Volviendo a casa

SX Meagher y Anne Brisk




Título original: Making Our Way Home. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2005


Cualquiera que viera a Lauren Hale corriendo a casa ese día habría pensado que le habían puesto un petardo. No decaía ni un instante, a pesar del montón de libros que habría desanimado a una mujer más incapaz. El frío que había llegado la semana anterior no hacía sino contribuir a la causa de Lauren y permitirle mantener la velocidad sin sucumbir a un golpe de calor. Llevaba pensando en Jill Hudson desde que había salido de su piso esa mañana. Habría pasado todo el día en la cama con Jill de no ser por una serie de exámenes inevitables. Sin embargo, los exámenes no le habían impedido pensar en Jill y notaba la mezcla primitiva de hormonas que había guiado sus pensamientos todo el día corriendo por su cuerpo.

Las pequeñas nubecillas de vapor de su aliento casi le tapaban la vista y sabía que era peligroso moverse tan deprisa por unas aceras tan resbaladizas. Pero tenía la sensación de que Jill iba a estar tan preparada para ella como ella para Jill. Se habían quedado en la cama esa mañana todo el tiempo que les fue posible justificar, dedicando minutos preciosos a besarse y acariciarse, hasta que por fin la conciencia de Lauren pudo con ella. Tras una rápida ducha compartida, se enfrentaron a la mañana, deteniéndose en la puerta de su piso para darse un último y largo beso. Ese beso, con todo lo que prometía, estaba grabado en el cuerpo y la mente de Lauren. Al acercarse a su edificio, vio que la luz de la cocina estaba encendida y soltó en voz alta, sin dirigirse a nadie en concreto:

—¡Sí!

Lauren se sintió en casa al instante cuando cerró la puerta al pasar y se quitó la mochila y el abrigo. Nunca hasta ahora había compartido casa con alguien a quien quisiera y este piso era más un hogar para ella que cualquier sitio donde hubiera vivido. Al sentir esto se detuvo un momento y cayó en la cuenta de que era el amor lo que hacía que fuese así. El piso estaba silencioso y vio a Jill en la cocina.

—Hola.

—Hola, tú —dijo Jill, mirando por encima del hombro. Lauren se quedó parada en seco al ver la sonrisa de Jill. A veces, cuando Jill la miraba o se movía de cierta forma o decía su nombre, se sentía abrumada. Éste era uno de esos momentos. Aunque su intención había sido lanzarse sobre su amante en cuanto llegara a casa, entró despacio en la cocina, admirando a la belleza que tenía delante.

Jill Hudson era la mujer más guapa que había visto Lauren en toda su vida. Sorprendentemente, su amante no era del "tipo" que solía atraer a Lauren. Normalmente le gustaban las mujeres de aspecto "interesante", más que tradicionalmente guapas. Jill tenía una belleza clásica, con un cuerpo largo y esbelto, el pelo reluciente y negro y facciones perfectamente proporcionadas, pero su aspecto no era lo que más le gustaba a Lauren. Lo que atraía a Lauren y que todavía la dejaba sin aliento casi todos los días, era la forma en que Jill ocupaba su cuerpo. Destilaba una seguridad en sí misma y un atractivo sexual que resultaban sencillamente arrebatadores. Y lo que siempre sorprendía a Lauren era que Jill reservaba la parte más tierna y sexy de sí misma para ella sola.

Lauren dio gracias al cielo de vivir en un piso que estaba siempre como un horno. Jill iba apenas vestida con una fina camisetilla y unos flojos pantalones cortos de algodón que definían las curvas de sus caderas y su culo. Se balanceaba ligeramente y canturreaba mientras trabajaba y cuando Lauren se acercó más, vio que estaba pelando patatas.

Sintió una repentina oleada de ternura por Jill y por lo dulce y cariñosa que era siempre. Sin poder resistirse, Lauren le puso las manos en las caderas y luego le rodeó la cintura, pues el encanto de la tripa de Jill era una tentación que no podía aguantar.

—¡Laurie! —chilló Jill. Soltó el cuchillo y la patata que estaba pelando y cogió las manos de su amante, apartándolas—. ¡Tienes las manos heladas!

Lauren no pudo evitar soltar una risita.

—Cielo, lo siento —dijo y, aunque era cierto, siguió riendo.

—Ya te has vuelto a olvidar los guantes, ¿eh?

—Supongo —dijo Lauren, a quien ya se le estaban poniendo los ojos vidriosos. No pudo evitar que sus manos se pasearan, volvieron a meterse por los pantaloncillos de la morena y le agarraron el culo, acercándola.

Jill no se opuso. Ladeó la cabeza y besó a su amante, pasando las manos por su largo pelo rubio, creando una sensación que le produjo a Lauren escalofríos por la espalda.

Se quedaron en la cocina, besándose y tocándose hasta que Jill se apartó un poco para aspirar el olor inconfundible de su amante. Tenía las rodillas algo flojas al susurrar:

—Llevo todo el día pensando en ti.

Lauren gimió y sólo pudo decir:

—Yo también, cariño. Me estás poniendo... me estás poniendo...

—Vamos —dijo Jill, llevándola hacia el dormitorio—. La cena puede esperar. Yo no.


Una hora más tarde, Lauren estaba echada boca arriba, pasándose la lengua despacio por la boca. Estaba asombrada y encantada por el sabor de su amante que aún conservaba en el paladar. Su clítoris todavía palpitaba de vez en cuando y se estiró con languidez y se puso boca abajo, apretando la vulva contra el colchón.

—Una vez más —dijo en voz alta—. Lo podría haber hecho una vez más.

Pero Jill había vuelto al trabajo, para terminar la cena que había planeado.

Sintiéndose un poco sola, Lauren cruzó las manos y apoyó la barbilla en ellas, deseando que Jill volviera al dormitorio. Ojalá pudiéramos vivir de amor. Ojalá Jill sintiera lo mismo. Lauren detestaba tener esta sensación de vacío nada más hacer el amor, pero Jill había planeado una cena y había ido a la tienda y no había forma de disuadirla cuando se le metía una idea entre ceja y ceja.

Lauren se incorporó de golpe. El corazón empezó a latirle desbocado: no se sentía simplemente sola, se empezaba a sentir asustada y aterrorizada. Dios, va a ser mucho peor cuando se vaya. La rubia saltó de la cama y fue a la cocina. Agarró a su amante por la cintura y hundió la cara entre sus omóplatos. Jill cocinaba toda contenta, feliz de que Lauren la tuviera abrazada, alargando la intimidad tras hacer el amor. Lauren intentaba no llorar.


Lauren estaba sentada en una incómoda silla del centro de salud para estudiantes, esperando a que Allen, su terapeuta, empezara a hablar. Tenía la mano sobre su historial y le pareció que estaba nervioso.

—Vale. Cuando nos conocimos, dijiste que llevabas un tiempo con sensaciones de pánico y que estabas deprimida.

—Y tuve que pasarme todo el tiempo intentando convencerte de que no me iba a tirar del edificio de la biblioteca —dijo ella, sin sonreír—. Voy a tener más cuidado con lo que te digo de ahora en adelante.

Alarmado, dijo:

—¡No, por favor, no hagas eso! La única forma en que te puedo ayudar es si te sientes segura para contarme cualquier cosa que se te pase por la mente.

—No me siento segura cuando me da la impresión de que me vas a asignar un guardia para que me vigile —dijo ella—. Estoy mal y estoy deprimida, pero tengo un motivo de peso. No necesito tratamiento de choque o lo que sea que le hagas a la gente. Sólo necesito consejo.

Allen asintió.

—Entendido. Ahora háblame de las cosas que tienen alterada.

—La cosa —corrigió ella—. Una sola cosa. Mi amante se va a ir de Massachusetts cuando nos graduemos y se va a instalar en Hartford, Connecticut, para formarse en la empresa de seguros de su abuelo. Él es el dueño de la compañía —añadió, con una ligera mueca de asco.

—Ya —dijo él—. Y esto te molesta... ¿por qué?

—Yo no puedo acompañarla porque ella no puede o no quiere decirle que es lesbiana. Y yo se supone que tengo que esperar a que esté adecuadamente preparado para recibir esta horrible noticia, o podemos romper. Yo elijo. —Se hundió en la silla, con aire de haber renunciado a la esperanza.

—¿Cuándo te enteraste de esto?

—Mm... —Miró hacia el techo y luego por la diminuta ventana—. Como una semana después de conocernos. —Ante su mirada interrogante, añadió—: Hace poco más de un año.

—Ya. —Tomó nota—. ¿Y eso te ha empezado a molestar hace poco?

—No, Allen. —Se le quebró un poco la voz—. Me ha molestado desde el principio. Pero ahora se acerca de verdad el momento en que la mujer que amo y que me ama me va a dejar. Para dar gusto a su abuelo.

—¿Ella sabe lo que sientes?

—Oh, sí, claro que lo sabe. Pero tiene esta cosa de la familia. Esta cosa de la obligación. Y es lo único que importa. No lo que ella siente, ni lo que ella quiere. No lo que siento yo. Es lo único.

—¿Suele pasar por alto tus necesidades? —preguntó Allen.

—No. —El tono de Lauren era firme y tajante—. Tenemos una relación estupenda. Es entregada, atenta y muy cariñosa. Me demuestra de verdad lo mucho que me quiere. ¡Por eso me estoy volviendo loca con todo este asunto! ¡Es que no tiene sentido!

—¿Qué tal va vuestra vida sexual? —preguntó él.

Ella parpadeó, pero no hizo caso de la incomodidad y contestó.

—Va genial. Mejor que nunca. Estamos unidísimas.

—Mmm... las relaciones íntimas sufren cuando hay un problema importante en la relación.

—Pues es justo lo contrario —dijo ella—. Cuanto más nos acercamos a la fecha, más cerca estamos la una de la otra físicamente. Es como si estuviéramos tratando de compensar el futuro. —Bajó la cabeza y se tapó los ojos con las manos—. Pero no podemos.


Jill movió el pie y vio que el libro que tapaba la cara de Lauren se movía mínimamente para que los ojos de la rubia pudieran atisbar. Un CD suave y lento de bossa nova sonaba al fondo y la voz de Lauren era casi tan lenta y suave como la canción.

—Te adentras en terreno peligroso.

Agitando juguetona los dedos del pie, Jill dijo:

—Me encanta vivir peligrosamente.

—Pues estás al borde. Y esta noche tengo que estudiar. Así que no me precipites.

—Oooh... que rica estás cuando te pones toda seria. —Jill sonrió a su amante y añadió—: Aunque estás rica siempre, así que es lógico.

—Déjame terminar este capítulo, ¿vale? —pidió Lauren—. Luego podemos hacer un descansito.

Jill asintió, pero no se concentró en su libro. Por el contrario, siguió mirando a su amante, observando la forma en que sus ojos se movían por la página y las manos competentes que sujetaban el libro. Tenía el pelo rubio como la miel recogido en un moño y sujeto con un lápiz. Jill nunca lograba entender cómo lo hacía, pero le encantaba acercarse por detrás y olisquearle el cuello hasta que Lauren se echaba a reír y luego quitar el lápiz y ver cómo caía el pelo en cascada. Y la sensación de la cálida conexión que le recorría todo el cuerpo por el contacto entre Lauren y ella.

El hechizo no se había pasado, aunque llevaban juntas más de un año. Cuando estaban en casa, Jill tenía que tocar a Lauren. Había un impulso al que no lograba resistirse y que la arrastraba hacia la mujer más menuda, con independencia de lo que estuvieran haciendo. Cocinando, limpiando, fregando los platos, estudiando, prácticamente cualquier cosa. Jill tenía que rozarla, darle un beso, colocarse detrás de ella, envolverla en un abrazo, pegarse a ella, respirarla. Era una adicción que no lograba controlar y que no tenía el menor deseo de superar.

Habían desentrañado el rompecabezas que era su postura preferida para estudiar poco después de empezar a vivir juntas. Seguramente no parecía cómoda, pero lo era. Para Jill era una maravilla estar de cara a su amante, tocándola en tantos puntos, con el pie metido entre las piernas de Lauren. Podía mirarla, sentir cómo se movía su pecho, casi oír su respiración. Cada sensación era tranquilizadora, relajante... su hogar. Laurie.


Jill iba a salir de Amherst a las siete de la mañana para ir en coche hasta Hartford y pasar allí las vacaciones de Navidad, por lo que la pareja se había ido a la cama a una hora inusualmente temprana. Lauren se despertó al oír un ruido y estuvo un momento intentando orientarse. La habitación estaba en silencio y cerró los ojos y empezó a quedarse dormida de nuevo, pero oyó un tenue sollozo. Volviéndose de lado, puso una mano en la espalda de Jill y notó que le temblaba el cuerpo.

—Mi amor —dijo en voz baja, pero no hubo respuesta. No sabía si Jill estaba despierta o dormida, puesto que no era raro que su compañera no respondiera cuando lloraba.

Lauren se levantó de la cama y fue al otro lado. Se agachó y escudriñó a la débil luz, intentando ver la cara de Jill. Maldición. Otra pesadilla. Últimamente las tiene más a menudo. Se arrodilló en el suelo y se quedó mirando mientras su compañera luchaba con sus demonios, sabiendo que no convenía despertarla, pero le fue casi imposible contenerse.

Jill se despertó sobresaltada y se apartó de golpe de la figura que estaba en el suelo, sin ni siquiera darse cuenta de que era Lauren. Tenía el pecho agitado y se secó bruscamente las mejillas con las palmas de las manos. No le sirvió de nada. Siguió llorando. A Lauren se le partía el corazón cada vez que veía así a su amante.

Lauren sospechaba que había tenido estas pesadillas desde el accidente en el que su familia se mató y ella fue la única superviviente. Cuando Jill tenía diecisiete años, su padre, biólogo marino de Woods Hole, su madre, ayudante de investigación que trabajaba a menudo con su marido, y ella se dirigían volando a los Cayos de Florida en un pequeño Piper cuando se estrellaron.

Jill sobrevivió con tan sólo un brazo roto, pero su psique quedó destrozada. Su abuelo, Lionel Hudson, era la única familia que le quedaba. No era capaz de ocuparse de una jovencita y Jill se negaba a marcharse de Woods Hole, por lo que tuvo que lamerse sola las heridas mientras vivía con la familia de unos amigos durante su último año de instituto.

Lionel Hudson, hijo único del fundador de Seguros Hudson, tenía ochenta y un años cuando murió el padre de Jill, su único hijo. No era un hombre dado a mostrar sus emociones, pero Jill sabía que la quería y se preocupaba por ella. Desde que era niña, la tenía encantada con sus promesas de que algún día ella dirigiría la compañía. Prometió que la formaría y prepararía y a Jill le parecía que la iban a preparar para ser una princesa. Hasta que fue a la universidad para estudiar administración de empresas, no descubrió que el mundo empresarial no era tan atractivo como el mundo de cuento de hadas que se había imaginado.

Iba bien en sus estudios y también cada verano trabajando como interna en Seguros Hudson, y su abuelo estaba orgullosísimo de ella. Ahora él era su familia. Lo sabía y quería hacer honor a la obligación que sentía hacia él.

—Cariño, soy yo, tienes una pesadilla —la tranquilizó Lauren. Se movió con cuidado, preparándose para volver a meterse en la cama—. Te voy a abrazar. Tú relájate. —Se metió en la cama y rodeó a Jill con los brazos, aliviada cuando la morena se aferró a ella como si fuese un salvavidas. Estuvieron abrazadas largo rato, sin hablar. A Jill solía costarle expresar sus sentimientos, pero después de una pesadilla, era absolutamente incapaz de decir nada. Lauren no había tardado en averiguar que la mejor manera de llegar a su amante era mediante el tacto y hacía todo lo posible por estar disponible para ella cuando la necesitaba.

Pasaron los minutos y Lauren notó que el cuerpo de Jill iba perdiendo parte de la tensión. También parecía empezar a enfriarse un poco y Lauren estaba segura de que ahora podría dormir. Se echó boca arriba y animó a Jill a pegarse a su lado. Cuando la cabeza morena de Jill descansó sobre el hombro de Lauren, soltó un suspiro tembloroso y puso la mano sobre la tripa de su compañera. A los pocos minutos, Lauren notó que su respiración se hacía más profunda y regular. Le acarició el pelo, con delicadeza. Ojalá hablaras del accidente, cariño, pero sé cuánto te cuesta. ¿Quién te va a abrazar cuando estés en Hartford?


Jill y Lionel estaban sentados en la parte de detrás de un elegante Lincoln negro, que avanzaba por la Interestatal 91 rumbo a Amherst. Jill estaba encantada de que las vacaciones de Navidad hubieran terminado, porque en menos de una hora estaría otra vez en brazos de Lauren. Pero al pensar en su vuelta a casa, empezó a ponerse nerviosa. Lionel Hudson y Lauren Hale se iban a conocer por primera vez y Jill no quería reconocer lo importante que podía ser este primer encuentro. Si le cae bien, eso me ayudará a allanar el camino cuando le cuente lo nuestro. Sólo tengo que controlar las cosas hasta que sepa que está preparado.

Cuando se detuvieron ante el edificio de apartamentos de tres plantas y ladrillo, el chófer se apresuró a salir y sostuvo la puerta para Jill y su abuelo. La joven levantó la mirada para ver si estaba la luz encendida y sonrió por dentro al ver que Lauren estaba en casa.

—Subiré sus cosas, señorita Hudson —dijo el chófer.

—Gracias —dijo ella.

—Bueno, vamos a ver dónde has estado viviendo, Jill.

—Está en el segundo piso y no hay ascensor, abuelo.

Él la miró de hito en hito y dijo:

—Todavía puedo subir unas escaleras.

—Oh, no quería decir...

—Pues arriba —dijo él, muy animado.

Jill llamó una vez al timbre, para avisar a Lauren de que estaban a punto de entrar. Abrió la puerta y dejó pasar a su abuelo primero. Lo primero que vio fue a Lauren sonriéndole de oreja a oreja por encima del hombro del anciano.

—Lauren —dijo rápidamente—, éste es mi abuelo, Lionel Hudson. Abuelo, ésta es mi compañera de piso, Lauren Hale.

En lugar de acercarse a Lauren, Jill se ocupó de las cosas de su abuelo, colgándolas junto a las suyas. Lauren se quedó un poco desconcertada, pero alargó la mano.

—Encantada de conocerlo, señor Hudson.

—¿Cómo ha dicho que se llama? ¿Laura?

—Lauren —dijo ella, intentando no parecer ofendida.

—Bueno, qué casa tan pequeñita tienes, Jill. —Miró a su alrededor, contando las puertas—. ¿Tres habitaciones?

—Sí, es suficientemente grande para nosotras y mucho más barato que un piso de dos dormitorios.

Él se volvió para mirarla, desconcertado.

—El dinero no es un problema para ti. Para ser un piso tan pequeño, ¿por qué lo compartes? —Echó una mirada rápida a Lauren—. Sin ánimo de ofender, por supuesto.

—Lauren y yo somos muy amigas, abuelo, y además, cocina muy bien —dijo Jill.

—Ah, bueno, ésa es una buena razón.

Lauren miraba a su amante, intentando controlar sus sentimientos. ¿No me da un beso? ¿No me abraza? Ya sé que no quiere que sepa lo nuestro, pero, por Dios, ¡es evidente que el viejo ni siquiera sabe quién soy!

Lionel se movió por el cuarto de estar y estuvo un rato mirando por las triples ventanas.

—Bonita vista. Seguro que aquí hay buenas ofertas inmobiliarias. ¿Cómo está el mercado?

Jill tragó saliva e intentó pensar en algo inteligente que decir.

—No conozco ninguna oferta. Con todas las escuelas y las compañías informáticas que hay en la zona, el Valle Pioneer es muy caro.

—Mmm... creo que será mejor que me quede en Hartford —dijo, riendo ligeramente—. Esa zona la conozco.

Lauren seguía cerca de la puerta, sin saber muy bien qué hacer. Jill estaba al lado de su abuelo y no intentaban incluirla en la conversación, pero no quería parecer grosera marchándose. Dijo:

—¿Quiere algo de beber, señor Hudson?

Se volvió, sorprendido de que ella todavía estuviera allí.

—Oh. No, gracias. Me voy a ir pronto.

Llamando suavemente, el chófer abrió la puerta y depositó las maletas de Jill. Se quedó allí un momento, aguardando instrucciones.

—Gracias, John —dijo Lionel—. Ahora mismo bajo.

—Sí, señor —dijo y se volvió para marcharse.

Lauren cogió una maleta y dijo:

—Te ayudaré a deshacer el equipaje.

—No, no, no hace falta —dijo Jill, que no quería que su abuelo tuviera idea de la relación tan íntima que tenían—. Lo puedo hacer yo.

Mirándola con ojos llenos de dolor, Lauren dijo:

—Me alegro de que hayas vuelto. Encantada de haberlo conocido, señor Hudson. —Antes de que cualquiera de los dos pudiera responder, se metió en el dormitorio y cerró la puerta.

Lionel volvió a la puerta de entrada y esperó a que Jill le pasara el abrigo. Lo ayudó a ponérselo y se quedó allí, esperando a que dijera algo.

—¿Cuándo te gradúas?

—El 12 de mayo —dijo ella.

—Ahh... estupendo. Quiero que empieces a trabajar el 1 de junio. Así tendrás un par de semanas para instalarte. A lo mejor hasta te puedes tomar unos días para relajarte. No vas a tener mucho tiempo para eso cuando empieces en la compañía. Todo el mundo esperará que trabajes el doble que cualquiera. Espero que no me defraudes, Jill.

—No lo haré —dijo ella, pero él ya tenía la mano en el picaporte. Justo antes de salir, le puso la mano en el hombro y le dio un rápido apretón.

—Haz bien las cosas —dijo y luego bajó las escaleras y el chófer le abrió la puerta cuando llegó a la calle.

Jill se apoyó en la puerta, con la cabeza sobre la fresca madera.

—Me esforzaré —dijo, sintiendo que las responsabilidades de su futuro la ahogaban un poco más.


Lauren no abrió la puerta del dormitorio, aunque Jill estaba segura de que había oído cómo se cerraba la puerta de entrada. Jill cogió sus maletas, pero las llevó sólo hasta la puerta del dormitorio. La sensación de culpa la llevó a escabullirse a la cocina. Miró en la nevera y después de quedarse un rato mirando sin ver lo que había dentro, se dio cuenta de que estaba buscando una forma de escapar. Estaba angustiada por la foma en que había tratado a Lauren, pero la idea de intentar que Lauren comprendiera su situación la dejaba agotada. Ay, joder. Qué difícil es esto a veces.

Jill se volvió en redondo cuando oyó que se abría la puerta del dormitorio. Lauren estaba en el umbral, apoyada en la jamba, con aire de perrito apaleado.

Jill cruzó la habitación en décimas de segundo, cogió a Lauren entre sus brazos y la estrechó con fuerza.

—Cuánto te he echado de menos, mi vida.

—¿Sí?

—¡Dios, sí, tú sabes que sí! Qué gusto me da volver a abrazarte.

—La verdad es que no estaba muy segura de lo que sentías: parecías una desconocida cuando estaba aquí tu abuelo.

—Laurie, no es eso. Ya sabes cómo están las cosas. Lo hemos hablado un montón de veces.

—Pero yo tengo sentimientos —dijo Lauren, que parecía herida y triste—. Cada día es más difícil.

La abrazó con más fuerza, murmurándole en el pelo:

—Lo sé. Para mí también es difícil. Pero si hacemos bien las cosas, al final todo acabará arreglándose.

Lauren se apartó.

—Yo no quiero que las cosas se arreglen al final. ¡Te necesito ahora, no dentro de varios años!

La expresión de la morena cambió al instante. Su evidente compasión se transformó en algo que parecía impaciencia.

—He sido sincera contigo desde el principio —dijo Jill—. Ahora no puedes pretender cambiar las reglas. No es justo.

—¿Justo?

—Sí, justo para las dos. Tú no pierdas de vista lo que importa, cariño.

—Lo que importa es que dices que me quieres y en mayo vas a desaparecer de mi vida. ¡Eso es lo único que veo que importe!

—Pero yo no —dijo Jill—. Voy a montar el escenario... a preparar las cosas para que podamos volver a estar juntas. Pero tengo que hacerlo bien. No puedo dejar que mi abuelo se entere antes de estar preparado. Si se entera...

—¿Qué? —quiso saber Lauren—. Dime qué pasará si se entera antes de lo que tú consideras un tiempo adecuado.

Jill la miró muy seria.

—Eso no es una opción. Eso no puede ocurrir. No ocurrirá. No lo permitiré.

—¡No puedes controlar el universo! —gritó Lauren exasperada.

—No tengo que hacerlo —dijo Jill—. Sólo tengo que asegurarme de que mi abuelo no pone fin a esto antes de que empiece siquiera. Déjame hacerlo a mi modo —dijo, con tono de nuevo suave y reconfortante—. Yo sé lo que me hago.

Lauren se apartó de la puerta y entró en el cuarto de estar. Se sentó en una butaca, sin darle a Jill la opción de sentarse a su lado. La mujer más alta se sentó en el sofá y miró a su compañera, esperando a que hablara. Lauren tardó un rato en serenarse y Jill se dio cuenta claramente de que la rubia se sentía al mismo tiempo herida y desanimada.

—Jamás vas a ver esto como lo veo yo —dijo Lauren con calma—. Y yo jamás lo veré como lo ves tú.

—Pero estoy intentando...

—Por favor, déjame terminar —dijo Lauren. Hablaba con un tono tan monocorde que Jill se asustó—. Tal y como yo lo veo, estás dando más importancia a los sentimientos de tu abuelo que a los tuyos y los míos. No sé cómo superar el dolor que eso me causa... sobre todo porque sé que la cosa va a ir a peor.

—Va a ir a mejor —insistió Jill.

—¿Cuándo? Hoy lo he visto por primera vez y ¡ni siquiera sabía que tenías una compañera de piso! ¿Cuánto tiempo tiene que pasar hasta que sepa que tienes una amante? ¿Un par de meses, un año, cinco? ¿Cuánto?

Jill se reclinó sobre los almohadones, con el cuerpo flojo.

—Sabes que no puedo predecir cuándo ocurrirá. Lo has sabido desde el principio. —Levantó la mano, sorprendida al descubrirse las mejillas mojadas—. No es justo que dejes que me enamore de ti como lo he hecho y luego intentes cambiarlo todo. No es justo en absoluto.

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó Lauren.

—Intentar no pensar en ello —dijo Jill—. Tengo una obligación, tengo un plan y voy a hacer que funcione. Confía en mí.

Lauren sabía que una definición de demencia era hacer lo mismo una y otra vez esperándose un resultado distinto. Se sentía irritada y humillada al reconocer que estaba a punto de doblegarse. Pero estaba ahí sentada, mirando a su amante, que estaba al otro lado de la habitación. Ahí estaba la mujer a la que tanto había echado de menos, la mujer a la que tanto quería, y no soportaba estar lejos de ella ni un segundo más. Lauren cruzó la estancia y se sentó en el regazo de Jill. Notó el alivio de Jill y lo que es más, notó el suyo propio.

—Te quiero, Jill, y estoy convencida de que tú me quieres a mí. Eso es lo único que deseo en estos momentos. Simplemente que estés conmigo, cariño.


Lauren cogió un trozo de piña con un par de palillos y se lo metió a su amante en la boca. Jill sonrió, lamiéndose los labios pringados de salsa dulce. Pescando otra cosa del cartón, Lauren vio que era un trozo de pimiento verde y se lo metió en su propia boca. Estaba sentada a horcajadas en el regazo de Jill, de cara a ella, y agachó la cabeza para besarla.

—Hacemos buena pareja —dijo—. A mí me gusta todo lo que a ti no, y a ti te gusta todo lo que a mí no. Somos igualitas que Jack Spratt y su esposa.

—¿Los conocemos?

—Es una vieja canción para niños —dijo Lauren—. No te tratas con suficientes párvulos. A Jack le gustaba la carne magra y a su esposa le gustaba la grasa. Y así se comían todo lo que había en el plato.

—Ojalá me tratara con párvulos. Qué envidia me da que este semestre vayas a hacer prácticas de maestra. Debe de ser genial tener a todos esos enanos pegados a tus piernas.

Haciéndole cosquillas en la nariz a su amante con los palillos, Lauren dijo:

—Y encima tengo otra en casa. Qué suerte tengo.

—No dejas que ninguno de ellos se siente en tu regazo para comer, ¿verdad? Ése es mi sitio —dijo, dándole palmaditas a Lauren en el trasero.

—No. Se me ocurren unos cuantos a los que les gustaría, pero intento no tener enchufes. —Se echó a reír—. Aunque los tengo.

Jill abrió la boca cuando Lauren le ofreció un trozo de gamba. Masticó un momento mientras Lauren buscaba los últimos restos de comida.

—Lo de la envidia lo decía en serio —dijo suavemente.

Sorprendida por el tono, Lauren levantó la mirada y luego dejó el cartón en la mesa.

—¿Qué te pasa, cariño?

—Ojalá hubiera podido estudiar pedagogía y hacer las prácticas contigo este semestre. Me gusta lo de la administración de empresas, pero no me encanta. Me preocupa que no consiga mantenerme interesada.

Lauren pensaba que la carrera como empresaria era lo menos apropiado para su amante, pero no le parecía justo decírselo, sobre todo porque sabía que Jill iba a seguir adelante con sus planes.

—Tendrás que esperar y ver, cielo. Si de verdad no te gusta, no puedes obligarte a sentir interés.

—Me tiene que gustar —dijo Jill, malhumorada.

Era raro que Jill expresara la más mínima duda sobre su futuro y Lauren no sabía cómo reaccionar. Quería zarandearla y obligarla a reconocer la verdad. Que Jill no quería hacer esto. Que Jill no era el tipo de persona que pudiera pasarse el día entero leyendo datos de seguros. Que jamás sería feliz haciendo de la compañía el eje central de su vida. Pero no soportaba tener otra discusión inútil sobre el tema. Besó suavemente a Jill en los labios y se levantó de su regazo, luego fue al fregadero para recoger.

Jill tardó unos segundos en cruzar la habitación y plantarse detrás de ella, rodeando la cintura de Lauren con los brazos. La mujer más baja alzó la cabeza y se echó hacia atrás para poder besar a Jill en la garganta.

—Qué gusto —dijo.

Como solía ocurrir, Jill parecía necesitar intimidad cuando se sentía triste. Se puso a besar a Lauren en el cuello, apartándole el pelo con la boca y depositando besos sonoros y húmedos por toda la piel, que se iba erizando. Lauren se echó a reír sin poder remediarlo, incapaz de hablar en el momento en que los labios de Jill le acariciaron el cuello.

En parte para detener las cosquillas y en parte para sentir el cuerpo de su compañera pegado al suyo, Lauren se dio la vuelta y abrazó a Jill. Se besaron largo rato. Jill sabía perfectamente cuándo Lauren necesitaba un poco más de pasión y cuándo necesitaba apartarse para recuperar el aliento.

A Lauren se le escapó un pequeño gemido y se pegó más. Jill bajó las manos para acariciar el culo de Lauren y se llenó las manos de carne suave y maleable. Bajó con la mano por la parte de detrás del muslo de Lauren y empezó a subirle la pierna, pues sabía que ése era un ángulo que a su amante le gustaba. Sin decir palabra y ayudada un poco por Jill, Lauren saltó para pasar la otra pierna en torno a la cintura de su amante.

Jill se pegó a ella, usando el mostrador para sujetar a la agitada mujer al tiempo que movía las caderas, presionando el coño de Lauren. Con las bocas pegadas la una a la otra, Lauren toqueteó frenética los botones de la blusa de Jill y logró desabrocharlos con gran concentración. La fricción sobre su clítoris estaba a punto de volverla loca, pero necesitaba sentir la carne de Jill en la boca. Intentó abrir el sujetador de encaje de su amante, pero no pudo con la postura y la presión. Rindiéndose, agarró el borde de la copa y la echó a un lado y se inclinó en una postura bastante incómoda para saborear la dulce suavidad del pecho de Jill.

Fue entonces Jill la que gimió, apretando la cabeza de Lauren contra ella. Echó un vistazo por encima del hombro de su amante y con un movimiento ágil, la empujó sobre el mostrador. Desabrochó los botones de los vaqueros de Lauren y se los quitó, junto con las bragas.

Se le hizo la boca agua al verla. Quería darse prisa, pero rara vez lo hacía. Miró a Lauren a los ojos.

—Te quiero.

Lauren no dijo nada, pero su respiración jadeante fue una clara respuesta. Jill apretó con los pulgares la base del coño de su compañera y luego los subió por los labios, moviéndose tan despacio que Lauren se apretó contra ella en busca de alivio. Una y otra vez, Jill la acarició de la misma manera, excitándola, pero sin acabar de satisfacerla. Por fin, cuando notó que Lauren había llegado al límite, se inclinó y la lamió y las dos mujeres gimieron por ese primer contacto.

Lauren alargó la mano hacia su compañera y enredó los dedos en su pelo para intentar controlarla. Pero Jill se movía dónde y cuándo quería. Sabía cuánto podía aguantar Lauren y sabía cuánto las excitaba a las dos hacer durar las provocativas caricias todo el tiempo posible. Su propio coño palpitaba, con los labios tan hinchados que casi le dolían. Pero se concentró únicamente en su amante, lamiéndola, tocándola, frotándola con caricias delicadísimas.

Jill se irguió, tiró de las piernas de Lauren y la sentó. Lauren la miró, la besó y sus piernas se enrollaron automáticamente alrededor de la cintura de Jill. Ésta cogió en brazos amorosamente a su compañera y echó a andar hacia el dormitorio, intentando que los suaves mordiscos de Lauren en el cuello no la distrajeran.

—Oh, Jill —le susurró Lauren al oído, con un brazo alrededor de su cuello y una mano enredada en su pelo—. Yo también te quiero.


Jill estaba detrás de una valla de tela metálica, mirando a su compañera mientras ésta reunía a sus pequeños pupilos para dar por terminado el día. Todos la abrazaban o se despedían de ella agitando la mano y la mujer más alta se sintió conmovida al ver que los niños parecían adorar a Lauren. Por supuesto, ella también la adoraba, así que no le sorprendía.

Lauren levantó la mirada y vio a su amante y se quedó muy afectada por lo triste y sola que parecía. Se acercó y dijo:

—Hola. No sabía que ibas a venir.

Sonriéndole de medio lado, Jill dijo:

—Nunca había visto tu escuela. No podía dejar pasar el año sin verte en tu elemento.

Lauren sonrió.

—Me alegro mucho de que hayas venido. Ven a la entrada y te lo enseño todo.

—Vale —dijo Jill—. Esperaré a que hayan recogido a todos tus niños.

Lauren volvió al trabajo de reunir a los niños con sus correspondientes padres o niñeras, levantando de vez en cuando la mirada para ver el rostro enormemente triste de su amante.

Por enésima vez, la alta morena pensó en cómo se había metido en la situación en la que ahora estaba. Enredó los dedos en la tela metálica y se apoyó apesadumbrada en la valla.


El 12 de mayo amaneció soleado y brillante, pero sin alegría. Los primeros rayos del sol hicieron que a Lauren le empezara a martillear el corazón. Jill y ella habían pasado la noche haciendo el amor e intentando hacerlo sin desesperación. Éste era el día en que tendría que dejar atrás a su único amor.

—¿Laurie? —susurró Jill.

—¿Sí?

—Odio este día, pero no quiero que te preocupes. Te prometo que volveremos a estar juntas antes de que te des cuenta.

Lauren había decidido semanas atrás que este día no habría castigos, ni discusiones, ni vacilaciones. Le demostraría a Jill todo el amor que llevaba en el corazón y la apoyaría, reprimiendo todas sus dudas.

—Vamos, cariño, te voy a hacer un gran desayuno.

Jill sintió una pequeña oleada de alivio.

—Vale.

Se sentó a la mesa de su acogedora cocina, sintiendo casi vértigo por la felicidad de ver a Lauren moviéndose para hacer el desayuno. Espero que podamos conseguir un piso más grande en Hartford. Sé que Laurie disfrutaría más cocinando si tuviéramos más sitio. Jill sintió que se le encogía el corazón. Tengo que conseguir que esto funcione y lo haré.

—Aquí tienes, mi niña dulce y grandona, el desayuno de los campeones... todo lo que te gusta.

Jill se sentó a Lauren en el regazo para poder compartir el desayuno con ella. Cuando terminaron, fueron al cuarto de baño y compartieron una larga ducha.

Las dos se movían con decisión, ocupándose de forma automática de las tareas que hacían habitualmente. Pero esta mañana todo tenía un significado. Todo lo que hacían era la última vez que lo iban a hacer, por lo menos en este piso.

Sus ceremonias de graduación eran a horas distintas y ninguna podía asistir a la ceremonia de la otra. Pero a Lauren le parecía mejor así. No podría escaparse de su familia para estar a solas y no podría soportar que vieran lo triste que sabía que iba a estar al ver a su amante terminando oficialmente este capítulo de sus vidas.

Las maletas de Lauren ya estaban preparadas y después de su ceremonia, que era por la mañana, su familia la ayudaría a cargar la pequeña furgoneta que habían alquilado. Pondrían rumbo a Boston mientras se celebraba la ceremonia de Jill.

Jill y el encargado cualquiera que hubiera enviado su abuelo regresarían a un piso prácticamente vacío. Al final del día, en el lugar no quedaría nada salvo recuerdos.


Al cabo de dos semanas de trabajo en Seguros Hudson, Jill entró en las habitaciones que tenía en la casa de su abuelo y empezó a quitarse el vestido. Había sido un cambio difícil tener que vestirse bien todos los días, pero su abuelo quería que fuera la joven asociada mejor vestida de la compañía y le dio un presupuesto ilimitado para asegurarse de que obedecía.

Se tumbó en la cama, con la enagua puesta, y entonces alguien llamó suavemente a la puerta. Antes de que pudiera contestar, Linda, el ama de llaves, la abrió y dijo:

—La cena se servirá dentro de quince minutos, señorita Hudson. —Cerró la puerta sin esperar respuesta.

—Llámeme Jill —dijo la joven, mirando el techo.


Después de cenar, se levantó y se alisó los pantalones de lino.

—Voy a salir un rato, abuelo.

—¿A salir? ¿No quieres ver el informe económico de la noche en la CNN?

—Me pondré al corriente cuando vuelva a casa —dijo. Se le ocurrió que habían establecido una rutina tan deprisa que la más mínima variación llamaba la atención.

—¿Dónde vas? Todavía no has hecho amigos, ¿verdad?

—No, todavía no. Se me había ocurrido ir a echar un vistazo a los edificios de apartamentos que he visto en el periódico. Para hacerme una idea de cómo son los distintos barrios.

—¿Qué? —El anciano la miró como si hablara otro idioma—. ¿Por qué quieres hacer una cosa así? No estarás pensando en alquilar un piso, ¿verdad? Aquí tienes una serie de habitaciones propias con piscina y pista de tenis. ¿Dónde vas a encontrar algo igual... sin pagar alquiler?

—Mmm... pues... —Se quedó callada. De repente se dio cuenta de que sus planes avanzaban a paso de tortuga, si es que avanzaban algo. Se le revolvió un poco el estómago, incapaz de pensar en una razón para abandonar una casa tan grande y bonita. La única razón que tenía sentido era explicar que necesitaba tener su propia vida, pero estaba segura de que su abuelo jamás lo entendería. Había pasado toda su vida intentando convertirla en una versión femenina de sí mismo, y que ella declarara su independencia se oponía diametralmente a sus planes.


Tras dos semanas de buscar trabajo sin muchas ganas, Lauren estaba tumbada en la cama, mirando el techo. Su hermana Kelly se estaba preparando para ir a clase, aplicándose el secador a la larga melena. El resto de la casa también hacía bastante ruido y su padre gritaba por las escaleras preguntando dónde estaba la ropa traída del tinte.

Lauren apretó los dientes e intentó aislarse del ruido, pero era imposible. Después de suspirar y dar muchas vueltas en la cama, Lauren exclamó por fin:

—¿Es que no te puedes secar el pelo en el cuarto de baño?

Kelly la miró un segundo y luego se volvió de nuevo hacia el espejo, sin hacerle ni caso.

Lauren se levantó, cogió su almohada y se metió en la habitación de sus padres, donde pilló a su padre poniéndose los pantalones. No hizo el menor caso de su expresión y se dejó caer en la cama deshecha, tapándose la cabeza con la almohada.


Su familia dormía y la casa estaba por fin en silencio, pero a las tres de la mañana Lauren estaba tirada en el sofá del estudio, con el portátil apoyado en una pierna. Llevaba más de media hora trabajando en la versión más reciente de un correo para Jill, pero no podía evitar que sonara quejumbroso. No tenía nada que contar aparte del dolor de la separación y sabía que eso no iba a mejorar las cosas entre ellas.

Jill tampoco parecía muy contenta, aunque sus correos no lo decían directamente. Pero Lauren la conocía tan bien que leía entre líneas sin dificultad y se daba cuenta de que su amante se sentía ahogada por el autoritarismo de su abuelo.

Llevaba horas llorando a intervalos, como prácticamente cada noche desde que estaba en casa. En casa. Las emociones empezaron a abrumarla y soltó un grito sofocado. Se le estremeció el cuerpo entero al dejar libre toda su pena. No sabía cuánto tiempo llevaba llorando y se pegó un susto cuando notó la mano de su madre que le tocaba el hombro con delicadeza.

—Cuéntamelo —dijo su madre en voz baja.

Lauren se secó los ojos, intentando recuperar la voz.

—¿El qué?

—Lo que te tiene tan triste, mi vida. Y no me digas que no pasa nada. No estás bien desde que has vuelto a casa.

—Es que... —Apartó la mirada, incapaz de aguantar la empatía que veía en los ojos verdes de su madre—. No es nada importante. Es que... ya sabes... me cuesta adaptarme.

La mujer mayor le puso la mano a Lauren en la cabeza y luego quitó el lápiz con que su hija se había sujetado el pelo. Cuando el pelo cayó sobre los hombros de Lauren, ésta se echó a llorar otra vez, con grandes sollozos entrecortados que asustaron a su madre. Corrió al otro lado del sofá y se arrodilló en el suelo, acunando a su hija en sus brazos.

—Sshh.

Lauren siguió llorando, consumida por la pena. Por fin, no pudo aguantar más. Tenía que contárselo a alguien. Tomando aliento temblorosamente, miró a su madre.

—Estoy enamorada.


Jill entró en su despacho y se sentó pesadamente. Llevaba en pie desde las siete de la mañana y ahora eran casi las nueve de la noche. Se soltó los zapatos de tacón y se quitó las medias disimuladamente. Frotándose el callo que se le estaba formando debajo de los dedos de los pies, murmuró:

—Putos tacones.

Llevaba dos días trabajando en un proyecto y por fin había llegado al punto en que le parecía lo suficientemente bueno para presentarlo.

Por primera vez en el día, pudo acceder a su correo personal, con la esperanza de encontrar una nota de Lauren. Sonrió al ver que no sólo había una, sino dos de su amante. Pero se le borró la sonrisa al ver que la primera estaba escrita a las cuatro de la mañana. No está durmiendo.

Leyó la primera nota, boquiabierta. Cuando llegó al final, tuvo que levantarse y quitarse la chaqueta. Se quedó allí de pie, con la sensación de que el oxígeno de la pequeña habitación había desaparecido. Giró despacio en círculo bajo la luz fluorescente. Dos archivadores de color beige, llenos ya a rebosar de papeles. Unas persianas verticales de color crema que nunca se cerraban bien. Una reproducción en apagados tonos pastel de un cuadro popular, garantizado para no llamar la atención en absoluto. Una mesa beige metálica con acabado de formica estilo madera de nogal falsa, cuya superficie estaba cubierta casi por completo por montones de papeles. Un ejemplar del Wall Street Journal embutido en la papelera metálica desbordada. Y sus zapatos y sus medias, tirados en la alfombrilla de plástico llena de arañazos de debajo de su silla, que protegía una moqueta que tendría que haber sido cambiada diez años antes.

Se había sentido afortunada cuando le mostraron su despacho. Ninguna de las personas recién contratadas lo tenía. Pero ahora le parecía más un corral que un lugar de trabajo. Se dio cuenta de que todavía tenía la chaqueta en la mano y las mejillas bañadas en lágrimas ardientes.

Dejó caer la chaqueta al suelo, pues los ciento setenta gramos de tela pesaban demasiado para sostenerlos con la mano temblorosa. A ciegas, buscó su silla y se hundió en ella con alivio. Parpadeó una y otra vez, tratando de despejarse la vista lo suficiente para poder leer la nota de nuevo. Cuando terminó, abrió el segundo correo y lloró aún más al leerlo.

Hola, mi vida.

Me he preocupado por ti al no tener noticias tuyas en todo el día. ¿Estás bien? Si estás preocupada por mí, no tienes por qué. Estoy bien, mi amor, y mi padre ha sido estupendo también.

Siento que se me ha quitado un gran peso de encima, aunque no sabía que lo tenía. Me siento libre, Jill. Libre para volver a ser yo misma con mi familia.

Te quiero,

Laurie

Jill apoyó la cabeza en la mesa y el plástico fresco le calmó un poco el calor de la mejilla. Subió las manos para colocarlas sobre la superficie y allí las dejó un momento antes de lanzarlas hacia delante con todas sus fuerzas. Los papeles, las carpetas y los archivos salieron volando para estamparse en el suelo y en la pared. Saltó de la silla, agarró el gran archivador por las esquinas y se puso a sacudirlo. Estaba tan lleno que casi no se movió, pero su fuerza logró por fin que se estrellara pesada y ruidosamente contra la pared, dejando una llamativa muesca. Se puso a dar patadas a los papeles que había en el suelo, sin oír cómo se rompían y desgarraban.

Estaba sudando, tenía el pelo revuelto y mojado, la blusa rota por la costura lateral. Agotada, se tumbó en el suelo en medio del lío de papeles y por fin consiguió pensar con coherencia. Todo lo que conocía, todo lo que sentía, todo lo que era... estaba siendo destruido. Y no podía permitir que ocurriera. A ella no. A Lauren no.


Joanne Hale bajó corriendo las escaleras a las siete de la mañana, preguntándose quién podía estar llamando al timbre. Las niñas se estaban preparando para ir a clase y tenía la sospecha de que una de ellas había hecho planes para quedar con una amiga.

Abrió la puerta y se encontró a una joven alta, delgada y de aspecto bastante astroso que la miraba a su vez. Por las fotos que le había enseñado Lauren, estaba segura de que se trataba de Jill. Pero le costó hacer casar la imagen mental que se había hecho por las fotos con la realidad. Jill tenía aspecto de haber sido arrollada por un camión. Tenía el pelo enredado y lacio y parecía haber dormido con la ropa puesta. Pero lo más inquietante era lo evidente que resultaba que había estado llorando. Mucho. Tenía los ojos hinchadísimos y la nariz enrojecida e irritada.

—¿Jill? —preguntó Joanne.

La mujer asintió.

—Siento que sea tan temprano —dijo, y pareció que se iba a echar a llorar otra vez—. Pero tengo que ver a Laurie.

Joanne alargó la mano, se la puso en la espalda y la hizo pasar al interior de la casa.

—No te preocupes por la hora, cariño. Estamos todos levantados. —Dirigió una rápida mirada hacia lo alto de las escaleras y vio la puerta del dormitorio principal cerrada—. Es decir, todos menos Lauren. Ven a la cocina y ahora voy a llamarla.

Jill estaba claramente incómoda y ni siquiera se movió cuando Joanne le tocó el hombro.

—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó, mirando con anhelo hacia donde había mirado Joanne.

—¡Oh! ¡Por supuesto! Se ha metido en nuestra habitación para dormir. Su hermana la despierta mucho antes de lo que a ella le gusta. Es la puerta cerrada que hay a la izquierda del pasillo.

Jill subió a toda prisa las escaleras y se detuvo con la mano temblorosa en el picaporte. Nunca en su vida había tenido tanto miedo. Entró rápidamente en la habitación y cerró la puerta haciendo el menor ruido posible. Allí estaba su Laurie. Sabía perfectamente cómo sería la sensación y el olor de Lauren si se tumbara detrás de ese cuerpo dormido. Se echó a llorar ligeramente, dejando salir todo el anhelo reprimido que sentía por Lauren. El cuerpo se movió.

—Lárgate. —La almohada no alcanzó a Jill en la cabeza por meros centímetros. Lauren se dignó a mirar entonces para ver cuál de sus hermanas había venido a torturarla. Se incorporó de golpe en la cama de sus padres en una milésima de segundo. Y a la siguiente milésima de segundo, estaba sollozando, abriendo los brazos con gesto de bienvenida.

Jill llegó a la cama —no supo muy bien cómo— y cayó en brazos de Lauren.

—Estás aquí. ¿Cómo puedes estar aquí? —Pasaba las manos por el pelo de Jill, intentando comprender por qué su amante estaba tan llorosa y en un estado tan lamentable.

—No puedo estar en ninguna otra parte.

—Cariño, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? —Se puso a palparle con cuidado todo el cuerpo, pues ni siquiera sabía si no había tenido un accidente.

—No puedo estar sin ti. Ojalá fuera tan lista como tú. Si lo fuera, lo habría sabido antes.

En la cabeza de Lauren se empezó a hacer la luz. Dios, por favor, que esto sea lo que creo que es.

—Mmm... mmm, ¿Jill? ¿Me voy a mudar a Hartford?

—No lo sé. Tal vez. Probablemente no. —Se echó hacia atrás un poco y por fin miró a Lauren a los ojos. Sólo con eso las cosas empezaron a colocarse en su sitio—. Me da igual dónde vivamos. De hecho, no dónde vamos a vivir. Sólo sé que tenemos que estar juntas. Eso es lo único que importa.

Lauren parpadeó.

—¿Lo único?

Jill asintió. Con decisión. Y luego se inclinó para besar a su chica.


FIN


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