Capítulo XIX


Gabrielle se quedó mirando cómo el cometa emprendía otra noche de viaje dejando su estela a través de los cielos, y se preguntó distraída cuántas veces lo había visto a lo largo de su vida y sintió curiosidad por lo que pensaría Xena sobre este fenómeno. Si lo había calculado bien, estaría empezando a verse en los Estados Unidos. Su viaje hacia el oeste le permitiría verlo durante mucho tiempo.

Mientras lo miraba, su mente regresó a sus viajes por China y a su primer encuentro con un rostro muy querido e inesperado de su pasado.


Su paso era sigiloso y seguro: su habilidad como rastreadora se había afinado hasta convertirse en un arte tras cientos de años de práctica. Aunque no la hubiera utilizado durante casi cien años, eso no disminuía el conocimiento tan duramente adquirido, y volvió a ejecutar los conocidos movimientos con facilidad.

Ahora se acercó a su presa con precisión y cuando estaba a punto de matarla, sintió más que nada otra presencia en el bosque con ella. Esperó, inmóvil, para descubrir las intenciones del ser que de repente parecía compartir su caza. Por mucho que necesitara el alimento que le daría el animal, no podía permitirse quedar expuesta ante los mortales que la rodeaban. Aunque en realidad no podían matarla, puesto que las dríadas se habían convertido en polvo siglos atrás, podían hacerle la vida insoportable hasta el punto de no poder quedarse allí. Y Gabrielle tenía grandes deseos de recorrer la muralla antes de marcharse de China.

Esperó lo que a sus sentidos hambrientos de sangre les pareció una eternidad hasta que la impresión de tener otro humano cerca desapareció de su consciencia. Su presa seguía ajena a su presencia y Gabrielle tomó lo que necesitaba rápida y misericordiosamente. El animal no sintió el menor dolor y Gabrielle le dio las gracias mientras se bebía su fuerza vital.

Cuando terminó, agachó la cabeza muy apenada. De todas las facetas distintas de la inmortalidad que la hacían sufrir, ésta era probablemente la que más despreciaba. Hacía que se sintiera culpable y avergonzada, aunque su mente sabía que no lo había elegido y escapaba a su control. No podía evitar el dolor que sentía en el corazón.

De repente, se le erizaron los pelos de la nuca y al instante se dio cuenta de que una vez más no estaba sola. Miró a su alrededor y sus sentidos recién aumentados le permitieron localizar la posición del intruso sin dilación. Se quedó mirando fijamente el punto donde segundos antes no había nada y clavó allí su feroz mirada. Gabrielle sabía que si el ser humano veía el fuego de sus ojos, huiría aterrorizado, y se obligó a adoptar una calma inmóvil.

Sintió que se le enfriaba la sangre y que sus ojos empezaban a recuperar su color verde natural y entonces la sombra se transformó en una figura que reconoció. Con un gritito de alegría, Gabrielle corrió directa a los brazos que estaban abiertos de par en par para recibirla.

—¡¡Cecrops!!

El hombretón se echó a reír a carcajadas y la abrazó lo más fuerte que se atrevió para no hacerle daño.

—Ah, pequeña —dijo cuando volvió a dejarla en el suelo y alargó una mano para quitarle un poco de sangre de los labios—. Parece que tenemos mucho de que hablar. Pero —añadió cuando ella apartó los ojos de los suyos, y le cogió la barbilla y le levantó la cara, dándole golpecitos suaves con un dedo hasta que ella volvió a mirarlo a los ojos—. Te he echado de menos —añadió con sinceridad—. He echado de menos muchas cosas. ¿Quieres acampar conmigo? Sé hacer un estofado de conejo riquísimo. —Indicó el animal que ahora yacía abandonado a un lado.

Gabrielle no pudo reprimir la sonrisa pícara que asomó a sus labios.

—¿Nada de pescado, entonces?

Cecrops se echó a reír de nuevo.

—No, si puedo evitarlo.

Ella se rió con él y lo llevó hasta su organizado campamento. Él recogió el conejo al pasar y no tardó nada en prepararlo cuando llegaron al campamento de Gabrielle. Al cabo de unos segundos, aparentemente, el apetitoso aroma a estofado de conejo flotaba en el aire y ambos inmortales olisquearon con placer.

—Sabes —comentó Cecrops de pasada—, comer es uno de los atributos mortales que más me gusta como inmortal. La verdad es que no lo necesito, pero cómo disfruto con ello.

—Mmm —asintió Gabrielle—. Yo también. Es una de las pocas cosas que me recuerdan que hubo un tiempo en que era un ser humano normal.

Cecrops captó los numerosos significados que había detrás de sus palabras y vio el peso de los años y la experiencia en sus ojos. Sabía lo que ser inmortal podía suponer para el alma y se preguntó qué había ocurrido para empañar el alma que había sido ella en su juventud. Por supuesto, pensó, podía tener mucho que ver con cierta guerrera que evidentemente ya no estaba en su vida.

Cecrops carraspeó.

—Ni te imaginas la sorpresa que me he llevado al verte. Había oído historias sobre una feroz guerrera, maestra y sanadora, y decidí venir para ver en persona a este dechado de virtudes. Algunas de las descripciones parecían retratar a alguien a quien conocí en otra época, pero las probabilidades de que se tratara de la persona a quien me recordaban eran imposibles. —Se echó a reír suavemente—. Al menos, eso creía yo.

—Pero no te esperabas encontrarme a mí, ¿a que no? —preguntó ella con tono apagado.

—No, sola no —replicó él con seriedad—. ¿Quieres contármelo, pequeña?

Gabrielle suspiró. Incluso después de más de mil años como bacante, no se sentía cómoda del todo viviendo con esa condición y mucho menos hablando de ella. Era como quedar expuesta al mundo, y se movió un poco incómoda.

Cecrops alzó las grandes manos y cogió las suyas.

—Gabrielle —dijo con tono grave, y la cabeza rubia se alzó al oír la inusitada expresión. Rara vez la había llamado por su nombre—. No pretendía incomodarte. He pensado que compartir con alguien que casi entiende... que entiende al menos parte de lo que estás pasando, podría ayudarte. Puedes contármelo todo o muy poco, como quieras. O nada en absoluto... tú decides. Aunque sólo sea, podemos intercambiar historias de las cosas que hemos visto y oído desde que nos separamos. Sólo con eso tendríamos conversación para varios meses.

Gabrielle se echó a reír suavemente.

—Oh, como poco. Ya sabes cómo me pongo si tengo una buena historia que contar.

Cecrops se echó a reír a carcajadas, contento de ver que Gabrielle se animaba un poco.

—Escucha, pequeña... empiezo yo primero. ¿Has pasado por Europa últimamente?

Gabrielle dijo que no con la cabeza.

—Hace ya varios cientos de años, creo. El paso de los años no se distingue bien al cabo de un tiempo. Me habría perdido el milenio de no ser por Ch'uang-Mu.

—Ch'uang-Mu... ¿la diosa china del amor?

Gabrielle asintió.

—Entre otras cosas, sí.

—Pero bueno, pequeña. Menudas compañías frecuentas. —La miró enarcando una ceja—. ¿Parte de tu larga historia?

—Mmmm.

—Pues entonces, deja que te cuente mi experiencia cuando quise enseñarles a los bárbaros de Europa el arte de la rotación de cultivos.

Gabrielle no dijo nada, pero se recostó y le hizo un gesto para que continuara.


—... así que imagínate a mí hundido hasta las caderas en el fango intentando explicarle al granjero que no se puede rotar a los cerdos. —Cecrops se echó a reír con ganas al recordarlo y Gabrielle se rió con la historia, que era lo que él pretendía. Rellenó sus cuencos con los últimos restos del estofado de conejo—. Ni te cuento lo que tardé en reunir a esos malditos cerdos.

Gabrielle se tapó la boca con la mano para contener las carcajadas y se secó las lágrimas de los ojos con la otra mano antes de aceptar el cuenco que le ofrecía Cecrops.

—Por los dioses, es la cosa más graciosa que he oído desde hace tiempo —dijo Gabrielle cuando por fin estuvo segura de que podía hablar—. Aunque yo también te podría contar cada cosa...

—Por favor, hazlo —la insto Cecrops—. Al fin y al cabo, te toca a ti.

Gabrielle asintió en silencio.

—Supongo que sí. —Se calló y se quedó largo rato contemplando las estrellas, con la esperanza de hallar una respuesta en ellas, luego suspiró a regañadientes y dejó a un lado el cuenco de estofado, que no había tocado. Entrelazó las manos y dijo suavemente—: Seguramente lo mejor será que empiece por el principio. —Suspiró de nuevo y se miró las manos entrelazadas.

—Gabrielle —dijo Cecrops en voz baja al tiempo que volvía a cogerle las manos para tranquilizarla.

Ella apartó una mano, le dio unas palmaditas en las suyas y luego las cubrió delicadamente.

—Lo siento. Es que esto es tan difícil... todavía... y tan personal para mí. Nunca... nunca he tenido que... compartir... esto con nadie, y desde luego nadie ha estado nunca en situación de... comprender mi historia en absoluto. Sobre todo desde el punto de vista de un inmortal... o de una bacante. —Masculló esto último por lo bajo, pero Cecrops la oyó claramente.

—Supongo que fue una sorpresa inesperada y desagradable —dijo con calma, con la esperanza de tranquilizar a Gabrielle. Nunca la había visto tan aturdida, ni siquiera cuando sabía que se había quedado atrapada en un barco maldito para siempre, con el mareo, el pulpo crudo y todo.

—Bueno, desde luego no era algo que me esperara oír, sobre todo dadas las circunstancias. —Frunció el ceño al ver que él arrugaba la frente—. Deja que te cuente la historia desde el principio. Así lo entenderás mucho mejor.

Él asintió, llenó sus tazas de té humeante, se reclinó y le hizo un gesto para que empezara.

—Bueno, tienes que entender que seguramente habríamos acabado por enfrentarnos a la verdad, pero en ese momento, era fácil atribuirlo a la excitación del combate. Cuando hicimos nuestro fatídico y desastroso viaje a Japa, la cosa hizo crisis y ocupó el primer plano de nuestra vida...


—¿Así que nunca sospechaste que eras inmortal?

Ella se daba cuenta de que él quería saber el resto, pero era demasiado caballeroso y tenía cientos de años de autocontrol en su haber para sacar el tema. Se lo agradecía, porque lo que Xena y ella habían compartido juntas siempre había sido intensamente privado. Cuando la sed de sangre salía a la luz, esa intensidad se transformaba en una ferocidad que incluso ahora, sentada apaciblemente junto al fuego con su amante todavía a cientos de años de distancia de ella, provocaba un fuego conocido en la sangre de Gabrielle.

—No. A pesar de la cantidad de veces que morimos, ¿por qué iba a sospecharlo?

Él asintió sabiamente, pues comprendía muy bien lo que decía. Él siempre había sabido que era inmortal, desde el momento en que Atenea le concedió ese don. No era algo que hubiera descubierto a base de experimentos.

Se quedó callado mientras ella se terminaba el estofado ya frío y se bebía el té. La observó atentamente, fijándose en la madurez que distinguía sus rasgos y su lenguaje corporal, y dedicó un recuerdo fugaz a la joven que había conocido.

—Has sufrido mucho, pequeña. Y encima sola... Dime, ¿qué haces para tener compañía? —Una pregunta muy osada, pero las posibilidades no aprovechadas eran las únicas que se debían lamentar.

Gabrielle lo miró, sorprendida.

—¿Cómo dices?

—Vamos, Gabrielle... eres una mujer de mundo. No me vas a decir que no tienes necesidades, deseos...

Gabrielle se levantó de su asiento junto al fuego y se puso a dar vueltas.

—Sí, los tengo, pero hasta que encuentre a Xena, esas necesidades y deseos son exclusivamente asunto mío. —Cerró los ojos y respiró hondo, sin darse cuenta de la imagen que creaba iluminada por el fuego y sin ver cómo se le dilataban a Cecrops las aletas de la nariz al debatirse con sus propios deseos ocultos.

Regresó a la hoguera y se volvió hacia el bosque, concentrándose en la oscuridad que había más allá de donde le alcanzaba la vista.

—Lo que teníamos era... indescriptible, y no voy a conformarme con nada menos que eso. No puedo dar menos de todo lo que soy, y eso no se lo puedo dar a nadie salvo a Xena. No es justo para mí y no es justo para nadie más en caso de intentarlo.

A Gabrielle se le hundieron los hombros y luego se le pusieron rígidos cuando Cecrops posó las manos ligeramente sobre ellos.

—Lo siento, pequeña. Sabía que lo que teníais era fuerte, pero no tenía ni idea de que fuera tan absoluto. Te pido disculpas por haberte disgustado tanto.

Ella se volvió para abrazarlo y él la estrechó con firmeza, pero con ternura.

—No me has disgustado —replicó suavemente—. Me alegro muchísimo de que estés aquí conmigo, aunque sólo sea por un tiempo.

—Yo también, pequeña. Y si perdonas a un viejo por disgustarte, sí que me gustaría quedarme un tiempo. Hace mucho que no veo una cara amiga.

Gabrielle sintió curiosidad por ese comentario, pues estaba bastante segura de que las caras amigas a las que se refería eran las de otros inmortales y de una infrecuencia absoluta. Pero no dijo nada, pues en ese momento se sentía demasiado aliviada al ver que la conversación había terminado. Tenía los nervios a flor de piel por haber revelado tanto de sí misma y estaba totalmente agotada como hacía años que no lo estaba. En realidad, lo único que quería ahora mismo era dormir.

Cecrops notó su fatiga sin dificultad y la levantó en brazos sin hacer caso de sus protestas.

—Sshh, pequeña. No nos ocurre a menudo, pero cuando pasa, tenemos que dejar que siga su curso. Esta vez es culpa mía, así que déjame hacer lo que pueda para arreglarlo, ¿de acuerdo?

Ya estaba en el lado de la hoguera que le correspondía a ella y la depositó con cuidado en las pieles ya preparadas. La tapó y luego se trasladó a su lado de la hoguera, para darle toda la intimidad posible. Esa noche estuvo largo rato contemplando el fuego y dejando a un lado sueños que ahora sabía que nunca podrían realizarse. Cuando por fin cerró los ojos, fue con cierta tristeza y melancolía, pero también con una paz que hacía mucho tiempo que no sentía. La amistad era algo que apreciaba enormemente, y se alegraba de haber vuelto a encontrar ésta, por inesperadas y dolorosas que fueran las circunstancias.


El sol estaba en lo alto del cielo cuando Gabrielle abrió por fin los ojos parpadeando. El campamento estaba en silencio, y cuando miró a su alrededor, Gabrielle se dio cuenta de que estaba sola. Se frotó los ojos y se preguntó si su encuentro con Cecrops no había sido más que un sueño muy vívido, hasta que oyó una sonora voz masculina que entonaba una vulgar canción marinera que ella había aprendido a bordo del barco maldito de Cecrops.

Se echó a reír por lo bajo y dedicó un recuerdo a la inocente que había sido entonces y que se había puesto como un tomate cuando cayó en la cuenta realmente de a qué se referían los hombres al cantar sobre ostras, perlas y almejas. Fue el curso de educación sexual más rápido que había recibido en su vida y hacía reír sin falta a Xena cada vez que salía el tema... cosa que la guerrera conseguía hacer con regularidad, aunque no demasiado a menudo, con el propósito de tomarle el pelo.

Gabrielle parpadeó de nuevo y ahora se fijó en que había té preparado junto a la hoguera crepitante, agua humeante sobre una roca colocada para calentarla y una especie de ave asándose al fuego. Gabrielle aspiró profundamente y sonrió. Se alegraba de que Cecrops hubiera conservado esta faceta de su mortalidad tanto como ella, y por el olor daba la impresión de que también era muy buen cocinero.

Apartó las mantas que cubrían su cuerpo y se levantó estirándose. Luego recogió pulcramente su cama y se dirigió al río para lavarse.

Cecrops estaba en el agua nadando perezosamente cuando Gabrielle llegó. Le dio la espalda cuando salió del agua, aunque vio lo suficiente para darse cuenta de que seguía siendo un hombre sumamente atractivo y que estaba en una forma excelente, sobre todo cuando se piensa que tiene más de mil años, se dijo Gabrielle con una sonrisa sardónica.

Una mano se posó sobre su hombro para comunicarle que ya estaba vestido, y se volvió de cara a unos profundos ojos marrones que chispeaban llenos de vida al mirarla.

—No tardes —le dijo él sonriendo, y echó a andar de vuelta al campamento—. Ese faisán ya debe de estar casi listo para comer.

Gabrielle asintió mientras él se perdía de vista y se apresuró a bañarse. El ave olía estupendamente y estaba deseando compartir el desayuno, o el almuerzo, pensó, dada la hora, con un amigo.


Gabrielle regresó al campamento secándose aún el pelo. Cecrops se rió en silencio al ver todo el pelo rubio de punta: todo un espectáculo, dada la longitud. Gabrielle le echó una mirada aviesa y luego sacó su peine para arreglarse un poco los rebeldes mechones. Cuando se convenció de que se lo había desenredado por completo, se hizo una trenza y se lo ató.

—¿Mejor? —preguntó con sorna.

—Bueno —contestó la voz áspera—, más maduro de aspecto. Antes parecías una niña.

—Cecrops —respondió Gabrielle un poco exasperada—, yo siempre te he parecido una niña.

Cecrops no contestó mientras servía el faisán y le pasaba a Gabrielle una generosa porción. Ella cogió el plato y lo probó, acompañando el gesto con una sonrisa y un leve gemido.

—Cómo me alegro de poder seguir disfrutando de esta parte de la mortalidad.

Cecrops sonrió, asintiendo con la cabeza.

—Está bien saber que puedo prescindir de ello si no me queda más remedio, pero debo reconocer que me encanta comer bien. Y acampar al aire libre tiene algo que me da un hambre voraz... el aire fresco tal vez, o el ejercicio constante. —Encogió los anchos hombros—. Sea lo que sea, es maravilloso sentir hambre y poder saciarla.

Gabrielle lo miró fijamente, preguntándose si sus palabras encerraban un significado oculto. Pero el hombre siguió comiendo y ella dejó pasar el comentario diciendo a su vez:

—Estoy de acuerdo. Es una de las cosas que los dioses no comprenden. Comen por costumbre, pero no porque lo necesiten o les guste. Yo simplemente disfruto —añadió riendo levemente.

Se hizo el silencio en el campamento mientras saboreaban la comida, pero cuando se pusieron a recoger, la conversación pasó a otros temas.

—¿Y qué te ha traído a China, Cecrops?

Habían decidido seguir acampados un día más, puesto que ya era por la tarde. Tampoco tenían nada concreto que hacer y empezar descansados por la mañana temprano tenía algo que a los dos les resultaba atractivo. De modo que organizaron el campamento y se sentaron de nuevo para charlar.

Cecrops se encogió de hombros.

—Unas cuantas cosas, supongo. Me gusta lo grande que es este país, y ya iba siendo hora de volver a dejar Europa. Ya sabes cómo es la cosa. —Miró a Gabrielle y ésta asintió solemnemente. La única razon de que se hubiera quedado tanto tiempo en China esta vez era por la hospitalidad que le había ofrecido Ch'uang—. Bueno, el caso es —continuó, sabiendo muy bien lo que causaba las sombras que cruzaban el rostro de ella—, que estaba en la provincia más occidental cuando empezaron a oírse historias sobre una magnífica y feroz guerrera. Las descripciones eran tan variadas que la gente me pidió que viniera a comprobarlo, para ver a qué clase de amenaza se enfrentaban.

—Así que no te esperabas verme —afirmó con tono seco.

Cecrops se echó a reír.

—No... No me había enterado de que fueras inmortal, y dadas las descripciones que circulaban, ni siquiera sabía si se trataba de un ser humano.

Gabrielle reaccionó riéndose.

—Mmm... He oído algunas de ellas, así que comprendo tu confusión. —Le puso una mano en el brazo y lo miró con seriedad—. Pero no puedes decirle a nadie que soy inmortal.

—Gabrielle, eso es algo que yo mismo no querría que se supiera de mí por la posible reacción de la gente, así que lo comprendo.

Ella hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, para mí es más que eso. —Apartó la mano y se cruzó de brazos—. Verás, si la gente se molestara en estudiar su historia y la de otras culturas, encontrarían tu nombre y tu historia. Seguramente no se lo creerían y pensarían que no eras más que un descendiente del famoso árbitro, pero lo cierto es que tu inmortalidad es algo conocido que todo el que lo desee puede ver. Un poco como con Hércules —continuó—. Su historia es bien conocida.

—Cierto, pero... pequeña, no entiendo dónde quieres ir a parar. Todos somos inmortales. No es algo que nos apetezca ir proclamando.

Gabrielle respiró hondo.

—Aparte de mí misma, tú eres una de las tres únicas personas que saben que soy inmortal, y las otras dos son diosas.

Cecrops asintió indicando que lo entendía, pero sus ojos seguían confusos.

—Nadie más lo sabe, y no hay ninguna historia que sugiera que podría ser inmortal o que puedo ser inmortal y la cosa tiene que seguir así. Si Ares supiera que soy inmortal y por qué, podría darse cuenta fácilmente de que Xena también lo es, y se pondría a buscar modos de volver a tentarla.

—Pero tú no creerás que ella podría sucumbir, ¿verdad? ¿Y de verdad crees que él podría llegar a ella más deprisa que tú? La piedra de Cronos ha desaparecido. Él también tiene que vivir el paso del tiempo.

—Después de lo que hizo ella en Japón, no sé qué pensar. Pero no le voy a dar ninguna ventaja a Ares. Para él es un juego, pero se trata de mi vida, maldita sea, ¡y estoy harta de ser un peón! —El genio se le avivó tan deprisa que pilló por sorpresa a Cecrops, quien se quedó callado mientras ella cerraba los ojos y obligaba a su mente a recuperar un estado de calma.

—Perdona, pequeña. No sabía que te estuvieras jugando tanto —se disculpó Cecrops suavemente.

Gabrielle meneó la cabeza.

—No, perdona tú. No debería pagar contigo la frustración de mil años.

Cecrops se echó a reír a carcajadas.

—Ah, Gabrielle... si alguien en el mundo puede entender una frustración de mil años, ése soy yo.

Ella sonrió compasiva.

—Supongo que sí. Entonces, ¿tú tampoco tienes a nadie especial en tu vida?

Cecrops se encogió de hombros.

—Ha habido personas aquí y allá, pero es difícil... entregar... todo a una relación que sabes que para ti va a ser breve.

Gabrielle asintió, y se quedaron callados un rato. La voz de Cecrops la sobresaltó cuando habló de nuevo.

—Te envidio, ¿sabes?

Ella se volvió hacia él.

—¿Cómo dices? —Sabiendo las circunstancias que rodeaban su situación en la vida y el precio que seguía pagando por su inmortalidad, no lograba ver qué había de especial en ello que él pudiera envidiar.

—Lo que teníais... tenéis... Xena y tú es tan fuerte que consigues sobrevivir para volver con ella. Y albergas una firme esperanza de volver a reunirte con ella. Yo no tengo eso. —Apartó la mirada cuando se le llenaron los ojos de lágrimas—. No tengo ese vínculo ni esa esperanza.

Gabrielle se movió para sentarse a su lado, le rodeó el bíceps con la mano y luego apoyó la cabeza en su hombro para reconfortarlo.

—Bueno, yo no te puedo ofrecer esa clase de vínculo, pero sí que te puedo ofrecer amistad y compañía en tus viajes durante todo el tiempo que quieras.

Él la miró y sonrió, dándole palmaditas en las manos.

—Eso me gustaría. La verdad... bueno, digamos que me recuerdas días mejores y tiempos más felices. Sería agradable recordarlos con alguien que puede recordar conmigo.

—Pues está decidido... mañana empezaremos a viajar juntos. Hoy, sin embargo, creo que voy a ir de pesca.

Cecrops se echó a reír, y el sonido le recordó a Gabrielle cuánto echaba de menos la risa en su vida. Lo miró interrogante.

Él controló la risa lo suficiente para hablar.

—Yo habría pensado que tu experiencia con el pulpo te habría hecho renunciar a los frutos del mar.

Entonces Gabrielle soltó una carcajada.

—Mm, no. Hizo que me diera cuenta de la cantidad de formas que hay para cocinarlos, pero como me recordó Xena, técnicamente el pescado que sale de los lagos y los ríos no es un fruto del mar.

—Je. Bien pensado.

Se levantaron a la vez y bajaron de nuevo por el sendero hacia el río.

—Bueno —continuó Cecrops—. ¿Tienes una receta preferida que te apetezca compartir? —Buscó en vano señales de una caña de pescar o un arpón.

Gabrielle se sentó y se quitó las botas y los calcetines y luego se enrolló los pantalones hasta por encima de las rodillas.

—Una de las cosas que nunca tenía que hacer cuando viajaba con Xena —comentó al tiempo que entraba ágilmente en el agua.

—¿El qué? ¿Enrollarte las perneras de los pantalones? —bromeó él.

—Bueno, eso también —replicó ella—. No, nunca tenía que atrapar el pescado. Eso siempre lo hacía Xena. Era algo que le gustaba mucho.

—Mm, pequeña... no quiero parecer estúpido, pero hazle un favor a este viejo y dime cómo pretendes coger pescado. No veo nada salvo tus manos desnudas. ¿No necesitas una caña, un arpón, una red... algo?

Ella lo miró agitando los dedos.

—No. Xena me enseñó a coger peces con las manos.

—Venga ya.

—Sí. Y ni te cuento lo que tardé en aprender.

Cecrops se tiró al suelo y se recostó sobre los codos.

—Esto lo tengo que ver.

Se quedó mirando con placer mientras la cabeza rubia se volvía ligeramente de lado y el esbelto cuerpo se quedaba totalmente inmóvil. Se incorporó un poco y al instante lamentó la decisión, porque con un movimiento vertiginoso se vio repentina y deliberadamente atacado por un pez bastante grande lanzado hacia él.

—¡¡Eh!! —fue lo único que le dio tiempo de decir antes de que un segundo pez y luego un tercero se estamparan directamente contra su pecho cuando se levantó.

Gabrielle consiguió contener la risa, aunque sus ojos chispeaban con picardía. Ese atisbo de la jovencita que había conocido impidió que se cobrara venganza, aunque la miró aviesamente con los brazos en jarras.

—Sabes, me he dado un baño esta mañana. Ahora huelo a pescado.

Gabrielle sonrió burlona al salir del agua.

—Tampoco te vas a derretir con un poco más de agua. Que disfrutes —dijo al tiempo que recogía los tres pescados—. Voy a limpiar esto y a ver qué encuentro como acompañamiento. —Y se marchó. Cecrops elevó los ojos al cielo.

—Algunos días, tengo que preguntarme, ¿POR QUÉ YO? —Entonces se quitó la ropa y saltó al agua, llevándose la camisa también.

Se echó agua por encima, reconociendo que no había mucho que pudiera hacer sin jabón. Cuando salió, vio que había una toalla y una pequeña pastilla de jabón junto a su ropa y se preguntó cuándo se las había traído Gabrielle y por qué no la había oído. Encogiéndose de hombros, volvió a meterse en el agua y se frotó entero, así como la camisa, luego salió y se envolvió en la toalla. Localizó una cómoda roca y se tumbó en ella, después de colgar la camisa en un matorral cercano para que se secara.

—Ya veo que viajar contigo va a ser una experiencia interesante, pequeña —reflexionó en voz alta, y luego dejó que el calor de la tarde lo adormeciera.


No sabía si era el frío de la puesta del sol o el olor a pescado cocinado que flotaba hasta su nariz desde la hoguera lo que lo despertó, pero Cecrops se despejó rápidamente, se vistió y regresó al campamento.

Gabrielle tenía una olla de algo que borboteaba a un lado del fuego y estaba dando la vuelta con cuidado al pescado en la sartén. Vio una tetera ya preparada y le dio la impresión de que también había encontrado una especie de bayas.

—Ya veo que haces esto a menudo.

Gabrielle se volvió hacia él cuando habló.

—¿Eso es bueno?

—Sí. Me gusta la gente competente y tú eres excepcionalmente eficiente.

Ella sonrió.

Mucha práctica.

Él cogió el gran morral que ella había dejado apoyado en el pequeño montón de leña.

—Esto es interesante —comentó, mirando todos los bolsillos distintos y el espacio para llevar cosas—. ¿Resultado de tu práctica? —Dejó la mochila en el suelo.

—Sí. Dita y yo trabajamos mucho para crear algo que pudiera con todo lo que necesitaba llevar sin doblarme por el peso.

—Pues es muy ingenioso, y la cena huele maravillosamente.

—Gracias. Ya está lista... sólo tengo que servir. ¿Te has dado un buen baño?

—Pues sí, muchas gracias. Y algún día tendrás que decirme cómo te las has arreglado para acercarte y alejarte sin que yo te oiga. ¿Sabes el tiempo que hace que nadie conseguía hacerme eso? —Aceptó el plato que le ofrecía y dio un bocado al pescado. Masticó despacio, saboreándolo—. Oh, cielos... ya no vas a poder librarte de mí —dijo con una sonrisa radiante.

—Me alegro de que te guste —dijo ella al tiempo que llevaba su propio plato al otro lado del fuego y se sentaba sobre su petate—. Siempre es más divertido cocinar para otros. Así el esfuerzo merece la pena, sabes.

—Sí, lo sé. Y por esto, ese segundo baño también ha valido la pena.

Gabrielle se rió, pero siguió comiendo.


El fuego se había consumido y todo estaba limpio y recogido de antemano para emprender la marcha al día siguiente por la mañana temprano. Gabrielle contemplaba las estrellas, pensando distraída en los momentos que pasaba con Xena haciendo esto mismo, cuando una estela de luz que cruzaba el telón negro tachonado de estrellas le llamó la atención. Sacó su diario y materiales para escribir de su mochila y tomó nota de esta aparición y de la fecha. No era la primera vez que veía este extraño fenómeno en el cielo nocturno y sabía que si se comportaba como siempre, lo seguiría viendo durante varias semanas.

—¿Estás vigilando eso? —dijo Cecrops en voz baja y grave en medio de la oscuridad.

—Sí. Me fijé hace años y voy apuntando cuándo y dónde lo veo. Otra forma de marcar el paso del tiempo, supongo —añadió encogiéndose de hombros.

—Pues algún día tendremos que comparar notas, pero por ahora, me voy a dormir. Buenas noches, pequeña.

—Buenas noches, Cecrops. —Gabrielle miró de nuevo al cielo y siguió con los ojos el lento paso del cometa—. Buenas noches, Xena.


Capítulo XX


—¿Y dónde... ex... aajj... exactamente... uuuff... nos... dirigimos?

Cecrops jadeaba penosamente mientras colocaba la roca en su sitio. En todos los muchos, muchos años que llevaba en la tierra, no recordaba una sola vez que hubiera trabajado tanto. Desde luego, hacía una eternidad que un par de ojos bonitos y una sonrisa preciosa no lo obligaban a hacer tal esfuerzo con un simple "por favor".

—Sabes, viejo —rezongó por lo bajo—, es posible que te estés metiendo en un auténtico lío.

—¿Algún problema? —preguntó Gabrielle al pasar a su lado cargada con un gran saco de arena. Estaban ayudando a unos campesinos a afianzar una presa. Las lluvias que habían tenido en esta provincia amenazaban su misma existencia y Gabrielle y Cecrops se habían ofrecido a ayudarlos.

O para ser más exactos, Gabrielle se había ofrecido y luego había engatusado a Cecrops para que ayudara también a los campesinos.

—No —gruñó él mientras levantaba otra roca inmensa para colocarla—. Ningún problema.

Gabrielle dejó su saco en el lugar que le correspondía y se secó la frente.

—Bueno, al menos ya casi hemos terminado y Daoning nos ha invitado a quedarnos un tiempo.

—¿Por qué? —preguntó Cecrops mientras colocaba la roca en su sitio—. ¿Es que nos necesitan para construir un granero o algo así?

Gabrielle se quedó mirándolo largamente antes de contestar.

—No. Somos los invitados de honor en el banquete de celebración.

Cecrops tuvo la decencia de sentirse avergonzado al oír su tono y apartó la mirada.

—Lo siento, Gabrielle. Creo que estoy cansado. Hace mucho tiempo que no trabajo tanto.

La cabeza rubia asintió solemnemente.

—Cecrops, si de verdad no quieres hacer esto... —Se interrumpió cuando él le cogió las manos.

—No. Es que a veces necesito que me recuerden lo que es importante en la vida. A veces me siento muy complacido conmigo mismo y me olvido de lo que sufre el resto de la humanidad para sobrevivir. Gracias por recordarme mi humanidad y la responsabilidad que tengo con ella.

Gabrielle le apretó los dedos.

—Ésa es una de las razonas por las que sigo haciendo esto. Me recuerda quién era y quién soy.

Cecrops le soltó las manos y se puso las suyas en los riñones, estirándose y quejándose cuando le crujió la columna al recolocarse.

—Al menos esto será algo que podremos rememorar dentro de otros mil años y así recordar que ayudamos a hacerlo posible. ¿Cuándo van a empezar a trabajar los albañiles?

—Mm, mañana, creo —contestó Gabrielle, pasándose las manos sucias por el pelo igualmente sucio—. Aaj. Entretanto, creo que necesito un baño.

Cecrops se quitó un pegote de barro del brazo.

—Y yo, pequeña. Creo que podría estar a remojo días enteros y no conseguiría quitarme todo este barro de encima.

Gabrielle se echó a reír.

—Creo que la única vez que me he sentido peor fue después de pasar días cruzando el desierto y atravesar una tormenta de arena, pero no le lleva mucha ventaja al barro.

Cecrops arrugó la cara.

—Oh, eso suena casi doloroso. —Pero al mirarla a la cara se dio cuenta de que ya no estaba escuchándolo, y se preguntó qué recuerdos le habría traído su conversación. Se quedó mirándola un momento y luego se volvió cuando alguien le tocó suavemente el brazo y lo condujo a los baños.

Gabrielle siguió ensimismada en sus recuerdos mientras se dirigía despacio al pequeño dormitorio que le había ofrecido Daoning durante su estancia. No era grande, aunque era más que adecuado para sus necesidades. Un golpe en la estructura de bambú la sacó de sus reflexiones.

—¿Sí?

—¿Baño, señora Gabrielle?

Gabrielle se echó a reír al oír el apelativo.

—Gabrielle a secas, Dao. —Se miró la piel cubierta de barro e hizo una mueca—. Y sí, un baño me vendría muy bien.

—Ven. Baño privado preparado para ti.

Una sucia ceja rubia se alzó hasta un nacimiento de pelo rubio igualmente sucio. Conocía muy bien la costumbre de los baños comunales y aunque no le hacía mucha gracia, había llegado a tolerarlo por necesidad. Dao soltó una risita por el aspecto tan cómico que tenía la bardo con la cara embarrada, el pelo de punta y su aire severo e interrogante.

—Disculpas, Pequeño Dragón, pero... —Se le apagó la voz, insegura.

La expresión de Gabrielle cambió tan deprisa y su cabeza se volvió hacia un lado con tanta fuerza que resultaba asombroso que no se le hubiera soltado y fulminara a Daoning con la mirada por su propia cuenta. Dao advirtió la mirada furiosa y se le desorbitaron los ojos por el sobresalto al tiempo que retrocedía un paso.

Gabrielle notó la reacción inconsciente y se frotó la frente con la mano, extendiéndose un poco más el barro.

—Soy yo la que te pide disculpas, Dao. ¿Dónde... mm... dónde has oído ese nombre?

Daoning cogió las grandes toallas y la pastilla de jabón que había traído y le hizo un gesto a Gabrielle para que la siguiera. Entonces se puso a hablar.

—Hace muchos años, había mujer conocida por ese nombre que viajaba por tierra. Era feroz guerrera que defendía débiles, que ayudaba necesitados. Se convirtió en heroína y mito para mi pueblo. Historia describe como tú, aunque no hablaba. Hemos oído que tu amigo y tú habéis ayudado muchas aldeas aquí. Habéis sido tan buenos con nosotros que queríamos honraros. Esto era forma mejor que podíamos.

Dao apartó la pared de separación que daba al pequeño baño que había preparado para Gabrielle y le indicó el agua humeante.

—Además, llevas marca. Volveré pronto con ropa limpia. —Entonces salió de la habitación y cerró bien la puerta antes de que Gabrielle pudiera decir una sola palabra.

Gabrielle se volvió a pasar las manos por el pelo, con una mueca al ver el barro que caía a sus pies con el gesto.

—Aprovecha los pequeños favores que puedas encontrar, Gabrielle —se instruyó a sí misma, y luego se quitó la ropa destrozada y sucia y se metió en la gloria del agua limpia y caliente.

A Gabrielle no le habría hecho falta mucho para quedarse dormida en la bañera, pero era demasiado consciente del tatuaje que tan fácilmente podría traicionar su secreto a las personas que conocían su historia, aunque no supieran que se trataba efectivamente de la suya.

De modo que se bañó deprisa, se envolvió en una toalla y se echó la otra por encima de la cabeza para taparse los hombros. Echó la ropa sucia en el agua aún caliente para dejarla a remojo y se sentó en el banco para contemplar las pequeñas llamas del fuego.

Dao se sorprendió al ver que Gabrielle ya había terminado con su baño y estaba esperando la ropa limpia. Entregó el pequeño montón a la bardo y le dio deliberadamente la espalda para que Gabrielle tuviera toda la privacidad posible. Dao cogió la ropa que estaba en el agua y se puso a frotarla.

—Eso puedo hacerlo yo, Dao —dijo Gabrielle al tiempo que se deslizaba la fresca seda por los hombros y alcanzaba los pantalones a juego. La mujer había tenido el detalle de incluir un peine, y Gabrielle volvió al banco para desenredarse los nudos.

—Sí, puedes —replicó la china—, pero yo hago mejor.

Gabrielle alzó las cejas.

—¿Estás diciendo que soy incompetente como lavandera?

Dao se lo pensó un momento antes de responder. Cuando lo hizo, fue con una sonrisa.

—No. Pero esto conozco bien: tres hijos, un marido, gran río de barro.

Gabrielle se echó a reír.

—Te comprendo. —Dejó de peinarse y tomó aliento—. Dao, ¿por qué me he ganado un baño privado? Y no me digas que es porque te recuerdo a una salvadora mítica de las antiguas leyendas. Todo el mundo ha trabajado hoy muy duro y sin embargo, seguro que nadie más ha podido estar en privado como yo. —Hizo un gesto indicando la choza casi vacía.

—Llevas marca de diosa. Es respeto.

Gabrielle se miró, intentando averiguar a qué marca de qué diosa se refería Dao. La china vio la cara confusa de Gabrielle y se levantó apartándose de la bañera. Se secó las manos con una de las toallas usadas y luego cogió la mano de Gabrielle.

Gabrielle se miró la mano con curiosidad y entonces Dao hizo que se fijara en la muñequera. Por primera vez, advirtió que había una marca añadida, y se preguntó cuándo había aparecido allí y cómo no se había dado cuenta hasta ese momento. Por otro lado, tampoco se dedicaba a quitarse las muñequeras de metal y examinarlas a la menor oportunidad.

Gabrielle miró el símbolo con más atención y luego se volvió hacia Dao.

—¿Qué significa? —preguntó, al darse cuenta de que era uno que nunca había visto.

Daoning se encogió de hombros.

—Marca de diosa. Bendición de Ch'uang-Mu a elegidos. —Dao miró atentamente a los ojos verdes—. ¿Conoces diosa? ¿La sirves?

Gabrielle vaciló, pues no quería revelar toda la verdad.

—Visité el templo durante un tiempo y estudié muchos de los textos que había allí.

Dao se quedó mirándola con expresión algo incrédula, pero no dijo nada. Fuera como fuese, Gabrielle llevaba la imagen que la señalaba como Elegida y no le correspondía a Dao ponerlo en duda, sobre todo cuando Gabrielle había demostrado poseer profundos conocimientos sobre sus costumbres, sus leyendas y sus deidades, por no hablar de su conocimiento general sobre el funcionamiento del mundo.

—Ven —le dijo Dao cuando volvió a levantarse—. Hora de fiesta.

Gabrielle sonrió. Agradecía el gesto y agradecería la comida y la buena compañía que iría incluida.


—Estás muy callada esta noche —dijo Cecrops suavemente mientras observaban el entretenimiento. Había varios niños realizando interesantes acrobacias y resultaba fascinante de ver. En ese momento, estaban haciendo girar platos encima de unos palos, y Gabrielle se preguntaba en secreto cuántos platos habían roto para lograr ser tan buenos.

—¿Sí? Lo siento... es que estoy pensando. —Gabrielle se mordisqueó distraída la uña del pulgar.

Cecrops se volvió del todo hacia ella.

—¿Lo que piensas tiene que ver con tu forma de esquivar mi pregunta de esta tarde o se trata de otra cosa totalmente distinta?

—¿Eh? —No era una respuesta muy inteligente, pero fue lo único que logró decir en ese momento. La cara de confusión pura que se le puso le indicó a Cecrops que Gabrielle no tenía la menor idea de qué estaba hablando.

—Esta tarde... Te pregunté dónde nos dirigíamos. No contestaste.

—Ni oí la pregunta. Lo único que oí fue cómo rezongabas por lo bajo diciendo que eras viejo —le tomó el pelo Gabrielle.

—Pequeña, soy viejo. Y después de lo de hoy... me lo noto, me lo noto todo. —Pero Cecrops sonrió y Gabrielle aceptó su guasa sin problema—. Bueno, ¿cuál es la respuesta? —insistió por fin cuando quedó claro que no iba a responder.

—Oh, perdona. La verdad es que me gustaría recorrer la muralla.

Cecrops se llevó la mano a la frente para asegurarse de que no se le habían saltado las cejas por la sorpresa.

—¿La muralla? ¿La Gran Muralla? ¿Los más de seis mil kilómetros?

—Sí. Es prácticamente lo único que me queda por hacer aquí, y me gustaría mucho ver el país desde esa perspectiva.

—Sabes, sigue estando muy activa desde el punto de vista militar. Es posible que a los chinos no les haga gracia que se les presenten dos griegos con la esperanza de usarla como un camino cualquiera.

—Tal vez, pero al parecer, he recibido la marca protectora destinada a los elegidos de Ch'uang-Mu. Seguro que nos dejan en paz. Y si no, no es que no podamos machacar al personal. Ya lo hemos hecho otras veces.

Los malabaristas de los platos terminaron su actuación y salió un pequeño grupo de acróbatas. Dao les ofreció a Gabrielle y a Cecrops un poco de vino y los dos aceptaron y luego se recostaron para disfrutar de los pastelillos que se servían como postre mientras miraban a los acróbatas.

Cecrops buscó la forma mejor de expresar lo que lo preocupaba y por fin decidió abordar el tema sin rodeos.

—Eso no me parece muy buena idea, pequeña. Ya he oído rumores y leyendas sobre tu existencia hace mil años, y fueron las historias de tu viaje actual las que ahora me han traído hasta ti. —Suspiró—. Si no quieres que la gente descubra tu secreto, vas a tener que ser un poco más discreta.

A Gabrielle se le hundieron los hombros.

—¿Cómo ayudo a la gente si no paro de preocuparme por las historias que se cuentan de mí?

Él le cogió la mano con delicadeza.

—Trabajaremos juntos en ello. Al menos, como somos dos, las historias serán un poco distintas. —Hizo una pausa, titubeando—. ¿Tienes... mm... todavía tienes el tatuaje?

Ella volvió la cabeza de golpe y se dio cuenta con irónico humor negro de que era efectivamente una suerte que fuera inmortal. Si no, a estas alturas se le habría caído la cabeza.

—¿Cómo has...? —Estaba bastante segura de que él había respetado su intimidad igual que ella había respetado la suya, pero ésta era la primera vez desde la muerte de Xena que viajaba con alguien y estaba un poco desconcertada por su pregunta.

—Las historias y leyendas lo mencionan. Es una de las razones por las que te pusieron originalmente el apodo de Pequeño Dragón. —Cecrops no comentó la ocasión que había aprovechado para verlo por sí mismo. Fue un capricho inocuo, pero se sentía lo bastante avergonzado de su debilidad y lo bastante temeroso de la ira de ella para guardarse ese pequeño detalle.

Gabrielle se puso pálida. Empezaba a sentirse perseguida por su pasado.

—Discúlpame —farfulló, y se levantó y salió de la luz para adentrarse en la oscuridad que rodeaba a la aldea.

Encontró un árbol solitario a poca distancia del pueblo, situado en una colina lo bastante alta como para poder seguir observando la celebración. Pero ahora mismo, sus ojos se posaron sin ver en el panorama que se extendía debajo de ella y se concentraron en cambio en el dolor que sentía en el alma misma.

—Oh, Xena —susurró—. Qué cansada estoy. —Gabrielle miró las estrellas que tan claras se veían encima de ella—. Te echo tanto de menos. No sé cuánto tiempo voy a poder seguir haciendo esto sola.

—No estás sola, Gabrielle.

La bardo ni se inmutó al oír la voz justo a su lado. Siguió con los ojos clavados en el cielo, pues no quería que nadie, ni siquiera una diosa amiga, viera lo profundo de su desesperación.

—Sí que lo estoy, Ch'uang. En muchos sentidos lo estoy y siempre lo estaré hasta que Xena y yo nos reunamos. Hay puntos dentro de mí tan hondos que sólo ella puede llenar... —Gabrielle tomó aliento entrecortadamente—. Sé que tengo amigos y os quiero a todos, pero no es lo mismo.

Ch'uang agarró ligeramente a Gabrielle del brazo.

—Lo sé... y lo lamento. Nunca he conocido a un humano que haya soportado lo que has soportado tú, Gabrielle. Tu resistencia y tu fuerza de espíritu son asombrosas. Es normal que la lucha para mantenerte así te desgaste. —La diosa hizo una pausa—. Sé que poco puedo hacer para aliviarte el dolor de la separación, pero te puedo asegurar que si quieres recorrer la muralla, tendrás el camino libre y despejado por lo que se refiere a los guardias.

Gabrielle miró interrogante a Ch'uang y la diosa china continuó.

—Ayudar a los demás es una parte muy importante de ti. Te he dado mi marca para que puedas seguir haciéndolo sin censura ni impedimentos.

Gabrielle asintió, aunque su dolor y su fatiga todavía hacían que no supiera muy bien lo que se le ofrecía.

—Gabrielle, mientras desees ayudar a mi pueblo, te daré toda la protección que pueda para mantener en secreto tu identidad. Y si alguna vez sientes que vuelve a ser demasiado para poder soportarlo, lo único que tienes que hacer es llamarme y acudiré. Tanto si es para escuchar como si es para que nos sentemos un rato como amigas o para ofrecerte un sitio donde recuperarte... sólo tienes que pedirlo. —Ch'uang volvió a tomar aire. Había echado muchísimo de menos a Gabrielle desde que la bardo se marchó del palacio y había perdido la costumbre de hablar tanto—. Has llegado tan lejos.

—Y todavía me queda tanto por recorrer.

—Y todavía tienes tanto bien que ofrecer —la corrigió Ch'uang amablemente—. Encontrarás a la otra mitad de tu alma, te lo prometo.

—¿De verdad lo crees, Ch'uang?

La diosa movió la cabeza morena, asintiendo firmemente.

—Ah, sí. Lo creo de verdad.

Gabrielle sonrió, animada por la fe que otra persona tenía en las dos. Estrechó a la diosa con un abrazo firme y breve.

—Gracias, Ch'uang. Necesitaba oír eso.

Ch'uang-Mu sonrió.

—Me alegro de haberte ayudado. Ojalá todas las peticiones que recibo fueran tan fáciles de conceder.

—A veces, es agradable saber que no estoy loca por intentar volver con ella. —Gabrielle se rascó la cabeza—. O alcanzarla... o lo que sea. —Se rió algo cohibida.

—¿Te puedo contar un secreto, aquí entre nosotras? —preguntó la diosa con aire conspirador.

Gabrielle enarcó las cejas.

—Mm, claro. —Y se preguntó dónde quería ir a parar.

—Me das envidia.

Gabrielle se frotó la cara, segura de que lo había entendido mal.

—¿Perdona?

Los ojos marrones chispearon risueños al posarse de nuevo en la mirada verde.

—Me das envidia. Sé que no me crees, pero es cierto, no obstante. —Levantó una mano para detener cualquier pregunta—. Espera. Tienes algo tan poderoso, tan fuerte, que te ayudará a llegar al final de tu búsqueda. No es sólo tu vínculo con Xena, sino algo que llevas dentro de ti. Algo que te obliga a lograrlo. Algo que deja su propio legado. Algo que los dioses nunca han comprendido.

Gabrielle parpadeó, atónita por la revelación.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo Ch'uang, intentando obtener algún tipo de reacción. Poco a poco, Gabrielle volvió la cabeza hacia ella, y a la diosa le dieron ganas de reír por la cara de desconcierto absoluto que tenía Gabrielle. En cambio, esperó pacientemente a que la bardo asintiera—. ¿Por qué has venido a esta zona? No estabas tan lejos de la muralla cuando te marchaste del palacio hace años y sin embargo, todavía no has empezado tu recorrido. ¿Cómo es eso?

Gabrielle tragó con dificultad. Era algo que podía contestar sin pensar ni dudar.

—Pues la verdad es que quería empezar por el principio y caminar hasta el final. Y por el camino siempre ha surgido alguien a quien ayudar, alguien necesitado. Supongo que me ha llevado más tiempo del que me esperaba.

Ch'uang sonrió, totalmente satisfecha con la respuesta.

—Goza de tu humanidad, Gabrielle. Es una de las cosas más bellas que tienes.

Gabrielle se ruborizó y se levantó.

—Tengo que volver, pero te doy las gracias por... bueno, por todo, Ch'uang. Me alegro de que hayas venido a charlar.

Ch'uang asintió y se levantó a su vez, aunque no le reveló a Gabrielle que el dolor suplicante de su voz al hablar con su amante desaparecida desde hacía tanto tiempo había estado a punto de echar a perder su decisión de ser discreta. Sólo dijo:

—Yo también me alegro, Gabrielle. Echo de menos hablar contigo. —Abrazó a la bardo con fuerza—. Recuerda que sólo tienes que llamarme si necesitas cualquier cosa, aunque sólo sea un charla de amigas. —Dio un golpecito en la muñequera—. Te cuentas entre mis elegidos, que lo sepas.

—Gracias, Ch'uang. Ha sido toda una sorpresa para mí.

—Y vigila a tu compañero de viaje —añadió la diosa agitando un dedo—. Es un buen hombre, pero te aprecia demasiado. Esto puede ser bueno o malo, depende de ti.

Gabrielle suspiró.

—¿Por qué yo?

Ch'uang se echó a reír, soltando una profunda carcajada que a Gabrielle se le contagió.

—Haz memoria, Gabrielle. Forma parte de la naturaleza de las cosas... tanto para ti como para Xena. Eso no se detiene sólo porque estéis separadas temporalmente. Sólo hace que la atención sea más fuerte.

Gabrielle se sujetó la cabeza con las manos y la agitó de un lado a otro.

—A lo mejor debería probar el remedio de Xena.

Ch'uang enarcó una ceja interrogante y Gabrielle se echó a reír recordando.

—Adiós a los cuidados y la higiene personales... pero luego decidimos que probablemente eso atraería a tipos peores.

—Oh, cielos, sí. Al menos ahora atraes a personas decentes y agradables. Y nunca has tenido problemas para explicarles lo equivocadas que están. ¿Por qué tentar al destino?

Gabrielle asintió, pues sabía que las Parcas no serían muy amables con ella después de haber destruido el telar, aunque sus actos corrigieran el mal del que habían sido objeto.

—Bueno —continuó Ch'uang—, vuelve a la fiesta antes de que todos te echen en falta y se pongan a buscarte. Estaré cerca. Que disfrutes del recorrido. —Y desapareció tan silenciosamente como había llegado.

Gabrielle regresó a la aldea, contenta de ver que la fiesta había continuado a pesar de su ausencia. Cecrops se volvió para mirarla y se alegró de ver una ligera sonrisa en sus labios.

—¿Estás bien, pequeña? No quería...

—Estoy bien. Es que detesto ese apodo.

—Pues no volverás a oírlo por mi parte. No sabía...

Gabrielle alzó las manos, pues no tenía ganas de volver a tener esta conversación.

—No pasa nada, Cecrops, en serio. Tampoco es que te haya hecho una lista ni nada. Bueno, ¿qué me he perdido? —preguntó para hacer que se fijara de nuevo en el espectáculo.

—Oh, mm... —farfulló él, intentando concentrarse de nuevo en la actuación que se estaba desarrollando en el escenario—. El... mm... el resto de los acróbatas y el oso bailarín.

—¿Cómo dices?

—Ya me has oído. Ahora van a contar historias.

Gabrielle se quedó mirándolo largamente después de que presentaran al primer bardo. Luego prestó atención de nuevo al escenario, pero tuvo que reprimir un gemido por la historia que había decidido contar el narrador. Cecrops se inclinó para susurrarle al oído, aunque sin tocarla:

—Ya te dije que había mitos y leyendas sobre ti, heroína.

Gabrielle tamborileó con los dedos sobre las rodillas muy agitada mientras el narrador proseguía con sus historias. Era la única señal de la lucha que estaba manteniendo para guardar silencio. El hombre terminó con grandes aplausos y varios más lo siguieron, todos con relatos sobre la mujer conocida como el Pequeño Dragón. Cuando terminó el último, Gabrielle se levantó.

Kuang, el marido de Dao, era el jefe de la aldea y le hizo un gesto para que hablara. Ella se inclinó dándole las gracias.

—Si os complace, yo misma he contado historias de vez en cuando. Si pudiera...

Kuang asintió con entusiasmo, y Gabrielle subió al pequeño escenario entre aplausos agradecidos por su buena disposición y ante un mar de rostros expectantes.

—Hace tiempo que no hago esto, así que, por favor, tened paciencia conmigo. Todos habéis contado unas historias maravillosas sobre una guerrera mítica que recorría vuestra tierra ayudando a los demás. Me gustaría hablaros de una guerrera auténtica que buscaba la redención de la misma forma. Una mujer cuya historia me es muy querida. Una mujer a quien me enorgullecería considerar mi amiga. —Gabrielle hizo una pausa y carraspeó—. Canto sobre Xena, una princesa guerrera nacida para la grandeza. Una guerrera cuya fuerza y compasión eran tan poderosas como la espada que blandía sin temor alguno.

El público se dejó arrastrar por la historia, sin que nadie advirtiera las lágrimas que caían silenciosas por las mejillas de Gabrielle.

—Cuando todo acabó, la ambrosía había hecho su efecto y la guerrera volvió a la vida para luchar un día más.

Silencio al principio, como si los aldeanos no pudieran creer que la historia había terminado. Entonces, como un solo hombre, se levantaron y se pusieron a aplaudir, patear y gritar. Gabrielle se secó los ojos y se echó a reír llena de felicidad. Hacía muchísimo tiempo que no actuaba como bardo, y por primera vez en siglos, se sentía viva de nuevo.

Ya era tarde cuando consiguió desprenderse de sus últimos admiradores y volvió sola a su pequeña habitación. Estaba agotada de una forma positiva y ardía en deseos de emprender su recorrido de la muralla al día siguiente.


La muralla era muy interesante. Estaba construida con varios estilos distintos, dependiendo del lugar y de los materiales disponibles durante la construcción. Fue un trabajo arduo subir los innumerables escalones y recorrer tantos kilómetros. Pero como había prometido Ch'uang, nadie los detuvo, y se desviaron muchas veces para ayudar a la gente por el camino.

Cuando llegaron a Mongolia, al final del trayecto de más de seis mil kilómetros, las cosas empezaron a cambiar.


PARTE 11


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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