El Escarabajo Negro y
la magia de la Navidad

Leslie Ann Miller



Descargos: No tengo nada que advertir aquí, salvo que escribí esto muy deprisa para el Concurso de Caos Festivo convocado por la Academia para Bardos y que en la historia hay dos mujeres que se sienten atraídas la una por la otra.
Se agradecen comentarios en: gunhilda@brightok.net

Título original: The Black Scarab and the Magic of Christmas. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


En el cartel ponía: ¡Descubran la magia de la Navidad en la gigantesca venta navideña de juguetes de El Pato Valiente! ¡Damos la bienvenida a los niños de todas las edades!

Me reí con desprecio por dentro, soplando en mi capuchino para enfriarlo mientras abría la puerta de mi Volkswagen Escarabajo de color negro que me había proporcionado el gobierno. ¿Pero qué demonios sabía El Pato Valiente sobre la magia? Lo único mágico de la Navidad era lo deprisa que se tragaba el dinero de los bolsillos de la gente, peor que cualquier duende ávido de oro o cualquier trasgo ávido de calderilla.

Pero yo, yo sí que sabía algo sobre la magia. Hasta se podría decir que la magia era mi negociado. No era maga... no, no me dedicaba a sacar conejos de un sombrero en la fiesta de la oficina, ni a cortar en dos a señoritas medio desnudas ante un público atónito. (Lo que sí les hacía a las señoritas medio desnudas ocurría discretamente tras la puerta cerrada de mi dormitorio, muchas gracias, pero ésa era una historia bien distinta.) No, el único "número" de magia que realizaba consistía en introducir mis largas piernas en mi escarabajo todas las mañanas al ir a trabajar sin tirarme el capuchino caliente en las medias, la falda o la chaqueta negra.

Esta mañana llevé a cabo esta hazaña mística una vez más, depositando mi taza en el portavasos del centro, y me metí en el denso tráfico matutino, rumbo al Centro Nacional y a mi oficina, situada en el sótano del Museo Smithsonian del Aire y el Espacio.

Magia. La mayoría de la gente que veía la película Men in Black pensaba que era una farsa divertida sobre una agencia secreta del gobierno que trabajaba para ocultar que había alienígenas y OVNIs en la Tierra, sin perder la tranquilidad al saber que no era más que ficción, producto de la imaginación calenturienta de un guionista de Hollywood que había sacado la idea de los titulares de los periódicos sensacionalistas. Ficción. Fantasía. En realidad no había alienígenas en la Tierra. Por lo menos como aparecían descritos en la película.

Resoplé por dentro. Ficción. Fantasía. ¿Qué sabía en realidad el público americano sobre estas cosas? Nada. Vivían su vida en su feliz ignorancia, ciegos a la peligrosa naturaleza de la auténtica realidad. Como en la película, si supieran la verdad, les entraría el pánico. Y ahí es donde intervenía yo.

A mí no me interesaban los OVNIs o los alienígenas de otros mundos. Sabía a ciencia cierta que había vida en otros mundos. Otros mundos, otras dimensiones. Pero dudaba de que los habitantes de esos mundos viajaran hasta aquí mediante máquinas de tecnología avanzada. Los productos de la ciencia estaban limitados por las leyes de la física y las leyes naturales del universo. La magia, por otro lado, sólo conocía las limitaciones de las personas que la practicaban. Era más probable que un visitante extraterrestre o extradimensional llegara volando a la tierra en un palo de escoba o cruzando un portal mágico o a través de una pesadilla. ¿Moverse a una velocidad superior a la de la luz? ¡Sin problemas! ¿Cruzar el universo en un abrir y cerrar de ojos? Ya te digo.

La Navidad no era mágica. Toda esta palabrería autoindulgente que se regodeaba en la alegría y la emoción no tenía nada de mágico. No, la magia era producto de las pesadillas. La magia amenazaba al mundo. Los terroristas podían hacer estallar cosas, pero el alcance de los daños que podían infligir, aunque era espantosamente horrible, seguía siendo limitado, comparado con lo que un hechicero malvado era capaz de hacer con unos cuantos conjuros bien hechos. Los agentes etiológicos creados mediante ingeniería biológica eran suaves comparados con las pestes creadas mediante la magia.

Sacudí la cabeza mientras aparcaba en el sitio que tenía reservado detrás del museo. Menos mal que la humanidad carecía de la capacidad innata para usar la magia. Dado lo agresivos y territoriales que éramos como especie, no me cabía duda de que nuestra Tierra parecería uno de los mundos más oscuros imaginados por los escritores de fantasía, en el que las fuerzas del mal combatirían eternamente contra las fuerzas del bien. Lo que es yo, no quería vivir en un mundo donde las personas corrientes tuvieran que luchar cada día para sobrevivir, donde las cosechas fueran arrasadas a diario por dragones o bestias merodeantes y donde los magos malvados atacaran a las masas indefensas con sus conjuros y tomaran a los supervivientes como esclavos. No, la Tierra, a pesar de todos sus problemas, estaba bien tal y como estaba. Y por eso yo estaba dispuesta a hacer lo que hacía.

Supongo que se me podría describir como un cruce entre Buffy la Cazavampiros y Fox Mulder, aunque trabajaba para una sección secreta del Ministerio de Defensa, no para el FBI. Se nos llamaba Operación Campanilla, pero ojalá matar hadas fuese tan sencillo como decir "No creo en las hadas". Ja. Qué incordio de seres. Sí, ya lo creo que se las podía matar: de hecho, las carreteras del país se cobraban un buen número de víctimas por la noche, afortunadamente (menos mal que la mayoría de la gente no se molestaba en examinar los bichos aplastados que tenían en los parabrisas antes de limpiarlos, porque les podría daría algo...), pero aparte de atraerlas a una THAV (trampa para hadas de alto voltaje) con un cebo de chocolate suizo o alguna otra golosina dulce, matarlas no era tarea fácil, sobre todo cuando se conocían los trucos.

Ahora bien, a pesar del nombre de Campanilla, las hadas no eran nuestra prioridad fundamental. Mientras se mantuvieran ocultas y no causaran más problemas que robar algunos calcetines de las secadoras de la gente de vez en cuando, a mí rara vez me enviaban a ocuparme de ellas. Además, eso era más bien trabajo de novatos. Yo era la agente en activo de más alto nivel de la Operación Campanilla, mi nombre en clave era "Escarabajo Negro" y era a mí a quien enviaban para acabar con el fantasma (probablemente un espíritu malévolo de otra dimensión) de la casa encantada que estaba asesinando a sus ocupantes. Era a mí a quien enviaban al cementerio para matar al ejército de necrófagos animados por un nigromante procedente de otro mundo. (Y luego, por supuesto, acababa con el nigromante.) Era eficiente, era eficaz y protegía a la gente de sus peores pesadillas. Literalmente. Gracias al Escarabajo Negro los niños podían dormir a salvo por las noches, libres de los horrores mágicos y sobrenaturales que amenazaban a nuestra gran nación de forma continua.

El aire era fresco al salir del coche y mi capuchino humeaba en el frío invernal mientras me dirigía a la entrada del sótano situada en la parte de atrás del museo. Al principio, la Operación Campanilla se alojaba en el Pentágono. Sin embargo, no tardaron en darse cuenta de que intentar ocultar a su principal unidad de defensa antimagia en un edificio cuya forma era la estrella de cinco puntas más grande del mundo no era muy buena idea. Cuando el segundo ataque de la Alianza de los Guerreros Rojos (un poderoso grupo de magos que necesitaban grandes cantidades de sílice para poder lanzar conjuros en su propio mundo) estuvo a punto de destruir el lugar, se dieron cuenta de que la forma del edificio en realidad aumentaba la eficacia de los conjuros y era prácticamente imposible defenderlo de cualquier tipo de magia.

De modo que la Operación Campanilla se trasladó al sótano del Museo del Aire y el Espacio. Aunque la magia y la tecnología no se estorban necesariamente entre sí, la fe puede jugar un papel importante en la eficacia de la magia. Baste decir que el Museo del Aire y el Espacio sería un lugar desagradable para incluso los magos más poderosos, lo mismo, sin duda, que cualquier lugar lleno de cerebrines científicos (quienes, en su mayoría, no creían en la magia) y sus maravillas tecnológicas.

Bajé con cuidado por las escaleras de la entrada: los restos resbaladizos de la tormenta de hielo del fin de semana todavía no se habían derretido del todo y justamente el día anterior había intentado sin éxito (y sin querer) bajar esquiando y a punto estuve de perder el sentido cuando me di con la cabeza en uno de los escalones de hormigón. (Aunque tardé un poco en quitarme las telarañas del coco magullado, me sentí orgullosa porque había logrado derramar sólo la mitad de la taza de café durante todo el proceso.) Al llegar al pie de las escaleras, me saqué la tarjeta de acceso del bolsillo del abrigo y la pasé por el escáner que había al lado de la puerta.

La pantalla de cristal líquido parpadeó en verde y me pidió la contraseña y yo escribí sin ganas "abretesesamo". Odiaba a muerte a nuestra encargada de seguridad. Al menos "abretesesamo" era más o menos comprensible, comparado con "salacadulamachicabula", que había sido la contraseña de noviembre, o con "dibidididadidibu", la de octubre. ¿Cómo demonios se suponía que iba a recordar una cosa así? Sonaba como el título de una peli porno de mala calidad y me pregunté, no por primera vez, de dónde se sacaba estas chorradas.

Reprimí mi mal humor cuando la puerta se abrió deslizándose con un siseo. Aunque estuviéramos en un sótano, nuestra sección tenía muchos medios y nuestras oficinas podrían haber sido una muestra de "las cosas del futuro" del museo que teníamos encima. Parte del instrumental de detección más sofisticado del planeta se encontraba en nuestras instalaciones, así como algunos de los inventos tecnológicos más avanzados. Además, teníamos una sala segura llena de objetos mágicos: armas, anillos, ropa, alfombras, varitas, cristales, cualquier cosa que hubiéramos confiscado o reclamado en el curso de nuestras operaciones y que todavía no había sido destruida o que podía resultar útil para nuestros agentes en empresas futuras.

A mí la magia me daba tanto asco que rara vez solicitaba ayuda mágica, pero algunos de mis colegas no tenían tantos reparos. Yo los tenía vigilados y sabía que la agencia también. La magia, como el poder, tendía a corromper y habíamos perdido a más de un buen agente que se había pasado al "lado oscuro". Se volvían contra nosotros, usando la magia a voluntad, no por necesidad, negándose a hacer su trabajo y poniéndose del lado de los mismos monstruos a los que en principio debían destruir.

—Buenos días, Esca —me saludó la secretaria de recepción con una sonrisa. La señorita Perkins era el modelo perfecto de la secretaria profesional, pero yo sabía que esta mujer de treinta y tantos años, de pelo rubio rizado y madre soltera de dos hijos era de todo menos la típica secretaria de oficina. Era, en realidad, una amazona disfrazada, la primera en la línea de defensa contra un ataque mágico, y oculta detrás de su mesa había una amplia gama de armas que sabía usar perfectamente, desde un rifle M-16 cargado con balas de plata hasta una pistola de agua cargada con agua bendecida por el Papa en persona. Después de mí, la señorita Perkins era posiblemente la persona más mortífera de toda la sección. Y por esa razón, y sólo por ésa, le permitía que me llamase "Esca", abreviatura de "Escarabajo", versión grotesca e indigna de mi orgulloso y digno nombre en clave.

—¿Algún problema con las escaleras esta mañana? —preguntó alegremente, colocándose bien las gafas de leer en la nariz. Yo me preguntaba a menudo si realmente necesitaba gafas o si eran un accesorio más de su disfraz de secretaria.

—No, las he bajado sin problemas, gracias —respondí, intentando decidir si se estaba burlando de mí. Sin embargo, de ser así, lo hacía de una forma tan sutil que no lograba detectarlo. Jo, qué buena era esta mujer. Tendríamos problemas si alguna vez se pasaba al "lado oscuro".

—Pues que tengas un buen día. El coronel Harrington quiere verte inmediatamente en su despacho. Al parecer Demi tuvo un código naranja anoche en la costa oeste.

Recibí la información con un gruñido y bajé por el pasillo hasta el despacho de mi jefe. Demi era nuestro sistema de "Detección y Escaneo de Magia por Imagen". Un código naranja quería decir que había detectado el uso de un fuerte nivel de magia. Demi podía llegar a detectar cinco niveles distintos de magia, el blanco, el más bajo y corriente, se solía desconectar y no se registraba, el amarillo indicaba un nivel de magia moderado, el naranja era para un nivel fuerte, el rojo era para un nivel muy fuerte y el fucsia solía indicar un problema muy, pero que muy grande. La última vez que tuvimos un código fucsia, un esqueleto gamberro, que se acababa de escapar del Tercer Plano de los No Muertos, mató a tres de nuestros mejores agentes y estuvo a punto de matarme a mí. Por fin conseguí eliminar a aquella cosa (no decíamos "matar", porque en realidad no se podía matar lo que ya estaba muerto) cortándole el cráneo con una antigua y mágica arma griega que se lanzaba, llamada chakram, y que, misteriosamente, sólo yo parecía poder usar. En cualquier caso, a nadie le apetecía recibir un código fucsia. El naranja, por otro lado, solía ser manejable.

Asomé la cabeza por la puerta del coronel Jim Harrington.

—¿Quería verme, señor?

Mi jefe, un hombre negro, fornido y calvo que llevaba tantas medallas que se le habría caído el uniforme por un lado si no usara tanto almidón, levantó la vista de su gran mesa y del ID (Informe de Demi) que estaba leyendo. Sonrió, revelando un incisivo de oro.

—¡Escari! —dijo, usando su abreviatura preferida de mi nombre en clave—. Me alegro de que hayas logrado bajar sana y salva las escaleras esta mañana. Anoche tuvimos un código naranja en Menlo Park, California. —Golpeó el papel con el dedo, poniéndose serio—. Un estallido breve, la imagen de la resonancia indica que probablemente fue un conjuro único, posiblemente de tipo transformativo.

Torcí el gesto. Los conjuros transformativos eran difíciles. Transformar correctamente a un burro en, digamos, una manzana requería un alto nivel de pericia. Quien lo hubiera hecho probablemente era capaz de causar serios estragos.

—¿Demi ha localizado el sitio?

Cogió una carpeta de encima de una pila y me la pasó.

—Está todo ahí. La señorita Perkins te ha reservado billete en un vuelo que sale a las diez en punto del Aeropuerto Nacional Reagan.

—¿Un vuelo comercial? —pregunté, sorprendida. Aunque sólo los códigos rojos y fucsias tenían prioridad para transporte militar (la Operación tenía aviones supersónicos equipados con defensas antimagia preparados para despegar al instante de diversas bases aéreas por todo el país), el coronel conocía las implicaciones de un conjuro transformativo tan bien como yo.

—Recortes en el presupuesto —gruñó.

Solté un taco por lo bajo. Esta maldita guerra contra el terror estaba saliendo más cara que la maldita Navidad.

—Genial. Cuando nos queramos dar cuenta, tendremos que hacer autostop.

—Siempre puedes usar el portal, ya sabes —dijo el coronel riendo.

Uno de los secretos mejor guardados de la Operación Campanilla era el portal mágico de la sala segura. Usado para transportar objetos, gente incluida, de un sitio a otro en un abrir y cerrar de ojos, se lo habíamos quitado al cadáver de una bruja climática que iba saltando de un mundo a otro y que había creado un tornado devastador en Oklahoma, todo porque estaba fastidiadísima por haber perdido una fortuna en una sala de bingo de Chickasha. Había conseguido que Demi se iluminara como un árbol de Navidad y borró el casino del mapa, pero no tuvo mucho tiempo para disfrutar de su venganza. Bruja climática hoy, zorra muerta mañana. Sonreí al recordarlo.

Harrington malinterpretó mi sonrisa y sonrió a su vez.

—Sí, sí, ya sé que tú sólo usas la magia como último recurso. —Se dio un golpecito en el reloj con el dedo—. ¿No tienes que irte?

—Supongo —rezongué. Tanto viaje empezaba ya a cansarme, supongo, después de siete años trabajando sobre el terreno. A lo mejor me estaba hartando de vivir de una maleta y arrancarles las alas a los duendecillos. Pero dejé a un lado esa idea. Tenía un trabajo que hacer. El Escarabajo Negro jamás abandonaba el deber.

—Oye, al menos hace calor en la soleada California. No te vas a tener que preocupar por la nieve en la Zona de la Bahía.

—Ya es algo —asentí. Cuanto menos se pareciera a la Navidad, más contenta estaría.


A pesar de mi permiso para llevar armas ocultas en cualquier parte del país —incluso a bordo de vuelos comerciales— tuve un día largo y difícil hasta que por fin conseguí ver las brumas de San Francisco por la ventanilla cuando nos aproximábamos a la pista de aterrizaje. Sí, la soleada California. Más bien parecía como si alguien hubiera llenado la bahía de hielo seco, cuyos vapores inundaban las colinas de alrededor, pero podría tolerar el lúgubre clima siempre y cuando no se pusiera a nevar.

Después de aterrizar, fui en busca de los coches de alquiler Hertz. Nunca facturaba equipaje, pues tenía una maleta pequeña de viaje preparada siempre con todo lo que solía necesitar para un viaje normal. Mientras hacía cola ante el mostrador, repasé la información de la carpeta que me había dado Harrington esa mañana.

El código estaba localizado en una casa particular de Menlo Park. Era un buen barrio, pero no de los más caros, más bien de clase media. La casa en cuestión era de alquiler y, debido a lo cerca que estaba de Stanford, seguro que la había alquilado un grupo de estudiantes o tal vez un empleado de la universidad con familia. El dueño era un tal Stanley Bickford, profesor de ingeniería en Stanford, lo cual no lo señalaba como candidato al uso de la magia. Las casas de alrededor eran propiedad de personas con las mismas probabilidades escasas de ser culpables, pues uno era un contable casado con la secretaria de un bufete de abogados y tenían tres hijos, y el otro era un soltero del valle de la silicona, un casi millonario dedicado a la alta tecnología que seguía viviendo en la misma casa donde se había criado.

En Hertz no tenían Volkswagens, de modo que alquilé el único vehículo negro que tenían, un enorme todoterreno que devoraba gasolina. Curiosamente, la verdad es que prefería conducir mi escarabajo, a pesar de la falta de espacio para las piernas. Al cabo de seis años, me había acostumbrado a él. El escarabajo había sido una broma de mi jefe.

—Un escarabajo para un escarabajo —me tomó el pelo al darme las llaves—. Y encima es negro. Tu color preferido.

A mí no me hizo gracia, a pesar del color.

—Lo puedes llamar el Escaramóvil —bromeó la señorita Perkins al día siguiente. Eso tampoco me hizo gracia. Pero había acabado cogiéndole cariño al escarabajo y cuando Harrington me ofreció un Jaguar trucado al año siguiente, equipado con una tecnología electrónica que habría dejado en vergüenza al Batmóvil, le rechacé cortésmente. El EE (abreviatura de escarabajo del escarabajo) era más que suficiente para mí.

Menlo Park estaba al sur del aeropuerto y me detuve para conseguir habitación en un hotel antes de ir a investigar la casa de alquiler del doctor Bickford. Para entonces ya había oscurecido, por supuesto, pero eso no me preocupaba. Mejor, de hecho, para husmear sin que me vieran.

La casa de una sola planta estaba algo apartada de la calle, con un jardín de rocas, un limonero y un callistemon gigante que daba sombra a la puerta de entrada. Ante mi sorpresa, había un Volkswagen Escarabajo de color naranja calabaza aparcado bajo el cobertizo para coches. Muy raro. Volkswagen no ofrecía el color naranja como uno de sus colores de fábrica estándar, de modo que o lo habían pintado así por petición expresa del dueño o... Me bajé del coche y saqué mi DRM (Detector de Residuos Mágicos). Efectivamente, el escarabajo emitía altos niveles de residuos mágicos. Al examinar el cobertizo vi dos calabazas viejas en el rincón donde estaba el cubo de la basura, que sin duda llevaban ahí desde Halloween o Acción de Gracias. Entre ellas había espacio suficiente para sospechar que podría haber habido una tercera.

Me estremecí. Aunque no podía poner objeciones al tipo de coche elegido, me asqueaba que alguien usara la magia para transformar una calabaza indefensa en algún tipo de vehículo. Me empezó a arder la sangre y empecé a sentir un cosquilleo por la espalda por la excitación de la caza. Sabiendo que no era más que una sombra entre las sombras (salvo por las piernas, claro, pues mis medias no eran lo bastante oscuras como para taparlas bien y no me había molestado en ponerme mi atuendo de ninja sigiloso en el hotel), me deslicé hasta una de las ventanas iluminadas de delante para ver si conseguía echar un vistazo al responsable.

Las cortinas de la gran ventana estaban echadas, pero a un lado había una ventana más pequeña sin obstrucciones. Resultó ser una ventana de la cocina situada encima del fregadero y me permitía ver el resto de la casa. Lo que vi me dejó atónita.

La casa misma parecía normal. Se veía un cuarto de estar con un pequeño centro de entretenimiento, un sofá de aspecto cómodo y una mesa de café. Había unos cuantos cuadros poco llamativos en las paredes y varias estanterías. Pero sentada a la mesa de la cocina, leyendo un libro grande colocado en medio de un revoltijo de papeles sueltos y cuadernos de notas, estaba simplemente la mujer más bella que había visto en mi vida. Tenía el pelo largo rubio rojizo y, aunque no podía verlos desde donde estaba, supe de algún modo que sus ojos serían verdes como el mar. O tal vez grises. O tal vez alternarían entre el verde mar y el gris dependiendo de la luz. Es decir, si no parecían azulados en medio de la pasión.

En medio de la pasión... Sacudí la cabeza, horrorizada por los derroteros que había seguido mi mente. Tenía un trabajo que hacer. Sus labios eran de un bonito tono rojo y me quedé mirando, fascinada, cuando se colocó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja. Volvió la página y luego se detuvo para anotar algo en uno de los cuadernos. Sus manos... sus dedos eran largos y delicados... Volví a sacudir la cabeza, horrorizada por lo que de repente me imaginé que podían hacer esas manos. A mí, al Escarabajo Negro.

Eso me devolvió a la realidad. Me di cuenta de que éste no iba a ser un caso fácil. Colocándome bien la falda y la chaqueta, me situé sobre el felpudo de entrada y llamé al timbre.

Al poco abrió la puerta y, allí plantada con la luz iluminándola por detrás, parecía algo salido de un sueño.

—¿Sí? —preguntó con una sonrisa un poco desconcertada.

Carraspeé y le enseñé la cartera con mi identificación, cerrándola antes de que le diera tiempo de leerla de verdad.

—Sí, soy la inspectora Betty Basset del Cuerpo de Policía de Menlo Park —mentí hábilmente—. Tengo que hacerle unas preguntas sobre el Volkswagen Escarabajo aparcado en su entrada. —La empujé al interior de la casa mientras hablaba, pero eso no me impidió notar su expresión de alarma.

—Ah... ah... pues... sí, por supuesto, agente —balbuceó por fin, poniendo cara de inocencia y curiosidad—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Estoy investigando un aviso sobre el robo de un vehículo ocurrido ayer en San José. Al parecer, un Volkswagen Escarabajo de color naranja del año 2002 fue robado de una casa particular. Me gustaría ver su carnet de conducir, los documentos del seguro y el permiso de circulación del coche, por favor.

En sus ojos (que resultaron ser de un interesante tono verde azulado) asomó una expresión momentánea de pánico, pero se obligó a sonreír nerviosa.

—Oh, claro, pero le prometo que no lo he robado.

—¿Si me permite ver los papeles, por favor?

Se colocó el pelo detrás de las orejas y agitó los dedos indicando el cobertizo.

—Están en la guantera.

El pelo de los brazos se me puso de punta y tuve la sospecha de que acababa de lanzar un conjuro al agitar esos dedos. Rechiné los dientes, pero era demasiado pronto para dejar claras mis intenciones sin pruebas fehacientes. Hice un gesto en la misma dirección.

—Adelante —dije.

Me llevó por el office hasta la puerta que daba al cobertizo. Encendió la luz del cobertizo y abrió la puerta del lado del pasajero, abriendo la guantera. Advertí que dicha guantera estaba vacía salvo por los pocos papeles que sacó a continuación y me entregó.

—También necesito ver su carnet de conducir —le recordé.

—Ah, sí. Mm, lo tengo dentro.

—Me quedaré aquí mirando esto mientras usted lo coge —dije y volvió a meterse dubitativa en la casa.

En cuanto se fue, saqué mi DRM y examiné los papeles. El detector se puso por las nubes. Los miré con asco, tratando de descubrir algo claramente sospechoso que me permitiera detenerla de inmediato, pero parecían estar en regla, aunque nunca había oído hablar de la compañía aseguradora, una tal Avalon, S.A. Teniendo en cuenta que probablemente los había creado sólo con agitar los dedos, me quedé impresionada. Era evidente que se trataba de alguien que dominaba la magia, para ser capaz de hacer una cosa así. Y eso quería decir que era muy, pero que muy peligrosa.

Alcé los ojos cuando se volvió a abrir la puerta y salió ella con el carnet de conducir.

—Aquí tiene, agente —dijo—. ¿Está todo bien?

Parecía tan esperanzada que no pude evitar sonreír. Más quisieras, zorra, pensé. En voz alta dije:

—Sí, parece que todo está en regla. —Saqué un cuadernito de notas y copié la información de su carnet de conducir, así como algunos detalles de los papeles del seguro y del permiso de circulación del coche—. No le importará que me ponga en contacto con usted si tengo más preguntas, ¿verdad?

—Oh, no, claro que no —dijo, rascándose la nuca mientras miraba nerviosa mi cuadernito.

—Bueno, pues que pase una buena noche, señorita... —Miré mis notas—. Eledril.

Me echó una brillante sonrisa que le iluminó la cara.

—Gracias, inspectora Basset. Usted también.


Llamé a la oficina en cuanto volví al hotel y terminé de cenar.

Ante mi sorprensa, Harrington contestó al teléfono.

—¿Escari? ¿Eres tú? —ladró.

—Sí, señor.

—¡Maldita sea, Demi está como loco y el último ID parecía una puta felicitación del Día de los Enamorados de la cantidad de rojo que aparecía! ¿Qué demonios está pasando ahí? Pensaba que te habías convertido en un puto sapo. ¡Estaba a punto de hacer despegar a los aviones y enviar a Pez Lavanda y a Alce Verde para recoger los restos!

—No, señor, estoy bien. Todo bajo control. Necesito que investigue unas cosas por mí sobre... —Fui a sacar mi cuaderno de notas del bolsillo de la chaqueta, pero no lo encontré. Palpé el otro bolsillo y miré rápidamente por la habitación. Mi cuaderno había desaparecido. Me puse a soltar palabrotas por lo bajo.

—¿Estás bien, Escari? —preguntó Harrington al otro lado de la línea.

—¡Qué hija de puta, me ha mangado el cuaderno! —gruñí—. Es peligrosa, señor. No sólo es capaz de hacer magia transformativa, sino que ahora encima ha hecho desaparecer mi cuaderno de notas. Y ha creado papeles falsos de un coche sin cánticos ni ingredientes para un conjuro.

Harrington escuchó en silencio mientras yo le contaba lo que había descubierto.

—Esto da miedo, Escari. Te voy a mandar el chakram por el portal. Lo dejo a tu criterio, pero si piensas que no vas a conseguir que se marche por las buenas, quiero que la elimines.

—Bien, señor. Según su carnet de conducir, se llama Jennifer Eledril. Me gustaría ver qué se averigua con una comprobación de su historial.

—Seguro, la tendré lista por la mañana.


Un fuerte ruido metálico me despertó de un mal sueño a las cinco en punto de la mañana. Al investigar, descubrí que me habían enviado el chakram y el informe por el portal y que se habían materializado en el cuarto de baño. Las páginas del informe estaban tiradas por el frío suelo de losas y tuve que pescar el chakram del retrete. Juré, no por primera vez, que tenía que tener una charla con los chicos de la sala segura sobre su sentido de la oportunidad y la colocación del portal. ¿Y de verdad pensaban enviar a una persona por él? No era como si no tuvieran una bola de cristal para examinar el sitio con antelación. Lo lógico sería pensar que podrían hacer bien su trabajo y no soltar las cosas en el váter.

Encendí la cafetera con un bostezo y me senté para leer el informe. Jennifer Eledril, de 22 años de edad, estudiaba ingeniería mecánica en la Universidad de Stanford. Procedente del norte de Canadá, había sido admitida en Stanford con una beca parcial a los 18 años. No se disponía de información sobre su familia y los datos sobre ella procedentes de Canadá eran absolutamente superficiales.

Estuve un rato reflexionando sobre esto. La división antimagia de Canadá nunca había tenido muchos fondos. En raras ocasiones, nos pedían ayuda con un problema, pero en general la tolerancia del gobierno canadiense hacia la magia era muy superior a la nuestra, por lo que era imposible adivinar qué había estado haciendo la señorita Eledril en Canadá o cuánto tiempo había estado allí. Pero estaba bastante claro que había estado viviendo apaciblemente en Menlo Park durante los últimos cuatro años y que Demi no había detectado nada hasta ahora. ¿Y lo de la ingeniería mecánica? ¿Qué hacía alguien que practicaba la magia estudiando ingeniería mecánica? Me parecía todo muy turbio y me olía a gato encerrado.


Tenía el visto bueno del conorel Harrington para eliminar a la señorita Eledril sin hacer preguntas y en circunstancias normales así lo habría hecho. Era evidente que se trataba de una maga poderosa y, francamente, me encontraba en grave desventaja si la cosa acababa en lucha. Un asesinato por sorpresa podría haber sido la mejor manera de librarme de ella. Pero había algo en ella que me lo impedía... tal vez fuese el hecho de que al parecer hasta este momento no había usado la magia en absoluto en todos los años que llevaba aquí, o tal vez fuese que sentía curiosidad por descubrir por qué alguien que practicaba la magia estaba estudiando ingeniería mecánica. Tal vez fuese sólo porque había decidido transformar su calabaza en un Volkswagen Escarabajo (de todos los coches que podría haber elegido) y a mí se me estaba ablandando el cerebro. Fuera lo que fuese, decidí darle una oportunidad de marcharse pacíficamente.

Llamé al timbre de Jennifer Eledril a las seis y media de la mañana. Todavía estaba oscuro fuera y tras varios minutos, la luz del porche se encendió y luego se abrió la puerta. El pelo rubio de la señorita Eledril estaba todo alborotado y no pude evitar pensar que estaba... bueno, muy "mona" (aunque yo detestaba esa palabra) con su pijama amarillo de algodón y sus zapatillas rosas con forma de conejo.

—¿Agente Basset? —preguntó desconcertada y pensé que parecía sólo medio despierta.

—Sí —dije—. ¿Puedo pasar?

Se miró el reloj.

—Son las seis y media de la mañana y he estado levantada hasta las cuatro estudiando para un examen final que tengo a mediodía. ¿No podría volver esta tarde?

—No, señora, no voy a volver esta tarde. Tenemos que hablar. Ahora.

—¿De qué? Ah, espere, seguro que quiere recuperar su cuaderno, ¿verdad? Sabe, se le cayó anoche al lado del coche. Voy a buscarlo... —Señaló vagamente hacia atrás e intentó cerrar la puerta.

Se lo impedí.

—Sabe muy bien que el cuaderno no se me cayó, señorita Eledril, igual que sabe que no hace más de dos días que tiene ese coche. Y estaría dispuesta a apostar una bonita suma a que tenía tres calabazas en su garaje en lugar de dos antes de conseguir su coche. ¿No estoy en lo cierto?

—Yo... no sé de qué está hablando —dijo, repentinamente mucho más alerta.

Abrí la puerta del todo de un empujón y volví a entrar a la fuerza.

—Sí, yo creo que sí lo sabe. —Cerré la puerta detrás de mí—. No pertenezco al Cuerpo de Policía de Menlo Park, señorita Eledril. Pertenezco al Ministerio de Defensa. Sé que usted utiliza la magia y he venido para darle la oportunidad de abandonar nuestro país pacíficamente. —Le recité de memoria la "Advertencia Sabrina" estándar—. Va en contra de la ley utilizar la magia en los Estados Unidos, señorita Eledril. El uso de la magia es un crimen castigado con la pena de muerte y la detención, la acusación y la pena se llevan a cabo sin derecho a juicio y sin aviso público. Usted no tiene derechos, ni ayuda legal. Si mañana a esta hora no ha salido del país, será ejecutada.

—Oh —dijo y se dejó caer en la misma silla de la mesa de la cocina donde había estado sentada anoche cuando la vi por la ventana—. Oh —repitió, tocando con tristeza el libro de texto que estaba en la mesa, con aire de absoluto abatimiento.

—¿Tiene alguna pregunta? —pregunté, recordándome que era un monstruo abominable y que no me correspondía sentir ni un ápice de lástima por ella.

Negó con la cabeza y se enjugó una lágrima del ojo.

—No pensé que nadie se fuese a dar cuenta —dijo—. Sólo quería hacer un viaje por todo el país después de graduarme. Quería ver Nueva York y Boston... —Me miró esperanzada—. ¡Me falta tan poco! Sólo me quedan dos finales... uno hoy y otro mañana. Me saltaré el viaje. Y le juro que no usaré más magia. Deme dos días más para poder aprobar los exámenes y sacarme el título y me marcharé para siempre. Se lo prometo.

—Nada de tratos. —Le di la espalda y abrí la puerta—. Mañana a esta hora —dije sin mirar atrás y cerré la puerta al salir.


A las seis y media de la mañana del día siguiente abrí con ganzúa la puerta de atrás de la señorita Eledril. Iba vestida con mi atuendo negro de asesina y armada con el chakram. La estúpida zorra había ido a clase el día anterior y había vuelto a casa después a la hora de la cena. Se había quedado levantada hasta tarde otra vez, haciendo el equipaje (eso esperaba yo) o estudiando hasta las dos de la mañana, hora a la que apagó las luces de la casa y al parecer se fue a la cama.

Pero había sido debidamente advertida. Si seguía en la casa esta mañana, la mataría.

La puerta se abrió a un pequeño office y oí ruido desde el pasillo... se estaba duchando en el cuarto de baño. Y estaba cantando. Mal.

Decidí esperar a que saliera del cuarto de baño para desencadenar mi ataque. Aunque era dudoso que hubiera oído un terremoto por encima del ruido espantoso que emitía, decidí que sería demasiado arriesgado intentar abrir la puerta del baño antes de atacar. Además, atacarla en el pasillo le daría más espacio al chakram para coger velocidad.

Esperé casi media hora hasta que por fin se cerró el agua y pocos minutos después oí que se movía el picaporte de la puerta del baño. Hubo un destello de movimiento cuando alguien avanzó un paso... y lancé el chakram.

Bajó zumbando por el pasillo hacia su pretendido blanco...

Y se detuvo.

Parpadeé. Una desnudísima Jennifer Eledril sujetaba mi chakram con la mano.

Y parecía muy cabreada.

—¡Usted otra vez! —exclamó por fin.

En circunstancias normales, llegados a este punto yo habría tomado algún tipo de medida. Podría haber sacado la pistola para ver si una bala tenía más éxito que el chakram, o podría haberme lanzado rodando por la puerta que tenía en frente para ver si lograba escapar por una ventana antes de que ella me friera (literalmente). Pero me quedé ahí plantada como una estúpida, petrificada por el hecho de que hubiera atrapado mi chakram con la mano y por el hecho de que tenía, sin la menor duda, el cuerpo más sexy que había visto en mi vida.

Agitó los dedos enfadada y se me puso el pelo de punta cuando un estallido de magia me atravesó de parte a parte y el mundo se puso del revés. Tardé un momento en reorientarme y recuperar el aliento, pero sabía que estaba superada. Ahora iba a tener que salir de ésta a base de labia y faroles.

—¿Sabe usted quién soy yo? —dije ásperamente.

Bajó por el pasillo hasta mí, dándole vueltas al chakram con el dedo.

—Bueno, ayer más bien me di cuenta de que su nombre de verdad probablemente no era Betty Basset —dijo encogiéndose de hombros—. Pero aparte de eso, no tengo ni idea. ¿Debería?

—Soy el Escarabajo Negro. —Normalmente, eso era lo único que hacía falta para dar el proverbial susto de muerte a los usuarios de magia locales y obligarlos a volver al redil. Por supuesto, no funcionaba con los que venían de otros mundos o de otros planos, pero los nativos de la Tierra —las hadas, los duendes, los trasgos, los magos y las brujas— sabían quién era yo y me temían.

—¿Ah, sí? —Sonrió—. ¿Puedo llamarla Chorras para abreviar? Le pega, por alguna razón.

Si creyera que mi pistola habría funcionado, habría intentado meterle un tiro. Pero pensé que la sola mención de mi nombre podía haber perdido parte de su capacidad de intimidación debido a que estaba colgada cabeza abajo del techo como una maldita piñata.

—No, no puede —gruñí.

—Bueno, no le he preguntado si "me daría su permiso para hacerlo" —dijo, mirándome a los ojos—. Le he preguntado si "me sería posible hacerlo". Y creo que me es posible... y, no sólo eso, creo que lo voy a hacer, Chorras.

—Bájeme —gruñí.

—Vale —dijo.

Lo último que recuerdo es que aterricé de cabeza.


—¡Despierta, Veronica! —una voz interrumpió mi apacible oscuridad.

Gemí. Me dolía la cabeza. Me dolía el cuello. Me dolía la espalda.

—¡Vamos, es hora de levantarse! —Alguien me sacudía por el hombro e intenté recordar dónde estaba. ¿Por qué oía... olas rompiendo? ¿El mar?

—¡La Tierra a Veronica Case!

Abrí un ojo con dificultad y miré alrededor. Estaba echada en una playa y Jennifer Eledril estaba inclinada sobre mí, con el pelo agitado por una ligera brisa.

—Hola. —Sonrió—. ¿Qué tal la cabeza?

—Me duele —dije, intentando incorporarme, sorprendida de que al parecer seguía viva... y todavía era humana. Me ayudó a sostenerme con una mano en la espalda y me puse a temblar. El viento que soplaba del océano era frío—. ¿Dónde estoy? —Por un momento me pregunté si me había transportado de vuelta a su planeta. La playa tenía un aspecto desolado y solitario.

—En la playa estatal de Pescadero —dijo, eliminando esa idea—. Es por la tarde. Pensé que tus compinches vendrían a buscarnos, de modo que hemos venido hasta aquí en coche después de que terminara mi examen esta mañana. Esto me gusta, sobre todo en invierno. Me recuerda a mi casa. —Se quedó mirando las olas al romper con una expresión distante en los ojos.

—Si tanto echas de menos tu casa, ¿por qué no te fuiste cuando tenías la oportunidad? —pregunté con rencor.

Sonrió y enarcó una ceja.

—Quería sacarme el título —dijo—. ¿Acaso es un crimen querer graduarse?

—¿En ingeniería? —dije, sin dar crédito—. ¿Una persona que practica la magia quiere un título de licenciada en ingeniería?

—¿Qué tiene eso de malo? —preguntó—. Tú, que eres empleada de una agencia de defensa antimagia, usas la magia, así que ¿por qué no puedo yo, que uso la magia, tener interés por la ingeniería?

—Sólo uso la magia como último recurso —dije, frotándome con cuidado el chichón que tenía en la cabeza. Era enorme. No me extrañaba que hubiera estado inconsciente durante horas.

Me miró con curiosidad.

—Ya —dijo, mostrándome el DRM y la pequeña THAV que llevaba en mi maleta.

El significado de esto último me llamó la atención de inmediato. Había estado en mi habitación del hotel. Por supuesto, eso explicaría por qué sabía cómo me llamaba de verdad y para quién trabajaba. Había encontrado mi cartera, mi placa y mi documento de identidad.

—Estas dos cosas llevan incorporados elementos mágicos —continuó—, y supongo que las dos son herramientas normales de tu oficio, ¿no?

Me la quedé mirando. ¿Se había vuelto loca?

Los dejó en el suelo.

—¿No lo sabías? ¿De verdad que no lo sabías?

—No lo son —farfullé por fin—. ¡No son así!

—No creerás en serio que existe algún tipo de tecnología capaz de detectar la magia, ¿verdad? —preguntó.

—Es que es un tipo único de energía —dije—. Claro que puede hacerlo.

Sonrió.

—Si fuese una energía que obedeciera las leyes del universo físico, eso sería cierto. Pero no lo es y no lo hace. Esto, —agitó el DRM—, lleva un conjuro para la detección de magia. Y esto, —levantó la THAV, con cara de asco—, lleva un campo antimagia alrededor. Si no, las pobres hadas se escaparían fácilmente.

—Mientes —dije.

Se encogió de hombros y se levantó, contemplando el mar de nuevo. Tiró el DRM y la THAV a la arena junto a sus pies.

—Es curioso cómo la gente puede estar tan ciega. ¿Por qué odias tanto la magia, Veronica Case? —preguntó con tristeza.

—Porque es antinatural —repliqué sin vacilar—. Es malévola. Poco podemos hacer para defendernos de ella.

Hizo una mueca.

—Es tan natural como cualquier otra cosa. —Señaló un pequeño aeroplano que sobrevolaba las colinas detrás de nosotras—. ¿Tú llamas a eso natural? ¿Naturales a todas vuestras maravillas tecnológicas? ¿Natural a la contaminación? Vosotros usáis la tecnología para destruir la naturaleza. Además, ¿cómo puede ser "antinatural" algo que forma parte del universo? Eso es como decir que el universo mismo es antinatural.

No contesté. No tenía ni puñetera idea de cómo volaban los putos aviones. En eso tenía toda la razón: sí que parecía antinatural.

—Y dices que es malévola. Pero eso tampoco es cierto. O, al menos, depende de tu definición del mal. Verás, yo diría que la magia se puede usar para bien o para mal, igual que hay tecnología buena y tecnología mala.

—¡La tecnología no es mala! —dije.

—¿Ah, no? ¿Las armas nucleares no son malas? Pueden hacer tanto daño como el peor de los conjuros mágicos.

La cabeza me seguía doliendo y me maldije por dentro, por ser incapaz de dar con una respuesta ingeniosa a lo que acababa de decir.

—La magia —dijo—, no es en realidad ni buena ni mala. Los que la usan pueden emplearla para hacer daño o para ayudar, igual que tu tecnología. Y en cuanto al argumento de que "no existe defensa contra ella", tu misma presencia lo invalida.

Se cruzó de brazos y me miró expectante. Parecía una especie de diosa salvaje y elemental ahí de pie contra el sol de poniente, con el pelo alborotado por el viento y el mar estrellándose detrás de ella.

Intenté encontrar una respuesta, preguntándome si me había echado un conjuro de "estupidez". Me levanté con dificultad, pensando que tendría que haberla matado cuando aún contaba con el factor sorpresa de mi parte.

—Debería haberte matado —dijo, mirándome con tristeza.

Me quedé de piedra al oír una repetición tan exacta de mis propios pensamientos.

—¿Y por qué no lo has hecho? —pregunté, curiosa.

—¿De verdad lo quieres saber?

Asentí, preguntándome si de verdad quería.

Se acercó despacio, con los ojos clavados en los míos, hasta que se detuvo tan cerca de mí que su pelo me hacía cosquillas en la cara.

—¿De verdad lo quieres saber? —preguntó de nuevo.

Tragué saliva.

—Sí —susurré roncamente.

Sonrió y cubrió la distancia que quedaba entre las dos. Cerré los ojos y entonces me besó.

El pelo se me puso de punta y el mundo empezó a dar vueltas. Sentí que me disolvía, me reintegraba y volvía a disolverme. Nunca había sentido una cosa semejante. Magia. Era magia, lo sabía, y me aparté de ella furiosa.

—¡Basta! —dije—. ¡Nada de magia!

Se echó a reír y se volvió de nuevo hacia el océano donde el sol se estaba hundiendo en el mar con un estallido de rojo.

—¡Magia! —dijo, abriendo los brazos de par en par—. ¡Mira esa gloriosa puesta de sol, Veronica, y dime que no es mágica! ¡Dime que el ruido del mar no es magia para los oídos! —Se volvió hacia mí, sin dejar de sonreír—. Dime que la vida no es mágica. Dime que besar a tu alma gemela por primera vez en esta vida no es una experiencia mística. —Se calló un momento para dejar que sus palabras calaran—. ¿Tú querrías eliminar todo eso, Veronica? ¿Serías tan miserable de eliminar toda la alegría y la belleza del mundo? La emoción es magia, sabes.

La miré ceñuda.

—¿Crees que te he echado un conjuro? No lo he hecho, Veronica. Lo que has sentido es el vínculo que existe entre nosotras, la magia más poderosa de todas.

Me la quedé mirando, pensando que seguramente había perdido esa cabecita rubia que tenía. Esa linda cabecita rubia. Esa preciosa cabecita rubia. Caracoles. Yo también estaba perdiendo la cabeza. Pero si lo que había sentido al besarla no era magia, ¿qué era? Y aunque lo fuese, ¿de verdad era tan malo? ¿Cómo podía estar mal algo que me hacía sentir tan bien?

—¿Quién eres tú de verdad? —pregunté, irritada—. ¿Qué eres? ¿De dónde eres?

Ladeó la cabeza como si se debatiera entre contestar o no. Por fin dijo:

—Gwennivar Eledril, elfa y, espero, ingeniera en breve, Avalon.

Me froté de nuevo el chichón de la cabeza.

—¿Elfa? ¿Eres una elfa? No pareces uno de los pequeños ayudantes de Santa Claus.

Asintió.

—Sí, bueno, lamento tener que decírtelo, pero Santa Claus no existe.

—Bien. Así me ahorro tener matarlo —dije—. Nunca había conocido a un elfo.

—No me cabe duda. No solemos mezclarnos con los humanos. ¿Es que no has leído a Tolkien?

No hice caso de la pregunta y me concentré en temas más importantes.

—Avalon. Supongo que no te refieres al coche. ¿Es otro planeta?

Puso los ojos en blanco.

—No. Es... bueno, es un lugar oculto.

Enarqué una ceja.

—¿Un lugar oculto?

—Sí.

—Mmmmm. Ya volveremos a eso. ¿Qué estás haciendo aquí de verdad? —pregunté.

—Sacarme el título de ingeniera.

—¿Por qué?

—¿Por qué no puede un elfo sentir interés por la ingeniería?

—No me lo trago.

Por fin se echó a reír.

—Eres muy buena, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir?

—El Escarabajo Negro es persistente, intuitivo y despiadado.

—Eso me describe bastante bien —asentí, sin entender muy bien dónde quería ir a parar.

—Así te describía tu expediente.

—¿Mi expediente?

—Sí, es que... yo era... bueno. —Se rascó nerviosa la cabeza—. Verás, en realidad trabajo para la unidad antitecnología de Avalon. Estamos teniendo problemas para seguir... bueno, ocultos, con todos los últimos adelantos tecnológicos. La magia tiene sus límites, sabes, sobre todo de cara a la tecnología. Así que la Dama del Lago decidió por fin que teníamos que combatir el fuego con el fuego, por así decir, y me enviaron a estudiar ingeniería. Tenemos la esperanza de aprender más cosas sobre vuestras máquinas para poder inutilizarlas con magia o con tecnología o con una mezcla de ambas.

Sabía que la estaba mirando boquiabierta. También sabía que debía hacer todo lo que estuviera en mis manos para eliminarla y llevar esta pasmosa información al coronel Harrington. Era evidente que el futuro del mundo estaba en juego.

Pero, por alguna razón, lo único que quería hacer era besarla de nuevo.

Jugueteó con la arena arrastrando el pie.

—La verdad es que creé ese coche deliberadamente. No sabía a qué agente enviarían para investigar, pero tenía la esperanza de que fueses tú. Pensé en matarte la primera noche que apareciste... pero no habías intentado hacerme daño. Y a la mañana siguiente sólo me leíste la Advertencia Sabrina. Eso no me lo esperaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que tú también lo tenías que haber sentido.

No pude evitar sonreír.

—¿Te refieres a que pensaste que yo era la persona más bella que habías visto en el mundo entero?

Asintió con la cabeza.

—¿Cuál es tu nombre en clave? —pregunté.

Se ruborizó.

—Satélite Azul.

—Otra Chorras —dije riendo—. Te pega.

—Cállate y bésame —dijo, sonriendo.

Obedecí encantada.


Contemplé las nubes oscuras que venían desde el mar, con la arena rozándome la espalda y una linda elfa rubia y desnuda encima de mí.

—Magia —suspiré—. Creo en la magia.

Gwennivar rió llena de felicidad.

—Ya lo creo, cariño.

Algo frío y húmedo aterrizó en mi cara. Parpadeé y vi copos de nieve que caían a nuestro alrededor. Pero apenas notaba el frío por el calor que desprendía Gwennivar.

Atrapó un copo de nieve con la lengua y se echó a reír.

—¿Esto es obra tuya? —pregunté, olisqueándole el cuello.

—¿La nieve? —preguntó con aire inocente.

—Esto es California —dije.

Meneó la cabeza.

—No, no he sido yo. —Me besó profundamente, apasionadamente—. Feliz Navidad, Escarabajo Negro.

Sonreí.

—Sí, sí, creo que lo es.

Se echó a reír y tiró de mí para levantarme.

—¡Es un milagro! Ahora vámonos, que me estoy quedando fría. —Me agarró del brazo y me llevó hasta su Volkswagen Escarabajo, que ahora era verde y estaba en el aparcamiento.

Ni me molesté en recoger mi DRM y mi THAV de la arena. Pez Lavanda y Alce Verde no tardarían en encontrarlos y saber que o me habían derrotado o me había pasado al "lado oscuro".

—¿Dónde vamos? —pregunté cuando salimos a la Autopista 1.

—A Canadá, creo. Al menos hasta que me manden el título por correo. ¿Te parece bien?

Asentí. El frío y la nieve nunca me habían parecido mejores.


FIN


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