El 16 de marzo

Linda Crist



Descargos: La mayor parte de los personajes que aparecen aquí pertenece a Renaissance Pictures, MCA/Universal, Studios USA, Flat Earth Productions y cualquier otro individuo o entidad que tenga derechos de propiedad sobre la serie de televisión Xena, la Princesa Guerrera. Esta historia ha sido creada exclusivamente para placer de la autora y de cualquiera que honre a la autora leyéndola y no por obtener beneficio económico alguno. No se pretende infracción alguna de los derechos de autor.
Violencia: Esta historia contiene, entre otras cosas, el relato por parte de diversos observadores y participantes en la escena de la crucifixión del episodio de la serie Los idus de marzo, de modo que sí, hay mucha angustia y violencia.
Subtexto/texto explícito: Para mayores de 13 años o, bueno, tal vez incluso más. No hay nada demasiado gráfico, pero, venga, acabamos de ver morir a estas dos mujeres y lo último que se dicen la una a la otra es: "Has sido lo mejor de mi vida" y "Te quiero". Si no queréis verlas como amantes, pasad a otra historia.
Gramática, ortografía, puntuación: ¡Gracias a los dioses por el corrector ortográfico! Lo he intentado, así que si no es perfecto, ¡mordedme!
Comentarios: Éste es mi primer intento de escribir fanfic de Xena. Se agradece mucho cualquier pregunta, comentario o sugerencia. Podéis escribirme a lindac@texasatty.com o texbard@xenafan.com.
Ambientación: Esta historia empieza el 16 de marzo, al día siguiente del episodio que acaba en suspense Los idus de marzo de la cuarta temporada. Me muero de impaciencia por ver cómo lo van a resolver y es sin duda uno de mis preferidos. Así que he usado un poco la imaginación y así es como me gustaría que siguiera...

Título original: March the 16th Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


1


No tengas miedo
Cierra los ojos
Olvídalo todo
No llores
¿No ves que voy
Donde puedo ver salir el sol?
He hablado con mi ángel
Y ha dicho que está bien

—de Talking to My Angel de Melissa Etheridge, copyright 1993, MLE Music Admin. de Almo Music Corp. (ASCAP). Tal y como aparece en su CD Yes I Am, 1993, Island Records, Inc.


Los primeros y débiles rayos del sol de la mañana entraron por la ventana de la habitación de una posada cerca del pie del Monte Amaro. Amarice notó el calor cuando el sol salpicó su cara pálida y su espeso y llameante pelo rojo. Con los ojos aún cerrados, la alta muchacha estiró las largas piernas en la silla donde había estado dormitando y bostezó adormilada, girando la columna de un lado a otro para librarse de las contracturas. Con ese movimiento, la espada que tenía en el regazo cayó con estrépito al suelo. Abrió los ojos de golpe y entonces recordó dónde estaba. ¿Cómo podía haberse quedado dormida? Se levantó de un salto de la silla y de dos zancadas llegó a la cama donde yacían dos cuerpos inmóviles, tal y como los había dejado la noche antes.

Se arrodilló y besó la frente de la mujer más menuda que yacía en la cama. Mi reina, lo siento tanto. Luego contempló la cara de la mujer más alta, arreglando con cuidado un mechón suelto del largo pelo negro. Involuntariamente, una lágrima bajó despacio por la mejilla de Amarice, que se la secó con descuido. Tenía el corazón desolado por la pérdida de estas dos mujeres que la terca amazona había reconocido de mala gana y demasiado tarde como sus amigas. Había viajado con Xena y Gabrielle sólo unas pocas semanas, pero se sentía más parte de ellas que de la Nación Amazona que creía haber dejado atrás. Podría haber aprendido tanto, de las dos. Demasiado tarde. ¿O no?

Se dirigió a la puerta de la pequeña habitación, la abrió y miró fuera. Dos atentas centinelas amazonas, vestidas de cuero y con armadura completa y cargadas con varios tipos de armas entre las dos, hacían guardia a cada lado de la puerta. Dos amazonas más dormían en unos jergones en el suelo del pasillo, esperando a que les llegara el turno de relevar a las guardias actuales. Amarice sabía que había otra media docena de amazonas abajo en la sala principal de la posada. Creen que he perdido la cabeza, pensó. Tal vez sí. Las dos guardias la miraron en silencio, saludándola con una breve inclinación de cabeza.

Tras el asesinato de César ocurrido ayer, y con la incertidumbre sobre lo que iba a ocurrir con los gobiernos griego y romano y la cercanía de la fortaleza romana ahora abandonada al pie de la montaña, el posadero y casi todos los habitantes del pueblo habían emprendido la huida. En medio del caos, algunas amazonas organizaron un puesto avanzado improvisado en la posada, pensando que sería una buena base desde donde operar mientras intentaban rescatar a la reina y a Amarice. Amarice suspiró. ¿Podrían haber cambiado algo, aunque hubieran llegado antes? Si Xena no pudo rescatarse a sí misma y a la reina, bueno, probablemente nadie podría haberlo hecho.

Sorprendentemente, dada la deserción en masa del ejército romano, nadie había asaltado la posada ni había saqueado siquiera el pueblo en busca de botín. Los pocos soldados que habían pasado por allí se movían deprisa, mirando de un lado a otro, con el miedo claramente dibujado en el rostro y todos los músculos en tensión. Se limitaban a pedir pan y agua y luego se alejaban a toda prisa. Bueno, reflexionó Amarice, supongo que la perspectiva de casi una docena de amazonas vestidas de cuero y armadas disuadiría a cualquiera de la idea de hacer daño a la posada o a sus habitantes. Nadie salvo un puñado de amazonas sabía que la posada alojaba el cuerpo de una princesa guerrera a cuya cabeza César había puesto un precio de seis millones de dinares, viva o muerta, para lo que ahora pudiera valer esa oferta.

—¿Alguna noticia de Eli o de Joxer? —preguntó a las guardias.

—Nos han notificado de los puestos avanzados más lejanos que Eli estaba a medio camino de Atenas cuando lo alcanzaron —contestó Rebina, la más alta de las dos guardias—. Se cree que está volviendo aquí. Nadie sabe nada de Joxer. La regente también está de camino.

—Avisadme en cuanto se sepa algo nuevo —dijo Amarice con impaciencia y volvió a meterse en la habitación. Maldición. Tiene que lograr llegar aquí. Es nuestra única esperanza. Sé que las demás creen que estoy loca, pero lo que vi... Efectivamente, lo que había visto.

Los tres días en la prisión romana improvisada fueron una pesadilla. No tanto por el tratamiento recibido como por los interminables martillazos que se oían fuera. Las cruces. Ninguno de ellos se creía que fueran para una banda de piratas capturados que iban a traer. Cualquiera en su sano juicio sabía que esas cruces eran para ellos. Amarice aparentaba valor, pero por dentro se sentía aterrorizada, apenas capaz de pensar o respirar.

Tragó y cerró los ojos, tratando de ahuyentar todas las imágenes y los sonidos que todavía retumbaban en su cabeza, pero no lo logró.

Gabrielle no había dejado de creer ni por un momento que Xena iba a presentarse para rescatarlos. Su fe en la guerrera era absoluta e inquebrantable. Amarice no estaba tan segura y en realidad echaba la culpa a Gabrielle, la "reina" amazona, de su difícil situación. Si no hubiéramos estado en medio de una panda de imbéciles desarmados amantes de la paz, si nuestra reinita hubiera estado armada, podríamos haber hecho algo contra esos soldados romanos. Mira de lo que les ha servido tanto hablar de amor. Eso era lo que Amarice pensaba en aquel momento.

Aunque probablemente Gabrielle le había salvado la vida después de que ella intentara eliminar a algunos de los soldados, Amarice seguía sintiendo muy poco respeto por la bardo como persona y mucho menos como dirigente de la Nación Amazona. La molesta rubita había tenido incluso el valor de encerrarla en una celda de la cárcel amazona, por amor de Artemisa, y todo por comportarse como una auténtica guerrera amazona. Si la bardo de Potedaia no hubiera sido reina de las amazonas, Amarice la habría eliminado sin más y ahí habría acabado todo. Puede que sea la reina por derecho de sucesión, pero desde luego que no lo es por nacimiento o valor, y no es en absoluto una guerrera amazona, había pensado Amarice. Poco se imaginaba que unas semanas más tarde la reina y ella acabarían juntas en una celda romana. No comprendía qué habían visto Ephiny y Solari en la pacífica mujer rubia.

La cara de Amarice se ensombreció. Ephiny y Solari. Cuántas amazonas muertas. Costaba pensar siquiera en todo ello, era demasiado triste y demasiado abrumador. Habían ocurrido tantas cosas. Bruto había matado a Ephiny, la anterior regente amazona, y Amarice intentó acabar con él, pero Xena se lo impidió. Y Gabrielle. Por eso la había encerrado Gabrielle temporalmente. Si Amarice conseguía alguna vez echarle mano al cuello a Bruto, se lo rompería sin más, o mejor aún, le cortaría la cabeza de una estocada y la colgaría de la muralla de la aldea amazona. Amarice no creería gran cosa en Gabrielle, pero a Ephiny prácticamente la había adorado. Ephiny era valiente, una gran guerrera y una gran dirigente en ausencia de Gabrielle. Era resistente como ella sola. ¡Por los dioses, si la mujer había parido a un maldito centauro!

En los labios de Amarice se dibujó una sonrisa triste. Xenan. Ephiny había puesto ese nombre a su hijo por la princesa guerrera, que ahora yacía inerte en la cama delante de ella. Xena trajo al mundo a Xenan durante la guerra de Tesalia que arrebató la vida al centauro Fantes, su padre. Y ahora la guerra de César había arrebatado la vida a su madre también. Xenan casi no había conseguido llegar a la aldea amazona para presentar sus respetos ante la pira funeraria de Ephiny antes de desaparecer en las colinas con el resto de los centauros, intentando escapar de las tropas de César. Pobre Xenan. Ahora era huérfano. ¿Qué sería del joven centauro al saber que también había perdido a Xena y a Gabrielle? Las consideraba sus tías. Solan, el hijo muerto de Xena, había sido el compañero de juegos de Xenan.

Amarice volvió a arrodillarse junto a la cama, tocó la piel fría del brazo de Gabrielle y soltó un pequeño y tembloroso sollozo, recordando aquel día en la celda. ¿Había sido sólo ayer?

Amarice resopló con desprecio y puso los ojos en blanco cuando Eli y Gabrielle se sentaron cara a cara en la celda fría y húmeda, hablando de vaciarse para convertirse en perfectos recipientes del amor. Por Artemisa, que están a punto de crucificarnos. Estúpidos. El amor es una farsa. Sólo los fuertes sobreviven. Sois una panda de débiles idiotas.

Así y todo, lo que vio hacer a Eli... O puestos a ello, lo que vio hacer a Gabrielle...

Justo cuando Amarice pensaba que estaba condenada a morir en una cruz romana y no como una valiente guerrera amazona, la puerta de la pequeña prisión se abrió de golpe y la figura alta y oscura de Xena entró de un salto en la estancia, apartó a golpes a dos soldados y agarró las llaves de la celda donde estaban encerrados. Amarice percibió el alivio silencioso en la cara de Gabrielle y notó algo más en la cara de la guerrera. Alivio mezclado con amor y miedo. Xena agarró a la reina, la abrazó con ferocidad y dijo: "Esa visión no se va a cumplir".

Oh, Xena, pensé que estabas loca cuando me contaste lo de la visión cuando nos dirigíamos a los muelles para coger el barco para Atenas. Qué pragmática soy. Lo que pueden cambiar las cosas en un día. Amarice suspiró.

Tras la breve reunión con Gabrielle, Xena descargó la espada contra los grilletes que sujetaban a Amarice y Eli y los sacó a todos de la celda. Estaban cruzando el patio hacia las puertas cuando los soldados cayeron sobre ellos por todas partes, y de repente Xena se transformó en la oscura princesa guerrera e hizo lo que siempre hacía, haciendo volar la espada, elevando el cuerpo por encima de sus adversarios y pegando patadas a diestra y siniestra, enfrentándose a diez hombres a la vez.

Amarice se unió también a la batalla y por el rabillo del ojo vio a la molesta reina allí parada, mirando. Ella y su maldito camino de la paz van a conseguir que la maten algún día. Mientras Amarice pensaba esto, Gabrielle vio una vía abierta para llegar a la puerta.

—¡Salid, ahora! —gritó a Amarice y los demás. Con una estocada final, Amarice siguió a Eli y a sus discípulos fuera de la fortaleza y echaron a correr por el camino.

Había avanzado dos pasos cuando se dio cuenta de que Gabrielle no estaba con ellos. ¿Por qué no está con nosotros? Debe de estar esperando a que Xena acabe con todos ellos. Maldita sea. Si no vuelvo y recupero a la reina, las amazonas no me lo perdonarán jamás. De mala gana, Amarice dio media vuelta.

Todavía se oían los ruidos del combate allí dentro y trepó a lo alto de una colina cubierta de rocas que daba a un lado de la fortaleza para hacerse una idea de la situación. Agazapada detrás de un peñasco, contempló el sangriento combate que se estaba desarrollando debajo y observó hipnotizada la capacidad de lucha de Xena. Parecía que la guerrera tenía las cosas casi controladas, a juzgar por los diversos cuerpos que yacían inmóviles por el patio, y asestó con limpieza otra patada tremenda a un desgraciado soldado más.

Entonces, ante su horror, el chakram de Xena llegó volando sin saberse de dónde y golpeó a Xena en la espalda con tal fuerza que se rompió y cayó en dos pedazos al suelo cubierto de nieve. A la guerrera se le doblaron las piernas, dejó caer la espada y su cuerpo se desplomó en el suelo con un golpe sonoro, pero seguía con los ojos abiertos, parpadeando, llenos de desconcierto y miedo. Un soldado corrió hacia el cuerpo inmóvil de Xena, con la espada alzada por encima de la cabeza para acabar con ella, y de repente Amarice oyó un grito primitivo, a medias sollozo y a medias aullido, y una lanza voló por el patio y atravesó el pecho del soldado, abatiéndolo justo cuando llegaba a la guerrera. Amarice buscó el origen de la lanza y allí estaba Gabrielle, con los puños apretados, pero sólo durante medio segundo.

Con la cara llena de rabia, la reina amante de la paz recogió la espada de Xena del suelo y se puso a luchar y a acuchillar y a destripar a más de media docena de soldados, sin dejar de gritarle a Xena que se levantara. La guerrera no hacía más que alzar el cuerpo sobre los brazos, pero por algún motivo no se ponía en pie. Xena no dejaba de gritar "No, Gabrielle", mientras Gabrielle continuaba con la carnicería.

Un soldado consiguió por fin desarmar a Gabrielle, momento en el que la reina amazona agachó la cabeza y arremetió contra el soldado con todas sus fuerzas, estampándolo contra el suelo. Se sentó a horcajadas sobre él y lo golpeó varias veces en la cara con la cabeza y luego agarró un puñal que el soldado llevaba al cinto y lo acuchilló ciegamente una y otra vez. Entonces Gabrielle levantó el cuchillo, se quedó mirándolo largo rato y luego dejó caer el arma manchada de sangre como si la sujetara una mano que no era la suya. Llegaron los soldados y se llevaron a Xena y a Gabrielle de nuevo al interior de la prisión donde estaban las celdas.

Amarice se sentó detrás del peñasco, completamente oculta, e intentó asimilar lo que acababa de ver. ¿Ésa era Gabrielle? Ciertamente no era la misma cobarde de palabras melosas y amante de la paz que Amarice creía que era. ¿De dónde había salido eso? La reina amazona de repente se había ganado el mayor respeto de Amarice. Reflexionó sobre toda la escena, sentada en la nieve con la espalda apoyada en la fría piedra, tratando de encontrarle el sentido.

La alta y estoica pelirroja no comprendía en absoluto a su reina, pero había visto el amor por Gabrielle en la cara de Xena. "Lo que Gabrielle quiere, lo consigue", había dicho Xena en los muelles pocos días antes. ¿Podía ser que Gabrielle quisiera igual a Xena? ¿Por qué si no iba a seguir una pacífica e introspectiva bardo de Potedaia a la princesa guerrera por Grecia, Britania, Chin, India y vuelta? Eran totalmente opuestas. ¿O no? ¿Por qué se quedó atrás en lugar de salvarse cuando tenía la oportunidad? Amarice había oído historias sobre las cosas por las que habían pasado las dos mujeres. Cosas oscuras y terribles, cosas maravillosas y misteriosas, y todavía seguían juntas. Se decía que ambas habían muerto y vuelto la una por la otra en más de una ocasión. Debe de ser amor, decidió por fin. Sea lo que sea el amor.

Bueno, amor o no, tenía que ver qué hacer. Y no había nadie que pudiera ayudarla. Y demasiados soldados para intentar enfrentarse sola a ellos. ¿Debía esperar y observar o debía correr en busca de ayuda? ¿Dónde iría? La aldea amazona estaba a medio día de distancia y ella no conocía en absoluto esta parte de la región. Tal vez Xena volvería a estar a la altura y conseguiría salir de allí con Gabrielle.

Amarice decidió esperar a ver qué ocurría. Tenía la vaga sospecha de que de algún modo, Bruto volvería y dejaría libres a las dos prisioneras. Por mucho que lo odiara por matar a Ephiny, tenía que reconocer que parecía sentir debilidad por Gabrielle. Lo cierto era que perdonó a Amarice cuando Gabrielle le recordó que ella misma se había apiadado de él en una ocasión. Tenía una deuda con Gabrielle. Y seguía a César, pero no parecía creer en César. Amarice olía su miedo.

Amarice apoyó la cabeza en los brazos, cruzados encima de las rodillas dobladas, e intentó descansar, al darse cuenta de lo agotada que estaba, y mantuvo un oído aguzado por si oía alguna actividad abajo en el patio.

Amarice volvió por un momento al presente, cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Eli? —Se levantó de un salto y abrió la puerta de golpe.

—No —contestó la voz de Rebina—, te traigo algo de comer.

—No tengo hambre —musitó Amarice, dejándose caer de nuevo al suelo junto a la cama y apoyando la frente en el brazo, que a su vez tenía apoyado en la cama junto a Gabrielle.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste? —preguntó Rebina amablemente.

Amarice lo pensó un momento. ¿Cuándo fue la última vez que había comido? ¿Anoche? No. ¿Ayer a la hora de comer? No. De repente se dio cuenta de que lo último que había comido era un poco de pan, queso y fruta que Eli les ofreció a ella y a Gabrielle cuando estaban sentadas con él en el prado antes de ser capturados. Y eso no duró gran cosa, pensó irónicamente. Eli, ¿dónde estás?

—Gracias, Rebina. —Levantó la vista y trató de sonreír. Cogió un trozo de pan de la bandeja, lo mordisqueó e intentó tragárselo con un sorbo de sidra de una jarra alta de cerámica.

Rebina dejó la bandeja en una mesa baja junto a la cama.

—Amarice —dijo titubeando—, aunque Eli consiga llegar aquí, ¿qué puede hacer? ¿De verdad puede hacer lo que has dicho? Y aunque pueda, ¿qué puede hacer por dos personas que llevan muertas casi veinticuatro marcas?

—Basta, basta ya —dijo Amarice ásperamente—. Tengo que creer que puede ayudar. ¿Es que no lo entiendes? —Se levantó y se puso a acariciar el corto pelo rubio de Gabrielle. Oh, mi reina, no me había dado cuenta de todo el valor que había dentro de ese corazón tuyo. ¿Podría haber cambiado algo si hubiera ido en busca de ayuda en lugar de quedarme sentada como una cobarde detrás de aquella roca?

El fuerte estampido de una puerta sobresaltó a Amarice cuando se había quedado adormilada. Volvió a atisbar desde detrás del peñasco y soltó una exclamación sofocada e involuntaria. Había dos cruces de madera en medio del patio. Gabrielle caminaba hacia ellas, rodeada de soldados, y dos soldados más arrastraban a Xena, que llevaba las piernas colgando detrás, sin vida. Gabrielle echó una rápida mirada a Xena y luego clavó la vista al frente, pero la guerrera no apartaba los ojos de Gabrielle ni por un momento. Xena debía de haberse quedado paralizada por el golpe del chakram. Por eso no se levantó, dedujo Amarice. Observó mientras ataban a Gabrielle y a Xena a las cruces, la una al lado de la otra, con el cuerpo magullado y amoratado. Seguro que les han dado una paliza, pensó furiosa.

Amarice no oía lo que se estaban diciendo la una a la otra, sólo veía que se miraban y que sus labios se movían, Xena con angustia y amor en la cara, mientras que Gabrielle sólo mostraba un amor firme y valor. A Amarice se le revolvieron las tripas al ver que uno de los soldados cogía un clavo largo y lo colocaba sobre la mano presa de Gabrielle, la mano más cercana a Xena. Cuando el soldado levantó el mazo para asestar el primer golpe, Gabrielle apartó la mirada de Xena y miró hacia arriba. Cuando el mazo entró en contacto con el clavo, Gabrielle sólo se estremeció, apretando la mandíbula, sin hacer el menor ruido. Fue Xena, que miraba impotente, quien se estremeció violentamente y emitió el grito de dolor más lastimero y angustiado que Amarice había oído jamás, mientras la guerrera veía cómo los soldados violaban las manos y los tobillos de Gabrielle con los clavos.

En ese momento, Amarice se cubrió de un sudor frío y apartó la mirada, mientras el soldado acababa con Gabrielle y se trasladaba hasta Xena. Oyó el ruido de la madera al golpear el metal, oyó los gritos de agonía de la guerrera, mezclados con gritos de "Gabrielle, Gabrielle". Amarice oyó los golpes cuando alzaron las cruces y luego las dejaron caer en dos agujeros cavados en el suelo. Luego los soldados se alejaron y Amarice volvió a mirar para ver a las dos mujeres, con los ojos cerrados y la cabeza caída, pero el pecho esforzándose aún en silencio por respirar.

Amarice no sabía cuántas marcas pasó allí sentada, viendo sufrir a sus dos nuevas amigas. Había oído que la crucifixión era una muerte lenta y dolorosa y que las víctimas en realidad morían ahogadas, incapaces de mantener la fuerza necesaria para levantar el pecho y coger aire. Notó que se le bloqueaba la mandíbula y se le acumulaba saliva debajo de la lengua, y se le revolvieron las tripas de nuevo cuando la acometió una oleada de náuseas. Se agachó detrás del peñasco pero de su pobre estómago vacío sólo salieron arcadas secas.

Mientras veía morir a sus amigas, intentó dilucidar cómo podría al menos rescatar sus cuerpos. Eso era algo que les debía. Gabrielle merecía una pira funeraria amazona como era debido. Al final, la reina había demostrado ser una valiente guerrera. En cuanto a Xena, Amarice pensó que la llevaría con su familia. Anfípolis era su pueblo natal, si no recordaba mal.

Examinó el patio, buscando cualquier abertura, cualquier punto débil que pudiera permitirle introducirse en la fortaleza. Maldición. La puerta parecía ser la única forma de entrar o salir. A fin de cuentas, era una fortaleza romana armada. No iban a poner un millón de puertas y ventanas en el sitio. ¿Qué hacer?

El ruido de los cascos de un caballo que se acercaba a toda velocidad desvió su atención del patio. Un soldado romano venía al galope a lomos de un caballo negro cubierto de sudor y el vapor se alzaba del pelaje del esbelto animal en el gélido aire de nieve. El soldado gritó a la entrada y dos soldados más abrieron las grandes puertas desde dentro para dejarlo pasar. El hombre saltó del caballo y se golpeó el pecho con el puño y luego estiró el brazo hacia delante, con el puño cerrado, saludando al estilo del ejército romano. Los otros soldados le devolvieron el saludo.

—¡César ha sido asesinado! —dijo el jinete solitario, inclinándose y apoyando las manos en las rodillas, jadeante—. El gobierno es un caos y se dice que Bruto se va a hacer con el mando. Se rumorea que todos los soldados leales a César pueden ser ejecutados. Será mejor que volváis a Atenas, donde se encuentra Bruto, y empecéis a besarle el culo todo lo que podáis —terminó el soldado, que volvió a montarse en el caballo y salió al galope por la puerta rumbo a Atenas.

Mientras Amarice digería esta información, la fortaleza estalló en actividad: los soldados recogían a toda prisa sus pertenencias y se montaban en los caballos, saliendo disparados por el camino hacia Atenas. ¿César muerto? Un día demasiado tarde, pensó con amargura y volvió a mirar las dos figuras ahora inmóviles que, en medio del caos, habían sido abandonadas colgadas de las cruces. Supongo que la recompensa de seis millones de dinares por el cuerpo de Xena no significa nada para ellos si la persona que ha ofrecido la recompensa está muerta, pensó gravemente.

Al cabo de tal vez media marca, Amarice percibió que la fortaleza estaba vacía y se dio cuenta de que con las prisas, los soldados ni siquiera se habían molestado en cerrar las puertas tras ellos. Saltó de su atalaya, dobló la esquina del muro y simplemente entró en la fortaleza y llegó al pie de las dos cruces. Así, sin más.

No recordaba haber encontrado el hacha ni haber talado las cruces. No recordaba haber quitado con cuidado los cuerpos de las cruces. No recordaba haber encontrado el pequeño carro y el burro que habían sido abandonados por los soldados en fuga. No recordaba haber cargado los cuerpos en el carro, sin la menor idea de dónde los iba a llevar para ponerlos a buen recaudo. Estaba en pleno estado de lógica, sin permitirse sentir nada.

Entonces se acordó de Eli. ¿Era de verdad? Lo había visto curar a aquel hombre que no podía caminar. ¿Eso fue genuino o un truco para atraer más discípulos como seguidores? ¿Podría ayudar a Xena y Gabrielle? Con un gesto de asentimiento imperceptible, su cara adoptó una expresión de determinación. Llevaría los cuerpos a las amazonas para que los protegieran y encontraría a Eli. Tiró de la cuerda que había atado al plácido burro y emprendió el camino hacia el territorio de las amazonas. Apenas llevaba recorridos cien metros cuando se topó nada menos que con el torpe e idiota de Joxer.

Joxer la vio y se acercó corriendo.

—Amarice, ¿eres tú? Las amazonas vienen de camino para rescataros a ti y a Gabrielle. ¿Cómo has conseguido salir? ¿Dónde está Gabrielle? ¿Ha venido Xena? —Las palabras le salían a borbotones.

Ella se limitó a mirar con tristeza al suelo y sin decir palabra lo llevó a la parte de atrás del carro, levantó la cubierta de arpillera manchada de sangre y señaló con un gesto los dos cuerpos inertes que había debajo. Joxer se quedó mirando boquiabierto los dos cuerpos durante un largo momento y luego cayó de rodillas en la nieve sucia y se echó a llorar en silencio. No era ningún secreto que había estado totalmente enamorado de Gabrielle, aunque ésta no le hubiera correspondido con nada más que una amistad platónica. En cuanto a Xena, Joxer había emulado a la guerrera.

—Joxer, ¿te acuerdas de Eli? —le preguntó Amarice con amabilidad.

—Bueno, no lo conozco. —Joxer levantó la mirada con los ojos húmedos y enrojecidos—. Pero sé quién es. Gabrielle hablaba de él a menudo. —Joxer sabía que la bardo había cambiado al volver de la India. Eli había dado un nuevo significado a su vida, un nuevo camino para su vida. El camino del amor.

—Joxer, necesito que tomes el camino de Atenas y que lo encuentres —dijo ella, agarrando por los hombros al hombre que seguía de rodillas—. Yo voy a buscar a las amazonas para ver si me pueden ayudar a guardar los cuerpos hasta que Eli consiga volver aquí.

—Las amazonas están estableciendo una base en una posada que hay pasada esa próxima colina —señaló Joxer—. ¿Pero por qué necesitas a Eli?

—Joxer, es difícil de explicar, pero creo que es todo lo que Gabrielle decía que era. Le he visto hacer... cosas... —Se le apagó la voz con una mirada distraída en los ojos—. Joxer, curó a un hombre que no podía caminar. Si alguien puede hacer un milagro, es él —terminó.

Joxer la miró con desconcierto y luego con creciente comprensión.

—¿De verdad crees...? —Titubeó.

—¡Sí! —dijo ella, interrumpiéndolo—. Ahora ve, todo lo deprisa que puedas, y dile que venga a la posada. Joxer, tú eres la única esperanza que me queda, la única esperanza que les queda a ellas.

Joxer por fin vio una manera de hacer algo por la guerrera y la bardo. Una forma auténtica de devolverles algo. Se inclinó sobre el carro, se besó los dedos, los apretó sobre los labios de Gabrielle y luego se dio la vuelta y salió corriendo, por una vez sin tropezar con sus propios pies.

Ya era tarde cuando Amarice y Joxer emprendieron caminos diferentes y el sol empezaba a ponerse, creando largas sombras de los árboles que bordeaban el camino, mientras Amarice se dirigía a la posada. Tenía frío y temblaba, deseando contar con un manto. La ropa tradicional de las amazonas no tapaba gran cosa. Se acercó un poco más al burro, con la esperanza de aprovechar el calor corporal del resistente animal. Por fin pasó la colina y bajó por la última parte del camino que llevaba a la posada. Hizo la señal de paz a la vigía amazona apostada en un árbol, alzando los dos brazos por encima de la cabeza y juntando los puños. De inmediato, el arrullo de una paloma se fue repitiendo de árbol en árbol hasta la posada, anunciando su inminente llegada. Gracias exclusivamente a su fuerza de voluntad, pues sus reservas físicas estaban totalmente agotadas, subió los escalones de la posada, emitiendo ella misma el arrullo de la paloma, que fue contestado, y la puerta de la posada se abrió. Cruzó el umbral tambaleándose y señaló el carro.

—Subidlas a una habitación y poned guardia en la puerta. Ya viene alguien para ayudar. Y por los dioses, lavadlas, quitadles esos andrajos de arpillera llenos de sangre y vestidlas con otra cosa. Y que alguien lleve a ese pobre burro al establo y le dé algo de heno para comer. —Se desplomó junto a una mesa dentro de la posada y sin decir nada cogió el odre de agua que le ofrecía Loisha, una joven amazona.

—Son Xena y la reina —exclamó llorosa Loisha, que se había acercado al carro—. ¡Están muertas! Amarice, ¿por qué las tenemos que poner en una habitación? ¿Qué clase de ayuda puede estar de camino?

—Cállate y haz lo que he dicho —espetó Amarice agotada.

Loisha la miró como si hubiera tomado beleño y llamó a Rebina para que la ayudara a subir los dos cuerpos sin vida hasta una habitación. Amarice intentó explicar lo de Eli, pero las pragmáticas amazonas no lo entendían. Temiendo que desobedecieran su decisión, estuvo toda la noche sentada junto a la cama, negándose a abandonar a sus amigas mientras todavía hubiera esperanza para ellas.

Amarice se apartó del lado de la cama donde estaba Gabrielle y se acercó al lado donde yacía Xena. Yo quería ser como tú. Quería aprender a luchar como tú. Creía que lo tuyo era sólo hacer la guerra, luchar, tramar y obtener la gloria. Pero a pesar de tu visión, viniste por nosotros. Por ella. Maldita seas, Xena, no tenías que morir aún. Te acababa de conocer. ¿Por qué no pudiste evitar que la visión se hiciera realidad? ¿Por qué? El cuerpo de Amarice se estremeció por los sollozos y al final se echó a llorar en voz alta, mientras todas las lágrimas que no había derramado le caían por la cara y su puño golpeaba el colchón. ¿Por qué no os salvé?

Volvieron a llamar a la puerta y Chilapa, la regente a cargo de las amazonas cuando Gabrielle estaba ausente de la aldea, entró en la habitación. Tras la muerte de Ephiny, Gabrielle había designado a Chilapa para que se encargara del funcionamiento diario de la aldea amazona mientras ella continuaba sus viajes con la princesa guerrera.

—Amarice, he venido lo más deprisa que he podido —dijo la mujer de piel oscura. Amarice, que se había quedado dormida durante varias marcas, se levantó y la abrazó sin decir palabra, con el cuerpo estremecido por nuevos sollozos. Al cabo de un momento se serenó, se acercó a la ventana y miró fuera, temblando al ver el Monte Amaro a lo lejos.

La regente se acercó a la cama y contempló con tristeza a Gabrielle y Xena. Luego se volvió y se quedó mirando largo rato la espalda de Amarice, notando el porte decidido de la pelirroja.

—Me he enterado de lo que ha pasado —dijo suavemente—. Debe de haber sido algo horrible de ver.

—Más horrible de lo que puedas imaginarte jamás —replicó Amarice, sin dejar de mirar por la ventana, aunque sus ojos realmente no veían nada ahí fuera.

—Amarice, Gabrielle no te daría su derecho de sucesión a ti ni a nadie más, ¿verdad? —preguntó Chilapa delicadamente.

—No, y no va a ser necesario —dijo Amarice tajantemente—. Eli las va a traer de vuelta.

—Amarice. —La voz se volvió más delicada, Chilapa cruzó la habitación y le puso titubeando una mano en el hombro—. Sé que estás desolada y que probablemente sientes que de alguna manera eres responsable, pero no lo eres. Desgraciadamente, Gabrielle se ha ido, Amarice, está muerta. Tenemos que empezar a organizar su pira funeraria y nombrar a una nueva reina como sucesora. No podemos dejar a la Nación Amazona sin dirigente durante mucho tiempo, especialmente con el caos que hay en estos momentos ahí fuera.

—¡No! —Amarice apartó bruscamente la mano de su hombro y se puso a dar vueltas por la habitación—. Tú no has visto lo que he visto yo. —La mirada distante volvió a sus ojos—. Por favor, Chilapa, no te rindas hasta que él llegue y le demos al menos una oportunidad. Puede hacer milagros.

—Bueno. —La regente se mordisqueó el labio inferior pensativa. ¿Qué mal puede hacer un día más? Eso era lo que tardarían en recoger y volver a la aldea amazona. Además, las cosas ahí fuera todavía no eran seguras—. Vale, por ahora —se limitó a decir.

—Gracias —susurró Amarice.

Chilapa alargó la mano y apartó un mechón enredado de pelo rojo de los ojos de Amarice y volvió a estrecharla en un abrazo. Ambas mujeres lloraron en silencio a su reina perdida y a la valiente guerrera.

—Eran mis amigas —consiguió decir por fin Amarice, medio ahogada.

—Lo sé, lo sé, también eran las mías —dijo Chilapa, frotando suavemente la espalda de la muchacha más alta.

En ese momento, Rebina asomó la cabeza por la puerta y dijo con apremio:

—¡Viene Eli!


Joxer corrió por el camino nevado durante aproximadamente un kilómetro y medio antes de darse cuenta de que casi se había puesto el sol. Tenía que tomar una decisión. Acampar o seguir viajando en la oscuridad para encontrar a Eli. Se sentía tan... solo. A decir verdad, a pesar de lo mucho que se jactaba de ser un guerrero, en el fondo de su corazón sabía que las únicas ocasiones en que había tenido aventuras de verdad habían sido cuando estaba con Xena y Gabrielle. Ahora se habían ido, y se preguntaba si alguna vez volvería a vivir una aventura. De hecho, se preguntaba qué le pasaría al no tener a Xena para salvarlo cuando se metiera en problemas, cosa que, se reconoció irónicamente a sí mismo, le ocurría con frecuencia.

¿Qué haría Xena en esta situación? Pensó en todas las veces que Xena había renunciado al sueño y la comida para rescatarlos a él o a Gabrielle o a cualquier otra persona que la hubiera necesitado. La oscuridad le daba miedo, pero por una vez Xena lo necesitaba a él. Vale, Xena, por todo lo que has hecho por mí, espero poder hacer acopio de una pequeña parte de tu valor y fuerza para superar esta noche. Decidió seguir adelante. Si lo que Amarice decía era cierto, cuanto antes encontrara a Eli, mejor.

Decidió mantenerse pegado al borde del camino enfangado. Era casi imposible ocultar sus huellas en la nieve, pero tal vez en las sombras cercanas a los árboles sus pisadas serían menos llamativas. Sabía que había soldados romanos en el camino. Soldados romanos que no tenían a nadie que los dirigiera y que contaban con mucha energía acumulada. Antes de encontrar a Amarice ya había tenido que ponerse a cubierto varias veces para esconderse de ellos mientras pasaban. Era posible que no lo molestaran, pero no quería correr ningún riesgo. Si mantenía los ojos y los oídos abiertos, tal vez incluso en la oscuridad podría esconderse de los soldados antes de que lo vieran.

Se ciñó mejor las correas de su mochila y se arrebujó en su manto, intentando protegerse del frío creciente. Al principio se mantuvo al borde del camino, pero a medida que aumentaba la oscuridad se trasladó a la hilera de árboles, esquivando las ramas bajas desnudas por el invierno e intentando moverse tan sigilosamente como había observado hacer a Xena en muchas ocasiones. ¿Cómo lo hacía? Xena se movía tan silenciosa como una pantera y podía acercarse furtivamente a prácticamente cualquier persona o cosa. Joxer se sobresaltaba por cualquier sombra, cualquier grito de lechuza, cualquier ruido deslizante que oía. La mitad de las veces se daba cuenta avergonzado de que los ruidos que oía eran sus propios pies torpes al quebrar ramitas y remover hojas secas. La verdad es que soy un auténtico cobarde, francamente, se reprochó a sí mismo. Xena nunca habría tenido miedo de la música nocturna, como la llamaba Gabrielle, a su estilo bárdico.

Gabrielle. Sonrió al recordar el día en que debido a las errantes flechas robadas del travieso Eros, hijo de Cupido, Gabrielle se enamoró de él. De él. Ella se echó a reír cuando se solucionó el hechizo de las flechas, sin darse cuenta del daño que le estaba haciendo, aunque en los ojos de Xena vio que la guerrera comprendía su dolor. Con todo, a partir de aquel día supo que estaba enamorado de Gabrielle. Con la misma certeza, supo que su amor jamás sería correspondido.

Se había consolado viajando con la bardo y la guerrera, dispuesto a aprender todo lo posible y a vivir todas las aventuras que pudiera gracias a eso. Además, lo cierto era que no tenía nada mejor que hacer. Y admitía que las seguía para continuar cerca de Gabrielle, satisfecho simplemente con estar en su presencia y contemplar la elegante belleza de sus movimientos cuando ella no miraba. Antes de que Gabrielle renunciara a la lucha, su habilidad con la vara de combate amazona era pura poesía en movimiento. Joxer practicaba el arte de la espada y de la vara cuando estaba solo, pero no conseguía dominar los movimientos que Xena y Gabrielle habían perfeccionado tras horas de entrenamiento.

Joxer dedicaba a la bardo toda la atención que podía y que ella toleraba, pero con frecuencia daba la impresión de que ella no hacía caso o ni siquiera se daba cuenta de su afecto. Era extraño, reflexionó Joxer, pero Gabrielle no parecía hacer jamás el menor caso a los hombres que se encontraban en sus viajes, por lo menos en el sentido romántico. Sabía lo de Pérdicas, el marido muerto de Gabrielle, y se preguntaba si tras la desolación de perder a Pérdicas, Gabrielle se había negado a correr el riesgo de volver a sufrir de esa manera. Una vez le preguntó a Xena si Gabrielle había amado a algún hombre aparte de Pérdicas y la guerrera le echó una mirada misteriosa y risueña. Luego le contó unas cuantas historias sobre algunos de los hombres que le habían gustado a Gabrielle durante los primeros tiempos de sus viajes juntas. Irónicamente, casi todos esos hombres ahora estaban muertos.

Joxer sabía que en la vida de Xena no había habido mucho romance, por no decir nada, desde que la conocía. Pensó que a medida que pasaba el tiempo, parecía que Gabrielle y Xena se habían convertido la una para la otra en el eje central de sus vidas, especialmente cuando volvieron de la India. A partir de entonces, Xena y Gabrielle parecían absortas la una en la otra. Las miradas silenciosas, las pequeñas caricias, las bromas privadas no pasaban desapercibidas a los ojos de Joxer. No era posible negar que la relación de las dos mujeres iba más allá de la mera amistad. Pero no era fácil saber hasta dónde llegaba. Ni siquiera estaba seguro de que fueran conscientes de la química que había entre ellas y que era tan evidente para él. A veces se sentía muy solo en su presencia, casi como si estuviera invadiendo algo personal y privado.

Pasaron varias marcas y Joxer empezaba a sentirse cansado y hambriento. Tenía los ojos irritados de observar constantemente la oscuridad que tenía delante, intentando esquivar obstáculos y mantenerse alerta ante cualquier peligro. Oyó un chisporroteo y se detuvo, con la frente cubierta de un ligero sudor de miedo. El ruido procedía del bosque a su derecha. Ahora también detectaba el olor a madera quemada. Ah, una hoguera. También percibió el delicado aroma a carne asada y el estómago le dio un vuelco, rugiendo sonoramente. Se debatió entre la huida silenciosa y el creciente agotamiento que sentía. La necesidad de su cuerpo de descanso y alimento acabó imponiéndose y decidió acercarse con sigilo para ver quién era. Tal vez fuese alguien amable. Tal vez compartiera lo que tenía.

Con el mayor sigilo posible, se acercó hacia el ruido hasta situarse detrás de un gran peñasco debajo de un afloramiento de rocas que sobresalía en la ladera de una pequeña colina. Se agazapó y miró al otro lado del peñasco. Había varias personas sentadas alrededor de la hoguera, sin hablar, simplemente mirándola. Algunos parecían estar comiendo los restos de una comida. Otros estaban dormidos envueltos en diversas mantas y pieles, todos ellos cerca del calor de la acogedora hoguera.

Un hombre de largo pelo oscuro estaba sentado aparte del resto del grupo en un tronco, de espaldas al peñasco. Ante la sorpresa de Joxer, el hombre dijo:

—Sal de detrás de la roca. No te vamos a hacer daño.

Joxer no hizo el menor ruido y siguió oculto en las sombras, examinando al grupo más atentamente, y se dio cuenta de que ninguno de ellos parecía llevar un arma. ¿Qué clase de gente acampa de noche sin armas, especialmente teniendo en cuenta todo lo que ha pasado hoy? Recordó que Gabrielle había hablado de las enseñanzas de Eli sobre la no violencia. Miró más atentamente al hombre sentado en el tronco y vio que tenía barba. Gabrielle le había dicho que Eli tenía el pelo largo y oscuro y barba.

Joxer salió con cautela de detrás del peñasco, con la mano sobre la empuñadura de la espada.

—¿Eli? —preguntó vacilante, preparado para salir corriendo de ser necesario.

—Sí, soy yo —dijo el hombre y se volvió para mirar a Joxer. Sus ojos relucían al débil resplandor de la fogata e incluso en la penumbra su cara irradiaba paz.

Joxer apartó la mano de la empuñadura de la espada y se relajó, acercándose a donde estaba sentado Eli.

—Soy Joxer, un amigo de Xena y Gabrielle —dijo. O era amigo de Xena y Gabrielle, pensó en silencio.

Eli se levantó rápidamente del tronco y se acercó, extendiendo el brazo, que Joxer le estrechó.

—Cualquier amigo de Gabrielle es amigo mío —replicó Eli—. Por favor, siéntate con nosotros. ¿Has comido? Puedes compartir lo que tenemos. —Eli hizo un gesto señalando el tronco para que Joxer se sentara.

Joxer dejó caer su mochila y se sentó cansinamente con un suspiro. Uno de los hombres se levantó del otro lado de la hoguera, sirvió un guiso en un plato y se acercó para dárselo a Joxer. Éste aceptó el plato que le ofrecían sin decir nada y se puso a comer, sin saborear la comida, movido sólo por el convencimiento de que tenía hambre y necesitaba la fuerza que le daría el alimento.

—¿Te envía Xena? —preguntó Eli.

Joxer se quedó mirando su plato y dijo en voz baja:

—No, me envía Amarice.

—¿Amarice? —Eli se había preguntado qué había sido de la alta amazona pelirroja. Había desaparecido justo después de que escaparan de la fortaleza romana. No había comprendido en absoluto el camino que seguían Gabrielle y él mismo. ¿Por qué iba a buscarlo, a menos que...?—. ¿Dónde están Xena y Gabrielle? —preguntó Eli con evidente preocupación en el tono.

Joxer se volvió para mirarlo y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Eli lo miró un momento, tratando de interpretar el silencio. Algo va muy mal. Lo había notado todo el día. Después de huir de la prisión romana y de que Amarice hubiera desaparecido, Xena y Gabrielle no se habían presentado. Seguía esperando a que se reunieran con él, especialmente después de todo lo que habían pasado juntos. Gabrielle y él habían tenido muy poco tiempo para ponerse al día y la bardo estaba llena de preguntas y anécdotas. Tenía que reconocer que le encantaba escucharla tanto como le encantaba instruirla. Tenerla cerca era una alegría.

Cuando no aparecieron, albergó la esperanza de que simplemente hubieran decidido que tenían otros sitios a los que acudir, especialmente porque en el camino habían oído los rumores sobre el asesinato de César. Siguió esperando que no les hubiera pasado nada malo, pero no había conseguido desechar la sensación de inquietud que le llenaba el estómago.

—Joxer, dime, ¿dónde están Xena y Gabrielle? ¿Es que...?

—Xena y Gabrielle están muertas —dijo Joxer a duras penas.

Eli cerró los ojos un momento y no dijo nada en absoluto. Gabrielle. Estabas empezando a encontrar tu camino. Cuánto siento que tu viaje de autodescubrimiento haya sido tan corto. ¿Ha sido el camino de Xena, el camino del guerrero, tu ruina final, hija? Espero que ahora estés a salvo en los brazos amorosos de Abba, amiga mía, espero que por fin hayas encontrado el camino final de la paz y el amor.

Eli se acercó inconscientemente a Joxer y lo miró con los ojos relucientes. Puso la mano en el hombro de Joxer con un gesto de consuelo y tragó varias veces, buscando las palabras adecuadas.

—Joxer, tú las querías mucho, ¿verdad? —El avatar estudió la cara de Joxer buscando la confirmación y la encontró en la expresión atormentada y triste con que lo miraba.

—Yo... yo quería ser como Xena —dijo Joxer titubeando—. Me esforcé mucho por aprenderlo todo sobre cómo luchar, cómo ser noble, cómo tener valor.

—Has demostrado una gran nobleza y valor al venir a buscarme —le dijo Eli, decidiendo no comentar lo de la lucha, al menos por ahora. Se daba cuenta de que el desolado hombre tenía más que decir.

—Gabrielle —empezó Joxer y luego se detuvo y se le vino abajo la expresión—. Estaba enamorado de ella —terminó en un susurro.

Ahhh, la hermosa bardo se ganó otro corazón, pensó Eli. También tiene el mío, pensó con tristeza, aunque a otro nivel. Y la guerrera, ella también entregó su corazón a Gabrielle. Un corazón tan complicado y misterioso y sí, roto, que es un milagro que se lo pudiera entregar a nadie. Xena era una persona muy privada, y Eli sabía que sólo había arañado la superficie en la tarea de llegar a conocerla. Le había impresionado su instinto protector hacia Gabrielle y por fin se dio cuenta de que era porque en muchos sentidos, la guerrera necesitaba a la bardo mucho más de lo que Gabrielle necesitaba a Xena. Gabrielle hacía amigos y ganaba corazones fuera a donde fuese. Xena no tenía esa suerte, y Eli se daba cuenta de que al haber obtenido el cariño y la confianza de la bardo, no era probable que la guerrera renunciara a ello sin presentar batalla. De hecho, esta misma mañana temprano, la guerrera había cruzado Grecia a toda velocidad para intentar rescatar a Gabrielle y a todos los demás de esa prisión, incluso cuando sabía que iba derecha al lugar de la visión que tanto temía. Así que la visión debe de haberse hecho realidad.

—Joxer, por favor, cuéntame lo que ha pasado —pidió el avatar en voz baja.

Joxer consiguió contarle toda la historia a Eli, al menos todo lo que él sabía, y por fin dijo:

—Amarice me ha enviado a buscarte. Ha dicho que tal vez tú podrías... eeeh... bueno... ha dicho que te vio... —Se quedó callado. ¿A que parezco tonto de remate?, terminó en silencio por dentro.

—¿Curar a un hombre que no podía caminar? —Eli acabó la frase por él.

—Sí —dijo Joxer con alivio—. Parecía creer que podrías... ayudar también en este caso. —La mirada de Eli atravesó a Joxer y a pesar del calor del fuego, Joxer se estremeció. Esos ojos. Esa serenidad total. Había visto esa expresión en la cara de Gabrielle. Pensativo, preguntó—: ¿Puedes? Ayudar, me refiero.

Eli le apretó el hombro a Joxer ligeramente. Los propios ojos de Eli se llenaron ahora de lágrimas.

—Joxer, no lo sé. Abba me ha hecho el honor de ser su receptáculo para ayudar a muchos necesitados, tanto física como espiritualmente. Sin embargo, esto supera el campo de mi experiencia. Ven, por favor, vamos a acomodarte para pasar la noche. Yo pasaré el resto de la noche ayunando y meditando. Mañana iré a la posada y veré lo que depara Abba.

Uno de los discípulos de Eli encontró una manta de sobra para Joxer y otros reorganizaron sus propios petates para hacerle sitio junto al fuego. Joxer agradecía poder dormir al abrigo del viento junto al gran peñasco y por fin notó que el frío abandonaba su cuerpo gracias a la cálida fogata que tenía delante.

—Gracias —dijo escuetamente al hombre que le había traído la manta. Dejó la espada a su lado como le había enseñado Xena y cerró los ojos cansados, deseando sumirse en el sueño. Las imágenes de los dos cadáveres de sus amigas acudían a su mente sin parar, lo cual le imposibilitó dormir durante largo rato.

En cuanto a Eli, se dirigió al otro lado del peñasco y se sentó en el suelo blando, apoyando la espalda en la fría piedra. Contempló la luna llena y las estrellas parpadeantes. Sabía que a Gabrielle y a Xena les encantaba mirar las estrellas. Tal vez ahora estuvieran entre las estrellas, emitiendo su propia luz mágica. Tal vez ahora mismo lo estuvieran contemplando. Cerró los ojos y se vació. Abba, ¿puedo hacer algo en este caso? ¿Cuál es tu voluntad? Notó que lo invadía una sensación de paz. No sabía exactamente lo que acabaría revelándole Abba, sólo que debía ir a la posada y aguardar nuevas instrucciones.

Junto al fuego, Joxer se sumió en un sueño inquieto, a pesar de sí mismo. Había sido un día muy largo y triste. Gabrielle... muerta. Los sueños de Joxer estuvieron poblados por los hermosos ojos verdes y el bonito pelo rubio y corto que temía no volver a ver jamás. La sonriente cara bronceada de la bardo no dejaba de transformarse en los rasgos pálidos y magullados que Joxer había visto en la parte de atrás del carro en el camino. Junto al peñasco, un par de ojos relucientes siguieron contemplando pensativos las estrellas. Esta noche Eli no dormiría en absoluto.


Joxer se despertó despacio y se encontró totalmente cubierto por la manta. Sus sueños torturados sobre Gabrielle se habían convertido en pesadillas de imágenes difusas y violentas. Le dolían todos los músculos del cuerpo por dormir en el suelo frío y duro. La manta era mal colchón y estaba acostumbrado a las pieles más gruesas sobre las que dormía durante sus viajes con Xena y Gabrielle. Al despertarse del todo y atisbar desde debajo de la manta, se dio cuenta de que no todo había sido una pesadilla. Estaba de verdad acampado junto al fuego con los discípulos de Eli. Joxer suspiró. Eso quería decir que Xena y Gabrielle estaban muertas de verdad. Ésa, al menos, era la cruda realidad y no parte de los horribles sueños, como había esperado.

Amaneció y Eli despertó al resto del grupo. Decidió que debían recoger deprisa el campamento y comer por el camino, sin molestarse en avivar el fuego y tratar de cocinar algo. Eli quería llegar a la posada lo más pronto posible. Se repartieron raciones de campaña y el pequeño y desamparado grupo emprendió la marcha de vuelta por el camino que llevaba al Monte Amaro. El aire estaba helado, pero al salir el sol, la nieve del día anterior había empezado a derretirse, haciendo que el camino estuviera algo embarrado en algunos tramos. El grupo avanzaba en silencio, comiendo las raciones e intentando protegerse la cara de las ráfagas de viento. Joxer y Eli caminaban detrás del resto del grupo.

—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó titubeante Joxer a Eli, bajando la cabeza para guarecerse del frío al tiempo que se volvía para hablar con el hombre barbudo.

Eli miraba al frente, con las manos recogidas a la espalda.

—No lo sé —contestó por fin con franqueza tras un largo silencio—. Abba todavía no me lo ha aclarado. Sólo sé que debo ir a la posada. Tendremos que aguardar nuevas instrucciones hasta que lleguemos allí.

Siguieron caminando en silencio, los dos sumidos en sus pensamientos, ajenos al hecho de que los pájaros habían dejado de cantar y que un silencio ominoso se había apoderado del bosque que los rodeaba. Joxer oyó un crujido de hojas secas seguido de un ligero roce y un ruido metálico que salían del bosque detrás de él, el ruido de una espada al ser desenvainada, y se giró cuando un solo soldado romano salió de un salto de detrás de un arbusto, blandiendo un sable de un solo filo. Joxer sacó su propia espada y gritó a sus compañeros desarmados:

—¡Corred! ¡Escondeos en el bosque!

Eli guió rápidamente a los demás hacia los árboles mientras Joxer emprendía un combate a espada con el soldado. Los fuertes choques metálicos reverberaban detrás de él. Levantó la mirada y vio una cueva en la cumbre de unas colinas rocosas que estaban justo pasados los árboles.

—Escondeos en esa cueva hasta que venga a buscaros —susurró con fuerza. El grupo se dirigió a la cueva y Eli se detuvo y se ocultó detrás de un árbol para esperar a Joxer.

Cuando se estaba agazapando, oyó el ruido de un objeto metálico que caía al suelo y de repente los ruidos de las estocadas se detuvieron. Atisbó desde detrás del árbol y vio a Joxer tendido boca arriba, con la espada en el suelo a varios metros de distancia, y el soldado de pie sobre él con el sable alzado por encima de la cabeza. Con un ruido nauseabundo, el soldado hundió el arma en el pecho de Joxer y éste soltó un grito y luego se quedó inmóvil. Eli vio que le corría la sangre por el costado, acumulándose en el fango blando del camino. El soldado se agachó y dio la vuelta a Joxer, tirando de las correas de cuero para quitarle la mochila. Luego se acercó a la espada caída y la recogió, la alzó pensativo un momento y luego se la colgó de una correa de su armadura. El soldado miró rápidamente por todas partes y se alejó en la dirección opuesta a Eli.

Eli esperó unos minutos y luego se acercó con cautela al cuerpo de Joxer. Fuiste un estupendo amigo para Gabrielle y la guerrera, y también para mí, le dijo en silencio a Joxer. Se arrodilló y cubrió a Joxer con el manto que había llevado. Eli se dio cuenta de que la distracción de Joxer era probablemente el acto más valeroso que había realizado en su vida, al dar a Eli y a los demás la oportunidad de escapar sin sufrir daño. Sabía por cosas que le había contado Gabrielle que Joxer no tenía más familia real que su malvado hermano gemelo, Jett, ya que su padre estaba en la cárcel. Eli sacó a rastras del camino el cuerpo de Joxer hasta colocarlo detrás de un árbol.

El avatar volvió a la cueva donde esperaban sus discípulos. Les dijo dónde estaba Joxer y les encargó que enterraran su cuerpo, temeroso de que el humo de una pira funeraria llamara la atención de algún indeseable. Luego tomó una rápida decisión. Sus seguidores estarían mucho mejor ocultos a salvo y él llegaría antes a la posada si no tenía que estar pendiente de todos ellos. Se dirigió a ellos:

—Quedaos aquí escondidos durante un tiempo. Si dentro de dos días no habéis tenido noticias mías, volved a Atenas y esperadme. Tened cuidado. Que Abba os acompañe. —Con eso, Eli siguió solo hacia la posada con una renovada sensación de urgencia.

Y así, en la muerte, Joxer por fin vio cumplido su mayor sueño de convertirse en un auténtico guerrero.


Amarice se apartó de Chilapa, salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras de dos en dos. Sin aliento, salió corriendo por la puerta y bajó los escalones de la posada. En el camino distinguió la figura de Eli que acababa de pasar la colina, con la silueta de su largo pelo oscuro recortada contra el sol. Echó a correr y cuando llegó a él por fin, cayó de rodillas en la tierra ante él y le tomó una mano entre las suyas. Mientras las lágrimas le corrían por la cara, levantó los ojos hacia él y le rogó:

—Por favor, ayúdalas.

Eli la levantó y la sujetó con los brazos estirados, mirándola profundamente a los ojos.

—Amarice, no lo sé —dijo el alto hombre barbudo con tristeza—. He curado personas, sí, pero eran personas vivas. No sé qué puedo hacer por los muertos. Cuéntamelo todo sobre cómo murieron. Necesito saber dónde tenían el corazón en el momento de su muerte.

Amarice se estremeció, recordando la última defensa desesperada de Gabrielle contra los soldados en su intento inútil de salvar a Xena. ¿Qué pensaría Eli de eso? Titubeando, Amarice volvió a coger la mano de Eli y echaron a andar hacia la posada. Cuando llegaron a la puerta, lo llevó arriba hasta la habitación donde yacían los cuerpos de las dos mujeres, sin hacer caso de las miradas disimuladas de las amazonas que les iban dejando paso por la posada.

Cuando Eli entró en la habitación se acercó a la cama y se quedó al pie. A pesar de sus cuerpos magullados, las mujeres parecían... en paz. Cerró los ojos largo rato, colocando las manos juntas frente al pecho, moviendo los labios en una meditación silenciosa. Al cabo de un buen rato, volvió a abrir los ojos.

—Creo que están juntas —dijo. Y al menos en el caso de Gabrielle, no creo que fuese aún su hora, añadió en silencio. Se acercó al lado de la cama donde yacía Xena y le tocó ligeramente la cabeza morena con la punta de los dedos.

A Gabrielle siempre la podía interpretar muy bien. Era abierta, franca y motivada por el amor, ignorando en muchas ocasiones lo que le decía la cabeza y siguiendo imprudentemente lo que le decía el corazón. La princesa guerrera era mucho más difícil de captar, toda ella reflejos rápidos, sombras y expresiones severas. No comprendía su camino, "el camino del guerrero", como lo llamaba ella. Xena no dudaba en matar, algo que Eli no podía entender. Sin embargo, tenía que reconocer que ayer los había salvado a él y a sus discípulos de una muerte segura en aquella prisión.

—Ahora —dijo, acercándose a la chimenea y sentándose en el hogar, haciéndole un gesto a Amarice para que se uniera a él—, cuéntamelo todo.

—Creo que para eso necesito un vaso de cerveza —contestó Amarice y miró a Rebina, que había estado haciendo guardia y no había podido resistirse a colocarse dentro de la puerta para escuchar. Bajo la mirada inflexible de Amarice, Rebina desapareció inmediatamente de la habitación y regresó poco después con una jarra de cerveza para Amarice y una jarra de sidra para Eli. Amarice le hizo un gesto de agradecimiento y se llevó la jarra a los labios, con la mano temblorosa mientras tomaba un largo sorbo. Tragó y miró a los ojos pacientes de Eli por encima del borde de su jarra.

De repente a Amarice se le ocurrió algo.

—Eli, ¿dónde está Joxer? —preguntó. Casi se había olvidado del inadaptado compañero de Xena y Gabrielle.

—Joxer murió combatiendo con un soldado romano —dijo Eli con tristeza. Más violencia por mi causa, admitió en silencio el avatar.

—Oh, siento oír eso —dijo Amarice sin darle mucha importancia. La verdad era que no conocía muy bien a Joxer y siempre le había dado la impresión de ser un cobarde descoordinado, un fallido imitador de Xena. Bueno, el mundo de los guerreros está lleno de sorpresas en los últimos tiempos, pensó Amarice con ironía, echando una mirada al cuerpo de Gabrielle y recordando su valiente combate en defensa de Xena. Vio las heridas de la crucifixión y volvió con un sobresalto al tema del momento—. Eli —dijo despacio—, antes de contarte lo que pasó, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Pues claro —respondió el amable hombre.

—Eli, sé que enseñas el camino de la paz absoluta, ¿verdad? —preguntó ella.

—Sí, creo que el único modo de romper el ciclo de la violencia y el odio en el mundo es a través del amor y el perdón —replicó él, preguntándose a dónde quería ir a parar con eso.

Amarice continuó:

—¿Te acuerdas del prado cuando te pregunté que si alguien amenazara a tu madre, lucharías para salvarla? No tuviste ocasión de responderme. Ahora necesito una respuesta —terminó.

—¿Por qué? —La miró atentamente a la cara.

—Por favor, respóndeme primero —le rogó ella.

Eli se levantó y se paseó por la habitación.

—Amarice, no, jamás podría usar la violencia contra otra persona por mí mismo, especialmente para matarla, aunque eso supusiera sacrificar a alguien a quien quiero —respondió por fin.

—Pero Eli, ¿y si alguien que ha seguido tu camino de la luz usa la violencia para salvar a alguien a quien quiere? ¿Se puede justificar alguna vez la violencia en el caso de alguien que haya elegido seguir tu camino? —preguntó ella.

—No lo sé —dijo él mirando por la ventana—. Abba ve nuestro corazón y conoce nuestros motivos. Yo no puedo juzgar a los demás. Eso es algo que corresponde a Abba decidir. —Se daba cuenta del por qué de estas preguntas y se acercó despacio al cuerpo inerte de Gabrielle. Le cogió la mano fría y la atravesó con la mirada, sin ver. Conocía la gran devoción de Gabrielle por la princesa guerrera, sabía que Nayima les había dicho que eran almas gemelas eternas, que habían recorrido el mismo camino en vidas anteriores, que estaban destinadas a viajar juntas en esta vida, que estarían juntas en vidas futuras. Tanta oscuridad mezclada con tanta luz, ramales gemelos del mismo río que desembocaba en el mismo mar—. Amarice. —La miró con los ojos llenos de dolor—. ¿Abandonó Gabrielle el camino de la luz en esa fortaleza? ¿Volvió a tomar la vara?

Si sólo fuese la vara, pensó Amarice gravemente.

—No, Eli, tomó la espada —dijo con tono tajante.

—¿Y mató? —preguntó él en voz baja.

—Sí —replicó Amarice enfáticamente.

—¿A cuántos? —susurró él a duras penas.

—A siete u ocho —dijo ella, atizando el fuego de la chimenea con un palo.

—Ya —dijo distraído, volviéndose hacia Gabrielle y mirando el rostro dulce y apacible que tenía delante. Le dolía el corazón, pero no conseguía imaginar que la bondadosa mujer matara sin razones de enorme peso, aunque la imagen de Gabrielle blandiendo la espada casi le resultaba inconcebible—. ¿Qué ocurrió? —Se volvió a Amarice, con la voz temblorosa.

—Había tantos soldados... Xena estaba herida... no se podía levantar... un soldado iba a matarla... Gabrielle le tiró una lanza y lo alcanzó... venían más soldados contra ellas y Xena estaba allí tirada indefensa... cuando me quise dar cuenta, Gabrielle se volvió como loca... —Las palabras le salían atropelladas y Amarice cruzó la habitación, se arrodilló y agarró el borde de la túnica de Eli—. Eli, fue horrible. Creo... no, sé que Gabrielle sólo habría tomado la espada para salvar a Xena. Jamás la habría tomado sólo para salvarse a sí misma —terminó Amarice.

Nunca necesitó hacerlo, se dijo Eli en silencio. Xena siempre estaba allí para salvar a Gabrielle. Salvo al parecer esta última vez. Gabrielle, Gabrielle, ¿qué has hecho? Creía que estabas firmemente instalada en el camino del amor. Tendría que haber trabajado más tiempo contigo. Debería haber sabido que si se trataba de Xena, matarías para salvar a la guerrera. No lo comprendo, pero tal vez Abba sí.

Xena era quizás la única fuerza que podía apartar a Gabrielle del camino del amor. Eli tenía que reconocer que era la única debilidad de la bardo. Era tan raro. Por otro lado, Gabrielle era también la mayor debilidad de la guerrera. Las dos mujeres juntas parecían completas, un extraño equilibrio de poder y pasión, de fuerza y amor, de pensamientos y sentimientos. Por algún motivo, la combinación funcionaba. Eli había visto el amor en los ojos de Xena cuando miraba a la bardo. Un amor que estaba dispuesto a permitir que Gabrielle creciera en la dirección que quisiera, con tal de que ese crecimiento incluyera a Xena en la vida de la bardo. De repente, Eli se dio cuenta de que Xena había hecho grandes sacrificios para seguir con Gabrielle después de que la bardo eligiera seguir el camino de la paz y el amor.

—¿Qué más? ¿Qué ocurrió después de eso? —preguntó Eli, mirando la cara angustiada de Amarice.

Amarice se levantó y lo llevó de vuelta a la chimenea, contándole todo lo que había visto, estremeciéndose al narrar la crucifixión, sintiendo de nuevo las náuseas. Hasta Eli sintió el dolor que sin duda debió de sentir Xena al ver cómo clavaban a Gabrielle a esa cruz. Amarice terminó y bebió otro largo trago de la jarra de cerveza, toda temblorosa.

—Eli —dijo con tono lastimero—, por favor, intenta ayudarlas. El mundo necesita a Xena. Las amazonas necesitan a Gabrielle. Yo las necesito a las dos —añadió en voz baja, dejando la jarra y agarrándose las manos entre las rodillas—. Por favor. —Y se levantó, lo cogió de las manos y lo abrazó estrechamente, estallando de nuevo en sollozos.

Eli acarició el ondulado pelo rojo y miró por encima de su hombro, por la ventana, a los últimos rayos del sol poniente. Abba, ¿qué debo hacer? La guerrera que había matado a tantos. ¿Puedo traer de vuelta a alguien destinado a matar a otros? ¿Y qué ocurría con Gabrielle, que en la última tarde de su vida había tomado una espada y enviado a la muerte a varios hombres? Sin embargo, he percibido que están juntas. Y que están en un lugar apacible. Y que es posible que no fuese la hora de Gabrielle. ¿Qué ocurre si la traigo a ella de vuelta y no a Xena? ¿Qué significaría eso dado que las dos son almas gemelas? ¿Esperaría Xena en ese lugar apacible hasta que Gabrielle vuelva a morir algún día?

—Necesito estar a solas con ellas un rato —le dijo a Amarice—. Tengo que meditar y decidir cuál puede ser la voluntad de Abba. Te volveré a llamar cuando haya recibido instrucciones.

Amarice le estrechó las manos entre las suyas y salió en silencio de la habitación con dos miradas finales, una a los dos cuerpos que había sobre la cama y una última mirada de ruego a Eli por encima del hombro. Se quedó de pie al otro lado de la puerta y se apoyó en la pared, con las rodillas de repente hechas gelatina y el estómago encogido. Loisha estaba de guardia junto con Kallerine, la amazona más joven que había en la posada con ellas.

—¿Estás bien? —Loisha la miró tímidamente.

—No —fue su áspera respuesta—. Me voy abajo. Llamadme cuando salga. —Y se fue.


Abajo varias amazonas estaban de pie en torno al fuego, asando carne, probablemente adquirida por la partida de caza que había salido esa mañana. Por suerte el posadero se había marchado a toda prisa y se había dejado casi todas sus provisiones. Por alguna razón, el olor de la carne le revolvió el estómago y buscó un plato de pan y queso y la compañía de Rebina y la regente. Rebina empezó a abrir la boca y Amarice alzó una mano para mandarla callar.

—No quiero hablar de ello —espetó.

—Bue... no —dijo despacio la mujer de pelo castaño. Luego untó un trozo de pan con mantequilla y se lo pasó a Amarice, apretándole la muñeca con comprensión.

—Vale, a lo mejor sí quiero hablar de ello —dijo Amarice en voz baja, con una mirada lastimera a Rebina y luego a la regente—. Me debería haber quedado con ellas. A lo mejor podría haber cambiado algo. Huí como una cobarde. Luego, cuando volví, me escondí detrás de una roca y no hice nada. Me quedé allí sentada viendo cómo las crucificaban. ¡Es culpa mía! —Bajó la mirada, sin sentir de repente la menor gana de comerse el pan y el queso.

—No, Amarice —dijo la regente, poniéndole la mano bajo la barbilla a Amarice y obligándola a mirarla a los ojos—. Por el amor de Artemisa, si te hubieras quedado, también te habrían crucificado a ti. Al menos ahora estás intentando hacer algo. Si este Eli de verdad puede hacer magia como tú dices, puede que acabes siendo la que al final las salve. No puedes castigarte de esta manera por todo esto. Ahora come, apenas has probado dos trozos de pan desde anoche. Necesitas conservar las fuerzas. Puede hacernos falta. Puede que a ellas les haga falta.

Amarice intentó obligarse a comer algo de queso, que parecía quedársele atravesado en la garganta. Rebina alargó la mano con un gesto de compasión y le frotó suavemente la espalda, tratando de consolar a su angustiada amiga.

Arriba en la habitación, Eli se sentó con las piernas cruzadas en la estera delante de la chimenea. Cerró los ojos. Abba, me voy a vaciar para poder conocer tu voluntad, tu verdad, tu amor. Relajó la respiración y poco a poco su mente se fue quedando en blanco. Sintió que su mente y su corazón eran atraídos hacia Gabrielle. Percibió una vida sin terminar, un camino que todavía no se había recorrido del todo. Ah, sí, no era su hora. Tiene que volver.

En cuanto a Xena, Abba guardaba silencio. Como siempre, lo único que Eli veía alrededor de Xena eran sombras y misterio. Abba, ¿qué pasa con Xena? Pero no hubo una respuesta clara.

Abrió los ojos, sacó un incienso muy aromático de la bolsa que traía, encendió un poco y lo colocó en la chimenea. Encendió también unas velas pequeñas por toda la habitación. Luego trasladó el cuerpo de Gabrielle de la cama a la estera delante del fuego. De esto al menos estaba casi seguro. En cuanto a Xena, tendría que esperar y ver. Por último, se encaminó a la puerta, la abrió y se asomó.

—Decidles a Amarice y a Chilapa que es la hora.

Kallerine bajó con cautela las escaleras y vio a Amarice, Rebina y la regente enfrascadas en una conversación. Irguió los hombros, se acercó y susurró al oído de Amarice. Ésta tragó, agarró a la regente de la mano y la condujo en silencio escaleras arriba. Chilapa notaba la mano de Amarice, fría al tacto, y veía la tensión y la expectación en la cara de la pelirroja.

—No sé, Amarice —dudó la regente.

—Confía en él —fue la respuesta que obtuvo—. Es lo único que tenemos. —Y subieron en silencio las escaleras, que parecían durar una eternidad.

Cuando las mujeres entraron en la habitación, el fuerte olor especiado del incienso les dio de lleno en la cara.

—Por favor, sentaos en esas sillas junto a la ventana y guardad silencio —les dijo Eli. Las mujeres se acercaron en silencio a las sillas y se sentaron, con expresión pensativa. Amarice cogió la mano de la regente, apretándosela tanto que le cortó la circulación. Por fin, se relajó un poco y miró a Eli.

Eli se arrodilló junto a Gabrielle y le colocó las piernas derechas, estirándole el cuerpo del todo. Movió de arriba abajo una barra de incienso encendida sobre el cuerpo frágil y magullado. Volvió a colocar el incienso en la chimenea y luego cerró los ojos. Una vez más se vació y sintió que lo invadía una oleada abrumadora de amor. Entonces estiró las manos por encima de Gabrielle, a pocos centímetros de su cara, y las fue moviendo despacio hacia abajo, deteniéndose encima de las heridas causadas en las manos y los tobillos por los clavos de metal. Amarice dejó escapar un ligero grito y Chilapa le apretó la mano con fuerza.

—Ah, Gabrielle mató, efectivamente, pero sus motivos eran puros y desinteresados. Mató para intentar salvar a Xena. Mató por amor. El camino de Gabrielle no es el mismo que el mío. El suyo está destinado a ser un camino de paz mezclado con el camino del guerrero. Sólo tomará las armas para ayudar a aquellos que no puedan ayudarse a sí mismos, como lo hizo ayer cuando tomó la espada para salvar a Xena —dijo Eli con un tono profundamente hipnótico—. Abba, devuélvele su fuerza vital, cura su cuerpo de estas horribles heridas y permítele volver a caminar en esta tierra para amar y hacer el bien.

Bueno. Abba puede aceptar la violencia en algunos casos. Eso era una sorpresa. De repente, Eli se dio cuenta de que tenía que replantearse su camino "único" y tener en cuenta que tal vez hubiera tantos caminos como personas. Sin embargo, la violencia extrema de Xena. La guerrera casi parecía regodearse en ella, disfrutar de ella. Eli había visto el brillo de los ojos de Xena cuando se preparaba para un combate. La guerrera parecía jugar casi con sus adversarios. No podía imaginar que eso pudiera estar justificado jamás. Entonces volvió a concentrarse en Gabrielle.

—Vuelve a nosotros, Gabrielle —dijo despacio, casi con reverencia. Las manos de Eli quedaron suspendidas y luego volvió a moverlas despacio, subiendo por el cuerpo de Gabrielle, y empezó a notar el débil calor de su esencia. Al llegar a su cara notó un aliento ligerísimo que le hacía cosquillas en la palma de la mano. Sofocó un grito y los párpados de ella se agitaron. Y entonces abrió los ojos.

—Qué... dónde... —Tenía la voz muy débil mientras intentaba enfocar la vista. Los ojos verdes lo miraron—. Eli, ¿qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? ¡Xena! ¿Dónde está Xena? —Lo miró alarmada. Amarice y la regente estaban en el borde de sus asientos, temerosas de hablar o moverse, sin dar crédito a lo que veían.

—Shhh, Gabrielle, cálmate. Has sufrido mucho —le sonrió Eli, con su propia voz quebrada. Abba, qué maravilla es ésta.

Gabrielle cerró los ojos y tragó con dificultad.

—Qué sed —dijo adormilada. Eli se levantó, agarró un odre de agua, volvió a arrodillarse, se lo acercó a los labios y ella bebió un sorbo—. Lo tengo todo borroso. Estaba en los Campos Elíseos con Xena. Vi a Ephiny y a Solari y a Pérdicas. Xena vio a Marcus y a Solan y a Lyceus. Éramos... tan felices. ¿Ha sido un sueño?

De repente, abrió los ojos de golpe e intentó sentarse.

—¡La crucifixión! ¿Dónde está Xena? —Se miró las manos y las examinó, volviéndolas. Las horribles heridas de los clavos habían desaparecido. Estaba recuperando las fuerzas. Y la memoria. Se incorporó, vio el cuerpo sin vida de Xena encima de la cama y de su garganta salió un sollozo ahogado que se convirtió en un gemido bajo, seguido de un lamento desesperado—. ¡Nooooooo!

Se levantó y llegó al lado de la cama, caminando ahora sobre unos pies y tobillos curados y sin rastro de violencia. Se inclinó y acarició el pelo de Xena y luego se inclinó más y la besó en las mejillas, apoyando por fin la cabeza en el pecho inmóvil de la guerrera.

—No, Xena, tienes que volver conmigo, por favor. Te necesito.

Levantó delicadamente la mano de Xena y tocó apenas el espantoso agujero abierto que había dejado el clavo romano. Luego se subió a la cama y estrechó el cuerpo de Xena entre sus brazos, mojando la cara de la guerrera con las lágrimas que ahora le caían libremente y meciéndola dulcemente, acariciándole el pelo oscuro y susurrando palabras inaudibles al oído de Xena.

—Eli, tienes que traerla de vuelta. ¿No es eso lo que acabas de hacer conmigo? Los Campos Elíseos, eso no ha sido un sueño, ¿verdad? —Miró con tal tristeza a Eli que a éste casi se le partió el corazón.

La desesperación del rostro de la bardo mientras sujetaba a Xena hacía difícil recordar que mientras que ella sentía amor por la guerrera, Eli sólo veía oscuridad.

—Gabrielle, es muy difícil. En tu caso estoy seguro de que tenía una indicación clara por parte de Abba para traerte de vuelta. Lo que iba a ser de Xena no estaba tan claro. Puedo intentarlo, pero no puedo prometer nada. —La miró con tristeza y se acercó a su lado.

Ella lo agarró de la túnica y lloró en silencio contra su cuello, con unos sollozos tan arrasadores que creyó que se iba a partir por la mitad.

—Eli, tienes que intentarlo, por favor —jadeó por fin—. ¿Por qué me iba a enviar Abba de vuelta para vivir sin ella? Creía que éramos almas gemelas. Me prometió que intentaría volver conmigo —dijo en un susurro. Ahora lo recordaba todo.

Lo recordaba... todo. El chakram... y Calisto... y Xena cayendo al suelo. Ella cogiendo la espada y sabiendo sin lugar a dudas que era lo correcto, lo único que podía hacer. Dioses. ¿Cómo había hecho aquello? No tenía entrenamiento alguno con la espada salvo las pocas lecciones que recibió de Xena después de que Calisto matara a Pérdicas.

Recordaba que los soldados las llevaron a rastras a la celda de la prisión y luego le dieron una paliza brutal mientras Xena miraba. Cuando Xena trató de llegar hasta ella, también le dieron una paliza a ella. Por fin, cuando se marcharon, se acercó a rastras y sostuvo a Xena en sus brazos, acariciándole el pelo y la mejilla y llorando y besándola en la frente, sabiendo que la visión de Xena se estaba haciendo demasiado real.

Xena rompió el silencio, mirando a Gabrielle débilmente.

—Gabrielle, ¿estás llorando? No llores —dijo Xena, al ver las lágrimas silenciosas que le resbalaban por las mejillas.

—No lloraré —dijo Gabrielle en voz baja—. Descansa, Xena.

Y Xena cerró los ojos, para abrirlos momentos después.

—Te he hecho abandonar el camino de la luz —dijo con tristeza.

—No, Xena, tenía una elección —replicó Gabrielle—. Podía elegir entre no hacer nada o salvar a mi amiga. Elegí el camino de la amistad.

—Perdóname por todas las veces que te he tratado mal —dijo Xena con la voz ronca.

—No, Xena, antes de conocerte, me sentía invisible. Tú viste todo lo que podía llegar a ser. Me salvaste —dijo Gabrielle, tranquilizando a Xena, incapaz de evitar las lágrimas que seguían cayéndole despacio de los ojos.

Xena volvió a mirarla.

—Siento no haber leído nunca tus pergaminos.

—Te habrían gustado —sonrió Gabrielle.

—Lo sé —dijo Xena débilmente.

Esos pergaminos son todos sobre ti, amor, añadió Gabrielle en silencio. Espero haber dejado un legado por ti. Espero que alguien los encuentre y que el mundo conozca las buenas obras realizadas por la princesa guerrera.

Y no se dijo nada más, mientras Gabrielle seguía sujetando a Xena y acariciándole el pelo y Xena la miraba con un amor y una tristeza inmensos. Sabían que su destino estaba sellado. Morirían juntas y de algún modo eso les hacía sentir menos miedo. Por fin llegaron los guardias. Gabrielle gritó cuando intentaron hacer caminar a Xena y, al fracasar, simplemente arrastraron a la guerrera por el suelo, pues sus piernas indignas se negaban a funcionar. Gabrielle miró a Xena mientras caminaba hacia las cruces y vio tal culpa y tristeza en los ojos azules de la guerrera que tuvo que apartar la mirada.

Cuando la tendieron en la cruz y esperaba a que llegara el dolor que estaba por venir, sintió que le ataban con fuerza unas cuerdas alrededor de los brazos y las piernas y oyó una voz apagada y ronca.

—Gabrielle.

Miró a Xena con todo el amor y el valor que fue capaz de reunir.

—Gabrielle, has sido lo mejor de mi vida —susurró Xena, con una ligera y tristísima sonrisa en la cara.

—Te quiero, Xena —consiguió decir Gabrielle y se quedaron allí tumbadas mirándose, intentando ser valientes, ya sin tiempo y sin nada más que decir. El amor mutuo que se veía en sus ojos lo decía todo.

Vio que el soldado colocaba el clavo sobre su propia mano y apartó la mirada de Xena. Quería desesperadamente mirar a Xena para conseguir el último resto de consuelo que encontraría en el mundo, pero no quería, no quería obligar a Xena a mirarla cara a cara para esto. Dispuesta a no gritar, sintió los ojos de Xena fijos en ella. Cuando el mazo cayó sobre el primer clavo, apretó la mandíbula por el terrible dolor y se estremeció, pero no hizo el menor ruido. Se le encogió el estómago al oír el grito angustiado de Xena, y Gabrielle supo que Xena la estaba mirando, sintiendo su dolor, incluso ahora al final, queriendo protegerla como siempre e incapaz de hacer nada.

Tras eso las cosas se pusieron borrosas y lo único de lo que era consciente era del dolor. Notó difusamente que el soldado se apartaba de ella y luego oyó los clavos que se incrustaban en Xena. Oyó que Xena volvía a llamarla y su alma gritó de agonía por la valiente guerrera caída, su mejor amiga y su alma gemela. Y luego se sumió en una oscuridad blanda y silenciosa y el dolor... simplemente desapareció.

Se quedó flotando un tiempo en un reconfortante silencio oscuro y luego sintió un calor brillante y oyó su nombre.

—Gabrielle.

Abrió los ojos y allí estaba Xena, cogiéndole las mejillas entre las manos y sonriéndole. Xena estaba... preciosa... y relucía de amor total y con una paz que nunca había tenido en vida.

Gabrielle cogió las manos de Xena en las suyas, levantó la mirada y entraron juntas en la luz. Al otro lado de la luz estaban los Campos Elíseos, y allí se sintieron completamente felices, almas gemelas en la muerte como en la vida, sin separarse jamás, viendo a todas las personas que habían querido y que habían muerto antes. Pasearon juntas por los Campos, regodeándose en la belleza que las rodeaba, felices de estar juntas en este lugar final de paz y felicidad. Nunca se habían sentido tan contentas. Era un gran descanso, sin miedo, sin violencia ni preocupaciones. Un lugar donde por fin podían expresarse el amor que habían contenido durante tanto tiempo, sin las ataduras de las inseguridades de la vida. Hasta que Gabrielle oyó la voz que la llamaba para que volviera.

—Xena, creo que tengo que volver. Ven conmigo.

Xena la miró.

—Iré justo detrás de ti, amor, si puedo, te lo prometo. Si no, estaré esperándote aquí mismo. Ve, Gabrielle. —La guerrera se mordió el labio y consiguió sonreír con tristeza—. Te quedaba tanta vida por delante.

—Pero yo quiero que vuelvas conmigo. —Era difícil estar triste en este lugar, pero sintió una pequeña punzada—. Xena, prométeme que intentarás seguirme de vuelta.

—Haré todo lo que pueda, Gabrielle.

Se abrazaron y Xena le sonrió. Gabrielle acercó la cara de Xena a la suya y le dio un largo beso en los labios suaves.

—Te tienes que ir ya, amor —dijo Xena con tristeza—. Te necesitan.

Gabrielle la soltó de mala gana y se volvió hacia el túnel de luz. Miró hacia atrás por encima del hombro y exclamó:

—Te quiero, Xena. —Y luego se volvió y la fuerza de la luz la volvió a arrastrar, mientras las últimas palabras de la guerrera flotaban tras ella:

—Yo también te quiero, Gabrielle. Siempre.

Ese beso y esas palabras estaban muy claros. Y ahora ella estaba aquí y Xena seguía allí. Tal vez no había conseguido volver.

—Eli, lo que me hayas hecho a mí, por favor, házselo a ella —rogó Gabrielle.

Eli suspiró y con gran esfuerzo, levantó el cuerpo de Xena y lo trasladó y depositó con cuidado en la estera delante del fuego. Gabrielle se arrodilló a su lado. Él movió el incienso por encima de Xena y una vez más se sentó y vació la mente. Y sintió... nada. No conseguía sentir el amor. Tampoco sentía maldad, pero quizás porque en sus tiempos como Destructora de Naciones la guerrera había matado a cientos de personas y no por amor, sino por rabia y codicia, tal vez no se le iba a permitir regresar. Con todo... había ido a los Campos Elíseos, o Nirvana, como lo llamaban sus seguidores. No dudaba de lo que Gabrielle decía que había pasado.

—Gabrielle, yo no puedo hacerlo, pero tal vez tú sí puedas.

—Eli, por favor, inténtalo, yo no sé qué hacer. No puedo.

—Gabrielle, para traerte de vuelta, he tenido que sentir el poder definitivo del amor. Por alguna razón ahora no lo siento, pero sé que tú ya has sentido ese tipo de amor por ella. Pareces ver un bien absoluto en ella que nadie más consigue ver. Puede que seas la única que pueda traerla de vuelta.

—Entonces dime lo que tengo que hacer —exigió Gabrielle, con expresión decidida.

—Gabrielle, vacía tu mente, como lo hiciste en la celda de la prisión, y deja que te inunde todo el amor que sientes por Xena. Después sabrás lo que tienes que hacer.

Gabrielle se acercó y se sentó con las piernas cruzadas, colocando la cabeza de Xena en su regazo. Amarice y la regente seguían mirando, fascinadas, sin decir aún ni una palabra. Gabrielle cerró los ojos y se dejó ir. De repente, una luz brillantísima, hermosísima, más hermosa que la que las había guiado a ella y a Xena a los Campos, penetró hasta el fondo de su corazón y su alma y el amor que sintió tapó cualquier otra cosa.

—Xena, vuelve a mí. —Gabrielle sabía que Xena había hecho cosas horribles e inenarrables antes de que se conocieran. Nunca sabían cuándo iba a aparecer uno de los enemigos de Xena, tratando de conseguir venganza. Otros se presentaban intentando cobrar una de las decenas de recompensas que se ofrecían por la cabeza de la guerrera en cualquier momento. Sabía que su crucifixión estaba de algún modo ligada a Calisto, una de las más eternas enemigas de Xena, así como a la recompensa de seis millones de dinares que César había ofrecido por la cabeza de Xena. La bardo sabía igualmente que su amiga, su mejor amiga, había jurado pasar el resto de su vida intentando redimir todo el mal que había hecho. Xena recorría ahora el camino del guerrero, el guerrero auténtico, el buen guerrero, y sólo levantaba la espada para ayudar a otras personas.

A un nivel más profundo, Gabrielle sabía de algún modo que el amor, el amor que había entre ellas, también era parte de la salvación de Xena. Gabrielle lo sabía. Sabía la verdad absoluta de ello, con la misma seguridad con que lo había sabido cuatro años atrás cuando se interpuso entre Xena y una multitud enfurecida en la posada de Anfípolis. Sabía con todo su corazón y toda su alma que Xena era una buena persona, una persona llena de amor, y que estaban unidas por la fe que tenían la una en la otra.

—Xena, por favor, somos almas gemelas, me lo prometiste. Por favor, vuelve a mí —rogó la bardo en un susurro casi inaudible.

Gabrielle abrió los ojos y acarició la cabeza preciosa que tenía en el regazo y se inclinó y besó a la guerrera en los labios, al tiempo que las lágrimas le chorreaban por la cara. Y entonces... sintió un ligerísimo movimiento de los labios bajo los suyos. Sí, Xena, vuelve a mí. En los labios de Gabrielle se dibujó apenas una sonrisa mientras besaba los párpados cerrados de Xena y sentía el débil movimiento de los mismos. Buena chica. Vamos. Por favor, Xena. Impulsivamente, Gabrielle agarró la mano de Xena y la apretó, y sintió un ligerísimo apretón a cambio.

—Hola —dijo una voz grave, con los ojos todavía cerrados.

—Hola tú —apenas consiguió decir Gabrielle, con todo el cuerpo tembloroso—. Has vuelto a mí.

—Lo que Gabrielle quiere, lo consigue —dijo la guerrera, al tiempo que en sus labios se formaba una pequeña sonrisa.

Ahora los ojos azules estaban abiertos, mirándola.

—Eli tenía razón, Gabrielle, tú eras la única que podía traerme de vuelta. He estado flotando justo encima de ti, esperando y observando, animándote a que tuvieras la fe suficiente para hacerlo.

—Siempre la fe suficiente en ti, amor —dijo Gabrielle suavemente.

—Almas gemelas —murmuró Xena, cerrando los ojos de nuevo, sonriendo plenamente. La guerrera apretó la mano temblorosa que todavía sujetaba la suya y se la llevó a los labios, besándola suavemente—. Siempre cualquier cosa por ti, amor mío. Qué cansancio. Perdona, Gabrielle, qué cansancio. Puedo mover los dedos —farfulló Xena, moviendo apenas los labios. Gabrielle bajó la mirada y vio que los dedos de los pies de Xena se movían, de hecho, vio que sus piernas se movían ligeramente—. Gabrielle, estás temblando. No tengas miedo —dijo la guerrera en un susurro ronco.

Gabrielle se dio cuenta de lo agotada que estaba. Asimiló la realidad de lo que acababa de pasar y se llevó un puño a los labios, mordiéndose los nudillos.

—Oh, dioses —exclamó sofocadamente, y de repente se sintió como si se fuese a caer. Eli le rodeó los hombros con un brazo para sujetarla y Gabrielle se echó a llorar en silencio.

Los ojos de Xena seguían cerrados pero no soltó la pequeña mano que sujetaba.

—Estoy aquí, Gabrielle, tranquila —murmuró la guerrera—. No voy a ir a ninguna parte.

—Santa madre de Artemisa —dijo por fin la regente, y miró a Amarice, que cayó desmayada.

—Bueno —dijo Eli, sin saber qué decir en realidad. Miró a Gabrielle—. Vosotras dos necesitáis descansar y creo que Amarice necesita aire fresco.

—Eli, ayúdame a meterla en la cama —pidió Gabrielle. Entre los dos sostuvieron a la guerrera, que en realidad consiguió caminar débilmente y meterse a rastras en la cama.

—Gabrielle, por favor, duerme aquí conmigo —rogó Xena, quebrándosele la voz.

—No querría dormir en ningún otro sitio —contestó la bardo. Con un enorme esfuerzo, Gabrielle se subió al blando colchón—. Esto de volver de entre los muertos es agotador —rezongó.

—Y tú que lo digas —respondió Xena con cansancio.

Xena se puso de lado y miró a Gabrielle, que estaba tumbada boca arriba. Alargó la mano y tiró de la bardo hasta pegarla a ella y las dos mujeres quedaron encajadas la una en la otra. La guerrera rodeó la cintura de Gabrielle con un brazo protector y depositó varios besitos por el cuello y la parte superior de la espalda de la bardo antes de reclinarse por fin, apoyando la barbilla encima de la cabeza de Gabrielle y soltando un suspiro satisfecho.

Que obtuvo el eco de un pequeño suspiro por parte de Gabrielle, quien colocó la mano encima de la que le rodeaba la cintura. Así iban a ser las cosas, lo sabía. ¿Cómo no podía ser así?

—Lo mejor de mi vida —farfulló Xena medio dormida.

—Te quiero —contestó Gabrielle.

Y las dos mujeres se sumieron en un profundo y apacible sueño.

Chilapa dio unas palmaditas suaves en la mejilla a Amarice y ésta recuperó el conocimiento y a punto estuvo de volver a desvanecerse antes de que la regente la agarrara.

—Van a estar bien —dictaminó Eli, llevándose a las dos atónitas amazonas de la habitación. Echó un último vistazo atrás, con la cara radiante de maravilla, y cerró la puerta en silencio. Algo ha cambiado entre ellas, pensó. Y... creo que hoy he aprendido algo. Necesito aprender sobre los muchos caminos de la vida.


Eli, la regente y Amarice bajaron en silencio, abrumados por lo que acababa de ocurrir. Habían pasado varias marcas en la habitación de Xena y Gabrielle y ahora ya era casi medianoche. La mayoría de las amazonas habían renunciado por fin a averiguar qué estaba pasando en la pequeña habitación y, por puro agotamiento tras los acontecimientos de los últimos días, se habían retirado a las diversas habitaciones que cada una había elegido para dormir. Sin embargo, algún par de ojos se encontró con los de Eli cuando éste llegó al último escalón y entró en la sala principal de la posada.

—¿Y bien? —preguntó Rebina, levantándose de un salto y cruzando la sala a toda prisa hasta Amarice—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué habéis estado tanto tiempo allí arriba? —Entonces se detuvo y miró fijamente a Amarice—. Amarice, estás blanca como una sábana. ¿Qué...?

—Necesito sentarme —murmuró Amarice, dejándose caer en el banco más cercano. Rebina se la quedó mirando y luego miró interrogante a Chilapa, que también se desplomó en el banco al lado de Amarice. Eli, sin embargo, cruzó la sala y se quedó mirando por la ventana a la negra oscuridad.

Kallerine, que había estado sentada en un rincón observándolo todo, sonrió ligeramente, maravillada, y se levantó para ir a la cocina. Necesitan... y encontró tres grandes jarras que llenó de la espumosa cerveza ambarina del gran barril de madera que se había dejado el posadero. ¿Será posible? Unos días más como el de hoy y vamos a dejar seco este barril, sonrió irónicamente por dentro. Lo pensó un momento y sacó una cuarta jarra. Todavía no se me permite beber esto, reflexionó, pero al Hades con eso. Además, no creo que se den cuenta siquiera, sonrió. Llenó la última jarra, colocó las cuatro en una bandeja y se acercó a Rebina, Amarice y la regente.

—Ahora —dijo, depositando la cerveza y colocando la mano con amabilidad en el hombro de Amarice—, cuéntanos qué ha pasado.

Amarice cogió la jarra que tenía delante y la vació de un trago.

—Es... están... —tartamudeó, y se quedó en silencio, palideciendo de nuevo.

—Shhh. —La regente le puso la mano en la frente a Amarice. Miró primero a Rebina y luego a Kallerine—. Están vivas —declaró terminantemente—. No lo comprendo, todavía casi no me lo creo, aunque lo he visto con mis propios ojos, pero de alguna manera... Eli ha traído a nuestra reina de vuelta y luego la reina... —Se quedó callada. Guardó silencio por un momento, tomó aliento temblorosamente y luego bebió unos cuantos tragos de su propia jarra. Miró al otro lado de la habitación y sus ojos se posaron en la espalda de Eli, que seguía mirando por la ventana—. Eli, ¿qué es lo que ha pasado allí dentro con Gabrielle y Xena?

Eli se acarició distraído la barba oscura, se acercó despacio a las amazonas y se sentó a la mesa frente a ellas. Tenía los ojos relucientes.

—Yo mismo no lo sé muy bien —confesó—. Lo único que sé es que lo que fuera que hacía falta para traer de vuelta a Xena, Gabrielle lo tenía. —Cogió la mano de la regente con una de las suyas y la de Amarice con la otra y miró a las cuatro amazonas—. Hay muchas cosas que no sé y que no comprendo. Creo que tendremos que esperar a mañana para hablar con ellas. Puede que tarden un tiempo en poder hablar siquiera de ello. Esto supera cualquier cosa que yo haya visto o hecho, es territorio desconocido, por así decir. Creo que por ahora, todos necesitamos descansar. ¿Hay alguna habitación vacía arriba donde pueda dormir esta noche? —preguntó.

Kallerine señaló las escaleras.

—Sube las escaleras, tuerce a la derecha y la última habitación a la izquierda está abierta —le dijo.

Él se levantó, les deseó a todas buenas noches y subió por las escaleras sin mirar atrás. Las demás no tardaron en hacer lo mismo, salvo Kallerine, que, profundamente ensimismada, se quedó bebiendo despacio de su jarra prohibida. Había sido una noche muy, muy larga, y todavía no había acabado.

Se bebió las últimas gotas de cerveza, se acercó al fuego del centro de la sala y lo atizó. La reina está viva. Sonrió de oreja a oreja. Siempre había admirado a la reina. Era tan distinta de la mayoría de las otras amazonas. Más pacífica. Más juiciosa. Delicada, pero fuerte. Kallerine confiaba en ella, por algún motivo. Lo que se veía era lo que había, y la reina no se comportaba como si tuviera algo que demostrar. No como todas las demás mujeres vestidas de cuero, llenas de armas y con la cabeza emplumada con las que convivía a diario en la aldea amazona. La reina Gabrielle era auténtica.

En cuanto a Xena, un pequeño escalofrío recorrió la espalda de Kallerine. Supongo que si yo pasara todo el tiempo con alguien como ella, tampoco sentiría la necesidad de demostrarle nada a nadie. Me pregunto qué se siente teniendo esa clase de protección como respaldo. Con todo... por lo que Kallerine tenía entendido, al final fue la reina quien había intentado desesperadamente salvar a Xena. La poderosa guerrera había caído y sin embargo ahora había vuelto.

Kallerine reflexionó sobre varias cosas, sabiendo que esa noche no iba a pegar ojo. Bueno, ya que estoy, podría hacer guardia, pensó. Ahora sí que estoy bien despierta. Recogió su espada del rincón donde la había dejado, controló el fuego por última vez y subió las escaleras para comprobar la guardia que había apostada justo fuera de la puerta de la habitación de Xena y la reina Gabrielle. Dos cabezas de amazona bien alerta la saludaron ligeramente. Ella asintió a su vez y volvió a bajar, se puso el manto, salió por la puerta principal de la posada y se acomodó en el frío escalón de piedra.

Se apoyó en el marco de madera de la puerta, estiró las piernas, cruzó los tobillos y se colocó la espada en el regazo, jugando distraída con la empuñadura de madera pulimentada que ella misma había tallado, para que encajara en su mano a la perfección. Había pasado marcas enteras para hacerla bien y varias más lijándola hasta hacerla tan suave que sabía que jamás se le clavaría una astilla.

Kallerine era joven, sólo tenía dieciséis años, pero se enorgullecía de sus habilidades, más que las demás amazonas jóvenes. Se tomaba sus responsabilidades muy en serio y había demostrado en más de una ocasión que se podía contar con ella en momentos de crisis. Ésa era una de las razones por las que la regente la había elegido para formar parte del grupo que había venido originalmente al Monte Amaro para intentar rescatar a la reina Gabrielle.

Nadie le había pedido que guardara la puerta principal de la posada. La verdad era que la regente estaba tan agotada que se había olvidado de este pequeño pero importante detalle. Kallerine suspiró. Simplemente sabía que había que guardar la puerta. Ahí fuera estaban ocurriendo demasiadas cosas y había gente que querría el cuerpo de Xena, con la esperanza de obtener alguna recompensa. El cuerpo de Xena. Bueno, menuda sorpresa se iba a llevar quien intentara venir a robar el "cuerpo".

Un búho ululó en un árbol al otro lado del patio de la posada. Kallerine estrechó los ojos hasta que lo localizó en lo alto de una rama, con los ojos dorados parpadeando a la luz de la luna.

—Parece que estamos solos tú y yo, señor búho —dijo en voz baja, y se acomodó un poco más, arrebujándose en su manto. Contempló las estrellas del cielo claro y despejado, dispuesta a recibir el amanecer todavía despierta, montando guardia por su reina.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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