Vínculo de sangre

D



Descargo: Los personajes reconocibles de esta historia pertenecen a Rob Tapert y compañía, a RenPics, Studios USA, MCA/Universal y a cualquier otra persona que tenga intereses económicos en Xena, la Princesa Guerrera. Yo sólo los tomo prestados para usarlos en esta historia. Con esto no se obtiene beneficio económico alguno ni se pretende infringir ningún derecho de autor. Esto es por pura diversión y para mantenerme ocupada sin meterme en líos.
Traducción de la correctora (y cómplice del caos): Siguen sin ser nuestras, aunque después de un año, deberían serlo. Y además, nosotras las tratamos mucho mejor. Son mucho más felices con nosotras, en serio. Nos han seguido hasta casa... ¿nos las podemos quedar, eh? ¿Eh?
Gracias: A Phil, que no me deja que la nombre como coautora y sin quien la historia no sería en absoluto tan interesante y, desde luego, ni por asomo tan larga. Ella ha hecho todas las investigaciones que luego yo he retorcido para mis propios fines. También se ha encargado de todas las correcciones, lo cual le ha supuesto horas y horas de recoger todas las letras que yo me iba dejando por el camino, que eran muchas. Tengo que mantener mi reputación de PITA DIVA. :-)
Gracias también a Les y a SueG por mantener el reloj en marcha y recordarme que el plazo se ECHABA ENCIMA y por sus palabras de ánimo sobre la marcha.
Y gracias a Steph, que fue quien propuso la premisa que nosotras hemos conseguido llevar hasta Plutón y vuelta antes de devolverla a la Academia.
Traducción de la correctora (y cómplice del caos): Vaya, maldita sea... se acabó mi anonimato.
Coautora... venga ya. Creo que he escrito una línea cada 100 páginas o una cosa así (y de paso he sugerido algún que otro nombre). Reconozco que he ayudado a añadir un poco de humor. Os advierto de que hay una línea (que tampoco es mía, porras) que es para troncharse y no, no os voy a decir dónde. Sin embargo, sí os diré que podéis conseguir un teclado barato en Radio Shack... decidles que me conocéis. Ahora ya me hacen descuentos por cantidad comprada.
Correctora... sí, he recogido todas esas letras perdidas, pero ella las ha puesto de nuevo en sus lugares correspondientes. Y he hecho pruebas de diálogo en voz alta de todos los personajes salvo de una rubia como total... D no necesita ayuda para retratar a ese personaje superguay.
Investigadora... ya lo creo. Tengo 147 enlaces en Favoritos que hemos usado para la historia. Confieso que la he obligado a salirse por la tangente y trabajar ciertas bromas y apariciones de personajes invitados (que me parece que han salido estupendas). También ha tenido la amabilidad de seguirme la corriente y reseñar ciertos detalles históricos que me parecía que os gustarían. La idea general era intentar hacer un tocho de 602 páginas, pero por desgracia nos hemos quedado un poco cortas. Bueno, vale, ésa era MI intención. Digo yo que hay que aspirar a lo más alto... ¿por qué no? Al fin y al cabo, no era yo la que lo tenía que escribir. :-) Bueno, el caso es que nos hemos quedado un poco cortas porque...

Agradecimiento especial: A los lectores de la Serie Valiant. Agradezco vuestra paciencia y tolerancia mientras he estado escribiendo esto. Randi y Gwen se han alegrado de tener más tiempo para la luna de miel. Ya he empezado con la siguiente historia Valiant y espero sacarla cuanto antes para vuestro placer lector.
Traducción de la correctora (y cómplice del caos): ...amenazó con decirle a todo el mundo que ha estado esperando la siguiente historia Valiant cómo llegar a mi casa. ¡DIOS!
Nota de la autora: Esta monstruosidad es el resultado directo de una llamada telefónica que empezó con esta sencilla frase: "No puedo escribir una historia sobre vampiros o bacantes... ¡yo soy una de ellos!" Y ahora, al cabo de un año, 400 y pico páginas y 3.000 dólares de llamadas telefónicas, éste es el fruto de aquella conversación.
Nota de la correctora (y cómplice del caos): Sigo siendo vampiro, sigo sin ser escritora... mi trabajo ha terminado. Gracias a Steph por la invitación... ha sido una pasada. Pero no me lo vuelvas a pedir... me molerá a palos. :-)) Silencio en el gallinero, muchas gracias.
Ah, una cosa más... por favor, leed la historia. Me gustaría saber que los 3.000 dólares de la factura del teléfono y que el hecho de comerme la cena fría por lo menos 3 veces por semana, por culpa de las horas de las llamadas, no han sido por una simple venada. ¡JA! Eso era un chistecito de bacantes... Vale, un mini chistecito de bacantes.
Nota 2 (la que de verdad importa) de la correctora (y cómplice del caos): Gracias, D... me has dado mi temporada 7 (y 8 y hasta la 9 también). ¡Eres GENIAL!

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Título original: Blood Bond. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


Premio Xippy


Prólogo


El hombre alimentó bien el fuego, pues sabía que tendría que durarle varias marcas una vez iniciara el ritual. Repasó con cuidado el ajado pergamino que tenía en las manos por última vez y asintió satisfecho al ir identificando cada objeto dispuesto en un círculo alrededor de la hoguera.

Por fin, convencido de que tenía todo lo que necesitaba, el chamán se quitó la túnica de ante del cuerpo y se metió en el arroyo cercano para una purificación ritual. Metió un dedo en las pinturas que había preparado y se dibujó con delicadeza los símbolos del dios de la guerra en el pecho. Unas rayas en la cara, los brazos y los muslos completaron la imagen y entonces se puso un taparrabos limpio e inició un cántico.

La oscuridad cayó mientras el ritual continuaba, trayendo consigo el rugido de un trueno y un rayo deslumbrante. El cántico del chamán se hizo más fuerte y cada objeto que había alrededor del pequeño círculo donde bailaba empezó a emitir una luz sobrenatural. De repente, el brillo desapareció, el chamán salió despedido del círculo y en algún lugar no muy lejano cayó un rayo que dejó una marca... y algo que lo cambiaría todo para algunos y algo para todos.


Capítulo I


Gabrielle sintió cómo se le desgarraba el alma cuando el sol se puso y Xena se alejó de ella. Le costaba mucho respirar, pues el dolor la abrumaba, y se obligó a concentrarse en cada bocanada de aire que tomaba. Tan concentrada estaba en conservar un vestigio de control que no detectó su presencia hasta que la pequeña urna negra le fue arrebatada de las manos y su contenido quedó flotando en el Manantial de la Fuerza.

Gabrielle se quedó atónita durante largos segundos... lo suficiente para que Ares murmurara algo que le resultó incomprensible. El dios de la guerra alzó la mirada expectante y frunció el ceño cuando se dio cuenta de que las cosas no estaban saliendo precisamente como estaba planeado. Y eso fue lo único que tuvo tiempo de comprender, porque de repente se encontró con una bardo furiosa y deshecha encima.

—¡¡ARES!! —vociferó Gabrielle, golpeándolo con los puños—. ¿¿¿Qué Tártaro estás haciendo??? ¡Eso era lo único que me quedaba de ella! ¡Maldito seas, Ares! ¡¡Maldito seas!!

Él la agarró por los brazos que no paraba de mover.

—Tendría que haber funcionado —murmuró lo bastante alto como para que ella lo oyera—. Tendría que haberla traído de vuelta.

Esas palabras no hicieron sino encender su ira de nuevo y lo apartó de un empujón, soltando puñetazos. Él se quedó tan desconcertado por su agresividad que Gabrielle logró alcanzarlo de lleno una o dos veces, hasta que Ares le agarró las muñecas con una manaza y la sujetó con fuerza. Sólo entonces consiguió oír su desolado susurro.

—Eligió dejarme. Eligió renunciar a nuestra vida en común por una mentira. Y tú me has quitado lo único que me quedaba de ella.

No vio cómo echaba el brazo hacia atrás, pero el puñetazo que recibió en la cara fue... magnífico. Y muy doloroso, cosa sorprendente. Le recordó, y eso le dio miedo, el tiempo que había pasado como mortal, y no tenía muchas ganas de volver a pasar nunca más por esa experiencia.

—Escucha, rubita, sólo lo he hecho porque creía que era un favor para los dos, pero ya veo que jamás serías capaz de apreciarlo. El viaje de vuelta a Grecia es largo. A lo mejor consigues mostrar un poco de respeto cuando llegues a casa y entonces podremos hablar de esto racionalmente. Hasta entonces, que te vaya bien.

Desapareció con un resplandor de luz azulada, y Gabrielle pegó un último puñetazo al aire que llenaba el sitio donde había estado.

—¡¡ARES!! —gritó de nuevo, pero se había ido. Se dejó caer al suelo hasta que su mano topó con la pequeña urna. Entonces se levantó a toda prisa y se puso a recoger con frenesí las cenizas del estanque de agua—. Por muy enfadada que esté contigo en estos momentos, Xena, tienes que saber que no quería que pasara una cosa así. Te prometí que te llevaría a casa y lo dije en serio. He intentado no hacerte promesas que no tuviera intención de cumplir. Lástima que tú no puedas decir lo mismo.

Se quedó en silencio unos minutos mientras se concentraba en recoger hasta la última pizca de ceniza que conseguía ver en la fuente con la luz de la luna llena como única iluminación.

Cuando quedó convencida de que había hecho todo lo posible, se irguió con un quejido y cerró la urna con la tapa. Miró a su alrededor en busca de sus cosas y, con un suspiro, envolvió con cuidado la urna para que no se cayeran las cenizas y metió los restos de Xena en el fondo de su zurrón. Entonces emprendió el descenso de la montaña en la oscuridad.


Gabrielle no llegó muy lejos. Lo que más quería era alejarse del lugar donde había perdido a Xena. Incluso pensar en eso le dolía, y se concentró en controlar la respiración, dando gracias distraída por el tiempo que habían pasado juntas meditando. Vio un pequeño afloramiento de rocas y se dirigió hacia allí, dejó su zurrón en el suelo, sacó su manta, se tumbó y cerró los ojos. El puro agotamiento físico se apoderó de ella y se quedó dormida mientras la voz de Ares atormentaba sus sueños... Tendría que haberla traído de vuelta.

Una lágrima solitaria escapó de su párpado cerrado, mientras dormía.


Cuando se hizo de día, Gabrielle se levantó y volvió a cargar con sus cosas. Bajó despacio y sin pausa del Monte Fuji, hasta que llegó a Higuchi. Era la hora de comer cuando llegó, y un comerciante se acercó a ella, se inclinó y le ofreció un cuenco de arroz. Ella intentó rechazarlo cortésmente, pero luego se dio cuenta de que el rechazo ofendería al hombre y aceptó su regalo, saludándolo con la cabeza cuando él no quiso aceptar que le pagara.

Poco a poco se fue dando cuenta de que todos los de la aldea se inclinaban a su paso y la miraban con una mezcla de miedo, reverencia y compasión. Le entraron ganas de echarse a llorar. En cambio, se mordió el labio y buscó a Hoketsu.

Éste no dijo nada, pero la llevó a la casa de baños, percibiendo que no estaba preparada para hablar de lo que había sucedido en la montaña. El hecho de que estuviera sola decía mucho más que unas simples palabras. Esperó hasta que ella asintió con aprobación al ver lo que había preparado y luego se inclinó al salir por la puerta. Gabrielle se desnudó y se metió en la bañera caliente, dejando caer las lágrimas por fin.


Mientras, en los muelles, se había corrido la voz sobre la increíble derrota que la pequeña guerrera rubia había infligido a Yodoshi y el precio inconcebible que había pagado por la victoria. La capitana de uno de los buques atracados salió al muelle y se puso a buscar a Hoketsu. El joven se inclinó cuando la capitana, baja y de pelo canoso, se acercó a él. Hoketsu sentía un respeto absoluto por Katerina von Lihp, aunque la mujer tenía la extrañísima costumbre de vestirse como una pastora, en lugar de cómo la capitana germana que era. Con todo, había demostrado ser amiga de Hoketsu y del pueblo de Higuchi, por lo que pasaban por alto sus idiosincrasias.

—Capitana Lihp, es un placer. ¿En qué te puede servir el pueblo de Higuchi?

—Ah, Hoketsu, amigo mío. ¿Es cierto que Yodoshi ha sido vencido por una pequeña mujer guerrera?

—Sí, sí, pero a costa de un gran precio para ella... para su alma.

La mujer mayor se rascó la cara.

—A lo mejor le ofrezco pasaje hasta casa. Seguro que no querrá quedarse aquí.

—Se está bañando, pero te la traeré si ella quiere, cuando termine.

—Perfecto. Me ocuparé de preparar el barco. La marea se retira al caer el sol y sería bueno que zarpáramos con ella.

Asintiendo, Hoketsu continuó caminando hacia el pequeño mercado y la capitana Lihp regresó a su barco.

Cuando llegó a la tienda que buscaba, Hoketsu entró y se inclinó ante el propietario. El hombre mayor se inclinó a su vez y preguntó con una sonrisa:

—Hoketsu, ¿qué puedo hacer por ti?

—Morimoto, ¿tienes algo que le pueda quedar bien al Pequeño Dragón? Su ropa quedó destrozada en el combate con Yodoshi. Desearía darle otra antes de que nos deje.

—¿Se marcha, pues?

—Me parece que sí. No hay ningún motivo para que se quede y la capitana Lihp le va a ofrecer pasaje de vuelta a Grecia. Creo que lo aceptará.

Morimoto asintió pensativo.

—Creo que puedo encontrar algo para ella. Es del tamaño de las mujeres de aquí. Deja que mire. Le daré lo mejor que tenga.

Hoketsu asintió y Morimoto fue a la trastienda. A los pocos minutos regresó y le ofreció un paquete.

—Hace varias lunas, sentí el impulso de hacer esto —dijo en voz baja—, aunque entonces no comprendí por qué. Ahora sí. Mi regalo para ella.

Hoketsu asintió y aceptó el paquete sin abrirlo. Morimoto era el mejor sastre que conocía, de modo que estaba seguro de que Gabrielle apreciaría la belleza de la obra de arte que hubiera creado.

Cuando se dirigía de vuelta a la casa de baños, prácticamente todos los ciudadanos de Higuchi fueron deteniendo a Hoketsu, deseosos de que le comunicara su agradecimiento a la bardo. Se vio obligado a pedir ayuda para transportar todos los regalos que le daban para ella, y Yama y él tuvieron que pasarse por su casa para dejar primero las cosas. Luego se volvió hacia la joven.

—Yama, ¿quieres llevarle esto a Gabrielle? Necesita ropa nueva, pero no deseo interrumpir la paz de su baño.

—Será un honor, Hoketsu. —Se inclinó y recorrió la corta distancia que había hasta la casa de baños. Cuando llegó a la puerta, se detuvo y escuchó. Al no oír nada, llamó con timidez y esperó a recibir permiso para entrar.

Gabrielle alzó la cabeza y abrió los ojos para mirar malhumorada la puerta a la que habían llamado. Suspiró silenciosamente y dijo:

—Adelante.

Yama entró en la cálida habitación al oír el susurro.

—Para ti, Pequeño Dragón. —Yama dejó el paquete sobre la banqueta donde estaban los andrajos de su traje de samurai y sus escasas pertenencias. La larga espada, la katana y el chakram resultaban muy llamativos—. Morimoto lo ha enviado para ti.

Gabrielle quiso rechazarlo, pero estaba demasiado cansada y demasiado afligida para que le importara de verdad. En cambio, asintió y cerró los ojos de nuevo. Yama sonrió dulcemente y salió inclinándose, cerrando los ojos por la angustia que había visto en los de la bardo.

Gabrielle se quedó sentada un poco más en la bañera hasta que por fin cogió el paño y la barra de jabón y se lavó, deseando con todo su corazón poder hacer lo mismo con sus recuerdos. Cuando terminó, salió del agua, se cubrió con la toalla y se acercó a inspeccionar el paquete envuelto en papel de arroz.

Desató el nudo del cordel y el papel se abrió para revelar... era otro traje de samurai, pero éste era de un azul intenso que le recordaba a... Se le cortó la respiración y cerró los ojos luchando contra el dolor. Gabrielle se puso los pantalones, que se ciñó cómodamente con el cinturón, y luego cogió la túnica. Se quedó mirando asombrada el bordado de un dragón que había detrás, un duplicado exacto del que ahora llevaba ella. Era plateado y dorado, rojo y verde, y se maravilló distraída por el intrincado detalle de su creación antes de ponérselo y colocarse las armas.

Dobló la toalla pulcramente, se puso las sandalias, salió de la casa de baños y se dirigió a los muelles.


Hoketsu vio que Gabrielle se iba y se acercó para caminar a su lado. Ella se volvió hacia él y lo miró interrogante, pero no dijo nada.

—He acordado una forma de que vuelvas al continente, si deseas regresar. No me ha parecido que quieras quedarte aquí más tiempo del necesario.

Gabrielle asintió, aceptando lo que decía, y le hizo un gesto para que la guiara.

Cuando llegaron al barco de la capitana Lihp, Hoketsu cruzó la plancha y le hizo un gesto a Gabrielle para que se uniera a él en la cubierta. Ella caminó por la plancha con la agilidad de un gato y aterrizó con un saltito sobre las tablas de teca. La capitana se apartó de su contramaestre y se acercó para saludarlos.

—Bienvenida a bordo. Hoketsu me ha dicho que te gustaría salir de Japa. Me encantaría llevarte donde quieras ir. —Gabrielle observó el cuidado barco y a la tripulación, no muy variopinta, y asintió—. ¿Tienes prisa por regresar a Grecia o te gustaría acompañarnos? Tengo varios puertos donde puedo detenerme si no tienes prisa.

Gabrielle asintió de nuevo y tanto la capitana como Hoketsu empezaron a preguntarse si se había quedado sin voz en la cima de la montaña. Sin embargo, Lihp no era sino una mujer decidida, de modo que continuó.

—Perfecto. Entonces Shanghai será nuestra primera escala. —No vio el brillo especulativo que iluminó los mortecinos ojos verdes—. Ahora ven —insistió—. Deja que te enseñe tu camarote.

Gabrielle se volvió hacia Hoketsu y lo abrazó. Él la abrazó a su vez con delicadeza, pues sabía que bajo la solidez de su cuerpo había una fragilidad a punto de quebrarse.

—Gracias —susurró antes de que ella lo soltara y se apartara para seguir a la capitana bajo cubierta. Esperó un poco más y luego se dio la vuelta y bajó de nuevo por la plancha hasta el muelle. Cuando sus pies tocaron tierra firme de nuevo, Hoketsu se volvió y miró el barco por última vez, elevando una oración a sus dioses por la seguridad del alma de Gabrielle.


Lihp bajó por un tramo de escaleras y se detuvo ante una de las pocas puertas que había en el corredor. Luego se volvió a Gabrielle con rostro serio.

—No llevamos muchos pasajeros, por lo que tu camarote no es grande. Sí que los llevamos con suficiente frecuencia para haber dejado este espacio libre con ese fin, y está limpio. Eso es lo mejor que se puede decir de él. Eres libre de moverte por todo el barco y si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que pedirlo.

Gabrielle asintió indicando que lo entendía y la capitana abrió la puerta, echándose a un lado para que pudiera pasar. Miró a su alrededor. Katerina no había mentido: el espacio era muy reducido, pero estaba limpio y era adecuado para sus necesidades. Gabrielle lo aprobó asintiendo.

—¡Perfecto! La buena gente de Higuchi quería asegurarse de que tuvieras lo necesario para tu viaje, de modo que te han dejado provisiones. Casi todas las cosas están aquí, en tu camarote. El resto está en la zona de almacenaje de la bodega hasta que decidas dejarnos. —Esperó una respuesta, pero cuando no la hubo, suspiró en silencio y continuó—. Ahora, si me disculpas, vamos a zarpar.

Gabrielle asintió de nuevo y le dio la espalda para despedirla, acercándose al pequeño ojo de buey para abrirlo y dejar entrar el aire fresco. Oyó cómo se cerraba la puerta y los pasos de la capitana que se iban apagando, y entonces se le hundieron los hombros y se dejó caer en el pequeño camastro colocado sobre una plataforma.

Nadie oyó su llanto silencioso.


Las tres semanas siguientes transcurrieron sin grandes cambios en las costumbres de la tripulación del barco ni en las de su pasajera. Gabrielle no había dicho una sola palabra desde que puso pie en el barco y la tripulación había aprendido rápidamente a mantenerse lejos de ella. Se pasaba varias marcas al día entrenando con la katana y los sais, aunque el chakram nunca se movía de su cadera. Se le fue poniendo el cuerpo flaco y duro al tiempo que sus ojos se volvían más mortecinos y apagados.

El resto de las marcas que pasaba despierta, Gabrielle se dedicaba a contemplar el mar o a meditar. Cuanto más se alargaba el viaje, más a menudo se entregaba a la meditación. Descubrió que así se le calmaba lo que amenazaba con convertirse en una rabia abrumadora. Sus ganas de atacar a todo el que se le pusiera por delante a veces le provocaba una oleada de calor por las venas. Descubrió que con la meditación podía controlarlo.

Curiosamente, la meditación y el entrenamiento hacían maravillas también con su tendencia al mareo. Aunque no estaba feliz y contenta de volver a estar en un barco y a pesar de que su apetito era mínimo, en este viaje sólo sentía una leve molestia, comparado con viajes anteriores.

Por fin, en la mañana del vigésimo segundo día, el vigía gritó "¡Tierra a la vista!" y el barco no tardó en dirigirse a los muelles una vez hubo entrado en el puerto de Shanghai. Gabrielle fue abajo para recoger sus pocas pertenencias. Salvo por la ropa de samurai y algo de fruta fresca que había compartido con la tripulación, no había tocado nada procedente de Higuchi. Notó que el barco atracaba y soltó un suspiro inconsciente de alivio.

Cuando se dirigía a cubierta, la capitana la llamó.

—Pequeño Dragón, espera. Por favor.

Gabrielle se detuvo, hurgando en su zurrón. Encontró lo que buscaba y le ofreció a Katerina su bolsita. Lihp se echó hacia atrás como si fuera una serpiente.

—¡NO! —dijo con vehemencia—. Tu dinero no sirve con nosotros, Pequeño Dragón. La gente de Higuchi tenía una deuda contigo y así es como han decidido pagarla.

Los ojos verdes la observaron y Katerina se esforzó por reprimir un escalofrío al ver lo muertos que estaban. Por fin, Gabrielle asintió y volvió a meter la bolsita en su zurrón. La capitana asintió a su vez y soltó aliento aliviada.

—¡Bien! ¡Bien! Ahora, ¿qué hacemos con todas tus cosas, eh? —Gabrielle arrugó confusa la frente y Katerina se apresuró a explicar—. Los regalos que tenemos almacenados en la bodega.

Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza y se encogió de hombros. Luego alargó la mano y estrechó un momento el brazo de Katerina antes de volverse y bajar por la plancha.

La capitana Lihp se quedó mirándola hasta que desapareció y entonces murmuró para sí misma:

—Que los dioses te protejan, Gabrielle de Potedaia. Te veremos en Grecia. —Luego volvió a su barco y a sus asuntos.


Shanghai era un puerto muy animado, lleno de comerciantes, marineros y proveedores de todo tipo de cosas. Gabrielle apenas lo notaba y no se daba cuenta de que la gente se apartaba de su camino. No advertía los susurros cuando la gente se fijaba en su traje de samurai. Sus sentidos estaban alerta, pero estaban concentrados en el peligro, no en los susurros y en el espacio que se le daba por respeto.

Salió de la calle principal, buscando una posada tranquila con baño. Lo primero que de verdad le llamó la atención fue el olor dulzón a opio, y vaciló ante la puerta un buen rato. Gabrielle se acordaba bien de lo que le había contado Xena sobre su primera experiencia en Chin, aunque nunca le había contado gran cosa de esa parte de su vida. Xena sí le había dicho la razón por la que no le gustaba usar ninguna clase de narcótico para calmar el dolor.

Ahora Gabrielle se encontraba planteándose muy en serio la necesidad de perderse como había perdido a Xena. De rellenar el vacío que le había dejado la muerte de Xena con una dulce alegría, aunque sólo fuera por un rato. Puso la mano en la puerta y la abrió ligeramente, dejando escapar el dulzón aroma del opio. Luego dejó que se cerrara al tiempo que se le hundían los hombros y se daba la vuelta para seguir avanzando por la calle.

—No. Conservaré los recuerdos y el dolor. Es lo único que me queda.


Gabrielle encontró lo que buscaba en las afueras de la ciudad. El hacha de doble hoja que colgaba cerca de la puerta le recordó a las amazonas, y supo que esa noche estaría a salvo. Se le ocurrió pensar de pasada que tendría que ir a ver a sus hermanas si vivía lo suficiente. Regresaría a Grecia... hacía mucho tiempo que le había prometido a Xena que la llevaría de vuelta con su hermano. Pero Gabrielle no tenía ningún plan definido más allá de llevar los restos de Xena a Anfípolis. Después de eso...

Con un suspiro, abrió la puerta, agradecida por el silencio relativo después del mercado. Fue al mostrador, hurgó en su bolsita y sacó una moneda de oro. La depositó en el mostrador delante de la propietaria y enarcó una ceja. Agradeció en silencio la preparación recibida gracias a Xena cuando la mujer se puso a hablar en chino a toda velocidad.

—Por eso... cena, baño, cama, desayuno y provisiones para el camino. —Gabrielle asintió y cogió la jarra de cerveza que apareció ante ella—. Todo el mundo me llama Ling —se presentó la mujer—. Ven, te voy a llevar a tu habitación.

Gabrielle se cargó el zurrón al hombro y cogió la jarra. Luego siguió a Ling por el pequeño pasillo. Abrió una puerta y Gabrielle advirtió que se trataba de una habitación limpia y austera. Asintió satisfecha y dejó sus cosas. Ling cruzó el pasillo y abrió otra puerta. Dentro había una bañera enorme, parecida a la que Gabrielle había usado en Higuchi. Salvo que en esta había otras mujeres. Todas se volvieron para mirar y Gabrielle aguantó las miradas con estoicismo.

Ling se volvió hacia ella y preguntó:

—¿Quieres bañarte ahora? Te lavaré la ropa, samurai... sin cobrarte.

Gabrielle entró en la estancia y se quitó la ropa, esta vez muy consciente de los susurros que corrían detrás de ella. Una exclamación colectiva se escapó de los labios de las presentes cuando su espalda desnuda quedó al descubierto. Cuando se dio la vuelta, advirtió que todas las mujeres se habían trasladado al otro extremo de la bañera. Encogiéndose de hombros por dentro, se acercó a la bañera.

Ling le entregó un paño y una toalla.

—Se han apartado como muestra de respeto, Pequeño Dragón. Las mujeres guerreras son muy poco comunes aquí, y jamás vemos samurais. —Le ofreció una pastilla de jabón.

A Gabrielle se le habían dilatado los ojos cuando Ling la llamó por su apodo, pero cogió el jabón y se dispuso a quitarse del cuerpo los días pasados en el mar. Cuando terminó, se levantó, se envolvió en la toalla y salió de la habitación. Nadie había dicho una palabra mientras estuvo allí y ahora el murmullo bajo de voces sonaba como un enjambre de abejas furiosas.

La cena consistió en arroz con verduras y una jarra de vino que Gabrielle descubrió sobre la mesa baja cuando entró en su habitación. Comió, gratamente sorprendida por la mezcla de sabores. Luego se quedó profundamente dormida, sin soñar.

Era tarde cuando se despertó, y sólo porque Ling estaba llamando a la puerta. Gabrielle se envolvió en la sábana y se frotó los ojos para despejárselos mientras se levantaba. Se pasó la mano por el pelo y luego abrió la puerta.

Ling le entregó una bandeja y un paquete. Gabrielle notó por el tacto que era su ropa y se inclinó ligeramente para darle las gracias. Luego cerró la puerta y empezó a prepararse para viajar.


Ling le había dado un pequeño mapa, y Gabrielle había decidido seguir el río Yangtsé mientras buscaba a Eva. Sabía que podía tardar un tiempo en dar con Eva, pero pensó que cuando empezara a oír el mensaje de Eli, la mensajera no andaría muy lejos.

Poco después de mediodía, Gabrielle se vio detenida por un pequeño grupo de hombres que le exigía un pago por usar el camino. La antigua Gabrielle, que era una habilidosa bardo y negociadora, habría intentado salir de la situación a base de hablar. La nueva Gabrielle ni se lo pensó, y en un abrir y cerrar de ojos tenía la katana en una mano y el chakram en la otra.

Los hombres se echaron a reír, asombrados por la osadía de la mujer que tenían delante. Sin saber que los comprendía perfectamente, y no sólo por los crudos gestos con los que le habían exigido el pago, un hombre le comentó a otro lo que iba a hacer para darle una lección a esta mujer descarada.

Cuando sus palabras apenas habían terminado de salir de su boca, su cabeza cayó al suelo. Su cuerpo permaneció erguido uno o dos segundos más hasta que se desplomó. En el silencio que siguió, los cinco hombres restantes valoraron la situación y a la guerrera solitaria. Decidiendo que no podría con todos a la vez, la atacaron con entusiasmo, intentando enterrarla bajo su peso.

Gabrielle movió la katana hacia delante y de lado, regodeándose en el dulce olor cobrizo de la sangre que cayó sobre su piel, casi toda al descubierto, y se lamió el especiado sabor salado de los labios. Se había vuelto a poner su vestimenta de terciopelo rojo al partir de la posada y ahora se alegraba de ello... por distintas razones.

Con la mano izquierda blandió el chakram trazando un amplio arco y alcanzó en la garganta al tercer hombre. Éste soltó su último aliento con un gorgoteo.

Los tres hombres que quedaban miraron a Gabrielle como si estuviera poseída por los demonios e intentaron retroceder. Gabrielle sintió que la sed de sangre cantaba en sus venas y sonrió.

—¿Algún problema, chicos? ¿Es que una sola mujer es un poquito excesivo para vosotros? —dijo con un susurro que les provocó escalofríos por la espalda.

No entendían sus palabras, pero la intención estaba clara. Antes de que pudieran decidir si iban a luchar o huir, Gabrielle cayó sobre ellos, liberando el dolor y la rabia que sentía. No tardó mucho y al final, seis chinos yacían muertos y la guerrera cubierta de sangre limpió sus armas y reemprendió su viaje.


Cuando se hizo de noche, Gabrielle empezó a buscar un sitio donde acampar. Se había topado con otros dos grupos de salteadores, y cada encuentro había terminado de la misma manera. Quería sentir tristeza por esas muertes innecesarias, pero lo único que lograba sentir era satisfacción. Curiosamente, no tenía mucha hambre, aunque no había comido.

Encogiéndose de hombros, encontró un lugar tranquilo alejado del camino y cerca de una charca. Comprobó el agua y cuando se convenció de que no estaba estancada, se quitó la ropa y se metió para lavarse.

Tardó unos minutos en quitarse la sangre de encima, pero lo hizo con indiferencia, luego cogió su ropa de terciopelo rojo y la lavó bien. Salió del agua y se estremeció un poco por la ligera brisa. Sacó una camisa de su zurrón y se la puso, luego colgó su ropa de los matorrales cercanos para que se secara. Gabrielle encendió una pequeña hoguera, agradeciendo el calor más que la luz. Calentó agua para hacerse té y se envolvió en las pieles de dormir, sin percatarse siquiera del momento en que pasó de la vigilia al sueño.

Los siguientes días marcaron el inicio de una rutina que continuaría durante las siguientes lunas. Gabrielle se levantaba temprano y comía, luego seguía avanzando por el camino del río. Algunos días, se encontraba con bandidos y se sentía curiosamente repleta después de acabar con cada banda. Otros días los pasaba en los pequeños pueblos o aldeas que cruzaba, ayudando donde podía... construyendo un establo, cuidando de los enfermos, reconstruyendo después de un ataque. Cosas sencillas que le recordaban que seguía viva y que siempre había gente necesitada de ayuda.

Poco a poco, los días se transformaron en semanas y las semanas se convirtieron en una luna y luego en dos. Por fin, tras casi tres lunas de viaje por las tierras de Chin, Gabrielle acabó convencida de que Eva no estaba en el país. Había llegado a las montañas sin encontrar rastro alguno del mensaje o la mensajera.

Estudiando el mapa, Gabrielle se dio cuenta de que la India estaba al otro lado de la cordillera, y decidió que estaba harta de Chin. De modo que se preparó e hizo acopio de provisiones para cruzar las montañas y entrar en la India.


Fue un arduo viaje, pero Gabrielle agradecía el esfuerzo. Tenía que estar totalmente concentrada, y eso era especialmente bueno cuando su sed de sangre volvía por sus fueros. Apenas tenía tiempo de preguntarse a qué se debía, y mucho menos de satisfacerla. El frío y la sed no tardaron en apoderarse de ella y cuando entró en un mundo que parecía un producto de su locura, se entregó a él.


Al abrir los ojos por primera vez, Gabrielle estaba convencida de que había pasado a los Campos Elíseos. En lugar del viento frío y lacerante y el azote doloroso de la nieve que se esperaba, la temperatura era agradable y el clima templado. Parpadeando, se dio cuenta de que estaba en una habitación y en una cama blanda. Se incorporó y advirtió por primera vez que estaba limpia y desnuda. Eso no le preocupó, pero sí que le despertó la curiosidad, de modo que Gabrielle se envolvió en la sábana y fue a la ventana. La abrió y se quedó contemplando... sus ojos verdes parpadearon varias veces. La hierba era exuberante y verde y las flores restallaban de fragancia y color. Había gente bien vestida que paseaba por un mercado lleno de toda clase de cosas interesantes.

Gabrielle arrugó confusa la frente. No recordaba que en los Campos hubiera un mercado. Un golpe en la puerta la sacó de sus reflexiones.

Una cabeza llena de rizos asomó por la puerta tras la segunda llamada, y por un momento Gabrielle creyó que era Ephiny. Sacudió la cabeza intentando quitarse la confusión de encima al tiempo que le hacía un gesto a la mujer para que entrara.

—Hola, joven —la saludó la alegre voz—. Bienvenida a Shangri La.

Gabrielle volvió a arrugar el entrecejo. El nombre le sonaba mucho, pero no sabía de qué. ¿Era un mito que había oído? ¿Un cuento de viajeros? Se encogió de hombros mentalmente. Ya se acordaría. Solía hacerlo. Gabrielle volvió a prestar atención a la mujer.

—...Manassa, así que dime si te puedo ayudar, ¿de acuerdo, querida? —Sin esperar respuesta, Manassa continuó—. Aquí tienes tu ropa. Está limpia y arreglada. —Gabrielle fue a coger su monedero—. Oh, es gratis, querida. Podemos hacer cuentas más tarde. ¿Tienes hambre?

Gabrielle se lo pensó y asintió.

—Bien, te dejo para que te vistas y luego nos ocuparemos de darte de comer. —La mujer se fue antes de que Gabrielle tuviera oportunidad de darse cuenta de que se había ido.


Los siguientes días transcurrieron algo confusos para Gabrielle. La gente había hecho que se sintiera muy bien acogida, sin esperar más de ella que lo que ofrecía. Aquí había una relajación, una paz, que impregnaba toda la vida, y Gabrielle descubrió que una parte de sí misma deseaba poder quedarse y disfrutar de ella. La mayor parte de sí misma se estaba poniendo cada vez más nerviosa, intentando controlar una necesidad que aún no comprendía.

En la mañana del noveno día después de su llegada a la pequeña aldea, Gabrielle recogió sus cosas. Sabía que tenía que marcharse antes de que el fuego que tenía en la sangre se manifestara físicamente. Manassa la miró con gran tristeza.

—Espero que encuentres la paz, joven guerrera —dijo suavemente al tiempo que aceptaba una pequeña cantidad de dinero de Gabrielle. Habían discutido sobre esto... Gabrielle con movimientos silenciosos y duros, Manassa con palabras tranquilas y sencillas. Habían llegado a un acuerdo aceptable para las dos y ahora Gabrielle estaba ansiosa por marcharse de la pequeña aldea antes de descargar su rabia sobre las personas inocentes que vivían allí.

Gabrielle asintió agradeciendo sus palabras y de repente se echó hacia delante para rozar con los labios la mejilla de Manassa. Luego salió por la puerta sin mirar atrás y se dirigió a la cordillera del sur y a la India, que estaba al otro lado.


Una vez más, el frío tremendo acabó con todos los pensamientos y la concentración que tenía y lo último que pensó Gabrielle antes de sucumbir fue que jamás le comunicaría a Eva la muerte de Xena.


Cuando se despertó esta vez, fue por el aroma familiar del curry y con un firme colchón de paja bajo el cuerpo. Se incorporó y miró a su alrededor, con la esperanza de descubrir algo que le indicara dónde estaba, preguntándose si su anterior experiencia había sido producto de la imaginación de una loca.

Sus movimientos alertaron al joven que la cuidaba y que asintió a la joven que estaba en la habitación con él antes de darle una taza e indicarle que bebiera. Luego habló en el suave idioma hindú que Gabrielle reconoció por sus viajes de veintiséis ciclos antes.

—Descansa, Guerrera del Dragón. Hemos llamado a la mensajera.

Gabrielle se relajó, con la esperanza de que la parte difícil de su viaje estuviera casi terminada. Se sumió en un sueño ligero y no se despertó cuando Eva entró en la habitación. A Eva se le llenaron los ojos de lágrimas al ver su palidez y su delgadez casi esquelética, pues sabía que la soledad de Gabrielle sólo podía querer decir una cosa. Eva asintió dando las gracias al joven y éste lo tomó por la despedida que era. Luego Eva se sentó en una silla junto a la cama de Gabrielle y esperó a que se despertara de nuevo.


Capítulo II


Poco a poco, más despacio de lo que se esperaba, Gabrielle notó que subía de nuevo hacia la luz, y se sintió a la vez ansiosa y temerosa de despertar. Estaba bastante segura de que la otra persona que estaba en la habitación con ella era Eva, y ahora que de verdad tenía que decirle lo de su madre, Gabrielle sintió que las lágrimas que no había derramado desde hacía tres lunas empezaban a manar.

Eva percibió la angustia de Gabrielle y se arrodilló al lado de la cama. No habló, sino que se limitó a sujetar la mano de alguien que podría haber sido otra madre para ella si el destino las hubiera tratado a todas de una forma un poco distinta. Se preguntó si Gabrielle la consideraría una amiga.

Las cosas siempre habían estado un poco tensas e incómodas entre ellas, aunque habían intentado superarlo por el amor que las dos sentían por Xena. Ahora era ese amor lo que las uniría o las separaría para siempre.

Gabrielle sintió que Eva le cogía la mano, y la tierna bondad del gesto la hizo llorar aún más. Se hizo un ovillo, y a Eva se le llenaron los ojos de lágrimas de compasión. Sin pensárselo, cogió a la pequeña mujer en sus brazos y la estrechó con fuerza hasta que Gabrielle dejó de temblar.

Eva besó ligeramente el pelo rubio y luego depositó a Gabrielle a su lado y cogió las manos callosas con las suyas, más suaves. Reconoció los callos producidos por las armas y cerró los ojos. Sólo una cosa la habría llevado a elegir una espada, después de tanto tiempo, pensó Eva con seriedad.

—Gabrielle —dijo suavemente, sin comprender el estremecimiento que recorrió el cuerpo de la otra mujer al oír su nombre. Gabrielle cerró los ojos e intentó recuperar el equilibrio—. Gabrielle, sé que has venido para decirme que mi madre ha muerto... ¿verdad? Es la única razón que se me ocurre para explicar que estés aquí sola.

Gabrielle asintió con la cabeza, incapaz durante largos segundos de mirar a los ojos azules que le recordaban cuánto había perdido.

—¿Me puedes decir qué pasó? —Eva se detuvo, al ver con suma claridad la agonía que había en los ojos verdes que por fin se encontraron con los suyos—. Sé... sé que la querías, Gabrielle, más que a nada en el mundo, igual que ella te quería a ti. —Gabrielle se estremeció visiblemente, pero Eva continuó—. Si las cosas hubieran sido distintas, habríamos sido una familia. Yo la quería, porque era mi madre, y sabía que ella también me quería. Y la echaré de menos, pero más por lo que podría haber sido que por lo que fue.

Gabrielle comprendió lo que estaba diciendo Eva. Era casi lo que se esperaba, dado el poco tiempo que madre e hija habían pasado juntas antes de que Eva emprendiera su viaje a Oriente. Se habían unido y hasta se habían hecho amigas, pero su pena no era la pérdida abrumadora de un alma gemela con la que vivía Gabrielle.

Gabrielle se quedó callada tanto tiempo que Eva se sintió obligada a hablar.

—Gabrielle, no puedo ni imaginarme cómo te sientes, pero estoy aquí si necesitas hablar. Aunque por ahora, me gustaría que bebieras esto y descansaras un poco. —Le pasó una taza a Gabrielle—. Podemos continuar hablando más tarde.

Gabrielle obedeció sin protestar y fue entonces cuando Eva se dio cuenta de qué era lo que le parecía tan raro... aparte de lo evidente. Gabrielle aún no había dicho una palabra.

Eva esperó pacientemente a que Gabrielle se terminara la poción que le había dejado el sanador y luego se sentó a su lado hasta que notó que la pequeña guerrera se sumía en un profundo sueño. Entonces se levantó y fue a su propia habitación, cerrando la puerta antes de llamar a la amiga divina de Gabrielle.


—Afrodita, diosa del amor y amiga de mi madre y Gabrielle, te ruego que me concedas una audiencia.

—¡Hola, chati! ¿Qué hay?

Eva se apartó de la ventana y miró a la diosa que ahora estaba plantada en un círculo de pétalos de rosa con su ligerísimo atuendo rosa. Dita sonrió y sacudió su melena rizada.

—¡Hola, Eva! Cuánto tiempo sin hablar. ¿Todavía estás con el rollo ese del Dios único?

—¡Hola, Afrodita! Sí, sigo en ello, así que gracias por venir.

—¡Qué pena! —La diosa se dejó caer en la cama de Eva y frunció el ceño con aire de suprema incomodidad—. ¡Uuuh! ¡Qué horror! —Chasqueó los dedos y al instante se encontró en su cómodo diván—. Ah, mucho mejor —suspiró—. Bueno, ¿qué pasa para que me llames a mí en vez de a Eli? —preguntó con seriedad.

—Te he pedido que vengas por Gabrielle. Una vez me dijo que eras su amiga.

Ahora Eva tenía toda la atención de Dita.

—Me gustaría pensar que lo sigo siendo.

Eva se sentó en el diván al lado de la diosa y la miró directamente a los ojos.

—Bien. Entonces puedes decirme qué le pasó a mi madre y por qué Gabrielle ya no habla.

A Afrodita se le dilataron los ojos.

—¿Cómo que qué le pasó a...? —Se le apagó la voz y se quedó contemplando el vacío—. Eso explicaría por qué Ares... —murmuró por lo bajo y luego cogió a Eva de la mano—. Vamos, nena. Tenemos cosas que hacer.

—Ah... pero... Afr... —Pero eso fue todo lo que logró decir cuando las dos desaparecieron con un estallido de chispas.


Su última visita al Olimpo había sido un desastre de tal calibre que Eva no se sintió muy relajada cuando se dio cuenta de dónde estaban. Afrodita se percató bien rápido.

—Tranqui, nena. —Había tristeza en sus ojos antes de posarlos en Eva—. No vamos a ir a la sala de audiencias. Ninguno de nosotros ha estado allí desde...

Eva puso la mano con delicadeza en el brazo de Dita y la miró con compasión.

—Afrodita, lo siento. Lo que ocurrió...

—Lo que les ocurrió fue culpa suya totalmente. Ares y yo intentamos advertírselo... intentamos detenerlos, pero no nos hicieron ni caso. Pagaron al máximo por su arrogancia. A lo mejor algún día lo pillan. —Eva la miró confusa, pero Dita continuó—. Éste es mi cuenco de las visiones. —Indicó el objeto—. Podemos ver nosotras mismas qué es lo que le ha pasado. —Miró a Eva—. ¿Sabes cuándo sucedió?

Eva hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No, pero tiene que haber sido hace un par de lunas o así. No es más que músculos y huesos. Y tiene las manos callosas, como si llevara un tiempo luchando.

—Bueno, pues te aseguro que no ocurrió por aquí, porque si no, yo lo habría visto. Deja que enganche este trasto a la red divina mundial. Así podremos buscarla en cualquier parte y en cualquier momento.

Dita hizo unos ajustes y movió varias cosas, pasando la mirada de la parte trasera del cuenco de las visiones a la pared donde se reflejaba la imagen.

—Eva, tú echa un ojo a la imagen, ¿quieres, chata? No tengo que hacer esto muy a menudo y nunca me acuerdo... —La diosa del amor se agachó en la parte de detrás, murmurando por lo bajo.

—¡Alto! —gritó Eva, haciendo que Afrodita se chocara con la pared. Levantó la cabeza para mirar malhumorada a Eva—. Lo siento, pero así está perfecto.

Dita se apartó del cuenco, frotándose la cabeza con delicadeza al tiempo que se trasladaba a la cama para sentarse. Agitó una mano, apareció una bandeja y sirvió una copa de vino para cada una.

—Bueno, ¿hasta dónde crees que deberíamos retroceder?

—Mm, Afrodita, ¿no deberíamos empezar primero por el aquí y ahora?

—¡Oh, qué tonta! —Miró a su alrededor y luego cogió la cajita que estaba en la mesilla de noche. La apuntó hacia el cuenco de las visiones, pero no pasó nada. Dita la miró de cerca y luego apuntó de nuevo—. ¡Pero qué mal rollo! Nunca dejes que un hombre enrede con los juguetes, nena, sobre todo si es un dios. Después nunca funcionan bien. —Le dio unos golpecitos con la mano y se sintió muy satisfecha cuando la imagen pasó a Gabrielle, y luego se quedó espantada al ver el estado en el que se encontraba su amiga—. Oh, pero... ¿Gabrielle?

A Afrodita se le llenaron los ojos de lágrimas y alzó la mano para taparse la boca.

—Oh, Gabrielle —dijo en voz baja—. A ver qué podemos hacer. —Miró a Eva—. ¿Dos lunas, has dicho?

Eva asintió.

—Al menos, eso creo. Lo que le ha pasado es algo que requiere tiempo.

—Muy bien, eso sería... —apuntó la cajita y Eva vio un torbellino de imágenes que iban pasando hacia atrás—, ...como por aquí. —Dita pulsó la cajita, pero no ocurrió nada. Pulsó dos veces más y siguió sin ocurrir nada. Irritada, le dio un buen golpe y las imágenes empezaron a proyectarse hacia delante a cámara lenta.

—Mm, Afrodita, no quiero poner en duda tus métodos, pero ¿por qué no agitas las manos o chasqueas los dedos o algo así? ¿No sería más fácil?

—Sí, pero las instrucciones sobre el uso de la red divina mundial dicen que se use la caja, y eso hago. —La sacudió y la imagen recuperó la velocidad normal. Entonces casi deseó que no fuera así. Gabrielle estaba rodeada de bandidos y, sin embargo, los abatía a mandobles con la misma indiferencia que si hubieran sido matorrales. Dita carraspeó—. Tal vez deberíamos buscarlas a Xena y a ella juntas.

Las imágenes volvieron a retroceder a toda velocidad y Dita se perdió el momento final en el Monte Fuji. En cambio, las vio en la casa de té, en el momento en que Xena le enseñaba el pinzamiento a Gabrielle.

—Para —dijo Eva en voz baja—. Esto es importante.

De modo que se quedaron mirando, experimentando en directo el horror de Gabrielle. Cuando llegaron a lo del cuerpo decapitado de Xena, Eva susurró:

—Basta, por favor.

Atónita, Dita obedeció. Desconectó el cuenco de las visiones y la red divina mundial introdujo un marcador donde lo habían dejado, hecho que resultaría crucial con el paso del tiempo.

Eva tenía la cara bañada en lágrimas cuando miró a Afrodita.

—Dios mío... qué espanto. No me extraña que Gabrielle esté prácticamente destrozada por esto. Yo casi no conocía a mi madre y me siento como si me estuvieran arrancando las tripas. Lo eran todo la una para la otra.

—Xena se lo ha montado super de pena —comentó Afrodita a la ligera, secándose las lágrimas de los ojos—. Va a tener que superpagar por este mal rollo —murmuró—. Volvamos con Gabrielle. Tengo algo que puede que la ayude hasta que consiga encontrar una solución para esta movida tan cutre.

Desaparecieron, dejando tan sólo un rastro de pétalos de rosa tras ellas.


Gabrielle se despertó al notar unos dedos suaves que le acariciaban el pelo, y por largos instantes se perdió en los recuerdos que le traía esa sensación. Entonces se dio cuenta de que la caricia no era la auténtica y la realidad volvió a estrellarse sobre ella. Abrió los ojos y vio lágrimas en los ojos azules que la miraban.

—¿Cómo vas, peque? —preguntó Afrodita suavemente. Interrumpió las caricias cuando Gabrielle se incorporó, pero dejó la mano sobre el brazo musculoso. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no encogerse al ver los cambios evidentes que la muerte de Xena le había supuesto a su amiga—. Lo siento, Gabrielle. Acabo de enterarme, si no habría venido antes.

Gabrielle no contestó ni lloró, pero le echó a la diosa los brazos al cuello y la abrazó con todas sus fuerzas. Dita dio gracias por un intante a su inmortalidad: de lo contrario, la fuerza del abrazo habría resultado dolorosa.

Gabrielle estuvo aferrada a ella largo rato y ninguna de las dos se enteró cuando Eva salió por la puerta para dejarlas a solas. Por fin, se separaron y Afrodita colocó dos dedos bajo la barbilla de Gabrielle, obligándola a alzar los ojos verdes para que miraran a los suyos. Esta vez sí se encogió y cerró los ojos un momento cuando la profundidad del dolor de Gabrielle se encontró con su mirada.

—Tengo un regalo total para ti —dijo la diosa alegremente, pero Gabrielle notó el esfuerzo que hacía Dita para mantener la fachada. Alzó una mano temblorosa hasta la cara de Dita y sonrió desolada. Dos lágrimas se derramaron de los ojos de Afrodita y cayeron inadvertidas a la cama. La diosa alargó la mano y en ella apareció un anillo. Se lo ofreció a Gabrielle—. He visto un poco de lo que te ha traído hasta aquí. Me gustaría que llevaras esto. Es mi talismán... te señalará como elegida mía y te dará protección mientras viajas. —Observó el rostro de Gabrielle atentamente y Gabrielle le quitó despacio el anillo de los dedos. Miró interrogante a Dita y la diosa contestó—: Hasta ahora nunca lo habías necesitado.

Gabrielle meneó la cabeza e intentó devolvérselo. Las manos de Afrodita cerraron la de Gabrielle sobre el anillo.

—Por favor. Tienes que dejar que te ayude. ¡Esto está mal y necesito tiempo para encontrar las respuestas!

La bardo nunca había visto a Dita tan tajante ni tan turbada. Miró largamente a la diosa a los ojos y por fin halló la respuesta que buscaba. Entonces asintió aceptando.

Afrodita sonrió.

—Gracias, chati. Bueno, ¿quieres un viaje supertotal de vuelta a Grecia o...?

Se interrumpió y Gabrielle tardó un momento en adaptarse y darse cuenta de que Dita había vuelto a su actitud típica para hacer frente a las cosas con menos seriedad. Ella lo entendía mejor que la mayoría. Afrodita ocultaba la profundidad de sus sentimientos y su inteligencia tras la fachada de rubia descerebrada. Gabrielle hizo un gesto negativo con la cabeza y Afrodita asintió comprensivamente.

—¡Chachi! Yo tengo que investigar unas cosas, así que tú quédate aquí en plan tranqui con Eva o lo que quieras y nos vemos pronto en Grecia, ¿vale?

Gabrielle asintió de nuevo, casi segura de que había entendido lo que había dicho Dita. El tiempo lo diría.

—¡No te quites el anillo, nena! ¡Nos vemos! —Y la diosa desapareció con una lluvia de pétalos.

Gabrielle cogió uno y lo frotó entre los dedos, meneando la cabeza con una sonrisa. Se puso el anillo en el dedo corazón y luego cambió de postura, frunciendo el ceño cuando algo duro se le incrustó en la delicada carne de la pierna. Levantó la mirada al oír que llamaban a la puerta y luego volvió a concentrarse en el camastro, palpando con las manos para descubrir qué era lo que la estaba pinchando.

Sus manos dieron con los objetos justo cuando se abrió la puerta y cerró el puño a su alrededor y posó la mirada en Eva, que asomaba la cabeza titubeante. Se quedaron mirándose largos instantes y por fin Eva rompió el cuadro y se acercó a Gabrielle. No se sentó en la cama, sino que se arrodilló en el suelo a los pies de Gabrielle.

Se contempló las manos que tenía en el regazo y luego miró a Gabrielle a los ojos.

—Sé lo que pasó —dijo suavemente—. Por lo menos en parte. Pero me gustaría que me contaras toda la historia. ¿Crees que podrías...?

Gabrielle se quedó mirándola, con los puños apretados por los recuerdos, y luego bajó la vista, los abrió y cayó en la cuenta de qué era lo que la había estado molestando. Lágrimas de Afrodita, pensó, contemplando los dos grandes diamantes que ahora tenía en la mano. Miró de nuevo a Eva, cuyo rostro había adoptado una expresión paciente y comprensiva. Merece saber toda la verdad, decidió Gabrielle. Asintió con la cabeza.

Eva se incorporó de rodillas y rozó la mejilla de Gabrielle con los labios.

—Gracias. Te dejo para que te vistas y luego ¿tal vez querrás cenar conmigo? —Esperó a que Gabrielle asintiera—. El baño está ahí al lado, si prefieres darte un baño caliente primero. —Vio una levísima chispa en los ojos de Gabrielle—. Vendré a buscarte dentro de media marca o así, ¿te parece bien?

—Gracias, Eva.

No hubo sonido alguno, pero eran las primeras palabras formadas por los labios de Gabrielle desde la muerte de Xena. Era un pasito ínfimo, pero era un paso en la dirección adecuada.


Gabrielle pasó una luna casi completa con Eva. Fue mucho más tiempo del que había planeado quedarse, pero descubrió que el relato de la historia de Xena le resultaba tan extenuante que Eva sólo le permitía susurrar partes breves de la historia antes de mandarla a descansar y recuperarse.

Gabrielle pasaba gran parte de su tiempo libre con Eva meditando o entrenando. Intentaba seguir un horario que no molestara a las demás personas que había en el recinto, pero había muchas ocasiones en que Eva se despertaba en mitad de la noche y encontraba a Gabrielle en el patio, moviendo la katana con precisión mortífera.

Al cabo de once noches seguidas en la misma tónica, Eva decidió tomar medidas. Como sabía que Gabrielle dormía poco y comía menos, Eva decidió apoyarse en sus propios puntos fuertes para asegurarse de que Gabrielle obtenía por fin el descanso que tan desesperadamente necesitaba.

Esa mañana, Gabrielle había llegado a la parte de su historia donde encontraba el cuerpo decapitado de Xena, y se había marchado de repente de la habitación con la cara bañada en ardientes lágrimas de rabia. Eva no intentó buscarla inmediatamente, pues estaba reviviendo la horrible visión que la atormentaba desde que la había visto con Afrodita. Sólo podía imaginarse hasta qué punto serían más intensos los sentimientos de Gabrielle, que había vivido de verdad ese momento traumático.

En cambio, Eva fue a su habitación y buscó respuestas mediante la oración y la meditación. Se le apareció Eli y estuvieron hablando varias marcas, hasta que Eva se sintió preparada para tomar las medidas necesarias para ayudar a Gabrielle. Eli la bendijo y la instó a descansar, cosa que hizo, hasta que cayó la noche. Entonces cogió la espada que le había dejado Eli y salió al patio a esperar la llegada de Gabrielle.

Gabrielle no la decepcionó. En el momento en que la luna alcanzaba su cenit, salió de las sombras de su puerta y se adentró hasta el centro de la blanda extensión de hierba. La katana emitió apenas un susurro al abandonar su vaina y al instante Gabrielle estalló en un violento frenesí de movimientos.

Eva observaba desde las sombras y esperaba pacientemente, eligiendo con cuidado el momento preciso para entrar en la refriega. Gabrielle ni siquiera parpadeó cuando su enemigo imaginario se transformó en un ser humano viviente ante sus ojos. Se limitó a aumentar la intensidad y sus ojos se iluminaron con un brillo feroz.

Eva se estremeció al ver la expresión conocida pero olvidada que se apoderaba de los ojos de Gabrielle, y supo entonces que este combate era bien real. Eva apeló a una faceta de su ser que no veía la luz desde hacía mucho tiempo y notó que la parte de sí misma que era Livia respondía al desafío de Gabrielle.

El combate prosiguió durante varias marcas, y sólo porque Eva estaba en mejores condiciones físicas consiguió por fin dejar inconsciente a Gabrielle en el suelo. Ella misma descansó un buen rato y luego se apartó el pelo empapado en sudor de los ojos y se levantó con las piernas temblorosas.

Inesperadamente, Eli apareció ante ella y se arrodilló para coger a Gabrielle en brazos. Eva recogió la katana y lo siguió hasta la habitación de Gabrielle.

Gabrielle estuvo dos días durmiendo mientras Eva observaba y esperaba. Cuando se despertó por la mañana del tercer día, fue como si hubiera doblado una esquina. Comió decentemente y aunque seguía sin hablar, salvo para reanudar en un susurro la historia de Xena que le estaba contando a Eva, paseó un poco por los jardines y luego regresó para dormir más.

Eva consiguió entrenar un poco más con ella, pero no tardó en darse cuenta de que había tenido mucha suerte de que Gabrielle hubiera estado agotada aquella primera noche. La habilidad de Gabrielle había superado a la suya, y la única razón de que no acabara sangrando o muerta era porque Gabrielle desviaba las estocadas mortales. Pero sí que acabó con unas buenas contusiones.

Cuando ya llevaba allí tres cuartos de luna, el relato terminó y Gabrielle se sintió preparada para seguir adelante. Todavía estaba resuelta a llevar los restos de Xena a Anfípolis, pero ahora agradecía todo el tiempo que había pasado con Eva. La incomodidad había desaparecido y habían forjado una amistad que las dos iban a cuidar a pesar de la distancia.

Gabrielle guardó sus cosas en su zurrón y se lo colgó del hombro y luego salió en busca de Eva. Ésta la esperaba en la cocina del recinto.

—Gracias por estar aquí, Gabrielle, y por compartir esa historia conmigo. Sé que no ha sido fácil, pero creo que las dos necesitábamos oírla. —La bardo no contestó y Eva continuó—: Ven —dijo, cogiendo una gran bolsa—. Tengo una cosa para ti.

Gabrielle siguió a Eva por la puerta hasta los establos. Allí había un caballo que le recordaba tanto a Guapo que casi se echó a llorar. Se volvió para posar en Eva los pasmados ojos verdes. La mensajera se encogió de hombros.

—Llegó por su cuenta justo antes que tú. No se marchaba y tampoco dejaba que lo montara nadie. Después de nuestro combate del otro día, no ha dejado de mirarte. Creo que ha venido en tu busca.

Gabrielle se acercó al caballo, que la saludó casi con cariño. Volvió con Eva y alargó los brazos, dejándose abrazar al mismo tiempo.

—Gracias —susurró Gabrielle al oído de la mujer más alta—. Por todo.

—Cuídate, Gabrielle. Te quiero.

La respuesta de Gabrielle fue otro breve abrazo, luego volvió con el caballo y se montó en él. Chasqueó la lengua, apretó las piernas y Guapo salió del recinto. Gabrielle se detuvo en la entrada, se volvió y saludó a Eva agitando la mano. Luego se alejó por el camino sin mirar atrás.


Afrodita, mientras, había regresado al Olimpo para encontrar algunas respuestas. Lo primero que hizo fue observar toda la trágica historia de principio a fin. Entonces averiguó lo que había llevado a Xena y a Gabrielle hasta Japa y retrocedió e investigó un poco sobre Akemi. Lo que descubrió la enfureció, y emprendió un rápido viaje para visitar a sus equivalentes asiáticos.

Dita explicó su problema, y descubrieron que Xena no estaba en su inframundo. Decidieron que Akemi debía ser castigada por su engaño y Dita se dio por satisfecha al saber que se haría toda la justicia posible. Aunque no estaba segura de que Gabrielle fuera a estar de acuerdo, sobre todo porque Xena parecía haber desaparecido por completo.

La diosa del amor regresó al Olimpo y se lanzó a buscar a otros dioses. Primero fue en busca de Hades.

—¡¡HADES!! —Esperó un segundo y luego vociferó de nuevo—: ¡¡Tío Hades!! —Apareció en los dominios de Hades, pero a él no se lo veía por ninguna parte. Se enredó las manos en el pelo y abrió la boca, pero la detuvo una voz suave que sonó detrás de ella.

—No está aquí, Dita. Ahora pasa el tiempo en Roma como Plutón. Ya lo sabes.

—Hola, Perséfone. ¿Qué haces aquí?

Perséfone se encogió de hombros.

—Regreso de vez en cuando para comprobar que las cosas van bien por aquí. No podemos volver al Olimpo, al menos por un tiempo, pero para mí esto siempre será mi hogar más que Roma. Hades juzga ahora a las almas griegas y romanas desde Roma, y no está muy contento con la sobrecarga de trabajo que tiene.

—¿Crees que podría concederme un momento? Tengo un problema.

—Dita, nos encantaría que vinieras a vivir a Roma. Te echamos de menos.

Afrodita sonrió con tristeza.

—Yo también os echo de menos, pero alguien se tiene que quedar aquí a vigilar las cosas. Además, detesto Roma. Me paso por allí de vez en cuando, pero no puedo quedarme mucho tiempo. No es mi casa.

—Oh, chati, eso es como supercierto.

Dita soltó una risita al oír lo que acababa de salir de boca de su modosa prima.

—Ten cuidado, Sefi. Que te van a acusar de tener tendencias superrubias totales.

Las dos se echaron a reír.

—Venga, Dita. Vamos a ver a Hades.

—¿No es Plutón?

—Bueno, lo que sea.

La estancia resonó con su risa cuando desaparecieron con un remolino de chispas y pétalos.


—Psss... Ha... mm, digo, Plutón. ¿Puedo hablar contigo en privado un momento? —preguntó Perséfone en voz baja. El dios del inframundo asintió y se alzó.

—El juicio se reanudará dentro de una marca —dijo, y se metió en la zona que era su vivienda privada. Cogió a su esposa entre sus brazos y la besó hasta que los arrullos y risitas de Afrodita los obligaron a separarse, sonrojados.

—Hola, Afrodita.

—Hola, tío. Qué pareja tan rica hacéis. Un auténtico anuncio ambulante de la conexión amorosa.

—Ejem, sí. Bueno, aunque me alegro mucho de verte por aquí, estoy seguro de que no has venido a hablar de nuestra vida amorosa. ¿En qué puedo ayudarte?

Afrodita se puso seria al instante.

—Tío, ¿has visto a Xena?

—¿Cómo que si he visto a Xena? —preguntó Hades sin saber a qué se refería—. No ha pasado por aquí para ser juzgada, si es eso lo que preguntas.

Dita suspiró y se le hundieron un poco los hombros.

—Vale, gracias. Supongo que tendré que seguir buscando.

—¿Buscando? —Hades se calló cuando Perséfone le puso una mano en el brazo.

—Luego te lo explico. —Se volvió hacia Dita—. ¿Te puedes quedar un poco?

—Ojalá pudiera. Voy a ver si averiguo qué ha pasado aquí y ya volveré para haceros una visita más larga. Si os enteráis de algo, decídmelo, ¿vale? —Desapareció antes de que pudieran decir una palabra.


A continuación, probó con Odín, quien, aunque no era amigo de Xena, prometió comunicárselo a Dita si la guerrera pasaba por su reino. Bajó incluso hasta Egipto y tuvo una conversación con Isis. Por fin, tras haber cubierto todas las bases que se le ocurrieron, Dita regresó al Olimpo y fue a hablar con Ares.


Gabrielle reanudó su viaje hacia el oeste y cruzó despacio los desiertos y las llanuras de Cachemira, Mesopotamia, Persia y Asiria, en dirección al Mar Mediterráneo.

Había descubierto que el anillo que le había dado Afrodita le dificultaba el manejo de las armas, de modo que se lo quitó y lo guardó en su zurrón junto con las cenizas de Xena.

Casi de inmediato, notó un cambio en su conducta, pero atribuyó el aumento de sus sentidos y de su cautela al hecho de estar sola en el camino. Su primer encuentro con unos bandidos la dejó con el corazón acelerado y la sangre en ebullición. Y acabó con siete hombres masacrados a sus pies.

Tras varias experiencias más, cada una de las cuales hacía arder su sed de sangre más que la anterior, encontró una tranquila posada donde pudo descansar y recuperar el equilibrio perdido. Gabrielle pasó un día casi entero meditando hasta que por fin se acordó del anillo y lo sacó de su zurrón. Se lo puso en el dedo y sintió literalmente que la sangre se le calmaba y se posaba. Se sentó, reanudó la meditación y consiguió concentrarse hasta tal punto que logró centrarse de nuevo.

Gabrielle reconoció de mala gana que iba a tener que adaptar su técnica de combate para poder llevar el anillo. Fuera cual fuese la protección que le ofrecía, iba a impedir que perdiera el control y la cabeza antes de llegar a casa.

Los días se convirtieron en lunas y por fin Gabrielle llegó al Mar Mediterráneo. Había tomado la decisión de cruzar hasta Grecia en barco. No le apetecía mucho, pero era la forma más rápida de llegar hasta allí. Y más que nada, Gabrielle estaba lista para volver a casa.


—¡ARES! ¡¡Ares!! ¿Dónde estás? —Dita estaba plantada en medio de uno de los templos griegos que le quedaban al dios y pegó una patada en el suelo con impaciencia. Pensaba que su hermano tendría por lo menos algunas de las respuestas que necesitaba.

Apareció con menos efectos teatrales de los que solía emplear.

—¿Qué pasa, Dita? Estaba en medio de una escaramuza en la frontera romana. —Intentó parecer enfadado, pero ella captó el cansancio y la profunda tristeza que había detrás de su pregunta.

Lo cogió de la mano.

—Ven, hermano. Tenemos que hablar.

Afrodita los trasladó a su salón del Olimpo y preparó una bandeja de golosinas y una frasca de vino.

—¿Quieres contarme la verdad, Ares? Sé que tú has tenido algo que ver con la desaparición de Xena. ¿Sabes dónde está?

Se le hundieron los hombros, pero no contestó inmediatamente. Ella se acurrucó a su lado y le cogió las manos. Luego lo miró a los ojos y habló con un tono más suave.

—Vamos, hermano. Cuéntamelo. Ya sé que ser a la vez un dios griego y romano es agotador. Yo también tengo que hacerlo, ¿recuerdas? En ese sentido, el resto de la familia salió bien librada. El Crepúsculo llegó a Grecia y Xena los "mató" para que el concepto del Dios único pudiera arraigar. Ellos se fueron a Roma y nosotros... bueno, qué pena que nadie salvo nosotros comprenda la verdad de todo ello, ¿eh?

Eso consiguió arrancarle una leve sonrisa.

—Sí.

—Así que cuéntamelo, ¿eh? No quedamos muchos en Grecia y tenemos que hacer piña. Sobre todo tú y yo. —Lo empujó con el hombro—. Eso lo averiguamos muy a nuestro pesar, ¿verdad?

Ares se estremeció por los recuerdos que le vinieron al oír la pregunta. Carraspeó.

—Ya lo creo. No fue una de las experiencias más agradables de mi larga vida.

Dita sonrió.

—Estabas muy mono de granjero.

Él intentó fulminarla con la mirada, lo intentó de verdad, pero la sonrisa de ella y el brillo pícaro de sus ojos eran irresistibles.

—¡Mmf! —fue lo único que dijo, pero sirvió una copa de vino para cada uno y Dita puso la bandeja en una mesa cercana.

—Ponte cómoda, hermana. Esto es un poco difícil de explicar.


PARTE 2


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