Toma una cabeza y
llámame por la mañana

Lariel



Descargo: Esto es una broma inocua. Pero en Halloween, todo es posible. Si os encontráis en el típico bosque espeluznante, cerca de un castillo arquetípicamente siniestro el 31 de octubre, tened cuidado.
Por mucho asco que les dé, tengo que dar las gracias a todos los necrófagos y chicas del Bardic Circle.
Escribidme... ¡¡¡si os atrevéis!!! ¡¡Juajajajaja!! Lariel_a@hotmail.com

Título original: Take One Head and Call Me in the Morning. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Era una típica noche horripilante. Negra como la pez, sin luna y con apenas unas cuantas estrellas que creaban sombras siniestras y una luz vacilante sobre el lóbrego terreno. Ah, y los rayos. No nos olvidemos de los enormes destellos de rayos zigzagueantes que hendían el cielo cada diez minutos más o menos, acompañados de estrepitosos truenos que machacaban los huesos. Importante para establecer el tono dramático, rayos zigzagueantes y truenos.

Bueno, la típica noche horripilante. Los murciélagos daban vueltas, batiendo las alas en el aire como... huevos (bueno, los huevos se baten, ¿no?), proyectando espectros de oscuridad impenetrable mientras iban a la caza de su presa. Eran murciélagos insectívoros, lo cual más bien le resta dramatismo al asunto, pero usemos la imaginación un momento y finjamos que eran ¡¡¡MURCIÉLAGOS CHUPADORES DE SANGRE!!! Vosotros seguidme el rollo.

Bueno, ¿qué más hay en una típica noche horripilante? Pues la verdad es que aquí no había mucho más... la mayor parte de la zona era un espeso bosque, de árboles retorcidos y nudosos como piernas de ancianos. (Qué bueno eso, ¿eh?) Lo único que se oía eran los agónicos quejidos y crujidos de los árboles agitados por el aullido del viento, el ulular de un búho, el aleteo de los murciélagos y el espeluznante lamento que salía del castillo abandonado y arquetípicamente siniestro situado en lo alto de la colina. (Para los que necesitéis una imagen más visual, pensad en "casa de Psicosis con torres". ¿Vale?)

Las torres del castillo se alzaban hacia el sofocante cielo negro, como dedos esqueléticos que intentaban tocar las estrellas. Como es natural, el sitio estaba totalmente a oscuras, salvo por todas las habitaciones, que tenían velas encendidas que parpadeaban en las ventanas. Así que lo cierto es que el lugar daba mucha luz. La verdad es que parecía muy acogedor, pero... mmm... también amenazador, al estilo "iluminado por luz de velas".

¿Suficiente ambientación? Por favor, decid que sí.

El extraño, casi etéreo lamento continuaba: sonaba como un alma a la que estuvieran partiendo en dos o que tuviera que pagar el alquiler. En cualquier caso, era muy angustioso y no tardó en acabar en un gemido y un murmullo incomprensible. Zigzagueó otro rayo y la voz reanudó su aullido sin palabras.

En las profundidades de las malsanas entrañas del castillo, se oían otros ruidos raros, que acompañaban al doloroso lamento. Es posible que no fuera doloroso para la que lo originaba —de hecho, daba la impresión de que se lo estaba pasando en grande— pero creedme, era doloroso de narices para cualquier narrador omnipotente en tercera persona que estuviera por allí < suspiro >. Una orquesta de golpes y estruendo metálico y chirridos y zumbidos... y exclamaciones y risitas y jadeos y... otros ruidos que sólo se podrían calificar de lascivos.

Así en plan "yo soy la narradora y puedo hacer lo que me dé la gana", atravesamos la sólida puerta de roble y entramos en una sala alegremente iluminada llena de extraños engendros mecánicos, una gran mesa y caos general. En el centro de la estancia, inclinada sobre la mesa, estaba la extraña habitante del castillo. No era suyo: se había instalado hacía unos quince años, mascullando algo sobre que "la posesión es nueve décimas partes de la ley y si tienes algún problema, chaval, ¡mueve ese culo gordo antes de que te lo parta!"

Los legítimos dueños (que nunca habían dejado de intentar recuperar su legítimo hogar... sobre todo porque nunca habían empezado) se largaron de allí a toda pastilla sin ni siquiera recoger una muda de ropa interior. Qué cochinos. Nunca discutáis con una mujer de pelo negro y aspecto formidable envuelta en una capa negra y que farfulla, con un brillo de locura en sus extraños ojos azules: "¡¡¡Quiero que vuelva mi bardo!!!"

Y allí estaba: el pelo salvaje volando por toda la habitación (incluso parte del mismo lo tenía en la cabeza), mascullando sin parar y... sí, hasta con el obligatorio hilillo de baba que le caía por la comisura de la boca. Qué miedo daba verla, ataviada con ese delantal empapado en sangre, blandiendo aguja e hilo, y con esos maníacos ojos azules, que miraban fijamente la superficie de la mesa, donde al parecer acababa de zurcir algo.

Por desgracia, no estaba cosiendo una falda.

—¡¡Ajá!! —Tiró la aguja descuidadamente y se limpió los dedos cubiertos de sangre en el delantal, ajena a las vívidas marcas rojas que dejaba en el áspero paño, en tiempos blanco—. Ya casi. Pronto, mi amor... ¡¡pronto!!

Dio un respingo cuando la estancia quedó iluminada por otro relámpago de vívida luz blanca y el estampido del trueno reverberó por el espeluznante castillo.

—Sí, la tormenta... ¡la tormenta! Así se completarán mis planes...

Corrió a un complejo conjunto de palancas y ruedas situado junto a la pared del fondo y cacharreó con unas cuantas. Se oyó un prolongado y grave quejido cuando el mecanismo empezó a moverse despacio.

—Mmmm. Le hace falta una gota de aceite.

Con un tuang y un boing, las ruedas se detuvieron con un chirrido oxidado y la mujer babeante soltó una sarta de improperios y amenazó al artefacto con el puño.

—¡Maldito seas, artefacto! —Le pegó una patada y una de las manivelas se cayó—. ¡¡¡MALDITA SEA!!!

Regresó corriendo a la mesa y examinó su contenido mal ensamblado.

—No importa, amor mío. Tengo que engrasar la maquinaria y conseguirte una cabeza. Pero... seguro que mañana hay una tormenta. Tengo la sensación... —Y con una última carcajada chillona, se dirigió a la cocina tambaleándose, para asaltar el armario de las bebidas.

¿Cómo... os sorprende que beba?

La larga noche siguió adelante, como suelen hacer las noches, y la hora de las brujas encontró a nuestra heroína (¿la puedo llamar así?) en el suelo de su taller, tirada debajo de la mesa y con una cogorza descomunal. Los truenos y los rayos se habían calmado y el viento había amainado considerablemente: ahora, en lugar de aullar como los condenados del infierno, sólo sonaba como los susurros de una amante perdida.

O al menos, así le sonaba a una loca sumamente achispada que en otro tiempo había sido una noble muy respetada en esta región y además una guerrera bastante aceptable en sus buenos tiempos. Hasta que le salió la joroba. Veréis, el mal genio era un rasgo de su nobilísima familia y Lady Xena se había regodeado en el suyo hasta que un día una pequeña y rubia juglar errante se rió de sus imponentes berrinches y rabietas y calmó a la bestia salvaje de su interior con unas pocas palabras bien elegidas. Bueno, digo unas pocas...

Se trataba de Gabrielle, a fin de cuentas.

Así que ahí estaba, lloriqueando en el suelo en un charco de su propia baba y desvariando sobre sus planes para el futuro. ¿Veis lo que puede pasar cuando perdéis a vuestra bardo? Totalmente ajena a todo lo que la rodeaba, aparte del revoltijo confuso que había en la mesa, y tratando patéticamente de escurrir las últimas gotas perdidas de ginebra de una de las muchas botellas esparcidas a su alrededor.

La gruesa puerta se abrió con un chirrido y su anciano criado jorobado entró cojeando. (Claro que tiene joroba. En la cabeza luce pelo escaso y desordenado y un solo diente. ¿Me falta algo? Vale... le pondremos también un ojo de cristal.) Entró tambaleándose, sosteniendo una bandeja en cuidadoso equilibrio con una mano, y la colocó sobre la mesa. Era otra mesa. En La Mesa no quedaba mucho sitio libre y, a estas alturas, Lady Xena se había tirado encima del revoltijo de restos de La Mesa y gemía:

—Mañana, tesoro mío... ¡por fin estaremos juntas!

—Milady... vuestra ginebra. —Tenía la voz rechinante y con un claro matiz de "gusanos reptando por el cadáver".

—¡Ah, Bentley! ¡¡Gracias!! ¿Has traído dos vasos?

—Sí, Milady —salmodió él y haciendo alarde de un milagroso equilibrio con la ginebra y los dos vasos en sus manos torcidas y artrósicas, se acercó cojeando. (Tiene una pierna inútil. ¿Lo he dicho ya?)—. ¿Para quién es el segundo vaso?

—¡Pues para ella, claro!

Lady Xena acarició con ternura el pecho del cuerpo sobre el que estaba tirada. Estaba bastante satisfecha con él: los puntos estaban aguantando muy bien y era un pecho más grande que el que había lucido su añorado original, pero muchas veces había deseado que Gabrielle tuviera más de donde agarrar en algunas partes.

—Milady, no tiene cabeza.

—¡¡¡Ya lo sé!!! —Con la locura dibujada en la cara, la mujer de pelo negro se quedó mirando intensamente el horizonte. En realidad, estaba echándole el ojo a la botella de ginebra, pero eso no queda ni la mitad de poético. O gótico—. Podría ser un problema.

—Señora, ¿cuándo podemos esperar que Lady Gabrielle se... reúna con nosotros, por así decir?

—En cuanto le consiga una cabeza, Bentley, podré seguir adelante con el plan. ¡¡¡He creado a mi amada bardo!!! ¡¡Volveremos a estar juntas, para toda la eternidad!! ¡¡¡¡Y es TODA MÍA!!!! ¡¡¡JUAJAJAJAJA!!!

—Excelente, Milady. ¿Sirvo?

—Por favor. Olvida el vaso... inclina la botella.

Tras varios tragos satisfechos, la febril llama azul de aquellos ojos sobrenaturalmente relucientes se apagó hasta adquirir su nivel de brillo normal. La mujer, que tenía una curda monumental, se tumbó junto a la figura femenina casi terminada que había sobre La Mesa y sus dedos siguieron el trazo de tiza que marcaba la cabeza que faltaba.

—Pero tiene que ser la cabeza adecuada, Bentley. No puedo ponerle a mi Gabrielle una cabeza cualquiera. Necesito... bueno, ¡necesito la cabeza de Gabrielle!

—Lleva muerta bastante tiempo, Milady —salmodió el mayordomo, con un tono que sonaba como la campana tañendo a las puertas del infierno.

—¡¡¡¡Eso ya lo sé, maldito imbécil jorobado!!!! Prematuramente muerta... ¡en la flor de la vida! ¡¡¡Pero qué injusta es la vida!!! —Echó otro trago gigante de ginebra y continuó—. ¡Muerta antes de que pudiera decirle lo mucho que la quería! ¡¡¡Antes de que pudiéramos conocer los auténticos placeres de la carne y tocarnos el alma mutuamente!!! ¡¡¡Y otras partes corporales pertinentes!!! —Sus ojos relucían con un deseo calculador—. Ahora que he juntado esas partes corporales pertinentes... ¡¡¡sólo me hace falta la chispa de la vida y conoceremos la auténtica felicidad!!!

—Entonces esta noche me toca buscar cabezas otra vez, ¿no? —El anciano mayordomo suspiró, masajeándose ya la joroba al pensar en las horas que se iba a pasar patrullando el bosque, sentado sobre hojas húmedas y ahuyentando pequeñas criaturas no identificadas que intentaban metérsele en la entrepierna.

—Sí. Ya sabes... largo pelo rubio, preciosos ojos azules o a veces verdes... ¡lo ideal sería uno de cada! Piel clara, tan suave... ¡y mejillas como las de una ardillita! Llévate el dibujo y no tendrás problema.

Bentley volvió a suspirar. El dibujo era tan viejo y estaba ya tan gastado... y encima tan mal hecho. Lady Xena no podía decir que dibujar fuera una de las muchas cosas que sabía hacer. Pero se le daba bastante bien lo de reanimar cadáveres, pensó, agachándose para hacer cosquillas al gato detrás de las orejas. Uno de los primeros experimentos de la chiflada señora, y muy satisfactorio. A pesar del hedor pútrido que lo acompañaba a todas partes.

—Muy bien, Milady —declaró y salió despacio de la habitación arrastrando los pies, dejando atrás a una risueña Lady Xena inmersa en la íntima admiración de su creación.


Bueno, vamos a saltarnos el día siguiente (puedo hacerlo: soy la narradora omnipotente) porque las actividades diurnas no vienen a cuento en un relato de maldad y desesperación.

Vale, imaginad esto: está oscuro de nuevo, el tipo de oscuridad que te presiona los ojos y te da pánico. Vamos a añadir un poco de rayos (es que necesitamos la tormenta, es un elemento de la trama) y... ¿qué más? Murciélagos, búhos, grandes arañas negras y peludas, lobos aullando... bla bla bla. Ya vale de ambientación.

Un ruido de roce y crujidos estrepitosos rompe el silencio, que ya estaba roto por el sonido de unas voces. Así que, si se piensa bien, esta noche había mucho ruido ahí fuera. Un grupo de adolescentes —< escalofrío > ¡Adolescentes! ¡Eso sí que da miedo!— se abre paso a través de los apretados árboles, haciendo que las arañas huyan en todas direcciones. (¿No odiáis las arañas? Yo sí.)

—¡¡Puaj!! ¡Algo me ha tocado la cara! —chilló una chica de pelo rizado.

—¡Telarañas! —gritó un chico bastante afeminado. (No es que juzguemos por las apariencias: a los narradores en tercera persona no nos hace falta. Ya Lo Sabemos Todo.) Se sacudió la manga y se frotó la cara para quitarse los hilos espectrales que tenía pegados a la mejilla suave y de aspecto fofo.

Una chica rubia, más alta que los demás, se echó a reír con desprecio.

—¡Vamos, Julian, eres patético! No son más que telarañas, no te van a hacer nada.

—¡Podrían ser arañas asesinas! Mi padre me ha dicho que conoció a un hombre que conocía a un hombre que conocía a un caballo que...

—¡En serio, sois todos patéticos!

La chica escupió su palabra preferida del momento. Era una de esas expresiones que se pegan en el público adolescente, como "¡tu madre le vende naranjas al rey!" y "díselo a la mano, mozuela, porque los oídos ya no escuchan tus prolijas palabras..." Así le va a la juventud del siglo XVIII.

Bueno, la chica continuó.

—Si ahora tenéis tanto miedo, ¡jamás conseguiréis pasar una noche en el castillo encantado! —Con un dedo claramente triunfal, señaló la mansión de lo alto de la colina. Dos pares de ojos asustados lo siguieron.

—¡Es que esta oscuridad da miedo! —se quejó Bethany (supongo que deberíamos ponerle nombre, aunque no sobrevive mucho más. Uuy... olvidad que he dicho eso, ¿vale?). El atuendo que Bethany había elegido para esta noche estupenda consistía en una larga y amplia falda marrón, que combinaba con muy buen gusto con su chaqueta roja. ¡¡Chaqueta roja!!—. No sé si esto es buena idea, Callista.

La rubia mayor, más alta y en general de aspecto más mezquino (je), se burló abiertamente.

—Oh, ¿y qué crees que va a pasar? ¿¿Crees que los monstruos malvados te van a coger?? —Hizo muecas pavorosas, soltando rugidos, y se echó a reír cuando los otros dos se echaron a llorar—. Gallinas —declaró, con decisión tajante. Era el tipo de chica que inspiraba decisiones tajantes.

—Estoy cansado —siguió llorando Julian. Bueno, sólo tenía diecinueve años. Y era un gallina—. Y tengo frío. ¿No podemos descansar un poco?

—Supongo —cedió Callista—. ¿Dónde está Gabriella?

—No sé. Venía por ahí detrás. ¿Por qué nos tiene que seguir a todas partes? No es más que una cría, es un rollo. —Cumpliendo las inmemoriales leyes no escritas de los adolescentes, Bethany se quejó y pataleó como sólo lo sabe hacer un adolescente (tenía diecisiete años) y volvió a ponerse de morros. Callista le pegó una torta y se puso más de morros. Callista siempre ganaba los concursos de morros.

Con la victoria asegurada, los agarró del brazo y los llevó a rastras a cierta distancia del camino trillado (lo habían trillado ellos mismos) hasta llegar a un pequeño claro, donde no tardaron en encender una alegre fogata y se sentaron tan contentos alrededor, contándose historias de fantasmas mientras las llamas convertían sus rostros en gárgolas. Probablemente se estaban contando historias de psicópatas enloquecidos y asesinos que blandían hachas y acechaban por el bosque en busca de adolescentes gallinas a los que hacer picadillo. Qué coincidencia, ¿eh?

Callista acababa de llegar al punto culminante de una historia especialmente sangrienta cuando el ruido de una rama al romperse los sumió en un silencio espantado. Un momento después, una rubita salió despedida de detrás de los árboles.

—¡Ahí estáis! —dijo la pavorosa aparición, agitando un cuaderno de notas. Bueno, no era pavorosa, sino más bien una monada, ¡pero eso también puede producir pavor!—. ¿Por qué os habéis alejado tanto? No os encontraba.

—Y nosotros que teníamos la esperanza —masculló Callista, ganándose risitas de admiración por parte de sus crédulos, fácilmente manipulables y totalmente desechables colegas.

—¿Cómo voy a escribir todas nuestras aventuras si siempre me estáis dejando atrás?

—Jo, no sé, Gab.

Podríamos seguir con la disputa, pero ya hemos pasado todos por eso. Por supuesto, lo que nuestro intrépido cuarteto no sabe es que encima de ellos en lo alto del árbol está Bentley. (¿Queréis saber cómo ha llegado hasta ahí arriba un jorobado cojo y medio ciego? ¿Por qué? Digamos que —como su ama— sabe hacer muchas cosas.) Esta noche, recordaréis, está buscando cabezas. Lo recordáis, ¿verdad? Ya sabéis que al final hay un examen.

Así que ahí está, sentado entre las ramas oscilantes y contemplando con aire triste el trozo de papel costroso que tiene en la mano. Tras haber localizado a dos rubias (lo cual significaba que había una de más), volvió a mirar el dibujo y se rascó la bulbosa cabeza.

Luego, tras un un momento de deliberación, suspiró:

—Oh, que le den. —Y saltó del árbol grácilmente, con su larga levita negra funcionando como una especie de malévolo paracaídas.

¿Me salto lo siguiente? ¿Qué tal si sólo comento los detalles más siginificativos? Adolescentes gritando, con la garganta destrozada por el terror... los litros de sangre... un mal sin rostro acechando entre los árboles negros y retorcidos... las extremidades cortadas... los rayos zigzagueantes iluminando con una implacable luz plateada la huida desesperada de las víctimas... la muerte espantosa y brutal de Bethany Camisarroja (que ése era su nombre completo)... las entrañas interminables...

No, vayamos al grano y digamos tan sólo que al final, Bentley se hartó, les dio un golpe en la cabeza a las dos rubias y se las llevó a rastras al castillo. Su ama estaba esperando.

¿Podemos introducir un trueno, unos rayos más y una música de fondo bien siniestra, por favor? Muchas gracias.

Nadie encontró jamás el cuerpo de Bethany Camisarroja. Y el paradero de Julian fue siempre un misterio, aunque no mucho después de este incidente, apareció en los muelles la ramera sin igual Juliette, famosa por su voz grave y sexy y la sombra de barba que le aparecía a las seis. Experiencias como ésta pueden hacer que un chico se transforme... en otra cosa... por completo.


—¡¡Pero son dos!! —Lady Xena señaló a las dos chicas atadas y amedrentadas agitando la botella vacía de ginebra y luego regresó tambaleándose a La Mesa para inspeccionar al ser querido que estaba allí reunido. Se había pasado el día entero arreglando el torso, dando los toques finales a los pechos y en general recortando y acicalando ahora que todavía podía, todo para estar lista para la llegada de La Cabeza.

—No sabía cuál preferiríais, Milady —salmodió el horrendamente jorobado y anciano mayordomo. Advirtió el brillo de furia que asomaba a un ojo inyectado en sangre y se apresuró a añadir—: Pensé que os gustaría poder elegir, dado que se trata de... la cabeza.

—¡Bien pensado! Aunque no te pago para que pienses. —Lo señaló con un dedo vacilante, al tiempo que adoptaba una expresión pensativa.

—No me pagas nada, rácana miserable —masculló él, al tiempo que le sacaba del puño la botella vacía y la sustituía por otra llena.

—¡Vale! —Estuvo un rato pimplando pensativa y sus ojos recuperaron de nuevo su conocido brillo ebrio—. Bueno, es hora de elegir la cara de mi amada... ¿Quién se parece más a mi bardo? Mmm... las dos os parecéis mucho... —Le costaba ver bien y guiñaba los ojos, pues parecía haber tres de cada—. No importa... pinto, pinto... gorgorito... —Terminó de echarlo a "suertes" y el destino eligió su cabeza.

—¡¡¡¡¡¡Noooooo!!!!!! —gritó Gabriella.

—Tú calla... ¿a menos que prefieras que te elija a ti?

La chica más joven (era de edad indeterminada, por supuesto) tragó saliva.

—No, por favor... coge su cabeza. Es un asco de hermana y encima una bruja odiosa.

—¡¡¡¡Pero pedazo de...!!!! —Su hermana mayor Callista soltó una sarta de insultos que contradecía sus tiernos años. En realidad, sus años no eran tan tiernos y tampoco lo era ella. Tras años de sufrir las torturas psicológicas de su hermana mayor y mucho más retorcida, Gabriella sintió cierto alivio de poder verle la cara por última vez. O la cabeza. Qué más da.

Lady Xena dejó de sorber y dirigió una mirada firme (todo lo firme que pudo) a la malhablada adolescente.

—Cielos —dijo—. Menuda boca tienes. Mi bardo tenía una buena boca... ¡¡y la volverá a tener!!

Y la desventurada Callista fue llevada a rastras, pataleando y maldiciendo, hasta La Mesa, donde fue rápida y profesionalmente despojada de su preciosa testa.

No entremos en detalles sanguinolientos, ¿vale?

¿Cómo? ¿Que quieres los detalles sanguinolientos? Dios mío... ¿¿¿pero es que estás enfermo o qué???

A una velocidad que revelaba una gran pericia y mucha práctica ("No te preocupes, chica. He hecho esto montones de veces") la mujer de pelo alborotado colocó la cabeza en el cuerpo a la espera y la fijó con un gran tornillo que le pasaba por el cuello.

Soltando alaridos y risotadas, se acercó a trompicones hasta un estante, en el que había varios tarros inmensos con cosas indescriptiblemente horrendas flotando dentro y cables sujetos a ellos. Cogió uno, leyó una etiqueta y volvió a gritar de júbilo.

—¡¡El cerebro de mi bardo!!

El objeto mencionado, que había sido escabechado para esta ocasión, fue rápidamente embutido en su receptáculo recientemente liberado y la tapa del cráneo volvió a quedar fijada en su sitio. Los puntos eran inevitables, pero quedaron tan discretos como fue capaz de hacerlos un fino arte del bordado, perfeccionado tras horas de práctica, tal y como atestiguaban los numerosos ejemplos que adornaban las paredes (No hay nada como el hogar y el alfabeto parecían especialmente populares). Aunque a Gabriella le pareció que tal vez ese hilo naranja brillante resultaba un poquito osado.

¿Debería comentar, como narradora omnisciente, que una ex noble chiflada, ligeramente curda y muy fervorosa es la última persona que debería tomar decisiones vitales tales como "qué cerebro meter" basándose en la lectura de etiquetas pequeñas y mal escritas en un sótano oscuro y cutre?

Allá que va, correteando hasta el artefacto, tirando de palancas y poniendo en marcha las ruedas recién engrasadas. Y —curiosamente— los truenos y los rayos eligieron ese preciso momento para entrar en escena. De hecho, el rayo entró directamente en la estancia y centelleó alrededor de su cabeza, creando un momento de lo más atmosférico. Ella se quedó allí en medio, riendo y aullando y con un aire... bueno, de loca total, supongo.

—¡¡¡Eso es, amor mío!!! —gritó—. ¡¡La noche es nuestra!! Te doy... —Pausa dramática, tremendo estampido de trueno y zizag de rayo—. ¡¡¡¡LA VIDA!!!! ¡¡¡Juajajajajaja!!!

Sí, lo habéis adivinado.

Por el castillo resonaron los ecos de las carcajadas victoriosas de una risa encantada y los gritos de decepción de Gabriella.


—Ahh, Lady Xena. Cómo me alegro de volver a verte. Ha pasado tanto tiempo. —Callista (o quien demonios fuera ahora) se rió entre dientes, incorporándose a un lado de La Mesa, y pasando las piernas por encima. Una de ellas se le cayó, lo cual provocó un momento de pánico generalizado.

—¡Gabrielle!

—¿Qué? —Gabriella, absolutamente aterrorizada, miró a Xena con desconcierto.

—¿Qué? —Xena la miró directamente—. Calla la boca, enana. No estaba hablando contigo. ¡Estaba hablando con mi bardo!

—¿Me puede desatar alguien, por favor? —El ruego quejumbroso de la chica pasó desapercibido, pues Callista/Lo que sea se acercó contoneándose hasta el lugar donde Xena se sujetaba contra el mostrador. ¿Y alguna vez habéis visto a un ex cadáver contoneándose? ¡Ya me parecía a mí que no!

—¡Gabrielle! —Los ojos de la desmadrada noble adquirieron un brillo significativo—. ¡Te he echado de menos, cielito!

—¿En serio? —replicó el ser recién resucitado, con tono zalamero—. Pues no me has escrito.

—He estado muy ocupada, montando... ¡¡Ven aquí y dame un beso!! —Sus labios se fruncieron y se acercaron a la mujer recién nacida. Mmm... ¿puedo llamarla mujer? Quiero decir, estrictamente hablando, ¿cuenta como mujer? ¿Biológicamente? ¿Legalmente?

—Xena... he esperado tanto tiempo a que llegara este momento. Todos estos años de espera, escabechándome en ese tarro, viendo cómo te hundías cada vez más en la locura y te convertías en el despojo borracho que eres ahora... ¡una ruina de tu anterior magnificencia! Eso casi me mata, Xena. —Alargó un dedo apenas sujeto y con ternura (bueno, ella creía que era ternura) acarició la mejilla colorada de Lady Xena.

—¡Lo sé, cielito! Te deseaba... ¡incluso escabechada y sólo como cerebro! Te sacaba y acariciaba suavemente tus redondeadas... partes, donde sea que estén en un cerebro, y deseaba poder volver a abrazarte. ¡Te echaba de menos, Gabrielle! ¿Ves en lo que me he convertido sin ti?

—Ya lo creo que lo veo, querida mía. Y eso es lo que más me dolía. No soportaba ver cómo te hundías cada vez más en el fango de tu propia demencia. —Una sonrisa maliciosa iluminó los rasgos antes bonitos de Callista—. ¡¡¡¡¡PORQUE QUERÍA ENVIARTE ALLÍ YO MISMA!!!!! ¡¡¡Juajajajaja!!!

Grito sofocado.

—¿Gabrielle? ¿Qué estás diciendo? —La morena ex noble retrocedió espantada.

—Vamos a pasar la eternidad juntas, Xena. ¿A que será divertido?

Callista se inclinó y le dio a Lady Xena un cruel pellizco de monja. Luego, por si no era suficiente, le plantó un profundo morreo, usando hasta la lengua. ¡Oh, qué horror indescriptible!

Hubo más gritos sofocados mientras el propio cerebro escabechado de la señora intentaba comprender lo que estaba pasando. Una tenue bombilla encontró por fin suficiente corriente eléctrica en dicho cerebro y se encendió, aunque con cierta debilidad. Corrió muy despacio al estante y agarró el tarro ahora vacío. Se le pusieron los ojos en blanco por el espanto.

—¡Por Dios bendito! —Más gritos sofocados—. ¡Tú no eres Gabrielle!

—¡¡Ja ja!! ¡¡Ya lo creo que no!! ¿¿Quieres jugar, Xena??

—¡Oh, Dios mío! ¡¡¡Me he equivocado de cerebro!!! ¡¡Nooooo... mi archienemiga la Contessa di Callisto!!

—Tú me has devuelto la vida, Xena. Supongo que debería agradecértelo. —Inesperadamente, echó la mano hacia atrás y sacó un puñal. (¿¿De dónde demonios ha salido eso??) Le dio vueltas con aire satisfecho—. En cambio, creo que te voy a matar.

—¿¿¿¿QUIERE ALGUIEN POR FAVOR DESATARME???? —gritó la pobre Gabriella, al ver la grotesca forma de (parte de) su otrora hermana lanzarse a través de la habitación y abalanzarse contra la confusa noble. Por suerte, no consiguió atinar muy bien (los brazos no le funcionaban bien del todo: probablemente un cable cruzado) y se detuvo, tapándose los oídos con las manos para apagar los gritos.

—¡Eh! Tú... ¡calla ya, enana! Esta cabeza recuerda lo plasta que eres.

Gabriella se calló, muy muy deprisa.

La Contessa siguió lanzándose y abalanzándose. Por suerte, esa pierna suelta que tenía entorpecía sus malvados planes y acabó dando vueltas en un pequeño círculo. De modo que se puso a tirar puñales y otros instrumentos quirúrgicos contra la señora. La máquina de coser casi le sacó el ojo a Bentley, pero como era el de cristal, no tuvo importancia.

—Vamos, chicos... ¡salgamos de aquí! —gritó Xena, deteniéndose sólo para desatar a Gabriella y recoger su última botella medio llena de ginebra—. ¡Es la mente de una sádica asesina en masa, atrapada en el cuerpo de una puñetera adolescente! ¡Es una combinación letal!

Los tres huyeron de aquella habitación a toda la velocidad de la que fueron capaces sus piernas, dejando los restos animados de la Contessa dando vueltas frustradas mientras intentaba coserse mejor la pierna.

Lady Xena los guió en un recorrido frenético del castillo: corrieron por túneles llenos de ecos, por tortuosos pasadizos secretos y a través de pasillos llenos de telarañas hasta que acabaron en la bodega.

—Aquí estaremos a salvo —dijo jadeando, mientras construía una barricada en las puertas con unos anaqueles de vino vacíos. Gabriella advirtió que parecía haber muchos anaqueles vacíos—. ¿Has traído un sacacorchos, Bentley?

—No, Milady.

—¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Noooooo!!!!!!!!!! ¡¡¡Qué HORROR!!! —La voz angustiada de la morena señora rebotó por la lóbrega y estrecha estancia.

Gabriella, que a pesar de su corta estatura y aspecto angelical era bastante dura en el fondo, clavó un dedo en las costillas de la delirante ex noble.

—¡Quieres calmarte! Mi hermana está ahí con el cerebro de un genio malvado y el cuerpo de lo que parecen tres campeonas olímpicas de lanzamiento de pesos cosidas juntas. ¿Pero de dónde has sacado ese estómago?

—Mi bardo tenía unos abdominales fantásticos —lloriqueó el desolado genio científico.

—¡Olvídate de tu bardo! —Ante la expresión horrorizada de la mujer, perdió un poco los nervios—. Es tu obsesión con esta bardo muerta lo que ha matado a mi hermana... más o menos, y lo que nos tiene encerrados en esta bodega...

—¡¡Sin vino!!

—¡Y podríamos ser los siguientes! ¡Así que deja de vacilar y sácanos de este lío en el que nos has metido a todos! —terminó, pegando un fuerte palmetazo en la mano de la señora para dejar aún más claro lo cabreada que estaba. Como si hiciera falta aún más hincapié en el tema, oyeron unos golpes lejanos.

Grito sofocado.

—¡Ha salido del laboratorio! —La cara de Lady Xena se puso pálida, bajo el saludable bronceado—. ¡Deprisa, no hay tiempo que perder!

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Gabriella, con impaciencia.

—Rendirme.

—¡¡No!! —Gabriella le dio una bofetada y le gustó tanto que le dio otra. Le parecía correcto... como... merecido, casi. Así que le dio una tercera, por si acaso. Lady Xena no tardó en tener dos grandes y rojas marcas de manos en sus ya sonrosadas mejillas—. Oh, cuánto lo siento. No sé qué me ha entrado. ¿Te he hecho daño?

—Sí —lloriqueó Xena de un modo que de noble no tenía nada—. Hace tiempo que no me toca nadie. Se me había olvidado cómo es el tacto de la carne cálida... ¿Sabes? Hasta esta noche, sólo he tenido a mi creación de ahí abajo como toda compañía. Y no hablaba mucho. Claro, que la mayor parte del tiempo estuvo sin boca, pero así y todo...

—Muy charlatana te noto para ser una ex noble taciturna, ¿no? —comentó la pequeña adolescente rubia de ojos azules y verdes. La señora le sonrió ligeramente. Todos dieron un respingo de susto al oír unos fuertes golpes encima de ellos y el inconfundible crujido de una puerta al ser arrancada de sus goznes.

—Mmm. Tal vez no debería haber usado los brazos y las piernas del equipo olímpico de lanzamiento de pesos... —consideró la mujer de ojos enloquecidos.

—Escucha, es tu creación, con el cerebro de tu archienemiga. ¿Cómo se la puede hacer pedazos?

—Ahora ya parece bastante hecha trizas...

—No, me refiero a destruirla de verdad... ¿Cómo se la puede matar? ¿Otra vez?

—¿Veneno? Bueno, supongo que no... Cortarla en pedazos no parece funcionar... ¡¡¡Ajá!!! —Sus ojos se llenaron de una luz febril y una expresión de triunfo absoluto y demente se extendió por sus rasgos enloquecidos—. ¡¡¡Fuego!!!

—Vale, bien, pues eso es. —Gabriella se hizo con el mando de la situación estupendamente—. Tendremos que incendiar este sitio.

—¿Incendiar mi castillo? ¡Ni muchísimo menos!

—¿Se te ocurre una idea mejor? —preguntó la chica, con engañosa dulzura.

—Podríamos esperar a que se duerma y entonces prender una pequeña hoguera debajo de ella.

—¡Ni siquiera sabemos si necesita dormir! No, no hay otra manera. Trae esas velas... ¿Hay alguna forma de salir de aquí?

—No. Sólo el pasadizo secreto que lleva a todos los pisos y el túnel que pasa por debajo del jardín. Estamos condenados. ¡¡Estamos todos condenados!! —Ya estaba otra vez la mujer empapada en ginebra perdiendo los papeles. ¿Qué se le iba a hacer? Hubo que volver a darle una bofetada. Varias veces.

Gabriella distribuyó las velas encendidas y se metió varias sin encender en la cinturilla de la falda como munición extra. Con una vela parpadeante en cada mano, se puso en pie despacio, algo parecida a Buffy en lo mejor de la primera temporada, con Bentley y Lady Xena ligeramente detrás de ella, y declaró dramáticamente:

—Vamos allá. ¡Es hora de zurrar a los no muertos!


Ahora toca un poco más de ambientación. Recordáis la escena hasta ahora, ¿verdad?

Las torres retorcidas del castillo, empujando hacia lo alto como las almas del infierno trepando hacia los cielos, rodeadas de árboles deformes, sombras siniestras en cada rincón y y el chasquido de los rayos por el cielo como un látigo.

Las tres figuras reunidas en el césped observaban cómo los fuegos que habían prendido cobraban vida rápidamente. Lady Xena sollozaba a medida que su creación y su espeluznante castillo eran consumidos por las implacables y purificadoras llamas. La Cosa Callista había subido hasta el tejado y ahora se la veía como una silueta contra la luz anaranjada del fuego, rodeada de chispas que saltaban por todas partes mientras agitaba los brazos y les gritaba obscenidades. Infructuosa y patéticamente, intentó apagar las llamas con el vestido y luego con la pierna, pero fue en vano. No había escapatoria.

Bueno, estaba la escalera de incendios, pero dado que era una loca muerta y desquiciada, la pasó por alto completamente.

El silencio de la noche quedó rasgado por el crepitar del fuego y el aullido de la no muerta.

—¡Estás matando a tu creación, Xena! Mi muerte pesará sobre tu conciencia. ¿¿¿¿PODRÁS VIVIR CONTIGO MISMA????

Xena apartó los ojos cuando su milagro de la ciencia se convirtió en una bola de fuego y se tiró del tejado. Devastada, contempló sus azaleas abrasadas y dijo:

—Eh, al menos yo estoy viva, despojo. —Se frotó las manos y se volvió hacia sus compañeros—. Bueno, ya está... Ahora, ¿quién quiere una copa?

—¿Estás bien? —preguntó Gabriella. Era una chica muy bondadosa y se preocupaba por la ruina de ser humano que era Lady Xena. ¿A que dan ganas de llevársela a casa?

—Claro. Vuelvo a estar sin casa, pero eso no es problema. Le tengo echado el ojo a un piso muy bonito del siguiente pueblo. Oye, ¿cómo te llamas, niña?

—Gabriella.

Grito sofocado.

—¿¿Qué??

Se le iluminaron los ojos y agarró a la pequeña rubia del codo con firmeza. Examinó la cara de la jovencita con sus intensos y enloquecidos ojos azules y en la comisura de los labios se le empezó a formar baba.

—Estooo... Esmerelda. Je.

—Oye, Gabriellda... ¿te apetece una copita? Conozco una taberna donde alquilan habitaciones por horas. ¿¿Alguna vez te han dicho que tienes unos ojos curiosísimos...??

—No te hagas ideas raras. Yo no soy tu bardo.

—Oh, vamos, no seas así. Venga... —La señora rodeó con el brazo los rígidos hombros de su reacia compañera—. Cuéntame una historia, Gabriellda. Oye, ¿prefieres estar encima? Porque a mí me va cualquier cosa... soy liberal. ¿Te apetece un baño, Gabriellda?

—No te me acerques con esas manos. Han estado hurgando cadáveres. Espero que te las hayas lavado desde...

Y las dos amigas (¿las puedo llamar así?) se alejaron caminando, bañadas por la luz de la luna y cubiertas de ceniza, mientras Bentley cojeaba alegremente detrás de ellas.

Ninguno de ellos se volvió para mirar los restos abrasados que yacían amontonados entre las azaleas...

Música dramática tipo "podría haber una secuela", ¡¡¡¡¡por favor!!!!!


FIN


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