8


—Hola, capitán —dijo Gabrielle con precaución, al pasar junto a él en la cubierta. Él se tocó la gorra al pasar, soltando apenas un gruñido. Bueno, no ha querido saber qué Tártaro estoy haciendo a bordo de su barco, así que al menos eso ha funcionado, Afrodita, pensó. Ahora lo único que tenía que hacer era encontrar a una guerrera espectral errante.


—Así que Afrodita no me puede enviar a ninguna parte, a menos que vaya dentro de ella —dijo Xena sin hablar con nadie en concreto. De todas formas, nadie habría podido oírla. Suspiró y se puso a dar vueltas—. ¿Y ahora qué? ¿Vuelvo al Olimpo e intento buscar a Dita, o voy derecha a Dinamarca con la esperanza de encontrar el puerto al que se dirige Gabrielle? ¡Maldición! ¿Por qué no averigüé dónde iba el barco? —se recriminó a sí misma.

Alzó la mirada y chasqueó los dedos.

—¡Ya sé! —Sonrió y desapareció.


Gabrielle comprobó que todas sus pertenencias estaban donde las había dejado en su camarote. Todo estaba como debía estar.

—Creo que debería ir a comer algo y esperar a que aparezca Xena —le dijo al camarote vacío. Su estómago gruñó manifestando su acuerdo.


El capitán del puerto escribía con mucha concentración unos detalles sobre un barco que acababa de partir en un gran libro de pergaminos encuadernados. Xena miraba por encima de su hombro mientras lo hacía. Puso mala cara: la información que necesitaba sobre el barco germano estaba en una de las páginas anteriores, tanto tráfico tenía el puerto. No podía intentar volver las páginas mientras el hombre estuviera allí escribiendo en el libro. Lo único que podía hacer era esperar a que terminara.

—Vamos, gordinflón, mueve el culo, que quiero ver una cosa —rezongó Xena en voz alta, pero sólo estaba desahogándose, él no la podía oír—. ¡Macho, en mi ejército no habrías durado ni cinco minutos como intendente! —Hizo una pausa—. Caray, ¿de dónde ha salido eso? Hace años que no pienso en mi ejército. —Sacudió la cabeza, reflexionando sobre las rarezas de los recuerdos.

El hombre colocó la pluma en su recipiente y salió de detrás de la mesa. Cerró el gran libro y echó un candado sobre la cubierta.

—¡No, no hagas eso! —gritó Xena sobresaltada, pero ya era tarde. El hombre ya se dirigía a la puerta—. ¡Oh, es fantástico! —gimió, mirando el libro cerrado sobre la mesa. Se concentró en solidificar la mano alrededor del candado y probó a tirar de él. Antes ni se lo habría planteado y simplemente habría arrancado el candado de la cubierta. Ahora, sin su conexión con Gabrielle, le hicieron falta todas sus fuerzas sólo para levantar el candado y sopesarlo en la mano—. Algunos días me pregunto por qué demonios me he despertado —dijo—. Lo cual es una idiotez, la verdad, dado que últimamente rara vez duermo —continuó, sentándose en la silla sin pensarlo siquiera—. Ah, bueno, ahora ya no se puede hacer nada, supongo. —Al levantarse, sus manos atravesaron los brazos de la silla, pero las sacó y las solidificó lo suficiente para levantarse de la silla apoyándose en ellas—. Fíjate, me he sentado y no me he caído. Debo de estar mejorando. Si sigo así, voy a acabar siendo casi normal. —Se detuvo ante esta idea. Gabrielle estaba decidida a traerla de vuelta como mortal. ¿Realmente quería renunciar a sus recientes poderes? ¿No podrían Gabrielle y ella ser felices si ella seguía siendo un fantasma, pero un fantasma con la capacidad de volverse todo lo sólido que le hiciera falta? Desechó tales ideas y volvió a lo que le importaba ahora. Cómo abrir el libro y llegar a la página adecuada.

Atravesó la puerta y miró a su alrededor, con la esperanza de encontrar al capitán del puerto. No tardó en divisarlo a lo lejos, entrando en una taberna. Desapareció y volvió a aparecer dentro del bar. Él estaba esperando pacientemente a que una camarera pechugona le sirviera.

—¿Qué va a ser, Angus, lo de siempre? —dijo, colocando una jarra debajo del grifo de cerveza lista para el pedido que esperaba. El hombre tragó saliva y se estremeció ligeramente, con los ojos como platos por la sorpresa.

—Eeeh, no, que sea un oporto grande, cariño —dijo.

Ella frunció el ceño ante el inesperado cambio de costumbres. Estuvo a punto de decir algo, pero se encogió de hombros y sirvió una buena cantidad de oporto.

—Gracias —dijo él, cogiendo la jarra y tragándose el contenido con placer, acompañado de gruñidos de gusto y mucho chupeteo de labios—. Por los dioses, no sabes cuánta falta me hacía —dijo regocijado. La camarera sonrió y se volvió para servir a otro cliente.

—Venga, Angus, vamos a leer un libro —dijo Xena, devolviéndole al hombre un poco de control.

—¿Por qué me has obligado a hacer eso? Odio el oporto —lloriqueó el hombre.

—No seas crío, deberías sentirte orgulloso de estar controlado por alguien famoso —dijo Xena.

—¿Quién... quién eres tú exactamente? —dijo el desconcertado hombre, que todavía no controlaba del todo su propio cuerpo y estaba en plena conversación interna con alguien que claramente no debía estar allí.

—Me llamo Xena. Algunos me llaman la Princesa Guerrera —dijo Xena con orgullo.

—Nunca he oído hablar de ti.

—¿Qué?

—Que nunca he oído hablar de ti. Ahora, si no te importa, he venido a tomar una copa en paz, no a que me controle una amazona bebedora de oporto.

—¿Has oído hablar de las amazonas? —preguntó Xena sorprendida.

—Claro que he oído hablar de las amazonas, ¿y quién no? —dijo él indignado.

—¡Entonces cómo es que no sabes nada de mí, que era la Destructora de Naciones!

—De ésa sí sé algo. Una mala zorra que se comía a los niños para desayunar.

—¡Yo no hacía nada de eso!

—Y que asoló países enteros desde las estepas orientales hasta Egipto y más.

—Bueno, no era tan mala —dijo Xena, con algo más que una insinuación de pavoneo, obligando a la cara del hombre a sonreír malévolamente.

—¿No te echaron de Grecia y te crucificaron los romanos o algo así?

—No, ¿de dónde te has sacado esas cosas?

—Los bardos que pasan por aquí. Cuentan que te hiciste débil al enamorarte de la hija de un emperador, una seductora rubia de ojos verdes que rechazó tus proposiciones.

—Bueno, basta ya. Vamos a ver tu libro ahora mismo. Te voy a devolver el control de las piernas, porque seguro que yo voy dando bandazos y consigo que nos arresten por borrachera y escándalo público. Cuando obtenga la información, te dejaré en paz. Ah, y si intentas rascarte, sacudirte, acariciarte o tocarte de algún modo cualquier parte inconveniente de tu anatomía de aquí a tu oficina, te obligaré a despatarrarte, ¿entendido?

El hombre tragó saliva y su voz se convirtió en un chillido agudo.

—Entendido —logró decir—. Estooo, ¿cual es la información que deseas?

—Quiero saber dónde se dirigía un barco germano que salió de aquí ayer por la mañana.

—Ah, eso es fácil, a las tierras vikingas. A Dinamarca, para ser exactos.

—¿A qué punto de Dinamarca?

—Creo que su primer puerto es Esbjerg y luego siguen hasta Kobenhavn.

—Nunca he oído hablar de ninguno de esos dos sitios. ¿Dónde están en el mapa? ¿Y cuánto tardarán en llegar allí?

—No lo sé, nunca he ido más allá del pueblo vecino, donde vive mi hermana. Creo que si no tropiezan con mal tiempo, deberían llegar allí mañana hacia mediodía.

—Mmm, vale, Angus, parece que te libras de mí. Una cosa más, a ver si tienes cuidado con la comida y la bebida, tu mujer preferiría al hombre con el que se casó, ¿sabes?

Angus se tambaleó un poco, parpadeando rápidamente al tiempo que caía contra la barra.

—No... no me encuentro bien —gorgoteó antes de desmayarse y caer grácilmente al suelo.


Xena reapareció en la costa norte de la Galia. Como no quería poner a prueba la distancia que podía cubrir con sus saltos sólo para encontrarse en el fondo del Mar del Norte, decidió ir por tierra, aparte del breve salto para cruzar el canal entre la Galia y Britania. No es que caminar por el fondo del mar le fuera a hacer daño, pero la idea no le hacía gracia.

Varios saltos después llegó a la costa del norte de Germania. Hacia el norte veía el comienzo de la tierra de Dinamarca. Ahora lo único que podía hacer era saltar de puerto en puerto hasta encontrar Esbjerg. Iba a ser una noche larga y probablemente frustrante.


El barco atracó como se esperaba justo antes de mediodía. Xena aguardaba pacientemente junto a la pasarela cuando Gabrielle bajó cargada con sus zurrones.

—¿Cómo es que has tardado tanto? —preguntó Xena como sin darle importancia, caminando junto a su compañera mientras ésta se abría paso por el muelle hacia la ciudad.

Gabrielle no hizo caso de la pregunta y siguió caminando.

—¿Estás enfadada conmigo?

—¿Por qué iba a estar enfadada contigo? Me ha encantado estar sola en un barco con una panda de marineros borrachos.

—Oye, que no es culpa mía que la magia de Afrodita no funcione conmigo.

—¿Así que es culpa de Afrodita?

—¿Estás diciendo que no lo es?

—¡Pues mía no es, eso seguro! —dijo Gabrielle con los labios fruncidos.

—¡No me lo puedo creer! —rabió Xena, que estaba algo más que irritada por haberse pasado las últimas doce horas saltando por Dinamarca a la búsqueda del lugar—. Me acabo de pasar las últimas doce horas nadando por el Mar del Norte para estar a tu lado después de que vosotras dos me dejarais atrás y vas tú y me echas la culpa de no estar contigo.

Gabrielle se detuvo y dejó los zurrones en el suelo.

—Oh, cariño, lo siento. Ven aquí —dijo, alargando las manos para darle un abrazo.

—Este recibimiento me gusta más —sonrió Xena, acariciando con la cara el pelo rubio que tan bien conocía mientras le devolvía el abrazo con todo su corazón.

—¿De verdad has venido nadando hasta aquí? —preguntó una vocecita desde algún punto de la zona del pecho de Xena.

—Diablos, no, ¿te crees que estoy chiflada? —sonrió la guerrera. Gabrielle se apartó y le dio una palmada en el estómago con el dorso de la mano.

—Menos mal que ya no tienes la armadura, pedazo de mentirosa —dijo, pero suavizó sus palabras con la dulce sonrisa que dirigió a su amante.

—¿Me perdonas? —preguntó Xena, sonriéndole a su vez.

—Pues claro. Es que estaba preocupada.

—¿Creías que me podía haber fugado con Dita?

—Esa idea se me cruzó por la mente, pero como estaba metida en ese maldito barco, no podía hacer nada al respecto.

—Bueno, ya estamos juntas de nuevo y encarriladas. Ahora lo único que tenemos que hacer es encontrar el camino al Valhala.

—Ah, ¿eso es todo? —preguntó Gabrielle.

—Sí.

—Tienes un plan, ¿verdad?

—Sí —dijo Xena, sonriendo.


—¡Gabrielle! ¿De verdad eres tú? —atronó la voz desde el otro lado de la taberna. Una montaña de pieles y armadura cayó sobre la sorprendida bardo.

—¡Beowulf! —dijo, con la voz apagada por un inmenso abrazo de su amigo vikingo—. Yo también me alegro de verte —sonrió, divertida por su extravagante exhibición de amistad.

Él aflojó el abrazo, pero le sujetó las manos.

—Tienes un aspecto maravilloso.

—Y tú también. ¿Cómo está Wiglaf?

—Está bien. Anda por ahí cortejando a alguna moza. Mm, ¿dónde está Xena? —preguntó, mirando por encima del hombro de ella, esperando ver a la guerrera entrando por la puerta en cualquier momento.

La sonrisa de Gabrielle desapareció.

—Tengo malas noticias, Beowulf. ¿Qué tal si nos sentamos antes de que te hable de Xena?

También la sonrisa de él se desvaneció.

—Por supuesto, por favor, siéntate —dijo, señalando una mesa cercana. Pidió que les trajeran a la mesa un par de jarras de cerveza y luego se sentó frente a Gabrielle—. ¿En qué lío se ha metido esta vez? —preguntó.

—Xena está muerta —se limitó a decir ella.

La cara de él se contrajo con una mueca de dolor y cerró los ojos un momento, controlando sus emociones.

—¿Cómo es posible? Era lo más parecido a una guerrera perfecta que he visto en mi vida. Era intocable, o eso creía yo —susurró—. ¿Cómo... cómo ocurrió?

—Un monje enviado para buscar a Xena nos pidió que viajáramos al este, muy al este, incluso más allá de Chin, hasta la tierra del sol naciente, Japón.

—Nunca he oído hablar de ese lugar. ¿Cómo es?

—No se parece a nada con lo que hayas podido soñar en tu vida. Es una tierra extraña de espíritus y feroces guerreros, de un arte para fabricar espadas como no te puedes imaginar y de muerte repentina y terrible. Jamás he conocido un lugar de tal belleza y, sin embargo, tal horror. —Se estremeció por los recuerdos.

—Parece un lugar terrible.

—No, en muchos aspectos es un sitio maravilloso. Sólo desearía... que nunca hubiéramos ido allí.

—¿Murió... como una guerrera? —preguntó él, tragando con fuerza.

Gabrielle sonrió con tristeza.

—¿Es que eso importa? Sigue estando muerta, no importa cómo ocurriera.

—Para una guerrera como ella, sí, claro que importa.

—Sí —dijo Gabrielle cansada—. Murió como una guerrera. Se enfrentó ella sola a mil hombres armados, muchos de los cuales eran guerreros samurais de elite. Mira, ésta es una espada de samurai —dijo, soltando su espada y pasándosela al vikingo para que la viera—. Ten mucho cuidado, está afiladísima de un extremo al otro. Puede cortar la piel y los huesos como si no existieran y otras hojas como si fuesen leña.

Beowulf sacó la hoja con reverencia. No se parecía a ninguna otra espada que hubiera manejado. Incapaz de resistir la tentación, acarició apenas el filo con el pulgar e hizo una mueca de dolor al dejar un rastro de sangre a su paso.

—No era broma —dijo, chupándose el pulgar. Gabrielle meneó la cabeza y sonrió.

—Xena usó esa espada para abrirse paso a través de aquel ejército como si fuese una guadaña. Cuando encontramos el campo de batalla, ya había terminado todo. Había cadáveres hasta donde alcanzaba la vista, se llevó a muchos de ellos por delante, antes de que... de que le cortaran la cabeza —dijo a duras penas.

—¿Por qué, Gabrielle, por qué lo hizo? —dijo él, sujetándole la mano con firmeza pero dulzura.

—Quería morir.

—Eso no le pega a la Xena que conozco.

—Bueno, supongo que lo de ser guerrero nos acaba cansando a todos.

—Estoy seguro de que es lo que ella habría querido.

—Sí, lo era, me lo dijo después.

—¿Te... lo dijo? Perdona, no lo comprendo —dijo él.

—Regresó como fantasma.

—¿Fantasma?

—Sí, ya sé que cuesta creerlo, pero tienes que creerme, de verdad que ha vuelto. Por eso estoy aquí.

—¿Y por qué es eso?

—Necesito una de las manzanas doradas de Odín.

—Pero eso no funcionará, convierten a los mortales en dioses, no a los espíritus en mortales.

—Eso ya lo sé, pero he hecho un trato con Artemisa según el cual si le consigo una manzana, ella recuperará la divinidad y luego se unirá a Afrodita para resucitar a Xena. Sé que los dioses tienen el poder suficiente para hacerlo, yo he visto a Ares hacerlo por su cuenta, así que Afrodita y Artemisa deberían poder hacerlo juntas.

—¿Pero por qué necesita Artemisa una manzana dorada? ¿Es que Xena le quitó la divinidad?

—En cierto modo.

—¿En qué modo?

—La... mmm... la mató.

Beowulf frunció el ceño.

—No lo entiendo, si ella también es un espíritu, ¿de que va a servir una manzana?

—Eso no lo sé muy bien, pero Xena parece creer que servirá.

—¿Xena está aquí?

—Sí.

—¿Dónde? —dijo él mirando a su alrededor.

—Aquí mismo no, está fuera con el caballo. Le dije que quería verte a solas y explicarte todo sin que ella me interrumpiera todo el rato.

—¿Qué es lo que quieres de mí?

—Necesitamos que nos ayudes a entrar en el Valhala.

Él hundió los hombros.

—¿Por qué me temía que ibas a decir eso?


—¿Se lo has dicho? —preguntó Xena.

—Todavía no —susurró Gabrielle.

—Tienes que decírselo, no es justo esperar de él que se enfrente a su propio dios sin decirle que es el señuelo.

—He pensado decírselo cuando ya estemos en camino.

—Eso es trampa. Además, sólo tienes que parpadear con esos bonitos ojos verdes que tienes y hará cualquier cosa que le pidas.

—Él no es así.

—Oh, ya lo creo que sí. Seguro que en cuanto pueda te tira los tejos, ahora que cree que vuelves a estar soltera.

—Él no es así. Es como un hermano mayor para mí, el que nunca he tenido.

—Oh, Gabrielle, te quiero, pero a veces todavía puedes ser de un inocente.

—Ja, ¿entonces cómo es que soy yo la que todavía respira? —replicó Gabrielle.

—Conque ésas tenemos, ¿eh? ¿Qué tal si salto dentro de él y descubro todos los detallitos sucios a medida que los va pensando?

—¡No! Eso es una invasión injustificada de su intimidad. ¿Qué te parecería a ti si alguien cotilleara tus pensamientos a medida que los tuvieras?

—Ya me lo han hecho bastantes veces, sólo tienes que preguntárselo a cierto dios de la guerra.

—Pero qué cosa más despreciable. ¿Quieres decir que Ares puede leer nuestros pensamientos?

—Por supuesto, casi todos los olímpicos más poderosos podían hacerlo. ¿Es que no lo sabías?

—No. —Gabrielle se sonrojó ante la idea. Intentó recordar sus encuentros con ellos—. ¿Y Afrodita?

—No, no del todo. Sólo puede captar estados de ánimo, especialmente si son del tipo romántico.

—¿Cómo sabes todo eso? Y si dices que eres una mujer que sabe hacer muchas cosas, me pongo a gritar.

—No tengo que hacerlo —replicó Xena, sonriendo.

—¿Y eso por qué?

—Ya lo has dicho tú por mí. —Antes de que Gabrielle pudiera agarrarla, Xena desapareció.

—¡Vuelve aquí, princesa! —gritó al aire.

—Gabrielle, por favor. La gente nos está mirando —dijo Beowulf, apretando la cincha de su caballo.

—¡Puedes correr, pero no te puedes esconder! —gritó Gabrielle al aire. Se dio la vuelta bruscamente y saltó a la silla de su caballo.

—Oye, eres más atlética que la última vez que nos vimos —dijo Beowulf con admiración, montando en su propio caballo.

—Sí, bueno, tiene algo que ver con eso de heredar un manto —dijo Gabrielle crípticamente al tiempo que azuzaba a su caballo para que se alejara a trote largo de la taberna hacia las montañas y los bosques de las tierras vikingas.

Llevaban casi una hora cabalgando deprisa cuando Gabrielle decidió que debían parar y dejar descansar a los caballos. Había visto a Xena apareciendo y desapareciendo delante de ellos, haciéndole la señal de que todo estaba tranquilo por delante, antes de volver a desaparecer para reanudar su exploración fantasmal.

Los caballos caminaron libres por el claro donde habían decidido detenerse. Beowulf sacó un frasco y pan negro de su alforja y le ofreció un poco a la bardo.

—Avanzaríamos más rápido si pudiéramos conseguir la ayuda de una valquiria —dijo él, mientras comía.

—Pero entonces Odín se enteraría de nuestra presencia. No nos va a recibir con los brazos abiertos. La última vez que estuvimos aquí, Xena lo humilló delante de otras deidades invitadas. No creo que lo vaya a olvidar fácilmente —replicó Gabrielle.

—¿Entonces cómo piensas entrar ahí y conseguir una manzana? Supongo que estarán bien vigiladas. Cosa que recomendó la propia Xena, si no recuerdo mal.

—Bueno, lo que necesitamos es una especie de señuelo —dijo Gabrielle sin darle importancia a la cosa.

—A ver si lo adivino...


—¿Por qué los dioses siempre tienen que vivir en lo alto de las montañas? —refunfuñó Xena. Estaba de pie, pero Beowulf y Gabrielle estaban agazapados bajo unos peñascos, mirando la imponente montaña.

—¿Porque les gusta darse aires con la gente? —dijo Gabrielle.

—¿A quién? —preguntó Beowulf.

—A los dioses —replicó Gabrielle.

—¿A los dioses les gusta darse aires con la gente?

—Sí.

Beowulf frunció el ceño.

—¿Por qué me da todo el rato la impresión de que estoy interviniendo en una conversación que ya está a medias?

—Porque lo haces, idiota —dijo Xena.

—Eso no está bien, Xena.

—¿Qué no está bien Xena? —preguntó Beowulf, desconcertado.

—Olvídalo —dijo Gabrielle—. Bueno, ¿estás listo?

—Todo lo posible —dijo él con aire afligido.

—Buen chico —dijo Gabrielle, dándole una fuerte palmada en el hombro. Pegó un salto, usando el hombro de él como punto de apoyo, y voló por encima de las peñas hasta el siguiente punto donde podía ocultarse. Fue subiendo furtivamente, saltando de roca en roca, sin dejar de vigilar por si veía algún movimiento en la cima y algún cuervo que pudiera ser un espía de Odín.

Cuando ya llevaba recorridas tres cuartas partes de la subida estaba sin aliento.

—Te estás haciendo vieja —sonrió Xena.

—Ya, pues tú no. ¿Quién es la pringada de las dos?

—Te echo una carrera hasta la cima.

—Sólo si no usas tus capacidades fantasmales.

—¿Y también querrás que me agache?

—No sería justo si no.

Ejecutaron una rápida serie de saltos y volteretas por el aire, acercándose cada vez más a la cumbre.

—Cómo me encanta verte trabajar, Gabrielle.

—Ya —dijo Gabrielle, secándose el sudor de la frente.

—Lástima que no haya nadie ahí arriba para ver esta maravillosa exhibición de habilidad que estás dando.

Gabrielle se volvió hacia Xena.

—¿Qué quieres decir con que no hay nadie ahí arriba?

—Acabo de estar allí, están todos en la sala principal. Parece que no esperan visitas.

Gabrielle se levantó, con los brazos en jarras.

—¿Quieres decir que has dejado que me pele el culo saltando por esta montaña cuando podría haber subido normalmente?

—Sí, justo. Aunque no cabe duda de que es un culo bien mono y el entrenamiento te ha venido bien. Nunca se entrena lo sufic...

No terminó la frase, sino que se dio la vuelta y echó a correr, riéndose a carcajadas mientras Gabrielle salía disparada por el sendero de la montaña tras ella.

Cerca de la cima, Xena alzó el brazo y se agachó. Gabrielle siguió su ejemplo de inmediato. Se arrastró hasta Xena, que estaba inmóvil detrás del último peñasco que conducía al torreón del castillo de Odín.

—¿Qué pasa? —susurró la bardo, atisbando por encima de la roca.

Xena habló en voz baja.

—Espera aquí mientras voy a comprobarlo.

—Eso no es lo que habíamos planeado.

—Lo sé, pero tengo la sensación de que nos vigilan.

—¿Quién?

—No lo sé, pero hay algo que no va bien.

—Vale, pero no tardes.

—No —dijo Xena, encaminándose a la gran puerta. La atravesó y desapareció.

—Vaya, así que Xena ha vuelto —dijo una voz conocida detrás de Gabrielle. Ésta se giró bruscamente, con el chakram en la mano.

—¡Ares! ¿Qué demonios haces aquí?


PARTE 9


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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