La vela encendida

AH-Ladis



Descargo: Xena y Gabrielle son propiedad exclusiva de MCA/UNIVERSAL y no se pretende ninguna infracción de sus derechos ni se ha llegado a ningún acuerdo económico clandestino. Aunque Argo no aparece en esta historia, me ha pedido que salude de su parte y cito: "Relincho, resoplido, relincho", fin de la cita.
Advertencia: se ha recurrido a cierto grado de violencia, pero no a la violación. Por supuesto, esto no quiere decir que sea mejor, sólo es una aclaración para los que tengáis el corazón más delicado. En esta historia hay escenas amorosas muy evidentes entre dos mujeres y por ello se deberían evitar si son ilegales en vuestro estado o si sois menores de edad, lo que sea peor.
Salid de aquí ahora en el caso de que os afecten cualquiera de las dos condiciones arriba especificadas o sufrid la ira de < insertad aquí la deidad que os parezca > Gracias a todas esas personas encantadoras que leyeron mi primera historia (y ya sabéis quiénes sois), por animarme a escribir otro fanfic de Xena.
¿Preguntas? ¿Reacciones? Enviadlas a: AHladis@aol.com

Título original: The Burning Candle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy Premio Swollen Bud


PARTE 1



Soplaba una suave brisa
Cuando el día se apagaba
Soplaba una suave brisa
Que me arrebató a mi amor
¿Para no volver a verla?
—G—

Las legiones de Pompeyo atravesaron velozmente Jerusalén. Este enorme y pesado ejército se dirigió entonces hacia el noroeste, trazando una amplia ruta hacia Damasco.

La parte principal de las fuerzas contrarias se dispersó y huyó en varias direcciones; muchos optaron por aventurarse en el desierto de Siria antes que enfrentarse al concepto romano del castigo.

Pero algunos estaban decididos a desafiar a la tiranía extranjera. Se retiraron más de ciento cincuenta kilómetros con la vana esperanza de reagruparse y aumentar sus fuerzas.

—Ha sido una batalla dura y bien realizada, pero no hemos sido derrotados en absoluto —declaró Xena desde lo alto de un risco—. Alistad a todos los aliados que tengamos en el norte. Aplastaremos al ejército de César antes de que llegue a nuestra patria. Yo voy a volver para observar sus movimientos. ¡Me reuniré pronto con vosotros para detener a estos chacales romanos de una vez por todas!

Aunque Xena se había unido tarde a la resistencia, ésta era una batalla donde las posibilidades de ganar eran escasas. Durante muchos meses hizo todo lo que estuvo en sus manos para ayudar a detener el avance de estas tropas, pero fue inútil.

Ahora parecía que nada podía interponerse tampoco en el camino de Roma hacia su triunfal conquista de toda Siria.

La escasa multitud vitoreó a Xena bajo el ardiente sol de la tarde, salvo una persona. Ésta se quedó en silencio con los brazos inertes a los costados entre la masa que gritaba contemplando a esta admirable visión de una terca comandante.

—Viajad deprisa y con cuidado —instó a su pequeño y agotado ejército de patriotas griegos tan lejos de casa—. ¡Hasta la vista!

Gabrielle sabía que era imposible convencer a su osada amiga de que no emprendiera sola esta peligrosa misión, pero ese pequeño obstáculo nunca había detenido a esta soñadora hasta ahora.

Atravesando con mucha dificultad la multitud que se estaba dispersando, Gabrielle se fue acercando a Xena, con una expresión de desaprobación en la cara.

Cuando llegó a su lado, Xena ya estaba metiendo provisiones en una alforja muy gastada.

Al ver la conocida sombra que se alargaba ante ella en el suelo, Xena tomó aliento despacio preparándose para una discusión.

—Voy a ir sola, no intentes convencerme de otra cosa —anunció Xena, levantando una mano hacia su irritada compañera—. Hay que vigilar de cerca a las tropas de César. Sólo es cuestión de tiempo hasta que den muestra de alguna debilidad.

La capacidad de Xena para adelantarse a los sermones de Gabrielle sin levantar la vista siempre había molestado a su preocupada amiga.

—Me encantaría que no descartaras lo que voy a decir antes de darme la oportunidad de hablar.

Xena se detuvo un momento en su tarea para intercambiar apenas una mirada con Gabrielle.

—Las dos sabemos lo que vas a decir, así que ¿para qué perder el tiempo?

Reanudó su tarea de aprovisionamiento.

—¿Perder el tiempo? —respondió con enfado Gabrielle, molesta, y luego se detuvo para calmarse—. Está bien —suspiró—. Sabes que no me gusta lo que planeas hacer. —Gabrielle agarró a Xena por el brazo para hacerse con su atención—. Xena, te he dicho desde el principio que ésta no es nuestra lucha.

—¿Crees que deberíamos esperar pacientemente a que los soldados de César llamen a nuestra puerta?

Se soltó limpiamente de la mano de Gabrielle.

—¿Es que siempre tienes que ser tú la que haga el trabajo sucio? ¿Por qué no ordenas a otra persona que lo haga?

Xena ató la alforja a la silla de una yegua negra como el azabache y siguió medio sin prestar atención a lo que esperaba que no se convirtiera en una de las súplicas emocionales de Gabrielle.

—Contéstame, Xena, me siento como si estuviera hablando con una pared.

Xena estaba absolutamente decidida a viajar sola. Lo último que quería era defender su decisión. Xena dejó lo que estaba haciendo y se volvió para mirar a su frustrada compañera de viajes.

—Sabes que ése no es mi estilo, Gabrielle. ¿Tenemos que volver a discutir todo esto? —dijo, cogiéndola de las manos.

Gabrielle clavó los ojos en la penetrante mirada de Xena y no dijo nada.

—Lo siento, Gabrielle. —Xena le apretó las manos con cariño—. Lo que estoy a punto de hacer podría ser decisivo para ganar esta guerra. Volveré antes de que te des cuenta.

—Lo cual en realidad quiere decir que estarás fuera durante ni se sabe cuánto tiempo. Bueno, supongo que podré mantener la vieja vela encendida en la ventana, como siempre —dijo con tono de broma, y luego añadió suavemente—: Ya te estoy echando de menos.

Xena intentó sonreír, pero no le salió bien. Se le saltaron unas pequeñas lágrimas, que amenazaron con derramarse. Rápidamente desechó el impulso de dar muestras de sentimentalismo y se inclinó para despedirse.

Gabrielle se tragó la inmensa desazón que sentía por quedarse atrás y rodeó a Xena con los brazos, estrechando a la tozuda mujer en un abrazo de despedida. Deseaba más que nada rogar que la llevara con ella, pero sabía que sería inútil pedírselo.

—Me voy a volver loca de preocupación hasta que vuelvas, lo sabes, ¿verdad? —susurró en el hombro de Xena.

—Por eso te quiero —respondió Xena, apenas capaz de hablar con un tono estable—, porque estás loca.

Apretó los labios contra el pelo dorado de Gabrielle, aspirando su dulce aroma que le llegaba con el viento, pero Gabrielle casi no tuvo tiempo de devolver las tiernas caricias de su querida compañera. Xena la soltó, dándole una palmadita en la cara antes de montarse en la silla de un ágil salto.

—Vas a estar bien sin mí, ¿verdad, Xena?

Xena se señaló rápidamente el pecho, con la palma de la mano hacia abajo para decirle adiós a Gabrielle, y apretó los flancos de la ansiosa yegua para emprender la marcha.

—No te enfrentarás tú sola al ejército de César, ¿verdad? ¡Júrame que no lo harás! —gritó Gabrielle mientras corría detrás del animal que se alejaba al trote.

Xena paró, se volvió hacia ella sonriendo y dijo:

—Lo prometo. —Y se alejó al trote por el estrecho sendero que llevaba fuera del campamento.

Gabrielle se quedó mirando a medida que la imagen de Xena se iba haciendo cada vez más pequeña hasta que sólo fue un puntito diminuto en la inmensidad del paisaje.

—Volverá —se dijo Gabrielle asintiendo—. Va a volver.


Se ha dicho, en innumerables ocasiones, que la guerra saca a la luz lo mejor del valor: desinteresados actos de sacrificio ante el fracaso más triste.

Hay quienes, por supuesto, se alimentan de la guerra: la calaña que se desliza por las esquinas a la espera de oportunidades perfectas para llevar a cabo sus malvadas acciones. Estas bandas nómadas, compuestas por criminales de todo tipo, se sienten atraídas por la pérdida y la miseria, especialmente si con ello pueden obtener un buen beneficio. Uno de estos grupos salió de su escondrijo en el desierto...

Ketaar había colocado cuidadosamente a sus hombres en un repecho por encima de uno de los pocos caminos principales que salían de la zona de guerra. Estaban esperando a cualquiera que tuviera la desgracia de pasar cerca de ellos.

—Aquí no hay gran cosa —gruñó un tipo de aspecto especialmente tosco.

—Estoy de acuerdo —dijo otro—. Por este camino no ha pasado nada en todo el día, ni siquiera una pulga.

—Estoy con ellos —dijo el tercer hombre, empezando a levantarse—. Vamos a emborracharnos.

—Muévete y morirás.

Ketaar, sonriendo agradablemente, se sacó un largo cuchillo de la manga y lo apretó contra el cuello grasiento del sorprendido caballero.

—¡¡Qué estás...!!

—Tenemos un pedido que completar, no hagas que me enfade, Diakka.

Apartó el cuchillo del cuello de Diakka, dejando en su lugar una gota perfecta de sangre.


El viento cálido soplaba salvaje revolviendo el pelo de Xena mientras el jadeante caballo galopaba a un ritmo enloquecedor. Quería acortar los muchos kilómetros que la separaban del campamento enemigo antes de que se hiciera de noche. Justo encima, se cernían unas nubes grandes y amenazadoras en el cielo. Un breve detello de rayos y luego un fuerte trueno que hizo retumbar el suelo.

La lluvia empezó a caer sobre el apresurado dúo. Xena tiró ligeramente de las riendas.

Sabía lo peligroso que era el camino cuando se mojaba y no quería convertirse en víctima de ello.

—Calma, chica, no quiero que te hagas daño, ¿eh? —dijo Xena al tiempo que le daba unas palmadas en el cuello a la jadeante yegua.

Algo pequeño y borroso salió disparado de la nada acertando hábilmente entre los ojos de su montura. El caballo se retorció relinchando de agonía y elevándose sobre las patas traseras, lo cual pilló a su jinete por sorpresa.

Xena salió disparada hacia atrás de cabeza y cayó por un empinado terraplén. Rodó sin parar, golpeándose la cabeza varias veces contra unas piedras sueltas mientras caía. Una sólida masa de espesos arbustos marrones atrapó el cuerpo aparentemente sin vida de Xena al fondo de la ladera.

Diakka corrió hasta donde había desaparecido Xena, con la honda vacía colgando descuidadamente de la mano.


—Tú eres la amiga de Xena, ¿no? ¿Volverá pronto? —preguntó un par de ojos oscuros y relucientes. Gabrielle casi dejó caer la jarra que llevaba, no por lo que había dicho la joven, sino al oír que alguien gritaba su nombre. Y sonaba... ¿Como Xena? ¿Cómo podía ser?

—¿Has oído eso? —preguntó Gabrielle, con voz casi alarmada.

—Mmm... no. ¿Qué ha sido? —preguntó la muchacha.

—Si lo hubieras oído, no tendrías que preguntarlo.

Gabrielle pasó rápidamente junto a la desconcertada chica, entregándole la jarra, y corrió fuera. El campamento provisional estaba tranquilo: todo el mundo se había puesto a cubierto para evitar el repentino chaparrón.

—¿Xena?

Corrió sin rumbo a través de la lluvia.

—¿XENA?

El agua le chorreaba por la cara, se le metía en los ojos y le empapaba la ropa.

—¡¡¿XENA?!!


—¡¡¡IDIOTA!!! —gritó Ketaar por encima del rugido de los truenos—. ¡¡¡MIRA LO QUE HAS HECHO!!!

Los cuatro asesinos miraron la figura inerte que yacía atrapada en un zarzal al pie del empinado acantilado. De vez en cuando un relámpago iluminaba la forma inmóvil.

—Se me fue la mano. Le podría pasar a cualquiera —dijo Diakka sin darle importancia.

—Sííí. —La voz de Ketaar se transformó casi en un ronroneo.

Diakka cayó al suelo ahogándose.

—¿Y ves lo que acaba de pasar? A mí también se me ha ido la mano —dijo Ketaar mientras limpiaba su cuchillo en la camisa del hombre agonizante.

Le había cortado la garganta a Diakka de oreja a oreja de un veloz tajo. Los otros dos se quedaron mirando pasmados a su camarada moribundo que se retorcía en el barro. Nervioso, uno de los hombres intervino.

—¿Quieres que recojamos a la mujer?

—¡Idiota! Mira la sangre. Si no está muerta, lo estará pronto. Mirad a ver si hay algo de valor en su alforja.

Ketaar pasó a prestar atención a la yegua negra que yacía en el camino.

—¡Imbécil! También ha matado al caballo. Odio ver morir animales innecesariamente.

Se agachó y se puso a acariciar cariñosamente el hocico de la yegua muerta y luego levantó los ojos llenos de lágrimas. El cadáver de Diakka soltó un eructo ahogado.

—¿Bhalba? —Ketaar llamó despreocupado a uno de los hombres—. Ocúpate del cuerpo de esa basura.


La lluvia se había hecho más ligera, por lo que resultaba más fácil distinguir el camino bajo una capucha empapada. Avanzaba despacio a causa de los profundos y cenagosos charcos; tenía que apoyarse pesadamente en su vara para evitar que las botas se le quedaran incrustadas en el barro.

Cuánto deseaba Gabrielle haber traído un farol o una de esas nuevas linternas cerradas de aceite que había visto en Aleppo hacía meses. Xena dijo que una cosa así era un derroche de dinero.

Nadie en su sano juicio viaja muy lejos en la oscuridad. Casi podía oír a Xena diciéndolo.

Tras haber viajado tan sólo unos pocos kilómetros inútiles y fangosos, las nubes del atardecer ya estaban empezando a oscurecer el cielo. En la ladera de la derecha, subiendo un poco, había un buen grupo de olivos con una larga losa de piedra tirada delante, suavizada por el desgaste de numerosos cuerpos de viajeros cansados. Depositó su manta sobre el frío mármol y fue en busca de madera seca para hacer una hoguera. Aquí y allá encontró algo de leña que no estaba muy húmeda y tampoco muy seca. No sería la primera vez que tendría que conformarse con un campamento lleno de humo.

Gabrielle sacó la bolsita de pedernal de su zurrón de cuero y emprendió la ardua tarea de encender ramitas mojadas. Por fin prendieron algunas. Atizó con cuidado la creciente llama, añadiendo trozos de leña cada vez más grandes hasta que obtuvo un fuego lo bastante fuerte como para soportar la húmeda noche.

Sacando algo de pan, comió, cansada y preocupada, mientras contemplaba la vacilante hoguera amarilla.

—Debo de estar loca —dijo poniéndose en pie y paseando de un lado a otro—. Xena se va a creer que estoy ida del todo, por seguirla así. Y tendría razón. Voy a tener que darle una buena explicación.


Una oscuridad profunda y arremolinada envolvía firme como una cuerda el cuerpo de la mujer caída. Su red seductora la abrazaba.

Habían pasado horas, pero no sabía cuántas, y tampoco se molestaba en pensarlo mucho.

Los días vienen, los días se van, ¿cómo pasan? ¿Desprisa o despacio?

Viejos acertijos infantiles de tiempos pasados resonaban uno tras otro en sus oídos.

A las nueve y a las diez, todas las criaturas se ocultan a la vez...

Dos hermosos ojos se abrieron parpadeando para descubrir gotitas de agua que caían aquí y allá sobre la tierra humedecida. La mayoría caía sobre ella; otras fallaban.

El sol empezó a hacerse visible por encima del terraplén.

¡Bonito!, se dijo a sí misma.

Deslizando uno de sus brazos desde detrás de la espalda, lo alargó hacia el brillante globo amarillo, intentando agarrarlo, aunque su resplandor le daba dolor de cabeza.

—Oh —dijo Xena haciendo pucheros—. Quiero la pelotitaaa —gimoteó, esforzándose más por agarrar el brillante objeto redondo.


Gabrielle llevaba mucho tiempo caminando desde poco antes del amanecer. Avanzando por el borde del camino conseguía evitar las partes más inundadas y avanzaba más deprisa. El chapoteo de sus pisadas y el trino ocasional de algún pájaro le servían de compañía.

—Al menos Xena tiene un caballo con quien hablar —reflexionó—. Ni me imagino la conversación. —El puro absurdo la hizo reír.

De repente, distinguió una silueta oscura a lo lejos. Gabrielle estaba segura de que tenía algo que ver con Xena y corrió por el camino todo lo deprisa que le permitieron sus cansadas piernas.


Pero volví a encontrar a mi amor
Víctima, transformada
Pero la reconocí.
—G—

—¿¡Hola!? —gritó con la esperanza de que Xena, muy enfadada, se reuniera con ella con una ceja enarcada.

Entonces Gabrielle vió claramente lo que era la silueta: la yegua negra de Xena. Ahora yacía tirada en el camino... muerta. Un dolor creciente se apoderó del corazón de la poeta.

—¿Xena? —llamó.

Subiendo un poco por el camino, siguió lo que parecían varias huellas humanas y un viejo charco de sangre.

—¿Xena? —Su voz nerviosa resonaba ligeramente en el aire matutino.

Unos gemidos débiles subieron flotando desde debajo del camino. Gabrielle se acercó al borde del empinado terraplén y miró hacia abajo. Allí estaba Xena, sola al pie del abismo, tapándose los ojos con las manos.

—¡¡XENA!! —gritó frenética, tirando a un lado las cosas que llevaba, y bajó deprisa por la ladera para llegar junto a su amiga.

Mientras bajaba vio la espada y el chakram de Xena tirados a bastante distancia el uno del otro, y a Gabrielle le preocupó que Xena no hubiera intentado recuperarlos.

—¡Por los dioses, cómo me alegro de que estés bien!

Aliviada al encontrarla viva, Gabrielle estrechó llena de alegría a Xena entre sus agradecidos brazos.

—¿Estás bien? —Se apartó al instante—. Deja que te eche un vistazo. —Y apartó un poco de pelo revuelto de una herida supurante que tenía en la cabeza.

Xena estaba llena de cortes por la caída y un estrecho reguero de sangre le había resbalado desde el pelo hasta la frente. También estaba llorando, penando por algo en lo más profundo de su alma... ¿el qué?

—No la alcanzo —murmuró Xena entre sollozos.

—¿El qué, Xena, el qué no alcanzas?

Xena miró intensamente a la joven a los ojos y señaló el sol.

—¡La pelotitaaaa amarillaaaa!

Se tiró encima de la pobre y perpleja Gabrielle, hundiendo la cabeza en su hombro y sollozando a dramáticos intervalos. El extraño comportamiento de Xena le resultó algo desconcertante e intentó razonar con ella con calma.

—Espera un momento, me estás tomando el pelo, ¿verdad? ¿Crees que el sol es una pelota?

La garganta de Xena emitió más sollozos desgarrados al tiempo que agarraba a Gabrielle con más fuerza.

—Oh, no... Xena... lo dices en serio.

Apartó a Xena con cuidado y luego le cogió la cara entre las manos.

—¿Qué te ha pasado?

—Me caí —dijo Xena, con la voz ahogada y gesticulando—. ¡Me duele la cabeza!

Gabrielle reanudó su examen de la gran herida que tenía Xena en la cabeza.

—Tiene mal aspecto. —Se acordó del charco de sangre del camino—. ¿Alguien intentó tenderte una emboscada?

Xena no entendió la pregunta y siguió gimoteando. Gabrielle le limpió algunas lágrimas a su amiga y besó una mejilla húmeda. Xena se tranquilizó y levantó la mirada, sonriéndole de oreja a oreja inesperadamente.

—¿Qué? —dijo Gabrielle, devolviéndole la sonrisa dubitativamente.

—Me gustas, señora bonita —contestó su amiga guerrera con voz de niña—. ¿Quién eres?

Se quedó mirando a Xena totalmente pasmada.

—¿No sabes quién soy?

Xena movió despacio la cabeza de un lado a otro.

—Ah... vamos a ocuparnos de subirte hasta allí —dijo señalando la cima del terraplén—. Ya nos encargaremos de los nombres más tarde.

Gabrielle ayudó a Xena a levantarse, cosa que no fue tan fácil como habría querido.

—Ya estamos. Bueno, dame la mano, yo iré delante.

Pensó que primero sacaría a Xena del acantilado y luego volvería a bajar para recoger sus armas.

Xena alargó con cautela la mano para que Gabrielle se la cogiera.

—No pasa nada, cariño, no voy a dejar que te vuelva a suceder nada malo.

Se sentía tonta teniendo que tranquilizarla como a una niña pequeña, pero parecía lo adecuado por el momento. Gabrielle cogió la mano de Xena, sujetándola firmemente con la suya.

—Venga, vamos.

Subieron despacio por la ladera del terraplén que no era tan empinada, pero la subida resultó muy difícil, especialmente teniendo que hacerse cargo de una adulta confusa en plena regresión.

—Un poquito más, ya casi estamos —dijo, tirando de Xena casi todo el trayecto.

Xena se movía, como cualquier niño de dos años, con limitado éxito.

—¡¡Eeeh...!!

Perdiendo el equilibrio por un instante, Gabrielle empezó a deslizarse hacia atrás. Xena, que hasta entonces había sido inútil, agarró a su asombrada amiga por la cintura y saltó tres metros por el aire, aterrizando cómodamente en lo alto de la ladera.

—Qué divertido, señora, ¡vamos a hacerlo otra vez! —Xena se puso a dar saltitos de entusiasmo, dando palmas.

—Esto... sí, claro, tal vez más tarde —dijo Gabrielle mirando a Xena atentamente—. Ahora mismo creo que será mejor que te quitemos esas cosas tan pesadas de encima.

Soltó la vaina y la compleja armadura de la base de cuero de Xena y luego también le quitó eso. En su estado actual no parecía probable que fuera a necesitarlo de momento.

Sintiéndose con mucho menos estorbo con su ligera prenda interior, Xena se dio la vuelta llena de exuberancia y se acercó correteando al cadáver del caballo que ya estaba plagado de moscas. Se inclinó a punto de acariciarlo.

—¡NO! ¡ALTO! ¡NO HAGAS ESO!

Gabrielle soltó el equipo de combate y corrió para apartar la mano de Xena e impedir que tocara al animal putrefacto.

—¿En qué estabas pensando? —preguntó Gabrielle con severidad.

A Xena se le pusieron los ojos muy redondos. Se le inundaron de lágrimas. Al poco, su cara se torció con un ceño y se echó a llorar de nuevo.

—No te gusto —gimoteó y se alejó enfadada.

Xena se alejó un poco corriendo y se apoyó en un árbol. Gabrielle la alcanzó.

—Xena... no quería gritarte —dijo, dándole palmaditas a Xena en la espalda y sintiéndose muy rara—. Por favor, lo siento.

Xena se dio la vuelta para encontrar a Gabrielle totalmente desconcertada.

—¿Te gusto, señora? —preguntó Xena, sorbiéndose las lágrimas.

Miró a su cambiada camarada.

—Sí, me gustas mucho.

Xena inmediatamente agarró a Gabrielle, levantándola del suelo en un enorme abrazo de oso. Una vez olvidado su breve enfado, bajó a su pequeña compañera de juegos y siguió correteando como antes.

Mientras recuperaba el aliento tras haber sido estrujada con tanta fuerza, Gabrielle vio unos trozos redondos y relucientes de cuarzo esparcidos aquí y allá por el camino. Se le ocurrió una idea. Recogió unos cuantos y luego se acercó deprisa a Xena, que dejó de retozar lo suficiente para recibir las piedras rosas y amarillentas.

—¿Crees que podrás buscar más para mí?

Xena asintió rápidamente y se dedicó a explorar los alrededores. Gabrielle pensó que no había peligro en dejar sola a la trastornada mujer y volvió a bajar por la ladera para recuperar el arsenal que no había recogido.

Cuando volvió todo iba bien: Xena estaba completamente absorta recogiendo piedrecitas de colores y jugando con ellas. Gabrielle, mientras tanto, puso a buen recaudo todas las piezas de combate, asegurándose de que estaban bien ocultas.

Xena la vio y corrió hasta ella muy emocionada.

—Para ti —dijo Xena tímidamente, entregándole a Gabrielle una piedra especialmente interesante.

Era un pequeño y pulido óvalo de jaspe rojo. Su brillo opaco atrapaba el sol de la tarde revelando diminutas partículas de polvo violeta firmemente incrustadas en el centro.

—Qué bonito —dijo, dando vueltas a la piedra en la mano.

Xena se acercó un poco más y le plantó un beso apresurado a Gabrielle en la boca. Lo repentino de ese gesto de cariño la pilló totalmente por sorpresa. Echándose hacia atrás, Gabrielle se recuperó de su pérdida de equilibrio. Xena nunca había sido dada a estas impulsivas muestras de cariño. Se apresuró a guardar la bonita piedra en un escondrijo especial de su bota para conservarla.

—Esto... bueno, ahora te vamos a poner toda guapa y limpia. ¿Te gustaría? —Xena asintió sin entusiasmo mirando al suelo.

Gabrielle cogió su botiquín, que consistía en unas cuantas agujas, hilo de seda, un cuchillo y un ungüento para todo.

—Vamos a sentarnos aquí —dijo, llevándola a un viejo tocón de árbol.

Xena se sentó de mala gana, haciendo una mueca. Gabrielle empezó a separarle el pelo aquí y allá, comprobando si había alguna herida oculta. Esa raja era peor de lo que había creído en principio. Se sorprendió de que Xena no hubiera perdido la vida y no digamos más sangre de la que había perdido. Gabrielle lo dejó para lo último y limpió los demás cortes y arañazos con un poco de agua.

—Xena, tengo que coserte la herida de la cabeza. Lo siento, pero te va a doler. Puedes chillar o llorar todo lo que quieras, pero no te puedes mover.

—¿Pupa? —lloriqueó Xena.

—Sí. ¿Puedes ser una niña grande por mí? Intentaré hacerlo deprisa, ¿vale?

Xena puso firmes los hombros.

—¡No tengo miedo de nada! —dijo con voz de niña valiente al tiempo que se golpeaba el pecho con el puño.

Gabrielle sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y se volvió rápidamente para preparar las cosas que necesitaba. Primero lavó la herida concienzudamente, usó el afilado cuchillo para cortar el pelo que rodeaba la herida, preparándola para el siguiente paso, y luego enhebró una aguja.

—Vamos allá...

Preparada con el instrumento de coser en la mano, Gabrielle miró a Xena, que estaba sentada muy quieta, con la mandíbula apretada en una mueca de seriedad.

Empezó deslizando la aguja por los extremos abiertos de carne, juntándolos despacio y luego pasando el hilo, y pasó la aguja media docena de veces más hasta que la herida quedó bien cerrada. Tras limpiarla delicadamente con agua y aplicar un poco del ungüento para todo, terminó la breve operación.

—Has sido una niña muy valiente. Qué orgullosa estoy de ti.

Xena levantó los ojos para mirar la cara sonriente de su amiga. Una lágrima le resbaló por la mejilla como respuesta. Gabrielle estrechó a Xena entre sus brazos, abrazándola con fuerza.

—Mi pequeña y valiente Xena... mi pequeña y valiente Xena —repitió muy bajito.

Tras conseguir empaquetar los pesados suministros en un fardo manejable, Gabrielle se lo cargó todo a la espalda. Xena, que sólo llevaba un pequeño zurrón de cuero, iba retozando alegremente por delante mientras se alejaban del destino original de Xena.

Los pensamientos de Gabrielle eran desagradablemente oscuros mientras contemplaba a Xena correteando por el camino. Su amiga guerrera había quedado reducida a esta persona infantil que no tenía ni idea de quién era.

Se parece a ella, pero la Xena que conocía ya no existe.

Unas nubes grisáceas avanzaban desde el este, cubriendo los restos de sol en el cielo. Tras acampar y conseguir por fin acostar a Xena, que estaba muy agitada, Gabrielle se sentó sola junto a la hoguera, abrumada por las imágenes del día.

—No soporto verla comportándose como una niña desvalida. Si este embrujo en el que se encuentra no es temporal, ¿cómo podré ayudarla? —Las lágrimas que había estado aguantando acabaron liberándose.

Xena se despertó por algo que oyó en sueños. Esa señora tan amable que le había dado un beso de buenas noches estaba haciendo ruidos raros. Con cuidado, se deslizó hasta la joven rubia y se arrodilló junto a ella. Gabrielle sintió que una mano tímida le acariciaba el pelo.

—Señora buena, ¿tienes frío? —preguntó Xena casi sin aliento.

Gabrielle se irguió, secándose rápidamente las lágrimas de las mejillas.

—No, no tengo... no tengo frío —contestó, intentando controlar su voz ahogada por el llanto.

—Ooooh, señoraaa, ¿por qué lloras? ¿Pupa? —insistió inocentemente.

Gabrielle controló nuevas lágrimas que luchaban por salir y sonrió con dificultad.

—Es sólo que el corazón me duele un poco, cariño... no es nada.

—¡Yo te lo arreglo! —dijo Xena, inclinándose hacia delante y depositando besitos en diversas partes de la cara de la desolada mujer—. ¿Mejor? —preguntó sonriendo alegremente.

Esto sólo hizo que Gabrielle se volviera a derrumbar. Xena se echó hacia atrás frunciendo el ceño y contempló a esta persona tan triste pensativamente.

—¡Ya sé! —dijo de repente y luego abrazó a Gabrielle, acunando a la llorosa mujer como a una muñeca preciosa, y se puso a cantar suavemente—: Los pájaros cantaban muy alegres en el cerezo, pero mi amor suspiraba y lloraba. Cantaban sobre tierras felices y lejanas, pero mi amor sólo lloraba. "¡Qué pena! ¡Qué lágrimas tan tristes!" exclamaron los pajaritos sorprendidos. Sólo podían escuchar y bajar la cabeza, mientras mi amor suspiraba y suspiraba, mientras mi amor suspiraba y suspiraba, "Oh, llorad por mí, queridos, queridos míos, no siento dolor más grande que el que comparto con vosotros". Sólo podían escuchar a esta doncella y bajar la cabeza, mientras mi amor suspiraba suavemente, mientras mi amor suspiraba suavemente. "Seca esas lágrimas, bella doncella, no te quedes ahí sentada penando. Tu amor te quiere, no lo olvides". La tomé entre mis brazos para depositar un beso en cada ojo. Ahora mi amor nunca llora, no, mi amor nunca llora. Señora, ¿qué es un corazón? —preguntó Xena, pero Gabrielle se había quedado dormida, arrebujada cómodamente en su amable abrazo. Xena se encogió de hombros y entonó su canción una vez más, acunando despacio a la joven que dormía en sus brazos.


—Pssss... ¿señora? —pió una preocupada voz infantil.

Gabrielle se despertó cuando alguien tiró de sus mantas.

—¿Mmmmm? ¿Qué...?

Gabrielle vio a Xena mirándola nerviosa. Aunque esta Xena no se comportaba en absoluto como su antigua compañera, esos ojos seguían siendo tan extraordinarios como siempre, lo cual normalmente hacía que la pequeña poeta se sintiera un poco... intimidada.

—¿Qué ocurre?

Gabrielle, alcanzando instintivamente su vara, se levantó de un salto preparándose para el peligro.

—Tengo hambre —refunfuñó Xena mientras la miraba a través de una manta.

Bajó la vara y se acuclilló, apartando con cuidado la manta de la cara de Xena. Gabrielle no dijo nada; simplemente se la quedó mirando, algo molesta por la falsa alarma. La mujer niña sonrió débilmente, dándose cuenta a medias de que había hecho algo malo. Gabrielle se puso de pie y sacó el pan de su bolsa.

—Toma. No comas muy deprisa, está un poco seco —dijo, dándole a Xena un buen pedazo.

Xena lo devoró rápidamente y luego apartó las mantas. Gabrielle la dejó correr libremente por el campamento, pensando que ya se cansaría.

Xena no tardó en descubrir unas luciérnagas que revoloteaban en círculos fuera de su alcance.

Correteó alegremente tras ellas, riendo contenta mientras sus cuerpecitos relucientes parpadeaban en la semioscuridad.

Todos esos recuerdos terribles que la atormentaban han desaparecido. Esta Xena está completamente libre del horror. Ha sido objeto de una bendición al convertirse de repente... en una niña de nuevo.

Gabrielle contempló adormilada a esta ex comandante severa que saltaba de acá para allá intentando capturar a los pequeños insectos fosforescentes que se le escapaban.

Dos figuras informes saltaron de las sombras y se lanzaron con fuerza contra Xena, tirándola brutalmente al suelo. Su repentino grito de dolor puso en pie a Gabrielle, quien fue a agarrar su fiel vara que siempre estaba preparada.

—¿Buscas esto? —susurró Ketaar dulcemente en melódico árabe.

Gabrielle no entendía esta lengua extranjera, pero al girarse para hacer frente al intruso comprendió muy bien.

Un caballero alto y demacrado sonreía con encanto mientras daba vueltas a la vara sin esfuerzo entre los dedos. Un turbante inmaculadamente blanco enrollado a la cabeza hacía que la piel tirante que le cubría la cara huesuda pareciera más oscura de lo que era.

Le dio rápidamente la espalda y corrió a rescatar a Xena, que ahora chillaba histérica bajo la mano con que uno de sus captores le apretaba el cuello.

A medio camino, un golpe fulminante en la cabeza cortó en Gabrielle cualquier esperanza de salvar a Xena. Cayó tambaleándose de rodillas y luego se desplomó hacia delante.

—¿Veis lo que pasa cuando se hace bien? —preguntó Ketaar a sus hombres.

Se agachó para recoger la vara de Gabrielle que yacía indiferente en la tierra cerca de su cuerpo paralizado.

—Qué juguete tan útil... en manos expertas.

—¡¡¡SEÑOOOORAAAAAA!!! ¡¡¡SEÑOOORAAAAAA!!! —La voz asustada de Xena gritaba llorando una y otra vez al fondo.

—¿Alguno de vosotros quiere hacer el favor de callarla? —dijo Ketaar al tiempo que tiraba la vara de Gabrielle a un lado.

Bhalba, el más grande de los dos hombres que sujetaban a Xena, descargó su puño con fuerza contra su cráneo, cortando en seco los ensordecedores gritos. Ella se tambaleó un momento y luego se derrumbó.

—Burdo, pero eficaz —comentó Ketaar sin darle importancia—. Ponedla a ella primero en la caravana.

Registró las pocas posesiones que se habían esparcido por el campamento durante la dura pelea. Un fardo parecía especialmente interesante. Ketaar lo abrió con un cuchillo y todas las armas de Xena cayeron a sus pies.

Interesante, pensó al separar un gran objeto circular del resto. ¿Para qué les servirán estas armas a estas mujeres?

Los cómplices de Ketaar regresaron al campamento y se quedaron ante su líder esperando sus órdenes.

—Ya podéis cargar a ésta —dijo, señalando a Gabrielle y empujándola con el pie—. Yo llevaré estos objetos.

—Yo quiero a la pequeña —dijo Bhalba señalando a Gabrielle en el suelo.

Ketaar se echó a reír a carcajadas y se acercó a los dos hombres.

—Sin duda bromeas, amigo mío. Estas dos completan el cupo. No veo que aquí Tarkau pida lo imposible. Toma esto y ve a divertirte.

Ketaar entregó el chakram a Bhalba y se puso a empaquetar su botín.

—He dicho —Bhalba dio un paso hacia Ketaar—, que quiero a la pequeña.

Ketaar no era tonto. Necesitaba la fuerza increíble de Bhalba. Claro que sería más fácil cortarle el cuello...

—Querido amigo, debes atender a razones. Rhasis espera impaciente nuestra llegada. Espera que le suministremos una cantidad ya acordada. Y gracias a esta guerra le hemos podido llevar suministros con regularidad. ¿Quieres echarlo todo a perder por una chica insignificante?

—¡Quiero a la pequeña!

Ah, los misterios de la mente de un bobo, pensó divertido para sus adentros.

—Tengo una solución. ¿Qué te parece si te encargas tú de la muchachita mientras cruzamos el desierto? Será tuya hasta que lleguemos a nuestro destino acordado. ¿De acuerdo?

Ketaar ofreció su mano al bruto. Bhalba la aceptó y asintió.

—Muy bien. Prepárala, que ya casi es de día.

Bhalba y Tarkau ataron las muñecas de Gabrielle firmemente a su espalda y luego la arrastraron hasta el grupo de camellos que esperaban.


Fueron las fieras
Que acechaban en la oscuridad.
La cambiaron
Se hartaron de comer
Para volver a alimentarse; luego...
—G—

Se hundió en las más hondas profundidades de las reservas que le quedaban. Estaba a salvo donde descansaba. Un par de brazos fuertes impedía que se cayera de los altos acantilados que amenazaban con desmoronarse bajo sus adormilados pies.

Las olas se estrellaban en su cabeza. Donde debería haber habido el suave aroma del aire salino había un hedor acre y apestoso a cuerpo sucio.

Desafiando la caída imaginaria desde alturas vertiginosas, Gabrielle abrió un ojo cauto. Se encontró balanceándose de un lado a otro, sentada de lado en lo alto de un camello jadeante, aferrada con fuerza por un par de brazos de músculos de acero. El dolor que tenía en la nuca seguía el ritmo de las pisadas del animal.

Gabrielle examinó los alrededores más cercanos. Estaba claro que la huida, de momento, parecía imposible. Hasta donde le alcanzaba la vista, no les rodeaba otra cosa que arena y grava. Dos camellos más, que resoplaban con tanta fuerza como el suyo, avanzaban el uno al lado del otro guiando el camino.

¿Pero qué camino es?, se preguntó Gabrielle.

El viento continuo lo cubría todo de polvo fino. Se le metía en los ojos y por la garganta. Le resultaba sorprendente que estos hombres vieran por dónde iban.

—Disculpa... quienquiera que seas —se dirigió Gabrielle a Bhalba con cautela—. Necesito agua.

Él sacudió la cabeza y puso cara de desconcierto. Gabrielle gesticuló sin usar las manos: las tenía firmemente atadas a la espalda. Hizo como que tragaba.

—Mmmmm, agua... ya sabes, ¿glu glu?

Eso no funcionó. Frustrada, sacó la lengua y se la pasó por los labios. Nada, Bhalba la miraba sin expresión. Ella repitió el gesto.

¡Ahora parecía que lo entendía! Una gran sonrisa cubrió su cara sudorosa. Frunció los labios y la acercó hacia él.

—¡No! ¡Espera! Te equivocas... ¡noooooo!

Lo único que sus gestos consiguieron fue plantar una idea equivocada en la mente del memo. Bhalba apretó sus labios contra los de Gabrielle y la besó con fuerza. Cuando por fin la soltó, Gabrielle escupió llena de asco, intentando quitarse de la boca el sabor de su baba.

Xena estaba mucho peor. Iba sentada encadenada de pies y manos al lado derecho del castillo cargado de su animal. Tarkau montaba con Xena, pero mantenía las distancias: a fin de cuentas, ¡ya lo había mordido dos veces!

Absolutamente aterrorizada, Xena llamaba a gritos a Gabrielle. Sólo quería que la "señora buena" la estrechara entre sus brazos tranquilizadores.

Ketaar montaba solo, avanzando un poco más rápido que Tarkau para escapar de las emocionales súplicas de Xena. Los gritos incesantes le producían un gran tormento. Echándole una mirada, se preguntó cuál sería la forma mejor de ocuparse de este irritante problema.

Gabrielle apenas distinguía la silueta de Xena a través de las espesas nubes de arena revuelta, pero de vez en cuando captaba retazos de sus sollozos y sus gritos de "¡SEÑORA!" cuando cambiaba el viento. Gabrielle se temía lo peor. Sabía que no iban a aguantar mucho más todo ese estrépito.

Los dos camellos de delante se detuvieron de repente.

—¡¡SILENCIO!! —le rugió Ketaar a Xena.

Por un momento pareció que se iba a tranquilizar de puro miedo. Por desgracia, cuando Xena vio que Ketaar levantaba la mano amenazadoramente, se puso a gritar de nuevo.

Dado que su primera advertencia no había funcionado como planeaba, adoptó medidas más drásticas y le dio una brutal bofetada en la cara. La cabeza de ella se giró hacia la izquierda.

Xena, atontada por el impacto, quedó reducida a un triste gimoteo. Incluso eso era demasiado alto para él.

—¡¡QUE TE CALLES!!

Volvió a levantar el brazo para golpearla...

—¡QUIETO! —gritó Gabrielle interrumpiendo el siguiente golpe de Ketaar.

Tenía que hacer algo, cualquier cosa para desviar su atención de Xena. Con un valiente esfuerzo, Gabrielle consiguió soltarse de las zarpas de Bhalba. Se dejó caer desde el desmañado animal, aterrizando de costado, y luego rodó por la áspera grava. Con las manos firmemente atadas a la espalda, Gabrielle se puso en pie y avanzó hacia el líder de esta encantadora caravana.

—¡DEJA DE PEGARLE, CERDO!

Distraído de Xena por el momento, Ketaar contempló a Gabrielle muy divertido por sus bravatas.

—¡Ah, la muchachita! Hablas demasiado deprisa. Hace muchos años que no hablo en mi lengua materna. Habla más despacio, por favor.

Su dicción era perfecta, aunque un poco afectada. Gabrielle tomó aliento con fuerza y siseó entre dientes, enunciando despacio cada sílaba al hablar.

—¡APARTA LAS MANOS DE ELLA!

—¡Sí, sí, comprendo! Qué idioma tan cantarín, lo echo de menos. Qué amable eres por traerme agradables recuerdos de mi patria.

Su actitud daba muestras de buenos modales y una agradable expresión al desmontar del camello en el que iba. Ketaar se acercó a Gabrielle y agarró un mechón de su largo pelo dorado, enrollándoselo maliciosamente en la mano hasta que su puño chocó con su mejilla.

—Y si me vuelves a llamar cerdo, me encantará arrancarte las orejas.

Gabrielle sintió las lágrimas de dolor y rabia que le escocían en los ojos mientras se enfrentaba a este loco que sonreía maliciosamente.

Nunca permitas que el enemigo sepa lo asustada que estás. Eso te lo enseñó Xena. ¡ÚSALO!

En lugar de dar un espectáculo de llanto patético, Gabrielle forzó las comisuras de sus labios a trazar una sonrisa angelical.

—En ese caso, CERDO, ya puedes empezar —le dijo dulcemente a la cara.

Ketaar estalló al instante en alegres carcajadas. Soltó su puño del cabello rubio y empujó con fuerza a Gabrielle hacia atrás. Ella se tambaleó unos metros y cayó al suelo con un leve golpe.

—¡Ja! Tu aplomo me deslumbra, muchachita.

Gabrielle se puso en pie con dolor, pero mantuvo la dulce sonrisa pegada a los labios. ¿Debería intentar razonar con él? Tal vez fuera el momento de cambiar de táctica. No había forma de saber qué iba a hacer a continuación.

—¿Te deslumbro lo suficiente como para dejarme montar con mi amiga?

—¿De verdad estás intentando llegar a un acuerdo? ¡Qué curioso!

—Acabaría con tus molestias, además de las suyas.

—Esa mujer aprenderá a guardar silencio. Yo me ocuparé de ello.

—No lo lograrás. ¿Es que no has oído cómo me llama? —Gabrielle desvió la mirada hacia donde Xena estaba encadenada—. Habla el mismo idioma que yo.

—Yo no presto atención al parloteo de los bobos.

Ella se indignó por dentro por el término que había usado para referirse a Xena.

—Pero sí prestas atención al ruido que hacen.

Ketaar se acercó a Gabrielle y la agarró por los hombros.

—¿Para qué te molestas tanto? ¿Qué representa esa imbécil para ti? Mírala, es menos que nada.

Gabrielle tuvo que contener sus ganas de enumerar las cualidades de Xena. Sabía que las consecuencias probablemente no serían buenas y empeorarían las cosas.

—Hace algo que pocos consiguen: me hace reír.

Ketaar la soltó. Evidentemente esta breve explicación le resultaba satisfactoria.

—Te daré tres minutos para que la alecciones. Hazlo bien, muchachita, mi paciencia se ha agotado.

Llevaron rápidamente a Gabrielle hasta Xena. Ésta lloraba suavemente, mientras un hilo de sangre medio seca le resbalaba del labio a la barbilla.

—¿Cómo puedo hablar con ella desde el suelo? ¿No puedes dejar que me siente a su lado?

—No. No me fío de ti, pequeña. Eres demasiado lista. Estamos perdiendo el tiempo. Di lo que tengas que decir.

Su breve conversación tendría que realizarse desde dos alturas diferentes. Ketaar se alejó, dejando que Xena y Gabrielle hablaran en privado. Gabrielle se acercó más al pie desnudo de Xena que colgaba del camello. Apoyó la cabeza en él un momento y luego lo besó con ternura.

—¿Señora? —preguntó llorosa Xena.

—Sí, soy yo. —Gabrielle frotó la mejilla contra ella y levantó la mirada—. ¿Estás bien, cariño?

—Tengo miedo. ¿Nos vamos pronto?

—No, Xena, tenemos que quedarnos.

—Esto no me gusta.

—A mí tampoco. Escucha atentamente, Xena, no tenemos mucho tiempo. ¿Recuerdas lo silenciosa y valiente que fuiste cuando te cosí la herida?

Xena asintió animadamente.

—Debes hacerlo otra vez. Por mucho miedo que tengas, tienes que ser tan silenciosa como un ratón. ¿Puedes hacerlo por mí?

—¿Pupa otra vez?

—No, no vas a tener ninguna pupa.

—Vale —contestó suavemente. Xena hizo una pausa con aspecto pensativo—. Haz lo de antes.

—¿Cómo? No entiendo.

—¿Me arropas?

La imagen de Xena se hizo borrosa ante los ojos de Gabrielle. Se le derramaron las lágrimas.

—Ahora no puedo llegar hasta ti, cariño.

—Vale. —El ceño de Xena se transformó en una sonrisa—. ¿Todavía te gusto, señora?

—Sí, todavía me gustas... mucho.

El sonido de las voces de los hombres discutiendo en este estéril y ventoso entorno subió de volumen de repente y luego cayó de nuevo.

—Te quiero, señora bonita.

—Yo también te quiero, Xena. ¿No olvidarás tu promesa de guardar silencio?

—¿Como un ratón? —susurró Xena.

—Como un ratón.

—Se acabó el tiempo. Montarás conmigo.

Ella tocó el pie de Xena una vez más con los labios. Ketaar cogió a Gabrielle con firmeza del brazo y empezó a tirar de ella.

—No te preocupes, cariño, te veré pronto.

Xena mantuvo su voto de silencio y saludó tristemente a su amiga con una mano encadenada.


Nos separamos
Pero compartíamos un camino
Sin nada en el horizonte
No había nada en el horizonte
—G—

Bhalba ardía de resentimiento por dentro. ¡Ketaar había mentido! ¡Él era quien debía llevar a su "pequeña"! Bhalba rezongó celoso por lo bajo mientras observaba a Gabrielle, que montaba hablando con Ketaar.

—¿Por qué llevabais armadura?

Gabrielle se había preguntado cuánto tardaría en querer saberlo.

—Muy sencillo, la robamos... bueno, la robé yo en realidad.

—Muy inteligente empaquetarla como si no fuera nada. Nunca me equivoco en mis observaciones: eres lista.

¿Había notado que era armadura hecha para una mujer? Si lo había notado, Ketaar se lo guardaba para sí mismo.

—¿Puedo hacer una pregunta? —preguntó Gabrielle con cuidado.

—¡Por supuesto, querida muchachita! Estoy de un humor excelente ahora que hay silencio.

Naturalmente, el único silencio que Gabrielle deseaba para este bestial individuo era el del tipo eterno.

—¿Dónde nos lleváis?

Ketaar sonrió siniestramente.

—Al "don de Dios", pequeña. A Bagdad.

Bagdad, hermosa, hermosa Bagdad: ¡oasis del desierto! ¿Cuántas veces en el pasado había oído historias maravillosas sobre esa lejana ciudad? Por fin Gabrielle tendría oportunidad de ver por sí misma esta romántica metrópolis del comercio. Pero el sueño fantástico le resultaba hueco. Cruzar sus puertas principales escoltada como una esclava sería un duro golpe.

—¿Es tan magnífica como dicen?

—Y más. Mañana a estas horas lo verás por ti misma.

Por desgracia, parecía una certeza. Fuera lo que fuese lo que tenía planeado para ellas cuando llegaran a Bagdad, Gabrielle rezó por que Xena y ella no fueran separadas.

—¡Pararemos aquí para pasar la noche! —anunció Ketaar a sus hombres de repente.

Los bultos más pesados que llevaban los camellos fueron descargados con cuidado sobre la fina arena blanca y luego los animales doblaron despacio las huesudas rodillas y descansaron en círculo.

Gabrielle llevaba ahora las manos atadas delante, suponía que como una especie de agradecimiento por mantener a Xena en silencio. Fuera cual fuese la razón, Gabrielle se sentía aliviada: el dolor de estar atada tanto tiempo en una sola posición había ido haciéndose cada vez más insoportable.

—Toma. —Ketaar le lanzó una larga y gruesa túnica con capucha—. Para que no pases frío.

Se realizaron todas las actividades de rutina: se distribuyeron y comieron alimentos rápidamente, se encendieron hogueras y por fin, todo se sumió en el silencio mientras la pequeña caravana descansaba por esa noche.

Nada se movía. Ni un ruido interrumpía el silencio del campamento salvo algún ronquido esporádico. Gabrielle yacía donde había sido depositada horas antes: contra una gran caja de algo que soltaba un agradable aroma a especias.

Incapaz de dormir, contemplaba entristecida las estrellas relucientes que salpicaban el cielo. Su silenciosa belleza aumentaba su tristeza y cerró los ojos para no verlas. La inundó una sensación abrumadora de inutilidad. Se echaba la culpa por la situación en la que se encontraban.

Xena nunca se habría dejado capturar. Antes habría muerto.

Pero eso era en el pasado, esta Xena la necesitaba, y Gabrielle ansiaba poder encontrar una forma de escapar. Pero incluso si conseguían alejarse en la oscuridad, ¿cuánto tardarían Ketaar y sus hombres en dar con ellas? Él se encargaría sin duda de hacérselo pagar con creces.

Gabrielle estaba preocupadísima por Xena. Sólo la había visto un momento horas antes cuando Tarkau la arrastró al otro lado de los camellos tumbados. Xena sonrió e intentó saludarla con la mano mientras la arrastraban con dureza cogida por el cuello.

Mañana a estas horas, había dicho Ketaar, lo verás por ti misma.

Tal vez después de mañana jamás volvería a ver a Xena. Sacando el trozo oculto de jaspe rojo que le había dado Xena, Gabrielle cortó la cuerda de cuero que le sujetaba las manos. El cuero tenso no tardó en ceder bajo los vigorosos movimientos de la afilada piedra.

Hubo un pequeño chasquido y sus manos quedaron libres.

Deslizándose lo más silenciosamente que pudo, Gabrielle avanzó rápidamente hacia los cuatro animales apaciblemente dormidos. Uno de ellos levantó la cabeza cuando se acercó demasiado, de modo que esperó lo que le pareció una eternidad hasta que el animal se relajó. Una vez más empezó a deslizarse por la fresca arena, rodeando los camellos para descubrir dónde estaba Xena.

Al principio Gabrielle no la vio, pero luego distinguió un bulto un poco más lejos con una capucha sobre la cabeza. Unas leves exhalaciones hacían que el paño negro se dilatara hacia fuera y volviera hacia dentro cuando Xena tomaba aire, pegándolo en parte contra el contorno de su cara por un instante. Cuando Gabrielle llegó a su lado, desató la cuerda que mantenía cerrada la capucha alrededor de la garganta de Xena y se la quitó.

Entonces vio el horror que aguardaba debajo.

A la escasa luz de la hoguera, Gabrielle vio que la cara de Xena había sido salvajemente golpeada; uno de sus hermosos ojos estaba cerrado por la hinchazón y de la nariz le corría sangre reseca. En la mejilla izquierda tenía un gran moratón, mientras que en la otra tenía un arañazo. Gabrielle tomó aire llena de horror.

—¿Señora buena? ¿Eres tú? —susurró Xena roncamente.

Gabrielle apartó suavemente el pelo empapado de la cara de Xena, con lágrimas de rabia que le impedían ver con claridad.

—Sí, Xena, soy yo —dijo, dándole un beso en la frente.

—He estado silenciosa como un ratón. ¿Lo he hecho bien?

—Oh, cariño, cómo lo siento...

Apoyó la cabeza en el hombro de Xena y se echó a llorar amargamente.

—No llores, señora —dijo Xena intententando acariciarle el pelo a Gabrielle, pero sin lograrlo.

Gabrielle se alzó, con las lágrimas resbalándole por la cara.

—Xena, es posible que no nos veamos durante mucho tiempo. Sólo quiero decirte... que te quiero y que estés donde estés, te encontraré.

—¿Y nos podremos ir muy lejos?

—Nos iremos a casa juntas —dijo sonriendo con tristeza.

Una expresión tensa cruzó la cara de Xena al ver algo detrás de Gabrielle.

—Muy conmovedor, mi querida muchachita, y muy decepcionante.

Gabrielle se dio la vuelta despacio para descubrir a Ketaar de pie detrás de ella sonriendo. Se lanzó para cogerla del brazo, pero Gabrielle fue demasiado rápida para él: se zafó de Ketaar, haciendo que éste cayera hacia delante por la violencia de su movimiento. Poniéndose rápidamente de pie, ella echó a correr a toda velocidad. Ketaar no tardó en volver a estar de pie y echó a correr tras su escurridiza propiedad.

Toda esta frenética actividad despertó a los otros dos hombres. Tarkau fue el primero en llegar al lugar, e intentó atrapar a Gabrielle cuando ésta pasó a su lado; falló y cayó sobre Bhalba, que se había puesto justo en medio.

¿Dónde creía que iba? No podía dejar a Xena sola con estos hombres. Si luchaba con ellos, la única forma de garantizar la seguridad de Xena sería matarlos a los tres y eso ni siquiera era una opción. Gabrielle dejó de correr y esperó, sin saber lo que haría Ketaar con ella.

—No deberías haber escapado. Eso me pone muy furioso —dijo Ketaar al tiempo que se acercaba a ella renqueando.

Sus movimientos eran extraños. ¿Caminaba así porque estaba enfadado? No tuvo tiempo de pensar en este misterio: Ketaar agarró a Gabrielle por el cuello y empezó a levantarla del suelo.

¡La quería muerta! Gabrielle jadeó y se ahogó intentando tomar aire donde no lo había. Le agarró la mano frenética, la golpeó, la arañó, cualquier cosa con tal de conseguir que la soltara. La cara seria Ketaar empezó a hacerse borrosa hasta desaparecer en la nada.

—¡ARRRRGH!

Un golpe tremendo contra el cuerpo de Ketaar lo lanzó rodando por la arena del desierto.

—¡HAS MATADO A LA PEQUEÑA! —gritó Bhalba a su aturdido líder.

Cogió a Gabrielle en brazos y se dirigió al agitado grupo de camellos. Montando de un salto en uno de los vociferantes animales, Bhalba lo puso en marcha de una patada. Escupiendo con rabia, el animal se levantó, salió del campamento al galope y desapareció.

—¿QUÉ HACES AHÍ PARADO COMO UN PASMAROTE? ¡VE TRAS ÉL!

—Pero si sólo se ha llevado a la chica muerta. No tenemos...

—¿ES QUE NO ME HAS OÍDO? ¡¡VE TRAS ÉL!!

Se sacó el temible cuchillo de la manga. Esto fue más que suficiente para convencer a Tarkau de que obedeciera sus órdenes. Tras prender una antorcha y montar en otro animal, Tarkau salió rápidamente en pos de Bhalba.

Ketaar se puso en pie tambaleándose. Su compinche le había dado un buen golpe. El dolor del hombro era una agonía.

Xena se movió con sus cadenas y el ligero tintineo llamó la atención de Ketaar.

—Ah, ¿la pesada tiene algo que decir? ¿No?

Se acercó a donde estaba confinada y le levantó la barbilla con un largo dedo.

—A Rhasis no le gusta la mercancía dañada —dijo despreocupado examinando su cara machacada—. Estoy muy disgustado.

Xena se lo quedó mirando a la cara y algo parecido a la hostilidad brilló momentáneamente a través de su personalidad infantil.

—¡Ja! ¡Parece que quiere morderme!

—Señora tiene pupa. No me gustas —dijo mirando ceñuda a Ketaar.

Él se echó a reír a carcajadas.


La huida desesperada por el desierto continuó a una velocidad aterradora a través del desolado paisaje cada vez más claro. Gabrielle iba dando botes estrechamente aferrada por los brazos del hombretón. Se le escapó una tos de la garganta y se movió incómoda.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gabrielle algo confusa.

Bhalba miró a Gabrielle; apenas pudo contener su alegría: la "pequeña" no estaba muerta. Mascullando algo en árabe, Bhalba la estrechó contra su pecho.

—¡Oh, no, tú otra vez no! —dijo ella intentando apartarlo.

Él aflojó al instante los brazos y le dio unas palmaditas en la cabeza. Gabrielle miró a su alrededor, dándose cuenta de repente de que estaban totalmente solos.

—¿Dónde están los demás? ¿Dónde me llevas?

Pero él se limitó a sonreír y a asentir, manteniendo el paso agotador establecido por el animal galopante.

—Claro. No entiendes ni una palabra de lo que te digo.


Tarkau no estaba ni siquiera cerca de su pretendido objetivo. Por error, había estado siguiendo las huellas que habían dejado todos anteriormente. Este pequeño detalle sólo quedó claro cuando el sol de la mañana iluminó el rastro. Temeroso de regresar con las manos vacías, Tarkau rezó por un milagro.


—¡Ojalá consiguiera que me entendieras!

Durante largo rato se había esforzado por comunicarse con este hombre. Gabrielle quería que volviera. Ahora ya no había posibilidad de hacerlo.

El viento cambió sutilmente de dirección y aumentó un poco. A lo lejos un enorme remolino negro avanzaba rápidamente hacia ellos.

Bhalba tiró de las riendas del camello hasta detenerlo. Observó el horizonte unos segundos y luego se encogió lleno de pánico.

—¡HABUB! —gritó Bhalba aterrorizado a pleno pulmón—. ¡HABUB!

Sin tiempo que perder, dio la vuelta al animal y se alejó a todo galope de la sombra ominosa que los seguía de cerca.

Gabrielle no sabía lo que era un "habub", pero sabía que lo iba a averiguar bien rápido.


Ketaar dejó caer el pesado bulto que estaba intentando cargar por su cuenta. El hombro le dolía sin parar y le resultaba totalmente inútil.

—¡Voy a asar el corazón de ese memo en un palo por esto!

Se había perdido un tiempo precioso. Ketaar estaba decidido a acudir a su cita acordada a varios kilómetros de distancia. Otros dos hombres, Marduk y Mohod, lo esperaban con el resto del encargo. Sabía que estos despiadados hermanos llenarían el cupo a toda costa, de modo que el problema de perder un componente no le preocupaba gran cosa.

Pero, en un rincón oculto de su mente retorcida, la muerte de la chica sí le preocupaba. Le había hecho gracia y tal vez incluso le caía bien.

—Demasiado tarde para recriminaciones. Lo hecho, hecho está —se dijo en voz baja.

Un amago de lágrima subió a la superficie.

—Algún día esta blandura tuya va a ser tu ruina —murmuró Ketaar por lo bajo.


Rodeándolos en un ocaso inesperado, una masa sobrenatural no tardó en sobrepasar a los fugitivos. Un viento agudo aullaba en sus oídos mientras su furia desatada azotaba todo lo que los rodeaba.

Bhalba ya no pudo sujetar más al animal exhausto. La pura fuerza del viento los empujó violentamente de lado: los dos jinetes salieron lanzados del animal derribado y rodaron por una pequeña colina. Gabrielle se puso en pie de un salto y agitó los brazos intentando controlar las riendas agitadas por el viento. Con un poderoso tirón, obligó al frenético animal a arrodillarse para que pudieran guarecerse de la tormenta detrás de su robusto cuerpo.

—¡Vamos, tienes que ponerte a cubierto! —gritó en el sofocante vendaval.

Bhalba yacía boca abajo a unos seis metros de distancia. Gabrielle se esforzó por atravesar el caos destructor para llegar hasta él y con gran dificultad, consiguió arrastrar su cuerpo inmenso hasta el quejoso animal.

Agarrándose con fuerza a Bhalba y a las cinchas del castillo firmemente atado, Gabrielle se tapó los ojos para evitar las violentas ráfagas de arena y los afilados trozos de piedra.


Los ruegos de Tarkau habían tenido respuesta. Sonrió al ver la enorme tormenta a lo lejos.

—¡Que Moloch se los lleve a los dos!

Dando la vuelta a su montura, Tarkau regresó al campamento de Ketaar. Avanzó con tranquilidad, pues no había prisa: este feliz y catastrófico acontecimiento lo ayudaría a rellenar los huecos necesarios.


Gabrielle se sacudió la arena del pelo y se sentó. La tempestad había pasado muy cerca con toda su fuerza. Por suerte, habían quedado parcialmente protegidos por un pequeño repecho irregular que sobresalía justo encima de ellos.

—Por qué poco. ¿Cómo lo has llamado? ¿Habub? —preguntó sacudiendo a Bhalba por el brazo—. ¡Jamás olvidaré esa palabra!

Gabrielle lo empujó y luego le tiró de la manga.

—Eh, esto... tú, ya estamos a salvo, la tormenta ya se vuelve al Tártaro.

Le tiró con más fuerza de la manga y luego le dio la vuelta para verlo.

El sol del principio de la tarde se reflejaba brillantemente en el chakram de Xena, perfectamente recto y clavado hasta la mitad en el abdomen de Bhalba.

Gabrielle alargó despacio la mano, la colocó sobre sus ojos y se los cerró.


—Llega tarde.

Mohod estaba cerca de un pequeño grupo encadenado de civiles de diversos tipos, protegiéndose los ojos del potente resplandor del sol.

—Tienes el don de comentar lo evidente, Mohod. Si Ketaar dice que estará en un sitio, allí estará.

—Un mérito digno de elogio, pero no confío en ese griego afectado.

Marduk destapó la boquilla de un pequeño odre de agua y dio un buen trago. Ojos vacíos y fijos siguieron el trayecto de la boquilla hasta sus labios.

—Sí, en nuestra profesión siempre es recomendable no confiar en nadie. Por ahora debemos tratar con este hombre. Ketaar está considerado como el mejor —dijo, pasándose una mano bronceada por la boca.

Marduk ofreció el agua al otro caballero de aspecto parecido.

—Hubo un tiempo en que nosotros éramos los mejores —dijo Mohod, tomando el odre de agua de su hermano gemelo.

—La colaboración amistosa es buena para los negocios. Además, Ketaar tiene un contacto mejor. Dijo que nos podía conseguir más dinero.

—¿Y esos pequeños detalles, por supuesto, lo convierten en el mejor?

Marduk sonrió ante el irónico comentario de su hermano.


Ketaar estaba sentado furioso cerca de un camello a medio cargar, contemplando a su dócil cautiva.

—Tú...

Xena se volvió obedientemente hacia el origen de esa irritada palabra. Su cara era una máscara de tonos rojos y azules, con los labios cuarteados y cubiertos de sangre seca por la paliza de la noche anterior; un ojo sano se movió despacio hasta encontrarse con su mirada.

—Sí, tú... y esa otra me habéis causado muchos inconvenientes. ¿Por qué?

Sus ojos estudiaron la expresión perdida de Xena en busca de respuesta. La preocupación por no saber dónde estaba la "señora buena" y por intentar guardar silencio complicaba sus ya confusos pensamientos.

Ketaar se acercó, colocándole una mano en el hombro. El gesto era tan tierno como el que podría realizar cualquier persona atenta para expresar preocupación. Xena se encogió nerviosa bajo su mano.

—Hay que mantener la disciplina. Ella conocía el riesgo...

Su voz se apagó al recordar la cara de la desesperada muchacha mientras le quitaba la vida apretándole el cuello.

—Sabía lo que le haría si la pillaba intentando escapar. —Ketaar apartó la mirada un momento y luego volvió a dedicar toda su atención a Xena—. Lamento haber matado a la muchachita. Eso sí que puedes entenderlo, ¿verdad?

Ella sabía tan poco sobre el tema de la muerte como cualquier niño.

—¡Boba! —dijo él apartándose de ella—. Qué tonto soy por esperar que lo comprendas.

Xena, abatida, se dejó caer de nuevo con sus grilletes.

Unas pisadas ligeras entraron en el campamento, interrumpiendo los atribulados pensamientos de Ketaar. Tarkau había regresado por fin.

—Los ha atrapado una tormenta repentina —anunció con cierto exceso de alegría—. Lo he visto todo.

Ketaar sonrió y sus blancos y afilados dientes casi relucieron al mirar a su satisfecho secuaz.

—Esta noticia que traes me perturba.


La escena preestablecida
Se interpretaba incesantemente
Como en una sola nota larga y deslucida
—G—

—Siento tener que dejarte así.

Gabrielle apartó una ligera capa de arena de la cara fría que tenía justo debajo.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

Enderezó el gastado chaleco bordado de Bhalba e intentó no mirar el hondo corte en forma de media luna que tenía en la tripa. Yacía en una tumba poco profunda, con las manos recogidas y atadas pulcramente sobre el pecho.

—¿Cómo se despiden tus compatriotas? —Gabrielle lo pensó un momento—. Podría decir unas palabras en tu honor, ¿eso te gustaría?

Se imaginó que sus labios se movían como respuesta, pero por supuesto, no era muy probable. Levantándose y adoptando una pose sombría, Gabrielle empezó a recitar una elegía:

—Sólo te he conocido durante un breve período como enemigo. Nunca sabré realmente lo que ocurrió en el campamento, pero me gustaría creer que intentaste ayudarme. Este yermo estéril y los dioses a los que adoras son los únicos testigos de mi sincera gratitud.

Agachándose, Gabrielle abrió la bolsita que había descubierto alrededor del cuello de Bhalba y le metió dos monedas en la boca.

—Que el áspero sudario de la arena se transforme en una blanda nube que te lleve a tu lugar de descanso.

Apretó los labios contra los dedos y los colocó sobre la cabeza desnuda de Bhalba.

—Adiós.


Tarkau se quedó un poco desconcertado por el comentario de su líder y decidió no decir nada.

—Una lástima. Me habría gustado que ese bruto hubiera sufrido a mi antojo. Baja y ayúdame con el resto de la carga. Aquí ya no tenemos más tiempo que perder.

Tarkau desmontó rápidamente para ayudar a su jefe y sólo se encontró con un cuchillo bajo la barbilla.

—No creas que he olvidado tus libertades con mi propiedad —dijo Ketaar avanzando sobre su presa.

Tarkau retrocedió con cautela, consciente de la furia repentina de la que era capaz su amo.

—A mí sólo me interesa el beneficio. Tu estúpida muestra de violencia ha disminuido mucho su valor. ¿Cómo me vas a compensar?

Tarkau no supo de inmediato si Ketaar realmente quería una respuesta o si sólo deseaba jugar con él un rato. Su expresión de sobresalto disimulaba el desprecio que sentía por este hombre.

—Antes me mordió... lo hizo dos veces y...

—¿Y decidiste encargarte de esa transgresión por tu cuenta?

—Yo... sé que eso supone menos beneficio...

—¡Exacto!

Ketaar bajó el cuchillo y rápidamente volvió a meterlo en su escondrijo dentro de su manga. Tarkau no se molestó en disimular un enorme suspiro de alivio.

—Recuperaremos el tiempo perdido viajando de noche.

Se volvió hacia Xena, que no había pronunciado palabra desde hacía por lo menos doce horas.

—¿Qué dices tú, imbécil? ¿Te parece bien? —preguntó Ketaar con tono de burla, y luego se rió por dentro.

Xena se quedó sentada en silencio, pensando sólo en las últimas palabras que le había dicho Gabrielle: "Nos iremos a casa... juntas".


¿En qué dirección debía ir? La tormenta había borrado por completo las huellas del camello, de modo que no había esperanza alguna de volver a Xena de esa forma.

—¿Alguna idea, Gruñón? —le preguntó a su cargado e irritado compañero mientras contemplaban las llanuras en penumbra.

El animal trompeteó nervioso por la nariz como llevaba haciendo sin parar desde que lo condujo alejándolo de la pequeña colina hacía menos de una hora.

Gabrielle sonrió ante su propia tontería, pero al ver lo que había alrededor, su sonrisa no tardó en convertirse en una expresión de preocupación. A lo lejos no se detectaba el menor signo de vida por ninguna parte. Deseó haberse fijado más en dónde estaba el sol justo antes de que llegara la tormenta.

Gabrielle se sentía como una mera mota en esta tierra donde los kilómetros interminables de arena parecían tan inmensos como un océano.

—Xena ya tendría un plan, pero Xena no está aquí. —Dio una palmada en el largo cuello al ruidoso animal—. Sí, aquí estamos tú y yo, solos por fin.

El sol se hundió más en el horizonte. No tardaría en tener que tomar algún tipo de decisión. De repente, justo delante de ella apareció un punto de luz. Era poco visible y estaba muy lejos, pero lo distinguió con claridad.

—¡Es la hoguera de su campamento! ¡Lo sé!

Gabrielle se subió al lomo del camello.

—¡Aguanta, Xena, voy a liberarte!

Puso en marcha al protestón animal con una patada y avanzó no muy heroicamente hacia el origen de aquella leve luz.


—Procura mantener la antorcha hacia abajo y sígueme de cerca.

Ketaar arreó a su animal con cautela; Tarkau hizo lo que le había dicho, siguiendo a su líder como mejor podía.

Xena iba con Tarkau, atada de nuevo a un estante fijado al costado derecho del animal: el otro lado iba equilibrado con una carga de igual peso. Ketaar no veía motivo para cambiar la situación, ahora que Tarkau había sido debidamente advertido.

Xena estaba cerca de lo que podría considerarse un colapso total. El deseo de echarse a llorar por el dolor físico y emocional era muy grande. Pero tenía que cumplir su promesa a Gabrielle. Xena cerró los ojos y se imaginó que la "señora bonita" la abrazaba estrechamente y que la ligera brisa del desierto era su amiga que la besaba suavemente en la cara magullada.


El estallido inicial de envalentonamiento había dado paso a una frustración total. Parecía que llevaba horas siguiendo la luna. Justo cuando parecía que había ganado algo de terreno, el puntito brillante se alejaba más y más.

—Tiene que haber una buena razón para esto, Gruñón... no podemos estar persiguiendo una ilusión —masculló Gabrielle con cansancio a su resollante compañero.

Estaba cansada y todos los nervios de su cuerpo clamaban dormir. Los párpados le pesaban y no tardaron en cerrarse. Sin que nadie le indicara otra cosa, el paso regular del camello se fue deteniendo hasta que se paró del todo. Allí descansaron un rato en la oscuridad, el irritable "barco del desierto" y la devota amiga de Xena.


—¡Espera!

Tarkau echó hacia atrás con fuerza la cabeza de su camello con un enérgico tirón de las riendas. La repentina sacudida sacó a Xena de su hermoso sueño y la devolvió a la cruda realidad.

—Ya los veo. —Ketaar apuntó su antorcha hacia la derecha—. ¡Mira ahí!

—¿A qué distancia están? —preguntó Tarkau guiñando los ojos para ver mejor.

El tono de autosatisfacción de Ketaar envolvió el aire que los rodeaba.

—Ah, amigo mío, lo prioritario es saber navegar con pericia. Mueve rápido a los camellos, quiero estar allí al amanecer.

Tarkau comprobó la astrosa mercancía que llevaba detrás y luego obligó a la vociferante procesión a emprender una rápida marcha.


Se despertó con un escalofrío.

—¿Qué...?

Gabrielle abrió los ojos de par en par en la penumbra.

—¡Oh, no! ¡Oh, dioses, no!

La lucecita que Gabrielle había estado persiguiendo había desaparecido mientras dormía. ¿Cuánto se había desviado del rumbo? ¿Hacia dónde miraba? Cuando la gravedad de la situación le quedó más clara, Gabrielle hundió la cara entre las manos. En un instante el prometedor rastro se había enfriado.

No quedaba más remedio que esperar a que fuese de día para seguir buscando a Xena.


A lo lejos y a la izquierda una nube de polvo iluminado se alzaba cada vez más hacia el cielo violeta.

Al divisar al grupo de Ketaar, Marduk había decidido salir él mismo a recibirlos y escoltar la caravana hasta el campamento. Pero cuando llegó a esta banda tan ansiosamente esperada, Marduk se quedó sorprendido al descubrir una sola contribución al cupo y dos de los hombres de Ketaar desaparecidos.

—¿Qué les ha pasado a Bhalba y Diakka?

A Ketaar no le gustó el tono de desconfianza de la pregunta de Marduk. Tarkau miró nervioso a su alrededor y fingió estar ocupado con una tarea necesaria.

—Decidieron tomar otro camino... hacia Aleppo, creo —mintió.

A Marduk le costó aceptar esta noticia. Esos dos hombres eran criminales veteranos. No parecía probable que se les antojara dar la espalda a un dinero fácil. Examinó a la mujer atada al costado del transporte de Tarkau.

—¿Sólo esta desdichada?

—Las demás se escaparon durante una tormenta de arena.

Marduk le levantó suavemente la barbilla y la volvió primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha.

—¿Qué ha hecho esta mujer para merecer semejante paliza? —Apartó con cuidado la mano.

—Intentó escapar con las otras —volvió a mentir Ketaar—. Yo convencí a esta boba de que le convenía seguir en nuestra compañía.

—Malgastas tu talento de esta manera, amigo. No apruebo tales acciones.

Marduk destapó una cantimplora y la llevó a los labios secos de Xena. Ella lo miró a los ojos oscuros: un indicio de amabilidad suavizaba el aspecto por lo demás indiferente del que hacía gala. Marduk asintió en silencio con la cabeza para animarla a beber. Xena empezó a sorber el fresco líquido y luego tragó con ansia hasta vaciar la cantimplora.

—Ya veo que también cuidas de tu propiedad con ahorro. ¿Cuándo fue la última vez que le diste agua a ésta? —dijo tirando el recipiente vacío.

—Me parece que ya te he dado tiempo suficiente para interrogarme. Sigamos adelante, ¿o prefieres arreglar las cosas aquí?

Ketaar hizo amago de meter la mano en una ondeante manga: su respuesta para cualquier desacuerdo.

—Muy bien, no hay más preguntas. Vamos.

No tardaron en llegar al campamento de los gemelos. Mohod saludó a Ketaar con una mirada de desconfianza al ver que la mitad de su incivilizada banda había desaparecido y que traía una sola cautiva. Al contrario que su hermano, no hizo preguntas cuyas respuestas ya conocía.

—Por fin has llegado, maese Ketaar. Veo que traes contigo un rico muestrario de las mejores ciudadanas de Siria.

—Hermano —interrumpió Marduk—, ha explicado la situación a mi entera satisfacción. Creo que se impone un descanso de tres horas y luego partiremos hacia Bagdad. ¿Estás de acuerdo, Ketaar?

Ketaar estaba enzarzado en un combate de miradas venenosas con Mohod. Contestó sin apartar los ojos de la cara del otro hombre.

—Una agradable recomendación. ¿A ti también te lo parece, joven lobo?

—Mi hermano es sabio. Yo lo sigo sin dudar.

Marduk desató a Xena y la bajó del lomo del animal. Caminaron vacilantes hasta donde estaba reunido un pequeño grupo de prisioneros. Ella se sentó automáticamente con ellos y permaneció en silencio mientras una hilera de ojos tristes la examinaba.


Gabrielle contempló el amanecer desde lo alto de una colina. Su fatiga de la noche le había hecho perder un tiempo precioso, pero no era imposible deshacer el daño. Pronto habría luz suficiente para volver sobre los pasos de "Gruñón" en la blanda arena y empezar de nuevo.

—Te encontraré, Xena —dijo en voz baja—. Veremos salir el sol juntas, como antes.

Le resbalaron unas lágrimas por las mejillas. Existía la posibilidad de que no pudiera encontrar a Xena cuando llegara a Bagdad. Y además estaba esa otra cosa en la que Gabrielle no quería pensar: las probabilidades de que Xena recuperara la memoria no eran muy buenas.

—Lo primero es lo primero —declaró Gabrielle mientras se secaba las lágrimas y se montaba en el animal arrodillado.

No se había desviado tanto del curso, sólo unos treinta y cinco metros. Gabrielle corrigió su posición y se dirigió una vez más hacia el ahora ausente punto de luz parpadeante.


—Disculpa, señorita, ¿cómo te llamas, por favor?

Xena abrió los ojos. No sabía muy bien si había oído a alguien hablándole o no. Sintió un pequeño tirón en el codo.

—¿Cómo te llamas? —La voz sonaba más insistente.

Xena bajó la mirada y siguió la manita apoyada en su brazo hasta su dueña. Una niña la miraba a través de una masa de despeinado cabello rubio.

—Yo me llamo Penélope, ¿cómo te llamas tú?

Se quedó pensando un momento, pero no conseguía recordar cómo la llamaba siempre la "señora buena".

—¿No tienes nombre?

Xena negó con la cabeza. La niña se echó a reír.

—Todo el mundo tiene nombre. Qué graciosa eres. —Se rió más—. Yo te pondré nombre, ¿vale?

Xena asintió e intentó sonreír, pero tenía los labios demasiado cortados y doloridos.

—Te llamaré... —Penélope miró a Xena atentamente—. ...¡Dafne! ¿Te gusta?

Asintió de nuevo. Penélope siguió parloteando.

—Cuando sea mayor me casaré con un rey y llevaré unas plumas preciosas en el pelo.

La niña dejó de hablar y acarició la mejilla menos magullada de Xena.

—¿Crees que seré tan guapa como tú cuando sea mayor?

Xena no sabía por qué esto le produjo tal tristeza. Se echó a llorar.

—¿Qué te pasa, Dafne?

Penélope se acercó más y rodeó a Xena con los brazos.

—No llores, a lo mejor nos venden juntas y vivimos en un castillo muy grande.

Agradeció el amable abrazo de la niña, pero no iba a durar mucho. Al poco Xena y los otros desdichados prisioneros fueron cargados a toda prisa en una hilera de animales inquietos y malhumorados. Marduk se empeñó en atarlos con cuerdas en lugar de cadenas. Este cambio de planes irritó profundamente a Ketaar. Prefería los grilletes a una mera cuerda: le causaban menos preocupación.

Con todas las provisiones y su valiosa carga aseguradas, Marduk hizo una señal a su hermano para que empezara a arrear a la hilera de camellos refunfuñones.

—¡Que vayan en línea recta! —gritó a los hombres.

Se podría suponer que han asumido el mando, se dijo Ketaar sonriendo por dentro. Pues adelante, mis jóvenes amigos, a todo el mundo le llega su momento.

Había empezado el último trecho del largo y tortuoso viaje.


Con un turbante para protegerse del sol abrasador, Gabrielle contempló el estrecho sendero de huellas que se extendía por el desierto hasta donde le alcanzaba la vista. No había restos de una hoguera, sólo estos rastros a intervalos regulares en la arena.

Las pruebas eran claras: Ketaar había transportado su mercancía de noche.

—Nadie en su sano juicio viaja muy lejos en la oscuridad —murmuró Gabrielle en voz baja—. Ese dicho tuyo es más cierto de lo que te imaginas, Xena.

No sabía calcular cuánto tiempo tenían las huellas: Gabrielle siempre dejaba este tipo de cosas a Xena. Podían ser horas, medio día; no tenía forma de saberlo. Y como si con eso no bastara, su provisión de agua empezaba a ser escasa y no tenía comida.

Unas pequeñas lagartijas grises corrían disparadas aquí y allá apartándose de las pesadas pezuñas de su camello. En su cabeza surgió una idea, una idea asquerosa: lagartijas = comida. Escudriñó los alrededores en vano, buscando una alternativa.

Tras desmontar, Gabrielle se alejó un corto trecho hasta una masa de arbustos de escasas hojas. Se arrodilló y arrancó una hoja de buen tamaño y luego la mordisqueó. Un horrible sabor amargo le inundó la boca por dentro.

Gabrielle regresó a toda prisa al lado de Gruñón, sin parar de escupir y limpiarse la lengua con frenesí.


Penélope montaba pegada a su amiga "Dafne". Cansada por su animada charla, la cabeza de la niña se mecía lánguidamente sobre el brazo de Xena siguiendo el movimiento rítmico de las pesadas zancadas.

El color claro de la arena había adoptado un tono amarronado, señal segura de que la caravana se estaba acercando a una fuente de agua. Todos los animales la percibían también, agitando el hocico, y su paso se avivó para convertirse en un trote más ligero.

Marduk se quedó atrás a propósito para mantenerse a la altura del animal de Xena. La miró e intentó adoptar un aspecto compasivo.

—Pronto llegaremos al Éufrates y entonces podrás bañarte en sus refrescantes aguas.

Xena no conseguía descifrar su abrupto idioma, pero reconoció la amabilidad que entrañaba. Le sonrió un poco hasta que apareció la figura siniestra de Ketaar.

—Esta imbécil no entiende ni su propia lengua, así que no va a entender la tuya.

Marduk se giró en la silla para descubrir a Ketaar mirando a Xena con una buena dosis de desprecio.

—¿Es que no sientes la menor compasión por ninguno de ellos?

Ketaar echó la cabeza hacia atrás riéndose a carcajadas.

—¡Ja! ¡Ya veo que mi propiedad ha hecho una conquista! ¡Bravo, boba!

Sin hacer caso de las sarcásticas palabras de su socio, Marduk azuzó a su montura para volver a la cabeza de la caravana. Este oficio ya no le suponía el menor desafío y deseaba encontrar una alternativa a estas expediciones.

—Casi haces que me sienta celoso, bobalicona —le dijo Ketaar a Xena suavemente en un griego perfecto—. ¿No quieres sonreír por mí?

Ronroneó y acarició cada palabra a medida que salía de sus labios. La continuada presencia del hombre hizo que Xena se echara a temblar de miedo. Al ver el temor que le producía, Ketaar empezó a alejarse.

—No importa —dijo alegremente—. No tardaré en tener oro en lugar de tu encantadora compañía.


Gabrielle saltó y falló, volvió a saltar y volvió a fallar: esos animalitos eran más veloces de lo que parecían. Mientras yacía en el suelo, su estómago se puso a rugir.

—Oh, estupendo —dijo poniéndose en pie.

Reptando a corta distancia, una serpiente se escabullía por la arena. Lo curioso era que se movía de lado a gran velocidad. Gabrielle nunca había visto nada parecido y la miró maravillada hasta que se dio cuenta de que se le estaba escapando una posible comida.

Muchas veces en el pasado, cuando les escaseaba la comida y el dinero, Xena traía serpiente para comer. Cocinada no estaba mal, ¿pero cruda? Gabrielle intentó no pensarlo mientras volvía corriendo hasta su compañero, que aguardaba de rodillas con cierta paciencia, y sacó el chakram dorado de donde lo había escondido.

El sol ardía sin piedad mientras Gabrielle salía corriendo tras su plato en fuga. Lanzó ligeramente el anillo reluciente contra el objetivo en movimiento, pero sólo logró rodear la cabeza de la serpiente con él y el reptil no tardó en escapar de su abrazo.

Agarrando de nuevo el arma, Gabrielle emitió una excéntrica versión del grito de guerra de Xena y se abalanzó sobre su presa, cortándole la cabeza de un limpio tajo. El cuerpo de la serpiente se agitó en una lenta y ondulante danza de la muerte sobre el suelo polvoriento.

Por un momento se planteó ponerse a dar saltos en una especie de baile victorioso, pero luego se lo pensó mejor.

—¿A que parecería una estúpida total?

Al regresar junto a Gruñón, Gabrielle dio un salto en el aire, haciendo chocar los talones antes de aterrizar ágilmente.


Marduk estaba sentado en silencio en un pequeño acantilado que ofrecía una vista espectacular del hermoso y azul río Éufrates. La hierba verde crecía en abundancia en las orillas bajas de cada margen. Una brisa ligera traía consigo el rico aroma de la vegetación suavemente mecida por el viento.

Tomó aliento profundamente y cerró los ojos, saboreando el pacífico panorama durante los pocos momentos que tenía para sí mismo.

Tarkau no tardó en interrumpir la serena meditación de Marduk.

—¿Empiezo a bajar por el camino con ellos o nos quedamos aquí a descanzar primero?

—Sigamos adelante, descansaremos al borde del agua.

Uno a uno, el cansado grupo bajó con cuidado por la estrecha senda que los llevó directamente a una agradable explanada esmeralda.

—Ketaar y yo bajaremos a los esclavos y daremos de beber y de comer a los camellos. No quiero descargar la mercancía. Mohod y Tarkau, quiero que empecéis a bañar a estos esclavos para Rhasis. Tal y como están ahora, no van a valer mucho.

—Por favor, amo —intervino una voz seca en torpe árabe—. Yo puedo bañar a las mujeres cautivas, si así lo deseas.

A esta joven prisionera embarazada no le gustaba la idea de que dos rudos tratantes de esclavos toquetearan a una niña inocente y tampoco a una mujer retrasada. En cuanto a ella, estaba acostumbrada a los malos tratos, pero creía que las otras dos debían conservar cierta dignidad.

—Muy bien. Las llevarás una a una. —Marduk la bajó a ella primero.

—No es recomendable confiar en una cautiva. Pueden ser capaces de cualquier cosa.

Marduk ya estaba harto de tener siempre a Ketaar pegado a su lado dándole opiniones que no había pedido. Le contestó bruscamente.

—No me parece que una mujer encinta suponga una gran amenaza. En cuanto a la pequeña y a tu contribución, yo diría que la situación habla más que de sobra por sí misma.

Marduk abrió un gran saco blanco y sacó una pastilla de jabón y tres gruesos albornoces que entregó a la mujer después de desatarla.

—Lleva a la pequeña primero. Cuando hayas terminado, vístelas a ellas y a ti misma con esto.

Le entregó entonces un paquete lleno de ropa limpia. Ella asintió y cogió a Penélope de la mano, llevándola hasta el río fresco y tranquilo para lavarla.

Xena, mientras, esperó pasivamente en la hierba a que le tocara darse un baño. Mohod y Tarkau estaban muy atareados con los dos cautivos varones un poco más arriba. A ninguno de los dos les gustaba esta tarea y no la realizaban con mucha amabilidad.

—¿Cómo te llamas, cariño? —preguntó la joven mientras le mojaba el pelo a la niña.

—Penélope —contestó ésta tímidamente.

—Qué nombre tan bonito —continuó mientras enjabonaba suavemente el pelo de Penélope—. Yo me llamo Leda.

—¡Oh, a mí también me gusta tu nombre!

Leda sabía cómo tratar a los niños: al poco rato Penélope charlaba animadamente sobre sus grandes planes para un futuro improbable.

Envolvió a Penélope en uno de los gruesos albornoces, que iba arrastrando por el suelo cuando se alejaron de la orilla.

—Eres tan pequeñita que no sé si te me vas a perder con tanta tela —dijo Leda, secando a la huérfana.

Luego vistió a la niña con una sencilla túnica una talla demasiado grande para ella. Leda volvió con Penélope a la zona de espera donde de inmediato le ordenaron que se ocupara de la siguiente prisionera.

—Ahora te toca a ti.

Se arrodilló sonriendo y le ofreció la mano a Xena. El gesto era tan tranquilizador que Xena tomó la mano de Leda sin dudarlo. Se adentraron juntas en las claras aguas azules hasta que les llegó a la cintura. Cuando Leda estuvo segura de que nadie podía oírlas, habló a Xena con franqueza.

—Sé quién eres —dijo con una sonrisa artificial para que los tratantes no le prestaran la menor atención—. Te reconocí en el momento en que te trajeron al campamento esta mañana. ¿Estás fingiendo ser estúpida?

Leda buscó alguna señal de inteligencia en los ojos de Xena. Con tristeza, no encontró ninguna. Xena estaba totalmente perpleja.

—No, no estás fingiendo. La mujer guerrera ya no existe.

En su cara todavía había una gran sonrisa, pero se le saltó una lágrima de compasión por quien había sido una líder brillante.

—Soy un ratoncito —susurró Xena.

Leda se quedó mirando a la mujer que tenía delante.

—¿Un ratón? —Frunció el ceño sin comprender a Xena en absoluto.

—Un ratoncito silencioso —contestó Xena chapoteando en el agua.

—¿Es un juego? ¿Intentas decirme algo?

—Es nuestro secreto —dijo jugando con la pastilla de jabón que estaba flotando.

—¿De quién es el secreto que guardas?

Xena miró para ver si Tarkau o Ketaar estaban observando.

—De la señora buena y mío; nuestro secreto.

—¿Cuál es el secreto?

—Que soy tan silenciosa como un ratón.

Cuando Leda empezó a lavarle el pelo a Xena descubrió cuál podía ser el problema. Tenía una gran herida cosida cerca del nacimiento del pelo. Todavía se veía parte del hilo de seda con que la había cosido Gabrielle. Leda sacó los restos de seda, notando el experto trabajo que alguien había realizado antes de terminar de lavarle el pelo.

—¿Y la señora buena también te curó la herida?

Asintió.

—¿Dónde está la señora buena ahora? —preguntó Leda mientras lavaba con cuidado la cara magullada de Xena.

—Lejos... me quiere.

Leda sólo pudo suponer que la "señora buena" de la que hablaba Xena estaba muerta.


Contempló con desagrado los trozos crudos de serpiente dispuestos en una hilera poco apetecible.

Por mucha hambre que tuviera, Gabrielle no conseguía obligarse a comer.

—Lo que daría por un poco de pedernal —masculló.

Ninguna de las piedras que había a su alrededor le servía de nada, aunque algunas parecían lo bastante calientes como para poder cocinar en ellas. A estas alturas estaba dispuesta a intentar lo que fuera.

Tras colocar la carne en una fila de tiras sobre una gran piedra plana calentada por el sol, puso encima una piedra cercana más pequeña para que los trozos de serpiente quedaran atrapados entre las dos.

Gracias a su ingenio, empezó a oírse un chisporroteo. A los pocos minutos la carne estaba suficientemente cocinada como para resultar comestible.

—¿Quieres? —preguntó, ofreciendo un bocado a su malhumorado transporte.

El animal se limitó a resoplar y apartó la cabeza.

—Criticón.


Tras unos cuantos kilómetros siguiendo el habitual rastro estrecho de huellas, dio con lo que parecían los restos de un gran campamento. Había tres hogueras apagadas separadas varios metros entre sí y la zona estaba plagada de huellas de animales y seres humanos.

Esto era. Tenía que ser el lugar donde Ketaar se reunía con otros como él. Gabrielle se puso rápidamente en marcha a lomos de Gruñón y corrió por el desierto, persiguiendo una multitud de huellas de camello que esperaba que la llevaran hasta "don de Dios".


—Bueno, ya estás mejor, ¿a que sí?

Leda secó a Xena y rápidamente la ayudó a ponerse un fresco vestido de colores que le llegaba justo por debajo de las rodillas. Ella eligió una túnica más grande y amplia para acomodar la carga extra que llevaba.

—Me temo que no te va a ir bien en estas condiciones —dijo Leda en voz muy baja—. La gente puede ser muy cruel con los afligidos. —Apretó las manos de Xena entre las suyas—. Te deseo lo mejor, princesa.

—¡Empezad a cargar al ganado! —anunció Ketaar bruscamente—. Estamos perdiendo el tiempo.

A Marduk y su hermano no les quedó más remedio que mostrarse de acuerdo con su aliado temporal. Ya llegaban un día tarde.

—Tienes razón, amigo, es hora de partir.

Leda abrazó rápidamente a Xena antes de que se la llevaran a toda prisa para subirla a la caravana. Luego Xena fue atada al animal que aguardaba mientras Penélope ocupaba muy contenta el sitio libre que había a su lado.

Uno de los cautivos intentó escapar tirándose al agua, pero no buscaba la libertad: quería la muerte. Hicieron falta tres hombres para sacar a rastras al pobre hombre que no paraba de gritar. Lo único que consiguió por las molestias fue que le taparan la boca con una mordaza y lo ataran con pesadas cadenas.

—Estás advertido, escoria —avisó Ketaar al hombre—. Pórtate bien o te llevaremos a rastras el resto del camino.

El hombre dejó de debatirse y se resignó de mala gana a su destino desconocido.


Ante ella apareció una vista exquisita. Por un momento Gabrielle creyó que estaba viendo un espejismo.

—¡Más rápido, Gruñón!

En lo alto de un pequeño acantilado, Gabrielle no podía dar crédito a sus ojos. Ante ella se extendía una ancha banda de divina agua azul.

—¡Por los dioses! —dijo bajándose de un salto del lomo de su camello, y lo condujo por el estrecho sendero que llevaba a este bienvenido regalo.

Gabrielle soltó las riendas. Se desabrochó y se quitó las botas, se desnudó y se zambulló en el líquido fresco y aterciopelado. En franco contraste con las exuberantes cabriolas de Gabrielle en el agua, Gruñón se metió tranquilamente en los bajíos y se puso a beber hasta hincharse. Ella chapoteó y luego metió la cabeza bajo el agua. Todo era demasiado hermoso y no se hartaba de saborearlo. Gabrielle sabía que la caravana no había partido hacía mucho tiempo. Unas huellas frescas y profundas llevaban hasta el tramo del río que se podía cruzar. Era evidente que por allí había pasado una hilera de camellos muy cargados.

Se vistió a toda prisa, llenó los odres de agua y esperó a que su hambriento compañero terminara de comer la rica hierba.

Se le cruzó una docena de cosas por la mente al mismo tiempo. El único obstáculo de importancia era, por supuesto, la barrera del idioma.

Tendré que hacer gestos hasta que alguien me entienda, pensó.

Últimamente el éxito en ese terreno no había sido muy satisfactorio.

O podría disfrazarme. Xena siempre prefería eso. Sí, eso es lo que tengo que hacer.

Gabrielle comprobó lo que había guardado en el pequeño paquete atado al castillo de Gruñón: una cochambrosa túnica con capucha y un paño largo para un turbante. Luego dejó caer el contenido de la bolsa de dinero sobre el duro suelo. Había una pequeña fortuna en monedas de oro y plata. Bhalba había sido un hombre muy frugal para haber ahorrado tanto dinero. A saber lo que tenía intención de hacer con él.

Antes de dejar este maravilloso entorno, Gabrielle se quedó de pie pensativa junto a la orilla.

—Rindo tributo a los dioses por habernos traído sanos y salvos hasta aquí en busca de mi queridísima amiga Xena. —Entonces lanzó una moneda de oro al agua reluciente—. Y si os ocupáis de que ella y yo volvamos a casa igual de sanas y salvas, os estaré eternamente agradecida.

Gabrielle sacó otra moneda de oro y la besó antes de lanzarla al río.


Las divinas puertas de Bagdad
Llaman a todos:
"Acercaos y
Probad nuestra riqueza".
—G—

Xena se asustó muchísimo al cruzar las famosas puertas a pie; se aferró a Penélope aterrorizada por su imponente altura. Ketaar y Marduk condujeron a su procesión de esclavos hasta su destino prometido. Tarkau y Mohod se quedaron atrás para alojar la recua de camellos en uno de los numerosos y cómodos establos situados fuera de la atestada ciudad.

—Creo que La Casa de Rhasis está por aquí —afirmó Ketaar por encima del ruido de la ajetreada calle.

—¿Éste es el camino más rápido?

A Marduk no le gustaban los callejones oscuros y estrechos y no se fiaba de Ketaar en absoluto.

—No está lejos, amigo mío. ¿Tal vez te sentirías más seguro si fueras tú delante?

La sonrisita mezquina de Ketaar convenció a Marduk de que lo dejara a él hacer de guía. Además, éste era más su territorio.

—Adelante, yo te sigo.

Deslizándose con dificultad por el interminable y tortuoso pasillo de gente llegaron ante una gran puerta con una placa de alegres colores clavada en ella:

La Casa de Rhasis, tratante en artículos exóticos.

Ketaar alzó la pesada aldaba de metal en forma de dragón y golpeó la puerta con fuerza. Inmediatamente se abrió un ventanuco cuadrado. Al otro lado de la puerta un guardia miraba con desconfianza al sonriente cliente.

—El gorrión espera al gato —recitó Ketaar afablemente.

Se descorrió un cerrojo y el portal se abrió a un enorme y elegante recibidor. El pequeño grupo entró en fila y el guardia cerró la puerta tras ellos.

—¡LLEGÁIS TARDE! —Las vociferantes palabras reverberaron en los espejos dorados y las columnas de mármol.

Apareció Rhasis, un caballero bajito, redondo y de aspecto aristocrático, algo menos imponente que su voz.

—Unas circunstancias inevitables... —empezó a decir Ketaar, para ser interrumpido bruscamente.

—Olvídalo, a ver qué has traído.

Avanzó hacia los cinco cautivos, mirándolos rápidamente.

—Cuento cinco, ¡el contrato era de seis!

—Ésta está encinta. Con eso hacen seis.

Rhasis sonrió a su taimado socio.

—Sigues siendo un zorro astuto, ¿eh? —dijo, dándole unas palmaditas a Ketaar en la espalda—. Ah, pero a decir verdad, ésta no me gusta nada.

Rhasis se había detenido delante de Xena. Le volvió la barbilla hacia la izquierda y luego despacio hacia la derecha.

—Ya sabes lo que opino de la mercancía dañada. Tendré que hacer mucho esfuerzo con esa cara tan fea que tiene.

—¡Dafne es guapa! —gritó Penélope mientras Leda intentaba taparle la boca a la niña con una mano atada.

—¡Vaya, así que tengo una opinión experta! —Le acarició la cabeza y se rió—. ¿Y qué otros atributos tiene, jovencita?

Ketaar se encogió un poco: no quería que se supiera la verdad hasta encontrarse bien lejos.

—¿No deberíamos ocuparnos de los negocios primero?

—No sé, pero yo diría que estás intentando ocultarme algo. ¿Es que ésta también tiene algún problema oculto?

Ni a Ketaar ni a Marduk se les ocurrió una respuesta convincente.

—Tú —dijo Rhasis, dirigiéndose a Marduk—. Has estado muy callado. ¿Qué tienes que decir sobre esta mujer?

Marduk vaciló al contestar.

—Pues... Ketaar dijo que sólo entiende griego...

—Es de carácter amable —intervino Ketaar por su confuso colega.

—Entonces, ¿por qué pegarle? Vamos, vamos, señores, ya basta. —Se volvió a Xena y le habló en su lengua materna—: ¿Eres de carácter agradable?

Xena se agitó nerviosa: no tenía ni idea de qué estaba hablando.

—O es sorda o es boba. —Y volvió a preguntarle—: ¿Cuántos años tienes?

Ella hizo un gesto negativo con la cabeza y siguió removiéndose.

—¿Cómo te llamas?

—Ratón —contestó Xena en voz baja.

—¡Una idiota maltratada! ¿Cómo voy a obtener un beneficio? Esto resulta poco satisfactorio.

—Es fuerte, señor Rhasis, y se le darían bien los niños —intervino Marduk.

—La mayoría de mis clientes no tienen niños y tampoco querrían una niña adulta.

Ketaar sabía que tendría que negociar o quedarse con la mercancía.

—Te voy a hacer una oferta. Si pierdes dinero, puedes descontarlo de mi próximo cargamento.

—Si consigo más, dividiré la diferencia contigo. ¿Trato hecho? —sonrió Rhasis.

—Trato hecho.

Rhasis y Ketaar se estrecharon la mano como viejos amigos. Rhasis le entregó una pesada bolsa de dinero y luego llamó a su robusto guardia para que se llevara a los cautivos.

—En la bolsa hay dinero extra por los hombres. Decidme, ¿cómo los capturasteis?

Marduk sonrió de repente, cosa poco propia de él.

—Los cogimos al mismo tiempo que a la embarazada.

En la mente de Rhasis surgieron muchas imágenes sórdidas.

—Ya —dijo, devolviéndole una sonrisa lasciva.


Bagdad: surgía imperiosa del desierto, deslumbrante en su desoladora blancura. Las magníficas puertas abovedadas hacían honor a todas las historias que había oído sobre ellas. Gabrielle se quedó mirando boquiabierta la famosa entrada, totalmente sobrecogida.

Sintió un golpecito en la bota. Un niño con un gorro rojo en forma de cono le estaba preguntando algo.

—Lo siento, no entiendo —contestó Gabrielle sonriéndole.

El niño levantó la mano haciéndole un gesto para que esperara. No tardó en regresar con un amigo. El amigo habló.

—¿Eres nueva en nuestra ciudad? —dijo en un idioma conocido.

Gabrielle soltó un suspiro de alivio.

—Pues sí, ¿cómo lo has sabido?

—Todos los visitantes nuevos se quedan mirando nuestra puerta de esa forma. —Abrió los ojos de par en par para imitarlos.

Ella se echó a reír ante la imitación de un extranjero por parte del niño.

—Mi amigo quiere saber si puede llevar a tu animal a un establo por ti.

Gabrielle se deslizó ágilmente desde el lomo del camello y desató un paquete para llevárselo.

—¿Puedo confiar en él?

—Oh, sí, señora, yo también lo ayudaré.

—Vale —dijo entregándole las riendas—. ¿Quiénes sois?

—Yo soy Tytus y él es Amir.

—Yo soy Gabrielle. —Sacó dos monedas de plata y le dio una a cada uno—. Es posible que tarde un poco. Si los dos seguís aquí, os daré dos más.

Los niños contemplaron la moneda de plata que tenían en la mano.

—¡Así será!

Amir, todo excitado, ató una tira de tela naranja al arnés y luego, tras entregarle a Gabrielle una tira de tela del mismo color, los dos niños salieron corriendo hacia los establos con Gruñón.

Al mirar hacia arriba cuando pasó por las puertas, Gabrielle no pudo evitar sentirse bastante intimidada y diminuta en comparación.


—¡TODAVÍA SE VEN LAS MARCAS! —le gritó Rhasis a su maquillador—. ¡TÁPALAS!

Hubo que aplicar una capa más de polvo a la mejilla y el ojo magullados de Xena. Al terminar, el espeso maquillaje que cubría la cara de Xena le daba un aspecto extraño, una mezcla de actriz de kabuki y payaso de circo.

Satisfecho con el resultado, Rhasis hizo un gesto a los guardias para que empezaran a transportar a los demás al estrado de subastas.

—Vamos con retraso, sacad primero a los hombres.

Uno de los guardias giró una gran llave en una cerradura situada en el suelo; luego levantó una simple trampilla de madera y la dejó abierta con una barra de hierro. Unas escaleras de piedra bajaban hasta un túnel resbaladizo que recorría las ajetreadas calles hasta la plaza principal.

Últimamente resultaba difícil encontrar esclavos, y muchos compradores venían de muy lejos para competir por lo que Rhasis tuviera que ofrecer en subasta y se estaban impacientando. Sabían que si alguien podía suministrar algo que escaseaba, ese alguien era Rhasis.

—¡Llevo dos días esperando! ¿Dónde está la mercancía? —gritó un acaudalado mercader.

—Yo me voy, es la primera vez que Rhasis no consigue esclavos —dijo otro.

—¡Ja, paciencia, viejo! ¡Puede sacar vino hasta de las piedras! —respondió uno de los compradores.

—Sí, ¿pero te atreverías tú a beberlo?

Hubo algunas risas entre la multitud.

Se oyó un fuerte redoble de tambor detrás de una cortina que al instante se abrió, y Rhasis salió y se subió al estrado con su mejor atuendo de brocado de satén azul y amarillo. Levantó la mano para acallar al numeroso público. Todo el mundo guardó un silencio expectante, incluso los más protestones.

—Tengo una interesante colección para vender, pues hoy ofrezco dos hombres...

—¿Ancianos, como la última vez? —preguntó una viuda rica.

La multitud se echó a reír.

—Dos jóvenes, señora, ¡suficientemente jóvenes para que te sientas joven de nuevo!

Dio una palmada y los hombres fueron llevados por la fuerza al estrado. La gente soltó exclamaciones y suspiros al ver unos especímenes tan estupendos.

—Empezaré la puja con treinta shekels de plata por el moreno.

—¡Treinta y cinco!

—¡Cuarenta y cinco!

—Ofrecen cuarenta y cinco shekels por este extraordinario especimen de virilidad, ¿quién ofrece cincuenta? Tú, señora, ¿qué me dices? ¡Te calentará la cama estupendamente en esas largas noches de invierno!

Rhasis pronunció cada palabra tentadora con tono sugerente.

—No, no me gustan los morenos, ¡estoy esperando al rubio!

Los clientes se echaron a reír de nuevo.

—Cuarenta y cinco a la una, cuarenta y cinco a las dos... vendido al caballero de la barba roja por cuarenta y cinco shekels. Y muy buen precio que es.

El primer prisionero fue arrastrado fuera del estrado y luego hicieron avanzar al otro.

—He aquí mi segunda oferta, de mejor calidad. Más músculos y más guapo, me atrevo a añadir. Empezamos la puja con cuarenta...

—¡Cuarenta!

—¡Cuarenta y cinco!

—¡Cincuenta!

—¡Cincuenta y ocho!

—¡Sesenta y cinco!

—Me están ofreciendo sesenta y cinco, querida señora. ¿Qué te parecen setenta?

La mujer de mediana edad tamborileó con los dedos y miró al nervioso esclavo que estaba en el estrado.

—¡Que sean setenta!

—Ofrecen setenta... setenta a la una... setenta a las dos... ¡VENDIDO! ¡Bien hecho, señora! ¡Que disfrutes de tu nueva mascota!

También éste fue arrastrado por la fuerza fuera del estrado. Rhasis dio una palmada para que trajeran al estrado a las dos siguientes.

—Ahora deleitad vuestros ojos con esta encantadora joven, que lleva premio extra, como todos podéis ver.

—¿Qué puedo hacer con una moza embarazada? —preguntó un anciano.

—¡Muchas cosas, amigo mío! ¡Fue capturada practicando... digamos que uno de sus muchos talentos ocultos con los dos caballeros que acabo de vender!

Leda estaba inmóvil en el estrado, intentando bloquear su mente para no oír los numerosos silbidos y rechiflas.

—También tengo a esta pequeña... —Rhasis levantó a Penélope en brazos—. Es lista y no le da miedo expresar su opinión, ¿verdad, jovencita? —le preguntó en griego.

—Me llamo Penélope —dijo ella con tono ligeramente molesto.

—¿Lo veis? Lo que os he dicho, amigos, es lista.

—No sé qué ha dicho. La niña habla en un idioma extranjero.

—Así es. ¡Puedes enseñarle árabe y ella puede traducir para ti cuando viajes! Empezaré la puja con veinte shekels.

—¿Son madre e hija? —preguntó un hombre más bien alto desde la última fila.

—No, no tienen nada que ver. Veinte shekels es la puja inicial por la mujer, ¿oigo veinticinco...?

—Me gustaría comprarlas juntas —declaró el mismo hombre sin andarse con rodeos.

—¿Cuál es tu oferta?

—¿Noventa shekels por las dos?

—¿Alguien puede superar esta generosa oferta?

Algunos de los presentes hicieron gestos negativos.

—Pues muy bien, ¡VENDIDAS! Ahora tienes una familia, amigo mío, ¡y a un precio de ganga!

El hombre se acercó al estrado donde Rhasis le pasó a Penélope.

—Me llamo Jabor —dijo sonriendo a la niña que tenía en brazos.

Le trajeron a Leda inmediatamente. Jabor le lanzó una pequeña bolsa a Rhasis. Jabor cortó sus ataduras y cogió la mano temblorosa de Leda.

—Tengo una hija pequeña en casa que necesita a una mujer en su joven vida —dijo él con torpe acento.

Leda lo miró. No era guapo, pero sus ojos eran bondadosos. Jabor empezó a alejarse despacio con Leda y Penélope a ambos lados.

—Espero que con el tiempo las dos nos consideréis vuestros amigos.

—Y ahora mi oferta final de la tarde...

Rhasis dio una palmada por última vez. Sacaron a rastras a Xena y la empujaron hacia delante.

—Ésta es una joven de temperamento tierno. Tengo entendido que se le dan bien los niños. Por ella dejaré la puja abierta. ¿Quién quiere empezar a pujar?


PARTE 2


Volver a Xena y Gabrielle: Relatos largos y novelas
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