¡Inocente, inocente, Charlie Brown!

Kim Pritekel



Descargo: Estas dos señoras resultan familiares y tal y cual, pero ya sabéis de qué va el rollo. Son mías, así que por favor controlad las babas.
Violencia: No.
Subtexto: Bueno, hay dos mujeres en una relación, pero la verdad es que no hay nada de sexo. Es sólo un relato agradable, tipo Nora Ephron, para pasar un buen rato.
Nota: Vale, para que nadie decida lincharme: ni trabajo ni he trabajado nunca en el New York Post ni en el Bergen Record. Así que, para resumir, no tengo ni idea de cómo funciona ninguno de estos periódicos. Lo reconozco totalmente, así que no digáis que no os lo he advertido.
Si queréis decirme lo maravillosamente que escribo o que doy asco, sois libres de hacerlo en: XenaNut@hotmail.com
Para Alexa. Para siempre jamás.
[Nota de Atalía: el día 1 de abril (April Fools' Day) es en los países anglosajones el equivalente de nuestro 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, con las típicas bromas o inocentadas.]

Título original: April Fools, Charlie Brown! Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


...El problema que tiene el mundo hoy día es que nadie tiene ya sentido del humor. ¿Cómo es eso posible? A mí me parece que uno de los mayores pecados de todos los tiempos es tomarse a uno mismo demasiado en serio. Qué diablos, yo me expongo todos los días a que todo el mundo se ría de mí. ¿Por qué tú no?

Resumiendo, ahora que se aproxima el Día de los Inocentes, da un paso atrás, mírate y no te tomes la vida ni a ti mismo demasiado en serio.

La vida ya es bastante seria de por sí.

K. Reynolds

Kelly pulsó la tecla de Intro y se reclinó en la silla, mordiendo la patilla de las gafas mientras leía lo que acababa de escribir para su artículo semanal. Asintiendo con aprobación, lo guardó y tiró las gafas encima de la mesa, frotándose el entrecejo para intentar aliviar un poco la tensión. Otra vez esos malditos dolores de cabeza.

—¿Kel?

Los ojos verdes se abrieron para ver a Bill Stuart, director del Post, en la puerta de su diminuto y estrecho despacho.

—¿Sí?

—¿Has acabado ya? Necesito ese artículo dentro de una hora.

La menuda rubia vio cómo el que era su jefe desde hacía ocho años se aflojaba la corbata, desabrochándose el primer botón. Stuey estaba estresado.

—Sí. ¿Qué pasa, jefe? —preguntó, levantándose para estirar la espalda. Bill entró en el despacho y dejó caer todo su peso en la única silla gastada que había delante de la mesa de Kelly, pasándose la mano por el pelo canoso.

—Ah, demonios. Esa maldita edición que vamos a sacar para el Día de los Inocentes es un puro quebradero de cabeza. ¿Pero a quién se le ha ocurrido una idea tan estúpida? —Golpeó el borde de la mesa con la mano.

—Pues a ti, Bill.

Stuey puso los ojos en blanco al ver la sonrisa que tenía delante.

—Sí, pues ha sido una estupidez. Ojalá el maldito Record desapareciera de la faz de la tierra.

—No. Eso no está bien. ¿Con quién competiríamos entonces, Stu? ¿El Times? —Kelly resopló—. Anda ya. —Rodeó la mesa, con cuidado de no golpearse la cadera en la pared al pasar por el estrecho espacio, y le dio una palmada en la espalda al director—. Vamos, viejo, que tengo que trabajar.

Bill Stuart se levantó con un suspiro, dio un par de pasos hacia la puerta y se volvió.

—¿Cuándo voy a tener tu artículo?

—Mmm. —Kelly se rascó la cabeza con el borrador de su lápiz, contemplando la pila de papeles que había sobre su mesa—. Bueno, esta noche tengo esa entrevista con Tommy Mathis, así que lo imprimiré y te lo dejaré en mi mesa, ¿vale? ¿Te pasas tú a recogerlo?

—Claro. Eso me va bien.

Con una sonrisa, Stuart se marchó. Kelly volvió a abrirse paso hasta su silla y se sentó, tratando de decidir qué hacer. Volvió a leer su artículo, corrigiendo unos cuantos errores sin importancia, y pinchó Guardar y luego Imprimir. La impresora tosió y se reanimó con un zumbido. Suspirando con alivio al ver que esta vez sí que iba a funcionar, Kelly se puso a mirar sus archivos, buscando su artículo del Día de los Inocentes para imprimirlo.

Mientras se imprimía el primer documento, releyó el artículo del Día de los Inocentes y en su cara se fue dibujando una sonrisa lenta y maliciosa. El artículo no estaba terminado, así que pensó que lo mejor sería imprimirlo, llevárselo a casa y terminarlo a la antigua: a mano.

Kelly dio un respingo por el estridente timbrazo del teléfono. Llevándose la mano al pecho para calmarse el corazón desbocado, descolgó el teléfono.

—Kelly Reynolds.

—Sí, señorita Reynolds, Tommy Mathis.

—Ah, sí. Hola, señor Mathis. Estoy deseando entrevistarlo más tarde.

—Bueno, sí, por eso llamo. Tengo que adelantarlo.

—Oh. —Kelly miró el reloj y luego por la pequeña ventana que había detrás de su mesa. Había empezado a nevar con ganas—. Mmm, ¿cuándo?

—Pues, ¿puede venir ya?

—¿Ya? —casi gritó en el teléfono. El tráfico de la tarde acabaría con ella. Había tenido la esperanza de dejar que pasara lo peor antes de salir. Recuperando la profesionalidad, carraspeó—. Quiero decir, ¿quiere que vaya pronto?

—Sí. Voy a estar aquí hasta las 6.

Kelly volvió a mirar el reloj y casi se cayó de la silla.

—Mmm, vale. Creo que podré estar ahí dentro de veinte minutos.

—¡Estupendo! Hasta ahora.

Kelly miró el auricular silencioso que tenía en la mano como si fuera una serpiente de tres cabezas y luego lo colgó de golpe al darse cuenta de lo que pasaba. Sacó el bolso del cajón superior de su mesa, se echó la chaqueta al hombro y salió corriendo del despacho, regresando segundos después para recoger su cartera del suelo cerca de la puerta.

El tráfico estaba horrible, tal y como había imaginado. La rubia estaba en la esquina, contemplando cómo el tráfico neoyorquino del final de la jornada pasaba ante ella a velocidades alarmantes. ¡Un taxi! Emocionada, Kelly agitó el brazo y paró al taxi amarillo.

—Gracias —musitó, elevando los ojos al cielo gris plomizo. El taxi se detuvo con un chirrido de frenos y Kelly se apresuró a abrir la puerta de atrás, cerrándola de golpe tras ella, cuando el viento frío casi la empujó al otro lado.

—¿Frío, ¿eh? —dijo la taxista, cuyo pelo rubio iba recogido en una esmerada coleta—. Soy Nic. ¿A dónde la llevo?

—Encantada, Nic. Mm, necesito ir aquí. ¿Me puede llevar en menos de veinte minutos? —La joven cogió el trozo de papel que le tendía Kelly y asintió.

—Agárrese.

Kelly notó que todo su cuerpo se aplastaba contra el asiento de vinilo crujiente cuando la taxista pisó el acelerador hasta el fondo y salieron casi volando por la calle.


—¿Kelly? —Bill Stuart asomó la cabeza por la puerta que estaba al lado de la suya. Frunció las pobladas cejas al no ver a su reportera detrás de su mesa—. Mierda. —Entró en el despacho, toqueteando algunos de los papeles esparcidos por la mesa—. La voy a matar como no lo haya dejado. —Siguió mirando y de repente sus ojos se posaron en la impresora y sonrió—. Así me gusta. —Agarró los papeles que sobresalían, los enrolló y se marchó.


La noche había caído sobre la ciudad, lo mismo que el penetrante frío. Kelly se estremeció al entrar en McDougal's, su hogar lejos del hogar lejos del despacho. El ambiente cálido y acogedor la recibió al abrir la pesada puerta, cuyo cristal estaba medio cubierto de vaho. Suspiró al mirar a su alrededor, donde la típica masa del viernes se estaba relajando. Era temprano, así que todavía no habían llegado los que de verdad celebraban el fin de semana. Sonrió aún más al verla en la barra.

Kelly se quitó la bufanda y los guantes al tiempo que tomaba asiento al lado de Charlotte. La morena la miró, con un poquito de espuma de cerveza en el labio superior a causa del trago que acababa de beber. Charlotte sonrió.

—Eh, hola. ¿Qué tal?

Kelly se acomodó en la banqueta, que siempre le resultaba incomodísima, pero nunca había tenido el valor de preguntarle a la alta belleza si le gustaría ir a un reservado.

—Tirando. Un día duro. Me alegro de que sea viernes. —Vio la sonrisa y el gesto de asentimiento de Charlotte.

—Estoy de acuerdo. ¿Quieres una cerveza?

—Por favor. —Kelly sonrió cálidamente, con los verdes ojos chispeantes.

—Eddie, ponme otra para la señora.

Al cabo de un momento, una jarra fría de Bud se deslizó por la barra de caoba para acabar en la mano impaciente de Kelly. La morena observó mientras la rubia daba tragos largos y pausados, moviendo la garganta con cada trago. Sonrió y meneó la cabeza.

Kelly depositó con un golpe la jarra medio vacía sobre la madera con una sonrisa de satisfacción.

—Qué buena. —Miró a su acompañante, repentinamente seria—. ¿Sabes? Nos conocemos desde hace... ¿cuánto, seis meses? Y todavía no sé nada sobre ti.

La morena se encogió de hombros.

—Sí, supongo que es cierto. —Se acabó la cerveza y sacó la cartera del bolso—. Sin embargo, a pesar de lo que quiera saber de ti o contestarte, me tengo que ir. —Deslizó un billete de cinco debajo de su jarra de cerveza vacía y se volvió hacia la rubia al levantarse, poniéndose el abrigo encima de la chaqueta.

—Oh. —Kelly bajó los ojos un momento, decepcionada—. Bueno, ¿te veo la semana que viene? —Levantó la mirada, tratando de disimular su expresión esperanzada. Charlotte sonrió, con los ojos azules chispeantes y una ligerísima arruga en los rabillos.

—Sí, señora. Me verás. Tengo que irme a casa. Pero te he esperado. Quería al menos decirte hola.

—Ya sé que esta noche llego tarde. Me surgió una cosa del trabajo.

—Oye, son cosas que pasan. Créeme, lo entiendo. —Se inclinó y se sorprendió a sí misma y también a la rubia al abrazarla un momento—. Cuídate. Ah, y haz una lista de todo lo que quieras saber sobre mí y tráetela el viernes. —Con eso, se dio la vuelta y salió del pub.

—Maldita sea.

Kelly volvió a su cerveza, bebiendo despacio, con la cabeza como un torbellino. Charlotte, Charlotte. Frunció las cejas rubias al darse cuenta de que no tenía ni idea de cómo se apellidaba Charlotte. No tenía ni idea de en qué trabajaba, dónde vivía, nada. Se habían conocido en verano, cuando Kelly entró en McDougal's para reunirse con un tipo para una entrevista para un artículo sobre un vertedero tóxico. Había sido al final de la jornada de trabajo, así que cuando se fue el hombre, Kelly se quedó para cenar y beber una cerveza. Una mujer alta y muy guapa se sentó a su lado, pidiendo un Amaretto Sour. Sonrió a Kelly y la saludó. Desde entonces no habían dejado de hablar. Hablaban de todo lo divino y humano: el tiempo, la política, las noticias, y con frecuencia mantenían acaloradas discusiones sobre la mayor parte de los temas. ¿Merecía ganar Bush o tendría que haber sido Gore? ¿Qué tal lo habría hecho Gore con lo del 11-S? Y así seguían. Charlotte tenía opinión sobre prácticamente todo y generalmente chocaba con la de Kelly. A pesar de ello, la rubia la encontraba fascinante y absolutamente deseable.

Volvió a suspirar.

—Maldita sea.


John Lou se dirigió al despacho de Bill, con la esperanza de que el director hubiera terminado con el artículo de Kelly que iba a aparecer en la edición del sábado. Iba silbando por lo bajo mientras recorría los pasillos del New York Post, rozando la pared con los dedos al caminar y saltando para tocar la parte de debajo de la señal de SALIDA, como siempre hacía.

—Billy, ¿has acabado? —llamó, al llegar al despacho del director. Frunció las cejas oscuras—. ¿Billy? No está.

John se encogió de hombros y agarró el papel que estaba al borde de la mesa, justo dentro del maletín abierto de Bill, el lugar de costumbre para los artículos terminados. Se puso el artículo debajo del brazo y se dirigió al ascensor, silbando We've Only Just Begun. Se quedó mirando las luces, luces largas, una de las cuales empezaba a parpadear molestamente. Ya era hora de cambiarla. Tendría que acordarse de hablar con el de mantenimiento. ¿Cómo se llamaba? ¿Kurt? ¿Kyle? Se encogió de hombros, mirando el artículo que llevaba en la mano y leyéndolo por encima. Le gustaba el trabajo de Kelly. Solía estar lleno de ideas perspicaces y humor. Al advertir una tercera página, la sacó, queriendo saber por qué su artículo era más largo esta semana. Volvió a fruncir las cejas oscuras.

"Deseo estrecharte contra mí, sentir tu corazón latiendo con el mío, un encuentro de cuerpos ahora, en lugar de mentes e insultos". ¿Qué demonios es esto? Qué fuerte.

El mensajero sonrió para sus adentros. Qué interesante.


—¿Quién lo ha escrito? —La pelirroja lo miró a los ojos oscuros, sonriendo con complicidad. John se encogió de hombros.

—No lo sé. Lo he recogido en el despacho de Bill, pero estaba con el artículo de Kelly. ¿Qué te parece? —El hombre bajo se acercó más a la mesa de Lucy, agarrándose con fuerza los bíceps mientras seguía inclinándose, leyendo por encima del hombro de la secretaria.

"Aunque puede que tú y yo no estemos de acuerdo en muchas cosas de la vida, así y todo me excitas y quiero intentar domarte, hacerte mío"... ¡Oh, Dios mío —La secretaria se tapó los ojos con las manos, mirando la hoja por entre los dedos cargados de anillos antes de mirar a John—. ¡Esto es genial! —Suspiró—. Una carta de amor aquí, en nuestra oficina.

—¿Qué va a decir Bonny? —preguntó John, preocupado de repente por la mujer del director. La pelirroja se encogió de hombros y sus largos pendientes tintinearon con el movimiento.

—No tengo ni idea. Pero esto está que te cagas. —Siguió leyendo, con las cejas rojas fruncidas—. ¿Quién es Gran C?

—Ni idea.


Kelly llegó por fin a su apartamento, agotada y deseosa de darse un buen baño caliente con espuma. Su sabueso, Pundit, la recibió en la puerta, a punto de perder la cola blanca, negra y marrón de tanto agitarla.

—Hola, cariño —canturreó, cogiendo en brazos al bullicioso cachorro de ocho meses e intentando evitar que se le metiera una lengua de perro en la boca en medio de la emocionada bienvenida. Pundit gimoteó y chilló lleno de emoción, tratando de trepar por Kelly a toda prisa—. Vale, chico. Calma. —Le dio un buen achuchón y luego lo dejó en el suelo, donde sus uñas castañetearon sobre la madera dura. Ella avanzó por el pequeño apartamento, tirando la chaqueta sobre el brazo del sofá, seguida de su bolso, la cartera y los guantes. Pocos minutos y un rastro de ropa después, Kelly estaba reclinada en la vieja bañera de patas en forma de garras, con los ojos cerrados y una apacible sonrisa en los labios. Se le escapó un leve suspiro mientras su mente empezaba a divagar, a crear...

Ojos azules, entrecerrados de deseo, que la atravesaban hasta el alma. Kelly se imaginó el cuerpo de Charlotte, alto, fuerte, hermoso, de largas piernas, piel lisa y unos buenos, redondos, firmes...

—¡Mi artículo! —Kelly salió disparada de la bañera, agarrando una toalla de camino al salón y el teléfono. Marcó y esperó impaciente a que Bill contestara.

—Hola. Éste es el teléfono de Bill Stuart. Ahora no estoy en el despacho, así que si lo desea puede volver a llamar de lunes a viernes hasta las seis de la tarde.

Kelly miró el reloj que tenía encima de la chimenea. Las siete y veinte.

—Maldita sea. —Desconectó y miró a su alrededor muy frustrada. Esperaba que hubiera encontrado su artículo en la impresora. Suspirando, Kelly volvió al baño. ¿Por qué preocuparse? De todas formas, no podía hacer nada hasta el lunes.


El lunes llegó demasiado pronto y a Kelly no le hizo la menor gracia. Observó mientras el ascensor se iluminaba a medida que llegaba a cada piso hasta que por fin se detuvo en el undécimo con un sonido de campanilla, se abrieron las puertas y apareció Karen Martin, esperando para entrar en el ascensor. La mujer más joven se quedó parada un momento al ver a Kelly y luego, encogiéndose de hombros, entró.

—Hola, Kel. ¿Qué tal? —preguntó la recepcionista. Kelly se encogió de hombros sonriendo.

—Bien, supongo. Pero el fin de semana no ha durado lo bastante, deja que te diga. Creo que deberíamos tener un fin de semana de cinco días y dos días laborables. Eso me parece lo justo y todos seríamos mucho más productivos.

La morena se echó a reír.

—Sí. No estaría mal.

La rubia volvió a mirar al frente, con la extraña sensación de que la estaban observando. Miró de reojo a la otra mujer a tiempo de ver que sus ojos oscuros se apartaban a toda prisa. Mmm. Daba la impresión de que Karen estaba confusa por algo o que estaba intentando tomar una decisión. No hizo caso y siguió mirando al frente, para volver a tener la misma sensación un momento después. Se volvió de nuevo y una vez más la mirada de Karen se desvió rápidamente. El ascensor se detuvo en el piso diecisiete y Kelly se apresuró a salir, derecha hacia su despacho. Se quedó sorprendida al ver que Bill la estaba esperando.

—Buenos días, Stuey. Siento haberme olvidado de darte mi artículo el viernes. El tal Mathis me llamó para... —Se quedó callada al ver la expresión solemne de su jefe—. ¿Bill? ¿Estás bien?

Bill Stuart dejó de contemplarse las manos, alzó la mirada y se apoyó en el borde de la mesa de Kelly.

—Somos amigos, ¿verdad, Kel? —preguntó, mirando apenas a la reportera antes de volver a bajar la vista.

—Sí —dijo Kelly, dejando el abrigo y el bolso en la silla y rodeando con un brazo los hombros del hombretón.

—¿Me dirías la verdad si te hiciera una pregunta?

—Pues claro. —La rubia empezaba a estar muy preocupada y el corazón le palpitaba de miedo por su jefe.

—¿Tú crees que Bonny sería capaz de engañarme?

—¿Qué? —Kelly se quedó totalmente desconcertada—. No. Jamás. ¿Por qué?

—Curiosidad. —Bill se encogió de hombros y se acercó a la puerta—. Gracias. Ah, y buen trabajo con el artículo. Lo encontré. —Le sonrió levemente y se fue. Kelly se quedó mirando al vacío, preguntándose qué demonios había pasado en dos días.

Bill regresó a su despacho, subiéndose las mangas de la camisa por el camino. Siempre hacía un calor horrible en el edificio. Suspiró, recordando lo que había leído...

...Estoy harta de competir con el periódico. Necesito algo real en mi vida, algo que sepa que me va a suponer un desafío, y eso eres tú, Gran C. Creo que me he enamorado de ti a lo largo de este año...

Stuey contempló la foto de Bonny y él en Maui tomada el año anterior, mirando los ojos azules de su mujer, la mujer con la que llevaba casado más de treinta años. Sacudió la cabeza, pasándose la mano por el pelo canoso.

—¿Por qué, Bonny? ¿Por qué?

Pensó en lo mucho que se había esforzado con el Post, deseoso de hacer el mejor trabajo posible. Había empezado como repartidor de correo, observando a los reporteros, aprendiendo, hablando con ellos, absorbiendo todo lo que estuvieran dispuestos a darle. Por fin consiguió sus propias historias, trabajando duro, pateándose las aceras, siguiendo a la policía, y por fin había llegado a ser director. Volvió a suspirar. ¿Por qué ahora? Había encontrado la carta sin terminar encima de su mesa al entrar. Justo al borde de su mesa, donde dejaba su maletín. Se debió de caer el viernes. ¿Pero cómo había llegado hasta allí? ¿La había metido allí su mujer por accidente? Ya había notado que su habitual nota de amor no estaba allí el viernes. Pensó que se le había olvidado. Suspiró de nuevo. Se debía de haber equivocado de carta.


Kelly estaba confusa mientras rebuscaba entre todos los papeles de su mesa. Realmente tenía que hacer limpieza. Otra vez. Qué cochambre. Los fue colocando en pilas ordenadas a medida que miraba, tirando lo que tendría que haber desaparecido hacía semanas, haciendo una mueca al encontrar el corazón de la manzana de la semana pasada que había estado buscando.

—Pero qué asco —murmuró, frotándose los dedos pringosos en los pantalones después de tirarlo—. ¿Dónde demonios está? —Miró por su pequeño despacho, como si algo fuera a decírselo. Luego miró la impresora y se acordó. Lo había dejado allí el viernes, olvidado junto con su artículo—. Maldita sea. —Pensando que Bill lo habría tirado, se puso las gafas de leer, encendió el ordenador, abrió el archivo Inocente, inocente, Charlie Brown, se quedó mirando la pantalla, con los dedos juntos bajo la barbilla, y empezó a mordisquearse el labio inferior—. Bueno, Charlie Brown, pedazo de cabrón. ¿Qué más puedo decir? —Kelly cogió el ejemplar del Bergen Record que había comprado de camino al trabajo y lo abrió por el artículo de Charlie Brown. Charles Brown trabajaba para el periódico rival de Hackensack, Nueva Jersey. Brown era pomposo, dogmático y en general un auténtico gilipollas. Llevaban un año compitiendo en sus artículos semanales. Para ella era un consuelo el hecho de que no hiciera nada más en el Record, evidentemente era un cabrón, incapaz de escribir artículos normales. Sonrió por dentro. Dios, le encantaba ser una listilla. Su plan para el Día de los Inocentes era brillante. Todo el mundo, de Queens a Atlantic City, conocía el odio que había entre Reynolds y Brown. El Post había usado esta guerra infame para vender periódicos.

Kelly colocó los dedos sobre el teclado y se puso a escribir...

Después de todo lo que hemos pasado durante este último año, he decidido que ya no quiero seguir peleándome contigo. He llegado a respetar tus opiniones y tu lenguaje pomposo y hasta creo que ese dibujito tan ridículo de Charlie Brown que aparece al lado de tu artículo es bastante mono en plan morboso. De modo que, Charles, te deseo. Deseo ser la Lucy de tu Charlie. La Sally de tu Schroeder, el Woodstock de tu Snoopy. Seré todo para ti.

Kelly se arrellanó en la silla, apartándose largos mechones rubios de los ojos. Suspiró apesadumbrada, casi deseando que la carta fuera cierta y que tuviera a su propio Charlie Brown ahí fuera de quien estuviera enamorada y, mejor aún, que también la amara a ella. Suspiró de nuevo, jugando con un lápiz en la mano y dando un respingo cuando se le rompió entre los dedos. Tiró los dos trozos a la mesa y se quedó mirando el monitor. ¿Era esto lo correcto? ¿Era cruel? ¿Y si Charlie Brown tenía mujer e hijos en alguna parte? Ellos no tenían nada que ver con esto.

—Maldita sea. —Jugó con el ratón, moviendo el cursor por la pantalla sin ton ni son, pensando. Lo colocó sobre Archivo y abrió el menú, destacando Imprimir.

Kelly dio la vuelta a la silla, dando la espalda a la ruidosa impresora, y se quedó mirando por la pequeña ventana: el edificio de ladrillo que había enfrente tapaba casi toda la luz, pero se podía ver algo de luz diurna. Contempló los coches de debajo que pasaban en silencio, deseando estar en cualquiera de ellos, de camino a cualquier parte, con el amor de su vida a su lado.

—A ver si creces, Kel —susurró amargamente y se volvió a su ordenador, cogió las hojas impresas de la impresora, las miró y luego, impulsivamente, las arrugó y las lanzó hacia la papelera.


Julio Iglesias cantaba con esa voz tan sexy que tenía y María Torres cerró los ojos por el placer y meneó las amplias caderas al son de la música, con la aspiradora en la mano.

—Cántame, nene —canturreó en voz alta, bailando por el vestíbulo del Post. Llegó a los ascensores, arrastrando sus herramientas de trabajo, y subió el volumen de su Walkman, acercando aún más la voz del dios español a su corazón y a su libido.

El ascensor sonó, las puertas se abrieron y el piso diecisiete apareció ante la limpiadora. A María le gustaba empezar por la parte más alta del edificio e ir bajando. Fue encendiendo luces, reduciendo su estridente canturreo a un zumbido moderado mientras miraba a su alrededor para ver qué había que hacer.

Como siempre, el despacho del director era una auténtica pocilga, lo mismo que el despacho de la reportera que estaba en el mismo pasillo.

Mierda santa. Cogida. —Suspiró, mirando a su alrededor. Papeles tirados por toda la mesa, como siempre. Miró el suelo para ver lo mal que estaba. No mucho, pero era evidente que esta tía tenía mala puntería. La bola de papel arrugado estaba al lado de la papelera—. ¿Es que te han criado en un puto establo? —masculló mientras miraba el papel, desplegándolo con cuidado llena de curiosidad. Sus ojos oscuros y cargados de rímel se abrieron como platos—. "¿No va siendo hora de acabar con esta charada? ¿No va siendo hora de revelar lo que todo el mundo sospecha ya que es cierto? Un amor tan profundo como el nuestro no debería ocultarse. Tus palabras, tus ideas, la sola presencia de tu nombre me producen escalofríos". —María suspiró, apretando la carta arrugada contra su amplio seno—. Ojalá Carlos siguiera siendo así.

Al ver la silla gastada junto al escritorio, María se sentó y leyó el resto de la carta de amor.


Kelly se alegraba de que la semana hubiera acabado. Había estado llena de plazos largos, agotadores y estresantes y de un jefe quejumbroso. Bill había acudido a ella casi todos los días para intentar averiguar qué ocurría con su mujer. Ella había oído rumores sobre una carta, pero nadie le decía nada cuando preguntaba. No le hacía la menor gracia.

McDougal's se acercaba cada vez más mientras caminaba por la acera, con la cabeza agachada para protegerse del viento y las manos hundidas en los grandes bolsillos de su abrigo. Los acogedores sonidos y olores dieron la bienvenida a la rubia cuando abrió la puerta y en su cara se formó una sonrisa al mirar a su alrededor para ver quién estaba. Bueno, en realidad, para ver si ella estaba. La sonrisa vaciló un poco al ver que la morena no estaba sentada en su lugar de costumbre junto a la barra. Kelly suspiró y entró.

Con el abrigo, los guantes y el sombrero en la banqueta de al lado, Kelly se subió las mangas del jersey hasta los codos y pidió una cerveza. Mientras esperaba, volvió a mirar para asegurarse de que Charlotte no estaba en otra parte. Frunció las cejas rubias oscuras y se echó el pelo detrás de una oreja con una mano. Suspiró decepcionada.

—Aquí tienes, Kelly. ¿Qué tal tu día?

Kelly cogió la jarra con una sonrisa agradecida y miró al camarero.

—No ha estado mal, supongo. ¿Has visto a Charlotte, Frank?

—No. No ha venido en toda la tarde. Lo siento, chica.

—Gracias. —Sonrió de nuevo, saludó al viejo y se volvió en la banqueta para observar el bar. Se empezó a poner melancólica al ver a las parejas que bailaban la canción lenta que sonaba y los grupos de amigos que jugaban al billar o a los dardos. Reían y hablaban, alzando la voz por la diversión y el alcohol. Suspiró. Desde que había llegado a la ciudad, hacía ya dos años, Kelly se sentía muy sola. Sólo tenía unos cuantos conocidos del periódico y uno o dos del bar. Eso era todo. Su familia estaba muy lejos y tan metida en su propia vida que rara vez tenía noticias suyas.

Kelly se levantó de la banqueta, repentinamente abrumada por la tristeza. Cogiendo el abrigo, fue al cuarto de baño, con los ojos llenos de lágrimas y la vista borrosa. Dejando atrás el ruido de las voces y la música, Kelly se apoyó en la puerta cerrada del baño, dejando caer el abrigo al suelo de baldosas. ¿Qué tenía de malo para que nadie la quisiera? ¿Tan fea era? ¿Tan poco interesante? ¿Por qué?

Al ver el espejo encima del lavabo frente a ella, Kelly se levantó, secándose los ojos, y se acercó a él, mirando fijamente su reflejo. Unos ojos verdes y atormentados le devolvieron la mirada, algo rojos e hinchados de llorar. Se miró la cara, haciendo muecas, enseñando los dientes, arrugando la nariz. La gente le había dicho que era atractiva, pero ella nunca se lo había creído. Además, sobre todo se lo había dicho su madre. Las madres tienen que hacer esas cosas. A fin de cuentas, ¿qué padre piensa que su hijo es horrendo?

Kelly se sacó la goma para el pelo del bolsillo y se hizo una coleta. Se volvió a mirar, secándose los ojos y enjugándose la nariz.

—No merece la pena —murmuró.

—¿El qué no merece la pena?

Kelly dio un respingo, llevándose la mano al corazón. Detrás de ella había unos ojos azules y sonrientes que la miraban en el espejo.

—¿Estás bien? Frank me ha dicho que habías venido aquí corriendo. Estaba preocupado por si te habías puesto mala. Así que aquí estoy.

Kelly se volvió para mirar la cara familiar de su amiga. Se alegraba de que Charlotte hubiera aparecido. Necesitaba una cara sonriente.

—Estoy bien —dijo, con la voz un poco temblorosa.

—¿Seguro? —Las cejas negras se fruncieron al tiempo que el rostro de Charlotte reflejaba su preocupación. Kelly la miró a los ojos, tratando de leer la mente de la otra mujer. Ladeó la cabeza ligeramente.

—¿Alguna vez te sientes sola?

Charlotte se la quedó mirando un momento, decidiendo qué contestar. Luego sonrió otra vez y asintió levemente.

—Por supuesto.

—¿De verdad? —preguntó la rubia, con tono esperanzado. De repente se sintió como una niña. Era joven y se sentía absolutamente infantil. Bajó la cabeza—. Claro que sí. Todo el mundo se siente solo de vez en cuando.

—Oye. —Charlotte se acercó un poco más—. ¿Qué te pasa, Kelly? ¿Por qué estás tan triste esta noche? —Kelly se sobresaltó al notar una mano en el brazo—. ¿Puedo hacer algo?

Un par de llorosos ojos verdes se clavó en otro de un azul brillante.

—Es que estoy tan sola —dijo Kelly en voz baja, sintiéndose ridícula—. Por algún motivo, hoy me está pesando mucho y al ver que no estabas aquí cuando he llegado, me he sentido muy triste, estaba deseando verte esta noche, en realidad eres casi mi única amiga y yo... —La rubia se calló y paseó la mirada por el cuarto de baño, evitando a la morena.

—Oye —la tranquilizó Charlotte, poniendo la mano en el hombro de la rubia y subiéndola hasta su cuello—. Ya estoy aquí. Lo comprendo. En serio. —Abrazó a Kelly, estrechando su cabeza contra su pecho—. Es duro estar solo. Yo lo sé muy bien.

—¿En serio? —dijo Kelly, con la voz apagada contra el cuerpo de Charlotte. La morena asintió.

—Ah, sí. Si crees que vengo a McDougal's por motivos de salud, estás muy equivocada. —Charlotte suspiró cuando sintió que la rubia se reía contra ella—. Siento haber llegado tarde. Me he retrasado en el trabajo. Plazos de entrega: son un encanto.

—Sí. Cómo te entiendo. —Kelly dio un paso atrás y se apartó de los brazos de su amiga. Miró tímidamente a los comprensivos ojos azules—. Gracias. Me alegro de que estés aquí.

—Yo también —sonrió Charlotte—. ¿Te apetece una cerveza?

—Es la mejor idea que he oído en todo el día.


María Torres miró para ver si había alguien observando y luego entró por la puerta donde ponía SÓLO PERSONAL DE REGISTRO. Rita le había dicho por teléfono dónde estaba su caja, de modo que corrió a la última fila. RITA MÁRQUEZ. María sonrió triunfalmente, luego se metió la mano por el escote del uniforme, buscando el papel doblado. Cuando lo encontró, lo sacó, sus bordes ásperos le rascaron la piel al hacerlo y lo echó rápidamente a la caja de plástico negra. Seguro que Rita se iba a reír un montón al día siguiente. Además, su amiga siempre se quejaba de que los sábados eran un aburrimiento.


Cuando las dos mujeres salieron del cuarto de baño, Charlotte pensó en lo que había sentido al estrechar a Kelly entre sus brazos. El calor, la suavidad. Suspiró por dentro. Hacía mucho tiempo, demasiado, que no sentía a otra mujer apretada contra ella. Sabía que era una estupidez pensar en ello. Kelly tenía razón: a pesar de lo mucho que hablaban, en realidad no sabían nada la una de la otra. Esto era lo que solía gustarle a Charlotte. Era una solitaria y le gustaba seguir así. Si no había información, no había dolor. Pero la rubia era diferente.

Miró a su amiga, que caminaba a su lado. Kelly había mostrado una gran vulnerabilidad. Hacía falta valor para hacer una cosa así. La morena admiraba a las personas capaces de mostrar sus emociones ante los demás, de mostrar su auténtica personalidad. Ella llevaba mucho tiempo ocultándose, escondiéndose detrás de sus opiniones, usándolas como armas para herir y castigar sin preocuparse por las consecuencias.

Al llegar a la barra, la morena se dio cuenta de una forma extraña y repentina de que Kelly hacía que quisiera abrirse. Aunque no lo había hecho en los últimos seis meses, quería hacerlo. Ya era hora.


Otra vez llegó el lunes y Kelly estaba flotando. El fin de semana había sido maravilloso y lo había pasado casi todo con Charlotte. Su nueva amiga era increíble. No sólo era guapa, sino además inteligente, divertida, con los pies en la tierra y un completo misterio.

Kelly se sentó a su mesa, ante la pantalla en blanco de un documento nuevo. No le importaba. Su mente estaba en la bolera donde no habían jugado ni una sola partida. Habían alquilado los zapatos y dejado sus hojas de puntuación en la mesa, pero ni se molestaron en buscar una bola ni en acercarse a la pista para jugar. Sentadas en el largo banco de plástico, cara a cara, las dos se enzarzaron en una animada conversación, sintiéndose como si no hubieran hablado con otra persona desde hacía años.

—Alguien parece contenta.

Kelly salió de su ensueño gracias a Stuey. Levantó la mirada, concentrándose en el director.

—Hola, Bill. Sí, supongo que estoy contenta. —Sonrió—. ¿En qué puedo ayudarte? —Se incorporó en la silla para dedicarle toda su atención. Él entró en el despacho y se sentó frente a ella. Vio que llevaba una hoja de papel en la mano, que le mostró.

—¿Tú sabes algo sobre esto? —preguntó, con mirada intensa, esperanzada. Kelly se quedó totalmente perpleja.

—A ver. —Cogió la hoja, mirándolo un segundo antes de ponerse las gafas y leer. Un momento después, se le pusieron los ojos como platos y miró a Bill a la cara—. ¿De dónde has sacado esto?

—Bueno, mm, así que es tuyo, ¿eh? —El director se echó hacia delante en la silla. Si la reportera no hubiera estado tan confusa, le habría hecho gracia.

—Sí. Era algo que iba a escribir para la próxima edición del Día de los Inocentes. ¿Por qué?

Bill se dejó caer contra el respaldo de la silla, soltando un suspiro de alivio.

—¿Entonces es tuyo? ¿Tú has escrito eso? —Kelly asintió, con el ceño fruncido, dejando la carta sin terminar en la mesa. La cara de su jefe se iluminó con una sonrisa de oreja a oreja—. Gracias, Kel. No sabes cómo te lo agradezco. —Se levantó de un salto, se encaminó a la puerta, se volvió para sonreírle de nuevo y se fue.

—¿Pero qué...? —Totalmente confusa, Kelly sacudió la cabeza para aclarársela y su mente volvió a zambullirse en su fin de semana con Charlotte.


—Oye, Charlie.

—¿Sí? —dijo, sin molestarse en apartar la mirada de la pantalla mientras sus dedos volaban enloquecidos por el teclado, escribiendo el artículo semanal.

—Correo.

—Déjalo en la mesa, por favor —fue la respuesta distraída. El pequeño sobre blanco quedó depositado donde había pedido y la secretaria regresó a su despacho. Charlie continuó con el artículo, parándose sólo para pensar antes de reanudar el golpeteo sobre las teclas.

—Bueno, tengo entendido que tienes una gran admiradora.

Los dedos se detuvieron y unos irritados ojos azules se desviaron para mirar a Dylan Walker en la puerta del despacho, con los brazos cruzados sobre el musculoso pecho. Se enderezó el cuello de la elegante camisa, sin que su cara morena dejara de sonreír con aire suficiente.

—¿Qué?

Dylan levantó la mirada.

—¿Quieres decir que no lo sabes? Pues debo decir que me decepcionas mucho, Charlie. Se supone que aquí no hay nadie que sepa investigar mejor que tú. Al menos, eso dicen.

Charlie se enderezó en la silla de despacho, echándose el pelo negro por detrás del hombro.

—Al contrario que tú, yo sí que hago mi trabajo. Así que si no te molesta ir al grano, me harás la vida mucho más fácil. —Y esbozó una sonrisa igual de viscosa que la de Walker. Dylan se la quedó mirando un momento, tomándole la medida y decidiendo la mejor manera de darle la noticia.

—¿Sabes tu némesis, K. Reynolds? Pues parece que quiere quedar como una cretina amartelada o hacerte quedar a ti como una cretina sin más.

Charlie se levantó y se cruzó de brazos, claramente molesta.

—Sigue.

—Bueno, lo tienes todo ahí. —Dylan señaló el sobre que estaba en la mesa de la reportera—. Léelo y llora. —Se rió de su propio chiste. Charlie no. En cambio, alargó la mano, cogió la carta y la abrió. El papel de dentro estaba arrugado y con los bordes estropeados—. Parece que ha estado circulando —rió Dylan. Charlie le clavó una mirada fulminante.

—¿Te quieres ir? —dijo, más una afirmación que una pregunta. Puede que Dylan no tuviera muchas luces, pero sabía que no le convenía enemistarse con Charlotte Black. Lástima que K. Reynolds no fuera tan perspicaz.

La morena se sentó de nuevo detrás de su mesa y se puso a leer.


Bill Stuart se quedó mirando el auricular silencioso, con las cejas fruncidas de tal modo que formaban una lína casi continua a través de su frente. Colgó el teléfono con cuidado y se quedó mirando al vacío en dirección al despacho de Kelly Reynolds.

—Ay, Dios. —Respiró hondo y se levantó de la silla.

—Vale, así que me dice que tenía cinco años, ¿no? —La rubia escuchaba a la trabajadora social que había al otro lado de la línea, tomando notas y asintiendo de vez en cuando—. Estupendo. Vale. Me parece maravilloso, señora Morten. Gracias y que usted también tenga un buen día. —Y colgó. Se puso a escribir de nuevo, ordenando sus ideas y notas, cuando alguien llamó a su puerta cerrada—. Pase —dijo en voz alta, sin dejar de escribir.

Bill observó a su joven reportera mientras ésta escribía diligentemente. Sabía que estaba trabajando en una historia importante y lamentaba muchísimo interrumpirla, pero esto era demasiado serio para esperar.

—Sólo un segundo. —Kelly apuntó unos cuantos comentarios e ideas para más tarde y luego soltó el bolígrafo, sonriendo a su visitante—. Hola, Stuey —sonrió. Bill le echó una sonrisa poco convincente y se sentó—. Vale. ¿Y ahora qué ha pasado? —Se apoyó en los codos, mirando a su jefe.

—Pues que acabo de recibir una llamada de alguien del Record —empezó. La rubia lo miró, perpleja—. A mí también me ha sorprendido un poco. Parece que tu cartita ha estado circulando de lo lindo. —Bill se rió nervioso, pasándose una mano por el pelo. Kelly se quedó mirándolo.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con que ha estado circulando?

—Charlie Brown la ha visto y excuso decirte que no está contento.

—¡Qué! —Kelly saltó de la silla—. ¿Pero cómo ha llegado hasta allí? ¡Stuey, si la tiré! Cambié de idea. —Se dejó caer en la silla de nuevo, tapándose los ojos con la mano.

—Lo sé, Kel. Se lo he dicho, pero no ha servido de nada. —El director observó a la rubia para ver cómo reaccionaba antes de decirle el resto. Parecía pálida, preocupada—. Estooo, ¿Kelly? Hay una cosa más. —La reportera miró al director, con los ojos verdes abiertos de par en par. Él se dio cuenta de que se estaba preparando para lo que iba a decirle—. Charlie Brown quiere tener un encuentro contigo.

Kelly se quedó mirándolo, boquiabierta.

—Oh. —Pareció encogerse en su asiento. No sabía por qué le daba miedo, pero estaba aterrorizada. Bill la miró con los ojos entornados.

—¿Qué pasa? Tú puedes con él. —Sonrió. La rubia lo miró.

—No lo sé, Stuey. No he querido hacer daño a nadie. Sólo iba a ser una broma.

—Lo sé —intentó tranquilizarla el director.

—¿Cuándo? —preguntó ella en voz baja.

—El lunes.


Kelly esperó en el bar, con las manos sudorosas alrededor de su cerveza de costumbre. Necesitaba hablar con Charlotte urgentemente. Necesitaba consejo. No entendía por qué estaba tan nerviosa por el encuentro. Bill le había asegurado que no tenía nada de qué preocuparse, pero para empezar no era el trabajo lo que la preocupaba. Estaba preocupada por encontrarse cara a cara con Charlie Brown, su némesis desde hacía más de un año. Además, echaba a perder el misterio que había detrás de la competencia.

—¡Hola, tú!

Kelly se volvió, arrancada de sus pensamientos, y sonrió.

—¡Hola! Me alegro de que hayas venido. Tengo un dilema.

Charlotte frunció el ceño mientras se quitaba la bufanda de los hombros y se sentaba.

—¿Qué pasa? —Hizo un gesto pidiendo una cerveza a Frank y volvió a atender a su amiga.

—Bueno, es una cosa del trabajo. Ya. —Kelly alzó las manos para acallar las protestas de Charlotte—. Ya sé que hemos dicho que no íbamos a hablar de trabajo, pero lo necesito.

—Vale. Pues dime.

—Vale. La situación es ésta. Hay una persona con la que he estado compitiendo durante el último año y he cometido una estupidez, lo ha descubierto y ahora quiere tener un encuentro conmigo. Por alguna extraña razón, yo respeto a esta persona. Porque, qué demonios, ha conseguido mantenerse a mi altura. —Kelly sonrió—. Así que no sé. Es sólo que no me apetece nada.

Charlotte miró a su amiga mientras hablaba y captó el nerviosismo que le atenazaba el cuerpo. Le entraron unas ganas tremendas de cogerla entre sus brazos y consolarla. En cambio, respiró hondo.

—Pues creo que si tienes que reunirte con esta persona, yo le diría justamente eso.

—¿El qué? —La rubia parecía hecha polvo, con los hombros hundidos.

—Dile que respetas su trabajo, que sabes que has cometido un error y ya está. Los dos seguís adelante con vuestras vidas. Es evidente que la cosa parece funcionar tal y como está, ¿no?

—Sí.

—Ahí lo tienes —sonrió Charlotte, satisfecha con su propia respuesta. Kelly lo pensó un momento, bebiéndose la cerveza. Luego, con una sonrisa, miró a su amiga.

—Gracias. No sé por qué estaba tan nerviosa con esto. —Se encogió de hombros y se terminó la jarra.

—¡Eh! —Kelly pegó un respingo ante el entusiasmo de Charlotte—. Vamos al cine. Tú has tenido un día muy duro y el mío ha sido de lo más interesante. —Sonrió con picardía, pensando en la locura del trabajo. Estaba que no veía el momento de machacar a esa pedorra en la reunión del lunes—. Necesito divertirme.

La rubia se animó inmediatamente.

—¡Sí! Me parece genial —Cogió el bolso y el abrigo y sonrió a la otra mujer.

Se sentaron a oscuras mientras la película se proyectaba delante de ellas. Kelly se sentía loca de contento, absolutamente feliz de tener a Charlotte a su lado. Echó un vistazo a la otra mujer, que parecía absorta en lo que estaba viendo. La rubia miró las manos de la morena, una apoyada en el muslo, la otra, la más cercana a Kelly, posada en el brazo de la butaca. Se quedó mirándola un momento y luego, tras tomar una decisión sobre la marcha, la cogió, entrelazando los dedos delicadamente. Le entró una increíble sensación de calidez cuando los dedos de Charlotte apretaron los suyos. Levantó la mirada y se encontró con unos chispeantes ojos azules y unos labios sonrientes. Kelly sonrió a su vez, llena de una felicidad absoluta. Volvió a mirar la película, intentando volver a la tierra y salir de las nubes.


La sonrisa no abandonaba sus labios hiciera lo que hiciese o pensara en lo que pensase. Ni siquiera el inminente encuentro conseguía destruir los recuerdos del fin de semana. Había sido maravilloso, todo ese tiempo que Charlotte y ella habían pasado juntas, durante el cual habían comido, habían ido otra vez al cine y luego Kelly había hecho la cena en su casa la noche antes. Suspiró. La vida era bella.

—¿Kel?

La rubia levantó la mirada.

—¿Mmm?

—Es la hora.

Kelly miró a los ojos comprensivos de su jefe, pero se le empezó a encoger el estómago. Las agradables sensaciones de antes empezaron a quedar dominadas por el nerviosismo que sentía ahora. Pero había hecho planes con Charlotte para esa noche, de modo que se concentraría en eso.


La presencia imponente de Charlotte Black hizo que la gente se quedara mirando o se apartara a toda prisa de su camino cuando cruzó la recepción del New York Post. Miró a su alrededor, vestida con un traje azul a la medida que daba la impresión de que había venido por un asunto de negocios y que iba a por todas.

La morena vio los ascensores y se encaminó hacia ellos, advirtiendo las fotografías que había en la pared a su lado. Las miró mientras esperaba y de repente una foto en concreto la hizo pararse en seco. Se acercó un poco más, estudiando la imagen.

—Kelly —murmuró, mirando los familiares ojos verdes, la cara sonriente. Confusa, miró la placa con el nombre que había debajo. Kelly Reynolds — Reportera del Año, 2002.

Charlotte tomó aliento con fuerza, estupefacta. Recordó los momentos que habían pasado juntas, especialmente la noche antes. Kelly había hecho espaguetis con una salsa de carne maravillosa. Charlotte rara vez tomaba comidas caseras, por lo que para ella había sido algo más que una cena agradable con una amiga. Luego pensó en el vídeo que habían alquilado y visto, sentadas en el sofá de Kelly. Las dos sin saber qué hacer. La química entre las dos había ido creciendo sin pausa, empujándolas a acercarse cada vez más la una a la otra en el sofá a medida que avanzaba la noche, hasta que estuvieron sentadas muslo contra muslo.

Había sido tan maravilloso, tan como debía ser. Hacia el final de la velada, estaban bromeando, riendo, hablando. Todo el nerviosismo y la incertidumbre habían salido volando por la ventana.

—Será mejor que me vaya —dijo por fin Charlotte, al darse cuenta de lo tarde que era—. Mañana tengo que estar temprano en el trabajo.

Kelly miró el reloj y gimió.

—Yo también. —Sonrió—. Bueno, lo he pasado estupendamente.

—Y yo. —Charlotte miró a la rubia, sin saber qué hacer. Sabía lo que quería hacer, pero no sabía cómo reaccionaría Kelly, de modo que se limitó a levantarse y se dirigió a la puerta, seguida del cachorro, Pundit, que meneaba la cola a cien por hora—. Adiós, chiquitín —le dijo suavemente, arrodillándose para acariciar la cabeza del sabueso. Charlotte se levantó y Kelly estaba a poca distancia—. Gracias por la cena —dijo la morena en voz baja, sin querer marcharse en absoluto, pero sabiendo que tenía que hacerlo por muchas razones diferentes.

—De nada —sonrió Kelly, que estaba absolutamente preciosa con sus vaqueros y su jersey extra grande y el pelo detrás de las orejas—. Vuelve cuando quieras.

—Lo haré. —Antes de saber lo que estaba pasando, Charlotte avanzó un paso hacia la rubia. Kelly tomó aire, sin retroceder. La morena llevó la mano a la cara de Kelly, cogiéndole la mejilla, mirando esos ojos curiosos e inocentes que había llegado a adorar. Se inclinó y acarició apenas los labios de la rubia con los suyos, sonriendo ante la brusca aspiración que eso provocó, y luego volvió por más. Kelly le echó los brazos al cuello a la morena, estrechándola suavemente, cuerpo contra cuerpo.

Los labios siguieron juntos, la respiración se hizo una. Kelly no sabía hasta dónde llegar y tampoco podía creerse que estuviera donde estaba. Lo que había deseado desde la primera vez que vio a Charlotte en McDougal's. Sacó un poco la lengua, esperando a que Charlotte aceptara. No tardó en hacerlo. Las dos gimieron levemente cuando el beso se hizo más profundo y Kelly se sintió estrechada aún más, regodeándose en la sensación de un cuerpo cálido pegado al suyo.

Charlotte acarició la espalda de Kelly, la suavidad del jersey le causaba placer en las manos. Por fin, supo que tenía que parar. Si la cosa continuaba así, no sería capaz de parar y no estaba preparada para dar el siguiente paso.

La morena se apartó suavemente, calmando un poco el beso, y siguió con los ojos cerrados hasta que se separó por completo. Con un leve suspiro, los abrió y se encontró mirando dos remolinos gemelos de verde tormentoso.

—Será mejor que me vaya —murmuró, dando otro paso atrás. Kelly asintió en silencio, tratando de recuperarse—. Gracias otra vez. —Charlotte se volvió hacia la puerta y ya tenía la mano en el picaporte cuando se volvió—. Mm, ¿quieres cenar conmigo mañana por la noche?

Kelly la miró, sorprendida y encantada. Sonrió.

—Sí.

La morena sonrió.

—Bien. Te llamo desde la oficina.

Charlotte se quedó mirando la cara de Kelly, sin saber qué pensar o sentir. ¿La mujer de la que estaba empezando a enamorarse era su némesis? No era posible. Sintió una oleada de rabia y luego pensó en la razón por la que había venido aquí para empezar. Kelly iba a publicar esa condescendiente y horrible carta de amor falsa a Charlie Brown como inocentada.

—Bueno, pues toma inocentada, Kelly. —La morena se apartó del ascensor y se dirigió a la puerta de entrada del Post.


—¿Dónde demonios está? —preguntó Bill, paseándose por la sala de conferencias, mientras Kelly esperaba sentada a la cabecera de la mesa, jugando nerviosa con un lápiz. Se encogió de hombros, mirando fijamente al frente.

—No lo sé. —Miró el reloj. Ya llegaba una hora y media tarde. Suspiró, dejando el lápiz en la mesa, y se levantó—. ¿Llamamos? —le preguntó a su director, acercándose a las grandes ventanas que daban a la ajetreada calle a quince pisos de distancia.

—Eso es cosa tuya, Kel. ¿Qué piensas?

La rubia miró a su jefe, sosteniéndole la mirada un momento antes de sacudir la cabeza.

—Para nada. Si no es lo bastante hombre para presentarse, ¿para qué nos vamos a molestar? —Se volvió y se dirigió a la puerta—. Si aparece, llámame.

La reportera volvió a su despacho, irritada y casi furiosa. Se había puesto hecha un manojo de nervios por un encuentro al que al parecer el otro nunca había tenido intención de acudir. Abrió la puerta de un empujón y entró en la pequeña estancia, dejándose caer en la silla. Jugó con el ratón, contemplando el papel tapiz de su monitor.

—A la mierda. —Cogió el teléfono y llamó a información—. El Bergen Record, por favor. —Kelly esperó, mordiéndose el labio mientras escuchaba la versión masacrada de ascensor de Más allá del arco iris.

Bergen Record. ¿Qué desea?

Kelly se enderezó en la silla, sorprendida por la repentina voz al otro lado de la línea.

—Hola, sí, ¿puedo hablar con Charles Brown, por favor?

—Charles Brown. ¡Ah! Lo siento, señora. Charlie no está en la oficina en estos momentos. Puede volver a intentarlo dentro de una hora más o menos.

—Gracias.

Kelly colgó el teléfono y se puso a pensar. Demonios. ¿Y ahora qué? Entonces, con una súbita descarga de adrenalina, la rubia se levantó de la silla, agarró el bolso y salió de su despacho.

El tráfico era relativamente ligero en dirección a Nueva Jersey. Kelly puso la radio a todo volumen, escuchando a Melissa Etheridge cantando Scarecrow con su habitual pasión. Kelly se sentía libre, al poder conducir de verdad, muy agradecida por los coches de empresa.

Al llegar a Hackensack, Kelly encontró el Record y un sitio para aparcar.

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó la recepcionista, sonriendo a la rubia.

—Charles Brown, por favor.

La mujer de detrás del mostrador pareció confusa.

—¿Disculpe?

—¿Charlie Brown? ¿El que escribe el artículo semanal? —preguntó Kelly, cada vez más irritada. Dios, ¿es que aquí nadie sabe quién demonios escribe?

—Ah. Mm, un momento. —La mujer cogió el teléfono, hablando en voz baja. Miró a la reportera, tapando el auricular con la mano—. ¿Quién digo que está esperando?

—Dígale que K. Reynolds —dijo, con una sonrisa satisfecha en los labios. La mujer habló un poco más y luego colgó sonriendo a Kelly.

—Charlie bajará dentro de un momento.

—Gracias.

Kelly miró a su alrededor, estudiando los cuadros de las paredes y descubriendo que el cuadro del primer edificio del Bergen Record le resultaba interesante.

—K. Reynolds. Por fin nos conocemos.

Kelly se volvió, sorprendida al oír la voz de una mujer y aún más sorprendida al ver a Charlotte de pie ante ella, cruzada de brazos y con una mirada fría.

—Charlotte —sonrió Kelly, pero la voz le tembló un poco al mirarla a los ojos—. No sabía que trabajabas aquí.

—Parece que las dos estamos llenas de sorpresas, ¿eh? Inocente, inocente, K. Reynolds.

Kelly se quedó mirando a la otra mujer, tratando de descubrir qué estaba pasando. Se le ocurrió una idea, pero no conseguía hacerla casar con lo que conocía. Ésta no podía ser Charlie Brown. ¿Verdad? ¿Podía ser...?

—Charlie Brown. —Sorprendiéndose a sí misma al verbalizar lo que sabía, Kelly sólo pudo quedarse mirando.

Charlotte asintió.

—Encantada de conocerte por fin —dijo Charlotte, levantando ligeramente la barbilla, con un gesto casi desafiante.

—No has venido —dijo Kelly, con voz apagada. De repente sintió mucho calor, cuando su cuerpo sufrió una oleada de sangre acelerada y nervios.

—No, sí que he ido. Pero cuando he visto quién era K. Reynolds, no me pareció que fuera a servir de nada. Un golpe muy bajo y sucio, ¿no crees? ¿Y si hubiera tenido familia? ¿Te paraste a pensarlo? —preguntó Charlotte, clavando la mirada en los ojos de la rubia. Kelly apartó la mirada rápidamente, asintiendo.

—Por eso cambié de idea.

La morena se quedó sorprendida.

—¿Que cambiaste de idea? ¿Cómo que cambiaste de idea?

—No iba a usar esa carta. Era una broma y además de mal gusto. Decidí no publicarla —explicó Kelly, cobrando algo de fuerzas por el hecho de que había intentado evitar esto. Charlotte parecía desconcertada.

—¿Entonces cómo me ha llegado a mí la carta?

La rubia se encogió de hombros.

—De verdad que no lo sé. No tengo ni idea de cómo ha salido. Yo la tiré.

—Oh.

Kelly se dejó caer en una silla cercana, preguntándose cómo iba a afectar esto a lo que había entre ellas. Charlotte se quedó donde estaba, sin saber qué hacer. Miró sus brazos cruzados y luego a Kelly a través del flequillo. El corazón le pedía que cogiera a la rubia entre sus brazos: parecía tan triste, tan abatida. De repente, su cara se iluminó con una sonrisa involuntaria y luego se echó a reír en voz baja. La rubia la miró con curiosidad.

—¿A que es la pera? —preguntó Charlotte, acercándose a las sillas y sentándose al lado de la rubia—. Todo este tiempo, tú eres K. Reynolds. —Miró a su amiga—. Tienes que reconocer que tiene su gracia.

Kelly la miró un momento, sin saber qué hacer, y luego ella misma empezó a sonreír.

—Sí. Supongo que sí. —Su sonrisa fue creciendo hasta que le iluminó la cara entera, pero luego se desvaneció—. Escucha, Charlotte, lamento lo de la carta. Es que me cabreaste con tus comentarios sobre lo de Giuliani y se me ocurrió la idea.

Charlotte sonrió, asintiendo.

—No pasa nada. La verdad es que me ha hecho gracia.

—¿Sí?

—Sí.

Kelly sonrió y su corazón echó a volar. Charlotte arrugó el entrecejo.

—¿De verdad no te gusta el dibujito de Charlie Brown que aparece al lado de mi artículo?

—No. Me parece ridículo —dijo Kelly, arrugando la nariz con asco fingido.

—¡Bueno, pues muy bien! Vamos. Te invito a comer.


FIN


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