Entre Nous

SX Meagher y Anne Brisk




Título original: Entre Nous. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


—A ver... vamos a compartir una botella de Bianco Latimis, del 99 —dijo, devolviéndole la carta de vinos al camarero. Esperó a que se fuera y luego dijo—: Creo que te va a gustar este vino, Marcus. No es exactamente lo que tomé en Capri, pero la memoria sensorial podría ayudarme a recordar que justamente la semana pasada estaba tumbada en una playa. Necesito toda la ayuda posible para seguir recordando mis vacaciones.

—A mí no me importaría estar tumbado en una playa ahora mismo. Qué frío hace en esta ciudad en invierno. En Londres rara vez bajamos de cero. O sea, de treinta y dos grados Fahrenheit. Me va a costar acostumbrarme a este clima.

—Como a referirte a grados Fahrenheit en lugar de Celsius —le recordó Eleanor—. Estamos curiosamente orgullosos de medir la temperatura de una forma tan arcana.

—Este sitio es un poco ruidoso. ¿Te importa si me acerco? —Ella lo miró con cara inexpresiva y él cambió de sitio su silla y su posavasos—. Me apetece mucho cenar aquí. ¿Por qué es uno de tus preferidos?

—Bueno, me encanta la cocina francesa y me encantan los mariscos y La Gamine ofrece los mejor de ambas cosas. También tienen unos postres fantásticos y soy golosísima.

—¿Golosísima? —Sus ojos empezaron a fijarse con más insistencia en sus labios y por primera vez en el curso de la velada, Eleanor empezó a sentirse escamada con esta cena de negocios. Como era una persona directa, decidió poner sus cartas sobre la mesa.

—Me interesa oír lo que tienes planeado hacer con nuestros libros de encuadernación de lujo que tan poco éxito han tenido para que remonten cuando los saquemos como edición de bolsillo. Espero que tengas algunas ideas que todavía no hayamos probado, Marcus.

Su camarero había estado descorchando el vino y sirviendo un poco en una copa para ver si Eleanor lo aprobaba. Los interrumpió, ofreciéndole la copa, y dijo:

—¿Madame?

Ella probó el vino rápidamente y asintió.

—C'est parfait. Merci bien.

En cuanto se marchó el camarero, Marcus se recostó en la silla, claramente relajado y a gusto.

—¿Negocios? ¿Es imprescindible?

—Tienes razón. Hablemos de ti. Dime cómo dirigías la sucursal de Londres.

Él se echó a reír, mirándola con humor.

—Parece que sí es imprescindible.

—No puedo remediarlo —dijo ella—. Me cuesta mostrar mi lado social durante una cena de trabajo.

¿Te enteras ya con eso, colega?


—Dios, Annie, saca ya la cámara. Así podrás gozar de ella en la intimidad de tu hogar.

—No estoy... —La joven miró a sus amigas y se dio cuenta de que disimular sería una pérdida de tiempo—. Vale, sí que estaba mirando...

—Comiéndotela con los ojos.

—Está bien, estaba comiéndomela con los ojos. Hacedme el favor... ¡miradla!

—Yo creía que las lesbianas estaban por encima de las miradas lascivas —dijo Gayle.

—Ah, Gayle, Gayle, Gayle. ¿De dónde te sacas esas ideas tan extrañas? —preguntó Annie—. Qué cosa tan arcaica, qué... Nathaniel Hawthorne.

Sus amigas, que también eran todas compañeras de trabajo, se echaron a reír. Las cuatro jóvenes compartían una mesa del bar en el extremo opuesto de donde estaban la preciosa mujer morena y su acompañante.

—Estamos en el siglo XXI, Gayle. Ahora las mujeres tienen libertad para sentir... oh, cielos... —se tapó los labios con una mano y susurró exageradamente—, impulsos sexuales. —En sus labios se formó una sonrisa descarada y bajó la voz—. A lo mejor vosotras no estáis hechas así, pero a mí me encanta mirar a las mujeres y hacerlas protagonistas de fantasías húmedas y calientes y, sí, hasta picantes. Los hombres lo hacen y las mujeres también. Y si vosotras nunca lo habéis hecho... os estáis perdiendo algo estupendo.

—Yo fantaseo con hombres todo el tiempo —dijo Kit—. Nunca me quedo dormida sin un hombre, incluso cuando estoy sola.

Gayle se rindió.

—Está bien. Somos todas unas guarras. Reconozcámoslo y pasemos a otra cosa.

—Otra ronda —proclamó Annie. Llamó al camarero y señaló con la cabeza a la mujer morena, diciendo—: Lo que ella toma, ésa soy yo. —Ante su mirada de desconcierto y entre las risas de sus amigas, se corrigió—: Tomaremos otra ronda.


Volviéndose para mirar de dónde salía el estallido de carcajadas, Eleanor se fijó en el grupo de cuatro mujeres del otro lado del bar.

Quiero cambiarme de mesa, pensó con un puchero mental.

Vio que el camarero servía otra ronda de bebidas en la mesa e intentó calcular la edad que tenían las mujeres por lo que habían pedido.

Mmm... una cerveza, dos copas de vino blanco y una cosa roja en una copa de Martini. Podría ser un Cosmo o un Toro Salvaje. La cerveza indica que no hace tanto que han acabado la universidad. Las copas sueltas de vino blanco las hacen parecer muy jóvenes también. Si fuesen sofisticadas, seguramente pedirían una botella, en lugar de conformarse con el vino de la casa. Claro, que podrían estar bebiendo algo de la carta de vinos. A juzgar por las copas, creo que están bebiendo un buen blanco. El Cosmo es para... oooh... la rubia preciosa. Espero que sea un Cosmo. Si es un Toro Salvaje, eso quiere decir que tiene unos veintidós años y tengo que rechazarlas cuando son tan pequeñas.

Marcus asintió cuando se acercó el camarero y el hombre les sirvió el resto de la botella de vino en las copas.

—¿Te apetece otra botella?

Eleanor regresó sin ganas a la realidad.

—Para mí no, gracias. Si sigo bebiendo, no podré concentrarme en el trabajo.

O en esas mujeres, añadió su libido. Esa rubia es de las que me van. Espero que tenga edad legal para conducir.

El camarero dejó a la pareja con su conversación. Marcus la miró a los ojos y dijo:

—No es necesario que definamos eso del trabajo de una forma muy, muy estricta, ¿verdad, Eleanor?

Eleanor gimió por dentro. ¿Por qué a mí? ¿Por qué siempre me toca a mí? ¿Cómo me encuentran? ¿Son las feromonas? ¿Por qué las mías funcionan tan bien con los hombres? Voy a dejar de tomar esa maldita vitamina B.

—No, claro que no. Me gustaría conocerte, Marcus. Creo que eso sin duda contribuirá a que tengamos una mejor relación de trabajo.

Nunca he tenido unos resultados tan espectacularmente malos con ninguna mujer. No lleva anillo de casada, pero a lo mejor sale con alguien. A lo mejor es que no le resulto atractivo. Marcus se paró un momento a considerar esa posibilidad. No, no es eso.

—Estupendo —dijo, con una sonrisa un poco forzada—. Por nuestra relación de trabajo. —Alzó su copa y Eleanor brindó con la suya.


—Oh, joder, están brindando. —Annie se puso la barbilla en el puño—. ¿Qué querrá decir eso?

—¿Sí, cariño, claro que me voy a casar contigo? —sugirió Gayle con humor.

—¿La prueba de la sífilis ha dado negativo? —indicó Kit.

—Si el veneno funciona como está previsto, tu mujer estará muerta dentro de una hora —dijo Maggie.

—Yo prefiero, "Por haberme sentado sin darme cuenta en una mesa con un desconocido que va a cenar solo dentro de unos dos minutos" —masculló Annie, alicaída.

—No sé yo —dijo Kit—. No parecen pareja, pero tampoco parece que no se conozcan.

—A lo mejor es la primera vez que quedan —dijo Maggie.

—Todavía tengo posibilidades si es su primera cita —dijo Annie, animándose—. Diez minutos a solas con ella en el baño...

—Yo quiero saber por qué estamos todas mirando a esa mujer —dijo Gayle—. Sobre todo cuando el hombre que la acompaña está buenísimo. Tú eres la única lesbiana que hay aquí, Annie. ¿No debería imponerse la mayoría?

—Tú mira a quien quieras, que yo miro a quien quiero.

—Quiero que Taye Diggs entre aquí y me pida que me case con él —dijo Gayle—. Creo que tengo las mismas posibilidades que tú.

—No me voy a dejar contagiar por tu falta de seguridad en ti misma —dijo Annie—. Sé que podría hacer feliz a esa mujer. Al menos por una noche.

—¿Os habéis dado cuenta —le dijo Kit al grupo—, de que cuando alguien sale de una relación, o está llena de dudas o se envalentona? Creo que aquí nuestra amiga ha salido muy envalentonada de su ruptura.

—Oye, que he sido monógama durante dos años —dijo Annie—. Ya es hora de que eche una cana al aire. Y sé muy bien con quién quiero echarla.

—Has estado con tres mujeres, Annie. Eso no te convierte en un pendón.

—En algún momento tengo que empezar —dijo la rubia, con el optimismo bien intacto.


—Sabes, Eleanor, no sé mucho de ti. Es evidente que en Random House tienen buena opinión de ti y en las sucursales europeas se dice que eres una de las jóvenes estrellas en ascenso. Pero eso no me dice mucho sobre ti. Cuéntame, ¿quieres?

—Claro. —Animada con el tema, se echó hacia delante, juntó las manos sobre la mesa y sus brazos le empujaron los pechos hacia arriba y hacia fuera. La luz de las velas bañaba sus rasgos en un cálido resplandor dorado y sus ojos relucían como joyas. Se lamió los labios y se le dilataron las aletas de la nariz—. Me encantaría trabajar en una de las sucursales de Europa. Ésa ha sido mi meta desde que entré en la compañía. Hablo francés y llevo cuatro años estudiando alemán, para poder estar preparada en cuanto sea preciso.

Marcus deslizó una mano discretamente por debajo de la mesa, hizo una recolocación muy necesaria y estuvo a punto de gemir cuando se le alivió la presión que tenía en el regazo.

No es frígida, evidentemente, pensó. ¿Pero cómo consigo que ese ardor por el trabajo se centre en mí?

Deslizó un dedo índice por las manos recogidas de ella y jugueteó con la uña roja oscura de su pulgar.

Un ceño minúsculo hizo acto de presencia ante la caricia y él apartó la mano.

—Cuéntame más —dijo.

Aquí hay alguien que no está prestando atención. Somos compañeros de trabajo. No nos tocamos. Ha llegado el momento de sacar el hielo.

Se irguió en la silla y Marcus se dio cuenta, asombrado y consternado, de que el brillo de sus ojos se apagaba y que una puerta que parecía abierta se cerraba de golpe.

—Mi carrera es importantísima para mí —dijo Eleanor—. Intento no involucrarme en la política de la compañía y en las peleas y cotilleos que inundan el negocio editorial. Soy muy divertida fuera del trabajo, pero nunca mezclo los negocios con el placer. —Su mirada se endureció y le sonrió ferozmente—. Jamás.

—Ya. —Él también se sentó un poco más derecho y se enderezó la corbata. Estaba seguro de que la tenía bien, pero se sentía como si le hubiera estado tirando de ella—. Escucha, Eleanor, espero no haberte ofendido. Me temo muchísimo que lo he hecho y te aseguro que es lo último que quería. Eres una mujer muy bella con quien espero mantener una relación profesional beneficiosa para los dos.

—No me has ofendido en absoluto, Marcus. No conozco a ninguna mujer a la que no le guste que la encuentren atractiva. Es simplemente que nunca salgo con nadie de Random House ni de la industria editorial en general.

—¡Vaya! —Se reclinó de nuevo y se cruzó de brazos. En su tono había un matiz ligeramente desafiante—. Tiene que costarte encontrar a alguien con quien salir si descartas a todo tu entorno profesional.

La máscara profesional desapareció tan deprisa como se la había puesto. Los labios de Eleanor, generosos, maduros y rojos, se curvaron en una sonrisa. Una vez más, sus pechos llenos y firmes se echaron hacia delante, con los hombros rectos y erguidos. Sus ojos volvieron a relucir y habló en un tono que solía reservar para los momentos más íntimos.

—La verdad es que no.

—Comprendido —dijo él, cruzando las piernas.

Eleanor esperó a que Marcus alzara su copa de nuevo, sabiendo que eso le impediría ver, y entonces le guiñó un ojo a la rubia con aire travieso.


—¡No están juntos! —anunció Annie, dejando su copa de golpe en la mesa.

—A mí me parece que sí están juntos —dijo Kit—. Ella parece que se lo va comer de postre.

—No, no, eso es sólo fachada. No lo desea. ¡No siente la menor atracción por él! Estoy segura.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó Maggie—. Está apoyada en la mesa como si la estuviera marcando con su olor.

—¡Oh, por favor! ¿Es que no os fijáis en el mundo que os rodea? ¿No habéis visto lo fría que se ha puesto hace un segundo? Está jugando con ese hombre por alguna razón. Esa última mirada ardiente era pura pose. Estoy convencida. —Se echó hacia delante y las otras tres mujeres hicieron lo propio—. Además —susurró—, os juro por Dios que me acaba de guiñar un ojo.

—¡No es cierto! —dijo Maggie—. Yo estoy de cara a ella y ni siquiera ha mirado hacia aquí.

—Pues habrás dejado de mirar un segundo. Os lo digo en serio, esa mujer me ha guiñado un ojo.

—Tanto si es cierto como si no, creo que Annie tiene razón —dijo Gayle—. No sé por qué la estoy ayudando a analizar a una total desconocida, pero creo que tiene razón. No emite vibraciones tipo "me gustas" con ese tío.

Annie miró al objeto de su interés con una sonrisa de felicidad.

—Me ama, me ama.

—Sí. Te ama. A una distancia de seis metros, sin haber intercambiado palabra ni saber nada de ella, y te ama —dijo Gayle—. Vamos a envolverla y llevárnosla a casa.

—Puede que todavía no me ame, pero lo hará. Es que es perfecta. Fijaos en sus ojos —dijo Annie—. ¿Veis lo despiertos y atentos que parecen? Eso es señal de inteligencia. Y es muy animada al hablar. Con mucha energía. Eso quiere decir que es buena en la cama.

—Ah, entonces... el Pato Donald y Mickey Mouse... ¿también serían buenos amantes?

—Qué graciosa eres —dijo Annie, dándole palmaditas a Maggie en la pierna.

Gayle le clavó la mirada y dijo:

—Muy bien, doña Pendón, doña Ligona. La has encontrado. Es perfecta. ¿Qué vas a hacer al respecto?

—No me metáis prisa. Acabo de decidir que es perfecta para mí. Voy a tardar un poco en pensar en una manera de hacerla mía.

—¿Cómo sabes que es lesbiana? —preguntó Maggie—. Porque no lo parece para nada.

Annie miró a su amiga parpadeando.

—¿Qué aspecto tiene una lesbiana?

—¡Ése no! —sostuvo Maggie. Las cuatro mujeres miraron de nuevo y esta vez, Eleanor las pilló. Sus ojos se encontraron con los de Annie y le sostuvieron la mirada un segundo, al tiempo que una sonrisa curvaba las comisuras de esa boca roja y sexy.

Annie se puso pálida y se hundió en su asiento, atragantándose y cogiendo la copa.

—Oh, joder.

—¡Ya estás dentro! —declaró Kit.

—¡Eso sí que ha sido contacto visual, chica! —asintió Gayle.

—Estás a punto de desmayarte, ¿verdad? —predijo Maggie, que conocía a Annie desde hacía años—. Siempre intentas abarcar más de lo que puedes.

Annie soltó un gorgoteo indefenso como respuesta.


Eleanor no pudo evitar sonreír muy ufana, por mucho que lo intentara. Le encantaba flirtear y había algo especialmente satisfactorio en la idea de flirtear cuando estaba con otra persona. Miró directamente a la joven por encima del hombro de Marcus.

¡Oh, se está poniendo colorada! ¿A qué es la cosa más mona que has visto en tu vida?

Se acomodó en su asiento, muy orgullosa de sí misma por haber provocado tal reacción.

Ahora tengo que idear un plan para apartarla del rebaño. Es casi imposible hacerlo en un ambiente como éste. Es decir, no estamos en una discoteca. No voy a pedirle que baile conmigo en el bar de La Gamine.

—¿Disculpa? —preguntó, no muy segura de que Marcus hubiera dicho algo, pero sospechándolo por su rostro expectante.

—¿Quieres que pregunte si ya está preparada nuestra mesa? A estas alturas ya debería estar lista.

—Si quieres.

Puedo pasar unos minutos más tonteando con esa mujer adorable. Mmm... me pregunto si va a cenar también o sólo va a tomar copas. Si vamos arriba, la perderé como no venga a cenar ella también.

Con Marcus fuera de escena, Eleanor pudo dar rienda suelta a uno de sus mayores talentos. Se recostó en la silla, cogió la copa y dio vueltas al líquido despacio. Tenía los ojos clavados en el perfil de la rubia al inclinar la copa, dejando que un sorbo de vino le calentara la boca. Las mujeres la miraban con todo el disimulo del que eran capaces y Eleanor vio que dos de ellas susurraban algo con desesperación a su amiga. La rubia se volvió, fingiendo que buscaba al camarero. Echó una mirada rápida a Eleanor y cuando vio que la mujer la estaba mirando directamente, se empezó a volver inexorablemente hacia ella y a punto estuvo de caerse de la silla. Kit la agarró del brazo y la sujetó, enderezando la silla y ayudando a Annie a salvar las apariencias y otras importantes partes corporales.

¡Jo! ¡Nunca he estado a punto de matar a nadie! Bueno, he dejado claras mis intenciones. Si quieres que nos conozcamos, vas a tener que darme una señal. Que no sea caerte al suelo.

Marcus regresó y dijo:

—Tardarán media hora más. ¿Puedes esperar?

—¿Te gusta el sashimi? —preguntó—. Podríamos tomar una cena ligera aquí mismo, vamos al bar de sushi.

—Me parece bien, si estás segura.

—El sashimi está fantástico y de todas formas suelo cenar muy poco —dijo Eleanor.

—Lo que tú quieras, me parece bien —dijo Marcus, con una sonrisa amistosa.


Con la cara acalorada, las manos sudorosas y el corazón desbocado, Annie se secó la frente con la servilleta.

—Decidme que no he estado a punto de estamparme en el suelo. ¡Decídmelo!

—No has estado a punto de estamparte —dijo Kit, mirándola con compasión.

—¡Sí que ha estado! —dijo Gayle riendo—. No le lleves la corriente a la chica. Tiene que saber la verdad.

—Bueno, pero nadie se ha dado cuenta —siguió Kit.

—¡Chica, todo el restaurante ha mirado! —insistió Gayle—. ¡Hasta los pinches han salido de la cocina!

—No es cierto —dijo Annie, con tono de súplica—. Por favor, por favor, decidme que no es cierto.

—¡Ja! ¡Ya lo creo que es cierto!

—Tengo que suicidarme. ¿Qué sería más discreto? ¿Hacerme el hara kiri o ahorcarme con la máquina esa de toallas del cuarto de baño?

—Yo estoy por un sencillo suicidio ritual —dijo Maggie—. Siempre es un clásico.

—No te preocupes por eso —insistió Gayle—. Aquí no te conoce nadie... ni las ganas.


—Yo quiero sashimi, a la carta, por favor. Gamba botan, kohada, toro y bonito.

—Muy bien. ¿Y usted, señor?

Marcus se echó a reír, mirando a Eleanor.

—¡Con eso no come ni un gato! Me parece que voy a compensar lo poco que come mi compañera pidiendo la fuente de sushi y sashimi.

—¿Qué clase de rollo quiere de acompañamiento, señor?

—Atún picante.

—Una elección excelente. ¿Les apetece un poco de sake con la cena?

—Para mí no —dijo Eleanor. Marcus dijo que no con la cabeza y el camarero se marchó.

—Bueno, dime, ¿siempre comes tan poco? Me parece que lo que vas a comer no llega a los sesenta gramos de alimento.

Ella sonrió y dijo:

—Como mucho, pero intento comer más temprano. Me sienta mejor. —Estaba esforzándose por mantener la conversación, pero estaba claro que Marcus no quería hablar de trabajo y, aparte de eso, a ella no le interesaba nada. Sin embargo, estaba muy pendiente de la atractiva mujer sentada al otro lado de la sala. Las amigas de la mujer parecían estar asegurándole que caerse de la silla en público ya no era la metedura de pata social que había sido en otros tiempos.

Bien sabe Dios que a mí me ha parecido un encanto. Es muy atractiva y, aparte de eso, tiene algo totalmente auténtico. También parece muy divertida y a mí me vendría bien perder un poco de seriedad. Jo, tengo muchos muebles en mi ático. Me pregunto si querría venir a casa conmigo y caerse de ellos.


Annie siguió con la mirada clavada en el suelo, convencida de que había echado a perder la oportunidad de su vida y de todas sus vidas futuras. Sus anteriores novias habían sido atractivas, pero esta mujer hacía que la palabra atractiva pareciera un insulto. Y no era sólo su aspecto, que era estupendo, era también la alegría que Annie percibía oculta tras esos ojos indescriptibles. Tenía un aire sofisticado, pero accesible, y eso convencía a la joven de que en ella había algo más que simple belleza.

—Oh, ¿qué he hecho?

—¡Por el amor de Dios, deja de llorar!

—¡Dios no existe! Si existiera, ahora estaríamos en su casa y yo estaría sentada en su regazo, pegada a esos labios. No deseando que se abra la tierra y me trague.

—¿Qué te hace pensar que, para empezar, esa mujer se sentía atraída por ti? —preguntó Gayle.

—Me ha mirado. Ha tragado vino mirándome. ¡Me he dado cuenta!

—Pues sigue mirando —dijo Gayle—, aunque desde otro lado. Ahora tiene mejor ángulo y cada vez que le echo un vistazo, ella te está echando uno a ti. Sigues en la carrera, incluso después de caerte de la silla.

No me he caído —se empeñó Annie—. Casi me he caído. Es muy distinto, y gracias, Kit.

—No hay de qué, colega.

—¿Qué ha sido de ese pendón desorejado que estaba dispuesto a ligar en el baño? —preguntó Gayle—. ¿Un pequeño desliz y ya vas a abandonar la partida?

Annie irguió los hombros y se sentó muy recta.

—Tienes razón. No puedo permitir que una cosa tan nimia arruine mis posibilidades. Seguro que ni lo ha visto.

—Ah, ya lo creo que lo ha visto —insistió Gayle—, pero sigue mirando. Eso es lo que cuenta.

—La cuestión es, ¿cómo consigo que me mire y...?

—Ah-ah —dijo Gayle—, te toca a ti.

—¿A mí? —Annie tragó saliva—. ¿De verdad? ¿Y ella no puede dar un pasito más?

—No. Te toca a ti. O juegas o te callas.

—Yo no... la verdad es que nunca he estado en una situación así —confesó Annie—. Este sitio es muy formal y ella está con alguien. ¿Qué hago?

—¿Nunca has oído eso de invitar a alguien a una copa? —preguntó Maggie.

—¡No se invita a una copa a una mujer que está con otro! ¡Eso es un insulto para los dos!

—Échale redaños y ve a hablar con ella —dijo Kit.

—¿Y qué le digo? "Hola, vengo a asegurarme de que estabas tonteando conmigo. ¿Lo he entendido bien?"

—No tienes que ser tan clara, Annie. Podrías hacer como que la conoces. Si está interesada, te dirá cómo se llama... a lo mejor hasta te da su número de teléfono o su dirección de correo electrónico. Merece la pena intentarlo.

—Vale, o sea que yo voy y le dijo, "Hola, ¿tú no eres Mary Jones?" y ella dice, "No, soy Kathy James. Toma mi número. Llámame".

—Ya veo que te lo voy a tener que dar por escrito. Tú vas y dices, "¡Hola! ¿Cómo estás? Creo que no te veía desde..." y haces una pausa. Si ella está interesada, dice inmediatamente, "la boda de los Schindler" o "lo del Met" o lo que sea. Es lista, Annie, y tiene experiencia. Sabrá lo que tiene que hacer.

Annie soltó aliento con fuerza.

—Vale. Tienes razón. Puedo hacerlo. Puedo hacerlo. —Se irguió aún más en la silla y se pasó las manos por el pelo para acicalárselo—. ¿Cómo tengo el pintalabios?

—Bien. Ve.

—Porque el pintalabios es importante —añadió.

Tres voces dijeron a coro:

—¡Annie! ¡Ve!


Mientras se desarrollaba esta discusión en la mesa de Annie, Eleanor estaba a punto de tirar la toalla.

He hecho de todo salvo mandarte besos. ¿No me puedes enviar algún tipo de señal? Invítame a una copa, ven a hablar conmigo, demonios, haz como que me conoces. Acepto lo que sea ya a estas alturas. ¡Basta con una mirada larga y hambrienta! Hemos consumido una botella de vino, la cena, las copas de después de la cena, postre y café. Colabora conmigo, ¿quieres?

—¿Nos vamos ya, Eleanor? —preguntó Marcus una vez pagaron la cuenta.

Eleanor se levantó y se dio cuenta de que se sentía un poco triste.

—Supongo.


Annie se armó de valor hasta los dientes, luego se volvió, avanzó unos pasos con seguridad y entonces cayó en la cuenta de que se dirigía a dos asientos vacíos del bar de sushi. Se volvió en redondo para mirar a sus amigas y dijo sin voz:

—¿Baño?

Tres cabezas hicieron un gesto negativo.

—Se ha ido —dijo Gayle.

Annie regresó, abatida.

—Se deben de haber ido cuando estábamos pensando la estrategia —dijo Kit—. Lo siento, colega.

—¿Que lo sientes? Voy a ser una anciana que vivirá sola en un estudio con una cantidad ilegal de gatos, todo porque no he movido el culo cuando tenía que hacerlo.

—¿Quieres otra copa, cariño? —preguntó Gayle.

—No. Me quiero ir a casa. ¿Alguien quiere compartir un taxi?

—Vamos a coger el metro —dijo Maggie—. Está aquí al lado.

—Yo me quedo y pago la cuenta. Vosotras os podéis ir. Hace frío fuera y no quiero que perdáis el tren.

Todas dejaron algunos billetes en la mesa y luego abrazaron y besaron a Annie.

—Hasta el lunes —dijo.

Annie tardó unos minutos en pagar la cuenta y recoger su abrigo. Fue a la puerta, incapaz de sonreír a la encargada. A pesar de las bromas que había intercambiado con sus amigas, realmente había llegado a pensar que la velada le ofrecía posibilidades y ahora se sentía extrañamente deprimida. No le costaba nada imaginarse a sí misma con la guapa morena y al saber que lo más probable era que nunca la volvería a ver, se sentía triste y cansada.

¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?, pensó Annie. Me gustaba y sé que yo le gustaba a ella también. Las circunstancias lo han fastidiado todo.

Salió y vio un taxi que esperaba en marcha justo delante de la puerta. Tenía encendida la luz de libre y el pasajero que bajaba abrió la puerta de atrás.

Arrastrando su depresión, Annie corrió hasta el taxi, pues no quería que se lo quitara nadie. Acercándose por detrás, vio que el pasajero salía y hablaba con el taxista. Cuando Annie llegó a la puerta, la morena se volvió y le sonrió alegremente.

—Si llegas a tardar diez minutos más, habría tenido que decirle a éste que se fuera para poder ir en busca de un cajero automático. ¿Y qué habría pasado entonces?

A Annie se le paró el corazón.

—Eres tú.

—Somos tú y yo —dijo Eleanor. Se echó a un lado y le hizo un gesto a Annie para que subiera. Sin decir palabra, la rubia fue hasta ella y le cogió la mano cuando Eleanor se la ofreció. Se deslizó en el cálido asiento y esperó a que la morena se sentara a su lado. Se miraron mientras el taxista esperaba sus instrucciones. Con decisión, Annie dijo:

—A Mercer con la Tercera Oeste, por favor.

—Bonito barrio —dijo Eleanor—. Siempre me ha parecido acogedor.

Annie no podía dejar de sonreír y decidió regodearse en su felicidad. El corazón le latía desbocado en el pecho, pero sabía que su compañera no se asustaba fácilmente. Se acercó y apoyó la cabeza en el hombro de la mujer más alta, sintiéndose absolutamente contenta y a gusto.

—Nunca me había gustado el Día de los Enamorados —dijo Eleanor—. Hasta hoy.

Annie no se fiaba de su voz, por lo que alargó la mano y tuvo una sensación de calidez cuando Eleanor le puso la suya encima y le dio un beso en la cabeza. Entrelazaron las manos mientras el taxi corría por la calle hacia el futuro.


FIN


Volver a Uberficción: Relatos cortos
Ir a Novedades