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Señora, ¿estás llorando? ¿Esas lágrimas son para mí?
¿Creías que ya no íbamos a volver a estar juntos?
Señora, has estado soñando, estoy muy cerca de ti
Te juro que nuestro tiempo acaba de empezar
Cierra los ojos y descansa la mente agotada
Te prometo que estaré aquí a tu lado
Hoy se han unido nuestras vidas, se han entrelazado
Ojalá supieras cuánto te quiero
Señora, ¿eres feliz? ¿Sientes lo mismo que yo?
¿Hay significados ahora que nunca habías visto?
Señora, mi dulce señora, no puedo creer que sea cierto
Y es como si nunca me hubieran amado hasta ahora

—de My Sweet Lady de John Denver, copyright 1970 y 1971, Cherry Lane Music Co. (ASCAP). Tal y como aparece en el CD John Denver's Greatest Hits Volume Two, 1983, RCA Records.


Xena se despertó sobresaltada, intentando recordar dónde estaba. Parpadeó varias veces mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Miró cautelosamente a su alrededor y luego palpó a su lado buscando su espada. ¿Dónde estaba? Nunca se acostaba sin tener la espada al alcance de la mano. Espera. La crucifixión. ¿Había soñado con los Campos Elíseos? La crucifixión había sido real, hasta ahí estaba segura. Se estremeció. ¿Gabrielle?

Poco a poco cobró conciencia de que la bardo estaba apretada contra ella hecha un ovillo, y suspiró con alivio. Ahora que ya veía, apartó con cuidado el brazo con que rodeaba a Gabrielle y se tocó las palmas de las manos, mirándolas. No hay agujeros de clavos. Mmmm... ¿Y las piernas? Probó a mover los dedos de los pies y luego levantó cada pierna, una después de la otra, y sonrió.

Se quedó pensando un momento. Lo último que recordaba era a la bardo y a Eli ayudándola a acostarse. Antes de eso... Arrugó el entrecejo e intentó concentrarse. Imágenes difusas de estar mirando a Gabrielle y una sensación muy cálida y reconfortante. Y antes de eso, recordaba estar flotando por encima de la bardo, mirando a Gabrielle y su propio cuerpo, mientras la bardo intentaba desesperadamente traerla de vuelta, besándola, acariciándole el pelo y llorando. Xena quería con todas sus ganas bajar junto a la bardo y consolarla, sabiendo que no podía hacer nada, que todo dependía de Gabrielle.

Maldición. Esa sensación de impotencia le iba a bastar para una vida entera. O una segunda vida, añadió sombríamente. Pero de algún modo, Gabrielle había vuelto a rescatarla. ¿Cuándo se habían invertido los papeles? ¿Cuándo se había hecho Gabrielle tan valiente y fuerte? ¿Cuándo empecé a quererla tanto? ¿O a necesitarla tanto? Hubo un tiempo en que era ella la que me seguía ciegamente. Ahora creo que es al contrario. Recordó la lucha feroz que había entablado Gabrielle en el patio de la prisión, todo por intentar salvarla.

De repente, sintió una fiera oleada de instinto protector hacia la bardo y alargó la mano para acariciar el pelo claro y corto. Nunca dejaré que nos vuelva a ocurrir eso, te lo prometo. Gabrielle soltó unos ruiditos incoherentes y agarró por reflejo la camisa de Xena, arrimándose más a la guerrera. Esto hizo sonreír a Xena. ¿Cuántas veces me he quedado sentada viéndola dormir?, se preguntó. Creo que me podría perder en esa cara. La piel clara de Gabrielle había adquirido un tono luminoso por la débil luz de la luna que caía sobre ellas, como si la luz que la bardo llevaba dentro estuviera intentando salir a la superficie. Xena se quedó varios minutos mirando a Gabrielle mientras dormía hasta que se le ocurrió que ni siquiera sabía dónde estaban.

De mala gana, separó con delicadeza la mano de la bardo de su camisa. Gabrielle murmuró una protesta y frunció el ceño, tratando de volver a agarrarla. La guerrera le estrechó la mano y la besó en la cabeza.

—No pasa nada, amor —susurró Xena—. Tengo que levantarme un momento. Ahora mismo vuelvo. —La bardo seguía dormida, pero sonrió un poco y rodeó con un brazo la almohada sobre la que había estado durmiendo la guerrera. Xena se levantó despacio y arropó con cuidado a su compañera.

Se acercó con cautela a la ventana hasta que se dio cuenta de que podía caminar sin problema.

—Gracias a los dioses por eso —dijo por lo bajo. Abrió la ventana, se asomó y vio una luna llena y un cielo despejado lleno de brillantes estrellas parpadeantes. El aire que entraba era frío y vio los restos tenues de nieve en el suelo. ¿Dónde Tártaro estoy?, se preguntó. A lo lejos distinguió la silueta del Monte Amaro, cuyos picos recortados destacaban en negro contraste sobre el cielo azul oscuro. El largo cuerpo de la guerrera se estremeció con un escalofrío al permitirse un breve recuerdo de lo que había ocurrido en aquella fortaleza romana.

Sus ojos recorrieron el patio de debajo y decidió que debía de estar en una posada. Se quedó pensando un momento y recordó vagamente la posada, ya que hacía bastante tiempo que no pisaba este lado del Monte Amaro. Volvió a mirar abajo y distinguió apenas una figura solitaria apoyada en la puerta de entrada de la posada. ¿Amazonas? ¿Qué está pasando aquí? Se acercó a la puerta y tiró despacio del picaporte, abriéndola sin hacer ruido. Sacó la cabeza con cautela para mirar el pasillo. Dos amazonas más flanqueaban la puerta, ambas dormidas, sin saber en absoluto que estaban siendo observadas por dos pensativos ojos azules. Xena volvió a la cama y la rodeó hasta llegar al lado donde dormía Gabrielle. Se apoyó en una rodilla para ponerse a la altura de los ojos de la bardo.

—Gabrielle —susurró apenas. La bardo seguía durmiendo apaciblemente y esperó poder enviarle un mensaje subliminal sin tener que llegar a despertarla—. Tengo que ir abajo un rato para descubrir qué está pasando. Volveré en cuanto pueda. —Volvió a besar la cabeza rubia y se levantó.

Mirando atrás con melancolía, Xena salió por la puerta abierta y pasó en silencio ante las amazonas dormidas. Una antorcha gastada colgaba de un candelabro de pared sobre la escalera, iluminando apenas el camino. Inconscientemente, bajó la mano al costado derecho con un gesto familiar para coger su chakram, y entonces recordó que no lo tenía. Calisto. La última vez que Xena vio su chakram fue cuando Calisto se apropió de él en el palacio de César. No puedo creer que me marchara sin recuperarlo, se recriminó a sí misma. Pero tenía que encontrar a Gabrielle. No había tiempo. En malas manos... bueno, lo primero es lo primero.

Xena miró a un lado y otro del pasillo y suspiró en silencio. Maldición. No tengo espada. No tengo chakram. No tengo armadura. Aquí estoy, descalza, con una camisa extraña y sin tener la más mínima idea de cómo he llegado aquí o quién puede haber al final de estas escaleras. Bueno, supongo que no hay más remedio que bajar.

Bajó las escaleras sigilosamente, escalón a escalón, con los sentidos hiperalerta. Oyó un chasquido y se detuvo de golpe, mientras sus sensibles oídos intentaban detectar el origen del ruido. Vale, era el sonido de un fuego. Empezó a moverse de nuevo y llegó al final de las escaleras. Preparada para defenderse, miró por la sala y decidió que estaba sola. Soltó un largo suspiro, dándose cuenta de que había estado aguantando la respiración desde que empezó a bajar las escaleras. Al sentir el frío en el aire, la guerrera se puso un manto de piel que colgaba de una percha de madera en la pared. Se acercó a la puerta de la posada y la abrió despacio, sabiendo que al otro lado había una amazona armada.

Kallerine oyó el ruido del picaporte al girar y se apartó de la puerta. No tenía nada que temer de nadie que estuviera dentro, eso al menos lo sabía. Se puso de pie justo cuando Xena abría la puerta. Unos penetrantes ojos azules se la quedaron mirando un momento y a Kallerine se le puso un nudo en la garganta.

—Mmm, hola, soy Xena —dijo Xena, sin saber si ya conocía de antes a esta amazona en concreto o no. Estúpida, estúpida, más que estúpida, Xena. Es evidente que ya sabe quién eres, se recriminó la guerrera por dentro.

Kallerine se limitó a asentir y alargó el brazo.

—Yo soy Kallerine, a tu servicio y al servicio de la reina.

Xena dudó un momento y luego alargó su propio brazo. A la joven amazona le temblaba ligeramente el brazo cuando Xena se lo estrechó, y Kallerine se retorció nerviosa un mechón de pelo castaño claro con la otra mano. Xena la miró directamente a los ojos y sonrió.

—Relájate, no soy un fantasma y no muerdo. —Se rió suavemente.

Kallerine se relajó visiblemente.

—Yo... sabía que era cierto, pero todavía no lo había visto con mis propios ojos —dijo, con un balbuceo muy poco propio de una amazona.

—Pues sí, estoy viva —replicó Xena—. ¿Puedo quedarme aquí fuera contigo un momento? Tengo muchas preguntas que hacer y parece que tú eres la única que está despierta.

—¿Pero y las...? —empezó a preguntar Kallerine.

—Dormidas —dijo Xena con una sonrisa irónica—. Dile a la regente que tiene que exigir más disciplina a su unidad de guardia.

—Oh —dijo Kallerine sonrojándose—. Se lo diré. —Y deseó poder dar un buen golpe ella misma a un par de cabezas dormidas. Bueno. Cuando sea mayor, suspiró. Miró a Xena—. Ven, siéntate, por favor. —Y se sentó y dio unas palmaditas en el sitio que quedaba a su lado sobre el escalón—. ¿Quieres beber algo, cerveza o lo que sea? —le preguntó a la guerrera.

—Algo de agua estaría bien —replicó Xena. Kallerine se descolgó del hombro un odre de agua y se lo pasó. La guerrera bebió un largo trago y se lo devolvió—. Gracias —sonrió Xena—. ¿Estás segura de que eres amazona? Pareces mucho más tranquila que la mayoría de las que he conocido.

—Sí, gr... gracias —contestó Kallerine—. ¿Tenías algo que preguntar?

—Sí —dijo Xena con tono circunspecto—. ¿Cómo he llegado aquí, por qué se han apoderado las amazonas de esta posada y qué Tártaro de día es hoy?

Kallerine la miró titubeante y se lanzó a contar toda la historia, al menos todo lo que le habían contado a ella o había observado. Pasó media marca mientras las dos mujeres hablaban y Xena absorbía cada palabra.

—...y cuando nos enteramos de que César había sido asesinado... —Kallerine estaba empezando a sentir auténtica simpatía por Xena y se sentía honrada de ser la portadora de noticias.

—Espera, para —interrumpió Xena—. ¿Me estás diciendo que César está muerto?

—Sí, a manos de Bruto y otros, por lo que hemos oído —respondió Kallerine.

Bueno, pues no ha aparecido en los Campos Elíseos, reflexionó Xena. Parece que al final no va a conseguir esos seis millones de dinares. A lo mejor puedo dejar de protegerme las espaldas todo el tiempo. O a lo mejor no. No puedo creerlo. He pasado por todo eso, he obligado a Gabrielle a pasar por todo eso, ¿y lo único que tenía que hacer era darle una idea a Bruto? Maldición, maldición, maldición. Levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba golpeando en silencio la pared de la posada y que Kallerine tenía una expresión asustada en los ojos.

—Lo siento —se disculpó Xena—. Estaba pensando.

—No pasa nada —dijo Kallerine, con los ojos menos espantados.

Xena dejó de golpear la pared y apoyó los codos en las rodillas dobladas, con la barbilla en las manos. Mmmmm... probablemente lo mejor será que el mundo siga creyendo que la princesa guerrera está muerta, al menos por un tiempo.

—Kallerine, ¿sabe alguien fuera de esta posada que Gabrielle y yo volvemos a estar vivas?

—No —replicó la joven amazona, mordisqueándose el labio inferior.

—Bien, necesito que la cosa siga así. Y en cuanto Gabrielle esté en condiciones de viajar, voy a tener que organizar una partida de reconocimiento para volver a la prisión. Tengo que ver si recupero mi chakram, mi espada y mi armadura. Quiero que tú formes parte de esa partida —afirmó Xena.

—Vale —contestó Kallerine, con evidente orgullo en la voz. Luego puso cara seria y frunció los labios—. Xena, Amarice dijo que cuando estabas luchando en esa prisión romana, tu chakram apareció volando de la nada y te dio en la espalda y luego se... se pa... —Se quedó callada, recordando las cosas increíbles que una vez había visto hacer a Xena con la misteriosa arma.

—¿Se qué? —preguntó Xena bruscamente, con los ojos azules abiertos de par en par.

—Se partió en dos y cayó al suelo —farfulló la joven amazona.

Xena sintió que el mundo daba vueltas por un momento, y tomó aire con fuerza.

—¿Qué? ¿Se rompió?

—Sí —dijo Kallerine en voz baja.

La consternación era evidente en el rostro de la guerrera. El chakram había sido hecho expresamente para ella. Sólo funcionaba correctamente en sus manos y ella era la única persona a la que regresaba como un bumerán. Tenía la vaga sospecha de que era responsable de al menos parte de su fuerza. El dios de la guerra, Ares, había otorgado muchos dones a la guerrera, todos ellos internos salvo el chakram. Era la única prueba física que la relacionaba con Ares. Roto. No puedo creer que no me partiera en dos. No me extraña que me quedara paralizada. Me pregunto qué ocurrió. De repente, recordó haber visto a Calisto cuando Gabrielle y ella fueron conducidas a las cruces. Me lo debe de haber lanzado Calisto.

Xena se olía que detrás de todo aquello había algo malévolo, algo muy sucio. Aquí había algo más grande que una Calisto inmortal. Recordó que Calisto había intentado hacerla abandonar el camino del guerrero y que se uniera a Gabrielle en el camino del amor, tentándola con promesas de serenidad. Sin duda, Calisto debía de ser un peón para un plan más grande, ¿pero quién o qué había detrás? ¿Ares? Qué va. Ares la quería viva, aunque sólo fuese para intentar que volviera a su lado. Para él era casi un juego, y Xena percibía que disfrutaba demasiado de dicho juego para renunciar a él. Además, tenía la medio sospecha de que... Repasó mentalmente los enemigos que se había hecho, hasta quedar agotada. Había tantos, humanos e inmortales. ¿Dahak? Tal vez...

Xena reflexionó un momento sobre eso. ¿Qué podía hacer, incluso si encontraba el chakram? Supongo que tendré que descubrir cómo repararlo. Ni siquiera sé si se puede reparar. ¿Me haría ese favor Ares? Lo dudo. A menos que se me ocurra una forma de engañarlo para que lo haga o de hacerle creer que me lo debe. O a menos que vuelva a su lado, como si eso fuese a pasar jamás.

Hubo un tiempo en que la guerrera sentía la seducción de Ares hirviendo en su sangre. En los últimos cuatro años, a medida que su reputación se iba haciendo por fin cada vez más conocida por sus buenas acciones en lugar de las malas y a medida que iba conociendo la sensación de paz que obtenía cuando luchaba para ayudar a la gente, la seducción se había ido moderando, pasando de la ebullición a una cocción lenta. Y el hecho de estar con Gabrielle, de ver el comportamiento pacífico y cariñoso de la bardo, casi había conseguido que la seducción desapareciera. Siempre sería parte de la guerrera, pero ahora era una parte de ella que estaba totalmente controlada.

Sus pensamientos quedaron interrumpidos por un tenue lamento que salía de la ventana abierta de arriba. Gabrielle.

—Kallerine, tengo que volver arriba. Mañana hablaremos más —dijo Xena y se levantó de un salto, abrió la puerta, cruzó corriendo la sala y subió las escaleras hasta la habitación donde había dejado a la bardo. Pasó corriendo ante las dos guardias amazonas, ahora bien despiertas y bien sobresaltadas, y cerró la puerta detrás de ella mientras las dos amazonas se miraban la una a la otra y luego a la puerta cerrada.

Gabrielle estaba sentada en la cama, con expresión de terror, y Xena vislumbró las lágrimas que le corrían por las mejillas a la luz de la luna.

—Xena, ¿dónde estabas? Me he despertado y no estabas y me he sentido tan confusa. No conseguía recordar qué era real y qué era lo que había soñado. —A la bardo se le quebró la voz y tragó con fuerza, tratando de contener las lágrimas—. Por... por un momento he pensado que seguías muerta.

Xena se sentó y atrajo a la bardo hacia ella, frotándole suavemente la espalda y besándola en la frente, y sintió un pequeño par de brazos que envolvían su cuerpo más grande.

—Gabrielle, lo siento muchísimo. No debería haberte dejado así. Sólo he ido a averiguar dónde estamos y qué está pasando —dijo Xena con tono tranquilizador.

—¿Dónde estamos? Xena... —Gabrielle estaba temblando.

Xena la abrazó aún más fuerte.

—Estás en un lugar seguro, amor. Yo estoy aquí y no voy a dejar que te pase nada malo. Jamás volveré a dejarte atrás, nunca jamás.

—¿Qué...? —Gabrielle se quedó callada. Todo le resultaba confuso, pero al menos las palabras tranquilizadoras y el abrazo que la sostenía eran muy reales, y por un momento se aferró a esa ancla.

—Gabrielle —dijo Xena en voz baja—, esto puede esperar a mañana. Vamos a volver a dormir, ¿vale?

—Vale. —La bardo sorbió un poco y luego suspiró y bostezó.

—Un momento —dijo Xena, que se levantó, cruzó la habitación y abrió la puerta. Clavó una mirada amenazadora en las dos guardias amazonas—. ¿Alguna de vosotras me puede prestar su espada, dado que es evidente que no vais a estar despiertas el tiempo suficiente para ver si vais a tener que usarla? —gruñó, sacando la espada de la funda de la amazona que tenía a la derecha. Volvió a entrar en la habitación y cerró la puerta dando un sonoro portazo.

Las dos guardias amazonas se miraron mortificadas. Oh oh. Ahora sí que nos la hemos cargado. Nos hemos quedado dormidas guardando a la reina. Y a Xena. Entonces los dos pares de ojos se abrieron aún más por el estupor. Oh... por... los dioses... están... ¡¡¡vivas!!! De repente, ninguna de las dos guardias creyó que fuese a quedarse dormida otra vez esta noche.

Xena volvió a cruzar la habitación. Hala. Al menos ahora estoy armada, pensó. Contempló el arma un momento, dando vueltas a la empuñadura en la mano unas cuantas veces. No es perfecto, pero servirá. Colocó la espada en el suelo apoyada en el cabecero de la cama y subió de nuevo al blando colchón, acurrucándose contra la espalda de Gabrielle, consciente de que la bardo seguía despierta. Gabrielle se pegó al estómago de Xena y soltó un suspiro de alivio.

—Te quiero, Xena —dijo la bardo suavemente.

Xena le respondió con un beso en la mejilla y rodeó la cintura de Gabrielle con un brazo. Con el otro brazo, se puso a acariciar la espalda de la bardo, trazando ligeros círculos con la mano. Se colocó bien hasta tener la cara junto a la cabeza de Gabrielle y le susurró palabras tranquilizadoras al oído hasta que oyó que su respiración se hacía más profunda y supo que la bardo se había vuelto a quedar dormida. Arregló las mantas firmemente alrededor de las dos. No te preocupes, Gabrielle. Estoy aquí y nada volverá a separarnos jamás. No lo permitiré. Y por fin Xena se permitió quedarse dormida de nuevo.


Gabrielle se despertó y vio el débil brillo del amanecer por la ventana de una habitación desconocida. Advirtió que unos brazos fuertes le rodeaban la cintura y se volvió a medias para encontrarse con Xena, todavía dormida, pegada a su espalda. La bardo reflexionó un momento sobre esto. Nunca habían dormido así. Poco a poco, empezó a reconstruir lo que había ocurrido el día anterior. Bueno, tampoco hemos muerto nunca juntas, pensó, ni hemos vuelto juntas de entre los muertos. Qué raro era estar de vuelta.

Los Campos Elíseos eran... tan apacibles. A Gabrielle le encantaba estar con Xena en aquel lugar. El dolor y la oscuridad de la guerrera habían desaparecido, sustituidos por un asombro infantil ante la belleza que las rodeaba. El deleite de Xena al jugar en los exuberantes prados verdes se hizo aún mayor cuando vio a Marcus, su antiguo amante. Gabrielle recordaba el hermoso canto fúnebre que Xena entonó por él cuando murió y recordaba todo el tiempo que había estado sentada a la orilla de un lago, esperando a que la guerrera regresara de salvar el inframundo cuando Marcus volvió para pedir la ayuda de Xena. Marcus le contó a Gabrielle la historia de cómo Hades le había permitido entrar en los Campos Elíseos como un favor a Xena, después de que la guerrera recuperara el casco de Hades y se lo devolviera.

Y cuando Xena vio a Lyceus, su hermano, y luego a Solan, la alegría que se veía en los ojos de la guerrera hizo que el corazón de la bardo alzara el vuelo. Xena los abrazó uno tras otro, estrechándolos con fuerza, y luego se quedó mirándolos con una sonrisa resplandeciente en la cara. Gabrielle no había visto a la guerrera tan feliz desde hacía muchísimo tiempo. La bardo se fue a dar un paseo para dejar que la guerrera pasara un rato a solas con ellos.

Mientras Xena estaba en su reunión familiar con Lyceus y Solan, Gabrielle tuvo su propia reunión con Pérdicas. Fue un momento lleno de alegría y pudieron decirse todo lo que había habido en su corazón cuando se separaron. Ella por fin se dio cuenta de que había seguido adelante y ya no estaba enamorada de Pérdicas. Sentía por él un amor fraternal más que otra cosa, y hablaron de ello y todo quedó en orden.

—Gabrielle, tú y yo no estábamos destinados a estar juntos. Sí, habríamos sido felices, pero no estaríamos completos —dijo Pérdicas.

—Pero, Pérdicas, yo estaba dispuesta a asentarme, dispuesta a ser tu mujer. Era lo que se esperaba de mí, y sí que te quería —protestó ella.

Pérdicas le sonrió y dijo:

—Gabrielle, eres capaz de querer a mucha gente, pero hacer lo que se espera de ti y seguir lo que te dicta el corazón son dos cosas completamente distintas. Seguiste los dictados de tu corazón cuando te marchaste de Potedaia hace cuatro años, a pesar de lo que se esperaba de ti. Cuando volviste y te casaste conmigo, no estabas siguiendo en absoluto lo que te decía el corazón. Ahora me doy cuenta. También tú deberías darte cuenta. Confía en ti misma. Tú sabes lo que es mejor para ti. Mira en tu interior y entonces verás quién tiene de verdad tu corazón.

Ephiny y Solari, que habían estado escuchando en silencio, ocultas, aparecieron de repente, sonriéndole y asintiendo ante lo que había dicho Pérdicas.

—¡Ephiny! ¡Solari! ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Por qué no estáis en la tierra de los muertos de las amazonas? Ahora que lo pienso, ¿por qué no estoy yo en la tierra de los muertos de las amazonas?

—Gabrielle. —Solari la abrazó—. Las personas que se han conocido y querido en vida se pueden mover por los inframundos para verse, si los dioses lo permiten. Artemisa nos ha permitido a Ephiny y a mí venir a visitarte, y tú también puedes venir a vernos de vez en cuando.

—Sí. —Ephiny también dio un abrazo a la bardo y un beso suave en la mejilla—. En cuanto a por qué estás en los Campos Elíseos en lugar de en la tierra de los muertos de las amazonas, pues deberías haber visto la pelea que tuvieron Hades y Artemisa para ver quién se quedaba contigo. No fue agradable. Hacía tiempo que en el Monte Olimpo no se veía tanto fuego ni volaban tantas flechas. Por fin tuvo que intervenir el propio Zeus. Y Afrodita.

—¿Afrodita? —dijo la bardo algo confusa—. ¿Por qué Afrodita?

—La diosa del amor dijo que el amor verdadero debería primar sobre la posición y el honor de una amazona.

—¿Qué? —Gabrielle parecía aún más confusa.

—Piensa en todo lo que has hecho, en dónde has estado y por qué —continuó Ephiny—. Gabrielle, si te hubieras quedado en Potedaia, jamás te habrías convertido en reina de las amazonas y nunca nos habríamos conocido. Has tenido una vida estupenda, amiga mía. Una muchacha sencilla de Potedaia que se convirtió en reina amazona, en una bardo famosa, en una guerrera competente y que tuvo un papel bien importante a la hora de amansar a Xena, la Destructora de Naciones. Eso está íntimamente relacionado con la guardiana de tu corazón. Incluso aquí en los Campos, tu amor seguirá creciendo. Ve con ella, Gabrielle, ella es la razón de que seas quien eres.

Xena, la guardiana de su corazón. Sabía a quién se referían y que estaban en lo cierto. Supongo que sí que tiene mi corazón. Y una vez me dijo que yo soy su corazón.

Gabrielle se despidió, diciéndoles que se reuniría con ellas más tarde, sin darse cuenta de que en realidad estaba diciendo adiós de nuevo. Quería estar sola para pensar en lo que habían dicho. Eligió un sendero que seguía el borde de una colina verde y bajaba hasta la orilla de un riachuelo. Se sentó junto al río, cruzó las piernas y tiró guijarros al agua, contemplando los círculos concéntricos que creaban, recordando haber estado sentada junto a un lago en una ocasión con Xena y haber recibido una lección sobre el hecho de que el lago había cambiado para siempre sólo por haber lanzado una sola piedra al agua.

Bueno, lo cierto era que recordaba muy bien una gran piedra que se había estrellado con su corazón en un camino fuera de Potedaia hacía cuatro años. Una piedra de largo pelo negro y los ojos más azules que había visto jamás, llenos de fuego, pasión, valor y aventuras. Eso... había cambiado claramente su vida para siempre. Cuánto me alegro de haberle dicho que me salvó. Que ella fue la única que vio en mí cosas que nadie más veía. Sonrió al pensar en Xena, levantó la mirada y vio al objeto de sus pensamientos caminando hacia ella por la orilla. Sus ojos se encontraron y sus caras se iluminaron con unas sonrisas involuntarias de oreja a oreja. Gabrielle se levantó y agitó la mano saludando a la guerrera, y Xena recorrió el resto del camino casi dando brincos, plantó impetuosamente un beso en la frente de la bardo y luego le pasó un brazo por los hombros.

Pasearon por la orilla del río en agradable silencio hasta que llegaron a un remanso profundo alimentado por un cascada muy alta. Xena sostuvo a la bardo entre sus brazos cuando se sentaron apoyadas en un sauce llorón, contemplando los pequeños arco iris en la espuma creada por el agua al estrellarse en las rocas de debajo. Gabrielle se sentó apoyada en el pecho de la guerrera, flanqueada por las piernas dobladas de Xena, y ésta colocó la barbilla encima de la cabeza de la bardo. Gabrielle puso los brazos encima de los fuertes brazos que le rodeaban la cintura y se dio cuenta de que era más feliz que nunca. Se podría haber quedado así sentada para siempre. Dio vueltas en la cabeza a lo que había dicho Pérdicas, acomodada en los brazos de la que tenía su corazón, la que siempre tendría su corazón. ¿Xena siente lo mismo?

—Xena, ¿qué tal ha sido ver a Marcus? —preguntó Gabrielle.

—Oh, Gabrielle, ha sido maravilloso —respondió la guerrera, acariciando distraída con el pulgar los finos pelos del brazo de la bardo.

—¿Estás... estás... mmm... enamorada todavía de él? —preguntó, temerosa de la respuesta.

—Lo quiero —dijo Xena titubeando—, y él me quiere a mí. Pero, Gabrielle, no estamos enamorados. No creo que lo estuviéramos nunca. Es distinto. Han pasado muchas cosas desde que Marcus murió. Creo que ahora estoy unida a otra persona. Alguien que me conoce mejor que nadie. Alguien que renunció a su familia y finalmente a su vida por mí. Alguien que sigue siendo mi corazón —terminó Xena, estrechando un poco más a Gabrielle contra ella.

—Oh —dijo Gabrielle, y se volvió para ver unos cálidos ojos azules que creyó que la iban a atravesar de parte a parte. La bardo tocó la cara de Xena y le sonrió, estremeciéndose un poco cuando Xena le cogió la mano, volviendo la cara para besar la palma de Gabrielle.

No dijeron nada más, mientras disfrutaban del bienestar de lo que ambas eran todavía demasiado tímidas para decir. Estamos enamoradas la una de la otra. Y tenemos toda la eternidad en este hermoso lugar para disfrutar de ello. La bardo se sentía encantada.

Y entonces tuvo que volver.

Miró por la habitación y suspiró. Al menos habían vuelto las dos, y era cierto, ahora mismo parecían sentirse increíblemente cerca la una de la otra. Gabrielle notaba el calor que emanaba entre las dos. Con todo, se preguntó si podrían recuperar todo el amor y la sensación de maravilla que habían sentido en los Campos Elíseos. Se descubrió deseando estar todavía allí. Aquí, de vuelta entre los vivos, tenía miedo de que la falta de comunicación, el afán protector de Xena y su propia búsqueda de significados les impidieran obtener la felicidad que habían compartido en los Campos. No, no estaba segura de querer estar de vuelta en absoluto.

—La realidad es un asco —dijo Gabrielle por lo bajo.

La bardo se soltó con cuidado del abrazo de Xena, tratando de no molestar a la guerrera. Era tan poco frecuente ver a Xena durmiendo tan apaciblemente. Anoche debía de estar realmente exhausta. Gabrielle salió rodando de la cama, aterrizando suavemente en el suelo de madera, y se acercó a la ventana para mirar fuera. Lo primero que vio fue la cumbre nevada del Monte Amaro, y por un momento sintió una oleada de miedo. Se volvió para mirar a Xena y sintió que se calmaba al saber que la seguridad total estaba a pocos pasos de distancia.

Tomó aliento temblorosamente y volvió a mirar por la ventana. ¿Qué hace aquí Kallerine? Vio a la joven amazona sentada haciendo guardia fuera. Gabrielle recordaba vagamente haber conocido a la chica cuando estaban montando la pira funeraria de Ephiny. Kallerine tenía una madurez impropia de sus años, si Gabrielle no recordaba mal. Mientras Gabrielle miraba, Kallerine levantó la vista y sonrió ligeramente, antes de levantarse y saludar a la reina. Gabrielle le devolvió el saludo e hizo una señal a la chica para que descansara.

Gabrielle... se sintió... vieja. La mañana pasada en el prado con Eli parecía haber ocurrido hacía una vida entera. Uuy, claro que fue hace una vida, se rió por dentro un momento. No sabía muy bien cuánto tiempo había pasado desde la crucifixión. Pensó en la masacre que había realizado con sus propias manos y las dobló, recordando la sensación de la espada que había blandido. Eli, no creo que pueda volver al camino de la luz, se disculpó mentalmente. Creo que a partir de ahora parte de mi camino va a incluir protegerle la espalda a mi alma gemela. Si se cree que me va a volver a mandar lejos o a obligarme a quedarme atrás, ya puede ir cambiando de idea.

De repente, un par de brazos cálidos le rodeó la cintura por detrás y una barbilla se apoyó en su hombro.

—¿Qué estás pensando? —preguntó una voz grave, justo al oído de la bardo.

Gabrielle dio un ligero respingo antes de apoyarse en Xena, colocando sus propios brazos encima de los de la guerrera. Ha sido una auténtica máquina de abrazos desde anoche, pensó Gabrielle en silencio.

—¿Cómo has conseguido acercarte a mí sin que te oiga? —preguntó la bardo.

—Gabrielle —dijo Xena, arrastrando el nombre—, ya deberías saber que el sigilo es una de las muchas cosas que sé hacer. —La guerrera se rió suavemente—. Ahora, una vez más, ¿qué estás pensando? —Xena sonaba más despreocupada de lo que se sentía. Se había despertado y había visto a Gabrielle mirando por la ventana con una de las expresiones más serias que Xena había visto jamás, aun tratándose de la siempre introspectiva bardo.

—Xena —Gabrielle se giró a medias entre los brazos de la guerrera—, han pasado tantas cosas. No sé si estoy preparada para hablar de ello, no sé si puedo.

Mmmm, una bardo sin palabras. A ver qué puedo hacer al respecto, pensó Xena. Alzó una mano para acariciar el corto pelo rubio, apoyando la cabeza de Gabrielle en su hombro.

—Gabrielle, no pasa nada. No tienes que hablar de ello ahora. No tienes que hablar de ello nunca si no quieres.

—No, Xena, tenemos que hablar de ello. —Gabrielle se giró otro cuarto hasta quedar de cara a la guerrera y levantó la mirada. Alzó una mano temblorosa y cubrió la mejilla de Xena, notando la piel sorprendentemente suave bajo los dedos—. Xena, has dejado que tu miedo nos separara. Yo he dejado que un camino mal elegido me llevara a esa prisión romana porque ni siquiera estaba dispuesta a luchar para salvarme a mí misma o a mis amigos. Xena, las dos hemos conseguido que nos maten. —Y hemos tenido una suerte increíble de morir juntas y regresar juntas. No me gusta la idea de volver a morir sin ti, añadió en silencio, y luego continuó en voz alta—: Creo que necesitamos empezar a confiar más la una en la otra. Yo tengo que confiar en que el camino del guerrero no es un mal camino. —Hizo una pausa y continuó—: Y tú tienes que confiar en que me puedes llevar contigo. No necesitas dejarme atrás para protegerme. Tú tienes que pensar más con el corazón y yo tengo que pensar más con la cabeza.

—Gabrielle, no era un camino mal elegido y a mí me encanta que siempre sigas tu corazón. Así es como eres. Puedo aceptarlo, puedo vivir con eso. —Por favor, déjame seguir viviendo con eso, contigo, rogó en silencio.

Dos dedos rozaron los labios de la guerrera, haciéndola callar.

—Xena, así es como era. No es como puedo ser ahora. Cuando cogí esa espada y maté a esos hombres, Xena, entré en tu camino. No creo que quiera salir de él. —Miró a la guerrera con tristeza—. ¿Cuántas veces has luchado sola en los últimos meses, Xena, mientras yo me quedaba a un lado como una santurrona y dejaba que tú te ocuparas de protegernos a las dos? ¿Qué clase de injusticia es ésa? ¿Y qué clase de inútil he sido? ¿Qué clase de amiga se quedaría sin hacer nada y permitiría que otra amiga se enfrentara sola a un peligro mortal? Xena, hace mucho tiempo tomé la decisión consciente de quedarme contigo, pasara lo que pasase. En algún momento, olvidé lo que eres y que luchar es una consecuencia de la decisión que tomé de estar contigo. Enséñame a manejar la espada, Xena. No quiero que no puedas contar conmigo, nunca más.

—Gabrielle, no me importaba y nunca jamás has sido inútil para mí —replicó la guerrera, con cierto tono de desesperación—. No tienes que tomar la espada por mí.

—¡Xena! —Una palabra, pronunciada con una insinuación de rabia, que lo decía todo.

Xena se puso rígida y se echó hacia atrás, sujetando a la bardo con los brazos extendidos. Unos penetrantes ojos azules se encontraron con unos ojos verdes como el mar y hubo un breve y silencioso choque de voluntades. Maldición. Najara tenía razón. Le he hecho daño. Mucho daño. La guerrera recordaba claramente a Gabrielle asestando mandobles a los soldados por ella. Xena se había alzado, pero sólo consiguió ponerse al nivel de las rodillas de la bardo y vio con horror absoluto cómo la última capa de inocencia de Gabrielle, su fe total en el poder de la paz, le era arrancada violentamente. Estar conmigo le ha quitado eso. Krafstar, Dahak, Esperanza y Chin. Ese día horrible en que perdí la cabeza y, oh, dioses, lo que le hice. Y sin embargo, aquí estamos, juntas aún después de todo eso. Almas gemelas para siempre. ¿Cómo puedo negarle nada?

—Xena, ya he tomado la espada por ti y no lo cambiaría. Tengo que creer que hemos muerto juntas y hemos vuelto juntas por una razón. Tiene que ser por el bien supremo, ¿verdad? —dijo Gabrielle suavemente. Por nuestro propio bien, así como por el del mundo, añadió en silencio, y luego continuó—: Xena, no lamento nada, nada en absoluto. Lo único que podría lamentar es si nos volvemos a separar voluntariamente.

Xena se vino abajo. Gabrielle había percibido cien emociones diferentes cruzando por el rostro de la guerrera. Agarró a la guerrera por la cintura, evitando por muy poco que la mujer más alta se desplomara en el suelo. La rabia de la bardo se desvaneció, sustituida por el cariño y la ternura.

—Vamos, amor, vamos ahí a sentarnos. —Llevó a Xena de nuevo a la cama y las dos se sentaron, al tiempo que Gabrielle abrazaba a Xena estrechamente, enredando los dedos en el pelo negro que caía sobre sus hombros.

Entonces la guerrera recordó las palabras de la bardo mientras esperaban la muerte en aquella fría celda de la prisión: "Xena, podía elegir entre no hacer nada o salvar a mi amiga. Elegí el camino de la amistad". Y las palabras pronunciadas hacía un momento: "Creo que necesitamos confiar más la una en la otra" y "Lo único que podría lamentar es si nos volvemos a separar voluntariamente".

Confianza. A estas alturas confiaría en ella para cualquier cosa, se dio cuenta Xena de repente. En cuanto a elecciones, también se dio cuenta de que del mismo modo que la bardo había elegido libremente tomar la espada para salvar a una amiga, Xena sabía que también le correspondía a Gabrielle la elección de volver a luchar. La bardo ya no era una niña. Era una mujer adulta, y Xena saboreó la tristeza de saber que ya no podría proteger a Gabrielle de las crudas realidades del mundo en el que habían decidido vivir juntas. Y la mera idea de separarse... bueno, Xena se dio cuenta de que ya no podía dejar atrás a esta mujer valiente e inteligente. La necesito. La quiero.

Tomó aliento entrecortadamente, se irguió y volvió a mirar a Gabrielle a los ojos.

—Gabrielle, no sé si lo recuerdas, pero anoche ya te hice la promesa de que nunca más volvería a dejarte atrás.

—Lo recuerdo —contestó la bardo suavemente—. Es sólo que quiero asegurarme de que tú lo recuerdas.

—Bueno, Gabrielle, si ya no vas a volver a quedarte atrás, entonces es lógico que puedas defenderte, porque los dioses saben que donde yo vaya, habrá lucha. Pero... amiga mía... no puedo enseñarte a manejar la espada...

—Pero, Xena... —interrumpió la bardo.

—Shhh, déjame terminar —la recriminó Xena—. No puedo enseñarte a manejar la espada porque no hay nada que te pueda enseñar que no demostraras conocer ya en ese patio. Gabrielle, no sé dónde ni cómo lo has aprendido, pero eso fue uno de los mejores combates a espada que he visto en mi vida.

—Yo tampoco sé dónde lo he aprendido —dijo Gabrielle con una ligera sonrisa, recordando las marcas pasadas observando a la guerrera haciendo sus ejercicios de espada por las noches.

Se quedaron ahí sentadas disfrutando del calor del abrazo, y Xena recordó un sauce y una cascada y se preguntó si Gabrielle también lo recordaba. Me pregunto si podremos tener eso aquí también, pensó con melancolía. Oh, bueno, supongo que hay tiempo de sobra para plantear ese tema. Esto está bien por ahora. Sus pensamientos quedaron interrumpidos por un rugido grave de su estómago.

—Gabrielle.

—¿Mmmmm?

—Hace dos días que no comemos. Vamos abajo a ver si podemos desayunar algo.

—Vale —replicó la bardo, súbitamente hambrienta—. Xena.

—¿Sí?

—¿De dónde hemos sacado estas horrendas camisas que llevamos?

—Amazonas.

—Ah.

Xena recogió la espada de al lado de la cama y salieron por la puerta de la habitación, pasando ante dos guardias amazonas que se sobresaltaron en silencio.


Abajo, en la sala principal de la posada, varias amazonas estaban sentadas desayunando. Gabrielle se sentía un poco rara y cogió la mano de Xena y la apretó para asegurarse. Xena la miró, le sonrió con gesto tranquilizador y le devolvió el apretón.

—Preséntate ante tus súbditas, majestad —ronroneó en voz baja.

La bardo miró a su alrededor y vio a Chilapa y Rebina sentadas frente a Amarice en una mesa del fondo junto a la ventana. Alzó la cabeza, irguió los hombros y avanzó con decisión, con Xena justo detrás de ella, sonriendo en silencio ante el súbito alarde de seguridad de la bardo. Le gusta ser reina de las amazonas, lo reconozca o no. Cuando se acercaban a la mesa, las amazonas que estaban en la sala se levantaron y se cuadraron. Xena advirtió con aprobación la expresión de respeto hacia Gabrielle que había en sus ojos. Mortificada, la guerrera se dio cuenta de que ella misma atraía miradas de pasmo mezclado con miedo. Supongo que lo único que da más miedo que la princesa guerrera es una princesa guerrera que ha vuelto de la muerte, pensó. Bueno, creo que eso podría venir bien.

—Mi reina. —Chilapa se levantó y se acercó a Gabrielle, hincó la rodilla en el suelo delante de la bardo y agachó la cabeza.

—Chilapa, ¿podemos prescindir por ahora de toda esa ceremoniosa caca de centauro? —preguntó Gabrielle, ofreciendo la mano para poner en pie a la regente—. Las demás, seguid como estabais —dijo la bardo con cansancio, mirando por la sala, y todo el mundo volvió a sentarse despacio, tratando de dar la impresión de que todos los días veían gente que se había alzado de entre los muertos. La sencilla bardo de Potedaia nunca se acostumbraría a ser tratada como reina de las amazonas. Le gustaban la responsabilidad, los tratados, la toma de decisiones y las amistades que había hecho, pero la parte ceremonial siempre la pillaba desprevenida.

Xena y Gabrielle se sentaron en el banco bajo al lado de Amarice, y la regente y Rebina volvieron también a sus asientos. Se hizo un silencio incómodo hasta que Xena soltó:

—¿Qué pasa? Parece que habéis visto un fantasma.

Eso hizo que todas se echaran a reír un poco y empezaran a relajarse.

—Amarice, tenemos mucho que agradecerte. —La guerrera miró a la pelirroja con sus cálidos ojos azules—. Kallerine me ha contado todo lo que has hecho por nosotras. Siento haberte subestimado.

—No... no ha sido nada... tenía que hacer algo. —La amazona, normalmente muy despachada, no sabía qué decir.

—¿Xena? —Gabrielle miró a la guerrera con ojos interrogantes, y la guerrera cayó en la cuenta de que la bardo no sabía qué había ocurrido desde la crucifixión.

Le va a costar mucho asimilarlo, pensó Xena.

—Gabrielle, vamos a comer mientras te lo contamos. —Loisha les trajo una bandeja de pan, queso y dátiles, así como jarras de sidra, que fueron distribuidas. Xena untó de mantequilla una rebanada de pan y se la pasó a la pensativa bardo, cuyos ojos revelaban que sus pensamientos estaban muy lejos de la posada—. Oye, ¿estás bien? —preguntó la guerrera, rodeando con un brazo los hombros de Gabrielle y estrechando a la bardo contra su costado.

La bardo cogió el pan y lo mordisqueó, tratando de animarse un poco.

—No sé —respondió por fin con franqueza, acurrucándose en el abrazo y dejando la mano libre en el musculoso muslo de Xena, como si fuese lo más natural del mundo. Estaba pensando en ese sauce, pensó Gabrielle por dentro.

Xena agarró la mano que tenía en el muslo y se la llevó a los labios, apretándolos contra ella largo rato antes de volver a colocarla donde había estado, posando su mano más grande encima de la más pequeña.

—Gabrielle, todo va a ir bien —susurró al oído de la bardo.

Gabrielle le sonrió y dio otro mordisco al pan.

Xena advirtió de repente que las tres amazonas seguían a la mesa y las estaban mirando.

—¿Algún problema? —dijo con un gruñido grave, alzando una ceja amenazadora.

—Mm... no —farfulló Chilapa, mientras las otras dos amazonas se interesaban súbitamente por la comida que tenían en el plato—. Vamos... a contarle... mm... a la reina lo que ocurrió ayer. —¿Qué pasa con estas dos?, pensó la regente. Nunca han estado así. Cierto, la regente sabía que las dos mujeres eran buenas amigas, pero por los dioses, se comportaban como si fuesen amantes. ¿Es que no se dan cuenta?

Siguieron comiendo, y entre Xena, Amarice, Rebina y la regente, le contaron a Gabrielle toda la historia, incluidas partes que Kallerine no le había contado a Xena.

—Ooh —dijo Gabrielle, soltando un suspiro de asombro cuando terminaron. Cuántas cosas habían pasado. Joxer muerto. César muerto. Calisto rondando de nuevo. Eli resucitando a Gabrielle. Ella resucitando a Xena. El chakram roto. Miró por la sala y sintió de nuevo la pena por la pérdida de Ephiny. Y Solari. Habían sido sus amigas y le habían allanado el camino para asumir el liderazgo de la Nación Amazona. Estas amazonas, sus amazonas, eran en su mayoría desconocidas para ella. Soy su reina y apenas las conozco.

Se le revolvió el estómago y de repente se sintió como si volviera a surcar las olas en el barco de Cecrops. La bardo se puso verde, se levantó rápidamente y se agarró con fuerza al borde la mesa, con los nudillos blancos.

—Disculpadme un momento, creo que necesito que me dé el aire. —Y se dirigió rápidamente a la puerta, la abrió y salió, con los ojos llenos de lágrimas ardientes.

—Gabrielle... —Xena estuvo a punto de ir tras ella y luego se lo pensó mejor. Quizás necesita estar sola un momento. Déjala respirar un poco, Xena.

Tras echar una larga mirada a la puerta, la guerrera se volvió de mala gana a la regente y se puso a hablar de los planes para asegurarse de que nadie fuera de la posada descubriera que Gabrielle y ella volvían a estar vivas y de las estrategias sobre lo que debían hacer a continuación.


Gabrielle cerró los ojos y se apoyó en la pared fuera de la posada, apretando las palmas de las manos contra la recia madera y aspirando grandes bocanadas de aire frío y vigorizante. Sintió que su piel recuperaba el color normal y la oleada de náuseas que la había acometido fue cediendo. Bajó la mirada y vio los grandes ojos marrones oscuros de Kallerine que la miraban con gran preocupación.

—Mi reina. —Kallerine se puso en pie e inclinó la cabeza—. ¿Qué ocurre? ¿Puedo hacer algo por ti, traerte algo?

—No, gracias —replicó Gabrielle—. Es que ahí dentro está un poco cargado.

La bardo observó a la joven amazona, estudiando el largo pelo castaño claro, el cuerpo delgado y musculoso y el despliegue anormalmente grande de armas que la chica llevaba encima. Además de la armadura de cuero y metal, llevaba los brazos enfundados en cota de malla, una espada sujeta a la espalda, un puñal en cada bota, una ballesta y una aljaba llena de flechas con la punta de plata colgadas del hombro y lo que parecían ser varias estacas pequeñas de madera colgadas de unas presillas de cuero en torno a la cintura. Eso es raro, pensó la bardo distraída.

—Kallerine, ¿para qué son esas estacas? —preguntó por fin.

—Mm... es una historia algo larga. —La chica parpadeó con sus largas pestañas y luego miró tímidamente a la reina—. ¿Quieres dar un paseo conmigo?

Gabrielle se irguió, se estiró y miró el camino que había frente a la posada. Notó que el sol intentaba calentar el aire frío y subió la mirada para ver un cielo azul y despejado. De repente, un paseo le pareció una idea muy buena.

—Claro —dijo con una sonrisa sincera. Bajó hasta colocarse junto a Kallerine e hizo un gesto con la cabeza, señalando el camino—. Bueno, ¿y esa larga historia? —preguntó la bardo cuando echaron a andar.

—Yo no nací en la aldea amazona —empezó Kallerine, dando patadas a los pequeños terrones de barro que había en el camino—. Nací cerca de Atenas y tuve una vida bastante tranquila hasta hace unos cuatro años. Mis padres eran dignatarios y hacían fiestas para entretener a grupos de comerciantes, mercaderes y visitantes de otras provincias. Una noche de luna llena, organizaron la fiesta más espléndida que habían dado jamás. Fue durante la fiesta de la cosecha y el vino corría libremente. A mí no me permitieron quedarme toda la noche y al cabo de un rato me mandaron a dormir a la cabaña de un vecino cercano. Esa noche, unas bacantes invadieron la fiesta y mataron a todos los que estaban allí, o al menos a los que no transformaron en bacantes. Cuando volví a casa a la mañana siguiente, encontré docenas de cadáveres en la casa. Era evidente que mi padre había muerto intentando proteger a mi madre. Mi hermana mayor no aparecía por ningún lado. Creo... creo que debió de transformarse en bacante. Juré vengar sus muertes, de modo que pasé unos años vagando por el campo, cazando bacantes y experimentando formas de matarlas. Perfeccioné varios métodos distintos, pero un día me encontré con un grupo de amazonas y viajé unos días con ellas. Nos hicimos amigas. Ephiny estaba con ese grupo y me pidió que me fuera a vivir a la aldea. Estaba muy harta de estar sola, así que lo hice. Pero todavía cazo bacantes cuando tengo ocasión y todavía tengo la esperanza de encontrar a mi hermana.

—Oh, Kallerine, no sabía que habías pasado por todo eso. —Gabrielle rodeó los hombros de la chica con un brazo. La gente nunca deja de sorprender. Supongo que todo el mundo tiene una historia. Kallerine parecía tan joven. La bardo sintió compasión por la joven amazona, que se había quedado sola tan pronto en la vida. Impulsivamente, Gabrielle abrazó a la chica y una estaca pinchó a la bardo en el costado—. ¡Ay! —exclamó la bardo—. Kallerine, todavía no me has explicado para qué sirven esas estacas de madera.

—Bueno —dijo la joven amazona con una chispa en los ojos—, descubrí por pura casualidad que las bacantes mueren siempre si les clavas una estaca de madera en el corazón. Una bacante me tenía acorralada en una cueva y lo único que conseguí coger para usar como arma fue una gran astilla de madera que estaba tirada en el suelo a mi lado. La agarré y se la hundí en el pecho con todas mis fuerzas. ¡Puuf! Explotó y se convirtió en polvo.

—Por los dioses —exclamó Gabrielle—. ¿Qué otras cosas funcionan?

Kallerine se mordisqueó pensativa el labio.

—El ajo las ahuyenta, pero no las mata. Las flechas con la punta de plata y el astil de madera funcionan muy bien. La luz del sol las cuece vivas...

—Puaaj, basta. —La bardo arrugó la nariz. Contempló el bosque, advirtiendo la posición del sol y las sombras—. Kallerine, vamos a volver. Hemos perdido de vista la posada y no sé si es seguro estar en los caminos, con todo lo que ha ocurrido.

Regresaron bajo las ramas desnudas por el invierno.

—Reina Gabrielle, ¿cómo conociste a Xena? —preguntó Kallerine con timidez.

—Ah, hace unos cuatro años nos salvó a mí y a mi hermana de unos traficantes de esclavos. Decidí que quería seguirla y ver mundo, así que lo hice. Su vida parecía muy emocionante y yo no era más que una simple aldeana, a punto de casarme con un simple aldeano. Tenía grandes sueños y sabía que Potedaia acabaría con ellos. Xena para mí era una forma de escapar de aquello. Quería ser como ella. No tenía ni idea entonces de que cuatro años después todavía estaría con ella.

—Supongo que ninguna de nosotras estaba destinada a tener una vida aburrida —afirmó Kallerine.

—No, con Xena la vida nunca es aburrida, te lo aseguro.

—¿Reina Gabrielle?

—¿Sí?

—Si hubieras sabido lo que te iba a pasar con Xena, ¿la habrías seguido así y todo?

—Sí. —Una palabra. Dicha con convicción. Sin vacilar, sin dudar.

—¿Reina Gabrielle?

—¿Mmmmm?

—Creo que Xena quiere ser como tú.

—Lo sé. —La bardo sonrió.

Ya estaban cerca de la posada y Gabrielle vio a la que había sido su compañera desde hacía cuatro años sentada en los escalones. Sintió el pequeño estremecimiento de felicidad, que le empezó en los dedos de los pies y le fue subiendo hasta la cabeza, y de repente se dio cuenta de que era lo que siempre sentía cuando veía a la guerrera tras cualquier período de separación. Una sonrisa involuntaria se adueñó de la cara de la bardo, sonrisa reflejada por la guerrera.

—¿Dónde has estado? —intentó preguntar Xena sin darle importancia, pero Gabrielle percibió la preocupación que había detrás de esa sonrisa tranquila.

—Yo... mm... necesitaba tomar el aire y me encontré aquí con Kallerine, nos pusimos a hablar y decidimos dar un paseo —dijo Gabrielle—. Xena, ¿sabías que Kallerine es una cazabacantes?

—No, ¿en serio? —replicó la guerrera con evidente respeto en los ojos. Qué bien sé elegir una partida de reconocimiento, pensó. Xena sonrió a la joven amazona y estaba a punto de preguntarle sobre la caza de bacantes cuando vio las ojeras que tenía—. Kallerine, ¿cuándo dormiste por última vez? —Xena recordó la conversación que habían tenido por la noche.

—Oh, creo que hace dos noches, antes de dejar la aldea amazona para venir aquí. La primera noche estaba demasiado tensa, al no saber lo que iba a ocurrir, y luego anoche, bueno, anoche no hubo forma de dormir, después de que Eli... hiciera... lo que hizo.

Eli. La guerrera se había olvidado del avatar.

—¿Dónde está Eli? —preguntó Xena.

—¡Oh, por Artemisa! Se me había olvidado. Reina Gabrielle —Kallerine se volvió para mirar a la bardo—, Eli se marchó esta mañana al amanecer. Dijo que tenía que ir a buscar a sus discípulos y asegurarse de que estaban bien. Dijo que intentaría volver aquí en los próximos días, pero que si te ibas, te dijera que tenía mucho de que hablar contigo. Le dije que bajo ningún concepto le dijera a nadie que Xena y tú estabais vivas o que se iba a enterar. —Miró a Xena con una sonrisa tímida—. Cuando preguntó, "¿Enterarme de qué?", le dije, "De Xena, punto". Dijo que no diría ni una palabra.

—Buen trabajo, Kallerine —la guerrera alabó a la chica—. Sabía que podía confiar en ti. Ahora, ve a dormir un poco. No me sirven de nada las exploradoras que no están alerta.

Kallerine sonrió, asintió y pasó dentro, con las palabras de la guerrera resonando en sus oídos. ¡Sí! ¡Todavía quiere que vaya en la partida de reconocimiento!

Xena y Gabrielle se miraron y se echaron a reír.

—Ya te ha salido otra joven admiradora, Xena —la reprendió la bardo.

—Sí, bueno, da igual —replicó la guerrera sonrojándose, y luego abrazó a Gabrielle—. Oye, ¿estás bien? Me quedé preocupada cuando te levantaste de la mesa tan deprisa. Luego, cuando salí aquí, te habías ido. Encontré tu rastro y el de Kallerine...

—Ya estoy bien —dijo Gabrielle—, pero Xena, si pienso mucho en todo, es demasiado.

—Ven aquí, siéntate. —Y Xena volvió a sentarse en los escalones, tirando de la bardo para que la acompañara. Colocó a Gabrielle delante de ella y ambas se sentaron de forma muy parecida a como se habían sentado bajo aquel árbol junto a la cascada en los Campos—. Gabrielle, hoy descansaremos y haremos planes. Las dos hemos sufrido mucho y tengo la sensación de que todavía no ha acabado. Podemos tomárnoslo con calma, al menos hasta mañana. —La guerrera acarició el claro pelo corto, contenta de que su amiga hubiera vuelto. Era difícil de explicar, pero no le gustaba estar separada de la bardo.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Gabrielle, haciendo dibujitos con el dedo en la fornida pierna de Xena, regodeándose en la sensación de estar rodeada de cálida guerrera.

—Pues lo primero, quiero organizar un grupo y volver a la prisión romana. —Xena notó que la bardo se estremecía y la besó en la cabeza, estrechándola con más fuerza entre sus brazos—. Lo sé, lo sé, amor, pero tengo que volver y tratar de encontrar mi armadura, mi espada y lo que quede del chakram. Tú... tú no tienes que volver allí conmigo si no quieres.

—No, Xena, iré contigo. Creo que necesito volver a enfrentarme a ese sitio. Tal vez me ayude a seguir adelante. —Gabrielle intentó parecer valiente, aunque no se sentía valiente en absoluto.

—Tal vez —continuó Xena—. Y también quiero ver si descubro alguna pista sobre lo que hay detrás de todo esto, además de Calisto. Puede que necesite hacer un viaje al Monte Olimpo.

—Qué... Ares. —Una pregunta que la bardo acabó convirtiendo en afirmación.

—Sí —dijo la guerrera con seriedad—. No creo que él esté detrás de esto, pero seguro que sabe quién o qué lo está.

—Xena, ¿no necesitamos averiguar también qué está pasando con el gobierno... quién tiene el control o si hay alguien que controle? —preguntó Gabrielle—. Tengo que saber qué esperar para gobernar a las amazonas. Qué tratados siguen en pie, si es que sigue alguno.

—Sí, eso también —replicó Xena—, y yo necesito tener una larga charla con Bruto.


Pasaron el resto del día relajadamente, haciendo planes con las amazonas y haciendo acopio de pertrechos de viaje. Ni la guerrera ni la bardo tenían nada aparte de las camisas prestadas, y las amazonas se las arreglaron para encontrar unas botas y armadura para las dos mujeres que les estaban mal.

—Gabrielle, esa armadura te queda un poco grande —rió Xena.

—Bueno, para empezar no estoy acostumbrada a llevarla —replicó Gabrielle, tirando sin éxito de un trozo de cuero que se suponía que debía cubrirle el estómago.

—Deja que te ayude con eso —se ofreció la guerrera, estirando la poco colaboradora pieza de armadura y aprovechando para hacerle cosquillas en el estómago desnudo.

—Oye. ¡Estate quieta! —exclamó la bardo.

La guerrera se echó a reír y dio un paso atrás para observar el resultado final.

—No te queda mucho mejor de lo que te quedaba la mía... —Xena se paró en seco al ver la expresión entristecida de la bardo.

Ambas mujeres se quedaron en silencio, recordando la primera vez que Xena murió, dejando que Gabrielle terminara un combate por la guerrera incapacitada.

—Por el bien supremo —dijeron solemnemente la guerrera y la bardo al unísono.

—Gabrielle, escúchame. —Xena colocó ambas manos sobre los hombros de su compañera y la miró de frente, sin hacer caso de las miradas de las atentas amazonas—. A partir de ahora, el bien supremo va a incluir lo que sea mejor para nosotras dos, y eso siempre va a ser lo primero, ¿comprendes?

—Ya lo creo. —La bardo consiguió sonreír, notando el calor que emanaba de la presencia cercana de Xena. Gabrielle colocó sus propias manos encima de las manos grandes que le cubrían los hombros y las apretó y luego se llevó una a la mejilla, sintiendo que los largos dedos le acariciaban la cara instintivamente. La bardo se ruborizó al darse cuenta de que tenían público y bajó la mirada al suelo.

Xena miró por la habitación y gruñó:

—¿Pasa algo? Si no recuerdo mal, sigo siendo la campeona oficial de la reina. ¿Alguien quiere desafiarme al respecto?

De repente, las amazonas sintieron un gran interés por organizar la armadura y los diversos zurrones, y sus ojos se posaron en todas partes menos en la alta mujer morena y su dulce reina. Todas recordaban la última vez que alguien había desafiado a la reina y la fiera protección de la guerrera como campeona suya. No. No queremos desafiarte, Xena, para nada.

—Supongo que tendremos que apañárnoslas con esta ropa —le comentó Xena a Rebina, que llevaba toda la tarde afanándose a su alrededor para ayudarlas a encontrar los pertrechos que necesitaban—. Ahora, tenemos que encontrar unas armas decentes.

Hubo un intercambio de miradas entre la guerrera y la bardo, y Xena suspiró.

—Rebina, Gabrielle y yo necesitamos tomar prestadas dos espadas.

Rebina entregó sin más a la guerrera la espada que ella misma llevaba.

—Tendré que bajar para encontrar una espada para Gabrielle —dijo la perpleja amazona—. Mi reina, con el debido respeto, ¿estás segura? Yo creía que tú no... mmm...

—Gabrielle no necesita pedir prestada una espada —dijo una voz detrás de ellas, y Amarice entró en la habitación.

—Sí, Amarice, lo necesita —replicó Xena.

—Espera. —Amarice las miró—. No necesita pedir prestada una espada porque ésta es suya por derecho. —Amarice desenvainó la espada de la funda que llevaba a la espalda, se arrodilló ante Gabrielle y le presentó la reluciente arma—. Mi reina, te entrego la espada de Ephiny.

Gabrielle ahogó una exclamación y luego agarró vacilando la suave empuñadura. Encajaba... a la perfección.

—Ya me había parecido reconocer esta espada —dijo por fin, y se volvió a Xena—. Mira, Xena, no es tan grande como la tuya, mira lo bien que me encaja en la mano. —Le resultaba extraña y familiar al mismo tiempo—. Creo que probablemente podré manejarla muy bien.

—No me cabe la menor duda, bardo mía —replicó Xena—. Ephiny era mucho más baja que yo, era más de tu estatura. —Era tan raro ver a Gabrielle con una espada en la mano—. Bueno, amiga mía, me alegro de que me vayas a proteger la espalda —sonrió la guerrera forzadamente.

—Xena, ¿mañana entrenarás un poco conmigo antes de que nos vayamos?

—Claro. —Dioses. Entrenamiento a espada con Gabrielle. Qué raro va a ser.

Gabrielle captó las emociones contradictorias en el rostro de la guerrera. Se quedó pensando un momento.

—Amarice, estoy decidida a aprender a manejar bien la espada y llevaré ésta mañana, pero ahí fuera quiero estar preparada para dar lo mejor de mí. ¿Tienes también una vara que me puedas prestar? Es con lo que estoy más cómoda. Creo que me gustaría llevar las dos cosas, por si acaso.

—Tampoco necesitas pedir prestado eso —dijo otra voz, y se volvieron para ver a Chilapa, que había estado observando desde la puerta—. Un momento. —La regente desapareció un instante y volvió con una vara cubierta de intrincadas tallas—. Mi reina —Chilapa se inclinó—, la vara de Ephiny para acompañar a su espada.

Ephiny, ojalá estuvieras aquí, llevando tu propia espada y tu propia vara. Te prometo, amiga mía, que honraré tu recuerdo portando tus armas. Cuando Gabrielle aceptó el derecho de sucesión, Ephiny fue la primera amazona que lo reconoció y que vio en la bardo el potencial para asumir el liderazgo. Aparte de Xena, la amazona caída era una de las pocas amistades íntimas que Gabrielle había tenido desde que se marchó de Potedaia.

—Gracias —se limitó a decir la bardo, y cogió su arma preferida, oyendo el claro suspiro de alivio que soltó Xena. Las dos se quedaron mirando la vara, que estaba cubierta de pequeñas vides talladas en la madera. La parte central estaba envuelta en suave cuero claro para evitar que se resbalara al cogerla. La parte inferior estaba cubierta de lana de oveja y el extremo superior tenía una cabeza tallada de pájaro con dos caras. Por un lado era un rostro de paloma y por el otro un águila.

—Igual que tú, amor, dulce como una paloma, pero inteligente como un águila —le susurró suavemente la guerrera a su compañera.

Gabrielle miró a los claros ojos azules, sin saber muy bien lo que veía en ellos, y de repente le entró la timidez. Volvió a mirar la vara que tenía en las manos.

—Gracias —dijo por fin.

—Bueno —dijo Xena, evidentemente más animada que un momento antes—, ha sido un día muy largo. Vámonos todas a dormir. Mañana al amanecer enviaré una patrulla de exploración y si el camino parece estar despejado de las tropas que quedan de César, saldremos mañana después de comer. La fortaleza no está muy lejos de aquí y creo que a todas nos vendrá bien descansar un poco más y desayunar bien por la mañana. Pasaremos el tiempo entre el desayuno y el almuerzo entrenando un poco. En cuanto a la patrulla de exploración y el grupo que me acompañará —continuó la guerrera—, me gustaría que Amarice, Rebina y Kallerine fueran con Gabrielle y conmigo a la fortaleza. Loisha, busca a otra persona para salir mañana al amanecer. No vayáis hasta la fortaleza, sólo parte del camino, y buscad cualquier señal de que pueda haber soldados romanos en la zona. Chilapa, lo mejor será que tú te lleves a las demás amazonas de vuelta a la aldea y que nos esperéis.

—Muy bien —asintió la regente—. ¿Todo el mundo tiene claro lo que debe hacer?

Las cabezas llenas de plumas asintieron solemnemente.

—Bien. Pues vamos a dormir y mañana nos prepararemos para emprender la marcha. —La regente se quedó pensativa un momento y se volvió a Xena—. Xena, se me había olvidado decírtelo. Argo apareció en nuestra aldea después de que te marcharas para ir al palacio de César. La hemos estado cuidando.

—Oh, bien... gracias... —respondió la guerrera, obviamente agradecida y aliviada—. Tenía miedo... bueno... no sabía, con todo lo que ha pasado, tenía miedo de que los soldados se hubieran quedado con ella. Como no ha aparecido por aquí... estaba intentando no pensar mucho en ella —terminó Xena, con los ojos llenos de lágrimas contenidas al pensar que su amada yegua estaba sana y salva. Se dio la vuelta y sorbió, y luego se giró para mirar a Chilapa y dio unas palmaditas en la espalda a la regente.

—De nada, amiga mía —sonrió Chilapa, volviéndose para ver a unas cuantas amazonas boquiabiertas, al parecer sorprendidas de ver la poco frecuente muestra de emoción por parte de la guerrera—. Vale, vosotras, a la cama —ordenó la regente con severidad.

—Mmm, Chilapa, espera un momento. —Mientras la habitación se vaciaba de gente, Gabrielle apoyó una mano en el hombro de la regente—. ¿Quién está a cargo de la aldea amazona en estos momentos? —La bardo acababa de caer en la cuenta de que sin la regente y ella misma, la aldea carecía claramente de líder.

—Pues, bueno, he... he dejado a Eponin al mando.

—¿A Eponin? —dijeron a la vez la guerrera y la bardo, recordando a la exaltada, terca y algo impetuosa amazona.

—Venga, chicas, no tenía mucho donde elegir y, además, es dura y no va a aguantar muchas tonterías a nadie.

—Supongo que eso es cierto —comentó Gabrielle—. Chilapa, espero que no las deje agotadas a todas a base de dobles turnos.

—Sí, yo también —rió la regente.

—Sabes que lo digo en broma, ¿verdad? Chilapa, te nombré regente porque confío en tu capacidad para dirigir a las amazonas. —La bardo sonrió cálidamente.

—Gracias, mi reina. —La regente deseó buenas noches a Xena y Gabrielle y las dejó a solas.

Xena cruzó la habitación y se echó agua en la cara, y luego le lanzó a Gabrielle una camisa de dormir limpia que habían encontrado las amazonas. Gabrielle fue a la palangana después de ella. Mientras Gabrielle se lavaba, Xena atizó el fuego de la chimenea y organizó sus armas, mirando de reojo la espalda desnuda de la bardo cuando ésta se ponía la camisa. Xena suspiró. Qué bella es. Recordó los Campos con melancolía.

Gabrielle se volvió y vio a la guerrera mirándola. Sonrió al darse cuenta de que Xena no sabía que estaba mirando.

—¿Xena? Oye, ¿dónde estás? Llevas todo el día haciendo eso.

—¿Eh?... Qué... —Xena sintió un rubor en la cara. ¿Me ha visto mirándola mientras se cambiaba?

—Xena, amor, ¿qué pasa? Pareces un poco acalorada.

La bardo se acercó a ella y puso la mano en la frente de su compañera, lo cual sólo sirvió para subirle la temperatura a la guerrera unos cuantos grados más.

—Oh, es el fuego, Gabrielle, eso es todo. ¿Ves? —Xena señaló las brasas recién avivadas, agradecida por tener una excusa que explicara el calor de su piel, ahora muy elevado.

—Bueno, si tú lo dices, pero si sigues caliente dentro de un par de marcas, vamos a tener que sacar las hierbas amargas, ¿me oyes?

—Sí. Claro, pero de verdad que creo que voy a estar bien. —Sí, voy a estar muy bien, pensó Xena por dentro, mirando inocentemente a los ojos verdes que la tenían cautiva.

La bardo sonrió de medio lado y revolvió el pelo oscuro.

—Venga, princesa guerrera, vamos a la cama.

Oh, sí, como que eso me va a bajar la temperatura. Hierbas amargas, allá voy, se lamentó Xena.

La guerrera se levantó, cruzó la habitación y se subió a la cama, tan acogedora. Qué cansada estoy, pensó por dentro. Gabrielle no tardó en reunirse con ella y la bardo apagó la vela que había en la mesa junto a la cama. Se acurrucó dentro de las sábanas y notó un calor en la espalda, cuando Xena se apretó tímidamente contra ella, rodeándole la cintura con un largo brazo. Un segundo y la guerrera echó una pierna sobre las piernas de la bardo. Gabrielle sonrió en la oscuridad y se pegó a Xena, dejando una mano en el muslo de la guerrera que la envolvía.

—Buenas noches, Xena. Te quiero. —Podría acostumbrarme a esto, pensó la bardo por dentro, notando que su propia temperatura empezaba a elevarse.

—Yo también te quiero, Gabrielle. —Por Hades, no me puedo creer que acabe de arrebujarme a su alrededor de esta manera. Anoche tenía una buena excusa... el delirio total. Esta noche... bueno, no parece importarle. Xena notó la cálida mano que descansaba delicadamente sobre su pierna.

Y se quedaron dormidas apaciblemente, soñando con los Campos Elíseos.


Gabrielle se despertó antes del amanecer y se encontró a Xena todavía arrebujada a su alrededor. Le resultaba... agradable... correcto... reconfortante, y se apretó un poco más contra el estómago de la guerrera. Siempre había sabido que quería a Xena, desde la primera vez que la vio. Por supuesto, era muy inocente cuando conoció a la guerrera y ese amor había empezado como admiración por la heroína. Lo cual poco a poco fue creciendo hasta convertirse en un amor muy profundo por la mejor amiga que había tenido jamás.

Sabía que después de que Nayima les dijera que eran almas gemelas eternas, los límites se habían hecho borrosos. Xena se mostraba mucho más atenta con ella y había empezado a escucharla de verdad, tratándola más como a una igual. Habían empezado a tocarse mucho más, pequeños abrazos por aquí, pequeñas palmaditas por allá, algún que otro beso en la mejilla si había ocurrido algo realmente importante. A veces pillaba a la guerrera mirándola simplemente, y Xena se arrimaba a menudo a ella y se quedaban sentadas la una al lado de la otra en agradable y silenciosa compañía. Habían pasado muchas cosas juntas y con frecuencia no necesitaban palabras para comunicarse la mutua devoción que sentían. Sabía que harían cualquier cosa la una por la otra, incluido el sacrificio de su propia vida para salvar a la otra.

Pero ahora... bueno, morir juntas y lo que había ocurrido junto a la cascada y luego el regreso, todo eso ponía las cosas a un nuevo nivel. Pensó en todo lo que se habían dicho en aquella celda cuando sabían que iban a morir. Cosas tanto expresadas como tácitas, que salían directamente del corazón, cosas dolorosamente sinceras que sólo se podían decir con los ojos. Pensó en lo cercanas que estaban desde que habían regresado de la muerte. No sólo estaban más cerca físicamente, era evidente que su conexión emocional era mucho mayor de lo que lo había sido antes de morir. Tal vez no tendrían que esperar a volver a los Campos Elíseos para recuperar lo que tenían allí. Se dio la vuelta en los brazos de Xena para reflexionar más sobre la guerrera y se encontró con unos ojos azules que la miraban.

—Buenos días, amor —dijo la guerrera con voz ronca.

—Buenos días a ti también —replicó Gabrielle y dio un ligero beso en el hombro a la guerrera—. Xena, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo Gabrielle sin mucha confianza.

—Pregunta lo que quieras, amor —fue la suave respuesta.

—¿Te sientes... diferente? —Gabrielle miró a los ojos azules que la miraban con lo que interpretó como adoración.

Xena enarcó una ceja y le echó una pequeña sonrisa de medio lado.

—Pues veamos, Gabrielle, paralizada de la cintura para abajo... crucificada... muerta... trasladada a los Campos Elíseos... resucitada de entre los muertos... y eso que no es la primera vez que resucito. —Se rió un poco—. Sí, me siento un poco diferente.

Eso hizo sonreír a Gabrielle, sonrisa que se transformó rápidamente en una expresión más seria.

—Todo eso lo entiendo, Xena, o sea, yo acabo de pasar por casi todo ello también, pero no me refería a eso exactamente. —La bardo frunció ligeramente el ceño.

—Ah, vale. —Xena observó su cara y en ella percibió algo curiosamente familiar. Ah, bien. Creo que Gabrielle también siente esto. Venga, Xena, sabes de qué está hablando. Salta de una vez de ese precipicio, se recriminó la guerrera a sí misma.

—Gabrielle. —La guerrera estrechó a la mujer más menuda en un fuerte abrazo—. Ven aquí. —Miró profundamente a Gabrielle a los ojos un momento y luego inclinó la cabeza y cerró los ojos, en el momento en que se juntaron sus labios. El primer beso fue muy dulce y muy delicado y envolvió a ambas mujeres en una maravillosa capa de calidez. Volvieron a abrir los ojos un momento y entonces el segundo beso fue una exploración más larga y experimental, en la que había todo el anhelo y todo el amor que habían estado bajo la superficie durante tanto tiempo.

Xena se apartó, capturó los ojos medio cerrados de Gabrielle y preguntó:

—¿Eso ha sido diferente?

—Eso —dijo Gabrielle sin aliento—, ha sido muy diferente. De una forma muy, muy buena.

—¿Era a eso a lo que te referías? —preguntó Xena, cuya expresión era una mezcla de felicidad y esperanza.

—Sí —dijo la bardo, sonriendo y con los ojos ahora bien abiertos—. ¿Te das cuenta de que es la primera vez que hemos hecho eso estando las dos vivas? —rió Gabrielle, y Xena soltó una brusca y sonora carcajada.

—Bueno... —dijo Xena, depositando un breve beso en la frente de la bardo—, espero... —otro beso en la mejilla—, que no sea... —otro en los labios—, la última vez que lo hacemos estando las dos vivas. —La guerrera se reclinó, abrazando aún a Gabrielle, y su humor cambió y la bardo notó que se estremecía.

—¿Qué ocurre, amor? —preguntó Gabrielle. Esa palabra nos sale con tal naturalidad a las dos. La bardo se apoyó en un brazo, puso una mano sobre el cálido estómago de Xena y al levantar la mirada vio los ojos de la guerrera arrasados de lágrimas. Una se escapó y bajó despacio por la mejilla de Xena. Gabrielle se acercó y la secó con un beso—. Por favor, Xena, ¿me dices qué te ocurre?

La guerrera suspiró y sonrió.

—Gabrielle, ¿recuerdas cuando nos separamos en los Campos y tú te volviste a mirarme y luego desapareciste al otro lado de aquella luz? —Xena colocó la cabeza de la bardo sobre su hombro, le acarició el pelo claro y la besó en la coronilla.

—Ésa es una de las cosas que más me ha costado hacer en mi vida —dijo Gabrielle suavemente—. Sabía que tenía que volver, no podía resistir el impulso, pero pensaba que podía estar dejándote atrás y no sabía cómo iba a vivir sin ti si tú no conseguías regresar también. Sabía... sabía que lo intentarías y sabía que habías dicho que me esperarías ahí mismo si no lo conseguías, pero la idea de pasar aunque sólo fuese un día estando tú a ese lado y yo a éste era la sensación de mayor vacío que he tenido jamás —terminó la bardo, con los labios temblorosos.

Xena abrazó a Gabrielle ferozmente por un momento y luego se relajó un poco. Se volvió de lado, colocando suavemente a la bardo boca arriba, y se apoyó en un brazo, mientras con la otra mano jugaba distraída con el cuello de la camisa de Gabrielle. Miró a la bardo y continuó:

—Gabrielle, cuando desapareciste de nuevo en esa luz, ni todas las alegrías de los Campos Elíseos podían consolarme. Me di cuenta de que podía estar perdiendo lo más precioso que había tenido jamás, aunque sólo fuese por un tiempo. M'Lila apareció ante mí, como la última vez, y habló conmigo. Me hizo darme cuenta de que no sólo te quería, sino que estaba enamorada de ti. Creo que lo sabía desde hacía mucho tiempo, sólo que no sabía cómo admitirlo.

—Sí, igual que yo —sonrió la bardo.

Xena volvió a besar a Gabrielle brevemente y dejó que una mano bajara por la mejilla de la joven, dejándola por fin apoyada ligeramente en el esternón de la bardo.

—Bueno —continuó Xena—, el caso es que le rogué a M'Lila que me ayudara a volver contigo, pero ella dijo que sólo tú podías traerme de vuelta. Que nuestro amor y la fe que tenemos la una en la otra eran las únicas cosas con la fuerza suficiente para tirar de mí a través de aquella luz. Gabrielle, no quería perderme ni un solo momento de compartir la vida contigo, en ningún mundo.

La bardo cogió la mano de Xena, la besó y la sujetó con firmeza contra su corazón, mirando con toda seriedad a los penetrantes ojos azules de la guerrera.

—Gabrielle, M'Lila me dijo que tu amor por mí, tu fe en mí y mi amor por ti eran lo único que me había hecho entrar en los Campos Elíseos. Que todos mis intentos de expiación se quedaban cortos. Que no captaba la idea global. ¿Te acuerdas de Nayima?

—Sí —dijo la bardo en voz baja.

—Nayima tenía razón, Gabrielle, somos almas gemelas eternas. M'Lila lo confirmó. Dijo que sin eso yo nunca habría expiado por completo todas las maldades que he cometido. Tú, amor, eres mi salvación, mi manera de alcanzar la expiación. M'Lila me explicó que no fue una coincidencia que nos conociésemos justo cuando yo había decidido cambiar mi vida. Tú eres la clave para mí. Si no hubieras logrado traerme de vuelta el otro día, estaba condenada al Tártaro hasta que volvieras a morir. Tú eres la única razón de que estuviera en los Campos Elíseos.

Gabrielle se incorporó, tirando de Xena con ella, puso las manos en los hombros de Xena y se la quedó mirando largo rato.

—Xena, no sabía si podía traerte de vuelta. —Gabrielle aferró la túnica de Xena con ambas manos y hundió la cabeza en la guerrera, estremeciéndose ante la idea, mientras unas lágrimas silenciosas resbalaban por su cara—. Xena, ¿y si hubiera fracasado?

Xena la rodeó con los brazos y la meció suavemente durante un momento.

—Shhh, Gabrielle, sabes que lo lograste. Nunca dudé de que lo conseguirías, ni por un solo instante. Me has demostrado la fuerza de tu amor por mí en un millón de formas diferentes. Creía en ti. Así de sencillo. Además, aunque no me hubieras traído de vuelta, al final volveríamos a estar juntas. Es nuestro destino.

Gabrielle empezó a calmarse a medida que iba absorbiendo la maravilla de todo aquello. Miró a la guerrera con todo el amor de su corazón y Xena la abrazó ferozmente.

—Gabrielle, no quiero soltarte jamás —dijo la guerrera, depositando besitos por toda la cabeza de la bardo.

—Pues no lo hagas —dijo Gabrielle, poniendo las manos a ambos lados de la cara de Xena y tirando de ella hasta que sus labios se juntaron con los suyos. Eran tan suaves y cálidos que la bardo se permitió perderse en la sensación.

Pasaron varios minutos así y la guerrera empezó a bajar besando por la cara de Gabrielle y luego el cuello, lo cual provocó que la piel de Gabrielle se estremeciera con pequeños escalofríos. Xena acabó por fin probando el pequeño hueco de la garganta de la bardo y luego lo mordisqueó despacio. Notó que a Gabrielle se le aceleraba el pulso, al tiempo que la bardo empezaba a explorar la parte inferior de su espalda con manos delicadas, primero por fuera de la camisa y luego tocando la piel desnuda de debajo, masajeándola con pequeños círculos que hicieron que el deseo se apoderara de Xena de una forma que no había sentido desde hacía muchísimo tiempo, por no decir nunca. No se trataba sólo de un hambre física, era una profunda y dolorosa necesidad emocional.

—Gabrielle, yo... —Los labios de Xena seguían pegados a la suave piel de su garganta—. ¿Esto es...?

La bardo levantó la barbilla de la guerrera, apoyando los dedos de plano sobre sus labios generosos, haciendo callar a la guerrera.

—Te amo, Xena.

La guerrera sacó la punta de la lengua, saboreando los dedos salados. Suspiró y volvió a inclinarse, echando a un lado el cuello de la camisa de la bardo y recorriendo a besos el hombro de Gabrielle. Sonrió y trató de concentrarse. Por los dioses, amaba a esta mujer con todo su corazón. Unos sentimientos abrumadores de amor, protección y pasión desbordada la asaltaron con tal fuerza que apenas pudo resistirlo. Miró a Gabrielle a los ojos y deseó poder meterse en el alma de la bardo, aunque sólo fuese un momento, y sentirse rodeada de ese amor y esa luz que equilibraban su propio lado oscuro, que realmente habían salvado su propia alma.

—No... no consigo acercarme lo suficiente. —Xena temblaba.

Gabrielle percibió un tono de duda en la voz de la guerrera. Tengo que hacerle saber que las dos queremos lo mismo, sonrió la bardo por dentro. Cogió la cara de Xena entre las manos y clavó sus ojos en los de ella, forzando a la guerrera a leer lo que había en su corazón.

—Xena. —Su voz acarició el nombre—. Enséñame el amor, Xena. —Y se acercó más—. Acércate todo lo que quieras. —Esto último lo dijo con un susurro seductor y hormigueante al oído de la guerrera.

Xena ahogó una exclamación cuando captó las palabras de la bardo y volvió la cabeza para encontrarse con los labios de Gabrielle, sujetando la cabeza de la muchacha rubia con una mano mientras con la otra empezaba a moverse por debajo de la camisa de la bardo, acariciando la suave piel que había ansiado tocar. Trazó una línea lenta y ascendente por el centro del estómago de la bardo y tocó ligeramente otros puntos sensibles, haciendo que Gabrielle soltara un pequeño grito sofocado contra los labios de Xena.

Las manos de la bardo se movían sin cesar por la espalda de la guerrera y tiraron despacio de la camisa de Xena para quitársela por encima de la cabeza, intentando no interrumpir el beso. Xena se apartó un momento para respirar y vio una pasión desatada que ardía en los ojos verdes de Gabrielle. Bajó las manos y le quitó también la camisa a la bardo y luego volvió a abrazarla, estremeciéndose por el suave contacto de la piel contra la piel.

—Bueno, creo que esto es otra cosa que nunca hemos hecho juntas, vivas o muertas —dijo Xena con una sonrisa fiera, y Gabrielle volvió a mirar esos penetrantes ojos azules y susurró:

—Sí, y ya iba siendo hora, amor.

Con eso, Xena pasó un brazo por debajo de los hombros de la bardo y la tumbó con cuidado en la cama, besándola de nuevo durante largo rato, y luego emprendió una lenta y delicada exploración de la hermosa muchacha con dedos, labios, lengua y dientes, atenciones que la bardo le devolvió con igual fervor.

Y la dulce exploración se hizo más intensa, a medida que el horror y el dolor que habían sufrido, la breve paz total de los Campos Elíseos y el regreso a la vida se iban resolviendo y el amor, la necesidad, el miedo y la maravilla se combinaban en algo que ambas necesitaban asegurar desesperadamente la una a la otra. Estaban juntas y estaban vivas, maravillosamente vivas. Juntas para siempre. César y Calisto habían perdido, pues el poder de su amor era mayor que todo el mal del que habían sido objeto.

Xena sintió que se fundía en Gabrielle, sintió la proximidad que ansiaba, hasta que no supo dónde acababa ella y empezaba Gabrielle, y supo que jamás volvería a dejar a su alma gemela. Sus corazones se unieron en un vínculo indestructible y las dos se hicieron una de verdad. Y mucho después, se hundieron en un lugar cálido y reconfortante que no querían abandonar jamás.


Aproximadamente una marca más tarde, el sol había salido, pintando dos cuerpos entrelazados con la cálida luz de sus rayos. Gabrielle yacía boca abajo, con la cabeza apoyada en el estómago de Xena, y la guerrera volvía a estar arrebujada alrededor de la bardo. Xena deslizó un dedo por la espalda de Gabrielle y sonrió cuando su recién descubierta amante se arqueó contra ella al sentir la caricia. Nuevo y sin embargo extrañamente familiar, casi como volver a casa. La guerrera contempló sus cuerpos tendidos y se sintió inundada por una dulce oleada de contento.

Xena estaba segura de que Pérdicas era la única otra persona con la que se había acostado Gabrielle en toda su vida. En cuanto a la guerrera, bueno, demasiados para llevar la cuenta, hombres y mujeres, algunos de los cuales me importaban y otros no, pensó con ironía. A muchos los utilicé para poder realizar mis propios planes. Pero esta vez, ésta ha sido diferente. Xena había tenido sexo, pero de repente cayó en la cuenta de que acababa de hacer el amor por primera vez.

Mi nueva amante será mi última amante. La guerrera se sentía muy vulnerable, pero sabía que podía confiar ese sentimiento a Gabrielle. No puedo vivir sin ella, como no podría vivir sin aire ni agua. ¿Ella siente lo mismo? Maldición. Ha ocurrido muy deprisa. ¿Acabamos de cometer un grave error? Maldición de maldiciones. Debería haberme controlado más. Como si hubiera podido.

La guerrera tiró de Gabrielle hasta que quedaron cara a cara. Besó la frente de la bardo y sonrió cuando la bardo cerró los ojos y suspiró con satisfacción.

—Gabrielle, ¿estás bien con esto? —dijo Xena con voz temblorosa. Por favor, que esté bien. No quiero renunciar a ello, añadió en silencio.

Gabrielle sabía que Xena tendría dudas por haber hecho el amor. Sabía que el instinto protector de la guerrera acabaría asomando su hermosa y terrible cabeza. También sabía que debajo de esa fachada fría y dura como el granito, había una mujer a la que habían hecho daño tantas veces que no se abría a menudo ni fácilmente a nadie. Tengo que hacerle entender que la amo por completo. No quiero estar jamás con nadie salvo con ella. Esa única vez con Pérdicas fue dulce e inocente, pero esto... ha sido... asombroso. Ahora, ahora sé lo que es el amor, las propias palabras de la bardo volvieron para perseguirla.

Gabrielle se incorporó y rodó hasta que su cuerpo quedó totalmente encima de la guerrera, y sonrió al notar la sutil reacción de los músculos del estómago de Xena por el súbito contacto más íntimo. Fue dejando una lenta hilera de besos por el pecho y el cuello de Xena, plantando por fin uno en los labios generosos de su amante y relajándose en la seguridad de los fuertes brazos que la habían estrechado durante sus atenciones. Gabrielle suspiró llena de felicidad, apartó un mechón sudoroso de pelo oscuro de la frente de Xena, miró a los ojos azules de la guerrera unos minutos y sonrió.

—Xena. —Siguió acariciando el pelo oscuro—. Nunca me he sentido mejor en toda mi vida de lo que me siento en estos precisos momentos. —Dicho esto, notó que los músculos tensos de Xena se relajaban considerablemente y bajó la cabeza y volvió a besar los labios expectantes de la guerrera, disfrutando un rato de la cálida y dulce suavidad.

Se apartaron y Gabrielle volvió a rodar hasta quedar tumbada de lado, con la cabeza de nuevo en el estómago de Xena, siguiendo la curva de la cadera de la guerrera con ligeras caricias con los dedos, observando que a Xena se le ponía la piel de gallina. La mano ociosa de la bardo se movió por la pierna de la guerrera, subiendo y bajando por los fuertes músculos. Xena notó que los dedos se movían hacia la parte interna del muslo y tomó aliento con fuerza. Lo soltó despacio y colocó una mano sobre la mano errante de Gabrielle, obligándola a parar.

—¿Qué pasa, no te gusta? —La bardo se alzó y ronroneó al oído de Xena con una sonrisa traviesa y luego acarició el tentador lóbulo con la punta de la lengua.

Xena se echó a reír por la sensación de cosquillas.

—Me gusta demasiado, Gabrielle, tanto que no me puedo concentrar, y hay algo que quiero decir. —Esta vez Xena se puso de lado, obligando a la bardo a echarse boca arriba—. Gabrielle, llevo mucho tiempo enamorada de ti. Me ha hecho falta morir para darme cuenta de eso. Quiero pasar el resto de mi vida contigo, pero no quiero hacer nada que te haga daño. Me quedaré contigo con las condiciones que tú impongas. M'Lila me hizo ver que nuestro amor es lo que me salvará. Así que si vamos demasiado deprisa, dímelo. Estoy absolutamente dispuesta a tomarnos las cosas con calma.

—Xena —sonrió Gabrielle—, yo no diría que cuatro años sea ir demasiado deprisa. Te amo. Te he amado desde la primera vez que te vi, pero es un amor que ha evolucionado con el tiempo. Nos lo hemos estado tomando con calma. Nos conocemos mejor que nadie y hemos pasado por muchas cosas juntas. La mayoría de las amistades no sobrevivirían a lo que hemos sobrevivido nosotras y sin embargo, aquí estamos, unidas con más fuerza que nunca. ¿No crees que esto era inevitable? Tenemos algo que la mayoría de la gente no tiene jamás, un amor muy fuerte nacido de una amistad muy fuerte. ¿Cuánta gente tiene la suerte de encontrar a su mejor amiga, su alma gemela y su amante todo a la vez de una sola tacada? Yo... yo... —La bardo vaciló un momento—. Yo no tengo mucha experiencia en el amor, Xena, no en esta clase de amor, pero no soy tan ignorante que no reconozco una oportunidad única y maravillosa de alcanzar la felicidad cuando la veo. —Gabrielle estudió los ojos de su amante y en ellos vio un asombro total—. Xena, tú eres bella para mí. El amor que hay entre nosotras es algo bello. Te deseo muchísimo. No creo que pueda esperar más. Te deseo ahora —terminó la bardo con un susurro ronco y tiró de la guerrera hasta colocarla encima de ella.

Las palabras acabaron con cualquier duda que pudiera haberle quedado a Xena. Bueno, es una bardo elocuente. ¿Cómo he tenido tanta suerte?, se preguntó la guerrera. Rió en voz baja desde el fondo de la garganta y se lanzó a una segunda y minuciosa exploración, empezando por seguir con la lengua los dibujos de los tatuajes del mendi que adornaban el cuerpo de la bardo.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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