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En estos días y estas horas de furia
Cuando la oscuridad y las respuestas son tenues...
Ven y echa tu cuerpo junto a mí
Para soñar para dormir con el cordero...
¿Soy yo tu pasión tu final?
Yo digo que lo soy
Sí lo soy
Tu pasión tu promesa tu final
Sí lo soy
Salvo por una intervención divina
No hay nada entre tú y yo
Y si por descuido he olvidado mencionar
Que tu cuerpo tu poder pueden santificar
Ven a saciar tu hambre tu sed
Olvídalo la bestia morirá...
Porque yo soy tu pasión tu promesa tu final
Oh sí lo soy
—de Yes I Am, de Melissa Etheridge, copyright 1993, MLE Music Admin. de Almo Music Corp. (ASCAP). Según aparece en su CD Yes I Am, 1993, Island Records, Inc.


Pocas marcas después, Xena estaba tumbada de lado bajo las cálidas pieles, profundamente dormida. El cuerpo de Gabrielle descansaba contra la espalda de la guerrera y los brazos de la bardo rodeaban con firmeza la cintura de su compañera. A pesar de estar cansada, la joven todavía no había conseguido dormirse, pues tenía la mente sobrecargada por todo lo que había ocurrido ese día y todas las nuevas sensaciones que la habían bombardeado al mismo tiempo. Besó con ternura el hombro desnudo que tenía delante y la guerrera dormida alargó la mano inconscientemente y rodeó una de las muñecas de la bardo, apretando más a su amante contra su espalda. Gabrielle sonrió y se concentró en quién era exactamente la persona que tenía entre sus brazos. La Elegida de Ares. La Destructora de Naciones.

La bardo sacó con cuidado el brazo de debajo de la guerrera y se apoyó en él para mirar la cara de su nueva amante. Al dormir, todos los rasgos de la expresión intensa que solía tener la guerrera cuando estaba despierta desaparecían, sustituidos por una paz absoluta. Una paz que no podía corresponder a nadie que llevara el asesinato y el odio en el corazón. Éste era el sueño de los justos. Gabrielle apartó algunos pelos oscuros y desordenados de los ojos de Xena y se inclinó para besar un pómulo elevado. La guerrera suspiró al sentir el contacto y farfulló en sueños:

—Te... quiero... Gabrielle.

—Yo también te quiero —susurró la bardo suavemente y volvió a echarse en la gruesa piel, apretando la cara contra la nuca de Xena y aspirando el aroma a lavanda que todavía le quedaba allí.

Una marca antes Xena, conocida para el mundo como la princesa guerrera, le había demostrado su amor con una dulzura y una entrega que ningún señor de la guerra habría sido capaz de demostrar nunca. A Gabrielle le había costado muchísimo lograr que la guerrera la soltara y permitiera a la bardo tomar el mando, para colmar a su compañera del mismo afecto cálido que había recibido. Gabrielle sabía que Xena había pasado tanto tiempo viviendo con la culpa de su pasado que en el fondo de su alma estaba convencida de que no merecía ser amada.

La bardo había recordado a la guerrera su afirmación previa de que no había acabado aún con ella y tras una breve pelea de cosquillas y un poco de jaleo, Xena cedió por fin y dejó que Gabrielle la empujara juguetonamente hasta tumbarla boca arriba, tras lo cual la bardo acabó sentada a horcajadas encima de su compañera, sujetándole los brazos con las manos. Era algo a lo que habían jugado cientos de veces, una pelea de cosquillas seguida de un combate de lucha libre, en el que a veces, sólo a veces, Xena dejaba que su amiga más menuda fingiera que había ganado. Las dos sabían que no era así. Pero esta vez era diferente. Nunca habían jugado a esto desnudas.

—¡Ja! ¡Ya te tengo! —La animada bardo miró a la guerrera con una sonrisa en la cara y un fulgor en los ojos.

Sí, amor. Ya lo creo que me tienes.

—¿Y ahora qué? —rió Xena.

Los ojos de Gabrielle se suavizaron y se echó encima de la guerrera, acomodándose despacio, haciendo que sus cuerpos entraran en contacto por completo. Notó que a Xena se le entrecortaba la respiración y vio el tenue punto del pulso que se aceleraba en la garganta de su compañera. La bardo se inclinó y mordisqueó dicho punto y luego se alzó para mirar a los ojos azules medio cerrados.

—Ahora... —Bajó con un dedo desde la oreja de la guerrera, por el cuello, el pecho y acabó dejando la mano a un lado de la cintura de su compañera—. Ahora, voy a hacerte el amor, Xena.

Y así lo hizo, empezando con una dulce y provocativa exploración de los labios de Xena y bajando poco a poco por el cuerpo de la guerrera, memorizando cada marca y cada curva. Al besar la piel tierna del interior de un muslo, la bardo oyó un suave gemido y notó que Xena le agarraba con firmeza el brazo, que rodeaba el muslo en cuestión. Satisfecha con la respuesta, se estremeció de expectación y fue bajando con besos hasta establecer un contacto más íntimo con la guerrera y se perdió en eso durante un tiempo. Y mucho más tarde, al percibir la necesidad de su amante de un ancla, volvió a subir por el cuerpo de Xena, miró a la guerrera a la cara y vio los claros ojos azules rebosantes de lágrimas.

—Xena, ¿qué ocurre? —Gabrielle besó una lágrima que resbalaba por la cara de su compañera.

—Yo... tú... Gabrielle, yo...

—Tranquila, amor, tómate tu tiempo —dijo la bardo suavemente, poniendo la mano en la cara de Xena y acariciando con el pulgar la piel suave de la mejilla de la guerrera.

Xena tragó varias veces y rodeó a su compañera con los brazos.

—Gabrielle, te quiero tanto.

—Y yo te quiero a ti —declaró la bardo con sencillez.

—Gabrielle... por favor...

—Lo que sea, amor.

—Por favor, no me dejes nunca.

Los ojos verdes de Gabrielle se pusieron como platos. Como si eso fuera a ocurrir.

—Xena, escúchame. Lo que dije hoy lo decía en serio. No hay la más mínima posibilidad de que te deje. Jamás. Punto.

—Te necesito. —Xena miró a la bardo a los ojos con una expresión dolorosamente dulce.

—Y yo te necesito a ti. Estoy aquí, Xena, y no voy a ir a ninguna parte sin ti. Ahora duerme, amor. Ha sido un día muy largo.

Gabrielle se apartó despacio de su compañera, la empujó a un lado y se acurrucó contra la fuerte espalda. Rodeó la cintura de la guerrera con los dos brazos y notó una mano cálida en la pierna.

—No puedo creer que la chica más preciosa del mundo me quiera a mí —murmuró Xena.

—No sabía que tenías otras amantes aparte de mí —contestó la bardo con una risita de broma.

—Gabrielle, me refería a ti. —Exasperación fingida.

—Xena, eso es muy bonito. Créetelo. Te quiero con todo mi corazón. Ahora duérmete.

—Gabrielle.

—¿Mmmm?

—¿Te acuerdas de aquella vez que te enseñé las canciones que me cantaba mi madre al acostarme?

—Sí, amor. —Y Gabrielle cantó las dulces nanas de la infancia de Xena a su oído, acariciando el pelo negro hasta que la respiración de la guerrera se fue haciendo más profunda al quedarse dormida.

Recordaré esta noche durante el resto de mi vida, pensó Gabrielle. ¿Destructora de Naciones? Para nada. Ya no. Y se unió a su amante en un sueño satisfecho.


Xena abrió los ojos y vio que todas las velas se habían consumido y que el fuego era ya un montón de carbones al rojo. Parpadeó un momento intentando averiguar qué era lo que la había despertado. Eso. Un relincho agitado de Argo. Una breve pausa y luego otro, esta vez más agudo.

La guerrera se movió ligeramente, apartándose de su compañera, notando que los brazos dormidos se iban separando de su cintura. Se permitió sonreír un poco y luego se puso en pie. Maldición. No tengo tiempo para ponerme la armadura y estoy desnuda. Palpó a su alrededor y encontró la gran camisa que Gabrielle llevaba puesta antes. Mmmm. Se la puso y aunque le estaba algo pequeña, no era insoportable. Se puso rápidamente las botas y cogió la espada, que como siempre, estaba a su lado. Sigilosamente, para no despertar a su compañera, salió a hurtadillas de la pequeña estancia.

Con pasos silenciosos producto de años de práctica, se deslizó por el pasillo estrecho y húmedo hacia la entrada de la caverna y se detuvo al llegar al borde, escuchando. Argo resopló varias veces y Xena oyó a la yegua moviéndose en círculos temerosos.

De un salto salió de la cueva con la espada lista y corrió al lado de Argo. Miró a su alrededor apuntando con la espada hacia fuera.

—¿Quién anda ahí? Sal y muéstrate —ordenó.

Oyó unos crujidos en la maleza que tenía detrás y se giró en redondo, pero no vio nada. Sintió... una presencia, y como respuesta se le erizaron los pelos de los brazos y el corazón se le aceleró con una súbita descarga de adrenalina. Y entonces todo quedó en silencio y la oleada de miedo cedió. Argo le mordisqueó el cuello de la camisa y la guerrera acarició distraída el hocico suave como terciopelo, forzando los ojos para ver en la oscuridad.

—¿Qué ha sido eso, eh, chica? Gracias por avisar. Ten cuidado aquí fuera, ¿vale? —Se quedó mirando la pequeña entrada de la cueva, sabiendo que no había forma de que la yegua dorada cupiera por allí.

Recorrió el perímetro de la zona de la caverna y, convencida de que lo que había agitado a la yegua se había ido, volvió a entrar en la cueva y en la pequeña estancia donde Gabrielle seguía durmiendo. Xena se sentó en las pieles justo por encima de la cabeza de su compañera y se apoyó en la pared, estirando las largas piernas hacia delante. Al poner la espada en el suelo a su lado, la bardo se dio la vuelta y abrió los ojos.

—Xena, ¿qué haces levantada?

—He oído algo. Tenía que comprobarlo.

—¿Qué era?

—No lo sé.

—¿Vas a volver a dormir?

—No.

—Oh.

La soñolienta bardo se arrimó, puso la cabeza en la pierna de la guerrera y se movió hasta quedar echada de lado con una mano en la rodilla de su compañera.

—Eres una buena almohada.

—Me alegro de servir para algo.

En la oscuridad, Xena notó un beso suave en la pierna. Alargó la mano y tiró de las pieles para echarlas por el hombro de su amante y luego colocó encima un brazo protector. Mientras Gabrielle volvía a quedarse dormida, la guerrera se quedó allí sentada.

Vigilando.


Con los primeros tonos grises del amanecer, Xena levantó delicadamente la cabeza de su amante de su pierna y la depositó en las pieles, inclinándose para besar el suave pelo rubio. Agarró la espada y salió de la estancia y de la cueva.

—Hola, Argo.

Un relincho como respuesta.

La guerrera dio vueltas buscando pistas sobre lo que las había inquietado durante la noche. Examinando cada centímetro de suelo, llegó al árbol donde colgaba la bolsa de cebada y se le pusieron los ojos redondos del pasmo. Se arrodilló y estudió otro par de grandes huellas de pezuñas hendidas. ¿Pero qué Tártaro? ¿Qué clase de animal... o cosa... deja unas huellas así y no consigo verlo? Lo había oído. Lo había sentido. Pero no había visto nada.

Xena se levantó y siguió atentamente las huellas durante un trecho, hasta que por fin las perdió en la espesa maleza agostada por el invierno. Miró a su alrededor y olisqueó el aire pensativa, detectando el olor a... desayuno. Más conejo, un poco de pan tostado y té de hierbas. Echando otro vistazo a su alrededor, se llevó la mano inconscientemente a la cadera donde normalmente llevaba el chakram y entonces frunció el ceño. Maldición. Tengo que perder ese reflejo, al menos por ahora. La guerrera se daba cuenta de que esa fracción de segundo podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte y que alcanzar un arma que no estaba ahí podría tener resultados fatales.

La guerrera meneó en silencio la cabeza y siguió los olores a comida hasta el interior de la cueva, con el estómago rugiendo apreciativamente. Avanzó por el largo pasillo y oyó los ruidos de las amazonas que se movían en la gran estancia principal. Al llegar a la entrada miró dentro y vio que Gabrielle no estaba allí. Dado lo que come esa chica, no me puedo creer que el olor a comida no la haya atraído hasta aquí. Xena se rió por dentro.

—Kallerine, ¿se ha levantado ya Gab... la reina?

—No, no la hemos visto todavía esta mañana. —La joven amazona se volvió del fuego donde estaba echando agua caliente en unas tazas para hacer té.

—Pensábamos que tú sabrías mejor que nosotras dónde está la reina —añadió Rebina. La noche antes había visto a la bardo llevándose misteriosamente de la estancia sus pieles de dormir y las de Xena. La alta amazona sonrió con cierta burla.

—¿A qué viene esa cara? —preguntó Xena.

Amarice se acercó y la miró de arriba abajo.

—¿No es ésa la camisa que llevaba nuestra reina anoche durante la cena?

Xena bajó la mirada y sintió un rubor que le subía por la cara. Uy, creo que me he puesto su ropa. Y no puede venir aquí sin ella. Al menos si no quiere sufrir un montón de burlas.

—Da igual, iré a despertarla. —La guerrera se dio la vuelta, recogió su armadura y la armadura que había llevado la bardo el día anterior y salió a toda prisa de la estancia acompañada de un coro de risitas sofocadas.

Amazonas.

Xena torció por el pasillo corto que llevaba a la estancia donde habían dormido la bardo y ella y se agachó para cruzar la baja entrada. Se quedó parada un momento. Gabrielle seguía dormida, tumbada de lado, con un brazo debajo de la cabeza y el otro doblado debajo de la barbilla. En sus labios había una pequeña sonrisa y un hombro desnudo asomaba por debajo de las pieles.

Todavía no me puedo creer que esta criatura tan preciosa me quiera, pensó la guerrera, recordando las considerables atenciones de Gabrielle la noche antes. Para tener tan poca experiencia, la bardo había sabido muy bien qué hacer exactamente. Había poseído a la guerrera por completo y la conexión emocional entre las dos había sido tan intensa que casi resultaba dolorosa. Un dolor agridulce nacido de los años que llevaban juntas y de la convicción de que en muchos sentidos eran quienes eran sólo gracias la una a la otra.

Xena recordó una pregunta que le hizo su compañera justo antes de que Dahak entrara en sus vidas y lo cambiara todo para siempre... "Eres Gabrielle. La pregunta es, ¿quién sería yo sin ti?" ¿Quién sería yo sin ella? Prefiero ni pensarlo.

La guerrera cruzó la estancia y se arrodilló junto a su amante dormida. Se inclinó y besó el hombro desnudo. La bardo se movió y sus ojos verdes se abrieron despacio y la miraron.

—Buenos días, preciosidad —sonrió Xena.

La bardo se puso de un bonito color rosa, cogió la mano de Xena, se la llevó a los labios y la besó.

—Buenos días a ti también.

—Toma, te he traído tu armadura. Eeeh... nos han pillado. Las amazonas me han visto con tu camisa puesta.

—Oh. —Gabrielle soltó una risita y se sentó—. Supongo que tengo que empezar a construirme esa reputación de la que hablábamos.

Xena se limitó a sonreír y se quitó la camisa, cambiándola por su propia armadura, recreándose en la familiar sensación del cuero y el metal, que le estaban como una segunda piel. Cogió la camisa y la enrolló, captando el ligero olor a lavanda mezclado con bardo.

—Xena, —Gabrielle estaba peleándose con los cierres de su armadura prestada—, ¿me puedes ayudar con esto? No llego bien.

—Claro. —La guerrera juntó las incómodas piezas e impulsivamente estrechó a su compañera en un fuerte abrazo.

—Uuuf. Xena, no te lo tomes a mal. Me encantan tus abrazos, pero me estás estrujando.

—Perdona. —La guerrera aflojó el abrazo, pero no la soltó, y acarició suavemente la espalda de Gabrielle con una mano. Besó varias veces la cabeza rubia y luego se la apoyó en el hombro y la sostuvo allí.

Gabrielle oyó el corazón de Xena latiendo y notó unos suspiros algo temblorosos.

—Xena, ¿qué ocurre?

—Gabrielle, esta mañana he salido a comprobar lo que hizo ese ruido anoche. He encontrado más huellas de pezuñas hendidas. No sé a qué nos enfrentamos, pero alguien o algo parece estar siguiéndonos. Gabrielle, si alguien vuelve a intentar hacerte daño, te juro que...

—Xena, tranquilízate, amor. Todo va a salir bien. Lo vamos a descubrir todo, ¿vale? Juntas. —La bardo alisó el flequillo de la guerrera y la miró a los atormentados ojos azules—. Venga, vamos a desayunar. Te sentirás mejor. Te lo prometo. —Cogió a su amante de la mano y la llevó a la estancia principal.

Una marca después ya tenían todo recogido y estaban listas para dirigirse a la aldea amazona. Xena apretó las correas que sujetaban las alforjas de Argo, agarró el arzón de la silla y con un ágil movimiento saltó y aterrizó en ella, notando el cuero y el calor familiar del caballo debajo de ella. Sonrió y se inclinó, ofreciéndole un brazo a Gabrielle para que subiera.

—¿Quieres ir aquí arriba conmigo?

La bardo le sonrió a su vez y se agarró al brazo, tras lo cual salió disparada del suelo y volando por el aire, para acabar sentada detrás de Xena. Recordó aquel momento, cuatro años antes, en que convenció a la guerrera de que le permitiera viajar con ella y la primera vez que le ofreció un brazo para subir a Argo. Cuánto miedo le daba montar a caballo. Hemos progresado mucho, ¿verdad, chica?, le dijo en silencio a la yegua dorada. Se abrazó a la cintura de Xena y emprendieron la marcha, con las amazonas caminando a su lado.

—Xena, ¿qué planes tienes ahora? —preguntó Amarice.

—Primero os voy a llevar a vosotras tres a la aldea amazona. Luego Gabrielle y yo tenemos que ocuparnos de unos asuntos en el Monte Olimpo.

—¿En el Monte Olimpo? ¿Qué tenéis que hacer allí? —preguntó la alta pelirroja.

—Tenemos que descubrir qué está pasando. Averiguar cómo consiguió Calisto volver a la tierra.

—Ah. —Amarice reflexionó un momento. Sabía que la guerrera tenía una relación especial con el dios de la guerra. Una relación complicada—. ¿Necesitaréis compañía?

—Tal vez —dijo la guerrera sin comprometerse—. Ya veremos.

Gabrielle oyó algo y se volvió.

—Xena, ¿recuerdas esos cuatro caballos y soldados que decías que habían acampado donde esa hoguera que investigamos ayer?

—Sí.

—El caballo de la cola negra es el que llevaba al soldado pesado.

—¡Gabrielle! —respondió la guerrera exasperada—. ¿Cómo puedes saber eso?

—Porque tenemos a los cuatro soldados detrás.

Xena se giró bruscamente y vio a los cuatro soldados en cuestión por el camino a lo lejos, cubriendo rápidamente la distancia que los separaba.

—Vale, atención todo el mundo. Tranquilas y protegeos las espaldas.

La guerrera detuvo a Argo y saltó al suelo, al tiempo que Gabrielle se deslizaba detrás de ella. Xena se plantó en medio del camino, se cruzó de brazos y esperó. Cuando los soldados las alcanzaron, vio las miradas atónitas que le dirigían.

—Hola, chicos —dijo Xena con una sonrisa salvaje—. ¿Qué pasa? ¿Habéis visto un fantasma?

Desenvainó la espada y las amazonas hicieron lo propio, al tiempo que Gabrielle sujetaba con firmeza su vara. La guerrera examinó deprisa al grupo de soldados y reconoció una cara. Su propio rostro se transformó en una mueca feroz. Tú clavaste las manos de mi amante. Sintió una oleada de furia, saboreándola en la garganta. Dejó que su lado oscuro tomara el control, le dio rienda suelta, y soltó un fuerte grito.

—¡¡¡Ailililililili!!!

Echó a correr, saltó por el aire, dio una voltereta y tiró al soldado de su caballo de un golpe con la parte plana de la espada.

En ese momento los demás soldados atacaron. La espada de Kallerine se encontró con la que llevaba el soldado pesado y el fuerte choque metálico resonó por el aire. Ella desvió su estocada hacia abajo y él pasó ante ella, haciendo girar al caballo y regresando para atacar de nuevo. Esta vez la joven amazona estaba preparada. Cuando él atacó, ella desvió el golpe de nuevo y se volvió para agarrarlo de la pierna al pasar a su lado, tirándolo del caballo. Se enzarzaron en un combate cuerpo a cuerpo hasta que la amazona consiguió por fin arrinconarlo contra un árbol, poniéndole un pequeño puñal en el cuello. Él se rindió dejando caer la espada y ella sacó una cuerda de cuero y le ató las manos a la espalda.

Convencida de que el soldado estaba bien atado, se volvió para ayudar a Amarice, que estaba ocupada en un combate a espada con otro soldado. Tenía la cara cubierta de sudor y el ceño fruncido en un gesto de concentración. La alta pelirroja ganaba en estatura al soldado, que era más bajo y a quien iba empujando poco a poco hacia el borde del camino. Por fin, el soldado dio un paso y se cayó de espaldas al tropezar con un tronco. Amarice le puso la punta de la espada en el cuello mientras Rebina le quitaba las armas y Kallerine lo ataba.

Mientras, Gabrielle levantó la mirada y vio a un soldado rubio montado en un bonito caballo pinto que cargaba contra ella. Sujetó la vara de Ephiny cerca de un extremo y vaciló un momento, al darse cuenta de que llevaba un tiempo sin manejar una vara, y apenas logró agacharse cuando el soldado se estiró y estuvo a punto de cortarle la cabeza con la espada. Ella dio un salto hacia atrás. Gabrielle, idiota. A ver si estás a lo que tienes que estar. Se volvió para hacerle frente de nuevo, agarrando su nueva vara con seguridad y una reconfortante sensación de familiaridad. Cuando el soldado se acercó, ella pasó al ataque, avanzó unos pasos, blandió la vara por el aire y tiró al soldado del caballo de un golpe en diagonal, logrando que su espada se le escapara de la mano. Al dar en el suelo, rodó y se encontró el estómago sujeto por el extremo de la vara de la bardo.

—Kallerine, aquí tienes a otro al que atar. —Gabrielle se volvió para ver si Xena necesitaba ayuda.

Cuando la espada de Xena golpeó al soldado en la espalda, éste se quedó sin aire y salió volando del caballo, aterrizando con un buen golpe en el camino de tierra. Se recuperó y se levantó. Al darse la vuelta, se encontró con una guerrera alta y morena que cargaba sobre él, atravesándolo con los ojos azules, con una mueca de furia en la cara. Él levantó la espada y paró varios golpes muy duros. Xena empleó un ataque combinado, lanzando un puñetazo aquí y una patada allá, sin quitarle los ojos de encima. Impulsada por la ira pura que tanta parte formaba de su lado oscuro, su espada chocaba con la de él golpe por golpe y pasó al ataque, rodeando al soldado, al tiempo que en su cara se dibujaba una sonrisa malévola.

El soldado lo vio. Un odio absoluto. Y Xena estaba disfrutando de cada momento. Se le revolvió el estómago de miedo y supo que iba a perder. La guerrera que tenía delante estaba poseída. Con una dura estocada de lado Xena mandó su espada por los aires y se giró, pegándole una patada en redondo en la entrepierna y tirándolo al suelo. Él gimió, doblado de dolor. Ella cayó sobre él, sujetándolo al suelo con la espada y sus fuertes piernas. La mirada de odio se transformó en una mirada asesina.

—Por favor —suplicó el soldado, al ver que los furiosos ojos azules se oscurecían hasta ponerse morados y que lo atravesaban con la mirada.

Xena soltó una carcajada malévola y le sujetó un brazo con un pie. Sacando la daga de pecho de dentro de la armadura, la levantó por encima de la cabeza y la hundió en la mano del soldado con un espantoso crujido de metal sobre hueso, atravesándole la mano con la pequeña arma, clavándosela al suelo y luego sacándola. El soldado chilló de dolor al tiempo que la sangre salía disparada de la herida y se agarró la mano herida con la otra.

La guerrera se levantó y se quedó sobre él mientras el hombre se hacía un ovillo, gimoteando.

—¿Cómo te sientes, hijo de bacante? ¿Pedazo de excremento de cerdo? Dime. —Su voz se alzó hasta adquirir un tono salvaje—. ¡Dímelo, maldita sea! —Le temblaba la voz, y se puso a dar patadas al soldado, que no paraba de gemir. Levantó la espada, pensando en acabar de una vez, y luego la dejó caer a un lado. Lo empujó con un pie, obligándolo a estirarse y quedar tumbado boca arriba—. Pensándolo mejor —gruñó con tono grave—, todavía no te voy a matar. No te vas a librar tan fácilmente. Te voy a hacer sufrir, como tú la hiciste sufrir a ella. —Empleando la punta de la espada, hizo un pequeñísimo corte en la pierna del soldado. Y luego otro en el brazo, y cada corte provocó otro grito.

La cara se le deformó con una pequeña sonrisa cargada de odio y aplicó la punta de la espada, arrastrándola juguetonamente desde una oreja del soldado hasta la otra, pero sin hacerle sangre. Vio sus violentos temblores y sus ojos llenos de lágrimas, y el brillo malicioso de sus ojos aumentó.

—P-p-ppr... por favor —balbuceó él débilmente—. Ten piedad de mí.

—¡Piedad! ¿Te atreves a suplicar piedad? Te voy a desollar vivo. ¿Crees que no recuerdo lo que me hiciste? ¡¿Y a ella?! —Y Xena le dio varias patadas más.

Con los ojos llenos de espanto, Gabrielle corrió hasta colocarse a poco más de la longitud de una espada de distancia de su peligrosísima compañera.

—Xena. Por los dioses. ¡Basta!

Más patadas.

—¡Basta! ¡Ahora!

Xena levantó la espada por encima de la cabeza con ambas manos y miró a su amante.

—Gabrielle. Es él. Es el que tenía el mazo de madera... no merece vivir... —La ira alcanzó su punto extremo y empezó a temblar.

—Xena. Lo sé. Sólo cumplía órdenes. Xena, escúchame. Baja la espada. Éste no es el camino. Xena, si dejas que el odio gane, dejarás que gane la fuerza que nos quería muertas. Piénsalo un momento. No has matado a sangre fría desde hace mucho tiempo. Has llegado muy lejos. No eches todo eso a perder. Por favor, amor, bájala.

Dentro de la guerrera se estaba librando una batalla. Sería tan fácil. Sabría tan bien. A fin de cuentas, él nos mató. Pero Gabrielle no quiere esto. Te está rogando que no lo hagas. La ira y el amor chocaron dentro de su pecho, que en ese momento sentía muy oprimido. Sus dedos se agitaron en la empuñadura de la espada cuando sus ojos se encontraron con dos ojos verdes suplicantes. Xena sofocó un grito y bajó despacio la espada temblorosa hasta que quedó a su costado y cayó al suelo. El soldado inconsciente yacía inmóvil.

Por favor, amor. Tres palabras. Para traerla de vuelta a la tierra. Para sujetarla y hacer que se diera cuenta de lo que ahora representaba y por quién vivía. Y de mala gana volvió a empujar a la Destructora de Naciones a las profundidades del lugar donde había estado adormecida todo este tiempo. ¿Es así como volvería a ser de no ser por ella? Así es como empezó todo, ¿no? ¿Por mi deseo de vengar la muerte de Lyceus? Lo cual se convirtió en años de matanzas y odio. Seguidos de años de culpa y remordimiento.

Pensó en las palabras de su compañera. Sólo cumplía órdenes. Yo ordenaba a los soldados de mi ejército que crucificaran a la gente.

—¡Oh, dioses! —exclamó Xena—. Gabrielle. —La guerrera, cabizbaja, cayó despacio en los brazos de la única que la conocía por completo. Y que por alguna razón seguía queriéndola—. Perdona. Es que... te hizo daño. Vi cómo te hacía daño y no pude hacer nada.

La bardo sujetó el cuerpo tembloroso entre sus brazos.

—Shhh. Lo sé, amor. También te hizo daño a ti. —Acarició el largo pelo negro e hizo ruiditos tranquilizadores hasta que notó que Xena se calmaba—. Xena, tranquila. Ahora estamos bien, ¿verdad?

—Gabrielle, lo siento. —La guerrera se irguió por fin y miró a su amante a los ojos, encontrando en ellos la comprensión y el perdón. Y una vez más se vio redimida por una pequeña bardo, que había tenido el valor de seguir a la Destructora de Naciones y había acabado cambiando su vida para siempre. Y que ahora sujetaba su corazón firme pero delicadamente con una fuerza inquebrantable.

Xena miró a su alrededor y vio a las tres amazonas que la miraban con los ojos desorbitados. Bajo su mirada, todas encontraron otras cosas en las que fijarse. La guerrera suspiró y luego se arrodilló para examinar al soldado al que había estado a punto de matar.

—Vivirá. Atadlo.

Kallerine se apresuró a cumplir la orden.

—Gabrielle —titubeó Xena—, ¿te parecerá mal si sigo usando los puntos de presión cuando lo necesite?

La bardo se mordisqueó un momento el labio inferior.

—Xena, nunca me han gustado, pero al menos no matas a la gente con ellos y supongo que cumplen una función.

—Bien. —La guerrera se acercó al soldado grande que Kallerine había atado primero y le incrustó dos dedos a cada lado del cuello. Él jadeó sin aire y empezó a ponerse rojo—. He cortado el flujo de sangre a tu cerebro. Morirás dentro de treinta segundos si no te libero. ¿Comprendes?

El soldado asintió, con los ojos desorbitados de miedo.

—Ahora dime, ¿quién os ha enviado?

—Bruto —logró escupir el hombre.

—¿Para qué?

Otro jadeo.

—Nos ha enviado a la fortaleza para recuperar tu cuerpo.

—¿Dónde ibais ahora mismo?

—Cuando descubrimos que no estabais, supusimos que las amazonas os habían cogido, por lo de su reina. Nos dirigíamos a la aldea amazona cuando nos hemos encontrado con vosotras.

Xena volvió a golpear el cuello del hombre y éste se desplomó en el suelo, aspirando grandes bocanadas de aire.

—Vaya, qué coincidencia. Nosotras también vamos a la aldea amazona. Parece que habéis conseguido escolta. Amarice, escucha, Rebina, Kallerine y tú os llevaréis a estos cuatro a la aldea y los encerraréis hasta que Gabrielle y yo lleguemos allí. No les hagáis daño. —Echó una ojeada al que estaba inconsciente—. Sólo necesitamos quedarnos con ellos por un tiempo. No puedo permitir que vuelvan para decirle a Bruto que estoy viva hasta que resolvamos todo. Gab... la reina y yo iremos derechas al Monte Olimpo. Quiero llegar allí antes de que echen de menos a estos cuatro y aparezcan más soldados.

Xena se acercó a Argo y sacó su equipo de sanadora de una alforja. Regresó al soldado que había colaborado en su crucifixión y se puso a limpiarle y vendarle la herida de la mano y luego cosió los cortes que le había hecho en el brazo y la pierna. Luego lo levantó y lo colocó boca abajo sobre el lomo de su caballo.

Volviéndose a los otros tres soldados, fue cortándoles uno a uno las cuerdas que les sujetaban las muñecas.

—Esto es sólo para que podáis subiros a los caballos, porque no me apetece pasarme todo el día recogiéndoos. Un solo movimiento que no sea para subiros al caballo y os corto la cabeza, ¿entendido?

Tres cabezas cubiertas con cascos dorados asintieron solemnemente.

—Kallerine, cuando cada uno de ellos esté en el caballo, átale las manos al arzón para que pueda sujetarse y echa las riendas por encima de la cabeza del caballo. Cada una de vosotras puede llevar a un caballo. Kallerine, tú lleva dos. Puedes con ello.

—Claro, no hay problema —dijo la joven amazona con cierto orgullo en la voz.

Cuando el soldado rubio que Gabrielle había vencido se estaba subiendo al caballo pinto, Xena miró al caballo con admiración y luego frunció el ceño.

—Espera un momento. ¿De dónde has sacado ese caballo? —Había notado que la silla y las bridas eran distintas de las de los otros tres, no propias del ejército romano.

Recordando los puntos de presión empleados con su camarada, el soldado rubio decidió que se imponía decir la verdad.

—Llegamos a una aldea entre Atenas y la fortaleza. Estaba casi toda saqueada. No había supervivientes.

—¿No la saqueasteis vosotros? —La guerrera le clavó la mirada, estudiándole los ojos.

—No. —La verdad—. Encontré este caballo en el bosque cerca de la aldea. Debió de escaparse durante el saqueo. Compré la silla y las bridas en la siguiente aldea. Quería montarlo un poco y probarlo. Las guarniciones romanas no eran adecuadas para este caballo.

—Mmmm —dijo Xena pensativa. Se acercó e hizo unos ruidos tranquilizadores al caballo, notando la bondadosa mirada de los brillantes ojos negros del animal. Le abrió la boca—. Vamos a ver, unos cinco años de edad. —Pasó de una pezuña a otra, examinando la parte de abajo. Notó el brillo del pelaje del animal y los músculos firmes que se movían bajo la piel. Por último se agachó al costado del animal cerca de la cola y miró debajo—. Yegua. Bien. Será más tranquila que un semental. Gabrielle, parece que has conseguido un caballo. —Sonrió y se volvió hacia su compañera, que estaba boquiabierta.

—Oh, Xena, ¿estás segura? —La bardo tenía los ojos redondos como una niña en la noche de solsticio. Era un animal precioso, de pelaje gris moteado, salvo por la grupa, que era blanca con grandes manchas negras, y la parte inferior de las patas, que eran blancas, también con manchas negras más pequeñas. La crin era negra y la cola blanca en la parte superior y se iba poniendo negra hacia el final. La bardo observó la silla de cuero tostado, muy bien trabajada, que tenía pequeñas hebillas de plata ornamentadas y una suave manta de lana de oveja debajo—. Xena, no podemos quedarnos con la manta y las guarniciones. Este soldado ha pagado por ellas. Puede que el caballo sea para cualquiera, pero las guarniciones no.

La guerrera se dio cuenta de que su compañera tenía razón. Regresó a las alforjas y hurgó un momento, sacando una pequeña bolsa de cuero. Metió dentro los dedos provocando un ruido metálico y por fin sacó la mano. Se acercó al soldado y como éste tenía las manos atadas, le metió algo en una bolsita que colgaba del cinturón de su armadura.

—Aquí tienes cien dinares. Por el caballo y las guarniciones. De todas formas, Bruto no va a dejar que te quedes con una yegua tan buena como ésta. Es demasiado bonita. Tú sabes tan bien como yo que si te presentas en Atenas con ese animal, acabará en el establo personal de Bruto, ¿verdad?

—Verdad —dijo el soldado en voz baja.

—Kallerine —dijo la guerrera—, parece que sólo tendrás que guiar a un caballo. Este muchacho irá caminando hasta la aldea amazona. Menos mal que está sólo a un día de viaje desde aquí.

—Sí —asintió Kallerine—, no tendremos que acampar antes de llegar allí. No tendremos que preocuparnos de vigilar a estos soldados por la noche. —La joven amazona se puso más solemne—. Xena, ¿cuándo regresaréis la reina Gabrielle y tú a nuestra aldea?

—Son dos días de viaje al Monte Olimpo desde aquí. Luego otros tres días de allí a la aldea. Cuando terminemos nuestros asuntos en el Monte Olimpo, es probable que la reina y yo tengamos que ir a ver a nuestras familias. Estoy segura de que se han enterado de que estamos... eeeh... muertas, y creo que tendríamos que hacerles saber que estamos bien. Así que probablemente nos detendremos en Anfípolis y tal vez en Potedaia antes de volver a la aldea amazona. —Miró a su compañera, sabiendo que a Gabrielle no le apetecía gran cosa visitar a su familia—. Puede que pase una luna antes de que regresemos a la aldea.

—Bueno, pues cuidaos. —Kallerine parecía un poco triste—. No olvides que todavía tengo que contarte unas historias sobre la caza de bacantes.

—No lo olvidaré. —La guerrera sonrió a su joven admiradora—. Me apetece mucho oírlas todas.

—Xena. —Amarice se acercó a ella—. ¿Estás segura de que no necesitas compañía en el viaje? ¿Otro par de ojos y oídos?

—No, Amarice, necesito hacer esto sola. Bueno, casi sola. Gabrielle será mi otro par de ojos y oídos. El Monte Olimpo puede ser un lugar peligroso, con tanto ego deificado flotando por todas partes. Gabrielle y yo ya nos hemos tratado con los dioses. Necesito que vuelvas a la aldea amazona y ayudes a vigilar a estos soldados y a proteger la aldea. Las cosas siguen estando inestables ahí fuera.

—Bueno, vale —dijo la pelirroja despacio—. Supongo que la reina está en buenas manos.

—Amarice. —Unos cálidos ojos azules miraron a la amazona.

—Sí.

—Gracias. Por todo.

—No hay de qué. Mi reina. —Amarice se volvió y se llevó la mano al pecho saludando a Gabrielle. Rebina y Kallerine hicieron lo mismo.

La bardo devolvió el saludo con calma.

—Que Artemisa os acompañe. Saludad a Chilapa de mi parte.

Las amazonas se alejaron, guiando a los caballos que llevaban a los soldados, y Xena se volvió a su compañera.

—Vamos a ajustar los estribos de esa silla para que te queden bien. —Llevó a su aturdida compañera junto al caballo pinto.

—Hola. —Gabrielle acarició la piel suave que rodeaba los ollares del caballo—. Oh, Xena, mira.

En el hocico había un delgado rayo blanco que acababa en la frente con una gran mancha difuminada. Parecía... una estrella fugaz.

—Qué bonito —dijo la guerrera suavemente, recordando su deseo de la noche antes.

—La voy a llamar Estrella —declaró Gabrielle.

Xena besó a su compañera un momento y luego la ayudó a subir a la silla, ajustó los estribos y dio unas palmaditas en la firme pantorrilla de la bardo antes de apartarse y montar en Argo.

—¿Estás cómoda ahí arriba?

—Sí. Esto es estupendo. —La bardo parecía loca de alegría—. Gracias, Xena. Nunca pensé que tendría mi propio caballo.

—Bueno, no sabía muy bien si lo querrías. Recuerdo que cuando nos conocimos, los caballos te daban un poco de miedo. —La guerrera sonrió—. Pero al verte la cara hace un momento, me he dado cuenta de que ya lo has superado.

—Mmm... sí. O sea, ya estoy acostumbrada a Argo y la he montado sola. Y este caballo es un poco más pequeño que Argo. Estrella es más adecuada para mí.

—Bien. Pues vamos. —Y la guerrera arreó a Argo.

Gabrielle y Estrella se pusieron detrás, con la bardo totalmente encantada con su nueva amiga.


Viajaron todo el día, mientras la bardo ensayaba nuevas historias con su compañera y las dos jugaban a las adivinanzas como solían hacer para pasar el rato cuando estaban en el camino. Hacia el atardecer ya estaban cerca de las laderas de las montañas y el aire era notablemente más fresco. Gabrielle se envolvió mejor la cara con el manto, sujetándolo con una mano y las riendas de su caballo con la otra. Estrella y ella se entendían a las mil maravillas y decidió que tras cuatro años de caminar, montar era un buen cambio. Se detuvieron al borde de un bosque que terminaba en la llanura que iba subiendo hacia el Monte Olimpo.

—Vamos a parar aquí —dijo Xena—. El resto del camino es a campo abierto y prefiero acampar en la protección del bosque.

Gabrielle contemplaba la enorme montaña que se cernía a lo lejos.

—Parece tan cerca.

—Sí. Cuesta creer que todavía falte un día de viaje para llegar allí —asintió la guerrera. Colocó a Argo al lado de Estrella y admiró la montaña junto a la bardo. Xena le cogió la mano a Gabrielle y la bardo le sonrió con timidez. Se quedaron en silencio, acompañadas tan sólo del ruido de las hojas secas al moverse y el remolino de los vientos procedentes de las montañas. Y el latido de dos corazones.

—Tenemos que acampar. —Xena interrumpió la tranquilidad de mala gana.

—Sí, eso creo.

La guerrera dio la vuelta a Argo y retrocedieron un poco. Xena sacó al caballo del sendero y cruzaron un trecho por entre los árboles hasta que llegaron a un claro protegido a dos lados por unas rocas grandes. La guerrera olisqueó el aire. Agua. Bien. Detuvo a Argo y desmontó de un salto, aterrizando con un bote. Cogió los odres de agua que colgaban de la silla y se acercó a ayudar a desmontar a su compañera. La bardo se deslizó hacia abajo, aterrizando en dos fuertes brazos.

—Gabrielle, si recoges un poco de leña, yo iré a rellenar los odres. Creo que hay un arroyo por detrás de esas rocas.

—Vale —asintió la bardo, caminando en círculos para desentumecer las piernas, que no estaban acostumbradas a cabalgar a solas todo el día. Normalmente se agarraba a Xena para mantener el equilibrio cuando las dos montaban en Argo. Montar sola era diferente. Tenía que agarrarse con las piernas para mantener el equilibrio y los músculos de sus muslos estaban protestando bastante.

Xena observó la leve cojera de la bardo y tomó nota mental para ocuparse de los músculos doloridos de su compañera. Luego. Sonrió y desapareció detrás de las rocas, silbando.

La guerrera encontró el arroyo fácilmente, primero siguiendo su nariz y luego sus orejas, cuando el ruido del agua al correr alcanzó su afinado oído. Advirtió con placer que había un remanso tranquilo a un lado. Arrodillándose en la orilla, destapó los odres y los sumergió en el agua fría hasta que se llenaron.

Se levantó y dejó los odres en una roca y luego se quitó la armadura y la túnica de cuero. Respirando hondo, se lanzó al arroyo frío como el hielo y vadeó hasta el remanso, que le llegaba a la cintura. Se sumergió una vez, quitándose de la piel el polvo del día. Emergió, se sacudió el agua de la cabeza y luego se quedó inmóvil. Observó a pocos metros por debajo del agua, escuchando. Ahhh. Metió rápidamente la mano en el agua helada y sacó un gran siluro de agua dulce. Pescado para cenar. Xena miró melancólica las zarzas que había en la orilla, ahora sin fruto y secas por el frío de finales de invierno. A Gabrielle le encantaban las moras.

Xena recogió los odres, se puso al hombro la túnica de cuero y la armadura y regresó al campamento. Al salir de detrás de las rocas, su compañera levantó la mirada y soltó una ligera exclamación.

—Xena, estás mojada y desnuda. Te vas a morir de la enfermedad de la tos. —La bardo sacó una toalla de una alforja, corrió a la guerrera y se puso a secarla—. No es que no me guste verte mojada y desnuda —dijo Gabrielle con tono provocativo.

—Ah, ¿conque sí, eh? —Xena se inclinó y le mordisqueó un lóbulo—. Toma. —Le presentó el pescado para que lo examinara.

—Ooohhh. Bien. ¿Lo limpias tú?

—Claro —rió la guerrera. Volvió a ponerse la túnica de cuero, dejando la armadura, pues iba a dormir pronto. Tal vez, pensó, recorriendo con ojos apreciativos la esbelta figura de su amante. Sacó un cuchillo de una alforja y se dispuso a limpiar el pescado mientras su compañera sacaba una sartén, la llenaba con un poco de agua y la ponía encima del fuego para que se calentara.

Media marca después, Gabrielle había cocinado el siluro, haciendo una ligera salsa con migas de pan, hierbas y agua. Salteó el resto de las verduras que se habían llevado de la posada y miró pensativa las alforjas, que estaban apoyadas en una de las rocas. Se acercó y sacó el odre de vino de la noche antes, al que todavía le quedaba un cuarto. Lo suficiente para entrar un poco en calor, sonrió.

—Xena, la cena está lista.

La guerrera dejó de cepillar a Argo y Estrella y guardó el equipo de limpieza en las alforjas. Colgó dos bolsas de cebada para los caballos, sacó dos platos y dos tenedores de latón de las alforjas y fue a sentarse en el tronco detrás de Gabrielle, que seguía ocupándose del pescado. La bardo se volvió, sirvió dos porciones en los platos y se levantó.

—Ven aquí. —Xena palmeó el sitio que había en el tronco a su lado. Gabrielle se sentó y cogió el plato que le ofrecía la guerrera. Cogió un pedazo de pescado con el tenedor y se lo ofreció a Xena para que lo probara. La boca de la guerrera se cerró a su alrededor y masticó un momento—. Qué bueno, amor.

—Gracias. —Gabrielle sonrió y luego levantó el odre de vino, tomó un trago y se lo ofreció a su compañera.

Intercambiaron bocados y sorbos de vino hasta que dejaron limpios los platos. Xena se levantó para echar más leña al fuego mientras la bardo se lavaba la cara y las manos y luego lavaba los platos. Gabrielle fue a las alforjas y se arrodilló para sacar una camisa de dormir, haciendo una mueca por el dolor que tenía en las piernas al levantarse.

—Ay.

—Gabrielle. No estás acostumbrada a montar sola, ¿eh?

—No. Es mucho más fácil cuando te tengo a ti para sujetarme. —La bardo miró pensativa a su nuevo caballo—. Pero Xena, me encanta Estrella. Es perfecta. Y tan bonita.

—Sí, muy bonita —repitió la guerrera suavemente, mirando a su compañera en vez de al caballo—. Parece que os habéis hecho buenas amigas.

—Sí —dijo Gabrielle, sin percatarse de la mirada de su compañera.

La guerrera se acercó a la bardo.

—Vamos, deja que te eche una mano con esto. —Y la ayudó a quitarse la armadura, metiendo la camisa de dormir por la cabeza de la muchacha más baja—. Gabrielle, échate en las pieles y deja que me ocupe de esos músculos.

La bardo obedeció, se tumbó en las pieles boca abajo y notó unas manos fuertes y cálidas que le masajeaban la parte de atrás de los muslos y las pantorrillas. Sintió que los nudos iban desapareciendo de sus cansadas piernas y luego notó que las manos subían para masajearle la espalda y los hombros. Regodeándose en el calor, suspiró llena de contento. Al cabo de un rato, las manos de la guerrera fueron sustituidas por pequeños besos, que Xena iba depositando en los hombros de su compañera y la piel expuesta de su cuello.

Temblando, Gabrielle se volvió boca arriba y encontró los ardientes ojos azules de su compañera a pocos centímetros de su cara. Xena cubrió la distancia que las separaba y la besó ferozmente en los labios y la bardo hundió los dedos en el largo pelo negro, acercándo aún más a su amante. Se separaron y Gabrielle empezó a desatar los cordones de la túnica de cuero de la guerrera.

—Gabrielle —dijo Xena pesarosa—. No es buena idea. Aquí estamos muy expuestas. Tengo que estar preparada para defendernos al instante. —La guerrera ladeó la cabeza un momento, con una sonrisita provocativa en los labios—. Sin embargo, puedo divertirme contigo.

La bardo se quedó sin aliento cuando unos dedos expertos se metieron por debajo de su camisa de dormir, provocando una oleada de sensación que amenazó con arrebatarla.

—Xe...

Otro beso la hizo callar y la guerrera se inclinó, jugando con un lóbulo con la punta de la lengua y susurrando:

—Gabrielle, déjate llevar. Me toca.

La bardo sintió que su camisa de dormir desaparecía por encima de su cabeza y cerró los ojos cuando un cuerpo pesado y cálido se colocó encima de ella, notando la extraña sensualidad de la túnica de cuero de la guerrera pegada a su piel desnuda. Abrió los ojos y vio algo nuevo en la cara de su amante. Afán posesivo, hambre y... el lado oscuro, revelado por un brillo conocido en los ojos azules de Xena. Gabrielle sofocó una exclamación y arqueó la espalda cuando la guerrera continuó su acalorada exploración, al tiempo que las manos de la bardo trataban involuntariamente de tocar toda la piel de Xena que podía alcanzar. El ritmo cardíaco de Gabrielle se aceleró y oyó vagamente unos gemidos que salían de su propia garganta.

—Eres tan bella —murmuró la guerrera—. Reaccionas con tanto entusiasmo. —Bajó con la lengua desde la garganta de la bardo hasta su ombligo y luego mordisqueó juguetonamente la parte inferior del abdomen de su compañera, satisfecha con la reacción de los fuertes músculos ante su caricia—. Gabrielle, ¿confías en mí?

—Sólo con mi vida, mi corazón y mi alma —susurró la bardo temblorosamente.

La sonrisa fiera se hizo más amplia.

—Mía —gruñó Xena.

—Toda tuya, amor —dijo Gabrielle en voz baja, rodeando el largo cuerpo de su compañera con los brazos y las piernas y rindiéndose a la intensidad de las atenciones de su amante.

Algún tiempo después, Gabrielle estaba de lado. La guerrera estaba acurrucada detrás de ella rodeando a la bardo con un brazo que le había pasado por debajo. Gabrielle se sujetaba al brazo de la guerrera con las dos manos, agarrándose mientras la guerrera la iba besando despacio desde el hombro hasta la nuca y la otra mano de Xena se movía libremente por el cuerpo de la bardo.

—Qué bien sabes —ronroneó Xena, continuando con los besos—. Déjate ir, Gabrielle. Eso es, amor. Yo te tengo. —La bardo se estremeció, disfrutando de una súbita oleada de placer antes de volver despacio a la tierra.

Al parecer la energía de la guerrera provocada por el lado oscuro había quedado sin resolver tras su encuentro de la mañana con los soldados. Una energía que la guerrera había liberado con su compañera de una forma muy creativa y positiva. Así que esto es lo que se siente al ser objeto de la lujuria de combate. Creo que me va a seguir sorprendiendo en este terreno. Gabrielle sonrió y se acomodó contra su amante, volviendo la cabeza para responder a uno de los besos con otro suyo, saboreando el vino especiado en los labios de Xena. Se separaron y la bardo volvió a ponerse de lado, sin soltar el brazo de su amante, tocando suavemente los fuertes músculos del antebrazo.

Gabrielle por fin notó que el cuerpo que tenía detrás se relajaba y se apoyó en su compañera, percibiendo el sutil movimiento de los músculos del estómago de Xena bajo el cuero y bañándose en el calor que emanaba del cuerpo de su amante. Las fuertes manos que la sujetaban se aflojaron y la guerrera se puso a acariciar el claro pelo rubio. Xena se estremeció, recordando la sensación del lado oscuro. Tomando aliento con fuerza, la guerrera obligó a la energía a desaparecer.

—Gabrielle, ¿estás bien? —preguntó por fin Xena con cierta vacilación—. Creo que me he puesto un poco... mmm... agresiva. No te he hecho daño, ¿verdad? Ni te he asustado. —Dioses. No me había puesto así desde Borias, pensó la guerrera, recordando cierta piel de oso y unos divertidos revolcones con el padre de Solan. Revolcones que siempre eran más intensos después de sobrevivir al fragor de una batalla. Una época en que el lado oscuro siempre estaba presente, en el primer plano absoluto de su ser.

La bardo se puso boca arriba y alargó una mano para tocar la cara de su compañera.

—No, Xena, no me has hecho daño y a estas alturas ya no es posible que te tenga miedo. Ha sido... eres... increíble, amor. Pero... me preocupas. No te tengo miedo, pero sí que me asustaste cuando estabas torturando a ese soldado. Eso es distinto. Sé que nunca harías nada para hacerme daño, pero a veces tengo miedo de que hagas algo que pueda hacerte daño a ti misma. Tu lado oscuro podría destruir mucho de lo que has conseguido con tanto esfuerzo. Xena, se te ha dado, no, se nos ha dado una segunda oportunidad y parte de eso parece estar relacionado con la luz que nos damos la una a la otra.

—Gabrielle, no creo que yo tenga mucha luz que ofrecer.

La bardo abrió los ojos de par en par y colocó la cabeza morena en su hombro, entrelazando los dedos con el pelo largo de la guerrera.

—Xena, la tienes, amor. Cada día, bueno, casi cada día, desde que viajamos juntas, has sido buena conmigo, al principio con pequeños detalles y más adelante al demostrarme lo mucho que me quieres. Y no sólo soy yo. Xena, ¿es que no te das cuenta de cuánta gente tiene una vida mejor gracias a ti? ¿Es que no lo ves? Por dondequiera que vayas, las cosas cambian para bien. Sé que a mí me has cambiado para bien. Ésa es la luz. Llevas una luz grande y brillante dentro del corazón. —La bardo colocó una mano delicada encima de dicho corazón.

La guerrera la rodeó con su propia mano.

—Supongo que nunca lo he visto así. En cuanto a ti, amor mío, tú eres la luz que ahuyenta a la oscuridad de mi alma. Creo que por eso ahora que somos... mmm... bueno, ya sabes, parece que no me sacio de ti. Es como si quisiera meterte dentro de mí para poder tener esa luz todo el tiempo.

—Xena, me tienes todo el tiempo. Y vamos a estar juntas. Para siempre, ¿recuerdas?

—Sí, lo recuerdo.

—Y Xena —dijo la bardo con una sonrisa maliciosa—, siempre que necesites soltar esa energía oscura, dímelo. Me ha gustado.

—¿En serio?

—En serio.

—Gabrielle.

—¿Síííí?

—Creo que ese lado oscuro está apareciendo de nuevo.

—¿Sí?

—Sí.

—Ven aquí, princesa guerrera. —Y Gabrielle volvió a colocar a su compañera encima de ella, notando que un brazo fuerte le rodeaba una pierna por detrás justo por encima de la rodilla, levantándole la pierna. Unos besos lentos y llenos de propósito iban bajando por su esternón y su estómago. Un gruñido grave y salvaje surgió de la garganta de la guerrera y la bardo se agarró a los tirantes de la túnica de cuero de su compañera y se preparó para lo que se le venía encima.


Xena se despertó justo antes del amanecer y de mala gana abrió un claro ojo azul. Y luego el otro. El fuego se había reducido a unas cuantas brasas y había caído un ligero rocío, cuya humedad hacía que flotara una niebla fresca justo por encima del suelo. Una tórtola solitaria arrullaba en un árbol cercano, en contraste con un cielo teñido de rosa. Los caballos estaban despiertos, de pie pacientemente el uno al lado del otro, moviendo las patas de vez en cuando y acariciándose con el hocico amigablemente.

Debajo de las gruesas pieles se estaba tan... a gusto. La guerrera estaba arrebujada alrededor de su amante desnuda, que seguía durmiendo apaciblemente. Xena se apoyó con cuidado en un brazo para mirar a la bardo. La piel lisa y clara de su rostro reflejaba una satisfacción total y los suaves labios esbozaban una levísima sonrisa. La guerrera alzó la mano y siguió delicadamente los labios de su compañera con dos dedos. Qué suaves. Xena sonrió y pensó en lo perfecta que sería la mañana si no tuviera por delante la tarea de viajar al Monte Olimpo.

Con un leve quejido, la guerrera volvió a echarse, sin querer otra cosa más que quedarse ahí, abrazada a su amante, y volver a dormir. Pensó en la noche anterior. ¿De dónde salió eso? Xena sabía que la rabia, la furia y la oscuridad que normalmente tenía tan cuidadosamente controladas habían surgido con fuerza casi plena cuando vio al soldado que había participado en su crucifixión. Si Gabrielle no me hubiera parado, lo habría matado. Después de torturarlo.

¿Por qué he necesitado descargarlo todo con Gabrielle como lo he hecho? Había sentido la necesidad de consumir a la bardo por completo, de poseerla y dominarla. Era una sensación primitiva, una sensación de pura necesidad que iba más allá de los sentimientos normalmente delicados y protectores que tenía por su amante. Reflexionó sobre eso y supo que a cierto nivel su compañera era la única que en esencia tenía el poder de purificarla y evitar que siguiera sus impulsos más oscuros. La expresión de confianza total y completa de los ojos verdes de Gabrielle y la forma en que la bardo simplemente se había entregado a ella, una luz para borrar la oscuridad, derretían el corazón de la guerrera.

Xena cedió a las ganas de dormir un poco más y apretó más a su amante contra ella. Besó la cabeza rubia y oyó un leve gemido de felicidad al tiempo que Gabrielle se acurrucaba contra ella. Al Hades con el Monte Olimpo, puede esperar unas cuantas marcas más. La vida es demasiado corta para no disfrutar de un momento como éste. La guerrera cerró los ojos y dejó que la tórtola la arrullara hasta volver a sumirse en un sueño tranquilo.

Una marca más tarde Gabrielle se despertó y se encontró totalmente rodeada de cálida guerrera dormida. Suspiró de felicidad, se soltó despacio de los largos brazos y piernas y salió silenciosamente de debajo de las pieles de dormir. Brrrrrrrrr. Se le puso la carne de gallina por todo el cuerpo cuando el aire frío atacó su piel desnuda. Encontró su camisa de dormir y se la metió por la cabeza, seguida del manto. Luego se puso las botas y se mordisqueó el labio inferior un momento, pensando.

La bardo cogió un montón de leña y reavivó el fuego, atizándolo con un palo largo. Luego preparó agua para un té de hierbas y sacó tortas de pan, fruta seca y nueces, dejándolos aparte a la espera del té. Cerrando los ojos, se relajó, sintiendo el calor del sol en la cara. Relajándose aún más, puso en práctica algunos de los ejercicios de respiración profunda que había aprendido de Eli, vaciando la mente y sintiendo... una rápida oleada de miedo... y pena... relacionada de algún modo con Xena.

Gabrielle se estremeció y abrió los ojos. ¿Qué ha sido eso? Se volvió y vio que la guerrera seguía dormida sana y salva. La bardo se acercó a su compañera y se arrodilló. Inconscientemente, alargó la mano y acarició el pelo oscuro. Una mano fuerte salió de debajo de las pieles y cogió la suya, al tiempo que se abrían dos ojos azules. Una sonrisa iluminó la cara de Xena.

—Lo mejor de cada mañana —murmuró la guerrera adormilada.

—¿El qué?

—Despertarme y ver tu cara. —Xena volvió la cabeza y besó la mano de su compañera y luego volvió a mirar los ojos verdes, que parecían preocupados—. ¿Qué pasa, amor? —Se incorporó y se acercó más a la bardo.

Gabrielle bajó la mano y la apoyó en un fuerte muslo.

—Nada... exactamente... no estoy segura. Sólo una vaga sensación... —Se quedó callada, mirando al suelo.

—Oye, ¿estás segura? —Xena le volvió la cabeza a la bardo para poder mirarla mejor a los ojos.

Gabrielle clavó la mirada en los claros ojos azules, tratando de quitarse de encima la sensación de tristeza, y consiguió sonreír.

—Sí. Si lo descubro, te lo diré. Vamos. Creo que el agua ya está lista para el té. —Se levantó, tirando de su amante, e instintivamente la estrechó en un breve y cálido abrazo. Es como si quisiera protegerla de algo.

El estado de ánimo de la bardo inquietaba a la guerrera, pero decidió no entrar en ello, pues sabía que su compañera, normalmente charlatana, no tardaría en hablar de lo que la estaba preocupando. Xena le devolvió el abrazo con fuerza, intentando comunicar tranquilidad mediante el contacto.

Se separaron y Xena se puso la armadura y se acercó a los caballos.

—Hola, chicas.

Dos suaves relinchos como respuesta.

La guerrera sonrió y echó cebada en dos bolsas, que las yeguas se pusieron a devorar con ganas. Xena pasó entre las dos yeguas y apoyó la mejilla en el hombro de Argo, sitiendo ella misma parte de la tristeza de la bardo. Pensó en el viaje que tenían por delante y suspiró. Hace mucho tiempo que no voy al Monte Olimpo. Mucho tiempo. Cerró los ojos recordando una época en que se vendió a Ares... y a la oscuridad y el odio.

—Eh. —Gabrielle interrumpió sus pensamientos y le ofreció una humeante taza de té de hierbas.

—Gracias. Mmmmmm. Menta. Y miel. —La guerrera olió el vapor con placer, sujetando la taza con una mano, y cogió la nuca de la bardo con la otra, apoyando su cabeza en el hombro de Xena. Se quedaron en silencio mientras Xena se bebía el té, ambas mujeres inmersas en un torbellino de pensamientos y emociones sin nombre.

Un cuarto de marca después recogieron el campamento, decidiendo comer el pan, la fruta seca y las nueces por el camino. Xena ayudó a su compañera a montar en Estrella y luego se subió a Argo. Se colocó al lado de su compañera y avanzaron en silencio, interrumpido sólo por el ruido que hacían al comer su desayuno. El sendero salió de los árboles y una vez más se encontraron al borde de la llanura baja que llevaba a la montaña. Gabrielle levantó la mirada y volvió a sentir la oleada de miedo, rápidamente seguida de una sensación de profundo vacío, como si le estuvieran arrancando algo precioso. Se tambaleó un poco en la silla y se le cayó un puñado de nueces al suelo, sintiendo que le escocían los ojos de lágrimas. Respiró profundamente un par de veces y notó una mano cálida que se posaba en su muslo.

—Gabrielle. Por favor. Dime qué te pasa.

—Xena. De verdad que no lo sé. Esta mañana, cuando estaba meditando, sentí miedo y pena, una pena profunda, y por algún motivo he pensado que podría estar relacionado contigo. He... he intentado olvidarme de ello. Pensaba que a lo mejor no eran más que restos de emociones de la... crucifixión. Pero ahora mismo, al mirar el Monte Olimpo, lo he vuelto a sentir. Creo que estoy sintiendo algo que tiene que ver con este viaje. Xena, tengo miedo por ti. ¿Tenemos que ir allí? ¿No podemos volver a la India y comprarte un chakram nuevo?

—Gabrielle. No sería lo mismo. Éste es mío. Fue hecho expresamente para mí. No te preocupes. Tendré cuidado. No me va a pasar nada malo. —La guerrera se acercó a su compañera todo lo que pudo sin aplastar sus piernas entre los caballos y alargó la mano para secar una lágrima que caía por la mejilla de Gabrielle.

La bardo sorbió y agarró la mano y siguieron adelante, mientras la mano más pequeña aferraba estrechamente la más grande. La niebla baja de la mañana se había disipado y el sol brillaba radiante en un cielo azul y despejado. Una brisa suave agitaba las hierbas marchitas y marrones por las que pasaban. Aquí y allá se veía asomar un pequeño brote verde, un indicio de primavera.

—Mañana es el equinoccio, ¿verdad? —preguntó Gabrielle, intentando contar los días.

—Sí. Época de renovación —respondió Xena. A lo mejor para mí también. Y para nosotras, añadió en silencio—. Gabrielle, cuando acabemos aquí, había pensado en ir a ver a nuestras familias. Ya sabes, para que sepan que estamos bien. ¿Qué te parece?

—Sí. Probablemente deberíamos. —La bardo miró sus manos unidas—. Xena, tenemos que pensar en cómo nos vamos a comportar delante de ellos. O sea, con las amazonas, así es como viven. Están... eeeh...

—¿Acostumbradas a ver mujeres que son amantes?—terminó la guerrera por ella.

—Sí. Pero nuestros padres... bueno, no estoy muy segura de lo que van a pensar de nosotras.

—Gabrielle. Te amo. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Me importa un soberano bledo lo que piense mi madre, aunque estoy segura de que le va a parecer bien. En cuanto a tus padres, haré lo que tú quieras. —En su cara se formó una sonrisa fiera—. Aunque me va a hacer falta mucha concentración para no ponerte las manos encima. —La sonrisa se suavizó—. Es que estoy acostumbrada a tocarte. Para mí es casi como respirar. Ya ni siquiera lo pienso.

—Para mí también. Xena, sabes que la verdad es que no he tenido mucho contacto con mis padres desde que me marché de casa para seguirte hace cuatro años. No creo que lo hayan aceptado jamás. Cuando me fui a casa para casarme con Pérdicas, creo que pensaron que se había acabado, que me había quitado aquello... a ti... de encima. Se quedaron de piedra cuando decidí seguir viajando contigo después de que Calisto lo matara. Querían que me quedara en casa con ellos. Mi hermana Lila, bueno, ya sabes que ha estado algo con nosotras. Creo que no le importará lo nuestro. Puede que ni siquiera necesite ir a ver a mis padres. A veces creo que para ellos ya estoy muerta. Probablemente pueda enviarles un mensaje diciendo que estoy bien. Vamos sólo a Anfípolis y luego volvamos con las amazonas.

—Vale, amor, lo que tú quieras. —La guerrera lamentaba la relación de su compañera con sus padres. La propia madre de Xena se mostraba tan cariñosa y ayudadora con ella desde que se habían reconciliado hacía cuatro años. De hecho, la madre de Xena trataba a la bardo como a otra hija, una hermana de la guerrera. Tengo una noticia para ti, madre, no es mi hermana.

En lugar de detenerse para preparar una comida, las dos decidieron comer más raciones de marcha y llegaron al pie del Monte Olimpo unas tres marcas antes del anochecer. Xena pensó en retrasar su encuentro con Ares hasta el día siguiente, pero decidió que sería mejor quitárselo de encima. Detuvo a Argo cerca de un gran árbol y desmontó de un salto, volviéndose para ayudar a su compañera, que ya había echado una pierna por encima de Estrella. La guerrera cogió la pierna, agarró a su compañera y tiró de ella hasta que la bardo aterrizó en sus brazos.

—Xena —rió Gabrielle—, ¿qué te ha entrado... uummmmffff...?

La guerrera inclinó la cabeza y plantó un sólido beso en los labios de su amante y luego la depositó despacio sobre los pies, abrazándola.

—Estoy haciendo acopio de valor, amor. Eres mi fuente, ¿recuerdas?

Ambas mujeres se abrazaron más estrechamente, recordando a un espía persa y una flecha envenenada en el hombro de la bardo y un momento en que las dos pensaron que iban a morir. Gabrielle porque el veneno le estaba sorbiendo despacio la vida de los pulmones y la guerrera porque, francamente, sin su compañera, no tenía una razón para seguir adelante. Había planeado luchar contra los persas todo el tiempo posible, manteniendo a raya a un ejército entero, dispuesta a luchar hasta quedarse sin fuerzas, momento en el que esperaba poder aguantar el golpe final que le dieran y llegar al lado de la bardo para morir con ella. Hasta que encontró el frasco de suero que llevaba uno de los persas y de repente, sus planes cambiaron.

—Y tú eres la mía —susurró Gabrielle.

—Gabrielle, escucha, ya sé que te dije que nunca volvería a dejarte atrás, pe...

—Pues para ahí. —La bardo apoyó los dedos suavemente sobre los labios generosos de Xena—. No voy a dejar que subas ahí sola. Nunca más. Ahora mi trabajo es protegerte la espalda, compañera.

—Vale. No hay nadie que me parezca mejor para protegérmela. Vamos a dejar unas cosas organizadas aquí y luego vamos a subir y acabar con esto.

Decidieron dejar los caballos ensillados y preparados, por si necesitaban huir deprisa. Con solemnidad, se quitaron los mantos y tanto la guerrera como la bardo se colocaron bien la armadura y las armas. Gabrielle agarró su vara con firmeza y esperó, mientras Xena desenvolvía con cuidado los dos trozos del chakram y se los colgaba de unas presillas cerca de la cintura.

Xena se volvió a su compañera y suspiró.

—Vamos. Mantente cerca de mí. —Se volvieron hacia la montaña y emprendieron el ascenso. Gabrielle se sorprendió al encontrar un sendero que subía, hasta que Xena le explicó que a veces los dioses preferían caminar en lugar de trasladarse espontáneamente de un sitio a otro. Cuando doblaban un recodo se encontraron con una figura vestida de rosa tomando el sol en una roca, con una larga cascada de rizos que caía por un lado. Cuando se acercaron, la figura se levantó, arrugó la nariz y soltó una risita.

—Xeeeeeena. Y Gabrielle.

—¿Afrodita? —La guerrera miró a la diosa con desconfianza. Xena nunca había confiado mucho en los dioses.

—Xena. ¿Y esa cara? Yo creía que me darías las gracias —La diosa del amor pasó la mirada de la guerrera a la bardo—. Otro de mis grandes éxitos. Y créeme, princesa guerrera, eres dura de pelar, hasta para una diosa como una servidora. Me costó un poco darme cuenta, pero cuando me fijé bien, fue tipo a ver si te enteras, de lo evidente que era. Ya teníais esa perfecta conexión de amoooor.

—Ah, sí. Eso. Sí, gracias. —Xena se sonrojó y a su pesar sonrió a la diosa de oreja a oreja.

—De nada —dijo la diosa encantada—. ¿Y qué te trae por aquí, chata? Hace mucho tiempo que no te vemos por estos pagos.

—Afrodita, necesito hablar con Ares. ¿Sabes dónde está?

—Ah, mi querido hermano. —La diosa se erizó un poco—. Está por aquí. No sé dónde. Es que como que no nos llevamos mucho. Tú lo entiendes mejor que yo, Xena. ¿Es que a estas alturas no lo sabes? O sea, tú eres la Destructora de Naciones.

Gabrielle vio que su compañera se tensaba e instintivamente puso la mano en la espalda de Xena, haciendo pequeños círculos con la palma de la mano. Notó que la guerrera se relajaba un poco y sonrió, volviéndose para mirar a la diosa.

—Afrodita, yo también quiero darte las gracias. Xena y yo somos muy felices. Pero por favor, Xena ya no es la Destructora de Naciones. No lo es desde hace mucho tiempo.

—Bueeenooo. —La diosa se pavoneó un poco—. A lo mejor no, pero deja que te diga que siempre será la elegida de mi hermano. Eso nunca cambiará. Que tengáis buena suerte para encontrarlo, aunque no será difícil. Si la princesa guerrera ronda por aquí, Ares no se quedará escondido mucho tiempo. ¡Chao! —La diosa volvió a soltar otra risita, agitó la mano en el aire y desapareció con un remolino de chispas.

El humor de la guerrera se ensombreció considerablemente e hizo un gesto a su compañera para que la siguiera. Continuaron caminando otra media marca y al pasar por delante de una pequeña cueva, los sentidos de Xena se agudizaron y sintió una familiar acometida de sangre corriéndole por las venas, una seducción casi tangible por su fuerza. Se volvió hacia la boca de la cueva y sus sentidos se agudizaron aún más. Cogió un gran palo del suelo y sacó pedernal de la bolsa que llevaba al cinto, prendiendo el palo para crear una antorcha.

—Está ahí. —Hizo un gesto a la bardo—. Gabrielle, vamos a entrar. Ponte detrás de mí.

Entraron despacio en la cueva con la antorcha, que formaba sombras inquietantes en las paredes, que se alzaban hacia lo alto dentro de la montaña. Cuando entraron en una gran sala, Xena le pasó de repente la antorcha a su compañera y desenvainó la espada velozmente, con todos los nervios de punta.

—Vale. Sé que estás aquí. Muéstrate.

Silencio.

—Ares, lo digo en serio —dijo la guerrera con calma.

Nada.

—¡Ahora! —gritó Xena.

El olor a azufre inundó la sala y con relámpago de luz rojiza y una nube de humo, el dios de la guerra apareció justo detrás de la guerrera.

—Hola, Xena. Cuánto tiempo sin verte —ronroneó Ares al oído de Xena.

La guerrera se giró en redondo.

—Hola tú.

—¿Cómo, ni siquiera vas a abrazar a tu dios preferido? Xena, eso me duele. —Ares bajó los ojos con abatimiento fingido.

—Ares. —Xena no hizo caso del comentario—. Sé que sabes lo que nos ha ocurrido a Gabrielle y a mí. Y estoy segura de que sabes quién es responsable y por qué. Tenía la esperanza de que pudieras informarme. Y... —Sacó con cuidado los trozos del chakram roto y se los presentó—. He venido a pedir un favor.

—Ahhh. ¿Después de tanto tiempo la princesa guerrera ha venido a pedirme un favor? Qué risa. ¿Qué has hecho últimamente por mí, Xena? ¿Cuánto vale para ti?

—Vamos, Gabrielle, es evidente que este viaje ha sido un error. Vámonos. —La guerrera se dirigió a la entrada de la sala, seguida de cerca por la bardo.

—Espera. —Una orden del dios de la guerra.

—Ares, no voy a venderte mi alma por un chakram. Ni por información. De modo que no tenemos nada más que hablar.

—Xena, espera un momento. No puedes culpar a un dios por intentarlo, ¿verdad? Vuelve. Te diré lo que quieres saber. Y luego hablaremos de tu chakram.

La guerrera dudó un momento, comprobando sus sentidos. Mmmmm. Creo que por una vez lo dice en serio. Sin trucos.

—Vale —dijo con tono mesurado, dándose la vuelta y regresando.

—Siéntate. —Ares hizo un gesto con el brazo señalando una piedra baja y plana—. Tú también, rubita —le dijo a Gabrielle.

Xena se sentó al lado del dios, estrechando a su compañera contra ella al otro lado.

—Ya veo que mi hermana ha estado trabajando de nuevo —musitó Ares.

—Sí. Bueno. ¿Me dices qué Hades está pasando?

—Bueno, Xena, no se trata de Hades.

—¿Dahak?

—No.

—¿Tú?

—En absoluto. Xena, puede que juegue contigo de vez en cuando, pero jamás te mataría. El mundo es un lugar mucho más interesante cuando tú estás en él.

—¿Entonces quién?

—Calma, Xena. Es una larga historia. ¿Te acuerdas del dios único de los israelitas?

—Sí. Pero creía que era un dios bueno. Además, no parecía tener mucho poder a fin de cuentas.

—Ah, pero el poder está en los creyentes, no en el dios. Hay una contrapartida del dios único. Se llama Satanás.

—¿Satanás? Nunca he oído hablar de él.

—Pues imagínate el mal de Dahak multiplicado varias veces. Nunca hemos visto nada parecido. Al parecer, cuando alguien es muy, pero que muy malo, dependiendo de sus creencias, acaba en un lugar peor que el Tártaro y con un dios peor que Hades. Satanás vive en un lugar llamado Infierno, pero aquí está el truco. El Infierno es en parte lo que tienes en tu mente. Aquello que te haya atormentado más en la tierra, es con lo que estás condenado a vivir para toda la eternidad en el Infierno. Todos sabemos que Calisto era malvada, vamos, que a veces me daba miedo incluso a mí, especialmente durante su fase inmortal. Fue al Infierno, conoció a Satanás e hizo un trato con él.

—¿Qué clase de trato? —preguntó Xena con aprensión.

—Satanás quiere controlar el mundo, pero no puede hacerlo a menos que elimine del mundo todo el bien que hay en él. Te lo creas o no, tiene muchos objetivos, pero tú, Xena, tú eras el más importante para él. Bueno, a lo mejor Hércules también, aunque todavía no me he enterado de ningún plan contra él. Con tu fuerza y tu poder, y el hecho de que los usas para luchar contra el mal, el poder de Satanás no podía entrar del todo en el mundo. Así que hizo un trato. Si Calisto conseguía que depusieras la espada, es decir, que dejaras de luchar contra el mal, y si se encargaba de que César se hiciera emperador, podría recuperar la mortalidad y salir del Infierno. Satanás necesitaba quitarte a ti de en medio y necesitaba que César tuviera el poder para usarlo para hacer sufrir a los mortales y llevar a cabo sus maléficos planes.

—Sigue.

—Pero había una condición. Calisto no podía hacerte daño físico, sólo mental. Fracasó totalmente, gracias a ti. Eras demasiado fuerte para caer en sus pequeñas tentaciones de paz a cambio de dejar la espada. Luego avisaste a Bruto del plan de César de declararse emperador y Bruto convenció a los demás senadores romanos para que lo asesinaran. Entonces, cuando ella vio que ibas a derrotar a todos los soldados de la fortaleza romana y a escapar, perdió la paciencia y te lanzó el chakram. Te rompió la espalda y así también su parte del trato de no hacerte daño físico.

—Oh, Xena —dijo Gabrielle—. ¿Calisto es la que tiró el chakram?

—Es lo que sospechaba —replicó la guerrera—. ¿Y qué le pasó a Calisto?

—Está de vuelta en el Infierno, donde seguirá viviendo con sus mayores tormentos durante toda la eternidad.

—¿Y qué tormentos son esos?

—Visiones de ti. Y de aquí la rubita.

Xena aspiró con fuerza por la sorpresa antes de obligarse a tranquilizarse.

—¿Y qué pasa con Satanás? ¿Esas huellas hendidas que veo vaya a donde vaya son suyas?

—Sí. Bueno, probablemente. Sí sé que te ha estado vigilando. Seguirá haciendo planes contra los mortales. Y francamente, tenemos miedo de que este dios único al que se opone se haga más popular. Ya sabes cómo somos los dioses griegos, nos gusta el mundo de colores alegres con matices de gris. Nos gusta que los límites estén un poco borrosos. Con este dios único, enseñan que su mundo será en blanco y negro, con límites estrictamente trazados que nadie podrá cruzar. Todo el mundo deberá comportarse, vivir y pensar del mismo modo. No habrá sitio para las diferencias. Los que lo siguen predican la obediencia absoluta sin vacilaciones. No enseñan a sus seguidores a pensar por sí mismos. Y tienen muchísimas normas. Normas, normas, normas. "Harás esto". "No harás aquello". Es una locura. Pero atraen a la gente ofreciéndole libertad y paz y luego se quedan con la gente explotando su miedo al más allá. Les dicen que si no siguen al dios único, irán al Infierno. Y enseñan que no existen otros dioses.

—Qué concepto tan extraño. Todo el mundo sabe que existe más de un solo dios —reflexionó la guerrera—. ¿Desde cuándo los mortales tienen que obedecer a los dioses? ¿Y desde cuándo los dioses tienen normas? ¿Y por qué iba a seguir nadie esas normas si no son adecuadas para uno como individuo? ¿Por qué la gente no puede vivir su vida como quiera, mientras no haga daño a los demás? ¿Y por qué la gente no puede creer en los dioses que se le antoje?

—Sí, bueno, para algunos mortales es mucho más fácil seguir ciegamente unas reglas establecidas que hacer el esfuerzo de pensar como individuos. Los dioses del Olimpo tenemos miedo de que si la popularidad del dios único crece demasiado, dejaremos de existir. Nadie creerá ya en nosotros. Lo difícil es que Satanás usa el concepto del dios único en su propio provecho. Planta semillas de desprecio en la mente de los seguidores del dios único. Se portan de una forma odiosa con aquellos que no creen lo mismo que ellos y lo llaman rectitud. —El dios de la guerra se volvió para mirar a su protegida—. Satanás es poderoso, pero mientras el amor verdadero y el bien se mantengan en equilibrio con su mal, el mundo seguirá adelante. Así que, princesa guerrera, por mucho que odie reconocerlo, aunque ya no luches a mi lado... yo... nosotros... los dioses griegos necesitamos que luches contra este nuevo mal. —Ares casi se ahogó al decir esto último.

—¿Acabo de oír al dios de la guerra decir que necesita a Xena para luchar contra el mal? —dijo Gabrielle riendo en voz alta.

—Oye, rubita. Déjalo ya —soltó Ares.

La guerrera se quedó en silencio un momento, jugando distraída con el chakram roto. Por fin levantó los claros ojos azules.

—¿Qué te parece esto? Puedo luchar contra este mal, este tal Satanás, mucho mejor si esto me funciona bien de nuevo. —Levantó los trozos.

Ares se dio la vuelta y se paseó por la caverna en silencio. La guerrera y la bardo intercambiaron miradas de curiosidad y esperaron. Gabrielle sintió el miedo indefinido que llevaba sintiendo todo el día. Era más fuerte que antes y por un momento se sintió casi mareada y vio puntitos negros delante de los ojos. Jadeó en silencio, respirando hondo, y sintió un brazo fuerte que la sostenía.

—¿Estás bien? —susurró apenas Xena.

—Sí... espera un momento... yo... mmm...

—Tienes otra vez esa sensación extraña, ¿verdad?

—Sí. —Gabrielle levantó los ojos y miró al otro lado de la sala, con expresión de miedo al contemplar la espalda del dios de la guerra.

—No te preocupes, Gabrielle, no me va a hacer daño. Y yo no voy a dejar que te haga daño a ti.

La bardo se apoyó en su compañera, sin sentirse convencida en absoluto.

Ares se dio la vuelta, se acercó a la guerrera y se arrodilló, poniéndose a la altura de sus ojos.

—¿Conoces la historia de esa arma, Xena?

—Pues no, aparte de que me la diste tú la última vez que estuve aquí. Antes de convertirme en la Destructora de Naciones. —Antes de que mi mundo quedara sin control.

—A lo mejor quieres que la rubita se vaya antes de que te diga nada más.

—No, Ares, hemos pasado juntas por muchas cosas. Donde ella vaya, voy yo. Donde vaya yo, va ella. Y Ares, tiene nombre, que no es rubita. Es Gabrielle. Lo sabes. Ahora muestra un poco de respeto a mi compañera.

Es la única que tiene las agallas de plantarme cara, pensó el dios de la guerra por dentro.

—Vale, pero tengo que decirte una cosa y no va a ser agradable. Al menos para ti. Probablemente para ella tampoco. Hay una serie de cosas que creo que ya es hora de que sepas. Información que te debo.

—Tú dime que lo que necesito saber... ¿qué? —Las palabras de Ares calaron por fin—. ¿Qué puede haber que pienses que me debes? Cada vez que hablamos, intentas convencerme de que soy yo la que te debe algo a ti.

—Xena, te sorprendería saber lo mucho que te debo. —El dios de la guerra no apartó la mirada de los claros ojos azules—. El chakram fue creado por tu padre. Lo... mmm... lo hizo para ti hace mucho tiempo. Cuando no eras más que un bebé. Lo tuvo guardado hasta que tuviste edad suficiente para usarlo. Hasta que estuviste preparada para usarlo.

—Mi padre... pero mi padre era un guerrero malvado. Mi madre lo mató porque me iba a sacrificar a ti. Yo era una niña cuando murió. Tú lo sabes. ¿Cómo pudo guardar algo para mí? Estaba muerto.

—Xena. —El tono del dios de la guerra era casi delicado—. ¿Te acuerdas de las Furias?

—Sí —dijo la guerrera con mucha cautela, recordando el momento en que las Furias, influidas por Ares, la habían vuelto loca temporalmente y casi la convencieron de que matara a su propia madre para vengar la muerte de su padre. Hasta que se inventó una historia y las convenció de que Ares era su padre y que por tanto no había muerte que vengar. Ares se puso furioso, pero reconoció lo lista que había sido.

Xena se concentró en la figura oscura que tenía delante.

—Sí, pero eso no fue más que un cuento que me inventé para engañarlas. No quería molestarte ni ofenderte, sólo quería recuperar la cordura. Si te ofendí, lo siento. O sea, si lo que quieres es una disculpa a cambio del chakram, supongo que es lo menos que puedo darte, pero ¿qué tiene eso que ver con mi chakram o mi padre, realmente?

—Princesa, ¿cómo podría ofenderme por tu... cuento? Ése fue uno de tus momentos de mayor cordura. Nunca te he oído pensar con mayor claridad. ¿Y por qué, exactamente, crees que te llaman princesa guerrera? —Ares hizo hincapié en la palabra "princesa".

—Pues... la verdad es que nunca lo he pensado. Bueno, Lao Ma decía que me iba a convertir en una princesa guerrera, pero eso nunca ocurrió.

—Te equivocas. Lao Ma no tiene nada que ver con eso. Piensa. ¿Tu padre o tu madre pertenecían a la realeza? —insistió el dios.

—No, pero...

—Piensa, Xena.

Gabrielle volvió a sentir la oleada de miedo y percibió la confusión interna de su compañera. La mandíbula de la guerrera temblaba y por su cara pasaban varias emociones.

No. No me lo puedo creer. No quiero creerlo. No puede ser cierto. Xena se debatió consigo misma largo rato. Esta vez fue la guerrera quien se levantó y se puso a dar vueltas por la sala. Se puso a mascullar frases incoherentes entre dientes, que fueron subiendo de tono, hasta que se puso a dar patadas y puñetazos a la pared.

—¡Noooooo!

Gabrielle hizo ademán de levantarse, pero Ares la agarró y la sujetó.

—Rubita —susurró el dios de la guerra—. Déjala sola un momento. No puedes hacer nada. Tiene que pasar por ello y tiene que aceptarlo.

La bardo se resistió un momento y luego se dio cuenta de que Ares tenía razón. Lo miró y vio algo cercano al dolor... y la pena... en su cara. Vaya. Así que el dios de la guerra sí que tiene un punto débil. Y es mi amante.

Por fin, Xena se quedó en silencio, con los hombros hundidos, regresó despacio y se sentó al lado de la bardo, rodeando instintivamente los hombros de su compañera con un brazo. Durante unos minutos sólo pudo mirar al suelo y luego, con una expresión de derrota absoluta, levantó la vista y miró a los ojos oscuros de... su padre.

—¿Tú?

—Tenía grandes esperanzas puestas en ti, Xena. Ya sabes, lo de "de tal palo, tal astilla". Pero como he dicho, aunque no luches a mi lado, sigo necesitando que hagas lo que has estado haciendo. Así que dame uno de los trozos del chakram.

La guerrera se levantó sin decir palabra y le pasó un trozo, todavía anonadada por la última revelación. Ares lo cogió y le ofreció una mano a su hija. Sorprendida, Xena la cogió y dejó que la llevara al centro de la caverna. Gabrielle se levantó y observó, pero sin seguirlos, aferrando con fuerza su vara entre las manos.

—Bueno, Xena, prepárate —dijo Ares, al tiempo que levantaba la mitad que tenía del chakram, apuntando con los bordes rotos hacia la guerrera—. Tienes que encajar tu mitad en la mitad que estoy sujetando y luego aguantar. No dejes que los trozos pierdan el contacto y no lo sueltes hasta que yo lo diga.

Tras echar una mirada por encima del hombro a su compañera, la guerrera obedeció, levantando la mitad del chakram para juntarla con la que sostenía Ares y plantando los pies con firmeza al sentir una fuerte sacudida. Ares alzó la mano libre hacia el techo con el puño cerrado, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. El suelo tembló y un rugido grave resonó por toda la sala. Xena notó que la sensación eléctrica aumentaba y que la seducción del lado oscuro le recorría el cuerpo, acariciándole todos los nervios. El chakram empezó a vibrar y luego a brillar. El brillo se hizo cada vez más intenso hasta que resultó difícil mirarlo. En la mano lo notaba caliente, pero no quemaba. Xena cerró los ojos, concentrándose en la fuerza del amor y la luz que sentía procedentes de su compañera detrás de ella. Por fin, se volvió a hacer el silencio y la guerrera abrió los ojos para ver el chakram, ahora entero como si nunca se hubiera roto. Y la mano de Ares que seguía sujetándolo por un lado.

—Ya está. —El dios de la guerra lo soltó despacio—. Ya tienes de nuevo tu chakram. Y la fuerza plena de tus poderes. El chakram es parte de ti, Xena, una parte del origen de tu habilidad en el combate. Eso, combinado con tu inteligencia y tu... mmm... linaje, es lo que te convierte en la gran guerrera que eres.

Ares se volvió para mirar a Gabrielle.

—Oye, rubita, sabes que los dioses podemos leer tus pensamientos, ¿verdad?

—Sí. —La bardo clavó una mirada firme en el dios de la guerra.

—Acabo de oírte, dándole fuerzas para que aguantara y no cediera ante mí. He oído tus pensamientos de amor por ella.

—¿A dónde quieres ir a parar, Ares? —preguntó Gabrielle secamente.

—A esto. He intentado separaros una y otra vez. Siempre supe que si podía alejarla de ti, probablemente podría conseguir que volviera conmigo. Ahora veo que eso no va a pasar. Tengo una cosa, una sola cosa que decirte. —Ares se acercó hasta pegar casi su cara a la de la bardo.

Gabrielle se puso bizca y tragó, consciente de que Xena estaba preparada para protegerla, de ser necesario. La bardo respiró hondo y retrocedió un paso.

—¿Y qué es lo que tienes que decir?

—Cuida bien de mi hija. —Entonces el dios de la guerra volvió junto a Xena, alzó una mano y tocó la mejilla de la guerrera—. Estaré cerca y te estaré observando. Y ahora sabes por qué. —Con otro relámpago rojo y otra humareda, desapareció.

Xena parpadeó y levantó el chakram, examinándolo atentamente sin encontrar el menor defecto. Probó a lanzarlo por la caverna. Rebotó dos veces en las paredes y lo agarró cuando rebotó de vuelta hacia ella. Bajó la mano y lo enganchó a su túnica de cuero y luego notó que le fallaban las piernas cuando sintió el impacto pleno de su encuentro con el dios de la guerra. Al dar con las rodillas en el suelo, notó unos brazos cálidos que la rodeaban por detrás y se apoyó en su fuente.

—Oh, dioses —gimió y se volvió para hundir la cara en el hombro de su amante.

—Shhhhhh. Xena, te tengo. Aguanta, amor. Aguanta. Tranquila. —La bardo siguió susurrando palabras de consuelo al oído de su compañera y acariciando la cabeza morena, notando que el fuerte cuerpo que sostenía estaba temblando. Gabrielle notó que unas lágrimas muy poco características le mojaban el hombro y bajó la cabeza y besó la de Xena y luego se inclinó más para secar con besos las lágrimas de la cara de la guerrera.

—Gabrielle —dijo la guerrera medio ahogada—. ¿De qué sirve? Soy hija del mal. Tal vez ni siquiera debería intentarlo. Tal vez esté destinada a ser malvada.

—¡No! Xena, escúchame. Tú no eres malvada. No... lo... eres. Ya no. ¿Recuerdas lo que dijiste que te contó M'Lila?

—¿Que ahora que conozco el mal, puedo luchar contra él? —dijo Xena débilmente.

—Sí. Xena, agárrate a eso. Y créelo. Tienes que creerlo. ¿Me entiendes? Ahora no te rindas a Ares. Ahora no, después de todo este tiempo y de lo lejos que has llegado. Me niego a creer que alguna vez vuelvas a ser la Destructora de Naciones. No es posible. Eres una buena persona, Xena. ¿Y qué si Ares es tu padre? Tú no tienes que ser como él. Puedes usar ese poder y hacer el bien con él. En realidad, ya lo has hecho. Yo no soy como mi padre y tú no tienes que ser como el tuyo.

La guerrera se limitó a escuchar, sin soltar la ropa de cuero de su compañera. Soy una semidiosa. Como Hércules. Supongo que eso explica por qué puedo hacer algunas de las cosas que puedo hacer. Y... Zeus es mi abuelo. Afrodita es mi tía. Cupido es mi primo. Y supongo que Hércules es mi tío. Uuuuh. En eso no voy a pensar mucho. Xena se sintió muy rara de repente.

—Xena —preguntó la bardo titubeando un poco—, ¿qué le vas a decir a tu madre?

La guerrera se quedó pensativa un momento. Su madre había dicho que su padre estaba en la guerra. De repente, una noche, acudió a ella. Volvió al combate y nueve meses después nació Xena. Era un hecho conocido que a veces los dioses se disfrazaban para poder copular con mortales. Así era como a la guerrera se le había ocurrido la historia que les había contado a las Furias sobre que Ares era su padre. Nunca se había permitido a sí misma pensar que esa historia pudiera ser cierta.

—No le voy a decir nada a mi madre. No necesita saberlo. Sólo le haría daño. Es mejor que siga creyendo que fue mi padre... o sea... su marido... el que acudió a ella aquella noche. De hecho, Gabrielle, esto debería quedar sólo entre tú y yo. Podría ser muy peligroso para las dos si gente indeseable se enterara de que soy la hija de Ares. Ya es bastante malo que me conozcan como su elegida. No necesitamos ser un objetivo mayor de lo que ya somos. No se lo puedes decir a nadie, ¿lo prometes?

—Lo prometo.

Xena se puso en pie, sacudiéndose la armadura.

—Vamos. Salgamos de aquí. —Cogió a su compañera de las manos y la ayudó a levantarse. Salieron de la cueva y emprendieron el camino de descenso de la montaña.


PARTE 5


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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