3


—¿Cuánto tiempo llevas sola, Gabrielle? —preguntó Xena.

—No mucho, creo —dijo la niña.

Xena frunció el ceño. No había visto rastros de otras amazonas en la región mientras viajaba desde Anfípolis con su bardo.

—¿Recuerdas exactamente cuánto? —preguntó suavemente a la pequeña.

—No, la verdad. ¿Es importante?

—Podría. —Hizo una pausa—. Oye, ¿me cuentas algo de tu mamá?

—Vale.

Charlaron alegremente el resto de la media hora que tardaron en ir caminando hasta la granja de Lila en las afueras del pueblo. Gabrielle y su hermana estaban el huerto situado junto al granero cuando llegaron Xena y su pequeña acompañante.

—¿Ves a esa mujer que está arrodillada con una cosa redonda en la cadera? —dijo Xena, acuclillándose para ponerse a la altura de la pequeña Gabrielle y señalando a la Gabrielle mayor. La niña asintió, con una expresión de grave concentración—. Es una reina amazona, o al menos ahora es reina honoraria. Creo que Cyane, de la tribu del norte, es ahora la reina suprema y que Varia es su comandante. Al menos, así era la última vez que nos vimos. ¿Te suenan esos nombres?

La niña negó con la cabeza.

—¿La reconoces a ella? —preguntó Xena, señalando a Gabrielle mayor con la cabeza. La niña volvió a hacer un gesto negativo—. Bueno, la voy a llamar y te puedes presentar.

La niña asintió solemnemente.

—¡Gabrielle! Ven aquí —voceó Xena. La bardo alzó la cabeza de golpe al tiempo que se volvía hacia el lugar de donde procedía el grito.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lila alarmada, poniéndose de pie junto a Gabrielle. Había llegado a reconocer que cuando su hermana reaccionaba ante algo, por lo general era señal de peligro inminente.

—Mmm, nada, Lila, me ha parecido oír algo. Vuelve a recoger tus verduras. No tardaré, sólo quiero ir a comprobarlo.

—¿Hace falta que te diga que tengas cuidado? —preguntó Lila.

Gabrielle sonrió.

—Puedo encargarme de lo que sea, estoy segura, no te preocupes.

Xena le hacía señas a cierta distancia desde el camino, acompañada de alguien que parecía ser una niña amazona. Acercándose a ellas con cautela, siguió mirando a su alrededor por si percibía alguna señal de peligro, pero no se veía nada. Al acercarse, abrió las manos y enarcó las cejas.

—¿Cuál es el problema, Xena? Tú no sueles anunciar tu presencia a gritos por el mundo.

Xena sonrió.

—Sí, bueno, me parece que ya no importa, dado que sólo tú puedes oírme, además de la pequeña Gabrielle, claro —dijo con una sonrisa, posando la mano en el hombro de la niña con un gesto de triunfo.

—¿Te ve? —preguntó la bardo sorprendida.

—Evidentemente —sonrió Xena—. Reina Gabrielle, te presento a tu tocaya, la niña Gabrielle de las amazonas griegas, actualmente separada de su madre y del resto de la tribu. La he encontrado, o debería decir más bien que me ha encontrado ella a mí, paseando por las calles de Potedaia.

La niña se adelantó y ofreció a la bardo un formal saludo amazónico, que hizo sonreír a Gabrielle y que devolvió, con la misma formalidad. Se agachó delante de la niña para quedar a la altura de sus ojos.

—Así que tú también te llamas Gabrielle, ¿eh? —La niña asintió—. ¿Cómo es que no estás con tu mamá?

Gabrielle niña miró a Xena, quien asintió a su vez, animándola a volver a contar su historia.

—He perdido a la delegación comercial en la que iba mi mamá.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?

La niña se encogió de hombros. Gabrielle miró a Xena, pero la guerrera también se encogió de hombros. No había conseguido sacar más información útil de su charla mientras se dirigían a casa.

Gabrielle se volvió de nuevo a su tocaya.

—Seguro que tienes hambre, ¿eh?

—Pues no —dijo la niña encogiéndose de hombros.

—Bueno, ¿qué tal un poco de leche fresca, a que eso sí que te gustaría?

La niña lo pensó un momento y luego asintió.

—Vale —dijo, alargando la mano para que Gabrielle se la cogiera.

—Estás fría, pequeña —murmuró la reina—. Vamos dentro y tal vez te venga mejor un poco de leche caliente.

Subieron por el camino hasta la casa, con Xena detrás. Cuando llegaron a la puerta, Gabrielle la mantuvo abierta para que pasaran las dos, pues no quería asustar a la niña con el número de Xena atravesando paredes.

—¡Lila! —llamó Gabrielle, cuando entraron en la habitación principal. Su hermana salió de la cocina, secándose las manos en el delantal.

—Sí, Gabrielle, ¿qué pasa?

—Te presento a mi nueva amiguita, Gabrielle, amazona también y niña perdida —dijo la bardo, empujando suavemente a la niña hacia su hermana.

La sonrisa de Lila se transformó en un ceño.

—¿Es una broma? —preguntó, con expresión confusa.

—No, ¿por qué iba a serlo? —preguntó la bardo, igual de desconcertada.

—Pero... pero aquí no hay nadie —dijo su hermana.

—Oh, demonios —dijo Xena, cuando por fin se percató de lo que estaba pasando.


—Siéntate, hermana, tengo que explicarte algo.

Lila no sabía muy bien qué hacer. La armas de Gabrielle no eran de adorno: sabía que su hermana podía ser mortífera cuando la ocasión lo merecía. La locura mezclada con una capacidad letal no era una combinación saludable para nadie.

—Está bien... si crees que eso es lo mejor, Gabrielle. —Titubeante, cogió una silla y se sentó a la mesa del comedor.

Gabrielle suspiró y sacudió la cabeza. ¿Por dónde empezar?

—Escucha, Lila, a pesar de lo que parezca, estoy muy cuerda y en pleno uso de mis facultades.

—Me alegro de oírlo.

—Sería la primera vez —dijo Xena con una sonrisa suficiente, interviniendo en la conversación entre las dos hermanas. Gabrielle niña estaba sentada en el regazo de Xena, con aire confuso y perdido.

—¿De verdad estoy... muerta? —le preguntó a Xena.

—Me... me temo que sí, pequeña. —Miró a la bardo con impotencia, sintiéndose totalmente fuera de su elemento.

—¿Tú también estás muerta?

—Sí, supongo que sí.

—¿Por qué seguimos aquí y no estamos en la Eternidad?

—No lo sé, cariño, pero te prometo que lo vamos a descubrir. Te llevaré de vuelta con tu familia, pase lo que pase.

—Puedes creerla, Gabrielle. Cuando Xena hace una promesa, no la rompe.

—¡Xena también está aquí! —preguntó Lila, alarmada, levantándose y apartándose de Gabrielle.

—Siéntate, Lila, y deja que te lo explique.

Lila se mantuvo firme, meneando despacio la cabeza.

—¿Por qué no me ve esa señora? —preguntó la niña.

—Eso tampoco lo sabemos —dijo Gabrielle—. Creo que es porque yo soy amazona. Ya me ocurrió en otra ocasión con una gran amiga mía llamada Ephiny.

—En la escuela leí cosas sobre la reina Ephiny, murió defendiendo nuestra aldea contra los romanos.

—Sí, era muy buena amiga mía... y de Xena.

—¿Estás... hablando con... ellas? —preguntó Lila.

—Sí, claro que sí. Gabrielle quiere saber por qué no la ves.

—¡Porque está en tu cabeza! —soltó Lila.

—Xena, ¿puedes hacer algo para demostrarle a Lila que no estoy loca, por favor?

—¿Qué sugieres?

—No sé, algo... concluyente —dijo Gabrielle, que ya se estaba empezando a enfadar con su hermana.

—Disculpa, cariño —dijo Xena, levantando a Gabrielle niña de su regazo y dejándola en el suelo—. Tengo que hacer un trabajito. ¿Quieres ayudarme?

—Claro, ¿qué tengo que hacer?

—¿Puedes coger cosas?

—¿Te refieres a esto? —dijo la niña, cogiendo una manzana de la mesa, lanzándola al aire y volviéndola a coger.

—Sí, eso servirá —sonrió Xena.

—¿Qué, me crees ya? —preguntó Gabrielle, volviéndose a su hermana—. ¿Lila?

Su hermana estaba desmayada en el suelo.

—Creo que ha captado la idea —dijo Xena.


—Toma, bebe esto —dijo Gabrielle, ofreciendo a su hermana una taza de té.

—Yo... yo... —farfulló Lila.

—No te preocupes, Lila, no te van a hacer daño, ninguna de las dos.

—Aunque no le vendría mal una buena sacudida —dijo Xena, sonriendo maliciosamente.

—¡Xena!

—¿Qué dice?

—Dice que deberías descansar.

—¡Seguro, nunca le he caído bien!

—Lila, eso no es justo. Y no olvides que Xena está aquí, puede oír todo lo que dices.

—No me importa... casi me mata del susto.

—La verdad es que no ha sido Xena, ha sido la pequeña Gabrielle.

—¿Quién?

—La niña amazona que ha seguido a Xena hasta casa.

—¿Qué quiere de mí?

—Nada, creo. Se pegó a Xena en el pueblo. ¿No es así, Gabrielle?

La niña asintió.

—¿Cómo eres capaz de coger esa manzana? —preguntó la bardo.

—No sé, puedo.

—¿Siempre has podido coger cosas... desde que perdiste a tu mamá, me refiero?

La niña se encogió de hombros y apartó la mirada, al parecer perdiendo interés en la conversación.

—Gabrielle, ¿hay alguien en el pueblo por quien te sientas atraída, alguien con quien quieras estar? —preguntó Xena a la niña.

Ésta sacudió la cabeza, poniéndose algo tensa.

—¿Estás segura?

Asintió, rehuyendo los ojos de Xena.

—Os propongo una cosa, ¿por qué no volvemos a dar un paseo por el pueblo y dejamos que la pobre Lila se recupere? —dijo Xena.

—Me parece buena idea —dijo Gabrielle mayor.

—¿Qué es buena idea? —preguntó Lila.

—Nos vamos a dar una vuelta, las tres.

—¿Por qué?

—Para ver por qué la pequeña Gabrielle está atrapada aquí y no ha seguido adelante.

—¿Hay... hay muchos... fantasmas por ahí? —preguntó.

—No que yo haya visto. Creo que en nuestros viajes nos habremos encontrado como media docena con los años. ¿No crees? —le preguntó a Xena.

Xena asintió.

—¿Lo ves? —dijo Gabrielle, sonriendo a su hermana.

—No veo nada—espetó ésta.

—No, claro que no, perdona. Aaaah, Xena está de acuerdo conmigo.

—Como siempre.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Olvídalo, no importa.

—A ti parece importarte. ¿Qué pasa, Lila?

—¿Sigue aquí?

—Sí.

—Creo que esto quiere decir que debemos esperar fuera, pequeña —dijo Xena, cogiendo a Gabrielle de la mano y dirigiéndose a la puerta. La niña abrió la puerta de un empujón lo suficiente para que las dos pudieran salir sin tener que pasar a través de la madera.

—Se han ido, Lila, así que, ¿qué es lo que querías decir?

Lila se bebió el té, agarrando la taza con fuerza y clavando la mirada en la superficie de la mesa.

—Es que creía que por fin... que por fin tendrías algo de tiempo para tu familia, en lugar de dedicarte a vagar por el mundo a sus órdenes, siguiéndola como un cachorrillo, sin importar a donde fuera ni los peligros a los que te sometiera.

—Eso no es cierto. Sé que nunca os llevasteis muy bien, pero Xena siempre te ayudó cuando fue necesario y en el fondo, tú lo sabes.

—¿Por qué ha vuelto? ¡Es que no tiene ni la decencia de quedarse muerta!

Gabrielle meneó la cabeza ante el estallido de su hermana.

—Ahora nos vamos. Espero que te encuentres mejor para cuando volvamos.


Gabrielle niña iba correteando por delante de ellas, como si no tuviera una sola preocupación en este mundo.

—Parece haberse tomado bastante bien la noticia de que está muerta, ¿no crees? —dijo la bardo.

—Los niños se recuperan bien.

—¿Crees que de verdad no recuerda lo que le ocurrió, o que lo ha olvidado deliberadamente?

—No lo sé. Lo que sí sé es que se pone evasiva cuando le haces preguntas directas, pero ¿quién sabe si es deliberado o por miedo?

—¿Cómo es que puede coger cosas con tal facilidad?

—Me parece que debe de haber estado rondando por aquí más tiempo del que creemos. Debe de ser algo que ha aprendido, algo que se hace más fácil cuanto más tiempo estás aquí.

—Eso es horrible, Xena. ¿Será posible que haya estado atrapada aquí mucho tiempo, sola, sin nadie con quien hablar?

—Es posible.

—Tenemos que ayudarla, Xena, aunque eso suponga apartarnos por un momento de nuestra misión principal, que es traerte de vuelta.

—Lo sé.

—¿Por qué crees que sigue atrapada?

—No soy una experta en esto, Gabrielle, parece llevar muerta mucho más tiempo que yo. Algo o alguien podría estar sujetándola.

—¿Quién haría algo así?

—A Alti le gustaba hacer ese tipo de cosas.

—Oh, dioses, por favor, no me digas que tiene algo que ver. Ya la he tenido que padecer para varias vidas.

—No, no creo que sea ella. Para empezar, la pequeña Gabrielle parece bien contenta, casi feliz. Eso no se parece a nada en lo que pudiera estar implicada la bruja. Le gustaba infligir sufrimiento y dolor.

—Pues si no es Alti, ¿entonces quién?

—Vamos a ver qué ocurre en el pueblo antes de hacer lucubraciones precipitadas.

—Lucubraciones precipitadas, ¿eh? ¿Te obligaron a tomar lecciones de griego cuando estuviste en los Campos?

—Muy graciosa, bardo. Recuérdame que me ría.

—Tampoco te han mejorado el sentido del humor.

—Mi sentido del humor es perfecto, te comunico.

—Ya, tú sigue creyéndotelo, princesa. Nunca se sabe, algún día podría ser cierto.

Xena alargó la mano disimuladamente por detrás de Gabrielle y le pellizcó el trasero, haciendo que la bardo pegara un salto.

—Ah, ¿conque ésas tenemos? —dijo, haciendo una mueca y frotándose las posaderas.

—Cuidado, Gabrielle, que hay niños delante —dijo Xena, sonriendo y retrocediendo ante la bardo, que se acercaba a ella.

—¿Ahora te escondes detrás de los niños, princesa?

—Por supuesto que no —replicó Xena, desapareciendo y reapareciendo detrás de Gabrielle para darle un ligero azote en el mismo sitio.

—¡Auu! —gritó Gabrielle, girándose en redondo para ver a Xena—. ¡Eso es trampa! —exclamó indignada.

—No, no lo es... sólo es aprovecharse de la situación —sonrió Xena.

—Lo tendré presente y cuando vuelvas a estar entre los vivos, ¡te voy a dar en el culo!

—Promesas, promesas.

—¡Xena! —dijo Gabrielle, señalando a la niña con la cabeza.

—Ah, sí, perdón —dijo la guerrera, cortada.

—Has dicho una palabra fea —intervino Gabrielle niña.

—Sí, es cierto, lo ha dicho, ¿verdad? —sonrió Xena—. Creo que hay que darle a la reina una buena lección de cosquillas. ¿Qué dices tú, Gabrielle?

—Creo que nos pondría a las dos en el cepo —replicó la niña, sonriendo ante el nuevo juego.

—No, es una reina buena, no nos haría eso.

—¿Qué te apuestas? —gruñó Gabrielle cuando los dos traviesos espíritus avanzaron hacia ella.

—¡A la carga! —gritó Xena, ante lo cual la niña soltó una carcajada y se abalanzó. La bardo tomó una rauda decisión táctica. Se dio la vuelta y echó a correr por el bosque.

Xena maldijo por dentro porque ahora no conseguirían alcanzar a Gabrielle, pues las iba a retrasar la velocidad de la niña, de modo que se puso a ésta en hombros y salió corriendo en pos de la bardo, que se alejaba muy deprisa, riendo y gritando con Gabrielle niña partida de risa sobre sus hombros.

Corrieron sin parar, rodeando árboles y saltando por encima de troncos caídos, persiguiendo a la ágil reina amazona que se mantenía por delante de ellas sin esfuerzo.

—¡Para! —chilló Gabrielle niña.

Xena se detuvo patinando.

—¿Qué ocurre, pequeña? —La niña trató de bajarse de los hombros de Xena, temblando de la cabeza a los pies—. ¿Qué pasa, Gabrielle? Dímelo.

En cuanto los pies de la niña tocaron el suelo salió corriendo, regresando por donde habían venido. Xena corrió tras ella y no tardó en cogerla en brazos.

—¿Qué ocurre?

—¡No, suéltame! —se revolvió la niña.

—No pasa nada, nadie te va a hacer daño, te lo prometo.

Al cabo de un momento de forcejeos inútiles la niña se relajó en brazos de Xena, pero se negó a hablar.

—Vamos, nada te va a hacer daño. Deja que Gabrielle y yo sepamos lo que ocurre. —Siguió sin haber respuesta por parte de la niña, que se había sumido en una hosca confusión y se negaba a darse por enterada de la presencia de Xena—. ¡Gabrielle! —llamó Xena a la fugitiva bardo—. Estupendo, la reina Pies Ligeros se ha perdido por el bosque. ¿Y ahora qué hago? —refunfuñó, tocando suavemente la nariz de la niña. Ante la caricia de Xena, la niña se limitó a fruncir los labios con más fuerza y a mirar claramente a otro lado.

Como no sabía qué otra cosa podía hacer, Xena emprendió la marcha siguiendo a Gabrielle, adentrándose más en el bosque. La niña seguía con los labios apretados y tensa, como si se estuviera preparando para salir huyendo a la menor oportunidad.

Quince minutos más tarde, Xena divisó a su bardo, que estaba acurrucada detrás de unos arbustos y miraba con cautela por un pequeño hueco que estaba haciendo con uno de sus sais. Se volvió para mirar a Xena y se puso un dedo en los labios para que no hicieran ruido, olvidando que probablemente ella era la única de todo el bosque que podía oír a los dos espíritus.

—¿Qué pasa? —susurró la guerrera, olvidando también que sólo la podían oír las dos Gabrielles.

—Echa un vistazo —susurró a su vez la bardo, apartando el arbusto y mostrándoles una cabaña de leñador vulgar y corriente a unos cuarenta y cinco metros de distancia en un pequeño claro.

—¿Qué tiene de raro? —preguntó la guerrera. A ella no le parecía que tuviera nada de especial.

—Tengo una sensación extraña, ahí hay algo que no va bien.

La niña intentó volver a soltarse de los brazos de Xena.

—Tendrás que coger a la pequeña Gabrielle, algo le ha dado un susto horroroso mientras te estábamos persiguiendo. No consigo que me diga lo que es.

—Hola, cariño, ¿qué es lo que le preocupa a mi amazonita preferida? —preguntó la bardo dulcemente, cogiendo a la niña de las firmes manos de Xena. La niña sólo sacudió la cabeza. Su agitación se triplicó al ver lo que estaban mirando a través del arbusto. Gabrielle tuvo que emplear toda su fuerza para sujetar a la niña, que parecía querer huir de ellas a toda costa.

—Xena, creo que sería mejor que la sujetaras tú, a vosotras no os puede ver nadie, pero a mí sí —susurró Gabrielle roncamente, al tiempo que forcejeaba con la niña.

—Sí... —Xena tosió y siguió hablando en voz normal—. Sí, pero yo puedo ir ahí a investigar y tú no —replicó.

—Ah, está bien, pero date prisa. No creo que pueda sujetarla mucho más.

Xena sonrió a la bardo.

—Volveré antes de que te des cuenta.

Se levantó para marcharse, pero dio un respingo por el grito de la niña hasta entonces silenciosa.

—No vayas allí —lloró.

—¿Por qué no? —preguntó Xena.

—Un hombre malo, te hará daño... daño a todo el mundo.

—No puede hacerme daño —sonrió la guerrera, agachándose de nuevo y acariciando la cara de la niña con el dorso de los dedos.

—Hace... hace daño a todo el mundo. Por favor, no vayas.

—No pasa nada, la reina Gabrielle se quedará aquí y te protegerá. Nada puede hacerme daño, puedo entrar y salir sin que nadie me vea, te lo prometo.

—Por favor, no vayas —gimoteó la niña, dejando de debatirse y haciéndose una bolita en los brazos de Gabrielle.

—Date prisa, Xena. Dentro y fuera, nada de heroicidades, ¿vale? —dijo la bardo, acariciándole suavemente la espalda a la niña.

—Vale.

Xena empezó a avanzar agachada y acechante, luego se encogió de hombros, se levantó y caminó descaradamente hacia la cabaña. Se detuvo fuera un minuto, a la escucha de cualquier movimiento que hubiera dentro, pero estaba silencioso como una tumba.

—Vamos allá —dijo por lo bajo, y atravesó la pared, estremeciéndose al hacerlo. Por muchas veces que lo hiciera, era algo a lo que pensaba que nunca se acostumbraría.

Dentro estaba oscuro y apenas veía nada. Acercándose a una ventana, se concentró mucho y obligó a su mano a solidificarse lo suficiente para tirar de la vieja manta que tapaba la abertura. La mano le hizo cosquillas al atravesar la tosca tela.

—¡Maldita sea! —exclamó la guerrera toda frustrada, descargando un puñetazo en la pared. La manta se soltó de las pinzas, dejando pasar la luz al interior de la sombría habitación—. Bueno, no era lo que pretendía, pero sirve —se rió por lo bajo. La sonrisa de satisfacción se le borró de la cara al volverse para ver lo que había ocultado la oscuridad.

La habitación estaba llena de trozos de cuerpos, tanto humanos como animales.

—Oh, dioses —gimió Xena. Era una visión de pesadilla de un matadero contra la que hasta la constitución fuerte como una roca de Xena se quiso rebelar—. Esto es ridículo, no puedo vomitar, ¡si no como nada! —se dijo a sí misma. Por desgracia, su estómago no le hacía caso. Volvió a salir tambaleándose por la pared y cayó de rodillas, aspirando grandes bocanadas de aire para tranquilizarse—. Maldita sea, me estoy ablandando con la vejez —masculló, aspirando y tragando, decidida a no vomitar.

Se puso de pie despacio, pasándose el dorso de la mano por la boca.

—Uuf, qué poquito me ha faltado.

Se quedó contemplando la cabaña, preguntándose si sería capaz de volver a entrar para buscar alguna pista. Tal vez un rápido recorrido del perímetro, pensó. Al fin y al cabo, les he prometido que entraría y saldría rápido.

Satisfecha con el plan, rodeó la casa hasta regresar al punto del que había partido. Agitó la mano en dirección al sitio donde vigilaba Gabrielle. Regresó y se agachó junto a la bardo y la niña.

—Tenías razón, ahí dentro hay algo que no va bien en absoluto.

—Eso era lo que me temía.

—Pues un punto para tu instinto guerrero, porque no te estaba mintiendo.

—Bueno, ¿qué hay ahí dentro? —dijo Gabrielle, casi con miedo de preguntar.

—Una pesadilla, y es algo de lo que ahora no quiero hablar —replicó Xena, posando un instante los ojos en la niña apaciguada en brazos de Gabrielle.

—Bien, buena idea. Vámonos de aquí y busquemos ayuda.

—Antes no habríamos necesitado ninguna ayuda —dijo Xena con tono frustrado.

—Lo sé, Xena, pero ahora tenemos otras responsabilidades y no va a servir de nada si me uno a vosotras.

—No, supongo que tienes razón. Pero, por los dioses, hay que detener a quien haya sido responsable de esa abominación y hacer que pague por lo que ha hecho.

—Pagará sin duda, Xena, es esta vida o en la otra.

—Ya, pues me gustaría que ocurriera en esta vida, muchas gracias —replicó la furiosa guerrera.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo una voz bronca detrás de ellas.

Con la niña todavía en brazos, Gabrielle se giró en redondo. A diez pasos de distancia había un hombre sonriente que sujetaba una ballesta cargada que le apuntaba a la cabeza.


PARTE 4


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
Ir a Novedades