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amor mío, sabes que eres mi mejor amiga.
sabes que haría cualquier cosa por ti
y amor mío, no dejes que nada se interponga entre nosotras
mi amor por ti es fuerte y verdadero...
y ahora estás durmiendo apaciblemente,
yo estoy despierta y rezo
para que mañana seas fuerte
y veas otro día
y lo alabaremos
y amaremos la luz que provoca una sonrisa
en tu cara...

—de Hold On, de Sarah McLaclan. Publicado por Sony/ATV Songs LLC, Tyde Music (BMI). Tal y como aparece en su CD Mirrorball, Copyright 1999, Artista Records, Inc.


Xena vio cómo se cerraba la puerta detrás de su hermano y Gabrielle y se sentó en una banqueta de la barra soltando un suspiro. Cogió su taza de té y bebió pensativa. Por un lado, se alegraba de que su compañera hubiera aceptado la carga de revelar a Toris la noticia sobre su relación. A Xena no le apetecía nada. Ni siquiera sabía qué iba a pensar él, aunque eso no le importaba en último término. Era la posible incomodidad lo que temía más que nada. Llevaba más de catorce años sin tratarse mucho con su hermano, desde que se marchó de Anfípolis para crear su primer ejército. Había pasado mucho tiempo y habían sucedido muchas cosas. La gente cambia, pensó la guerrera. Yo he cambiado mucho. Por otro lado, le habría encantado escuchar la conversación entre Toris y su amante.

Unos clientes de la aldea que venían a desayunar abrieron la puerta de la posada y cruzaron el umbral. Era una pareja de ancianos y Xena los reconoció vagamente de su infancia, aunque no recordaba cómo se llamaban. Los dos se detuvieron un momento y la miraron con aire sobresaltado, pero luego inclinaron la cabeza saludándola y fueron a una mesa al lado de una de las ventanas y se sentaron. Xena consiguió sonreír levemente e inclinó ligeramente la cabeza a su vez. Cirene volvió a la sala principal desde la cocina con dos platos de jamón, pan y huevos, junto con una jarra de té caliente, todo lo cual dejó en la mesa de la pareja. Tras charlar amablemente un momento con ellos, fue a la barra y se sentó al lado de su hija.

—¿Qué te pasa, cielo? No estarás preocupada por Toris y Gabrielle, ¿verdad? Si lo estás, te puedo decir que te preocupas innecesariamente. Esa chica está coladita perdida, cielo, y es por ti.

Xena se sonrojó y bebió otro trago de té antes de levantar la mirada.

—No. No estoy preocupada. La verdad es que no. Sabes, madre, he viajado con Gabrielle por toda Grecia y varios países extranjeros, por tierra y por mar. Ni te cuento la de veces que he tenido que combatir o ahuyentar a los canallas que querían ligársela. Y eso era antes de que fuésemos... mm, pareja. Ahora que estamos juntas, o sea, juntas de verdad, —la guerrera sonrió—, el primer hombre que se la quiere ligar es mi hermano. No podemos ignorarlo y es evidente que él no se va a marchar. Supongo que lo que espero es que acepte bien la noticia.

—Oh, Xena, Toris es un chico abierto de mente. O un hombre, supongo que debería decir. Estará bien. Puede que se sienta decepcionado, pero creo que también se alegrará por ti. Nos hemos pasado muchos años preocupados por ti. Creíamos de verdad que te habíamos perdido para siempre. Ese día en que Gabrielle apareció aquí e impidió que los aldeanos te lapidaran y luego yo me di cuenta por fin de que de verdad querías cambiar de vida, ése fue uno de los días más felices de mi vida. Y ahora mírate. Eres feliz. Has dado la vuelta a tu vida. No paro de oír cosas buenas sobre ti. Y ahora estás enamorada. De alguien que es evidente que te quiere también con toda su alma. Es más de lo que esperábamos que tuvieras en toda tu vida. Sobre todo después de lo que pasó con tu padre. Sé que os dejé a ti y a tus hermanos solos mucho más de lo que debía, intentando dirigir esta posada y poner comida en nuestra mesa. No podía ser madre y padre, pero hice todo lo que pude.

La cara de la guerrera se nubló un poco y tragó saliva varias veces.

—Madre, ¿nuestro padre... intentó... intentó alguna vez... mm... sacrificar a Toris o a Lyceus a alguno de los dioses?

La posadera estudió la cara de su hija largamente.

—No, Xena, sólo a ti. Pero tú siempre fuiste especial. Eras más fuerte. Más rápida. Más lista. Casi parecía que estuvieras tocada por los dioses de una forma que tus hermanos no. Supongo que Ares te quiso por todos los dones que tenías. Supongo que al final te consiguió durante un tiempo. Cómo me alegro de que dejaras esa vida. ¿Por qué lo preguntas?

—Ah, no sé —mintió Xena—. Simple curiosidad, creo. —Estoy intentando averiguar si Toris y Lyceus son hermanos míos totalmente o sólo medio hermanos, pero eso no te lo puedo decir, madre.

—Bueno, será mejor que me ponga a trabajar. —Cirene miró un momento los ojos meditabundos de su hija y se le ocurrió una idea—. Xena, algunas de nuestras ovejas han pasado el invierno pastando en ese pequeño cañón cerrado que hay en las colinas. Ya hay que bajarlas aquí y meterlas un tiempo en el redil. Hay que lavarlas y esquilarlas y dentro de poco empezarán a criar. ¿Y si me haces el favor y sales con Argo y las bajas aquí?

La guerrera sonrió.

—Sí, claro que lo hago. Seguro que a Argo le viene bien el ejercicio y a mí me vendrá bien tomar un poco el aire. —Se levantó, cruzó la sala y salió por la puerta.

La posadera miró por la ventana hasta que su hija desapareció en el granero. Está dándole vueltas a otra cosa aparte de su preocupación por Gabrielle. Creo que voy a tener que ver cómo se lo saco. Esta chica siempre se ha guardado todo dentro. A lo mejor necesita unos mimos de madre.


Gabrielle y Toris habían caminado despacio hasta uno de los lugares más bonitos que había cerca de Anfípolis, una pequeña charca rodeada de varios tipos de árboles, un lugar muy apacible y retirado. Estuvieron hablando del tiempo, de las ovejas, de los cotilleos del pueblo y Gabrielle le contó casi todos los detalles de la crucifixión y la resurrección, saltándose la creciente relación entre Xena y ella. Toris se quedó pasmado con todo ello y la bardo se daba cuenta de que le costaba mucho asimilarlo. Hasta ahora había evitado el tema de noviazgos, la vida amorosa de ella y la vida amorosa de él, y ella empezaba a preguntarse si Xena y Cirene no se habían equivocado con respecto a las intenciones del hombre alto.

Seguían caminando y Gabrielle iba cogida del brazo de Toris. Éste le cubrió la mano con la suya.

—Gabrielle, hace mucho tiempo que no te veo. No he tenido oportunidad de decírtelo. Me enteré de lo de tu marido. Pérdicas, ¿no?

Oh oh.

—Sí.

—Lo siento muchísimo. Tienes que haberlo pasado muy mal.

—Sí, así es. Y gracias. Pero ahora estoy bien. Es decir, estuvimos casados menos de un día y la verdad es que no lo conocía muy bien. Creía que sí, pero en aquella época ni siquiera me conocía muy bien a mí misma. Cuando lo pienso, ni siquiera estaba enamorada de él, al menos no de una forma que nos hubiera garantizado un buen matrimonio. Era un hombre bueno y honrado, pero creo que casarnos fue un error.

—¿Por qué lo dices?

—Es que no era lo que debía hacer con mi vida. No era mi destino.

—Ah. Bueno, ¿y has tenido otros pretendientes desde entonces?

—No exactamente. Xena y yo nos topamos con... mm... ciertos personajes en nuestros viajes. Muchos hombres intentan ligarnos cuando viajamos, pero sólo quieren pasar un buen rato. Hemos tenido que defendernos de bastantes canallas, eso te lo aseguro. —La bardo agarró su vara con firmeza y la sujetó delante de ella—. Esto. Esto me ha sacado de más de una situación espinosa. Sobre todo si Xena no estaba cerca para protegerme en ese momento.

—He notado que siempre llevas eso contigo. Ahora ya debes de manejarlo muy bien.

—Xena dice que sí. Durante un tiempo decidí que ya no iba a luchar más. Incluso tenía otra vara que tiré. La vara era originalmente de Ephiny, lo mismo que ésta. Bruto la mató en combate cerca de la aldea amazona. Fue mi regente durante tres años mientras yo viajaba con Xena. Ahora me doy cuenta de que con lo que hacemos Xena y yo, tengo que luchar. No puedo dejar que sea ella la que se encargue de protegernos. No es justo.

—Gabrielle, ¿por qué sigues a mi hermana? ¿No es peligrosísimo? Quiero decir, os han matado. ¿Cuántas veces puedes esperar que alguien os devuelva la vida? ¿No crees que algún día vais a acabar muertas para siempre?

—Sí, de eso no me cabe duda. Xena es una guerrera y no se ven muchos guerreros viejos. Casi todos mueren jóvenes. Pero estoy donde debo estar. Hago lo que debo hacer. Tengo que confiar en que mientras siga el camino que me corresponde seguir, las cosas, mi vida, saldrán como tienen que salir.

—¿Pero no quieres encontrar a alguien y asentarte? ¿Tener una familia? ¿Echar raíces en algún lugar?

—Ésa es una pregunta muy complicada. Toris, tengo familia. Os tengo a Xena y a ti y a vuestra madre. Tengo a las amazonas. Sé que podría contar con todos vosotros si os necesitara. Tengo a mi hermana Lila. En cuanto a asentarme, tal vez algún día, pero por ahora estoy contenta con lo que hago. Y Toris, he encontrado a alguien. Alguien con quien quiero pasar el resto de mi vida.

—¿Qué? No lo entiendo. —El hombre alto parecía bastante decepcionado—. Gabrielle, creía que habías dicho que no habías tenido ningún pretendiente de verdad desde que murió Pérdicas.

—Sí, eso he dicho. Y no los he tenido. Esta persona no me ha cortejado. Fue algo que ocurrió poco a poco hasta que un día me di cuenta de que estaba enamorada.

—Pues Gabrielle, si estás enamorada de alguien, ¿por qué no estás con él? ¿Por qué diablos sigues a mi hermana por todas partes?

—Mm, Toris, no es un "él".

—Ah. Ahhhh.

—Sí.

—Supongo que tienes más en común con las amazonas de lo que creía.

—Eso es cierto.

—La persona de la que estás enamorada. ¿Es una amazona?

—No, aunque probablemente tiene más de amazona incluso que yo.

—¿Entonces quién es y por qué no estás con ella?

Este chico es más espeso que el barro, pensó la bardo por dentro.

—Toris, estoy con ella. Casi todos los momentos de cada día de mi vida. Y soy más feliz que nunca.

Toris se detuvo, se volvió y se la quedó mirando, mientras las palabras de la bardo iban calando despacio, muy despacio.

—A ver si lo he entendido. ¿Estás enamorada de Xena? ¡¿De mi hermana?! ¿Y ella lo sabe?

—¡Pues claro, tonto! —dijo Gabrielle riendo y le dio un manotazo de broma en el brazo.

—Bueno, ¿y ella está enamorada de ti?

—Ya lo creo.

—No es por ofender, Gab, pero mi hermana no me parece capaz de una cosa así. No da para nada la impresión de que se le dé bien la cosa romántica y... mm... esas cosas. —El hombre alto se sonrojó.

No tienes ni idea.

—Toris, ¿por qué crees que Xena se convirtió en la clase de persona que era? ¿Te lo has planteado alguna vez?

—No. La verdad es que no. La mayor parte del tiempo pensaba que era una loca furiosa. Causó tanta vergüenza a nuestra familia que durante mucho tiempo intenté borrarla de mi mente, hacer como que no era mi hermana.

La bardo se entristeció al oír esto.

—Toris, una persona no expresa emociones fuertes, ya sean de amor u odio, a menos que sea porque algo o alguien le importa mucho. A tu hermana mucha gente le ha hecho un daño enorme. El rechazo de este pueblo. La muerte de Lyceus y su parte de responsabilidad en ella. Las personas que se ganaron su confianza y luego la traicionaron. Bajo esa fachada fría, siente muchas cosas muy profundamente. Por suerte para mí, el amor es una de esas cosas.

—Caray. La verdad es que no la he tratado mucho desde que éramos adolescentes. Ya no sé muy bien qué clase de persona es.

—Deberías conocerla mientras estemos aquí. Creo que te va a gustar lo que descubras.

—Tal vez. Pero Gab, tendrás que reconocer que a Xena no se le da muy bien la comunicación. Es decir, ¿cómo sabes que te quiere? No me la imagino siquiera elaborando una frase completa la mitad de las veces.

La bardo sonrió, recordando las brevísimas y bruscas conversaciones que a lo largo de cuatro años se habían transformado en profundos debates sobre la vida, la política, la religión, la filosofía y... el amor. Supongo que las dos hemos mejorado mucho.

—Toris, me dice que me quiere. Me lo demuestra. Tiene detalles bonitos conmigo todo el tiempo. ¿Quieres leer una cosa que me ha escrito?

—Bueno, si no te importa, sería interesante, creo.

—Ven, vamos a sentarnos. —Gabrielle llevó a Toris hasta una gran peña que había junto a la charca y los dos treparon hasta arriba. Se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó una notita doblada, la que le había dejado Xena después de que ella hubiera escrito el poema pocos días antes—. Toma. Lee. —Le puso la nota al hermano de su amante bajo la nariz.

Toris la cogió y la leyó en silencio. Soltó un silbido por lo bajo.

—"Sus ojos son del color del mar antes de una tormenta". ¿Eso se le ha ocurrido a mi hermana ella sola?

—Sí. Es una persona muy especial y estamos muy enamoradas. Tuvimos que morir juntas para darnos cuenta. —La bardo le dio unas palmaditas a Toris en el brazo y el sol hizo brillar la pulsera que llevaba en la muñeca, llamando la atención del hombre alto.

Bajó la mano y la tocó con los dedos.

—Qué bonita.

—Sí. Me la ha regalado ella. Porque sí.

—¿En serio?

—Sí.

—Así que ella y tú... vosotras... mm. Olvídalo, no quiero saberlo.

Gabrielle sonrió con aire burlón y luego soltó una gran carcajada.

—Oh, sí, y es fantástico. No, es más que fantástico, es...

—Gabrielle —la interrumpió Toris—. Demasiada información. Pero demasiada. Es mi hermana, ¿recuerdas?

—Uuuy. Sí. Perdón. Venga, vamos a volver. —La bardo saltó de la roca, tirando de Toris.

—Gabrielle.

—Sí.

—Me alegro mucho por mi hermana y por ti. Tengo que reconocer que tenía la esperanza...

—Lo sé. Y me siento halagada. Eres un buen hombre, Toris. Y muy atractivo.

—¿Tú crees?

—Bueno, puede que sienta cierta debilidad por los guerreros altos de pelo negro y penetrantes ojos azules —rió la bardo—, pero sí, creo que eres muy atractivo.

—Gracias.

—Toris.

—Sí.

—Ya encontrarás a alguien. No me cabe duda.

—Pues eso espero. Espero que sea tan dulce y buena como tú.

Gabrielle le apretó el brazo e hicieron el resto del camino de vuelta en silencio.


Gabrielle regresó a la posada para descubrir que su compañera se había ido a las colinas a pastorear. La bardo pasó la mayor parte de la tarde ayudando a Cirene a limpiar la posada. Cuando estaban empezando con los preparativos iniciales para la cena, la mujer mayor se empeñó en que Gabrielle merecía relajarse un poco tras sus recientes penalidades. La bardo había ido a su habitación y había trasladado sus cosas a la de Xena. Ahora que las cosas estaban al descubierto no tenía sentido ocupar espacio en una habitación estupenda para los clientes. Cirene la había ayudado incluso a hacer un poco de sitio en uno de los armarios del cuarto de Xena para que Gabrielle pudiera meter allí las cosas que normalmente dejaba siempre en la posada. En el curso de esta tarea, la bardo encontró algunos de los pergaminos de sus primerísimos viajes con su compañera.

—Oh. Cuánto tiempo hace que no los leo. —Cogió con cuidado los pergaminos enrollados y los dejó en la cama.

—Cielito, ¿qué tal si te pones a leerlos ahora o te vas a dar un paseo o vas a ver a ese caballo tuyo? Aquí está todo controlado. Además, te dije hace dos marcas que te relajaras.

Gabrielle sonrió a la posadera y la abrazó.

—Gracias, Cy... mamá.

Cogió los pergaminos y fue al granero a visitar a Estrella. Dejó los pergaminos en un banco bajo que había en la pared del fondo del granero y se acercó al caballo pinto. Estrella relinchó sonoramente y dio con la cabeza en el hombro de la bardo cuando ésta se acercó.

—Hola. ¿Qué haces? ¿Echas de menos a Argo? Yo echo de menos a la mamá de Argo, eso te lo aseguro. No sabía que sabía guardar ovejas. Es una fuente de sorpresas.

Gabrielle cepilló a fondo a Estrella y luego echó heno limpio en una casilla vacía del final de la fila. Encontró una manta para caballos limpia y suave y la echó encima del heno. Una vez hecho eso, cogió uno de los pergaminos y se acomodó en la cama bien oliente que se había hecho para leer. Al poco tiempo, se le cerraron los ojos y poco a poco se fue quedando dormida. No oyó a la alta figura que entró en el granero.

Xena metió a las ovejas en un gran redil, luego llevó a Argo al granero y la metió en la casilla que había al lado de Estrella. Le quitó a la yegua dorada la silla y la brida y la cepilló antes de darle un poco de avena para comer y llenarle el abrevadero de agua fresca. Cuando la guerrera ya se marchaba vio varios pergaminos en el banco del fondo del granero. ¿Qué hacen ahí? Fue hasta allí y al pasar ante la última casilla, bajó la mirada y vio a la bardo acurrucada en una manta, profundamente dormida.

La guerrera sonrió y sintió un aleteo vertiginoso en el estómago. No me puedo creer que el mero hecho de mirarla me afecte de esta forma. Se arrodilló sin hacer ruido y se acurrucó al lado de su amante, rodeando la cintura de la bardo con un largo brazo.

—Hola. Hueles a oveja. —Los ojos verdes se abrieron y Gabrielle se dio la vuelta para mirar a la guerrera.

—Oh. Lo siento. Puedo ir a lavarme si...

—No. No a oveja sucia. A lana suave caliente por el sol. Es agradable.

—Ah. —Xena se arrimó más, acariciando con la nariz la cabeza de su amante—. ¿Qué tal con Toris?

—Le conté lo nuestro. Está bien. De hecho, se alegra por nosotras.

—¿En serio? ¿No está celoso o molesto?

—No, bueno, no mucho. Al principio le costó mucho creerse que fueses capaz de hacer cosas románticas, pero creo que he conseguido convencerlo.

—Gabrielle, que es mi hermano. —Xena se sonrojó y la bardo notó que la piel de la guerrera se ponía caliente.

—No te preocupes. No le he contado nada embarazoso. Sólo le he dicho lo atenta que eres y todas las cosas estupendas que haces por mí.

—¿Todas las cosas estupendas? —Xena mordisqueó un ombligo bárdico al sacar la camisa de Gabrielle de la cinturilla de sus pantalones de lana.

La bardo notó unos dedos expertos que le subían por el estómago hasta alcanzar zonas sensibles y tomó aliento entrecortadamente.

—Bueno. A lo mejor no todas las cosas estupendas. —Inclinó la cabeza para juntar sus labios con los labios expectantes de Xena, al tiempo que le pasaba las manos por la espalda y le soltaba la armadura y luego desataba el cuero, caliente por el calor corporal de su amante.

A Xena le dio un vuelco el corazón y luego se le aceleró considerablemente cuando se encontró boca arriba, con su amante a horcajadas encima de ella y unos ojos verdes que la atravesaban hasta la médula.

—¿Tu turno, amor? —preguntó la guerrera con la respiración entrecortada.

—Ya lo creo. —La bardo se inclinó y besó a fondo a la guerrera, al tiempo que le quitaba la túnica de cuero para revelar la piel lisa y bronceada que había debajo—. Dioses, cómo te quiero —dijo Gabrielle con la voz ronca.

Xena se había quedado sin habla ante el asalto de su amante y simplemente cerró los ojos, disfrutando de las atenciones de la bardo. Los ojos azules se abrieron un momento cuando unas manos pequeñas bajaron despacio por su tórax hasta acariciarle los muslos.

—Yo también te quiero.

Los ojos azules y los verdes se encontraron y soltaron un destello, y las almas que había tras ellos bailaron juntas en una armonía nacida de una profunda entrega y amistad. La guerrera volvió a cerrar los ojos cuando las actividades de Gabrielle se hicieron mucho más íntimas.


Una marca después Xena y Gabrielle estaban sentadas en la casilla, cómodamente acurrucadas juntas. La guerrera estaba leyendo los pergaminos de su compañera por primera vez y la bardo miraba en silencio por encima de su hombro, deseosa de oír la reacción de su amante ante su trabajo. Acariciaba distraída con los dedos los musculosos hombros de la guerrera, leyendo con ella.

Esta serie concreta de pergaminos empezaba en realidad unas pocas lunas antes de que se conocieran y le estaba dando a Xena una percepción nueva del estado mental de su amante en el momento en que empezaron a viajar juntas. Las historias recogían su primer encuentro y seguían hasta la estancia de Gabrielle en la Academia para Bardos de Atenas y su decisión de volver al camino con Xena.

La guerrera empezó a percibir dos temas muy claros, por lo menos en el sentido de que no se los había planteado en realidad hasta ahora. El primer tema era la forma en que Gabrielle veía a Xena, sus descripciones de las acciones de la guerrera, así como sus interpretaciones de los pensamientos y la personalidad de Xena y también el afecto creciente de la bardo por ella. El segundo tema, que le escocía un poco, era la profundidad de los pensamientos y sentimientos de la propia Gabrielle. Por supuesto, Xena había estado presente en la mayoría de las aventuras que había relatado la bardo y a veces habían hablado brevemente de sus pensamientos y sentimientos. Pero eso era al principio de su amistad y la guerrera se contenía mucho y se cerraba en banda mucho más, manteniendo a distancia a la chica más joven, que era muy observadora y sensible.

—Gabrielle, lo siento. Nunca me di cuenta del daño que te estaba haciendo. Ojalá me hubiera permitido abrirme más a ti en aquella época. Siento como si me hubiera perdido muchas cosas buenas sólo porque no te dejaba entrar. —La guerrera tiró de la cabeza rubia y le dio un beso, para acabar volviéndose, sentando a la bardo en su regazo y estrechándola entre sus brazos.

Gabrielle apoyó la cabeza en un fuerte hombro y estrechó a su compañera ligeramente por la cintura.

—Xena, no importa. Seguro que en aquella época yo era muy difícil de entender para una persona como tú. En Potedaia me sentía muy sola. Todo el tiempo. Sí, le caía bien a la gente y eso, pero me lo tenía que guardar todo. Eran personas sencillas de sueños sencillos. Había un anciano en nuestro pueblo que había ido a Atenas para estudiar con Sócrates. Le rogué que me enseñara a leer y escribir y lo hizo a regañadientes. Eso era algo que no se hacía en nuestro pueblo. Las chicas se tenían que casar, tener hijos y hacer las tareas de la casa. Mis padres estaban empeñados en encontrar al hombre adecuado para que me casara con él. Eso era lo único que querían para mí. Y yo quería muchísimo más. Sabía que había un gran mundo allí fuera, más allá de Potedaia, y que quería verlo. No sabía cómo lo iba a hacer, pero necesitaba salir de allí. Y entonces apareciste tú y supe que si no aprovechaba esa oportunidad, ese breve instante en que nuestros caminos se cruzaron, me iba a quedar en Potedaia para el resto de mi vida.

La guerrera apoyó los nudillos en la suave mejilla, acariciándola despacio.

—Nunca me di cuenta de lo importante que era para ti salir de allí. No lo comprendía. Lo irónico es que cuando yo tenía esa edad, era igual. Tenía tantas ganas de salir de Anfípolis que vendí mi alma para hacerlo. Supongo que no lo veía en ti porque por fuera tú y yo somos dos personas muy distintas. No entendía por qué una persona buena como tú elegía la crudeza de la vida en el camino cuando en casa tenías una cama caliente donde dormir. He tardado mucho tiempo en darme cuenta de que en el fondo, tú y yo somos esencialmente muy parecidas.

La bardo sonrió y volvió la cabeza para besar el dorso de la mano de Xena.

—Xena, cuando te conocí odio reconocerlo, pero no me importaba gran cosa qué clase de persona fueses. Había visto tu valor y tu habilidad en el combate y eso era lo único que necesitaba saber... que ahí fuera había otra mujer que había tomado las riendas de su propia vida y no iba a dejar que el mundo le dijera cómo tenía que vivirla. Cuando estaba contigo podía expresar muchas más cosas de las que había podido en casa durante toda mi vida. Que escucharas o me hicieras algún comentario casi no me importaba, al menos al principio. Lo que me importaba era que por fin era libre de convertirme en el tipo de persona que necesitaba ser y que podía expresarme con libertad. Así que no te sientas mal. El mero hecho de que me dejaras quedarme contigo fue el mayor regalo que podrías haberme hecho en esa época.

Los ojos azules se enternecieron.

—Es curioso. Al hacerte ese regalo creo que yo he recibido el mayor regalo que existe.

—¿Y cuál es?

—Amarte. Y ser amada por ti.

Sus labios se juntaron un momento y luego siguieron hablando.

—Xena, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Lo has estado pensando?

—Pues sí, un poco. Creo que lo único que queda por resolver del rompecabezas actual es averiguar qué está pasando con el gobierno y tener esa charla que quiero con Bruto. A partir de ahí, no sé. Bueno, no exactamente. Nunca te conté toda mi conversación con Krisna en la India, ¿verdad?

—No... no estaba segura. Tenía la impresión de que te estabas guardando algunas cosas.

—Sí. En ese momento me dijo que cada persona tiene que encontrar su propio camino y que el mío era el camino del guerrero. Ése era mi camino en la vida. Pero ahora es como si estuviera en la segunda parte de esa vida. Creo que el camino del guerrero sigue siendo parte de mi camino, pero que se le ha añadido algo nuevo. Tiene que ver con lo que tú llamas el camino de la amistad. Todavía quiero ayudar a la gente, Gabrielle, y utilizar mis habilidades con ese fin. Y todavía creo que mi camino es no retirarme de una lucha y actuar con confianza al estar en ella. Pero hay algo por encima de eso. Parte de mi camino es estar contigo, amarte, aprender de ti, y esa parte está por encima del camino del guerrero. Creo que los dos pueden funcionar juntos, pero si tuviera que elegir, dejaría la espada por ti.

—No podría pedirte que hicieras eso y no quiero que lo hagas, pero creo que las dos estamos siguiendo la misma idea. Ya sabes lo que siento. No me gusta luchar. Pero te amo. Y si tengo que luchar para cubrirte la espalda, para ayudarte a protegernos, lo haré. Y tampoco me voy a echar atrás. Creo que aquí es donde se encuentran por fin esos dos afluentes del río, Xena, en el camino del amor y la amistad, porque lo que parece que hemos decidido las dos es ponernos la una a la otra y a las dos juntas por encima de cualquier cosa. Tenemos nuestro propio camino individual, el tuyo es del guerrero y el mío el del amor y la paz, pero el de las dos juntas es el camino de la amistad y eso significa que a veces la guerrera tendrá que ser pacífica y la pacificadora tendrá que luchar.

—Caray. —Los ojos azules relucían—. Tras tanto esfuerzo, por fin todo está cobrando forma, ¿verdad?

—Sí. Es genial, ¿no...? Uomff... —Los labios de la bardo quedaron de repente cubiertos por los de una guerrera feliz.

Al cabo de un momento, Gabrielle tuvo que tomar aire y frunció un poco el ceño.

—¿Xena?

—¿Mmmm?

—Hay otra cosa que estado pensando y no sabía cómo hablarlo contigo, pero creo que éste es un buen momento.

—¿De qué se trata?

—Xena, he pasado más de tres años como reina de las amazonas sólo de nombre. Cuando las conocí, eran una nación fuerte, con muchas líderes capaces. Ahora ya no es así. Chilapa es muy inteligente y justa, pero no cuenta con mucha ayuda. La mayoría de las amazonas que quedan o son muy jóvenes e inexpertas o muy viejas e incapaces ya de luchar. Han muerto muchas de las guerreras amazonas bien preparadas. Tú incluso has dicho que la Nación Amazona se estaba muriendo.

—Sí. Me da mucha pena. Son un elemento único y vital de nuestro mundo. No quiero ver cómo se extinguen.

—Yo tampoco. Xena, creo que ha llegado el momento de que me haga responsable de ellas de verdad. Me gustaría mucho dirigir a las amazonas durante un tiempo. Ser reina en activo. Ayudarlas a levantarse de nuevo. Y me encantaría que tú estuvieras a mi lado. Podríamos hacerlo juntas. Pero no lo voy a hacer si eso supone dejarte atrás.

—Creo... creo que es una idea muy buena. Las amazonas te necesitan. No siempre me encantan sus costumbres. —La guerrera se rió entre dientes—. Creo que en parte es por todas esas hormonas femeninas que chocan constantemente. Luego tienen todas el ciclo lunar a la vez y uuuuh, se pone todo muy emocional. Pero creo que podría soportarlo, al menos durante un tiempo.

—Xena, podríamos hacerlo de dos formas, sabes. Y ya sea una u otra, vivirás conmigo en el alojamiento de la reina. Pero vamos a tener que conseguir la aprobación por mayoría del consejo de las ancianas amazonas para que obtengas permiso de residencia en la Nación Amazona o... podríamos darte la nacionalidad formal... hacerte ciudadana. La ley amazona permite la doble ciudadanía, así que no tendrías que renunciar a la ciudadanía de Anfípolis.

—Bueno, bardo mía, deja que lo piense un poco. Cualquiera de las dos opciones tiene ventajas e inconvenientes. La primera me da más independencia, pero la segunda me da más derechos dentro de la Nación Amazona. En ambos casos, juraría honrar y proteger a la reina.

Gabrielle soltó una risita.

—Xena, ya sabes que no tienes que inclinarte ante mí. Jamás. Pero aprecio que me honres y me protejas.

—Resumiendo, Gabrielle, que te seguiría a cualquier parte, y si necesitas estar con las amazonas, ahí estaré contigo. De hecho, la aldea amazona podría ser nuestra base permanente, con independencia de lo que acabemos haciendo. Si por alguna razón volvemos al camino, podría ser el lugar al que siempre regresemos.

—Gracias, Xena. Para mí es muy importante que me apoyes en esto.

—Haría lo que fuese por ti.

Gabrielle miró a su compañera largamente y sonrió antes de colocar la mano suave en la cara de la guerrera.

—Lo sé. —Echó hacia delante la cabeza de Xena y la besó con gran ternura. La guerrera rodeó a su compañera con los brazos y la estrechó con todas sus fuerzas.

Tras una breve exploración se separaron y la bardo cogió una pluma y un trozo de pergamino y se apoyó en el pecho de la guerrera, sujetando el pergamino sobre la rodilla doblada. Dio vueltas a la pluma entre los dedos con aire distraído y luego se puso a escribir.

—¿Qué escribes?

—Estoy redactando un mensaje para mis padres y Lila, para que sepan que estoy bien y que pronto me voy instalar en la aldea amazona. Supongo que se lo puedo mandar con una de las palomas mensajeras de tu madre.

—¿Estás segura de que no quieres ir a verlos en persona? Ya sabes que iré contigo si quieres.

—No. No creo que quieran verme. Me dolió mucho que ni siquiera vinieran aquí el año pasado para mi fiesta de cumpleaños. Y la pobre Lila tuvo que unirse a esa caravana de mercaderes para poder llegar hasta aquí. Menos mal que Minya viajaba con la caravana, porque al menos Lila pudo contar con una amiga en el grupo. Creo que voy a ofrecerles a mis padres una invitación abierta para que vengan a visitarme a la aldea amazona si quieren, pero no me voy a desvivir por verlos, al menos durante un tiempo.

—Bueno, vale, pero si cambias de idea, aquí estoy para lo que necesites.

—Gracias. —La bardo dio unas palmaditas a la guerrera en la pierna y siguió escribiendo.

—Gabrielle, ¿qué tal si nos quedamos aquí unos días más? Voy a ayudar a Toris a lavar y esquilar las ovejas y luego podemos viajar hasta las amazonas.

—Estupendo. ¿Puedo ayudar con las ovejas?

—Claro. Estrella y tú podéis mantener a las ovejas cerca del arroyo mientras Toris y yo las lavamos. Probablemente podremos tenerlas todas lavadas mañana y esquilarlas pasado mañana. Embalaremos la lana al día siguiente y luego Toris puede llevarla al mercado para venderla. Para eso no va a necesitar mi ayuda. Así que dentro de cuatro o cinco días podemos recoger los bártulos e irnos... a casa.

—Me parece un buen plan. —Gabrielle levantó la mirada y sonrió a su compañera. Dobló la carta terminada para sus padres y derramó un poco de cera de vela derretida en el borde para sellarla. Volvió la mano y apretó el anillo con el sello de la reina amazona en la cera caliente—. Me parece que nunca han visto el sello —murmuró—. Espero que no les dé un ataque.

La bardo sacó otro trozo de pergamino. Xena la miró.

—¿Y ahora qué escribes?

—Un mensaje para Chilapa. Diciéndole que la reina amazona regresa. Para gobernar a la nación.


Gabrielle estaba terminando su segunda taza de té caliente cuando Xena asomó la cabeza por la puerta de la posada.

—¿Estás lista?

—Claro. —La bardo se levantó y se alisó la falda roja de cuero. Fue a la puerta y recogió su vara del rincón.

Cirene salió de la cocina.

—Toma. Algo de comer. —Le entregó un paquete a su alta hija.

—Gracias, madre —sonrió la guerrera—. ¿Qué es?

—Tendrás que esperar para verlo, ¿no? —La posadera dio unas palmaditas a Xena en el estómago—. Tened cuidado ahí fuera. Serán ovejas, pero son fuertes.

La guerrera sonrió con sorna.

—Intentaré que las feroces ovejas no acaben conmigo. Venga, Gabrielle, te he ensillado a Estrella.

Fueron al redil donde Toris ya estaba montado en su semental negro, con dos perros pastores echados expectantes a los pies del animal. Xena ayudó a la bardo a montar en Estrella y luego abrió la puerta del redil. Los perros se levantaron de inmediato, entraron corriendo y sacaron eficazmente a las ovejas del redil al camino. La guerrera se subió de un salto a la parte más alta de la puerta y silbó llamando a Argo. La yegua vino corriendo y Xena dio una voltereta por el aire, aterrizando limpiamente en la silla en el momento en que el caballo pasaba a su lado.

—Chula —le dijo Gabrielle en broma. Llevó a Estrella junto a Argo y se pusieron a seguir al rebaño. Toris iba en el otro extremo, sin decir nada.

—¿Qué le pasa? —preguntó la bardo.

—No le gusta madrugar. Creo que todavía no le ha hecho efecto el té. Se bebe unas cinco tazas bien cargadas cada mañana. Dale otra marca y probablemente entonces pronuncie la primera palabra del día.

Gabrielle soltó una risita.

—Pues en eso sí que sois bien distintos, señorita "Venga, hay que irse, que va a salir el sol".

—Creo que eso me viene de haberme criado en la posada. Aprendí que si me levantaba temprano, conseguiría algunos panecillos dulces de los que hace madre recién salidos del horno. Creo que Toris nunca lo pensó. Para cuando se levantaba, los clientes, Lyceus y yo ya nos habíamos terminado los panecillos. Eran lo primero que se acababa. Madre estaba demasiado ocupada para hacer un desayuno especial sólo para nosotros, así que siempre comíamos lo que se servía a los clientes cada mañana. Y todo era estupendo. Ya has visto cómo cocina.

—Jo, ya te digo. Como pasemos unas semanas más aquí, vamos a tener que ir de compras otra vez para ver si consigo una falda más grande.

La guerrera examinó con la mirada el musculoso estómago de su amante y sonrió con aprecio.

—Ah, no creo que tengas nada de que preocuparte, amor. A mí me parece que estás muy bien.

—¿Sí?

—Oh, sí. Más que muy bien.

Gabrielle se ruborizó. Xena le había hecho cumplidos en el pasado, pero desde que eran amantes las miradas seductoras y los comentarios encantadores prácticamente no paraban y le costaba un poco acostumbrarse.

—Me mimas desaforadamente, sabes.

—Ése es el plan, amor. —La guerrera acercó aún más a Argo y le cogió la mano a la bardo, besándola ligeramente.

—¿Queréis parar ya? Desde que habéis venido, estáis que echáis humo. Si seguís así uno va a tener que buscar un arroyo bien frío —gritó Toris por encima del rebaño.

—Mira, Gabrielle, hay alguien más en el camino con nosotras —dijo Xena, sonriendo a su amante de medio lado.

—Uuy. Creo que el té por fin le ha llegado al cerebro —rió Gabrielle.

—Eh, Toris, aguántate. Además, dado donde vamos, eso del arroyo frío se puede arreglar —le gritó la guerrera a su hermano.

—No te atreverías. ¿Verdad? —El hombre alto miró a su hermana con desconfianza.

—¿Que no? —Xena le echó una sonrisa malévola—. Pero no me va a hacer falta. Estamos a punto de meternos en ese arroyo frío para lavar las ovejas, ¿recuerdas?

—Oh. Tenía la esperanza de que vosotras dos os ocuparais del lavado mientras yo guardo el rebaño.

—Toris, tú y yo somos los más grandes y fuertes y los dos podemos manejar a estas ovejas sin problema. Gabrielle no está muy acostumbrada a ellas, así que le toca a ella guardar el rebaño.

—Claro y así no se moja —dijo el hombre alto.

—Tal vez sí. Tal vez no. Depende de lo buena que sea —rió Xena con aire travieso.

—Escúchame bien, princesa guerrera —intervino la bardo—. No, repito, no tengo la menor intención de meterme en el agua fría a menos que tenga que rescatar a una oveja. ¿Te enteras? Si todo va bien, no me voy a mojar hasta que me dé un baño caliente esta noche. Y a la que más le vale ser buena es a ti, o si no tendré que pensar en un castigo adecuado.

—¿Me lo prometes?

—¡Xena! —La bardo, exasperada, dio un manotazo a su compañera en la pierna.

Llegaron al desvío del sendero que pasaba por entre los árboles y bajaba hasta el arroyo. Xena y Toris, junto con los perros, consiguieron sacar al rebaño del camino y encaminarlo en la dirección correcta. Gabrielle se quedó un poco a un lado, observando lo que hacían, aprendiendo todo lo posible para su tarea de controlar al rebaño en la orilla.

Cuando los árboles se aclararon, apareció el arroyo y la bardo suspiró. Era un sitio precioso. El agua estaba limpia y borboteaba por encima de los guijarros. A lo largo de la orilla las primeras florecillas de primavera empezaban a mostrar sus colores rosas, rojos y amarillos. Los pájaros habían vuelto de su refugio de invierno y cantaban en los árboles y la hierba por fin empezaba a brotar con pequeñas briznas verdes.

—Dioses, Xena, todos los sitios que he visto por aquí son absolutamente maravillosos. Qué suerte has tenido de haber crecido aquí.

—Sí, no estaba nada mal —asintió la guerrera. Se bajó de Argo y le quitó la silla y la brida a la yegua, tirándolas debajo de un árbol junto con las alforjas—. Venga, chica, ve a divertirte. —Dio una palmadita a la yegua en la grupa y el caballo relinchó con fuerza antes de salir corriendo río abajo—. Gabrielle. —Xena se acercó a su compañera—. Toris y yo vamos a empezar a lavar las ovejas, de dos en dos. Tu trabajo consiste en impedir que el resto del rebaño se aleje demasiado río arriba o río abajo. Deja que los perros se encarguen de casi todo. Para eso están entrenados. Si tienes algún problema, dame un grito, ¿vale?

—Vale.

La guerrera sacó dos pastillas de suave jabón marrón y le lanzó una a Toris.

—Toma, hermano, vamos a empezar.

—Vale, hermana, seguro que lavo más ovejas que tú.

—Seguro que no.

Dos pares de ojos azules idénticos se miraron de hito en hito y luego los hermanos agarraron cada uno a una oveja quejumbrosa y arrastraron a los pobres y desconcertados animales hacia el arroyo.

Ay, madre, esto va a ser divertido de ver, pensó la bardo por dentro, observando mientras su competitiva compañera y su no menos competitivo hermano se ponían a trabajar.


El día había ido muy bien. Se tomaron un descanso cuando el sol estaba en lo más alto del cielo y descubrieron que Cirene les había preparado unos grandes bocadillos de jamón, pequeñas botellas de limonada y pan de nueces de postre. Devoraron el delicioso almuerzo y volvieron al trabajo. Ahora ya era por la tarde, casi todas las ovejas de la orilla estaban limpias y sólo quedaban unas pocas por lavar.

Gabrielle sonrió satisfecha, al darse cuenta de que en términos generales había hecho un buen trabajo. Sólo había tenido que perseguir a unas pocas fugitivas y, como había dicho Xena, en realidad los perros habían hecho casi todo el trabajo, con tan sólo unas pocas órdenes verbales por parte de la bardo. Hasta había podido sacar un pergamino y escribir un poco, levantando la vista de vez en cuando para asegurarse de que el rebaño seguía entero. También había tenido tiempo de jugar con un par de corderos lechales que habían nacido en el cañón al final del invierno.

Levantó la mirada cuando Xena y Toris sacaron a dos ovejas más del agua y los malhumorados animales subieron por la orilla y echaron a correr río abajo. Gabrielle metió el pergamino en el que había estado trabajando en la alforja de Estrella, azuzó suavemente a la yegua y salió al galope tras las dos fugitivas. Los perros corrían a su lado y la bardo alcanzó a las ovejas y se detuvo delante de ellas, bloqueándoles el camino. Los perros las mantenían lejos del borde del camino, por lo que las ovejas tenían dos posibilidades. Volver a meterse en el agua o reunirse con el rebaño. Por supuesto, eligieron reunirse con el rebaño.

Cuando la bardo regresaba, siguiendo a las dos ovejas, miró río arriba y vio a dos de los corderos lechales que se metían entre los árboles.

—Oh, vaya —se dijo—. ¿Cómo se han alejado tanto tan deprisa? —Miró a los perros—. Vosotros controlad aquí las cosas mientras yo voy a buscar a esos corderos. —Salió de nuevo al galope.

—Eh, ¿dónde vas? —gritó Xena desde el agua cuando su compañera pasó volando.

—Se han escapado unos corderos río arriba —gritó Gabrielle por encima del hombro.

—Ah. Oye, estás haciendo un trabajo estupendo.

—Gracias. —La bardo sonrió mientras seguía su camino.

Gabrielle alcanzó el punto donde creía que los corderos se habían metido entre los árboles. El follaje era demasiado denso para pasar a caballo, de modo que se bajó de Estrella y la dejó justo fuera de la línea de árboles.

—Quédate aquí. —Echó a un lado las gruesas ramas, avanzando con cuidado entre los árboles a la búsqueda de los dos corderitos blancos. Y de repente se encontró aplastada contra un árbol por un hombre muy grande con un aliento apestoso.

—Por fin te pillo a solas, reinita —dijo el hombre, mostrando unos dientes amarillos y torcidos—. Llevo días observándote. —Le sonrió lascivamente y toqueteó el borde de la parte inferior de su falda y luego subió con el dedo por su estómago y le levantó la barbilla—. Pero qué mona eres.

Gabrielle se encogió visiblemente e intentó disimular su creciente miedo.

—¿Quién... quién eres? ¿Qué quieres? —La bardo miró a su alrededor. Tenía la espada en la posada y la vara estaba en las cinchas de la silla de Estrella. Desarmada. Maldición.

—Mi nombre no importa. En cuanto a lo que quiero. Quiero el rescate.

—Rescate. ¿Qué rescate?

—La preciosa suma que seguro que están dispuestas a pagar las amazonas por recuperar a su reina de una sola pieza.

—¿Qué?

—Sí, te oí contar historias en la posada de Manolie. Esa mujer es una bocazas. Se jactaba por toda la aldea de que la princesa guerrera y la reina de las amazonas se alojaban en su posada. Os llevo siguiendo desde entonces. Casi te cojo en el granero ayer cuando llegó esa maldita guerrera. Pero ahora... por fin te he pillado sola.

—¡Xeeeenaaa! —gritó Gabrielle lo más fuerte que pudo.

—¡Cállate, zorra! —El hombre le pegó un bofetón en la cara—. Además, estamos demasiado arriba. No te va a oír.

Oh, sí que me va a oír, pensó la bardo antes de volver a gritar.

—¡Xeeeenaaa!

Otra buena bofetada, que la tiró al suelo. Se incorporó, sacudió la cabeza y trató de alcanzar un palo largo y grueso que estaba cerca de ella. Y sintió un dolor abrasador, cuando una daga le hizo un profundo corte en el antebrazo.

—Ah, no, quieta ahí. Ya he visto esa vara tan grande que llevas. —El hombre estaba de pie por encima de ella y echó la daga hacia atrás con aire amenazador.

Gabrielle sintió la sangre caliente que le chorreaba por el brazo, bajó la mirada y sofocó un grito. Manaba muy deprisa. La rabia se apoderó de ella y agarró el palo, se hizo un ovillo y rodó hacia delante, empujando al hombre con los pies. Él cayó al suelo y ella se levantó y se quedó encima de él, alzando el palo por encima de los hombros. Y no llegó a ver la empuñadura de la espada que la golpeó en la cabeza. Se desplomó en el suelo y el mundo se puso negro.

—Gracias, Cefas —dijo el hombre de dientes amarillos, levantándose—. Estaba a punto de darme, vaya si estaba. Es peleona.

—Sí, pues no tenías que haberla cortado, Angus. Ahora vamos a tener que coserla. No se nos puede morir antes de que consigamos el rescate. ¿Estás seguro de que ésta es la reina?

—Sí, estoy seguro.

—¿La guerrera anda cerca?

—Qué va. Está muy abajo.

—Tengo que reconocerlo, Angus, robar esos dos corderos como cebo ha sido genial.

—Vaya, gracias, Cefas. Ahora vamos a cargar a la pequeña reina en ese caballo tan bonito que tiene.


Xena se detuvo de repente y se levantó, soltando a la oveja a medio lavar que había estado sujetando. Ésta corrió inmediatamente a la orilla, llenándose la lana enjabonada de hojas y hierba.

—Xena, ¿qué haces? —Toris la miró.

—Shhh. —La guerrera ladeó la cabeza. Ahí estaba otra vez. Alguien gritaba su nombre—. Gabrielle tiene problemas. —Salió corriendo del agua y silbó para llamar a Argo, que salió al galope de entre los árboles. Agarró su espada de la roca donde la había dejado al lado de la orilla y montó a caballo de un salto. Salió a galope tendido y vio a Estrella cerca de la línea de árboles. Justo cuando llegaba, dos rufianes salieron de los árboles cargando con la bardo entre los dos.

Sin pensar, la guerrera saltó del lomo de Argo y dio una voltereta por el aire. Abrió las piernas y plantó una buena patada en la cara de los dos hombres. Soltaron a Gabrielle y cayeron al suelo. Antes de que se pudieran levantar, Xena sujetó a uno de ellos al suelo clavándole la espada en el cuello de la camisa. Sacó la vara de la bardo de la alforja de Estrella y la puso contra la garganta del otro hombre.

—Todavía no he decidido si os voy a matar o no —gruñó—. Depende de si está viva o muerta y si está viva, de lo que le hayáis hecho.

Toris llegó al galope en su caballo negro.

—¿Necesitas ayuda, hermana? Oh... —Vio la figura inerte de la bardo tirada en el suelo.

—Sí. —A la guerrera le temblaba la voz—. Mira a ver cómo está.

El hombre alto desmontó de un salto y se arrodilló al lado de la bardo. Le buscó el pulso.

—Está viva... oh... Xena, tiene un corte muy malo en el brazo. Le sangra mucho.

—Tenéis mucha suerte de que esté viva, porque si no lo estuviera... —Apretó la vara con fuerza contra la garganta de Cefas y éste se ahogó. Xena continuó—: Si no lo estuviera, ahora mismo os estaría cortando en pedacitos y echándoos de comer a los peces. Pero dada la situación, dejaré que el alguacil del pueblo se ocupe de vosotros. Toris, —se volvió hacia su hermano—, átalos. —Volvió a mirarlos—. Moveos un centímetro y os mato. ¿Entendido?

Los dos hombres asintieron, con los ojos desorbitados de miedo.

Se echó hacia atrás y se arrodilló al lado de su amante. Había un charco de sangre en el suelo debajo del brazo de la bardo, que estaba inconsciente. Xena arrancó rápidamente una tira de tela de la parte inferior de la túnica que se había puesto para lavar las ovejas y la ató por encima del corte para detener la hemorragia. Advirtió dos moratones que empezaban a mostrar dónde había pegado Angus a la joven. Xena levantó delicadamente a su compañera y notó un gran bulto en la parte de atrás de su cabeza, en la base del cráneo. Levantó con cuidado el párpado izquierdo y se sintió aliviada al ver que la pupila se contraía inmediatamente por la luz. Levantó el párpado derecho y la pupila permaneció dilatada y redonda. Maldición. Lesión de cráneo. Levantó a la bardo en brazos y montó con cuidado en la silla de Estrella.

—Toris, la han malherido. Tengo que volver al pueblo. Pon a esos dos encima de Argo. Enviaré gente a ayudarte a traerlos a ellos y a las ovejas a casa. ¿Vas a estar bien hasta que llegue alguien?

—Sí, hermana. Tú cuida de Gabrielle. —Toris había atado a los hombres de pies y manos y ya los estaba levantando en vilo para colocarlos a lomos de Argo.

—Gracias. —La guerrera sujetó con cuidado a la bardo y emprendió el regreso a la posada. Avanzaba lo más deprisa que se atrevía sin mover demasiado a la bardo ni soltarla y tras lo que le pareció una eternidad llegó a la posada—. ¡Madre! —gritó.

Cirene salió corriendo de la posada.

—Por los dioses, Xena, ¿qué ha pasado? —La guerrera tenía el muslo embadurnado de sangre que había caído del brazo de su compañera.

—No lo sé muy bien. La han atacado unos maleantes. Trae unas vendas y agua caliente y ve a buscar al sanador. Acabo de darme cuenta de que me he dejado las cosas de curar en las alforjas de Argo en el arroyo.

—El sanador está aquí bebiendo un vaso de cerveza.

—Estupendo. Coge su equipo.

Se bajó despacio de Estrella y llevó a la bardo todavía inconsciente a su habitación, donde la depositó con cuidado en la cama. Cirene llegó con vendas, un cuenco de agua caliente y un sanador ebrio.

—Quita, Xena, yo soy el sanador de este pueblo. Ya me ocupo yo.

—No, para nada, estás borracho —gruñó la guerrera, mientras empezaba a limpiar la sangre y la suciedad del brazo de la bardo.

—Claro que lo voy a hacer. —El sanador, Gramulus, avanzó tambaleándose e intentó empujarla a un lado.

—Gramulus, no tengo tiempo para tonterías. —Xena se alzó cuan alta era y clavó una mirada furiosa en el tambaleante hombre—. Deja tus cosas y sal de aquí. No me pongas más furiosa de lo que ya estoy.

Gramulus levantó la mirada y hasta en su estado de embriaguez reconoció la mirada de los penetrantes ojos azules. Dejó sus cosas a los pies de la cama y salió mansamente de la habitación.

—Xena, ¿puedo hacer algo? —Cirene miraba preocupada a la figura inerte que yacía en la cama.

—Sí. Ha perdido mucha sangre. Necesito unas hierbas para hacer una infusión e intentar que recupere un poco las fuerzas. —La guerrera dio una lista de hierbas a su madre y la posadera fue a la cocina para hervir agua y hacer la infusión.

La guerrera terminó de limpiar el corte y se dispuso a coserlo, cubriéndolo abundantemente de hierbas en polvo que se usaban para prevenir una infección. Siento tanto no haber estado ahí para ayudarte, amor. Metió otro paño en la jarra de agua fría que estaba en la habitación para lavarse y lo aplicó al bulto que tenía la bardo en la cabeza, sujetándolo con otra tira larga de tela.

Mientras esperaba a que su madre volviera con la infusión, se quitó su propia túnica empapada en sangre y se lavó en la palangana, quitándose la sangre de su compañera de la pierna y los brazos. Fue a la cómoda, sacó una túnica limpia y se la puso. Luego le quitó las botas a Gabrielle y le quitó con cuidado la falda roja de cuero y el corpiño. Limpió la suciedad y la sangre del cuerpo de su amante y luego volvió a la cómoda. Encontró la camisa de dormir preferida de Gabrielle, suave y abrigosa, y se la puso a la bardo. Gabrielle, creo que ese baño caliente que querías va a tener que ser para otro día.

Cirene regresó con una jarra de agua humeante y varios paquetes de hierbas, junto con una taza grande. Xena cogió los paquetes, echó las cantidades apropiadas de cada uno y luego echó el agua caliente sobre las hojas en polvo.

—Xena —preguntó la posadera suavemente—, ¿dónde está Toris?

—Oh, dioses, madre, me había olvidado de él. Está vigilando a los rufianes que han hecho esto. Está en el arroyo donde lavamos a las ovejas. Tenemos que enviar a alguien para que lo ayude. Las ovejas siguen allí, lo mismo que mi armadura y las alforjas de Argo.

—No digas más, cielo, yo me ocupo. Tú quédate aquí y cuida de Gabrielle.

—Gracias, madre.

Cirene salió de la habitación y Xena se sentó junto a la bardo, levantándole la cabeza y los hombros. Echó despacio un poco de infusión entre los labios de la bardo y se sintió aliviada al ver que la garganta de Gabrielle tragaba por reflejo el fuerte brebaje. Consiguió que la bardo bebiera media taza y luego dejó la taza en una mesa al lado de la cama. Se acurrucó al lado de su amante, acomodándola sobre su hombro, y echó las sábanas por encima de las dos. El cuerpo de la bardo estaba febril.

¿Será por la infección del brazo o por la inflamación que tiene dentro de la cabeza?, se preocupó la guerrera en silencio. Maldición. ¿Por qué no he oído a esos tipos? Le prometí que ya no nos iba a pasar nada malo y ahora mira lo que ha pasado. Ni siquiera podemos lavar unas malditas ovejas en mi propio pueblo sin que venga gente a atacarnos. ¿Pero por qué a ella? No lo entiendo. Casi siempre son cazarrecompensas que vienen detrás de mí. Qué ganas tengo de interrogar a esos asquerosos hijos de bacante cuando Toris los traiga a rastras.

La madre de Xena entró de nuevo en la habitación y se sentó en el borde de la cama.

—Cielo, ¿qué tal va?

—No es fácil saberlo. El corte es muy profundo. Le ha afectado el músculo y por poco no le toca los tendones. Tiene un bulto bastante grande en la parte de atrás de la cabeza. Los golpes de la cara se curarán sin problema, pero no tendremos forma de saber cómo tiene la cabeza hasta que se despierte. Está empezando a tener fiebre. Ahora mismo no es muy alta, así que voy a dejar que haga su trabajo. Puede que esté luchando con una infección y si es así, una fiebre baja la ayudará a mantenerla a raya. Si le sube, tendré que darle las hierbas para remediarlo. Está palidísima, probablemente por la pérdida de sangre, pero creo que hemos llegado a tiempo de que no perdiera demasiada. No... no sé cómo puedo haber dejado que le pase esto. Se supone que debo cuidarla y he fracasado por completo. Madre, si sufre daños permanentes por esto, no sé qué voy a hacer. —Los ojos azules estaban llenos de lágrimas y Xena se atragantó con las últimas palabras.

—Oh, Xena. No puedes echarte la culpa de esto. Alégrate de haber llegado a ella antes de que pasara algo peor. Es joven y fuerte. Tienes que tener fe en que se pondrá bien.

—Madre, me cuesta mucho creer que cualquier cosa buena que tengo vaya a durar mucho. La quiero tanto. La mayoría de los días ni siquiera me puedo creer que esté en mi vida. No me la merezco.

—Cielo, si la mayoría de nosotros obtuviéramos lo que nos merecemos en la vida, me da la impresión de que muchos estaríamos bastante mal. Todos hemos hecho cosas que lamentamos. Tienes que concentrarte en lo bueno que hay en tu vida y en las cosas buenas que has hecho y dejar de atormentarte por tu pasado. Ella está en tu vida y creo que te quiere más que a la vida misma. Agárrate a eso, Xena. Agárrate a ello con fuerza. Es una cosa poco común lo que tenéis vosotras. Yo lo veo. Deja que ese vínculo que hay entre las dos te ayude a pasar por esto.

—Lo intentaré, pero ya sabes que nunca he sido muy dada a hacer las cosas por fe, salvo por la fe en mis propias capacidades.

—Inténtalo, cielo. —La posadera apartó un mechón oscuro de la frente de su hija y arregló un poco las mantas.

Toris asomó la cabeza por la puerta.

—Ha venido el alguacil y tenemos a esos dos rufianes encerrados en el sótano. Xena, ¿quieres hablar con ellos?

—¿Y me lo tienes que preguntar? —La guerrera levantó con cuidado la cabeza de Gabrielle y la colocó sobre la almohada. Se levantó de la cama y se puso las botas—. Madre, ¿quieres quedarte con ella mientras yo interrogo a esos hombres? Tardaré como media marca.

—Sí, si Toris vigila la sala principal de la posada.

—Por supuesto, madre. Creo que me las podré arreglar un rato. Ve, hermana.

—Gracias. A los dos. —Xena salió apresuradamente de la habitación y fue a las escaleras del sótano.


Cefas y Angus estaban encadenados juntos, espalda con espalda. Aaron, el alguacil del pueblo, estaba sentado en una banqueta en el rincón del sótano con una espada en el regazo. De repente, la puerta se abrió de golpe y una guerrera alta y furiosa cruzó la estancia hasta quedarse plantada ante ellos cruzada de brazos.

—Empieza a hablar —la voz de Xena era un gruñido grave.

—No tengo nada que decirte —dijo Cefas mirándola con desprecio.

Ella los rodeó y se enfrentó a Angus.

—¿Vas a hablar tú?

Angus se limitó a mirarla y sacó la mandíbula con gesto desafiante, luchando con los grilletes que tenía en las muñecas.

—Muy bien. He intentado hacerlo por las buenas, pero vosotros lo habéis querido. —Regresó con Cefas, se inclinó y le clavó rápidamente dos dedos a los lados del cuello. Él inhaló bruscamente y empezó a resbalarle un hilillo de sangre de un agujero de la nariz. Abrió mucho los ojos y levantó la mirada mientras se le iban quedando vidriosos—. He cortado el flujo de sangre a tu cerebro. Estarás muerto dentro de treinta segundos si no suelto los puntos de presión. Ahora, una vez más. ¿Por qué habéis atacado a Gabrielle?

—Rescate... reina amazona... por favor... —jadeó Cefas.

Xena le volvió a golpear el cuello y él tomó aire profundamente varias veces.

—A ver si lo entiendo bien. —La guerrera hablaba con un tono apacible y mesurado—. ¿Ibais a secuestrar a Gabrielle y pedir un rescate por ella? ¿Es que queréis morir o sólo sois estúpidos? ¿Tenéis idea de a quién acabáis de enfurecer con vuestro pequeño plan? ¿En qué estabais pensando?

—Pensábamos que las amazonas pagarían un buen precio por recuperar a su reina. Y pensamos que nos divertiríamos un poco con la reina mientras esperábamos a que soltaran los dinares. A fin de cuentas, es una putilla amazona. Seguro que es una fierecilla en el catre —respondió Angus con una sonrisa lasciva en la cara.

—Ya veo que quieres morir y que eres estúpido. —Con un rápido movimiento, la guerrera se colocó delante de él, echó el pie hacia atrás y le dio una patada bestial en la entrepierna. Él gritó y se dobló todo lo que le permitieron los grilletes, juntando las piernas. Xena lo agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás, inclinándose hasta pegar la nariz a la de él—. Si... alguna... vez... vuelves a hablar así de ella —dijo la guerrera entre dientes—, no me limitaré a darte una patada, sino que te los cortaré. ¿Me has entendido? —Él asintió débilmente, intentando esquivar los ojos azules que amenazaban con atravesarlo de parte a parte.

El alguacil se levantó y fue al lado de Xena.

—Xena, eso cambia las cosas. Esto parece un crimen directo contra la reina de la Nación Amazona. Tenemos dos posibilidades. Podemos quedarnos con ellos y juzgarlos de acuerdo con las leyes de Anfípolis o podemos entregarlos a las amazonas para que se ocupen de ellos.

—Mmmmm. Justicia amazona. Eso podría ser justamente lo que se merecen. —La guerrera se puso a pasear de un lado a otro, pensando en voz alta—. Sí. Me parece un buen plan. —Se volvió y miró a los dos maleantes—. Chicos, vais a hacer un viaje de ida a la aldea amazona, donde seréis juzgados y castigados por el ataque, el intento de secuestro y la violación planeada contra la reina amazona. Creo que descubriréis que el sistema legal de las amazonas es muy interesante. Así como los diversos castigos que tienen si sois declarados culpables de los crímenes de los que se os va a acusar. ¿Alguna vez habéis visto los juguetes especiales que las amazonas tienen reservados para los violadores?

Cefas tragó con dificultad y volvió la cabeza hacia Angus.

—Cretino estúpido. Tenías que abrir la bocaza. ¿Es que no sabes que la guerrera es la consorte de la reina amazona? Ahora mira en lo que nos has metido.

—Xena —dijo Aaron—. También hemos descubierto dos corderos en el bosque que le robaron a un aldeano. No eran vuestros. Al parecer usaron los corderos como cebo para llevar a Gabrielle hasta ellos. Podemos acusarlos también de robo.

—¿Los corderos están bien?

—Sí. Ya se los hemos devuelto a su dueño.

—Déjalo —replicó la guerrera con una sonrisa fiera—. Estos dos habrán pagado con creces cuando las amazonas terminen con ellos. —Se volvió y se arrodilló al lado de los dos prisioneros—. Por supuesto, si no se recupera del todo, los crímenes de los que se os acuse irán en aumento. Ahora mismo está arriba inconsciente. Más os vale empezar a rezar a los dioses que creáis que os van a escuchar para que se ponga bien. Porque si no es así, cuando las amazonas terminen con vosotros, yo os daré caza y os castigaré personalmente. Muy despacio. Y dolorosamente. Y cuando termine con vosotros, lo que os hagan las amazonas parecerá una fiesta dionisíaca.

Xena se levantó.

—Aaron, prepara una escolta para estos dos para mañana a primera hora. Escribe una nota para las amazonas detallando sus crímenes. Diles que los encierren hasta que yo les envíe noticias sobre el estado de su reina. —Se dio la vuelta y salió de la estancia, dando un portazo tras ella.

Subió rápidamente por las escaleras del sótano y corrió por el pasillo hasta su habitación. Respiró hondo al tiempo que giraba el picaporte de la puerta.

—¿Cómo está?

—Puede que esté un poco más caliente. —Cirene se volvió hacia su hija—. ¿Por qué le han hecho esto, Xena? ¿Te lo han dicho?

—Madre, iban a secuestrarla y pedir un rescate por ella a las amazonas. No puedo creer que después de todos los cazarrecompensas que me han estado persiguiendo, alguien haya podido ir por ella de esta forma. Nunca se me había ocurrido pensar que alguien podría hacer eso, a menos que fuese para llegar a mí.

—Oh, Xena, qué horror. ¿Qué vamos a hacer con ellos?

Xena sonrió a su madre por primera vez desde que había vuelto del arroyo.

—Entregarlos y dejar que prueben la justicia amazona. —La sonrisa se hizo más amplia por un instante.

—Ah. Bien. ¿Y qué van a hacer las amazonas con ellos?

—Créeme, madre, más vale que no lo sepas.

Cirene lo pensó un momento.

—Supongo que sea lo que sea, van a aprender una buena lección.

—Seguro que sí. Si es que queda algo de ellos cuando algunas de las amazonas que he conocido recientemente terminen con ellos. —La guerrera pensó por un instante en la devoción de Kallerine y Amarice por su reina—. Madre, gracias por quedarte con ella. Ya me quedo yo ahora. Tú seguro que tienes que preparar cosas para la cena.

—Vale, cielo, pero si necesitas cualquier cosa, llámame, ¿de acuerdo?

—Vale.

Cirene dio una palmadita a su hija en el hombro y salió en silencio de la habitación.

Xena se sentó al borde de la cama y apartó las sábanas. Levantó con cuidado las vendas del brazo de la bardo para comprobar la herida. Maldición. Los bordes del corte estaban claramente irritados e hinchados. Puso una mano en la frente de su compañera. Está más caliente.

La guerrera se levantó y hurgó en su propio equipo de sanadora, que le había traído Toris. Sacó varios paquetes de hierbas y las echó en una taza vacía que estaba en la mesa al lado de la cama. Echó un poco de agua y removió con los dedos. Lo olió y, satisfecha con la mezcla, levantó la cabeza de Gabrielle y una vez más le echó un poco del líquido entre los labios, vigilando que su compañera tragara.

Xena dejó la taza y volvió a su botiquín. Sacó un poco más del polvo empleado para prevenir infecciones y lo echó en otra taza. Lo mezcló con un poco de agua para crear un ungüento. Levantó de nuevo las vendas de la bardo, aplicó con cuidado el ungüento en la herida infectada y luego volvió a poner bien las vendas.

Gabrielle. Por favor. Por favor, despierta, amor. Por favor, ponte bien. La guerrera apartó las mantas y se metió en la cama al lado de su amante, abrazando el cuerpo caliente de la bardo. Besó la cabeza rubia y notó que se le empezaban a saltar las lágrimas de los ojos y a caerle por las mejillas. Xena lloró hasta quedarse dormida, sujetando a su compañera entre sus brazos. No oyó que Cirene entraba en la habitación y dejaba la bandeja de la cena en la mesa. La posadera se inclinó y arropó bien a sus hijas, deteniéndose un momento para colocar una mano fresca en cada frente. Con el ceño fruncido de preocupación, se volvió y regresó a la sala principal de la posada.

La guerrera se despertó al sentir que el cuerpo que tenía entre los brazos se estremecía y al oír unas palabras incoherentes que se escapaban de la boca de la bardo.

—Xena... no... no... ¡ooohhhh!

—Shhhh. Tranquila. Vamos, amor, estoy aquí. —Xena acarició el pelo rubio, que estaba mojado de sudor. Bien. Le está bajando la fiebre. Se dio cuenta de que su compañera tenía el cuerpo empapado en sudor. Apartándose con cuidado de la bardo, se levantó y cogió una camisa de dormir seca, le quitó a Gabrielle con delicadeza la camisa arrugada que llevaba y la sustituyó por la limpia.

Xena fue a la palangana, mojó un paño limpio en el agua fría y se lo puso a la bardo en la frente, sujetándolo mientras le tocaba con cuidado el bulto que tenía detrás. Había bajado un poco, cosa que a la guerrera le produjo un gran alivio. Se inclinó y besó la suave mejilla antes de volver a meterse en la cama, pegándose de nuevo a su amante. Te vas a poner bien. Tienes que ponerte bien.

La siguiente vez que la guerrera se despertó, el sol entraba a raudales por la ventana de la habitación que daba al este. Se incorporó y miró a Gabrielle, poniéndole una mano en la cabeza. Su temperatura parecía normal. Suspiró y notó que la bardo se despertaba. Poco a poco, los ojos verdes se abrieron parpadeando e intentaron enfocar la mirada.

—¿Xena? ¿Qué...? —La bardo empezó a volverse hacia ella y se detuvo—. ¡Ayy! Ohhhh. Me duele. Me duele todo. La cabeza...

—Gabrielle. —La guerrera tenía el corazón en un puño—. Quieta, amor. Lo has pasado muy mal.

Los ojos se cerraron y Xena vio que los músculos de la garganta de la bardo se movían al intentar tragar.

—Xena. —Se le quebró la voz—, ¿qué me ha pasado?

Oh, dioses. Su memoria.

—Gabrielle, ¿qué es lo último que recuerdas?

—Mm... —La bardo sentía un martilleo en la cabeza y tenía todo borroso—. Corderos. Iba detrás de unos corderos. Xena, ¿los corderos están bien?

A la guerrera se le escapó una lágrima de un ojo al mirar a su tierna compañera, cuya memoria, al parecer, estaba bien.

—Sí, amor, los corderos están muy bien.

—Ah. Bien. He hecho un buen trabajo, ¿verdad?

—Has hecho un trabajo perfecto, tesoro. Ahora descansa. Seguiremos hablando más tarde.

Gabrielle se volvió hacia la guerrera y sufrió una oleada de náuseas, al tiempo que la cabeza empezó a dolerle con saña.

—Xena, creo que voy a vomitar.

La guerrera saltó de la cama, cogió la palangana casi vacía y la colocó bajo la cara de su amante. Colocó una mano firme en la frente de la bardo mientras ésta vaciaba el estómago. Cuando Gabrielle volvió a echarse, Xena mojó un paño en la jarra y limpió con delicadeza la cara y la boca de la bardo.

—Te voy a dar una cosa, amor. —Sacó otras hierbas, unas para el dolor y otras para la náusea, y las mezcló—. Toma, bébete esto.

La bardo hizo una mueca al tragarse el desagradable líquido.

—Puaajjj. Qué horror. ¿Seguro que me quieres?

—Más que a nada —replicó Xena suavemente.

—Me cuidas bien. —Gabrielle cerró los ojos cuando las hierbas empezaron a hacer efecto.

La guerrera la tapó con las sábanas y acarició el corto pelo rubio, escuchando la respiración de la bardo que se iba haciendo más profunda. ¿En serio? Veamos, en la última semana y media ha sido hecha prisionera por César, crucificada y ahora casi ha sido secuestrada y violada por dos hombres que lograron dejarla sin sentido antes de que yo pudiera llegar a ella. No, amor, me parece que no te he estado cuidando bien en absoluto. Xena suspiró y cogió la palangana para llevarla fuera y limpiarla. Miró con tristeza a la bardo dormida y salió en silencio de la habitación.


Cirene levantó la vista de la mesa que estaba limpiando, donde dos clientes acababan de desayunar.

—¿Cómo está? —La posadera cruzó la sala y le puso a su hija una mano en el hombro, mirando preocupada los claros ojos azules.

—Creo que se va a poner bien. Se ha despertado un rato esta mañana y parece que tiene la memoria intacta. Le va a doler todo durante un tiempo y necesita recuperar las fuerzas, pero creo que lo peor ya ha pasado.

—Oh, cielo, qué buena noticia. —La mujer mayor miró la palangana que llevaba la guerrera—. ¿Está mala?

—Mm... creo que es sólo mareo y dolor a causa del golpe de la cabeza. Voy a llevar esto fuera para limpiarlo. ¿Podrías darme algo de comer? Lo siento, no llegué a comerme la cena que me dejaste anoche. Me temo que se ha enfriado.

—Claro, cielo. Ve ahora. Te tendré preparada una bandeja cuando vuelvas.

—Gracias, madre. —Xena salió por la puerta.

Cuando volvió, su madre le dio una bandeja en la que había infusión de hierbas, cereales calientes, beicon y un tazón de caldo de pollo ligero junto con unas galletas de pan sin levadura.

—Toma, Xena, el caldo y las galletas son para Gabrielle. A lo mejor su estómago lo retiene.

—Gracias. ¿Dónde está Toris? Hoy tenía que ayudarlo a esquilar las ovejas. Si viene, dile que iré más tarde a ayudar.

—Ya está en el granero esquilando. Ha conseguido que lo ayuden unos chicos del pueblo. Ha dicho que te diga que no te preocupes por lo de ayudarlo. Que te ocupes de Gabrielle.

—Ah. Bueno, estupendo. Le debo una. ¿Aaron ya se ha encargado de esos dos rufianes?

—Se los han llevado con una unidad de guardia al amanecer. Y no parecían nada contentos. Uno de ellos no paraba de murmurar algo sobre que iba a morir a manos de una panda de amazonas enloquecidas.

—Bien. Aunque no van a morir. Al menos todavía no. Tal vez para nada. Será mejor que vuelva ahí dentro. No quiero que se despierte sola.

—Ve, cielo. Dime si necesitas algo.

—Gracias. —La guerrera salió apresuradamente de la sala cargada con la pesada bandeja. Entró de espaldas en su habitación y depositó la bandeja en la mesa al lado de la que no había tocado la noche antes. Gabrielle seguía dormida y Xena se sentó en el borde de la cama y le tocó la pálida frente. Convencida de que su compañera no volvía a tener fiebre, alisó las mantas y luego fue a la mesa y desayunó, respirando hondo entre bocado y bocado para relajar los músculos contraídos del estómago. Se va a poner bien. Loados sean los dioses.

Cuando terminó de comer, la guerrera se trasladó al escritorio bajo que estaba junto a la ventana y sacó un trozo de pergamino y una pluma. Se puso a redactar una nota informativa para Chilapa, comunicándole que la reina amazona se iba a poner bien y que iniciara el juicio de los dos hombres. Firmó con una floritura, dobló la nota y derramó un poco de cera de una vela en el borde. Mmmm. ¿Debería usar el anillo de Gabrielle para sellarla? Probablemente no. Las amazonas podrían enfadarse si lo usa alguien que no es la reina. A lo mejor debería hacerme mi propio sello. Supongo que con mi firma basta. Creo que casi toda Grecia la conoce. Xena recordó una época en que recibir una nota con su firma producía un miedo mortal al receptor.

Gabrielle se movió en la cama y gimoteó al volver a sentir el dolor.

—Xena. ¿Dónde estás?

—Aquí mismo, amor. —La guerrera se levantó del escritorio de un salto, fue rápidamente a la cama y se sentó, cogiéndole una mano a la bardo—. ¿Cómo te encuentras?

—Como si me hubiera arrollado un carro. Y bien grande.

—¿Crees que podrías comer algo?

La bardo frunció el ceño y tragó varias veces.

—Puedo intentarlo.

—Así me gusta. —Xena cogió el tazón de caldo de pollo de la bandeja y lo llevó hasta su compañera. Le pasó a la bardo un brazo por debajo, alzándola lo suficiente para que el caldo no se derramara, y acercó el borde de la taza a los labios de Gabrielle.

La bardo bebió unos sorbos con cuidado y consiguió sonreír ligeramente.

—Esto es mucho mejor que eso que me diste hace un rato. —Poco a poco, vació el tazón.

La guerrera cogió entonces las galletas de pan sin levadura y se las ofreció a su compañera. La bardo empezó a comerlas y se terminó dos.

—Xena, ¿me podrías dar un poco de agua?

—Claro. —La guerrera cogió un odre de agua de la mesa y lo sujetó para su sedienta compañera. Gabrielle bebió del odre con fruición—. Despacio, amor. Demasiada agua demasiado pronto podría hacerte vomitar de nuevo. ¿Qué tal el estómago?

—Bien, creo. Parece que la comida se va a quedar ahí.

—Bien. A lo mejor no necesitas tomar más hierbas de ésas.

—Eso espero. —La bardo empezó a moverse para acercarse más a Xena y se detuvo rápidamente—. ¡Ay! —Bajó la mirada y vio la venda que tenía en el brazo por primera vez. Levantó el borde con cuidado y miró los puntos que había debajo—. Dioses, Xena, ¿qué ha pasado?

—¿Qué recuerdas? —La guerrera empujó delicadamente a su amante para que se tumbara de nuevo y le puso una mano en la suave mejilla.

—Mm... —El cerebro de Gabrielle estaba confuso por la medicación y frunció el ceño intentando concentrarse—. Ah... ese hombre. Me iba a secuestrar para intentar obtener un rescate de las amazonas. Me hizo un corte en el brazo cuando intenté coger un palo para defenderme. Conseguí tirarlo al suelo y eso es todo lo que recuerdo. Puaj. Xena, tenía un aliento asqueroso y unos dientes amarillos repugnantes.

—¿Un hombre? ¿Sólo recuerdas a un hombre? Gabrielle, eran dos.

—Oh. Yo sólo vi a uno. ¿Qué les pasó?

—Te oí llamarme y Argo y yo acudimos corriendo.

La bardo sonrió y puso la mano encima de la mano grande que le acariciaba la cara.

—Dijo que estabas demasiado lejos para oírme, pero yo sabía que me oirías.

—¿Eso te dijo?

—Sí. Pero estaba equivocado. Sabía que me protegerías. Siempre lo haces.

—Gabrielle, vamos. Hemos muerto hace poco porque no pude protegerte. Ayer dos rufianes te pegaron porque yo no estaba allí para protegerte. No soy digna de tu admiración por mi protección. Estoy fallando mucho. A lo mejor me estoy haciendo vieja.

—Xena, eso no es justo. Nadie es perfecto. Además, yo soy la que entró en el bosque sin mi vara, en contra de todo lo que me has enseñado siempre. Y ayer sí que me rescataste. Impediste que me secuestraran. ¿Cómo íbamos a saber que alguien intentaría hacernos daño tan cerca de casa mientras hacíamos algo tan trivial como lavar un puñado de ovejas? No podemos prever cada cosa mala que va a ocurrir. No es posible. Tú eres mi heroína y siempre lo serás. Así que acostúmbrate, ¿vale?

La guerrera examinó los tercos ojos verdes y en ellos vio una devoción fiera y decidida. Por ella.

—Gabrielle, te quiero.

—Y yo a ti. Siempre. Ahora dime, ¿qué pasó con esos dos hombres?

—Los sujeté mientras Toris los ataba. Aaron los ha mantenido presos hasta esta mañana. Los hemos enviado a las amazonas.

—A las amazonas. ¿Por qué?

—Gabrielle, iban a secuestrar a la reina amazona. Te han herido y... confesaron que también planeaban violarte. —A Xena le tembló ligeramente la mano con que acariciaba la mejilla de su amante—. Ha sido un crimen directo contra la Nación Amazona y las amazonas merecen ver que se hace justicia.

—Sí. Supongo que eso es cierto. Jo, casi lo siento por ellos. Espero que no los dejen a solas con Amarice.

La guerrera se rió entre dientes.

—Sí. No sería agradable de ver. He escrito a Chilapa y le he dicho que inicie el juicio. Podemos hacer que Aaron te tome declaración y se la envíe como testimonio. Así puedes descansar y no tienes que viajar hasta allí para declarar. He pensado que no querrías ir a la aldea hasta que se hayan ocupado de ellos. Si regresas, tendrás que presidir el juicio y decidir su castigo.

—Qué bien me conoces. Xena, ¿qué voy a hacer? Quiero ser una buena reina cuando regrese a la aldea, pero no me gusta nada tener que decidir el destino de alguien, no cuando es una cuestión de vida o muerte. Es evidente que acabará sucediendo algo que me va a obligar a entrar en el terreno de la pena capital.

—Gabrielle, no tienes que aplicar la pena de muerte si no quieres. Eso es prerrogativa tuya como reina. Créeme, las amazonas cuentan con gran cantidad de castigos alternativos para gente de esa calaña.

—Eso es cierto. —La bardo cerró los ojos al sentir una breve oleada de dolor en la parte de atrás de la cabeza—. Xena, me duele mucho la cabeza.

—Lo siento, mi amor. Me temo que te va a doler a ratos durante un tiempo. Ya te he dado muchas hierbas analgésicas. Creo que por ahora no debería darte más.

—¿Entonces podemos trasladarnos al banco del porche? La verdad es que me siento mejor sentada que tumbada.

—¿En serio que te apetece moverte?

—Sí. Creo que sí.

—Vale. Te voy a levantar en brazos muy despacio. Dime si te duele demasiado.

—Vale.

Xena envolvió bien a su compañera con las mantas y luego le pasó los brazos por debajo y la levantó. Cruzó la sala principal de la posada con la bardo bien envuelta y meneó la cabeza cuando vio que Cirene iba a protestar.

—Sólo vamos al porche. No vamos a ningún lado.

—Ah. Hola, cielito. —Cirene puso delicadamente una mano en la pierna de la bardo—. Me alegro de verte levantada.

—Yo también me alegro de verte, mamá. —Gabrielle consiguió sonreír con mucha debilidad.

Xena salió al exterior. El banco en cuestión estaba en un pequeño nicho cavado en la pared de la posada. Se sentó de lado con cuidado, estirando las largas piernas en el asiento y bajando despacio a su amante hasta depositarla entre sus piernas, y la bardo apoyó la cabeza en el pecho de la guerrera. Besó la cabeza rubia, abrazó a Gabrielle y luego se apoyó en la pared. La guerrera y la bardo no tardaron en quedarse dormidas apaciblemente, recuperándose gracias al poder curativo del íntimo contacto, Gabrielle físicamente y Xena emocionalmente.


PARTE 7


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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