2


La bardo estaba sentada en la entrada de la pequeña cueva donde había llevado a las mujeres. Sacar a la última, la primera mujer a quien había despertado, fue lo más peligroso, pues la oscuridad clareaba y los primeros rayos del amanecer no estaban lejos. Se movieron lo más deprisa que se atrevieron por la hierba, deteniéndose a veces a causa de las rondas del guardia. Gabrielle había recogido su vara en el último viaje y la había traído consigo hasta la cueva y las demás mujeres. Todas parecían machacadas de un modo u otro y algunas estaban casi catatónicas por el miedo. A éstas las había sacado las primeras, porque costaba mucho que se movieran. Todas las mujeres tenían los ojos morados, los labios partidos y los pómulos hinchados, pruebas de la brutalidad que habían padecido. Por un instante, Gabrielle se preguntó si había merecido la pena liberarlas, pero no tardó en darse cuenta de que las heridas de su cuerpo y su alma acabarían por sanar y que lo que hiciera falta para devolverlas a sus familias merecería la pena al final. En cierto modo, la joven comprendía la responsabilidad que sentía Xena cuando tenía a alguien a su cargo. También comprendía, un poco, la rabia y la ira que sentía la alta guerrera, en cuanto la bardo hubo visto el daño causado a la mente y el corazón de estas jóvenes.

La mujer a quien había despertado primero en la tienda se arrastró hasta ella.

—Yo puedo montar guardia si quieres, valiente. Necesitas descansar tanto como nosotras y algo me dice que tu misión aún no está completa.

Gabrielle sonrió a la mujer. Si alguien era valiente, ese alguien era ella. A pesar de las palizas y el cansancio, había contribuido enormemente a llevar a las otras a la cueva y ahora se ofrecía a montar guardia para que Gabrielle pudiera descansar un poco.

—A lo mejor cierro los ojos un ratito. Ha sido una noche muy larga. Despiértame si oyes algo —dijo. La bardo no pensaba que pudiera dormir, pues seguía preocupada por Xena y lo que pudiera estar ocurriendo en el campamento, pero si iba a regresar esa noche, debía aprovechar cualquier oportunidad que surgiera para descansar. Vio cómo la mujer ocupaba su puesto en la entrada de la cueva y luego cerró despacio los ojos. Al poco, se quedó dormida.


Xena se despertó por el martilleo de su propia cabeza. Al recordar lo que había ocurrido antes de que perdiera el sentido, siguió con los ojos cerrados, respirando despacio, hasta tener la oportunidad de escuchar su entorno para intentar desentrañar lo que ocurría a su alrededor. Notaba los brazos a la espalda y unas cuerdas incrustradas en las muñecas. El calor que sentía en un lado del cuerpo le dijo que estaba tumbada en la parte soleada de algo, muy probablemente una tienda. Debajo, notaba unas pieles extendidas sobre el suelo. Sus oídos se concentraron en los ruidos que la rodeaban. Sucedía algo, porque se oían muchos gritos y ruidos, pero no lograba distinguirlos bien. Al volver a concentrar los oídos en los sonidos más cercanos a ella, oyó muy poca cosa. El leve chisporroteo de un farol y el tenue roce de un pergamino agitado por una ligera brisa. El sonido tembloroso de una tela de seda al viento también llenaba el silencio. Entreabriendo apenas los ojos, vio que estaba tumbada en una tienda y que unas cortinas de seda se agitaban un poco por el viento suave que entraba por el faldón de la entrada. A través de las ligeras cortinas de seda vio una mesa de campaña llena de pergaminos, iluminados desde arriba por un farol lleno de grasa. Había varios baúles cerca, pero estaban cerrados y ella no estaba precisamente en situación de abrirlos. Xena oía a los guardias en la entrada y a otros que se movían detrás de la tienda. Éste no sería un buen momento para salir, con las manos aún atadas, e intentar huir o luchar. Primero tenía que soltarse las manos y tal vez encontrar un arma o dos.

Al agitarse un poco, notó que o le habían quitado la espada y el chakram o los había perdido en el combate, aunque la vaina seguía sujeta a su espalda. Estaba totalmente vestida con su túnica de cuero y su armadura y un rápido movimiento de piernas le dijo que su ropa interior seguía de una pieza. No le habría extrañado que esta panda de animales hubiera intentado algo mientras estaba inconsciente. A lo mejor era que pensaban que se podía abusar de las mujeres embarazadas, pero no de las mujeres inconscientes. Una vez situada en su entorno, se puso a trabajar con paciencia en las cuerdas que le ataban las muñecas.

Mientras forcejeaba con las cuerdas, intentaba no pensar en Gabrielle. No había señales de la mujer en la tienda con ella y esperaba que hubiera tenido el sentido común de no moverse cuando empezó el combate. Era habilísima con esa vara que usaba, pero la cantidad de hombres armados del campamento habría superado a la bardo con la misma facilidad que la había superado a ella. Entre el forcejeo con las cuerdas y la preocupación por su amante, Xena tenía la mente más que ocupada.

Al cabo de una marca de tensar y aflojar las cuerdas, notó que podían haber cedido un poco. Xena torció ligeramente los brazos y se vio recompensada con cierta capacidad de movimiento. Siguió torciendo, poco a poco, intentando darle la vuelta al nudo para tratar de desatarlo con los dedos. Quien la había atado sabía lo que se hacía. Las cuerdas apretaban lo suficiente como para sujetarla, pero no tanto como para cortarle la circulación de las manos. Pequeño detalle que ahora funcionaba a su favor. Si hubiera tenido los dedos dormidos, habría tenido pocas posibilidades de desatar el nudo, por mal que estuviera hecho.

Fuera de la tienda, Xena oyó ruido de pasos que avanzaban apresurados por la hierba seca. Había dos personas hablando, pero tan bajo que las palabras no eran más que un zumbido en sus oídos. El faldón de la otra parte de la tienda se hizo a un lado y las dos personas entraron.

—Me he asegurado de que los dos guardias hayan sido empalados para que lo vean los demás, señoría. Los exploradores no tardarán en encontrar a las mujeres. Ninguna de ellas estaba en condiciones de llegar muy lejos —dijo una voz de hombre.

Xena vio que el otro hombre se limitaba a asentir, con la cabeza cubierta aún por el casco. Si habían despachado soldados para buscar a las mujeres, eso quería decir que Gabrielle había logrado sacarlas y ahora ya estarían casi a salvo. Notó que se relajaba un poco. Su amante estaba a salvo. Ahora sólo tenía que salir de este lío y huir también.

La alta guerrera se detuvo un momento para mirar bien al hombre del casco. Todavía no había hablado, pero su porte era el de una persona que sabía lo que hacía. Su postura le sonaba mucho, pero por ahora no lograba saber de qué. No pensaba que fuese alguien a quien conocía, de eso estaba segura. Por detrás, el hombre era menudo de constitución, tal vez un joven que todavía no había terminado de crecer. Xena se alegró de ver que lo que había supuesto sobre este señor de la guerra era cierto. Podía ser un señor de la guerra joven y listo, pero Xena había usado su cuerpo como arma en el pasado y volvería a hacerlo de ser necesario en esta situación. Por muy listo que se creyera este jovenzuelo, su propio cuerpo lo traicionaría si ella jugaba bien sus cartas. Esa lección la había aprendido muy pronto. Si se separaban las emociones de alguien de sus sentidos, ese alguien se convertía en presa fácil para cualquier cosa que uno hubiera planeado. Aparte de ver que todavía tenía que crecer un poco, poco distinguía de él físicamente. Llevaba ropa y armadura pesadas que no permitían ver bien su tamaño y su forma reales.

El otro hombre, el que había hablado, entró de repente por la puerta de seda para echarle un vistazo. Al ver que tenía los ojos abiertos, habló.

—Despierta, por lo que veo. Su señoría querrá hablar ahora contigo —dijo, al tiempo que agarraba a Xena y la ponía en pie bruscamente.

La guerrera notó que todos los músculos de su cuerpo le decían lo poco preparados que habían estado para tan brusco movimiento. Se le acalambraron un poco las piernas, pero logró mantenerse en pie sin demasiado esfuerzo. Ahora que se estaba moviendo, también notaba todos los puntos donde la habían golpeado durante el combate. Lo que más le dolía era la cabeza, y tuvo que guiñar un poco los ojos por la luz más brillante del otro lado de la tienda. Xena se borró rápidamente el dolor de la cara y adoptó su expresión más habitual, casi desdeñosa.

El hombre la detuvo a varios pasos del joven señor de la guerra. Éste estaba inclinado sobre la mesa, pasando los pergaminos de un montón a otro. Desde donde estaba, la mujer alta vio también un mapa sobre la mesa con marcas en los caminos que mostraban algo. El joven señor de la guerra se irguió de nuevo y se quitó el casco de la cabeza. Una cascada de largo pelo rojo cayó sobre sus hombros.

Cuando se volvió hacia Xena, la guerrera morena se encontró con los ojos verdes fríos como el hielo de otra mujer. Tenían una expresión que la dejó casi sin aliento.


Gabrielle observaba desde su percha en lo alto de un árbol mientras otra partida de búsqueda seguía los rastros falsos que había dejado. Las ramas cubiertas de denso follaje la mantenían bien oculta incluso a los ojos más atentos. El primer grupo de soldados había pasado por pura casualidad ante la cueva donde se ocultaban las mujeres y la bardo no tardó en darse cuenta de que iba a tener que despistar a los hombres de algún modo. Dejando al mando a la mujer valiente, cubrió con cuidado toda señal de su paso, como le había visto hacer a Xena en tantas ocasiones, y luego dejó una serie de rastros falsos para que los siguieran los hombres. Fue sorprendentemente fácil. Una pisada aquí, una marca de su vara allá y los hombres fueron detrás, como perritos obedientes. Terminó uno de los rastros en un arroyo y caminó varios cientos de pasos por el lecho arenoso, sabiendo que la corriente eliminaría pronto cualquier señal de su presencia. Saltó del agua baja, se agarró a una rama que colgaba por encima y al poco se alejó de vuelta al punto donde iba a establecer su puesto de observación. La joven bardo no quería arriesgarse a regresar a la cueva y conducir a los soldados hasta las mujeres que estaban en ella.

En el camino de vuelta al árbol, se desvió ligeramente y se adentró con Argo en el bosque. No creía que los hombres hubieran encontrado a la yegua de pelo dorado, pero Gabrielle quería estar segura. Así también tuvo la oportunidad de recoger el odre de agua de Xena, pues había dejado el suyo, así como los pocos alimentos que llevaba, con las mujeres. La habilidad de la joven bardo para sobrevivir en el bosque no estaría a la altura de la de Xena, pero hasta ella se daba cuenta de que esta banda de salteadores no tenía ni idea de cómo moverse por el bosque. Uno solo de ellos hacía más ruido que Xena, ella y la yegua juntas. Las partidas de búsqueda eran tan ruidosas que las oía llegar de lejos. Eso le daba tiempo de sobra para esconderse. Observó, encantada, cuando otra partida de hombres siguió su rastro falso. Éste se desviaba un poco más hacia abajo y acababa en terreno pedregoso. Ahí no habría forma de seguir rastro alguno.

Poco más podía hacer Gabrielle por el momento. Las mujeres estaban a salvo en la pequeña cueva y, hasta que se pusiera el sol, ella no podría acercarse al campamento. Acomodándose como pudo en el árbol, se dedicó a observar a los hombres que daban vueltas intentando encontrar a las mujeres y a ella. Rezó a los dioses que pudieran estar escuchando para que mantuvieran a Xena a salvo. Secándose una lágrima de la cara, se arropó en su valor como si fuese un manto y se dispuso a esperar a que pasara el día. Gabrielle empezaba a detestar este tipo de espera.


Xena se quedó mirando a los ojos verdes como el mar de la señora de la guerra que tenía delante. Por un instante, fue como si la mujer contemplara su propia alma. Endureció su propia expresión para enfrentarse a la de la señora de la guerra. Si se trataba de ver cuál de las dos tenía más fuerza de voluntad, Xena ya sabía que había vencido a la mujer más joven.

La pelirroja rodeó tranquilamente a su cautiva, observando atentamente la armadura gastada, pero bien cuidada, sus músculos largos y fuertes, su postura erguida y firme.

—Bueno, ¿y tú quién eres? —preguntó por detrás.

—Me llamo Xena —replicó la guerrera. Notó el movimiento cuando la señora de la guerra pasó junto a ella rozándole el brazo para acabar plantándose ante ella de nuevo.

—¿Xena? ¿La Princesa Guerrera Xena? —preguntó.

—Sí. Ésa —se limitó a contestar la morena. El título le producía cierto orgullo cuando ella misma era señora de la guerra, pues sentía que en aquel entonces se lo había ganado, pero ahora empezaba a odiarlo con ganas. Sin embargo, por el momento le resultaba útil, de modo que no dijo nada. Si eso le daba cierta ventaja sobre la otra mujer, estaba dispuesta a aprovecharlo.

—Ah. Debería sentirme honrada de tenerte en mi tienda. —Por un segundo, el rostro de la otra mujer se iluminó con una sonrisa. No le alcanzó los ojos—. Pero no es así. —Su rostro volvió a endurecerse como antes—. ¿Dónde están las mujeres? —soltó.

—Tal vez podrías decirme cómo te llamas primero —inquirió Xena cortésmente.

—Stavroula. Ahora, ¿dónde están esas mujeres? —dijo la señora de la guerra, casi gritando.

—No tengo ni idea —replicó. Era cierto. De verdad no sabía dónde las podría haber llevado Gabrielle, ni si seguían en la zona. Si la bardo era lista, ya estarían bien lejos, rumbo a la seguridad. La mujer alta ni se molestó en mentir, porque de verdad no conocía la respuesta a la pregunta de la señora de la guerrera y quería que la mujer se desgastara intentando obtener una respuesta. Cuanto más tiempo tuviera aquí ocupada a la señora de la guerra, más distancia podría poner la joven entre el campamento y ellas. También estaba el hecho de que esta mujer, por algo que le resultaba conocido, la intrigaba mucho, y Xena quería entenderla.

A la pelirroja señora de la guerra no le gustó la forma en que la guerrera estaba allí plantada como si tuviera todo el tiempo del mundo. Quería recuperar a esas mujeres. Se dejó llevar del mal genio y echó el brazo hacia atrás para pegar a la mujer más alta. Xena vio venir el puño y consiguió acompañar un poco el golpe. Pero así y todo, fue un puñetazo durísimo, y la guerrera notó que le caía sangre por la nariz y la barbilla. Se había tambaleado un poco hacia atrás y notó que las manos del hombre le impedían caer. La mujer tomó nota de este pequeño detalle por si le resultaba útil más tarde. Saber dónde estaba podía facilitarle la huida... o dificultársela.

Stavroula parecía sorprendida de que la otra mujer hubiera aguantado el golpe tan bien. Se le notaba por las cejas algo enarcadas, aunque en su rostro no se veía nada. La pelirroja señora de la guerra estaba más acostumbrada a que las mujeres cayeran lloriqueando a sus pies en cuanto ella las miraba. No se encontraba a menudo con una mujer que tuviera algo de valor. Se controló un momento para recordar quién era exactamente esta alta y hermosa guerrera y para recordar las leyendas que había oído de niña. ¿Y si conseguía poner a ésta de su lado? Sería un elemento muy valioso dentro de sus tropas. A los hombres no les importaba obedecer sus órdenes cuando el botín era abundante, pero cada vez que sufrían algún tipo de contratiempo, Stavroula tenía que acabar matando a uno o dos de los más protestones para reforzar su autoridad. Contar con una guerrera como Xena podría facilitarle mucho las cosas. Y si no quería participar, pues... Stavroula siempre podía impartir una lección con ella. La gran Princesa Guerrera, muerta a manos de Stavroula. Qué apropiado que una gran guerrera destruyera a otra. Olvidándose por el momento de las mujeres, decidió intentar poner a la guerrera de su parte.

Agitando la mano, hizo salir al hombre de la tienda.

—¿Por qué no te sientas, Xena? —dijo Stavroula, indicando una silla que había al lado de la mesa.

—Prefiero seguir de pie, si no te importa —replicó la alta guerrera. Sabía que la mujer estaba planeando algo y Xena quería estar preparada para lo que pudiera ser. Stavroula ya había demostrado que tenía poca paciencia, y la mujer de ojos azules se preguntaba qué otras debilidades podía tener que se pudieran aprovechar. Cuanto más observaba a la joven señora de la guerra, más conocida le resultaba.

—Pues como quieras —dijo Stavroula irritada, dándose cuenta de que acababa de perder la primera escaramuza en su intento de someter a la mujer alta a su voluntad.

Cuando la señora de la guerra se sentó detrás de la mesa, Xena observó con atención cómo se movía. Stavroula tenía los movimientos ágiles de una persona acostumbrada a luchar con una espada o con el cuerpo, económicos y sin derroche de gestos. Parecía preparada para coger al instante la espada que llevaba al cinto y entrar en combate. La alta guerrera seguía forcejeando en silencio con las cuerdas que tenía a la espalda, con la esperanza de lograr desatar el nudo para poder defenderse y, de ser posible, escapar. Pero la morena quería entender a esta señora de la guerra y, para hacer eso, tenía que hacerla hablar. Tras pensar un momento, decidió que la apacible charlatanería de Gabrielle podría funcionar. La pelirroja podía ser de las que les gustaba jactarse. Otra posible debilidad que se podía aprovechar. Xena no sería capaz de mentir muy bien, pero era capaz de actuar mucho mejor que algunos bardos que había visto.

—Bueno, ¿y cómo es que una mujer está al mando de un ejército tan grande? —preguntó. A la otra mujer le pareció que Xena daba muestras de genuino interés. Stavroula no sabía que la alta guerrera había estado al mando de un ejército de hombres mucho mayor y, encima, mucho mejor organizado. El conocimiento que tenía la joven señora de la guerra sobre las viejas historias era limitado, pues enseguida le habían impuesto demasiadas tareas para poder dedicar el tiempo a escuchar.

—Por necesidad, Xena. Por necesidad —replicó la otra mujer con tono apagado. Por dentro se sentía satisfecha del cumplido implícito que le estaba haciendo la alta guerrera, y se relajó un poco. Stavroula seguía sin fiarse de la otra mujer, pero estaba dispuesta a hablar un poco. Costaba ser una mujer al mando de todos estos hombres y tener a otra mujer con quien hablar era cierta novedad... por el momento.

—¿Necesidad? Me temo que no lo entiendo —dijo Xena, sin dejar de imitar el estilo parlanchín y simpático de Gabrielle.

Stavroula se recostó un poco en la silla y miró a Xena atentamente.

—Mírame. Yo era hija de un tratante de esclavos. Me vendieron como esclava casi en cuanto fui capaz de cuidar de mí misma. Tal vez tuve suerte, pero mis amos decidieron entrenarme para luchar en el circo... por dinero. Una pequeña costumbre que habían adquirido de los romanos, al parecer. Les pareció interesante ver cómo una mujer luchadora se las arreglaría contra los hombres. La verdad es que la cara de sorpresa de los luchadores cuando los mataba me daba bastante satisfacción a su modo. —La pelirroja se arrellanó, recordando. Volvió a concentrarse en la alta guerrera que tenía delante y continuó—. Entonces me harté de que me enviaran a luchar por otros. Ni siquiera los mejores luchadores del circo duran más de cinco o seis años y yo me estaba acercando rápidamente a ese límite. Así que me escapé. Corrí y corrí y por fin me detuve al norte de donde estamos. No fue difícil montar un ejército, pero eso tú ya lo sabes. Había llegado el momento de hacerme con algunas de las riquezas que mis antiguos amos habían conseguido gracias a mi habilidad como luchadora. Había llegado el momento de vengarme por todo lo que me habían hecho pasar a lo largo de los años.

La amargura que se oía en la voz de la señora de la guerra era tan seca que a Xena le pareció que podría haberla partido en dos con las manos desnudas. Pero la venganza era algo que podía entender. Cuando Xena optó por seguir el camino más oscuro, se estaba vengando de todos los que la habían traicionado, de todos los que habían matado a las personas que consideraba sus amigos, de todos los que habían rechazado lo que sentía en su corazón. Cuando César ordenó que le rompieran las piernas mientras colgaba indefensa de aquella cruz, le rompió algo más que el corazón. Le destrozó el alma. Y sólo el amor tierno y paciente de su joven bardo estaba consiguiendo curar poco a poco esa parte degarrada y destrozada de su vida.

¿Era posible curar el alma destrozada que tenía delante, o Stavroula estaba demasiado hecha añicos? Xena había pensado en otra época que para ella tampoco había marcha atrás, pero algo se lo había permitido. Tal vez ese algo también estuviera en esta señora de la guerra. Pero primero, la alta guerrera tenía que creer de verdad que ella misma se estaba curando, cosa que no había aceptado del todo, o si no, ¿por qué seguía dejando aparte a Gabrielle cada vez que sus emociones se oscurecían? Apartarse del camino de la destrucción era una cosa, pero permitirse a sí misma curarse era otra muy distinta.

—Hay otra forma de vida, ¿sabes? —dijo la mujer alta en voz baja.

Stavroula miró sorprendida a Xena y por un instante la alta guerrera vio el alma rota de dentro antes de que la pelirroja señora de la guerra la bloqueara como ella misma había bloqueado a Gabrielle tantas veces.

—Para mí no, no la hay —contestó con tristeza.

La señora de la guerra volvió la cara un momento, pero no sin que Xena viera un sospechoso brillo de lágrimas en los ojos de la otra mujer. Sacudiendo la cabeza, volvió a mirar a Xena.

—Basta de charla de mujeres. Mi oferta es sencilla. Únete a mi ejército o muere. Tienes hasta mañana para decidirlo.

Stavroula llamó a gritos al hombre que la había acompañado hasta la tienda. Entró rápidamente.

—Llévate a ésta a la tienda de suministros, enciérrala allí y asegúrate de que el guardia sepa lo que ocurrirá si se escapa —bufó la mujer.

Asintiendo, agarró a Xena del brazo y la obligó a salir de la tienda de la señora de la guerra y cruzar el campamento. En cuanto la tuvo en la tienda de suministros, le ató los tobillos con otra cuerda y luego comprobó las cuerdas que le ataban las muñecas.

—¡Ajá! Pero mira qué lista. —Había descubierto que las cuerdas estaban retorcidas y bastante flojas—. No te nos puedes escapar. Su señoría me cortaría la cabeza. —Volvió a atar rápidamente las cuerdas, apretándolas tanto que Xena notó enseguida cómo le palpitaban las manos a medida que se le cortaba la circulación—. Ahora quédate aquí como una niña buena y no te pasará nada malo, ¿entendido?

Xena lo miró impasible.

—¿Entendido? —preguntó él de nuevo, alzando esta vez la mano como para golpearla.

—Sí. Entendido —contestó ella.

Convencido de que había intimidado a la alta guerrera, salió de la tienda. Xena lo oyó dar órdenes al guardia de fuera, especialmente lo de que sería empalado si ella escapaba. La mujer de ojos azules ya estaba buscando algo con que frotar las cuerdas para emprender la tarea de cortarlas. No tenía la menor intención de unirse a este ejército ni a ningún otro, y Stavroula lo iba a descubrir bien pronto.


Gabrielle observaba con emoción desde su escondite al otro lado del campamento. Había dejado a los hombres dando vueltas inútilmente tras sus rastros falsos y se había situado cerca de donde las dos mujeres habían observado el campamento el día anterior. La bardo se sentía razonablemente a salvo aquí, puesto el campamento entero la separaba de las partidas de búsqueda, la mayoría de las cuales parecían estar regresando ya de todas formas. Había visto cómo el joven señor de la guerra entraba en su tienda y luego cómo sacaban a rastras a Xena poco después. Por lo que había visto, la guerrera estaba bien, aunque las cuerdas que sujetaban a su amante le producían cierto fastidio. Bueno, eso se podía arreglar en cuanto ella misma consiguiera colarse en el campamento. La tienda donde el hombre había llevado a Xena estaba muy cerca de las letrinas y llegar a ella parecía sorprendentemente fácil, pero Gabrielle no iba a correr ningún riesgo. A veces las cosas más fáciles eran las más difíciles de hacer.

Como todavía quedaba mucha luz del día para ver, la bardo aprovechó para trazar una ruta de entrada en el campamento. También se aseguró de que veía rutas alternativas por si tenía que sortear guardias o terreno abierto. La mejor manera de colarse parecía seguir siendo el mismo hueco que dejaban los guardias y que habían utilizado la noche anterior. Gabrielle no entendía por qué no lo habían cerrado, salvo que, tal vez, este señor de la guerra era efectivamente tan joven como pensaba Xena y no sabía mucho sobre cómo organizar un campamento. Una posible teoría, pero iba a tener mucho cuidado cuando tuviera que cruzar esa parte del perímetro del campamento.

La ruta de entrada parecía válida desde aquí arriba, donde podía verlo todo y a todos, pero sabía que una vez en el suelo, las cosas podían tener un aspecto totalmente distinto. De modo que usando la capacidad que tenía como bardo para memorizar largas sagas, se aprendió de memoria cuidadosamente todo lo que le fue posible de la disposición del campamento, calculando a ojo las distancias donde le era posible. La ruta hasta la tienda donde tenían a Xena la llevaba por detrás de la misma tienda donde habían estado atrapadas las mujeres la noche anterior. Hasta ahí la cosa tenía buena pinta. A partir de ahí sería un poco arriesgado. Tenía que pasar arrastrándose justo al lado de las letrinas y allí podía haber cualquiera mientras ella intentaba pasar. Había una extensión de terreno abierto que cruzar, pero la hierba seca estaba muy alta y, mientras no hiciera demasiado ruido, debería conseguir cruzarla sin demasiados problemas. A partir de ahí, debía pasar por detrás de lo que parecía la tienda de la cocina y estaría pegada a la tienda donde estaba Xena. Gabrielle pensaba que podía ser una especie de almacén, porque había visto a un par de hombres de la cocina entrar y salir varias veces, cargando con grandes sacos de algo sobre los hombros cada vez que volvían.

El estómago le rugió sólo de pensar en comer. Había dejado toda la comida que llevaba con las mujeres que seguían a salvo en la pequeña cueva y no se le había ocurrido coger nada de las alforjas de Argo cuando estaba con ella. Bebiendo un buen trago de agua, se prometió a sí misma una gran comida en cuando pudiera. Entretanto, tenía cosas más importantes en las que pensar.

Siguió vigilando a los guardias que se movían por allí y absorbió en términos generales la organización global del campamento. Cuando llegó la hora de cenar, le faltaba poco para comerse la cantimplora de Xena, sobre todo cuando el olor de la comida de los hombres llegó hasta ella flotando en la brisa. Le daba igual lo que estuvieran comiendo, tenía tanta hambre que se podría haber comido uno de esos jamelgos que tenían atados al piquete del otro lado del campamento. Ya habían vuelto todas las partidas de búsqueda y Gabrielle había oído, muy débilmente, gritos que salían de la tienda del señor de la guerra. Seguramente estaba expresando su insatisfacción al saber que no habían logrado encontrar a las aldeanas. La bardo casi se echó a reír al pensarlo.

Al caer el sol, habían encendido hogueras y los hombres se sentaron alrededor, hablando y bebiendo. Gabrielle se acurrucó en su pequeña hondonada, dormitando, hasta que el campamento se calmó y ella se dispuso a intentar colarse de nuevo.


La joven bardo se despertó del todo hacia medianoche. Había estado haciendo un esfuerzo por mantenerse despierta durante horas y había acabado recitando por lo bajo todas las sagas largas que lograba recordar, pues las historias le gustaban tanto como contarlas. Regresó a rastras hasta su puesto de observación para echar un último vistazo al campamento antes de pasar al otro lado. Los guardias no parecían más atentos que la noche anterior y desde luego no se veía mucho movimiento. Gabrielle tomó nota cuidadosa de la cantidad de gente que usaba las letrinas porque era el único sitio que le producía más inseguridad. Sólo haría falta que llegara alguien en el momento menos oportuno para que la pillaran. Elevando una última oración a los dioses, recogió su vara y emprendió la lenta ruta hacia el campamento para llegar al terreno abierto que sabía que había allí.

Tardó más de lo que pensaba en llegar al otro lado. La noche anterior se había limitado a seguir a Xena mientras ésta guiaba la marcha. Esta vez lo tenía que hacer ella sola y se había perdido dos veces en la oscuridad. Pero esta vez sabía que estaba en el lugar adecuado, porque ahora estaba agachada tras el mismo arbusto frondoso donde había estado la noche antes. Incluso en la oscuridad, veía lo que había delante con gran claridad, la línea aplastada de hierba por donde se habían movido Xena y ella. Lo único que tenía que hacer era seguirla de nuevo y acabaría detrás de la tienda donde habían estado las mujeres. A partir de ahí, debía fiarse de su memoria. Gabrielle ató con cuidado una correa a su cinturón y ciñó bien el nudo que sujetaba su vara. No tenía la menor intención de entrar en el campamento sin su arma preferida a mano. Aunque ella misma no la usara, si lograba ponerla en manos de Xena, sabía que la alta guerrera podía resultar tan devastadora con ella como con su espada. Echando un último vistazo a su alrededor, Gabrielle empezó a reptar siguiendo la línea de hierba aplastada hacia la primera etapa de su viaje.

Tumbada en la hierba detrás de la primera tienda, advirtió que nadie se había molestado siquiera en coser la raja que había tenido que hacer para entrar. Gabrielle se preguntó qué le podría pasar a este señor de la guerra, que ni siquiera sabía que debía tener un segundo al mando decente para que se ocupara de los pequeños detalles como ése. Se sacudió un poco al darse cuenta de que sólo estaba retrasando la siguiente etapa de su trayecto al interior del campamento. Tomando prestado un poco del valor de Xena, empezó a avanzar a rastras de nuevo, siguiendo sus recuerdos del campamento. Justo cuando estaba llegando a la esquina de la tienda, su mano tocó algo que le resultaba muy conocido. El chakram de Xena. Se le debía de haber caído del cinto durante el combate y ahí se había quedado con todo aquel caos. Sonriendo, supo que la alta guerrera estaría más que contenta de recuperarlo. Si el arma preferida de Xena se había quedado allí, a lo mejor su espada también estaba en la alta hierba por allí cerca. Gabrielle dedicó más de media marca a palpar con cuidado a su alrededor para ver si conseguía encontrar la espada también, y por fin notó el tacto del frío metal contra la piel. Se metió el chakram dentro del corpiño, pero tuvo que llevar la espada en una mano, porque si no podía hacer algún ruido que la podría delatar.

La bardo avanzó de nuevo, pero no tardó en darse cuenta de que al buscar la espada, se había desviado de su ruta y ahora no sabía por dónde debía ir. Se detuvo y dedicó unos momentos a desatar su vara y atar en cambio la espada al extremo de la correa. Suelta, no tenía por qué hacer ningún ruido. Al menos, con la vara en las manos, si se topaba con alguien tenía la oportunidad de dejarlo fuera de combate antes de que pudiera dar la voz de alarma. Avanzando de nuevo en lo que esperaba que fuese la dirección correcta, se encaminó hacia las letrinas.


Xena frotó con cuidado sus muñecas contra el borde de una caja una vez más, apretando los dientes por el dolor que sintió cuando los bordes cortantes le rozaron la piel irritada. Llevaba horas haciendo esto, desgastando despacio la soga que le ataba las manos. Teniendo en cuenta el estado general del campamento, tenía que reconocerles cierto mérito por usar cuerdas nuevas con ella, pero eso le estaba dificultando mucho más la tarea de cortarlas a base de frotar. No había tardado mucho en encontrar la caja, pero no pudo moverse hasta que el último miembro del personal de la cocina entró por última vez y se marchó. Tampoco le ayudaba nada el no ver dónde tenía las manos en relación con la caja.

Una vez más oyó pasos que se movían por detrás de la tienda y se trasladó a toda prisa al lugar donde la habían dejado originalmente. Los pasos se desvanecieron cuando su dueño siguió caminando. La alta guerrera resopló por dentro. Daba la impresión de que todos los hombres del campamento pasaban por detrás de esta tienda de camino a las letrinas. Pero no quería arriesgarse a que la pillaran y la ataran con más cuerdas, por lo que cada vez que oía los pasos de uno de los hombres, volvía a su sitio hasta que estaba segura de que seguían de largo. En cuanto desaparecían, regresaba a rastras a la caja y reanudaba el proceso de desgaste de la cuerda. Era tedioso, como poco, pero no tenía la menor intención de unirse al ejército de Stavroula ni de estar allí por la mañana.

Sus oídos se aguzaron por un instante. Había oído algo, pero el ruido de la cuerda sobre el borde cortante de la caja lo había tapado. Xena se puso tensa. Todavía le preocupaba mucho que uno o más de los hombres decidieran atacarla aprovechando que estaba atada. El ruido no se repitió. Al escuchar atentamente, sólo oyó los pasos que se acercaban de otro hombre que se dirigía a las letrinas. Llevaba todo el día oliéndolas y sabía que tendrían que haber cavado letrinas nuevas hacía mucho tiempo. Afortunadamente, nadie le había ofrecido comida o agua. Estaba convencida de que ambas cosas podrían haberle sentado muy mal.

Los pasos del hombre se acercaron. Al pasar por detrás de la tienda, se oyó un golpe y la caída de un cuerpo. ¿Acaso alguien estaba llevando a cabo una pequeña venganza privada? No era tan infrecuente en un campamento de este tamaño. A veces los hombres tenían que resolver desacuerdos personales y lo hacían justo de esta manera. Xena esperó a oír cómo se alejaba el otro hombre. En cambio, oyó el ruido de un cuchillo que cortaba despacio la lona que tenía detrás. Esto no era lo que se esperaba la alta mujer como ataque. Estaba preparada para algo un poco más frontal. Tratando de darse la vuelta del todo para ver a su atacante, se sorprendió tanto que se quedó sin habla cuando la cabeza de Gabrielle asomó por detrás de una caja.

—Hola, amor. He pensado que te vendría bien un cuchillo —susurró, mostrándole el suyo.


La vuelta a rastras a través del campamento le resultó tan terrorífica a Gabrielle como lo había sido la entrada. Su propia creencia en la ley de las probabilidades le decía que tenían que ser descubiertas. Pero por alguna razón, no lo fueron. Una vez superaron el borde del campamento y cuando se dirigían ya a la pequeña cueva, Xena se detuvo y se pasó largos minutos estrechando simplemente a la bardo contra su cuerpo. Gabrielle no sabía muy bien qué intentaba expresar la alta guerrera con ese abrazo estrechísimo, pero cuando la situación no fuese tan peligrosa, se iba a asegurar de preguntárselo.


Xena y Gabrielle estaban sentadas en silencio junto a la hoguera. Habían pasado diez días desde que huyeron del campamento de Stavroula y llevaron a las mujeres que habían rescatado de regreso al pueblo donde sus familias y parientes residían ahora e intentaban ir rehaciendo poco a poco su vida destrozada. Tras detenerse únicamente para reaprovisionarse, las dos mujeres se dieron la vuelta y regresaron por el mismo camino que acababan de recorrer. La alta guerrera estaba decidida a completar la tarea que se había encomendado a sí misma, pero no sabía muy bien cómo llevarla a cabo. Stavroula era tan parecida a ella cuando tenía la misma edad que se sentía un poco incómoda, aunque los motivos fuesen muy distintos. Ésa era la sensación de familiaridad que había tenido Xena cuando estuvieron hablando. A pesar de las vueltas que le daba, Xena no estaba obteniendo muchas respuestas.

—Gabrielle —dijo la morena con tono apagado—. ¿Qué habrías hecho si me hubieras conocido antes de que cambiara mi manera de vivir? ¿Habrías intentado salvarme de... bueno, de mí misma?

—Seria pregunta —replicó la bardo, mirando a los intensos ojos azules de su amante.

—Necesito una respuesta seria —dijo Xena.

La guerrera observó varios minutos mientras Gabrielle reflexionaba sobre la pregunta. Por lo general, la respuesta espontánea de la bardo habría sido decir que sí, pero al conocer a Xena como la conocía ahora, pues... ya no era su primera respuesta.

—¿Y dices que a esta tal Stavroula la empuja la sed de venganza? ¿Sólo de venganza, o hay algo más? —preguntó la rubia.

—Que yo viera, la empujan la sed de venganza y la codicia. Para ella va antes la codicia que la venganza. Para mí creo que era al revés —contestó la otra después de pensar un momento en las cosas que le había dicho la pelirroja señora de la guerra aquella tarde.

Gabrielle se quedó un rato contemplando el fuego, pensando en la pregunta e intentando dar con una respuesta que fuese a la vez sincera y comprensible.

—Para serte sincera, Xena, si te hubiera conocido cuando todavía eras una señora de la guerra, sobre todo después de lo que te hizo César, seguramente te habría tenido tanto miedo como todo el mundo.

—Entonces, ¿no habrías intentado llegar a mi alma? —preguntó Xena. Estaba buscando una manera de llegar a Stavroula y tal vez apartarla del mismo camino que la alta mujer había recorrido.

—Entonces no te conocía y dudo de que yo sola pudiera haber llegado a ti. Hizo falta el hijo de un dios para que vieras lo que llevabas de verdad en el corazón, y yo no tengo esa clase de poder —replicó Gabrielle.

Xena se inclinó para besar al amor de su vida.

—Sí que tienes ese poder, sólo que de una forma distinta.

La bardo rodeó a la morena con los brazos y se puso a acariciarle la espalda con las manos, notando cómo se arqueaba la alta guerrera por el placer.

—Bueno, no pienses que voy a convertir en amante a cualquier señor de la guerra que se presente. —Sonrió a Xena y se puso a besarle el cuello.


Al contemplar de nuevo el campamento, ambas mujeres se dieron cuenta de que nada había cambiado durante los diez días que habían transcurrido. Seguía habiendo desperdicios tirados por todas partes y los hombres seguían dando la impresión de encontrar más satisfacción en los odres de vino que en entrenar con sus armas. Había nuevas cajas y cofres fuera de la tienda donde habían encerrado a las mujeres, y Xena se encogió un poco al pensar que había habido otro ataque contra una aldea indefensa. Hasta las letrinas, tan fétidas antes, ahora bastaban para llenarles los ojos de lágrimas a pesar de la distancia que las separaba de ellas. Las dos se sintieron muy agradecidas cuando por fin cambió el viento y se llevó el hedor en otra dirección.

Xena había estado pensando en cómo enfrentarse a la joven y pelirroja señora de la guerra casi desde el momento en que se marcharon del pueblo después de dejar a sus protegidas. La motivación de Stavroula era la venganza, una venganza que buscaba por los actos cometidos contra su cuerpo y su mente durante los años que había pasado como esclava. Lo disimulaba bien con un orgullo muy frágil, pero Xena la comprendía. La alta guerrera había llegado por fin a la conclusión de que la única manera de detener a la mujer era desafiarla y enfrentarse a ella en combate. ¿Pero los hombres que estaban a su mando permitirían hacer eso a la morena? ¿O también tendría que luchar contra todos ellos?

También le había estado dando vueltas a la idea de si tendría que llegar a matar a Stavroula o si bastaría con ganar el combate y hacerse así con el mando del ejército que pertenecía a la mujer. En el fondo algo le decía a la guerrera que ganar el combate no iba a detener a la pelirroja señora de la guerra. Saldría y montaría otro ejército para continuar con su venganza. Eso era exactamente lo que la propia Xena habría hecho. No, tanto si le gustaba como si no, matar a la mujer era posiblemente la única respuesta. En algunas circunstancias, simplemente no había otra solución. Sin embargo, esta mujer se parecía tanto a ella en tantas cosas que era un poco como pensar en matarse a sí misma. La idea le producía desazón.

—¿Y qué hacemos ahora, Xena? —preguntó Gabrielle. Había estado observando el campamento con la misma atención que la guerrera que estaba a su lado, pero no se le ocurría ninguna manera de hacer frente a la situación que no supusiera implicar al ejército entero.

—Nosotras no hacemos nada. Se trata de lo que yo tengo que hacer —replicó la mujer alta. A la bardo se le puso cara terca—. Gabrielle, voy a desafiar a esa señora de la guerra y la voy a derrotar en un combate justo. Es lo único que se me ocurre para desmantelar el ejército que ha creado —explicó Xena.

La rubia soltó un profundo suspiro.

—Lo sé. Lo sé. Tú nunca empiezas las cosas, las terminas. —Gabrielle alargó la mano y con un dedo acarició con ternura la cara de su amante.

—Normalmente, te diría que te lleves a Argo y te vayas de aquí si me sucede algo, pero tú, lista y tozuda bardita mía, seguro que harías justamente lo contrario —dijo Xena.

Gabrielle le sonrió a su vez. Eso era precisamente lo que haría. Y bien que lo sabía Xena.

—Así que, por favor, quédate aquí. Al menos así sé que estás a salvo, pero si consigue matarme, sal de aquí lo más deprisa que puedas —dijo la guerrera con toda seriedad. Xena dedicó un momento demasiado breve para besar a su amor y luego bajó rápidamente por el altozano y se dirigió hacia el campamento.

La bardo se quedó mirándola mientras se alejaba. Sabía ya que si la pelirroja señora de la guerra lograba matar a Xena, ella se lanzaría por esa colina para cobrarse su propia venganza. Seguramente Xena también lo sabía.


Gabrielle observó cuando un guardia a todas luces aterrorizado entró corriendo en el campamento y fue derecho a la tienda de la señora de la guerra. El guardia de la entrada lo detuvo un momento mientras farfullaba su mensaje y entonces se apresuró a abrir el faldón para dejarlo entrar. Poco después, la propia pelirroja estaba plantada ante la entrada, escudriñando el perímetro del campamento como si ya pudiera ver a Xena. La bardo sabía que Xena no aparecería hasta que fuese el momento adecuado, pero la señora de la guerra no lo sabía.

Stavroula se volvió para decirle algo a alguien que estaba dentro de la tienda y le sacaron sus armas. Se las puso con cuidado y luego se encaminó al centro del campamento, apartando a patadas a los soldados mientras avanzaba. Por lo que veía Gabrielle, la mujer no estaba de buen humor. La noticia de lo que estaba a punto de ocurrir se extendió como un incendio por todo el campamento y no tardó en formarse un semicírculo de hombres, de varias filas en fondo, detrás de ella, murmurando unos con otros. Gabrielle los oía desde donde estaba escondida en lo alto de la colina. Sonaba igual que un arroyo veloz al correr por un lecho pedregoso.

—¿Así que piensas que puedes conmigo, Princesa Guerrera? —gritó Stavroula al bosque circundante—. Pues ven a intentarlo. Este ejército es mío y pienso quedármerlo.

La furiosa señora de la guerra captó un rápido movimiento entre los árboles. Xena salió del bosque de un gran salto, trazando un arco por el aire, y aterrizó dentro del perímetro del campamento, con un sonoro golpe cuando sus botas alcanzaron el suelo.

Stavroula no daba crédito a la arrogancia de la mujer que se acercaba a la señora de la guerra caminando tan tranquila. ¿Conocía esta mujer alguna clase de miedo? La pelirroja nunca habría intentado hacer una cosa semejante. Era demasiado arriesgado. Consiguió borrarse la sorpresa de la cara antes de que Xena estuviera lo bastante cerca como para verla. Pero la alta guerrera sabía que había estado allí de todas formas.

En cuanto Xena estuvo a una distancia cómoda para hablar, se detuvo, relajada y alerta. Stavroula echaba chispas. Esta mujer la estaba haciendo quedar cada vez más como una idiota delante de sus propios hombres. Primero Xena había logrado rescatar a las mujeres de la aldea y luego se había escapado del almacén. Y ahora entraba en el campamento como si fuese suyo. Todo aquello hería el orgullo de Stavroula hasta tal punto que se ponía casi morada de rabia cada vez que pensaba en la Princesa Guerrera. Sabía que la belleza morena estaba presionándola, y trató de controlar la lengua. No duró mucho.

—La gran Princesa Guerrera ha regresado —le gruñó Stavroula a Xena.

El rostro de la mujer alta mostraba una expresión de absoluto aburrimiento.

—Y ahora se cree tan buena que quiere eliminarme y robarme mi ejército. —Stavroula buscaba desesperada algo con que golpear verbalmente a Xena, pero a ésta parecía darle igual lo que dijera la señora de la guerra—. ¿Crees que tienes el valor suficiente para enfrentarte a mí? —Desenvainó su espada y esperó la respuesta de Xena, ya fuese una estocada o un golpe.

A Stavroula casi se le salieron los ojos de las órbitas. ¡La Princesa Guerrera estaba bostezando! Xena tenía los ojos medio cerrados y daba la impresión de que se iba a quedar dormida de un momento a otro. La rabia de la señora de la guerra fue en aumento. ¿Acaso esta mujer no sabía que ella, Stavroula, hija de un tratante de esclavos, era la mejor señora de la guerra desde... desde... bueno, desde la propia Xena?

Xena estaba de todo menos aburrida y, desde luego, no tenía ni pizca de sueño. Las reacciones de la señora de la guerra ante su fingida falta de interés eran exactamente lo que quería. Xena estaba presionando deliberadamente el frágil orgullo de la otra mujer, empujándola a la ira... empujándola hasta que el primero se rompiera o la segunda se impusiera a la prudencia.

Xena abrió los ojos un poco más.

—Disculpa. ¿Has dicho algo? —preguntó, con aire de no sentir el más mínimo interés por la respuesta que pudiera dar la señora de la guerra.

El tono de Xena fue la gota final para Stavroula. Con un grito de rabia, blandió la espada por encima de la cabeza con la intención de cortar a la despreciativa mujer de la cabeza a los pies. La espada estaba todavía a varios centímetros de la cabeza de Xena cuando se topó con el acero brutal de la propia espada de la guerrera. Stavroula notó la vibración del contacto que le subía por los brazos.

Ahora Xena parecía cualquier cosa menos aburrida y dormida. De hecho, tenía una sonrisa en la cara que dejó helada a la enfurecida pelirroja. Haciendo un alarde de insolencia total, la morena alargó la mano y le retorció la nariz a la señora de la guerra. Apartándose de las dos espadas cruzadas en alto, la guerrera retrocedió botando unos pasos e hizo un gesto a la otra para que volviera a intentarlo.

Stavroula no conseguía entenderlo. La otra mujer estaba tan segura de sí misma que se tomaba todo el asunto como una especie de juego. La señora de la guerra sentía que estaba jugando con ella. Pues muy bien, no tardaría en demostrarle a esta princesa guerrera quién era el juguete y quién era la que jugaba. Calmándose lo mejor que pudo, Stavroula retrocedió un poco e hizo acopio de hasta la última migaja de entrenamiento que había recibido en su vida.

Equilibrada sobre los dos pies, Xena esperó a ver qué iba a hacer la señora de la guerra a continuación. Vio que Stavroula intentaba calmarse, pero la rabia estaba demasiado cerca de la superficie. Las emociones se mostraban abiertamente en el rostro de la pelirroja. Xena las veía tan claramente como si estuviera leyendo uno de los pergaminos de Gabrielle. La guerrera sabía cómo luchar contra esta señora de la guerra. Era como luchar contra sí misma cuando era más joven, más iracunda. Un combate que la mujer alta ya había librado y ganado.

La señora de la guerra atacó de nuevo a Xena. El choque del acero contra el acero resonó con fuerza por el campamento y llegó hasta la colina donde Gabrielle observaba con preocupación. La pelirroja era buena y tenía la ventaja de la juventud. Sin embargo, Xena era mejor. Tenía años de experiencia, cosa que la otra mujer simplemente no podía igualar. El baile del acero rápido como el rayo junto con giros y maniobras aún más rápidos se fue desarrollando alrededor del círculo de observadores. Stavroula esquivó un golpe y, cuando aún estaba de rodillas, lanzó una estocada hacia delante con la espada, hundiéndola hasta el fondo en el muslo desprotegido de Xena, sin alcanzar el hueso por muy poco. Xena gruñó de dolor y retrocedió rápidamente apoyándose en la pierna sana.

La alta guerrera notaba cómo el dolor iba subiendo por su cuerpo acompañado de una acometida de estremecimientos y sudor. La sangre manaba de la herida y le cubría la espinillera y la bota. Tanta era que Xena ya oía cómo su pie chapoteaba un poco en el suelo. Se quedó a la espera del siguiente movimiento de la señora de la guerra. Rechinando los dientes, hizo caso omiso del dolor y se equilibró sobre una sola pierna, tocando apenas el suelo con la punta del otro pie. Se tambaleaba ligeramente y parecía que se iba a desplomar con que soplara un poco de viento.

Stavroula dejó asomar una sonrisa triunfal. Iba a matar a la poderosa Princesa Guerrera después de todo. Dejando que la idea de su inminente victoria inflara su orgullo maltrecho, lanzó una gran estocada con la intención de separar esa cabeza sonriente de los hombros de Xena. La pelirroja sabía que ella era mejor señora de la guerra y ahora estaba a punto de demostrarlo... tanto a los demás como, y esto era lo más importante, a sí misma.

La espada ni llegó a acercarse a la mujer alta. Durante la fracción de segundo que la señora de la guerra se había quedado desprotegida, Xena avanzó inesperadamente sobre esa misma pierna herida y atravesó con su propia espada el cuerpo de la señora de la guerra.

Stavroula miró hacia abajo estúpidamente, sin poder creer que había sido derrotada por alguien que apenas se sujetaba en pie. Levantó de nuevo los ojos para mirar a Xena. La sonrisa había desaparecido, sustituida por la expresión más triste que había visto la pelirroja en toda su vida. Fue la imagen de esa expresión lo que se llevó al Hades.

Cuando el cadáver de la señora de la guerra se soltó de la espada de Xena, la mujer alta se permitió caer sobre una rodilla. Sosteniéndose con la espada, Xena se declaró la nueva dirigente del ejército. No hubo un solo hombre dispuesto a discutir con ella. Aunque estaba herida, la mayoría de los hombres no podía competir con ella.


Xena se quedó mirando cuando los últimos hombres desarmados echaron a andar por el camino. Con una mano se apoyaba en el hombro de Gabrielle para mantener el equilibrio. La herida del muslo se estaba curando despacio, pero eso se debía muy probablemente a que no estaba descansando como era debido. La bardo la perseguía un poco con el tema, pero Xena hacía todo lo posible por no hacer ni caso a la joven.

—¿Crees que los hemos encontrado a todos? —preguntó Gabrielle.

—No. No creo que los encontremos jamás, pero al menos sí hemos encontrado a los peores y nos hemos ocupado de ellos —replicó Xena, tratando de pasar por alto el profundo dolor que tenía en la pierna. Realmente tendría que estar haciendo reposo, pero tenía una imagen que salvaguardar y no quedaba bien estar sentada todo el tiempo. Además, sabía que a Gabrielle se la llevaban los demonios y a veces Xena tenía un sentido del humor algo pérfido.

Habían pasado casi dos semanas enteras dilucidando quién había hecho qué en la pequeña aldea y habían enviado a los peores de esos hombres, vigilados por otros de mayor confianza, al pueblo donde se habían instalado los supervivientes. Allí, el sistema penal se ocuparía de ellos. Los aldeanos tendrían justicia.

Xena volvió la mirada hacia la pequeña tumba donde habían enterrado a Stavroula. El marcador de madera tallada todavía parecía demasiado nuevo y crudo para su gusto, pero no podía hacer nada al respecto. En cierto modo, reflejaba la crudeza que sentía por dentro. La señora de la guerra muerta podría haber sido capaz de cambiar de vida, pero no había querido cambiar. Tal vez eso respondía a la pregunta de por qué Xena sí había cambiado cuando Hércules la obligó a mirar dentro de su propio corazón. Estaba preparada para cambiar. Y el amor de Gabrielle la estaba ayudado a curarse. Xena empezaba a pensar que tal vez un día... en un futuro lejano... su curación estaría completa. De un modo extraño, matar a la joven señora de la guerra había sido como matar una parte de sí misma, una parte que todavía llevaba dentro. Se sentía como si, tal vez, se hubiera vuelto un poco más dócil y a lo mejor ahora sus pesadillas serían más fáciles de soportar. A lo mejor Gabrielle tenía razón sobre el amor y el perdón, después de todo.

La mujer alta se inclinó y besó esa coronilla de cabellos rubios rojizos.

—¿Y eso? —preguntó Gabrielle. El beso la había sorprendido.

—Por querer a alguien antes de que supiera quererse a sí misma —contestó Xena.

Volviéndose hacia la mujer alta, Gabrielle la ayudó a volver cojeando hasta la hoguera. Había algunas cosas de las que realmente iban a tener que hablar y ahora parecía un buen momento para ello.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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