Colisión de almas

Kim Pritekel



Descargos: Ya os los sabéis. No son mías. Simplemente me gustan. Os parecerán conocidas, pero no lo son.
Violencia: Qué va. Bueno, no mucha.
Subtexto: Puede que haya un poco. Nada importantísimo, desde luego, nada gráfico en absoluto.
Nota: Éste no es exactamente un relato de Halloween, sino más bien una historia que da la casualidad de que ocurre el 31 de octubre y tiene algo de sobrenatural. Que disfrutéis.
¡FELIZ HALLOWEEN!
Si queréis decirme lo maravillosamente que escribo o que doy asco, sois libres de hacerlo en: XenaNut@hotmail.com

Título original: When Souls Collide. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


El caso de la mujer ingresada en el hospital el martes pasado sigue siendo un misterio para la policía de San Diego. La mujer, cuya identidad se desconoce, ha sido víctima de un atropello con fuga y lleva cinco días en coma. La policía de la zona solicita que cualquier persona que pueda saber algo sobre la identidad de esta mujer se ponga en contacto con el sargento Tony DiOfrio. La mujer, de pelo negro y ojos azules, tiene entre veinticinco y treinta años de edad —dijo el locutor con su voz suave y aterciopelada—. En cuanto al tiempo para hoy...

Una mujer rodeó la esquina de la cocina, con el corto pelo rubio de punta y las piernas desnudas, vestida tan sólo con una camisa de dormir que le quedaba gigantesca. Se dejó caer en el sofá de cuero negro delante de la televisión y se quedó mirando con soñolientos ojos verdes mientras Rod Jenner presentaba el tiempo.

—Más lluvia —murmuró, sofocando un bostezo. Había tenido una noche larga y agotadora, intentando cuadrar todos los números que le había pedido el idiota de su jefe bajito, calvo y sexualmente frustrado. Trabajaba como contable para una gran compañía del centro de San Diego. Si no le pagaran tan bien, le habría dicho a Dennis Davies, el idiota de su jefe bajito, calvo y sexualmente frustrado, que se fuese al infierno.

La rubia volvió la cabeza al oír el roce de una chapas metálicas arrastrando por el suelo de madera. Su perro basset, Spud, venía trotando por el salón del piso, con los grandes ojos caídos medio cerrados como de costumbre y arrastrando las orejas marrones oscuras junto a sus patas arrugadas.

—Hola, mi niño —le arrulló, cogiéndolo en brazos y colocándoselo en el regazo, donde sus grandes orejas se extendieron como alas sobre sus piernas. Como respuesta, el perro sacó la lengua y la dejó colgando a un lado mientras jadeaba. La rubia sonrió—. ¿Cómo es que tengo un niño tan bajito y arrugado? —preguntó, rascándole el pecho. El perro gimoteó, agitándose sobre sus muslos y moviendo las grandes zarpas en el aire—. Sabes —dijo, mirando con interés al basset—, casi te pareces a mi jefe. —Spud gimoteó de nuevo, casi como si supiera el tipo de insulto que era aquello. La rubia se echó a reír—. Es broma, mi niño. —Dejó al perro en el sofá y se levantó, estirando los brazos por encima de la cabeza, y soltó un quejido, tras lo cual fue al cuarto de baño a ducharse.

Spud intentó escarbar un nicho cómodo en el cuero, luego se acomodó, doblando las cortas patitas por debajo del cuerpo, en intentó mantener abiertos los grandes ojos marrones, pero se le fueron cerrando despacio mientras escuchaba la voz desafinada de su dueña entonando canciones clásicas al ritmo del chorro de agua a presión. Alzó la cabeza y se quedó mirando por el pasillo que llevaba al cuarto de baño. Con un leve lloriqueo, bajó la cabeza y cerró los ojos con un quejido perruno.

—¡San Francisco! ¡San Francisco! —cantaba la rubia, con los ojos cerrados, mientras se mojaba el pelo corto antes de coger el bote de Pantene y echarse un pegote del aromático champú en la mano. Se detuvo, mordiéndose el labio mientras se frotaba el pelo dorado con el champú, al darse cuenta de que se le había olvidado la letra de la canción—. San Francisco —murmuró, pasándose los dedos distraída por el pelo enjabonado y pegajoso, cuyos mechones fue juntando y luego los levantó entre las manos, haciéndose un mohicano improvisado—. San Francisco, San... Ah, al diablo. —Se quedó pensando un momento, sin dejar de trabajar con las manos su nuevo peinado, cuya punta caía ligeramente hacia la izquierda—. ¡Encima del fuego, cubierto de queso, perdí mi pobre albóndiga cuando alguien estornudó!

Spud gimoteó de nuevo, hundiendo la cara en el almohadón que había en el brazo del sofá.

—Bueno, grandullón. Me tengo que ir —le dijo la rubia al basset que seguía aposentado en el sofá. El perro alzó la cabeza y luego la dejó caer de nuevo. La rubia fue hacia la cocina, abrochándose los puños de la camisa de seda de color crema, y luego se puso los pendientes. Entró en la cocina, cogió su taza de viaje del escurridor situado al lado del fregadero doble de acero inoxidable y fue al final de la encimera, junto al teléfono, directa a la cafetera. Seguía silbando la canción por lo bajo, pero se detuvo y la última nota cayó de sus labios con un suspiro. No había café—. Pero qué... —Se agachó, examinando la cafetera, y vio que el interruptor estaba encendido. Miró el filtro. El café seguía allí, burlándose de ella con su fuerte aroma—. No es posible —murmuró, encendiendo y apagando el interruptor. Nada—. ¡Maldición! —Era la tercera cafetera que se le moría en otros tantos meses—. Basura de aparato —refunfuñó, dejando de nuevo la taza de viaje en el escurridor. Al echar un vistazo al reloj de pared colgado encima de la cocina, vio que ya salía un poco tarde. Ahora tenía que hacer una parada en Starbucks. Se sentía desorientada sin su café de la mañana—. Maldición.

Hacía frío, para ser finales de octubre. La rubia se detuvo un momento, al darse cuenta de que era Halloween. Enarcó las cejas sorprendida y luego siguió hasta el aparcamiento situado al lado del edificio. A lo mejor tenía que comprar una bolsa de caramelos al volver del trabajo. El año anterior habían pasado por el edificio algunos niños disfrazados.

—¿Cómo está, señorita Lauren? —le preguntó el portero al doblar la esquina del edificio, quitándose de las manazas los guantes amarillos de lavar platos. La rubia sonrió al ver los guantes.

—Más accidentes con los perros, ¿eh? —preguntó. El hombretón moreno asintió.

—Sí. La gente podría ocuparse de sus propios animales.

—Que tenga un buen día, Tyrone —dijo la rubia, meneando la cabeza y dándole una palmadita al hombre en el brazo.

El aparcamiento estaba vacío, pues la mayoría de los coches ya se había ido. La rubia vio su BMW aparcado hacia el fondo. La noche anterior había llegado a casa tarde y había tenido que aparcar en el quinto pino. Levantó el llavero y apretó el botoncito azul del control remoto de la alarma y el coche soltó un trino mientras ella se acercaba. Cuando la rubia llegó al coche, se detuvo, con el pelo de punta en la nuca. Le corrió un leve escalofrío por la espalda. Abrió la puerta, situándose entre la misma y el coche, y se volvió, esperándose ver a Sid Metcalfe, el anciano raro del 32B a quien le encantaba acercarse furtivamente a ella. Nadie.

—Vamos, viejo. Te estoy esperando —murmuró, recorriendo el aparcamiento vacío con la mirada. Sid seguía sin aparecer.

La rubia se volvió de nuevo hacia su coche, pero no podía quitarse la sensación de que alguien la estaba mirando. Se estremeció otra vez y se metió en el coche.

El trayecto hasta Starbucks transcurrió salpicado de gruñidos de irritación dirigidos a la gente de la ciudad que parecía no tener un sitio concreto donde ir ni una hora específica a la que llegar.

—¡Vamos! —le gritó la rubia a la pequeña furgoneta Chevrolet azul que tenía delante—. ¡En este país cuando se pone verde quiere decir que arranques! —La furgoneta siguió clavada en el sitio hasta que se volvió a poner rojo, pues el conductor estaba mirando hacia abajo, evidentemente mucho más interesado en el periódico de la mañana que en el tráfico. La rubia tocó el claxon con ganas, intentando llamar la atención del hombre. Sofocó una exclamación cuando vio un brazo que salía disparado por la ventana, blandiendo un dedo corazón—. Dios mío —suspiró. La rubia comprendía perfectamente los motivos que impulsaban los ataques de ira en carretera. Por fin, cuando el semáforo se puso verde por segunda vez, el Chevrolet azul arrancó, cubriendo al BMW negro de una nube de humo mal oliente—. Cretino.

El aparcamiento de Starbucks estaba atestado de coches. La rubia se quedó sentada al volante, mirándolos, tan relucientes todos ellos bajo el sol de primera hora de la mañana.

—Maldición —murmuró, sabiendo que aunque esto era un horror, sin su café matutino ella era aún peor. Necesitaba algo fuerte. Algo que otras personas dirían que era propia de alguien de pelo en pecho. Bueno, siempre podía tomarse el café que sabía que habría sobrado en la cafetera de ayer en la sala de empleados—. Maldición —repitió, aparcando en un espacio, una vez más en el quinto pino.

El nivel de decibelios era espantoso para ser las ocho y cuarto de la mañana. La rubia detestaba las mañanas, sobre todo cuando empezaban tan asquerosamente como ésta. Gimió al ver el enjambre de personas que asaltaba el mostrador. Cinco trabajadores agobiados corrían esquivándose los unos a los otros intentando servir los pedidos.

—Maldición —murmuró la rubia, mirando a su alrededor y tratando de establecer dónde acababa de verdad la cola. No había una cola clara, de modo que eligió a una persona y se situó detrás, dándose golpecitos impacientes con los dedos en la pierna cubierta por la falda. Miró el reloj—. Maldición.

Por fin, con un gran moca con leche en la mano, la rubia atravesó el gentío que era como el cuento de nunca acabar: cuanta más gente se iba, más larga era la cola. Corrió al coche, bebiendo el caliente brebaje por el camino, se dejó caer en el asiento del conductor y cerró los ojos con placer al sentir el fuerte café que le bajaba por la garganta.

—Oh, sí. —Sonrió con un suspiro de satisfacción, dejó la taza en el portavasos pegado al salpicadero y arrancó el coche.

Oficialmente le quedaban doce segundos para llegar al trabajo. Sin problema. Refunfuñó de nuevo por dentro al tiempo que salía del aparcamiento y se unía al tráfico de la calle principal.


—Tío, estás como una puta cabra —dijo Darryl, mirando ceñudo a su amigo Roger, que iba sentado a su lado en el camión de la basura.

—Qué va, te digo la verdad, Dar. Me puso todo el culo en la cara.

Darryl echó un vistazo a la calzada y luego se volvió de nuevo hacia su amigo, con ojos incrédulos que empezaban a dar paso a un expresión melancólica.

—¿Y tenía... tenía un buen culo? —preguntó Darryl, tragando. Roger lo miró como si fuese estúpido.

—¡Pues claro! ¿Cómo si no te crees que ha conseguido trabajar de bailarina?

—Ah, tío. ¡Tío, jo, tío, jo, tío, jo, tío! Ojalá Sally me hubiera dejado ir contigo. Tío, jo, tío.

Roger sonrió, echando un vistazo por el parabrisas, y casi se le saltaron los ojos de las órbitas.

—¡Cuidado!

Darryl volvió la cabeza de golpe justo a tiempo de ver un pequeño BMW negro que se dirigía al cruce.

—¡Joder, que está rojo, tío!

—¡Lo sé, lo sé! ¡Jodeeeeer! —Darryl pisó el freno con todas sus fuerzas y oyó el quejido del pesado camión por la tensión.


La rubia echó un vistazo al reloj del coche y gimió. Qué tarde llegaba. Vio que el semáforo de delante seguía en verde, pero llevaba así ya un rato y no quería que se le pusiera en rojo antes de poder cruzar. Cuando fue a pisar el acelerador, por el rabillo del ojo derecho vio un borrón negro que empezaba a salir del bordillo y pisó el freno, haciendo derrapar un poco el coche hasta detenerse. Sin aliento, miró hacia la acera para ver si la persona estaba bien. Frunció el ceño: allí no había nadie. Entonces volvió la cabeza de golpe a tiempo de ver un enorme camión de la basura que cruzaba volando, derramando basura por la parte de atrás mientras el conductor intentaba parar. El corazón se le salía del pecho mientras veía que el camión aminoraba por fin la velocidad, pero volvía a acelerar de inmediato. Se quedó mirando hasta que el camión desapareció de su vista. Colocándose la mano en el pecho, volvió a mirar hacia la acera, tratando de ver qué era lo que le había llamado la atención. Allí no había nadie, salvo el anciano con su carrito de la compra que estaba plantado bajo el toldo de la Zapatería Gibs. Supo por instinto que el anciano no había sido lo que había visto. Si es que había visto algo.

—¡Aaaajjj! —Bajó la mirada al notar que algo la quemaba. Su gran moca con leche había salido despedido del portavasos y le había caído encima, derramándole el líquido caliente por toda la pechera de la camisa de seda—. ¡Maldita sea! —gritó, limpiándose la mancha con una servilleta de Starbucks. Con un suspiro, se bebió lo que quedaba del café, dejó la taza vacía de nuevo en el portavasos y se miró. Una gran mancha marrón oscura con la forma casi del estado de Texas adornaba su pecho izquierdo y la punta de Texas iba corriendo hacia abajo. La secó con la servilleta, deteniendo su avance—. Qué buenos auspicios para este día —murmuró, y volvió a meter el coche en el tráfico.

El edificio Fentnal era grande, con más de cuarenta y ocho plantas que albergaban bufetes de abogados, sedes bancarias y, por supuesto, la compañía de contabilidad donde trabajaba Lauren. Se rumoreaba incluso que Anthony Hopkins tenía una oficina en algún lugar del edificio.

Corrió a la puerta de entrada, con el maletín en la mano, y pasó ante recepción, sin molestarse siquiera en saludar a Kayla, que era la recepcionista. Se limitó a agitar la mano sin mirar mientras corría hacia los ascensores. La rubia se quedó mirando las luces de los pisos que se iban iluminando despacio, esperando a que se iluminara el número doce.

—Vamos —iba canturreando, y por fin un sonoro ding llenó la cabina y las puertas se abrieron. La rubia avanzó corriendo por el pasillo y luego aflojó el paso, preparándose para cuando tuviera que pasar ante el despacho de Davies. Respirando hondo, aceleró su motor interno e intentó pasar como una exhalación.

—¡Lori! —oyó que decían por la puerta abierta.

—Lauren —bufó en voz baja a través de la sonrisa al volverse hacia la puerta abierta. Ahí estaba el idiota de Dennis Davies, bajito, calvo y sexualmente frustrado.

—¿Qué tal? —El hombrecillo se apartó de su mesa y la rodeó a toda prisa para plantarse a menos de sesenta centímetros de la contable. Ésta advirtió asqueada la erección parcial que se le notaba en los pantalones mal cortados. Lauren retrocedió un paso como quien no quiere la cosa, sonriendo al hombre que detestaba. Davies le sonrió a su vez, mirándola fijamente. Ella advirtió de nuevo su corta estatura, que lo situaba prácticamente al nivel de los ojos de su propia figura de un metro sesenta y dos. Su cabeza calva soltaba brillos por la luz del techo, salvo donde el pelo de un lado peinado por encima se la tapaba. Sus ojillos brillantes, de un gris casi metálico, la miraban a través de unas gafas de montura negra, debajo de las cuales sobresalía su larga nariz hendida. Su sonrisa de labios apretados se hizo más amplia al verle la blusa y la mancha de Texas que la adornaba—. ¿Una mañana difícil? —preguntó, meneando las cejas peludas. Lauren asintió, pero siguió sonriendo—. Pues qué pena. Necesito esas cifras cuanto antes. Como hace cinco minutos —dijo, sin dejar de sonreírle con los labios apretados. Jo, ¿acaso era ventrílocuo o qué?

En lugar de preguntárselo, Lauren sonrió, asintió y salió del despacho, echando casi a correr por el pasillo hacia su propio despacho.

La única ventana mostraba un bonito día de otoño en el exterior. Los árboles bailaban grácilmente con la brisa, la gente caminaba por las aceras, los coches pasaban zumbando por las calles. Lauren se quedó mirando, con la barbilla apoyada en la mano izquierda, mientras que con la derecha sujetaba el bolígrafo con el que había estado escribiendo notas y cifras en el cuaderno de notas amarillo que tenía en la mesa. Con un suspiro, apartó los ojos de la escena y volvió a concentrarse en su trabajo. Sus ojos verdes se dilataron al ver lo que había estado dibujando sin darse cuenta. Era una especie de figura. Volvió el cuaderno, examinándolo desde otro ángulo. Sí, definitivamente una figura. En negro, como ocurre cuando se usa tinta negra. La silueta de una persona. Dicha persona estaba de perfil, pero no del todo, y llevaba una gorra de béisbol, con la visera tan baja que poca cosa se podía ver de los rasgos faciales. Llevaba una cazadora o un jersey grueso, o simplemente algo grueso, y pantalones. No había líneas claras, como es propio de una silueta, todas las líneas se entremezclaban. Lauren soltó el bolígrafo y se recostó en su silla. Extraño. Se preguntó de dónde se lo habría sacado. Se pasaba la vida haciendo garabatos, pero normalmente se daba cuenta de que lo estaba haciendo.

—¡Aaajj! —chilló por segunda vez en lo que iba de día cuando el áspero zumbido del teléfono interno resonó por el despacho—. ¿S-sí? —Se puso la mano sobre el corazón y cerró los ojos, intentando calmarse.

—Hola, Lucinda —fue la viscosa respuesta.

—Lauren —murmuró. Dios, cómo odiaba a ese idiota bajito, calvo y sexualmente frustrado—. ¿Sí, señor Davies? —preguntó con su tono más dulce, mordiendo literalmente las palabras al decirlas.

—Sí, bueno, necesito esas cifras ya. Así que a lo mejor podría poner en marcha ese culito que tiene. —El teléfono se desconectó y Lauren se quedó mirándolo. Ah, qué hombrecillo tan repugnante.

La rubia metió la pila de papeles en una carpeta de cartón y se levantó, pero entonces echó un vistazo al reloj de la pared. Ya era casi la hora de comer y sabía que iba a estar trabajando durante todo el almuerzo en cuanto tuviera las copias hechas.

Con un suspiro, dejó la carpeta en la mesa, buscó en el Rolodex, encontró el número del restaurante Plimpton's, situado a dos manzanas de allí, y marcó. Tras haber encargado la comida para que se la trajeran, Lauren cogió la carpeta y se fue a la sala de fotocopias.

Irritada hasta decir basta al ver el cartel de NO FUNCIONA en la fotocopiadora de su planta, Lauren fue a los ascensores. Casi echó a correr, pues sabía que Davies tenía "la" reunión dentro de veinte minutos. Se detuvo justo antes de estamparse con las puertas de acero inoxidable del ascensor y pulsó el botón de la flechita hacia abajo. Esperó, mirando la fila de números que se iban iluminando, y siguió esperando.

—Vamos. —La luz se detuvo en el número tres y no volvió a moverse—. Qué demonios —murmuró, notando que le empezaba a hervir la sangre. Lauren miró a su alrededor—. ¡Ajá! —exclamó, echando a correr hacia la puerta roja que daba a las escaleras. La abrió de un empujón con la fuerza de un tren y siguió corriendo. Notó que se le enganchaba el tacón antes de darse cuenta de lo que podía pasarle—. Oh, mierda —murmuró al tiempo que su cuerpo salía lanzado hacia delante, perdiendo el zapato. Lauren soltó la carpeta, esparciendo la carpeta y los papeles por el suelo de cemento. Lauren vio la barandilla justo delante de ella y la caída de doce pisos al otro lado. ¡Oh, Dios, oh, Dios! Alargó los brazos para intentar sujetarse, pero la barandilla la golpeó en la mitad del cuerpo, obligándola a doblarse por la cintura, al tiempo que la barra roja se le incrustaba en la tripa, dejándola sin aliento. Notó que perdía pie, pero entonces se detuvo, pues alguien la había agarrado por la parte de atrás de la camisa.

Lauren se agarró a la barandilla, con los dos pies plantados de nuevo en el suelo, jadeando sin control mientras su corazón hacía circular toneladas de litros de sangre. Se puso la mano sobre el corazón y se volvió para ver a una mujer con aire risueño de pie detrás de ella, con una bolsa blanca de papel en la mano. La rubia miró la bolsa.

—Eh, ésa es mi comida —dijo, al reconocer la bolsa de Plimpton's. La mujer sonrió, asintiendo—. Qué rapidez.

—¿Está bien? —preguntó, sacando a Lauren de su ensueño, producto del hambre. Parpadeó y levantó la mirada, posándola en una cara medio tapada por una gorra de béisbol negra.

—Sí, sí. Gracias.

La mujer alargó la otra mano, con un zapato gris de tacón alto colgado del dedo índice.

—He probado con las otras dos, pero no les quedaba bien. —Lauren cogió el zapato y se lo puso—. Escuche, ¿quiere esto ahora o...?

—Oh, ah, ¿puede subirlo a mi despacho? Lauren Atwater. Tengo que bajar a hacer unas copias. —La mujer asintió, se volvió y se marchó por las escaleras. Lauren se quedó mirándola. La mujer llevaba una cazadora de cuero negra, cuyo cinturón colgaba suelto golpeándole en los muslos al caminar, y vaqueros negros. Encogiéndose de hombros, la rubia volvió a su tarea.

La rubia recorrió las oficinas del bufete de abogados Trout y Kline, hasta que encontró la sala de copias. Iba a menudo a la planta once, puesto que Trout usaba a su compañía para la contabilidad. Avanzó deprisa, sonriendo al ver a un hombre y una mujer que salían de la sala de copias con un montón de papeles. Yuju. A lo mejor tenía suerte y era la siguiente. La alegría de Lauren murió cuando vio a la mujer inmensa cubierta por un vestido de flores aún más inmenso plantada delante de la máquina. Mary-Margaret Smith. El trasero de la mujer se movía de lado a lado siguiendo los movimientos de la mujer mayor, que metía tres papeles en la ranura de cada vez y luego, cuando ya estaban copiados, sacaba esos tres, los grapaba con la grapadora eléctrica colocada encima de la máquina y empezaba con los tres siguientes.

La alegre mujer se volvió para mirar por encima del hombro, con los ojos hundidos en las arrugas y pliegues de su cara. Su boca, fruncida en un mohín, sonrió, mostrando los incisivos manchados por el pintalabios rosa oscuro que usaba.

—¡Hola! —dijo, sin dejar de grapar automáticamente las tres hojas. Lauren sonrió, más que nada para no chillar de frustración—. ¿Cómo está? Qué día tan bueno hace, ¿no le parece? Precioso. Algo fresco, pero no demasiado. Ya sabe cuánto detesto el frío. Por eso nos vinimos a vivir aquí. —La mujer se tapó la boca con la mano al tiempo que soltaba una risita y su cuerpo se estremecía acompañándola. Lauren se quedó mirando los papeles que tenía Mary-Margaret Smith en las manos, con una expresión de anhelo en los ojos verdes.

—Mm, ¿cree que terminará pronto? —preguntó. Mary-Margaret Smith miró la pila que tenía y luego miró de nuevo a la rubia.

—Oh, cielos, cariño. No lo sé. Tengo todo esto que copiar y grapar. Sabe, odio grapar papeles. Una vez se me quedó pillado un dedo en una grapadora...

Lauren tuvo la de repente visión de Linda Blair en el papel de Reagan en El exorcista, con la cabeza dando vueltas y escupiendo vómito por la boca, y luego por alguna razón casi pudo notar el mango de un cuchillo en la mano al imaginarse a Mary-Margaret Smith ocupando el lugar de Janet Leigh en la ducha. Lauren alzó el brazo, con el puño cerrado, mostrando los dientes, y luego bajó la mano. Con un suspiro, esperó.


—Vaya, hola, Lana. —Davies cogió la carpeta que le tendía Lauren.

—Lauren. —Sonrió, se dio la vuelta y salió del despacho.

Cuando se sintió a salvo de los ojos y la boca babosa de Davies tras la puerta cerrada de su propio despacho, Lauren se dio cuenta de que tenía que pagar a una repartidora. Miró por su pequeño despacho y vio que allí no había ninguna repartidora. Frunciendo el ceño, se acercó a su mesa y vio la bolsa blanca de papel junto a su máquina de sumar y el cuaderno de hojas amarillas. Vio que en él había una nota escrita:

Ya me pagará la comida. A

Lauren se quedó mirando la nota un momento y luego sus ojos se posaron en el dibujo que había hecho antes. Estrechó los ojos, cogió el cuaderno y se quedó contemplando el dibujo. ¿La repartidora? Observó la gorra de béisbol que llevaba tan calada que le tapaba la mayor parte de la cara. Pensó en la mujer. En realidad casi no le había visto la cara: sólo la boca y la barbilla y un poquito de la nariz. La mujer tenía el pelo largo y muy oscuro, colocado detrás de las orejas.

Lauren se sentó, tarareando la música de En los límites de la realidad. Se pasó las manos por el pelo, cuyo flequillo se le metía en los ojos. Qué día tan extraño.


Se estaba haciendo de noche, por lo que Lauren encendió su lámpara de mesa, que derramó un extraño color amarillo a su alrededor, como un halo de luz, con la negrura de su gran ventana detrás. La rubia se pasó la mano con frustración por el pelo corto, harta de repasar las mismas cifras todo el santo día. Por culpa de ese hombrecillo idiota, bajito, calvo y sexualmente frustrado, a cuyo cerebro de mosquito se le había ocurrido cambiar de idea, ella tenía que volver a hacer todos los cálculos desde el principio.

Lauren echó a un lado los papeles y se recostó en la silla, con la espalda y el cuello doloridos y los ojos irritados. La idea de volver a casa para darse una buena ducha relajante la hizo sonreír, pero la sonrisa murió casi antes de empezar. Gimió al recordar que Davies le había dado antes unos documentos que había que entregar en la oficina del otro lado de la ciudad. No, no podía esperar a mañana. No, no los podía llevar el puñetero mensajero. No, lo tenía que hacer Lauren Atwater. Sacó las indicaciones que le había dado el viejo de debajo del montón de papeles que tenía en la mesa y guiñó los ojos tratando de descifrar la letra enana e ilegible de su jefe. Las indicaciones no le dejaban nada claro, pero ella nunca había estado en esa zona, por lo que no podía salir a la aventura sin más.

—Maldición —murmuró, y apagó la lámpara de mesa.

Había refrescado considerablemente y Lauren se estremeció al salir por la puerta principal del edificio de oficinas, deseando haberse puesto una chaqueta. La seda de su blusa aumentaba el frío. Cruzó los brazos por encima del pecho, incómoda con la reacción anatómica.

Cuando la rubia se dirigía apresurada hacia su coche, frunció el ceño al volver a notar la sensación de esa mañana. Miró nerviosa a su alrededor, observando el aparcamiento oscuro. Las tres farolas de la calle estaban fundidas y llevaban así más de una semana. Lo raro era que aunque la sensación era desconcertante, no le daba miedo necesariamente. Era sólo que le producía desazón.

—Por favor, que no me violen, por favor, que no me violen —fue su mantra mientras se sacaba las llaves del bolsillo y apretaba el botón azul. Sintió cierto alivio al oír el trino del coche y se apresuró a abrir la puerta, tiró la carpeta que tenía que entregar en el asiento del pasajero y se montó.

Las calles estaban relativamente desiertas, pues no había mucho que hacer en la ciudad en un lunes de Halloween. Lauren volvió a mirar las instrucciones que le había dado Davies, sujetando el trozo de papel con la mano izquierda, que llevaba apoyada en el volante. Miró los nombres de las calles, vio que estaba bastante lejos del centro y cayó en la cuenta de que estaba en territorio peligroso. Los edificios eran viejos y ruinosos y la noche hacía que sus ventanas vacías observaran como los ojos huecos de un esqueleto. Se estremeció al pensarlo y subió un poco la calefacción.

—Maldición. Ya sabía yo que tenía que haber torcido a la izquierda en lugar de a la derecha —murmuró, sin dejar de buscar algo que le resultara remotamente conocido—. Maldición. —Lauren detuvo el BMW junto a la acera y miró las indicaciones, sacó el callejero de la guantera y lo abrió para intentar averiguar dónde demonios estaba—. Vale. —Suspiró, siguiendo la calle con el dedo. Lauren pegó un respingo al oír unos golpecitos en la ventanilla del conductor. Levantó la mirada y vio la cara sonriente de un hombre de piel oscura, con el pelo lleno de trenzas y un cuchillo. Detrás de él había otros dos hombres, uno de los cuales estaba examinando el coche, mientras que el otro estaba examinando a la conductora—. Oh, mierda.

—Abre la puerta, encanto —dijo el hombre, con una sonrisa amplia y blanca que a ella le parecía más una mueca lasciva. Hizo un gesto negativo con la cabeza, sin apartar los ojos de ese cuchillo—. Venga, nena. No te voy a hacer daño. —La rubia volvió a decir que no con la cabeza. Abrió mucho los ojos cuando vio que uno de los hombres sacaba una especie de pistola. Fuera lo que fuese, parecía bastante peligroso—. Vamos, vamos. Mis chicos y yo sólo queremos jugar. —La rubia vio que los otros dos se separaban: uno fue hacia la parte delantera del coche y el otro hacia la trasera. Aspiró aire con fuerza al notar que se movía el coche una vez y luego otra. Hacia delante y hacia atrás. Los dos estaban empujando el coche, sacudiéndolo. Lauren cerró los ojos, con las manos aferradas al volante y el cuerpo tenso como la cuerda de un arco.

—Oh, Dios, oh, Dios —fue su nuevo mantra. Sólo quería sobrevivir. A estas alturas, lo demás lo recibiría como un premio extra. Le costaba respirar y se sentía absolutamente indefensa mientras continuaban los empujones.

—¡Qué...!

Lauren entreabrió un ojo y con pasmo y deleite totales, vio a una figura oscura que estaba dando una soberana paliza a los tres hombres. Dos ya estaban tirados en el suelo, uno gimiendo y sujetándose la entrepierna, el otro sin sentido. Los ojos de Lauren se posaron en el que había estado pegado a la ventanilla, que luchaba con su salvador. Iba perdiendo una batalla perdida y por fin se desplomó en la calle con sus compañeros. Los asustados ojos verdes se quedaron mirando cuando la figura oscura se acercó al coche. La figura esperó a que abriera la puerta, la ventana, lo que fuera, y luego se inclinó y dio unos golpecitos en la ventana. Lauren no podía hacer nada más que mirar.

—¿Me vas a dejar entrar o no? —dijo una voz de mujer, aunque apagada por el cristal. Lauren se quedó mirando. La figura se irguió y cruzó los brazos sobre el pecho cubierto de cuero. Lauren levantó la mirada y de repente cayó en la cuenta. ¡La mujer que le había traído la comida! La rubia abrió la puerta y estuvo a punto de golpearla con ella al salir disparada del coche y abrazar a la repartidora.

—Gracias, gracias —exclamó efusivamente en el hombro de la mujer y notó que ésta le daba palmaditas en la espalda y le frotaba los hombros. Lauren se quedó parada, al recordar dónde estaba y que no tenía ni la más mínima idea de quién era la mujer, y se apartó de ella despacio, sonriéndole con timidez—. Mm, perdón. —Retrocedió un paso, con las manos recogidas a la espalda, balanceándose ligeramente sobre la punta de los pies. La mujer sonrió.

—Tranquila. —Miró por encima del hombro de la rubia y meneó la cabeza—. Espero que tengas una rueda de repuesto.

Lauren siguió su mirada y vio que uno de los hombres le había rajado una rueda.

—Maldición.

—Escucha, mm, creo que el coche todavía aguanta un poco. Tenemos que irnos de aquí —dijo la mujer, señalando a los tres rufianes inconscientes tirados en la calle detrás de ella. Lauren asintió y volvió a meterse en el coche, haciéndole un gesto a la mujer para que ocupara el asiento del pasajero.


La calle estaba aún más oscura y parecía rezumar peligro, pero por alguna razón Lauren no tenía miedo. Se quedó plantada en la acera de la calle silenciosa, cruzada de brazos como para protegerse el pecho, mientras la mujer se arrodillaba al lado de la rueda trasera izquierda, manejando el gato. La rubia bajó la mirada y se fijó en la gorra de la mujer, que se había colocado del revés para trabajar. Forzó la vista en la oscuridad para tratar de ver lo que llevaba escrito delante. Dos alas. Dos alas blancas y plumosas y las palabras Alas de Ángel.

—¿Qué es Alas de Ángel? —preguntó. La mujer empezó a quitar la rueda destrozada y gruñó:

—Mi empresa de mensajería. —Se limpió las manos en los vaqueros y se volvió, ofreciéndole la mano a la rubia—. Angel a tu servicio. —Lauren sonrió, estrechando la mano más grande. Lauren frunció el ceño un momento, ladeando la cabeza—. ¿Qué?

—¿Qué haces aquí?

Angel sonrió.

—Ah, llevo todo el día de acá para allá.

—Ah. —Lauren echó un vistazo por la calle oscura, rezando para que Angel se diera prisa con la rueda. Lo que más deseaba en el mundo era largarse pitando de allí.

—Ya está. —La morena se levantó, frotándose las manos, y contempló su obra—. Arreglado.

La rubia la miró de nuevo, con los ojos relucientes de alivio.

—No sé cómo darte las gracias —dijo, con el estómago revuelto a medida que empezaba a asimilar lo que había ocurrido en la última hora. Bajó la mirada y se tocó la frente.

—Oye. ¿Estás bien? —La rubia notó una mano en el hombro. Asintió, pero no pudo levantar los ojos, por temor a que la mujer se diera cuenta de que los tenía llenos de lágrimas—. Vamos. Hay un café a pocas manzanas de aquí. Vamos a tomar café. Y algo de comer, tal vez.

La rubia asintió y por fin levantó la mirada, a tiempo de ver a la morena colocándose bien la gorra, con una ligerísima sonrisa en los labios.

El café estaba tranquilo y casi vacío, salvo por algunos vagabundos sentados en los reservados viejos y astrosos con las manos alrededor de una taza de café o un vaso de agua. Era evidente que el café hacía de motel por las noches.

—Ya sé que no tiene muy buen aspecto, pero dan una comida muy buena —dijo Angel, sonriendo a su acompañante, que seguía temblando.

—Estupendo —murmuró Lauren, mirando a su alrededor, casi a la espera de que sus ojos se posaran en los tres hombres de antes.

—Venga. —Angel la llevó a un reservado del fondo y las dos se sentaron en el viejo asiento de vinilo, que chirrió protestando—. Seguro que te vendría bien comer algo. Te puede ayudar.

La rubia miró a la mujer, preguntándose si lo decía en serio.

—No creo que pueda. Tengo el estómago demasiado revuelto.

—¿Has comido algo desde esta mañana? —preguntó Angel, con el ceño fruncido de preocupación. La rubia dijo que no con la cabeza. Angel asintió y se volvió hacia el mostrador—. Oye, ¿nos traes café, Linda?

La mujer que estaba detrás del mostrador, con un uniforme manchado y la cofia de encaje torcida encima de su pelo rojo y despeinado, les echó una mirada. Dejó de escribir una cuenta y se quedó mirando a Angel fijamente, como si se tratara de un OVNI plantado en medio del café. Angel la miró e hizo un mínimo gesto negativo con la cabeza. Lauren miró primero a una y luego a la otra. Se preguntó que estaría pasando y cuando estaba a punto de preguntarlo, Angel se volvió hacia ella con un sonrisa que la rubia casi no lograba ver a causa de la sombra de la visera de la gorra.

—Deberías probar su estofado. Lo hacen buenísimo. —La rubia siguió mirándola fijamente—. Bueno, si te gusta el estofado.

Decidiendo olvidar la extraña sensación que había tenido todo el día, Lauren miró la carta pegajosa que había cogido de entre el salero y el pimentero. Se quedó mirando con ojos cansados las letras negras que formaban palabras negras que empezaban a convertirse en borrones negros. Parpadeó varias veces, tratando de despejarse la vista y la cabeza.

—Oiga, ¿está bien? —Lauren alzó los ojos y vio a Linda, la camarera, de pie al lado de su mesa, con la cafetera en la mano. Colocó una taza recia de color crema ante la rubia y la llenó hasta arriba del humeante brebaje negro con la facilidad de la práctica. Lauren asintió. La camarera le sirvió una taza a Angel—. Solo, ¿verdad, cielo? —La morena asintió y la camarera regresó al mostrador. Angel rodeó la taza con sus largos dedos y sonrió. Lauren se quedó mirando esos dedos, pálidos, casi fríos y húmedos. Pasó de los dedos a las pálidas manos, cuyo dorso estaba cruzado de cicatrices. Frunció el ceño.

—¿Qué te ha pasado?

Angel se miró las manos y se tiró de las largas mangas de la cazadora para tapárselas un poco más.

—He tenido un accidente.

—Ah. —Lauren bebió un poco de café, arrugó la nariz y cogió una tarrina de leche, le arrancó la tapa protectora y echó el cremoso líquido en su taza—. Es fuerte.

Angel asintió con una sonrisa.

—Ya lo creo. —Angel entrelazó los dedos alrededor de su taza y cerró los ojos un momento—. Lauren, ¿tú crees en las almas?

La rubia apartó la mirada de la taza de café que estaba removiendo, con cara de sorpresa.

—Ah, pues supongo que nunca me lo he planteado. —Dejó la cucharilla en la mesa al lado de la taza y bebió de nuevo, notando la nariz humedecida por el vapor—. ¿Y tú?

La morena asintió.

—Ya lo creo. —Apartó una mano de la taza y se puso a dar vueltas con un dedo alrededor del borde—. Creo que un alma puede ayudar a otra. —Levantó la vista, se encontró con los ojos curiosos de la rubia y sonrió—. Como yo te he ayudado a ti esta noche. —Volvió a mirar su taza. Lauren bebió más café, regodeándose en la sensación de calor que bajaba desde sus labios hasta su estómago, calentándola al pasar.

—¿Qué va a ser? —Las dos mujeres miraron sobresaltadas a Linda, que les sonreía.

—Mm, yo nada. ¿Lauren?

—Voy a tomar el chile —dijo la rubia, pasándole la carta a la camarera. Linda asintió y se alejó, colocándose de nuevo el bolígrafo detrás de la oreja.

—No tienes hambre, ¿eh? —dijo Lauren—. Sabes, si no comes, no voy a poder pagarte la comida de esta mañana. —Sonrió levemente a su acompañante, que sonrió a su vez.

—No te preocupes por eso. Tú necesitabas la comida más que yo el dinero. —La rubia la miró estrechando los ojos y ladeó la cabeza, estudiando a la morena—. ¿Qué? —La morena parecía un poco nerviosa al enfrentarse a esa franca mirada.

—No sé, pero... Por alguna razón, casi tengo la sensación de que has estado cuidando de mí todo el día. Las escaleras en el trabajo, la comida, lo de esta noche, el camión de esta mañana. —Lauren se detuvo, atónita ante lo que acababa de decir. La expresión de Angel no cambió. Lauren se echó hacia atrás en el asiento, con las manos en el regazo mientras contemplaba a la repartidora—. No —susurró—. No es posible. —Angel no dijo nada y se quedó mirando casi como si pudiera ver los engranajes que se movían en la cabeza de la rubia—. ¿Estabas allí? —Sacudió la cabeza como para quitarse una idea que sabía que era ridícula—. Pero si allí no había nadie. —Se quedó mirando la mesa, hablando con su taza. De repente, se sintió rarísima, como si acabara de tener una visión y supiera lo que quería decir.

Lauren respiró hondo, sujetándose con las manos apoyadas en el asiento de vinilo del reservado. Se levantó poco a poco, mirando a Angel y moviendo la cabeza despacio de lado a lado.

—Tengo que irme ya —dijo, en voz baja, pero con un tono casi mecánico, como si no fuese su voz. Angel la miró, con los ojos casi sonrientes, y asintió. La rubia, ya fuera de la mesa, se dirigió a la puerta y al empujar la puerta de cristal para abrirla, notó una presencia detrás de ella, la misma presencia que había notado todo el día.

—Te llevo a casa. Sigues en una zona que no conoces —le susurraron al oído.

Lauren asintió.

—Ya te digo.

El trayecto de vuelta al barrio de Lauren transcurrió en silencio, pues ninguna de las dos tenía necesidad de decir nada y estaban ensimismadas. Angel señalaba con un dedo dónde tenía que girar y Lauren giraba obedientemente hasta que por fin supo dónde estaba.

—Puedes dejarme aquí —dijo Angel de repente, con un tono casi desesperado—. Aquí mismo. Por favor.

Lauren pisó el freno de golpe y el coche derrapó ligeramente hasta detenerse junto a la acera. Se volvió para mirar a Angel, que le sonreía.

—Gracias.

La rubia asintió.

—Gracias a ti.

—De nada. —La morena la miró profundamente a los ojos, como si intentara ver algo escondido tan hondo en el interior de Lauren que ni siquiera sabía si estaba allí—. Hasta pronto —dijo, y la rubia asintió, como si supiera que eso era cierto. Angel la miró, luego se quitó la gorra, se la puso en el regazo y se inclinó hacia ella. Subió la mano y se la puso a Lauren en la mejilla con delicadeza. La rubia cerró los ojos y luego notó unos labios suavísimos que rozaban los suyos y respondió de inmediato. Con un leve gemido, abrió los labios y notó la cálida humedad de una lengua que le rozaba el interior de la boca, provocativa, juguetona. Cuando quiso participar con su propia lengua, la otra desapareció. Lauren gimoteó ligeramente. Sintió más que oyó una palabra suspirada sobre su boca—. Adiós.

Lauren se echó hacia atrás, apartándose del beso, con los ojos aún cerrados mientras absorbía las sensaciones que quedaban. Con un suspiro, abrió los ojos y descubrió que estaba sola. Alarmada, miró por la calle, detrás de ella, detrás del coche, guiñando los ojos para poder ver a través de la oscuridad de la noche. Nada. Entonces se dio cuenta de que estaba aparcada junto a la acera en el punto exacto donde había estado esa mañana después de Starbucks, de camino al trabajo. Vio el toldo de la Zapatería Gibs y se recostó en el asiento.

—Maldición.

Lauren volvió a mirar una vez más a su alrededor, detrás y por fin a la derecha. Sus ojos se detuvieron al posarse en algo que había en el asiento del pasajero. Lo cogió y siguió con un dedo la textura más áspera de las alas de ángel bordadas en la parte delantera de la gorra. Suspiró de nuevo y de repente ya no tuvo miedo y supo.

Con una sonrisa, la rubia se puso la gorra y arrancó calle abajo.


Otras noticias. Anoche la mujer misteriosa cuya identidad se desconocía se despertó al recibir la visita de una joven. La desconocida, identificada por fin como Angel Norris, sonrió al ver a su visitante, dejando desconcertados a los médicos. Y ahora el parte del tiempo...


FIN


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