PARTE 2


La multitud pareció quedarse atónita unos momentos y luego empezaron a oírse risas sueltas. Xena miraba al gentío con los ojos muy redondos, maravillados e inocentes.

—¿Qué se supone que es? —empezó un gamberro de delante.

—Sí, parece una buscona con toda esa pintura —gritó otro.

—Debe de ser feísima debajo de todo eso —dijo un adolescente jaranero saltando al estrado.

Se llevó medio maquillaje con la manga, revelando el lado machacado de la cara de Xena antes de que lo echaran.

Una figura solitaria se abría paso apresuradamente entre la ruidosa multitud.

—¡A mí me parece como boba! Eh, estúpida, ¿qué día es hoy?

—¡Por favor, por favor, calmaos! —Rhasis intentó detener la oleada de insultos que caía sobre su propiedad—. ¡Intentemos comportarnos como seres humanos civilizados!

Una mano ágil lo agarró de la muñeca y le puso tres monedas de oro en la palma sudorosa. El desconocido subió entonces al estrado, cortó las ataduras de Xena y se apresuró a alejarla de esta dolorosa humillación.

¡Rhasis no daba crédito a sus ojos! Era mucho más de lo que había soñado que conseguiría por ella.

—Gracias por tu visita... esto... señor, ¿o es señora? ¡No dudes en volver! —le gritó al silencioso cliente.

Rhasis se guardó al instante las monedas de oro. No era probable que fuera a revelarle a Ketaar la auténtica suma que había recibido.


El cliente encapuchado caminaba a buen paso por una calle congestionada tras otra, llevando a Xena al trote. Dando la vuelta a una esquina, la metió de un empujón en un hueco en sombras. Protegida momentáneamente por el cuerpo de esta persona más pequeña, apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento pues casi en el mismo instante Xena se encontró en un amoroso abrazo con una cabeza firmemente apoyada en su hombro. Se quedó rígida en este abrazo durante un momento hasta que una voz ahogada por el llanto la llamó por un nombre familiar.

—Te he echado de menos... tantísimo, Xena.

Xena echó hacia atrás la capucha y el turbante, descubriendo una cascada de suave pelo rubio.

—¿Señora? —consiguió decir a duras penas.

—Sí, cariño... ¡soy yo!

Xena se dejó caer al suelo hecha un mar de lágrimas. Gabrielle se arrodilló y estrechó suavemente a su querida amiga entre sus brazos protectores.

—Te marchaste —dijo Xena con un tono casi inaudible—, muy lejos... sin mí.

Gabrielle levantó la cara a Xena para mirarla a los hermosos ojos azules y se puso a limpiar la pintura corrida con el borde de su túnica.

—No quería dejarte, Xena. Me llevaron en contra de mi voluntad.

Los golpes rojos y amoratados que le cubrían la mejilla se fueron haciendo totalmente visibles a medida que quitaba la sustancia blancuzca. Xena no entendía nada bien lo que acababa de oír y se esforzó por encontrarle un sentido.

—¿Te quedarás ahora?

Gabrielle la besó delicadamente en la mejilla dañada.

—Sí, cariño, me quedo aquí a tu lado.

Xena sonrió y llena de alegría rodeó a Gabrielle con los brazos, estrechándola con cierto exceso. Pero a Gabrielle no le importó, había recuperado a su amiga, aunque sólo fuera de cuerpo, y eso era lo único que importaba de verdad. Xena la soltó y se quedó sentada en silencio mientras los restos del maquillaje desaparecían por completo.

Gabrielle se puso de pie y ayudó a Xena a levantarse.

—Vamos a buscar algo de comer. Me muero de hambre.

Regresaron caminando cogidas de la mano a la calle principal y desaparecieron entre la masa agobiante formada por los ajetreados ciudadanos de Bagdad.


"A veces el remedio
Es peor que la enfermedad"
—Anónimo—

Era asombroso cuántas tiendas diferentes y vendedores callejeros se encontraban pegados en una sola calle. Ropa, fruta, chucherías, especias... ¡tantas cosas! Los numerosos aromas exquisitos que salían de ollas abiertas y la múltiple variedad de delicadezas precocinadas propias del lugar eran demasiado apetecibles para dejarlos pasar.

Xena estaba más interesada en lo que ofrecía el vendedor de joyas. Los relucientes collares que colgaban del muestrario la tenían hechizada.

—¡Bonito! —exclamó emocionada.

—Espérame aquí, Xena, ahora mismo vuelvo, ¿vale?

Xena asintió distraída.

Gabrielle no tardó en regresar con un montón de manjares distintos. Se dirigieron a una calle lateral más tranquila y encontraron un lugar agradable para sentarse y abrir los pequeños paquetes de comida envuelta en delgado pergamino marrón. Xena probó todo lo que había a la vista, cada bocado más delicioso que el anterior. Gabrielle se mantuvo a su altura: tras el episodio de la serpiente del desierto, esto era como el banquete de un rey.

Cuando terminaron, le limpió a Xena la cara y las manos y luego empaquetó las sobras para más tarde.

Se quedaron sentadas en silencio un rato. Xena, que tenía la cabeza apoyada cómodamente en el regazo de Gabrielle, no tardó en quedarse dormida. Gabrielle acarició despacio el pelo de Xena y se preguntó si algún día volvería a su ser. Esta versión infantil era entrañable, pero Gabrielle habría dado lo que fuera por un buena mirada de soslayo con ceja alzada de la antigua Xena.

—Tengo que hacer algo para ayudarte —susurró—, ¿pero el qué?

Esos moratones que tenía en la cara tampoco tenían buen aspecto y Gabrielle temía que pudiera haber una fractura. Lo único que se podía hacer era encontrar a algún médico.

—¿Cariño? —Acarició suavemente el brazo de su amiga.

Xena abrió los ojos y se fijó en la cara preocupada que la miraba desde arriba. Sonrió, se llevó la mano de Gabrielle a los labios y la besó con cariño.

—Esto... tenemos que ir a que te pongan bien —dijo Gabrielle con tono muy confuso.

Todavía le costaba adaptarse a las sorprendentes muestras de afecto de Xena.

—Te quiero, señora —afirmó Xena con su habitual voz de niña, y volvió a besarle la mano.

—Yo... mm... también te quiero, Xena.

Gabrielle sintió que el rubor que ya tenía en las mejillas se sonrojaba más. Salió con cuidado de debajo de la cabeza de Xena y se puso de pie. Xena se sentó y miró a su pequeña amiga con curiosidad.

—¿Estás enfadada conmigo?

—No, Xena. Deja que te ayude a levantarte, es hora de irse.

Gabrielle alargó las manos para que se las cogiera Xena. Ésta suspiró y se levantó con ayuda de su amiga.

—Estás rara —dijo frunciendo el ceño.

—Estoy bien. Vámonos.

Gabrielle cogió a Xena del brazo y se dirigió a la puerta principal. Si Tytus seguía allí, tal vez podría ayudarla a encontrar ayuda médica.


En el otro extremo de la ciudad, Ketaar estaba consumiendo su tercera copa en una posada. Acababa de ajustar cuentas con los gemelos y éstos ya se habían ido para recoger otro cupo de "ganado" inocente para vender en el mercado.

—Qué suerte ha tenido Mohod de que no le haya cortado esa garganta arrogante —masculló Ketaar, borracho, por lo bajo.

Estaba a punto de levantar el vaso para llevárselo a los labios cuando una fuerte palmada aterrizó en su espalda echándolo hacia delante.

—¡Mira quién está aquí sentado tan tranquilo bebiendo solo!

Su bebida salpicó la mesa delante de él. Furioso, Ketaar se sacó el cuchillo y se dio la vuelta.

—¡Eh! No querrás matar a un viejo amigo, ¿verdad?

Ketaar sonrió y guardó el arma. Efectivamente, era un viejo amigo al que hacía mucho tiempo que no veía.

—¡Ghazi! ¡Querido amigo, casi has perdido la vida!

—¡Ah, sí, siempre de mal humor, eh! ¿Por qué estás solo? ¡Yo creía que querrías celebrarlo!

—¿Celebrarlo? ¿Celebrar el qué?

Hacía semanas que Ketaar no bebía gran cosa, y la cabeza le giraba un poco.

—Vaya... ¡pues tu gran hallazgo, por supuesto!

—Habla claro, Ghazi, que no te sigo.

—¡Ja! ¡Qué modesto! Hablo de Xena, brillante amigo mío. ¡De tu captura de la famosa guerrera! —declaró Ghazi con orgullo dándole palmaditas en el hombro a Ketaar—. Dime, ¿cómo lo hiciste?


No fue difícil localizar a los dos niños: corrían enérgicamente de acá para allá con sus tiritas de brillante tela naranja, metiendo en establos a los camellos de nuevos clientes.

—¡Tytus! —lo llamó Gabrielle.

Tytus se detuvo a media zancada y corrió hasta ella un poco jadeante.

—¡La señorita extranjera! ¿Quieres tu animal?

—Todavía no. Te necesito para una importante misión.

Él abrió mucho los ojos lleno de curiosidad.

—Necesito un sanador para mi amiga. —Gabrielle señaló a Xena—. ¿Puedes llevarme a uno?

Tytus miró a Xena; ésta se movía nerviosa cambiando el peso de un pie a otro.

—Qué lástima —dijo observando su cara lesionada—. Os ayudaré.

Corrió hasta Amir, habló con él un momento y regresó.

—Ya estoy. Venid conmigo.

Tytus cogió a Gabrielle de la mano y volvió a cruzar las imponentes puertas con las dos mujeres, adentrándose en la animada ciudad.


—¿Xena? Yo no he capturado a Xena.

Ketaar se bebió lo que le quedaba en el vaso e hizo un gesto al tabernero para que le pusiera otra copa.

—Amigo mío, yo debería saber lo que vi en la subasta esta tarde. Supongo que una presa como ésa debe de ser como alcanzar la meta que uno se ha propuesto en la vida. Pero anímate, todavía quedan peces más gordos por pescar.

—No dices más que memeces, Ghazi. Lo que viste era una retrasada indigna de la ropa que la cubría.

Ketaar se retorció entonces en una serie de crípticas risotadas. Ghazi puso una mano encima de su vaso para impedirle tomar otro trago.

—La mujer estaba convertida en una imbécil, es cierto, y ese necio de Rhasis le pintó la cara para disimular una paliza, pero no puedes decirme que ésa no era Xena.

—Te equivocas.

—Luché en el lado equivocado de su espada en Anfípolis hace muchos años. No me equivoco.

Lentamente empezó a hacerse a la horrible idea de que había dejado que se le escapara una oportunidad muy ventajosa de entre los dedos. Todas las pequeñas imágenes borrosas se hicieron más claras.

—¡CLARO, LA ARMADURA! ¡LA QUE CABALGABA EN LA TORMENTA! ¡YO SOY EL IMBÉCIL! —gritó Ketaar—. ¿QUIÉN LA COMPRÓ?

—Tienes que calmarte —instó Ghazi a Ketaar—. El comprador ya hace tiempo que se ha marchado.

—¿QUIÉN LA COMPRÓ?

Ketaar sacó el cuchillo y apuntó con él a su amigo. Entonces un dolor terrible le atravesó la nuca. Hizo un intento inútil de levantarse de la silla, tropezando torpemente. Ghazi agarró a Ketaar para evitar que se cayera.

—Esos ataques te están matando, viejo amigo. ¿Por qué no te ocupas de eso y te olvidas de esta pérdida?

Ketaar bajó la voz y dejó caer el cuchillo.

—Por favor, debo saberlo... ¿quién la compró?

—No le vi la cara, pero el cliente era pequeño de estatura, casi como...

—¡Una mujer! —completó Ketaar la frase por él.


—Éste es el sitio —anunció Tytus de repente.

Gabrielle escudriñó con cierta desazón la decrépita escalera de piedra que llevaba al exterior de un edificio ruinoso. Sin hacer caso de lo evidente, Tytus saltó a lo alto del rellano y les hizo un gesto para que lo siguieran.

—Ésta no es precisamente la forma en que me gustaría morir —dijo Gabrielle mientras subía con cuidado por los escalones rotos.

Xena se apretó contra la pared, siguiendo a Gabrielle lo más cerca posible.

—Hagas lo que hagas, Xena, no mires abajo.

—¿Por qué? —preguntó Xena con voz insegura.

—Porque yo acabo de hacerlo y desearía no haberlo hecho.

Cuando llegaron al rellano, Tytus aguardaba pacientemente.

—Tabari está dentro. Os está esperando.

Había frascos de todo tipo y tamaño alineados a lo largo de las paredes y unas grandes urnas llenaban el limitado espacio que quedaba en el suelo. Gabrielle y Xena tuvieron que atravesar un camino de obstáculos para llegar a la mesa de exploraciones de Tabari.

—Hola, hola, señoras, venid por aquí —les tradujo Tytus.

Tabari era un tipo interesante. Su ropa estaba limpia, pero tenía el pelo gris totalmente desordenado y de punta.

—¡Ah! Ya veo quién no se encuentra bien. Señora, siéntate —repitió Tytus en griego.

Xena miró a Gabrielle para saber qué tenía que hacer y vio que ésta asentía, diciéndole que podía sentarse. Tabari sacó una enorme lupa de joyero y se la colocó en el ojo y luego acercó una linterna de aceite encendida a la cara de Xena. Tras examinar con cuidado su ojo inyectado en sangre y la mejilla magullada, se levantó y cogió rápidamente uno de los frascos de cristal más pequeños de un estante.

—Es grave, pero por suerte no hay nada roto ni dañado para siempre. Sin embargo, puede que veas doble por ese ojo durante muchas semanas hasta que se cure. Esto es para la cara, que no se te meta en el ojo.

Tabari aplicó un poco del limpio ungüento en la herida de Xena.

—Hay otra cosa —intervino Gabrielle—. No hace mucho tuvo una mala caída y desde entonces no recuerda quién es.

La voz de Tytus siguió a la suya pocos segundos después en árabe. Tabari examinó entonces la cabeza a Xena y luego meneó la suya, emitiendo un ruido de pesadumbre.

—No puedo hacer nada por eso, lo siento. Tal vez Al-Juba os pueda ayudar.

Gabrielle se puso varias monedas pequeñas en la mano y se las ofreció y Tytus cogió dos monedas de cobre y se las entregó al hombre.

—Espero que Al-Juba pueda hacer algo por ella —dijo, dándole el frasquito a Gabrielle.

Le dijo algo a Tytus y éste asintió.

—Tenemos que ir aquí cerca. Por favor, venid conmigo.

Esta vez bajó corriendo las escaleras y esperó riendo a que las dos asustadas mujeres bajaran andando.

"Aquí cerca" resultó estar a bastantes calles de distancia. Por fin llegaron a una puerta al nivel de la calle con un cartel de una mano enorme con símbolos en la palma.

Tytus golpeó con fuerza la puerta y ésta no tardó en abrirse.

—¿Sí? ¿Qué queréis? ¡Estoy muy ocupado!

—Verás, mi amiga ha tenido un accidente y ahora no sabe quién es —explicó Gabrielle, y Tytus lo tradujo rápidamente al árabe.

—Posiblemente una bendición para su marido, sin duda —dijo el hombre con tono antipático.

Gabrielle esperó a que le llegara la traducción. No le hizo gracia.

—¿Puedes ayudarla o no?

—Ya veremos. Pasad.

Al-Juba llevó a Xena a una mesa de operaciones.

—Siéntate aquí —ordenó, y Xena obedeció.

Hizo que siguiera su dedo con los ojos sin mover la cabeza y luego le dio unos golpecitos en una rodilla y luego en un codo. Le examinó la herida de la cabeza y suspiró.

—Por el ángulo de la herida, he de suponer que no tiene inteligencia, ¿verdad? —preguntó sin andarse con rodeos.

Gabrielle sabía que el estado de su amiga se notaba de lejos, pero no le gustaba que la gente considerara estúpida a Xena.

—Ha vuelto a ser una niña —contestó Gabrielle con sequedad.

—Eso es —dijo él en voz baja—. La herida es grave. Puedo darle una mezcla de hierbas, pero existe una gran posibilidad de que tu amiga siempre esté un poco... limitada.

—Lo dices como si tuviera que rendirme —dijo Gabrielle casi llorando—. Ella es lo más importante del mundo para mí. —Se detuvo para calmarse y luego añadió—: Muy bien, dale algo y nos iremos.

Al-Juba notó el tono de voz angustiado de Gabrielle. Su preocupación por esta desdichada era admirable.

—Joven, tu amiga tiene suerte en una cosa. Tiene a alguien que la quiere.

Fabricó una nauseabunda poción con menta de piña, amapolas, zumo de hojas de muérdago y muchas otras cosas que Gabrielle no reconoció.

—Toma, bébete esto —dijo Al-Juba, pasándole a Xena un frasquito del líquido negro.

La pobre Xena intentó acercárselo varias veces a la boca, pero el horrible hedor se lo impedía. Gabrielle alargó la mano y le tapó la nariz a Xena.

—Inténtalo ahora, cariño —la instó.

Xena se bebió el espantoso elixir de un solo trago. Por un momento todo fue bien, pero luego empezó a sudar y se le puso la cara roja. Xena tuvo arcadas y se llevó las manos a la garganta. Tyrus recogió el frasquito, que se había caído, lo olió y se apartó al instante del hedor.

—¿Esto es lo que tiene que pasar?

Gabrielle abrazaba a Xena, que ahora temblaba violentamente.

—Es una reacción normal. Te prometo que no corre peligro.

Por fin empezó a calmarse y se dejó caer al suelo totalmente inconsciente.

—¿Está funcionando?

—Lo sabremos cuando la mujer despierte.


PARTE 3


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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