Capítulo XXIII


Gabrielle abrió los ojos cuando el amanecer se asomó por su ventana. Hacía mucho tiempo que se había adiestrado para, siempre que podía, dormir cuando los demás lo hacían sin planteárselo. Eso le recordaba su humanidad y le permitía seguir funcionando con cierta normalidad.

Se estiró despacio y luego se abrazó a la almohada, recordando el calor de la presencia de Xena en sus sueños.

—Buenos días, Xena. Te echo de menos, pero cada nuevo día me acerca más a ti.

Se cubrió el cuerpo desnudo con una bata, pues sabía que el camarero no tardaría en llamar para traerle agua caliente para el baño. Era uno de los lujos que se permitía, y su mente regresó a una época en que todavía era un lujo que rara vez se conseguía.


—¡Hola, chati! ¿Qué se cuece?

Gabrielle, que estaba guardando cosas, se volvió. El barco que había alquilado había zarpado del muelle hacía poco, y aunque la capitana se mostraba algo escéptica con el rumbo que había indicado Gabrielle, tanto a ella como a su tripulación se les pagaba muy bien para ir donde se les decía.

Gabrielle había alquilado todos los camarotes, y aunque en realidad no necesitaba todo ese espacio, estaba contenta por la privacidad que eso le daba. Soltó un chillido al oír la voz y se lanzó a los brazos de Dita con una exclamación de alegría.

Dita la estrechó a su vez con fuerza, preocupada por la reacción, pero disfrutando del abrazo a pesar de ello. Depositó un beso en la coronilla rubia.

—¿Estás bien, Gab?

Gabrielle asintió.

—Sí. Es que te echaba de menos... mucho. Parece que ha pasado una vida desde que tuvimos una charleta de amigas.

Una llamada a la puerta hizo que se separaran un poco.

—¿Sí? —dijo Gabrielle, volviéndose hacia la puerta.

—Siento molestaros, ama —dijo una voz de mujer a través de la puerta cerrada—. Pero me ha parecido oíros gritar.

Gabrielle soltó a Dita y se volvió de cara a la puerta.

—No pasa nada —contestó Gabrielle, sabiendo sin mirar que Afrodita sonreía burlona a su espalda—. Pero gracias por el interés.

—De nada, ama —fue la respuesta, aunque la duda se percibía claramente a través de la puerta cerrada—. ¿Necesitáis algo?

—No, gracias —fue la cortés pero firme contestación.

—Muy bien, ama —dijo la voz, aunque pasó un minuto completo antes de que se oyeran unos pasos que se alejaban de la puerta de Gabrielle.

Gabrielle se volvió entonces y se enfrentó a la sonrisa de oreja a oreja que lucía Afrodita.

—Ama, ¿eh? Caray, nena, cómo asciendes en este mundito superchachi. No tenía ni la más remota de que te fuera esa clase de cosas, o sea.

Aunque Gabrielle era una auténtica mujer de mundo, pues había visto, hecho u oído prácticamente de todo en su vida excepcionalmente larga, se las había arreglado para conservar el núcleo de la persona que siempre había sido. Y fue la tímida pastorcilla de Potedaia quien se puso como un tomate por lo que insinuaba la diosa del amor.

—No me llaman ama por eso —rezongó Gabrielle al tiempo que se frotaba la cara para eliminar el rubor y se acercaba a la cama para terminar de deshacer su equipaje—. La tripulación no estaba cómoda llamándome Gabrielle. Y han elegido "ama".

—¿Aunque a ti te incomode? —preguntó Dita con cierta seriedad.

—Sí. A la capitana no le parece bien para la disciplina que se dirijan a mí llamándome por mi nombre.

Dita se quedó perpleja.

—¿Por qué?

Gabrielle se encogió de hombros.

—Ni idea, pero la capitana es ella. Aunque voy a trabajar en ello. No tengo la menor gana de que me llamen ama cuando lleguemos donde las amazonas.

Dita se rió.

—Oh, sí. Esas nenas molonas se pondrían las botas con eso, ¿verdad? Pues podrías adiestrarlas para que te llamen "mi reina".

La mirada que Gabrielle le dirigió a Afrodita podría haber congelado mantequilla caliente en un día de verano.

—Mmm... supongo que no. Aunque si van a ser amazonas, ¿no van a acabar llamándote así de todas formas?

—Espero que no. Ya no soy una reina amazona, Afrodita.

—Cielo, ¿es que no conoces ese viejo dicho, o sea? Una vez reina...

—Además —continuó Gabrielle, por encima de lo que decía Dita—, no hay ninguna garantía de que estas mujeres vayan a convertirse en amazonas.

Afrodita sofocó una carcajada con un ronquido.

—Venga ya, nena. ¿En serio crees que no? Por eso han sido elegidas para ir contigo, ¿no es así?

Gabrielle se encogió de hombros.

—No sé. Últimamente me siento muy desconectada de las cosas.

Afrodita sintió una oleada de comprensión compasiva al oír aquello y cogió a Gabrielle de la mano, llevándola hasta la pequeña cama.

—Lo comprendo totalmente. Venga —añadió, sentándose en el borde de la cama y tirando de Gabrielle para sentarla a su lado—. Vamos a sentarnos y a tener una de esas charletas de amigas que tanto echábamos de menos.

Gabrielle se echó hacia atrás en la pequeña cama y se movió hasta quedar cómodamente apoyada en el cabecero. Dita quiso imitarla y se agitó hasta que se colocó a su lado, y a las dos les dio la risa floja cuando Dita estuvo a punto de caerse de la cama cuando el barco dio un repentino bandazo.

—Bueno, cuéntame cómo te van las cosas, preciosidad. Me siento como si no te viera desde hace siglos —dijo Afrodita mientras se acomodaba mejor en la cama. Estaban sentadas tan cerca que casi se rozaban. Dita se fijó en Gabrielle y trató de sujetarse, olvidándose de que la bardo estaba bien encajada en un rincón.

Por fin soltó un suspiro de exasperación e hizo aparecer una barandilla almohadillada junto a la cama.

—¡Hala! —exclamó con no poca satisfacción. Gabrielle se rió en silencio y luego se inclinó y abrazó a Dita con fuerza.

—Gracias, Afrodita.

La confusión inundó el rostro de la diosa.

—Vale... ¿por...?

—Por estar aquí. —Gabrielle suspiró y aflojó los brazos—. Ya sé que parezco deprimida cada vez que vienes a verme y te agradezco que vengas de todas formas.

—Nena, si hay alguien en el mundo entero que comprenda totalmente tu depresión y, o sea, las razones que hay detrás, ésa soy yo. O sea, yo todavía tengo a la mayor parte de mi familia... —Dita se detuvo pensativa—. Aunque eso de por sí es como para morirse de la depre algunos días. Pero bueno. —Vio la sonrisa de Gabrielle por el rabillo del ojo y se sintió desaforadamente satisfecha de sí misma por haberla causado—. Como iba diciendo, incluso con la familia a mi alrededor, me siguen dando bajones. Echo de menos los viejos tiempos.

Se hizo el silencio, pues Dita se había puesto inesperadamente solemne por el giro de la conversación.

—Yo echo de menos a Xena —susurró Gabrielle, con los ojos clavados en algo que Afrodita sólo podía intuir.

—Oh, nena —intentó consolarla la diosa, cogiendo a la bardo en sus brazos y acariciándole con delicadeza el pelo y los brazos—. Ya sé que es así. No puedo ni describirte lo fenomenal que era veros a las dos juntas, o sea. ¿Y quieres saber un secreto? —Dita esperó hasta que la cabeza rubia asintió contra su pecho—. La única persona que tiene más ganas que yo de que se produzca esta reunión eres tú. Es que me estremezco sólo de pensarlo. Pero en plan bien.

Gabrielle se rió suavemente.

—Yo también. —Entonces se sonrojó—. Gracias, Dita. Me alegro de no tener que hacer esto sola.

Afrodita no contestó inmediatamente y siguió acariciándola suavemente durante unos minutos más. Luego besó a Gabrielle en la cabeza.

—Bueno, ¿te ape oír los últimos cotilleos sobre Cecrops? He hablado con Ch'uang antes de venir aquí.

Al poco las dos estaban poniéndose al día de todos los cotilleos.


Las semanas a bordo del barco transcurrieron agradablemente. Por las mañanas, Gabrielle seguía dedicándose al ejercicio físico, y era experta en suficientes disciplinas y armas para que los entrenamientos resultaran interesantes y variados. Varias de las mujeres de a bordo le pidieron que les diera clase y ella aceptó, siempre y cuando dejaran de llamarla ama y la llamaran Gabrielle a secas. Fue un acuerdo con el que todas estaban conformes.

Las tardes las dedicaba a meditar o leer, aunque en ese campo también le solicitaron clases. Le parecía inconcebible que incluso en el siglo XIV, la capacidad para leer fuera tan difícil para las masas. Y se alegraba de contribuir a acabar con el analfabetismo siempre que surgía la oportunidad.

Las noches las pasaba sola o con Afrodita siempre que ésta podía escaparse, lo cual ocurría con más frecuencia de la que se esperaba Gabrielle. Al parecer, al estar lejos de tierra era más difícil que los dioses la descubrieran.

Pero por fin avistaron su destino y Gabrielle suspiró. Hacía siglos que no se sentía tan nerviosa, a decir verdad. En realidad, desde que se vio obligada a abandonar la seguridad de su hogar con las amazonas. Se preguntaba muchas cosas, de las cuales una de las más importantes era el grado de aceptación que mostrarían las amazonas hacia ella.

Ahora que se acercaban al muelle, vio muchos cambios que habían tenido lugar durante el exilio que se había impuesto a sí misma. La pequeña flota estaba bien conservada, y vio un puesto avanzado combinado con un astillero. Cuando el barco se detuvo, un contingente de mujeres armadas y enmascaradas esperaba con curiosidad no demasiado hostil.

Se dejó caer la plancha y Gabrielle fue la primera en bajar, con los brazos en alto para hacer la antigua señal de paz. La dirigente de las amazonas se adelantó alzando una mano y habló con la voz amortiguada detrás de la máscara.

—Alto, desconocida. Conoces nuestras señales, pero nosotras no te conocemos. ¿Quién eres y qué quieres de las amazonas?

—Soy Gabrielle y vuelvo a casa con mis hermanas en paz.

De debajo de la máscara brotó una exclamación sofocada. La dirigente hizo una breve señal con la mano sin apartar los ojos del rostro de Gabrielle.

—Imposible. La reina Gabrielle y su inmortalidad no son más que una leyenda... una fábula que se cuenta a nuestras hijas por las noches.

Gabrielle suspiró. Sabía que esto no iba a ser fácil, pero había tenido la esperanza...

Se quitó la larga túnica china con la que se había envuelto. Cuando cayó, todas las amazonas presentes se hincaron de rodillas.

La bardo, la mujer de mundo y la viajera habían desaparecido. En su lugar se alzaba una reina amazona, fácilmente reconocible por su atuendo, su anillo de sello y el tatuaje que aún tenía. Gabrielle avanzó hasta colocarse justo delante de la dirigente.

—No soy ningún mito, ninguna leyenda. Soy un ser humano auténtico de carne y hueso.

La cabeza ya estaba inclinada y pareció retraerse aún más al oír las suaves palabras de Gabrielle. Ésta puso unos dedos delicados bajo la barbilla de la mujer.

—Pero has hecho lo que debías al ponerlo en duda. La inmortalidad no es algo que le ocurra a mucha gente. —Gabrielle sonrió al notar que la mujer se relajaba con lo que decía—. Ahora, álzate y camina conmigo. Y por favor —alcanzó su túnica y se la volvió a poner—, quítate la máscara y preséntate.

—Sí, mi reina —fue la previsible respuesta al tiempo que la mujer se quitaba la máscara. Lo primero que apareció fue el pelo rubio y rizado, y Gabrielle sintió que se le aflojaban las rodillas cuando un rostro del pasado la saludó en su presente. La amazona dejó caer la máscara en el momento en que a Gabrielle se le doblaron las rodillas y atrapó a la reina antes de que ésta se estampara contra el suelo.

Gabrielle alzó una mano temblorosa hacia el rostro conocido de la mujer.

—¿Ephiny?

—¿Sí, mi reina?

La conversación terminó cuando Gabrielle sucumbió a la pérdida de conocimiento.


Llega un punto en que la mente no puede soportar más ideas imposibles e inconcebibles, sobre todo una mente que se ha visto expuesta a nuevas ideas durante más de un milenio. Es un mecanismo de autodefensa, más que nada. Así la mente tiene tiempo de procesar los hechos imposibles sin que el pensamiento consciente interfiera.

Eso fue lo que le ocurrió a Gabrielle cuando la viva imagen de una mujer que sabía que estaba muerta desde hacía mucho tiempo apareció de repente ante ella una vez más, respondiendo al mismo nombre. Gabrielle se había llevado una sorpresa al ver a Eponin, pero aquello era algo que entraba dentro del terreno de lo posible. Cecrops también había sido una sorpresa, pero también era algo que podía haber imaginado posible.

Pero Ephiny... Gabrielle nunca se había imaginado que volvería a verla en carne y hueso. Y esta nueva amazona... esta viva imagen de la mujer que al principio había despreciado su presencia y a quien por fin se había ganado y había tenido el orgullo de llamar amiga... al verla Gabrielle sintió que su mundo se tambaleaba sobre sus cimientos. Llevaba muchísimo tiempo sola, sin auténticos amigos, y el brusco recordatorio que tenía delante, bien real y vivo, le resultó abrumador. Agradeció la oscuridad cuando le sobrevino, por el simple descanso momentáneo que le ofrecía.

Nunca supo el caos que su reacción desató entre las amazonas que la rodeaban.


—¡MI REINA! —gritó Ephiny cuando Gabrielle se desplomó. La amazona la atrapó antes de que diera en el muelle. Ephiny se arrodilló sujetando a Gabrielle, incapaz de levantarla en brazos. Para su tamaño, Gabrielle pesaba mucho, pues era puro músculo, y Ephiny no estaba preparada para la reacción de la reina al verla.

La capitana del barco indicó a su tripulación que sacara un catre y, sin más dilación, bajaron corriendo por la plancha hacia Gabrielle. Las amazonas se alarmaron y rodearon a las dos mujeres. Ephiny suspiró temblorosamente. No era así como se suponía que tenía que transcurrir su día.

—Amazonas, apartaos. Nos ofrecen su ayuda.

Una levísima vacilación y luego las amazonas formaron una doble hilera para dejar pasar a las marineras. Dos sujetaron los extremos del catre para que no se moviera, mientras que la tercera y la cuarta ayudaban a Ephiny a poner a Gabrielle en él. Luego todo el mundo se detuvo y esperó a que Ephiny hablara.

—Bueno —dijo, rascándose la frente—. Pedidle a la capitana que se reúna con nosotras. Habéis tenido la amabilidad de traer a nuestra reina a casa. Lo menos que podemos hacer es ofreceros la hospitalidad de las amazonas.

Una de las mujeres se alejó corriendo y regresó poco después acompañada no sólo de la capitana, sino también del resto de la tripulación. Los dos grupos de mujeres se tomaron la medida, complacidas con lo que veían. Asintiendo, se encaminaron en bloque hacia el interior del puesto avanzado de las amazonas.

Como aldea no era gran cosa. Había un comedor con huerto, una cabaña de baños, una herrería/armería, dos cuarteles y una cabaña individual que hacía las veces de choza de la sanadora y de centro oficial de la aldea. Aparte del astillero, eso era todo. Lo suficiente para convertirlo en un lugar de trabajo funcional, pero sin lujos.

Los turnos de servicio cambiaban cada seis meses y todo el mundo, salvo la regente, servía allí con regularidad, normalmente cada cinco años.

Toda la actividad de la aldea cesó cuando el desfile cruzó por ella, deteniéndose sólo cuando llegaron a la cabaña individual.

—Bueno, aquí no cabe todo el mundo. —Ephiny abrió la puerta para dejar pasar a las que llevaban el catre—. Katrina, ve a buscar a la sanadora. Capitana, si tu tripulación y tú sois tan amables de seguir a Tisha y a Morrin hasta el comedor, me reuniré con vosotras en cuanto hable con la sanadora. Janus, Lissa y tú montad guardia en la puerta.

Las mujeres empezaron a moverse a medida que Ephiny hablaba, y la capitana asintió, aceptando sus instrucciones. Gabrielle había pasado parte de la travesía explicando el funcionamiento de la sociedad amazona tal y como lo recordaba y la capitana estaba dispuesta a probar. A ello contribuía el hecho de que Ephiny le parecía muy mona.

—Así que tú eres nuestra inmortal reina Gabrielle, ¿eh? —le dijo Ephiny a la figura aún silenciosa que ahora descansaba cómodamente en la única cama. Apartó el pelo de la frente de Gabrielle—. Es curioso, pero los pergaminos no mencionan tu belleza. Ni tu fuerza.

Podría haber dicho más, pero en ese momento, Nora cruzó el umbral y miró un momento a Ephiny antes de centrar toda su atención en la paciente que ahora yacía en la cama.

—¿Y bien?

Ephiny se encogió de hombros.

—Ésta es la reina Gabrielle... LA reina Gabrielle. —Nora la miró con ojos incrédulos. Ephiny asintió—. Yo también reaccioné así. Pero es ella. El tatuaje es la pista definitiva, aunque aún conserva la ropa de cuero y el anillo de sello.

—¿Y qué ha pasado?

—No lo sé. Me miró a la cara, susurró mi nombre y se desmayó. No te rías, Nora —dijo Ephiny, riñendo a la sonriente mujer.

—Ah, vamos, Eph. ¿Cuántas mujeres caen rendidas a tus pies? Ya deberías estar acostumbrada.

—Te voy a dar —gruñó Ephiny—. Escucha, tú vigílala, ¿de acuerdo? Tengo que ir a hablar con las recién llegadas y escuchar toda la historia. Volveré cuando tenga algunas respuestas.

Nora le hizo un gesto para que se fuera.

—Vete. Mandaré a alguien a buscarte si se despierta, pero si es lo que creo que es, volverás antes de que abra los ojos.

Ephiny asintió y se marchó sin mirar atrás.

El tiempo que pasó con la capitana y su tripulación fue beneficioso para ambas partes y las amazonas se dieron cuenta de que no tardarían en recibir a nuevos miembros en la Nación en la próxima ceremonia de acogida. Ephiny se sonrió por dentro. Gabrielle las había educado bien y, por su parte, Ephiny lo agradecía. La capitana, Elizabeth, era... interesante, como poco.

Ya estaba totalmente oscuro cuando regresó a la cabaña de la sanadora. Nora no había enviado a buscarla, de modo que suponía que Gabrielle aún no se había despertado.

Justo al llegar a la puerta, Ephiny casi se vio arrollada por Nora, que salía en ese momento.

—Oh, Ephiny, bien —dijo la sanadora cuando las dos recuperaron el equilibrio—. Gab... la reina Gabrielle parece estar despertándose. Creo que no tardará en recobrar el conocimiento.

—Gracias, Nora. ¿Por qué no vas a cenar algo? Me quedo yo con ella un rato.

—Gracias, Eph. ¿Qué tal las cosas con las visitantes? —preguntó Nora al tiempo que las dos entraban en la cabaña. Ephiny se sentó al lado de la cama y Nora se empezó a lavar para la cena.

—Muy bien —dijo Ephiny pensativa—. Pronto tendremos nuevos miembros en la tribu.

—¡Bien! Ahora, si me disculpas...

Ephiny asintió con la cabeza y Nora se marchó. Ephiny volvió a centrarse en la figura tumbada en la cama. La observó largo rato, sin darse cuenta conscientemente del momento en que Nora regresó de cenar para ver cómo estaban las dos.

Gabrielle se iba despertando despacio y, por las cosas que murmuraba, estaba reviviendo una época de su vida ocurrida largo tiempo atrás. Ephiny estaba cada vez más deseosa de hablar con la reina, curiosa por conversar con la mujer que había conocido a sus antepasadas.

De repente, Gabrielle se incorporó de golpe en la cama. No hizo el menor ruido, salvo por la respiración agitada provocada por los sueños inquietantes que había tenido. Ephiny se había levantado nada más verla moverse y ahora guardó silencio mientras Gabrielle contemplaba su entorno.

Por fin Gabrielle posó la vista en la figura de Ephiny y absorbió cada detalle con gran atención. Se dio cuenta al examinar a la joven amazona de que había ligeras diferencias entre ésta y la antepasada cuyo nombre llevaba.

Ephiny tardó un momento en caer en la cuenta de que las dos se estaban mirando fijamente y empezó a desviar la mirada. En cambio, Gabrielle alargó una mano temblorosa hacia ella, que Ephiny aceptó de inmediato. Entonces Gabrielle tiró ligeramente y Ephiny se sentó en el borde de la cama.

Gabrielle abrió la boca para hablar y luego carraspeó. Ephiny cogió la tacita que Nora había dejado junto a la cama y metió el tubito de madera entre los labios de Gabrielle.

—Chupa —le ordenó suavemente y luego añadió—: Bebe despacio. Creo que Nora le ha puesto algo más que agua —dijo con una ligera sonrisa.

Así era, efectivamente, y el brebaje resultaba fresco, efervescente y muy refrescante. Gabrielle bebió unos cuantos tragos y luego apartó la cabeza. Ephiny retiró la taza y volvió a dejarla en el suelo.

—Mis disculpas, mi reina. No quería... —empezó a decir Ephiny, con los ojos todavía clavados en la taza. El contacto de las manos de Gabrielle sobre las suyas la obligó a detenerse de golpe. Gabrielle alzó una mano y cogió la cara de Ephiny, instándola a mirarla a los ojos.

—Me llamo Gabrielle, Ephiny, y no tienes por qué disculparte, mi joven amiga —replicó Gabrielle con una leve sonrisa—. Creo que no sabes cuánto te pareces a la antepasada cuyo nombre llevas.

Ephiny hizo un gesto negativo con la cabeza rizada.

Gabrielle se rió por lo bajo.

—¿Alguna vez has oído la expresión "el vivo retrato"? —Ahora los rizos se agitaron afirmativamente—. Bien, porque lo eres. Así que la que te pide disculpas soy soy... por caerme redonda... de esa forma. Es que...

Esta vez, fue Ephiny la que detuvo las palabras vacilantes.

—No te disculpes, mi reina. No creo que todos los días te encuentres con una parte viva de un pasado que lleva mucho tiempo muerto.

Ephiny se encogió al ver el destello de dolor provocado por sus palabras, pero Gabrielle habló antes de que pudiera tomar aliento.

—No, pero cuando mi mente se ha hecho a la idea, la ha recibido de muy buen grado. —Gabrielle le dirigió una sonrisa trémula que se transformó en una sonrisa auténtica cuando Ephiny correspondió de oreja a oreja—. Te propongo un trato. Tú me cuentas la historia de las amazonas desde la última vez que estuve aquí y yo te cuento algunas historias de tus antepasadas.

—¡¿Todavía cuentas historias?! ¡Ya lo creo que es un trato!

Los pergaminos que había dejado Gabrielle eran de los preferidos de las amazonas y poder oír nuevas historias directamente de la fuente era una oferta que Ephiny no estaba dispuesta a rechazar. Pero cuando miró a su reina con más atención, su entusiasmo se apagó un poco.

—Sin embargo, eso puede esperar a mañana. Tienes que recuperarte. —Ephiny se levantó de la cama y arropó a Gabrielle con firmeza—. ¿Necesitas algo? ¿Algo de comer, tal vez?

La mención a la comida le recordó a Gabrielle la cantidad de tiempo que llevaba sin alimentarse y sólo de pensarlo se le despertó el ardor de la sangre. Meneó la cabeza.

—No, gracias. Creo que esta noche lo que más necesito es descansar. Curioso, puesto que me he pasado la mayor parte del día durmiendo, pero creo que con tanta asimilación mental, me he quedado agotada.

Ephiny asintió.

—Te creo, mi reina. Recuerdo lo cansada que me quedaba después de los exámenes de la escuela, y eso que sabía que los iba a tener. Y una no se puede preparar para algo como lo que ha ocurrido esta mañana.

Gabrielle sonrió.

—Cierto, pero de verdad que ha sido una sorpresa muy agradable, cuando mi mente ha asimilado la idea. —Señaló la puerta—. Ahora vete. Estoy segura de que prefieres charlar con la capitana y la tripulación que han llegado hoy que pasar el rato conmigo. Estaré bien. Hablaremos por la mañana.

—La verdad es que ahora mismo preferiría hablar contigo, mi reina, pero necesitas recuperarte. Me pasaré a verte... ¿o prefieres que me vengan a buscar cuando estés lista?

—Ephiny, a pesar del título que no pareces poder olvidar, soy sólo Gabrielle. Ven por la mañana en cuanto quieras. Me alegraré de verte.

—Gracias, mi reina —dijo Ephiny, inclinando la cabeza, y fue a la puerta—. Buenas noches.

Gabrielle se quedó mirando mientras la amazona se marchaba y meneó la cabeza.


Nora se pasó por allí poco después y le ofreció a Gabrielle una pócima para dormir que ella rechazó cortésmente. Luego se dispuso a esperar.

Tardó un rato, pero Gabrielle no había vivido tanto tiempo sin hacer acopio de una paciencia casi infinita. En el momento de mayor oscuridad de la noche, se deslizó sin ser vista entre las sombras y se fue a cazar para satisfacer su ansia de sangre.

Incluso después de más de mil años, era un hambre que no lograba controlar del todo, aunque se las arreglaba muy bien. Así y todo, la necesidad le daba vergüenza, y se mantuvo en las sombras hasta que terminó.


Justo después del amanecer, Ephiny llamó ligeramente a la puerta de la cabaña. Sabía que aún era muy temprano y esperaba que Gabrielle hubiera dicho en serio lo que había dicho la noche anterior. No lograba contener su entusiasmo y por eso le había costado dormir.

Ephiny había leído los pergaminos, tanto los de Gabrielle como los que sus propias antepasadas habían escrito a lo largo de los años. Algunos de sus preferidos eran los que su antecesora había escrito sobre sus propias aventuras con la joven y candorosa Gabrielle.

Las había visto madurar juntas, pasando de antagonistas inseguras a amigas y confidentes. Ephiny sospechaba que su remota tatarabuela había estado medio enamorada de la mujer a la que llamaba reina, aunque jamás le dijo nada a Gabrielle. Cualquiera con un poco de ojo podía darse cuenta de que Xena y ella estaban hechas la una para la otra y habían pasado por un infierno para seguir así. Ephiny tenía muchas ganas de conocer a la mujer que tanto había encandilado a su predecesora.

Sus meditaciones quedaron interrumpidas por una voz suave:

—Adelante.

Gabrielle estaba sentada ante la pequeña mesa, leyendo un grueso diario. Esta mañana iba vestida con pantalones y túnica, y Ephiny se preguntó qué habría sido de su ropa de amazona.

—Buenos días, mi reina.

—Por favor, Ephiny... Gabrielle a secas. Ya no soy reina de las amazonas. En realidad nunca lo fui. —Esto último lo dijo con un poco de tristeza.

—No estoy de acuerdo contigo, mi reina... Gabrielle. La Nación te sigue considerando nuestra reina. Una de las más grandes. Sin embargo, para mí sería un honor llamarte Gabrielle, si tú se lo explicas a la regente Narmia cuando la veamos en la aldea principal. No creo que le vaya a hacer gracia tanta informalidad.

—Yo me ocupo de la regente. Gracias, Ephiny. Ahora vamos, enséñame dónde podemos desayunar en este sitio y luego podemos visitar el puesto antes de dirigirnos a la aldea principal.

Ephiny asintió y señaló la puerta.

—¿Quieres que organice una guardia para ti...? —Y se calló cuando Gabrielle posó los indignados ojos verdes sobre ella—. Oye, sólo era una pregunta —dijo Ephiny, alzando las manos—. Es mi deber.

Gabrielle suspiró.

—Ya lo sé. Creo que Melosa le encargó a Ephiny protegerme tanto como convertirme en una princesa amazona.

Ephiny asintió, pues sabía que era cierto. Se dirigió hacia el comedor, de donde salían muchos olores interesantes. Se había corrido rápidamente la noticia de que la reina había vuelto y el pequeño personal de la cocina se había apresurado a buscar las viejas recetas que había compartido con ellas tantos siglos atrás.

Se sentaron y al instante les sirvieron algo que hizo dudar a Ephiny, que lo olió con cautela. Gabrielle, por otro lado, se sirvió los bollos recién hechos y se puso a devorarlos.

—Ah, bollos de canela. Ni sé cuándo los comí por última vez, y así de frescos. —Miró a Ephiny, que seguía mirándolos con desconfianza—. ¿Ephiny? ¿No te gustan los bollos de canela?

—No sé. Nunca los he probado. —Miró a Gabrielle—. He tomado gachas de avena todas las mañanas de mi vida desde que me acuerdo.

—Oh, lo dirás en broma.

Ephiny negó con la cabeza y dio un pequeño bocado con cautela. Masticó despacio y Gabrielle observó su cara para ver su reacción. Ephiny dejó el bollo y siguió masticando.

—Mi reina, me temo que vas a tener que quedarte aquí para siempre.

—¿Ephiny? ¿Algún problema?

—No, mi reina, pero si esto es lo que nos dan de comer cuando vienes de visita, me parece que no puedo permitir que te vayas. —Ephiny sonrió y cogió el bollo, dio un gran bocado y cerró los ojos con deleite.

Gabrielle sonrió a su vez y le dio una ligera palmada en el brazo a Ephiny.

—Creo que tú y yo nos vamos a divertir mucho.

Y se entregaron a la seria tarea de comer.


Capítulo XXIV


Ephiny llevó a Gabrielle de visita por el puesto y le presentó a todas las habitantes de la aldea. Gabrielle habló con todas y cada una de ellas, aunque muchas no fueron capaces de responder. Estaban totalmente atónitas. Pero Gabrielle se tomó la atención con humor y elegancia y aceptó contar historias antes de partir al día siguiente.

Aunque ella no tenía prisa, el protocolo exigía que se presentara rápidamente en la aldea principal y ante la regente. Estaba bastante segura de que habían enviado a una mensajera a la aldea principal en cuanto supieron quién era. Pero Gabrielle también quería pasar un tiempo con estas mujeres, sobre todo porque no sabía cuánto tiempo iba a estar con las amazonas. Hacía mucho tiempo que había aprendido a dejar sus planes abiertos a la improvisación.

—Creo que la capitana está un poco celosa —comentó Gabrielle cuando Ephiny la acompañaba de vuelta a su cabaña después de los festejos, ya avanzada la noche.

Ephiny se ruborizó, sin mirar a Gabrielle a los ojos.

—¿A qué te refieres?

Gabrielle se detuvo y le puso una mano a Ephiny en el brazo, deteniéndola a su vez.

—Vamos, Eph. —Y no advirtió la mirada de sorpresa provocada por el mote—. Una no llega a mi edad sin haberlo visto todo por lo menos una vez y sin la capacidad de reconocerlo casi al instante.

Se volvió y echó a andar de nuevo hacia la cabaña de la sanadora. Ephiny corrió para alcanzarla.

—Ephiny, ya soy mayor. Puedo ir yo sola a la cabaña. ¿Por qué no pasas un tiempo con Elizabeth? Ya tendremos tiempo de contarnos cosas durante el viaje a la aldea principal. Te lo prometo.

Ephiny asintió, pues comprendía perfectamente la orden cortés que acababa de recibir.

—Deja que te acompañe hasta la puerta y luego me voy. Ella comprende que tengo responsabilidades, es que...

—Es que sabe lo que quiere y está deseosa de conseguirlo.

Ephiny se echó a reír.

—Sí, algo así.

—Ephiny, ¿puedo darte un consejo sin inmiscuirme demasiado?

Se detuvieron ante la puerta y Gabrielle se preguntó de pasada si Nora había renunciado a su propia cama. Se olvidó de la idea cuando Ephiny posó los ojos interrogantes sobre ella.

—No sabes cuánto tiempo tienes... ni para la vida, ni para el amor. —Se detuvo y tomó aliento con dolor. A veces la vida la afectaba demasiado para su gusto, pero Ephiny merecía la verdad de sus palabras... por la amistad que Gabrielle había tenido con su antepasada, si no por su propio bien. Y Gabrielle había decidido que esta Ephiny le gustaba por sus propios méritos. A la bardo le recordaba mucho a la amazona a la que en otro tiempo nombró su regente.

Gabrielle alzó las manos mientras ponía en orden sus ideas. Ephiny esperó pacientemente, sin interrumpir.

—Si se te presenta la oportunidad, Ephiny, aprovéchala. Tal vez Elizabeth y tú lleguéis a algo, tal vez no. Pero no lo sabrás si no le das una oportunidad y no te conviene vivir lamentando cosas.

Ephiny se dio cuenta de que el consejo provenía de la experiencia y asintió solemnemente.

—Gracias, mi reina... Gabrielle. Buenas noches.

Gabrielle saludó con la mano y esperó hasta que Ephiny volvió al comedor, donde todavía había actividad a pesar de lo tarde que era.

—A las amazonas les siguen encantando las fiestas —se dijo a sí misma sacudiendo la cabeza—. Supongo que algunas cosas se llevan de verdad en la sangre —se dijo riendo al tiempo que cruzaba el umbral y cerraba la puerta al pasar.


Había una gran procesión reunida al amanecer. Gabrielle miró a su alrededor e inmediatamente fue a buscar a Ephiny.

—Oye, Ephiny... ¿qué pasa? —preguntó Gabrielle, indicando la gran cantidad de gente que hacía preparativos para marchar al interior rumbo a la aldea principal—. Ya sé que tenemos que llevar a la tripulación del barco, pero ¿de verdad necesitamos que nos acompañe la mitad del puesto? No me parece nada justo para las que se quedan.

Ephiny se sonrojó ligeramente al oír la insinuación de crítica. Gabrielle todavía parecía una mujer de veinticinco años y a veces resultaba difícil recordar que era una inmortal con más de mil años de experiencia a sus espaldas. No obstante, Ephiny tenía deberes que cumplir y los cumpliría lo mejor que le fuera posible. Cogió a Gabrielle del codo y la apartó de las mujeres reunidas para llevarla a un sitio alejado y poder hablar con ella en privado.

—Gabrielle... mi reina. Es responsabilidad mía llevarte sana y salva hasta la aldea principal. Todas estas mujeres querían tener el privilegio de formar parte de tu séquito. Lo he reducido a quince echándolo a suertes. Todas las demás están aquí para despedirse. —Ephiny se encogió de hombros—. Anoche causaste gran impresión.

Gabrielle se ruborizó ligeramente.

—Perdona, Ephiny. No pretendía socavar tu autoridad. Es que...

—Nunca te gustó la pompa y circunstancia de la que eras objeto como reina, ¿verdad?

Gabrielle negó con la cabeza.

—No, la verdad es que no. Nunca comprendí muy bien cuál era la necesidad. Y nunca tuve una guardia de honor... ni siquiera... ni siquiera después de...

Ephiny asintió comprensiva.

—Pues, por favor, déjanos por esta vez. Tú no conoces a la regente Narmia. Es muy estricta con las normas y el protocolo. Si permito que aparezcas en la aldea sin guardia...

—¿Incluso por orden mía?

—Incluso. Hasta y a menos que vuelvas a aceptar la máscara, ella es quien gobierna.

Gabrielle frunció el ceño y masculló casi para sí misma:

—Pues a lo mejor tengo que hacer algo al respecto. —No vio la sonrisa de Ephiny al oírla. Luego se dio la vuelta y miró al gran grupo de mujeres que esperaba pacientemente—. Muchas gracias a todas por recibirme entre las amazonas —dijo Gabrielle al gentío. Las mujeres aplaudieron y silbaron y sus gritos resonaron en el apacible aire de la mañana—. Ha sido estupendo conocer a tantas nuevas amigas y espero tener la oportunidad de volver a veros a todas en el futuro.

Volvieron a resonar las ovaciones y Gabrielle asintió agradeciéndolas antes de apartarse e indicarle a Ephiny que estaba preparada. Ephiny asintió y emprendió la marcha al frente del séquito para salir del puesto avanzado y dirigirse a la aldea principal.

Justo cuando la procesión salía por las puertas, una de las cocineras corrió hasta Gabrielle con una bolsa. Se la puso a Gabrielle en las manos y luego se dio la vuelta y regresó por donde había venido lo más deprisa posible. Gabrielle se quedó mirando a la mujer con cara de desconcierto. Luego abrió la bolsa y el desconcierto se transformó en alegría.

Ephiny, al advertir que Gabrielle aún no se había unido a ellas, volvió corriendo para ver por qué se retrasaba.

—¿Gabrielle? ¿Mi reina?

Gabrielle le mostró la bolsa y Ephiny supo lo que era por el aroma antes incluso de que la abriera.

—Bien —dijo con tono pragmático al tiempo que agarraba a Gabrielle del codo—. A lo mejor a nosotras también nos empiezan a dar bollos de canela de vez en cuando —añadió en voz alta y sonrió al oír las exclamaciones de júbilo y las risas que saludaron a su declaración.


Llevaban varios días viajando sin parar a buen ritmo. En su mayor parte, las mujeres pasaban el tiempo forjando nuevas amistades entre sí. Gabrielle y Ephiny pasaban gran parte de su tiempo intercambiando historias y Gabrielle tenía cuidado de incluir a Elizabeth siempre que podía. Las noches las pasaban contándose historias, aunque Gabrielle era con diferencia la bardo más popular de todas.

A media mañana del sexto día, se llevaron una inesperada y desagradable sorpresa. De repente, unos asaltantes cayeron sobre ellas, desatando el caos entre el grupo de viajeras. Las amazonas se agruparon alrededor de su reina y tanto ellas como las tripulantes del barco trataron de armarse para el combate.

Los asaltantes iban cubiertos de tela negra de la cabeza a los pies y sólo se les veían los ojos por una ranura que quedaba abierta. Atacaron y las mujeres se defendieron rápidamente... salvo Gabrielle. No se apartaban para darle la oportunidad de luchar... o de morir.

—Ephiny, aparta. Puedo defenderme yo sola. —Estaba forcejeando para salir del círculo sin que ninguna de las que la protegían resultara muerta.

—Por favor, mi reina. Es nuestro deber —dijo Ephiny jadeando al tiempo que esquivaba una brutal estocada y ensartaba a su adversario.

—¿¡¿Proteger a una inmortal?!? Ephiny, por favor. Llevo cientos de años haciendo esto. —Gabrielle notó que se le desataba la sed de sangre y supo que iba a pasar algo malo si no conseguía aliviarla pronto mediante el combate. Ya notaba cómo se le alargaban los colmillos y le estaba costando mucho contenerlos.

Sacó la katana que rara vez usaba de su vaina y se abrió paso hasta la primera línea de combate. La furia que descargó hizo que tanto las amazonas como las marineras se detuvieran en seco y se quedaran contemplando la pura belleza de su violencia en movimiento.

Cuando los atacantes se dieron cuenta de que había una samurai entre ellos, desaparecieron tan deprisa como habían venido. Gabrielle se quedó aparte mirándolos, intentando que se le calmara la sangre. Se quedó allí plantada jadeando hasta que notó un ligero toque en la espalda.

—¿Majestad? ¿Estás bien? —preguntó Ephiny suavemente. En realidad, Gabrielle las había dejado a todas pasmadas. Conocían las historias de la joven bardo que había viajado con Xena, e incluso cuando decidió llevar armas, jamás había sido una guerrera feroz. Hacía lo necesario para solucionar el tema y nada más.

Las historias que tenían de ella sobre sus trescientos años de estancia eran un poco más vagas, pero era bien sabido que Gabrielle nunca se había considerado a sí misma una guerrera, aunque sí que enseñaba algunas de las artes de guerrera que había aprendido. De hecho, se habían incorporado al entrenamiento habitual de las guerreras y ahora formaban parte de su programa.

Nada, sin embargo, las había preparado para la furia descarnada, para la pura elegancia o poesía en movimiento que marcaba su habilidad en el combate. Estaba tan por encima de ellas a tantos niveles que de repente todas se dieron cuenta de lo inútiles que habían sido sus esfuerzos por protegerla.

—¿Gabrielle?

La bardo llevaba tanto tiempo en silencio que Ephiny se sintió obligada a llamarla de nuevo. Por fin, se volvió y miró a las numerosas mujeres que la acompañaban. Sacudió la cabeza para despejársela y miró a Ephiny, contenta de que la amazona no retrocediera ante su mirada.

—Estoy bien, Ephiny. Gracias. ¿Y las demás?

Dos mujeres, ambas de la tripulación del barco, estaban muertas. Unas seis más estaban heridas. A su alrededor yacía muerta una docena de asaltantes.

—Vamos a tener que detenernos por hoy. Para ocuparnos de nuestras heridas y enterrar a nuestras muertas.

—Y entonces podrás explicarme qué es lo que acaba de pasar exactamente. Aunque me imagino que ésta es la razón de que no siguiéramos la ruta directa.

—Sí, mi reina —dijo, reconociendo un decreto real sin dificultad y dando por válida la suposición de Gabrielle.

Se repartieron las distintas tareas y Gabrielle asumió las funciones de sanadora. Por un capricho del destino, acabó montando el campamento con Elizabeth, la capitana del barco.

—Sois muy distinta de lo que me esperaba, mi reina —comentó Elizabeth en voz baja. Nunca había renunciado a su necesidad de dirigirse a Gabrielle con formalidad y estaba encantada de usar su título real. Gabrielle hizo una mueca y aceptó el cambio. Era mejor que "ama".

—He aprendido a adaptarme a todo tipo de situaciones, capitana. Uso lo que necesito y guardo el resto.

Elizabeth asintió.

—¿De verdad sois un ser inmortal?

—Sí, pero eso tampoco es algo que vaya anunciando por ahí. Agradecería...

La capitana alzó una mano.

—No os preocupéis, mi reina. Llevo demasiado tiempo esperando a ser amazona para echar a perder mis posibilidades de quedarme.

—¿Sí? No sabía que el mundo recordara a las amazonas —dijo, sabiendo muy bien que no las recordaba. Pero a Gabrielle le interesaba lo que pudiera decir Elizabeth.

La capitana negó con la cabeza.

—El mundo no. Pero las mujeres que están al tanto sí. Las que saben captar las señales... las que conocen las historias.

—¿Por eso tu tripulación y tú aceptasteis traerme hasta aquí?

—No, mi reina. Bueno, no exactamente. Aceptamos vuestro encargo porque era interesante y estaba bien pagado. Las amazonas han sido una ventaja inesperada, pero muy bien recibida. Todavía somos muchas las que estamos ahí fuera y que preferiríamos venir aquí... que soñamos con un sitio como éste para nosotras. Me considero muy afortunada por la oportunidad de formar parte de él.

Gabrielle asintió, pero no dijo nada, y continuaron trabajando en silencio. Esa noche, volvieron a encender las hogueras y Ephiny entonó el canto funerario que trajo dolorosos recuerdos a la mente de Gabrielle.

A pesar de que han pasado siglos, no hay nada que me alivie ese dolor. Cerró los ojos, tratando de ahuyentar las imágenes y la pena. Cuando se acabó, se adentró sola en la oscuridad.


Por fin, llegaron a la aldea principal y Gabrielle fue recibida con gran fanfarria por todo el mundo, con una evidente excepción. La regente Narmia pensaba que Gabrielle era una intrusa, una farsante que quería hacerse con el trono y el afecto de la gente.

—¿Y qué deseas de nosotras, Gabrielle? —dijo, rezumando sarcasmo—. ¿Qué esperas?

—Espero un poco de mera cortesía, aunque si no eres capaz, estoy segura de que te puedo enseñar unos mínimos modales.

Ephiny se mordió los labios para no echarse a reír, lo mismo que las demás amazonas que habían viajado con Gabrielle desde el puesto avanzado. La tripulación del barco, sin embargo, no se mostró tan considerada y su risa no hizo sino avivar el fuego.

—¡¡Cómo osas!! —le gritó Narmia a Gabrielle—. ¿¡¿Quién te crees que eres?!?

Entonces Gabrielle adoptó una personalidad que ya rara vez necesitaba, y ante los ojos atentos de las amazonas, se transformó en LA reina amazona.

—Yo quién soy, Narmia. Yo soy la reina amazona y tú tienes que bajarte de la burra y darte menos aires.

—¡No puedes hablarme así! ¡Guardias, lleváosla!

Pero ni una sola guardia hizo amago de agarrar a la reina. Ephiny era muy apreciada entre sus compañeras y una simple señal con la mano detuvo cualquier movimiento por parte de las guardias. Narmia era una regente cada vez más despreciada por las cosas que hacía y por su actitud y Ephiny pensaba que Gabrielle era la persona adecuada para solucionar ese pequeño problema.

—¡¡GUARDIAS!!

Gabrielle miró a su alrededor, advirtiendo que la gente observaba con interés, pero que nadie se movía para ayudar a Narmia. La regente también miró a su alrededor, haciendo una mueca de desdén cuando se dio cuenta de que estaba sola. Bajó de la plataforma donde había estado sentada.

—Vais a acabar todas en la colonia oriental por vuestra desobediencia, ¡pero primero os voy a demostrar quién es la auténtica reina amazona!

Desenvainó la espada y se lanzó contra Gabrielle con los ojos llenos de furia. Gabrielle puso los suyos en blanco, recordando de repente una razón por la que llevaba tanto tiempo sin venir por aquí. El exceso de estrógenos era tan malo como el exceso de testosterona y las amazonas tenían sin duda una buena dosis de estrógenos.

Cuando Narmia lanzó una estocada, se cayó al suelo y se quedó parpadeando. Su blanco no estaba donde se esperaba. Gabrielle aceptó la katana que le tendía Ephiny y se quedó esperando a que Narmia se recuperara.

Narmia se levantó y volvió a atacar y Gabrielle se lo consintió durante un rato, intercambiando golpes y estirando músculos que rara vez usaba para ese propósito salvo cuando entrenaba. Pero de repente, Gabrielle pasó al ataque y con unas pocas estocadas, desarmó a la regente y le puso la espada al cuello.

—Considérate relevada de tu cargo —dijo Gabrielle apaciblemente—. Ephiny, llévate a Narmia al calabozo hasta que el consejo tome una decisión sobre su suerte. Luego haz el favor de convocar al consejo. Al parecer, tengo que ponerme al día de unas cuantas cosas.

—Sí, mi reina —contestó Ephiny. Hizo un gesto a las guardias, que por fin se movieron. Narmia se levantó y se fue con ellas sin rechistar, no muy segura de qué era lo que acababa de suceder, pero bien consciente de que por fin se había pasado de la raya.

—Elizabeth, si tu tripulación y tú queréis acompañarla, Janus os instalará en los barracones hasta que podáis empezar vuestro entrenamiento como amazonas. Ephiny, ¿todavía tengo...?

—Tu hogar se ha conservado tal y como lo dejaste, Gabrielle. Siempre hemos tenido la esperanza de que volvieras con nosotras.

Gabrielle sonrió débilmente, pues sabía que no se iba a quedar. Pero no dijo nada y se trasladó a la cueva que había considerado su casa durante trescientos años.


Todo estaba igual, aunque la falta de polvo demostraba que había sido bien cuidado en su ausencia. El colchón de plumas estaba recién lavado y relleno y las pieles que lo cubrían estaban igualmente limpias. En la mesa había un pequeño montón de pergaminos en una esquina y los estantes estaban atestados con los rollos de pergamino que se había dejado allí.

Gabrielle fue hasta la cama y se echó, obscenamente agradecida por su blanda comodidad. Se había acostumbrado a sus pequeños lujos y estaba deseando darse un baño en el manantial de agua caliente. Los baños calientes eran algo que había llegado a apreciar aún más con la edad y eso que a Gabrielle siempre le habían encantado.

Se levantó y fue al manantial, donde se lavó antes de regresar a la casa del consejo para enterarse de las demás novedades de la Nación Amazona.

Ephiny la había estado poniendo al día, pero no habían llegado al presente. Gabrielle tenía ahora la clara impresión de que Ephiny no había entrado en detalles deliberadamente para dejar que Gabrielle emitiera su propio dictamen sobre la situación. Gabrielle aprobaba sinceramente la prudencia de la joven, y se preguntó si sería posible darle el cargo de regente. Otro círculo completo, pensó Gabrielle con una sonrisa.


La reunión del consejo resultó muy informativa. Los asaltantes habían aparecido unos doscientos años antes, y sus crecientes ataques contra las amazonas habían obligado a éstas a dividir a la Nación en varias tribus separadas. Las tribus se habían expandido por el continente y cada una había nombrado a una regente. Las regentes se reunían una vez al año para compartir noticias e información. Todavía se consideraban una sola nación, unida bajo una sola reina. Narmia había sido elegida como regente porque había demostrado ser una dirigente eficaz contra los asaltantes, a quienes había echado de las tierras amazonas. Sin embargo, nombrarla regente había sido un error, porque el poder la había hecho dura e inflexible. Se regía estrictamente por la ley y no daba pie a la misericordia.

—¿Por qué no se le quitó el cargo? —preguntó Gabrielle lógicamente.

—Por ley, sólo podemos deponer a una regente por traición o si viola continuamente las leyes de la Nación. Narmia no ha violado ninguna ley —replicó una consejera.

—No, sólo nos ha estado machacando con ellas —dijo otra.

—Pues creo que tenemos que cambiar las leyes —dijo Gabrielle—. Si el sistema que tenemos no funciona, necesitamos probar con otra cosa.

—En realidad, majestad —intervino Ephiny—, el sistema funciona muy bien. Aunque tal vez deberíamos retocar la ley, para dar paso al sentido común.

Gabrielle se rió.

—El sentido común siempre viene bien. La vida resulta mucho más sencilla.

—Estoy de acuerdo —dijo otra de las consejeras—. Y permíteme que te diga que nos alegramos de darte la bienvenida, mi reina. Ha pasado demasiado tiempo.

—Gracias —replicó Gabrielle—. No sé cuánto tiempo me quedaré aquí, pero siempre es agradable volver a estar entre mis hermanas. Pero una cosa. —Las miró a todas una por una, para que vieran que hablaba muy en serio—. Me llamo Gabrielle. Agradecería que todo el mundo me llamara así.

—Pero...

—Escuchad, parte del motivo de que hubiera un problema con Narmia se debe a que quería ser reina. Tal vez es el momento de dejar morir esa tradición e instaurar una sociedad democrática. Una en la que el consejo sea elegido por votación cada pocos años.

—NO.

La consejera más anciana se levantó entonces y la estancia se quedó en silencio. Gabrielle se quedó mirándola, esperando pacientemente a que la anciana continuara.

—Mi reina —dijo la mujer, inclinándose, y Gabrielle se devanó los sesos tratando de recordar el nombre de la anciana.

—Habla, Halina. Aquí estás entre amigas.

—Mi reina, estoy de acuerdo con parte de tu razonamiento. Sí que creo que nos iría bien con una democracia... con un consejo elegido si pudiéramos cubrir una amplia zona demográfica. Deberían estar representados todas las edades y todos los oficios. —Esperó a que Gabrielle asintiera, indicando que lo comprendía—. Pero no creo que debamos renunciar a ti como reina, ni a la mujer que ocupa tu puesto cuando tú no estás.

Halina alzó una mano cuando Gabrielle intentó intervenir.

—Sé que no estás aquí muy a menudo... desde luego, no tan a menudo como a nosotras nos gustaría. Pero tu título y tú encarnáis tanta historia que no me gustaría nada que perdiéramos eso por completo.

Halina respiró hondo y Gabrielle esperó a que terminara.

—Soy una anciana, en términos relativos —añadió riendo. Gabrielle no pudo evitar sonreír y las mujeres de la sala se echaron a reír suavemente—. Y he visto mucho en los años que llevo aquí. Narmia ha sido una excepción, no la regla. La mayoría de las regentes han servido con orgullo y honor. Si la razón de que pienses que deberíamos tener una democracia estricta es porque detestas ser reina, eso es una cosa. Si no, a mí me gustaría mucho ver una fusión de ambas posibilidades, porque tú eres una parte importante de las amazonas, reina Gabrielle. Y me gustaría que siguieras siéndolo.

Gabrielle se quedó en silencio, meditando sobre lo que había dicho Halina.

—Lo pensaré —dijo por fin en voz baja. El consejo aceptó su decisión y salió.


Pasó el tiempo y las amazonas llegaron al compromiso que esperaba Halina. Gabrielle seguía siendo reina y en cada aldea se elegía un consejo. Cada gremio tenía una representante en el consejo y la edad de las consejeras era muy variada. El consejo proponía entonces a tres candidatas para el puesto de regente, a quien elegía toda la aldea por votación. El mandato de una regente era ilimitado en el tiempo, pero podía ser depuesta si el consejo o la mayoría de la aldea decidía que estaba actuando en contra del bien común de todas ellas.


—Esto no te gusta nada, ¿verdad? —preguntó Ephiny mientras ayudaba a Gabrielle a vestirse para la ceremonia. Ya se había elegido a todos los consejos y todas las regentes, y Gabrielle, como reina, debía presidir la ceremonia de toma de posesión. Gabrielle se miró con ojo crítico, advirtiendo muchísimas diferencias con respecto a la chiquilla irreflexiva que era la primera vez que se puso esa ropa de cuero.

—Nunca me he sentido como una reina amazona. Nunca he sido así y aquí es lo único que se me permite ser. Es...

—¿Me creerías si te dijera que creo que lo comprendo? —dijo Ephiny, mientras ataba los brazales—. Es una de las razones por las que he rechazado la regencia.

—Me preguntaba yo por qué.

Ephiny se encogió de hombros.

—Ya sé que no somos más que amigas... que nunca podremos ser más que amigas, Gabrielle. Pero somos amigas y creo que necesitas contar con una amiga, aunque sólo sea por un tiempo.

Gabrielle se mordió el labio.

—Sabes que no voy a volver por aquí... al menos hasta dentro de mucho tiempo. ¿Estás segura de que quieres dejarlo todo, a todas las personas que conoces, para dedicarte a recorrer mundo conmigo? ¿Qué pasa con Elizabeth?

Ephiny volvió a encogerse de hombros.

—Necesitamos separarnos un poco. —Por no mencionar el tema de los celos—. A lo mejor... no sé. Pero sí que sé que voy contigo, al menos durante un tiempo.

—¿Huyes de algo?

—Prefiero pensar que corro hacia algo —sonrió Ephiny—. Además, la reina tiene que tener algún tipo de guardia de honor... aunque sólo sea una guardia de honor de un solo miembro.

—Pues me alegro de que vengas conmigo, amiga mía. Cuánto me recuerdas a tu lejana antepasada, Ephiny.

—Me lo tomo como un cumplido. La verdad es que estoy deseando visitar a las demás tribus.

Gabrielle le dedicó una sonrisa, la primera sonrisa auténtica que veía Ephiny desde que se había puesto el atuendo de reina, y sonrió a su vez como reflejo.

—Yo también —confesó Gabrielle—. No he visto el resto de esta tierra. Primero visitamos a la tribu de Uluru, ¿verdad?

—Sí, mi reina. Han pedido salir antes para asegurarse de que todo está dispuesto para tu llegada.

Gabrielle puso los ojos en blanco.

—Ya lo sé. Preferiría viajar con ellas, pero seguramente es lo mejor. Menos complicaciones.

No dijo nada más, pero Ephiny captó muy bien la indirecta. Había visto sus buenos dramas al crecer en la aldea amazona principal. Bien sabían los dioses que no tenía paciencia para ello y estaba convencida de que Gabrielle tampoco.

—Además, así podremos explorar un poco y conocer a los vecinos.

—Sí. Estoy deseándolo —dijo Ephiny.

—Bien. Ahora vamos a hacer que estas mujeres tomen posesión de sus cargos para poder poner en marcha la fiesta de la que llevo dos semanas oyendo hablar —dijo Gabrielle riendo—. Cualquiera diría que las amazonas han descubierto algo nuevo, con todo ese entusiasmo.

—Ya, bueno, cualquier excusa para una fiesta... —Ephiny no terminó la frase.

—Por supuesto. Y cuanto más grande, mejor.

Las amazonas se preguntaron cuál era el chiste cuando las dos salieron del vestuario riendo sin parar.


A la mañana siguiente, la tribu de la costa regresó al puesto avanzado del oeste. Bordearían la isla con su pequeña flota hasta el lado oriental del continente y llegarían a su hogar con tiempo de sobra para prepararse para la llegada de Gabrielle.

La tribu de Uluru se dirigió de inmediato hacia el este, a la mayor velocidad posible para alcanzar el centro de la isla que ahora era su hogar. Estaban deseosas de recibir a Gabrielle y avanzaban lo más deprisa que se atrevían.

Mientras, Gabrielle fue al claro que no visitaba desde hacía un milenio. Ahora era mucho más grande, con una cantidad inmensa de tumbas. Aunque las amazonas seguían practicando la cremación, se dejaba una lápida con el nombre y las fechas de cada hermana que moría. Gabrielle buscó una en concreto, le quitó un poco el polvo y se sentó a su lado. No vio a sus amigas que salían de las sombras y se congregaban a su alrededor para oír sus palabras.

—Hola, Eponin. Ha pasado muchísimo tiempo... una vida entera y más. Os sigo echando de menos a ti y a las otras. A veces me pregunto cómo habrían sido las cosas si hubiera sido normal. —Gabrielle se detuvo riendo un poco—. Vale, si hubiera sido mortal. ¿Contenta ahora?

Las guerreras que la rodeaban se echaron a reír también y su risa fue como un susurro en el viento. La sonrisa de Gabrielle se hizo melancólica cuando la acarició suavemente.

—Bueno, creo que estaríais todas orgullosas de lo que ha llegado a ser la Nación Amazona. Las mujeres son vitales, sanas y fuertes. Se ayudan las unas a las otras. Incluso Narmia. —La ex regente había sido destinada a los campos de entrenamiento y había hecho un trabajo excepcional enseñando a las nuevas reclutas los fundamentos de las tácticas de combate—. No sé cuándo volveré por aquí. La tatara-tataranieta de Ephiny y yo vamos a explorar un poco... como lo hacíamos Xena y yo, hace mucho tiempo. Ephiny te caería bien. Me recuerda mucho a nuestra Ephiny y agradezco tanto su amistad como la vuestra. Es la primera amiga humana auténtica que tengo desde... bueno, no sé si quiero pensar en el tiempo que ha pasado. Todavía no sabe lo mío. O sea, lo de la inmortalidad sí. Eso lo saben todas las amazonas. Todavía no sé cómo o si debería decirle por qué soy inmortal. Supongo que nos preocuparemos por eso cuando llegue el momento.

Gabrielle respiró hondo y se levantó.

—Disfruta de tu descanso, amiga mía. Y cuando veas a las demás, diles que las quiero. —Inclinó la cabeza un momento—. Adiós, Eponin —susurró y se marchó del claro sin mirar atrás.

No hubo una sola guerrera que no se secara los ojos antes de volver a fundirse con las sombras del inframundo.


PARTE 13


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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