Gabrielle y Xena (fallecida)

Mark Annetts



Descargo: Xena y compañía son personajes protegidos por derechos de autor y propiedad de Ren Pics y Universal. Este fanfic empieza donde acababa el último episodio de la serie, Una amiga en apuros. Es una comedia dramática, así que preparaos para cualquier cosa.
Me gustaría dar las gracias a los miembros de la lista de correo del Bards' Village por leerlo primero y ayudarme a limar las asperezas. El doble o incluso el triple de agradecimiento a Stacia por hacer la corrección final.
m.annetts@rbgkew.org.uk

Título original: Gabrielle and Xena (Deceased). Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy


1


La pequeña urna negra le pesaba tranquilizadora en las manos. Asomada a la proa del barco pesquero en el que había conseguido pasaje en Alejandría, Gabrielle contemplaba la puesta del sol. Por muchas veces que contemplara una puesta de sol, siempre le ocurría lo mismo. Se le formaba un nudo en la garganta y a duras penas conseguía evitar echarse a llorar. No obstante, ahora era un ritual que estaba más que dispuesta a realizar, siempre que tenía ocasión. Sacar las cenizas de Xena del refugio de su zurrón de pergaminos, para poder ver juntas el descenso del sol, era algo que nunca dejaría de hacer y algo a lo que, creía, nunca se acostumbraría de verdad, tan dolorosos eran los recuerdos que provocaba.

—Once meses, Xena, y todavía me duele más que una estocada. Se supone que el tiempo lo cura todo, pero te aseguro que no parece ayudarme nada —dijo en voz baja, acariciando distraída la urna—. Egipto tampoco me ha ayudado. Después de todo lo que hiciste por ellos, sigue siendo una tierra muy dividida... y los romanos todavía tienen sus sucias zarpas clavadas en ella. Sé que debería quedarme para ayudarlos, pero, te lo juro por los dioses, Xena, lo único que quiero hacer es irme a casa. Me siento cansada y sola y me duele el alma de una forma que no puedo expresar. Sigo adelante casi sin fuerzas ya. Sé que los muertos pueden oír nuestros pensamientos y sé que estás en mi corazón y todo eso, pero por los dioses, Xena, lo daría todo por estar en tus brazos un momento más, de verdad que lo haría.

Como ya había ocurrido tantas veces, la única respuesta fue el silencio. En la creciente oscuridad regresó a su petate en la popa del barco, guardó cuidadosamente la urna en el zurrón y colocó los pergaminos alrededor para protegerla. Se tumbó junto al zurrón, apoyando la mano en él como consuelo.

—Dentro de dos días estaremos en casa, mi amor, y podrás volver a estar con tu familia. Entonces me quedaré sola de verdad. Sé que algunos días he conseguido imaginarme que estás a mi lado mejor que otros, pero a veces me da miedo. Me despierto y por un momento no recuerdo tu cara, tengo que concentrarme mucho para ver tus ojos, tu sonrisa. Esto me está matando lentamente, Xena. La gente me dice que debo superarlo, pero... tengo miedo de que si lo hago, nunca... podré volver a recordarte.

Le cayó una lágrima despacio por la cara mientras miraba el implacable zurrón de los pergaminos.

—Oye, lo del chakram ya se me da muy bien. Puedo hacer que rebote en seis cosas distintas y que vuelva a mí. El otro día, sin pensarlo, lo dividí en dos y lancé las dos partes con las dos manos. Cumplieron con su cometido y las dos regresaron a mí, volviendo a unirse antes de que lo cogiera. ¡Qué orgullosa habrías estado!

Sonrió entusiasmada, absorta por un momento en el placer del recuerdo. Poco a poco, su sonrisa fue desapareciendo cuando el zurrón de los pergaminos volvió a aparecer ante su vista.

Se puso boca arriba, mirando el familiar cielo nocturno.

—Dioses, Xena, cuánto echo de menos tenerte aquí para hablar contigo de cómo ha ido el día. —El barco se balanceaba suavemente en el mar tranquilo, llevándola a un estado de calma adormecida—. Al menos ya no me mareo, vieja amiga —dijo, sonriendo y alargando la mano distraída para tocar el zurrón—. Me enseñaste tantas cosas que ni siquiera sé por dónde empezar. No es que no lo hayas oído todo ya, lo sé. Pero nuestras charlas nocturnas me mantienen cuerda, mi amor, me mantienen cuerda —dijo suavemente.

Se quedó en silencio; lo único que se oía era el chapoteo del agua en la proa mientras navegaba hacia Grecia. Pasó una hora en silenciosa contemplación de las estrellas, junto con recuerdos de otros tiempos en los que las había contemplado con su amor perdido.

—Creo que ahora voy a dormir, Xena. Te veré por la mañana —dijo, bostezando y colocándose de lado para poder abrazar el zurrón.


El caballo bayo corría afablemente, devorando las millas con un aparente desprecio por la distancia que estaban cubriendo. El regateo por el animal había sido un placer sencillo, y casi había olvidado cuánto le gustaba, cuánto tiempo hacía que no había necesitado hacerlo. Dentro de una noche estarían contemplando la ciudad de Anfípolis... y su destino, la cripta de la familia de Xena.

—Ya no falta mucho, Xena —dijo, echándose hacia delante y acariciando el cuello del caballo. Se habían detenido para descansar brevemente y beber un poco. No se molestó en quitar la silla, pues no tenía intención de quedarse mucho rato. Lo que tenía que hacer podía esperar, pero cuanto más cerca estaba de Anfípolis, más impaciente se sentía. Metió la mano en la armadura de samurai que ahora siempre llevaba puesta y tocó el pequeño rollo de papel para tranquilizarse.

—¿Crees que me perdonará alguna vez, chico? —preguntó en voz baja al caballo. Éste sacudió la cabeza y resopló—. No, no creo que lo haga, pero tengo que intentarlo. Si no funciona, te soltaré y podrás ir a buscar unas bonitas yeguas y vivir feliz para siempre. Yo, por otro lado, moriré feliz para siempre. De un modo u otro, Xena y yo volveremos a estar juntas mañana por la noche.

Hincó los talones en los flancos del caballo, azuzando a su nuevo amigo para que siguiera adelante.


El mausoleo estaba lleno de malas hierbas y telarañas. Procuró eliminar la mayor parte de los sarcófagos de Lyceus y Cyrene, pero haría falta un esfuerzo deliberado para dejar el sitio realmente limpio y simplemente no le apetecía.

—Supongo que ha llegado el momento de la verdad —murmuró por lo bajo. Sacó la urna del zurrón y la colocó en el pequeño altar que había junto a la pared, cerca de los dos ataúdes de piedra. Desplegó el rollo de papel que le había dado el sacerdote de Japón, con su bendición especial. No sabía leer las palabras, pero de todas formas le parecían hermosas. Tras envolver la urna en el papel, la levantó y se la llevó a la frente y luego la besó antes de volver a colocarla en el altar. Dio tres palmadas encima de la urna y retrocedió, se arrodilló en el suelo y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, como le había enseñado el sacerdote.

Sacando una ampollita de polvo que había adquirido en Egipto a través de un hombre santo, entonó un cántico, primero en japonés, luego en egipcio y por último en griego. Al pronunciar las últimas palabras, lanzó el polvo por el aire. Las motas del fino polvo centellearon y brillaron trémulas al quedar atrapadas en los rayos de sol que entraban por la puerta abierta de la cámara.

Gabrielle contuvo el aliento con expectación. El polvo siguió centelleando mientras se posaba despacio en el suelo. No ocurrió nada. Cerró los ojos, dejando caer las manos flojas sobre los muslos. La ampolla de cristal vacía se cayó de su palma abierta y rodó por el suelo de piedra.

—Debería haber sabido que era un timo —masculló, secándose furiosa las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano.

Respirando hondo, se obligó a ponerse en pie despacio. Se quitó el chakram de la cadera y contempló su superficie apagada y brillante. Tan bello, pero tan mortífero, pensó. Igual que tu antigua dueña. Bueno, creo que esto ya no me va a hacer falta, ¿verdad? Lo colocó con reverencia apoyado en la urna sobre el altar. Luego colocó sus dos sais en cruz y los apoyó en la urna también. Al sacar la reluciente katana de empuñadura roja de la vaina que llevaba al hombro, notó su peso familiar y reconfortante.

—Me alegro de no haber podido encontrar la espada de Xena. No creo que pudiera hacer esto con ella —dijo, haciendo girar la hoja en un complejo esquema de estocadas demasiado rápidas para poder seguirlas con la vista.

El espectáculo cesó bruscamente cuando dio la vuelta a la hoja, sujetando la punta hacia su estómago con una mano extendida.

—Lo siento, Xena, ya no puedo seguir sin ti —dijo, mientras las lágrimas le caían por la cara.

—Espera —dijo con tranquilidad una voz conocida detrás de ella.

La hoja se detuvo temblando a dos centímetros de su estómago. Gabrielle abrió los ojos y se giró despacio.

—¿Xena? —preguntó, con tono dudoso.

—¿A quién esperabas, a Afrodita?

Una mujer alta salió de las sombras, vestida con una sencilla túnica blanca, con una fina cadena de oro atada a la cintura, el largo pelo negro recogido en un elegante moño en la nuca y una sonrisa más que deslumbrante en la cara.

Gabrielle dejó caer la espada y se llevó la mano a la boca instintivamente por el sobresalto y la alegría.

—Xena, ¿de verdad eres tú?

—Iba a decir "en carne y hueso", pero me parece que no es estrictamente cierto.

—Oh, dioses, Xena... —Las palabras de Gabrielle se apagaron cuando echó a correr hacia Xena, con los brazos extendidos para darle un familiar abrazo.

Agarró a Xena con una necesidad y un deseo abrumadores, pero sus brazos pasaron directamente a través de la guerrera muerta.

—Xena, no... no puedo tocarte.

—Ya, bueno, si arrancas a una chica de los Campos cuando está en medio de un agradable recital de una joven y bonita poeta, ¿qué es lo que esperas?

—¿Tú... estabas en los Campos?

—Por supuesto.

—Me preguntaba si lo habrías conseguido. Todas las noches rezaba a cualquier dios que quisiera escucharme para que así fuera.

—Lo sé, lo he oído casi todo. Gracias.

—¿De verdad te he traído de vuelta?

—Pues si no has sido tú, no sé quién lo ha hecho. Vaya magia estupenda que tienes ahí. Sabía que si alguien podía hacerlo, serías tú.

—¿Por qué me dejaste?

—Gabrielle, no tenía elección. Era mi hora.

—Me prometiste que nunca me dejarías, incluso en la muerte dijiste que nunca me abandonarías —consiguió decir Gabrielle a duras penas con los sollozos que le sacudían el cuerpo.

—Lo sé y he cumplido mi promesa. Te he observado siempre que he podido, te he susurrado en tus sueños. He intentado de todo para conseguir volver contigo, aunque sólo fuera un momento para que pudiéramos hablar.

—¿Quién se encarga ahora de los Campos, ahora que Hades ya no está?

—Es... complicado, está, eeeh, tiene una nueva dirección.

—Dímelo.

—No sé si lo vas a entender bien. Miguel tiene que ver con ello.

—Dos minutos y ya no sé si quiero besarte o pegarte. ¿Cómo lo haces?

—Sé hacer muchas cosas.

Gabrielle sonrió con felicidad, pero siguió llorando.

—No sabes cuántas veces he rezado para oírte decir eso una vez más.

—Bueno, pues acostúmbrate, porque creo que te vas a quedar conmigo. Al menos por ahora.

—¿Por qué, qué quieres decir?

—Quiero decir que ahora que el gato ha salido del saco, no creo que vaya a volver a meterse en él.

—¿Quieres decir que te he sacado del Elíseo para siempre?

—Eso creo.

—Oh, dioses, Xena, cuánto lo siento. No tenía ni idea. Me dijeron que esto te iba a resucitar, no a atrapar tu espíritu aquí.

—Esto es lo que pasa por mezclar hechizos.

—Aaah, ¿qué tal en los Campos, viste a alguien conocido?

—Claro, a mi madre, a mi hermano, a Joxer, a Solan, estaban todos allí. Estábamos esperando a que te reunieras con nosotros.

—¿Y qué hay de Ephiny y Solari?

—No están allí, tienen su propio mundo tras la muerte. A veces vienen de visita, pero se pone todo un poco formal y tenso.

Gabrielle alargó la mano y la pasó a través del brazo de Xena.

—¿Por qué no puedo tocarte, cuando sí que podía en Japón cuando te convertiste en espíritu?

—Eso fue antes de que se pusiera el sol el segundo día y yo pasara a los Campos.

—¿Podré tocarte algún día?

—Pues... no lo sé. Tal vez.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiere decir que todavía no lo sé. Me estoy acostumbrando a esto, igual que tú.

—¿Qué pasa si yo muero, tú, eeeh... o sea, tú todavía... estooo...?

—¿Que si me quedaré aquí?

—Sí.

—No sé. No creo. Creo que estoy unida a ti. Donde tú vayas, voy yo.

—Como antes.

—Algo así.

—Bonito traje, por cierto.

—¿Te gusta?

—Bonito, pero por algún motivo, no sé, no te pega.

—¿Qué tal esto? —dijo Xena, cerrando los ojos y desapareciendo un momento.

—¿Xena? —exclamó Gabrielle en la estancia vacía, con la voz llena de pánico.

—Tranquila, Gabrielle —sonrió Xena al volver a aparecer con su conocido atuendo de cuero marrón, una vez más con el pelo suelto sobre los hombros.

—Aah —gritó Gabrielle, con un ligero respingo cuando Xena reapareció inesperadamente a su lado—. No hagas eso, Xena, que me voy a unir a ti más deprisa de lo que te esperas —dijo, llevándose la mano al pecho y resollando.

—¿Te refieres a esto? —dijo Xena con una sonrisa malévola, desapareciendo y apareciendo en distintos puntos alrededor de Gabrielle. La rubia giró como una peonza, tratando de seguir al travieso fantasma.

—¡Basta! —chilló Gabrielle, llevándose las manos a las sienes y cerrando los ojos.

—¿Cuándo has perdido el sentido del humor? —dijo Xena con un puchero.

—En la ladera del Monte Fuji —masculló Gabrielle entre dientes. No pudo evitarlo: ahora que la conmoción y el deleite de ver a su amor perdido se le estaban pasando, la rabia empezaba a ocupar su lugar—. Permíteme que te recuerde, oh noble guerrera mía, que decidiste abandonarme por el bien supremo. Elegiste tu propio deseo de redención por encima de mi felicidad. —Mientras hablaba marcaba cada consonante embistiendo con el dedo—. Te has pasado cada día en el Elíseo, uno tras otro, sin preocupaciones y en estado de gracia, mientras que yo me he quedado atrás, destrozada, llena de dolor y sola. Has optado por lo fácil y a mí me has dejado hundida en la mierda... tú... tú... ¿qué pasa, Xena?

—¿No lo notas? —contestó Xena en un susurro.

—¿Que si noto qué? —dijo furiosa, todavía en pleno ataque de rabia.

—Me estás tocando.

—¿Que estoy qué?

—Me estás clavando el dedo en el pecho.

—Oh —dijo Gabrielle, atónita.

Alargó la mano vacilando, tratando de tocar el cuello de Xena, pero su mano volvió a atravesarla.

—¿Cómo es posible? —preguntó, desconcertada.

—No lo sé. En un momento soy doña Transparente y al siguiente noto que me estás clavando el dedo y ahora voy a tener un moratón en la teta, ¡muchas gracias! —dijo indignada.

—¿A los fantasmas les salen moratones?

—Evidentemente.

—¡Sí, pues no haber enterrado tu armadura! —soltó Gabrielle, volviendo a clavarle el dedo, tocándola de nuevo.

—¡Eso es! —exclamó Xena—. Cuando estás alterada por algo, la emoción crea un puente entre nosotras, que te permite cruzar al plano espectral y tocarme.

—¿Crees que funcionará al revés?

—No lo sé. Voy a intentarlo.

Xena se concentró, flexionando las manos y entrecerrando los ojos hasta que se conviertieron en dos estrechas ranuras, y luego alargó la mano despacio para acariciar la cara de Gabrielle, pero se deslizó a través de la cálida carne, lo cual le produjo una sensación de hormigueo en la mano.

—¡Mierda! —dijo, golpeando el ataúd con el puño. La tapa se estremeció con el impacto.

—¡Lo has hecho! —dijo Gabrielle muy contenta.

—Sí, pero no con lo que importa. ¿De qué me sirve poder pegar puñetazos a los ataúdes si no puedo tocar la cara de mi amor?

—Dale tiempo, Xena, seguro que con un poco de práctica pronto volveremos a estar la una en brazos de la otra.

—Espero que tengas razón —replicó el enfadado fantasma.


—Bueno, ¿qué es lo que recuerdas de tu muerte? —preguntó Gabrielle mientras llevaba al caballo hacia la taberna de la familia de Xena. Ésta caminaba a su lado, al parecer sumida en un trance maravillado, absorbiendo cada detalle de lo que la rodeaba.

—¿Qué? —dijo el distraído fantasma—. Lo siento, Gabrielle, estaba totalmente ida. ¿Qué estabas diciendo?

—Te he preguntado que qué recuerdas de tu muerte.

—Ah, eso, no mucho —dijo sin darle importancia.

—¿No recuerdas el final de tu propia vida?

—No, donde he estado, no se considera muy importante. Guau, mira eso.

Gabrielle se volvió para mirar lo que señalaba Xena.

—Es un hombre haciendo juegos malabares con unas antorchas encendidas. ¿Qué tiene de especial?

—Es que en el Elíseo no tenemos nada así. Son más bien recitales y obras de teatro, ese tipo de cosas.

—No me parece que eso sea lo tuyo, Xena.

—No, es curioso, ahora que lo dices. ¿Por qué me gustaban tanto? —Se detuvo y se quedó pensándolo un momento, con el ceño fruncido—. ¡Qué raro! —dijo, meneando la cabeza desconcertada.

—¿Y si les han lanzado a todos un hechizo de felicidad para que disfruten de su estancia? —sugirió Gabrielle.

—Podría ser. Pero ahora estoy aquí, libre de sus trucos mentales, gracias a ti, amor mío —dijo, sonriendo, y trató de agarrar a Gabrielle para abrazarla, pero pasó a través de la bardo—. Maldita sea, qué desconcertante —gruñó—. Y además hace cosquillas.

—Sí, noto algo cuando lo haces. Como una especie de brisa fresca, sólo que por dentro.

—Mmm, eso podría tener posibilidades —dijo Xena, mirando a Gabrielle y meneando las cejas.

—No te atrevas a hacer lo que creo que estás pensando.

—¿Qué estoy pensando? —dijo Xena, con una sonrisa malévola.

Gabrielle chilló, apartándose de un salto y sacando uno de sus sais en una veloz maniobra al tiempo que se encaraba con la guerrera.

—Qué chulo, Gabrielle. Me dejas impresionada. Bonita maniobra.

—¿Tú crees? —sonrió Gabrielle, volviendo a enfundarse el arma en la bota.

—Estoy orgullosa de ti. Has llegado tan lejos en tan poco tiempo.

—Te conozco desde hace casi cuarenta años, aunque parte de esos años estuviera congelada o dormida. Yo no llamaría a eso poco tiempo.

—Sí, pero me refiero desde que me marché. Quiero decir que eras buena, probablemente tan buena como cualquiera a quien me haya enfrentado a lo largo de los años, pero ahora, bueno, qué rápida eres. ¿Cómo has conseguido tanta velocidad en una sola semana?

—Xena, ha pasado casi un año desde que moriste.

—¿En serio? —Xena se detuvo y volvió a fruncir el ceño—. Esto de morir te deja la cabeza hecha polvo.

—Bueno, tú perdiste la tuya en el proceso. —Gabrielle se encogió al decirlo, esperando algún tipo de reacción negativa por parte de Xena.

Xena sonrió.

—Sí, la perdí, ¿verdad?

—¿Te... ya sabes... te dolió? —preguntó Gabrielle, llena de una súbita curiosidad morbosa.

—No sentí nada. Pero las flechas sí que me fastidiaron un poco.

—No quiero volver sobre el pasado, Xena, pero ¿por qué no me contaste tu plan? Lo habría entendido.

—Lo sé, Gabrielle, fue muy egoísta por mi parte, pero... no soportaba la idea que tú murieras también. Sabía lo que tenía que hacer y sabía con absoluta certeza que no permitiría que le ocurriera lo mismo a la persona que más me importa en este mundo o en cualquier otro.

—Me dolió, Xena. Me dolió muchísimo.

—Lo sé —dijo la guerrera en voz baja, incapaz de mirar a su compañera a los ojos—. ¿Podrás...? Sé que no tengo derecho a pedírtelo, pero... ¿podrás...? Quiero decir...

—¿Perdonarte?

—Sí —susurró.

—Xena, no hay nada que perdonar. Hiciste lo que hiciste porque me quieres, eso lo comprendo. Sólo quería que supieras que creo que hiciste mal. No ha pasado ni un día desde que estuvimos en el Monte Fuji que no haya deseado haberme ido contigo.

—Sí, lo sé. Lo siento.

—No lo sientas, Xena. Lo hecho, hecho está. Y míralo de esta manera, si no hubieras sido egoísta, ahora no estaríamos aquí hablando. Las dos estaríamos disfrutando de recitales de poesía profunda y sin una sola preocupación en el mundo. ¿A que sería un aburrimiento? —dijo, sonriendo.

—Sí, ahora que lo pienso, un puro aburrimiento.

—Ésa es una de tus muchas habilidades, mi amor.

—¿El qué?

—Tu capacidad para salir ganando, a pesar de las dificultades y de los errores estúpidos que cometes.

—¿Errores estúpidos?

—No finjas que no los cometes. Estás hablando conmigo, no con una paleta ignorante, recuerda.

Xena entrecerró los ojos y se echó hacia atrás la melena con gesto imperioso, pasando junto a Gabrielle a grandes zancadas.

—Y además picajosa, a veces. La misma Xena de siempre —dijo la bardo, sonriendo, al tiempo que tiraba de las riendas del caballo, instando a su montura a que la siguiera.


La taberna de Cyrene no había cambiado mucho desde la última vez que estuvieron allí. Los encantamientos habían cesado, aunque ahora Xena estaba en situación de poder ofrecer el suyo. Un gran cartel colgaba encima de la puerta principal, anunciando que el local tenía un nuevo propietario.

—Parece que Eva no ha vuelto para reclamar su herencia —dijo Gabrielle.

—No. —Xena se quedó plantada con los brazos en jarras, examinando la fachada del edificio—. Venga, vamos a ver lo que han hecho dentro.

Se dirigió muy decidida a las puertas batientes, con la mano preparada para abrirlas de un empujón. En cambio, apenas se movieron cuando pasó a través de ellas.

—Has conseguido que bailen un poquito —dijo la bardo, que iba detrás, usándolas de una manera más convencional.

—Bah —rezongó Xena.

—¡Gabrielle! —bramó una voz desde detrás de la barra. Un hombre saltó por encima del mostrador y corrió hacia la sorprendida bardo, pasando a través de Xena.

—¿Virgilio?

—¡El mismo que viste y calza! —dijo con emoción. Agarró a la sorprendida mujer, estrechándola en un enorme abrazo—. Por los dioses, cómo me alegro de verte, cuánto tiempo hace.

—Sí, sí que ha pasado mucho tiempo —dijo ella riendo, contagiada de la entusiasta bienvenida del hombre.

—¿Dónde está Xena? Hemos oído rumores terribles.

La sonrisa de Gabrielle se desvaneció.

—No lo consiguió —dijo, pillada de improviso por el dolor, a pesar de la presencia espectral de la guerrera.

Virgilio la dejó en el suelo y la abrazó con ternura.

—Cuánto lo siento, Gabrielle.

—Sí, y yo.

No pudo evitar las lágrimas mientras se aferraba al hombre, sintiendo el dolor de su pérdida con la misma fuerza que en cualquier otra ocasión anterior. Él la llevó amablemente a una mesa aislada cerca del fondo de la taberna y la sentó, sin dejar de sujetarle la mano.

—¿Puedo hacer algo? —preguntó con tristeza.

—No, sólo estoy de paso para colocar sus cenizas en la cripta de la familia. No creo que me quede mucho tiempo, tenemos que seguir adelante.

—¿Tenemos?

—Eeeh, no, perdón, me refiero a mí.

—No pasa nada, Gabrielle, quédate todo lo que quieras. Esto es tan tuyo como de cualquiera. Sólo tienes que decirlo y es tuyo.

Gabrielle sorbió y luego se sonó la nariz con el trapo que le ofreció Virgilio.

—Gracias, pero no creo que ocuparme de una taberna sea mi destino.

—Tampoco es lo que yo tenía en mente, pero supongo que todos tenemos que jugar con la baraja que nos dan las Parcas.

—Tal vez —sonrió Gabrielle con poco entusiasmo. Miró alrededor buscando a Xena, pero no había señal de ella por ninguna parte—. ¿Pero cómo es que has acabado aquí?

—Traté de instalarme con mamá y mis hermanas en Atenas, pero allí me sentía agobiado y sabía que tenía que volver al campo. Me lancé al camino y al final me encontré aquí. Vi que la taberna estaba en venta. Así que —se encogió de hombros—, aquí estoy.

—¿Has tenido noticias de Eva?

Su cara se nubló por un momento.

—No —dijo, meneando la cabeza.

—Sé que lo que le hizo a tu padre fue imperdonable, pero ocurrió hace mucho tiempo y las cosas han cambiado mucho.

—Lo sé —dijo él en voz baja—. Es que no ha regresado. No tengo ni idea de dónde está.

—La última vez que la vimos, se dirigía a la India y a Chin. Quería llevar el mensaje de Eli al mundo.

—Tienen un templo al otro lado del pueblo, sólo que lo llaman iglesia. A veces se pasan por aquí intentando conseguir más conversos. No les cuesta mucho desde que Xena mató a casi todos los olímpicos.

—Qué tiempos tan increíbles —dijo Gabrielle.

—¿Qué ocurrió? —preguntó él delicadamente.

—¿Con Xena?

Él asintió.

—Es una historia larga y complicada. Puede que algún día lo escriba todo en uno de mis pergaminos.

—Llevas una armadura muy espectacular, por cierto. Nunca he visto nada parecido. Y esa espada es algo que tampoco he visto nunca.

—Son de una isla que hay al otro lado de Chin llamada Japón. Es donde Xena... encontró la muerte.

—¿Fue heroica?

—Estamos hablando de Xena, claro que fue heroica. Se enfrentó a mil guerreros samurais para poder liberar a cuarenta mil almas atrapadas. Murió como deseaba. Y liberó a las almas.

—¿De verdad fue heroico? —dijo Xena, apareciendo junto a la bardo sentada, con una enorme y boba sonrisa en la cara.

Gabrielle dio un respingo por la sorpresa.

—¡Te he dicho que no hagas eso!

—¿El qué? —preguntó Virgilio, desconcertado.

—Oh, nada, perdona, no me hagas caso —dijo ella, lanzándole una mirada furiosa a Xena, que seguía sonriendo maliciosamente.

Virgilio se puso en pie y se estremeció.

—Brrr, ¿no te parece que de repente hace frío? —preguntó.

—Yo estoy muy calentita —dijo Xena, colocando los pies en la mesa—. Muy amable por preguntar.

—¡Pórtate bien! —susurró Gabrielle enfadada, hablando entre dientes.

—Perdona, sé que para ti tiene que ser duro, volver aquí con todos tus recuerdos y eso. Trataré de recordarlo. —El hombre se irguió y le dio un beso en la mejilla—. Quédate todo el tiempo que quieras. De verdad, lo digo en serio.

—Gracias, Virgilio, eres muy amable. No como ciertas personas que conozco —dijo, pegándole un codazo a Xena en el costado.

—¡Ay, que duele! —exclamó la guerrera, sobresaltada.

—Dime, Virgilio, ¿los ministros de Eli siguen practicando exorcismos? —preguntó Gabrielle, sonriendo dulcemente.


PARTE 2


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