5


Oh, niña preciosa
Tengo una propuesta para ti.
Una guerrera, descalza y bailando
Con lágrimas de dolor y belleza
Todo esto es cierto para ti.
Levántame a través de mi dolor y mi rabia
Estos son mis dioses, éstas son tus cicatrices,
Levántame a través de mi dolor y mi rabia
Los brazos me arden pero están abiertos de par en par.

—de Keeper of My Heart, de Amy Ray, tal y como lo interpretan las Indigo Girls en su CD Nomads Indians Saints, copyright 1990, CBS Records, Inc., fabricado por Epic Records.


Durante todo el descenso por la montaña, Gabrielle se mantuvo agarrada con la mano al brazo de su amante. De vez en cuando miraba a la guerrera, intentando leerle los pensamientos en la cara. No habían hablado desde que se marcharon de la cueva y la bardo se dio cuenta de que Xena estaba al borde de un colapso. Un colapso que Gabrielle estaba decidida a ayudar a su compañera a superar lo mejor posible. La bardo decidió guardar silencio, a la espera de que la guerrera estuviera dispuesta a hablar. Cuando llegaron a los caballos, el sol se estaba poniendo, pintando el horizonte de vivos tonos rojos, rosas y morados, cuya luz y belleza contrastaban crudamente con las emociones que se agitaban dentro de la cabeza de Xena.

—Gabrielle, la verdad es que no quiero acampar aquí. Al pie del Olimpo no. Hay demasiados dioses por aquí a quienes les gustaría hacerme pasar un mal rato. Hay una pequeña aldea al otro lado de la montaña. Podemos llegar por la mañana si cabalgamos toda la noche. ¿Te importaría mucho? Sé que seguramente estás cansada.

—No, Xena, no me importa. A mí tampoco me apetece mucho quedarme aquí. —La bardo se acercó a Estrella, preparándose para subir al estribo.

—Eh. Ven aquí —la detuvo la guerrera.

Gabrielle dirigió a su compañera una mirada interrogativa y luego se encogió de hombros y se acercó a Argo.

—Monta conmigo. ¿Por favor? Me vendría bien la compañía.

La bardo sonrió.

—Claro. Estrella puede seguirnos detrás.

Xena colocó a Estrella detrás de Argo y ató las riendas del pinto con un nudo flojo a una presilla que había en la parte posterior de la silla del caballo dorado. Luego saltó a lomos de Argo y con un gesto familiar, ofreció el brazo a su compañera para subirla. Gabrielle se agarró al fuerte brazo y subió, aterrizando cómodamente detrás de la guerrera. Rodeó con los brazos la cintura de su amante y apoyó la mejilla en el manto de Xena, con cuidado de evitar la armadura de metal que había debajo.

Xena suspiró satisfecha y puso una mano encima de las de Gabrielle, entrelazando sus dedos. Cogió las riendas de Argo con la otra mano y arreó a la yegua, que echó a andar por el camino con pasos seguros en la creciente oscuridad. Estrella siguió detrás, lanzando algún que otro relincho al caballo dorado. Cuando el sol se hundió por el horizonte, aparecieron las primeras estrellas parpadeantes, pero la guerrera estaba demasiado ensimismada para pedir su deseo de costumbre. La bardo, sin embargo, pidió un deseo especial por su compañera. Por favor. Por favor, que salga bien de esto. Que su lado oscuro no vuelva a apoderarse de ella.

Hacia medianoche, Xena notó que su compañera se estaba quedando dormida apoyada en su espalda. Detuvo al caballo.

—Vamos. —Echó una pierna por encima de Argo y se quedó de pie en el estribo—. Gabrielle, échate hacia delante para montar delante de mí.

—Pero Xena, nunca monto delante.

—Tú hazlo. Ya verás por qué. —La guerrera movió una ceja y sonrió de lado a la bardo.

Gabrielle sofocó un bostezo y se deslizó hacia delante. Xena volvió a montarse en la silla detrás de ella, le rodeó la cintura con un brazo y recogió las riendas con la mano libre.

—Ahora, apóyate en mí.

La bardo obedeció, acomodándose contra el pecho de su amante, apoyando la cabeza en un ancho hombro y disfrutando del calor.

Xena las arropó a las dos con su manto.

—Duérmete, amor. Yo te sujeto.

Gabrielle suspiró y cerró los ojos. Xena notó que el cuerpo de su compañera se relajaba contra ella y oyó que la respiración de la bardo se hacía más profunda. Sujetó un poco mejor a su amante, apoyando la cara en la cabeza rubia.

—Eso es —susurró la guerrera suavemente y emprendió de nuevo la marcha, contenta de tener cerca a su compañera después de la oscuridad de la cueva.

Xena siempre había considerado la noche como una amiga. Además de los juegos con las estrellas a los que jugaba con sus hermanos de niña, con frecuencia deambulaba por el campo cerca de Anfípolis, escabulléndose de la posada, atraída por el frescor de la noche y los ruidos que hacían los animales nocturnos. A veces iba a nadar a la luz de la luna o se quedaba sentada debajo de un árbol y escuchaba el ulular de los búhos y el canto de los grillos. De vez en cuando, ya de adolescente, buscaba los campamentos de los viajeros y se sentaba al borde del círculo para escuchar las historias que contaban sobre los lugares donde habían estado y las cosas que habían visto, soñando con el día en que ella también pudiera ver mundo. Cuando era señora de la guerra, la noche le había dado protección para moverse sin ser detectada. Aprovechaba la oscuridad para observar los campamentos enemigos e idear una estrategia basada en esas observaciones.

Después de conocer a Gabrielle deseaba que llegara la noche y la compañía que compartían junto al fuego. Era el momento de relajarse y descansar de la lucha, el viaje y la actividad constante que llenaban sus días. La bardo siempre conseguía entretenerla contándole una historia o jugando a las charadas o inventándose pequeños juegos. Después de cenar y jugar, Xena se ocupaba de sus armas mientras Gabrielle escribía en sus pergaminos y después de eso siempre conversaban tranquilamente tumbadas en sus petates a la espera de quedarse dormidas, contando estrellas e imaginando formas en ellas. Era el momento en que hacían planes para el día siguiente o simplemente se dedicaban a soñar en voz alta. Incluso antes de hacerse amantes, habían compartido un fuerte vínculo y siempre dormían la una al lado de la otra, a veces incluso cogidas de la mano toda la noche.

Esta noche, sin embargo, no parecía su amiga, mientras la guerrera reflexionaba sobre la revelación de que Ares, el dios de la guerra, el ser de cuya influencia tanto se había esforzado por librarse, era en realidad su padre. ¿Cómo podía limpiar su sangre de la seducción y el lado oscuro de Ares cuando formaban la mitad de su sangre? Una parte de ella quería aferrarse desesperadamente a las palabras de M'Lila, que podía luchar mejor contra el mal porque conocía el mal. Pero ahora, en el fondo de su alma, la guerrera sentía que no sólo conocía el mal, sino que una parte de ella, la parte de ella que era de Ares, más que conocer el mal, era el mal.

¿Soy malvada? Gabrielle ciertamente no lo cree. Dice que traigo luz a su vida. Xena sonrió a medias por la ironía de las palabras de la bardo. La idea de que la Destructora de Naciones trajera luz a algo o a alguien resultaba casi ridícula. Xena recordó que en los Campos Elíseos, M'Lila le había dicho que aunque usar el camino del guerrero para hacer el bien era un primer paso hacia la expiación de todas las atrocidades que había cometido, el amor que compartía con Gabrielle era su salvación definitiva.

—Bueno, Gabrielle, si amarte va a salvar mi alma, a lo mejor la redención no va a ser tan difícil después de todo —le dijo en voz baja a la bardo dormida y besó el fino flequillo rubio. Con los hombros ligeramente liberados de la tensión, la guerrera siguió cabalgando, reflexionando sobre cómo podía separarse de su padre. Tal vez tenga que seguir las indicaciones de mi compañera durante un tiempo y aprender a amarla mejor. Tal vez si me concentro en ella lo suficiente, el lado oscuro quedará enterrado. Sí, eso es.

Justo antes del amanecer llegaron a lo alto de una colina y la pequeña aldea apareció debajo de ellas. Era un pueblecito muy pobre y Xena advirtió que había sido saqueado en más de una ocasión por merodeadores. Azuzó a Argo, notando el cansancio en los huesos por la falta de sueño. Al doblar por la calle principal del pueblo, vio la posada al final, formando un lado de la plaza del pueblo. Se detuvo delante y despertó delicadamente a su compañera con un ligero meneo.

—¿Qué? Xe... Oh, ¿ya hemos llegado?

—Sí. ¿Qué tal si entras y ves si el posadero está levantado? Consíguenos una habitación y algo de desayunar mientras yo meto a los caballos en el establo.

Se bajaron de Argo y la bardo se estiró y bostezó. Dando una palmada a Estrella en la grupa, se volvió y entró en la posada mientras Xena se dirigía al establo bajo que había detrás. Cuando Gabrielle entró por la puerta, un brazo la agarró y notó un cuchillo en el cuello. La bardo se llevó tal sorpresa que soltó la vara, que cayó al suelo con gran estrépito.

—A ver, ¿tú quién eres y q'aces en mi posada? —preguntó amenazadoramente una bronca voz femenina.

—Soy Gabrielle, bardo de Potedaia y reina de las amazonas. Viajo con mi compañera y sólo queremos una habitación, una comida y un baño caliente. Ahora por favor, te conviene quitarme ese cuchillo del cuello antes de que llegue mi compañera. No le sentaría bien y créeme, más te vale no enfadarla. Es muy alta y muy fuerte y hasta cuando tiene el día bueno, la gente no quiere líos con ella. Te aseguro que no te conviene que hoy acabe teniendo un mal día, créeme.

El cuchillo bajó despacio y la bardo se apartó rápidamente de la persona que la sujetaba, agachándose y cogiendo su vara con firmeza. Se echó hacia atrás para contemplar a quien la había apresado brevemente. Era una anciana, corpulenta y alta, de pelo blanco recogido en un moño y pálidos ojos grises. Sus facciones estaban surcadas de profundas arrugas, más debidas al exceso de penalidades que al exceso de risa.

—Oye, pos anda que no eres pequeñaja. Siento lo del cuchillo. Pasan soldaos por aquí últimamente. Se llevan to' lo que no tenemos clavao. S'an llevao mi caballo y mis provisiones. No tengo mucho que darte salvo un cacho pan y queso.

—Eso está bien —replicó Gabrielle, sintiendo lástima de la anciana—. ¿Estás aquí sola?

—Sí. Mi marío murió hace seis lunas. Ahora tengo que llevar to' esto sola. M'ija vive en el pueblo pero tie' su tienda y un marío q'atender. M'ijo también vive cerca. M'ayuda to' lo que pue', pero tie' familia de la q'ocuparse. Tie' una mujer y dos pequeños. Quieren mucho a su yaya, vaya si la quieren —dijo la anciana con cierto orgullo.

Decidiendo que la mujer le caía bien, la bardo sonrió y alargó el brazo.

—No sé cómo te llamas.

—Manolie, moza.

Una forma alta y oscura entró en la posada, más alta que las dos, y Manolie volvió a alzar el cuchillo.

—Manolie, no pasa nada. Ésta es mi compañera, Xena.

La mano de la guerrera se había posado inconscientemente en su chakram y pasó la mirada interrogante de Gabrielle al cuchillo que tenía Manolie en la mano.

—¿Sena? ¿La Sena? Oh, cómo m'alegro de verte aquí, Sena. Naide se mete con la Sena. Ya me paice q'estoy más segura. Podéis quedaros aquí to' lo que queráis. Os haré precio especial, os rebajaré unos dinares de lo que cobro. —La anciana sonrió y dio unas palmaditas en el brazal de Xena.

La guerrera enarcó las cejas mirando a su compañera.

—Me alegro de estar aquí —dijo Xena con cautela—. ¿Nos enseñas nuestra habitación?

—Sí, podéis coger la que queráis d'arriba. No hay naide más. Un momento, q'os traigo comía. —Manolie se metió en la cocina y rebuscó. Al cabo de un momento, regresó con una bandeja de pan y queso y una jarra de sidra. Se las entregó a Gabrielle.

—Gracias. —La bardo sonrió, mientras la guerrera, como un zombi, se dirigía a la parte de atrás de la posada, subía las escaleras y avanzaba por un pasillo seguida de Gabrielle, que llevaba su desayuno. Xena giró el picaporte de la primera puerta, entró y dejó caer las alforjas con cansancio en un rincón. Se sentó mientras su compañera colocaba la bandeja en una mesa. Sabía que debía comer, de modo que se apresuró a masticar y tragarse un buen pedazo de pan con una loncha de queso. Luego se levantó y empezó a quitarse la armadura, notando unos dedos ágiles que la ayudaban.

—Venga, Xena, deja que me ocupe yo. Tienes que estar agotada después de cabalgar toda la noche.

—Pues... sí.

La bardo le quitó la armadura y luego desabrochó la túnica de cuero de debajo, se la quitó y la dejó en el respaldo de una silla. Sacó una camisa de dormir de las alforjas y ayudó a su compañera a metérsela por la cabeza.

—Siéntate en la cama. —Xena lo hizo y Gabrielle le quitó las botas a la guerrera, notando que su compañera le pasaba distraída los dedos por el pelo corto mientras estaba de rodillas—. Ahora, Xena, a dormir.

—¿Vienes conmigo?

—Dentro de un ratito. Yo he dormido, ¿recuerdas?

—Sí, lo recuerdo. —La guerrera sonrió, se tumbó en la cama y se quedó dormida casi nada más posar la cabeza en la almohada.

Gabrielle vio cómo su amante se quedaba dormida y tapó a la mujer alta con las mantas. Luego regresó a las alforjas y sacó una pluma y un trozo de pergamino. Se quitó su propia armadura y las botas y se puso una camisa de dormir muy gastada. Se dirigió a la mesa y se sentó, comiendo un poco de queso y pan mientras contemplaba la salida del sol, y se puso a escribir.

Negro es el color del cabello de mi amor,
Sus labios son como rosas bellas,
Tiene la sonrisa más dulce y las manos más delicadas,
Y adoro el suelo que pisa.
Amo a mi amor y ella bien lo sabe,
Adoro el suelo por el que camina,
Cómo deseo que llegue el día,
En que ella y yo podamos vivir unidas.
Y negro es el color del cabello de mi amor,
Sus labios son como rosas bellas,
Tiene la sonrisa más dulce y las manos más delicadas,
Y adoro el suelo que pisa.*

La bardo sopló sobre el pergamino para secar la tinta y luego lo dejó en la mesa. Se levantó, echó un poco de agua de una jarra en una palangana y se lavó la cara, secándosela con una suave toalla blanca. Se peinó y luego fue a la cama y se metió bajo las mantas al lado de su compañera. Se apretó contra la guerrera, pegada a la espalda de Xena y rodeando a su amante con los brazos.

—Eh, ¿ya tienes sueño? —preguntó una voz perezosa.

—Un poco —replicó Gabrielle—. Creía que estabas dormida.

—Lo estaba. Supongo que una parte de mí estaba esperando a que vinieras.

—Ah.

—¿Me abrazas mientras duermo?

—Siempre, amor. —La bardo se acercó más a su compañera y frotó la nariz en la nuca de la guerrera, absorbiendo el leve olor a cuero y jabón para cuero que quedaba allí. A pesar de haber dormido por el camino, no tardó en adormecerse, uniéndose a su amante en el sueño.

Xena montaba un caballo negro a través de un bosque espeso y antiguo. Una densa niebla cubría el suelo y los árboles eran tan altos que prácticamente tapaban la luz del sol que intentaba abrirse paso a través del denso follaje verde. La guerrera miró hacia abajo y descubrió que llevaba una de las armaduras más ostentosas que se ponía durante la época en que dirigía su ejército. El cuero marrón oscuro estaba adornado con trocitos de oro y llevaba una reluciente capa dorada echada por los hombros. Bajó la mano y tocó el borde dorado que se mezclaba con el borde de cuero de su falda. Qué raro. Hacía tiempo que no veía todo esto. No recuerdo habérmelo llevado. Bueno, siempre fue impresionante, aunque poco práctico a veces. ¿Cuándo me lo he puesto?

Siguió cabalgando, consciente de que estaba sola. ¿Y de dónde ha salido este caballo? ¿Dónde está Argo? ¿Y dónde está Gabrielle? ¿Qué Tártaro está pasando aquí? A lo mejor esa posadera me ha drogado o algo. No recuerdo haber dejado la posada. ¿Dónde estoy? Xena se detuvo un momento, respirando hondo e intentando orientarse. Al no conseguirlo, suspiró y continuó por el camino mal señalado en el que estaba.

Al cabo de un rato llegó a un claro y descubrió que estaba en lo alto de una especie de acantilado, que daba a un valle y a dos pequeñas aldeas. Al mirar con más atención, se dio cuenta de que las aldeas eran Potedaia y Anfípolis. Qué cosa más rara. No recuerdo que Potedaia y Anfípolis estén en el mismo valle. O que estén tan cerca la una de la otra. Dio vueltas a lo que veía y de repente tuvo una familiar sensación de hormigueo que le empezó en la cabeza y fue bajándole por la espalda.

Ares.

La seducción era abrumadora. Sintió que se le calentaba la piel, que el corazón le latía más rápido, y cerró los ojos cuando la sensación de poder oscuro la inundó como una ola. Oh, sí. Cómo lo he echado de menos. Se lamió los labios y abrió los ojos. El dios de la guerra estaba ante ella. Xena lo saludó con una sonrisa maliciosa.

—Xena, cómo me alegro de verte. Ya sabía yo que cuando supieras quién soy por fin comprenderías que éste es tu destino. Yo soy tu legado. La guerra es tu legado. No fuiste creada para hacer el amor. Fuiste creada para odiar y matar. Es lo que se te da bien.

La guerrera soltó una carcajada y desmontó de un salto del caballo desconocido. Avanzó y abrazó a Ares.

—Papá. Por fin estoy en casa. —Echó la cabeza hacia atrás y volvió a reír, y de repente se vio rodeada por una niebla aún más espesa que la que había en el bosque. Le impedía ver cualquier cosa. Un viento fuerte y arremolinado aclaró la niebla y Ares seguía allí. Con Gabrielle.

—Venga, princesa. Demuestra tu amor por tu padre. Para conservar tu oscuridad, debes deshacerte de la fuerza que te ha apartado constantemente de mí. Ya sabes lo que tienes que hacer, Xena. Mátala. Su luz te impide realizar tu destino. —Ares le ofreció una gran daga reluciente. La guerrera la aceptó y la miró como hipnotizada.

Flotó hacia delante, agarró a la silenciosa bardo y se acercó al borde del acantilado. Eso es. Le cortaré el cuello y luego tiraré su cuerpo por el acantilado. Luego iré a saquear Potedaia y me llevaré todo el botín a Anfípolis. Xena y Gabrielle estaban al borde mismo y la guerrera llevó despacio el puñal al cuello de la bardo.

Ares estaba detrás de ella, sonriendo regocijado.

—Hazlo, princesa. Mátala. Mánchate las manos con su sangre. Mata, Xena. Es lo único que conoces.

La guerrera se detuvo y sofocó un grito. Dejó caer el puñal y cayó de rodillas, abrazando a la bardo. Xena estalló en lágrimas ardientes y luego gritó:

—Noooooo. No, Ares, no es lo único que conozco. Ya no. Este amor. Esto es lo que conozco ahora.

Los rasgos del dios de la guerra reflejaron una ira profunda y rugió:

—Bien. No podrás desafiarme siempre, Xena. Soy tu padre y al final me seguirás. —Y desapareció con una humareda.

La guerrera se agitó y estremeció en sueños, farfullando palabras ininteligibles. Gabrielle se despertó, al notar la inquietud del cuerpo que abrazaba, y se incorporó, apoyándose en un codo e inclinándose sobre su compañera. La guerrera tenía los labios tirantes y el rostro contraído. Por el rabillo del ojo se le escapaban unas lágrimas. La bardo alargó la mano y la puso con cuidado en el hombro de Xena, sacudiéndola ligerísimamente.

—Eh.

—¿Qué...? —La guerrera se incorporó de un salto y miró a su alrededor un momento, aturdida. Tragó varias veces y luego alargó los brazos y agarró a su compañera, estrechándola con fuerza. Xena temblaba.

—Xena, amor, no pasa nada, tenías una pesadilla. —La bardo acarició ligeramente la espalda de la guerrera y le alisó el largo pelo negro.

—Gabrielle, no dejes que me atrape.

—¿Quién, amor?

—Ares. No dejes que me atrape otra vez.

—Shhh. No le dejaré. No le dejaremos. Eso no va a ocurrir. Ni siquiera es posible.

—¿No?

—No.

—Me... me cuesta creer que no vaya a ganar.

—Fíjate en lo que te dijo, Xena, yo sí lo creo. No... va... a ganar. ¿Por qué no me dejas que por ahora lo crea yo por las dos, eh? Hasta que tú misma lo puedas creer.

—¿Harías eso por mí?

—Por supuesto. ¿No te das cuenta de que eso es lo que he estado haciendo siempre?

—¿Y si no lo creo nunca?

—Lo creerás. Pero por la remota posibilidad de que no sea así, supongo que tendré que quedarme contigo para siempre y seguir creyéndolo por las dos, ¿vale?

—¿Lo prometes?

—Lo prometo. Ahora vuélvete a dormir. Estás muy cansada.

La guerrera se echó de mala gana, tirando de su compañera hasta que la bardo quedó prácticamente echada encima de ella. Xena rodeó estrechamente a Gabrielle con los brazos y las dos se quedaron dormidas de nuevo.

Varias marcas después el sol estaba en lo alto, pero oculto por un cielo nublado. Durante la mañana habían llegado nubes bajas que flotaban a lo lejos, amenazando con anegar la tierra de lluvia. El aire se había templado considerablemente, como si cumpliera una cita exacta con el equinoccio. Xena se despertó y suspiró. El sueño había relajado su cuerpo, pero no su confusión interna. Sabía que no iba a poder dormir más, de modo que soltó con cuidado a su compañera, colocándola delicadamente en la cama. Se incorporó, echó las piernas por el lado de la cama, se levantó y se acercó en silencio a la ventana.

Abriendo los postigos, se asomó al alféizar, apoyada en los antebrazos. En el aire había un leve olor a lluvia. Mmmm. Puede que al final no vayamos a poder viajar hoy. Xena pensó en ello y se dio cuenta de que necesitaban conseguir algunas cosas en el pueblo, si es que quedaba algo que comprar. Gabrielle necesitaba ropa que le quedara bien, Argo necesitaba herraduras nuevas y se estaban quedando sin provisiones. No es que ella no pudiera conseguirles comida en el camino, pero era agradable contar con algunas cosas básicas con las que funcionar.

La guerrera miró a la bardo dormida y decidió que ya que estaba, podía ocuparse de algunos de los recados mientras su compañera descansaba. A ver... tengo que escribirle una nota... Xena miró la mesa que estaba contra la ventana y vio la pluma y el pergamino. No era propio de su compañera dejarse sus escritos al alcance de cualquiera. La bardo solía ser muy privada con sus pergaminos. Vencida por la curiosidad, Xena cogió el papel y lo miró, leyendo el poema que había escrito Gabrielle. La guerrera notó que los ojos se le llenaban de cálidas lágrimas. No puedo creer que me quiera tanto. Con cuidado, cogió un trozo de pergamino en blanco y la pluma. Mojándola en el tintero, escribió:

Gabrielle, voy a echar un vistazo por el pueblo y a hacer unos recados. Ah, y tu poema. No se me dan bien las palabras, pero lo mismo digo, sólo que mi amor tiene el pelo dorado con brillos rojizos. Y sus ojos son del color del mar antes de una tormenta. En cuanto a vivir unidas, yo también lo quiero, amor. Cuando tengamos todo esto organizado, vamos a hacerlo. Te lo prometo. Quiero más tiempo contigo, Gabrielle. Xena.

Tras firmar la nota, fue a la palangana y se echó agua en la cara. Luego se puso la túnica de cuero y la armadura, se pasó los dedos por el pelo para acicalárselo y luego se lo recogió con una cinta. Se sentó en el hogar de la chimenea y se puso las botas y luego envainó la espada y se colgó el chakram reparado al cinto. En silencio, para no despertar a la bardo, cruzó la habitación de puntillas, abrió la puerta y bajó a la sala principal de la posada.

Manolie estaba muy ajetreada, sirviendo a unos pocos aldeanos que estaban almorzando. Vio a la guerrera y dejó una bandeja, se secó las manos en el delantal y se encaminó hacia Xena, saludándola con una sincera sonrisa.

—¿Te pongo sopa y pan? No tengo mucho, pero pue's tomar to' lo que quieras.

—Sí. Eso estaría muy bien. —La guerrera se sentó a una mesa, apoyando la espalda en la pared desde donde podía observar a los aldeanos. Los estudió disimuladamente y decidió que probablemente eran todos del pueblo, muy poco refinados, y no parecían saber quién era ella. Claro que con lo cerca que estaban del Monte Olimpo, éste no era un pueblo en el que Xena hubiera estado desde hacía mucho tiempo. Por lo general evitaba la montaña. Demasiado cerca del hogar de Ares. Con todo, no pudo evitar notar las miradas temerosas que recibía. Suspiró. Supongo que me tienen miedo sólo por mi aspecto, aunque no sepan quién soy.

Manolie volvió a la mesa con un tazón de sopa y una gruesa rebanada de pan. Colocó furtivamente un plato pequeño junto al pan.

—Lo último de mi mantequilla pa' ti y... —la posadera depositó una gran jarra—, sidra de las manzanas de mi huerto. No queda mucha.

—Gracias. ¿Manolie?

La posadera había empezado a volverse, pero se detuvo.

—¿Hay un herrero en el pueblo y tal vez un sitio donde comprar ropa?

—Sí. El herrero está en la otra punta d'esta calle. Los soldaos no s'an metío mucho con él. Es un hombretón. M'ija tie' una mercería al lao del herrero. L'astao protegiendo.

—Gracias. —La guerrera sonrió con aprecio.

—De na'. —Los ojos de Manolie destellearon y las arrugas de los ojos se hicieron más profundas de lo que ya eran. Se volvió para atender a los otros clientes.

Xena se bebió la sopa, que no era muy espesa pero sí sabrosa, con algunas verduras que flotaban en un aromático caldo. El pan estaba recién salido del horno y la mantequilla se derretía en la corteza blanda y almendrada. Lo comió con placer, cayendo en la cuenta del hambre que tenía después de viajar toda la noche y de comer tan sólo un poco de queso y pan horas antes. La sidra era fuerte y especiada. Cuando terminó de comer, se levantó y salió de la posada.

Se encaminó muy decidida al establo y se dirigió a la casilla de Argo, deteniéndose para acariciar el hocico de Estrella.

—Venga, Argo, vamos a ponerte herraduras nuevas. —Ató una cuerda corta al ronzal de la yegua y la sacó de la casilla. Estrella relinchó protestando. Xena se echó a reír y se volvió—. No te preocupes, que te traigo a tu amiga de vuelta dentro de nada. —Estrella sacudió la cabeza y resopló por la nariz, golpeando el suelo con la pata delantera. Argo respondió con su propio resoplido, mordisqueando la túnica de cuero de la guerrera—. ¡Eh! Parece que os gusta separaros tanto como a vuestras madres. Jo. Pero qué patéticas somos. —Sacó a la yegua del establo y bajaron por la calle hacia la herrería. La guerrera miró en la parte de delante y al no encontrar allí a nadie, dio la vuelta hasta el taller.

Al acercarse, un hombretón, de por lo menos dos metros de estatura y probablemente ciento ochenta kilos de peso, se levantó. Tenía la cara alegre y una espesa barba negra que enmarcaba una gran boca sonriente.

—Hola. ¿En qué puedo ayudarte?

—Mi caballo necesita herraduras nuevas. ¿Cuánto cuesta?

El herrero examinó a Argo.

—Buen caballo.

—Gracias. —Xena observó al hombre y comprendió por qué los soldados que merodeaban por allí lo dejaban en paz. Con lo alta que era ella, tenía que echar el cuello hacia atrás para mirarlo.

—Serán cinco dinares.

—Bien. ¿Cuánto tardarás?

—Como una marca. —El herrero alargó el brazo—. Me llamo Braden, ¿y tú quién eres?

—Me llamo Xena —dijo la guerrera apaciblemente.

—¿Xena? ¿La princesa guerrera? —Los ojos de Braden se estrecharon un poco.

—Soy la única Xena que conozco.

—Tengo contigo una deuda de gratitud. Hace varias lunas salvaste a mi mujer de una banda de maleantes. Estaba viajando para visitar a su hermana cuando asaltaron a su grupo. De no haber sido por ti, dijo que los habrían matado a todos. Dijo que apareciste de la nada con una compañera tuya y que las dos les disteis una soberana paliza a los bandidos hasta que por fin salieron huyendo. Gracias por salvar a mi mujer, y dale las gracias a tu amiga si la ves. Para ti, las herraduras y el trabajo son gratis.

—Ah. Bueno. De nada, y se lo diré a mi amiga. Y gracias por la oferta de trabajo gratis, pero de verdad, puedo pagarte. —Xena nunca sabía muy bien qué decir cuando alguien le expresaba su gratitud. Sonrió casi con timidez y se dio la vuelta para ir a la mercería—. Volveré dentro de un rato. —Se volvió a Argo—. Se buena. —Le entregó la cuerda a Braden.

El hombretón la cogió y llevó a la yegua a una casilla abierta. No, Xena, tu salvaste a mi mujer. Y está embarazada de mi hijo. Cuando la salvaste, salvaste dos vidas. No me parece que debas pagar, pensó el hombretón en silencio.

Xena regresó a la parte de delante de la herrería y miró la mercería que había al lado. En el escaparate había varias túnicas de alegres colores. Una campanilla colgada en la puerta tintineó suavemente cuando giró el picaporte. Entró y captó el fuerte olor químico de los tintes y el olor acre del cuero recién curtido. Miró un momento a su alrededor hasta que una mujer alta y esbelta salió de una habitación trasera, una versión mucho más joven y delgada de Manolie.

—¿Deseas algo?

—Sí. Me alojo en la posada de tu madre. Me envía ella. Estoy buscando unas botas y una buena túnica.

—Bueno, pues echa un vistazo. Tenemos una selección bastante buena.

—Gracias. —Xena se acercó a unos estantes hondos en los que había varios pares de botas y sandalias. Los contempló y por fin cogió un par de botas cortas de cuero de color caoba, de suela plana y cordones de cuero negro. Las midió con las manos. Perfectas. Las dejó en el mostrador y luego pasó a un estante de ropa.

Repasó varias túnicas, la mayoría de las cuales le parecían bonitas de color pero bastante sosas de diseño. A Gabrielle le gustan las cosas vistosas, sonrió, pensando en cómo se pavoneaba la bardo siempre que llevaba el atuendo completo y las plumas de una amazona. Vio una falda de cuero rojo oscuro, con una orla en el borde y un cinturón de cuero trenzado de color caoba. La hebilla del cinturón era de plata trabajada con pequeños pergaminos grabados en el metal. Sabía que la falda colgaría justo por encima de las caderas de Gabrielle y le llegaría un poco por encima de las rodillas. Al lado de la falda había un suave corpiño recortado con mangas de tres cuartos, teñido de rojo a juego con la falda y tejido con un interesante diseño en espirales. Xena se rió por lo bajo, pues sabía lo mucho que a la bardo le gustaba llevar ropa que le dejara el estómago al aire. No es que la guerrera se quejara. Sacó el atuendo del estante y lo llevó al mostrador.

La tendera miró lo que había elegido con una mirada dubitativa.

—Sin ánimo de ofender, pero no creo que esto te vaya a estar.

—No es para mí. Es para una... mm... amiga.

—Ah. Pues muy bien. Te lo voy a envolver. Son diez dinares.

La guerrera fue a sacar el dinero de la bolsita que llevaba al cinto y en ese momento algo soltó un destello en una caja de cristal que había al lado del mostrador, llamándole la atención. Se inclinó y vio una delicada pulsera de plata con un colgante pequeño de granate. El granate estaba tallado en forma de corazón y hacía juego con el rojo de la falda y el corpiño.

—¿Cuánto por la pulsera?

—Cinco dinares.

—Me lo quedo.

—¿Para tu amiga?

—Mm... sí. —Xena notó el rubor que le encendía la cara.

—Pues menuda amiga tiene que ser —murmuró la tendera.

—Sí que lo es.

—Tiene suerte. —La tendera le entregó los paquetes a Xena con una sonrisa.

Cuando la guerrera se iba a marchar, se volvió y la miró.

—No, la que tiene suerte soy yo. —Y salió de la tienda. Sí, tengo una suerte enorme. Regresó a la posada y consiguió escabullirse arriba sin que la detuviera Manolie, que parecía ser una nueva admiradora, pensó la guerrera sonriendo. Entró en silencio en su habitación, donde su compañera seguía profundamente dormida. Xena dejó los paquetes más grandes en la mesa y escribió deprisa otra nota. Se quedó con el paquete más pequeño en la mano un momento y luego lo metió en una de las alforjas, en un bolsillo interno en el que estaba bastante segura de que la bardo no iba a hurgar en algún momento. La guerrera salió de la habitación y de la posada y decidió recuperar a Argo para ir a montar.


Gabrielle se despertó y vio que su compañera no estaba. Adormilada, se incorporó y vio dos paquetes en la mesa. Su curiosidad venció a su cuerpo saciado de sueño, salió de la cama y se acercó a la mesa, con una mueca de dolor por la rigidez de sus piernas doloridas de montar. Encontró la primera nota de Xena y sonrió. Ojos del color del mar antes de una tormenta. Y a mí me llaman bardo. Siguió leyendo y sintió un leve hormigueo en el estómago. Quiero más tiempo contigo, Gabrielle. Oh, y yo también quiero más tiempo contigo, Xena. Vaya si lo quiero. Luego miró los paquetes y encontró otra nota encima de ellos:

Hola, amor. He ido de compras y he pensado que estarías muy mona con esto. Espero que te guste. Xena.

La bardo arrancó los envoltorios y chilló de alegría al ver la falda, el corpiño y las botas. A toda prisa, se quitó la camisa de dormir, tirándola al otro lado de la habitación, y se lo probó todo. Le estaba perfecto. Tocó la hebilla de plata del cinturón y giró un poco para hacer volar la orla de la falda. Se peinó y luego fue abajo, empujada por su exigente estómago, que se sentía vacío. Al llegar al pie de la escalera, Xena entraba por la puerta principal de la posada con una ristra de peces y varios conejos desollados y limpiados y el pelo todavía mojado por un baño que se había convertido en una expedición de pesca.

—Toma, Manolie, a lo mejor esto te ayuda con la cena esta noche. —La guerrera entregó su botín a la pasmada posadera.

—Oh, gracias, Sena. No sabes cómo te lo agradezco. Ya no me quedaba na' en la despensa. Ahora puedo abrir pa' la cena.

Gabrielle se mordisqueó el labio inferior un momento y luego bajó el último escalón y cruzó la sala, deslizando el brazo por dentro del de Xena y apretándolo.

—Manolie, yo soy bardo. Podría contar unas historias esta noche si quieres.

—Oh, gracias, moza. Voy a decírselo a to'l mundo. ¡Esta noche hay banquete y diversión en mi posada! —La posadera abrazó a la bardo y luego salió casi corriendo por la puerta.

Gabrielle se volvió y miró a su compañera.

—Xena, gracias por la ropa y las botas. Me encantan. —Le echó a la guerrera los brazos al cuello y la abrazó.

Xena la abrazó a su vez y luego se echó hacia atrás, mirando a su amante con placer. Luego hizo cosquillas en el ombligo desnudo de la bardo.

—Ya echaba de menos lo de verte la tripa. —Sonrió con picardía.

—¡Ay! —Gabrielle dio un respingo por las cosquillas—. Ya te pillaré, princesa guerrera.

—¿Lo prometes? —Xena meneó una ceja.

—Oh, cuenta con ello —sonrió la bardo—. Supongo que nos quedamos aquí esta noche, ¿eh?

—Sí, va a llover. Además, Anfípolis está a poco más de un día de distancia, así que podemos salir por la mañana bien descansadas. Estaría bien darnos un baño caliente y no tener que acampar bajo la lluvia.

—A mí no me importaría contar unas cuantas historias sobre la princesa guerrera —sonrió Gabrielle, viendo cómo su compañera se sonrojaba ligeramente.

—¿Por qué no cuentas una sobre Hércules o Iolaus o una de las historias que aprendiste en la Academia?

—Porque estoy segura de que Manolie quiere oír algo sobre ti, por eso. Además, no quiero hablar de Hércules, quiero hablar de ti. Ahora, ¿qué tal si te sientas conmigo mientras me tomo un almuerzo tardío?

—Gabrielle, unas cuantas marcas más y será la hora de cenar.

—¿Y con eso qué quieres decir?

Xena se echó a reír, sabiendo que su esbelta compañera podía tragar más comida que la mayoría de los guerreros con los que ella se trataba en otros tiempos. Dónde se lo metía la bardo, era todo un misterio.

Después de un almuerzo rápido pero satisfactorio para Gabrielle, la guerrera y la bardo decidieron ir al establo para ocuparse de Argo y Estrella. El cielo seguía encapotado y las nubes bajas que había a lo lejos iban en aumento. En la brisa se percibía ya un claro olor a lluvia, pero el aire seguía algo templado. Gabrielle se dirigió con paso ligero a la puerta del establo, con un cierto contoneo al caminar. Xena se quedó a unos pasos detrás de ella, pues le gustaba el movimiento de su compañera y la falda de cuero rojo acentuaba estupendamente su cintura delgada y la curva de sus caderas.

Entraron en el establo, que era de poca altura, y la bardo se acercó a Estrella, pegándose a la yegua y acariciándola, rascándole debajo del flequillo. Estrella acarició el estómago desnudo de Gabrielle, haciéndola reír.

—Qué bonita eres. Vamos a ser grandes amigas. —Siguió haciendo mimos y carantoñas al caballo. La bardo cogió una almohaza de un banco y se puso a cepillar a su nueva amiga, despacio y con pases largos y cuidadosos.

La guerrera se sentó frente a la casilla, apoyada en una bala de heno fresca y limpia y con las piernas estiradas por delante. Sonrió, contenta de que la bardo estuviera tan encantada con su nuevo caballo. Al cabo de un rato, Gabrielle se volvió y miró a su compañera.

—Eh, ¿estás bien?

—Sí. Perfectamente.

La bardo ladeó la cabeza y luego se acercó y se quedó al lado de la guerrera, mirándola con cierta preocupación y con los brazos en jarras.

—¿Estás segura?

—Totalmente.

—Es que tienes una expresión un poco rara.

—¿Sí?

—Sí. ¿En qué estás pensando?

—Oh. Pues en lo rica que eres y en lo bien que te queda esa falda... y... —La guerrera alargó las manos y las puso en las caderas de su compañera, tirando de ella hasta que la bardo se sentó entre sus piernas y apoyada en ella—. En lo mucho que deseo besarte ahora mismo. —Xena inclinó la cabeza y su boca se encontró con la de su compañera, en la que captó un leve rastro de la sidra de Manolie. El suave contacto siguió durante un rato, mientras dos pares de manos exploraban un poco, pero sin que nadie perdiera la ropa.

Gabrielle se apartó un momento.

—Xena, ¿estamos de magreo?

—Eso creo —replicó la guerrera, tratando de recuperar el aliento.

—Pues está muy bien.

—Sí, así es. —Dos ojos azules destellearon justo antes de cerrarse y sus labios se volvieron a encontrar.

Media marca más tarde, Xena estaba de nuevo apoyada en la bala de heno con la bardo apoyada en ella, con la espalda cómodamente pegada al pecho de la guerrera. Xena rodeaba de nuevo a su compañera con los brazos, como cuando estaban bajo el sauce en los Campos Elíseos. Gabrielle repasaba varias ideas para sus historias con su compañera para contarlas durante la cena de esa noche. La guerrera tenía los ojos cerrados y escuchaba a medias, comentando en los lugares apropiados, pero por otra parte simplemente se regodeaba en lo cercana que se sentía a su amante en ese momento, sintiendo retumbar las palabras de la bardo contra ella en los puntos donde sus cuerpos estaban en contacto. Como había dicho Gabrielle en la cueva pocas noches antes, el contacto físico tenía... poder curativo.

La cháchara de Gabrielle quedó interrumpida cuando se abrió la puerta del establo. Entró Manolie y se detuvo un momento sin saber qué hacer, al ver cómo estaban sentadas la guerrera y la bardo.

—Sena, he pensao que t'encontraría aquí. Perdón por interrumpir, pero hay unos soldaos en la plaza q'están dando problemas. He pensao que tú nos podrías ayudar. ¿Quieres hacerlo?

La guerrera se levantó y envainó la espada, que había estado a su lado. Gabrielle cogió su vara.

—¿Cuántos son? —preguntó Xena.

—Seis.

—No hay problema. Gabrielle, ¿quieres ayudar o prefieres mirar?

—¿Seis? Miraré. Va a ser divertido.

Pasaron al lado de Manolie, que se dio la vuelta y fue tras ellas.

La guerrera se encaminó a la plaza del pueblo con paso enérgico. Los soldados estaban cargando comida en sus caballos, incluidas las ristras de peces y conejos que Xena había cazado antes. Había algunos hombres del pueblo alrededor, cuyos moratones y pequeños cortes daban fe del tratamiento sufrido a manos de los soldados al intentar interferir.

—Eh, cabronazos —gruñó Xena al llegar donde los soldados—. Robar no está bien. Ni pegar a civiles. Me ha costado mucho coger esos conejos y peces. Creo que deberíais cazar vuestra propia cena. Devolved la comida y salid de aquí y nadie resultará herido.

Uno de los soldados se volvió.

—Tú. Creía que estabas muerta.

—He vuee-elto —canturreó la guerrera.

El soldado desenvainó la espada y Xena hizo lo mismo, soltando su grito de guerra y saltando por el aire. Dio una voltereta y aterrizó en medio de los seis soldados, sonriendo salvajemente cuando empezó el ataque. Desvió varios golpes con una mano, al tiempo que manejaba la espada con la otra. Mientras, fue asestando una serie de patadas en redondo por el círculo, haciendo volar a cada uno de los soldados.

Cuando los soldados salían volando, la bardo corría hasta cada uno de ellos y les ponía la vara en la garganta mientras los desarmaba. A los pocos minutos, Gabrielle montaba guardia sobre cinco espadas mientras Xena luchaba con el último soldado que quedaba. A medida que se iba imponiendo, él iba retrocediendo hasta que por fin ella lo tiró al suelo con la parte plana de la espada. Se colocó encima de él para desarmarlo. Al agacharse, él sacó rápidamente un pequeño puñal del cinturón, se lo clavó a la guerrera en la pierna izquierda y luego lo sacó.

Xena gritó de dolor, pero no se cayó. En cambio, le puso la espada en el cuello.

—Debería acabar contigo ahora mismo —gruñó, notando la sangre caliente que le caía por la pierna palpitante—. Pero te voy a decir lo que voy a hacer. —Pinchó al soldado en un lado del cuello, ligerísimamente, y vio su mueca de dolor y el miedo que crecía en sus ojos—. Me voy a apartar y tus amigos y tú os vais a montar en los caballos y os vais a ir de aquí. Sin vuestras armas. Y como huela siquiera vuestros cuerpos apestosos cerca de aquí, voy a terminar de cortaros el cuello. ¿Me entiendes?

El soldado asintió en silencio y se apartó rodando de la guerrera.

—No puedes mandarnos al bosque desarmados.

—Ah, ¿no puedo?

—Pero estaremos indefensos.

—Haberlo pensado antes de venir aquí a pegar y robar a gente inocente. Vamos. Fuera de aquí. Y dejad el botín antes de iros. ¡AHORA! —ladró Xena, girándose y clavando sus gélidos ojos azules en cada soldado con una mirada que los dejó helados hasta los huesos.

Se levantaron y corrieron a los caballos. Tiraron al suelo la comida robada antes de montar, azuzar a los animales y huir a galope tendido. La guerrera los miró hasta que se perdieron de vista, notando que la energía iba disipándose poco a poco. Notó unas manos delicadas que le tocaban el corte de la pierna y bajó la mirada.

—Xena, vamos dentro. Vas a necesitar puntos, amor.

—Jo, Gabrielle, no es tan grave... oh. —La guerrera dio un paso con la pierna herida y sintió que casi le fallaba—. Pensándolo bien, a lo mejor sí que me hacen falta unos puntos.

Mientras se encaminaban despacio a la posada, varios aldeanos las siguieron, expresando su gratitud a la guerrera. Manolie recogió las ristras de peces y conejos y les sacudió el polvo. Sonrió con orgullo cuando la nueva heroína del pueblo se metió en su posada.

La bardo condujo a su compañera de vuelta a su habitación y sacó el botiquín de sus alforjas. Xena se sentó en el hogar, estirando la pierna para que su compañera pudiera tratarle la herida. No era muy ancha, pero sí que era bastante profunda.

Gabrielle limpió la herida y luego fue metiendo y sacando con cuidado el hilo y la aguja, cerrándola despacio.

—¿Todavía tengo manazas de marinero? —sonrió, tocando una cicatriz de la pierna de Xena que no estaba muy lejos de la herida que ahora estaba tratando.

La guerrera sonrió, recordando otro corte y otra serie de puntos y una noche tormentosa en una cueva cerca de la India. Gabrielle había intentado coserle el corte y Xena la había apartado y se lo había cosido ella misma, diciéndole a su compañera que tenía manazas de marinero. A decir verdad, el suave contacto de la bardo la había estado volviendo loca y tenía miedo de hacer algo o empeñarse en algo para lo que en ese momento no estaban preparadas.

—Gabrielle, lo decía en broma. Además, los marineros tienen fama de ser unos amantes fabulosos.

—¿Sí?

—Sí, marinero.

La bardo se sonrojó y tuvo que controlar las manos un momento antes de continuar. Dio el último punto y lo ató, agachando la cabeza y besando la pierna de su compañera al lado del corte.

—Oye, ¿qué tal si preparo un baño y nos arreglamos para la cena?

—Me parece un buen plan. —Xena revolvió el corto pelo rubio y se levantó con cuidado. Gabrielle salió de la habitación y se dirigió por el pasillo a la sala de baños. En el centro de la sala había una gran bañera y en las cuatro paredes había varias chimeneas, cada una con grandes cubos de agua. Manolie se enorgullecía de tener siempre agua caliente en abundancia para que sus huéspedes se bañaran.

La bardo llenó la bañera y luego regresó a la habitación. La guerrera estaba tirada en la cama, con las manos detrás de la cabeza y los ojos cerrados, a todas luces muy cómoda. Gabrielle sacó el aceite de baño de lavanda de sus alforjas, así como el jabón de lavanda. Se acercó de puntillas a la cama y se subió, sentándose a horcajadas encima de su compañera, con cuidado de no tocar la pierna herida.

—Arriba, princesa guerrera, tu baño te espera.

Xena se quejó y se puso un brazo encima de los ojos.

—Gabrieeeellle.

—Venga, Xena, llevas casi toda la tarde cazando, pescando y luchando. No es por ofender, amor, pero si no te das un baño, puede que esta noche nos obliguen a cenar en una habitación aparte.

—Mmmm. Cena a solas contigo. No es una gran amenaza, bardo mía.

—Vale, ¿y qué te parece ésta? Si no te bañas, es posible que cenes sola. Totalmente sola.

—Bueeenooo. Eso ya es más un incentivo, pero al final tendrás que volver aquí conmigo. Sólo hemos pagado por una habitación.

—Eso es cierto, pero si te levantas y te bañas, es posible que esta noche me porte bien contigo con mis historias.

Los ojos azules se abrieron de golpe y Xena se bajó de la cama, cogiendo a su compañera de paso. La guerrera se echó al hombro a la mujer menuda y salió por la puerta de la habitación, avanzando con la sorprendida bardo por el pasillo hasta la sala de baños.

—¡Xena, bájame!

—A su debido tiempo —sonrió la guerrera. Consiguió quitarle a la bardo la ropa nueva y luego tiró a la muchacha más joven a la bañera. Se quitó deprisa su propia túnica de cuero y luego se unió a su compañera, que estaba escupiendo y quitándose el agua de la cara.

—Trae, dame eso a mí. —Xena le quitó a su amante la ampolla de aceite de lavanda y echó unos cuantos tapones en el agua humeante, moviéndola con las manos. Miró a la bardo por debajo de sus largas pestañas negras—. ¿Estás enfadada conmigo?

—No —sonrió Gabrielle—. Ven aquí, que te lavo el pelo.

La guerrera sonrió y se dio la vuelta, arrimándose a su compañera y suspirando mientras la bardo le lavaba el pelo con el jabón de lavanda. Se bañaron la una a la otra y sólo salieron de la bañera cuando el agua empezó a enfriarse y ya tenían muy arrugada la piel de los dedos de las manos y los pies.


La cena estaba muy buena y Manolie demostró ser una cocinera excelente. La posada estaba de bote en bote, pues casi todo el pueblo se había presentado al enterarse de que iban a tener una bardo como entretenimiento. La sala reverberaba con un rugido sordo mientras los contentos aldeanos charlaban y consumían rápidamente el conejo y el pescado que había capturado Xena. Manolie hizo varios viajes a la mesa donde estaban sentadas la guerrera y la bardo, para asegurarse de que sus huéspedes de honor tenían comida y bebida en abundancia. Gabrielle se permitió una jarra de cerveza, lo suficiente para calmarse, pero no tanto como para perder la concentración al contar las historias. Xena, por el contrario, había disfrutado de unas cuantas rondas de oporto y notaba un agradable aturdimiento y un cosquilleo cálido en la piel.

Gabrielle bebió un último trago de cerveza.

—Bueno, me parece que es el momento de las historias. Deséame suerte.

—Gabrielle, tú no has contado una historia mala en toda tu vida.

La bardo sonrió encantada y dio una palmadita a su compañera en el brazo antes de levantarse y dirigirse a la parte delantera de la gran sala. Decidiendo que era demasiado baja para que la vieran los que estaban al fondo, optó por sentarse en la barra, poniéndose cómoda y balanceando las piernas mientras acometía la historia de Cecrops, comenzando con una vívida descripción del espectacular salto de Xena desde un acantilado hasta la cubierta del barco.

La guerrera gimió por dentro y se hundió un poco en la silla, bebiendo un largo trago de oporto. Creía que se iba a portar bien conmigo. Xena notó las miradas de algunos aldeanos que se habían vuelto para observar a la protagonista de la historia de la bardo. Gabrielle terminó esa historia y cuando los aplausos se apagaron, preguntó:

—¿A quién le gustaría oír una historia sobre Hércules?

—A mí. A mí —gritaron varias voces con entusiasmo.

Ah, bien. La guerrera se relajó hasta que oyó a la bardo comenzar la historia de Prometeo encadenado y de cómo Xena y Hércules lo liberaron. Se encogió cuando de nuevo fue blanco de las miradas, justo cuando Gabrielle estaba hablando del momento en que la guerrera salió volando a lomos de una gran ave. La voy a matar, pensó Xena con una mueca. Y a Hércules también por contárselo.

Tras varias historias más, todas ellas sobre las heroicas hazañas de cierta princesa guerrera, una bardo muy ronca desoyó por fin los gritos que le pedían una historia más y se bajó de la barra de un salto. Levantó la mirada y se encontró con unos claros ojos azules que la miraban, mientras la guerrera le ofrecía una jarra helada de cerveza. Gabrielle aceptó agradecida la jarra, bebiendo muy sedienta y observando los ojos azules con más atención. Unos ojos azules que estaban algo desenfocados.

—Le has estado dando al oporto, ¿eh? —La bardo sonrió a su relajadísima amante.

—Algo tenía que hacer para bloquear todas esas historias que estabas contando.

—Xena, tú sabes y yo sé que cada palabra que he dicho es absolutamente cierta.

—Sí, bueno, vale. ¿Y eso de que te ibas a portar bien conmigo?

—No puedo evitarlo. Eres mi tema preferido.

—¿En serio?

—En serio.

—Pues tú eres el mío. —La guerrera sacó un objeto reluciente de la bolsita que llevaba al cinto y cogió la mano de la bardo, colocando la pulsera del granate alrededor de la muñeca de su amante—. Algún día, Gabrielle, yo misma voy a contar historias. Así la gente sabrá quién es la auténtica heroína.

La bardo bajó la mirada y sofocó una exclamación.

—Oh, Xena, es precioso.

—Igual que tú, amor. —Impulsivamente, la guerrera se inclinó y besó a su compañera.

Gabrielle cerró los ojos un momento y se chupó los labios. Abrió los ojos verdes y levantó la mirada. Xena nunca le había regalado nada, aparte de aquella pequeña oveja de madera por el solsticio hacía ya unos años.

—¿A qué viene esto?

—Ah, no sé. Estaba allí gritando "Cómprame". Me alegro de que te guste.

—Me gusta. Me gusta de verdad. Y me encanta la compradora. —La bardo bajó la cara de su amante para darle otro beso.

La guerrera rodeó a la muchacha más baja con los brazos y de repente, el sencillo beso se hizo mucho más apasionado, cuando las manos empezaron a moverse y las lenguas empezaron a entrelazarse. Recordando dónde estaban, Xena resistió las ganas de ponerse a arrancar la ropa a su compañera y se apartó, respirando muy hondo para calmarse.

—Mm... Gabrielle, tenemos público.

—Oh. —La bardo miró y se dio cuenta de que casi todas las miradas de la sala estaban clavadas en ellas. Se ruborizó y hundió la cara en la túnica de cuero de Xena—. Creo que les hemos dado más entretenimiento del que tenía planeado.

La guerrera lo pensó un momento y luego cogió a su amante en brazos y pasó ante las miradas observadoras. Al llegar al pie de las escaleras, se volvió y miró a los atónitos aldeanos.

—Se acabó el espectáculo, amigos.

Se dio la vuelta y al llegar a lo alto de las escaleras, se oyó el rugido de un poderoso trueno y las primeras gotas de lluvia golpearon el tejado que tenían encima. Xena sonrió. Un tiempo estupendo para dormir. O no. Entró de espaldas por la puerta de su habitación y se giró, depositando a su compañera en la cama. Cerró la puerta y luego se subió a la cama, situándose por encima de una bardo muy aturdida.

Xena le quitó a la bardo con cuidado la ropa y las botas nuevas y notó unas manos expertas que le desenganchaban la armadura, que Gabrielle dejó caer al suelo junto a la cama. La bardo desató la túnica de cuero de su compañera y se la quitó, echándola a un lado. Puso las mano en la nuca de su amante y la bajó para darle un largo beso, que sabía ligeramente a oporto.

La guerrera se echó hacia atrás para mirar a los ojos verdes oscuros de la bardo, mientras al otro lado de la ventana los truenos rugían y los relámpagos iluminaban el cielo. Se inclinó y murmuró al oído de su compañera:

—Gabrielle, me parece que se acerca una larga tormenta.

—Pues refúgiame, amor —replicó la bardo, mientras unos dedos largos empezaban a trazar dibujos lentos por su estómago. Sus sentidos reaccionaron a las suaves caricias de Xena y notó que empezaba a subir la marea.


La lluvia continuó toda la noche, añadiendo un elemento más a la música nocturna que arrulló a la guerrera y la bardo hasta sumirse en un sueño satisfecho. Justo antes del amanecer las nubes se despejaron por fin y unos débiles rayos de sol empezaron a deslizarse por las laderas inferiores del Monte Olimpo. En algún momento entre los sueños y la vigilia, la guerrera percibió el cambio del tiempo. Reaccionó internamente y por fin abrió los ojos despacio. Estaba boca abajo, medio tumbada encima de su amante desnuda, que también estaba boca abajo. La mejilla de Xena reposaba entre los omóplatos de la bardo y tenía el brazo sobre la espalda de Gabrielle y el brazo estirado de la bardo.

Vaya, no está mal despertarse así, pensó la guerrera. Se levantó con cuidado y salió de la cama. Cogió la manta de los pies de la cama y se la enrolló alrededor del cuerpo, metiendo por dentro el pico para sujetarla. Se acercó a la ventana, la abrió y miró fuera. Un cielo rosa con esponjosas nubes teñidas de oro la recibió al otro lado de la ventana. Respiró hondo y olió... la primavera.

Despacio, muy despacio, los rayos del sol se fueron haciendo más brillantes, bailando por encima de las laderas, y por fin apareció el ardiente astro, cubriendo la tierra de una luz suave y cálida. Xena suspiró y decidió que la vida no podía ir mejor. Se regodeó en esa idea durante unos minutos y decidió que no iba a permitir que Ares ganara o echara a perder esta segunda oportunidad que le había sido concedida para vivir. Y amar.

La guerrera miró a su compañera, que seguía dormida, y sonrió. Sí, amor, no nos va a estropear esto. No se lo voy a permitir. Se volvió, fue a la palangana y se echó agua en la cara. Luego recogió su túnica de cuero y su armadura del suelo y se las puso y terminó calzándose las botas. Cogió la espada de donde estaba apoyada al lado de la cama y la envainó y luego se colocó el chakram a la cintura, deteniéndose un momento para pasar el pulgar por el metal reluciente. Lo echaba de menos, pensó.

Xena salió sigilosamente de la habitación y bajó las escaleras. La recibió el olor de lo que estaba cocinando Manolie, cruzó la sala y se sentó ante la barra.

—Buenos días, Manolie.

—Y mu' buenos días tengas tú, moza. Hace un día estupendo. Hoy empiezo a plantar mi huerto de primavera. ¿Qué vais a hacer hoy la mocita y tú?

—Bueno, Gabrielle y yo tenemos que seguir viaje. Todavía tenemos que ocuparnos de una serie de cosas pendientes.

—Ah, vaya. —Manolie se puso triste—. Os voy a preparar algo pa' que comáis más tarde.

—Manolie, eso sería estupendo. Mm... ¿puedes darme algo de desayunar para que se lo suba a Gabrielle?

—Claro, moza. —Manolie se volvió y sacó una bandeja de debajo de la barra que llenó de pan recién hecho, mantequilla, jarras de sidra, un pote de té caliente y unas sobras de conejo de la noche anterior—. Toma, moza.

—Gracias, Manolie. Bajamos dentro de poco.

La guerrera cogió la bandeja y volvió a subir a la habitación. Sonrió. Gabrielle seguía profundamente dormida. Xena dejó la bandeja en una mesa y untó de mantequilla una rebanada de pan caliente. Se acercó a la cama y se sentó, poniéndole a la bardo el bien oliente pan debajo de la nariz. Dicha nariz se agitó y dos ojos verdes se abrieron despacio.

—Hola. Has traído comida.

—He pensado que sería la forma más amable y delicada de despertarte —dijo la guerrera, riendo por lo bajo.

—Pues has pensado bien. —Gabrielle se incorporó y se estiró y luego le quitó a su compañera la rebanada de pan, arrancando un trozo y embutiéndoselo en la boca—. Mmmmm. ¿Quieres un poco? —Arrancó otro trozo y se lo ofreció a la guerrera. Xena cogió el pan con los dientes y se lo comió, abriendo la boca para recibir otro trozo como un pájaro. Gabrielle soltó una risita y le ofreció otro bocado. La guerrera cerró la boca alrededor del trozo, así como de uno de los dedos de la bardo—. Oye. ¡Ya vale!

—Mm-mm. No quiero —farfulló Xena alrededor del dedo. Soltó el dedo, masticó y se tragó el pan, luego se inclinó para lamer una gota de mantequilla que Gabrielle tenía en la nariz y bajó para saborear los labios que había debajo. El beso se hizo más intenso y la bardo acabó tumbada con una guerrera sin aliento por encima de ella—. Gabrielle, te quiero —dijo Xena con voz ronca.

—Yo también te quiero, Xena, ¿pero tenemos tiempo para esto?

—No, desgraciadamente no —dijo la guerrera con pesar. Bajó la cabeza para darle un beso rápido y se incorporó—. Tenemos que emprender la marcha hacia Anfípolis esta mañana.

—Ah. Sí, supongo que sí. —La bardo parecía algo pensativa.

—Oye. —Dos ojos azules la miraron atentamente—. ¿Qué pasa?

—Xena, ¿qué va a ser de esta aldea cuando nos marchemos? Quiero decir, sé que no podemos salvar al mundo entero, pero si ayer no hubiéramos estado aquí, esos soldados les habrían quitado casi todos sus alimentos, y si anoche yo no hubiera contado historias, Manolie no habría tenido clientela.

—Sí, lo he estado pensando. —La guerrera posó una mano en la pierna de la bardo, frotando distraída los pelillos rubios con el pulgar—. Cuando llegue a Anfípolis, puedo enviar aquí a mi hermano Toris y unos cuantos más para que les enseñen a los aldeanos a defenderse por sí mismos. Yo entrené a la gente de Anfípolis. Saben perfectamente cómo defender mi pueblo. A lo mejor pueden ayudar a los que viven aquí.

—Es una idea estupenda. —Gabrielle se animó considerablemente—. Y yo podría escribir a la Academia para Bardos de Atenas para ver si hay algún graduado dispuesto a intercambiar historias por comida y alojamiento. Seguro que Manolie estaría dispuesta a alojar aquí a alguien si pudiera llenarle la posada todas las noches.

—Seguro que sí, Gabrielle. —La guerrera revolvió el corto pelo rubio y se levantó. Le ofreció la mano a su compañera y la sacó de la cama, dejándola en pie. Terminaron de desayunar y recogieron sus cosas.


Habían salido tarde de la posada, pues Gabrielle estuvo hablando con Manolie sobre la posibilidad de alojar a un bardo mientras Xena hablaba con Braden sobre la posibilidad de dirigir una milicia organizada para la aldea. El enorme herrero aceptó y la guerrera habló con él sobre las armas que tenía que hacer u obtener antes de que ella enviara a algunos anfipolitanos para entrenar a la milicia. En cuanto a Manolie, se quedó abrumada ante la idea de tener la posada llena todas las noches. Sólo pudo darle un beso a la bardo en la mejilla y un gran abrazo como señal de agradecimiento. Cuando fue a abrazar a la guerrera, Xena consiguió estirar el brazo y la posadera tuvo que conformarse con estrechar vigorosamente la mano de la guerrera.

Cuando terminaron de organizar las cosas, salieron de la aldea a lomos de Argo y Estrella, agitando la mano para despedirse de un pequeño grupo de aldeanos que se habían reunido delante de la posada para despedirlas. Acamparon una noche y al día siguiente reemprendieron el camino. El buen tiempo aguantaba y era maravilloso. Al anochecer del segundo día, entraron en el valle que bajaba hasta Anfípolis.

Las primeras estrellas aparecieron en lo alto y la guerrera las miró largo rato, luego cerró los ojos y pidió... el deseo. Abrió los ojos y sintió dos ojos verdes que la miraban en la creciente oscuridad. Llevó a Argo hacia Estrella, hasta que estuvo lo bastante cerca como para coger a la bardo de la mano.

—Bueno, ¿qué has deseado? —preguntó la curiosa bardo.

—Gabrielle, no hay que decirlo. Si no, puede que no se haga realidad.

—Pero si supiera lo que has deseado, a lo mejor podría contribuir a que se haga realidad.

Si ella supiera, pensó Xena para sí misma.

—Amor, sólo con estar conmigo ya haces realidad mis deseos.

—Oh. —Gabrielle apretó la mano grande y entrelazó los dedos con los de la guerrera—. Xena, tú eres el lugar donde empiezan y terminan mis sueños.

La guerrera se llevó la mano más pequeña a los labios, dándole la vuelta para besarle la palma, con la esperanza de que la bardo no viera las lágrimas que amenazaban con derramarse sobre sus mejillas.

Una serie de silbidos bajos interrumpió la quietud. Xena ladeó la cabeza y luego contestó con una serie distinta de silbidos, que las indentificaban a ella y a la bardo. Escuchó la respuesta y sonrió. Toris. La guerrera azuzó a Argo y de repente su hermano surgió de detrás de un árbol.

—¡Hermana, por los dioses, creíamos que estabas muerta!

Xena se levantó sobre los estribos y saltó por el aire, rebasó la cabeza de Argo y dio una voltereta, aterrizando a los pies de su hermano. Toris agarró a la guerrera y la levantó por el aire, dando vueltas con ella antes de depositarla en el suelo.

—¡Toris, bájame! —exclamó Xena, golpeando los hombros de su hermano.

—No puedo creer que estés aquí —dijo el hombre más alto, con la cara radiante—. De verdad que habíamos oído que estabas muerta.

—Pues oísteis mal. —Xena lo abrazó—. Hacía mucho que no te veía, hermano.

—Sí, por fin he decidido instalarme en casa un tiempo. Madre necesitaba a alguien que le echara una mano en la posada. He dejado de ganarme la vida luchando. Eso es cosa tuya.

—Ah, no sé, Toris. Algún día, puede que hasta yo deje la espada. —Xena se quedó mirando al suelo un momento. Se volvió y miró a su amante, que seguía montada en Estrella—. Ven, Gabrielle. Toris, te acuerdas de Gabrielle, ¿verdad?

La bardo desmontó, se acercó y se quedó al lado de su compañera.

—Pues claro que me acuerdo de Gabrielle. ¿Cómo estás?

—Bien, me alegro de verte, Toris. —La bardo observó al hermano de su compañera. Era una versión más alta y en masculino de Xena, con el pelo negro hasta los hombros y los mismos ojos azules y penetrantes. Hacía unos cuantos años que no lo veía. La última vez que estuvieron en Anfípolis, él no estaba.

En cuanto a Toris, se quedó cautivado por unos chispeantes ojos verdes y una bardo que ya era bien adulta. Se la quedó mirando un rato demasiado largo hasta que sacudió la cabeza para volver a la realidad.

—Bueno, estoy de servicio como centinela unas cuantas marcas más, pero seguro que madre ya ha recibido el mensaje de que habéis llegado. Seguro que ya está preparando una fiesta de bienvenida. Te veo mañana por la mañana, hermana. A ti también, Gabrielle. —Sonrió a la bardo, con una expresión que a Gabrielle le pasó inadvertida, pero a Xena no.

—Sí. —La guerrera volvió a abrazar un momento a su hermano y luego la guerrera y la bardo se montaron de nuevo en sus caballos y cabalgaron hacia la posada. Cuando llegaron al patio de la posada, la puerta se abrió de golpe y Cirene, la madre de Xena, salió corriendo.

La guerrera desmontó de un salto y corrió hacia ella.

—¡Madre! —Xena abrazó a la mujer más baja y notó sus sollozos convulsivos—. Shhh, madre, tranquila. Estamos bien.

—Lo sé, no me lo puedo creer. Oímos que César te había crucificado. He estado desesperada intentando averiguar qué había sido de tu cuerpo. Incluso intenté enviar un mensaje a las amazonas, pero no he recibido respuesta. —Cirene sorbió y dio unas palmaditas a su hija en la mejilla y luego miró por encima del hombro de ésta—. Gabrielle, gracias a los dioses que estás viva. Ven aquí. Ya sabes que eres mi segunda hija.

La bardo desmontó y se acercó para darle un abrazo a la madre de su compañera. Espero que siga sintiendo lo mismo cuando se entere de que he estado acostándome con su primera hija, pensó Gabrielle apesadumbrada.

—Cirene, cómo me alegro de verte.

—Entrad a cenar algo. Debéis de estar hambrientas. —La mujer mayor llevó a la guerrera y a la bardo al interior de la posada y las hizo sentarse a una mesa junto a una ventana. Trajo unos platos llenos de venado, patatas y pan y se los sirvió, junto con una jarra alta de cerveza para Gabrielle y una jarra de oporto para su hija. Se sentó frente a Xena—. Bueno, dime, hija, ¿cuál es la historia de verdad? ¿Qué te ha pasado? Me contaron una historia evidentemente falsa sobre que te habían crucificado y que luego habías desaparecido varios días.

—Mm... madre... la historia no era falsa —dijo la guerrera suavemente—. Gabrielle y yo fuimos crucificadas.

—Pero...

—Y morimos. Y ahora estamos vivas otra vez.

—Pero Xena, no lo entiendo. —Cirene cogió las manos de su hija entre las suyas y las examinó.

—No vas a encontrar cicatrices, madre, han desaparecido.

—¿Cómo... Xena... qué...?

Xena intercambió una mirada con su compañera y luego volvió a mirar a su madre.

—Es una larga historia.

—Pues ahora mismo no tengo que estar en ninguna parte y todavía es temprano. Cuéntame lo que pasó.

La guerrera suspiró y le sirvió a su madre un vaso de cerveza.

—Toma, madre, te va a hacer falta.

Durante la marca siguiente, Xena y Gabrielle le contaron a Cirene la mayor parte de la historia, saltándose los detalles más sangrientos y el hecho de que ahora eran amantes. La guerrera decidió guardarse la noticia sobre la relación que ahora tenían la bardo y ella para otro día. Consiguió comunicarle esa decisión a su amante con los ojos y, aliviada, vio una expresión comprensiva en la cara de la bardo. Xena no sabía cuántos sobresaltos podía aguantar su madre en una sola noche.

—Cielos. —Cirene se había bebido dos vasos y medio de cerveza durante la historia—. Si alguna vez me encuentro con Eli, tengo que darle las gracias personalmente. —Se levantó, secándose una lágrima que se le había escapado del ojo—. Xena, tu habitación está donde la dejaste. Gabrielle, te he preparado una habitación al lado de la de Xena. Seguro que estáis cansadas. Yo recogeré aquí.

La guerrera y la bardo intercambiaron otra mirada. En el camino, incluso antes de hacerse amantes, siempre habían compartido una habitación cuando se alojaban en las posadas, para ahorrar dinares. La posada de Cirene era el único sitio donde se habían dado el lujo de tener una habitación y una cama propias, porque la posadera se negaba en redondo a aceptar dinares de su propia hija. Era una rara oportunidad de disfrutar de intimidad que en el pasado siempre les había gustado, pero ahora, bueno, las cosas habían cambiado.

Xena se levantó.

—Gracias, madre. Te veremos por la mañana. —Se inclinó y le dio un beso a Cirene en la mejilla.

La bardo se puso en pie y abrazó a la mujer mayor.

—Buenas noches, Cirene. Gracias por la cena. Estaba deliciosa.

—No tenéis que agradecerme nada. Ahora, venga, a vuestras habitaciones las dos. ¡Fuera! —La posadera se rió y empujó a las dos mujeres más jóvenes hacia la puerta interior de la sala.

Xena y Gabrielle cruzaron la puerta y entraron en el pasillo. La guerrera se inclinó y le susurró a su compañera al oído:

—Vete a la cama, amor, yo voy a tu habitación enseguida.

—Vale. —La bardo abrazó un momento a su compañera más alta y entró en la habitación grande y espaciosa que Cirene siempre le preparaba. Tenía una cómoda cama con dosel y ventanas altas que daban a las lejanas montañas y también ofrecía una bonita vista del cielo estrellado por las noches. Dejó sus alforjas en el suelo y sacó una camisa de dormir limpia. Echando agua de una gran jarra en la palangana, se lavó la cara y se peinó. Se puso la camisa suave y gastada y se metió en la cama grande y mullida, que parecía muy vacía sin su amante.

Pareció pasar mucho tiempo hasta que por fin se abrió la puerta de su cuarto y la guerrera entró sin hacer ruido. Xena fue hasta la cama, retiró las sábanas y se metió en ella, pegándose a la bardo.

—Hola, ¿por qué has tardado tanto?

—La primera vez que intenté escabullirme, madre estaba en el pasillo llevando ropa de cama limpia a las habitaciones vacías. Luego, cuando estaba a punto de salir de la cama otra vez, entró y... mm... me arropó —dijo la guerrera algo cohibida.

—¿Que te arropó? Xena, qué cosa más rica. Nadie creería jamás que la madre de la princesa guerrera sigue arropándola por la noche cuando está en casa.

—Gabrielle, no te atrevas a contárselo a nadie —gruñó la guerrera—. Y menos a ninguna de tus amazonas.

—No te preocupes. Como he dicho, nadie se lo creería. —La bardo soltó una risita—. ¿Y cómo has logrado salir?

—Al final, he esperado hasta que he oído a madre acostarse. Luego he esperado otro cuarto de marca para darle tiempo a quedarse dormida. Pero... —la guerrera se arrimó un poco más—, ha merecido la pena con creces. —Se inclinó y besó a su compañera a fondo—. ¿No crees? —La besó de nuevo y deslizó una mano por la firme pierna de la bardo, moviéndola hacia la parte interna del muslo—. ¿Mmmmm?

—Mm... merecido... —murmuró la bardo sin aliento, mientras su mente bloqueaba todo menos las sensaciones que iba creando su compañera con sus atenciones.


Cirene se levantó temprano y decidió sorprender a su hija y a Gabrielle con unas bandejas de desayuno. Llevó una bandeja a la habitación de Xena y abrió la puerta con sigilo, tratando de no despertar a su hija... que no estaba allí. La mujer mayor se quedó mirando la cama largo rato, sabiendo que había dejado a su hija allí arropada la noche antes. ¿Dónde habrá ido tan temprano?, pensó para sí misma. Se encogió de hombros y salió de nuevo con la bandeja, decidiendo que la iba a dejar en la habitación de Gabrielle y que Xena podía comer abajo cuando volviera de donde hubiera ido.

Bajó por el pasillo hasta la habitación de Gabrielle y entró sigilosamente. Dejó la bandeja en una mesa baja, se dio la vuelta, miró al otro lado de la habitación y se dio cuenta de que había dos personas en la cama. Consiguió a duras penas reprimir una exclamación en voz alta al darse cuenta de quiénes eran las dos personas. Gabrielle estaba tumbada boca abajo y Xena también estaba echada boca abajo, con la cabeza sobre la espalda de la muchacha más joven y el largo brazo de la guerrera cruzado sobre ella. Había dos camisas de dormir arrugadas en el suelo al lado de la cama. Cirene se rió por dentro. Ya era hora de que se dieran cuenta. ¿Por qué no me lo habrá dicho Xena?

Dos ojos azules se abrieron de golpe cuando la guerrera percibió que había alguien en la habitación. Al darse cuenta de quién era exactamente la persona que estaba en la habitación, a Xena se le pusieron los ojos como platos y se tapó la cara con la mano.

Cirene se acercó y posó la mano en la que tapaba la cara de su hija.

—Xena, cielo, no pasa nada —susurró—. Luego hablamos. Vuelve a dormirte, ¿vale?

La guerrera se limitó a asentir, sin dejar de taparse la cara. Maldición. Quería volver a mi habitación antes de que se levantara. Quería decírselo, pero no precisamente así.

Cirene arropó mejor con las sábanas a su hija y a la amante de ésta, se agachó y dio un ligero beso a ambas mujeres en la frente. Luego salió de la habitación y se echó a reír en voz alta.

Mientras, Xena estaba bien segura de que no iba a poder quedarse dormida de nuevo. Pensó en la reacción de su madre al encontrarlas a Gabrielle y a ella de esa forma y soltó un suspirito de alivio. Estaba bastante segura de que Cirene lo iba a aceptar, pero al parecer no sólo lo aceptaba, sino que las apoyaba. Xena suspiró de nuevo y tomó aliento con fuerza, oliendo el aroma a lavanda de la piel de su amante que era pura Gabrielle. Se pegó más a la bardo y a pesar de sí misma, se volvió a quedar dormida al arrullo de los firmes latidos y la respiración lenta y suave de la bardo.

En la sala principal de la posada, Cirene estaba haciendo preparativos para la gente que solía acudir a desayunar. Cuando llevaba cubiertos a la barra, Toris entró desde el pasillo, bostezando y estirándose.

—Buenos días, madre. ¿Hay té?

—Buenos días, Toris, aquí tienes. —Y le dio a su hijo una humeante taza de té negro bien cargado y aromático.

—Gracias. Qué bien tener a Xena en casa, ¿eh?

—Sí, ya lo creo.

—¿Qué dijo sobre los rumores de la crucifixión?

—Hijo, será mejor que eso te lo explique la propia Xena. Yo no sé si podría darte bien los detalles.

—Ah, vale. Sabes, madre, Gabrielle está muy guapa. Me gusta mucho el pelo corto que lleva. O sea, no la veía desde hace casi dos años y la recordaba como a una chiquilla. Ya no es una chiquilla. Se ha transformado en una mujer preciosa. ¿No te parece raro que todavía siga a mi hermana por todas partes? Desde luego, no parece que puedan tener mucho en común. Tal vez debería asentarse con un hombre y tener una familia. A mí no me importaría cortejarla. De hecho, creo que a lo mejor lo hago mientras estén aquí. Nunca se sabe, ¿verdad?

—Toris, a mí no me parece nada raro que Gabrielle siga con Xena. Estoy convencida de que tienen... mmm... mucho más en común de lo que crees. En cuanto a cortejarla, hijo, yo que tú no iría por ahí. Te llevarías una gran decepción —advirtió Cirene amablemente. Por no decir una buena paliza por parte de tu hermana, añadió por dentro.

—¿Por qué, madre? Seguro que todavía no tiene pretendiente. ¿Por qué iba a estar con Xena si no?

—Ésa es otra cosa que te convendría hablar con Xena, hijo.

—¿Con Xena? ¿Por qué iba a hablar con Xena de la vida amorosa de Gabrielle? No es por ofender, madre, pero mi hermana no es precisamente observadora en temas del corazón ni se le dan bien las conversaciones delicadas. Es tan callada y pragmática. No me las imagino a Gab y a ella sentadas alrededor del fuego por la noche hablando de hombres.

—Bueno, hijo —dijo la posadera, riendo por lo bajo—, en eso probablemente tienes razón. Estoy segura de que no se sientan a hablar de hombres. Créeme, Toris, tienes que hablar con tu hermana de todo esto.

—Está bien, madre, si eso es lo que crees, supongo que lo haré. Pero esa Gabrielle, mira que es una chica preciosa y dulce. Me conoce, conoce a nuestra familia. Anoche me saludó con afecto. No me digas que no te encantaría que formara parte de nuestra familia.

—Toris, por lo que a mí respecta, Gabrielle ya forma parte de nuestra familia. —Cirene meneó la cabeza divertida. Ahora más que nunca, pensó—. Tú habla con tu hermana, por favor.

—Bueno, vale. —El hombre alto y moreno siguió bebiéndose el té muy pensativo, planeando formas de quedarse a solas con la bella bardo.


Pasó una marca y Gabrielle notó que el cuerpo echado en su espalda se movía. Se dio la vuelta y descubrió que tenía los ojos a escasos centímetros de los azules de Xena.

—Buenos días, amor.

La guerrera sonrió y cubrió la distancia que las separaba, dándole a la bardo varios besos lentos en la cara. Se alzó y se echó de lado, apoyando la cabeza en una mano y con la otra sobre el musculoso estómago de Gabrielle, y suspiró.

—Xena, ¿pasa algo?

—Gabrielle... mm... madre sabe lo nuestro.

—¡Qué! ¿Cómo?

—Entró antes y dejó esa bandeja de desayuno en la mesa de ahí.

La bardo levantó las sábanas y miró sus cuerpos desnudos. Se asomó por el lado de la cama y advirtió las dos camisas de dormir en el suelo. Gimió y se echó sobre su alta amante, hundiendo la cara en el fuerte hombro de la guerrera.

Xena se rió entre dientes y empezó a frotarle la espalda a Gabrielle en suaves círculos.

—Creo que no pasa nada. Hasta dijo que no pasaba nada. Y... mm... nos besó a las dos en la frente y... —otra risa—, nos tapó los hombros desnudos con las sábanas.

—¡¿Que hizo qué?!

—Nos dio un beso y nos arropó. No es exactamente la forma en que planeaba decírselo y le debo una explicación, pero parece que no le importa en absoluto.

—¡Gracias a los dioses! Xena, ¿estás segura de que no estaba enfadada?

—No me pareció enfadada para nada. En realidad, parecía contenta por ello.

—Caray.

—Sí.

—¿Qué nos ha traído de comer?

Una risotada de la guerrera. Revolvió el pelo rubio y se levantó para coger la bandeja.

—Veamos, tenemos una infusión, jamón, cereales, leche, mantequilla y... pan de nueces.

—¡Pan de nueces! Se ha acordado.

—Sí, ¿cómo se iba a olvidar? La última vez que estuvimos aquí, te comiste tú sola una hogaza entera.

—¿Y? Me pareció que se lo tomaba como un cumplido a su arte culinario.

—Pues así debió de ser, porque en esta bandeja hay dos hogazas. —Otra risotada—. Venga, amor, deja que te sirva el desayuno en la cama.

Tras un desayuno tranquilo, un poco de mimos y un baño caliente, la guerrera y la bardo por fin aparecieron en la sala principal de la posada. Gabrielle, muy cortada, se quedó un poco por detrás de su compañera, sin saber dónde mirar. La guerrera, sin embargo, se acercó muy segura a la barra y se sentó.

—Buenos días, madre. Gracias por el desayuno.

—De nada, Xena. Y eso va por ti también, Gabrielle. Puedes dejar de esconderte detrás de mi hija y sentarte. Quiero deciros una cosa a las dos. —La posadera las miró a las dos con la cara muy seria.

La guerrera y la bardo intercambiaron una mirada. Oh oh. Llegó el momento. Xena cogió la mano de su compañera por debajo de la barra y la apretó, sin soltarla.

Tras un momento de silencio, Cirene carraspeó y miró a su hija con aire severo.

—Xena, más te vale ser buena con ella porque es lo mejor que te ha pasado nunca. No te atrevas a estropear esto.

—¿Qué...? —La pasmada guerrera empezó a abrir la boca.

—Calla, no he terminado. —La posadera dirigió la mirada hacia la bardo—. Gabrielle, gracias. Gracias por devolverme a mi hija. Gracias por quererla cuando nadie más quería saber ya nada de ella, ni siquiera yo. Gracias por salvarle la vida hace cuatro años cuando yo estaba dispuesta a dejar que la gente de este pueblo la lapidara. Gracias por ver la bondad que había en ella cuando nadie más la veía. Yo ya había perdido a Lyceus. Toris se había ido a luchar y yo vivía cada día con el miedo de que me dijeran que lo habían matado. No creo que hubiera podido soportar perder también a mi única hija. Y ahora tengo dos. Siempre tendrás un hogar aquí y siempre serás parte de mi familia.

Las comisuras de los labios de la bardo empezaron a curvarse en una sonrisa que se extendió por su cara hasta formarle ligeras arrugas en los ojos. Se levantó, pasó al otro lado de la barra y abrazó a la mujer mayor.

—De nada, Cirene.

—Llámame madre.

—Cy... madre... mamá, tenía que salvarle la vida. Al fin y al cabo, ella salvó la mía primero y sigue salvándome a tantos niveles diferentes que no podría describirlo siquiera. Tu hija es la otra mitad de mi alma. Me completa.

—Lo sé, cielo. —La mujer mayor besó a Gabrielle en la cabeza y sintió un par de brazos fuertes que las rodeaba a las dos, cuando Xena se acercó por detrás, creando un bocadillo de Cirene.

Toris eligió justo ese momento para entrar tras haberse ocupado del ganado.

—Eh, ¿qué pasa aquí, un atracón de cariño? ¿Puedo participar?

Las tres mujeres se separaron rápidamente.

—Oh, nada, hijo, sólo estaba dándoles la bienvenida a las chicas. Me alegro de que estén vivas y eso. —Cirene se puso a limpiar la barra muy afanada.

—Ah. —El hombre alto parecía un poco desconcertado. Posó la mirada en la bardo y se le animó la cara—. Gabrielle, ¿te gustaría dar un paseo dentro de media marca? Ya casi he terminado mis tareas.

—Mm, claro. —La bardo lo miró con curiosidad.

—¡Estupendo! —Toris sonrió y volvió a salir.

—¿Qué le pasa? —La confusa bardo miró a su compañera.

—Gabrielle, creo que Toris, pues... mm... —La guerrera no encontraba las palabras.

—Está quedado contigo —terminó Cirene por su hija.

—Ah. Ahhhh. —La cara de Gabrielle se llenó de comprensión.

—Maldito chico, mira que le he dicho que tenía que hablar contigo, Xena, pero parece que ha decidido no hacerme caso —dijo la posadera, preocupada, estrujando el delantal con las manos.

—Gabrielle, puedo hablar yo con él. O sea, no quiero ponerte en una situación incómoda —se ofreció la guerrera.

—No, Xena, no importa. Puedo ocuparme yo, a menos que te estés muriendo por darle tú misma la noticia a tu hermano. Ya sé lo mucho que te gusta mantener largas conversaciones delicadas y emotivas con la gente. —La bardo rodeó la cintura de su compañera con el brazo y le dio unas palmaditas en la tripa.

—Justo. —La guerrera sonrió a su compañera—. Oh, no, si crees que puedes ocuparte tú, por mí adelante, bardo mía.

—Pues muy bien. —La bardo se mordisqueó el labio inferior—. Me voy a acicalar un poco y a ponerme algo más abrigoso para salir. Si vuelve Toris, decidle que saldré dentro de nada. —Se dio la vuelta y se detuvo al oír la voz insegura de Xena.

—Oye, no te acicales demasiado.

Gabrielle se giró en redondo y se tiró a los brazos de la guerrera.

—No te preocupes, amor, sólo tengo ojos para ti, ¿es que a estas alturas no lo sabes?

—Y bien bonitos que son esos ojos. —Xena contempló las verdes profundidades un momento y luego abrazó a su compañera estrechamente—. Recházalo con delicadeza, amor. Los guerreros altos y grandes caemos a fondo.

—Como si no lo supiera. —Gabrielle acarició la cara de la guerrera con la mano, luego dibujó los labios generosos con un dedo y por fin se dio la vuelta y se dirigió a su habitación. Xena la miró mientras se alejaba y se perdió en sus fantasías, hasta que la voz de su madre la trajo de vuelta al presente.

—Bueno, Xena, ¿lo has hecho? —preguntó Cirene amablemente.

—¿Que si he hecho qué? —La guerrera, sonrojada, consiguió levantar la vista hasta la barbilla de su madre, pero no logró mirarla a los ojos. Pero bueno, ¿por qué me pregunta eso?

La posadera se echó a reír por lo bajo al ver cómo interpretaba su hija la pregunta.

—Eso no, tonta. Por lo que vi esta mañana, es evidente que eso sí que lo has hecho.

—¡Madre!

Cirene se acercó más a su hija.

—No, Xena, ¿tú has caído a fondo?

—Ah. —Una larga pausa—. Más de lo que nunca creí posible.

—Ya. Eso me parecía. Llevo mucho tiempo viéndolo venir.

—¿En serio?

—Xena, a las madres no se nos escapa gran cosa.

La guerrera cogió a su madre de la mano y la llevó de vuelta a la barra, donde sirvió unas tazas de té para las dos. Echó una generosa cucharada de miel en cada taza y contempló pensativa el aromático brebaje. Luego levantó la vista y por fin miró a su madre a los ojos.

—Madre, Gabrielle ha hecho algo más que salvarme la vida. Ha salvado mi alma. Ella es la luz que ahuyenta a la oscuridad. Sin ella, estaría perdida. Total y absolutamente. No hay nada que no estuviera dispuesta a hacer por ella. La seguiría al Tártaro ida y vuelta. Yo creía que amaba a Borias, pero en realidad sólo nos estábamos utilizando.

La posadera hizo una mueca, recordando la primera relación seria de su hija.

Xena advirtió la reacción, sabiendo que su madre había pasado un auténtico Tártaro mental en aquella época. Bajó los ojos un momento y luego los levantó de nuevo.

—Luego creí amar a Marcus y a lo mejor fue así. Al menos justo antes de que muriera los dos habíamos enderezado nuestras vidas. Pero murió y no pudo ser.

Cirene sonrió.

—Xena, siempre supe que Marcus llevaba algo bueno en el corazón.

—Sí, así es. Y luego estuvo Hércules, que fue el catalizador que me impulsó a pasar a hacer el bien en lugar del mal. Creía amarlo, pero en realidad no nos conocíamos lo suficiente como para estar enamorados. Creo que en realidad sólo lo admiraba muchísimo. Todavía lo admiro. Espero que algún día puedas conocerlo.

—Bueno, pues claro que lo admiras, cielo, al fin y al cabo es un semidiós. Y utiliza su poder y su fuerza para ayudar a la gente —comentó la posadera.

La guerrera se quedó rígida un momento y luego miró al otro lado de la sala con una expresión distante en los ojos. Oh, madre, si supieras aunque sólo fuera la mitad de lo que estoy averiguando sobre los semidioses. No, eso no puedo contártelo. Te haría demasiado daño. Xena volvió a prestar atención a su madre, que, según advirtió la guerrera, la miraba con cierta preocupación.

La guerrera sonrió.

—Pero madre, Gabrielle es lo auténtico. Es el primer amor puro y desinteresado que he tenido en mi vida. Lo único que quiero es hacerla feliz. Creo que estoy enamorada de verdad por primera vez. Y por última. No puedo imaginarme la vida sin ella.

—Xena, cielo, creo que ella siente lo mismo. Lo veo en sus ojos. Creo que las dos vais a ser muy felices juntas. —La posadera dio una palmada a su hija en la pierna.

Gabrielle entró de nuevo en la sala, vestida ahora con una camisa de manga larga, pantalones largos de lana y sus botas, ropa que había dejado aquí la última vez que Xena y ella habían estado en Anfípolis. Advirtió lo cerca que estaban sentadas su amante y la madre de ésta y sus expresiones serias.

—Eh, ¿interrumpo algo? Puedo ir fuera a esperar. Yo...

—No, Gabrielle. —Xena miró a su compañera con afecto—. Estábamos terminando. Ven aquí.

Cirene salió de la sala y fue a la cocina. La bardo fue al lado de Xena, apoyándose en ella un momento.

—Gabrielle, confío en ti, pero es mi hermano. Tenemos... mm... gustos parecidos, ya me entiendes. A lo mejor te conviene guardar las distancias mientras paseáis.

—Oh, Xena, no creo para nada que tengas que preocuparte por si Toris se propasa conmigo. Además, creo que he aprendido algo de defensa personal en los últimos cuatro años. —La bardo le dio a su compañera un manotazo en broma en el estómago.

Mientras se reían, Toris, muy limpio y bien oliente, abrió la puerta y entró en la sala.

—Gabrielle, ¿estás lista?

—Claro. —Se acercó despacio al hermano de su amante y le cogió el brazo que le ofrecía. Se volvió para mirar a la guerrera y le guiñó un chispeante ojo verde—. Hasta ahora.

—Vale, mm... que os divirtáis. —Xena sonrió y devolvió el guiño.

—Ah, no te preocupes, hermana, nos divertiremos —dijo Toris alegremente.

Ay, madre, pensaron a la vez la guerrera y la bardo.


*Tonada tradicional celta, adaptada por SixMileBridge, que aparece en su CD Unabridged, Loose Goose Productions, 1998, www.loosegoose.com.


PARTE 6


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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