La taxista

Kim Pritekel



Descargos: Aunque puede que estas dos señoras encantadoras se parezcan a un par de personajes estupendos de televisión, no lo son, ¡ea! Estas dos me pertenecen a mí y sólo a mí. Pero, si me lo pedís amablemente, podéis jugar un poco con ellas.
Subtexto: AQA (¿Argumento, qué argumento?). ¿Hace falta decir más?
Lenguaje soez: Sí, un poco. Pero nada que la abuela no haya oído ya, seguramente.
Si queréis decirme lo maravillosamente que escribo o que doy asco, sois libres de hacerlo en: XenaNut@hotmail.com

Título original: The Cabby. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Ahora sí que empezaba a llover de verdad y las calles eran un borrón grisáceo en la oscura noche de Nueva York. Puse el limpiaparabrisas a la máxima velocidad y suspiré. Odiaba este tipo de noches. Podían pasar dos cosas: o había muchísimo trabajo, porque nadie quería que lo pillara la tormenta, o no había nada de trabajo, porque nadie quería que lo pillara la tormenta. Y esta noche era del segundo tipo. Pero, después de llevar más de cinco años conduciendo este taxi, había aprendido a aprovechar esta clase de situaciones. Es que de día soy escritora y de noche, taxista. De modo que algunas de mis mejores ideas se me habían ocurrido mientras daba vueltas, buscando clientes. Pero esta noche me temo que la musa no me acompañaba. Tenía la mente en blanco. Eso es algo que odio.

Torcí por la Quinta despacio y el agua del arroyo me salpicó las ventanillas cubriéndolas de suciedad. Frené un poco mientras avanzaba por la calle: ésta era la zona rica, donde era menos probable que la gente se quedara en casa por culpa del mal tiempo. Efectivamente, así fue y, de hecho, apenas vi a la persona cuando salió al bordillo. Me detuve despacio para no cubrirla de barro. Ésa no era forma de conseguir una buena propina.

Se abrió la puerta de atrás, iluminando por un instante el taxi oscuro, y entró mi cliente con un espectacular chapoteo frío y húmedo, cuando su ropa mojada se deslizó por el lustroso vinilo del asiento de atrás. Es que llevo uno de esos grandes taxis antiguos de carrocería voluminosa y curvilínea de color amarillo brillante. El asiento de atrás era amplio y olía igual que los asientos de un autobús escolar.

Me volví en el asiento de delante, apoyando el brazo en el respaldo, y miré a mi nuevo acompañante.

—¿Dónde vamos? —pregunté.

—Usted conduzca —fue la respuesta grave y aterciopelada. No le veía la cara: miraba por la ventanilla empapada por la lluvia y tenía el perfil tapado por la larga melena oscura que le caía en mechones abundantes y mojados.

—Vale. Pero el taxímetro está corriendo —dije, dándome la vuelta para poner el taxi en marcha.

—Ya.

La miré un momento por el espejo retrovisor. Seguía mirando por la ventanilla hacia el edificio del que acababa de salir. Al apartarme del bordillo, miré hacia arriba para ver qué edificio era. El Ritz-Carlton. Caray. A lo mejor hasta me sacaba una buena propina después de todo.

—¿Quiere que vaya por algún sitio en concreto? —pregunté mientras avanzaba despacio por la calle, lista para girar al instante. Por fin me miró. Se me cortó la respiración al encontrarme con su mirada en el espejo. Era una belleza de rasgos marcados y los ojos azules más increíbles que había visto en mi vida. Incluso en la oscuridad del coche, parecían relucir. Pero lo que más me llamó la atención fue la tristeza que emanaba de esos ojos. Parecía tan perdida.

—Algo que sea tranquilo. Sin mucho tráfico.

Giré el volante, doblando bruscamente a la izquierda en la esquina de Thorn y me dirigí por un atajo que conocía y que nos llevaría a una zona oscura y agradable de calles laterales.

Viajamos en silencio. Esta mujer me había despertado la curiosidad totalmente y, por mucho que detestara reconocerlo, también la libido. Me moría por saber quién era y por qué estaba tan triste, pero aunque a mis clientes les caía bien y siempre era afable con ellos, nunca hacía preguntas y nunca me metía donde no me llamaban. Su voz líquida invadió mis pensamientos.

—Bueno, ¿cómo se llama? —preguntó. Volví a encontrarme con su mirada. Justo en ese momento pasamos por debajo de una farola que iluminó la mayor parte del coche y a ella. Tenía una expresión de lo más... interesante. La tristeza seguía allí, pero ahora también había otra cosa. Enarcó una ceja oscura cuando no respondí—. ¿Es que no se debe preguntarle el nombre a la taxista? —dijo, con una ligerísima sonrisa bailándole en la cara. Sonreí.

—Nic —dije.

—Abreviatura de Nichole, supongo.

—Sí.

Pasamos por debajo de otra farola y, de nuevo, sus ojos se posaron en los míos.

—Tiene los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida —dije y cerré la boca de golpe. No me podía creer lo que acababa de decir. La oí reír por lo bajo. Ahora me puse a mirar de nuevo la calzada, demasiado avergonzada para mirarla a los ojos.

—Yo puedo decir lo mismo de usted, Nic. No es frecuente ver un matiz de verde tan increíble.

Noté que me ponía muy colorada. Me las apañé para sonreírle.

—Gracias.

Las dos nos quedamos calladas un rato, mientras el paisaje bañado por la lluvia pasaba ante las ventanillas. Parecía que estaba escampando un poco. Levanté la mirada y advertí que ya se veía la luna.

—¿Le gusta la lluvia? —me descubrí preguntando.

—Sí. Me parece muy bonita. Muy erótica. —Aguanté el aliento y miré de nuevo su reflejo, pero vi que ella también se estaba fijando en la luna—. También me encanta la luna. Tan misteriosa —dijo, con un tono casi melancólico. Luego me miró de nuevo—. Dicen que la luna llena impulsa a la gente a hacer cosas extrañas. —La miré a los ojos y el deseo que reflejaba mis propios sentimientos era más que evidente. Me moví en el asiento, un poco incómoda de repente al notar la humedad que se me estaba acumulando entre las piernas—. ¿Alguna vez has hecho algo extraño durante la luna llena, Nic? —Su voz se había hecho grave, bajando casi una octava.

—No —dije, con un tono que era poco más que un gemido trémulo. Sonrió.

—¿Lo harías? —Se echó hacia delante en el asiento de atrás y el lustroso asiento chirrió protestando. Noté que sus dedos, que seguían frescos por la lluvia fría, me acariciaban un lado del cuello, apartándome el pelo largo y rubio del hombro—. ¿Mmm? —preguntó, echándome el aliento cálido en la oreja. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo que terminó directamente entre mis muslos, que apreté involuntariamente por un momento.

—Sí —suspiré. Noté más que oí su risa contra mi piel. Entonces se pasó al asiento de delante y se sentó a mi lado. Cuando empecé a guiar el taxi a un lado de la calle, me detuvo.

—No. Sigue conduciendo —ronroneó. La miré un momento, intentando averiguar qué se proponía. Me pasó un dedo por el lado de la cara y luego noté que se acercaba y aspiraba mi olor. Me estremecí cuando su lengua se deslizó por mi mandíbula, acabando en mi oreja, donde se puso a chuparme el lóbulo. Noté que se me empezaba a acelerar la respiración y que tenía el corazón a punto de saltarme del pecho—. Quítate esto —me susurró al oído, tirando de la camisa abierta de franela que llevaba encima de la camiseta. Sin apartar los ojos de la calzada mojada por la lluvia, conseguí quitarme la gruesa camisa—. Muy bonito —dijo, acariciándome los pezones endurecidos con los dedos. No llevaba sujetador debajo de la camiseta blanca—. Qué preciosa eres, Nic —susurró, acariciándome la mejilla y bajando luego por mi cuello.

Casi ni vi la señal de stop hasta que la tuvimos encima. Pisé de golpe el freno. La mujer apenas logró mantenerse en el asiento, con el brazo apoyado en el salpicadero. Sonreí cortada.

—Perdón.

Ella sonrió y volvió a colocarse a mi lado. Me agarró la barbilla y me volvió la cara delicadamente hacia la suya. Rozó mis labios con los suyos y luego volvió a por más, apretando con fuerza sus labios contra los míos, sacando la lengua e insistiendo en colarse en mi boca. Acepté su regalo de buen grado y de mi garganta se escapó un gemido cuando su mano encontró de nuevo uno de mis pechos y el beso se fue haciendo más profundo. Por fin se apartó y las dos jadeamos sin aliento.

—Sigue conduciendo —dijo en un suspiro. Pisé el acelerador y seguimos bajando por la calle.

Continuó besándome y lamiéndome el cuello al tiempo que deslizaba la mano por debajo de mi camiseta e iba subiendo por mi piel acalorada hasta mis pechos. Gemí, tratando de no cerrar los ojos al sentir la exquisita caricia. Sus dedos me rozaron los pezones, uno a la vez, y luego los pellizcaron, provocándome unas sensaciones increíbles por todo el cuerpo. ¡Nunca en mi vida había estado tan excitada! Me levantó la camiseta hasta dejarla recogida debajo de mi barbilla y agachó la cabeza hasta que su boca se cerró sobre una de las doloridas puntas.

—Oh, Dios... —gemí y casi nos salimos de la calzada. Ella se rió sobre mi piel.

—No nos mates, Nic —dijo. No pude responder, pues la mano que me había estado tocando los pechos fue bajando por mi cuerpo hasta que llegó a la cremallera de mis pantalones de pana. Mis caderas se mecieron para encontrarse con sus dedos, que hurgaban a ciegas para bajarme la cremallera. Por fin, yo misma bajé la mano y la abrí de un tirón, soltando el botón al mismo tiempo. Le agarré la muñeca y le metí la mano entre mis piernas.

—Mmm. Qué caliente. Qué húmeda —ronroneó, acariciándome alrededor del pezón con la lengua. Sofoqué un grito al notar que sus dedos encontraban mi humedad. Me acarició ligeramente, luego me abrió con el pulgar y el dedo corazón y hundió el dedo índice, deslizándolo por el suave calor—. Qué gusto —suspiró, de nuevo en mi cuello. Volví a agitar las caderas, pues necesitaba sentirla dentro de mí. Captó la indirecta y me penetró con dos dedos—. Ojalá pudiera saborearte, Nic —dijo, moviendo más deprisa los dedos. Yo ya estaba empezando a jadear, con el cuerpo en llamas.

—Sí —suspiré, mordiéndome el labio inferior.

—¿Estás lista, cariño? —me susurró al oído, jadeando a su vez.

—Sí —conseguí decir a duras penas. Mantuvo el mismo ritmo, pero me encontró el clítoris con el pulgar y empezó a deslizarlo por la húmeda protuberancia, apretando y acariciándolo de nuevo. Abrí las piernas todo lo que me permitían los pantalones y los pedales y se me pusieron los nudillos blancos de apretar el volante al sentir que cada vez estaba más cerca. Ya podía ver el borde. Noté que me volvía a lamer el pezón. Con un grito, caí por el precipicio y mi cuerpo explotó con el esfuerzo. Hasta hoy todavía no sé cómo no nos matamos cuando me corrí.

Sentí otro estremecimiento por todo el cuerpo cuando me sacó los dedos y volvió a abrocharme los pantalones. La miré mientras se lamía los dedos, con una sonrisa de satisfacción en la cara.

Me acarició la cara, me tapó los pechos jadeantes con la camiseta y me susurró suaves palabras al oído. Sentí que mi cuerpo volvía a la tierra y empecé a recuperar el aliento.

—Tengo que volver —dijo en voz baja, apartándose de mí. Alargó el brazo por encima del asiento y cogió su bolso de la parte de atrás.

Hice unos cuantos giros que nos llevarían de vuelta a la calle principal que llevaba al Ritz-Carlton.

Paramos delante del inmenso edificio y me quedé mirándola, sin saber qué decir ni qué pensar. Era una criatura asombrosa y no creía que la fuera a ver de nuevo.

—Me llamo Jenna —dijo con tono apagado, ofreciéndome la mano. La miré y me di cuenta de que era la misma mano que me había dado tanto placer apenas quince minutos antes. Sonreí y se la estreché, llevándome sus dedos a los labios y besándole los nudillos. Me olí en su piel salada—. Bueno, aquí tienes —dijo, hurgando en el bolso y entregándome unos billetes doblados.

—No. No te he llevado a ningún sitio —dije en voz baja.

—Sí que lo has hecho. Necesitaba esto esta noche, Nic. Mi vida se ha hecho tan complicada y solitaria. Y entonces te he conocido. Gracias. —Me besó suavemente, acariciándome el cuello con las uñas y provocándome escalofríos en la espalda. Se apartó y agarró el tirador de la puerta. Con una última sonrisa, abrió la puerta, cegándome por un momento cuando el taxi se llenó de luz. La miré mientras entraba en el edificio y volví a la calle con el corazón apesadumbrado.

Miré el fajo de billetes y los tiré en el asiento de delante. Cuando ya estaba empezando a fijarme de nuevo en la calzada, advertí que se caía algo de entre los billetes. Me paré en un semáforo en rojo y lo cogí. Era una tarjeta de visita.

Jenna Alexis
Abogada

Le di la vuelta:

Habitación número 203

Me quedé contemplando la noche que tenía por delante y luego, con una sonrisa, encendí el cartel de FUERA DE SERVICIO y giré en redondo en medio de la calle desierta.


FIN


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