Esto es lo que hay

Kamouraskan y Lariel



Descargo: Como afectuoso homenaje a los ubers, a tiempo para el Día de los Inocentes, os ofrecemos el antiuber.
Ésta y varias otras comedias van a servir de contrapunto para nuestro proyecto principal, una historia larga y muy seria sobre la Conquistadora. Todavía queremos lo suficiente a los personajes como para hacer algo con ellos que no sea una sátira.
Todos los personajes pertenecen a RenPics y Studios USA. No se obtiene beneficio ecónomico alguno por esto. En absoluto. Para nadie. Sobre todo para los lectores y autores.
Nuestro agradecimiento a todos los del Bardic Circle, la Tavern Wall y en especial a Julia, Laura y Jess.
Se pueden enviar amenazas y otras cosas a Lariel_a@hotmail.com o Kamouraskan@yahoo.com

Título original: As Good As It Gets. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


El arquetipo bajito se acercó a la puerta y dudó antes de entrar. Se alisó el elegante aunque algo conservador traje de oficina de color gris marengo, se acicaló el corto pelo rubio y respiró hondo antes de colocar sus dedos pequeños y algo temblorosos en el picaporte. Encogiéndose de hombros, sacó la barbilla y giró el picaporte, intentando disimular su inexplicable nerviosismo, y entró con cautela en el cavernoso espacio.

La estancia estaba cargada de energía. La mayor parte parecía irradiar de la figura delgada y morena que dominaba el espacio. Por un momento, la fuerza de su personalidad fue tan visceral que Gabrielle tuvo que retroceder un instante para recuperar la perspectiva. El traje negro de Armani sólo servía para intensificar el poderío descarnado que estaba provocando un torbellino salvaje de sensaciones y emociones en la mente de Gabrielle.

—Maldita sea, Jack —gritaba en un teléfono de manos libres la mujer carismática y cargada de energía—. Si esos documentos no están firmados como es debido, ¡Van A Rodar Cabezas! —Gabrielle pegó un respingo sobresaltada al oír aquello—. Y... —el tono adquirió un matiz de amenaza aterciopelada—, sabes que lo digo literalmente, ¿verdad? —Otra pausa sedosa—. Bien.

De repente, Gabrielle se vio atravesada por el láser azul de los ojos de la mujer de más edad.

—¿Quién es usted? —preguntó imperiosamente la visión de negro, al tiempo que movía unos papeles y abría una caja de FedEx.

Le costó un poco, pero Gabrielle hizo acopio de su fuerza oculta y respondió animadamente:

—Quiero hablar con quien esté a cargo de la sala de correo. Ésta es la sala de correo, ¿no? —No iba a dejar que una mujer alta y despampanante rebosante de poder y peligro la hiciera empezar con mal pie. Seguro que el cuero le sienta fabuloso, pensó soñadoramente, al tiempo que sus ojos verdes lanzaban un fogoso desafío a la directora de la sala de correo.

Los músculos de la cincelada mandíbula se movieron y los acerados ojos azules se estrecharon ligeramente al escupir su respuesta.

Esto —e hizo un gesto con el brazo para abarcar la estancia y todo lo que había más allá de la misma—, es el Departamento de Registros. El centro neurálgico de esta compañía. No... —la boca generosa y exquisita hizo un mohín de desprecio—, ...la sala de correo.

Gabrielle se negó a dejarse achantar.

—Ésta es la sala donde se clasifica el correo, ¿verdad? —dijo, casi con descaro.

Una vez más, quedó atrapada por esos penetrantes ojos claros.

—¿Qué es lo que quiere de verdad? ¿Quién la ha enviado?

La rubia balbuceó de forma inusual en ella bajo el intenso escrutinio.

—Yo... soy...

Un hombre corpulento y moreno se adelantó rápidamente, al notar la creciente tensión que hacía saltar chispas en torno a las dos mujeres. Le sonrió con aire tranquilizador.

—Perdone a Xena, no siempre es una persona muy acogedora. —Tenía un acento muy marcado—. Yo soy Borias Aberzzyxjhan. Ésta es mi colega, Xena Anfípolis. ¿Qué podemos hacer por una joven tan encantadora como usted?

Gabrielle se sonrojó.

—Yo soy Gabrielle. Gabrielle Potedaian.

—Ahhhh —sonrió Borias—. ¿Griego?

—No, gracias —rechazó Gabrielle educadamente—. Acabo de comer.

Borias se volvió hacia su iracunda compañera.

—Ya lo ves, Xena. Sólo es una inocente. Sólo ha venido aquí para hacer su trabajo, ¿correcto?

—Sí. He venido para comprobar las estadísticas de empleados. Ver si han procesado el papeleo correctamente, si han completado los documentos del seguro de los empleados y todo eso.

—¿G. Potedaian? —La expresión oscura se iluminó ligeramente cuando en su rostro se advirtió un matiz de reconocimiento—. Borias da su más sincera bienvenida a la ayudante del director de Personal Regional.

Xena se adelantó.

—¿Personal? ¿Usted es de Personal?

Gabrielle supo cómo se podía sentir un ciervo al ser examinado por un león hambriento vestido de ejecutivo agresivo.

Borias se puso a su lado al instante.

—No, Xena. ¡No! Te lo prohíbo. Ese plan no. Te lo he dicho, podemos negociar con ellos...

Xena no le hizo caso y cogió un rollo del estante del retroproyector. Era la estructura de la compañía, representada meticulosamente en forma de organigrama. Algunos de los cuadros estaban borrados, al parecer mediante un abrecartas. Acercó bruscamente a Gabrielle al organigrama.

—Enséñemelo. Enséñeme dónde está usted.

Gabrielle intentó controlar el temblor de su dedo al señalar el cuadro que representaba su posición.

—Ahí.

Xena sonrió. Borias le clavó una mirada y los dos se fueron al otro extremo de la sala. Desde donde estaba, Gabrielle sólo oía el cálido zumbido de la voz apaciguadora del hombre y algún que otro alarido de Xena:

—Maldita sea, eso no es lo que dijiste cuando nos hicimos con el Departamento de Reprografía y te lo ofrecí en bandeja...

Gabrielle aprovechó que estaba sola para dar una vuelta por el departamento, echando miradas aparentemente desinteresadas en cada despacho. Se detuvo ante la puerta de uno diminuto pero curiosamente lujoso: las paredes estaban cubiertas de tapices de antiguos guerreros cabalgando por campos de batalla y en el centro de la mesa había un cuenco de fruta sin tocar, que compartía el espacio con el cableado de un ordenador, un portátil, una Playstation y un Centro de Actividades Fisher Price. Éste debe de ser su despacho, pensó y una voz interna le preguntó cómo lo sabía. Advirtió un bocadillo mohoso a medio comer, posiblemente de manteca de cacahuete, encima de la mesa. Necesita a alguien que cuide de ella. Se preguntó por un instante cómo sería ser esa persona, necesitada... deseada...

En el rincón, Xena seguía vociferando.

—¡Pero lo necesito como zona neutral! —Paseaba nerviosa, con la melena de cabello negro agitándose sobre sus hombros y aleteando tras ella.

—¡No se trata de zonas neutrales, Xena! ¡Ahora lo que te va es el poder, es la conquista lo que te encanta!

—Sí, es cierto, me encanta. —Se detuvo de golpe ante Borias, con los ojos relucientes—. Perseguir al enemigo. Romper sus defensas. Cortarle su única vía de retirada. Y entrar a matar. ¡Y antes a ti también te gustaba! —Sacudió el puño delante de él.

Borias la hizo callar siseando y los dos recordaron que Gabrielle seguía en la sala. Se pusieron a susurrar de nuevo, mirando frecuentemente a Gabrielle. Al poco, la mujer morena se acercó a ella a largas zancadas.

—Muy bien, señorita Potedaian. ¿Para qué ha dicho que ha venido? ¿Estadísticas de empleados? ¿Por qué? ¿¿Y por qué ahora??

Una vez más, Gabrielle tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la serenidad bajo el fiero escrutinio de esos ojos azules.

—Bueno, es una nueva política de Personal, tiene que haber recibido la circular. Voy sección por sección...

—¿Entonces no es nada... personal? —La última palabra se alargó y Gabrielle sintió un cosquilleo cálido por la piel al oírla.

—No, no. Aunque sí he notado —consultó la carpeta que llevaba—, que tiene a varias personas que se han incorporado con un contrato irregular. Por ejemplo, ¿un tal Memo, nombre de pila Joxer...?

Xena se apoyó tranquilamente en un archivador restallante de sobres viejos y cinta de embalar.

—Sí. ¿Qué pasa con él?

—Veo que no se le ha pagado desde hace más de un año.

Xena se encogió de hombros.

—Le descontamos del sueldo todo lo que rompe. ¿Qué más?

Los ojos verdes de Gabrielle se llenaron de preocupación.

—¿No recibe ningún sueldo? ¿Pero de qué vive?

—Su hermano Jett le echa una mano. Es cobrador de deudas, y fantástico por lo que tengo entendido. Un cien por cien de éxitos... figúrese...

Gabrielle carraspeó, mientras consultaba de nuevo sus notas.

—¿Y su mujer, Meg? Aquí hay una nota que dice que es hermana de usted, pero en su historial médico...

Xena la interrumpió bruscamente.

—No somos hermanas. No sé de dónde ha salido ese rumor. Es que somos idénticas, pero nada más.

—Ya. Pura coincidencia. Lo comprendo. Bueno, pues la verdad es que lo único que tengo que hacer es repartir estos formularios y enseguida dejo de molestarla... —Le ofreció una endeble hoja que Xena contempló pensativa.

—No me molesta. —La morena se había erguido cuan alta era, por lo mejos una cabeza más alta que la rubia más bajita, y había invadido su espacio personal. Alargó la mano y quitó delicadamente la hoja de los dedos temblorosos de la ayudante de Personal. Gabrielle parpadeó insegura y reflexionó sobre los numerosos significados de las palabras de Xena. Su esperanza de continuar la conversación con esta mujer fascinante se vino abajo cuando Xena la despidió diciendo bruscamente—: Hable con mi ayudante, Darfus, él le dará indicaciones. —La morena hizo amago de irse, pero en el último momento se volvió y dijo enigmáticamente por encima del hombro—: Pero no se fíe de él. Recuérdelo siempre.


Gabrielle soltó un suspiro de alivio cuando volvió a su despacho. Como ella, era pequeño y lleno de indicaciones de su definida personalidad: fotos de sus perros adornaban las paredes, había carteles de sentencias pseudorreligiosas pegados en la puerta y apoyado en su ordenador había un par de Osos Amorosos, viejos y manoseados. Se dejó caer en su silla giratoria e intentó comprender lo que había visto abajo. Se sentía atraída, de algún modo, por la mujer de la sala de correo, una mujer que parecía destilar peligro y poder... y sin embargo, en el fondo, Gabrielle sabía que allí había una vulnerabilidad, un alma que clamaba por encontrar a su otra mitad, un corazón que anhelaba sentir amor...

Sus reflexiones quedaron interrumpidas por el inesperado trino que indicaba que su teléfono de Pepito Grillo la llamaba.

—¿Gabrielle?

Era su jefe, cuyo tono meloso se colaba a través de la línea.

—¿Sí, señor Thompson?

—Bueno, querida, ¿le ha resultado reveladora su visita a nuestro pequeño manicomio?

—Sí, señor. Tenía razón. Ahí abajo están todos como cabras.

—Bien. Se dará cuenta de lo importante que sería encontrar la manera de soslayar sus contratos y encontrar una causa justificada... Por el bien supremo de la compañía, por supuesto.

Gabrielle asintió para sus adentros.

—Por supuesto. Por la compañía. Pero usted prometió que serían trasladados a otros departamentos, que no se quedarían sin trabajo.

—Sí, lo prometí, ¿verdad...? —Hubo una pausa ociosa—. También prometí contratar a su prometido, Pérdicas. De hecho, voy a darle trabajo allí. Así los dos tendrán la posibilidad de pasar más tiempo juntos. He pensado que eso le gustaría.

—Sí, señor. —Pero al desconectar y colgar la cabeza del grillo, se preguntó por dentro: ¿He cometido un terrible error? ¿Qué pasa con esa mujer?


Gabrielle estaba esperando a la puerta del despacho de Xena mientras ésta discutía con alguien por teléfono. Se trataba de algo personal: lo supo por la delicadeza con que estampó el teléfono al colgarlo.

Xena advirtió la mirada interrogante al colgar el teléfono.

—Mi hermano pequeño —dijo como respuesta a la pregunta tácita—. Va a hacer un negocio de drogas en la parte mala de la ciudad. El jefe de una banda quiere reunirse con él en un almacén abandonado. Me da mala espina —murmuró Xena, con tono de presagio—. En fin, ¿qué estaba diciéndome?

Los ojos de Gabrielle se agrandaron sin dar crédito.

—¿No está preocupada por él? No querría que lamentara no haberlo ayudado.

—Qué va. Tiene a mi crío Solan vigilando, seguro que todo va bien. Venga, ¿qué estaba diciendo?

—Sobre las evaluaciones de su personal para este año... tengo unas cuantas preguntas... —Buscó entre el fajo de folios que sujetaba en los brazos—. Sobre todo acerca de su evaluación de cara a la posibilidad de ascenso del señor Darfus...

—Ha bajado aquí sólo para hablar de mis... subordinados... —Una sonrisa maliciosa acarició los labios superiores de la directora de la sala de correo.

—Bueno, es la política de la compañía.

—No se hizo el año pasado.

—Porque el año pasado usted rodeó su puerta de estacas afiladas y le echó al señor Thompson aceite caliente para bebés —respondió Gabrielle.

El ordenador soltó un pitido. El rostro de la mujer de más edad adoptó una expresión feroz mientras estudiaba la lectura.

—¡Malditos idiotas! ¡Alguien ha sobrecargado el ancho de banda y todas las líneas de envíos de la costa este se han colapsado! —Paralizadas de horror ante las repercusiones económicas, las dos se quedaron mirándose antes de entrar en acción.

Xena fue a su ordenador y se puso a teclear a toda velocidad. Gabrielle la siguió, fascinada por la capacidad de concentración de la mujer, y se quedó mirando pasmada por encima de su hombro mientras los dedos de una mano bailaban por el teclado y los de la otra acariciaban el ratón con experta autoridad. Intentó guardar silencio, pero al final no pudo evitar implicarse.

—¡Xena! —exclamó—. ¡El diez negro en el interruptor rojo!

—Ya, ya...

Ambas mujeres perdieron sobresaltadas la concentración cuando Darfus entró como una exhalación y apuntó a Gabrielle con un dedo acusador.

—¡Xena, has vuelto a ser débil! Esta mujer no es sólo de Personal. ¡Es una espía que trabaja para despedirnos a todos!

Unos bloques de hielo en lugar de ojos se volvieron hacia Gabrielle.

—No sé si reza a los dioses, pero si no es así, ahora sería un momento estupendo para empezar.

—¿Qué dioses cree que convendrían más? —Gabrielle se sacó un crucifijo que llevaba al cuello con una mano, una imagen de Krisna con la otra y blandió una maqueta de plástico de la nave estelar Enterprise para asegurarse.

—¡Sus dioses no la salvarán ahora! —vociferó Xena, abalanzándose contra la desventurada ayudante de Personal. Gabrielle se tambaleó, pillada por sorpresa, y cayó en brazos de Xena.

Se les cortó la respiración y se miraron fijamente a los ojos.

—Oh, Xena... —suspiró Gabrielle, asaltada por pensamientos indescriptibles—. El acabado en cuero de esta chaqueta es maravilloso. ¿De dónde la has sacado? —Se acercó más y aspiró una embriagadora mezcla de especias, almizcle y humo que invadió sus sentidos y sacó a la superficie recuerdos olvidados y arquetípicos de guerreros, cuero, látigos y grandes caballos.

—Del Gap —dijo Xena con voz ronca, atrapada igualmente en los recuerdos de una vida pasada que se cruzaban rápidamente ante sus ojos vidriosos—. Siento que nos conocemos de antes, por alguna razón...

—La fiesta de Navidad del año pasado. Hiciste un striptease en la mesa de la cena, te resbalaste en la tarta de chocolate y acabaste boca abajo sobre mi regazo, murmurando algo sobre cabañas de purificación de las amazonas...

—Oh. Lo siento.

—No te preocupes. Los cincuenta dólares valieron la pena. Bueno, ¿qué decías de que te había traicionado?

—¿Eso decía? Olvídalo...


—Bueno, señor Pérdicas Potedaien...

Perdy sonrió ansioso. Vestido con su mejor traje y con el pelo repeinado hacia atrás, tenía un aspecto limpio y reluciente y estaba decidido a agradar a su nueva jefa, porque así haría feliz a Gabrielle y por fin tendría la posibilidad de pasar de primera base con ella. A fin de cuentas, llevaban cuatro años prometidos.

—Sí, señorita Anfípolis —contestó alegremente.

—Llámeme señorita Anfípolis —dijo Xena afablemente—. Aquí llevo las riendas con firmeza, nada de vaguear y nada de esas chorradas de igualdad de oportunidades para el personal en las que se empeñan otros. —Hizo una pausa, con la mirada perdida en la distancia—. Éste es mi departamento y lo llevo a mi manera. Tiene que recordar unas cuantas cosas si quiere triunfar en el despiadado mundo de la reprografía, señor Potedaien, y vamos a dejarlo claro: cuando digo despiadado, lo digo en serio. —Metió la mano en el cajón de su mesa y sacó unas hojas—. Apréndase esto de memoria.

—¿Qué es?

—Las instrucciones para manejar todas las fotocopiadoras. Demuestre su valía y le permitiré usar la de color.

—Caray —farfulló él, totalmente impresionado por la mujer electrizante que lo llenaba de sensaciones de deseo e inutilidad.

—No dejo que cualquiera meta mano en mis instalaciones —terminó ella y lo mandó a ver a Darfus con un gesto imperioso.


Pérdicas tenía el tronco cubierto de una buena capa de sudor tras haber estado cargando envíos dentro y fuera del edificio. Desde el principio se había fijado en el caballero alto y algo desaliñado que era su supervisor. ¿Lo conocía de algo? Había algo que le resultaba conocido en su mata de pelo, esa cicatriz y esa sonrisa tan peculiar. Se descubrió inventándose excusas para estar cerca de él y no tenía claro por qué.

Hasta ahora su única conversación había consistido en presentarse.

—¿Pérdicas Potedaien? ¿Tiene algo que ver con Gabrielle Potedaian? —gruñó el moreno guapetón.

—No —respondió Pérdicas—. Ella lo escribe con 'a'.

Pero a medida que transcurría el día, descubrió que sus pensamientos sobre Gabrielle se hacían cada vez menos claros y se dio cuenta de que no era el único entregado a una extraña contemplación obsesiva. En varias ocasiones había alzado los ojos con cautela y había visto al otro hombre mirándolo antes de sonrojarse y mirar a otro lado.

Llegó la hora del almuerzo y, ante su mutuo corte, descubrieron que estaban a solas y los dos parecieron darse cuenta de que llevaban toda la mañana profundamente conscientes el uno del otro. Pérdicas se sentía atraído por este hombre extraño y cruel, como si sólo él fuese capaz de ver el dolor oculto que había tras su fachada mundana. Ante su pasmo, descubrió que había acabado justo a su lado y le estaba acariciando la horrorosa cicatriz de la cara con el dedo, siguiendo la elegante curva del ojo a la barbilla.

—¿Duele? —preguntó suavemente.

—No —murmuró Darfus, casi para sí mismo—. Ahora no. Cuando la tocas no.

—¿Me estoy imaginando esto? —susurró Pérdicas.

—No —dijo el otro con voz ahogada.

—¿Tú también lo sientes? ¿Casi como si se nos estuviera dando una segunda oportunidad? ¿Como si tuviéramos que habernos conocido hace mucho tiempo, pero el destino o la casualidad nos hubiera separado?

—Sí, oh, sí —balbuceó Darfus y entonces sus labios se juntaron y ya no supieron nada más.


—Así que la señorita Potedaian está colocando a su gente, Borias...

—Ahh, Xena, ya te lo he dicho... esta chica es inocente.

—¿Y cómo explicas esto? —Malhumorada, dejó de golpe un taco de hojas encima de su mesa ya desbordada, tirando juguetes de ejecutivo por todas partes. La hoja de encima era la solicitud de empleo de su empleado más nuevo—. Al principio no advertí ninguna conexión... ¿por qué iba a hacerlo? Pero al comprobar la solicitud de Pérdicas Potedaien, vi que el nombre de la señorita Potedaian aparecía como referencia. ¿Coincidencia? ¡Ni hablar!

—Xena, ¿es que no viste el apellido...?

—¡Pero si hasta tienen el mismo apellido, por favor! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? ¡Estoy perdiendo facultades! Me he dejado engañar por esa rubita inocente, he dejado que entre en mi despacho, en mi corazón...

—¿Tu corazón?

—Bueno, no, en realidad no. Sólo en mi archivador. Pero empezaba a fiarme de ella. —Una expresión distante se apoderó de sus ojos—. He dejado que entre en sitios donde hacía años que no entraba nadie...

—¿En serio, Xena? ¿Como dónde? —A Borias se le pusieron los ojos vidriosos, al recordar la última vez que se le había permitido entrar en los lugares prohibidos de Xena.

—Le he enseñado a conseguir café gratis en las máquinas Klix. ¿Y cómo me lo paga? ¡Con la traición y el engaño y cortando mi recuento de asistencia! Dame su dirección. Vamos a ver lo dulce que es esta 'Gabrielle' de verdad.


El apartamento que aparecía en el formulario era un lugar pequeño pero alegre, incluso en las calles desiertas. Intentando calmar su ira, Xena avanzó decidida hacia la puerta cuando vio que ya estaba abierta. Oyó voces airadas que salían por la ventana abierta del séptimo piso y se deslizó dentro silenciosamente. Cuando por fin llegó allí, Gabrielle estaba en el sofá, aterrorizada y rodeada por dos hombres, ambos inmaculadamente vestidos de traje y corbata. La apuntaban vehementemente con hojas de papel y usaban un exceso de palabras rimbombantes.

Evaluando la situación rápidamente, Xena se limitó a carraspear y se sintió llena de satisfacción al ver la expresión de alarma de los hombres cuando se volvieron y la vieron. Cualquier esperanza de que la cosa pudiera acabar en pelea desapareció tan deprisa como los hombres.

—¡Xena! —exclamó uno, petrificado al reconocerla. Se miraron entre sí y uno dijo con acento neozelandés—: ¡Es demasiado para nosotros!

—¡Larguémonos de aquí!

A pesar de su rabia contra Gabrielle, Xena se vio arrastrada hasta la mujer temblorosa y los dejó escapar.

—Malditos Jehovás —murmuró mientras arrancaba los ejemplares de la revista de las manos temblorosas e inertes de la chica.

Los ojos verdes de Gabrielle parecían paralizados de terror y miró el lugar donde habían estado los panfletos.

—Xena, ¿por qué nadie me había dicho que el mundo se iba a acabar tan pronto? ¿Por qué?

Xena la miró con severidad, preguntándose por dónde empezar este sermón, pero acabó farfullando hasta callarse. Se hundió en un mar de verde agradecido. Incapaz de resistir la atracción hipnótica de esos ojos, avanzó un paso sin querer y sintió que se le aceleraba el pulso. De repente, inexplicablemente, se puso cachonda como un cerdo en celo.


—Gabrielle... ¿estás segura?

La única respuesta fue un simple gesto de asentimiento. Se miraron profundamente a los ojos durante largos segundos. Poco a poco, se fueron acercando la una a la otra.

—Sí —susurró Gabrielle—. Lo necesito. Y necesito que me lo des.

—¡Oh, Gabrielle, qué mojada estás!

—Lo sé. Por eso lo necesito.

—Deberías estar más preparada para el clima inglés.

—Creía que estábamos en Florida. —De repente cobraron conciencia de las calles empedradas y el cielo nublado y gris que había una vez cruzado el umbral del apartamento—. ¡Por favor, Xena! Dame el paraguas antes de que me empape —dijo la rubia con tono quejumbroso mientras corrían al refugio de un bar.

Una vez dentro, se quitaron las chaquetas y se acercaron a la persona que estaba detrás de la barra. Gabrielle miró a su alrededor, maravillada.

—No sabía que había un bar de "sólo chicas" en esta ciudad. ¿El gato del dueño se llama "Chichi"?

—A mí siempre me ha parecido un nombre de gatita, sí. —Xena sonrió maliciosamente, sintiendo un extraño afán protector por la inocente y sin embargo voluptuosa rubia.


Tres horas después, y también muchas cervezas después, Gabrielle estaba descubriendo a qué se refería Xena al decir que necesitaba hablar. Por alguna razón, la morena normalmente taciturna sentía el impulso de desahogarse con esta chica.

—Pensé que no era más que un representante más de Fed Express. Pero tenía algo, una especie de carisma, o tal vez era sólo que parecía saber que iba a escalar puestos. Lo noté y pensé que podría utilizarlo. Lo saqué, lo invité a cenar y lo seduje, pero en algún momento, acabé enamorándome de él. —Sus azules esferas de visión contemplaron la lejanía—. O tal vez sólo me enamoré de todo lo que íbamos a hacer juntos. Íbamos a conquistar el mundo... —Apartando la vista de Gabrielle, preguntó a la pared con vehemencia—: ¿Qué fue de esos planes que teníamos?

Se quedó mirando al vacío soñadoramente.

—Entonces un día anunció que no me necesitaba. Usó mis planes y a mi gente para conseguir un contrato con una compañía externa, ¡y me dejó en la estacada! Me dejó por muerta. —Hizo una pausa y habló con una penosa mezcla de dolor y rabia—. Esa noche, nació una nueva Xena...

Sonó su teléfono móvil, interrumpiéndola.

—Departamento de Registros... ¿oh? Sí... es cierto, ya, pues... está bien, matadlos a todos —dijo, distraída.

Gabrielle aprovechó el momento para interrumpir.

—Xena, eso es lo que tengo que decirte. El señor César ha cambiado. Le ha ofrecido a la compañía un precio fantástico por servicios de mensajería. La compañía quiere despedir a todo el mundo y me han pedido que busque una forma de romper vuestros contratos.

—¡Lo sabía! —La ira se apoderó de los brillantes ojos cerúleos y se sintió embargada por una furia inexplicable y la necesidad de arrastrar bardos detrás de caballos. Se detuvo, mirando a los dulces ojos verdes que habían capturado los suyos, y sintió que su ira se desvanecía—. ¿Y por qué has cambiado de idea?

—Tú lo has hecho. Había algo en ti, como si te conociera desde hace doce vidas, y supe que no podía hacerlo. De hecho, ahora que nos conocemos mejor, esperaba que pudiéramos ser... amigas íntimas. Con una especie de amistad romántica.

—¿Una amistad romántica muy intensa?

—Claro. ¿Qué tal si vivimos juntas? Sé de un camión de mudanzas que podría conseguir...

Esto era casi demasiado rápido incluso para Xena. Casi.

—¡Pero sólo hemos salido una vez! ¿Es que no hay reglas?

—Eso es sin contar cuando nos conocimos. En tu oficina, ¿recuerdas?

—Ah, cierto. ¿Y Pérdicas?

—Oh, no sé qué le ha dado. Ahora se pasa todo el tiempo poniéndose aceite en el cuerpo y haciendo ejercicio en el gimnasio del señor Darfus. —Gabrielle desechó a su ex prometido con un gesto despreciativo de la mano—. Olvídate de él. En realidad nunca ha tenido una... amistad romántica conmigo.

—¿Quieres decir que nunca has...? —Xena hizo una pausa, cargada de significado.

—¿Nunca he qué?

Frunciendo el ceño, Xena se quedó ensimismada durante un segundo.

—Está bien. Trabajaré contigo, pero primero necesitamos un plan. ¿Cuántas estacas afiladas puedes conseguir?

Gabrielle las sorprendió a las dos al golpear la mesa con la mano.

—¡No! Creo que si trabajamos juntas, podemos encontrar una manera sin que nadie tenga que morir.

De mala gana, Xena acabó por asentir.

—Vale, pero me parece que no comprendes bien la política de una oficina.


—¡Gente! Tengo buenas noticias y malas noticias. —La directora de reprografía contemplaba orgullosa a su pequeña banda de hombres zarrapastrosos. Había contratado gente sin formar y los había convertido en un formidable equipo de combate usando sólo la fuerza de su personalidad y aumentos de sueldo por encima del nivel de inflación—. La mala noticia es que de algún modo la compañía ha descubierto todas las infracciones que habéis cometido y os van a despedir a todos por insubordinación grave. ¡La buena noticia es que a mí me han ascendido!

La cicatriz de Darfus se puso de un tono rojo violento.

—Es decir, que no hay buenas noticias.

—¿Qué quieres decir? Un ascenso se suele considerar una buena noticia —contestó ella.

—Te has hecho débil, Xena. Has traicionado a tus propios hombres. —Llevaba años esperando este momento, desde que ella lo había rebajado en su evaluación anual. Eso le había costado un ascenso y había jurado que algún día le quitaría el control de la sala de correo y la obligaría a suplicarle para conservar su propio trabajo—. ¡No estás en condiciones de dirigirnos!

Algo desilusionada porque Darfus no se alegraba por su ascenso, Xena se quedó tan pasmada que explicó pacientemente:

—Bueno, no tenía pensado hacerlo. Tengo un equipo nuevo esperándome en la planta cuarenta y dos. Un equipo a nivel ejecutivo.

—¡Siempre he dicho que dar a las mujeres los puestos más altos es un error! ¡Yo puedo ofrecer un ahorro en los costes que tú sólo podrías soñar! Suplica por tu trabajo, Xena... ¡suplícame!

—¿Qué parte de 'me voy' no entiendes?

Callado hasta ahora, Borias se adelantó y su grueso abrigo de pieles se agitó en torno a sus piernas. Hizo un gesto a los demás trabajadores y empezaron a rodearla, evidenciando su rabia con cada paso.

—¡Vaya, Xena! ¿Y qué vas a hacer ahora? ¡Seguro que tienes un plan complejísimo para volver a escapar de la justicia! ¡Sin duda tienes amigos poderosos que van a venir a rescatarte!

—¡Claro que tengo un plan! —gruñó Xena y luego señaló detrás de ellos—. ¡Mirad!

Todos se volvieron un segundo y entonces Borias aulló:

—¡Maldita seas, Xena! ¡Era un truco! ¡A por ella!

Con aullidos de rabia incandescente, los encargados del correo y las fotocopiadoras, ahora en el paro, cayeron sobre su antigua líder, golpeándola con cartas de despido y currículos. Magullada, ensangrentada y con el pelo lleno de papel continuo, Xena superó tambaleante la ordalía y apareció al otro lado exhausta, orgullosa y, sin embargo, en cierto modo humillada. Sin mirar atrás, dejó la oficina que había sido su hogar durante los últimos diez inviernos.

Volveré, pensó. El lunes, de hecho. Y tendría un despacho mucho más grande. A lo mejor hasta con una ayudante personal.


Xena y Gabrielle estaban a la puerta del despacho de César, esperando nerviosas para poner su plan en marcha. Pasmadas, descubrieron que allí había una mujer rubia y delgada de intensos ojos marrones.

Estaba hablando por el teléfono de manos libres mientras daba saltitos por el despacho.

—Dígale al alcalde... —canturreaba—, que tiene cinco minutos para obedecer.

Una secretaria se coló al lado de ellas para preguntar:

—¿Quiere un té, señorita Calisto?

—Oh, sí, por favor —respondió la mujer alegremente y continuó ronroneando en el micrófono del teléfono—. Que sean seis minutos... —Luego dejó de frotarse las manos para sonreírles diabólicamente y decir—: Bueno. ¿Cómo te sientes al saber que trabajas para mí, Xena? —Se echó a reír histéricamente, dejándolas a las dos pasmadas.

—¿Dónde está César? ¿Quién es usted? —quiso saber Gabrielle.

La mujer se dejó caer lánguidamente en una butaca y sonrió.

—¿César? Ha tenido un problemilla con la junta de directores. Se ha ido. —Y se pasó un dedo por el cuello y luego hizo gestos de clavar un cuchillo.

—¿Se ha ido? ¿Dónde? —exclamó Gabrielle.

—Creo que está en Brighton. Ha abierto un puestecillo llamado 'Veni, vidi y me compré la camiseta'.

—Ya te dije que estábamos en Inglaterra —gruñó Xena—. ¿Y qué quiere decir eso? No nos puedes despedir. ¡Tenemos contratos! ¡De empleo!

—No puedo despedir a Gabrielle, trabaja para la oficina principal. Pero tú, querida mía... —se hizo un gesto cortante en el cuello e imitó una muerte sangrienta—, ...te largas. Gracias a tu amiguita. Has solicitado los cuatro meses obligados de permiso por matrimonio. ¿O es que tu querida y dulce Gabrielle no te lo ha dicho? —Se echó a reír como una maníaca.

Xena retrocedió tambaleándose, mirando acusadoramente a Gabrielle.

—¿Permiso? Pero... me dijiste...

Calisto volvió al teléfono.

—¡Alcalde, firme el plazo de entrega o tendremos que empezar a tirar rehenes! Esta vez desde las plantas altas.

—¿Cómo has podido traicionarme? —quiso saber Xena, señalando a su nueva jefa—. ¡Este sitio es perfecto para mí!

Gabrielle abrazó a Xena.

—Te lo he dicho todo. Es que tú nunca escuchas, tontorrona.

—¿Quieres decir que me has dicho, por ejemplo, que esto es Inglaterra?

—Justo.

—¿Pero cuatro meses? —La proximidad de Gabrielle estaba difuminando una vez más la rabia de Xena.

—¡Necesitamos tiempo para conocernos! —exclamó Gabrielle efusivamente al tiempo que abrazaba a la morena aún más estrechamente.

—¿Pero qué clase de boda va a ser? O sea, dos mujeres... no serás fabulosamente rica, ¿verdad?

—No, esta vez no. Pero ¿te acuerdas de que te hablé de mi antiguo cura, el padre Bob?

A pesar de la expresión en blanco de Xena, continuó:

—Pues él también se ha trasladado a Inglaterra, ¡y ahora es arzobispo de Canterbury!

—¿Eso quiere decir que nos puede casar?

—¡Eso quiere decir que puede casar al Papa!

—¿Puede casarnos a nosotras al mismo tiempo?

Detrás de ellas, Calisto continuaba sus negociaciones.

—¿Qué? ¿Que tenemos que proporcionar los conductores? Mire por la ventana, alcalde. ¿Ve esa figura que cuelga? ¿Adivina quién es?

Se puso el teléfono en la barbilla y dijo:

—Vuelve pronto, Xena, sé que aquí encajarás perfectamente.

Xena le ofreció la mano, sin hacer caso de la expresión preocupada de los ojos verdes de Gabrielle, y dijo:

—¿Qué te parecería ser dama de honor?

—¡Chachi! ¡Siempre he querido vestir de cuero en una boda!


Gabrielle conducía el Lexus de vuelta a casa con su cuidado de costumbre. Su mente recordaba su boda en la catedral de Canterbury. Qué suerte habían tenido de poder reservarla, ¡y los cupones de descuento les habían dejado dinero de sobra para la luna de miel! Pero así y todo, no había tenido la reconciliación que esperaba con sus padres. Malditos sean, pensó enfadada. Siguen creyendo que ser vegetariana es una elección. ¿Por qué no pueden aceptarme como soy? Sin familiares y como Xena se había peleado con todo el mundo, fue sin duda una suerte que aparecieran todos los animales del bosque de los que eran amigas para llenar los bancos.

La luna de miel había sido fabulosa. Xena y ella cruzaron Norteamérica, ayudando a la gente y haciendo trabajos inusuales. A ella el que más le había gustado fue el de bailarina porno, pero a Xena le había gustado más trabajar para el FBI y Gabrielle había ayudado haciendo de testigo importante. Pero ahora Xena se quedaba encerrada en casa mientras Gabrielle iba a trabajar y empezaba a haber... problemas.

Giró por su agradable calle residencial, la quinta en la que vivían gracias al Programa de Protección de Testigos, y admiró los jardines y setos de sus vecinos. Como de costumbre, habían tenido unos encontronazos iniciales con los vecinos, pero advirtió con su alegre optimismo de siempre que ahora crecían flores en muchas de las zonas antes quemadas.

Gabrielle aminoró la velocidad al llegar a la casa y gimió al ver la furgoneta del fontanero en su camino de entrada. Saltó del vehículo y buscó desesperada las llaves. Cuando iba a abrir la puerta, oyó un ruido de súplica al otro lado.

—Por favor, suélteme, no le cobraré nada, por favor...

Una vez abierta la puerta, un hombre grueso con una caja de herramientas pasó a su lado, corriendo como alma que lleva el diablo.

Apareció Xena.

—Hola, cielito. ¡Ya tenemos la caldera arreglada!

Gabrielle dejó la cartera.

—¡Xena! ¿Qué hemos dicho de aterrorizar a los reparadores de electrodomésticos?

—¡Maldita sea, Gab! He intentado atenerme a esa norma, pero no ha habido manera de que el cartero caiga en la trampa que le tendí. Y ese imbécil de fontanero se lo ha buscado él solito. Dijo que tenía que ir al taller a buscar herramientas. ¡Herramientas! Le he dado una lección. Lo único que hacía falta eran unos palitos de chupachups y cinta adhesiva. Funciona perfectamente.

Había llegado el momento, pensó Gabrielle. El momento de tener esa conversación. Respiró hondo.

—Esto no es suficiente para ti, ¿verdad? —preguntó.

Xena se quedó callada y luego se encogió de hombros.

—No. Me siento tan... impotente aquí. Me muero de ganas de volver a trabajar.

Gabrielle se quedó cariacontecida. Dudó y tomó aliento con fuerza antes de decir:

—Xena, por favor, no te enfades, pero a mí me gusta ser la que trae el sueldo a casa y no creo que trabajar para Calisto fuera en absoluto por el Bien Supremo. Así que... —Sonrió, encantadoramente—. ¿Sabes esos vómitos que tienes últimamente por las mañanas?

—Ya sé que el desayuno no es una de mis especialidades.

—No, Xena, no son las raciones dobles de pan frito. Estás... estás embarazada. Y la compañía concede tres años y medio de permiso por maternidad —terminó, de un tirón.

Xena se quedó espantada.

—¿Pero cómo? ¡Si todavía no nos hemos acostado!

Gabrielle se ruborizó.

—Ya sabías que esto era una amistad romántica. Oh. —Le ofreció un ramo con gesto elegante—. ¡Te he traído flores!

El tono de Xena se endureció como su expresión.

—Olvídate de eso. ¿Qué estabas diciendo sobre mis vómitos por las mañanas?

La sonrisa de Gabrielle se hizo aún más encantadora.

—¿Recuerdas cuando te drogué hace unos meses?

—Creía que eso era para impedir que me pusiera demasiado... —Xena hizo unos movimientos imprecisos con las manos.

Gabrielle se sonrojó de nuevo y dijo rápidamente:

—Bueno, sí, era para eso, ¿pero recuerdas que compré una gran jeringa más o menos al mismo tiempo?

Los dedos rosados del amanecer de la comprensión pasaron por el rostro de Xena.

—¡Oh, Gab! ¡No me digas! ¿Pero de quién...?

Desbordada por la emoción y deseosa de mantener las manos de Xena inmóviles, Gabrielle la abrazó estrujándola.

—Nuestro, amiga. Me extraje unos óvulos y los llevé a la farmacia.

—¿Quieres decir que hiciste que los convirtieran en esperma como acabo de leer en el periódico?

Gabrielle tragó saliva.

—¿Te importa muchísimo? Eso quiere decir que podemos tener un bebé que será nuestro de verdad.

—Pues podríamos habernos comprado un perro, y sabes que deberías haberme preguntado —refunfuñó Xena—. Pero Gabrielle, ¿eso cómo me va a llenar el tiempo?

Cuando Gabrielle estaba a punto de hacer unas sugerencias, Xena alzó las manos en plena epifanía.

—¡Espera, ya lo sé! Podría ser mamá futbolera, o entrenadora.

—Rugby, Xena. Estamos en Inglaterra.

—¡Puedo estar al mando de la Asociación de Padres dentro de pocos años! —Un brillo calculador y ansioso de poder asomó a sus ojos cuando Xena se vio a sí misma reuniendo a sus tropas, estableciendo estrategias, hablando de tácticas y derrotando ignominiosamente a sus enemigos de la Liga Infantil—. ¡Podríamos tener nueve críos y hacer nuestro propio equipo! Podría tener mi propia oficina. ¡Con mapas! ¡Y piensa lo que podría hacer con la Vigilancia del Barrio!

Gabrielle se echó hacia atrás horrorizada.

—Xena, recuerda el tratado con los vecinos. Piensa en los muertos. Por favor, ¿no podemos intentar conservar esta casa?

—No te preocupes, Gabrielle. Esta vez me aseguraré de que nos rodea una zona neutral. ¿Pero qué voy a hacer hasta entonces? Aunque sí que he advertido que la iglesia necesita ayuda con el mercadillo.

—¿Y...?

—Y. Piénsalo. Si se consigue suficiente dinero, alguien tendrá que formar parte del comité de asesoría económica. Y cuando los tienes pillados por el bolsillo, tienes sus pelotas en...

Desesperada, Gabrielle la interrumpió.

—Xena, creo que necesitas una afición más tranquila. Estás embarazada, ¿recuerdas? Llevas a nuestra hija.

—¿Es niña? ¿Crees que seguirá nuestros pasos?

Gabrielle suspiró con una creciente sensación de impotencia.

—No, como sigamos cambiando de dirección. Y en ese caso, seguro que con una jauría de perros y armada con una escopeta cargada.

—¡Tienes razón! ¡Podemos convertirlo en un juego!

—¡No, Xena! —La rabia vehemente de la rubia volvió a pillar a Xena por sorpresa—. Tenía la esperanza de que un hijo te ayudara a frenar un poco y disfrutar de la vida, pero tú sólo lo ves como otra oportunidad para empezar a construir de nuevo un imperio. ¿Qué vamos a hacer contigo? ¿Dónde puede llegar a ser feliz alguien con tus obsesiones? Eres violenta, engañosa, paranoide y terca, y sólo te lo digo porque eres mi mejor amiga.

Los ojos cerúleos de Xena brillaron aún más.

—¡Gabrielle! ¡Eso es! ¿Te das cuenta de que acabas de mencionar las cualidades principales de las figuras políticas más destacadas de los últimos treinta años?

Ahora sumida en un pánico total, Gabrielle intentaba recordar dónde había escondido las diversas drogas que había usado durante la luna de miel. Litio, Prozac... ¡pero eso no se le podía administrar a una embarazada! ¿Qué he hecho?, pensó.

—Xena, tiene que haber una manera de canalizar este deseo, de redirigir tu pasión y tu energía...

Xena asintió expectante.

—La hay, Gabrielle. Piensa. Todas esas sensaciones de déją vu que has tenido en las que compartíamos vidas pasadas. ¡Tiene que haber una al menos que indique la solución! —Xena meneó las cejas lascivamente.

Un luz iluminó los ojos de jade. Gabrielle meneó el puño y dijo:

—Espera aquí. ¡Ahora mismo vuelvo!

Xena se reclinó en su silla, con una sonrisa expectante en la cara. ¿Con qué empezarían? ¿Bañándose juntas? ¿Masajes de espalda? ¿O cogiendo unas pieles y haciendo una hoguera al aire libre? ¿Usando por fin todos esos aparatos electrónicos de masaje que se habían ido acumulando mientras Gabrielle sólo usaba la aplicación de cepillo de dientes?

—Esto podría ser el fin de una hermosa amistad romántica —suspiró llena de felicidad.

Mientras, en el garaje, Gabrielle buscaba con entusiasmo entre las herramientas de jardinería.

—¡Marchando un golpe de bieldo en la cabeza!


FIN


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