡Y por los dioses, lo voy a conseguir!

Él la miró, y la convicción de su tono y el fuego de sus ojos le hicieron creer que podía conseguirlo de verdad.

—Está bien —dijo despacio—. ¿Te puedo ayudar en algo?

Xena asintió y le dio de nuevo la espalda. Entonces, despacio, le contó toda su historia... empezando por la sorpresa de encontrarse desnuda en una tierra desconocida, pasando por encima de sus tendencias de bacante y la inmortalidad, y terminando con el pergamino y los tótems que ahora buscaba.

—¿Así que crees que si encuentras todos los tótems, tendrás una forma de volver a casa... de volver a nuestro tiempo?

—Sí. Keto me ha asegurado que yo misma puedo elegir el resultado si el ritual se hace bien. Y eso es lo que quiero. —Cerró los ojos—. Necesito volver a casa con Gabrielle.

—¿Por qué?

La escueta pregunta cayó en el silencio y Xena se quedó paralizada por el escalofrío que le produjo por toda la piel. Esperó, boquiabierta, intentando dar con una respuesta que no pareciera egoísta, y descubrió consternada que no podía. Cuando Hércules se dio cuenta de que no sabía cómo contestar, presionó un poco más.

—¿Por qué querrías volver a hacerla pasar por el tormento que ya ha sufrido por tu espantosa muerte?

—¿La has visto? ¿Sigue viva?

Detestaba aplastar la esperanza que veía en esos ojos azules, pero le había prometido a Afrodita que guardaría el secreto de Gabrielle.

—Xena, la vi en el cuenco de las visiones poco después de tu muerte. Estaba destrozada. —Era la verdad—. No la he visto desde entonces. —También era la verdad, en sentido estricto. Pero Dita lo mantenía informado de las cosas. Tenían un acuerdo.

—¿No podrías al menos ir a ver cómo está? —Ahora estaba furiosa porque él había abandonado a Gabrielle.

—Durante un tiempo, ni siquiera conseguíamos encontrarla. Y cuando lo hicimos, Dita me pidió que no la buscara.

—¿Y la dejaste sola?

—No, Xena. Eso lo hiciste tú.

Y aunque eran ciertas, Xena sintió que las palabras le hacían trizas el corazón y el alma, y tomó aliento con dificultad por el dolor.

—Eres un auténtico cabrón, Hércules —logró susurrar entre dientes—. No sé por qué he pensado que te ibas a molestar en ayudarme. —Se alejó del claro a grandes zancadas, de regreso a la pensión a paso veloz.

Hércules suspiró y meneó la cabeza. La cosa no ha ido bien, pensó malhumorado. Entonces silbó para llamar a su caballo, se montó y recogió las riendas del de Xena. No tardó en alcanzarla.

—Déjame. En. Paz —le bufó con gran precisión, y él sintió que se le ponían de punta los pelos de la nuca como no le había sucedido desde hacía casi dos mil años. Colocó deliberadamente a su caballo delante de ella, se bajó de un salto y se plantó a escasos centímetros de su cara. Lo bastante cerca para que le pegara un puñetazo.

Cosa que hizo. Hércules era la única persona que no sólo sabía y comprendía lo que sentía, sino que tenía la honradez de presionarla y la fuerza suficiente para aguantar su reacción.

Ella le lanzó un puñetazo tras otro y él se lo permitió, protegiéndose sólo la cara de sus ataques. Ella no dijo una sola palabra ni derramó una sola lágrima, pero por fin se derrumbó agotada en el suelo.

—¿Te encuentras mejor? —preguntó él al dejarse caer a su lado, con una mueca de dolor por la contusión que ya sentía en las costillas—. ¿Ya estás preparada para escucharme?

Xena no contestó, pero tampoco se movió.

Le puso los dedos bajo la barbilla y le subió la cara para que sus ojos se posaran en los suyos. El dolor y el tormento que se agitaban en ellos lo dejaron sin aliento, y tragó con dificultad, recordando la desolación que había sentido cuando perdió a Deianeira y a sus hijos y de nuevo cuando Serena murió. Y sabiendo por Afrodita lo que Xena y Gabrielle habían compartido...

—Xena, tengo la vara. Ni te digo la sorpresa que me llevé cuando volví a encontrarla entre mis cosas. Te la daré, pero primero me tienes que prometer una cosa.

Ella asintió, sin apartar los ojos de su cara.

—Quiero que me prometas que si el ritual funciona, si te da lo que pides... tienes que prometerme que no echarás a perder esa oportunidad. —Le sujetó la cara cuando ella hizo amago de asentir—. Cueste lo que cueste, Xena. A partir de ahora, Gabrielle es tu bien supremo y dejarás que el futuro se ocupe de sí mismo.

—Pero... —Estaba confusa por lo que acababa de oír. Él le puso un dedo sobre los labios para hacerla callar. Entonces se puso en cuclillas y contempló el cielo del atardecer.

—Deja que te explique una cosa, Xena... una cosa que sé por experiencia. La eternidad es mucho tiempo para tener que vivir con remordimientos. Para lamentar no haber estado ahí cuando debías estar o con toda la frecuencia con que querías estar. Para lamentar haber puesto cosas por encima de las personas que más te importaban en lugar de ponerlas a ellas por encima. Para estar solo... —Se interrumpió, sin querer o sin poder terminar la idea. Pero daba igual. Xena sabía perfectamente a qué se refería—. Así que tienes que prometerme que, si te ayudo a dar el primer paso para volver con Gabrielle, a partir de ahora lo primero para ti será tu responsabilidad hacia ella. Ahora eres inmortal, Xena. ¿De verdad quieres vivir con remordimientos eternos?

Esperó en silencio largo rato, contemplando el sol que se iba poniendo despacio por el horizonte. Ya estaba anocheciendo cuando Xena habló.

—Te lo prometo.


Hércules se tomó unos días libres, y Xena y él los pasaron renovando su amistad y recordando épocas ya muy lejanas. La noche antes de que Xena estuviera preparada para marcharse, se sentaron en el porche delantero de Lucille con el pergamino extendido sobre una mesita entre los dos.

—Te lo digo yo, Xena. Esta pista te envía a México... a algún lugar cerca de las ruinas de la antigua civilización.

—Hér... Hank, ¿cómo va a haber una máscara de las amazonas en las ruinas aztecas?

—No lo sé, pero ahí es donde la encontrarás. —Hizo una pausa—. ¿Quieres que vaya contigo?

Xena dudó, pero luego negó con la cabeza.

—Aquí tienes hecha tu vida y ésta es mi misión.

Él asintió, aceptando su respuesta porque ya sabía cuál iba a ser. Pero se sentía mejor por haberse ofrecido.

—¿A lo mejor nos volvemos a ver?

—A lo mejor —dijo Xena—. Pero no lo olvidaré —añadió en un susurro.

—Bien. Detestaría tener que darte caza y volver a recordártelo.

Se echaron a reír suavemente con la comodidad propia de la antigua amistad que compartían. Entonces Hércules volvió a ponerse serio.

—Ten cuidado, amiga mía. Los aztecas eran peligrosos cuando su civilización estaba en pleno apogeo.

Xena le sonrió con ferocidad.

—Yo sigo siendo peligrosa. Encontraré la máscara y me llevará hasta Gabrielle. —Se volvió hacia las estrellas y susurró ferozmente—: ¿Me oyes, Gabrielle? Te voy a encontrar.


PARTE 14


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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