El sueño

D.K. Ward



deven@detfig.net

Título original: The Sleep. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2010


Mi sueño por esa pesadilla antinatural
drena mi sueño
Encubre el ocaso con estas lágrimas
mi recuerdo: un sueño
Mi sueño por esa pesadilla antinatural
Duermo...
aplastada en un sueño.

1


La salida del sol es para el día lo que la puesta del sol es para la oscuridad. Los sueños eran para Alex Dagny lo que Alex Dagny era para los sueños.

El mundo entero era, realmente, un escenario para Alex, pero sólo cuando estaba dormida. En el cartel teatral de su mente ponía: “Alex Dagny, ésta es tu vida”. Pero no lo era: sólo eran imaginaciones. No obstante, ocupaba su lugar en el auditorio de un solo asiento, se comía las hipotéticas palomitas, y esperaba a ver qué le iban a ofrecer sus sueños esta vez.

Los ojos de Alex se movían: la fase REM llevaba en marcha diez minutos. Lo más frecuente era que nada más poner la cabeza en la almohada, desapareciera de este mundo y se adentrara en los acontecimientos extraños y a veces dolorosos de su mente inconsciente. No era que viviera otra vida en sus sueños: no, era más bien una identificación de esa vida que nunca había tenido.

Había pasado dos veces por la adolescencia, una vez despierta en el mundo real, y otra en sueños, reviviendo cosas que por lo demás yacían en los recovecos más profundos de su mente cuando estaba despierta. Recordaba la fiesta de cumpleaños que le organizó su madre (viva por entonces, pues había dejado de ser de este mundo cuando ella cumplió 16 años) cuando cumplió un año. La tarta era de una sola capa, cubierta de chocolate y con una gran vela en el centro. Soñaba el color de la vela, rosa, y veía la llama que se agitaba y saltaba de lado cuando su madre la traía de la cocina al comedor en penumbra y luego la depositaba delante de ella.

Ella estaba sentada en una trona. Se veía perfectamente a sí misma, y a su alrededor estaba su familia inmediata. Estaban el tío Chester y George (su amante de entonces. George había muerto de SIDA en otro de sus sueños, cuando ella era mucho mayor). A su lado estaban sus primos, Phil y Denise, los únicos gemelos de la familia. Y frente a los gemelos estaban su padre y su hermano mayor, Tom. Su hermana aún no había nacido, y en otra revelación del mundo de los sueños, moriría de cáncer a los tres años.

El ambiente rebosaba de amor y risa. Todo el mundo, Alex misma incluida, apagaba la única vela soplando. La habitación resonaba después con los aplausos y, regocijada, Alex daba palmas con sus manitas regordetas y luego las alargaba y agarraba un puñado de tarta. Todo el mundo estallaba en carcajadas.

Alex se despertó con una sonrisa. Disfrutaba cuando los sueños eran agradables. No le hacían ninguna gracia aquellos en los que perdía a su familia onírica, o en los que rompía con alguien a quien quería mucho. No, esos le hacían demasiado daño. Sabía que era una tontería estar tan encariñada con la gente de sus sueños: a fin de cuentas, eran producto de su imaginación. Nadie de su familia se parecía a nadie de sus sueños.

En una ocasión se planteó que tal vez estuviera viviendo una vida pasada a través de sus sueños, pero como estas aventuras ocurrían en sueños, abandonó la idea y no volvió sobre ella. Pensó en influencias externas. ¿Acaso no había visto Pasión de la mente, una película romántica de suspense en la que la fantasía y la realidad se hacían imposibles de distinguir para una mujer que llevaba una doble vida en sueños? Alex se acordaba perfectamente de la frase publicitaria: “¿Qué pasaría si tuvieras dos vidas al mismo tiempo? ¿Qué pasaría si supieras que una vida ocurre sólo en tus sueños? ¿Qué pasaría si no supieras cuál de las dos vidas es la real?” Rechazó la idea con desprecio. Esto era el siglo XXI, no era un sueño. Qué más daba, a lo mejor era impresionable, pero (y se apostaría la vida en ese “pero”), ¿acaso los sueños no habían empezado antes de que viera esa película? ¿Y acaso no había alquilado la película a causa de los sueños?

Y su situación era muy distinta de la que aparecía en la película. Ella no se debatía entre dos amantes, ni ponía en duda su realidad. Sabía cuál era su mundo. Por lo tanto, desde el punto de vista psicológico, estaba bien: era una mujer cuerda que se divertía en sueños. No lograba explicar por qué los sueños empezaban con los mismos personajes, muy a menudo con alguna que otra aparición de una nueva amante como estrella invitada en la pantalla de su mente. Tampoco lograba explicar cómo soñaba con estos personajes.

Por supuesto, podría haber otras películas que se estuvieran cebando con su subconsciente, pero ninguna que tuviera conciencia de haber visto.

Tenía el cuerpo entumecido: le solía ocurrir cuando se despertaba tras uno de esos sueños de “otra vida”. Se notaba las piernas como si llevara años sin moverlas, y le entraba un hormigueo en los brazos cuando se ponía a moverlos para recuperar la circulación. Se despertaba con dolor de cuello y con la garganta absolutamente seca. Le costaba abrir los ojos, pero al cabo de un rato, y tras mucho frotar, los párpados se alzaban para descubrir un par de ojos asombrosamente azules, que ella consideraba su mejor atributo.

Su amante, Cally, no estaba por allí, y Alex pensó que así era mejor. Cally Taylor estaba un poco celosa de los sueños de Alex, sobre todo de aquellos en los que ésta tenía relaciones románticas. Quería apoyarla, pero se sentía desazonada cuando Alex le describía, con detalle, su viaje diario a ese otro mundo.

Ella suponía que su fuerza de voluntad era mucho más fuerte que la de Cally y que tenía claras sus prioridades. Era su credo, y no le sorprendía gran cosa no sentir celos cuando veía que Cally se fijaba en un cuerpo esbelto en el gimnasio o cuando recorría a una modelo con la mirada durante un intermedio de televisión mientras veían un partido de tenis. Esas cosas no tenían importancia alguna en su mundo, su mundo real. Había demasiados problemas en el mundo para preocuparse de las errantes miradas de admiración de su amante.

Recordaba con un grado de detalle increíble el final de algunos de los sueños, pero a medida que avanzaba el día, las imágenes se iban borrando poco a poco de su mente hasta que eran un diminuto destello en el fondo de su mente.

¿Pero no era así mejor? No podía vivir su vida actual moviéndose en un sueño, por muy tentador que fuese. Su vida real estaba bien. Tenía una amante, y las dos tenían una hija. Gozaba de buena posición económica, y la carrera de Cally como escritora estaba floreciendo. No podría haber pedido más, y tampoco quería más.

Los sueños eran sueños que eran sueños. Y así era como quería que siguiera todo.

Su día avanzó rápidamente. Apenas se daba cuenta del paso del tiempo mientras creaba la famosa tira cómica Amy: la idea era parecida a la tira de Cathy, pero reflejaba en cierto modo su propia vida. La suya era una versión lésbica de Cathy, y no habría querido que fuese de otra manera.

En su vida onírica, era una aburrida asesora fiscal. Esto era lo que le indicaba que no eran más que sueños y no vidas pasadas que regresaban para atormentarla, y que no estaba loca (en modo alguno). No se imaginaba llevando una vida tan prosaica como la de una abogada, sobre todo una asesora fiscal. Intentaba cambiar ese aspecto de sus sueños, para trabajar tal vez como abogada de los ricos y famosos, o para asuntos internos, cualquier cosa menos como vulgar asesora fiscal, pero por mucho que lo intentara, y lo deseara, asesora fiscal era lo que era y lo que siempre sería en ese otro mundo.

Oyó a Gail entrar al galope en la casa y levantó la mirada a tiempo de ver el largo autobús amarillo apartándose de la acera. La esfera arañada de su reloj le dijo que eran las tres y cuarto.

La niña tenía siete años, y era clavada a Cally. Una versión atenuada de Cally, pero toda Cally en cualquier caso. A fin de cuentas, era su madre biológica, por lo que era normal que se pareciera a ella. Con una sola excepción, los penetrantes ojos azules de Alex, la niña tenía el mismo pelo dorado y perfecto, la misma boca firme cuando se ponía seria, el mismo humor cáustico que su madre derrochaba gentilmente con Alex de vez en cuando. Era bajita para tener siete años, lo cual le indicaba a Alex que como mucho conseguiría llegar al metro cincuenta y ocho si tenía suerte. Alex medía treinta centímetros más que Cally. Cuando estaban de pie la una al lado de la otra, la cabeza dorada de la mujer más baja le llegaba a Alex justo al hombro. Ni más ni menos.

Cuántos archivos de donantes habían revisado para dar con alguien que se pareciera un poco a Alex —alta, un metro ochenta y cinco, piel morena, largo cabello oscuro, inteligente, divertida— pero al final, encontraron un tipo que tenía sólo uno de los llamativos atributos que poseía Alex, sus ojos azules.

—¿Mamá? —se oyó a través de la casa, y Alex gritó a su vez:

—¡Estoy aquí, renacuajo!

La niña siguió los acordes de Debussy que se filtraban desde el primer piso. Alex oyó el ruido de Nikes a la carrera en las escaleras y luego un golpe, y se imaginó la mochila tirada sin ceremonias al suelo del pasillo, y no pudo evitar sonreír. La niña también había heredado de Cally su tendencia al desorden.

—Recogerás tus cosas cuando vuelvas a subir, jovencita —la regañó cuando la niña apareció por fin en la puerta de su estudio, algo jadeante, con las mejillas coloradas y mechones de pelo sueltos del apretado moño que ella misma se había hecho esa mañana.

—Sí, mamá —prometió Gail. Recibió un abrazo y un beso en la punta de la nariz y se apartó del efusivo abrazo de Alex para ver lo que había dibujado ese día—. ¡Oh, cómo mola, ha conseguido el perro! —Rebosaba de emoción.

Alex miró a la niña con desconfianza.

—Eso no quiere decir que nosotras también vayamos a tener uno.

—Pero... La tira trata de ti, de nosotras. ¡Si Amy tiene un perro, nosotras también!

—La hija de Amy también ha tenido paperas. ¿A ti te gustaría tener paperas?

La niña negó tajantemente con la cabeza.

—¡No, gracias!

—A veces me invento alguna cosita, si no sería todo poco interesante.

—Nuestra vida es poco interesante —protestó Gail.

—Tal vez. Para una niña de siete años, irse a la cama ya es toda una aventura.

Gail puso los ojos en blanco y se encaminó hacia la puerta.

—¿Te aviso a las seis? —preguntó mirando hacia atrás.

—Y con los deberes hechos. Los revisaré mientras preparo la cena. —Y se acordó—: ¿Tienes hambre? ¿Quieres merendar?

—Me he comido unas patatas en el autobús —gritó Gail desde las profundidades de la casa.

Satisfecha, Alex volvió al trabajo. Era una buena niña: se portaba bien y rara vez les daba la lata a ella o a Cally. Reconócelo: has criado a una hija modelo. Contenta con la idea, siguió dibujando.


2


El día de su graduación, un año después de que su madre hubiera fallecido. Alex tenía los ojos llenos de lágrimas, por lograr algo que su madre y ella se habían esforzado mucho y durante mucho tiempo por conseguir: uno de sus hijos con el instituto terminado y de camino a la universidad, y porque su madre yacía en su tumba y no podría ver su sueño hecho realidad. Pero su madre lo sabía: Alex estaba convencida de ello.

Su padre estaba allí, lo mismo que su hermano, Tom. Éste estaba cerca de la tarima fingiendo que se le había caído algo para poder atisbar por debajo de la toga de una de las chicas. Menudo pervertido, pensó Alex, y miró a su padre como diciendo: “ O lo detienes o lo estrangulas, cualquiera de las dos cosas me parece bien”.

A pesar de las gracias de su hermano, el día no podría haber sido mejor. Vio a su tío Chester, sin pareja y víctima del virus que se había llevado a su amor. En el otro mundo, su mundo real, Alex sabía que lloraría la pérdida de su tío onírico.

Después de la graduación, tenía que volver corriendo a casa, cambiarse, y salir con las chicas para hacer una última gamberrada antes de ponerse seria y empezar a pensar en la universidad.

La noche terminaría con una nota de alegría: sería la noche en que Alex besaría a una chica por primera vez.

A medida que avanzaba la velada, la animación iba en aumento, y las chicas estaban algo borrachas, salvo Liz Widrow, que estaba encargada de conducir esa noche. Estaba sentada al lado de Alex y contaba las botellas de cerveza que había bebido la chica. El total actual era de cuatro. La puerta del bar se abrió, dejando pasar el ruido de la calle junto con otro grupo de graduados que se reían y se empujaban entre sí.

Los ojos de Alex se posaron en la última persona en entrar. Era la chica bajita, la que se había sentado a su lado durante todo el semestre en Biología. Alex llevaba una vida quedada con ella, y se le sonrojaron las mejillas al ver que Liz llamaba al grupo para que se sentara con ellas. Alex se preguntó si alguien se daría cuenta si se dejaba caer debajo de la mesa. Menuda machorra estaba hecha.

Evitó el contacto visual con la belleza todo lo que pudo, que fueron cinco minutos de tiempo “Te adoro” según su reloj estropeado, y por fin los ojos de Alex se posaron en ella. Se sorprendió mucho cuando descubrió que le devolvía la mirada.

Se preguntó si era corriente que hubiera dos personas homosexuales en la misma familia. ¿O simplemente se sentía atraída por lo desconocido? Para nada, no era eso. La primera vez que Billy Peterson la besó, supo que le faltaba algo, y rápidamente, aunque en secreto, se descubrió admirando a las otras chicas en el vestuario cuando se cambiaban entre la clase de gimnasia y las otras clases.

Se llevó una sorpresa mayúscula cuando vio que la chica le hacía un gesto indicando la puerta de detrás. Alex dejó su paquete de cigarrillos en la mesa (otra señal de que estaba soñando, puesto que en la vida real era asmática y no podía fumar), agarró su Heineken y avanzó hacia la parte trasera del bar. Le dio gusto sentir el aire fresco en la cara, y lo estaba aspirando a grandes bocanadas cuando oyó música, pues la puerta se abrió detrás de ella. Y entonces supo que no estaba sola: Tina había salido y estaba justo detrás de ella.

La puerta se cerró, bloqueando el ruido de dentro, y las dos se quedaron solas, con las estrellas, y los ruidos nocturnos, y la luna que las envolvía.

La charla intrascendente dominó la conversación al principio, pero en cuanto se conocieron fuera de Biología y las dos descubrieron que la otra tenía un sentido del humor que le gustaba, se rompió el hielo, o más bien se hizo añicos. Menos de tres horas después estaban en la playa, paseando cogidas de la mano y riendo en los momentos adecuados mientras se intercambiaban historias de su infancia.

Sabían que era el principio de algo, y al final de la noche ninguna de las dos se quería ir a casa, pero no les quedaba más remedio. A fin de cuentas, eran las cuatro de la mañana. Alex se imaginó a su familia llamando a todos los hospitales para dar con ella, y por lo que contaba Tina, la suya estaría igual de preocupada.

Terminaron la velada con un abrazo, y luego el beso.

Sonó el despertador. Cally gimió, se volvió de lado y dejó caer el brazo sobre el estómago de Alex. Ésta resopló dormida y luego se quejó. Intentó aferrarse a los últimos jirones del sueño, pero había desaparecido. Sus labios acababan de tocar los de Tina, y aquí estaba, en su cama, al lado de Cally. Notaba el calor de su cuerpo y la calidez de las sábanas debajo de ella. Le dolían las piernas, y seguro que tenía los brazos dormidos. No se iba a mover aún: dejaría que sus extremidades se despertaran a su ritmo. Entretanto, intentó abrir los ojos: los tenía llenos de sueño y de lágrimas secas. ¿Había estado llorando mientras dormía? No habría sido la primera vez. Cuando su hermana pequeña murió en uno de sus sueños, Alex se despertó con la almohada empapada, la garganta dolorida y una ronquera que le duró hasta que se tomó la primera taza de café.

Esta vez sospechaba que había ocurrido lo mismo. Pero fuera cual fuese su aspecto externo, por dentro se sentía flotar, no sólo por haber recibido su primer beso en ese otro mundo, sino por lo orgullosa que se había sentido de sí misma. Eso rara vez le ocurría actualmente. Estaba orgullosa de la hija que tenían, y del hogar que se habían construido, pero de sí misma... Hizo una lista mental de sus logros y entonces se enfureció (por primera vez) con los sueños. ¿Por qué tenían que hacer que se sintiera inferior? Ésa no era la realidad, pero esto sí. Era una buena dibujante, una buena creadora de tiras cómicas y una buena mujer. Tenía muchas cosas de las que sentirse orgullosa.

Ella también había terminado el instituto y había ido a la universidad. Su vida en la realidad y en el otro mundo hasta los veintitantos años era prácticamente igual, o al menos sus logros lo eran. Estudiante de sobresaliente, graduada con matrícula de honor, con una familia orgullosa a su lado. De modo que no tenía motivos para sentir envidia. No había la más mínima prueba de que fuese menos mujer en esta vida que en la de sus sueños. Punto final.

—Estás un poco pálida —la saludó Cally, aplastando las extremidades doloridas de Alex con sus femeninas formas. Depositó un beso en los labios bien dispuestos de Alex y después, se apoyó en un codo para mirarla fijamente—. ¿El sueño otra vez?

Alex asintió, con los ojos cerrados.

Cally captó la indirecta: Alex no le iba a contar aún de qué había tratado. Le pareció bien. Se apartó de Alex rodando y se puso de pie al lado de la cama para estirarse. Daba gusto desentumecerse. Bostezando, fue al cuarto de baño para comenzar el día.


Alex conversaba con su compañera con la boca llena de pasta de dientes. No vio la fugaz sonrisa de Cally a su espalda cuando se inclinó para escupir un buche de dicha sustancia en el lavabo.

—Hoy tienes que recoger a Gail. Sólo tiene medio día de clase y tiene que llegar pronto al entrenamiento de fútbol.

—Muy bien —prometió Alex y escupió el resto de la pasta de dientes. Se sonrió en el espejo, inspeccionando su labor. Seguían blancos, salvo por una mancha de café que se le había pasado por alto. Depositó más pasta de dientes en el cepillo y se puso a trabajar en el diente culpable.

—Sigue así y acabarás quedándote sin esmalte —le tomó el pelo Cally, dándole un azote con la toalla que había estado usando para secarse el pelo—. Venga, presumida, baja al plano mortal con todos nosotros.

Alex la miró en el espejo enarcando una ceja.

—Te lo recordaré mañana cuando esté esperando media hora para entrar aquí mientras tú te emperifollas.


No habría una visita al cuarto de baño al día siguiente, ni durante muchos días. Fue rápido e imprevisto. La minivan se estampó con el costado del Toyota de Alex en un semáforo en verde.

El impacto aplastó el vehículo y a la mujer que iba dentro. El mundo se puso blanco y luego negro. Alex se preguntó si esto era la muerte, y de ser así, ¿no se tendría que haber quedado todo blanco? No le parecía que estuviera en el infierno: el infierno era para los que desafiaban al Señor y a los asesores fiscales.

Qué cosa tan curiosa era la muerte. Los sentidos se aguzaban. Oía ruidos a los lejos que en el mundo normal nunca habría captado. Sentía un dolor increíble en el cuerpo, y se preguntó si era a causa de sus sentidos exacerbados o si realmente le dolía tanto. ¿Había dolor después de la muerte? ¿Cómo lo iba a saber, si nunca se había muerto hasta ahora? Pues si esto era la muerte, quería que le devolvieran el dinero. Dios, quiero subir al próximo tren con detino la muerte, que está embarcando por la puerta 2045.

Se vio a sí misma como un personaje dibujado en su tira cómica: una figura unidimensional a color que flotaba hacia el cielo en una nube. Todavía no le habían salido alas ni halo. Eso sería más tarde, cuando estuviera inscrita en el cielo. ¿Inscrita? ¿Ahora el cielo era un club de campo?

Con independencia de que su mente estuviera perdiendo facultades, era muy consciente de que la muerte se le echaba encima, y de que el cielo le pisaba los talones. Se oían sirenas, y había gente meneándola y toqueteándola como si fuese una nueva cosecha de tomates. Le entró la risa floja, al imaginarse a la gente inclinada encima de ella olisqueándola. Sangraba como un tomate y el cemento se llenaba de la sustancia roja. Tenía los pulmones como si tuviera un coche aparcado encima del pecho, y le ardían las extremidades como si las estuviera consumiendo un incendio.

Intentó hablar y notó que se le soltaba un diente. Lo único que pudo hacer fue esperar hasta que cayó de su labio inferior al pecho. Bien, era ese terco diente manchado de café. Ya no tengo que ocuparme de cepillarlo.

Su mente divagó hasta Cally, y se puso a rezar. Queridísima Cally, vienes a mí cuando estoy sola, prendiendo fuego en mi corazón, me hablas, una voz de terciopelo que hace estallar mis sentidos con cada palabra. Donde tú estés, ahí estoy yo, dentro y fuera, te siento. Y tocándote por dentro es donde más te amo. Lamento no haberte dicho que te quería antes de irme esta mañana, mi vida, pero sé que se puede oír a los muertos cuando hablan. Óyeme ahora, amor mío. Te quiero muchísimo.

Cuando las últimas palabras abandonaron su mente, flotando en un pensamiento hacia su amada, Alex Dagny murió.


3


Había una luz brillante. ¡Esto! Ésta es la luz que estaba esperando, pensó la mente incorpórea de Alex. Al final no he ido al infierno. Santo Dios, has oído mis plegarias.

Luz cegadora, eclipsada. Veía imágenes detrás de la luz, y se preguntó si serían familiares perdidos que venían para llevarla a casa. ¿A que sería estupendo que fuese como en Ghost y que la acogieran en su seno amoroso? Oh, mira, ahí estaban el tío Chester y su amante. Oh, ¿y no era ésa su hermana pequeña? Tres años y corriendo por todas partes como si tuviera cinco.

Pero espera, estos no son mis parientes, recordó. Éstas son las personas del sueño. El sueño. ¿Era posible? ¿Estaba soñando de nuevo? ¡Oh, gracias a Dios! ¿Y esa luz brillante? ¿Era simplemente la luz del sol que venía a despertarla con un beso para emprender un nuevo día?

—¿Alex? —Alguien intentaba inmiscuirse en su placentero viaje. Frunció el ceño, pues no quería saber nada.

—Alex, ¿me oyes? —Otra vez. Alex no quería hacer ni caso. No, si acudía a esa voz, ¿no abandonaría el sueño por la realidad? Aún no estaba preparada: tenía mucho más que soñar. No había terminado. No quería estar viva.


Después de lo que debían de ser décadas, pero que en realidad fue una semana, Alex abrió los ojos. No mucho, pero sí lo poco que consiguió cuando se los despejó.

Había una mujer desconocida de blanco de pie a su lado. Alex observó la habitación despacio. Había máquinas a su alrededor y paredes blancas en todas direcciones. Se veía los pies y los artilugios metálicos que le recubrían las piernas. ¿Eran clavos de metal como los que usaban para las personas que tenían los huesos destrozados?, se preguntó. ¡Y mis brazos! ¿Qué me pasa en los brazos? Intentó levantarlos y tuvo la misma sensación que le entraba cuando se despertaba de uno de sus sueños del otro mundo. Los tengo dormidos, nada más. Les daré unos minutos y se pondrán perfectos. Su cerebro no quería reconocer la verdad: el sencillo hecho que había echado raíces en su realidad.

El cuello le dolía a rabiar y, olvidándose de sus brazos, intentó levantar la mano para masajearse el cuello. El dolor fue intenso, y se mordió el labio inferior. Era su labio inferior, ¿no? La sensación era como si alguien le hubiera pegado un kilo extra de carne. Intentó lamérselo con la lengua, pero no tenía saliva.

—Agua —graznó. ¿Eso ha sido mi voz? ¿Qué demonios ha ocurrido?

Inclinándose por encima de su cuerpo, la enfermera había llamado al puesto de enfermería para avisar al médico en cuanto se dio cuenta de que Alex estaba consciente. Había terminado de examinarle las pupilas con la linterna y se había vuelto a guardar el objeto en el bolsillo. Alcanzó la mesilla de noche y acercó una taza de plástico a los labios resecos de Alex. Tenía una pajita, y la insertó en medio. Puso su mano fresca sobre la de Alex y ésta notó el contacto. Al menos tenía sensación en las extremidades.

Alex tragó ávidamente el líquido fresco y luego tragó algo de aire. Ahora se sentía un poco mejor. Al menos tenía la garganta un poco más abierta que antes.

—¿Dónde estoy? —preguntó, haciendo la pregunta de rigor.

Recibió la respuesta de rigor: estaba en un hospital, había tenido un accidente, y ahora debía descansar, el médico llegaría en seguida para hablar con ella.

Tal y como había prometido, un hombre alto vestido con un pijama verde de cirujano entró a largas zancadas por la puerta. Se estaba quedando calvo, pero debía de pensar que si se peinaba todo el pelo del lado derecho de la cabeza hacia la izquierda, nadie se daría cuenta de ese pequeño detalle. Sus ojos eran amables, y se dio cuenta de que le caía bien. Era sincero.

—Vaya, vaya, se ha despertado. Bien. ¿Cómo se siente, señorita Dagny?

—¿Qué aspecto tengo?

Él sonrió más y aceptó el portapapeles metálico que le entregaba la enfermera.

—¿Dónde está Cally? —preguntó Alex, preguntándose dónde podría haber estado su compañera aparte de a su lado durante toda esta ordalía.

—¿Disculpe? —El médico la miró, apartando los ojos de la lectura y sus notas.

—Cally Taylor, mi amiga. ¿La ha avisado alguien?

El médico miró a la enfermera y ésta lo miró sin decir nada mientras se ocupaba de monitorizar los monitores que monitorizaban a Alex.

—No creo. Alguien podrá avisarla. Hemos llamado a su padre, que viene desde California. Nos costó muchísimo dar con él. Luego ha habido unas tormentas tremendas, por lo que ya han retrasado su vuelo dos veces. Sin embargo, sus primos sí que están aquí. Llevan aquí desde que la trajeron.

¿Primos? No sabía que tuviera primos que vivieran en Nueva York o en las proximidades y que pudieran haber acudido tan deprisa para estar a su lado. Cally, tenía que conseguir que llamaran a Cally.

—Por favor, si pueden, llámenla. Sé que querría estar aquí. Y Gail debe de estar preocupadísima.

—¿Gail? —Parecía aún más perplejo.

—Mi hija.

Frunció los labios un momento y posó una mano en el brazo de Alex.

—Lo siento, señorita Dagny, pero no nos habían informado de que hubiera una niña. —Hojeó los cuadros y papeles del portapapeles para asegurarse de que no había una nota que se le hubiera pasado por alto.

Alex se estaba empezando a poner muy nerviosa. Algo no iba bien, y no eran precisamente sus muchos huesos rotos.

—Si pudieran llamar a Cally. —Susurró el número, y la enfermera se apresuró a salir para cumplir con el encargo.

Con ese asunto en marcha, el médico repasó la lista de lesiones. Había entrado en coma en el momento en que la sacaron de los restos del coche. Sus constantes vitales eran inestables y hubo que meterla en la UCI. Su estado era crítico, y le dijo que se habían temido que no pudiera salir adelante. Sin embargo, él tenía fe en ella, y aquí estaba, despierta y hablando, muchísimo más de lo que esperaba para haber pasado sólo siete días desde el accidente.

La enfermera regresó, cariacontecida. Se llevó al médico aparte un momento y se pusieron a susurrar. Entonces él se volvió hacia Alex, con una sonrisa de disculpa.

—Me temo que el número que le ha dado a la enfermera está fuera de servicio, señorita Dagny. ¿Está segura de que...?

—Tengo ese número de teléfono desde hace ocho años. —Alex apartó la cabeza y se quedó mirando la ventana—. Llame al periódico entonces. Hable con mi jefe. Él se pondrá en contacto con Cally. —Sentía una emoción renovada.

—¿El periódico?

—Sí, el Daily Advisor. Publico una tira cómica. —Se sentía un poco ofendida porque no supiera quién era ella. ¿Pero qué cara se me ha quedado?

—¿En qué ciudad se publica?

—¿En qué ciudad? —Alex se quedó mirándolo atónita—. En esta ciudad. Es un periódico local. ¿Es que no lee?

—Creo que nunca he oído hablar de él, pero para asegurarnos... —Le hizo un gesto a la enfermera y ésta desapareció de nuevo.

Mientras la apurada enfermera se dedicaba a su nueva tarea, él dejó el portapapeles y se puso a examinar las heridas de Alex.

—Se está usted recuperando de una forma asombrosa, señorita Dagny. Mucho más deprisa de lo que pensaba que iba a ocurrir. —Estaba encantado y orgulloso de la rapidez con que había actuado en urgencias, gracias a lo cual había quedado preparada y lista para el quirófano para que le arreglaran el cuerpo destrozado.

Alex dejó que el sonido de su voz volviera a hundirla en el olvido. Sólo quería dormir y soñar.


4


La siguiente vez que Alex abrió los ojos, había gente en la habitación. No eran empleados del hospital: eran las personas de su sueño. Para Alex empezaba a estar claro que seguía soñando con ese otro mundo. Pero esta vez el sueño estaba durando muchísimo, y era distinto. Seguía en el hospital, y el dolor era demasiado real. Nunca había experimentado algo tan auténtico en ninguno de los otros sueños.

Su padre del otro mundo advirtió de inmediato que estaba despierta y, junto con sus primos gemelos y su hermano Tom, corrió a su cama, disimulando el dolor y la preocupación con sonrisas de alegría y alivio.

—¡Alex! —no pudo evitar exclamar su padre lleno de júbilo. Colocó su manaza encima de su mano y se la apretó delicadamente—. Cuánto lo siento, cariño. Quería llegar lo antes posible... —Se calló al ver la lágrima que le iba resbalando desde el ojo izquierdo—. Tesoro, no llores.

Así que no era más que un sueño. Podía dejar que siguiera su curso, dejar que comunicara el mensaje que quisiera y luego podría regresar a su vida normal. Intentó poner la mano encima de la de él, pero el dolor que le subió por el brazo impidió que siguiera intentándolo.

—No intentes moverte tan pronto, Alex. —Su hermano estaba inclinado al otro lado de la cama, mirándola. Con los años había perdido su personalidad de payaso adolescente y se había convertido en un hombre del que su padre se sentía orgullosísimo. Ahora tenía familia propia, una esposa y tres hijos. Era un hombre bueno en todos los sentidos. Al verlo ahora y ver su vida, no podía creer que hubiera sido semejante diablo cuando era pequeño. Intentó sonreír un poco por él.

Los primos, que habían tenido un importante papel en sus años de formación en este otro mundo, empezaron a hacerse sitio junto a la cama.

—Eres un milagro, Alex —dijo el hombre, y su gemela, que estaba a su lado, asintió mostrando su acuerdo—. El médico dice que es posible que pierdas un poco de memoria, y tendrás que hacer terapia para volver a aprender algunas cosas que se te puedan haber olvidado, pero a juzgar por tu capacidad de recuperación, creemos que estarás levantada dentro de nada, y que podrás continuar con tu vida como si este accidente no hubiera ocurrido. Así que nada de hundirte. Esto no es más que un pequeño contratiempo.

Agradeció sus palabras, aunque fuesen inútiles en este mundo onírico. Un pequeño contratiempo. ¡Y cómo!


El tiempo parecía transcurrir despacísimo para Alex en esa cama de hospital. No tenía nada que hacer más que pensar y hacer juegos mentales con su intelecto en el encerado de su cerebro. No recordaba haber notado nunca el paso del tiempo en ninguno de los otros sueños. Sí, el día se transformaba en noche y luego llegaba la mañana, pero ¿eso no era lo normal? “Un pequeño contratiempo”. Las palabras resonaban en su cabeza. ¿Qué podría ser una gran contratiempo comparado con este pequeño contratiempo?, se preguntaba. La muerte, suponía. Y tal vez eso no fuese tan descabellado, a fin de cuentas. ¿Y si había muerto y estaba destinada a vivir en este mundo onírico hasta que le llegara el momento de regresar al plano terrenal?

Tenía que levantarse, salir, lo antes posible. No podría soportar mucho más estar tumbada en la cama. Era una persona demasiado activa para permitirse vegetar de esta manera. ¿Había llamado alguien a su trabajo? ¿Y su otra vida? Su vida real. ¿Qué hacía durmiendo tanto? Seguro que Cally ya la tendría que haber despertado. ¿Pero qué era el tiempo en los sueños? Un mero parpadeo en el mundo real podía abarcar una vida entera en sueños.

El dolor era demasiado real para seguir creyendo que no era más que un sueño. No había dolor capaz de hacerse notar tanto en un mundo onírico. ¿Pero qué sabía ella de sueños? Te dormías, soñabas y te despertabas. Eso era todo. Ella no buscaba significado a sus sueños, los consideraba simplemente las películas de su mente, un lugar al que iba para liberar la energía del día.

Dicen (¿quiénes?) que te pellizques si crees que estás soñando. Pero ¿los clavos que tenía en los brazos y las piernas no bastaban como pellizco de realidad?

De modo que se puso a examinar este mundo onírico suyo. ¿Y si no estaba soñando? ¿Y si éste era su mundo real y el otro era el que soñaba? Menuda tontería, pensó riéndose de sí misma. Ahora eres la mujer de esa película, sin saber qué es real y qué no lo es. No debía permitir que nada causara impresión en su mente. Tenía que pensar racionalmente. Sabía con certeza que era dibujante, y que tenía una compañera llamada Cally Taylor, y que tenían una hija llamada Gail. Esa vida era demasiado real para ella como para creer otra cosa. Había vivido esa vida toda su vida, no por partes como le ocurría con esta vida, su vida onírica. Así que sin duda sabía qué era real y qué no lo era. O eso parecía.

Había estado siete días en coma. ¿Eso justificaba una vida entera? Mientras estaba en coma en esta vida, su vida con Cally, ¿había soñado dicha vida entera? Era un poco demasiado complejo para ella. Pero ¿qué otra cosa tenía más que tiempo de sobra para pensar?

Esa idea fue la primera que se puso a examinar. ¿Había estado viviendo en realidad esa otra vida mientras estaba comatosa, mientras su subconsciente intentaba volver a conectarla con su mundo real obligándola a soñar con él dentro del sueño?

Sueños dentro de sueños dentro de sueños. Un concepto extraño, pero no del todo inaceptable o poco realista.

Tenía que ser la realidad: llevaba dentro de este sueño mucho más tiempo que con cualquier otro. Era una mujer bastante inteligente: no leía muchas cosas de fantasía ni de ciencia ficción. Era más aficionada a Poe o a Shakespeare, no a HG Wells. Siguiendo con esa idea, sólo pudo creer lo que hasta ahora había sido impensable: estaba soñando con “otra” vida, mientras soñaba con su vida real dentro de ese sueño.

Y al pensar eso se puso a gritar.


5


—Alex, cielo, tienes que hablar en algún momento —intentó convencerla su terapeuta, doblando la pierna de Alex por la rodilla y empujándola hacia atrás sobre su pecho. Alex era cliente suya desde hacía un año, y durante todo ese tiempo la mujer no había dicho ni una palabra, ni de queja, ni de dolor, y tampoco se había reído. Pero a veces lloraba. Era muy triste, la verdad, era una mujer brillante. June Abrams lo veía en sus ojos, aunque fuesen dos apagados ojos azules que en otro tiempo chispeaban.

Alex había hecho grandes progresos. Podía leer y escribir, y pronto podría andar. Hacer funcionar sus cuerdas vocales era el mayor desafío para June. Pero tenía fe. No estaba todo perdido. Si la mujer se hubiera rendido, ¿habría continuado con las dolorosas sesiones de fisioterapia tras salir del coma, luchando por volver a aprender todas las capacidades básicas? Era evidente que tenía ganas de vivir y de seguir adelante con su vida, y para June la prioridad absoluta era asegurarse de que volvía a ser la mujer completa que era el día en que se metió en su coche y fue arrollada por ese conductor borracho. De modo que la presionaba aún más, haciendo que para Alex fuese imposible plantearse siquiera flojear en sus sesiones.

—Tengo una amiga terapeuta, que hace maravillas con algunas personas. Me gustaría que fueras a verla, Alex. ¿Quieres hacerlo por mí? —Sus ojos marrones se clavaron en los de Alex. Le pareció ver que la determinación que había en ellos flaqueaba un momento, pero luego se recuperó, más fuerte incluso que antes. Soltó la pierna de Alex, bajándola despacio, y luego se apoyó sobre una mano, por encima del cuerpo tendido de Alex—. Volverás a hablar, Alex. No perdiste la lengua en el accidente. A lo mejor sí perdiste la voluntad de hablar, pero la recuperaremos.

Se echó hacia atrás, sin dejar de mirar a Alex, cuyos ojos no se apartaban de su propia mirada intensa. Le susurró:

—Sé que no te has rendido. Estás aquí, estás mejorando, quieres ponerte bien, así que ¿por qué no quieres hablar? ¿Mmm? Vamos, dime que me vaya a la mierda, que me meta en mis propios asuntos, cualquier cosa. A estas alturas me conformo con cualquier cosa.

Alex siguió en silencio.

Estaba viviendo en su mundo real, no cabía la menor duda. Hacía más de un año que había llegado a esa dolorosa conclusión. No había ninguna Cally, no había ninguna Gail, no había ninguna tira cómica. Lo que había conocido —o creía haber conocido— era todo una farsa.

Era asesora fiscal. Una vulgar y aburrida asesora fiscal. De todas las cosas patéticas que podría haber sido, tener que cargar con lo más deprimente de todo era lo peor de lo peor. Vamos, no insultes a todos los asesores fiscales, se regañó a sí misma. A algunos hasta les gusta de verdad lo que hacen. ¿Acabo de pensar eso de verdad?, se preguntó. Casi se sonrió por dentro.

Se pondría mejor, seguiría adelante, pero no tenía por qué hablar de ello, ni tenía por qué hablar en absoluto. Además, ¿qué tenía que decir? No podía contarle a nadie lo que le había ocurrido hacía un año. ¿Cómo podía explicar que había soñado una vida que creía que era real y que, en ese sueño, había soñado una vida que sí era real?

Recordó parte de un poema que había leído una vez en esa otra vida.

“¿Dónde está la casa de mis sueños? ¿En qué estado? ¿En qué parte?
Si lo intentas, la encontrarás, dentro de tu propio corazón”.

—¿Alex? ¿Dónde se te ha ido la cabeza? —June le sacudía el hombro. Los ojos de Alex enfocaron la mirada y los posó en June—. ¿Soñabas despierta? —se preguntó June en voz alta—. ¿Con el momento en que te levantes y salgas caminando de aquí? ¿Por qué no lo haces en lugar de soñar con ello? ¿Mm? —Levantó la pierna derecha de Alex y se puso a trabajar con esa extremidad. Alex hizo una mueca.


Su padre la empujó en su silla de ruedas al interior de la consulta de la doctora Daniels un mes después. Ella no había manifestado estar de acuerdo en ver a esta loquera, pero June le había dado la lata amablemente hasta que aceptó la tarjeta de la doctora y concertó una cita.

No pensaba que le fuera a hacer daño: a lo mejor hasta sacaba algo de las sesiones. Al fin y al cabo, ¿no era eso lo que hacían los loqueros, desenloquecerte la cabeza? Por supuesto, tendría que hablar con la buena de la doctora para que empezara el desenloquecimiento. De eso se ocuparía más tarde. Las primeras impresiones eran muy importantes para ella. Si la doctora metía ahí la pata, no volvería.

—Ah, Alex, bienvenida —la saludó la recepcionista—. La doctora está con su cita de las once, no tardará nada. ¿Quiere que le traiga algo?

Sí, ¿qué tal mi antigua vida? Apartó la mirada de la mujer y la dirigió a las ventanas que tenía detrás. Había una buena vista del aparcamiento. Si alguien intentaba robarle el coche, lo vería perfectamente. No podría hacer gran cosa, claro, pero sería una estupenda testigo.

Señora, ¿qué aspecto tenía el ladrón?

Silencio.

Señora, ¿puede describir lo que llevaba puesto?

Silencio.

Señora, ¿cuántos eran?

Silencio.

La puerta se abrió, desviando la atención de Alex de sus divagaciones. Vio que en el umbral aparecía una niña de no más de nueve años. Llevaba un bonito vestido y relucientes zapatos negros. Llevaba el pelo con coletas. Reprimiendo las lágrimas, Alex pensó en Gail y cerró los ojos.

—Adiós, mamá —oyó la voz de la niña, y luego pasos a la carrera cuando cruzó el espacio alfombrado y salió por la puerta abierta.

Alex notó una presencia ante ella, un calor tan acogedor que abrió los ojos y empezó a subirlos por el cuerpo que tenía delante. Alex estuvo a punto de desmayarse cuando sus ojos se encontraron y se quedó contemplando el rostro de su amada Cally.

Los ojos verdes, la sonrisa blanca y perfecta salvo por la pequeña mella del incisivo de cuando, a los once años, se cayó de los columpios en el parque del barrio. Su pelo seguía siendo de ese mismo tono dorado rojizo, de la misma longitud. Incluso los mechones que escapaban al cepillo cuidadoso seguían siendo los mismos, rizándose alrededor de su oreja, rebelándose.

Una mano apareció ante su cara y entonces oyó la presentación que hacía una voz que Alex habría reconocido con los ojos vendados.

—Hola, Alex, soy Ca-

Por primera vez desde hacía más de un año, Alex dijo una sola palabra, la única palabra capaz de recomponer todo su mundo:

—Cally...


FIN


Volver a Uberficción: Relatos cortos
Ir a Novedades