El Fantasma

Kim Pritekel



Descargos: Este relato es un uber, así que estas bellezas son mías.
Subtexto: Supongo que esta historieta es del tipo AQA (¿Argumento, qué argumento?). Así que, sí, hay encuentros entre personas del mismo sexo. Si no tenéis edad suficiente para invitarme a una cerveza o no creéis en el amor en todas sus formas, largaos.
Nota: Acabo de sacar esto del baúl y lo he desempolvado. Es bastante antiguo, así que sed buenos. Os aseguro que no es de lo mejor que he hecho. Pero es una historieta agradable.
Nota 2: Os vendría muy bien conocer la historia del Fantasma de la Ópera. Este relato hace una ligera referencia a la misma.
Si queréis decirme lo maravillosamente que escribo o que doy asco, sois libres de hacerlo en: XenaNut@hotmail.com

Título original: The Phantom. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


Entré en el gran salón de baile con el corazón desbocado. Mi amiga Stacy me había dado la invitación. Era suya, pero estaba enferma y no le apetecía ir. Como no quería desperdiciarla, me obligó a ir en su lugar.

—Te hará bien, Erika. Ya ha pasado demasiado tiempo. Tienes que salir —dijo, seguido de un sorbetón—. No olvides que es un baile de disfraces. Anda, pásame un pañuelo.

Asentí distraída y le pasé un Kleenex. ¿Un baile de disfraces? ¿Qué pintaba yo en un baile de disfraces?

Salí de casa de Stacy desesperada mientras intentaba decidir qué diablos me iba a poner para el baile de disfraces anual de la Asociación de Gays, Lesbianas y Bisexuales. Por fin, acudí a la tienda de disfraces del barrio. Tras mirar decenas de disfraces de gato, disfraces de vaca, enormes vestidos inflados con aros, ¡lo vi!

Al acercarme, empecé a babear. Siendo como era una ávida aficionada al baile y al teatro, el frac negro fue lo que primero me llamó la atención. Luego vi el chaleco y la corbata blancos y por último la máscara, blanca y preciosa.

La dependienta me lo envolvió y me dio severas instrucciones sobre cómo ponerme la corbata y cómo evitar que le cayera nada encima al traje, so pena de una sustanciosa suma extra. Tras echarme una última mirada rara, sonrió.

—Que tenga un buen día.

Salí de la ducha y fui al espejo para mirarme y decidir cómo iba a hacerlo. Me puse la ropa interior y luego me miré el pelo, casi negro y corto. Al recordar la brillantina que me había comprado hacía una eternidad, hurgué en el armarito del cuarto de baño rezando para que siguiera en buen estado. Me eché un pegote de ese potingue en la mano y me lo froté en el pelo. Con el pelo satisfactoriamente peinado hacia atrás, miré mi frac. Al cabo de otros cuarenta y cinco minutos de lucha con la corbata, volví a mirarme en el espejo. ¡Guau! ¡Estaba estupenda! Cogí la máscara, me la puse y me miré de nuevo. La imagen ya no era yo. Ahora quien me devolvía la mirada era el Fantasma de la Ópera.

Había llegado tarde, por lo que el salón estaba atiborrado de gente. La mayoría eran parejas o tríos, pero había algunas personas sueltas. El salón estaba inundado de disfraces para todos los gustos. A mi izquierda, Cleopatra y lo que parecía una sirvienta se dirigían cogidas de la mano a la pista de baile.

—¿Te apetece una copa? —Me volví y vi ante mí a un hombre con máscara y un traje negro ceñido de cuerpo entero que sujetaba una bandeja con champán. Cogí una copa y sonreí cuando siguió adelante.

—¡Bonito disfraz! —dijo una voz detrás de mí. Me volví para ver a Esmeralda mirándome de arriba abajo—. El Fantasma, ¿verdad?

—Sí —dije con mi voz más seductora y misteriosa. Había que hacer el papel. Le ofrecí la mano y ella colocó la suya encima. Le besé los nudillos recatadamente—. Encantada.

—Ahí estás, Es —exclamó una mujer que venía hacia nosotras. Levanté la mirada y me encontré con los ojos hostiles del Zorro.

—Buenas noches —dije inclinándome.

—Hola. Vámonos. —La bella hechicera se fue. Primer fallo. Di vueltas con mi copa de burbujas decidida a marcharme en cuanto me la terminara. Odiaba las fiestas y las reuniones sociales, pues nunca me parecía que encajara de verdad. Eran tan... y entonces la vi.

Estaba al otro lado de la sala con un pequeño grupo formado por dos hombres y una mujer. Era luminosa. Incluso con sus acompañantes, destacaba por encima de todos los presentes. Tenía la piel como porcelana fina y el pelo largo y rubio rojizo le caía en ondas por la espalda. Llevaba un vestido blanco escotado en los hombros que revelaba la carne incitante de sus elegantes hombros y un cuello de cisne. El vestido llegaba hasta el suelo, tapándole los pies. Una máscara blanca y plateada le cubría la mitad superior de la cara. Tenía los labios, de forma preciosa, sonrosados y ligeramente entreabiertos, como si se estuviera preparando para decir algo. Al notar que la estaban mirando, se volvió hacia mí. Me sostuvo la mirada, sin que sus labios abandonaran esa misma posición de habla. Me quedé sin respiración.

—¿Te apetece más champán? —Me volví al camarero que había osado interrumpir mis pensamientos.

—No. —Dejé la copa que apenas había tocado en su bandeja y me volví de nuevo hacia ella. ¡Ya no estaba! ¡No! Miré a mi alrededor frenética por si vislumbraba algo blanco. No podía haber ido lejos en apenas unos segundos. Entonces vi un destello blanco. Mi instinto me dijo que lo siguiera y lo hice. Allí estaba, junto a las puertas que daban al balcón. Alguien vestido de mariachi la detuvo. Sonrisa, abrazo rápido, beso en la mejilla. Luego se pusieron a hablar—. Maldición —dije por lo bajo, sonriendo a otro disfrazado que pasó a mi lado. Me quedé donde estaba, oculta en parte por la masa de gente—. Vete, vete, vete —le deseé al intruso. Como si respondiera a mis ruegos, el mariachi le dio otro beso y se fue. Ella salió por la puerta y desapareció en la oscuridad de la noche. La seguí. Cuando llegué a la puerta, la vi contemplando la noche, con una mano sobre la barandilla del pequeño balcón y la otra sobre su suave y blanco escote que sobresalía delicadamente por encima del borde del vestido. Me quedé petrificada. Las delicadas curvas de su cuerpo, incluso por detrás, eran increíblemente bellas.

Carraspeé con el mayor sigilo posible, pues no quería llamar su atención todavía. ¿Qué le digo? ¿Qué diría el Fantasma?

—¿Me estás siguiendo? —Su suave voz me arrancó de mis pensamientos. Seguía dándome la espalda.

—Sí. ¿Cómo estás esta noche, querida? —No pude evitar sumergirme por completo en el papel. Siempre había sido una de mis fantasías ser el Fantasma de la Ópera que seducía a la bella Christine o era seducido por ésta.

—Ya te he dicho que me dejes. Sabes que nunca podría ser —dijo en voz baja, con un ligerísimo atisbo de desesperación en la voz. Confusa, no dije nada por un momento. Entonces me di cuenta de que ella también estaba siguiendo el juego.

—Christine, nunca podría dejarte. Tú persigues mis sueños, cada palabra que pronuncias es como un dedo que me acaricia el alma. —Me puse detrás de ella. Se estremeció por un escalofrío de lo que supuse era emoción. La cogí delicadamente por la cintura, rozándole la espalda con la parte delantera de mi cuerpo—. No puedes huir de mí —le susurré al oído. Ella se apoyó en mí.

—¿No? —suspiró.

—No. —La rodeé con los brazos por detrás y la besé en la oreja. Ella tomó aire bruscamente—. No —repetí. Se volvió entre mis brazos para mirarme. Aunque tenía la mitad de la cara oculta, me dejó sin aliento. La miré a los ojos, que eran de un verde profundísimo y que en la noche parecían grises oscuros. Ella estudió mis propios ojos azules hasta que encontró algo que debió de gustarle. Sonrió entonces, pegándose a mí. Sus labios eran suaves y voraces y sus manos inquietas se enredaron en mi pelo y se metieron por debajo de mi frac.

Como no quería que la fantasía desapareciera, la aparté con delicadeza. Ella se quedó sorprendida y luego su cara se llenó de comprensión. Me alejé de ella y volví al atestado salón de baile, segura de que me seguiría. No miré por encima del hombro para comprobarlo, sino que me dirigí a la escalera monumental de mármol que llevaba al primer piso del edificio.

Al llegar arriba oí el sonoro taconeo de sus zapatos mientras me perseguía. Abrí la primera puerta que encontré y la cerré detrás de mí. Encendí la luz y descubrí una sala de música vacía. En el rincón del fondo un pequeño piano de cola blanco esperaba a que alguien lo tocara.

Había varios sofás de terciopelo rojo colocados para que la gente disfrutara escuchando la música. Era demasiado perfecto. No dejaba de esperar que apareciera alguien y me dijera que estaba en el programa Candid Camera. Me senté al piano, echándome hacia atrás los faldones del frac. Había estudiado piano desde que tenía cinco años. Sabía arreglármelas con las teclas.

Oí el crujido de la puerta al abrirse cuando empecé a tocar la Sonata del Claro de Luna. Oí sus pasos sobre el suelo pulido de mármol y noté que se acercaba cada vez más. Apoyó las manos en mis hombros.

—Tocas maravillosamente —susurró. Me echó los brazos alrededor de los hombros y sus pechos se apretaron contra la parte superior de mi espalda y el cuello—. ¿Quieres tocar algo para mí?

—Lo que quieras —dije, sin fallar una nota.

—Toca Música en la noche.

—¿Vas a cantar para mí?

—No. Esta noche te voy a dar otro tipo de regalo. —Se inclinó para susurrarme al oído—: Me voy a entregar a ti. Toca.

Me puse a tocar el clásico de Lloyd Webber. Movió los labios por el lado de mi cara que no estaba cubierto por la máscara y sus uñas los siguieron delicadamente. Me entraron escalofríos por la espalda. Me rodeó y se colocó en mi regazo de cara a mí. Pasé los brazos a su alrededor y seguí acariciando las teclas. Me besó en los labios con enorme ternura, jugando con la boca. Fue a quitarme la máscara, pero le atrapé la mano y me la llevé a la boca. Le chupé despacio primero un dedo, luego el siguiente y el siguiente hasta que no quedó uno solo sin chupar. Cerró los ojos y gimió. Volvió a meter las manos por debajo de mi frac y me cogió los pechos suavemente. Encontró de nuevo mi boca y esta vez el beso fue agresivo y lleno de deseo.

Renuncié a seguir intentando tocar y la acerqué a mí. Estaba de rodillas en la banqueta del piano, con una pierna a cada uno de mis lados. Le recorrí los muslos con las manos. Interrumpí el beso y dediqué mi atención a sus pechos. Saqué las manos de debajo de su vestido y le desabroché la prenda. Ella sacó los brazos de las mangas y dejó caer el vestido sobre su regazo como una nube blanca. Solté el sujetador sin tirantes que llevaba y me deleité en la delicia de sus hermosos y generosos pechos que me llenaban las manos a la perfección. Me metí un pezón duro en la boca. Ella gimió y arqueó la espalda y el cuello. Sin apartar la boca de sus pechos, dejé que mis manos regresaran a sus muslos. Despacio, los acaricié hasta que llegué a la parte superior. Irradiaba calor y ya estaba húmeda. Me sorprendí al descubrir que no llevaba ropa interior, pero eso convenía a mis propósitos. La acaricié y toqueteé, penetrándola casi y luego apartando mis dedos curiosos.

—Oh —suspiró—, por favor.

—¿Qué quieres, ángel mío? —pregunté, buscando su boca de nuevo.

—Te quiero... dentro... de mí —jadeó.

Decidí acabar con la tortura y la penetré primero con uno y luego con dos dedos, los saqué despacio y luego metí tres. Con el otro brazo tenía que sujetarla en mi regazo, por lo inclinada que estaba hacia atrás. Me daba miedo que se cayera dentro del piano. Sus caderas empezaron a agitarse contra mí, instándome a acelerar el ritmo para seguir el suyo. Se agarró a mi chaqueta al ponerse rígida, aspirando grandes bocanadas de aire. Estremeciéndose, volvió al mundo de los vivos y se aferró a mí.

Nos besamos tiernamente. No podía creerme lo cariñosa que era.

—¿Puedo? —preguntó, indicando mi máscara. La fantasía se había cumplido y la realidad se iba asentando.

—Claro.

Me quitó con cuidado la pesada máscara de plástico y me miró a la cara. Me pasó la mano por la mejilla con un gesto casi maternal.

—Qué guapa eres. ¿Cómo te llamas?

—Erika Fullman. —Miré su máscara enarcando una ceja. Asintió. Le levanté la máscara y volví a quedarme sin aliento. Sus ojos verdes como el mar parecían tan inocentes bajo las elegantes cejas. El pelo dorado le rodeaba la cara dándole aspecto de ángel.

—Pareces un ángel —dije sin dar crédito. Ella sonrió.

—A lo mejor lo soy. A lo mejor soy tu ángel.

Sonreí.

—A lo mejor. ¿Cómo te llamas?

—Christine Mitchell.

—¿Hacemos más música?

—Toca.


FIN


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