9


El pasillo que llevaba a la sala principal estaba vacío salvo por un par de grandes perros, que se levantaron de donde estaban echados, mirando a la princesa guerrera con desconfianza. Xena avanzó con seguridad, sin hacerles caso. Uno de los animales le olisqueó las piernas cuando pasó a su lado y soltó un ligero y grave gruñido.

—Relajaos, chicos, ya sabéis que no soy ninguna amenaza para vosotros ni para vuestro amo.

El otro perro volvió a tumbarse y bostezó, volviendo su atención a la puerta de entrada. El más curioso de los dos alcanzó a Xena y trotó a su lado hasta que llegaron a la sala principal.

—Vale, príncipe, largo, vuelve con tu compañero y vigila la puerta, sé buen chico.

El sabueso la miró un momento, todavía no muy conforme con esta nueva y desconocida presencia, pero pareció aceptar su autoridad y regresó a su puesto, volviéndose un par de veces para mirar a Xena por el camino.

Ella sacudió la cabeza por la terquedad del animal y atravesó la puerta para entrar en la sala principal. Odín y varias valquirias estaban sentados en la mesa grande, disfrutando de un gran banquete. Xena agitó la mano delante del dios, que no hizo caso. Convencida de que seguía siendo invisible, pasó a los aposentos privados del castillo.

Una de las numerosas habitaciones tenía dos valquirias más montando guardia en la puerta, con las armas desenvainadas.

—Ya veo que ha mejorado un poco la seguridad desde la última vez que estuve aquí —sonrió Xena con aire burlón—. No contabais con un fantasma, ¿verdad? —Pasó ante las guardias y entró en la habitación. Una pared de barrotes metálicos bloqueaba el paso, pero también los atravesó—. Tendrías que habérselos encargado al bueno de Hefi, a lo mejor habrían servido. ¡Uuy, perdona, lo maté, así que no puedes!

Tras otra gran puerta de metal, la habitación desembocaba en un pequeño patio. El suelo estaba cubierto de guijarros, salvo por un pequeño anillo de tierra en el centro. Dentro del círculo de tierra había un árbol pequeño, retorcido, pero sorprendentemente frondoso que a Xena sólo le llegaba a los hombros. El árbol estaba cargado de fruta dorada, docenas de manzanas sagradas que colgaban de sus pequeñas ramas.

Concentrándose mucho, cogió una de las manzanas con una mano. El peso le resultó familiar por la última vez que había cogido una.

—Vamos allá —dijo, y arrancó el fruto de su rama y se lo llevó a la boca.


—¿Que qué hago aquí, Gabrielle? Yo podría preguntarte lo mismo, pero no me hace falta, ya he visto cuál es tu plan —sonrió Ares, dando vueltas despacio en torno a la furiosa bardo.

—Déjate de juegos, Ares, dime lo que quieres para que yo te pueda decir dónde puedes largarte y así todos podremos dedicarnos a nuestros asuntos —dijo Gabrielle, manteniendo el chakram entre ella misma y el dios que la iba rodeando.

—Vaya, así que Xena te ha pasado su juguete preferido, ¿no?

—De vez en cuando hasta doy en el blanco con él.

—Se lo di yo, ¿sabes?

—Sí, lo sé, estaba allí, ¿recuerdas?

—Ah, no me refiero a esa vez, me refiero a la primera vez. Cuando ella y yo éramos... mucho más íntimos.

—No quiero saber nada de tu sórdido pasado, Ares, de verdad que no.

—Ah, bueno, otro día, quizás. Ahora, a trabajar. —Al tiempo que hablaba su mano salió disparada y trató de quitarle el chakram a Gabrielle. Justo cuando sus dedos rodeaban el borde exterior, la bardo movió la muñeca con un aire engañosamente inocente y se apartó del sobresaltado dios.

—Eso no ha estado bien, Gabrielle —dijo, levantando la mano, a la que ahora le faltaban los tres dedos que yacían en el suelo a sus pies. Meneó la cabeza, con un gesto de desaprobación mientras los dedos que faltaban volvían a crecer. Dobló los dedos nuevos observando a la sonriente bardo. Se chupó los labios y ladeó la cabeza—. Cualquiera diría que no soy bien recibido.

—Fíjate qué curioso.

—Gabrielle, me siento herido. Después de todo lo que hemos pasado juntos.

La bardo resopló.

—Sí, ya.

—¿Cómo sabes que no estoy aquí para ayudar a mi segunda mortal preferida a lograr que su amante, que es mi mortal preferida, debo añadir, y ella vuelvan a estar juntas?

—El día en que nos ayudes sin pedir un precio terrible a cambio será el primero en la historia.

—Pues éste podría ser ese día —dijo él sonriendo, al tiempo que desaparecía con un destello azul.

Gabrielle volvió a colocarse el chakram al cinto y suspiró.

—¿Por qué nunca puede salir nada como estaba planeado? —se quejó por lo bajo, dejándose caer de nuevo contra la roca para esperar a que Xena volviera.


—Supongo que estás aquí, Xena —dijo Ares, arrancando una manzana del árbol y comiéndosela con entusiasmo. Cerró los ojos y gimió de placer mientras todo su cuerpo relucía de poder divino—. Mmmm, hay que decirlo, son taaaan bueeenas.

Cogió una manzana del suelo. Le faltaba un mordisco.

—No hay que malgastar recursos —dijo, mordiendo la fruta—. Supongo que este pedacito ha pasado directamente a través de ti. —Dio una patada a un pequeño trozo de manzana que estaba a sus pies—. No ha sido lo que esperábamos, ¿eh? —Sonrió y volvió a morder la manzana.

—¡Vete al Tártaro! —gritó Xena desde el otro lado del árbol. Tenía razón, el trozo de manzana se había caído simplemente al suelo cuando ella renunció a intentar mantenerlo dentro de su estómago fantasmal.

—Te podría haber ahorrado todas estas molestias, si hubieras acudido a mí desde el principio —dijo él—. Por suerte para ti, tengo otro plan.

—Sí, yo también tengo otro plan. ¡Consiste en meterte esa manzana por tu estúpida garganta y ver cómo te pones morado! ¿Qué te parece mi plan? —gritó ella, apretando los puños llena de rabia y frustración.

—Con éstas hay suficiente —dijo Ares, arrancando otro par de grandes manzanas del árbol—. Oye, ¿qué te parece? —dijo, sujetando las dos manzanas doradas contra su pecho—. La madre tierra —dijo, riéndose de su propio chiste, antes de desaparecer con un destello de luz azul.


Xena surgió a través de la puerta a todo correr para regresar donde estaba Gabrielle, segura de que Ares le habría hecho algo. Encontró a la bardo apoyada con desconsuelo en la roca donde la había dejado.

—¿Qué pasa? —preguntó, acuclillándose junto a su amor.

—No te va a gustar —dijo Gabrielle.

—Si te refieres a Ares, ya sé que está aquí.

—¿Lo sabes?

—Sí, ha estado en la sala del árbol. Ha cogido unas manzanas y luego se ha ido.

—¿Y tú... has...?

—Sí, nada que hacer. Ha sido como pensábamos. No ha habido forma.

—Pues ahora tenemos que conseguir que yo entre allí y coja unas manzanas.

—No va a ser fácil, hay perros guardianes, valquirias, grandes puertas de acero y barrotes, por no hablar de un dios malhumorado y muy protector al que hacer frente.

—Qué bien se te da lo de animar a una chica cuando está deprimida, Xena.

—Ah, vamos, Gabrielle, esto está tirado para alguien con las habilidades que tienes tú.

Gabrielle se levantó.

—Vale, vamos a hacerlo. —Se acercó al borde y le hizo un gesto a Beowulf para que pusiera en marcha la parte que le correspondía del plan.

—¿Crees que podrá distraer a Odín el tiempo suficiente? —preguntó Xena.

Gabrielle estaba a punto de contestar cuando Ares se materializó a su lado.

—Un ligero cambio de planes, señoras. Ah, hola, Xena —dijo, volviéndose hacia donde estaba Xena.

—¿Ahora me ves? —preguntó ella, sorprendida.

—No exactamente, pero puedo leer la mente de la bardo y eso me sirve casi igual.

—¡Eh, vale ya, Ares! —dijo Gabrielle indignada—. Que estás enredando con mi cabeza.

—No estás siendo muy amable con alguien que está a punto de hacer esto —dijo él, levantando una de las manzanas doradas en la palma de la mano. La apuntó hacia Gabrielle y sopló. La manzana explotó en un millón de estrellas que inundaron el cuerpo de la bardo. Ésta cerró los ojos con fuerza, echando la cabeza hacia atrás al tiempo que jadeaba y se estremecía.

—Maldito seas, Ares, ¿qué has hecho? —gritó Xena, corriendo a ayudar a su tambaleante compañera.

—Tendrás que hablar más alto, Xena, ya no te capto con tanta estática —sonrió él.

Xena despositó en el suelo con cuidado a Gabrielle, cuyo cuerpo emitía una energía brillante que hasta Xena sentía corriéndole por la piel al tocarla.

—X... Xena... me siento un poco rara —graznó Gabrielle, abriendo despacio los ojos y mirando a su preocupada compañera—. Tienes un aspecto... muy extraño —dijo con una risita.

—Si no supiera que no es así, diría que has vuelto a darle al beleño —sonrió Xena, apartando el pelo rubio de los ojos de Gabrielle.

—Todo parece que tiene como un pequeño halo reluciente de arco iris alrededor. Es bonito. —Sonrió muy contenta.

—No pasa nada, Xena, es que no está acostumbrada a sus nuevos poderes. Dentro de un momento se calmará y volverá a comportarse con normalidad. Es decir, con la normalidad que suele.

El aire tembló y se estremeció a su alrededor cuando Odín se materializó.

—¿Qué ocurre aquí? —rugió.

—Nada de lo que te tengas que preocupar, viejo —sonrió Ares, dando otro mordisco a una manzana como quien no quiere la cosa.

Odín no hizo caso del dios de la guerra y se inclinó sobre el cuerpo tumbado de Gabrielle, que contemplaba el cielo embelesada.

—Yo te conozco. Eres la ayudante de Xena. —Se volvió en redondo, examinando rápidamente el terreno de los alrededores—. ¿Dónde está? —gritó.

—¿Dónde está quién? —preguntó Ares, dando otro mordisco.

—¡Esa zorra griega aficionada a robarme las manzanas! —rugió.

—Lo siento, no te puedo ayudar. No tengo forma de saber dónde está, hasta que aquí la bella durmiente salga de su trance.

—Lo ha vuelto a hacer, ¿a que sí? —gruñó Odín.

—¿Que ha hecho qué, abuelo?

—¡Convertir a sus amigos en dioses!

—No sé de qué hablas. Pero si te refieres a esto... —dijo Ares, desapareciendo un instante y volviendo a aparecer un segundo después con una manzana—. Pues no, no ha sido ella, he sido yo. —Sonrió y meneó las cejas, desafiando a Odín a que hiciera algo al respecto.

La puerta del castillo se abrió y varias valquirias salieron a la carrera, desplegándose alrededor del pequeño grupo.

—Mi señor, ¿estás bien? —preguntó una de ellas.

—Sí, sí, estoy bien —espetó Odín.

—Bueno, me encantaría quedarme a charlar de cosas divinas y tal, pero la bardo y yo tenemos una cita con una hermana mía fallecida.

—¡No, espera! —gritó Xena, pero ya era tarde, Ares agitó el brazo y Gabrielle y él desaparecieron con un destello azul.

—¡Oh, mierda! Esto es el colmo —gimió Xena, que seguía de rodillas donde había estado echada la bardo.

—Mi señor, hay alguien al pie de la montaña que se comporta de un modo extraño —dijo una de las valquirias, observando por el borde.

—¿Ahora qué? —suspiró Odín.

—¿Ése no es Beowulf, mi señor?

—Sí, creo que tienes razón —dijo él con tono lúgubre.

—¿Por qué está gritando y bailando, tocando ese tambor? ¿Y por qué ha encendido todas esas hogueras? —preguntó ella, con el ceño fruncido.

—¡Y cómo voy a saberlo!

—Pero... tú eres Odín, señor, el rey de los dioses.

—Mmmm —suspiró él.

—Estooo, ¿lo mato o le digo que se vaya? —preguntó ella.

—No, déjalo. Al menos parece que se está divirtiendo —dijo él abatido, dándose la vuelta para regresar al castillo.

La última de las valquirias cerró la puerta del castillo con un atronador portazo, dejando la pequeña meseta de nuevo en silencio, interrumpido tan sólo por el ruido lejano de unos gritos y un redoble de tambor que subía flotando suavemente desde abajo.

—¡Ya me estoy hartando de todo esto! —gritó Xena sin dirigirse a nadie en concreto. Miró por el borde a Beowulf, que por fin se había callado y estaba sentado en el suelo junto a una de las numerosas fogatas que había encendido, abanicándose con un pergamino—. ¡Bueno, todo ha salido a pedir de boca, ya lo creo!

Meneó la cabeza y desapareció.


—¿Dónde estamos? —preguntó la atontada bardo.

—¿No reconoces este lugar? —preguntó Ares, lanzando al aire y recogiendo una manzana dorada con la mano.

—Parece la Tierra de los Muertos de las amazonas. ¿Por qué estoy aquí?

—Hemos venido a resucitar a una diosa. Una en cuya muerte participaste tú.

—¿Artemisa?

—La misma.

—¿Por qué... quieres traer de vuelta a una de tus hermanas, además una con la que no te llevabas muy bien?

—¿Quién ha dicho eso? —gritó él.

Gabrielle se encogió de hombros.

—Afrodita, por supuesto. Le encanta cotillear, ya lo sabes.

Ares sonrió y se relajó.

—Sí, supongo que sí. ¿Qué más te ha dicho de mí?

—Nada que pueda interesarte.

—Tú dime.

—No.

Ares gruñó, pero desistió. Recuperó la amplia sonrisa.

—Oye, aquí no hay muchas cosas que se puedan estropear. ¿Quieres que te enseñe a lanzar una bola de fuego?

—¿Y cómo voy a hacer eso? ¿Y dónde está Xena? —preguntó ella, cobrando conciencia por fin de lo que la rodeaba.

—¿Quieres decir que ya no la ves? Estoy seguro de que he intentado traerla con nosotros, pero es un poco difícil cuando no la ves ni la sientes.

—Pues evidentemente no está aquí —dijo Gabrielle, mirando a su alrededor.

—Yo no estaría tan seguro. Podría ser un efecto secundario por comer una de las manzanas.

—Pero yo no he comido ninguna manzana —dijo Gabrielle, frunciendo el ceño.

Ares carraspeó.

—Estooo, bueno, técnicamente eso es cierto. He acelerado un poco el proceso.

—¿Qué has hecho?

—Te la disparé directa al cuerpo en forma de un millón de pedacitos. Te dejó bastante fuera de combate.

—¿Eso quiere decir...?

—Sí, bienvenida al club, Gabrielle, ahora eres oficialmente una diosa.

—Pero eso no es posible.

—Me temo que sí.

Gabrielle se frotó la cara y respiró hondo.

—¿Por eso ya no puedo ver a Xena?

Ares se encogió de hombros.

—Tal vez, no lo sé.

—Yo creía que todos vosotros erais omniscientes.

—Qué va, eso es algo que nos gusta hacer creer, pero no es cierto. Nunca lo ha sido, ni siquiera en el caso de Zeus.

—Espera, espera, espera, todo esto es... tan inesperado.

—Sí, pero mola, ¿eh? —dijo él, sonriendo—. Mira. —Echó la mano hacia atrás formando en ella una bola de energía azul—. ¿Ves ese árbol seco de ahí? —Ella asintió. Él lanzó la mano hacia delante y disparó la bola de fuego contra el tronco muerto a una velocidad imposible, deshaciéndolo en una nube de astillas—. Chulo, ¿eh?

—Ya te he visto hacerlo, ¿sabes? De hecho, varios dioses me lo han hecho a mí, así que no me impresiona gran cosa, la verdad.

—Espera a hacerlo tú misma, ¡es como una adicción, deja que te diga!

Gabrielle frunció los labios muy concentrada.

—Imagina la energía en tu mano y aparecerá en ella —le indicó él. Ella echó la mano hacia atrás despacio. Alzó las cejas sorprendida cuando se formó una pequeña bola de fuego blanca flotando en su mano. Gritó y la dejó caer al suelo, donde saltó y chisporroteó, fundiéndose con la arena oscura.

—¡Oh, porras! —Ares se dio la vuelta y golpeó angustiado el suelo con el pie.

—¿Qué pasa? Me he asustado, eso es todo, seguro que puedo volver a hacerlo.

—No se trata de eso —dijo él entre dientes.

—¿Entonces qué pasa?

—¡Que tu bola de fuego era blanca! —dijo él, como si eso lo explicara todo.

—¿Y qué?

—No lo entiendes.

—Efectivamente.

—El blanco es lo más poderoso. Antes sólo lo tenía Zeus —dijo él, mesándose el pelo lleno de frustración.

—¿Entonces eso es bueno?

—No, entonces eso es malo —la imitó él.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —Se paseó de un lado a otro varias veces—. Por qué, dice. Te voy a decir por qué, niña, porque ahora eres la diosa más poderosa del planeta, ¡por eso! —gritó, dominado por la rabia—. Oh, ya sabía yo que era una mala idea. ¿Por qué yo? —gimió, cayendo de rodillas en la arena.

—¿Esto quiere decir que tengo poder sobre la vida y la muerte?

—Probablemente —rezongó él.

—¿Así que puedo traer a Xena de vuelta? —preguntó ella con creciente regocijo.

—Sí, a su debido tiempo.

—¿Qué quiere decir a su debido tiempo? —preguntó Gabrielle, con súbita desconfianza.

—Zeus tardó miles de años en dominar todas sus capacidades. Sé que tú aprendes deprisa, pero yo que tú no me haría muchas ilusiones de traer de vuelta a la princesa guerrera dentro de poco. A lo mejor dentro de un par de siglos o así.

—¡No puedo esperar tanto!

—¿Por qué? Ahora eres inmortal y, por lo que yo sé, Xena también. Las dos tenéis todo el tiempo del mundo.

—Yo quiero recuperar nuestro tiempo, nada más.

—El tiempo no es algo de lo que debas tener miedo, Gabrielle. Sólo es la forma que tiene la naturaleza para asegurarse de que las cosas no ocurren todas a la vez.

—¡Pero yo quiero que Xena vuelva ahora! Y es más, ¡ya no quiero ser diosa, nunca lo he querido!

Ares levantó la mirada y sonrió.

—Tiene gracia que digas eso, Gabrielle.


—Otra vez no —suspiró Xena. Afrodita estaba ocupada entreteniendo a un par de hombres en su habitación—. ¿Es que nunca lo deja? —Volvió a salir al pasillo fuera de la habitación de la diosa del amor en el Olimpo—. Puede tirarse así varios días —se quejó—. ¡Tengo que lograr que salga de ahí!

Se volvió y entró de nuevo en la habitación, acercándose a la diosa reclinada e intentando apartar la mirada de lo que estaba pasando.

—Oh, Gabrielle, perdóname —murmuró, al volver a saltar al interior del cuerpo de la diosa.

—Xena, por el amor de Zeus, ¿quieres avisarme antes de hacer eso? —gritó la sorprendida diosa.

—Me encantaría, si supiera cómo, pero ya has tenido cuidado de quitar todos los jarrones.

—Bueno, es que me gustan esos jarrones. Tienen un valor sentimental.

—Estooo, Afrodita, ¿crees que, mmm, podríamos...?

—¿Qué?

—Librarnos de la compañía, es que me... distrae un poco.

—Oh, claro, cielo, creo que últimamente ya ni me entero.

—Mejor no se lo digas, podría herir sus sentimientos.

—Bah, que les den —dijo ella, chasqueando los dedos y haciendo desaparecer a los hombres.

—Puuf, ya está... mejor —dijo Xena, encogiendo los hombros de la diosa con alivio.

—No te preocupes, Xena, la bardo no tiene por qué saberlo nunca, tu secreto está a salvo conmigo.

—¡Cómo! Pero si yo no he hecho nada —dijo Xena, indignada.

—Lo que tú digas, cielo. Ahora cuéntale a la tía Afrodita qué problema tienes.


—Tenías razón, Ephiny, esto es precioso. No tenía ni idea.

—Ningún mortal lo sabe, ni lo sabrá jamás. Y vas tú y te conviertes en diosa, Gabrielle —dijo la ex regente, meneando la cabeza llena de admiración—. De todas las personas que merecían ser un dios, no se me ocurre ninguna mejor que tú.

—No ha sido idea mía. Lo único que Xena y yo teníamos planeado hacer era traer una manzana para Artemisa y esperar que Afrodita y ella pudieran colaborar para resucitar a Xena. Yo no tenía la menor intención de acabar así —dijo, moviendo la mano por el aire y dejando una estela de luz parpadeante que le salía de los dedos.

—¿Cómo le ibais a dar la manzana a Artemisa?

—Teníamos la esperanza de que aquí en la Eternidad, Artemisa pudiera comerse la manzana. Pensamos que Xena no podría comerse una directamente, así que debíamos confiar en que los dioses nos ayudaran.

—¿Y Ares? Creía que estabais intentando evitarlo.

—Estábamos, pero apareció donde Odín y lo fastidió todo.

—¿Dónde está ahora?

—Esperando fuera. Arti no ha querido hacer una excepción ni siquiera por él —sonrió Gabrielle—. Estoy viendo su cara, cuando no lo dejaron entrar.

—¿Estás segura de que ésta es la mejor manera?

—No, la verdad es que no, pero no creo que pueda esperar a aprender cómo resucitarla por mi cuenta. Quiero que vuelva ya.

—¿Artemisa está de acuerdo?

—¿A ti qué te parece?

—Sí, qué tontería de pregunta.

—Gracias, Ephiny, por todo. Necesitaba verte una vez más ahora que todavía puedo.

—Tienes asegurado tu puesto aquí, amiga mía. Algún día volveremos a pasear por estos senderos. —Sonrió al tiempo que una lágrima le resbalaba despacio por la mejilla. Estrechó a la bardo en un fuerte abrazo—. Cuídate, Gabrielle. Y saluda de mi parte a la grandullona cuando la recuperes, como sé que lo harás.

—Adiós, Eph. Saluda de mi parte a todas las hermanas. Pienso a menudo en ellas. —Abrazó con más fuerza a la amazona por un segundo antes de soltarla. Se llevó la mano a los labios y luego tocó los de Ephiny. Desapareció en medio de un resplandor de chispas blancas y volvió a aparecer al lado de Artemisa y Ares, que esperaban a la entrada de la Eternidad.

—Has aprendido deprisa —dijo Ares, con admiración.

—Vamos a hacer esto antes de que cambie de idea y me enganche —dijo Gabrielle.

—Yo estoy lista —dijo Artemisa. Las dos mujeres se abrazaron un momento—. Jamás olvidaré tu sacrificio, Gabrielle —susurró la ex diosa de la luna.

Gabrielle se concentró e imaginó que toda su energía divina se juntaba en una sola bola de fuego gigantesca. Entre las dos mujeres se formó un globo de luz blanca cada vez mayor que no tardo en envolverlas a las dos. Ares tuvo que darse la vuelta, por lo brillante que era la luz. Gabrielle se estremeció cuando la energía divina salió de ella y se introdujo en Artemisa. La diosa de la luna soltó un gruñido ahogado cuando la enorme energía se concentró dentro de su cuerpo, manando hacia dentro, y la bola de luz se colapsó con un chisporroteo de poder agotado.

La bardo se desplomó en brazos de la diosa.

—¡Ya está, he vuelto! —dijo Artemisa con tono triunfal. Tocó con la mano la frente de Gabrielle, reanimándola al instante.

—¿Ha funcionado, vuelvo a ser mortal? —preguntó Gabrielle, a quien todavía le temblaban un poco las piernas. Artemisa flexionó la mano, examinándola atentamente.

—Vamos a verlo, ¿de acuerdo? —dijo, sonriendo como una niña en la mañana del Solsticio. Dirigió la mano hacia el punto donde estaba Ares y disparó varias bolas de fuego pequeñas a sus pies. Él se puso a dar saltos para esquivarlas.

—¡Eh, para ya! —gritó, saltando de un pie al otro.

—Sigo sin ver a Xena por ninguna parte —dijo Gabrielle, mirando preocupada alrededor del grupo—. No creo que esté aquí. Todavía debe de estar con Odín. Afrodita tampoco la pudo enviar a ninguna parte.

—¿Alguien ha pronunciado nuestros nombres? —dijo Afrodita, apareciendo en medio de una lluvia de chispas amarillas.

Xena saltó fuera del cuerpo de la diosa y levantó a Gabrielle, dando vueltas con ella en un gran abrazo.

—¡Dioses, cómo te he echado de menos! —susurró al oído de la bardo.

—Creo que la estrella invitada acaba de llegar. Señoras, ¿empezamos? —les preguntó Ares a sus dos hermanas. Los tres dioses unieron sus manos derechas, cerraron los ojos y se concentraron. De los tres puños apretados empezó a reverberar un zumbido. Xena parpadeó cuando la aferró una fuerza que la dejó rígida.

—¡Xena! —exclamó Gabrielle—. ¿Qué te pasa?

—No... sé —dijo ella—. No puedo... moverme.

—¡Basta, le estáis haciendo daño! —gritó la bardo, volviéndose hacia los tres dioses. Artemisa abrió los ojos y parpadeó. Sonrió a su elegida.

—Nacer siempre es doloroso, pequeña, ten fe. —Cerró los ojos de nuevo y el zumbido vibrante aumentó de volumen y tono.

Xena levitó del suelo, con el cuerpo rígido y tembloroso. Poco a poco, empezó a aparecer su contorno a medida que su cuerpo se formaba ante los ojos de todos. Una tras otra, se fueron formando y uniendo capas de tejido y hueso y aparecieron músculos al tiempo que la sangre corría por venas y arterias recién creadas. La piel cubrió la carne reluciente a medida que el cuerpo perfecto de la princesa guerrera aparecía ante ellos en toda su gloria. Por último, una espesa melena de largo pelo negro se formó alrededor de su cabeza y cayó sobre sus hombros y por su espalda.

Era una de las cosas más hermosas que había visto Gabrielle en su vida y estalló en lágrimas cuando los dioses dejaron caer las manos, suspirando con alivio por haber terminado. Xena cayó al suelo con un suave golpe, desnuda y jadeante.

—¿De... verdad... he vuelto? —jadeó. Gabrielle se arrodilló en la arena junto a la guerrera caída y la abrazó, incapaz de hablar.

Se abrazaron estrechamente, cada una sollozando en el hombro de la otra, con una emoción tan fuerte que les quitaba la capacidad de hablar.

—Maldición, era mucho más fácil cuando estaban Zeus y Atenea —rezongó Ares, que seguía jadeando por el esfuerzo. Afrodita, algo temblorosa, hizo aparecer ropa para Xena y la dejó a su lado.

Artemisa se dejó caer al suelo, sentándose sobre los tobillos.

—Tenemos que encontrar a Atenea y traerla de vuelta.

—¿Tenemos? —lloriqueó Ares.

—Creo que es muy feliz donde está con Ilainus —dijo Afrodita.

—Ah, porras. Esto es lo que pasa por ser amable —dijo Ares malhumorado.

—Hermano, la amabilidad no es lo tuyo. ¿Por qué has hecho esto exactamente? —preguntó Artemisa.

Ares sonrió con aire taimado y satisfecho.

—Bueno, hermana, sabía que hacían falta tres dioses para hacer esto y tenía muchas ganas de que Xena volviera.

—¿Es que no ha sufrido ya bastante con tus intromisiones? —suspiró Afrodita.

—No, no lo entiendes. Tenemos un contrato que algún día exigiré que se cumpla. Muerta estaba bien, viva está mejor, pero espíritu eterno, eso sí que no.

—Vale, hermano, lo que tú digas —resopló Afrodita, que conocía la auténtica razón de la obsesión de Ares.

Las dos almas gemelas no hacían caso de los dioses ni de su charla.

—A ver si... —jadeó Xena entre sollozos—, no volvemos a Japón nunca más.

Gabrielle estalló en otro torrente de lágrimas, esta vez mezcladas con risas.

—No, vámonos a casa a criar una familia.

—Me parece un buen plan —dijo Xena.

Y eso hicieron.

O al menos lo intentaron.


FIN


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades