5


—Xena, no te pongas a malas con ella, podría ayudarnos —le susurró Gabrielle a la guerrera.

—Yo no empezaré nada si ella no lo empieza —dijo Xena roncamente.

—Artemisa, es un honor —dijo Gabrielle inclinándose.

—No hace falta que te inclines, Elegida, ya no soy diosa, gracias a Xena —dijo Artemisa, mirando a Xena de hito en hito.

—Si me hubieras dejado en paz, todavía lo serías, así que no esperes que te compadezca —gruñó Xena, con la nariz casi pegada a la de la ex diosa.

—Venga, vosotras dos, que no estamos en el patio de la escuela —dijo Ephiny, interponiéndose entre las dos mujeres a empujones, lo cual hizo retroceder un paso a Artemisa. Xena ni se movió.

—¡Exijo un desafío! —dijo Artemisa, alzando la voz.

—Sin tu magia olímpica no durarías ni diez segundos, así que no me hagas perder el tiempo —dijo Xena, con desprecio gélido.

—Xena, ven conmigo un momento —dijo Gabrielle, esforzándose por dar la vuelta a Xena. Era como intentar hacer girar una pared—. Xena... por favor.

La mueca desdeñosa de Xena se difuminó ligeramente cuando se volvió para mirar a su compañera.

—Está bien —dijo por fin.

Se apartaron cuatro o cinco pasos, dando la espalda a las amazonas.

—Xena, se me ocurre una cosa. Si logramos que Artemisa recupere su divinidad, a lo mejor ella podría hacer algo por ti.

—No quiero su ayuda —espetó Xena—. Intentó matarnos a mi hija y a mí y conspiró con su hermana para que yo estuviera a punto de matarte a ti, a su propia elegida. ¡Me parece que ha salido bien librada!

Xena temblaba de ira contenida. En la tierra de los muertos todo el mundo era igual, aunque Xena, por supuesto, era algo más igual que otros. Si alguien quería luchar con Xena en este estado es que estaba loco.

—Estabas dispuesta a pedir ayuda a Afrodita. ¿Por qué no a su medio hermana, Artemisa?

—Afrodita se puso de nuestro lado, en contra de su retorcida familia, y eso es algo que nunca olvidaré. De no haber sido por ella, ahora estaríamos todas muertas. Devolverle la divinidad no fue nada en comparación.

—Pero Xena, ésta tenía más poder que Afro, a lo mejor te puede devolver la vida.

—Si Ares no puede, no veo por qué va a poder ella.

—Recuerda que a Ares no se lo hemos pedido. No me dejaste.

—Y sigo sin querer estar en deuda con ninguno de ellos, gracias. Prefiero quedarme muerta a darles una ventaja sobre nosotras.

—Bueno, está bien, pero no te precipites. Conservemos todas nuestras cartas, ¿vale? —La guerrera frunció el ceño, pero no dijo nada—. ¿Xena?... Sólo por mí... por favor.

—Está bien, sólo por ti. Pero si se cree que le voy a deber algo...

—No, no lo creerá, estará demasiado contenta de volver a ser una diosa para pensar en deudas.

Volvieron al grupo de amazonas, donde Ephiny hacía todo lo posible por aplacar a la ex diosa.

—Artemisa, ¿puedo hablar contigo, por favor? —preguntó Gabrielle. Artemisa miró de nuevo a Xena con mal gesto antes de volverse hacia la bardo.

—Por supuesto, Elegida. Te ofrecería llevarte al Olimpo, pero por desgracia...

—Lo comprendo, basta con un simple paseo. ¿Vamos? —dijo, indicando a Artemisa que se pusiera en cabeza.

—Si lo que deseas es que perdone a la lunática de tu compañera, ya puedes ir cambiando de idea —soltó la malhumorada ex diosa.

—No, me gustaría hacerte una propuesta —dijo Gabrielle con tono neutro, sin hacer caso de la pulla contra Xena.

—¿Qué clase de propuesta?

—¿Qué te parecería regresar al Olimpo?

—Me gustaría más que cualquier otra cosa en este mundo, pero lo que está hecho no se puede deshacer.

—¿Te gusta estar aquí?

—Pues la verdad es que sí. Más de lo que pensaba, a decir verdad.

—Aquí no eres realmente mortal, todo es mejor que si fueras una mortal normal.

—Eso es cierto. Supongo que debería sentirme agradecida de que las cosas hayan salido así. Podría haber sido peor. Tengo entendido que a mi medio hermana no le ha ido tan bien.

—¿Ah, sí?

—Afrodita me ha venido a ver algunas veces para mantener el contacto. Me ha dicho que a Discordia no le hace mucha gracia el lugar donde está.

—Afrodita es buena persona —dijo la bardo, sonriendo.

—Sí, sí que lo es. Es algo que nunca hasta ahora me había parado a pensar. Sólo veía esa personalidad de tonta que adopta, no la persona que hay detrás de la máscara. Tiene muchas capas y una de ellas es la bondad. Habría estado bien que demostrara algo más de lealtad a su familia, pero no importa. No me sorprende que eligiera su amistad contigo como su prioridad más alta. Eligió bien.

—Gracias. ¿Sabes? Nunca lo había pensado, pero sí que sacrificó muchísimo por mí y nunca se lo he agradecido lo suficiente. ¿Tú crees que intervino para asegurarse de que vinieras aquí?

Artemisa se detuvo, con aire pensativo por un momento.

—Supongo... es una posibilidad. Tengo que preguntárselo la próxima vez que venga a visitarme.

—¿Ella entra directamente en la Eternidad de las Amazonas?

—Sí.

—¿Así que no es cierto que una vez que entras no puedes volver?

—En su mayor parte es cierto. Hay una o dos excepciones.

—Ephiny parece capaz de conseguirlo.

—Sólo porque en este momento está en el comité de bienvenida. Lo mismo que las guardias, se les permite salir un poco, pero no por mucho tiempo.

—¿Y Vanessa y su hija?

—¿Siempre haces tantas preguntas?

—Ya sabes que sí, soy tu elegida. ¿Es que no me observabas? —preguntó Gabrielle sonriendo.

Artemisa carraspeó y apartó la mirada avergonzada.

—Ni mucho menos con la frecuencia con que debería haberlo hecho, Gabrielle. He descubierto que he abandonado muchas cosas. Cosas que me eran muy queridas y que abandoné de mala manera, entre otras, y la más importante, a mis queridas amazonas.

—La inmortalidad debe de ser un arma de dos filos. Por una parte crees que tienes todo el tiempo del mundo y por otra tienes que encontrar cosas con que rellenarla. No es algo que envidie.

—Ah, pero una vez la has tenido, nunca la quieres perder. Estoy segura de que sería mejor diosa ahora que de verdad sé lo que es no tener mis poderes.

—Pero aquí no vas a envejecer, Artemisa, vas a ser joven y fuerte para toda la eternidad. Eso no está nada mal.

—Cuando construí este sitio jamás soñé que algún día yo misma estaría atada a él.

—¿Lo lamentas?

—¿El qué, estar atada a él?

—Sí.

Artemisa reflexionó sobre la pregunta largo rato antes de contestar.

—No, no lo lamento. Sin embargo, sí que desearía volver a estar viva y tener de nuevo mis poderes.

—¿Estarías agradecida a quienes consiguieran eso por ti?

—Por supuesto.

—¿Incluso aunque fuera Xena, mi compañera?

—No tengo ganas de jugar a las adivinanzas contigo, Elegida. Creo que ya es hora de que volvamos y de que tú regreses a tu cuerpo —respondió Artemisa secamente.

La ex diosa se volvió para regresar a la cueva pero Gabrielle la detuvo tocándola suavemente en el brazo.

—Por favor, contesta a la pregunta. Si Xena te devolviera lo que te quitó, ¿la ayudarías a volver a su cuerpo?

Artemisa miró la mano apoyada en su brazo.

—¿Sabes? Cuando era diosa, nunca permitía que nadie me tocara. Ahora que estoy aquí, todo el mundo tiene demasiado miedo de acercarse por lo que fui. Tú eres la primera y única persona que me ha tocado jamás.

—Perdona, Artemisa, no quería faltarte al respeto.

—No, ahora que ha ocurrido, me ha demostrado lo que me estaba perdiendo.

—¿Nunca te ha tocado nadie?

—Nadie.

—Qué cosa más triste —dijo la bardo.

—No malgastes tu compasión, Gabrielle. Me lo he buscado yo misma. Incluso dejé que mi supuestamente omnisciente y maravillosa hermana me condujera a la muerte, en una guerra inútil que no podíamos ganar. Qué estúpida he sido.

—¿Y a pesar de eso todavía sientes rencor?

—No es... no es fácil perder prácticamente todo lo que quieres, Gabrielle. Tendrás que perdonarme mis rabietas. Te prometo que intentaré esforzarme más en el futuro.

—Gracias, Artemisa. Sé que no lo lamentarás, Xena y yo haremos todo lo que podamos para devolverte lo que te quitamos.

—Sé que tienes buena intención y sé por propia experiencia que Xena tiende a conseguir lo que quiere y a lograr lo que se propone, pero me temo que esta tarea supera incluso a las muchas cosas que sabe hacer. Especialmente ahora que el dios de Eli la ha expulsado.

—El dios de Eli es caprichoso, aún más que los olímpicos —rezongó Gabrielle.

—Parece que no te atrae.

—Hubo un tiempo en que sí. Me gustaba la filosofía de Eli sobre la no violencia y el amor a todo el mundo, pero...

—¿Tiene sus límites? —sonrió Artemisa.

—Aún peor, ni siquiera sigue sus propias reglas. Tienen arcángeles cuyo único propósito es aplicar la violencia. Al menos los olímpicos nunca afirmaban ser nada que no fueran.

—¿Con nosotros sabíais lo que había?

—Más o menos. Poco honrados, taimados, egoístas, vanidosos, amorales, venales, pero rara vez hipócritas.

—Gracias por ese retrato tan halagador —rió Artemisa.

—Nada que no os hayáis merecido —dijo la bardo sonriendo a su vez.

—No, supongo que en conjunto nos merecemos todo eso y más.

—¿Tienes noticias de alguno de ellos?

—Sólo de Afrodita. Creo que se siente culpable por su traición. Pero me alegro de verla, cuando viene a visitarme.

—Le pediré que se pase por aquí más a menudo.

—Gracias, eso estaría bien. —Detuvieron su paseo informal—. ¿Tú crees...? —Se calló, sin saber muy bien qué decir.

—¿Qué pasa, Artemisa? —preguntó Gabrielle amablemente.

—¿Tú crees que Xena nos perdonará alguna vez por lo que intentamos hacer?

—No lo sé. Puede ser la persona más generosa del mundo si llegas a conocerla bien, pero cuando se trata de amenazas a su familia y sus amigos, pues me temo que puede pasar de todo. Es capaz de hacer casi cualquier cosa y nunca he visto que se olvide de nada, por pequeño o insignificante que parezca. Así que ya te puedes imaginar lo que siente por la forma en que la trataron los olímpicos. Y, claro está, las intromisiones continuas de Ares nunca han ayudado mucho tampoco.

—Nunca intentamos entender la profecía, ¿verdad?

—No que yo sepa.

—Oh, sí que discutimos mucho en el Olimpo sobre todo ello, créeme.

—Ojalá me pudieras haber llevado allí para decir algo.

—Sí, eso habría sido muy lógico. Por desgracia, la lógica no funcionaba aquel día. De verdad que no sé qué le pasó a Atenea. Normalmente era muy juiciosa, pero... se negó a escuchar ningún tipo de razonamiento. ¿Sabes? Hasta Ares intentó convencerla para que dejara la persecución.

—¿Sí?

—Sí, dijo que llevaría al desastre. De todos los humanos con quienes se podía tener un enfrentamiento directo, dijo que Xena no sólo no perdería, sino que encontraría la manera de obtener una gran victoria. En ese momento todos pensamos que hablaba con la bragueta. —Sonrió con tristeza.

—¿Nunca ha venido a verte?

—No puede entrar, es una zona libre de machos.

—¿Incluso para un dios?

—Especialmente para un dios.

—¿Cómo conseguís que se queden fuera?

—En serio, tienes que controlar este deseo de saberlo todo, Gabrielle. La curiosidad ha matado a muchos seres, intenta que no te pase a ti lo mismo.

—Ya te estás poniendo otra vez toda divina conmigo, Artemisa, creo que prefiero tu lado más humano. —Gabrielle sonrió, quitando hierro a sus palabras.

—Es que estoy practicando. Si puedes convencer a tu compañera para que me ayude a recuperar mi divinidad, entonces no se me ocurre nadie que incluso muerta me parezca mejor para que esté de mi parte o que tenga más probabilidades de conseguirlo.

—Gracias, Artemisa, sé que no te defraudará.


—A ver si lo entiendo, ¿quieres que le devuelva sus poderes y su vida a una diosa muerta, cuando sólo soy un espíritu atado a la tierra y ni siquiera puedo hacer lo mismo para mí? —preguntó Xena, alzando la voz llena de incredulidad según iba hablando.

—Cálmate, Xena, no hace falta que pierdas la cabeza por esto.

—Como vuelvas a decir eso otra vez, te juro que...

—Perdona, no me he podido resistir —replicó Gabrielle con aire contrito, cruzando los dedos a la espalda y sonriendo por dentro.

Estaban de vuelta en la cueva donde habían dejado el cuerpo de Gabrielle. Afortunadamente, no le había pasado nada mientras estuvieron fuera.

—¿Te paraste a pensar algún tipo de plan descabellado antes de ofrecer tan noblemente mis servicios a una de mis enemigas juradas?

—No, eso es cosa tuya, y no es ni ha sido nunca una enemiga jurada.

—¿En serio?

—En serio. Sólo está un poco... despistada, eso es todo.

—Un poco despistada —repitió Xena, levantando los brazos llena de asco—. Es lo que me faltaba —dijo asqueada.

—Es mi diosa protectora, o al menos lo era, por si no lo recuerdas.

—¿Cómo iba a olvidarlo, si intentó dispararme por la espalda?

—Yo no estaba allí en ese momento, recuerda, me habías saltado los sesos con esto —dijo, tocando el chakram que llevaba a la cadera. Antes de que Xena pudiera responder, Gabrielle alzó las manos—. Todo esto es agua pasada, Xena, no sirve de nada volver de nuevo sobre ello.

Xena estuvo a punto de decir algo, pero cambió de idea, frunciendo el ceño ligeramente.

—Está bien, ¿dónde vamos ahora?

—Depende de nuestro punto de destino. Parece que ayudar a Artemisa es nuestra mejor opción para ayudarte a ti en este momento.

—Genial —dijo la guerrera entre dientes.

—¿Qué conocemos que pueda devolver la vida a alguien y luego la divinidad? —preguntó Gabrielle.

—Ambrosía, para empezar, aunque supongo que ya no queda nada en ninguna parte, porque si no, Afrodita ya habría resucitado a su familia por su cuenta. Luego están los poderes de un dios, si tiene la potencia suficiente y si le da la gana. Las dos hemos visto a Ares resucitar a algunas personas de entre los muertos sólo con mover la mano. Y no nos olvidemos de Odín y sus manzanas doradas. Podrían servir, aunque no sé si un espíritu puede comerse una manzana sin que ésta se caiga al suelo sin más.

—¿Algo más?

—¿Algún tipo de magia que nunca hemos visto hasta ahora? —dijo Xena, encogiéndose de hombros.

—¿Y qué me dices de uno de los otros dioses de otras partes, como Krishna?

—Pues no lo sé, pero no creo que ninguno de ellos tenga por costumbre resucitar a extranjeros muertos.

—No, supongo que no. ¿Cuál crees tú que tiene mejores posibilidades?

—Pues como no parece que quede nada de ambrosía, supongo que la cosa se reduce a las manzanas de Odín.

—¿Así que vamos al norte?

—Eso parece.


Se detuvieron en una taberna del pequeño pueblo portuario, dispuestas a embarcar rumbo al norte hasta Britania por la mañana y desde allí cruzar el mar hasta las tierras vikingas. Tardarían por lo menos un mes, si no había accidentes; el viaje por tierra sería aún más largo. Xena estaba segura de que podría aparecer allí con unos cuantos saltos de larga distancia, pero sin Gabrielle para transportar la manzana, suponiendo que pudieran conseguir una, no tendría mucho sentido.

Como no necesitaba dormir, a menos que le apeteciera por mero placer, Xena se dedicó a vagabundear por las calles mientras Gabrielle dormía en una cómoda cama de plumas en la posada.

Se quedó de pie apoyada en la verja de un monumento, practicando la solidificación de los brazos para no atravesarla, y se alegró de ver que le iba siendo cada vez más fácil. A este paso, podré conseguir esa manzana por mis propios medios y ahorrarnos un montón de molestias, pensó muy contenta. Su concentración quedó interrumpida por un gran perro negro que llegó y se sentó frente a ella en la plaza del pueblo. El animal no paraba de echar la cabeza de un lado a otro observando a Xena.

—¿Qué pasa, chico, es que nunca has visto un fantasma? —El perro ladró suavemente—. Ya me parecía a mí que me veías, muchacho. Bueno, no te alarmes, no te voy a hacer daño —dijo la guerrera. Atravesó la verja y se plantó delante del perro. Agachándose, se concentró en su mano para intentar acariciar el lomo del animal. El pelo le produjo una sensación rara en la mano, pues parte de los pelos pasó a través de ella, pero muchos se aplastaron bajo su caricia. El perro sacudió la cabeza y volvió a ladrar, agitando la cola—. Fíjate, tengo un nuevo amigo. —Xena sonrió. Luego frunció el ceño—. No estás muerto, ¿verdad? —El perro ladró con fuerza esta vez, lo cual hizo que algunos transeúntes trasnochadores miraran para ver por qué ladraba el perro. Al no ver nada, se olvidaron del sabueso y siguieron su camino—. No les hagas ni caso, perro, no son tan perceptivos como tú —sonrió—. A lo mejor debería ir a probar mis nuevas técnicas acariciadoras con cierta conocida mía, ¿qué te parece, perro? —Sonrió provocativamente—. No sabes de qué Tártaro estoy hablando, ¿verdad? Y es más, es que ni te importa, ¿eh?

Se sentó, acariciando al agradecido perro mientras observaban cómo el pueblo se disponía a pasar la noche.

El perro se levantó y cruzó despacio la plaza antes de sentarse y mirar de nuevo a Xena. La guerrera se quedó mirando cómo se alejaba.

—Sí, vete a casa, chico, es hora de que todas las personas y animales de bien estén en casa, metidos en la cama con alguien agradable. ¿Tú tienes a alguien agradable con quien compartir tu cama, chico? —gritó a través de la plaza, sabiendo que nadie salvo el perro podía oírla.

El animal ladró con fuerza, se levantó y se alejó trotando unos cuantos metros más antes de volver a sentarse y ladrar.

—Te vas a meter en un lío con tanto ladrido en medio de la noche, muchacho —le advirtió ella. El perro volvió a ladrar—. ¿Qué, quieres que te siga, verdad? —El perro meneó la cola—. Vale, pero si esto resulta ser la búsqueda de un hueso perdido, tú y yo vamos a tener unas palabras, ¿te enteras? —El perro se limitó a bostezar ampliamente y luego se levantó y se alejó trotando, al parecer convencido de que Xena lo iba a seguir—. No estarás haciendo que me pierda, ¿verdad? Gabrielle me matará... otra vez, si no vuelvo antes del amanecer —le dijo al perro, que la llevaba por unos callejones cada vez más laberínticos. Por fin se detuvo delante de una pequeña tienda y se sentó, esperando a que Xena lo alcanzara—. Genial, me has traído hasta aquí para enseñarme tu carnicería preferida. ¿Es que el dueño te da buenas sobras o qué? —Intentó enfadarse con el perro pero no pudo. Al fin y al cabo, sólo hacía lo que hacen los perros—. Bueno, disfruta de la vida, chico, y no te quedes fuera toda la noche. —Se volvió para marcharse cuando algo le llamó la atención. Qué raro, pensó, agachándose para ver mejor. Una hilera de pequeñas manchas de color rojizo llevaba hasta la puerta principal de la tienda. Al seguirlas, aparecían en la calle entre las huellas de un carro—. Probablemente no es nada, el dueño ha metido un trozo de carne fresca y ha dejado un rastro de sangre. Nada sospechoso, seguro. —Pero algo le hacía cosquillas en la nuca—. Has hecho que me imagine cosas, chaval. No he tenido escalofríos en la nuca desde... bueno, desde que tenía nuca. Qué diablos, yo no capté nada junto a la cabaña, fue Gabrielle la que lo sintió.

Se frotó el cuello y el hormigueo aumentó.

—¿A lo mejor estoy recuperando todos los sentidos poco a poco? —Probó a olfatear, tratando de ver si conseguía oler algo—. Vaya, ¿qué te parece? También estoy recuperando el sentido del olfato. —Sonrió como una niña en la mañana de Solsticio. Hizo crujir los nudillos y dobló los dedos—. Atrás, perrito, ¡Xena la Investigadora se ocupa del caso!

Pasó a través de la puerta cerrada con llave y echó un rápido vistazo a su alrededor para orientarse. Algunos animales muertos, como conejos y pollos, colgaban de unos ganchos que había en el techo, y en una mesa situada al fondo de la tienda había un gran jabalí desollado. Junto a una gran picadora de carne había unos montones de carne picada. Olió la sangre y la carne que se pudría lentamente. Se estremeció.

—A estas alturas ya podría estar acostumbrada a las cosas muertas —murmuró suavemente.

Atravesó otra puerta y se encontró en un rellano al pie de unas escaleras, un tramo de las cuales llevaba al piso de arriba y el otro bajaba hasta el sótano. Olvidándose del sótano por el momento, subió al siguiente piso. Al final de la escalera había dos pequeñas habitaciones a ambos lados de un pequeño pasillo. Encogiéndose de hombros, atravesó la puerta de la derecha.

Un hombretón yacía roncando en una cama, con una botella de licor medio vacía en la mano. Me alegro de no haber recuperado del todo el olfato, pensó, contemplando el desorden de la habitación y el estado cochambroso del hombre. Meneando la cabeza, volvió a pasar por la puerta y entró en la siguiente habitación. La estancia estaba tan desordenada como la otra, aunque en ésta no había ocupante. No parecía haber nada de interés y el sexto sentido de Xena no le decía lo contrario.

—Pues supongo que está en el sótano —dijo, bajando las escaleras de dos en dos. El sótano estaba totalmente a oscuras, pero Xena notó que los pelos de la nuca se le ponían de punta. Lo que la inquietaba se encontraba en esta habitación. Si al menos consiguiera tener algo de luz aquí abajo, pensó.


—¡Gabrielle, despierta! —dijo Xena, sacudiendo a la bardo dormida por el hombro.

—¿Q... qué... quién? —farfulló Gabrielle, antes de darse la vuelta y seguir durmiendo.

—¡Oh, pero qué típico! ¡DESPIERTA!

—¿Eres tú, Xena? —dijo la bardo a duras penas—. Te echo de menos, nena —dijo, chupándose los labios antes de volver a sumirse en sus suaves ronquidos.

—Ya, pues yo no te voy a echar de menos, cariño —rezongó Xena mientras se concentraba con todas sus fuerzas para coger el vaso de agua de la mesilla de noche. Despacio pero con firmeza, levantó el vaso y lo sostuvo encima de la durmiente. Tenía la intención de salpicarla con un poco de agua con los otros dedos, pero ocurrió el desastre cuando los dedos pasaron a través del agua. El cosquilleo hizo que perdiera la concentración. Se quedó mirando sin poder hacer nada cuando el vaso cayó hacia la bardo.

—¡AY! —gritó Gabrielle, saltando fuera de la cama. Estaba empapada y le dolía la cabeza por el golpe del vaso en la frente—. Por Hades, Xena, ¿es que no podías moverme o qué? —dijo, frotándose la cabeza.

—Lo siento, pero no hay tiempo. Pronto será de día y te necesito para resolver un misterio.

—¿Y has pensado que tirarme un vaso lleno de agua a la cabeza era la mejor manera de obtener mi ayuda?

—Ha sido sin querer —replicó Xena algo cohibida.

Gabrielle cogió una toalla y se secó.

—Ahora el maldito posadero se va a creer que me he hecho pis en la cama —refunfuñó.

—Qué va, pensará que eres torpe —sonrió Xena.

—Me alegro de que te resulte tan divertido. —Se vistió muy enfadada, negándose a prestar atención a las continuas sonrisas de Xena—. Bueno, ¿a qué vienen tantas prisas? —preguntó por fin, colocándose el pelo todavía húmedo detrás de las orejas.

—Sígueme y te lo contaré todo.


—¿Quieres decir que un perro te trajo hasta aquí? —susurró Gabrielle mientras observaban la parte delantera de la carnicería.

—Sí, espeluznante, ¿eh?

—Estúpido, más bien.

—Espera a ver lo que hay en el sótano.

—Vale, guerrera, ¿qué hay en el sótano? —dijo con resignación. Cuando Xena estaba en plan de guasa nada ni nadie estaba a salvo.

—Pues... no lo sé, estaba demasiado oscuro, por eso estás aquí.

—¿Cómo, para que pueda iluminarlo con la luz de mi justa indignación, tal vez?

—No, basta con una simple lámpara de aceite o una vela.

—¿Que sin duda llevas encima?

—Pues más bien no.

—Ya, ¿así que lo que en realidad estás diciendo es que quieres que fuerce la entrada de una tienda cerrada en medio de la noche, robe una vela de alguna parte y baje sigilosamente a un sótano oscuro para que tú puedas satisfacer la curiosidad de un perro que pasaba por aquí?

—Cuando lo dices así suena un poco...

—¿Idiota?

—Inusual.

—Ya.

—Mira, Gabrielle, sé lo que he sentido allí abajo. Algo no va bien.

—¿Ahora sientes cosas?

—Sí, hasta he olido la sangre y la muerte ahí dentro.

—Es una carnicería, ¿qué otra cosa vas a oler?

—¿Vas a entrar o no? —preguntó la guerrera de mal humor.

—Está bien, pero si todo se va al Tártaro, es culpa tuya.

—No lo olvidaré.

Gabrielle se sacó uno de los sais de la bota. La cerradura de la puerta era vieja y no de muy buena calidad para empezar.

—¿Ahora qué? —susurró Gabrielle, sorteando los cadáveres colgantes.

—Baja las escaleras —susurró Xena.

—Tú no necesitas susurrar, ¿recuerdas?

—Ah, sí, perdona —dijo Xena en voz normal.

—¿Y dónde está el chucho? ¿No deberíamos traerlo a él también, ya que es la razón de que estemos aquí las dos?

—Olvídate del maldito perro, busca una vela o una lámpara y baja las escaleras.

—Por supuesto, oh princesa, tus deseos son órdenes para mí. Vivo para servir. No se me ocurre ningún sitio donde me apetezca más estar, en estos...

—¡Calla de una vez y date prisa! —soltó Xena.

Gabrielle frunció los labios y miró a su espectral compañera con los ojos entrecerrados, apuntando a Xena con el sai.

—Te falta esto, guerrera —dijo, juntando estrechamente el índice y el pulgar.

—Sí, vale, vale —rezongó Xena—. Eh, ahí hay una lámpara, vamos a acabar de una vez antes de que despiertes a toda la calle con el ruido que metes.

—Qué amable —replicó Gabrielle, encendiendo la lámpara. Abrió la puerta que llevaba a las escaleras. Con el mayor sigilo posible, bajó cuidadosamente escalón a escalón. La puerta que había al pie de las escaleras no estaba cerrada con llave, de modo que la abrió empujándola. Soltó un chirrido alarmante en medio del silencio.

—¡Shssh! —exigió Xena—. Hay un tipo durmiendo arriba.

—Y me lo dices ahora —le susurró Gabrielle.

Las paredes estaban cubiertas de estantes, llenos de objetos que parecían siniestros entre las sombras que creaba la lámpara. En medio de la habitación había una mesa, encima de la cual había una larga caja de madera.

—¿No lo sientes? —dijo Xena.

—¿Que si no siento el qué?

—Yo siento la muerte.

—¡Estás muerta!

—No, me refiero a otra persona.

—Pues debe de estar en la caja, porque yo aquí no veo nada más. —Se quedaron junto a la caja mirando su tosca superficie—. ¿La abro? —preguntó Gabrielle, finalmente afectada también por la tensión nerviosa de Xena.

—No, vamos a quedarnos aquí a esperar a que se despierte el pueblo, así podremos invitarlos a todos para hacer una fiesta.

—Está bien, está bien, toma, sujeta esto —dijo la bardo, ofreciéndole la lámpara. Sin pensar, Xena intentó agarrar la lámpara pero sólo consiguió moverla ligeramente cuando su mano la atravesó.

—Oh, qué graciosa.

—Je je je —se rió Gabrielle, colocando la lámpara en la mesa. Metió el sai por debajo de la tapa e hizo palanca hacia arriba acompañada del crujido de clavos. La tapa se abrió por un lado, permitiendo que Gabrielle la empujara y la dejara caer al otro lado.

Levantó la lámpara para iluminar el contenido.

—Bueno, ahí tienes el gran misterio. El hombre es un contrabandista de sal —dijo la bardo, tocando los cristales blancos con los dedos y llevándoselos a la lengua, con lo que confirmó sus sospechas.

—Tiene que haber algo más, escarba un poco —dijo Xena.

Gabrielle puso mala cara, pero hizo lo que decía Xena.

—Oye, un momento, aquí dentro hay algo. —Amontonó la sal a un lado, revelando el rostro ceniciento de una mujer muerta hacía poco.

—¡Ja, ya te decía yo que algo no iba bien! —se carcajeó Xena, con una gran sonrisa en la cara. La puerta del sótano se abrió de golpe cuando el hombretón cochambroso entró tambaleándose, sujetando un farol con una mano y un gran cuchillo para carne con la otra.

—¿Qué demonios estás haciendo con mi mujer? —vociferó.

—Uuuy —dijo Xena.


PARTE 6


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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