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—No hagas ninguna tontería, amazona —gruñó el hombre, moviendo la ballesta hacia arriba para indicarle a Gabrielle que subiera las manos—. Mantenlas donde las pueda ver. Conozco la habilidad que tenéis con las armas, así que no me obligues a usar esto.

Xena se colocó delante de Gabrielle y cogió a la aterrorizada niña de brazos de la reina.

—¿Quién eres? —preguntó la bardo, con las manos apartadas del cuerpo.

—Eso no importa. Sabía que algún día me encontraríais. Sólo que no sabía que tardaríais tanto, con todo lo que decían de las amazonas.

—¿Quién decía qué? No comprendo. —Dio un paso tranquilo hacia el hombre: la distancia era una ventaja para él, no para ella, de modo que quería eliminarla.

—Da un paso más, mujer, y te mato ahí mismo.

Gabrielle se quedó inmóvil a media zancada. Miró titubeante a Xena, quien asintió tranquilizándola.

—Bien, ¿qué quieres que haga?

—Quiero muchas cosas y no tardaremos en disfrutar de ellas juntos, pero lo primero es lo primero. ¿Cuántas habéis venido?

—Cinco grupos de ataque, a la espera de mi orden para atacar.

El hombre se lamió los labios nervioso.

—No te creo.

—¿Entonces por qué preguntas?

—Haz que siga hablando, Gabrielle, la niña y yo vamos a mejorar tu situación —dijo Xena, haciendo todo lo posible por consolar a la niña que lloraba en sus brazos.

—Creo que mientes. Si hubiera más, ya estarían aquí y yo no te estaría apuntando con una ballesta.

—¿Te puedes permitir correr el riesgo?

—No me parece que tenga elección.

—No voy a entrar allí contigo, si eso es lo que estás pensando —dijo Gabrielle, haciendo un gesto hacia la cabaña.

—Sí que vas a entrar. Te aferrarás al último suspiro de vida que te quede. Harás lo que se te diga hasta que tengas oportunidad de contraatacar. Las otras amazonas eran iguales.

Xena le acarició el pelo a Gabrielle niña, hablándole suavemente al tiempo que se acercaba al hombre de la ballesta.

—No pasa nada, pequeña, no nos ve, somos invisibles para él, pero tenemos que hacer algo para proteger a la reina Gabrielle, porque si no, este hombre malo le va a hacer daño. ¿Serás una valiente y me ayudarás a impedírselo?

La niña atisbó un momento desde el hombro de Xena para mirar al hombre. Volvió a lloriquear en voz alta, ocultando la cara de nuevo.

—Gabrielle, necesito tu ayuda, por favor, tenemos que salvar a la reina. Es... es tu deber como amazona. —Xena odiaba presionar así a la niña, pero se les estaba agotando el tiempo.

—¿Qué... qué puedo hacer? —dijo una vocecita apagada desde el hombro de Xena.

—Cuando te levante, quiero que arranques el dardo de la ballesta y lo lances lo más lejos posible. ¿Crees que podrás hacer eso por mí?

—Prefiero morir aquí al aire libre que entrar allí contigo. Mi exploradora ya ha estado ahí, así que no tienes secretos para mí —dijo la bardo, observando atentamente a Xena y la niña mientras se acercaban al hombre.

—¡Alguien ha entrado en mi templo! —bramó el hombre enfurecido.

—¿Templo, así es como lo llamas?

—¿Ves esa flecha negra de encima? Cógela y tira de ella —dijo Xena, sujetando a la niña y acercándola al hombre—. Prepárate, Gabrielle, tendrás que moverte deprisa —dijo Xena en voz alta.

—Es un templo del único dios verdadero... —Se interrumpió bruscamente cuando el dardo de su ballesta se alzó por su cuenta y se clavó en su boca. Atónito, soltó la ballesta y retrocedió tambaleándose, tosiendo y farfullando, tratando de agarrar la flecha incrustada en su garganta. Se arrancó el dardo, vomitando sangre. Alzó la mirada y vio el movimiento borroso del extremo de un sai y la expresión de desprecio enfurecido de la cara de Gabrielle.


—Te dije que lo tiraras, Gabrielle, ¿no te lo dije? —dijo Xena, tratando de que la niña la mirara a la cara.

—Hombre malo, hizo daño a mi mamá. Lo prometí —fue lo único que dijo.

Xena miró a Gabrielle mayor.

—Le dije que lo tirara —le repitió a la bardo.

—Lo sé, Xena, creo que tenemos que tener una charla con la pequeña Gabrielle sobre todo esto, pero en otro momento. Ahora mismo, quiero darte las gracias, cariño, me acabas de salvar la vida —le dijo a la niña.

—¿Sí?

—Claro que sí. Ese hombre me iba a hacer daño, como se lo hizo a tu mamá, pero gracias a ti, nunca volverá a hacer daño a nadie. Eso es algo que te prometo.

—¿De verdad que he salvado a la reina? —dijo la niña, volviéndose a Xena.

—Eres una heroína, cielo. Ninguna reina podría pedir otra cosa de una súbdita leal más que sea su guardia personal. Creo que se impone un nombramiento, ¿no crees, reina Gabrielle?

—Por supuesto. Preséntate ante mí, amazona Gabrielle —dijo la bardo, adoptando su personalidad plena como reina. La niña soltó a Xena y se cuadró delante de la bardo.

—Yo, como reina honoraria permanente de todas las tribus amazonas supervivientes, te nombro a ti, Gabrielle, miembro de la guardia real. A partir de este día en adelante, tendrás todos los honores y privilegios que este deber sagrado te concede. ¿Aceptas el puesto?

La niña asintió gravemente y ofreció un saludo de amazona.

—Defenderé a la reina hasta la muerte —dijo. Gabrielle tragó al oír esto último: se le había olvidado esa parte del juramento de lealtad que hacían las guardias reales en su ceremonia de nombramiento.

—Sé que lo harás, cariño —susurró, sonriendo ante la fervorosa expresión de la niña.

Un gemido procedente del suelo las devolvió a la desagradable realidad del momento.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó Xena—. No podemos dejarlo aquí y no creo que sea prudente intentar arrastrarlo hasta Amazonia para someterlo a juicio.

—No, supongo que no. Creo que las autoridades de Potedaia deberían ocuparse de él.

—Deberíamos ejecutarlo —dijo Gabrielle niña—. Tiene que pagar por sus crímenes contra la nación.

—No, cariño, tiene que ser juzgado por lo que ha hecho. Si lo matamos como a un animal salvaje, no somos mejores que él —dijo Gabrielle, agachándose para ponerse a la altura de la niña.

—No parece un monstruo, ¿verdad? —comentó Xena, mirando a la figura inconsciente que yacía en el suelo—. Pero créeme, eso es lo que es.

—No creo que pueda cargar con él hasta el pueblo, Xena —dijo la bardo.

—Creo que había cadenas y grilletes en la cabaña. Sólo he echado un vistazo rápido. Lo siento, Gabrielle, pero vas a tener que entrar ahí para cogerlos. No quiero que la pequeña entre ahí y yo todavía no puedo hacer ese tipo de cosas.

—Está bien, Xena, sé que es cosa mía. Tú vigílalo y grita si da señales de volver en sí. Le he atizado un buen par de golpes, así que todavía debería tardar.

—Intenta no mirar mucho lo que hay ahí, ¿vale? Si no, te vas a sentir muy mal —le dijo Xena a Gabrielle en voz baja, acariciándole el brazo con cariño.

Xena y la niña esperaron junto al hombre inconsciente mientras Gabrielle iba a la cabaña. Cuando la bardo regresó, estaba varios tonos más pálida que antes y aferraba las cadenas con tanta fuerza que le temblaban los puños.

—Tendría... tendría que haberlo matado —murmuró, mirando al vacío, con los ojos desenfocados.

—No, has hecho lo correcto —dijo Xena suavemente, cogiendo a la reina entre sus brazos y estrechándola en un abrazo firme pero lleno de amor.

—Oh, dioses, Xena, ¿cómo ha podido hacer eso? ¿Cómo puede ser alguien capaz de hacer esas cosas? —dijo, mientras sus lágrimas silenciosas resbalaban por su cara y el pecho de Xena.

—Es evidente que no está bien, mi amor, necesita algo que no podemos darle.

—¿El qué?

—Un cerebro nuevo, éste no tiene arreglo posible.

El hombre volvió a moverse con agitación.

—Venga, vamos a encadenarlo y entregarlo, luego podemos volver y llevar a cabo una ceremonia adecuada para nuestras hermanas —dijo la bardo.

—¿Y qué pasa con Gabrielle niña?

—Creo que debemos acudir a un templo de verdad. Creo que ahora ya sé lo que ha ocurrido.


El juez local de Potedaia no se mostró muy entusiasmado de recibir al hombre en la cárcel. Simplemente no podía creer lo que le contaba Gabrielle. El hombre que había traído encadenado parecía haberse sumido en una especie de trance y sólo murmuraba cosas sobre unas "profanadoras de su templo" y la "magia de esa ramera pérfida". Nada de eso tenía el menor sentido.

Había oído todas las historias sobre la antigua campesina. Que se había escapado de casa hacía casi treinta años con aquella guerrera bárbara, dejando a su pobre familia sumida en la tristeza. Que había aparecido cuatro años después como princesa amazona, nada menos, y había matado a un monstruo que acechaba a los animales de las granjas y que por fin había regresado al cabo de tantos años sin haber envejecido un ápice. Por lo que a él se refería, Gabrielle era la última persona que estaba dispuesto a aceptar como testigo válido.

Sin embargo, con un solo vistazo al interior de la cabaña donde los había llevado, supo que algo iba muy, pero que muy mal. Un par de cabezas fueron identificadas como jóvenes desaparecidas del pueblo. Otras no se sabía, gente de paso, supuso. Gabrielle incluso aseguró que algunas eran amazonas y se empeñó en llevar a cabo una especie de ceremonia bárbara sobre los restos antes de quemarlos en una pira. Se alegró de verla marchar, aunque le hizo escribir una declaración firmada como testigo para el juicio, por si no regresaba a tiempo.


—¿Te tienes que marchar tan pronto? —preguntó Lila, en la puerta de su granja.

—Me temo que sí, hermana, tengo que descubrir una manera de traer de vuelta a Xena y además tengo que ayudar a una buena amiga mía a pasar al otro lado, ahora que su labor aquí ha terminado.

Se abrazaron.

—Vuelve pronto, Gabrielle. Te... te deseo que te vaya bien en tus misiones.

—Xena también te dice adiós.

Lila miró a su alrededor, con la esperanza de ver a la guerrera, pero no vio nada.

—Adiós, Xena. Cuida de mi hermana. —Se encogió al notar una sensación fría que le bajaba por el brazo—. ¿Ha sido ella? —susurró.

Gabrielle sonrió.

—Cuídate, Lila. Volveremos. Pero no sé cuándo.


Gabrielle y los dos espíritus se encaminaron juntos al bosque que rodeaba el pueblo.

—¿A dónde vamos? —preguntó Gabrielle niña.

—Volvemos al bosque para cazar un ciervo —replicó Xena.

—¿Por qué?

—Para que la reina Gabrielle pueda unirse a nosotras en nuestro viaje a la tierra de los muertos.

—¿Por qué vamos ahí? Me da miedo.

—No, no es un sitio del que debas tener miedo, sólo es un paso para alcanzar la felicidad eterna. ¿Te gustaría ir a ver a tu mamá? —preguntó Gabrielle.

—¿Puedo?

—Claro que puedes, cariño. Aquí no hay nada que te retenga, has cumplido la promesa que le hiciste a tu madre de vengar su muerte. Ahora ya puedes ir a casa.

—¿Y si me quiero quedar aquí y ser tu guardia?

—Lo siento, Gabrielle, pero eso no es posible. Tu destino se ha cumplido, es hora de que pases al otro lado.

—Eso no es justo. Xena se puede quedar aquí contigo y también está muerta, ¿por qué yo no puedo? —preguntó malhumorada.

Gabrielle miró a Xena pidiéndole ayuda.

—A mí no me mires, reinita, tú te has metido en esto, sal como puedas —dijo Xena, sonriendo.

—Xena es un caso especial, tuvo que hacer lo que hizo para salvar a un montón de almas. No era justo y no era su hora.

—Tampoco era mi hora —dijo la niña, echándose a llorar.

—Oh, cariño, no llores —dijo Gabrielle, acariciándole el hombro a la niña. Ésta se apartó y se adentró corriendo en el bosque.

—Tú ve a cazar un ciervo, yo me ocupo de la pequeña —dijo Xena, aligerando el paso para salir tras la niña fugitiva.

—Vale —dijo Gabrielle al sendero vacío. Soltó un gran suspiro. Nada es fácil, pensó, al tiempo que se descolgaba del hombro la ballesta que le había quitado al loco.


—¿Estás segura de esto? —preguntó Xena.

Gabrielle alzó los ojos del cuenco de sangre de ciervo.

—Es lo mejor, lo sabes.

—Supongo. Es que...

—La vas a echar de menos.

—Sí, la voy a echar de menos.

Las dos miraron a la niña que contemplaba distraída las llamas de la hoguera que había hecho Gabrielle. Estaban en una profunda cueva, bien apartada del camino. Mientras estuviera fuera de su cuerpo, Gabrielle no podía permitir que nadie lo encontrara por casualidad.

—¿Estás segura de que podemos ir las tres juntas?

—La verdad es que no lo sé, nunca lo he intentado con espíritus, sólo con gente viva. Podría pasar cualquier cosa.

—Tiene que pasar al otro lado, Xena, es lo correcto.

—Lo sé. Es sólo que me horrorizaría hacer algo que la pueda dejar atrapada en un lugar todavía menos hospitalario que éste. Al menos ahora nos tiene a nosotras.

—¿Estás renunciando a nuestro intento de resucitarte? —preguntó Gabrielle en voz baja, temiéndose lo peor.

Xena meneó la cabeza.

—No, por supuesto que no.

Gabrielle soltó un suspiro de alivio. Alargó la mano y tocó la de Xena.

—Estamos juntas en esto hasta el final y para siempre jamás, guerrera mía.

—Lo sé, amor mío, lo sé.

—Vamos a hacerlo. Gabrielle, cariño, ven aquí y cógenos de la mano a Xena y a mí —le dijo Gabrielle mayor a la niña.

—No quiero —dijo ésta hoscamente.

Xena se acercó a la niña y se sentó a su lado con las piernas cruzadas.

—Gabrielle, tu reina, a quien has prestado juramento solemne de obedecer y proteger, te ha pedido que te unas a nosotras en este viaje a la tierra de los muertos. ¿Le vas a negar tu protección? —preguntó Xena suavemente, casi ahogándose con las palabras. Quería estrechar a la niña entre sus brazos y no soltarla jamás.

—Quiero... quiero quedarme aquí con vosotras. —Le temblaba el labio inferior.

—Lo sé, cariño, pero tienes que pasar al otro lado. Algún día volveremos a estar juntas, te lo juro.

La niña alargó los brazos para que Xena la cogiera, cosa que la guerrera hizo agradecida, apoyando la pequeña cabeza contra su hombro y dándole varios besos en el pelo.

Xena alargó la mano libre para que la bardo se uniera a ella y las tres se tumbaron juntas al lado del fuego. Gabrielle metió los dedos en la sangre y dibujó unas rayas en la cara de Xena y de la niña y luego bebió del cuenco.


Gabrielle se quejó y se dio la vuelta rodando.

—Maldita sea, creo que jamás me acostumbraré a esto —dijo, abriendo los ojos y contemplando un yermo—. Oye, la última vez que estuve aquí había árboles y prados y cosas así. ¿Qué ha pasado?

—No, estuviste en la tierra de los muertos de la propia Alti, no en la de verdad —dijo Xena, levantándose y cogiendo a la niña en brazos.

—Bueno, ¿y ahora a dónde, Xena? —preguntó la bardo.

—Por allí, junto al volcán, está la entrada a la eternidad de las amazonas.

—¿Por qué no vamos allí directamente, por qué nos hemos detenido aquí primero?

—No lo sé, una última prueba de fortaleza, supongo.

—Como si no tuviéramos que aguantar suficientes cosas sólo para intentar vivir en paz como amazonas, también tenemos que luchar para entrar en el cielo —refunfuñó la bardo.

—Nadie ha dicho que el camino de una amazona sea fácil, doña Gruñona.

—Perdona, Xena, es que el viaje al mundo espiritual siempre me da dolor de cabeza.

—Creía que la última vez fue dolor de cuello —dijo Xena, sonriendo.

—Que yo recuerde, entonces no sonreías —dijo la bardo con suficiencia. La sonrisa de Xena se transformó en un ceño al recordar lo cerca que había estado Alti de matar a su compañera—. ¿Nos vamos? De repente me siento mucho mejor —dijo Gabrielle, sonriendo muy contenta.

—Tu reina tiene una vena malvada, Gabrielle —le susurró Xena en voz alta a la niña que tenía en brazos.

—Sí —dijo la niña, sonriendo al tiempo que la bardo. Las dos Gabrielles chocaron las palmas.

—Conque ésas tenemos, ¿eh? —dijo Xena con cara larga—. ¿Sabes? Puedes ir andando hasta allí si quieres —dijo la sulfurada guerrera.

—No, aquí estoy bien, puedo proteger a mi reina haciendo de vigía —sonrió la niña.

—Pues si vas a ser vigía, será mejor que estés más arriba. —Xena se montó a la niña en los hombros, colocando las manos sobre sus rodillas, para sujetarla—. ¿Vas bien ahí arriba?

—Sí, veo muy lejos.

—¿Qué ves? —preguntó Gabrielle mayor.

—No mucho, sólo un desierto oscuro y rocas.

La bardo ofreció la mano a Xena, quien la cogió. Juntas caminaron cogidas de la mano hacia la eternidad, mientras Gabrielle niña hacía comentarios sin parar por el camino.

—Alto, ¿quién va?

Dos grandes e imponentes amazonas con el atuendo completo de la guardia real estaban plantadas a la entrada de la cueva. Cruzaron las lanzas, retando a cualquiera a entrar.

—Relajaos, señoras, aquí la reina y yo traemos una entrega especial —dijo Xena, bajando a la pequeña Gabrielle al suelo.

—Gabrielle, ¿eres tú? —dijo una voz desde la penumbra de la cueva.

—¿Ephiny?

Las dos guardias fueron empujadas bruscamente a un lado cuando la antigua regente de Gabrielle salió corriendo de la cueva, para estrechar a la bardo en un fuerte abrazo. Gabrielle se echó a reír mientras la encantada amazona le daba vueltas.

—Ephiny, Ephiny, bájame, loca —dijo riendo.

—Oh, dioses, cómo me alegro de verte, Gabrielle.

Se sonrieron la una a la otra con expresión de felicidad durante lo que a Xena le pareció un rato demasiado largo.

—¿Cómo te va? —dijo Xena, pegándole una fuerte palmada en el hombro a Ephiny.

—Bien, gracias, Xena —dijo la regente con una mueca de dolor, frotándose el hombro—. ¿Qué os trae hasta aquí? Tú no estás muerta, Gabrielle, y tú no... —Abrió mucho los ojos al percatarse del estado de existencia de Xena—. ...Eres amazona —terminó, incómoda.

—No, pero esta jovencita sí lo es y merece entrar —contestó, empujando a Gabrielle niña hacia Ephiny.

—Hola, pequeña, ¿cómo te llamas?

La niña retrocedió hacia Xena, sin decir palabra.

—No tengas miedo, Gabrielle, esta señora te va a llevar a ver a tu mamá. Eso te gustaría, ¿verdad?

La niña asintió despacio, sacando el labio inferior.

—Volveréis a verme, ¿verdad? Lo habéis prometido.

—Sí, volveremos, te lo prometo. —Xena se esforzó, pero su sonrisa tembló peligrosamente.

—Ven conmigo, Gabrielle —dijo Ephiny, ofreciéndole la mano a la niña. Ésta la cogió de mala gana y se dirigió a la cueva con la regente, sin dejar de volverse para mirar a la bardo y la guerrera.

—¿Hemos terminado aquí? —susurró Xena roncamente, frotándose la nariz con el dorso de la mano.

—Eso creo —replicó la bardo con tristeza.

—Adiós, Gabrielle, cuídate —gritó Xena. La niña sonrió y se despidió de las dos agitando la mano.

—No os vayáis todavía —gritó Ephiny justo cuando llegaron a la entrada—. Me voy a ocupar de Gabrielle y luego vuelvo. Podemos hablar un poco antes de que os vayáis.

—Como quieras —dijo Gabrielle.

—¿Tenemos que hacerlo? —gruñó Xena, que no quería quedarse ni un momento más.

—Por favor, Xena, no tardaremos, no hay prisa. El tiempo pasa aquí más despacio, podemos permitirnos quedarnos un poco más.

Xena suspiró y se sentó en la arena oscura, cruzando las piernas y cerrando los ojos.

—Avísame cuando estés lista para que nos marchemos.

Gabrielle se frotó la cara y se sentó junto a su compañera.

—Esto de estar muerta te deja agotada. —Bostezó.

—Da gracias de que puedes volver cuando quieras.

—Encontraremos una forma para ti también, Xena, lo sé.

—Me alegro de que estés tan segura. Al menos una de nosotras debería estarlo.

Aparecieron tres mujeres en la entrada de la cueva. Las guardias se echaron a un lado para dejarlas pasar. Eran Ephiny, una guardia real y una guerrera. La bardo dio un codazo a Xena al tiempo que se levantaba para recibirlas. Xena abrió despacio los ojos para observar a las mujeres, pero no hizo ademán de levantarse.

Al acercarse, las tres cayeron sobre la rodilla e inclinaron la cabeza. Una de las dos mujeres que Gabrielle no conocía habló.

—Reina Gabrielle, es un honor conocerte. Soy Vanessa, madre de Gabrielle, mi hija —dijo, tocando el hombro de la otra mujer.

—Gabrielle, ¿eres tú? —preguntó la bardo.

—Sí, mi reina.

—Alzaos todas, por favor. ¿Cómo...? Has crecido... no lo comprendo.

Ephiny intervino.

—Gabrielle, cuando llega una amazona para entrar en la Eternidad, se le pregunta con qué edad desea pasarla. La mayoría elige entre las veinticinco y las treinta y cinco primaveras, aunque algunas prefieren quedarse como están. Gabrielle ha elegido veinticinco: así es como será para siempre. Y como le tomaste juramento como guardia real, eso es lo que será para siempre, un miembro honrado de la tribu.

—No tenía ni idea.

—Pocas personas vivas lo saben —sonrió Ephiny.

—Quiero agradeceros a las dos lo que habéis hecho por mi hija, reina Gabrielle. Habéis liberado su espíritu, que yo, estúpidamente, dejé atrapado en el plano mortal con mi egoísta petición —dijo Vanessa.

—No, actuaste como una auténtica amazona, nadie puede culparte. No podías saber que el loco también mataría a tu hija.

—Sin embargo, por mi causa, mi hija ha sufrido, y vosotras habéis puesto fin a su sufrimiento. Estoy en deuda con vosotras para siempre. —La mujer volvió a inclinarse.

—Gabrielle, te has convertido en una mujer preciosa —dijo Xena, levantándose despacio del suelo—. Cuánto lamento que aquel hombre te arrebatara tu futuro.

La joven Gabrielle abrió los brazos y estrechó a la guerrera.

—Nunca te olvidaré, Xena —susurró.

—Ni yo a ti —susurró a su vez Xena—. Pero mira qué preciosa estás —sonrió. La sonrisa vaciló un poco cuando advirtió el ceño que se estaba formando en la cara de la bardo—. Menos mal que estoy pedida. —Se rió nerviosa, apresurándose a rodear la cintura de la bardo con un brazo.

Ephiny y Vanessa sonrieron y un momento después también lo hizo Gabrielle mayor.

—¿Cómo es que estabas esperando en la cueva, Ephiny, es que ése es tu trabajo permanente aquí? —preguntó la bardo.

—No, nos turnamos para dar la bienvenida a las recién llegadas. Ha sido casualidad que hoy me tocara a mí.

Gabrielle asintió.

—¿Qué tal es aquello, la Eternidad?

—Imagina unos terrenos de caza perfectos, una aldea tribal magnífica, paz, armonía, cariño y amistad, luego multiplícalo por cien y tal vez de acerques —sonrió Ephiny.

—Parece un paraíso.

—Lo es, créeme.

—Parece tan aburrido como los Campos —dijo Xena.

—¡Xena!

—Bueno, uno puedo acabar harto de tanta cosa buena, ¿sabes? —dijo Xena con tono defensivo, frotándose el brazo, donde la bardo le había dado un codazo.

—Hay un sitio esperándote, Gabrielle, cuando sea tu hora —dijo Ephiny.

—¿No sabrás cuándo será eso? —preguntó Xena, esperanzada.

—Mis labios están sellados.

—Espero que no ocurra hasta dentro de mucho tiempo y además, ya sabes que no podría ir allí si Xena no estuviera conmigo.

—Como desees, mi reina.

Gabrielle estrechó los ojos ligeramente. Ephiny siempre había sabido demostrar su desacuerdo poniéndose excesivamente formal.

—No sirve de nada que te pongas así, Ephiny, sabes que Xena y yo estamos unidas para toda la eternidad, no podemos separarnos, así de sencillo.

—Cuando llegue el momento, estoy segura de que podremos encontrar la forma de que las dos estéis juntas.

—Creo que ya va siendo hora de que nos vayamos, Gabrielle —dijo Xena, tirando suavemente del brazo de la bardo.

—¡Esperad! —bramó una voz desde la cueva.

—Oh, por las plumas de una puta —suspiró Ephiny—. Ya tenemos problemas.

—¡Tú y yo tenemos una cuenta pendiente, Princesa Guerrera! —gritó una guerrera amazona que se acercaba a ellas a grandes zancadas, con cara de furia.

—Artemisa, cómo me alegro de volver a verte —dijo Xena, entrecerrando los ojos y bajando una octava el tono de voz.


PARTE 5


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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