Un alma llena de lágrimas

Jamie Boughen



Descargos (por desagradables que sean): MCA es propietaria de Xena y Gabrielle. Yo poseo todo lo demás. Creo que más vale que me haga también responsable de esta historia.
En este relato hay relaciones sexuales implícitas entre dos mujeres con consentimiento mutuo. Son tan implícitas que seguro que las podéis pasar por alto aunque no creáis en el subtexto de Xena, la Princesa Guerrera. Si no las podéis pasar por alto, borrad esto ahora. Si este tipo de historia es ilegal o si sois menores de edad, os convendría borrar ahora, por si acaso.
Muchas gracias a MaryD por leer partes de esta historia en forma de borrador y por animarme a seguir escribiendo. Gracias también a la panda del Campfire. Cuando mi bloqueo estaba en su peor fase, conseguisteis que me siguiera riendo. Ah, y las lecciones de gramática también me han venido muy bien. :-)
Jamie Boughen

Título original: A Soul Full of Tears. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


1


Xena bajó la mirada. En la mano tenía una espada ensangrentada. Su propia espada, cubierta de la fuerza vital escarlata de los cientos de personas a las que había matado. Vio la sangre que le cubría las manos y los brazos. La guerrera dejó caer la espada al suelo delante de ella, horrorizada. A sus pies, la tierra estaba empapada de la sangre de aldeanos inocentes y producía un chapoteo bajo sus botas. Uno por uno iban pasando ante ella, mostrando sus heridas, preguntando por qué, exigiendo que contestara su pregunta. Xena no paraba de negar con la cabeza. No tenía respuesta para la abominación que se presentaba ante sus ojos. No podía responder por qué, sólo cómo. Intentó quitarse la sangre de las manos y los brazos frotándoselos y debajo vio aún más sangre. Le goteaba grotescamente de las manos, los brazos, la ropa, la cara. Estaba empapada en la sangre de cientos de personas y no había forma de quitársela.

Gabrielle se despertó al notar que Xena se agitaba débilmente a su lado, murmurando en sueños palabras que no tenían sentido. Su cuerpo chorreaba de sudor, pero no había lágrimas ni sollozos, sólo la expresión de horror de su rostro. La joven bardo llevaba el tiempo suficiente junto a la mujer alta para reconocer todos los síntomas de sus pesadillas. Rodeó delicadamente a Xena con los brazos y se puso a hablarle suavemente al oído. Despertar a la mujer de golpe casi asustaba tanto a la guerrera como la pesadilla misma. Tampoco era algo muy seguro para Gabrielle, pues Xena a veces atacaba sin darse cuenta de quién la estaba despertando.

—Vamos, Xena. Despierta. Soy Gabrielle. Ahora estás a salvo. Sólo estamos Argo y yo. Despierta. Todo va bien —susurró una y otra vez al oído de la guerrera.

La mujer más alta se había puesto absolutamente rígida en sus brazos, sin respirar, sin moverse. Gabrielle empezó a hablar más deprisa. A veces no conseguía sacar a Xena de la pesadilla antes de que empezaran los gritos.

—Tranquila, Xena. Vamos. Todo va bien. Despierta. Despierta. Abre los ojos y verás que todo está bien.

Xena inhaló de repente con gran estrépito, metiendo aire en su cuerpo privado de oxígeno. O estaba despierta o a punto de ponerse a gritar. Gabrielle esperó... y se relajó. El grito no llegó a producirse. La mujer alta se acurrucó más en los brazos reconfortantes de la bardo y se puso a temblar, con los dientes castañeteando como si tuviera frío, a pesar del calor de la noche que las rodeaba. La joven la sujetó con fuerza y esperó a que Xena sintiera la seguridad que tanto necesitaba después de una pesadilla. El violento temblor de la alta guerrera bastaba casi para dislocarle los huesos a Gabrielle.

La bardo canturreaba por lo bajo, dejando que la morena notara su presencia mediante el tacto y el sonido. Frotaba suavemente la espalda de la otra mujer, relajando algunos de los músculos agarrotados de la columna de Xena. Al cabo de casi una marca, la guerrera aflojó despacio los brazos con los que se había aferrado a la joven bardo. El temblor se había calmado hacía ya tiempo y por fin Xena se sintió lo bastante segura como para mirar a los ojos a la mujer que amaba. Cuando acababa de despertarse, se sentía siempre tan... tan... manchada de sangre que no podía abrir siquiera los ojos por temor a que la mujer más joven viera la oscuridad de su alma y huyera asustada. Sin embargo, necesitaba desesperadamente el consuelo y el amor que la bardo le daba tan generosamente. Xena había perdido la cuenta de la cantidad de veces que se había despertado de esas terroríficas pesadillas para descubrir los brazos de la joven a su alrededor y el suave canturreo de su voz en el oído.

—¿Me lo puedes contar? —preguntó Gabrielle dulcemente. Besó la cabeza de la otra mujer, acurrucada contra su pecho.

—No, era lo mismo de siempre. Nada de especial —replicó Xena. Nunca le contaba a la bardo lo que veía en sus pesadillas. Ya era malo que Gabrielle supiera que las tenía. Pero era difícil ocultar una cosa así cuando la otra mujer dormía a apenas dos centímetros de distancia de ella todas las noches. Aunque Gabrielle lo sabía desde mucho antes de que se hicieran amantes—. Vuelve a dormirte. Ya estoy bien —dijo.

Gabrielle sabía que ahora ya no iba a sacarle nada más a su amante guerrera, de modo que se pegó a la mujer alta y cerró los ojos. No tardó en quedarse dormida de nuevo, aunque Xena permaneció despierta el resto de la noche, temerosa de tener otro de esos sueños espantosos si cerraba los ojos.


—Gabrielle, despierta. Ya es de día. Tenemos que ponernos en marcha —le dijo Xena a la mujer inerte bien arrebujada en las mantas. Sonrió por dentro. Gabrielle no era aficionada a madrugar, casi como si quisiera quedarse en el país de sus sueños todo el tiempo posible. La guerrera deseaba poder dormir así de bien alguna vez. Esa época hacía tiempo que había pasado para ella. Zarandeó otra vez a la mujer más joven y oyó el gruñido que le permitió saber que por fin la había despertado—. Venga. Buenos días. Es hora de levantarse. Deja ya de holgazanear.

Gabrielle gruñó algo bajo las mantas que Xena prefirió no oír. Como sabía que la bardo estaba por fin despierta, Xena volvió a la hoguera para ocuparse del desayuno. La otra mujer no tardaría en levantarse, sin humor para aguantar a nadie, al menos durante un rato. Xena había aprendido a no hacerle el menor caso hasta que la mujer más joven le echaba los brazos al cuello para darle los buenos días con un abrazo. Entonces podían hablar de cualquier cosa que tuvieran que discutir. Dando la vuelta al pescado, escuchó mientras Gabrielle se ponía en pie despacio y salía del campamento unos momentos para hacer sus necesidades. Xena no pudo evitar sonreír. Durante ese cuarto de marca más o menos, todas las mañanas, Gabrielle estaba tan malhumorada y taciturna como cualquier guerrero que Xena hubiera conocido. Daba igual que estuvieran en el camino o que se alojaran en una taberna o posada de algún pueblo. Siempre era igual. Y Xena se había adaptado a ello.

La morena escuchó con deleite secreto mientras Gabrielle se movía soltando bufidos y dando pisotones por el campamento, poniéndose ropa limpia, calzándose las botas, preparando su zurrón y enrollando el petate donde habían dormido las dos. En cierto modo, a la mujer más alta le recordaba que su amante era un ser humano, al fin y al cabo. Era como si resolviera todos sus malos humores de una sola vez cada mañana y luego podía ser la persona alegre y afectuosa de costumbre durante el resto del día. Ojo, que Gabrielle tenía un genio casi comparable al suyo, y por supuesto que tenía sus momentos de mal humor, pero la mayor parte del tiempo era una persona dulce y cariñosa, y ésa era una de las cosas que Xena adoraba de ella. Por fin oyó que la joven bardo se acercaba a ella por detrás y notó que sus brazos le rodeaban el cuello para saludarla con un abrazo. Gabrielle estaba preparada para enfrentarse al nuevo día.

—Buenos días, Gabrielle —dijo Xena—. Hoy hay pescado para desayunar.

—Buenos días para ti también, amor —replicó Gabrielle, que ya estaba cogiendo un pedacito del filete caliente. Soplando para enfriarlo, así como sus dedos, se lo metió en la boca. Su cara se llenó de placer.

—Pareces un gato que se hubiera zampado toda la nata —le dijo la guerrera. Le encantaba ver comer a la otra mujer. Cosa que jamás le diría. Igual que tampoco reconocería nunca que disfrutaba del sonido de su voz mientras viajaban por el camino.

—¿Qué le voy a hacer si me gusta comer? —respondió la bardo. Alargó la mano para coger la torta de pan fresco que había hecho para la cena la noche anterior y un poco más del delicioso pescado.

—Aunque a veces no entiendo dónde te lo metes. No te sobra ni un gramo de grasa —comentó Xena, mirando a su amante con mucha atención. Y apreciando mucho lo que veía. Una parte de ella deseaba poder quedarse un poco más para hacer el amor, pero quería salir de nuevo al camino y recuperar algo de tiempo. Habían tenido varios días de lluvia que las habían dejado varadas en una pequeña aldea a un día a caballo de distancia.

Habían cabalgado bajo la lluvia durante tres días, pero cuando se les empapó todo lo que llevaban, además de ellas mismas, Gabrielle la convenció para que se alojaran en la aldea. Viajar bajo la lluvia nunca había sido el entretenimiento preferido de Xena en cualquier caso, de modo que no hizo falta que le insistiera mucho. Ahora Xena estaba forzando un poco la marcha para recuperar los días que habían pasado en la taberna de la aldea. Se alegraba de que el tiempo hubiera mejorado lo suficiente para que viajar resultara menos incómodo. El camino seguía lleno de fango y sus campamentos algo húmedos, pero no llovía, y eso era algo que la guerrera agradecía.


—Maldito barro —masculló Gabrielle en voz alta. Se estaba quitando con cuidado otra plasta de espeso fango negro de la suela de las botas con un palito. Se tenía que parar de vez en cuando para hacer esto o acababa cargando con la mitad del camino en los pies. Ya le costaba caminar con todo ese lodo sin aumentar además el peso de sus botas.

—Bueno, te he preguntado si querías montar, pero has dicho que no —le dijo Xena a la mujer más joven.

Mirando a la Princesa Guerrera sentada bien erguida en su silla, Gabrielle contestó:

—Harías cualquier cosa por subirme ahí. Ya sabes que a ese caballo no le caigo bien.

—Vamos, Gabrielle. A Argo sí que le caes... —Xena se calló a media frase. Cerrando los ojos un momento y moviendo la cabeza ligeramente de un lado a otro, aspiró profundamente los olores del bosque que las rodeaba.

—¿Qué pasa, Xena? ¿Hueles algo? —preguntó la bardo. Vio la expresión tensa de la alta guerrera y se preguntó qué habría notado. Gabrielle olisqueó atentamente el viento que le soplaba en la cara. No parecía haber nada fuera de lo normal. Sólo los olores habituales que eran de esperar en el bosque. La mujer rubia aspiró más hondo. Captó un olor leve que no conseguía reconocer. Tal vez estaban demasiado lejos para que ella pudiera saber qué era, pero era evidente que Xena lo sabía.

—Monta, Gabrielle. No tengo tiempo para discutirlo contigo —ordenó la guerrera al tiempo que alargaba la mano para ayudar a la joven bardo a montar detrás de ella. Argo ya notaba la tensión de su dueña y jinete.

Al darse cuenta de que Xena lo decía en serio y que discutir con ella supondría quedarse abandonada en el camino, Gabrielle se apresuró a montar detrás de la mujer más alta y se agarró con fuerza a su cintura armada en el momento en que el caballo salía al galope debajo de ella. Ahora que el viento le daba directamente en la cara, Gabrielle olió lo que había alertado a Xena sobre el problema que había allí delante. El fuerte olor a paja quemada.

Tras recorrer poco menos de un kilómetro, Gabrielle divisó los restos de la aldea en llamas delante de ellas, entreviéndolos por encima del hombro de Xena mientras botaba incómoda detrás de la otra mujer. Ya estaban dentro de la aldea cuando la guerrera detuvo a Argo derrapando.

Una espesa capa de humo pendía sobre toda la zona y las llamas seguían devorando lentamente los pocos trozos de madera intacta que podían encontrar. Había cuerpos por todas partes. Los pocos edificios que todavía quedaban en pie estaban relativamente intactos y Gabrielle vio que casi todas las demás estructuras de la pequeña aldea habían sido arrasadas por completo. Las que todavía estaban en pie tenían las puertas y ventanas destrozadas y partes de las paredes estaban arrancadas de cuajo. Si quedaba alguien con vida, al menos tendría un techo donde guarecerse. En los pocos segundos que la bardo había tardado en ver todo esto, Xena se había tirado de la silla y estaba haciendo una rápida evaluación para ver si merecía la pena intentar salvar a alguno de los cuerpos esparcidos por el suelo. Iba pasando de uno a otro, buscando un pulso por aquí, dándole la vuelta a otro por allá. Cada vez meneaba la cabeza y seguía adelante. La bardo se sentía casi abrumada por el espeluznante silencio y tomó la rápida decisión de buscar también supervivientes. Cualquier cosa era mejor que quedarse allí sentada escuchando toda esa falta de ruido.

Gabrielle consiguió bajarse torpemente de Argo y emprendió su propia búsqueda de supervivientes de la masacre, que era lo que debía de haber sido para que hubiera tantos muertos. Entró en uno de los pocos edificios que seguían en pie y retrocedió apresuradamente tras echar un rápido vistazo. Se agarró a un poste para sostenerse y vomitó el desayuno que había tomado hacía poco. Xena apareció a su lado al instante.

—¡Oye! ¿Estás bien? —preguntó, con evidente preocupación por su amante en el tono.

Gabrielle asintió, pero volvió a doblarse para vaciar de nuevo el estómago. Le daba vueltas la cabeza y empezó a tambalearse mareada. La alta guerrera la agarró rápidamente antes de que se cayera y la depositó en el escalón medio roto, empujando suavemente la cabeza de la bardo entre sus rodillas. La joven estaba más que de acuerdo en quedarse allí para intentar borrarse de la memoria lo que había visto en esa pequeña habitación. Una mujer, en avanzado estado de gestación, había sido violada y tenía la parte interna de los muslos cubierta de sangre y la falda desgarrada levantada alrededor de las caderas. Pero quienquiera que lo hubiera hecho no se había conformado con violar a la mujer. Después de “divertirse”, la había matado... así como al niño aún por nacer que llevaba, arrancándoselo del vientre. La expresión de intenso dolor y horror que se veía en el rostro muerto de la mujer era más que suficiente para decirle a Gabrielle que aquello había sucedido cuando la mujer todavía estaba viva, aunque sólo fuese un momento.

La bardo oyó que Xena subía los escalones para mirar por la puerta abierta. No tardó en volver al lado de la mujer más joven.

—Hay cosas que nadie debería ver nunca —bufó, furiosa, no con Gabrielle, sino con los monstruos que habían destruido la aldea—. ¿Crees que ya vas a estar bien? Me vendría muy bien tu ayuda —preguntó Xena en voz baja. Tenía que dar algo que hacer a la joven para ayudarla a olvidar lo que acababa de ver.

Gabrielle alzó la cabeza despacio y asintió.

—Lo que necesites, amor. Yo te ayudo —contestó valientemente. Ahora mismo, lo que más necesitaba era estar ocupada o no pararía de repetir esa imagen en su mente una y otra vez. Dejando que Xena la ayudara a levantarse, las dos mujeres se pusieron a registrar el resto de la aldea en busca de supervivientes.


Era un grupo patéticamente pequeño de personas el que acabaron reuniendo en uno de los pequeños edificios a las afueras del pueblo. Tenía el tejado intacto, y Xena había arreglado el hueco abierto donde antes había una ventana como mejor había podido. Por fortuna, las noches todavía eran cálidas o si no habrían tenido un auténtico problema. No quedaba ni un solo hombre entre la adolescencia y la vejez. Habían matado directamente a cualquier hombre que pudiera haber opuesto la menor resistencia. De las mujeres, sólo quedaban las muy ancianas, las muy jóvenes o las... por decirlo cortésmente, menos agraciadas. Las demás o estaban muertas o habían sido capturadas como esclavas. Con la poca comida que consiguieron encontrar, ya que la mayoría había sido quemada, destruida, estropeada o simplemente robada, Gabrielle había hecho un guiso tosco pero alimenticio para dar de comer a todo el mundo.

Xena se acercó a la joven bardo por detrás, limpiándose la sangre de las manos con un paño húmedo.

—No sé si saldrá adelante, pero he hecho todo lo que he podido. Ahora depende de ella —dijo.

Gabrielle se volvió para mirar a la anciana a quien Xena había estado atendiendo. Había cogido una espada abandonada para intentar proteger a su joven nieta y uno de los asaltantes le había atravesado el estómago con su espada. Xena la había descubierto apenas viva detrás de uno de los edificios quemados, donde se había arrastrado para morir. De la nieta no había ni rastro. La guerrera suponía que era una de las que se habían llevado.

La bardo se fijó en la expresión de Xena.

—¿Vas a estar bien, amor? —Las ojeras que tenía Xena eran muy marcadas y tenía la boca apretada y los hombros tensos de la rabia por lo que había visto ese día.

—Sí —respondió la guerrera con un bufido—. ¿Es que crees que no he visto esto ya antes? —Se dio la vuelta furiosa para marcharse.

Gabrielle simplemente agarró del brazo a la mujer más alta y se la llevó a rastras, sorprendida, de la habitación. Lo repentino del movimiento hizo que le resultara más fácil manejar a la guerrera por el momento. Una vez fuera, la bardo habló enfurecida:

—¡No te atrevas a volver a hablarme así nunca más! —logró decir entre dientes—. Se supone que soy tu amante, tu compañera, y sé, mejor que nadie, que ya has visto esto antes. —Las lágrimas amenazaban con brotar de los centelleantes y furiosos ojos verdes de Gabrielle, pero las contuvo hasta que le pareció que había dicho lo que quería—. Sé lo que todo esto te debe de estar haciendo. Por amor de los dioses, tú causabas este tipo de sufrimiento. ¿Es que crees que no soy consciente de lo que debes de sentir en estos momentos? No me des de lado, Xena. Te quiero demasiado para quedarme al margen. No lo soporto. —Temblando de rabia mal contenida, la bardo se echó a llorar.

Xena se quedó atónita por el estallido de su amante, normalmente paciente. Sabía que la mujer más joven tenía razón. La alta guerrera había estado intentando mantenerla al margen. Había intentado evitar que la bardo viera el dolor, la angustia y el odio hacia sí misma que sentía y que la estaban reconcomiendo por dentro. En otro tiempo ella causaba este tipo de masacre cuando era señora de la guerra, pero el cambio que se había producido en ella había sacado a la luz con penoso detalle la otra cara de este tipo de ataques. La muerte y la destrucción descargadas sobre gente inocente. Le dolía el corazón cada vez que lo veía y sencillamente no quería que nadie aliviara su dolor. Quería castigarse a sí misma con ello para intentar expiar de alguna manera su propia conducta del pasado. Cogiendo dulcemente a la llorosa mujer entre sus brazos, la estrechó con fuerza intentando expresar su amor sin emplear las palabras que sabía que de todas formas no tenía.

Poco a poco, Gabrielle se calmó y la rabia se apagó en su interior tan rápido como había surgido.

—Lo siento, Gabrielle. No quería darte de lado. Pero yo le hacía esto a la gente. No me merezco sentirme mejor. No después de lo que he hecho en el pasado —le explicó Xena amablemente a esta mujer, su preciosísima amante, a quien sostenía en sus fuertes brazos.

—¿No crees que ya haces suficiente sin tener que flagelarte además con tu dolor? —susurró la bardo contra el pecho armado de la guerrera—. Comprendo que antes hacías esto, pero ya no lo haces. Has cambiado.

—No puedo cambiar lo que siento, Gabrielle —dijo la mujer más alta, besando el pelo rubio rojizo de la bardo.

—Pues al menos deja que lo comparta. Puede que no pueda ofrecerte gran cosa para aliviar el dolor, pero te quiero muchísimo, sabes —replicó Gabrielle.

Sabiendo que no había forma de oponerse a la terca bardo porque se había colado en el corazón y el alma de la guerrera, Xena apoyó la cabeza en la de su amante y por unos instantes de tranquilidad, se permitió derramar sus propias lágrimas de dolor y pena. No era mucho, tenía demasiadas lágrimas en el alma, pero estaba dejando que otra persona viera lo que llevaba dentro, aunque sólo fuese un poco.


Xena se había despertado sintiéndose más cansada que de costumbre. Había pasado una noche agitada, teniendo que levantarse varias veces para atender a la anciana herida, pero a pesar de todo su esfuerzo, la mujer murió a última hora de la noche. La guerrera pensó que lo mejor era enterrar el cuerpo cuanto antes y cavó la tumba de la mujer a la luz de una sola vela. Después pasó un rato sentada junto a la tumba recordando las ocasiones en que ella pasaba por una aldea, destruyéndolo todo a su paso, sin darse cuenta de los efectos que causaban sus ataques. Para ser sincera consigo misma, entonces no le importaba. Sólo quería sentir la oscuridad que la consumía. Nada más. En cierto modo, todavía estaba castigándose con sus sentimientos de odio hacia sí misma al saber que en otro tiempo podía haber sido tan mala como los seres despreciables que habían destruido esta apacible aldea. Las decisiones que había tomado en aquel entonces todavía afectaban a las decisiones que tomaba ahora. Una vez más, renovó su juramento de hacer algo para compensar todo el daño que había hecho en el pasado.

Gabrielle la encontró sentada junto a la tumba de la anciana y la convenció para que volviera a la cama, al menos un rato. En los brazos cálidos y amorosos de la bardo, Xena logró quedarse dormida de nuevo.

Al amanecer ya estaba en pie otra vez. La guerrera decidió dejar que la mujer más joven durmiera un poco más. La bardo había tenido un día difícil. Había demasiadas cosas que Xena no habría podido ocultarle. La mujer embarazada del primer edificio sólo fue el principio. Al final del día, la mujer tenía el aire más atormentado que Xena recordaba haberle visto jamás y la guerrera tenía dudas de que Gabrielle pudiera llegar a dormir. Pero logró hacerlo, y Xena no estaba dispuesta a despertar a su amante hasta que la necesitara de verdad.

Xena se sentó en los escalones de fuera observando mientras los pocos supervivientes del ataque registraban los restos de sus hogares antes de empaquetar sus escasas pertenencias. Tras hablar la noche anterior con los dos ancianos que quedaban vivos, se había decidido que todo el mundo se trasladaría a la siguiente aldea que había más adelante. Muchos tenían parientes allí y casi todos podrían encontrar un lugar donde quedarse. Xena se había ofrecido a protegerlos durante el traslado, por si los asaltantes seguían cerca, ofrecimiento que los ancianos aceptaron agradecidos.

La alta guerrera sonrió por dentro. Oía a Gabrielle detrás de ella dando golpes y pisotones mientras se despertaba. Por muy mala que fuese la situación y a pesar de todo lo que había pasado la joven el día anterior, había cosas que nunca cambiaban. Xena se quedó sentada en silencio esperando a que la bardo estuviera despierta del todo y preparada para enfrentarse al día. Hoy la morena necesitaba desesperadamente ese abrazo de buenos días. Necesitaba saber que alguien podía quererla, a pesar de su pasado o de cómo se sintiera ella con respecto a sí misma. No comprendía cómo era posible que Gabrielle pudiera hacerlo, pero confiaba en que así era. Ese amor y esa aceptación se habían convertido en un ancla y una salvación para la existencia de Xena.


El viaje hasta la aldea más cercana duró varios días. Días en los que Xena se encerró en sí misma para que nadie viera la rabia que ardía en su corazón. Pero Gabrielle la veía. La bardo veía el hielo centelleante de los intensos ojos azules de Xena y sabía lo que había helado la ternura que había en ellos hasta hacerla desaparecer. A su modo, Gabrielle también estaba furiosa, y la carnicería del ataque sólo era parte del motivo. Eran amantes desde hacía sólo medio año, pero la bardo llevaba mucho más tiempo viajando con la guerrera. Se había esforzado mucho por derribar los muros que había entre ellas para que Xena aceptara lo que la mujer más joven llevaba en el corazón... y lo que ella misma también llevaba en el suyo. Gabrielle no estaba dispuesta a perder nada de todo eso simplemente porque este ataque le había recordado a la guerrera cómo era antes.

Xena estaba plantada ante la ventana de la habitación mirando fuera. Aún llevaba la túnica de cuero y la armadura y sus armas seguían sujetas a su cuerpo. Gabrielle se había quedado sólo con la camisa de algodón, que se estaba quitando por encima de la cabeza, preparándose para acostarse. Habían llegado al pueblo ya avanzada la tarde, con un aspecto penoso. Varios de los niños iban montados a lomos del caballo de Xena, incapaces de dar un paso más. Los demás aldeanos caminaban o cojeaban detrás de ellos. A todos les había costado mucho llegar al pueblo, temerosos constantemente de que los atacantes regresaran para terminar lo que habían empezado. Pero el trayecto transcurrió en silencio. Las dos viajeras dejaron rápidamente a sus protegidos en manos del consejo del pueblo, explicando el ataque y lo que ellas tenían que ver con el rescate. Una vez terminaron con esos detalles, Gabrielle se ocupó de encargar una habitación para pasar la noche. Sabía que Xena iba a regresar directamente a la aldea en ruinas al día siguiente para dar con el rastro de los atacantes. Las huellas podían ser de hacía más de una semana, pero no había modo de ocultar un grupo de ese tamaño por mucho tiempo, y menos de una rastreadora tan decidida como Xena.

Al menos la alta guerrera parecía haber salido un poco de su gelidez, ahora que las personas de las que se había ocupado ya no estaban delante de ella, recordándole cómo era ella misma en otros tiempos. La atención a sus necesidades, tanto físicas como emocionales, la había obligado a volver a dar de lado a Gabrielle. La bardo lo detestaba, pero poco podía hacer hasta que estuviera a solas con Xena. Y la joven sabía cuándo hacerlo. Cuando la otra mujer estuviera en su momento más cálido y amoroso. Es decir, si conseguía convencer a la alta guerrera para que se mostrara amorosa.

—Ven a la cama, amor —le dijo Gabrielle a la guerrera plantada ante la ventana.

—Mmmm, sí. Dentro de poco. ¿Por qué no te echas y descansas un poco? Has tenido un día muy largo —replicó Xena, sin fijarse bien en la mujer desnuda sentada en el camastro a su lado.

La bardo frunció el ceño. Xena se mostraba terca, pero la mujer más joven lo era aún más.

—No lo voy a hacer hasta que tú estés aquí conmigo y te tenga entre mis brazos —dijo—. Sé perfectamente que, en cuanto cierre los ojos, saldrás por esa ventana y volverás a la aldea. Escúchame, Princesa Guerrera. No vas a ir a ninguna parte sin mí. —Gabrielle se cruzó de brazos y puso la cara más obstinada que pudo.

La alta guerrera se volvió hacia la cama y vio la expresión de Gabrielle. Se dio cuenta rápidamente de que había vuelto a dar de lado a la bardo y que la joven estaba harta. Xena se echó a reír con ganas.

—Ah, pero qué cosita más terca puedes llegar a ser, ¿eh? —La guerrera avanzó un par de pasos y se sentó en el borde de la cama, mirando a Gabrielle—. Sólo quiero que estés a salvo.

—¿Y qué ocurre cada vez que lo intentas? —preguntó la rubia.

—Que me sigues —replicó Xena, tratando de parecer enfadada por ello y fracasando por completo.

—Pues esta vez también te seguiría —dijo Gabrielle—. No te me vas a escapar. Ni ahora ni nunca. ¿Es que no lo entiendes? Te quiero. Quiero estar contigo, aunque eso suponga estar en peligro. Prefiero estar en peligro contigo que a salvo sin ti. ¿No lo ves?

—Sí. Supongo que sí —contestó Xena. Sonreía de medio lado y sus ojos habían recuperado un poco la chispa—. Por los dioses, detesto pelearme con una bardo. Siempre ganas.

—Ponte del lado ganador y a lo mejor tú también ganas de vez en cuando —dijo la bardo riendo—. Ahora quítate esa condenada armadura y mete ese cuerpo increíble que tienes en la cama conmigo. Quiero enseñarte cuánto te quiero.

—Mmmmm, creo que yo también tengo que enseñarte algo. He estado un poco... distraída en los últimos días —dijo Xena.

—¡Distraída! Siempre has sido una maestra del eufemismo. —Gabrielle agarró a la guerrera por los hombros y la empujó encima de la cama, recorriendo con los labios cualquier extensión de carne desnuda que podía encontrar, que en realidad era mucha.

Antes de que la propia pasión de Xena se descontrolara, logró soltar una última cosa por la boca cada vez más ocupada.

—Gracias por ser tan paciente conmigo, Gabrielle.


Las dos mujeres tardaron la mitad de tiempo en regresar a la aldea arrasada, pues ya no tenían que seguir el paso lento de los heridos y los niños. Aunque el humo se había despejado, el olor a muerte flotaba sobre el lugar como una pesada nube. Gabrielle tenía que obligar a su mente a no pensar en las imágenes de carnicería y destrucción sin sentido que había visto aquí y concentrarse en lo que Xena necesitaba que hiciera. Mientras Xena rodeaba la aldea intentando localizar las viejas huellas en el suelo, la joven bardo deambulaba por la zona, obligándose a no ver los edificios dañados y las numerosas tumbas que habían cavado la guerrera y ella. Al pasar junto a uno de los edificios derruidos, Gabrielle pegó una patada a unos escombros y descubrió un cuerpo más. Uno que se les debía de haber pasado por alto. En lugar de llamar a Xena para que la ayudara a enterrarlo, se puso a sacarlo a rastras de debajo de las tablas rotas y las pilas de paja, con la intención de enterrarlo ella misma.

Sólo cuando consiguió sacarlo del todo, se dio cuenta de que no se trataba de otro aldeano, sino de uno de los pocos asaltantes que habían resultado muertos aquel día. Se frotó las manos en la falda, sintiéndose sucia sólo por haberlo tocado.

—¡Xena! —llamó hacia los árboles que tenía alrededor—. ¡XENA!

Los pasos apresurados de la alta guerrera que corría espada en ristre resonaron entre los árboles. Había creído por el grito de la bardo que había algún problema, pero al ver a la mujer a salvo junto a un cuerpo, se relajó y se acercó a ella corriendo despacio.

—¿Qué pasa? —preguntó. La mujer más joven no podía haberla llamado sólo porque hubiera encontrado otro cuerpo.

—Creo que he encontrado a uno de los asaltantes —declaró Gabrielle simplemente, todavía un poco estremecida por el contacto—. Dijiste cuando veníamos que te habría gustado saber qué ejército ha hecho todo esto.

—Por los dioses —replicó Xena, que se agachó rápidamente sobre una rodilla para examinar la ropa del cadáver. Quienquiera que hubiera sido, parecía el habitual tipo desaliñado que solía integrar esta clase de bandas de saqueadores. La clase de hombre que ella conocía bien de sus propios tiempos como señora de la guerra.

Aunque estaba muy hinchado por los gases internos, Xena vio que no había sido un hombre especialmente agraciado en vida, puesto que tenía una larga cicatriz ya curada que le bajaba desde la sien hasta la barbilla por un lado de la cara, ahora ennegrecida. Su ropa era el atuendo típico de alguien que se ganaba la vida como saqueador. No tenía nada de especial. Pero eran sus carencias las que le decían más de él que lo que llevaba encima. Su armadura estaba hecha de partes pertenecientes a varios conjuntos distintos y ninguna parecía quedarle muy bien. Su ropa no era de tela de buena calidad y en algunos puntos estaba desgastadísima. Llevaba botas con tacones de madera desgastados casi hasta el cuero y el cinto lo llevaba atado alrededor de la cintura, en lugar de abrochado. El cuchillo que seguía dentro de la vaina que llevaba al costado estaba mal afilado y en algunos puntos el metal estaba muy mellado. Tal vez acababa de unirse a los saqueadores, lo cual resultaba dudoso, porque tenía el aspecto de alguien que llevaba bastante tiempo ganándose la vida de esta manera. ¿Tal vez el ejército estaba pasando un mal momento? De nuevo, le parecía improbable, pues el ataque a la aldea había salido demasiado bien para tratarse de un ejército nuevo, con tropas poco acostumbradas a trabajar unidas. Tal vez todavía no habían tenido tiempo de reunir el botín suficiente con sus ataques para que todo el mundo hubiera obtenido beneficios. Ésta parecía la más plausible de las opciones.

En cierto modo, esta última opción satisfacía a Xena más que las otras. Si no llevaban mucho tiempo juntos, resultaría más fácil desbandarlos. Xena todavía quería castigar a los que habían tenido más parte en la matanza, pero no había manera de saber quiénes podían haber sido. Tenía que conformarse con disolver el ejército y hacer imposible que continuara con su camino de destrucción. Al examinarlo con atención una vez más, la mujer alta se dio cuenta de que el muerto no llevaba ningún tipo de insignia que indicara para quién trabajaba. Esto suponía cierta desventaja para ella. Si supiera qué señor de la guerra los dirigía, le sería mucho más fácil planificar una táctica. Ella ya no sería una señora de la guerra, pero se mantenía informada de quién seguía allí fuera y de lo que hacía.

Al mirar a Gabrielle cuando se ponía en pie, Xena advirtió que el rostro de la joven volvía a estar atormentado. Estrechó un momento a la bardo entre sus fuertes brazos.

—¿Vas a estar bien, Gabrielle? —preguntó.

Se acurrucó en el consuelo que le ofrecía la mujer más alta.

—Sí, eso creo. Es este sitio. Podría haber sido mi aldea fácilmente, en lugar de ésta. —Gabrielle se estremeció al pensarlo.

Xena besó suavemente a la bardo en la cabeza.

—Una vez fue mi aldea. Quiero ocuparme de que nunca vuelva a ocurrir, a ninguna aldea —replicó con seriedad—. Si recoges a Argo, creo que he encontrado el rastro que estaba buscando.

Mientras miraba a la mujer más joven que regresaba junto a la yegua de pelo dorado, rezó en silencio para que ninguno de los niños de esta aldea pensara jamás que convertirse en señor de la guerra era la forma correcta de proteger a su pueblo... como lo había creído ella en otro tiempo. En parte, esa decisión fue lo que la llevó a acabar por elegir el peor camino de todos. El camino de la muerte. El camino del mal podría haber sido más fácil, pero la vida que ahora llevaba resultaba más provechosa, cuando se permitía sentirlo, claro. Seguía sin poder contestar al por qué que planteaba su propia mente, o a los que planteaban los aldeanos que veía en sus pesadillas, pero sí que podía contestar al cómo. Pero eso no era suficiente, al menos para ella.


Sentada junto a la hoguera esa noche, Gabrielle observaba mientras Xena limpiaba y afilaba sus armas con cuidado. A su modo, así era cómo la mujer más alta meditaba o reflexionaba sobre un problema. La bardo solía dejar a su amante en paz en esos momentos, simplemente porque eso parecía relajar a la guerrera. Cuando guardó la piedra y el paño, Gabrielle fue a sentarse a su lado. Xena llevaba todo el día callada, no ensimismada, sólo callada. Sacarle información a la morena, sobre todo algo que tuviera que ver con su corazón o su alma, era difícil a veces, pero la rubia era persistente y se las solía arreglar para obtener algunas respuestas, aunque no fuesen las que perseguía en principio.

—¿En qué piensas, amor? —preguntó en voz baja. Se arrimó más y apoyó la cabeza en el ancho hombro de Xena.

—Pues en nada de particular —replicó tras una pausa.

—Ya veo que sigues siendo la peor mentirosa del mundo —rió Gabrielle por lo bajo.

—Y yo veo que tú sigues siendo la mayor pesada del mundo —contestó Xena.

Gabrielle puso la mano en el musculoso muslo de la mujer a quien más quería en este mundo y posiblemente también en el siguiente.

—No, en serio. ¿En qué piensas? Parece que llevas todo el día dándole vueltas.

—Estoy pensando en cómo he acabado aquí. En nosotras. Cosas así. A veces me preguntó qué he hecho para merecer tu amor —replicó Xena por fin tras contemplar un rato el fuego.

—¿Recuerdas la primera vez que me besaste? —preguntó la mujer más joven con curiosidad. Gabrielle no creía que fuese a olvidar nunca aquel momento, cuando sus labios se unieron por primera vez con amor y no sólo con amistad.

—Sí —dijo la guerrera—. ¡Pero tuve que hacerlo con el cuerpo de otra persona! Creo que si no, no habría tenido valor.

—¿Y por qué entonces? —Gabrielle sentía genuino interés. Las dos mujeres llevaban años viajando juntas antes de que Xena expresara por fin lo que sentía de verdad por la mujer más joven. Y eso no ocurrió mucho después de la “muerte” de Xena y su regreso del otro lado.

—Dicen que los muertos oyen los pensamientos de los vivos y yo te oí cuando dijiste que me querías. También supe que te referías a algo más que como amiga. En parte no estaba del todo segura de que pudiera recuperar mi cuerpo y quería saber lo que se sentía al besarte, sólo una vez. Es que no pensaba que fuese a tener otra oportunidad. —Xena intentaba no parecer demasiado abochornada. Expresar lo que llevaba en el corazón nunca había sido uno de sus puntos fuertes. Las palabras eran el terreno de Gabrielle. La mujer alta se veía a sí misma como guerrera, como una mujer de acción.

—¿Fue eso lo que te decidió a volver? —preguntó la bardo, pensando en el momento en que Xena trajo de vuelta a Gabrielle del Hades con el poder de ese mismo amor.

—Fue lo que me dio fuerzas para volver. Podía elegir y elegí regresar aquí y terminar lo que me había dispuesto a hacer. Pero tu amor me dio fuerzas para hacerlo. Estuve a punto de dejarme ir en un momento dado. Me costaba mucho mantenerme en contacto con este plano, pero tenía tantas ganas de volver a casa... a ti —contestó Xena.

Era prácticamente el discurso más largo que había hecho Xena nunca sobre aquellos días tan dolorosos y Gabrielle casi se echó a llorar de pensar en volver a perder a su maravillosa amante guerrera. Sabía que podría sobrevivir y que podría seguir adelante, pero aquellos días fueron muy duros. En realidad no había querido dejarla ir y le costaba creer que Xena la hubiera dejado de verdad. Ni siquiera la decisión de aceptar ser la reina amazona llenó el hueco que la muerte de Xena dejó en su corazón. La joven no sentía ahora el menor resentimiento, pero entonces... qué ganas tenía de odiar a la guerrera por haberse ido, por haberse dado por vencida y haberse ido de esa manera. Sin darle siquiera a la joven la oportunidad de decirle lo que sentía, de agradecerle todo lo que había aprendido de la guerrera, de decirle cuánto amaba a la Princesa Guerrera. Pero de algún modo, Xena la oyó y regresó. Tal vez los muertos sí que oían los pensamientos de los vivos.

—Pero te hice una promesa entonces, ¿no? —dijo la mujer más alta.

—Sí. Dijiste que siempre estarás aquí. —Gabrielle se volvió en brazos de su amante y se permitió llorar de felicidad por el regreso de Xena. Levantó la cabeza para besar a la mujer más alta. Beso que no tardó en llenarse de pasión. Beso al que Xena correspondió con su propia pasión equivalente.

Más tarde, mientras se les secaba el sudor y recuperaban el aliento tras hacer el amor, Gabrielle hizo otra pregunta.

—¿Por qué estás pensando en cómo has acabado siendo como eres?

—Necesito comprender por qué —replicó Xena. Apartando la mirada un momento, murmuró de forma casi inaudible—: Si comprendo por qué, a lo mejor se acaban las pesadillas.

—Pero yo creía que comprendías por qué te convertiste en señora de la guerra. Dijiste que intentabas proteger a tu aldea —dijo Gabrielle.

—Comprendo lo de convertirme en señora de la guerra... bueno, en parte, al menos, pero sigo sin comprender por qué escogí el camino de la muerte y del mal. Tal vez me traicionaron demasiadas veces. Tal vez perdí a demasiadas personas que creía amigas. No lo sé. Pero elegí seguir ese camino. Estaba decidida a enviar al Hades a todas las personas que pudiera. Era lo único que me impulsaba. Después de tomar esa decisión, ya no se trataba de proteger a mi aldea. Se trataba simplemente de matar por amor a la muerte. —Xena hizo una pausa—. Y luego cambié. Eso tampoco lo comprendo muy bien —explicó la alta guerrera.

Encantada interiormente por la vena habladora en que estaba su amante, Gabrielle intentó obligarla a seguir hablando.

—¿Tal vez debajo de todo ese mal había un corazón puro? —sugirió la bardo.

—No, Gabrielle. Ese corazón puro me lo arrancaron el día en que el ejército de Cortese destruyó mi aldea. El único corazón puro que conozco es el tuyo —dijo, acariciando suavemente a Gabrielle debajo de la barbilla—. No sé qué fue lo que me hizo cambiar, pero Hércules me obligó a verlo, fuera lo que fuese.

—Bueno, pues debía de estar ahí, si él lo vio. A fin de cuentas, es hijo de Zeus —razonó Gabrielle apaciblemente.

Xena estrechó a la mujer más joven.

—Me da la impresión de que llevo ya tanto tiempo preguntándome por qué que puede que nunca encuentre la respuesta hasta que cruce el río en el viaje final. Tal vez eso es parte del precio que tengo que pagar por mi expiación.

Las dos mujeres se quedaron calladas un buen rato, cada una sumida en sus propios pensamientos. Con un último y delicado beso, se quedaron dormidas.


Xena estaba arrodillada en el suelo del bosque cubierto de hojas. Gabrielle estaba cerca sujetando ligeramente las riendas de Argo con una mano. Aunque no le gustara montar en la yegua, se había hecho amiga de ella con los años... bueno, más o menos. A su alrededor, el bosque estaba en silencio, pues sólo se oían los ruidos que la bardo estaba acostumbrada a oír. Con todo, veía la tensión evidente en la postura de los hombros de su amante y su cara de severa determinación. Xena parecía leer la tierra con la misma facilidad con que Gabrielle habría leído uno de sus pergaminos. El suelo levantado era bien fácil de ver, incluso para la bardo, pero la guerrera parecía obtener mucha más información de las huellas que tenía delante. La mujer alta volvió a ponerse en pie con ese movimiento maravillosamente ágil que a Gabrielle tanto le gustaba. Sacudiéndose el polvo de las manos, se acercó a la mujer más joven.

—Sigue siendo el mismo ejército —dijo—. Aunque no creo que lleve formado mucho tiempo. No hay señales de carros de guerra y los caballos que tienen no son en absoluto los mejores. Probablemente no son más que jamelgos, a decir verdad. Lo más seguro es que ni siquiera cuenten con un herrador.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Gabrielle. Ella no había visto nada por el estilo en las huellas y la joven bardo llevaba mirándolas casi tanto como la guerrera.

—Mira aquí —explicó Xena, señalando algunas de las huellas que tenían más cerca—. ¿Ves cómo los talones están mucho más hundidos que las puntas? —Las manos de la mujer alta indicaban las zonas de las que hablaba—. Eso quiere decir que las pezuñas han crecido demasiado. Éste de aquí ni siquiera tiene herraduras. Si las tuviera, ahora estaría cojo. Por lo corto de la zancada, yo diría que a este animal le falta poco de todas formas.

Gabrielle miró atentamente las huellas y, aunque veía lo que explicaba Xena, ella misma jamás lo habría sabido. Llevaba años viendo las huellas de Argo, pero la alta guerrera siempre se aseguraba de que las pezuñas de la yegua estuvieran bien cuidadas.

—Bueno, ¿y a qué distancia están? —preguntó. Llevaban ya varios días de viaje, sin dejar de seguir las huellas del ejército que había destruido la aldea. Habían tenido la inteligencia suficiente de avanzar a través del bosque y apartarse todo lo posible de los caminos. Sin embargo, no habían tenido la inteligencia suficiente de dejar la aldea en paz, y eso era un grave error cuando Xena estaba cerca.

—Dos días más, creo. Seguramente se dirigen a una especie de base —dijo la morena. Señaló otra serie de huellas en el suelo—. Y todavía llevan a las mujeres. Van sujetas con cuerdas al cuello detrás de los caballos, por lo que parece. —Al ver la expresión interrogante de Gabrielle, pisó las huellas para demostrar cómo lo sabía—. ¿Lo ves? Paso, paso, paso... tirón y luego un paso más hondo al clavar el pie en el suelo para mantener el equilibrio.

Gabrielle observó mientras Xena avanzaba por encima de las huellas y luego contempló las marcas del suelo. Ahora lo veía claramente. La bardo archivó con cuidado la información como futura referencia. Aunque la guerrera no siempre explicaba las cosas con tanta claridad, Xena estaba dedicando más tiempo a enseñarle cosas, sobre todo ahora que la joven sentía de verdad que era una amazona. A la mujer vestida de cuero no le parecía bien que Gabrielle supiera tan poco sobre las habilidades de un guerrero cuando se consideraba una amazona. Sin embargo, Xena tenía motivos para estar orgullosa de la habilidad de Gabrielle con la vara, ganada a pulso.

—¿Y esta marca de aquí? —preguntó la bardo, señalando el suelo. Sabía lo que era, pero quería que Xena lo confirmara.

—¿A ti qué te parece que es? —replicó Xena.

—Que alguien se ha caído y lo han llevado a rastras un trecho —contestó la bardo, con la esperanza de estar en lo cierto con respecto a las huellas y, al mismo tiempo, de equivocarse con respecto a lo que había sucedido.

—Se te empieza a dar bien, que lo sepas —dijo la guerrera, asintiendo para indicar que estaba de acuerdo con la interpretación de Gabrielle sobre la marca de arrastre.

Gabrielle se sonrojó.

—He tenido una buena maestra —replicó.

Xena había vuelto a montar y miraba hacia delante.

—Bueno, pongámonos en marcha. Todavía nos quedan dos días para alcanzarlos.

Caminando detrás de la mujer montada, Gabrielle se preguntó qué iban a hacer cuando alcanzaran a los asaltantes.


Las mujeres habían logrado hacer el viaje de dos días en uno y medio por el expeditivo método de colocar a Gabrielle detrás de Xena a lomos de la yegua. A la bardo no le gustó nada, pero ya montaba mejor que en el pasado. Seguía siendo demasiada altura para la joven y estaba aterrorizada de caerse. La guerrera no había dejado de sujetar con firmeza la mano de Gabrielle para tranquilizarla.

Las dos oyeron el ajetreo del campamento mucho antes de estar cerca, aunque Xena lo oyó primero. Ese oído sobrenatural que tenía le dijo mucho más de lo que el sonido le dijo a Gabrielle.

—Son unos trescientos y pico, por el ruido —dijo, ladeando la cabeza para escuchar mejor.

Gabrielle ni se molestó en preguntar cómo lo sabía. La joven bardo la había visto hacerlo demasiadas veces. Por los dioses... ¡la guerrera era incluso capaz de oír cómo nadaba un pez! Saber cuántos hombres había en un campamento sólo por el ruido era una de sus habilidades menores.

Tras dejar a Argo atada a los árboles de un bosquecillo, las dos mujeres avanzaron con cautela hasta que consiguieron ver bien el campamento. Xena le había indicado a la mujer más joven que se mantuviera a unos tres metros por detrás de ella, por si alguien veía a la guerrera. Sólo cuando a Xena le pareció que era seguro, le hizo un gesto a Gabrielle para que avanzara en silencio hasta su lado.

Codo con codo, las dos examinaron el campamento con atención, asimilando todos los detalles posibles. A ojos de Xena, era como cualquier otro campamento de bandidos que hubiera visto en el pasado. Pero no tardó en darse cuenta de que no llevaban mucho tiempo juntos. Los guardias que veía en el perímetro no parecían especialmente disciplinados, pues habían dejado huecos al colocarse espaciadamente. Otros hombres estaban echados alrededor de las hogueras, charlando o bebiendo vino. No parecía haber nadie entrenando con las armas, aunque todos los hombres que veía estaban armados de un modo u otro. Las tiendas estaban esparcidas por la zona, pero sin una formación comprensible, lo cual dificultaba defenderlas de ser necesario. Las letrinas se habían construido demasiado cerca del campamento y había desperdicios por todas partes. Debían de tener un auténtico problema con las enfermedades. Sólo dos de las tiendas tenían guardias apostados fuera. Una cerca del centro del campamento, la otra más próxima al borde. Xena supuso que en una estaban las mujeres o el botín del último ataque, y que la otra era muy probablemente la tienda del propio señor de la guerra. Como ya había visto suficiente, le dio un golpecito a Gabrielle en el hombro y las dos regresaron sigilosamente a los arbustos para alejarse.

Una vez lejos del campamento, a salvo en el grupo de árboles donde habían atado a Argo, Xena y Gabrielle se agacharon para dibujar una especie de plano en la tierra con la punta del cuchillo de Xena. O, para ser más precisos, Xena pensaba en voz alta mientras la bardo escuchaba.

—Por la pinta del campamento, el señor de la guerra es un tipo joven y listo o un tipo viejo y tonto. Yo me inclino por lo primero —dijo la mujer alta.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Gabrielle.

—Está mal dispuesto y no hay disciplina entre los soldados. Hasta un señor de la guerra tonto sabe cómo someter a los hombres a base de golpes. Aunque no duraría mucho como líder si lo hiciera —replicó Xena—. Será algo más fácil sacar a las mujeres y tal vez desbandar el ejército.


Gabrielle estaba agachada en los arbustos cerca del campamento, con la vara en el suelo a su lado. Las dos mujeres se habían acercado con cuidado al campamento en cuanto se puso el sol, penetrando por los huecos que habían dejado los indisciplinados guardias. La mujer más joven estaba justo al otro lado del perímetro, esperando para cumplir con su parte del rescate, mientras que Xena se había pegado al suelo y se había adentrado en el campamento mismo. Al abrigo de la oscuridad no distinguía siquiera la silueta de Xena mientras se deslizaba por la alta hierba en dirección a la tienda donde suponían que estaban las mujeres. La guerrera iba a soltar a las mujeres y enviarlas por la hierba hacia Gabrielle. El trabajo de la bardo era sencillo: alejarlas de allí.

Xena quería ocuparse del señor de la guerra en cuanto hubiera soltado a las mujeres y, a pesar de lo mucho que había discutido Gabrielle, no hubo forma de hacerla cambiar de idea. Cuando Xena se ponía así, poco podía hacer la mujer más joven. La bardo renunció a intentar ver algo en la oscuridad y optó por usar los oídos. Distinguía apenas el ruido de la armadura de Xena al deslizarse sigilosamente por la hierba seca. Oía cómo la alta guerrera avanzaba unos pocos metros y se paraba, y luego continuaba a intervalos impredecibles. La rubia se sonrió. Si no hubiera sabido qué estaba escuchando, ni se habría enterado de que había una guerrera alta y furiosa en la hierba dirigiéndose a la tienda. Gabrielle sabía qué era lo que estaba escuchando porque era una lección más que había aprendido de Xena.

La bardo continuó escuchando atentamente, moviendo la cabeza de lado a lado, como se le había enseñado, para localizar la dirección exacta de donde salía cualquier ruido. Sabía que las mujeres iban a hacer mucho ruido y Gabrielle se preparó para entrar en acción a la primera señal de problemas. Entonces se le paralizó el corazón. Oía ruido de pisadas, muchas pisadas... procedentes del otro lado del campamento. Fueran quienes fuesen, tenían que pasar justo por detrás de la tienda... junto al lugar donde sabía que ahora estaba Xena tumbada para ocultarse. Aferró su vara, pero no se movió. Las palabras de Xena seguían claras en su mente.

—Pase lo que pase, tienes que llevarte a esas mujeres de aquí. Olvídate de mí, puedo cuidar de mí misma, pero esas mujeres no pueden. De ti depende llevarlas a un lugar seguro —le había dicho la guerrera horas antes.

—Lo que haga falta, amor. Lo haré —respondió Gabrielle.

La bardo escuchó horrorizada cuando un grito de uno de los hombres alertó sobre la presencia de Xena en la hierba. Oyó el grito de combate de la guerrera cuando ésta se levantó de un salto y se puso a luchar, el ruido de su espada que resonaba en la oscuridad envolvente, los gruñidos o gritos que flotaban hacia la bardo cada vez que un hombre resultaba muerto o herido. La mujer alta no tardó en quedar sobrepasada por la cantidad de hombres que se habían congregado a su alrededor. Gabrielle oyó el grito de júbilo cuando Xena cayó inconsciente al suelo, abatida por un golpe en la cabeza. La joven se mordió el labio para evitar que se le saltaran las lágrimas. Los hombres se apresuraron a atarle las manos a la guerrera a la espalda y arrastraron su cuerpo al interior del campamento.

—Lo que haga falta, amor. Voy a hacerlo, y parece que tengo que hacer más que antes —susurró la rubia bardo en la oscuridad.

Se quedó donde estaba y esperó pacientemente. Ahora tenía dos trabajos que hacer, y el primero consistía en soltar a las mujeres y ponerlas a salvo. Gabrielle habría preferido encontrar a Xena primero, pero sabía que tenía que ayudar a quienes no podían hacerlo por sí mismas.


Gabrielle pasó las largas horas intentando no imaginarse lo que podría estar sucediéndole a Xena en algún lugar del campamento. Estos eran hombres dispuestos a violar y matar a una mujer embarazada, y una guerrera como Xena sería un auténtico regalo para ellos. En varias ocasiones estuvo a punto de salir de los matorrales, pero se detuvo cada vez. Hacer que la capturaran no ayudaría a Xena ni a las mujeres de la aldea. Se había mordido el labio tantas veces para controlar el llanto que lo tenía hinchado y dolorido y una mancha de sangre en la barbilla porque se había roto la piel. Gabrielle había estado observando a los guardias mientras se movían por el campamento. No parecían seguir un patrón establecido en cuanto a la ronda que hacían ni el tiempo que pasaba entre una ronda y otra. Había contado mentalmente y con atención el tiempo que transcurría cada vez que veía a los guardias y hasta a ella le parecía que patrullaban como y cuando les daba la gana. Así le iba a resultar más difícil entrar y salir, pero estaba decidida a poner a salvo a las aldeanas y luego regresar en busca de Xena. Es decir, si Xena no se había liberado ya por su cuenta.

El campamento se había quedado por fin dormido, cuando los soldados dejaron sus hogueras y se arroparon con sus mantas. Gabrielle calculaba que pasaban dos marcas de la medianoche. Tras estirar con cuidado los músculos entumecidos por haberse quedado quieta tanto tiempo, emprendió el mismo viaje a través de la hierba que había intentado Xena horas antes. Había esperado hasta que vio pasar al guardia y rezaba desesperada para que tardara un tiempo en volver a pasar. La hierba tenía la longitud suficiente para ocultarla, pero le hacía cosquillas en el estómago desnudo y las piernas. Moviéndose con el mismo cuidado con que lo había hecho Xena, pero con algo más de ruido, Gabrielle se acercó a la parte trasera de la tienda y escuchó atentamente pegada a la lona para oír si las mujeres estaban de verdad allí. Durante todo el tiempo que Xena y Gabrielle habían observado, no habían visto que nadie llevara comida o agua a la tienda, y les preocupaba que las mujeres ya hubieran sido vendidas a los tratantes de esclavos.

Estuvo escuchando largamente hasta que oyó el sollozo sofocado y somnoliento de una de las mujeres. Bien. Seguían allí dentro, pero si no les habían dado de comer ni de beber en todo el día, posiblemente en varios días, iban a estar muy débiles y tal vez no podrían caminar adecuadamente, si es que podían caminar. Sacó su cuchillo, hizo con cuidado una raja en la tela y se introdujo en la tienda a oscuras.

En la oscuridad, no veía dónde estaban las mujeres, por lo que palpó a tientas hasta que su mano dio con un cuerpo dormido. Sin dejar de moverse con cautela, fue subiendo hasta que le tapó la boca a la mujer con la mano para impedir que hiciera ruido cuando la despertara. Los guardias seguían fuera y, aunque estaban adormilados y distraídos, un ruido los alertaría sobre su presencia. Colocando la mano con fuerza sobre la boca de la mujer, la zarandeó. Aunque la bardo no veía a la mujer que acababa de despertar en la negrura casi total, Gabrielle notó la tensión bajo la mano cuando la mujer se despertó. Agachándose sobre el oído de la mujer susurró lo más bajo que pudo.

—He venido a ayudar. No tengas miedo. Por favor, no grites o estamos fritas —dijo.

La mujer negó con la cabeza para indicarle a la joven bardo que no gritaría si le destapaba la boca. Agradecida, apartó la mano.

—¿Quién...? —intentó decir la mujer.

Gabrielle la hizo callar llevándose un dedo a los labios.

—Una amiga. ¿Puedes andar? Tengo que sacaros a todas de aquí y llevaros a un lugar seguro.

La mujer asintió, pero explicó:

—Yo puedo andar un poco, pero algunas casi no se pueden mover. Hace días que no nos dan de comer y todas estamos más o menos débiles.

La bardo se sentó sobre los talones. Tenía la esperanza de sacarlas a todas de una vez, pero por lo que parecía, se iba a ver obligada a hacerlo de una en una para poder ayudarlas.

—Empieza a despertar a las otras, pero intentad hacer el menor ruido posible. Hay guardias fuera y preferiría que no se enteraran de que estoy aquí.

La mujer asintió rápidamente y se dispuso a despertar a la mujer que yacía a su lado.

Mientras las aldeanas se despertaban y se les explicaba la situación, Gabrielle sacó la cabeza por la raja que había hecho en la tienda. Buscando al guardia que patrullaba, pensó en cómo hacer esto sin que las atraparan. La única manera era llevar en persona a cada una de ellas por la hierba hasta sacarlas del campamento por completo. Había visto una pequeña cueva entre unas rocas muy lejos del campamento. Allí estarían a salvo si guardaban silencio.

—Bien, señoras, esto es lo que vamos a hacer.

Gabrielle les explicó su plan y, aunque muchas tenían miedo, les daba más miedo lo que los bandidos pudieran haber organizado para ellas. De hecho, ya había habido varias violaciones y ninguna de ellas quería quedarse para ver si había más.

Cogiendo a la primera mujer de la mano, Gabrielle la ayudó a salir por la raja de la tienda y a cruzar a través de la hierba hasta terreno seguro.


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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