7


El viento azotaba sin compasión el páramo desprotegido que rodeaba a las gigantescas piedras. No quedaba rastro del antiguo templo de Dahak, sólo un montón de piedras grandes y mampostería que formaban un círculo irregular que marcaba los límites del edificio que antes se levantaba allí. Xena suspiró mientras deambulaba despacio por entre las piedras silenciosas.

En la base de una o dos de las piedras más grandes había restos de fogatas. Típico, pensó Xena. La gente no tarda en olvidar. Hace menos de treinta años esto era el templo de un dios malvado. Ahora no es más que un lugar donde los viajeros descansan y comen.

Meneó la cabeza, no muy segura de si se sentía desilusionada o aliviada ante la falta de cualquier señal de un mal latente.

—¡Bueno, Dahak, hijo de puta, puede que los dos estemos muertos, pero al menos yo sigo aquí! —gritó al viento, lanzando un puñetazo al aire como gesto de desafío. Un relámpago iluminó el cielo oscuro, seguido de un ominoso trueno—. Mmm, bueno, tal vez sea hora de ir a buscar a Gabrielle —dijo en voz baja, al tiempo que empezaba a llover. Se estremeció al sentir las gotas de agua atravesándola, no por el frío, sino por la extraña sensación que le producía. Concentrándose mucho, consiguió que la mayoría rebotara sobre su piel, pero así sólo consiguió sentirse mojada y de mal humor a medida que el pelo se le iba pegando a la cara—. Bah, que te den, Dahak, espero que te estés pudriendo en lo más hondo del infierno —dijo asqueada, y desapareció, dejando atrás mucha carga mental de la que se alegraba de librarse.

Volvió a aparecer cerca del pueblo costero donde se alojaban. Tras orientarse, volvió a desaparecer y reapareció junto al barco que las iba a llevar a Dinamarca por la mañana. Por suerte, aquí no llovía, de modo que pudo relajar la concentración necesaria para mantener la solidez.

Al recorrer todo el barco vio que en él no había ninguna bardo durmiente, lo cual la desconcertó. Encontró ropa de Gabrielle en un camarote de popa, pero eso fue todo.

—¡Maldita sea, ya sabía yo que no tenía que haberla dejado sola! —gruñó entre dientes.


—Escucha, si fuera una bruja, ¿no crees que saldría de aquí mediante la magia? —preguntó Gabrielle.

El carcelero volvió su rostro lúgubre hacia la furiosa bardo que se paseaba de un lado a otro tras los barrotes de su celda.

—¿No será un truco para engañar al juez? —replicó.

—Eso no tiene sentido, ¿qué me podría importar a mí lo que pensase el juez si de verdad fuese una bruja? Podría convertirlo en sapo o algo así.

—Convertirlo en sapo —repitió el carcelero, apuntándolo metódicamente en un pequeño pergamino.

—¡Aaaggggh, esto es ridículo! —rabió Gabrielle, lanzando las manos al aire sin dejar de dar vueltas.

—No te puedo dejar sola ni un momento, ¿eh? —dijo Xena, apareciendo detrás del carcelero sentado.

—¡Xena, gracias a los dioses, dile a este idiota que no soy una bruja!

El hombre se levantó de golpe, se giró alarmado y sacó un cuchillo del cinturón. Poco a poco se echó a reír, volviéndose para mirar la celda.

—Muy bueno, bruja, por un momento casi me lo trago.

—Gabrielle, ¿por qué no llevas bragas? —preguntó Xena, advirtiendo la falta de vestimenta de Gabrielle. La bardo tiró instintivamente de su camisa de dormir todo lo que pudo.

—¿Es que se nota tanto? —preguntó, sonrojándose un poco.

—Sólo si se tiene el ojo entrenado —sonrió la guerrera.

—Estaba dormida y estos cretinos me asaltaron cuando todavía no me había despertado del todo —dijo indignada, llena de rabia otra vez.

—No sirve de nada que finjas que hay alguien, me doy perfecta cuenta de que no es así —dijo el hombre sonriendo con suficiencia, y volvió a sentarse ante su pequeño escritorio.

—¿Y este Cerebrín de Britania? —preguntó Xena.

—Se supone que está preparando mi confesión para el juicio de mañana.

—¿Eres culpable?

—Ja ja, qué gracia.

—Yo no le veo la gracia por ningún lado, bruja. Mañana el juez te declarará culpable y te condenará a morir en la hoguera.

—¡Mm, bardo a la barbacoa, qué rico! —dijo Xena.

—Me alegro de que esto te resulte tan divertido.

—No me corresponde a mí encontrar esta situación divertida, no soy más que un servidor de la ley —dijo el hombre piadosamente.

—Me cae bien este tipo, ¡sabe cómo pasarlo bien! —dijo Xena, revolviéndole el pelo ligeramente. El hombre pegó un respingo al notarlo y miró de nuevo a su alrededor como loco.

—Basta, bruja, puedo hacer que te encadenen, si es lo que quieres —gritó—. ¡Puedo hacer que te aten, te amordacen y te venden los ojos!

—¿Ves? Ya te he dicho que sabe divertirse —dijo Xena, soplándole en la oreja.

—Basta, Xena, eso sólo va a empeorar las cosas —dijo Gabrielle, de pie ante los barrotes y mirando a su compañera.

—Es un cretino —soltó la guerrera.

—Ya sé que es un cretino, pero es un cretino oficial que me puede poner las cosas diez veces peor, así que deja las fantasmadas un poco, ¿quieres?

—Oh, está bien —refunfuñó Xena, que en realidad se lo estaba pasando en grande.

El hombre escribía enfebrecido en su pergamino, mirando de vez en cuando a Gabrielle y tocándose la oreja.

—Creo que le has dado un buen susto —susurró la bardo.

—Sí, pero tienes razón. Por divertido que sea, no me parece que te ayude mucho. Bueno, ¿cuál es el plan?

—O huimos de aquí y nos convertimos en fugitivas, con la esperanza de no volver jamás, o me enfrento al juicio y consigo convencer al juez de que no soy una bruja.

—Tú puedes salir de cualquier apuro a base de labia, así que apuesto todos mis dinares por ti.

—No tienes ni un dinar, Xena, te atravesarían los bolsillos.

—Cierto —sonrió la guerrera.

—¡Silencio! —espetó el carcelero.

—Creo que me voy a acercar, le voy a meter la mano dentro para espachurrarle el corazón y cuando su espíritu salga, ¡le voy a dar un puñetazo en la boca! —Xena sonrió malévolamente.

—Calma, Tigre. No me parece que un carcelero muerto vaya a contribuir mucho a mi causa.

—Supongo que no.

—¿Y si hurgas ahí dentro y abres la cerradura? —dijo Gabrielle, en voz baja para no enemistarse con el hombre.

—¿Quieres huir así vestida? —preguntó Xena.

—No, la verdad. ¿Qué tal si me traes ropa?

—¿Tú crees que a este idiota le va a gustar ver un montón de ropa que pasa flotando junto a su cabeza y entra en tu celda? Eso suponiendo que yo pueda cogerla, claro.

—Mmm, pues parece que voy a ir a juicio.

—Eso parece.

—¿Conoces a un buen abogado defensor?

—Tiene gracia que digas eso —dijo Xena con los ojos chispeantes.


Al cabo de varios saltos de larguísima distancia Xena se sentía... bueno, no sabía muy bien cómo se sentía, al no estar muy segura de que los fantasmas pudieran cansarse, pero si no era cansancio, lo cierto era que se parecía sospechosamente a eso. Pero no tardó en recuperar el ánimo al encontrarse de nuevo en su territorio natal.

Bueno, ¿y ahora dónde puede estar?, pensó Xena. Supongo que más vale que empiece por la cima y vaya bajando. Se materializó dentro de la gran sala del Olimpo. El lugar estaba desierto, hasta las brumas que cubrían el suelo la última vez que estuvo allí habían desaparecido.

—Oh, Atenea, ¿dónde estás ahora? —preguntó en voz alta en la sala vacía. Aquí no había nada que le sirviera, de modo que echó a andar por el largo pasillo que llevaba a los aposentos privados de los dioses.

Casi todos estaban vacíos, por supuesto, dado que Xena había matado a sus ocupantes, pero todavía quedaban algunos, y tenía la esperanza de que una en concreto estuviera en casa. Las ornamentadas puertas de oro y perla le dijeron que probablemente estaba en el sitio correcto. Sin detenerse a abrirlas, las atravesó y entró en la estancia interior.

Afrodita estaba siendo entretenida por dos hombretones, cada uno de los cuales se esforzaba al máximo en superar al otro y divertir a la diosa.

—Estupendo, hago todo el viaje hasta aquí y ella está ocupada haciendo honor a su título —rezongó Xena con disgusto. Sabía que gritar no serviría de nada: la diosa era incapaz de detectarla en su estado espiritual. Lo cual demostraba que hasta los olímpicos tenían limitaciones, aunque a Xena no le hacían falta pruebas de ello.

Buscando a su alrededor algo con lo que distraer a la diosa o algo que la ayudara a establecer contacto, no vio nada. Suspirando, Xena decidió emprender una acción más directa. Concentrándose en sus manos, tiró una de las grandes urnas rosas de su pedestal, consiguiendo un estupendo estruendo cuando se estrelló en el suelo.

Afrodita empujó a un lado despreocupadamente a uno de los hombretones que yacía sobre ella y se incorporó.

—Eh, ¿quién está enredando con mis cosas? —dijo con un mohín, levantándose y depositando al otro hombre en el suelo. Los dos eran grandes y fuertes, pero no podían competir con la fuerza olímpica.

Xena alzó las cejas al ver la desnudez de Afrodita y su pelo revuelto. No es que la ropa de la diosa la tapara gran cosa, pero así y todo, era un espectáculo bastante sorprendente. Los ojos de la diosa se entornaron.

—¿Eres tú, Ares? —llamó, buscando cualquier señal a su alrededor.

Xena se apresuró a tirar otra urna de su pedestal, rompiéndola también. Lo último que quería era que se presentara el dios de la guerra.

—¡Eh, ya vale, quienquiera que seas! —exigió la diosa, dando un golpe con el pie. Los dos hombres se situaron detrás de ella, con aire algo molesto y bastante frustrado. Uno de ellos intentó rodear a la diosa con los brazos. Sin inmutarse, la diosa chasqueó los dedos y el hombre desapareció y se quedó horrorizado al encontrarse desnudo en pleno centro de una bulliciosa ciudad, mientras su ropa revoloteaba hasta el suelo a su alrededor—. Tú también —dijo ella, chasqueando los dedos de la otra mano y haciendo que desapareciera el segundo hombre. Un tercer chasquido de los dedos le devolvió su vestimenta habitual y a su pelo su inmaculado aspecto de costumbre—. ¡Vale, ahora ya estamos solos, así que muéstrate, seas quien seas! —exigió la enfurecida diosa.

Xena buscó frenética a su alrededor alguna forma de dar a conocer su presencia, pero no había nada. Oh, por Eli, dentro de nada se va a asustar y a desaparecer... ¡piensa, maldita sea, piensa!, se instó a sí misma.

—Te lo advierto, me puedo poner muy desagradable cuando quiero —dijo Afrodita, subiéndose las mangas diáfanas.

—Eso me lo creo —sonrió Xena—. Ah, bueno, espero que esto funcione con una diosa. —Aguantando la respiración, aunque no necesitara hacerlo, saltó hacia Afrodita.

El cuerpo de Afrodita se estremeció violentamente y abrió los ojos como platos por la sorpresa.

—Caray, qué sensación más rara —dijo con dificultad, retrocediendo a trompicones varios pasos y sentándose en la ornamentada tumbona en la que había estado tan ocupada hacía un momento.

—¿Me oyes? —dijo una voz conocida dentro de su cabeza.

—Claro que te oigo... nena guerrera. —Se quedó boquiabierta—. ¿Cómo... por qué... dónde... qué...?

—Tranquila, Afrodita. De una en una, por favor.

—Estás dentro de mi cabeza... y estás muertísima... puaaaj. —Hizo una mueca—. No me gustan las cosas muertas, ¡y menos en mi cabeza!

—Créeme, Afrodita, si hubiera otro modo, lo habría aplicado. Estar dentro del cuerpo de otra persona no es algo que me divierta, bueno, no de esta manera. Juré que no volvería a hacerlo si podía evitarlo.

—¿Lo... lo has hecho antes?

—Sí, una vez con Autólicus —reconoció Xena algo avergonzada. No mencionó la experiencia más agradable de fundirse brevemente con el cuerpo de su amada cuando combatieron juntas contra la demente Velasca.

—Oh, qué asco, esto cada vez es peor. Ahora me preocupa saber dentro de cuántas personas habrá estado él también.

—Cálmate, no es eso. Lo único que quiero es hablar contigo.

—No me pidas que te traiga de vuelta porque no tengo ese poder. Especialmente desde que una zorra loca furiosa fue y mató a mi hermana, quien podría haberme otorgado ese poder si se lo hubiera pedido de buenas maneras.

—Ya, bueno, debería haber aceptado mi primera oferta de que nos dejara en paz —dijo Xena, con una rabia comparable a la de Afrodita.

—Espera, espera, espera —gimió la diosa sujetándose la cabeza entre las manos—. Discutir con alguien dentro de mi propia cabeza me está poniendo de los nervios. ¿No crees que podríamos hablar en plan amable?

—Me parece bien —replicó Xena, maldiciéndose por enemistarse tan fácilmente.

—¿Qué es lo que quieres, Xena?

—Bueno, tú sabes que nunca te pediría nada para mí misma.

—Sí, nunca he conocido a una mortal tan orgullosa y terca —dijo la diosa sonriendo por primera vez.

—Gabrielle tiene problemas y le vendría muy bien tu ayuda ahora mismo.

—¡La bardo tiene problemas! —gritó—. ¿Y por qué porras no lo has dicho desde el principio? —Se levantó, chasqueando los dedos. Su ropa normal quedó sustituida por un atuendo de cuero rojo oscuro que le ceñía todo el cuerpo, completado con una espada a cada lado y una bandolera de cuchillos que le cruzaba el pecho. Tenía el pelo recogido y cubierto por un pequeño gorro con ala en pico que sobresalía por encima de sus ojos—. ¿Qué te parece? —preguntó, volviéndose para mirarse en el espejo de cuerpo entero y sonriendo ante su reflejo.

—Pues... muy bonito, Afrodita. Aunque me parece que eso no es exactamente lo que tenía en mente.


—Al menos podríais traerme ropa —gritó Gabrielle mientras dos grandes guardias la conducían al tribunal, sujetándole cada uno un brazo con las dos manos, a pesar de que Gabrielle estaba encadenada de pies y manos.

La metieron a empujones en un cajón de madera de tres lados llamado banquillo situado a un lado de la sala. Los bancos para el público estaban atiborrados y muchos de los asientos estaban ocupados por los marineros de su primera travesía. Les dirigió a todos una sonrisa falsa que se transformó en una mueca de desprecio. Cuando el juez entró en la sala, un hombre gordo y sudoroso se levantó agitando las manos para indicar a la congregación que todos debían hacer lo mismo.

—Todos en pie ante su señoría, el magistrado Cazabrujas —exclamó.

—¿Cuál es el caso de hoy? —preguntó el juez desde la tarima al tiempo que se sentaba en la gran silla acolchada, agitando dramáticamente la túnica a su alrededor.

—El juicio y ejecución de una bruja, señoría —replicó el hombre.

—¿Qué ha sido de lo inocente hasta que se demuestre lo contrario? —exigió Gabrielle desde el banquillo.

—¿La acusada tiene defensa, alguacil? —preguntó el juez, sin hacer caso del exabrupto de la bardo.

—No que yo sepa, señoría —replicó el hombre.

—Sí que la tiene —exclamó una mujer que entraba en el tribunal desde la parte de atrás de la sala. Iba vestida con ropa formal, parecida a la del juez, y llevaba un pequeño maletín en la mano izquierda. Llevaba unos anteojos en la nariz a través de los cuales observaba el tribunal con arrogante desdén.

—¿Y quién eres tú, señora? —preguntó el juez.

—Soy la abogada defensora de la bardo de Potedaia y estoy aquí para asegurarme de que se haga justicia. —Se acercó al estrado del juez y colocó unos pergaminos ante él—. Éstas son mis credenciales.

Se volvió a Gabrielle y le guiñó un ojo.

—¡Afrodita! —exclamó la bardo—. ¿Cómo... dónde... cuándo...? —Dejó de hablar cuando Afrodita se llevó los dedos a los labios y le mandó guardar silencio.

—Muy impresionante —comentó el juez, mirando a Afrodita—. ¿Cómo se declara tu cliente?

—No culpable, señoría —replicó la diosa.

Se oyeron gritos por toda la sala cuando el tribunal estalló ante la declaración.

—¡Basta! —tronó el juez, golpeando su mesa con un martillo y provocando el silencio instantáneo en la sala.

Gabrielle dio unos golpecitos a Afrodita en el hombro y se echó hacia delante para susurrarle al oído.

—¿Esto es obra de Xena? —preguntó.

—¿De quién si no, cielo? Ahora mismo está dentro de mí.

—¿Sí? —chilló Gabrielle.

—Hola, querida —dijo Xena, asomando la cabeza desde el hombro de la diosa, con lo que ésta por un momento pareció bicéfala.

—¡Por el amor de Gea, Xena, no hagas eso! —dijo Gabrielle, echándose hacia atrás ante la inesperada aparición.

—¿Me has echado de menos? —preguntó la sonriente guerrera.

—Sólo porque nunca te quedas quieta el tiempo suficiente para convertirte en una buena diana.

—Oh, qué amable, y yo que estoy compartiendo fluidos corporales y otros pringues para conseguir que aquí una diosa te libre de ésta y tú te pones en plan desagradable.

—Prueba a pasar una noche entera en una cárcel británica con Don Contento haciéndote las mismas preguntas estúpidas una y otra vez, y a ver cómo te sientes por la mañana.

—Supongo que no habrás firmado nada reconociéndote culpable —preguntó Afrodita.

—¿Es que te parece que me acabo de caer del guindo?

—¿Entonces eso es que no?

—¡Sí! —gruñó Gabrielle entre dientes.

—¿Que sí que no has firmado nada?

Gabrielle hundió los hombros y dejó caer la cabeza sobre la parte delantera del banquillo.

—Voy a morir —gimió, cerrando los ojos y meneando la cabeza.

—Que el fiscal llame al primer testigo —clamó el alguacil del tribunal. Un movimiento en los bancos del público sacó a la luz a uno de los marineros con los que Gabrielle había intentado hablar en el barco desde Grecia.

—¿Juras decir toda la verdad so pena de que se te corte la lengua y con ella se dé de comer a los cangrejos? —preguntó el alguacil.

—Lo juro —dijo el marinero solemnemente.

—¿Puedes contar a la sala con tus propias palabras lo que viste hacer a esta bruja...?

—¡Protesto! —exclamó Afrodita, levantándose y echando una mirada furibunda al fiscal—. Mi cliente no es una bruja hasta que se demuestre lo contrario.

—Se acepta la protesta —suspiró el juez cansinamente.

—Eeeh... ¿lo que viste hacer a esta joven que fuera inusual a bordo de tu barco hace menos de una semana? —continuó el fiscal.

—La vi volar, señor.

—¿Volar? ¿Quieres decir que levitó del suelo y revoloteó por el barco?

—Sí, señor, eso es.

—¿Y por casualidad tenía una escoba y un gato negro?

—No... no estoy seguro...

—Piensa, muchacho, ¿es posible? —presionó el hombre, echándose hacia delante hasta casi pegarse a la cara del marinero.

—Eso creo... tal vez... sí, ahora que lo dices, creo que sí.

—¡Eso es pura mierda de centauro! —gritó Gabrielle, de pie y sacudiendo el banquillo de los acusados.

—Letrada, ¡haz el favor de decirle a tu cliente que cierre la boca o haré que se la cosan! ¿Está claro? —vociferó el juez.

—Ya has oído al hombre, cariñín, así que tranqui, monada —dijo Afrodita—. Deja que yo me ocupe de esto, ¿vale? —le dijo en voz baja a la agitada bardo.

—Eso es lo que me da miedo —dijo Gabrielle por lo bajo.

—No hay más preguntas —dijo el fiscal, sonriendo muy ufano a las dos mujeres cuando volvía a su asiento.

Afrodita se quitó los anteojos de la nariz y tomó aliento con fuerza. Sonrió al marinero y se apoyó en el estrado de los testigos.

—Hola, marinero —dijo, batiendo las pestañas.

—Ho... hola, señorita —graznó él, tirándose del cuello de la camisa, que de repente le apretaba en exceso.

—¿Crees que es posible que lo que viste fuera a mi cliente simplemente haciendo sus ejercicios?

—Supongo —dijo él distraído, perdido en los ojos de la abogada defensora. Nunca había visto nada igual: sentía que se ahogaba en un mar de amor y lujuria y su cerebro estaba eliminando rápidamente todo tipo de pensamiento consciente.

—Mi cliente es muy... atlética, puede hacer... cosas asombrosas con ese... ágil, flexible... firme y joven cuerpo que tiene —arrulló Afrodita.

—Oh, sí —dijo el hombre con tono soñador, dispuesto a mostrarse de acuerdo con todo lo que dijera la diosa.

—¡Basta! —rugió el juez, golpeando la mesa con el martillo. El estampido rompió el hechizo bajo el que se encontraba la mayor parte de los ocupantes de la sala. Afrodita miró enfadada al juez.

—¿Qué ha pasado? Me he quedado un poco ida —preguntó Xena.

—¡Oooh, maldita sea su estampa! —maldijo la diosa por dentro.

—¿Qué ocurre?

—Los tenía a todos en la palma de la mano y va esa dríada de ahí arriba y los saca a todos del trance.

—¿Cómo es posible?

—Y yo qué sé, a lo mejor prefiere a las ovejas, ¿quién sabe? Lo único que importa es que el plan alfa se ha ido al garete.

—¿Y cuál es el plan beta?

—Tenía la esperanza de que llegados a ese punto pudieras intervenir tú.

—¡Oh, genial!

—Siguiente testigo —llamó el alguacil, al tiempo que ayudaba al marinero todavía aturdido a salir del estrado de los testigos. El muchacho había recibido de pleno la fuerza completa de los encantos de Afrodita y todavía se tambaleaba por el ataque.

—Era mono —dijo la diosa—. ¿Qué hará después del juicio?

—Por favor, Afrodita, ¿puedes concentrarte en lo que estamos? —dijo Xena exasperada. Aunque tenía que reconocer que ver el mundo a través de los ojos de la diosa del amor era una experiencia interesante. El mundo parecía inmerso en el placer sensual, lo cual distraía mucho. No me extraña que gran parte del tiempo dé la impresión de que tiene la cabeza a pájaros, pensó.

—Oye, nena guerrera, recuerda que tus pensamientos son mis pensamientos.

—Ah, sí, perdona, Dita —dijo Xena, sintiéndolo de verdad.

—No pasa nada, cielo, al cabo de un tiempo acabas representando el papel que esperan de ti. Cuando te quieres dar cuenta, eres una cabeza de chorlito.

—Dita, yo sé que eso no es cierto, así que no te humilles.

La diosa sonrió.

—Trato hecho.

—Bien, ¿y ahora cómo vamos a sacar a tu amiga y mi amante de esta farsa?

Antes de que Afrodita pudiera responder, el fiscal volvió a hablar. Esta vez al carcelero, que ahora estaba sentado en el estrado de los testigos.

—¿Anoche te confesó la prisionera su crimen?

El carcelero carraspeó y sacó sus pergaminos.

—Al preguntársele cómo iba a escapar a la justicia del juez, la prisionera contestó: "Lo convertiré en sapo".

—¡Eso es mentira! —gritó Gabrielle.

—¡No te lo voy a advertir otra vez, bru... jovencita! —soltó el juez, corrigiéndose al ver el ceño de Afrodita.

Gabrielle le lanzó una mirada furibunda, pero volvió a sentarse, cruzándose de brazos enojadísima, lo cual no resultó en absoluto tan dramático como esperaba porque los grilletes que llevaba en las muñecas se lo impidieron a la mitad, lo cual la hizo maldecir aún más.

Xena sacó la cabeza por el hombro de Afrodita.

—¿Todavía te parece que no es buena idea que Dita te haga desaparecer de aquí sin más? —preguntó.

Gabrielle desechó la idea agitando la mano.

—¡Ganaremos! —dijo irritada.

—Vale, tú mandas —replicó Xena antes de volver a desaparecer dentro de la diosa.

—¿Está bien? —preguntó Afrodita.

—La verdad es que creo que está a punto de explotar —dijo Xena.

—¿Cómo nos ocupamos del carcelero?

—¡Si de mí dependiera, lo volvería del revés!

—No creo que nos vaya a dar respuestas verdaderas, y el juez no me va a dejar que le aplique mis encantos —dijo la diosa—. Eeeh, no hay preguntas, señoría —dijo en voz alta, dirigiéndose al tribunal.

El siguiente testigo fue llamado al estrado.

—¿Quieres decirle al tribunal lo que te dijo la acusada cuando se marchaba de tu barco? —preguntó el fiscal. El capitán del barco se acomodó en el estrado de los testigos.

El hombre se volvió a Gabrielle y meneó la cabeza.

—Lo siento, señorita —dijo con tristeza. Volviéndose, se dirigió al tribunal—. Cuando le pregunté a la joven si era un ángel enviado por el dios de Eli, dijo que había sido un ángel y que había librado un gran combate con un feroz demonio. —La sala volvió a prorrumpir en voces y gritos.

—¡Silencio! —tronó el juez, golpeando la mesa varias veces hasta que se hizo el orden—. Otro tumulto como éste y mandaré vaciar la sala y os meteré a todos en la cárcel por desacato. ¡Está claro! —vociferó.

Tras largos segundos de silencio absoluto, el juez hizo un gesto al fiscal para que continuara.

—¿Y qué le dijiste a la acusada?

Una vez más, miró a Gabrielle con tristeza.

—Le pregunté si había vencido al demonio.

—¿Y ella qué contestó?

—Dijo... —El anciano se detuvo.

—Sí, sigue —le instó el fiscal.

—Dijo que no, que en cambio se había casado con ella.

Una exclamación espontánea surgió de los bancos del público.

—¡Es un demonio! —gritó alguien desde la galería.

—¡Quemad a la bruja! —gritó otro.

Gabrielle miró a Afrodita, que se limitó a encogerse de hombros y menear la cabeza, sin saber en absoluto qué debía hacer ahora.

—¡BASTA! —gritó Gabrielle, al tiempo que saltaba fuera del banquillo de los acusados y aterrizaba delante del juez. La sala, conmocionada, se quedó en silencio al instante—. Estoy harta de vosotros y vuestra mentalidad estúpida, insignificante, retrógrada y supersticiosa —rabió la bardo paseándose despacio ante el tribunal, desafiando a cualquiera a que se le pusiera por delante.

—¿Qué ha dicho? —preguntó un hombre de la primera fila.

—Que somos lerdos —contestó su vecino.

—Ah —dijo el primer hombre.

—Gabrielle, da unos cuantos saltos y cosas de ésas, demuéstrales que casi puedes volar —la instó Afrodita cuando la furiosa bardo pasó a su lado.

—No llevo bragas —dijo entre dientes.

—¡Tanto mejor, les va a encantar! —exclamó la diosa.

—¡Por encima de mi cadáver! —gruñó la bardo.

—¿Qué tal por encima de tu cadáver bien tostado?

—He dicho que no y se acabó. Ni volteretas, ni saltos, ni rayos. ¿Te enteras?

—Me entero. ¡Jolines, que terca puede ser tu novia!

—Dímelo a mí —contestó Xena.

La sala aguantó colectivamente la respiración, esperando a ver qué iba a pasar ahora. Estos griegos eran gente muy animada. Nadie recordaba haberse divertido tanto en su vida.

—La razón por la que no soy ni un demonio ni una bruja es... —Miró a Afrodita haciendo pequeños gestos con las manos—. Vamos, chicas, colaborad conmigo —le susurró a la diosa al pasar—. Es que soy...

La sala se echó hacia delante como un solo hombre, pendiente de cada palabra de la bardo.

—¡Soy... un ángel! —gritó.

El tiempo pareció detenerse cuando no pasó nada espectacular. Todo el mundo se quedó petrificado, mirándose los unos a los otros de hito en hito, esperando a que ocurriera algo.

—¡Haz algo, Afrodita, está esperándonos! —exigió Xena.

—¿El qué, qué tengo que hacer? —lloriqueó la diosa.

—¡Usa tu maldita magia y ponle alas a Gabrielle!

—Ah... claro. —La diosa movió la mano subrepticiamente. Gabrielle quedó bañada en una lluvia de chispas amarillas que disolvió sus grilletes. Cuando flotaron despacio hasta el suelo y desaparecieron, Gabrielle flexionó la espalda y rotó los hombros. Se desplegó un gran par de alas, que al extenderse abarcaron casi toda la anchura de la sala.

La bardo volvía a estar vestida de arcángel, con armas y todo, pero con una pequeña salvedad.

—¿Plumas rosas, Afrodita? —preguntó Xena.

—Han sido las prisas —replicó la diosa—. Eli sabe lo que dirá Miguel si se llega a enterar de esto —dijo tragando con fuerza.

Toda la congregación de la sala había caído de rodillas y se inclinaba ante el ángel que había entre ellos, incluido el juez.

—Creo que esto cierra el caso de la acusación contra mi cliente —le dijo Afrodita al juez arrodillado.

—Por supuesto, todos los cargos contra el arcángel Gabrielle quedan sobreseídos irrevocablemente.

Gabrielle sonrió burlonamente al juez, plegando despacio sus nuevas alas. Las dos mujeres se marcharon tranquilamente de la sala del tribunal.

Afrodita chasqueó los dedos, quitando las alas de la espalda de la bardo y devolviéndole su ropa y armas habituales.

—Gracias, Dita. Caray, se me había olvidado lo que pesan esas cosas.

—Y también que perdiste —sonrió Xena, sacando la cabeza por el hombro de Afrodita.

—No perdí, fue un empate.

—¿Ah, sí? No es así como yo lo recuerdo.

—Chicas, chicas, resolvedlo más tarde. Ahora mismo tengo que volver a Grecia y vosotras tenéis que llegar a un barco que está a medio camino de Dinamarca.

—¿Cómo vamos a explicar nuestra aparición en el barco? No quiero tener que volver a pasar por todo esto cuando lleguemos a Dinamarca —dijo la bardo.

—No te preocupes, aplicaré un pequeño hechizo a la tripulación. Creerán que has estado a bordo desde que partieron esta mañana.

Gabrielle se volvió a la diosa.

—Afrodita, jamás podré agradecerte lo suficiente lo que has hecho por mí, por nosotras.

—No te preocupes por eso, querida, ya sabes que sigues siendo mi mortal preferida. Y Xena, antes de que te vayas, buena suerte y dile a mi hermana que estoy deseando que vuelva a casa. Dile que a lo mejor podemos ir de caza juntas alguna vez o algo así, ¿vale?

—Se lo diré, Afrodita. Tú cuídate también. —Xena salió del cuerpo de la diosa.

—Que os divirtáis, niñas, ahora vamos a llevaros a bordo de vuestro barco. Bon voyage, como dicen en la Galia —dijo Afrodita, al tiempo que agitaba los brazos con gesto dramático.

La diosa y Gabrielle desaparecieron de inmediato, dejando a Xena allí plantada.

Xena miró el espacio vacío donde habían estado.

—¡Oh, mierda! —dijo.


PARTE 8


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