6


—Espera, grandullón, te lo puedo explicar —dijo Gabrielle, apartándose despacio de la mesa.

—Ésta si que es buena —se rió Xena.

—¡Tú calla! —soltó Gabrielle.

—No pienso callarme en mi propia casa —gritó el agitado hombre desde el umbral, sacudiendo el cuchillo para hacer hincapié.

—Eeeh, tú no, señor... otra persona.

El hombre levantó el farol, examinando rápidamente el resto del sótano.

—Yo no veo a nadie más que a ti, señorita.

—Sí, bueno... eso también lo puedo explicar —farfulló ella.

—Sigue así, Gabrielle, que lo tienes contra las cuerdas —dijo Xena, sonriendo regocijada.

—¡He dicho que te calles! —gritó Gabrielle.

—¡Y yo te he dicho que no pienso hacerlo! —rugió el hombre, avanzando contra la desventurada bardo. Cuando él se acercó, ella retrocedió, manteniendo la mesa y el ataúd entre los dos. Él dio un rodeo en el otro sentido y ella hizo lo mismo.

—Escucha, esto es una tontería, ¿no podemos hablar? —preguntó la bardo.

—¡Tú has sido la que ha dicho que me callara!

—No, no hablaba contigo.

—¿Vais a bailar toda la noche? —preguntó Xena, apartándose y observándolos mientras daban vueltas alrededor de la mesa.

—¡Aquí no hay nadie más, mujer!

—Si no te molesta que te lo pregunte, ¿por qué está tu mujer en esa caja? —dijo Gabrielle, vigilando con desconfianza al hombre acechante.

—Sí que me molesta —dijo él tajantemente, sin dar más explicaciones.

—Oh, esto es inútil. Gabrielle, la próxima vez que des la espalda a la puerta, prepárate para darte la vuelta y salir corriendo, yo voy a apagar las luces.

—No te olvides de la lámpara que he dejado en la mesa —dijo la bardo.

El hombre se detuvo y miró la lámpara.

—¿Qué le pasa? —preguntó desconcertado. En ese momento, la pequeña lámpara se apagó. Alzó las cejas sorprendido—. ¿Cómo... cómo has hecho eso?

—¿Cómo he hecho el qué? —preguntó la bardo.

—Apagar la lámpara así.

—Sé hacer muchas cosas —dijo ella, con un ataque de risa floja.

—Gabrielle, no es el momento —dijo Xena.

—Estás loca, ¿verdad? —dijo el hombre.

—No, pero estoy bastante cabreada, si de verdad quieres saberlo. —Gabrielle dejó de reírse y miró malhumorada a la guerrera invisible.

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo Xena.

Gabrielle dejó de dar vueltas despacio y puso los brazos en jarras.

—¡Que no te eche la culpa! —dijo, alzando la voz hasta casi chillar.

—¡Gabrielle, CORRE! —gritó Xena al tiempo que pasaba la mano a través del farol del hombre. La habitación se sumió en la oscuridad—. Aaay, qué daño —dijo, haciendo un puchero. La puerta se abrió de golpe y Gabrielle desapareció escaleras arriba a toda la velocidad que le permitían sus piernas. El hombre no tardó en recuperarse y correr tras ella.

Gabrielle corrió por la tienda con las manos extendidas por delante, empujando a un lado los cadáveres colgantes según avanzaba. Abrió de un tirón la puerta de entrada y salió a la calle tropezando, sorprendida al descubrir que llevaba un conejo en las manos. Oía los gritos del hombre que subía por las escaleras. Sin pensárselo, salió corriendo calle abajo hasta que la paró en seco un gran perro que gruñía agazapado preparándose para atacar.

—Bonito tú —dijo, dando un paso atrás con cautela.

—Deja de perder el tiempo, Gabrielle, dale el conejo al maldito perro —gritó Xena al pasar a su lado corriendo. Obedientemente, la bardo lanzó el conejo a los pies del perro. Los gruñidos cesaron de inmediato. Con un ladrido agradecido, se apoderó de la ofrenda de paz y salió corriendo detrás de Xena, que ya estaba desapareciendo a toda prisa calle abajo.

—Buen perro guardián —masculló la bardo mientras salía disparada detrás de ellos, abandonando la calle a los gritos del iracundo carnicero.

Cuando Gabrielle llegó a la taberna donde se alojaba, se encontró a Xena sentada con el perro a su lado en el porche principal del edificio. La guerrera todavía se reía entre dientes acariciando al animal, mientras éste roía muy concentrado los restos del conejo.

Xena levantó la mirada al oír que se acercaba.

—Oh, Gabrielle, tengo que darte las gracias. Es lo más divertido que me ha pasado desde que he muerto —dijo riendo.

—Me encanta haberte alegrado el día... ¡o debería decir la noche! —gruñó ella, pasando con fuertes pisadas al lado de los dos, de regreso a su habitación. Se tiró en la cama boca abajo, totalmente vestida, y gimió. Xena apareció a su lado, con las manos detrás de la cabeza y los tobillos cruzados.

—¿Qué pasa, Gabrielle, estás perdiendo facultades? —preguntó con una sonrisa.

—Vete —contestó la bardo, poniéndose una almohada encima de la cabeza.

—Oh, vamos, no te pongas así. Pensé que te alegrarías de que esté recuperando los sentidos, aunque estén un poco desentonados.

—¡Un poco desentonados! —explotó Gabrielle, saliendo de debajo de la almohada—. Xena, gracias a tus sentidos, he forzado la entrada de la casa de un hombre y he molestado a su esposa muerta, por el amor de Gea, ¿cómo puede salir todo tan mal?

—Bueno, ahora que lo dices, supongo que podría haber ido mejor.

—¡Mejor! —chilló—. Tendré suerte si no me arrestan y acabo en prisión.

—Qué va, no sabe quién eres ni dónde te alojas y mañana nos vamos, así que nunca te encontrará.

—¡Ésa no es la cuestión! Ese pobre hombre se despierta en medio de la noche por culpa de una persona que está profanando el ataúd de su mujer. ¿Cómo le puede haber sentado eso?

—Probablemente creerá que todo ha sido un mal sueño.

Gabrielle volvió a gemir y se puso otra vez la almohada encima de la cabeza.

—Xena, prométeme que en el futuro comprobarás mejor las cosas antes de arrastrarme a ellas, ¿vale?

—Te lo prometo, cariño. Vamos, deja que me ocupe de ti. Estás toda tensa. —Xena se colocó a horcajadas encima de la bardo, se deslizó a través de la ropa de Gabrielle y tocó su piel desnuda con las manos frías. Lenta y suavemente masajeó los músculos rígidos de la bardo.

—Ooh, qué gusto —murmuró Gabrielle debajo de la almohada—. Al menos no has perdido ese toque. —Suspiró contenta.

—Me alegro de ver que no te me has puesto blanda, Gabrielle.

—Seguro que todavía hay algunos puntos blandos que podrías comprobar.

—¿Ah, sí? ¿Estás segura de que no sigues enfadada conmigo?

—¿Cómo puedo seguir enfadada con alguien que puede...? Oh, sí, justo ahí, sigue haciendo eso. —Si Gabrielle hubiera sido un gato, habría estado ronroneando.

—Sigues siendo una hedonista, por lo que veo —dijo Xena sonriendo.

—¿Qué tal si me quito la ropa y vemos lo buena que es de verdad nuestra conexión?

—¿Es la primera vez que lo haces con un fantasma? —dijo la guerrera con una sonrisa.

—Cállate y ayúdame con la ropa.

—Sí, jefa.


—¿Por qué crees que tenía a su mujer en una caja? —preguntó Gabrielle. Estaban de pie en la proa del barco que las alejaba de Grecia, adentrándose en el mar Mediterráneo. El perro había ido a despedirlas cuando embarcaban. Gabrielle le había dado una palmadita de pasada en la cabeza, pero Xena bañó de mimos al animal, con gran placer por parte del perro.

—Vete tú a saber, a lo mejor pensaba que daría sabor a sus salchichas —contestó Xena.

—Oh, qué asco, Xena. Por favor, ya me cuesta bastante viajar en barco, sin que tú aumentes mi sufrimiento.

—Creo que simplemente pensaba que sería agradable tenerla cerca y como era carnicero, conocía el mejor modo de conservarla durante un tiempo.

—¿No crees que... a lo mejor había algo más y tus sentidos tenían razón?

Xena se encogió de hombros.

—Tal vez. Ahora ya no importa, no creo que nuestros caminos se vayan a volver a cruzar.

—No, supongo que no.

—¿Por qué, en qué estabas pensando?

—Oh, no sé. Es que cuanto más lo pienso, más raro me parece.

—¿Por qué no tumbaste a ese patán? Sé que podrías haberlo hecho sin planteártelo.

—Lo sé —replicó la bardo en voz baja—. Es que... bueno, pensé que no se merecía sufrir más ignominias.

—Vas a tener que controlar tu lado bondadoso, Gabrielle, un día va a acabar contigo.

—Y esto me lo dice un fantasma —rió Gabrielle.

—Vale, vale, no soy la más indicada... pero en serio que deberías haberlo puesto a dormir de nuevo, habría sido mucho más fácil.

—¿Y tú por qué corrías, si no te podía ver?

—No sé, simplemente me dejé llevar. Por un momento fue como en los viejos tiempos.

Gabrielle sonrió a su compañera.

—Venga, Tigre, puede que tú no necesites comer, pero yo tengo hambre. Vamos a ver qué nos ofrece el cocinero.

—¡Vamos a dar un susto a la tripulación! —replicó Xena riendo. Levantó a la sorprendida bardo y se la puso al hombro—. Estira los brazos y haz como si fueras un pájaro —dijo riendo, y echó a correr por la cubierta mientras sujetaba a Gabrielle en alto.

—Bájame, idiota —rió Gabrielle, que se esforzaba por mantener el equilibrio con los brazos estirados. Para la tripulación era como si se acercara volando tranquilamente hacia ellos. Huyeron llenos de pánico y uno de ellos incluso trató de saltar por la borda antes de que lo sujetaran algunos tripulantes—. Mmm, Xena, creo que ya hemos asustado bastante a la tripulación por un día.

—Sí, creo que tienes razón. —Depositó a Gabrielle suavemente en la cubierta. Casi toda la tripulación estaba acurrucada contra los camarotes de la parte posterior del barco.

—No pasa nada, ya he terminado... mmm... mis ejercicios por hoy —dijo la bardo, acercándose un poco a los acobardados hombres.

—¿Eres... eres una... diosa? —preguntó uno de ellos.

—No, claro que no, tonto —replicó Gabrielle burlándose y agitando la mano como para desechar tal idea.

—Pero has... has volado. Te he visto... te hemos visto todos.

—No, sólo estaba saltando. Os ha engañado la luz. —Gabrielle realizó un perfecto salto mortal hacia atrás, lanzándose hacia arriba por el aire y aterrizando grácilmente en el mismo punto donde había estado—. Ya veis —dijo, pero estaba hablando con una cubierta vacía, pues todos los hombres habían huido abajo.

—Pero qué bien hablas —sonrió Xena con aire burlón.

—¡Mira lo que has hecho ahora!

—¿Yo, qué he hecho yo? —dijo Xena, con una expresión de pura inocencia.

—Es genial, ahora me espera una semana o más de miradas temerosas y los dioses saben qué mas por parte de la tripulación.

—¿Por qué, qué problema hay, es que esperabas un poco de acción? —preguntó Xena con una sonrisa malévola.

—No —respondió Gabrielle con tono neutro: había descubierto a su pesar que no merecía la pena responder a las provocaciones de Xena, eso sólo acababa empeorando las cosas generalmente—. Pero al menos quería que fuese un viaje tranquilo y sin que pasase nada. Ahora ya no va a ser posible. Estarán ya planeando tirarme por la borda para ver si vuelvo a casa volando o tendrán demasiado miedo para acercarse a mí.

—¿Y eso es malo? —dijo Xena, sonriendo—. Siempre he pensado que viene bien asustar un poco a la gente desde el principio. Les ayuda a saber de qué va la cosa.

—Ya, pues ir en plan fuerte y seguro es una cosa, darles un susto de muerte es otra.

—Bah, ya se les pasará. Son marineros, no hay forma de achantar a un buen marinero.

—Cosa que tú sabes muy bien, con eso de que eres una vieja loba de mar.

—¡Ya te digo! —dijo Xena, con una gran sonrisa en la cara.


Todas las mañanas Gabrielle entrenaba con sus armas en la proa de la nave. La tripulación seguía evitándola, cosa que le producía un enorme fastidio. Descargaba su rabia contra un saco de cuero lleno de arena que había colgado de los aparejos. Durante varias horas se dedicaba a darle patadas y puñetazos salvajes, sin parar de decir cosas entre dientes sobre fantasmas estúpidos y su estúpido e infantil sentido del humor. La exhibición de artes marciales no contribuía a aliviar los temores de la tripulación de que la extraña mujer que había a bordo, a quien a menudo se oía hablando sola, fuera una especie de deidad o peor, un demonio enviado para espiarlos.

Xena le hacía compañía, dándole consejos sobre técnica y entrenamiento, que Gabrielle fingía no escuchar, pero de los que tomaba nota en secreto.

—¡Vamos, Gabrielle, dale fuerte, tu vida puede depender de ello! —exclamó Xena, alzando la voz por encima del sólido martilleo casi continuo de la carne contra el cuero.

—Sé lo que estás haciendo, Xena, pero no es necesario —replicó la bardo entre puñetazo y puñetazo.

—Ésta va a ser tu última oportunidad de exhibirte, mañana llegamos a Britania. ¿Por qué no haces una última cosa que le sirva de recuerdo a la tripulación?

—¿Como qué?

—Ah, no sé... ¿qué tal si sacas un rato esa espadona tuya? Seguro que les impresiona.

—No... no creía que quisieras recordar lo de Japón.

—Bueno, no creo que vaya a volver allí nunca más —replicó Xena.

—En serio, ¿te molestaría?

—Qué va, venga, entrena con ella. Me gusta verte hacer lo que sea, y sabes que ahora ya eres como el amo de la espada.

—Sí, pero estás predispuesta. Y prefiero considerarme ama, no amo.

—Vale, mi ama, a ver cómo lo haces —sonrió Xena, apoyándose en la pared de la bodega de proa. Cada vez se le daba mejor lo de no caerse a través de las cosas.

Gabrielle se desenrolló la tiras de cuero con que se había envuelto los puños y los pies y las dejó en su zurrón sobre la cubierta. Cogió la katana y se la sujetó a la espalda. Por el rabillo del ojo vio que varios tripulantes dejaban sus tareas para mirar. Cerrando los ojos, respiró hondo tres veces, vaciando su mente de toda distracción. La espada era demasiado afilada para permitir fallos de cálculo, podía cortar una extremidad con apenas un susurro.

Sin hacer ruido, se lanzó dando una voltereta de lado, y sacó la espada de la vaina en el punto más alto del salto. La hoja destelleó al sol; se movía tan deprisa que parecía dejar una capa sólida de luz como una estela al cruzar el aire. La espada bailaba en manos de Gabrielle, trazando complejos dibujos en el aire mientras la bardo giraba y daba estocadas a su alrededor en perfecta armonía con los bandazos y movimientos del barco.

Con un veloz movimiento final, la hoja se lanzó hacia el saco de arena, completando el arco al deslizarse impecablemente en la vaina en un torbellino demasiado rápido para poder verlo.

—¿No hemos fallado un poco? —dijo Xena con una sonrisa burlona.

—¿Qué quieres decir? —replicó Gabrielle, saliendo del estado de trance en el que se sumía cuando entrenaba con la katana.

—Me refiero al saco de arena.

—¿Qué le pasa al saco de arena?

—Que has fallado.

—¿Eso crees? —Ahora le tocó a Gabrielle sonreír con aire burlón. Xena frunció ligeramente el ceño cuando Gabrielle chasqueó los dedos y dio un zapatazo con el pie. El saco se dividió en dos, derramando arena por la cubierta—. Ánimo, Xena —dijo riendo.

Xena se puso en jarras y sacudió la cabeza, sonriendo llena de admiración.

—Maldita sea, Gabrielle, realmente ya eres mayor de edad como guerrera. En cierto sentido, creo que mi muerte ha sido lo mejor que te podría haber pasado. Como espadachina, creo que ni siquiera yo podría estar ahora a tu altura. Eso ha sido... ¿qué pasa, qué te ocurre?

—Por favor, Xena, no me digas jamás que tu muerte ha sido lo mejor que me podría haber pasado. Ha sido lo peor, lo peor de mi vida.

Xena vio las lágrimas que llenaban los luminosos ojos verdes que la miraban y alargó los brazos.

—Lo siento muchísimo, Gabrielle, no quería entristecerte. Incluso muerta sigo teniendo la sensibilidad de...

—Cállate y abrázame —dijo Gabrielle, echándose a los brazos abiertos de Xena.

—Lo está haciendo otra vez —le susurró uno de los marineros a su compañero—. Ve a llamar al capitán, para que vea que no nos lo inventamos.

Gabrielle flotaba en brazos de su amante espiritual, ajena a lo que ocurría a su alrededor.


Atracaron en un pequeño puerto de la costa este de Britania a primera hora de la mañana. Gabrielle ya estaba levantada y esperaba impaciente para desembarcar, con el zurrón colgado del hombro.

El capitán ordenó tender la pasarela y Gabrielle fue la primera en pisarla. Se volvió al capitán para agradecerle la buena travesía. Él respondió asintiendo con la cabeza. Cuando ya iba por la mitad de la pasarela, él se dirigió a ella.

—¿Señorita, hemos pasado la prueba? —preguntó.

Gabrielle se detuvo y se volvió para mirar al hombre.

—¿Qué prueba? No entiendo —dijo, desconcertada.

—No es normal lo que haces, señorita. Creo que eres uno de esos ángeles enviados por el dios de Eli para vigilarnos.

Gabrielle sonrió.

—Gracias, capitán. Es cierto que hace tiempo fui un ángel. Luché contra el peor demonio que te puedas imaginar.

—Sí, ¿y estoy en lo cierto al pensar que ganaste?

—Oh, sí, ya lo creo que gané.

—¿Mataste al demonio?

—No, me casé con ella —sonrió Gabrielle, y bajó alegremente por la pasarela, sin mirar atrás.

—Muy lista —dijo Xena, apareciendo junto a la bardo mientras caminaba por el embarcadero.

—¿Ya estás otra vez escuchando las conversaciones ajenas? —preguntó, sonriendo.

—Tal vez. Es asombroso lo que ves y oyes cuando eres invisible.

—Me lo imagino. Tu lado mirón se debe de sentir orgulloso de poder fisgonear con tanta facilidad.

—Ja, sólo miro cuando creo que es importante.

—¿Has seguido a algún perro callejero hasta casa últimamente?

—No vas a olvidar eso, ¿verdad?

—No —dijo Gabrielle sonriendo.

—¿Cómo es que estás tan contenta esta mañana? Normalmente a estas horas ni siquiera estás despierta.

—Me siento bien. He vuelto a pisar suelo británico y no me ha pasado nada. Estamos mucho más cerca de Odín que hace dos semanas y me parece recordar que la comida de aquí me gustaba bastante.

—Pues no te encariñes demasiado, no nos vamos a quedar. Tienes que conseguir pasaje en el próximo barco que salga para Dinamarca. No creo que tengamos que esperar mucho.

—Ya, y esta vez intenta no hacerme volar por la cubierta nada más emprender el viaje, por favor, Xena. Me gustaría pasar la travesía sin tener que preocuparme de que me vayan a tirar por la borda, si no te importa.

—No se habrían atrevido. ¿Viste cómo te miraban? Creían que eras una diosa —sonrió Xena.

—Prefiero que piensen que soy una mujer vulgar y corriente, si no te sirve de molestia.

—Mujer, tal vez, ¡vulgar y corriente, jamás!

—Ah, creo que me voy a quedar contigo, querida, estás aprendiendo a decir todas las cosas que hacen feliz a una chica.

Entraron y salieron de varias posadas a lo largo del puerto y por fin encontraron al capitán de un barco de Germania que partía hacia Dinamarca con la marea del día siguiente. Tras regatear con pericia, Gabrielle consiguió pasaje en la nave.

—¿Y ahora qué? —preguntó Xena al salir de la taberna.

—¡Comida!

—Por supuesto, ¿en qué estaría yo pensando?

A mitad del almuerzo Gabrielle le susurró a Xena, que estaba sentada a su lado ante la mesa atiborrada de comida:

—Es curioso cómo estar embarazada te puede hacer perder el sentido de la realidad. Esto es horrible, no se parece en nada a lo que yo recordaba —dijo, masticando un cartílago grasiento que se hacía pasar por carne.

—Oye, a mí no me mires. Yo no tengo el menor recuerdo agradable de este sitio —replicó Xena.

—¿Ni siquiera lo de borrarle la sonrisa de la cara a César?

—Bueno, está bien, pero es lo único.

—¿Estar al mando del ejército de Boadicea?

—¿Vas a seguir así toda la noche?

—¿Cómo?

—Burlándote del fantasma.

—No me burlo, te lo prometo —dijo Gabrielle con una sonrisa maliciosa que decía lo contrario.

—Ya.

—En serio... ¿cómo iba yo a mentirte? —dijo batiendo las pestañas y con su mejor expresión de inocencia.

—Creo que voy a dejar que te acabes esta estupenda comida tú sola.

—¿Dónde vas?

—He pensado en ir a visitar un sitio que conozco.

—No sabía que conocías este lugar.

—No lo conozco, sólo he estado aquí unas pocas veces.

—¿Entonces dónde vas?

—Qué entrometida eres.

—Eres mi compañera, tengo derecho a preguntar.

Xena guardó silencio un momento. Cogió la mano de Gabrielle, apretándola para animarla.

—Tú sabes que nunca te haría daño a propósito, Gabrielle. —La bardo alzó una ceja ante la súbita seriedad de Xena. La guerrera miró a la bardo a los ojos y vio dolor en ellos—. No, supongo que ni siquiera puedo decir eso, dadas las circunstancias, ¿verdad?

—No pasa nada, Xena. ¿Dónde quieres ir?

—Quiero... quiero volver al templo de Dahak y comprobarlo, ahora que sé que ese cabrón está muerto.

—¿Es eso prudente? —dijo Gabrielle con la voz entrecortada y la garganta cerrada por la oleada de espantosos recuerdos que la mención de ese nombre le provocó.

—Es algo que siempre me prometí a mí misma que haría si alguna vez volvía aquí —murmuró la guerrera, incapaz de mirar a su compañera a los ojos.

—¿Todavía... te angustia tanto?

—Sí —susurró.

—Está demasiado lejos para que pueda ir contigo, nunca volveríamos a tiempo de embarcar mañana.

—Lo sé, por eso tengo que hacerlo sola.

—Por favor... ten cuidado. Hércules dijo que lo mató, pero creo que no me lo creeré de verdad hasta que lo vea con mis propios ojos.

—Oh, estoy segura de que está muerto. Si no lo creyera, no volvería.

—¿Te da... mmm...?

—No pasa nada, Gabrielle, puedes decirlo.

Gabrielle sonrió con tristeza.

—¿Todavía te da miedo?

Xena suspiró.

—Cuando dormía, era una de las cosas que nunca me dejaban. Tu expresión cuando sus llamas te arrastraban al altar me acompañará para siempre, eso y mi sensación de impotencia y derrota totales. —Sacudió la cabeza como para librarse del recuerdo.

—Xena, ve a enfrentarte a tus demonios, pero por favor, ten cuidado y asegúrate de que estás de vuelta antes de que partamos. No sé a qué distancia puedes aparecer ni cómo nos encontrarías en el mar, así que no corras riesgos, ¿de acuerdo?

—Por supuesto. Iré allí, echaré un vistazo y tal vez me quite de encima algunos demonios que me han atormentado mucho tiempo. Volveré antes de que te des cuenta.

—Yo estaré durmiendo en el barco, no tiene sentido pagar más por una habitación. A saber qué sirven de desayuno aquí —sonrió.


Gabrielle encontró el barco atracado en uno de los muelles del puerto. Subió a bordo y se dirigió a los camarotes de popa. Un centinela nocturno la detuvo, pero se tranquilizó cuando ella le dijo que había acordado su pasaje con el capitán, a quien describió a la perfección.

Hacia el amanecer se despertó por un jaleo que se oía en la cubierta. Sin darle importancia, se dio la vuelta y se puso una almohada encima de la cabeza. Pero el ruido continuaba. Con los ojos pegados, apartó las mantas y salió a trompicones para ver a qué se debía todo ese ruido. Varios hombres discutían con el centinela nocturno en lo alto de la pasarela. Blandían antorchas encendidas y espadas y parecían muy agitados.

Estaba a punto de ir a buscar un arma por si las cosas se ponían feas cuando una sombra que caía sobre la cubierta la alertó de que había algo encima de ella. Todavía medio dormida, se volvió para mirar justo a tiempo de ver una gran red que caía sobre ella. Intentó apartarse rodando, pero ya era demasiado tarde. Se estrelló contra la cubierta atrapada por la pesada red. Tres hombres se dejaron caer desde los aparejos, imposibilitándole todo intento de salir de debajo de la red.

—¡Ya la tenemos, chicos, ya tenemos a la bruja! —gritó uno de ellos con regocijo a pleno pulmón.


PARTE 7


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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