PARTE 3


Por las ventanas cerradas entraba flotando la música lejana de unos músicos callejeros. Los melodiosos acordes de sus instrumentos creaban un ambiente inocente en la desesperada atmósfera del consultorio de Al-Juba.

Gabrielle tenía la cabeza de Xena en el regazo y le acariciaba suavemente la mejilla ardiente, esperando a que se le pasaran los efectos de la poción. Tytus estaba sentado en el suelo cerca de ella, preparado para traducir en cuanto fuera necesario.

—¿Señorita? —Tytus rompió el silencio—. Tu amiga se pondrá bien, no estés tan triste.

Gabrielle no sabía cómo responder al niño sin echarse a llorar. Se limitó a asentir despacio, sin dejar de observar la cara de Xena, atenta al más mínimo cambio. La pequeña posibilidad de que Xena pudiera volver a ser su amiga guerrera daba a Gabrielle un leve rayo de esperanza.

—¿Se acordará de mí? —preguntó sin levantar la mirada.

—Está en manos de Alá, joven —le dijo Al-Juba a Gabrielle—. Yo soy sólo su instrumento para llevar las cosas a su debida conclusión.

Gabrielle esperó pacientemente a que Tytus terminara de traducir, y estaba a punto de hablar cuando Xena se movió un poco. Frunció el ceño y su garganta emitió un gemido.

—¿Xena? —consiguió decir Gabrielle con la voz entrecortada.

Xena abrió los ojos de golpe y se sentó bruscamente. Examinó la habitación con una repentina agitación animal. Girándose para mirar a la esperanzada mujer que había a su lado, los rasgos de Xena se apaciguaron rápidamente; cogió la mano de Gabrielle y se la llevó despacio a los labios. Sonriendo dulcemente, Xena besó la mano de Gabrielle y luego la sujetó contra su mejilla.

—¿Xena? —Esta vez era un claro ruego.

Xena miró las caras serias que la miraban atentamente y se centró en la más familiar de las tres.

—Tengo sed —dijo con su aguda voz infantil.

A Gabrielle se le cayó el alma a los pies. Su querida amiga seguía siendo una niña.


—¡Sí, es ella, lo sé!

La sonrisa de triunfo de Ketaar puso nervioso a su antiguo camarada.

—¿De quién hablas? —Ghazi lo ayudó a sentarse en otra silla.

—De mi esclava, mi propiedad —dijo con melancólico respeto—. Es lista, ¡se lo dije y eso es lo que es! No te me volverás a escapar, no, esta vez no, muchachita.

—¡Ja! Imposible, ¿una mujer te la ha jugado a ti? Debe de ser una mujer poco corriente.

—Ya lo creo. Tarkau tiene mucho que explicar.

Habiendo olvidado su momentáneo ataque, Ketaar se levantó de la silla y fue a recuperar el cuchillo caído.

—¿No te irás tan pronto...? —Ghazi empezó a hacerle una seña al tabernero—. Al menos deja que reponga la copa que te he hecho derramar.

—Me despido de ti, querido amigo —dijo devolviendo la daga a su escondrijo habitual—. Hay mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo.

—Amigo Ketaar, ¿no quieres abandonar tu infructuosa búsqueda y hablar de los viejos tiempos? Esta misión no te va a servir de nada.

Ketaar le dio unas palmaditas afectuosas a Ghazi en el brazo y salió enérgicamente por la puerta de atrás a la calle anochecida.


—No hay cambios. Esto no resulta una sorpresa.

Tytus detuvo su traducción y le pidió a Al-Juba que usara otra palabra que no fuese "sorpresa". Lo pensó un momento y dijo "inesperado".

—Esto no resulta inesperado —repitió Tytus—. Como ya he dicho antes, sin duda quedará limitada.

Gabrielle dejó a su inmadura compañera, que estaba haciendo rodar muy contenta el frasco de agua vacío por el suelo de baldosas.

—¡No lo acepto! Tiene que haber alguien que la pueda ayudar. —Apenas conseguía controlar el llanto.

—Lo siento, he hecho todo lo que he podido por la mujer, me llevaré al niño a la cocina. —Al-Juba suspiró y se llevó a Tytus de la habitación.

Acercándose a Xena, la miró mientras ésta hacía rodar el frasco de colores de un lado a otro por el frío suelo de piedra. Acariciando el largo pelo negro de Xena, Gabrielle no pudo evitar estremecerse.

—Nos vamos a ir en seguida, cariño —susurró suavemente.

Xena levantó la mirada sonriendo, pero la sonrisa no tardó en desaparecer cuando vio las lágrimas que se deslizaban despacio por la cara de su amiga. Xena se esforzó por ponerse en pie como una pequeñina y alargó la mano hacia Gabrielle, pero ésta se había apartado deprisa.

Xena se quedó esperando. Pareció pasar una eternidad hasta que Gabrielle logró calmarse lo suficiente como para hablar y entonces se giró de nuevo, con aire totalmente tranquilo, y hasta consiguió sonreír un poco.

—No te preocupes, buscaremos otra opinión. Ésta no es nuestra última esperanza.

Le acarició la mejilla a Xena, trazando con delicadeza el suave contorno hasta la barbilla. Gabrielle contempló los ojos azules como el hielo, deseando más que nada perderse en su plácida belleza. La grácil música todavía llegaba desde fuera, colmando el momento de ricas y exóticas tonalidades que se superponían unas a otras. Puso las manos en la nuca de Xena, bajándole la cabeza hasta que los labios que Gabrielle había deseado tanto tiempo estuvieron cerca, tan cerca que con muy poco esfuerzo podría echarse hacia delante y besarlos. Xena no ofrecía resistencia alguna: seguía a su amiga con inocencia y de buen grado.

—No puedo.

Gabrielle apoyó ligeramente tres dedos en la boca de Xena para detener el apasionado encuentro que casi había tenido lugar.

—Ahora no, así no.

Desconcertada, Xena se apartó y en su cara se dejó ver una expresión herida.

—Te he puesto triste —dijo, cogiendo la mano de Gabrielle con ese gesto cariñoso que se había convertido en costumbre para ella—. No quería.

Los ojos de Xena se llenaron de lágrimas por la preocupación de que "señora" estuviera molesta con ella.

—No, Xena, no has hecho nada. Oh, cariño... no llores. —Gabrielle abrazó a su amiga e intentó disipar sus temores—. Sabes que te quiero, ¿verdad? —Xena asintió despacio, y Gabrielle le dio un beso en la mejilla—. Hala. ¿Ya estás mejor? —Xena asintió de nuevo.

Al-Juba entró en la habitación con un montón de mantas y una pequeña lámpara de aceite.

—Quedaos aquí esta noche —dijo en griego con acento árabe—. El niño duerme. —Y salió deprisa de la estancia.

Gabrielle hizo las "camas" lo más cómodas posible en el duro suelo. El alivio de pasar una noche sin tener que soportar la arena le parecía un buen intercambio, lo mismo que la agradable compañía de Xena. Como siempre, Gabrielle colocó los lechos juntos y puso la pequeña lámpara de aceite sobre una banqueta cercana. Levantó la esquina de la manta para que Xena se metiera dentro y luego la arropó bien.

—Buenas noches, Xena —susurró, y se dio la vuelta para dormir.

Pero Xena no tardó en sentirse un poco inquieta.

—¿Señora?

No hubo respuesta.

—Pssss, ¿señora?

Gabrielle se dio la vuelta.

—¿Qué pasa? —contestó medio dormida.

—¿Me das un beso de buenas noches? —pió una vocecita.

Gabrielle suspiró y sacudió y volvió a ajustar las mantas. Xena estaba muy quieta en la penumbra, sonriendo. Gabrielle no recordaba un momento en que Xena hubiera estado más preciosa. Se agachó, deteniéndose un momento para inclinar la cabeza y luego rozó ligeramente la frente de Xena con los labios.

—Buenas noches, Xena, dulces sueños.

Gabrielle se quedó ahí un poco, mirándola. Apartó un pelo de los ojos de Xena y le acarició con cuidado el lado lesionado de la cara. Xena agarró la muñeca de Gabrielle y le plantó un beso en la palma. No importó que lo hiciera con poca gracia, Gabrielle quiso a la niña Xena aún más por ello.

Qué fácil le habría resultado aprovecharse de la situación desvalida de Xena. Ésta no era la idea que había llevado en el corazón en secreto durante tanto tiempo. Quería que fuera algo hermoso, romántico, en un bello entorno...

¿Tal vez a la luz de la luna?, pensó Gabrielle para sus adentros.

Desde luego, no con esta persona que bien podía ser una desconocida.

—Ahora hay que dormir, mañana tenemos que hacer muchas cosas.

—Vale —contestó Xena en voz baja.

Gabrielle se puso de lado para dormir e inmediatamente sintió que Xena se arrimaba tímidamente a su espalda y luego un largo brazo le rodeó el cuerpo, apretándola estrechamente contra ella. Las ligeras exhalaciones procedentes de la nariz de Xena agitaban suavemente el pelo de Gabrielle, relajándola maravillosamente hasta que se quedó dormida.


Ketaar avanzaba apresurado por las calles vacías. De vez en cuando se encontraba con un vendedor que estaba recogiendo por esa noche y que le echaba una mirada asustada cuando él pasaba a toda prisa a su lado.

Lo que quería no lo iba a encontrar en el puesto de un sencillo vendedor.

No sé cómo ha conseguido esa muchachita el dinero necesario. A lo mejor ese imbécil ha vendido a la mujer por nada, pensó enfurecido.

La Casa de Rhasis, tratante en artículos exóticos, decía la placa decorativa. Ketaar aporreó la puerta con el puño sin hacer el menor caso de la cómoda aldaba, que tintineaba cada vez que se movía la bisagra.

Se abrió el ventanuco.

—Di lo que deseas.

—El gorrión espera al gato —recitó apresuradamente—. Busco a tu amo Rhasis.

—Mi amo está en la cama y no desea ser molestado. Gracias, vuelve en otra ocasión.

El pequeño ventanuco se cerró. Ketaar volvió a aporrear la puerta.

—¡IDIOTA! ¡¡NO SOY UN CLIENTE!!

Hubo un chirrido de metal contra metal cuando se descorrieron los grandes cerrojos. La puerta se abrió de golpe y apareció un fornido guardia que se lo quedó mirando.

—Desaparece, piojo, o tendré que separarte la cabeza del cuello.

—¡Harun! —dijo una voz cansada detrás del guardia—. Ya basta, haz pasar a mi invitado.

El guardia se echó a un lado y le hizo un gesto a Ketaar para que pasara.

—Querido amigo, ¿qué crisis ha estallado a estas horas de la noche?

—Deseo cierta información —dijo Ketaar, apartando a Harun de un empujón.

—¿Y esto no puede esperar a las horas normales de los negocios?

—Despide a ese bruto, quiero hablar contigo en privado.

Harun hizo amago de ir a atacar a Ketaar.

—Está bien, está bien, cálmate, querido. Espérame en el salón de jade, no tardaré en reunirme contigo. —Rhasis le dio unas palmaditas al centinela en el musculoso brazo.

Con una dramática exhibición de control, Harun los dejó a solas en el recibidor principal.

—Tus gustos en materia de acompañantes se me escapan. ¿Por qué no prefieres el intelecto al tamaño?

Rhasis encogió los redondos hombros.

—Los inteligentes me roban y luego se marchan. Los bobos son mucho más deliciosos —dijo Rhasis, y sonrió en dirección al guardaespaldas que lo esperaba—. Pero no es de esto de lo que querías hablarme. Ven por aquí.

Rhasis llevó a Ketaar a una antesala muy agradable que la mayor parte del tiempo le servía como despacho privado. Tomó asiento tras una enorme mesa de mármol rosa y encendió una lámpara y luego hizo un gesto a su visitante para que se sentara, cosa que éste rechazó al instante.

—La imbécil, ¿quién la compró?

—Amigo mío, no lo sé. Sé que era alguien de corta estatura y manos pequeñas y fuertes. Me puso el oro en la mano y luego se marcharon. No le vi la cara, así que no puedo decirte si era un hombre o una mujer.

Ketaar se paseó de un lado a otro.

—¿Viste en qué dirección se fueron?

—Creo que por un callejón lateral. ¿Por qué te importa tanto? Creía que no veías el momento de quitártela de encima.

Ketaar se rió en voz baja.

—No soporto estar alejado de ella —susurró casi—. Será mejor que no hagas esperar a tu ansioso amigo.

—Ah... mm... sí, claro. ¿No quieres tu parte de la venta?

—Guárdamela. Me la darás cuando regrese.

Con eso, Ketaar salió de la estancia y de nuevo se encontró en las solitarias y oscuras calles.

Rhasis se quedó mirando largo rato la puerta por la que había salido Ketaar a toda prisa. No sabía muy bien si se refería a que debía darle el dinero mañana o dentro de dos semanas.

Harun dio unos golpecitos en la puerta abierta y asomó la cabeza.

—¿Es que no vas a venir a la cama? —preguntó con irritación.

Rhasis sonrió y apagó la lámpara.

—Qué impacientes son los jóvenes. Adelante, ahora mismo me reúno contigo.

Caminando a gran velocidad, Ketaar seguía una complicada ruta por los míseros callejones para volver a la posada, y cada paso alimentaba en él una furia que reclamaba a gritos lo que era suyo.

Tengo mucho que hacer... mucho que hacer, mascullaba por lo bajo por el camino.


No había trinos de pájaros, ni suaves brisas agitando mechones de pelo, ni el chapoteo del agua rompiendo contra una bella orilla: sólo unas largas bandas de sol que entraban por los postigos echados y se extendían poco a poco por el suelo. Gabrielle fue la primera en despertarse; se estiró y bostezó y luego notó a Xena hecha una bola detrás de ella. Se dio la vuelta para descubrir a su amiga roncando apaciblemente mientras dormía. Era una escena casi demasiado preciosa para interrumpirla, pero Gabrielle sabía que el tiempo era un factor importante si querían encontrar una cura.

—¿Xena? —Le movió el hombro con suavidad—. Xena, tenemos que irnos.

Xena se frotó los ojos adormilada y se sentó.

—¿Nos vamos ya a casa, señora? —preguntó rascándose la cabeza.

—Aún no, cariño, todavía tenemos que encontrar a alguien que te ayude.

—¿Ayude?

—Sí, tengo que llevarte a otro sitio como éste. Venga, tenemos que ponernos en marcha...

Xena entrecerró los ojos y frunció el ceño.

—No quiero —dijo cruzándose de brazos.

—Pero quieres ponerte mejor, ¿no? —razonó Gabrielle.

—¡NO! —fue la sonora respuesta.

No hacía falta mucha imaginación para darse cuenta de por qué Xena se mostraba tan obstinada. Su última "cura" no había sido una experiencia precisamente agradable.

—Por favor, Xena —casi suplicó Gabrielle—. Sólo quiero que seas feliz.

Qué razón tan tonta, pensó de repente. Xena es más feliz tal y como es ahora.

Xena miró a Gabrielle de reojo; el amago de una ceja alzada casi le daba el aspecto de su "antiguo" ser, pero la aguda voz infantil con que habló echó a perder la ilusión.

—¡No más agua sucia!

Gabrielle rodeó a Xena con los brazos y la estrechó con fuerza.

—Te lo prometo, no más agua sucia —repitió—. ¿Vale?

—Vale —suspiró Xena.

Se oyeron unos golpecitos en la puerta y entró Tytus.

—Al-Juba os saluda esta mañana. Me ha pedido que os diga que hay otra persona que puede ayudar a la señora enferma y que yo os llevaré a ella.

Gabrielle asintió y luego abrió su fardo, sacando las sobras de comida. Los tres comieron deprisa antes de disponerse a marchar.

Con las mantas dobladas y el fardo listo, Gabrielle miró rápidamente por la habitación para asegurarse de que no se dejaba nada.

—Bueno, vámonos —dijo animadamente, y salió de la estancia con su pequeño grupo.

Al-Juba los detuvo en el estrecho pasillo que llevaba a la puerta de entrada.

—La señora Su-Chen es una mujer muy especial —se puso a traducir Tytus—. Posee muchos conocimientos de muchos campos y es posible que pueda ayudaros.

—Espero que pueda —dijo Gabrielle estrechándole la mano—. Gracias por la amabilidad que has demostrado hacia mis amigos y hacia mí. Has sido muy amable por dejarnos pasar la noche.

Fue a coger dinero de su bolsa, pero Al-Juba lo rechazó.

—No me he ganado ningún dinero. Que Alá os proteja.

Abrió la puerta bruscamente y los instó a emprender la marcha.

—¿Pero...? —consiguió decir Gabrielle antes de que la puerta se cerrara rápidamente tras ellos con un golpe sordo.

—Por aquí —dijo Tytus señalando a lo lejos.

El nombre le daba un tamaño que de otra forma no habría tenido. El "Santuario" de la señora Su-Chen se encontraba en las profundidades del interior de la ciudad, donde la muchedumbre iba reduciéndose hasta que apenas pasaban personas. El edificio de adobe encalado era por fuera idéntico a cualquiera de las acogedoras casas que ya habían pasado. No había letreros ni símbolos pintados en la puerta de entrada, sólo un felpudo de paja en el que había bordado el ideograma chino que significaba "vida".

Esta vez fue Gabrielle la que anunció su presencia. Junto a la puerta había un largo cordón que recorría el marco sujeto con una esmerada hilera de aros metálicos clavados a la puerta. Agarró el asa que colgaba del extremo y tiró ligeramente. No tuvieron que esperar mucho: se abrió la puerta y apareció una mujer diminuta, con el pelo gris recogido en un apretado moño, que sonrió a Gabrielle con encanto.

—Bienvenidos, soy Su-Chen. ¿En qué puedo ayudaros?

Gabrielle esperó para contestar a que Tytus terminara la traducción. La mujer lo interrumpió cortésmente.

—Comprendo tu lengua muy bien. Puedes hablar libremente sin la ayuda de un intérprete.

Gabrielle, claramente aliviada, repitió la historia una vez más.

—Mi amiga sufrió un fuerte golpe en la cabeza hace varios días. Ahora tiene la mente de una niña que no recuerda nada. Por favor, ¿puedes ayudarnos?

—¿Ésta es tu amiga en cuestión? —preguntó, colocándole una mano a Xena en el brazo.

Gabrielle asintió.

—Sígueme, querida. —Xena dirigió una mirada preocupada a Gabrielle—. No temas, tus amigos estarán con nosotras.

Los llevó a una estancia soleada donde Su-Chen sentó a Xena en una silla baja mientras ella se subía a una banqueta para examinarle de cerca la cabeza. Luego se bajó de un salto y se puso a comprobarle la vista a Xena, tapándole primero un ojo y luego el otro y haciéndole preguntas. Tytus, mientras, se entretenía mirando todas las cosas raras que flotaban en frascos transparentes en un estante.

—Enséñame con los dedos lo que ves.

Levantó dos dedos. Xena la copió levantando dos dedos.

—¿Y ahora qué ves? —preguntó después de taparle el otro ojo y levantando sólo un dedo.

Xena dudó un momento y luego, usando las dos manos, levantó un dedo de cada mano. Su-Chen examinó entonces con cuidado la cara de Xena.

—Estas lesiones son recientes. ¿Cómo han ocurrido?

Gabrielle, recordando aquella horrible noche, se acercó y se arrodilló junto a Xena, cogiéndole la mano.

—Un tratante de esclavos le dio una paliza.


Tarkau esperaba fuera de la posada tal y como le había sido ordenado. No conseguía imaginar por qué Ketaar tenía tanta prisa por emprender otra cacería de esclavos tan pronto. Estaba deseando tener unos días de descanso y a lo mejor hasta de un poco de recreo. Sorprendentemente, estas cosas nunca le interesaban a su amo, y ahora se iban a pasar todo el día haciendo acopio de las cosas necesarias para el tedioso viaje de vuelta a Siria.

—He terminado de hacer averiguaciones —dijo Ketaar apareciendo de repente de la nada—. El premio que busco sigue a mi alcance.

Tarkau no tenía ni idea de lo quería decir con eso. Durante toda la noche, Ketaar sólo había hablado de "atrapar su premio" o "hacerse con su tesoro" sin decir qué era esta cosa.

—Tenemos mucho que hacer. —Le hizo un gesto a Tarkau para que lo acompañara y los dos corrieron a reabastecer sus provisiones.


—¿Habéis buscado ayuda en otro sitio?

La señora Su-Chen seleccionó varios instrumentos como agujas finas de diversas longitudes y los puso en una bandeja cercana.

—Sí, con ayuda de Tytus hemos visitado a dos sanadores. Tabari nos dio un linimento para su cara.

—¿Puedo verlo?

Gabrielle sacó el frasquito y se lo entregó a Su-Chen. Ésta quitó el tapón y lo olió.

—Muy bien. Voy a aplicar otra capa.

Con cuidado extendió una pequeña cantidad de la espesa sustancia por la mejilla de Xena.

—Tu amiga tiene una dolencia muy grave —continuó Su-Chen—. Puede que mis artes curativas tengan sólo un pequeño efecto o ninguno en absoluto.

Cogiendo una de las agujas más cortas, la clavó rápidamente en el cuello de Xena y luego otra más larga cerca de la sien. No salió sangre y Xena no gritó, no parecía sentir el menor dolor.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Gabrielle, intentando no parecer alarmada.

Su-Chen torció con calma las dos agujas mientras contestaba.

—Esto forma parte de mis artes curativas. Tu amiga no ha sufrido ningún daño. La sangre debe fluir por el cuerpo de manera uniforme. Sólo estoy ayudando a que lo haga.

Al cabo de unos minutos retiró las agujas y aplicó presión con sus pequeñas manos en varios puntos de la parte superior del cuerpo de Xena. Fascinada, Gabrielle observó con renovada esperanza. Había visto a Xena usar los puntos de presión en numerosas ocasiones, a veces para bien, aunque otras a Gabrielle no le parecía tan bien, especialmente si los usaba para obtener información por la fuerza.

Daba gusto ver los ágiles movimientos de la señora Su-Chen con los dedos: líricos, gráciles al bailar aquí y allá sobre los hombros de Xena y luego justo debajo de la mandíbula. Juntó dos dedos como hacía siempre Xena y le golpeó con fuerza un punto justo en el puente de la nariz. Al instante, Xena dejó caer la cabeza hacia delante. Gimió suavemente y luego tosió una vez.

Su-Chen tomó la cara de Xena entre las manos y la levantó.

—¿Cómo te sientes?

Xena frunció el ceño pensando.

—Tengo sueño —respondió con la misma voz de niña de siempre.

Gabrielle sintió que una ola se estrellaba contra su corazón y luego otra. Se apartó sintiéndose muy mareada y se dejó caer en la silla más cercana que pudo encontrar. Tytus se acercó a ella en silencio y le tocó el brazo ligeramente.

—¿Señorita? ¿Te encuentras mal?

Gabrielle no contestó. Se tapó la boca con una mano y se apretó el pecho con la otra, intentando calmar el dolor que se empeñaba en salir desesperado de su garganta. Los ojos se le llenaron de lágrimas que se derramaron.

La señora Su-Chen, al oír la preocupación del niño, se arrodilló al lado de Gabrielle.

—Querida mía, esta muestra de emoción no es buena para tu amiga. Depende de ti, no vaciles ahora que necesita tu fuerza.

—¿Volverá a ser la de antes alguna vez? —dijo Gabrielle tratando de controlarse, pero sabiendo ya la respuesta en el fondo de su corazón.

Su-Chen miró profundamente a Gabrielle a los ojos.

—Esto es lo que te puedo decir: hay otro en cuyo consejo creo, Al-Farabi. Yo le enseñé todo lo que sé y tengo entendido que ha aprendido muchas cosas nuevas y que ahora enseña.

—Sí, he oído hablar de él. ¿Es cierto que usa la música como cura? ¿Está lejos de aquí? —preguntó Gabrielle emocionada.

—La música es su campo principal. Ya no vive en esta ciudad. Al-Farabi se marchó a Damasco hace muchos años. Búscalo, querida, si él no puede hacer nada, entonces depende sólo de ti. Ayúdala. Enséñale las cosas que ha perdido. Tendrá su cara, pero no será la mujer que has conocido. ¿Puedes hacerlo?

Gabrielle cogió la mano de Su-Chen.

—Gracias, señora Su-Chen. Haré todo lo que pueda.


En la lejana Damasco
Otra cura desconocida.
Otra ajetreada ruta
Que no he visto jamás.
—G—

Después de volver a guiar a Xena y Gabrielle hasta la sección más animada del bazar, Tytus se despidió, pero no sin que antes Gabrielle le entregara unas cuantas monedas bien merecidas. Él se las metió rápidamente en el bolsillo y luego les dijo adiós con la mano mientras se escabullía.

—Necesitamos algunas cosas para nuestro viaje a través del desierto —dijo Gabrielle, más para sí misma que para Xena—. Voy a comprar ropa de viaje para nosotras y provisiones; vamos a llevar muchas cosas. ¿Sigues con sueño?

Xena dijo que no con la cabeza.

Su primera parada fue una vendedora de ropa que miró a Gabrielle con extrañeza mientras ésta sujetaba varias prendas de vestir masculinas contra el cuerpo de Xena para tomarle las medidas. Eligió un par de botas bajas marrones, unos pantalones sueltos de muselina y una blusa sin cuello de lino blanco completada con un chaleco corto bordado en negro y un fajín rojo. La mujer se llevó a Xena detrás de una cortina y la ayudó a vestirse. Pocos minutos después salió Xena. Estaba magnífica con su nuevo atuendo. La dueña también sonreía y asentía con aprobación al tiempo que colocaba el pelo de Xena dentro de un turbante blanco. La vestimenta de Gabrielle era parecida salvo por las botas (conservó las viejas), el color de su chaleco (prefería el azul) y un corto fajín blanco con adornos dorados en los extremos. Ella también recibió la sonrisa de satisfacción y también su pelo quedó oculto por un turbante blanco.

Vestidas de esta forma, nadie les prestaba la menor atención, como ocurría cuando iban vestidas de mujer. Gabrielle se limitaba a señalar lo que quería y los comerciantes se lo daban sin mirarla de reojo.

—Creo que esto es todo lo que necesitamos. ¿Podrás llegar hasta la entrada principal?

Llevaban los brazos bien cargados de albornoces, mantas nuevas, carne y pescado secos, fruta seca de todo tipo, hogazas de pan, grandes odres de agua, pedernales, un burdo botiquín y varias cosas más.

Xena asintió con entusiasmo.

—¿Nos vamos ya a casa, señora? —dijo muy contenta y casi sin aliento.

—Damasco está de camino a casa.

—¿Está muy, muy lejos? ¿Muy lejos de aquí? —preguntó Xena esperanzada.

—Nos vamos de esta ciudad, cariño, para no volver más.

—¡SÍÍÍÍ!

Xena se puso a dar saltos y algunos viandantes se detuvieron un momento para observar su exhibición de alegría. Gabrielle les sonrió amablemente al tiempo que empujaba a su emocionada amiga para que siguiera andando y pudieran alejarse de la curiosa multitud.

Esta vez las tremendas puertas principales no le dieron tanto miedo a Xena: pasó airosamente por debajo de su arco abovedado como si no tuvieran nada de especial.

Tytus y Amir las vieron inmediatamente, sin dejarse engañar por la diferencia en el atuendo.

—¡Hola, señorita extranjera! ¿Quieres ya tu animal?

—Sí, Tytus, nos vamos de tu ciudad encantada.

Gabrielle sacó su pequeña tira de tela naranja y rápido como el rayo Amir se la arrebató de la mano y los dos niños corrieron a los establos. Poco después regresaron corriendo con "Gruñón" trotando tras ellos. Los niños ayudaron a Gabrielle colocar y sujetar sus provisiones con esmero en el castillo.

Xena fue la primera en subir a bordo y luego Gabrielle se sentó delante. Gruñón se puso en pie despacio y resopló.

—¿Volverás a Bagdad, señorita? —preguntó Tytus sonriendo y sujetando la brida.

—Me temo que pasará mucho tiempo.

—¿No te olvidarás de Amir ni de mí? —dijo él con una sonrisa aún más ancha.

—Nunca podré olvidar lo que has hecho por nosotras. Te recordaré siempre... aquí. —Gabrielle se señaló el corazón.

—Yo también te recordaré, señorita. ¡Bas Salaam! ¡Buen viaje!

Tytus soltó la brida y empujó al camello para que echase a andar. Gruñón avanzó deprisa por la arena y desapareció por encima de una duna bañada por el sol.


Ahí estaba, la prueba concluyente de la auténtica identidad de Xena: la armadura de bronce y la túnica de cuero empaquetadas en unos trapos por Gabrielle para que pareciera que carecían de importancia. Ketaar levantó el pesado peto, acariciándolo delicadamente con sus largos dedos.

—Arrastraré tus restos inútiles hasta el noble regimiento romano. Pagarán un rescate digno de un rey por la guerrera más importante, viva... o muerta —susurró, acercándose el peto a los labios.

Tarkau se acercó a su jefe con cautela. Llevaba todo el día sintiéndose inquieto por el comportamiento de Ketaar. Nunca lo había visto tan agitado ni tan obsesionado con nada como con este supuesto "tesoro" del que no paraba de hablar. Esta vez Tarkau se temía que su patrón hubiera perdido la razón definitivamente.

—Ya tengo las antorchas —dijo con tono normal.

Ketaar se giró rápidamente, dejando caer casi el precioso paquete que acababa de abrir.

—¡Ah! ¡Muy bien! Guárdalas, amigo mío.

—¿Nos vamos esta noche?

Los labios de Ketaar se estiraron descubriendo sus dientes blancos y puntiagudos.

—No hay necesidad de retrasarse. Ya he averiguado lo que quería saber. Pongámonos en marcha.

Ketaar tenía una idea, pero no estaba totalmente seguro de que Xena y Gabrielle se hubieran marchado de la ciudad. Los comerciantes del bazar no se mostraron muy dispuestos a darle ningún tipo de información importante; sin embargo, hacer hablar al amable chiquillo del fez rojo había sido más fácil de lo que creía. Ketaar sólo tuvo que mostrarle una moneda de oro: el niño se lo dijo todo, hasta el color de sus ojos.

Eso es lo que pasa con estos mendigos codiciosos, pensó riéndose por dentro mientras sacaba a su camello del establo. Están dispuestos a hacer lo que sea por dinero.

Todavía era suficientemente temprano para hacer lo que tenía que hacer y alcanzar a su presa por la noche. Tarkau y él se montaron en sus vociferantes animales y se adentraron con tranquilidad en el desierto.


El sol relucía delicadamente en las aguas azules del Éufrates. Su pura belleza hizo que Gabrielle se quedara mirándolo maravillada. Habían recorrido los treinta kilómetros sin la menor dificultad. Xena había montado todo el camino agarrada a su amiga y con la cabeza apoyada en ella para descansar.

Gabrielle llevó a su animal a la orilla y luego lo hizo cruzar al otro lado.

—Vamos a asearnos un poco. Va a pasar mucho tiempo hasta que podamos volver a bañarnos —dijo, saltando ágilmente del camello—. Míralo, Xena, ¿no es lo más hermoso que has visto jamás?

Xena inclinó la cabeza a un lado y contempló el apacible paisaje. Tenía una expresión poco convencida en la cara y se bajó de Gruñón torpemente.

—No —contestó, quitándose el chaleco con calma.

Gabrielle se quedó mirando a Xena un momento.

—¿Qué es lo más hermoso que has visto jamás? —preguntó, divertida ante la seriedad de Xena.

—Tú —replicó ésta suavemente.


Sentados a la fresca orilla del Tigris, los niños disfrutaban de su descanso de mediodía. Tytus tenía la mano metida en el agua refrescante y Amir daba vueltas a una moneda reluciente en la mano; la moneda atrapaba los rayos del sol de la tarde y relucía alegremente.

—¿Qué tienes ahí, Amir? —preguntó Tytus mientras bebía un poco de agua recogida con la mano.

—¡Una buena moneda de oro! Mira qué bonita.

Amir le mostró la moneda a su amigo, que inmediatamente se irguió y se la quitó.

—¿De dónde la has sacado?

—De un hombre. Me la ha dado un hombre alto con dientecillos blancos.

—¿Le prometiste hacerle un favor?

—No, me preguntó sobre las dos señoras y yo le dije en qué dirección se habían marchado.

Tytus agarró a Amir por el cuello de la camisa.

—¿Las has traicionado por oro? Puede hacerles daño a las señoras, ¿es que no lo has pensado?

—Pero era muy amable, sonreía al hablar.

Tytus apartó bruscamente a su amigo de un empujón.

—Altísimo —dijo alzando los brazos al cielo—, ¡protégelas!


Ketaar parecía haberlos guiado monótonamente con un rumbo fijo desde hacía horas, y de repente hizo que su camello fuera al paso y que se detuviera.

—Hasta aquí vale, me parece.

Ketaar se volvió y lanzó su cuchillo: el arma silbó por el aire y se clavó en el hombro de Tarkau. Éste soltó un grito sobresaltado y cayó al suelo. Al intante, Ketaar se le echó encima y le ató las manos y luego, pasando la cuerda alrededor del cuello de Tarkau, arrastró a su víctima, que se debatía y gritaba, varios metros hasta el hormiguero más cercano.

—Mi querido amigo, no escaparás a tu destino.

Le costó mucho más atrapar las piernas de su presa, que no dejaban de moverse, pero lo logró rompiéndole una rótula a Tarkau de un fuerte golpe en el centro. Ketaar terminó de atarlo y luego le metió una mordaza en la boca. A continuación, clavó dos estacas de madera en la arena cerca del hormiguero, una a la cabeza y otra a los pies.

—Puede que te estés preguntando, "¿Por qué me hace esto? ¿Qué he hecho?" Bueno, pues te contestaré lo mejor que pueda, pero primero debo llamar la atención de estos bichitos.

Ketaar pisoteó con fuerza el hormiguero y luego colocó a Tarkau boca abajo encima del nido de los furiosos insectos y ató a su frenético subordinado de pies y manos a las estacas.

—Verás, me he enterado de tu traición. —Su voz no dejaba de mantener su tono agradable—. La muchachita sigue viva. Me mentiste.

Sacó su cuchillo de un tirón del hombro de Tarkau y lo secó con un pañuelo limpio. El ejército en miniatura cubrió la cara del enemigo en pocos segundos, abriéndose paso a mordiscos por la nariz y las orejas.

—Mientras mis furiosos amiguitos se comen tu miserable pellejo, reflexiona sobre tu error de juicio —dijo, lanzándole el paño usado.

Las furiosas hormigas se habían abierto paso por entre la ropa del invasor hasta llegar a la carne, mordiéndole todas al tiempo. Los gritos incoherentes de agonía se perdieron a lo lejos cuando Ketaar partió en busca de su "premio" perdido.


—Sí, ya, como que me puedo comparar con eso —dijo Gabrielle, sintiéndose muy nerviosa.

Xena se acercó. Le pareció ver una mirada en los ojos de Xena que soltó un destello y luego desapareció.

Vaya imaginación que tengo, pensó Gabrielle desechando la idea.

La expresión franca e inocente de siempre seguía intacta.

—Señora bonita.

La expresión preferida de Xena salió flotando agradablemente de su boca. Se inclinó hacia delante y besó a Gabrielle en la mejilla. Cuando esta Xena se dejaba llevar de sus frecuentes impulsos cariñosos, esto tenía unas repercusiones terribles en su pequeña amiga. Gabrielle se apartó para sacar dos albornoces y dos pastillas de jabón de uno de los fardos.

—Toma —dijo sin aliento, pasándole el cuadrado marrón—. Yo me voy al otro lado.

Gabrielle entregó a Xena un albornoz y se dirigió deprisa al otro lado de las altas hierbas que crecían en una pequeña isla en medio de los bajíos.

¡Ja! Qué bien te las has apañado, ¿eh?, se dijo Gabrielle mientras se desvestía.

El agua era fría y refrescante, como el día anterior. Gabrielle chapoteó, hundiendo la cabeza y volviendo a salir a la superficie de un salto. Se enjabonó y se aclaró despacio el residuo, encantada con la sensación del líquido azul al acariciar su piel desnuda. Gabrielle repitió el proceso y luego agarró rápidamente su albornoz para secarse. Se vistió y estaba a punto de enrollarse el turbante en el pelo mojado cuando de repente oyó a Xena gritar de dolor.

Gabrielle fue en su ayuda, corriendo como loca por el agua. Se encontró a Xena sentada en el agua, tapándose los ojos y llorando.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?

—¡Pupa! —gritó Xena.

Gabrielle se acuclilló en el agua y le apartó a Xena las manos de la cara. Se le había metido un poco de espuma en los ojos.

—No te preocupes, sólo es jabón, cariño.

Gabrielle le bajó la cabeza despacio a Xena para poder aclararle el doloroso residuo y luego le aclaró el pelo a su llorosa amiga.

—Quédate quieta, Xena, ya casi he terminado.

Escurrió el exceso de agua del hermoso cabello oscuro de Xena, apártandole con cuidado la empapada melena de la cara.

—¿Ya no tienes pupa?

La Xena que conocía jamás habría tolerado esta forma infantil de tranquilizarla, y hasta Gabrielle se sentía como una tonta diciéndole estas cosas. Xena asintió.

—Deja que te mire. —Le levantó la cara a Xena para examinarla.

Gabrielle estudió entonces los daños: Xena tenía los ojos enrojecidos por el jabón, además de la paliza.

Debatiéndose en silencio por dentro, Gabrielle se preguntó si debía consolar a su amiga o no. Conocía muy bien las reacciones de la antigua Xena: se sentía mal, Gabrielle intentaba consolarla y se veía rápidamente rechazada... la mayoría de las veces. Eso era a lo que estaba acostumbrada, pero dada la forma en que esta Xena seguía sus impulsos, podía pasar cualquier cosa.

—Espera aquí, cariño, te voy a traer el albornoz.

Gabrielle regresó a la orilla, donde estaba tirado el albornoz. Cuando se dio la vuelta, Xena estaba justo detrás de ella, totalmente desnuda y chorreante. Su cuerpo extraordinariamente escultural relucía a la brillante luz del sol, tan precioso y fuerte como siempre.

—Oh... eeeh... no tenías que... yo podría... bueno...

Gabrielle se apresuró a cubrir a su amiga con el albornoz, intentando con todas sus fuerzas no parecer afectada, pero las mejillas ardientes de la pequeña poeta traicionaban sus auténticos sentimientos.

—Estás lejos. ¿Por qué? —preguntó Xena con tristeza, al tiempo que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas.

—Xena —empezó Gabrielle despacio—, no sé cómo responder de forma que lo entiendas.

Se quedaron la una frente a la otra durante un momento, Gabrielle mirando al suelo, Xena esperando una explicación.

—Dijiste que me querías. —La voz de la mujer niña se tiñó de rabia.

Gabrielle soltó un suspiro de exasperación y abrazó a su amiga. Xena no le devolvió el abrazo: se quedó quieta hasta que Gabrielle la soltó.

—Tengo que rellenar los odres antes de que nos vayamos. ¿Puedes vestirte tú sola?

Xena le dio la espalda sin contestar y empezó a vestirse.

Gabrielle llevó los recipientes vacíos a la orilla del río y metió cada odre en el agua hasta llenarlos, luego recogió las pocas cosas que había por en medio y lo guardó todo.

—¿Xena? ¿Estás lista?

Xena, totalmente vestida, estaba sentada cerca de la orilla del río. Contemplaba pensativa la larga cinta de agua azul. Gabrielle se sentó a su lado.

—¿En qué estás pensando, Xena? —preguntó suavemente.

—No me gusta —respondió Xena y luego se volvió para mirar a su amiga—. Me pone triste.

—¿El río te pone triste?

—No. —Bajó la mirada—. Tú estás lejos.

Gabrielle la rodeó con un brazo.

—Xena, a veces "lejos" no es lo que parece. Estoy preocupada por ti. Quiero que vuelvas a estar bien. Si parezco distante es sólo porque estar contigo ahora me importa demasiado.

—Vale.

A Xena le tembló un poco la barbilla y luego se le derramaron las lágrimas.

—¿No has entendido nada de lo que he dicho?

—No.

Lo que no había quedado claro tenía que expresarse de otra forma. Gabrielle abrió los brazos y Xena se hundió rápidamente en su tierno refugio.


Un rastro fresco de huellas cruzaba la tierra marrón oscura de la orilla y reaparecía en la arena del pequeño acantilado que daba sobre el Éufrates.

—Un rastro limpio y fresco que seguir —rió Ketaar—. Seréis mías al anochecer, dulces señoras.

Dio unas palmaditas al morral lleno de antorchas que llevaba al costado, emocionado al pensar en su éxito: al fin y al cabo, Ketaar no estaba muy lejos de ellas, y tenía la ventaja de necesitar muy poco descanso.


—Con un poco de suerte, estaremos fuera de este desierto dentro de menos de tres días —le dijo a Xena. Y luego a encontrar a Al-Farabi, completó para sus adentros.

Gabrielle había aligerado un poco el paso: estaba bastante segura de que viajaban en la dirección correcta. El desastre que estuvo a punto de ocurrir anteriormente la obligaba a prestar mucha atención al paisaje, las estrellas y la posición del sol en el cielo en todo momento.

Si no hubiera sido por ese punto de luz...

Xena la tenía firmemente sujeta entre los brazos; no es que fuera muy cómodo, pero se sentía a salvo, como antes de que...

—¿Señora?

—Sí, cariño.

—¿Se está poniendo oscuro?

Gabrielle miró rápidamente al cielo.

—Sí, así es.

—No me gusta lo oscuro.

Esto no le resultó especialmente soprendente. Xena no había tenido problemas para pasar la noche anterior bajo techo, pero estar de nuevo en el desierto le traía recuerdos traumáticos.

—No pasará nada, Xena. Tenemos mucha leña para hacer una hoguera. Estaremos bien.

—En lo oscuro hay cosas malas.

Notó que Xena se ponía tensa detrás de ella y se echaba a temblar.

—Por eso voy a hacer una hoguera grande. Las cosas malas se quedan lejos del fuego.

Gabrielle detuvo despacio a Gruñón, se soltó de Xena delicadamente y saltó al suelo. Obligó al animal a arrodillarse para que Xena pudiera desmontar sin problemas.

—Voy a coger las mantas, tú puedes traer un odre.

Casi todas las cosas se quedarían en el castillo del camello durante la noche; a él no parecía importarle. Puso los pertrechos de dormir juntos como siempre y fue a recoger ramas de arbustos secos y raíces muertas para hacer fuego.

—¡Mira! —dijo Xena, señalando con el brazo un brillante objeto amarillo.

Curioso, hasta ahora Gabrielle no había advertido la bola de luz que parpadeaba a lo lejos. Una súbita oleada de malos presentimientos cruzó su mente y luego se tranquilizó rápidamente.

Probablemente es otro campamento que están instalando: nada de que preocuparse.

Siguió recogiendo cosas inflamables para el fuego y las fue llevando de vuelta a montones hasta que tuvo una buena reserva.

—Creo que es suficiente para toda la noche, Xena.

Ese brillo seguía inquietándola. De vez en cuando, veía su tono amarillo anaranjado por el rabillo del ojo. En la última media hora parecía haber duplicado su tamaño. Luego desapareció. Gabrielle forzó la vista escudriñando el horizonte del atardecer; al poco, la luz apareció de nuevo.

Esta vez no había duda: era más grande y brillaba más.

—No... oh, dioses, ¡él no!

Gabrielle agarró a su amiga de la manga y la arrastró a una buena distancia del camino.

—Xena, espérame aquí.

Corrió de vuelta al campamento improvisado y lo recogió todo, hasta la última ramita, y volvió corriendo al lugar donde había dejado a Xena, que estaba muy desconcertada.

—Cariño, escucha —empezó, nerviosa y sin aliento—. Me voy a ir un ratito, pero volveré en cuanto pueda, ¿vale?

—No me dejes —lloriqueó Xena.

—No tardaré, espérame aquí mismo. —El tono de Gabrielle tenía un deje de impaciencia.

—¡Por favor, señoraaa, no me dejes sola!

—¡Por los dioses, Xena! ¡Ahora no tenemos tiempo para esto! —dijo, alzando la voz—. ¡Espera aquí y no te muevas!

Gabrielle se alejó a toda prisa para montarse en Gruñón. Le dio una patada para que echara a trotar rápidamente por el camino en la penumbra.

Xena juntó las rodillas con la barbilla y sofocó en ellas sus gritos de miedo. Sabía que ocurría algo y detestaba quedarse sola.

Señora me lo prometió... me lo prometió, gimoteó Xena por dentro. ¡Quiero a señoraaa!


La temida crisis se fue acercando,
Temíamos a un demonio de muchas caras.
Las posibilidades eran escasas
De que dos pudieran engañarlo
Cuando aparecieran los signos de la batalla.
—G—

En lo alto se cernían nubes de carbón que se movían despacio por el cielo. Las plúmbeas pisadas resonaban en los oídos de Gabrielle cuando obligó a Gruñón a acelerar el paso. Cuando estuvo segura de que se había alejado lo suficiente, Gabrielle dio la vuelta al animal con cuidado y siguió atentamente el mismo rastro hasta el punto del que había partido. Por la mañana sería fácil ver que había vuelto sobre sus pasos, pero por ahora su pequeño engaño podría darles algo de tiempo.

Cuando por fin regresó, Gabrielle apenas conseguía distinguir las pisadas que se alejaban del camino, pero la luz que había a lo lejos era menos redonda y había cobrado una forma más definida: estaba claro que se trataba de una antorcha. Saltando ágilmente del lomo del camello, lo llevó hasta el lugar donde Xena estaba echa una bola en la arena desnuda.

—¿Xena? —llamó en voz baja.

Xena se movió y se sentó, intentando distinguir la figura que se acercaba a ella.

—¿Quién es? —preguntó con cautela.

—Soy yo, cariño.

—¡Oh, señora, has vuelto!

—Tengo que irme otra vez —dijo Gabrielle, interrumpiendo el estallido emocional de Xena—. Gruñón se quedará aquí a hacerte compañía.

Gabrielle lo obligó a arrodillarse cerca de Xena y luego cogió una manta y se dirigió al camino principal. Consiguió ver a duras penas el punto donde sus pisadas se desviaban del camino y se puso a borrarlas frenéticamente con la manta. Caminando despacio hacia atrás, Gabrielle azotó la arena a toda velocidad hasta que el traicionero rastro se transformó en una superficie lisa.

Terminando lo mejor que pudo, Gabrielle intentó volver a encontrar a su amiga en la oscuridad.

—¿Xena, dónde estás?

Xena alargó la mano en la oscuridad total, agarrando a Gabrielle por la cintura, y luego la estrechó en un abrazo angustiado.

—¿Qué ocurre, señora? —preguntó muy agitada.

—Tenemos que estar muy silenciosas —dijo Gabrielle con voz temblorosa—. Ni el menor ruido, ni siquiera un susurro. —Se detuvo para tomar aliento—. Viene alguien, cariño, alguien malo.

—Vale —contestó Xena con un hilito de voz.

Acurrucadas junto a Gruñón, esperaron mientras la luz de la antorcha iba haciéndose cada vez más brillante. Las grandes y sombrías figuras fueron haciéndose visibles poco a poco. Gruñón se removía en la arena detrás de ellas.

¡Es él! Gabrielle sintió que los ojos se le agrandaban por el pánico.

Ketaar sonreía sentado en su camello, iluminado contra el cielo nocturno, moviendo la resplandeciente antorcha de un lado a otro mientras buscaba con cuidado algo o a alguien. Detuvo la minicaravana y alargó la luz ardiente más o menos hacia ellas.

Gabrielle sintió entonces que el corazón le saltaba en el pecho y se aferró a los brazos de Xena que la rodeaban. Xena estaba sorprendentemente tranquila, estrechando a su amiga con fuerza para dominar el violento ataque de temblores convulsivos que de repente asaltó a Gabrielle. Ésta cerró los ojos y rezó en silencio para que no las viera. Entonces Gruñón resopló. Gabrielle casi salió disparada de los brazos de Xena por el susto.

—Ya no está —le susurró Xena a su temblorosa amiga—. Se ha ido.

Gabrielle apenas podía creer que se hubiera dejado engañar por su sencillo truco. Una risa histérica amenazó con desbordarse de su garganta pero se transformó en llanto. Gabrielle se dio la vuelta y hundió la cara en el cuello de Xena, con el cuerpo sacudido por una oleada tras otra de débiles sollozos.

—Señora, no llores. No dejaré que te pase nada.

Las amables palabras de consuelo acabaron con su momentánea pérdida de control.

—Lo siento, Xena, supongo que no soy tan fuerte como creía.

Gabrielle se secó los ojos y se quedó en los brazos de Xena, escuchando los firmes latidos de su corazón que resonaban en su pecho. Ketaar tardaría un rato en darse cuenta de que lo habían engañado y no tardaría en volver sobre sus pasos, esta vez con mucha más atención.

Pero hasta entonces, Gabrielle se dejó ir unos momentos, soñando que estaban en casa y a salvo, lejos de las garras de Ketaar.

—Te quiero, Gabrielle —murmuró Xena con voz grave y ronca en el sedoso cabello rubio que tenía justo debajo de los labios.

—Yo también te quiero, Xena —contestó Gabrielle medio en sueños.

Resultaba tan extraño estar en la oscuridad cerrada de la noche sin una potente hoguera cerca: todo tenía un aire surrealista. Con los ojos cerrados, no había sensación de dirección. Por lo que sabía, Gabrielle podía estar flotando en el espacio entre las estrellas...

¿Qué?


Ketaar había optado por caminar un rato: así era más fácil seguir las huellas en la arena blanda.

Seguro que los lagartos se han comido sus ojos al ponerse el sol, reflexionó Ketaar. Me habría gustado verlo.

Se podía permitir dedicarle un pensamiento de pasada a su antiguo colega. ¿Acaso no estaba a punto de saborear la victoria?

Tú no tendrás el mismo destino, muchachita. No, tú serás mía.

Estaba tan ensimismado que perdió el rastro. Volviendo sobre sus pasos, regresó al punto donde debía de haberse desviado. Ketaar acercó más la antorcha al suelo, tratando de encontrar las huellas principales. Todo seguía en línea recta, sin desvíos de ninguna especie. Poco a poco, las pruebas físicas revelaron lo evidente.

Se la había jugado.

—¡MALDITA SEAS! —gritó.

Este brusco estallido hizo que Ketaar se tambaleara mareado hacia delante, apenas capaz de concentrarse en el rastro que tenía delante.

—No, el mismo destino no, señorita listilla: ¡uno peor!

Agarró las riendas de los dos animales y regresó tropezando por el camino para emprender de nuevo la caza de su presa.


Gabrielle se giró intentando ver a Xena en la oscuridad.

—¿Has dicho mi nombre?

Buscó la boca de Xena y puso la oreja cerca de ella.

—Por favor, dilo otra vez, di mi nombre.

Xena tomó aliento y luego susurró, rozando la mejilla de Gabrielle ligeramente con los labios al hablar.

—Ga-bri-elle.

Su pequeña amiga reprimió la alegría que ardía en deseos de salir despedida de su corazón.

—¿Xena, has vuelto?

—No entiendo —replicó Xena en voz baja con su tono natural.

—¿Quién eres? —Gabrielle la estrechó con fuerza.

—Soy... tu amiga.

A media respuesta, la voz de Xena subió a la octava infantil. Gabrielle aflojó su abrazo. Tal vez estaba empezando a recordar, pero Gabrielle no quería hacer suposiciones ni empezar a celebrar nada. Ese loco podía regresar en cualquier momento y necesitaba tener la mente despejada.

—Intenta descansar un poco, Xena. Nuestro amiguito volverá y tendremos que estar preparadas.

—Pero si no estoy cansada.

Gabrielle suspiró.

—Vamos —dijo, rodeando a Xena con los brazos—. Cierra los ojos y cuenta cosas bonitas para poder dormir. Cuenta... estooo... cuenta...

—¿Piedras bonitas? —propuso Xena.

—Sí, cariño, como la que me diste.

Xena apoyó la cabeza en el hombro de Gabrielle; se puso a contar de uno a dos y luego volvió a empezar.

—Oh, se me olvidaba —dijo Xena, alzándose un poco, y luego apretó los labios contra la garganta de Gabrielle—. Buenas noches.

—Buenas noches, Xena.

Contemplando el cielo sin estrellas, Gabrielle acarició suavemente el pelo de Xena esperando el regreso seguro de Ketaar.

Se despertó al notar que Xena le movía el brazo.

—Creo que oigo algo —susurró Xena.

La intensidad de su voz hizo que Gabrielle se pusiera alerta inmediatamente. A los pocos minutos ella también lo oyó: el ruido inconfundible de unos pasos pesados. Una luz brillante iluminó al instante el camino a pocos metros de donde estaban ellas. Xena tapó espontáneamente a Gabrielle con su cuerpo para protegerla del peligro que se acercaba. A Gabrielle no le importó tener encima el cuerpo de la otra mujer, mucho más pesada que ella. El firme abrazo de Xena y su respiración acompasada contribuían a que se le calmaran los nervios.


Ketaar examinó el blanco suelo arenoso que tenía delante, buscando cualquier pista que le hubiera pasado desapercibida durante la primera pasada, pero estaba demasiado consumido por la rabia para prestar atención suficiente a los sutiles cambios en el nivel de la superficie. Pasó por delante, iluminando el borde del camino con la antorcha, primero un lado del perímetro y luego el otro.

Al poco, uno de sus camellos se negó a seguir avanzando y se detuvo en seco con terquedad.

—¡Sigue andando, pedazo de bestia! —le espetó Ketaar en árabe.

Tiró con fuerza de las riendas tratando de hacer que el animal se moviera, pero sin éxito. Por fin dejó caer las tiras de cuero y dio unas palmaditas al camello en la cabeza.

—Sí, sí, amigo mío, estás cansado —susurró—. Descansaré aquí contigo.


Apenas quince metros las separaban de su perseguidor. Gabrielle se aferraba a Xena, demasiado asustada para respirar siquiera. El corazón le latía en el pecho como el de un pájaro cautivo.

—Gabrielle —susurró Xena en voz tan baja que Gabrielle apenas la oyó—, no te preocupes, yo te protegeré.

Por los dioses, Xena, míranos, pensó Gabrielle para sus adentros. No podrías con este tipo ni aunque quisieras y yo no paro de temblar. ¡Menudo equipo!

No sabía cuánto había avanzado la noche. ¿Se marcharía pronto?

Y si no, ¿cómo podré soportar esta tensión?

Ketaar se acomodó con su cansada caravana en medio del camino. Si se quedaba hasta el amanecer, la posibilidad de huir en silencio parecía poco probable. Seguro que Gruñón hacía algún ruido en algún momento revelando su posición al instante.

—No deberías tener tanto miedo, señora, te he dicho que yo te protegeré —la tranquilizó Xena en voz baja, otra vez como una niña—. ¿Es que no me crees?

Lo último que deseaba Gabrielle era ponerse a charlar cuando el enemigo estaba tan cerca. No era que temiera tanto por su propia vida: temía por la de Xena. Ketaar era capaz casi de cualquier cosa, y sabía que Xena moriría rápidamente a sus manos intentando salvarla.

—Sí que te creo. —Gabrielle se detuvo, porque le costaba respirar—. Por favor, Xena, no debemos hablar, podría oírnos.

Xena soltó un pequeño suspiro y se apartó de su amiga. Gabrielle consiguió tomar aliento y siguió temblando. El frío del desierto de noche se le metía hasta los huesos; tuvo que meterse un puño en la boca para evitar que le castañearan los dientes.

Al momento una gruesa manta de lana le cubrió el cuerpo. Tras haber buscado a tientas en la oscuridad, Xena había localizado la manta que ella había usado para borrar sus huellas. Unos dedos cálidos arreglaron los extremos sueltos y luego le acariciaron suavemente la mejilla, dando paso a los labios más cálidos que los sustituyeron. Unas manos delicadas le agarraron la cara; el resto de una exhalación precedió al beso que se posó en su boca. Gabrielle casi soltó una exclamación ante el repentino contacto con los labios de Xena.

No duró: Xena se apartó casi inmediatamente.

—¿Mejor? —preguntó con inocencia.

Su pequeña camarada no supo qué contestarle. El placer que habría sentido en circunstancias normales estaba un poco mermado por la cercana presencia de Ketaar.

—Sí, mucho mejor —susurró como respuesta.

Xena arregló un poco mejor la manta de Gabrielle y luego se acurrucó a su lado. Se quedó dormida sin el menor problema, totalmente ajena al peligro. No fue el caso de Gabrielle: el sueño se convirtió en una empresa bastante compleja. Cada vez que empezaba a dejarse ir, se volvía a despertar con un sobresalto. La constante amenaza de ser descubiertas y el lento paso de las horas, cada una más agotadora que la siguiente, le desquiciaban los nervios.

Probablemente sabe que estamos aquí y sólo está jugando con nosotras.

La oscuridad total por fin dio paso al comienzo del amanecer. Apenas había pasado una hora durmiendo y ahora tenía que prepararse para marcharse. Gabrielle no tenía un plan de huida extraordinario, sólo la idea de escabullirse en silencio y volver a eludirlo, pero si esto fallaba, ¿entonces qué?

—Xena, despierta. Tenemos que irnos —le susurró a Xena al oído ronca y angustiadamente.

Xena se sentó y se estiró. Siguiendo el ejemplo de su amiga, contestó con un susurro.

—Vale.

Gabrielle enrolló la manta y la metió entre varias cosas en el castillo de Gruñón. No le parecía posible que su camello pudiera guardar un silencio relativo durante toda la noche, pero lo había hecho.

—Me montaré yo primero y luego te ayudaré a subir.

Subió a bordo y luego alargó la mano para coger la de Xena. Gabrielle distinguió apenas su figura en la oscuridad y agarró el brazo que le ofrecía, subiendo a Xena hasta el sitio que tenía detrás. El animal se puso de pie con dificultad, alzando primero los cuartos traseros y luego los delanteros, y las balanceó bruscamente de un lado a otro hasta que estuvo erguido del todo.

Con cuidado, Gabrielle guió a Gruñón por la arena más profunda de los lados del camino principal con el mayor silencio posible. Si viajaban unos cuantos kilómetros en paralelo a este camino, tenía la esperanza de que a Ketaar le costara darse cuenta de que lo habían adelantado en la oscuridad.

Sintió que la espalda se le relajaba ligeramente tras la tensión insoportable de la noche. La hermosa tonalidad amarilla dorada del horizonte hacía un poco más visible el camino, Xena iba bien agarrada como el día anterior, todo estaba saliendo bien.

Gruñón decidió soltar un enorme berrido por el hocico.


La ligera brisa matutina había cambiado de forma casi imperceptible. Un ruido fuera de lugar sacó a Ketaar de un profundo estupor; volvió la cabeza bruscamente para ver de dónde procedía. A la luz mortecina vio un camello que huía a todo galope por las dunas más pequeñas. Ató las patas delanteras de uno de sus dos animales y se montó en el otro.

—No tardaremos, amigo mío —dijo, sonriendo al animal temporalmente abandonado, y salió tras la figura que se alejaba. No sabía si "la muchachita" y Xena eran las personas que corrían en la distancia; estaba demasiado lejos, pero no por mucho tiempo.


—Mira a ver si nos sigue, Xena —gritó Gabrielle por encima del hombro.

Xena se giró y escudriñó con esfuerzo la semi oscuridad. Le parecía que había algo allí, aunque no estaba segura. Le costaba enfocar bien las cosas a causa de la doble visión que de vez en cuando le afectaba al ojo lesionado. Xena volvió a darse la vuelta para informar, agarrándose de nuevo a Gabrielle con todas sus fuerzas.

—Creo que sí —respondió a voces en el oído de Gabrielle, dejándola casi sorda de paso.

A Gabrielle le martilleaba el corazón en el pecho. La débil esperanza de huir fácilmente se desvaneció.

—¡Muchas gracias, colega! —le gritó a Gruñón con sarcasmo.

—De nada —contestó Xena con el mismo volumen.

—¡Hablaba con Gruñón! —le gritó Gabrielle, todavía encogida por el ruido.

Se dirigió al camino más liso: parecía lo más adecuado, si iban a intentar correr más que su perseguidor.

Viaja más ligero que nosotras, pensó. Nos va a alcanzar.

Gabrielle alargó la mano izquierda y sacó el bien envuelto chakram de Xena de las cinchas del castillo.

Si voy a morir, caeré luchando.

Quitó las envolturas de tela del arma circular y se lo puso en el fajín. Xena volvió a girarse para mirar atrás y esta vez vio una clara figura que corría tras ellas.

—¡Ya lo veo! —anunció casi con orgullo.


Ketaar parpadeaba por las grandes nubes de arena que se levantaban delante de él. No importaba, distinguía a los dos jinetes con claridad.

La pequeña tiene valor, siempre lo he dicho.

Sacó su cuchillo y se preparó para lanzarlo.

No, no estoy lo bastante cerca.

Ketaar se puso el cuchillo entre los dientes y azuzó al animal sin piedad, sin hacer caso de sus gruñidos de protesta a medida que la distancia que lo separaba de sus víctimas se iba cerrando.


Gabrielle oyó el ruido del otro galope y colocó la mano sobre el chakram que botaba contra su muslo. Se maldijo por no haber aprendido nunca a lanzarlo bien. Como mucho, Gabrielle sólo podía imitar el tipo de movimiento de Xena.

¿A quién quiero engañar? Esta cosa forma parte de su brazo.

De repente, tiró de las riendas hacia la derecha, apartando a Gruñón de unas rocas grandes; algo llegó volando bajo hasta ellas y atravesó uno de los odres de agua más voluminosos junto a la pierna de Xena. El líquido transparente salió disparado mojándolo todo a su alrededor. Xena arrancó el objeto del recipiente desinflado y lo sujetó ante la cara de Gabrielle.

—¡Eh, señora, mira! Mira lo que nos ha tirado.

Gabrielle le quitó inmediatamente a Xena el cuchillo de la mano y se lo puso al cinto.

—Es un cuchillo, Xena, quiere hacernos daño.

Ketaar colocó su camello junto al de ellas e intentó agarrar las riendas. Xena le dio una patada, alcanzándolo en la mandíbula, lo cual hizo que perdiera terreno.

—¡TE ATRAPARÉ! —gritó, amenazando a Xena con el puño.

En cierto modo, tenía razón, ya no iban tan rápido como antes. Gruñón empezaba a cansarse por el terrible galope y Ketaar se acercaba deprisa.

—¡VAMOS, VAMOS, NO TE RINDAS AHORA, POR FAVOR! —gritó Gabrielle frenética al debilitado animal.

No sirvió de nada: el pobre había gastado sus últimas reservas de velocidad y apenas trotaba. Gabrielle se soltó a toda prisa el fajín, cogió el chakram y trató desesperadamente de apuntar a su atacante.

—¡AGÁCHATE, XENA!

Xena puso una mano tranquila sobre la de Gabrielle.

—Déjamelo a mí —dijo con media sonrisa y le quitó el arma a su amiga.

Con el pelo suelto y revuelto por una fuerte brisa, se giró velozmente, sujetando con firmeza el conocido anillo en la postura de combate que Gabrielle creía que nunca volvería a ver. Xena cerró el ojo malo y lanzó la reluciente arma con un feroz y fluido movimiento hacia Ketaar. Giró por el aire, cortando limpiamente la gruesa banda que sujetaba el castillo de su camello, y luego trazó un arco elevado para regresar sin problemas a su mano.

Ketaar se cayó de lado del galopante animal, aterrizando con fuerza en medio de una nube de arena. Rodó una o dos veces y se detuvo de bruces entre unos arbustos. Xena y Gabrielle vieron que estaba quieto, pero no se quedaron para interesarse por su estado de salud: se fueron trotando sin perder tiempo para alejarse todo lo posible.


Su animal liberado siguió corriendo para acabar deteniéndose a bastante distancia de su amo caído. Ketaar sacudió la cabeza y miró a su alrededor. Le extrañaba no sentir el menor dolor tras desmontar de forma tan inesperada.

Qué tonto, pensó divertido. Mira que dejarme pillar por sorpresa. No volverá a pasar.

Ketaar quería levantarse, pero el deseo de quedarse allí tumbado era abrumador. No había motivo para correr, tenía tiempo de sobra para reparar el daño de su castillo y luego emprendería de nuevo la caza.

—¡Ja! Corred todo lo que queráis, no podéis escapar de mí —masculló Ketaar mientras intentaba moverse—. Os atraparé y cuando lo haga...

Se detuvo a media frase: no sentía las piernas.


—¿Xena?

—¿Sí, señora?

Xena había vuelto a su posición, agarrada a Gabrielle mientras Gruñón corría por las bajas dunas de arena.

—Has estado maravillosa.

—¿En serio? —preguntó tímidamente con su vocecita aguda.

—En serio.

Gabrielle agarró una de las manos que Xena tenía apretadas alrededor de su cintura.

—¿Sabes qué? —preguntó Xena muy contenta.

—¿Qué, cariño?

Xena acercó la nariz a la oreja de Gabrielle.

—Tengo hambre.

Gabrielle estalló en alegres carcajadas, apretando contra ella las manos de Xena.


Ya era por la tarde y sólo había conseguido arrastrar la inútil parte inferior de su cuerpo un corto trecho. Dado que llevaba horas en ello, Ketaar descansó un rato apoyado en los codos. Estaba seguro de que se trataba de un estado temporal: recuperaría la sensibilidad y volvería a ponerse en camino.

A lo lejos y a la derecha apareció una tribu nómada. Ketaar tuvo la presencia de ánimo de quitarse el turbante y lo usó para hacerles señales. Estas bandas nómadas siempre eran acogedoras con los viajeros solitarios que tenían problemas. Por desgracia, tenía que considerarse uno de los que necesitaban su ayuda.

—¡Aquí, buena gente! —gritó con sus mejores modales.

Dos hombres del pequeño grupo se acercaron corriendo para ayudar al caballero de pelo claro que yacía en el camino.

—¿Te has hecho daño? —preguntó uno de los jóvenes.

—Las piernas, no puedo andar.

El joven hizo un gesto a su compañero y los dos procedieron a levantar a Ketaar y llevarlo hasta la caravana que aguardaba. Después de depositarlo sobre una cómoda alfombra, una de las mujeres destapó una cantimplora y le sujetó la cabeza mientras le daba un poco del fresco líquido. Su marido estaba a su lado mirando en silencio.

—Soy Alaran. Mi mujer te cuidará bien.

—Gracias por ayudarme. Quedo endeudado con vosotros.

Alaran miró al hombre con extrañeza, preguntándose por qué no le devolvía la cortesía de decirle su nombre, y siguió haciéndole preguntas.

—Hemos encontrado un camello suelto no muy lejos de aquí. ¿Es tuyo?

—Sí, es mío. Las cinchas... eeeh... se soltaron al galopar y yo me he quedado como me veis.

—Dices que no puedes andar. ¿Te importa que te examine mi mujer?

—Lo agradecería, querido amigo.

Alaran echó hacia delante la cabeza al oír la última frase. Algo conocido en la entonación del desconocido hizo que se le pusiera el pelo de la nuca de punta. Su mujer colocó con cuidado a Ketaar de lado y le tocó la espalda aquí y allá. Él se agitó con uno de sus "golpecitos". Ella lo volvió a dejar boca arriba y se acercó a Alaran para susurrarle algo al oído.

—Mi mujer me dice que no tienes nada que temer, es un mal pasajero provocado por la caída.

Ketaar apretó la mandíbula. No sabía cuánto tiempo podría soportar a esta gente y sus irritantes preguntas.

—Tengo unos negocios de los que ocuparme. ¿Cuándo me libraré de este estado?

La mujer de Alaran volvió a susurrarle al oído.

—Dos días más.

Ketaar sonrió. Sus dientes puntiagudos relucieron muy blancos en contraste con la piel bronceada de su cara.

—Lástima —dijo—. Bueno, no se puede evitar. Tendré que ocuparme de mi propiedad en otro momento.

Alaran dio una palmada.

—¡Claro! —dijo, acercándose a Ketaar—. ¡Tú eres la escoria que me vendió como esclavo!

Ketaar empezó a meterse la mano en la manga, pero de repente se dio cuenta de que su querida arma estaba en posesión de otra persona.

—No soy ése de quien hablas, amigo —dijo, intentando recuperarse tras ser reconocido por una antigua "propiedad".

—¿Sabes cuántos años tardé en volver con mi familia? —dijo Alaran sin hacer el menor caso de la negativa de Ketaar—. No, claro que no. ¿Por qué iba a importarle a un cretino miserable y desalmado como tú?

Ketaar suspiró. Lo habían pillado, y por mucho que protestara no habría manera de convencer a este hombre de lo contrario.

—Pues muy bien, sí, yo soy ese hombre.

Todos los miembros del grupo habían detenido sus actividades y se habían puesto alrededor para escuchar.

—Estoy dispuesto a pagar una retribución —dijo Ketaar, mirando tenso al pequeño grupo.

—Ya he pensado en la cantidad —declaró Alaran con frialdad—. Tu vida.

—¿Mi vida? Es una pobre compensación. Una vez muerto, ¿qué tendrás? Nada.

Alaran sonrió a su familia y luego a Ketaar.

—Tendré la satisfacción de saber que nadie volverá a sufrir por tu culpa.

—Pues hazlo deprisa, estúpido —dijo Ketaar con desprecio—. No quiero morir de aburrimiento.

—No, amigo mío, te garantizo que no te aburrirás.


¿Hacia Damasco?
De esto no estaba segura.
Las aflicciones de Xena
No necesitaban cura.
—G—

Empezaba a atardecer y apenas habían hablado en todo el día, intercambiando tan sólo unas pocas palabras para pasarse comida o agua la una a la otra. Gabrielle estaba muy inquieta por Ketaar y eso la tenía muy preocupada. No sabía si lo habían burlado por completo o si sólo le habían causado un leve inconveniente, y su mente daba vueltas a la noche que se acercaba.

No se movía, razonó Gabrielle en silencio. Puede que sólo sea cuestión de tiempo antes de que vuelva a perseguirnos.

Gabrielle no quería pasar otra noche en el desierto sin una buena hoguera cerca, pero encenderla les haría correr demasiado peligro. Xena parecía capaz de soportar las molestias muy bien. Últimamente lo único que la alteraba de verdad era quedarse sola en la oscuridad. Incluso con sus recién adquiridas desventajas, la "dureza" de Xena seguía siendo evidente, y Gabrielle necesitaba sacar fuerzas de ella desesperadamente.

Después de organizar el campamento, Gabrielle sacó el frasquito de ungüento y le aplicó a Xena un poco en la cara con mucho cuidado. Las contusiones casi habían desaparecido, sólo tenía unos ligeros cardenales aquí y allá, apenas visibles. El ojo era otra historia. Seguía inyectado en sangre y dándole problemas. El jabón que Xena se había metido en él el día anterior tampoco ayudaba mucho.

Xena estaba sentada apaciblemente, aunque Gabrielle percibía que estaba dándole vueltas a algo. Una expresión de total desconcierto inundaba sus facciones.

—¿Gabrielle?

Una vez más, Xena volvió a su fascinante versión de lucidez. Sin embargo, Gabrielle había decidido que era mejor no pensar mucho en esta novedad que tenía lugar desde la noche anterior.

—¿Sí, Xena?

—¿Dónde está mi espada? —preguntó, frunciendo el ceño.

Gabrielle se quedó totalmente petrificada por esta pregunta y se quedó sentada un momento con la boca abierta, tratando en vano de recuperar el equilibrio.

—¿Perdona?

—¿La he perdido en un combate?

Xena miró a su amiga, esperando una respuesta pacientemente. Al ver que no se la iba a dar, se levantó y se puso a hurgar entre las cosas buscándola. Con creciente incredulidad, Gabrielle la miró mientras se movía.

—Estooo... no, te la quitaron... bueno, eso y todo lo demás... salvo el chakram, eso todavía lo tienes —consiguió decir con voz ahogada.

Gabrielle estudió discretamente la reacción de Xena.

—¿En serio? No lo recuerdo.

Xena volvió a sentarse junto a Gabrielle y examinó el atuendo extranjero que llevaba como si no lo hubiera visto en su vida.

—Esta ropa es interesante. No sé si me gusta. Pero a ti te queda bien.

Xena dejó de hablar. Se quedó en tranquilo reposo junto a Gabrielle, con las rodillas pegadas a la barbilla, contemplando el paisaje que se extendía más allá de su humilde campamento. Pasaron unos minutos. Gabrielle deseaba tanto creer que Xena había vuelto, la Xena que conocía. Su emoción contenida no se dejaba ver ni tan siquiera en un ligero temblor superficial: temía abrumar a su amiga y se la guardó.

Xena volvió entonces su tranquila mirada hacia Gabrielle.

—Gabrielle, ¿dónde estamos? —dijo con su tono natural.

Ésta era la Xena que tanto tiempo llevaba esperando y que irradiaba de esos ojos azules tan, tan hermosos.

—Xena...

Gabrielle se llevó la mano a la boca esforzándose por evitar que todas las emociones reprimidas se derramaran de golpe. Xena respondió de inmediato a la angustia de su amiga y la abrazó con preocupación.

—Está bien, cariño —murmuró Xena, intentando reconfortarla.

¿Cariño?, pensó Xena. ¡Nunca la llamo cariño! ¿De dónde ha salido eso?

—Xena, no estoy triste —dijo Gabrielle sorbiendo, y sonrió a su amiga perdida durante tanto tiempo—. Es que has vuelto, ¿no te das cuenta?

Desconcertada, Xena miró a Gabrielle a la cara, intentando comprender su extraño comportamiento.

—¿De qué estás hablando? Gabrielle, ¿qué ocurre?

Gabrielle tomó aliento con fuerza.

—Todo empezó con la guerra...

—¿Guerra? ¿Qué guerra?

—La guerra de Jerusalén. —Xena parecía más confusa—. ¿No recuerdas haber luchado contra el ejército de Pompeyo?

—No.

—¿El accidente?

—No.

—¿Cuando te capturaron los hombres de Ketaar? ¿Cuando te vendieron en Bagdad?

Xena se esforzó por recodar estas cosas.

—No. —Miró un momento a su alrededor—. Está oscureciendo. ¿No deberíamos encender una hoguera?

Gabrielle le explicó a Xena por qué no debían hacerlo y a Xena no pareció preocuparle.

—No tengo intención de pasar la noche sin una hoguera. Si este sujeto decide hacernos una visita, estaré preparada para recibirlo.

Se levantó y se puso a recoger todo lo que encontró que se podía quemar y luego hizo una gran pila con todo ello. Gabrielle encontró la nueva "caja" de pedernal que habían comprado en Bagdad y se la pasó a Xena.

—¡Esto está mejor! —dijo ésta después de prender el incendio improvisado.

Entonces extendió su manta más cerca del fuego y se acomodó. Gabrielle no sabía muy bien si montar su cama junto a Xena. De repente había vuelto a comportarse sin pretensiones con su amiga, y puso sus cosas a un lado.

—He oído hablar mucho de Bagdad —empezó Xena despacio—. Dices que hemos estado allí, pero no lo recuerdo en absoluto.

Era evidente que la estaba invitando a hablar. Gabrielle trasladó su manta y se sentó al lado de Xena.

—¿Recuerdas algo, Xena? ¿Lo más mínimo?

—La verdad es que no. Sólo imágenes fugaces, se me escapan antes de que pueda atraparlas. Te recuerdo a ti, sé quién soy... eso es todo.

Gabrielle la rodeó con un brazo.

—Te han pasado tantas cosas, cari... Xena. Ya lo irás recordando todo, ya lo verás.

La palabra que casi había soltado pasó desapercibida, para gran alivio de Gabrielle.

—Me siento tan rara. ¿Y si no recupero nunca los recuerdos? Viviré sólo como media persona.

—Si eso es lo que las Parcas tienen planeado para ti, entonces le haremos frente juntas.

Se quedaron sentadas largo rato, sin decir palabra. Xena fue la que rompió el silencio.

—Me parece recordar vagamente haberte cantado —dijo sonriendo—. ¿Es cierto?

Gabrielle se retorció las manos, recordando esa ocasión demasiado bien.

—Sí... es cierto.

—¡Ja! Deberías habérmelo impedido.

Xena apartó la mirada, al tiempo que la sonrisa divertida desaparecía de sus labios.

—Gabrielle, tengo... tanto miedo.

Gabrielle la estrechó en un cálido abrazo y la meció suavemente como lo había hecho cuando Xena tenía la mente de una niña. Entonces volvió rápidamente a la realidad: recordó que a esta valiente guerrera no le agradaban las muestras de afecto prolongadas, de modo que empezó a apartarse, pero Xena no quiso soltarla.

—Por favor, abrázame un poco más —dijo Xena con un hilo de voz—. Ya sé que preferirías no hacerlo...

—¿Qué? Oh, por los dioses, Xena, no se me ocurre nada que desee más en este mundo. —Gabrielle se detuvo, pensando que había ido demasiado lejos—. Quiero decir, como eres mi mejor amiga y eso... pues... que te quiero.

—Yo te quiero tanto, Gabrielle. —Xena se apartó un poco y luego apretó sus labios contra los de Gabrielle y la besó. Gabrielle se sobresaltó y dejó que Xena la volviera a besar en los labios.

¿Era posible... había músicos callejeros tocando a lo lejos?

—¿Oyes música? —preguntó Gabrielle como en un sueño.

Xena sonrió contemplando la bella cara de su amiga.

—Sí, debe de salir de mi corazón.

Gabrielle guió dulcemente a Xena para que sus labios volvieran a encontrarse una vez más.

No había luna, como había esperado, pero había estrellas en el cielo nocturno y cumplieron su cometido... con gran perfección.


Hasta aquí llega la historia, ¿pero he terminado?
Queda aún un misterio
Y luego todo habrá acabado.
—G—

Una pequeña caravana de prisioneros avanzaba por la orilla del Éufrates al mando de dos hombres que se parecían en todo menos en el temperamento.

—¿Qué es eso?

Mohod había visto algo en la orilla pantanosa a cierta distancia.

—Espera aquí, voy a investigar —contestó su gemelo Marduk.

Puso a su camello al galope y llegó al lugar donde esa cosa extraña sobresalía tres cuartas partes del barro. Marduk desmontó y se adentró todo lo que pudo en el pantano sin hundirse hasta las rodillas en el fango. Tenía forma de hombre, fuera lo que fuese. Parecía una estatua de cerámica en posición sentada y tumbada de lado.

—Mmmmm —dijo Marduk en voz baja—. No me extraña que lo hayan dejado aquí. El artista no es muy bueno.

Dio unos golpecitos con el nudillo en los rasgos informes de la cara. No produjo un ruido hueco como esperaba y esto despertó la curiosidad de Marduk. Con el mango de su cuchillo, golpeó con más fuerza la cabeza de terracota. Se desprendió un gran trozo, revelando carne quemada, unos puntiagudos dientes blancos y un horrible hedor. Marduk, horrorizado, se echó hacia atrás de un salto, tapándose la nariz con un pañuelo.

Mohod había atado las patas delanteras de los tres camellos por si alguno de los prisioneros intentaba escapar y se reunió con su hermano en la orilla.

—¿Es algo que podamos usar? —preguntó Mohod, y luego se detuvo en seco.

—En absoluto —respondió Marduk mientras se apartaba aún más de aquella monstruosidad.

—Bueno, parece que no debemos esperar que el amigo Ketaar se reúna con nosotros, ¿eh? —comentó su hermano sardónicamente.

Lo que había debajo de la gruesa costra de cerámica era Ketaar, bien cocido.

—Una vez más, haces gala de tu capacidad para señalar lo evidente, Mohod. Debe de haber muerto hace semanas.

—¿Debemos considerar esto como una señal, hermano?

—Sí, eso mismo creo yo. Desata a los prisioneros y dales todas nuestras provisiones. Tú y yo haremos a pie el resto del camino hasta Bagdad.

Mohod asintió, regresó corriendo a la caravana con el camello de Marduk y se puso a desatar a los prisioneros. Los cinco cautivos se lo quedaron mirando con desconfianza.

—No temáis, sois libres, quedaos con todo. Es la voluntad de Alá.

Uno de los prisioneros varones tradujo para los demás y todos se quedaron pasmados un momento antes de correr a los cuatro animales sueltos y alejarse al trote en dirección opuesta.

—Bueno, Marduk —le dijo Mohod a su gemelo—. Tenemos un largo camino por delante. ¿Nos ponemos en marcha?

—Por supuesto —dijo Marduk, colgándose una gran cantimplora del hombro y sonriendo—. Por supuesto.


FIN


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