Capítulo XXI


—Por favor, Cecrops. No empeores más las cosas.

—Pero...

—No. —Su tono era firme y tajante—. Esto no me gusta y no voy a seguir aguantándolo. —Soltó un resoplido—. Respeto el hecho de que te sientas solo. Qué demonios, lo comprendo como nadie más en el mundo podría comprenderlo.

—Precisamente, y por eso...

Ella continuó como si no hubiera hablado.

—Pero tú no pareces respetar el hecho de que yo no pueda ni quiera ser algo más que tu amiga. Jamás. Ahora, te estoy diciendo que te marches antes de que ni siquiera podamos ser amigos.

La tristeza de su tono superó a la rabia que sentía que emanaba de ella y se sintió invadido por el remordimiento. Había presionado una y otra vez hasta acabar alejándola, y de repente se dio cuenta de que estaba a punto de perder algo que había llegado a valorar muchísimo.

—Perdona, Gabrielle. Tenía la esperanza... Bueno, quiero que sepas que si alguna vez me necesitas, si necesitas a un amigo, sólo tienes que enviar a buscarme. Acudiré sin dudar ni vacilar. Y jamás... bueno, espero que algún día pueda volver a ser merecedor de tu respeto. Perdona la estupidez de un viejo.

Ella asintió, pero no dijo nada, intentando controlar la ira que sentía. Luego se quedó mirando mientras él salía de su vida, y se le hundieron los hombros al tiempo que su alma lloraba la pérdida de un amigo.


—¿Estás segura de que es buena idea, pequeña? Tiene fama de ser un señor de la guerra tirano y despiadado.

Gabrielle sonrió con sorna al oír la descripción más bien moderada que hacía Cecrops del hombre a cuyo campamento se acercaban rápidamente. A veces tenía el inoportuno don de minimizar lo evidente.

—¿Por qué tengo la sensación de que en esta historia hay algo más de lo que conozco?

Gabrielle suspiró.

—Probablemente porque lo hay. ¿Te acuerdas de cuando nos separamos? —Esperó a que hiciera memoria y asintiera antes de continuar. Había vuelto a su lado en respuesta a su llamada y ahora controlaba mejor sus sentimientos y tenía un respeto mucho más profundo por los de ella.

—Pues me topé con un campamento como éste y conocí a un hombre que se hace llamar Gengis Kan. Tuvimos ocasión de hablar largo y tendido.

Cecrops ladeó la cabeza.

—Vale. ¿Y por qué estamos aquí ahora?

—Porque me hizo una serie de promesas y me quiero asegurar de que las cumple.

Los ojos casi negros se dilataron por el pasmo.

—¿¿Él te hizo promesas a ti??

Gabrielle le dio un capón en la cabeza y él la miró sorprendido.

—No esa clase de promesas, Cecrops. Ya deberías saberlo.

—Lo sé, pequeña, y te pido disculpas por cómo ha sonado. Pero sé cómo funciona la cultura de este lugar.

—Cierto. Tuve que demostrar mi valía como guerrera antes de que estuviera dispuesto a hablar con la bardo.

—¿Y qué le prometió a la bardo?

—Consideración.

—¿Eh? —Cecrops tenía la clara impresión de que le faltaban piezas del rompecabezas que le habían entregado. Sabía que Kan era conocido por su ferocidad como guerrero, que mataba a todos los que se oponían a él y arrasaba pueblos enteros que intentaban luchar contra él—. Gabrielle, no puedes coger a alguien así y convertirlo en un gobernante más benévolo y clemente sólo con palabras.

Gabrielle se limitó a devolverle la mirada, pues conocía esa verdad por propia experiencia personal. Cecrops tuvo la decencia de sonrojarse, cosa asombrosa, teniendo en cuenta lo oscuro que era su tono de piel, pero Gabrielle lo notó de todas formas.

—No le pedí que dejara de ser un señor de la guerra, Cecrops. Eso no es algo que un ser humano pueda decidir por otro. Sólo le pedí que pensara en cómo podía mejorar su gobierno y le di varias ideas.

—¿Y te escuchó?

—No lo sé. Por eso estamos aquí.

—Por eso estás aquí. ¿Por qué me has pedido que te acompañe?

—Porque pensé que si a mí no me escuchaba, a lo mejor te escuchaba a ti.

—¿Porque soy hombre?

—Sí.

Cecrops se encogió de hombros.

—Está bien. No me importa ser un plan de emergencia, sobre todo porque así tengo la oportunidad de pedirte por fin perdón por ser un cerdo.

Gabrielle se sonrojó, y Cecrops se preguntó cuál sería la causa. Ella asintió.

—Por favor, no uses esa expresión.

—Está bien —respondió él, con tono de evidente confusión, pero Gabrielle no le aclaró nada—. Bueno, el caso es que me alegro de haber vuelto.

Gabrielle le dio unas palmaditas en el brazo.

—Yo también me alegro. Echaba de menos tener a un amigo con quien hablar. —No comentó que las dos diosas se habían pasado a verla cuando él se marchó. No creía que le hiciera falta saber lo cerca que había estado de una existencia largamente dolorosa. Gabrielle esperaba que hubiera aprendido la lección al tener que marcharse, porque las dos le habían prometido toda clase de desgracias incontables si volvía a portarse de ese modo con la bardo.

A Gabrielle aquello le pareció encantador hasta el punto de sentirse halagada y bastante avergonzada. Ésta era una cosa que se alegraba de que Xena no pudiera ver. Habría encontrado un modo de matar a Cecrops y habría tomado el pelo a Gabrielle despiadadamente por sus dos protectoras divinas. Aunque en justicia, Xena había ido aceptando poco a poco que Gabrielle era una adulta más que competente, capaz de cuidar de sí misma perfectamente. Pero siempre tendía a olvidarse de ese pequeño detalle cuando parecía que alguien quería intentar algo con su bardo.

Gabrielle se rió por dentro y luego sonrió con tristeza. Nunca pensé que echaría de menos esa vena posesiva.

Cecrops no sabía qué incidente había teñido de melancolía el rostro de Gabrielle, pero era perfectamente consciente de quién estaba detrás. Así que esperó con paciencia a que Gabrielle volviera al presente, pues había aprendido a la fuerza a no presionarla cuando se ponía así de pensativa.

Gabrielle salió de su trance.

—Vamos —dijo por fin—. No lo hagamos esperar.

Les costó bastante, pero cuando por fin llegaron al tercer grupo de guardias, a Gabrielle ya la recibían como a una vieja amiga. Esperaron pacientemente delante de la gran tienda de mando mientras anunciaban su llegada y luego los llevaron a presencia del gobernante universal, Gengis Kan.

Kan se levantó cuando Gabrielle se acercó, y Crecrops se quedó algo rezagado, observando cómo se desarrollaban los acontecimientos como si sólo fuera un testigo interesado. Cecrops se mantuvo muy erguido, siguiendo el ejemplo de Gabrielle, y esperó a que Kan se adelantara para saludarlos. Cecrops se quedó sorprendido por el tamaño relativamente pequeño del hombre que tenía delante, y se enfrentó con calma a la mirada evaluadora del gobernante chino. Sólo cuando vio que Gabrielle se inclinaba, Cecrops tuvo la misma cortesía. Kan se quedó mirándolo un poco más y luego se volvió y se inclinó historiadamente ante Gabrielle.

—Ah, mi bárdica amiga guerrera. Me alegro de volver a verte tan bien. Preséntame a tu amenazadora sombra y luego hablamos, ¿sí? ¿Y tal vez me honrarás con un combate?

—Kan, éste es Ce...

—Me llamo Semelo y Gabrielle me ha hablado mucho sobre ti. Es un honor conocerte. —Cecrops se inclinó y extendió la mano como saludo.

Kan se quedó más que desconcertado por este repentino cambio de actitud por parte del alto y oscuro griego. Gabrielle notó que se le ponía cara confusa, pero logró adoptar una expresión totalmente estoica cuando Kan se volvió hacia ella.

—Tenías razón en muchas cosas, Gabrielle —comentó Kan al tiempo que se sentaba y hacía un gesto para que les sirvieran un refrigerio—. Y los cambios que me aconsejaste hacer han contribuido a la prosperidad de mi reino.

—¿Puedo preguntar qué le aconsejaste? —preguntó Cecrops con tono grave.

Kan alzó una mano.

—Permíteme, amiga mía. —Se volvió para mirar a Cecrops de frente—. Gabrielle se presentó y con... ejem... mucho esfuerzo por su parte, me convenció del valor que tiene la lectura. Enseñó a muchos de mis soldados los rudimentos que ahora les permiten hacerlo. También tengo un sistema de intercambio de mensajes que me mantiene en contacto con todas las zonas de mi reino con regularidad y no sólo en la época de recoger los tributos. Así mi gobierno es muchísimo más fácil y sorprendentemente, menos sanguinario.

—¿De veras?

Gabrielle estaba sentada en silencio comiendo su refrigerio y observando la interacción entre los dos hombres, y se rió por dentro al ver la fachada que ponían ambos. Estaba atónita por el hecho de que Kan se hubiera tomado en serio muchas de sus sugerencias y las hubiera puesto en práctica.

Había cosas que no podía cambiar y que fuera un brutal señor de la guerra era una de ellas. Pero podía contribuir a mejorar la situación y eso había hecho. Parpadeó y volvió sobresaltada al presente cuando se dio cuenta de que los dos hombres la miraban con curiosidad.

—Perdón —se disculpó, y se tragó rápidamente lo que tenía en la boca—. Estaba recordando mi primera visita. ¿Me he perdido algo?

—Sí —respondió Kan con una sonrisa—. Yo le estaba contando a Semelo tus puntos de vista cuando estuvimos hablando de religión y él estaba pidiéndote que lo confirmaras.

—Ah —contestó Gabrielle con un leve rubor—. Ce... mm... Semelo y yo nunca hemos hablado de religión aparte de la antigua mitología griega. La verdad es que es un tema que nunca ha surgido en nuestras conversaciones.

Kan los miró con curiosidad y luego se encogió mentalmente de hombros para desechar la idea. De qué hablaran no era en realidad asunto suyo, aunque le picaba la curiosidad.

—Pues muy bien —dijo sin inmutarse—. Le he dicho a Semelo que fuiste tú quien me enseñó a respetar todas las religiones. Gobernar el mundo no es una guerra santa: es simplemente mi destino. Convertirlo en algo que no es sólo complica las cosas.

Gabrielle se rió cohibida.

—Bueno, pero... yo no dije todo eso. Sólo dije que respetar el derecho de todos a su propio culto no era mala idea.

—Y tenías razón —afirmó Kan—. Eso ha salvado incontables vidas.

—Pero uno se pregunta cómo recordará la historia a Gengis Kan —intervino Cecrops suavemente—. ¿Recordará las reformas? ¿Los avances que propició? ¿O sólo recordará las matanzas y las luchas? ¿Su ferocidad y su crueldad en el combate?

—Eso depende de quién la escriba —dijo Gabrielle, y los dos hombres se volvieron para mirarla directamente antes de que continuara—. La historia pertenece al vencedor. Sus narradores e historiadores son los que deciden qué detalles se escriben y cuáles es mejor que queden olvidados.

—Pareces hablar por experiencia, Gabrielle —comentó Kan mientras volvía a servir té para él y para ella.

—Más de lo que te imaginas, Gengis. Más de lo que te imaginas. —Se puso miel en el té y bebió un sorbo antes de continuar—. Y es increíble la forma en que algunas de las cosas que quedan excluidas consiguen regresar y morderte el culo.

—¿Eso te ha pasado a ti? —preguntó Cecrops, intrigado. Todavía había muchísimas cosas que no sabía sobre Gabrielle o su vida con Xena.

Gabrielle se rió apenada, recordando bien su encuentro con las tribus nómadas del desierto, ahora ya lo bastante lejano como para ofrecerle una perspectiva más amplia, aunque eso no cambiaba la tristeza que sentía por la muerte de Korah.

—Ya lo creo. Las historias condicionan a la gente para que se espere una cosa. Si lo que obtienen es distinto, los resultados no siempre son buenos.

—Pues entonces me esforzaré por conseguir que la gente obtenga lo que se espera —dijo Kan—. Bueno, ¿te apetece luchar o prefieres descansar un poco y hacerlo por la mañana?

Gabrielle se levantó y se quitó la chaqueta, quedándose con una túnica de seda sin mangas y pantalones. Sin decir palabra, se puso a hacer estiramientos, y Kan se lo tomó como una señal para iniciar sus propios ejercicios de calentamiento. Siguieron así varios minutos, y Cecrops se puso cómodo mientras observaba fascinado.

No dijeron nada, pero por consentimiento tácito los dos se enfrentaron con las espadas desenvainadas, realizando una serie de movimientos que se parecían más a un baile que a un combate. La luz de las lámparas vaciló y cambiaron las espadas por varas: Gabrielle blandía una vara de combate larga mientras que Kan usaba dos palos más cortos unidos por una gruesa cadena.

Ambos adversarios sudaban abundantemente y Kan estaba sin aliento, pero sus ataques no cesaban y de vez en cuando, uno de ellos hacía una mueca de dolor al recibir un golpe. Kan tenía más marcas que Gabrielle, y cuando pasaron al combate cuerpo a cuerpo, Cecrops se quedó maravillado por la resistencia del hombre de más edad.

Entonces vio el cambio que se apoderaba del rostro de Gabrielle y en ese momento comprendió que se había estado mostrando cortés con su anfitrión. Hubo un movimiento vertiginoso y aunque sus ojos no se apartaron de los dos combatientes, Cecrops nunca supo muy bien qué ocurrió. Lo único que supo era que en un momento dado Kan y Gabrielle estaban enfrentados cara a cara y al momento siguiente Gabrielle estaba de rodillas sobre el pecho de Kan, con las manos a la altura de sus hombros preparadas para aplicarle el pinzamiento.

Una gota de sudor le resbaló por la sien y cayó desde su barbilla al pecho de Kan y el hombre no se movió. Indicó que se rendía ante su victoria y esperó a que ella volviera a su ser y se quitara de encima antes de relajarse y apoyar la cabeza en el suelo.

Gabrielle se levantó, aceptó una toalla que le ofrecía una joven y se secó la cara y los brazos. Eso era lo único que se oía en la estancia aparte de la respiración jadeante de Kan, que seguía en el suelo donde lo había dejado Gabrielle.

Cecrops tenía los ojos como platos. De repente, cayó en la cuenta de lo misericordiosa que había sido Gabrielle con él. Dado lo que acababa de ver, podría haber causado fácilmente serios daños incluso a su cuerpo inmortal y estaba seguro de que eso no era algo por lo que le apeteciera pasar. Cecrops se levantó y se acercó a Kan, alargando la mano para ayudarlo a levantarse.

Kan advirtió el brillo risueño de los ojos oscuros que lo miraban y aceptó la mano sofocando una carcajada.

—Todavía no he logrado derrotarla ni de cerca. No sé quién fue su maestro, pero debía de ser increíble —rezongó el dirigente chino casi por lo bajo. Cecrops abrió la boca para contestar, pero la voz de Gabrielle lo interrumpió.

—En realidad, era la mejor guerrera que ha existido jamás en Grecia. El tipo de persona de la que nacen las leyendas —dijo Gabrielle, y luego les dio la espalda y salió al aire nocturno.

Kan intercambió una mirada con Cecrops.

—Semelo, ¿he dicho algo malo?

—No, Kan. Creo que el ejercicio le ha traído viejos recuerdos. Y las palabras, seguro.

Kan se secó el sudor con la toalla que le había dado la muchacha y luego hizo ademán de seguir a Gabrielle.

—Tal vez debería... —Una mano que se posó en su brazo detuvo sus palabras y sus pasos, y levantó la mirada para ver cómo la cabeza de ébano hacía un gesto negativo.

—Déjala tranquila.

Kan se soltó de la mano de Cecrops con cierto esfuerzo.

—Creo que sé...

Cuando Cecrops volvió a agarrar a Kan del brazo, lo hizo con una fuerza formidable, y el hombre más bajo descubrió que no podía soltarse de la mano de Cecrops.

—Creo que no lo sabes. Déjala en paz.

Kan miró a Cecrops con toda la ferocidad que le fue posible.

—Suéltame, antes de que ordene que te ejecuten.

Cecrops se limitó a apretar más la mano y tiró de Kan para acercárselo hasta cernirse amenazador sobre el chino. Se inclinó hasta que sus frentes casi se tocaron.

—Permite que me exprese con total claridad, hombrecillo. Puede que seas señor de cuanto contemplas, pero no eres mi amo y no voy a dejar que me des órdenes como a un perro. Mejores hombres que tú han intentado matarme y sin embargo, aquí estoy.

Kan se quedó petrificado. Nadie le había hablado nunca con semejante desprecio por su título y su posición de mando desde el intento de derrocarlo que sufrió al principio de su carrera. Haciendo un gesto con la mano, dio indicaciones a los pocos guardias de honor que se habían adelantado y que se detuvieron nada más ver su señal. Ahora volvieron a sus rincones para observar con atención cómo terminaba el drama que se desarrollaba ante ellos.

—Y ahora, te lo voy a decir una vez más. —El susurro de Cecrops fue feroz, pero eficaz—. Deja. A Gabrielle. En paz.

Kan miró a Cecrops a los ojos largamente y por fin descubrió la verdad.

—La amas.

—La quiero muchísimo. Es mi amiga más antigua y más querida.

—Es más que eso, Semelo. Conozco esa expresión.

Cecrops soltó el brazo de Kan.

—La quiero muchísimo. Con eso basta.

Comprendiendo de repente mucho más de lo que se estaba expresando con palabras, Kan dio una palmada a Cecrops en el hombro.

—Ven, amigo. Creo que ahora nos entendemos. Bebamos un poco de vino y luego veremos si podemos encontrar un baño y bella compañía para la cena.

Cecrops sonrió y aceptó la copa que le ofrecía. Luego siguió a Kan en busca de un baño.


Gabrielle ya estaba siendo atendida cuando los hombres entraron en la zona de baños, como vieron por el biombo que se había instalado para darle un poco de privacidad. Los dos hombres continuaron su conversación en tono normal para hacerle saber que habían llegado.

Sonrió por lo considerados que eran y siguió bañándose, metiéndose debajo del agua para aclararse el jabón del pelo. Había despedido a la ayudante, de modo que se levantó y dejó que se le escurriera el agua un buen rato antes de salir de la bañera y coger la toalla para secarse. Luego Gabrielle se peinó mientras escuchaba la absurda discusión que tenía lugar al otro lado del biombo.

Se echó a reír en silencio al reconocer dicha discusión, y luego aguzó los oídos cuando captó una conversación más interesante.

—Te lo digo yo, Kan... no sólo es una osa, sino que además la tierra es redonda.

—Semelo, aunque acepte tu idea de que lo que evidentemente es un cucharón es en realidad una osa, cosa no que no acepto —añadió con una sonrisa, y Cecrops asintió dándose por enterado—, eso sigue sin justificar debidamente tu teoría de que el mundo es redondo.

—Ah, pero yo he dado la vuelta al mundo.

Se hizo un silencio total tras sus palabras, como si hubiera dejado atónito a su interlocutor. Por fin el cuadro se rompió por el roce de tela que se oyó al otro lado del biombo. Kan parpadeó y respiró hondo.

—Muy interesante —dijo por fin—. ¿Cómo lo lograste?

—¿Has oído hablar de un explorador de Escandinavia llamado Leif Erikson?

—No. ¿Dónde está esta Escandinavia de la que hablas, Semelo?

—Más allá de tus fronteras occidentales y muy al norte. —Cecrops esperó a que Kan procesara la información y asintiera, haciéndole un gesto para que continuara. Cecrops tomó aliento—. Hace unos años, estaba viajando por esa zona y me encontré con una tribu que parecía estar preparándose para un viaje muy largo. Me quedé con ellos, para cazar y pescar. —Hizo gestos con las manos—. Ya sabes. —Gengis Kan asintió de nuevo—. Bueno, pues nos pusimos a hablar de las distintas experiencias que teníamos con el mar y en el curso de la conversación, me invitaron a que me uniera a su expedición.

—¿Que consistía en?

—En encontrar nuevas tierras que conquistar —contestó Cecrops con seco humor—. Pero me picó mucho la curiosidad, de modo que me uní a ellos. Y encontramos otra tierra... a muchos días de viaje hacia el oeste.

—¿Cómo era?

Gabrielle se esforzó mucho por oír bien, porque era la pregunta que ella misma quería hacer.

—Preciosa... salvaje e indómita. Los pueblos nativos viven de la tierra y toman sólo lo que necesitan. —La mirada de Cecrops se interiorizó, al recordar su estancia relativamente breve en aquel lugar—. Me podría haber instalado allí muy fácilmente.

—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó Kan con mucha razón.

—Por curiosidad —contestó Cecrops con franqueza—. Quería ver dónde llevaba el camino... qué había al otro lado de la siguiente colina.

Los dos hombres habían terminado de bañarse y salieron del agua para secarse enérgicamente.

—¿Y qué encontraste? —preguntó el dirigente chino mientras empezaban a vestirse.

—Muchas cosas, pero más que nada descubrí que el camino trazaba un círculo.

—No lo entiendo. Cuando se llega a la frontera oriental de mi tierra, hay agua y todos saben que ahí el mundo desaparece de la vista.

—Pero no es cierto, Kan. Eso es lo que te estoy diciendo. Caminé muchos días a través de esta nueva tierra. Vi montañas, llanuras, un desierto... animales y plantas que no he visto en ninguna otra parte, y cuando llegué al final de la tierra, me encontré arena y un océano. Ese océano me trajo de vuelta a esta tierra.

—¿Eso es posible, Semelo? —preguntó Kan, intrigado pero escéptico.

—No sólo es posible, sino que es cierto. Es un viaje muy largo, pero si sigues hacia el este, ahí está.

—Qué interesante —dijo Kan tras pensárselo un momento. Entonces le dio una palmada a Cecrops en la espalda—. Ven, podemos seguir hablando de esto durante la cena, pero tengo hambre y no quiero hacer esperar a Gabrielle ni a mis esposas.

—¿Esposas? —repitió Cecrops por lo bajo cuando salían de la estancia del baño. ¿Pero quién necesita más de una, por todos los dioses?

Gabrielle se levantó del banco donde se había sentado para escuchar la historia de Cecrops. De repente, sintió que sabía perfectamente dónde iba a encontrar a Xena.

—Interesante de verdad —murmuró antes de volverse para ir a cenar.


—Bueno, Gabrielle, ¿qué planes tienes cuando te marches de aquí?

Gabrielle masticó y tragó, contenta de haber dominado el arte de comer con palillos cientos de años antes. Los chinos rara vez le ofrecían un cuchillo o una cuchara, y aunque había logrado fabricar un utensilio con varios dientes que le permitía pinchar la comida, no quería llamar la atención sacándolo delante de otras personas.

Ahora se detuvo, con los palillos libres, y miró a Kan, que la miraba con aire expectante. Entonces se dio cuenta de que todos los comensales estaban esperando su respuesta y se sonrojó. Intentaba no llamar la atención sobre sí misma, pues recordaba lo que le habían dicho tanto Ch'uang como Cecrops sobre el tema de la discreción.

Tampoco había querido nunca llamar deliberadamente la atención, pero lo cierto era que circulaban historias sobre ella. Y si no tenía cuidado, alguien que se tomara la molestia de escuchar e hilar todos los datos acabaría averiguando la verdad. Por increíble e improbable que pareciera, era un riesgo que no estaba dispuesta a aceptar. Gabrielle sabía que era todo muy cierto, y desde entonces había hecho todo lo posible por restar importancia a su actividad pública, dejando y animando a otros a atribuirse la autoría de sus logros. Que Ares la descubriera a estas alturas sería muy malo, por lo que le era fácil mantenerse en la sombra.

—La verdad es que no lo sé. A lo mejor voy al otro lado del mar a visitar a unos viejos amigos —dijo, pensando en las amazonas—. Todavía no lo he pensado, pero hace tiempo que no los veo. —Sonrió—. De hecho, creo que eso voy a hacer. Gracias por la idea. —Y siguió comiendo.

—Bueno —contestó Kan—, me alegro de haberte ayudado. ¿Puedes contarnos algo más sobre ellos? Semelo me ha estado contando una historia interesantísima sobre una tierra que hay al otro lado del mar. ¿Tal vez has estado allí?

—Mm, creo que no. —Gabrielle se volvió hacia Cecrops—. ¿Dónde está esta tierra?

—Es un largo viaje hacia el este, pasada la tierra del sol naciente.

El respingo apenas se advirtió en sus ojos, pero Cecrops lo vio e inmediatamente lamentó lo que había dicho. Gabrielle sonrió levemente e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Nunca he estado allí, aunque algún día... —No terminó la idea—. Mis amigos están hacia el sur.

—Háblanos de ellos, por favor, Gabrielle —intervino la primera esposa de Kan—. Semelo y tú habéis viajado tanto. Me acuerdo de las historias que nos contaste la última vez que estuviste aquí.

—Sí, por favor, Gabrielle. A menos que estés ocultando allí a un amante perdido hace tiempo al que necesitas seguir ocultando —dijo Kan bromeando un poco, sin esperarse la respuesta que obtuvo.

Un destello de dolor, una sonrisa trémula y Gabrielle lo miró de frente con ojos ligeramente risueños.

—Kan, si tuviera un amante perdido hace tiempo, no tendría necesidad de mantenerlo oculto, ¿verdad? Estaría perdido. ¿Para qué molestarme en ocultarlo?

Kan se echó a reír, encantado con el humor inesperadamente sardónico de su tono.

—Qué bien te expresas, bárdica amiga mía. Bueno, háblanos de la gente del sur.

—No hay mucho que contar, la verdad. Es sólo un lugar que me encontré por casualidad antes de viajar a China. Una tierra preciosa y gente amable. Me quedé allí un tiempo e intercambiamos historias y cosas así. Luego vine aquí. —Nada como saltarse unos cuantos detalles, ¿eh, bardo?

—Bueno, parece... interesante —comentó Kan, preguntándose qué estaba evitando. Era evidente que el tema la ponía incómoda. Se encogió de hombros mentalmente. Gabrielle no había sido otra cosa que ayudadora y sincera. Tenía derecho a un poco de intimidad.


Las siguientes semanas transcurrieron agradablemente. Gengis Kan se encontraba entre campañas y Gabrielle y él pasaban algunos ratos combatiendo, aunque la conversación nunca volvió al tema de su maestra. Cecrops se conformaba con mirar y aprender, aunque le presentaron a una joven que le gustó y también pasaba el tiempo con ella.

Cuando Gabrielle estaba recogiendo sus cosas para marcharse, Cecrops por fin sacó tiempo para hablar con ella en privado. Se dejó caer sobre su cama y se tumbó, mirando mientras ella seguía organizando sus pertenencias para volver a meterlas en la mochila.

—Entonces, ¿te marchas de verdad?

Gabrielle asintió.

—Es lo mejor. No puedo quedarme mucho en el mismo sitio. Y tengo muchas ganas de ir a ver a las amazonas. Ha pasado demasiado tiempo.

Cecrops asintió comprensivo.

—¿Tú te vas a quedar aquí? —preguntó Gabrielle, que ya sabía la respuesta, pero pensaba que Cecrops necesitaba decirlo en voz alta.

—Sí, al menos por ahora. Zhao es... bueno, me gusta su compañía. Me gustaría disfrutar de nuevo de esa sensación, durante un tiempo.

Gabrielle asintió, pues lo comprendía perfectamente, aunque no estuviera de acuerdo con lo que ella entendía como egoísmo por parte de él.

—¿Es por eso por lo que has adoptado otro nombre?

Él se levantó y fue a la puerta, se quedó ahí en silencio y observó cómo seguía pasando la vida a su alrededor sin inhibiciones.

—Sí —dijo por fin—. Estoy harto de que se me asocie con la inmortalidad, y a la gente parece gustarle esa historia... por lo menos lo suficiente para recordar mi nombre. ¿Hago mal por querer ser como todo el mundo? ¿Formar parte de la vida como ellos?

Gabrielle terminó de recoger y dejó a un lado su mochila, se sentó en la cama y miró con tristeza la espalda rígida que tenía delante.

—¿Mal por quererlo? No, la verdad es que no. Comprendo ese deseo. ¿Pero mal por intentarlo... por perpetuar el mito de que eres igual que los demás? —Se encogió de hombros y aunque Cecrops no vio el gesto, lo sintió de todas formas—. No lo sé. No creo que eso pueda decidirlo yo por ti. Eres tú el que tiene que vivir con las consecuencias que pueda haber.

—¿Tú qué harías?

—Cecrops, somos dos personas totalmente distintas con metas totalmente distintas. —Se levantó y fue a su lado—. Pero decidas lo que decidas, me alegro de que hayamos tenido la oportunidad de volver a pasar un tiempo juntos. Incluso con nuestros altibajos, ha sido estupendo estar con un amigo que de verdad comprende nuestras, mm... circunstancias únicas.

Cecrops se volvió entonces y levantó a Gabrielle entre sus brazos para estrecharla con todas sus fuerzas.

—Te voy a echar de menos, pequeña.

Gabrielle lo abrazó a su vez en igual medida.

—Yo también te voy a echar de menos, amigo. Cuídate, ¿vale?

Cecrops sonrió.

—Lo haré, y tú también.

—Ya lo creo. A lo mejor volvemos a encontrarnos —dijo Gabrielle, levantando su mochila.

—Cuenta con ello.


Gabrielle se apartó de la ventana y volvió a sentarse en la cama. Adoptó una postura de meditación y se relajó, buscando a través del tiempo y el espacio lo que deseaba su corazón.

No habría podido decir cuánto tiempo estuvo concentrada en una sola postura, pero el calor repentino que inundó su organismo la impulsó a moverse antes incluso de abrir los ojos. Se quedó ante la ventana observando el movimiento del cometa y regodeándose en la conexión que sentía hasta lo más profundo del alma.

—¿Xena?


Capítulo XXII


—¿Gabrielle?

El calor que de repente inundó el alma de Xena era inconfundible, y por primera vez, Xena sintió una dolorosa emoción por la tierna familiaridad del alma de Gabrielle que intentaba tocar la suya.

Xena no sabía cuánto tiempo había transcurrido. El interior de la choza estaba azulado por la bruma del humo y habían rellenado el odre de agua varias veces, que ella supiera. Ahora, sin embargo, estaba totalmente concentrada en Gabrielle y el vínculo indeciso que volvía a sentir entre las dos. Tan inmersa estaba en las emociones que fluían a través de ella que ni se dio cuenta cuando se sumió en un trance de meditación.

Ante su mente aparecieron varios objetos con claridad, el último de los cuales era un pergamino. Cuando las imágenes se detuvieron, Xena se quedó profundamente dormida. Durmió una noche entera y hasta el mediodía del día siguiente. Cuando se despertó, lo hizo acompañada del corazón de Gabrielle que latía en su pecho, y la sensación la hizo sonreír.

Xena se levantó con las piernas temblorosas, se dirigió despacio a la puerta de la choza y cerró los ojos de golpe al apartar la puerta y quedarse inmediatamente cegada por la brillante luz del sol. Se quedó inmóvil hasta que pudo abrir los ojos parpadeando y luego siguió parpadeando sin parar mientras se dirigía a la hoguera de Keto y Hotassa. Nadie hizo el menor intento de ayudarla, pero todos observaron en reverente silencio hasta que llegó a su destino.

Se quedó allí de pie envuelta en su piel de búfalo, agradecida por el calor, pues un viento frío soplaba a través de la llanura. Xena esperó hasta que Keto le hizo un gesto para se sentara, cosa que hizo a toda prisa. Parecía que el invierno iba a ser largo y frío, y tras pasar días en la choza del sudor, estaba helada hasta los huesos. Se alegró de sentarse y dejar que el calor del fuego atravesara la piel de búfalo y le inundara el cuerpo.

—Bueno —dijo Keto con solemnidad.

Volvió a hacerse el silencio hasta que Hotassa les sirvió una sopa caliente y un poco de té caliente. Entonces comieron en pensativo silencio hasta que Xena apartó su porción inacabada para sus compañeros animales y se reclinó para beberse el té mientras Keto se terminaba el resto de su comida. Sólo cuando él también se reclinó y se sacó la pipa de la chaqueta quedó roto el silencio.

—He visto, Keto, pero no comprendo el significado de mi visión.

—Cuéntame.

—Hay seis objetos. Cosas que son... conocidas... para mí, pero no como las recuerdo. En cada parte de la visión, me veo sujetándolas, tocándolas, pero no sé con qué propósito. —Tomó aliento con fuerza y lo soltó despacio—. Lo primero que vi fue una vara de combate... bien hecha y equilibrada. Me recordaba un poco a Gab... bueno, me resultaba muy familiar. Luego había una máscara de guerra amazona... parecía la máscara de la reina. —Xena carraspeó ligeramente—. Había un anzuelo de hueso, la Daga de Helios y mi chakram. Lo último que vi fue un rollo de pergamino. Un pergamino muy antiguo dentro de una cueva con dibujos.

—No conozco Hee-li-os ni chak-ram.

Xena alargó el brazo e hizo dibujos de los dos objetos en cuestión. Pensó que eso era más fácil que intentar explicar lo que eran con palabras.

A Keto se le habían ido dilatando los ojos de forma evidente con cada objeto que nombraba y casi se le salieron de las órbitas cuando terminó los dibujos. Elevó una breve oración por su hijo, pues sabía que Xena podría matar a Kya cuando Keto le explicara el significado de su visión.

—Leyenda dice que cualidades de gran guerrero viven en tótems. Cada tótem es diferente cualidad que guerrero necesita para grandeza. —Keto carraspeó y respiró hondo. Rara vez tenía que hablar tanto en un solo día—. Rollo es para conocimiento. Habla de cada tótem y dónde encontrar. Otros cinco representan fuerza, sigilo, habilidad, astucia y equilibrio.

—¿Y el valor? —preguntó Xena, pensando que eso era un componente clave para ser guerrero.

—Ritual entero prueba de valor.

Se quedaron callados un rato mientras Xena pensaba en esta prueba. Por fin rompió el silencio.

—Bueno, ¿cómo encuentro estas cosas y qué consigo con ellas?

Keto guardó silencio tanto tiempo que Xena pensó que se negaba a contestar la pregunta. Pero se armó de paciencia y esperó.

—Rollo es primera clave. Debes ir a cueva y encontrar rollo. Dirá cómo encontrar otros tótems. Lo que pase después —Keto se encogió de hombros—, cosa tuya.

Xena asintió.

—Empezaré nada más amanecer. ¿Sabes dónde está esta cueva o tengo que encontrarla por mi cuenta?

—Puedo hablarte de cueva. Encontrar rollo sola.

Xena asintió de nuevo. Aquello le recordaba a los viejos tiempos, y sintió que una descarga de entusiasmo corría por sus venas ante la posibilidad no sólo de tener una nueva aventura, sino de que ésta la acercara más a Gabrielle.

Keto esperó, pues sabía que no había contestado todas sus preguntas. Se encogió por dentro, consciente de que algunas de ellas podían ser mucho más dolorosas que otras.

Xena enfocó de nuevo la vista, apartándola del punto lejano donde la había tenido clavada, y volvió a mirar a Keto.

—¿Hay alguien que haya tenido éxito con esta búsqueda?

—No como se esperaba, no.

Xena clavó una mirada penetrante en el chamán y enarcó una ceja.

—¿Me lo quieres explicar, Keto?

El chamán titubeó y por fin respiró hondo.

—Kya. —Keto dudó de nuevo cuando Xena gruñó—. Kya intentó. Algo no bien.

Keto esperó. Xena esperó más. Keto se rindió a lo invitable con toda la elegancia que le fue posible.

—En tiempo de padre de mi padre, viajero llegó del este a nuestra tribu. Tenía vara que interesó a namêšeme. Hércules quería cambiar bastón por abrigo de piel de oso y tras búsqueda de visión, namêšeme aceptó.

Xena alzó una mano para detener la historia.

—¿¿Quién??

—¿Mi namêšeme? Era...

—No. El viajero... ¿has dicho que se llamaba Hércules?

—Sí. ¿Conoces?

Xena respiró hondo, consciente de que, para Keto, su reacción no venía a cuento, tratándose de alguien que formaba parte de un pasado que ninguno de los dos había vivido.

—Su nombre... me ha recordado a alguien que conocí en otro tiempo. —Y no comentó que el Hércules a quien conocía era inmortal y muy probablemente el mismo Hércules que había visitado a la tribu dos generaciones antes.

Keto asintió, al ver la verdad de lo que decía reflejada en sus ojos. Carraspeó.

—Vara formó parte de tradiciones de chamán... poder canalizar fuerza de guerrero. Nunca perder batalla con ella.

Xena no dijo nada y le hizo un gesto para que continuara.

—Lunas después de Hércules, conseguimos cuchillo en apuesta con hombre extraño... —Keto se quedó callado pensando.

—¿Por qué extraño?

Keto se indicó la cara.

—Pelo raro. No como hombre blanco normal.

Xena asintió. Se había fijado en que la mayoría de los hombres blancos llevaban barba completa, o en el caso de unos pocos, nada en absoluto. Se preguntó qué habría hecho este hombre para parecer "extraño". Volvió a prestar atención a Keto cuando éste continuó hablando.

—Cuchillo raro... no muy útil... inusual con hoja torcida. Por eso namêšeme guardó. Por muchos años, objetos guardados como parte de posesiones de chamán. Considerados buenos para tribu.

Keto tomó aliento con fuerza, alzó su taza e hizo una mueca cuando el té tibio alcanzó su lengua. Hotassa lo vio desde su puesto junto a la entrada y les ofreció a los dos más té caliente. Keto aceptó, Xena no. Y cuando tuvo la taza rellena, carraspeó y siguió hablando.

—Cuando neho'eehe hizo rito de paso, encontró rollo, y como conocía vara y cuchillo, buscó otros tótems. Buscó muchos años, abandonando deberes de chamán para encontrar guerrero perfecto. —El tono de Keto era amargo por el recuerdo—. Yo fui chamán cuando padre de mi padre pasó a sus padres. Mi padre fracasó en búsqueda y al morir, mi heške guardó cosas.

Otro suspiro del chamán, y Xena percibió la irritación que salía de Keto a oleadas.

—Cuando Kya fue mayor de edad —continuó con sequedad—, encontró el rollo. Y los otros cuatro tótems que encontró mi neho'eehe.

—Espera —lo interrumpió Xena por fin—. ¿Encontró todos los tótems menos uno?

—Sí —confirmó Keto asintiendo vigorosamente con la cabeza—. Todos menos el que has llamado chak-ram.

A Xena se le dilataron los ojos al saber aquello. Sabía que si tenía que encontrar el chakram original, su búsqueda acaba de hacerse infinitamente más difícil. La última vez que había visto su chakram, Gabrielle lo llevaba al cinto. Cerró los ojos recordando el dolor y se concentró en el calor que todavía sentía en el alma. Keto advirtió su desazón y esperó a que regresara de los hechos desagradables que estaba reviviendo.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó ella con calma cuando abrió los ojos.

—Kya buscó durante muchas lunas y por fin decidió que había encontrado el último tótem. Forma correcta, pero... —Se encogió de hombros—. No estaba donde decía rollo.

—¿Así que el rollo dice dónde buscar además de qué buscar?

—Da pistas —contestó Keto.

—¿Y qué pasó? —insistió Xena, y vio que Keto se encogía por la pregunta.

—Rollo da ritual para obtener poder de guerrero perfecto. Kya siguió ritual, pero falló.

—Falló... ¿cómo? —preguntó Xena despacio con repentina comprensión.

Keto tragó con dificultad, pues sabía que necesitaba oír la verdad.

—Ritual te trajo a este lugar.

—¿Cómo dices? —dijo ella, con tono bajo y amenazador—. Keto, no soy de ningún sitio remotamente cercano a éste, de ninguna de las maneras. —Pero no negó que fuera la guerrera perfecta.

—Lo sé. No sabemos cómo ni por qué.

Xena tragó con dificultad y respiró hondo, conformándose por el momento con concentrarse en lo más básico. Si pasaba de ahí, empezaría a morir gente. Su rabia era abrumadora y hacía mucho tiempo que no tenía que someterse un autocontrol semejante.

—¿El rollo me dará instrucciones, un ritual, para volver a casa?

—Lo que se ha hecho se puede deshacer —dijo Keto crípticamente—. Pero primero debes recoger tótems.

Xena asintió.

—Lo haré. Háblame de la cueva. Cuanto antes empiece, antes podré volver a casa.

Keto le explicó a Xena dónde estaba la cueva de los rituales, dibujando un tosco mapa en la tierra con el dedo para darle una idea general del camino que tenía que seguir.

—Hay dibujos en paredes. Cuentan historia de gente y también dicen cómo llegar a rollo. Dos o tres días de viaje para llegar a cueva. Después... —Keto se encogió de hombros una vez más—. Cosa tuya. Creemos que tótems regresan a orígenes.

Xena meneó la cabeza. Esto cada vez es más complicado, pensó ceñuda.

—Está bien —dijo al tiempo que echaba un vistazo por el campamento, advirtiendo por primera vez que el sol estaba empezando a ponerse—. Saldré nada más amanecer.

—Pero...

—Keto, agradezco el hogar y la familia que la gente me ha dado aquí. La acogida que he tenido significa más para mí de lo que te imaginas. Pero si puedo volver a casa, a mi ti... con mi familia... con Gabrielle, haré lo que sea necesario lo más deprisa que pueda para volver allí.

La ferocidad de su respuesta y el fuego de sus ojos lo empujaron a preguntar:

—¿Te arrepientes de cosas, pues?

—Sí —replicó ella sin dudar, y él se preguntó cuál sería la causa de las lágrimas que le llenaban los ojos y que se negaba a derramar.

—Entonces ve deprisa y con mi bendición. Te veré a la salida del sol.

—No tienes...

Él alzó una mano.

—Es mi deber.

Ella aceptó asintiendo.

—Hasta mañana, pues. —Y se levantó de su asiento junto a su hoguera y se dirigió a la suya, acompañada por la pantera y el zorro.

Keto se quedó mirando hasta que entró en su tienda y luego se volvió para contemplar el fuego, pensando.


El sol todavía no había empezado a colorear el cielo cuando Xena salió de su tipi. A sus lados caminaban sus compañeros animales. Keto sonrió al ver el cuadro que hacían. De algún modo, su presencia le aseguraba que tendría éxito en su búsqueda, aunque no podía explicar esa impresión de forma lógica. Era simplemente un instinto visceral que hacía mucho tiempo que había aprendido a respetar.

De repente, Kya corrió a su lado cuando Xena se acercaba. No costaba percibir su agitación y aún menos adivinar la causa.

—¡Neho'e! No puede. ¡Es mi búsqueda!

—¡Siéntate!

Kya se quedó sorprendido por el tono brusco de su padre y se dejó caer de rodillas junto a la hoguera, mirando a la guerrera que se acercaba. Se estremeció cuando sus ojos azules pasaron por encima de él, convencido de que las llamas del fuego que tenía delante no podrían calentar el fondo de su alma que se había helado ante la frialdad de su mirada.

Keto se levantó, bien consciente de por qué Xena tenía esa expresión de desprecio, y no la culpaba. Kya había empezado mal con ella, y nada de lo que había hecho el joven chamán desde que les trajo a Xena había cambiado la impresión de ineptitud que ella tenía de él. Sus aires de propietario sólo habían servido para empeorar la situación y cuando ella lo humilló, aquello fue la gota final que los convirtió en enemigos implacables.

Bueno, Kya se había vuelto implacable. Xena simplemente consideraba al joven chamán un idiota. En este momento, sin embargo, su furia por haberla puesto en su actual situación la convertía en una amenaza para él, y hasta los animales que estaban a su lado captaron su ira sin dificultad. Los dos miraron a Kya mostrando ligeramente los colmillos y gruñeron. Eso fue lo que llevó a Kya a darse cuenta de que ella le daba mil vueltas, en todas las facetas de la vida. Y por alguna razón, eso le provocó un deseo aún más fuerte de reafirmar sus derechos.

—¡Neho'e! —empezó a protestar de nuevo, pero una sola palabra lo paró en seco.

—¡Silencio! —rugió Keto, y Xena se mordió el labio para controlar la sonrisa burlona que amenazaba con aparecer—. Ésta ya no es tu búsqueda, si es que alguna vez lo fue. Deja a Zee-nah en paz. Ahora es su búsqueda.

—Pero...

—¡NO! Ya te he permitido bastante comportarte como un necio. ¡Se acabó!

Kya se quedó mirando desafiante a su padre largos instantes y luego apartó la mirada y se marchó enfurecido.

—Lo va a volver a intentar, lo sabes —comentó Xena en voz baja mientras Keto encendía su pipa.

—Heehe'e —asintió el chamán—. Sí, pero tú lo arreglarás. Lo he visto.

Xena arrugó el entrecejo al oír eso y se preguntó qué estaría aguardándola. Luego se olvidó de ello cuando Keto se puso a cantar dando vueltas a su alrededor, agitando la pipa con los gestos de un ritual de purificación. Por fin terminó y la besó en la frente como si fuera una hija amada y le puso en las manos un mapa y un saquito de comida.

—Ve con bendición.

Xena asintió solemnemente.

—Gracias, Keto. —Entonces cogió su vara y los animales y ella echaron a andar con paso decidido hacia las colinas que parecían más cercanas de lo que estaban en realidad.


El día había transcurrido bien mientras caminaban, aunque a Xena le parecía que las cuevas retrocedían ante ella en lugar de acercarse. No parecían estar más cerca de su meta que al ponerse en marcha esa mañana antes del amanecer. Peor aún, Kya los seguía tan de cerca que los animales y ella se sentían nerviosos. Se preguntó si era estúpido por naturaleza o si ella era un caso especial para él. La pantera gruñó de nuevo, desde las profundidades de la garganta.

—Lo sé, Etor —dijo Xena suavemente cuando el felino le rodeó las piernas—. No puede estar pensando en sorprendernos aquí fuera. No hay donde ocultarse, ni para él ni para nosotros. Vamos, tenemos que encontrar un sitio para acampar.

Por fin, justo antes del anochecer, Xena llegó al riachuelo que Keto le había dicho que la llevaría a la boca de la cueva que estaba buscando. Tuvo tentaciones de seguir adelante, pero reconoció que, de todos ellos, la pantera al menos necesitaba descansar, aunque el zorro y ella no. De modo que se instaló junto al reguero de agua que llevaba poco caudal por el clima del final del otoño y se preguntó si las nieves del invierno y las lluvias de la primavera lo harían crecer hasta convertirlo en una riada.

Sonrió, pues sus reflexiones le recordaban sin dificultad alguna a Gabrielle y las numerosas conversaciones que tenían sobre multitud de temas por las noches mientras acampaban. Una cosa que Gabrielle nunca había sido era aburrida y Xena nunca sabía qué esperar en materia de conversación.

Xena hizo sus tareas casi sin pensar y al poco, había dispuesto un campamento bien organizado. Fue al riachuelo, satisfecha al ver que había gran cantidad de peces en el agua baja. Se metió y vadeó hasta el centro, sin sorprenderse al ver que el agua no le llegaba ni a medio muslo y que era gélida. Apartó la sensación de su consciencia y se concentró en cambio en la vida que corría en el agua que la rodeaba. Casi inmediatamente, atrapó dos peces de buen tamaño con las manos, y estaba regresando a la orilla cuando ocurrió.

Kya estaba furioso porque lo que había sido su búsqueda, su patrimonio, no sólo le había sido arrebatado, sino bendecido por su padre para otra persona. El hecho de que se tratara de la mujer guerrera que le echaba a perder los planes continuamente lo hacía insoportable. Aunque nunca se había comportado como una déspota con él, el evidente desprecio que Xena sentía por él había convertido a Kya en el hazmerreír de la tribu. Ahora era el momento de solucionarlo.

Salió corriendo y gritando de las altas hierbas, cuchillo en ristre, con la esperanza de pillarla desprevenida. Lo que pilló fue a un zorro en su muñeca, un felino en su cuello y un ser humano muy irritado que le partió el hueso de la pierna con que intentó darle una patada.

El grito de Kya pasó de un alarido de guerra a un chillido de dolor en cuestión de segundos. Rápidamente y a la vez, soltó el cuchillo por el mordisco del zorro y cayó al suelo. La pantera saltó sobre su pecho, empujó a Kya hasta tumbarlo del todo y se quedó peligrosamente cerca del cuello del joven chamán con las fauces abiertas.

—Podría haberme ocupado yo sola, pero gracias, chicos.

Kya empezó a temblar, por una mezcla de dolor y nervios. No se esperaba este final. Él estaba destinado a grandes cosas. Xena meneó la cabeza.

—Sabes, Kya —le dijo tranquilamente, haciendo un gesto a los animales para que se apartaran. Se colocaron como centinelas junto a la cabeza de Kya para asegurarse de que no suponía una amenaza mientras Xena se ocupaba de él—. Hasta ahora no te tenía por estúpido. Joven, impetuoso, infantil, pero no estúpido. Al parecer —continuó mientras tocaba los puntos de presión de su pierna y observaba cómo él la miraba de hito en hito, empezando a relajarse al no sentir dolor—, estaba equivocada. Eres estúpido.

Él se abalanzó y al instante ella le soltó los bloqueos nerviosos que le había aplicado. Kya chilló de dolor y cayó de nuevo al suelo gimoteando y agarrándose la pierna. Xena lo miró con cara de pocos amigos.

—¿Te vas a portar bien ya?

Él asintió vehementemente y ella volvió a aplicarle los bloqueos en la pierna. Le colocó la pierna con cuidado, enderezando el hueso hasta que encajó en su sitio con un chasquido. Miró con pena la vara que llevaba. Era la única madera que había en varios kilómetros a la redonda y no le quedaba más remedio.

—Deja que te explique una cosa, Kya —dijo con calma al tiempo que rompía el grueso palo en dos con las manos. A Kya se le desorbitaron los ojos y de repente, se dio cuenta de lo temerario que había sido—. Ésta es mi búsqueda... mi caza. Haré lo que sea necesario para sobrevivir y superar cualquier desafío que se me ponga por delante.

Colocó los palos a cada lado de la fractura, sacó su provisión de vendas de su morral y ató la pierna con fuerza.

—Sin embargo —continuó tan tranquila—, si vuelves a interponerte en mi camino, te romperé las dos piernas y no me detendré a curarlas. ¿Me entiendes?

Pronunció las palabras casi en un susurro, pero Kya asintió rápidamente con la cabeza, aceptando la verdad que ardía como un fuego en sus ojos. No tenía la menor duda de que era capaz de hacer lo que acababa de decir.

—Bien. Tengo que soltar el bloqueo, pero no te va a doler tanto, ahora que el hueso está colocado. —Xena soltó el pinzamiento y Kya se encogió y luego se relajó cuando el dolor se hizo soportable. La miró con una mezcla de reverencia e inquietud. Xena puso los ojos en blanco y resopló—. Luego tendremos que buscar una forma de llevarte a casa. Puede que tengas que esperar aquí un día o dos hasta que vuelva de las cuevas.

Kya abrió mucho los ojos.

—¿Me dejarías aquí?

—Sin dudarlo —fue la seca respuesta. Eso puso fin a toda conversación entre ellos.

Xena recogió los dos peces que ya había atrapado y volvió a meterse en el agua fría para coger uno más. Kya la observó en silencio, asombrado por sus reflejos. Luego, en la oscuridad, ella encendió la hoguera de estiércol que había dispuesto al acampar y se puso a preparar el pescado para cenar.


Xena no se sorprendió al ver llegar a un pequeño grupo como una hora más tarde. Tenía la sospecha de que Keto sabía perfectamente lo que iba a ocurrir y había dejado que las cosas siguieran su curso hasta su lógico final antes de intervenir. La expresión de sus ojos cuando se acercó a ella y a Kya y su falta de sorpresa al ver el estado de su hijo no hicieron más que confirmar esa idea en su mente.

Keto esperó hasta que ella lo invitó a su hoguera asintiendo y entonces su pequeño grupo y él se unieron a Xena.

—No tengo nada... —empezó a decir ella, pues acababa de recoger los restos de la cena.

—No necesario —dijo el chamán alzando la mano—. Nosotros tenemos. —Y se sacó unas raciones de viaje del bolsillo. Los hombres que lo acompañaban hicieron lo mismo y todos se quedaron sentados comiendo en silencio al tiempo que miraban a Kya de reojo. Keto no les había explicado nada: sólo les había ordenado que lo acompañaran a una caza. Se preguntaron qué habría pasado y por qué parecía que Kya era la presa.

—¿Podemos compartir fuego esta noche, Zee-nah? Nos iremos mañana.

Xena asintió. No esperaba que regresaran al campamento de noche, pero se alegraba de que Keto hubiera tenido la cortesía con ella de preguntárselo. Eso reforzaría su posición dentro de la tribu y tal vez acabaría con las pocas dudas que pudieran quedar. Si así se evitaban más escenas como la que había tenido con Kya, se daría por satisfecha.

Al poco, el silencio se posó sobre el campamento cuando todo el mundo se echó para dormir. La mañana traería nuevos desafíos.


Tranquilizada por lo que había dicho Keto la noche antes y satisfecha de que Kya iba a quedar al cuidado de su gente, Xena se marchó antes del amanecer. No podía explicar su ansiedad, aunque sabía que se debía a su deseo de reunirse con Gabrielle, ya fuera aquí en el futuro o en el pasado de ambas. Atribuía parte de ello al terreno desconocido en el que iba a entrar. Desde el punto de vista lógico, hacía mucho tiempo que no tenía una aventura sola y esta vez no le hacía mucha ilusión. Sobre todo porque no sabía qué estaba esperándola y calculaba que iban a ser varios años de viajes y caza para completar la primera parte de su tarea.

Etor y Melo desaparecieron hacia mediodía. Xena no estaba muy preocupada: eran pareja y hacía tiempo que no estaban a solas para comportarse como pareja. Se puso a fantasear, recordando las veces en que Gabrielle y ella se escabullían de las amazonas durante sus infrecuentes visitas. Incluso si sólo era para sentarse junto al agua y ver cómo el sol soltaba destellos en la superficie, todos los días se aseguraban de reservar un poco de tiempo para ellas mismas. Era algo que les resultaba imperativo.

Al saber lo cerca que habían estado los dos animales de perderse el uno al otro recientemente, la necesidad era aún más comprensible. Cada vez que Gabrielle o ella habían muerto, o habían estado a punto, siempre habían dedicado un día o dos a confirmar la realidad de su vida y del amor que compartían. Y teniendo en cuenta lo cerca que había estado Melo de perder a Etor por la rabia de Kya la noche antes...

Xena se estremeció al recordarlo. No creía que la pantera supiera lo poco que le había faltado para morir, pero el zorro sí. Había visto la expresión casi desesperada de los ojos verdes en medio de la noche, y estaba bastante segura de cuál iba a ser el resultado del tiempo que estaban pasando a solas.

Hacia el anochecer, los dos volvieron con ella, con aire agotado, pero en paz. Los miró atentamente y luego colocó un cuenco de caldo entre los dos para que lo compartieran, y no se sorprendió al ver el cuenco vacío y a los dos dormidos bien acurrucados el uno contra el otro escasos minutos después.

—Espero de verdad que sepáis lo que estáis haciendo —murmuró Xena mientras se arropaba con las mantas para dormir—. Pero bien saben los dioses que me alegraré de teneros a mi lado durante el resto de mi vida.

Y Xena se quedó dormida sintiéndose un poco mejor al saber que ellos también se iban a tener el uno al otro para toda la eternidad.

Justo al amanecer del tercer día, Xena cruzó la boca de la cueva y casi de inmediato se quedó a oscuras. Encontró su pedernal y eslabón y encendió una antorcha, agradecida de que Keto le hubiera dicho dónde encontrarlas nada más entrar. Se quedó quieta un momento para orientarse, impresionada por la cantidad de pictogramas que había en las paredes y asombrada por la historia que contaban.

Mientras leía los dibujos, se dio cuenta de que contaban la historia de la gente, y que oculta en esta historia estaba la historia del rollo de pergamino. Tardó un tiempo y tuvo que descifrarlo, pero por fin Xena se quedó satisfecha con su traducción y cruzó la caverna con paso veloz y seguro.

Estuvo casi media hora trepando y maniobrando hasta que llegó al sitio donde la había enviado la historia de la pared y, después de buscar un poco, Xena encontró el escondrijo del rollo.

Con aire reverente, lo sacó del agujero, y su textura y su tacto le trajeron unos recuerdos agridulces. Metió el rollo con cuidado en su zurrón y regresó despacio a la cueva principal. Cuando salió, se sorprendió al ver lo tarde que era ya. Aunque le habían parecido unos pocos minutos, en realidad habían pasado horas y la tarde ya estaba muy avanzada.

Xena apagó concienzudamente la antorcha y la dejó para el siguiente viajero, y luego se dirigió rápidamente al campamento que había dejado esa mañana.

Xena se sentó y desenrolló el viejo pergamino con cuidado, pues sabía que iba a ser un compañero necesario para su viaje. Vio algo sorprendida que la caligrafía no le era familiar. Realmente se esperaba ver la letra firme y conocida de Gabrielle por toda la página. La cadencia y la expresion, sin embargo, le eran tan conocidas como la cara que veía reflejada en los arroyos y ríos de la zona. No lo habría escrito Gabrielle, pero su estilo y su forma habían influido claramente a quienquiera que lo hubiera escrito.

Xena fue leyendo despacio la lista de objetos, fijándose en la descripción así como en las pistas incluidas para ayudarla a encontrarlos. Bueno, parecen ser los objetos auténticos, pensó, al ver que era la Daga de Helios, así como su chakram, los que aparecían descritos con tanta precisión en la página. ¿A quién se le habrá ocurrido todo esto?

Luego se encogió de hombros y se puso a hacer planes para encontrar la vara, lo cual, si entendía bien el acertijo, quería decir que pronto se encontraría con un viejo amigo.


Xena regresó al campamento de la tribu, con la esperanza de conseguir un poco de información antes de viajar hacia el noreste. Parecía que, después de todo, no iba a pasar el invierno con la Nación. Estaba demasiado ansiosa por empezar su búsqueda.

Se quedó un poco sorprendida al ver el respeto con que la trataban cuando volvió de la cueva. Xena averiguó por Hotassa que su enfrentamiento con Kya y el hecho de haber curado después a alguien a quien podría haber tratado como a un enemigo la hacían merecedora de una gran estima.

—No podía hacer menos por él, Hotassa. Aún es joven y tiene mucho que aprender.

Hotassa asintió.

—Sí. Gracias por darle oportunidad.

Xena le sonrió de medio lado.

—Tenía que hacerlo. La gente también me ha dado oportunidades a mí.

Hotassa asintió, sin saber que la gente a la que se refería Xena no eran sólo los cheyenes, sino Gabrielle, Hércules y muchísimos otros a quienes había conocido a lo largo de su vida. Hotassa estaba ayudando a Xena a preparar sus cosas para su viaje al norte y Xena se acordó de algo.

—¿Hotassa?

La mujer mayor la miró interrogante, pero siguió con su tarea.

—¿Conoces a alguien que se llama Ari?

Xena vio el titubeo, aunque mal se le podría haber escapado cuando Hotassa dejó lo que estaba haciendo y la miró directamente a los ojos.

—Sí —dijo escuetamente. Tomó aliento con fuerza—. Hija. Marchó con comerciante hace muchas lunas. ¿Por qué?

Xena se encogió de hombros, sin darse cuenta del lío en que se había metido al preguntar.

—Es la que me acogió. Me enseñó el idioma del hombre blanco.

—¿Está bien?

—Sí, y es feliz —añadió Xena, con la intención de aliviar la tensión que se advertía claramente en el rostro de Hotassa—. ¿No la ves nunca?

Hotassa hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No. Keto decir ella elegir blanco. Tener que vivir como blanca.

—Eso está mal.

—Sí, pero es su forma. Buen padre. Partió corazón cuando ella marchó.

Xena meneó la cabeza y levantó su morral.

—Nunca entenderé a la gente —dijo entre dientes, y no se sorprendió cuando Hotassa mostró su acuerdo con lo que había dicho.

Hotassa cogió un saco que estaba junto al fuego y se lo puso a Xena en las manos.

—Comida para empezar viaje. Para unos días.

—Gracias, Hotassa. Volveré a veros en cuanto pueda.

Hotassa le cogió la cara a Xena entre las manos y la bajó para darle un beso en la frente.

—Viaja bien —susurró, luego le dio una palmadita a Xena en el hombro y la soltó. Cada uno de los miembros de la tribu se acercó para darle un regalito y una bendición, y por un momento, Xena se sintió rebosante de gratitud. No se esperaba una despedida, y menos una como ésta. Por fin, sólo quedó Keto.

—Buen viaje —dijo y luego la besó en la frente como había hecho Hotassa.

Ella lo miró a los ojos, vio el éxito en ellos y le sonrió.

—Volveré —dijo solemnemente—. Cuídate hasta entonces.

Keto asintió, luego la volvió de cara al noreste y se quedó mirando hasta que se convirtió en una mera mota en el horizonte.


Durante su primera noche fuera, volvió la vista hacia el cielo, buscando la estrella que parecía cruzarlo con gran lentitud. Xena se quedó mirándola, capaz casi de oír la conversación de Gabrielle al respecto: preguntando, comentando, azuzando la sensibilidad por lo demás estoica de Xena con sus ideas y pensamientos.

—Te echo de menos, Gabrielle, pero voy a encontrar una forma de volver contigo. Por alguna razón, creo que esta estrella puede llevarme al hogar que eres tú para mí.

Pensando esto, cerró los ojos y se quedó dormida.


PARTE 12


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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