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—Xena, ¿dónde vas cuando desapareces así? —preguntó Gabrielle, con el ceño fruncido. Le resultaba raro estar a caballo mientras Xena caminaba a su lado. El cambio de papeles era casi completo. Ella tenía el chakram y el caballo, mientras que Xena ni siquiera tenía un arma.

—¿Cómo, cuando hago esto? —replicó Xena, desvaneciéndose.

—Sí, a eso me refiero —dijo Gabrielle, deteniendo al caballo y mirando a su alrededor en busca de la guerrera errante.

—¡Eso creía! —dijo Xena, reapareciendo detrás de la línea visual de Gabrielle, lo cual hizo que la rubia se girara violentamente en la silla para volver a quedar cara a cara con la sonriente guerrera.

—¿Voy a tener que aguantar esto el resto de mi vida?

—Tal vez.

—Mandaré a buscar a uno de los sacerdotes de Eli, Xena, así que no te pases.

—No, no me parece, te vas a quedar conmigo, te guste o no.

—¿Eso crees?

—Lo sé.

—Y también te crees muy lista.

—¿Es que no lo soy?

—¿Son imaginaciones mías o estás todavía más engreída desde que has muerto?

—No sé de qué hablas —replicó la guerrera con aire ufano.

—Ya.

Estaban a dos días de distancia de Anfípolis, de camino a Potedaia. Virgilio había sido un anfitrión encantador durante la estancia de Gabrielle en el pueblo natal de Xena, mostrándose a la vez ayudador y comprensivo. De hecho, un poco demasiado ayudador para el gusto de Xena. Su abrazo y beso de despedida habían durado mucho más de lo que a Xena le parecía aceptable, incluso entre amigos íntimos.

—Pensé que a Virgilio le habría gustado unirse a la expedición.

Gabrielle siguió en silencio, azuzando a su caballo para que acelerara el paso.

—Podría haberte leído poesía por la noche, para ayudarte a dormir.

—¿Sabes? Cualquiera diría que estás celosa.

—¿Yo, celosa? Estás de broma, ¿verdad? No tengo ni un pelo de celosa... si tuviera pelo, claro.

—Por supuesto, ¿quién ha oído hablar de una princesa guerrera celosa? Eso no podría ocurrir ni en un millón de años.

—Justo.

—Justo.

Siguieron por el camino en silencio.

—Bueno, ¿qué hay entre el poeta y tú?

—No sé de qué hablas —la imitó Gabrielle con aire ufano.

—Ese chico está loquito por ti, Gabrielle, no finjas que no lo sabes.

—No seas tonta... y además, ¿qué pasa si es así?

—¿Cómo que "qué pasa si es así"? —inquirió Xena, volviéndose hacia la bardo, con los brazos en jarras en un gesto de indignación.

En la cara de Gabrielle se fue dibujando poco a poco una enorme sonrisa. Se chupó el dedo y trazó un número uno romano imaginario en el aire.

—No es bueno fastidiar a un fantasma, bardo, sabemos hacer muchas cosas que no te conviene descubrir.

—¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer, gemir en lo alto de las escaleras y sacudir unas cadenas? —dijo Gabrielle, riéndose de la furiosa guerrera.

—No, pero puedo hacer esto.

Pasó la mano a través de los cuartos traseros del caballo. La cabeza del animal subió disparada, con las orejas aplastadas por el susto ante la sensación extraña e inesperada. Sin pensárselo, salió por el camino a galope tendido, mientras Gabrielle se sujetaba como podía, pues la había pillado por sorpresa.

Por fin consiguió controlar al asustado caballo y lo detuvo a varios cientos de metros de distancia. Xena apareció a su lado.

—¿Te ha gustado el paseo? —preguntó con aire despreocupado.

—Eso no era necesario, podría haberme caído y haberme roto el cuello —dijo Gabrielle, enfadada.

—Morir no es tan malo.

—Tal vez no, pero prefiero hacerlo a mi manera, muchas gracias.

—Bueno, ¿qué hay entre Virgilio y tú?

—Oh, por los dioses.

Gabrielle entrecerró los ojos, gruñendo, hizo que su caballo girara en redondo y salió a galope corto por el camino. Xena apareció por delante y se apoyó en un árbol delante de ellos, contemplándose las uñas. Gabrielle pasó al galope ante ella, levantando el labio superior con gesto desdeñoso. Azuzó al caballo para que galopara más rápido, pero una vez más Xena apareció por delante de ellos, sonriéndoles con descaro y saludando con los dedos cuando pasaron a su lado.

Por fin, Gabrielle puso al caballo al trote corto y finalmente lo detuvo. Deslizándose de la silla, dio unas palmaditas al caballo en el cuello y lo apartó del camino, llevándolo a un pequeño claro del bosque, donde lo dejó libre para que comiera algo de hierba y se refrescara después de la galopada.

Xena apareció junto a Gabrielle, pero antes de poder decir nada, la bardo alzó una mano indicándole a Xena que guardara silencio.

—¡Ni una palabra! —exclamó la enfadada bardo.

Xena frunció los labios un momento y luego intentó decir algo, pero Gabrielle volvió a levantar la mano.

—¡Vale! —rezongó Xena y se alejó a grandes zancadas para sentarse debajo de un árbol, donde se quedó mirando a la bardo con una mueca, los ojos entornados y un buen berrinche.

Gabrielle bajó la cabeza hacia el pecho, intentando desesperadamente disimular la carcajada que iba subiendo hacia la superficie.

Se acercó y se sentó junto a la mohína guerrera.

—Xena, ¿te he dicho últimamente lo muchísimo que te quiero?

—No —contestó Xena de mal humor.

—Pues así es.

Tomó una de las manos de la guerrera entre las suyas y se acercó, besándola en la mejilla.

—Lo siento, amor mío, sé que en estas circunstancias tiene que ser difícil para ti. Soy la única que te ve o te oye, pero todos los demás ven a una mujer sola que podría estar buscando nueva compañía. Por favor, créeme, Xena, ya tengo compañera, y aunque yo sea la única que lo sabe en estos momentos, eso es lo único que importa. El resto del mundo se puede ir al Tártaro o al infierno o a donde se vaya la gente en estos tiempos. Ni siquiera en la muerte me vas a dejar y ni siquiera en la muerte te voy a dejar yo a ti.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Los hombros de Xena se relajaron por el alivio.

—Estaba tan preocupada de que te fueras a marchar y encontraras a otra persona. Se que es un egoísmo por mi parte esperar que te quedes con un espíritu como compañera, pero sé que podemos hacerlo. Hasta ahora siempre hemos conseguido superar cualquier cosa. Esto no es más que otra barrera que tenemos que vencer.

—Sabes que estamos cogidas de la mano y que te acabo de dar un beso, ¿verdad?

—Sí, lo sé.

—Parece que el viejo vínculo que hay entre nosotras está volviendo por sus fueros, ¿eh?

—Eso parece —dijo Xena, sonriendo, levantando la mano de Gabrielle y devolviéndole los besos.

—Aunque no sé si me llegaré a acostumbrar a la falta de calor corporal.

—¿Estás diciendo que estoy fría?

—No fría, exactamente, pero no es el auténtico calor corporal que recuerdo.

—No sé si puedo hacer algo al respecto.

—No me importa, Xena, habría dado lo que fuera por tenerte de vuelta conmigo y aquí estás, en mis brazos de nuevo. No podría ser más feliz.

—¿De verdad?

—De verdad.

Se quedaron sentadas debajo del árbol y Gabrielle apoyó la cabeza en el musculoso hombro de Xena, acurrucándose en el resplandor de su amada guerrera que le calentaba el alma.

—¿Qué vamos a hacer, Xena?

—Creía que íbamos a Potedaia, para ver a tu familia, o lo que queda de ella.

—No, no en este momento, me refiero a ti, en el futuro.

—No sé muy bien si se puede hacer algo. No tengo cuerpo.

—Tiene que haber algo que podamos hacer.

—Pues a mí no se me ocurre nada.

—¿No hay nadie que nos pueda ayudar?

—Uno de los dioses, a lo mejor, la verdad es que no lo sé.

—¿Y si te conseguimos un poco de ambrosía o una de las manzanas doradas de Odín?

—Son para los vivos, o para los recién fallecidos, Gabrielle, no para mezclar con una olla de cenizas.

—¡Xena!

—Bueno, es la verdad.

—No tienes que decirlo de una forma tan desagradable.

Xena alzó el labio superior ligeramente, pero masculló una disculpa de mala gana.

—¿Y Ares o Afrodita? Los dos tienen una deuda enorme contigo.

Xena se encogió de hombros.

—Preferiría no deberles nada, si no te importa.

—Eso lo entiendo, pero éstas son circunstancias especiales, ¿no crees?

—Supongo que podríamos ir a sondear a Dita, a ver qué nos cuenta.

—Eso es espíritu... eeeh, con perdón por el comentario.

—Supongo que voy a tener que aguantar más comentarios de ese estilo hasta que te canses, ¿verdad? —suspiró la guerrera.

—Podría ser —sonrió la bardo.

—Venga, vamos a buscar un templo. Creo que hay uno a las afueras de Potedaia.

Xena se puso de pie, levantando a la sorprendida bardo con ella.

—Se te empieza a dar bien esto del cuerpo sólido.

—Sólo contigo, amor.

—Supongo que podrías estar lista para un poco de... ¿sabes qué? —dijo Gabrielle, meneando las cejas.

—Pronto, cariño mío, pronto —sonrió Xena.


—¡Afrodita! —gritó Xena, dando vueltas por el vistoso templo—. ¡Muéstrate, sé que puedes oírme!

—A lo mejor se ha marchado o está durmiendo o... con algún otro compromiso —dijo Gabrielle.

—¡Afrodita, no te lo voy a repetir!

—Vale, tú sigue amenazando a una de las pocas personas que podría ser capaz de resucitarte.

—¿Resucitar a quién, nena? —Afrodita apareció detrás de Gabrielle y le sopló en la nuca, con lo que la bardo pegó un salto y se giró en redondo en un sólo y ágil movimiento.

—Oye, vaya reflejos, todos esos años con Tristona están dando sus frutos. Tienes un aire tan... de nena guerrera, uuu, qué cosita más rica, es que te comería a cucharadas. —Agarró la mejilla de Gabrielle y la estrujó, sacudiendo a la bardo con cariño.

—Vale ya, Afrodita —dijo Gabrielle, soltándose de la mano de la olímpica.

—Otra no —gimió Xena, observando la interacción entre la bardo y la diosa—. Dioses, ¿es que todo el mundo está colado por mi compañera?

—¡Pórtate bien! —siseó Gabrielle.

—Oye, no te pongas tan así, Gabby. Que eres tú la que ha venido a mi templo, no al revés.

—No me ve, ni siquiera nota mi presencia —dijo Xena, atónita.

—Eso no es posible, ¿no?

—Pues a mí me parece que sí, encanto, ¿quién si no te habría traído aquí?

—No es a ti, Afrodita.

—¿Eh? —dijo la desconcertada diosa.

—Es complicado.

—¿Te encuentras bien, Gabby? Me he enterado de la terrible noticia. Dioses, Ares se pasó semanas fuera de sí cuando nos enteramos. Creo que todavía no lo ha aceptado.

—Sí, me encuentro mejor, gracias. Durante un tiempo fue muy difícil, pero por fin ha ocurrido algo bueno y ahora me siento mucho mejor.

—En serio, estás un poco pálida —dijo la diosa, poniéndole la mano en la frente a Gabrielle.

—¿Qué haces?

Afrodita se encogió de hombros.

—Ni idea, nena, sólo sé que los mortales lo hacen mucho. Sólo intentaba que te sintieras mejor.

—¿Ares lo pasó mal? —dijo Xena, sonriendo malévolamente.

Gabrielle no hizo caso de la muestra de malicia de Xena.

—Afrodita, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro, cielo, puedes preguntarme lo que sea. Eres mi mortal preferida, lo sabes, ¿verdad?

—Me... siento muy honrada. Escucha, ¿es posible traer a alguien de entre los muertos?

—Claro, está tirado.

—¿Tú puedes?

—Sí, si quisiera renunciar a mi divinidad, y como que eso va a pasar, ¿verdad? Ya me conozco el percal. —Estalló en un ataque de risitas.

—No tiene gracia, Afrodita. ¿No hay otra forma, aparte de agotar tu divinidad?

—Lo dices en serio, ¿verdad?

—¡Pues claro que lo digo en serio!

—Oh, cariño. Ahora lo comprendo —dijo, poniéndole la mano en el hombro a Gabrielle—. Lo siento, con el tiempo que ha pasado, ya no es posible. Xena se fue hace mucho tiempo. Podría intentar convencer a Miguel de que te permita hacerle una corta visita. Pero la última vez que se vieron, pues Xena intentó... estooo... —Se estremeció—. Como ahogarlo.

—Lo sé, yo estaba allí.

—Pues, en ese caso, ya sabes cómo se llevan. Puede que ni siquiera te sea posible visitarla.

—Pero tú eres una diosa, Afrodita. Tienes unos poderes inmensos.

—Ojalá fuera cierto, cielo, pero yo nunca he sido la más fuerte y ahora que casi todo el mundo se está apartando de nosotros, para acoger al dios de Eli, pues digamos que las cosas ya no son como eran.

—¿Hay alguien más que conozcas que pudiera traer a Xena de vuelta?

—Cielo, se ha ido, déjala descansar.

—Contéstame.

—No... no puedo.

—¿No puedes o no quieres? —dijo Xena.

—¡Eso!

—¿Eso qué? —preguntó Afrodita.

—Eeeh, eso, que si no puedes o no quieres.

—No puedo, nena, no conozco a nadie, lo siento.

—¿Y Ares?

—No lo metas en esto —dijo Xena.

—¿Alguien ha pronunciado mi nombre? —dijo el dios de la guerra, materializándose al lado de su hermana.

—¡Oh, mierda! —rezongó Xena.

—Ares, qué placer tan inesperado —dijo Gabrielle, arrugando el labio con desprecio.

—No seas así, Gabby —sonrió el arrogante dios—. Cuánto tiempo. Tengo entendido que has perdido a mi chica. Qué descuidada, si me permites que te diga.

—No es tu chica y nunca lo ha sido —bufó la bardo, muy enfadada.

—¿No? ¿Entonces cómo es que su alma es mía a perpetuidad?

—¿De qué hablas?

—¿Quieres decir que Xena nunca te habló de nuestro pequeño acuerdo?

—¿Qué acuerdo?

Xena parecía incómoda de repente y se puso a mirar a todas partes menos a la bardo.

—¡Te he hecho una pregunta! —dijo Gabrielle, clavando el dedo en el pecho del dios.

—En la próxima vida de Xena nos vamos a casar y en la siguiente también. De hecho, en todas las vidas para siempre jamás.

—¡Mientes!

—Que te mueras si es mentira —dijo él, sonriendo.

—¡Demuéstralo!

El dios perdió por un momento la sonrisa suficiente.

—Al parecer, ahora no puedo. Cierta princesa guerrera traicionera robó el contrato. Pero lo encontraré, no te preocupes, y entonces será mía —dijo, desapareciendo con un destello de luz azul.

Gabrielle se volvió hacia Xena.

—¿Es eso cierto? —preguntó.

—A mí no me preguntes, cielo, lo que hicieran la nena guerrera y mi hermano no es asunto mío.

—Eeeh, claro, Afrodita, gracias.

—Supongo que Ares tampoco te va a servir de ayuda —dijo Afrodita con tristeza—. Lo siento muchísimo, cielito, de verdad. Si pudiera ayudarte, lo haría. Yo también la echo de menos, ¿sabes?

—¿Sí? —preguntó Gabrielle. Incluso Xena enarcó las cejas y miró a la diosa.

—Sí, aquí entre tú y yo, me parecía lo más de lo más. Tan marimacho y eso. Chica, la veía luchar y es que lo vivía. Maldita sea, nunca volverá a haber otra como ella —dijo llena de entusiasmo, acompañando el comentario de una hábil patada en el aire y un "¡yiiija!"

—No, no creo que se repita jamás —dijo la bardo, volviéndose hacia Xena y sonriendo—. Pero en realidad era más un "¡shiiiya!" —dijo, al tiempo que realizaba una perfecta voltereta hacia delante, aterrizando junto a una sorprendida diosa.

—Ooh, qué buena eres. —La diosa se arregló el atuendo, devolviéndolo a la normalidad tras su atípica exhibición de gimnasia—. Bueno, ¿qué planes tienes ahora, Gabby? —preguntó, acicalándose el pelo que ya estaba perfecto.

—He pensado en ir a casa a ver a mi familia, si todavía están ahí.

—¿Y luego dónde?

—No sé. Sí sé que tengo que encontrar una forma de traerla de vuelta.

—Oh, Gabby, cielo, ojalá pudiera ayudarte. —La diosa hizo una pausa, como si estuviera sumida en profundos pensamientos—. Oye, se me ha ocurrido una cosa muy chula. ¿Por qué no nos vamos tú y yo de vacaciones, las dos solas? Podríamos ir donde quisieras, ¿qué te parece?

—Por encima de mi cadáver —intervino Xena. Gabrielle puso los ojos en blanco y meneó la cabeza.

—Tal vez más adelante, Afrodita. Creo que me gustaría.

—Pues así quedamos, chata, para cuando estés lista. —Chasqueó los dedos y desapareció con una lluvia de chispas amarillas.

—Pues menuda ayuda —dijo la guerrera, malhumorada.

—Ha hecho todo lo que ha podido.

—Sí, ya.

—No seas antipática, Xena, lo ha hecho y lo sabes.

—Bueno, pues eso deja fuera a los olímpicos. Ya sabía yo que no iba a servir de nada.

—¿De qué estaba hablando Ares?

—Y yo qué sé —contestó Xena a la defensiva.

—Te conozco y sé cuándo intentas escabullirte de algo de lo que no quieres hablar.

—Está bien, está bien. Hice un trato con él para recuperarte después de lo del pozo de lava. No tiene importancia. Hala, ¿ahora podemos hablar de otra cosa, por favor?

—¿Qué clase de trato?

—Nada que pueda obligarme a cumplir.

—¿Por qué?

Xena frunció los labios y se encogió de hombros.

—Es que robé el acuerdo que firmamos y lo escondí. Nunca lo encontrará, sólo Joxer y yo sabemos dónde está y los dos estamos muertos.

—Eso no tiene gracia, Xena.

—Lo siento.

—Alguna otra revelación que te interese compartir conmigo, como, no sé, maridos fallecidos, amantes, hijos, ese tipo de cosas?

—¡No!

—¿Seguro?

—Seguro, Gabrielle. Para serte franca, a mí misma casi se me había olvidado, de lo mal que estaba por haberte perdido. Fue un milagro que consiguiera razonar siquiera.

—¿De verdad estuviste tan mal?

—Y peor.

—Y sin embargo me has hecho pasar por lo mismo —dijo la bardo, delicadamente, sin reproches.

—Yo... Oh, dioses, no puedo expresarte cuánto lo siento, Gabrielle. Es que me parecía que era lo único que podía hacer para arreglar las cosas. Yo...

—Shsssh, está bien, Xena, lo sé.

Atrajo a la desolada guerrera hacia ella, atrapándola en un profundo y apasionado beso. La lengua de Gabrielle hormigueba con la caricia del contacto espectral de Xena. No era del todo como recordaba sus besos del pasado, pero seguía conectándolas a un nivel muy profundo.

Se separaron, Gabrielle sin aliento y jadeante. Xena, que no necesitaba respirar, podría haber seguido indefinidamente. La mezcla de lujuria y amor en los ojos de la guerrera convenció a la bardo de que tenían que marcharse de allí rápidamente. ¿Dónde se había oído que las parejas se dieran el lote en uno de los templos de Afrodita?


—Parece que todavía vive alguien —comentó Gabrielle mientras caminaban hacia la casa de su familia. La inundaron los recuerdos de su última visita: el encuentro con una Lila ya mayor y la tremenda noticia de la horrible muerte de sus padres a manos del déspota Gurkhan. No regresó con Sarah, sino que dejó que ésta encontrara su propia manera de reconciliarse con su madre.

—¿Crees que Sarah consiguió llegar a casa? —preguntó Xena, como si fuera capaz de leer la mente de su amante.

—Eso espero. Había mucho sufrimiento que curar.

—¿Quieres que entre contigo o prefieres estar a solas con tu familia?

—¿Qué clase de pregunta es ésa? Por supuesto que quiero que estés conmigo.

—Sólo preguntaba.

—Pues no lo hagas.

—Oye, no la pagues conmigo. Sólo soy el simpático fantasma del barrio.

Gabrielle miró a su compañera y suspiró.

—Lo sé, perdona, Xena. Es que aquí hay tantos recuerdos dolorosos. Y ninguno de ellos nos va a ayudar a traerte de vuelta.

—Nunca se sabe. He visto que a menudo se recibe ayuda de la forma más inesperada y a menudo cuando menos te lo esperas.

—Espero que tengas razón, porque ahora no me vendría mal una racha de suerte, o diez.

Gabrielle alargó la mano nerviosa para llamar a la puerta. Antes de poder hacerlo, se abrió y su hermana, Lila, se tiró a sus brazos.

—¿Eres tú de verdad? —preguntó Lila, con las mejillas bañadas en lágrimas de felicidad.

—Sí, soy yo, hermanita. —Gabrielle la abrazó con la misma fuerza—. Dioses, cómo me alegro de verte.

Se besaron y se separaron.

—¿Es... es cierto? —preguntó Lila, apesadumbrada.

—Sí, es cierto —replicó Gabrielle con tristeza. Todavía le dolía, incluso con el regreso de Xena.

—Oh, dioses, cuánto lo siento —exclamó Lila, abrazando de nuevo a su hermana.

—Está bien, Lila, ahora ya lo voy superando.

—¿Cómo... cómo ocurrió?

—Es una larga historia. Vamos dentro y te lo cuento todo, con una taza de té.

—Creo que voy a dar una vuelta —dijo Xena. Gabrielle hizo un gesto de asentimiento a su compañera, por encima del hombro de su hermana.


Potedaia no había cambiado mucho desde la última visita de Xena. Al menos esta vez podía pasear por la calle principal sin encontrarse con miradas de rabia y franca hostilidad. No hay mal que por bien no venga, pensó, sonriendo para sus adentros.

Se entretuvo intentando con todas sus fuerzas mover cosas, como jarras de cerveza en el mostrador de la taberna principal, o haciendo que una mecedora crujiera en el porche delantero de una de las casas, asegurándose siempre de que había alguien para verlo.

Cuando se aburrió de estos pequeños placeres, decidió regresar a la granja de la familia de Gabrielle. Tardó un rato en advertir que una niña vestida de amazona iba acompañándola. No parecía tener más de diez primaveras. Xena se detuvo y también lo hizo la niña. Echó a andar de nuevo, igual que la niña, que imitaba todos sus pasos.

—Hola —probó como experimento, sin esperar que la niña la oyera.

—Hola —fue la tímida respuesta.

Xena se quedó clavada en el sitio.

—¿Me ves?

—Claro, ¿por qué no te iba a ver? Estás delante de mí.

—Bueno, es que no me lo esperaba. Últimamente cuesta verme. ¿Cómo te llamas, pequeña?

—Gabrielle.

—Bonito nombre.

—Sí, es el nombre de una de nuestras reinas más importantes.

—Estás un poco lejos de casa, ¿no? ¿Te has separado de tu mamá?

—Sí, íbamos en una delegación comercial y me he perdido. ¿Me puedes ayudar a volver a casa?

—Veré qué puedo hacer. Primero me gustaría presentarte a una buena amiga mía. También es amazona.

—Sabía que me podrías ayudar en cuanto te vi entrar en el pueblo. Aquí todo el mundo pasa de mí.

—Sí, bueno, la verdad es que en este pueblo no se recibe muy bien a las amazonas. No les hagas ni caso, es su forma de ser.

Ofreció la mano a la niña y juntas emprendieron la marcha hacia la granja de Lila.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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