La canción de la vela

Kamouraskan



Uber romántico.
Dos mujeres enamoradas, nada de sexo. Tal vez a la próxima.
Todas las canciones son composición del difunto Stan Rogers.
Esta historia se ha trabajado en el taller del Bardic Circle y se ha publicado en The Tavern Wall. Mi agradecimiento a todos los miembros, especialmente a cada una de las tocayas, Ann Braxton y Claudia.
Esto está escrito para Linda-Anne y todas las personas que tienen esperanza.
Se agradece y se contesta correo: Kamouraskan@yahoo.com

Título original: The Song of the Candle. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Prólogo: Dos voces separadas

Lariel:

¿Por qué me has seguido? Ya te he dicho que no había más.

Te he dado tu tercio de la última lata de atún. ¡La última lata! No he podido ser más justa.

Sé que tienes hambre. Yo también debería, supongo.

No sirve de nada que te frotes en mi pierna. Vas a tener que encontrar a otra persona. No tienes que estar sola, como yo... ¡Oye, vete! ¿Por favor?

Sólo... sólo quiero estar... No deberías estar con alguien como yo en estos momentos, ¿vale? Ya sabes cómo he estado estas dos últimas semanas... desde que la vi. Sí, eres una gata muy bonita. Sí, lo eres, pero no tengo nada que darte, ni a ti ni a nadie. Tengo que aclarar una serie de cosas. Así que deja que me vaya, ¿vale? Deja que me vaya.

Stash:

Stash. ¿Sam? Sí. Sabía que ibas a llamar. Escucha, siento haberlo fastidiado, pero no soportaba la idea de hacer coros, pasarme cuatro puñeteras horas en plan "dudua". Es que no... es que ya no me dice nada, Sam. Sí, lo sé. Pagan bien, Sam, pero no voy a dejar mi trabajo. Sí... lo sé. ¡Que ya lo sé! Sam, no estoy enfadada, ¿vale? Mira, si quieres saberlo, me pasó una cosa muy rara hace un par de semanas y no consigo olvidarlo. Me hizo darme cuenta de que... no sé de qué me hizo darme cuenta, pero sé que hay algo que no comprendo, algo que se me ha pasado. Escucha, ya te llamaré... Sí. Lo haré. Tengo que aclarar unas cosas y hablando contigo no lo voy a conseguir, ¿vale? Sí... sí, te lo agradezco, pero en estos momentos... más adelante, Sam, te lo juro... mañana por la mañana, a primera hora... que no me presiones ahora, no querrás que me enfade... no quiero seguir perdiendo el tiempo con esto, Sam. Adiós.

15 de noviembre

La señora Henry había oído el ruido de pasos encima de su cabeza y por eso se puso rápidamente una bata y salió al pasillo. La puerta del apartamento de arriba estaba abierta, pero sólo cuando subió las escaleras mal iluminadas y vio el destello de luz en el interior de la habitación a oscuras sintió que se le hinchaba el corazón de alivio. Al acercarse a la puerta, iba sonriendo y estaba a punto de saludar aliviada a su inquilina, pero cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguió una figura desconocida, mucho más grande de tamaño y estatura que la que esperaba, iluminada sobrenaturalmente por la llama perlada de un encendedor. Se le volvió a caer el alma a los pies.

—Lo siento, creía... —Sintió que la invadía una triste certeza—. ¿Es usted de la policía? —se obligó a preguntar.

—Sí. Soy inspectora —replicó la desconocida.

—Lariel. Ha muerto. —La casera dio la noticia con convencimiento y las palabras parecieron reverberar en la habitación vacía. Como en respuesta, el encendedor se apagó y la habitación quedó en silencio por un momento sumida en la oscuridad.

La casera cerró los ojos y bajó la cabeza.

—Oh, Dios, es culpa mía. Le entregué el aviso de desahucio sólo porque... quería ayudarla. De verdad. —Levantó la mirada hacia el punto donde le parecía que podía distinguir la alta silueta, en busca de algo de conmiseración. Pero aunque la figura no parecía ofrecerle nada, siguió adelante—. Se quedaba aquí sentada, esperando, decía. El qué, no tengo ni idea. No trabajaba, no ganaba dinero. Le cortaron la luz la semana pasada... ¡le cortaron la luz! Y encendía velas. Creí que, lo de la carta de desahucio, creí que sería como... como una forma de que se pusiera las pilas. Tuve miedo, cuando la oí salir anoche, ya tarde, sin abrigo, de que pudiera... No quería hacerlo, lo sé. Últimamente no comía, para nada, y creo que eso le hizo perder un poco la cabeza. Normalmente era una chiquilla tan alegre...

La inspectora había dejado que hablara sin parar, pero por fin intervino desde la oscuridad.

—¿Puede ir a buscar una linterna? Si no le importa, me gustaría echar un vistazo.

La casera se volvió para irse, pero se detuvo en la puerta cuando se le ocurrió una cosa.

—Lo siento, pero no he visto su placa, ¿podría...?

—Por supuesto. —La inspectora se acercó a la luz que entraba del pasillo y presentó sus credenciales.

La casera las leyó atentamente y se disculpó.

—Lo siento, pero ya sabe...

La mujer se encogió de hombros.

—No. Es culpa mía. Debería habérselo enseñado inmediatamente.

La inspectora no se había movido cuando la casera regresó de su apartamento disculpándose de nuevo.

—Lo siento, he buscado, pero sólo he conseguido encontrar algunas velas.

Hubo un manoseo torpe en la oscuridad por un momento, hasta que saltó una chispa y la mecha prendió.

—Supongo que servirán. ¿Su inquilina? ¿La conocía bien?

La señora Henry quería sentarse, pero el apartamento nunca le había parecido más inhóspito. Estaba tan frío y privado de vida. Se encendió una segunda vela, pero la llama daba más sombra que luz. Buscó en sus recuerdos a la amable muchacha que había iluminado este espacio sombrío. Pobre Lariel. ¿Por qué?

—Pues como le he dicho, la mayor parte del tiempo era una chiquilla de lo más alegre. Pero hace unas dos semanas, simplemente... se paró. Le pregunté qué le pasaba, si había muerto alguien. Y me echó una sonrisa tristísima y dijo que tal vez. Pero no me quiso decir quién ni nada más, sólo que no podía irse. Que estaba esperando...

—¿Hace dos semanas?

Ahora ya había tres velas encendidas, incrustadas en botellas de vino vacías. A la luz oscilante, se veían platos y más botellas manchados de cera. Había más platos apilados en el escurridor y un olor malsano flotaba por todas partes.

La inspectora parecía indiferente ante el estado desaseado de la habitación. En su cara pétrea no se veía el menor atisbo de emoción. La señora Henry supuso que en casos de suicidio, las cosas raras eran lo normal.

—Normalmente era tan ordenada —se disculpó por Lariel—. Es evidente que no estaba bien.

—Entonces esto, —la inspectora indicó las docenas de botellas y platos cubiertos de cera—, ¿no era habitual?

—No, en absoluto. Usaba velas para poder escribir, desde que le cortaron la luz. Pero tantas, pues...

—¿Se quedaba aquí sentada sin más? ¿Encendiendo velas? ¿Esperando?

—Sí. He estado preocupadísima, yo...

—Hay muy pocos adornos, fotos. ¿Llevaba mucho aquí?

—Parece que lo ha guardado todo, pero de todas formas no tenía muchas cosas. Estaba sola, no tenía familia. Por lo menos de la que quisiera hablar, pero no parecía importarle. Le encantaba el silencio y estar cerca del río. Iba hasta allí y se escondía en algún sitio y se ponía a escribir. Salía a pasear con esa gata que tenía y el animal iba siempre por delante de ella como si fuera la protectora de Lariel y a veces la oía hablando con el bicho con toda la naturalidad del mundo...

Lariel:

Siento que nuestra relación no haya funcionado. En serio. Has sido una gata muy amable, sí, lo has sido, y de verdad que te agradezco que hayas intentado cuidarme.

Es por culpa de esa estúpida mujer del metro. No, no es cierto. Estúpida yo. Me había puesto el traje bueno, ya sabes, mi único traje. Y puede que el trabajo no hubiera estado tan mal, si lo hubiera conseguido. Al menos no era otra de esas salas de ventas por teléfono en las que tienes que obligar a una pobre anciana a comprar algo que no necesita. Y un tipo asqueroso toca una campana para celebrar cada vez que se consigue timar a alguien por teléfono.

Ya ves, mi error fue que seguía empeñada en creer que había alguien, alguien ahí fuera para mí. No paraba de pensar que iba a aparecer. Sabía que iba a aparecer.

Todo este tiempo, al saber que no estaba sola... eso hacía que todo... Y entonces, justo cuando acababa de perder el tren, golpeé la puerta que se cerraba con la mano.

Y ella levantó la vista. Dentro del vagón del metro.

Vaya, puesta a tener una amante en mis fantasías, al menos era estupenda. Era alta, morena y despampanante, y cuando le vi los ojos, me quedé paralizada. Se levantó y pensé, Me ve.

Podría haber sido sólo porque golpeé la puerta con el puño, pero no me pareció que fuera eso. Pensé que estaba enganchada, como yo. Así que cuando arrancó el tren, las dos nos estábamos mirando y pensé, Esto es. Es ella. Sabes que lo es.

Así que pasé de la entrevista. Esperé al siguiente tren, y no paro de pensar, fíjate, que estará esperando en la siguiente parada. Que se habría bajado. ¿Te lo puedes creer? Estoy absoluta, totalmente segura de que va a estar allí. Y no sólo eso, sino que pienso en las cosas que me va a decir cuando la vea, esperándome, en el andén. Pero espera. Que falta lo mejor. No está allí, pero me quedo esperando una hora. Preguntándome por qué se retrasa. Y por fin empiezo a percatarme de la realidad de mi propia locura.

La realidad es un asco, gata.

Pero volví a la primera parada y también me quedé ahí esperando. Hasta el último tren. Hasta pasadas las 2 de la mañana. Estaba llorando, Maldita sea, pero fui y escribí, "¿Alma gemela?" y parte de mi dirección en la pared que tenía detrás cuando la vi. Y como apretaba tanto, lo deseaba tanto, se me rompió el bolígrafo.

Me llené de tinta mi único traje. Así que ahora no tengo nada que ponerme para conseguir un trabajo, ¿verdad? Es como si me lo hubiera jugado todo, porque creía... de verdad que creía... oh, maldita sea.

Así que me quedé sentada en el apartamento. Llorando. Esperándola. Sabiendo que si me iba aunque sólo fuera un instante, aparecería y no me encontraría. Porque esto era otra prueba. De que sólo íbamos a tener una oportunidad más. Pero ¿a que no sabes, gata? ¡Me volví a equivocar! Equivocar, equivocar, equivocar.

¿Por qué no vino? De verdad que creí, sentí... Pero ella no... ¿Por qué no se bajó del tren? Sé que era ella. Siempre pensé que cuando nos encontráramos... ¿Por qué no corrió el riesgo? ¿Por qué?


—Ah, aquí está Dita. ¿Estás sola? ¿Dónde está tu amiga?

Fue una suerte que la señora Henry hubiera advertido a la inspectora. El súbito roce contra su cazadora era algo que no podía prever a la luz de la vela. Una gran gata dorada de pelo largo miró hacia arriba, atrapando la luz en sus ojos de zafiro, antes de tumbarse de lado, exponiendo el estómago con languidez.

—Ésa es Afrodita. Debería haber visto lo mal que estaba cuando la encontró Lariel. Cuánto la peinó y la cepilló esa chica, ¡pero ahora mírela!

Ciertamente eso era lo que parecía querer la gata, que rodó provocativamente. La inspectora no hizo caso del animal y se puso a examinar los papeles cuidadosamente apilados en el escritorio.

Cogió una hoja y se puso a leer.

—¿Escribía poesía?

Las luces veraniegas de la ciudad
son suaves por la noche
y parece que el aire está limpio.
Y estoy sentada con unos amigos,
donde con 95 centavos
se puede comprar otro vaso de cerveza.
Ella tiene algo que decir,
pero yo estoy tan lejos
que no sé con quién estoy hablando.
Porque acabas de entrar por la puerta
y ¿cariño?
Sólo te veo
a ti.

—¡No! Canciones. Canciones preciosas. Oh, ¿dónde está...? —La casera cogió una de las velas y se puso a buscar al lado de la pequeña cama individual. Volvió triunfante con un teclado electrónico—. ¿Sabe cómo funciona esto? Ella me lo enseñó una vez. Se escriben los números en la parte superior de la página y esto toca la melodía. Hacía sus propios arreglos y esta máquina tiene un montón de sonidos de instrumentos distintos.

—¿Canciones? ¿Cantaba?

La casera rió con tristeza.

—Lo intentaba. No, decía que todas las canciones eran para otra persona... —Hizo una pausa—. Su placa, ¿decía que se llama Anna? —La inspectora no lo confirmó—. Anna, ¿le importaría tocar una? ¿Sólo una, por ella? Tenía tanta vida, y no puedo dejar de pensar en ella... sola. Donde sea que se la hayan llevado. ¿Le importaría?

La inspectora carraspeó.

—Señora, primero creo que deberíamos buscar una nota de algún tipo, o tal vez cartas de amigos y familiares a los que haya que avisar.

La señora Henry hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No importa si la gente tarda un minuto más en enterarse. Pero creo que para ella sería importante si alguien escuchara su música. ¿Por favor?

En medio del escritorio, separadas de las pilas de papeles, había dos hojas. Cogiendo una, la inspectora leyó las palabras.

Esta noche cogí el bolígrafo
Parecía que no podía escribir
Es como si tuviera una religión
Y hubiera perdido la luz
Una anciana me dijo una vez
Que siempre se sentía así
Dijo, Sacada del molde
Cuando aún se puede deshacer
Una vela no podría protegerte del frío
Pero compra otra vela, cariño, no cuesta mucho
Por intentarlo otra vez.
Sonreí, antes de alejarme
Esta noche en una habitación llena de velas
Se agota otro vaso de cenizas
Y a veces cuesta tanto aceptarlo
Sabiendo que una simple canción más
Ha echado a volar
Y me quedo sola para oír la canción
Que canta una vela solitaria

Con la esperanza de tener los ojos protegidos por la luz vacilante, la inspectora volvió a dejar la hoja en el escritorio al lado de la otra. Esforzándose por mantener su aire profesional, dijo:

—Parece que esto es lo último que escribió antes de irse.

La señora Henry no estaba dispuesta a aceptar esta frialdad profesional.

—Por favor. Intente no ser policía por un instante. Una canción. Hay tantas. ¡Mire!

La casera le ofreció un manojo de papeles y la inspectora los cogió de mala gana.

Canciones. Todas con la misma letra cuidadosa. La notación musical fácil de leer incluso a esta escasa luz. Se quedó allí parada y empezó a ojearlas mientras cada una de ellas le gritaba lo que todo aquello era.

Un regalo, mientras Afrodita se frotaba contra el tobillo de la policía, de los dioses. Justo lo que le había dicho a Sam que necesitaba. Material original. Y escrito como si fuera para ella. ¿Pero ahora? Su otra vida esquizofrénica como cantante debía ser su desahogo, una oportunidad de expresar lo que llevaba en el alma. ¿Le quedaba ya algo? Desaparecida. Un alma perdida. Vista por última vez cerca de... Podía emitir una orden de búsqueda y captura.

Su trabajo se había ido convirtiendo cada vez más en lo que era: una policía. Algo en lo que sumergirse, cuando su alma recibía cada vez más golpes. Como policía, era desapasionada. Controlada. Como cantante, su alma se había liberado y volaba peligrosamente, terroríficamente libre. Experimentándolo todo, frágil y expuesta a los caprichos del placer y el terror, del viento y los cielos... y la gente. Descontrolada, podía resultar dañada, herida... una llama peligrosamente delicada que podía apagarse de un solo soplo descuidado. No, era más seguro ser policía. Más seguro.

Pero estas páginas la llamaban, avivaban las brasas que llevaba dentro, y ahora era la cantante quien examinaba las hojas llenas de música.

Siempre había visualizado su fraseo como si fuera un ejercicio de esquí. La caída oblicua entre notas. El planeo y las laderas cuesta abajo. Miró las cuidadosas anotaciones al margen. Aquí, hundiría un poco el tono, no tanto como para que sonara imperfecto, pero sí lo suficiente como para destacar las palabras... Luego estaban todas estas notas graves con las que podría hacer temblar al oyente cuando... Cada canción estaba incluso en su tono. Cada una de ellas. Un regalo. Pero había costado demasiado y probablemente ya era demasiado tarde.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un ruego.

—¿Anna? Por favor.

La inspectora levantó la vista. Su boca se torció en una sonrisa irónica.

—Es Anastacia. Es ruso. La gente... la gente me llama Stash.

—Anastacia. Elija una canción, ¿por favor?

Todavía no había tocado la segunda hoja y un miedo poco habitual se apoderó de ella al pensar en esa última hoja. Por algún motivo no racional, parte de ella temía leerla. Tan inocente, tan abierta y vulnerable junto a la vela encendida. Y sin embargo, la amenazaba de alguna manera.

En su mente no paraba de repetirse un pensamiento. No estaría aquí si... ¿Por qué no me bajé del tren hace dos semanas?

¿Cómo podría haberlo explicado? ¿Diciendo que iba en contra de todo aquello por lo que tenía que pasar para sobrevivir? ¿Que la fe y los sueños eran el material del que está hecho el fracaso?

Mira lo que los sueños le habían hecho a Lariel.

No. Volver y encontrar la nota en la pared del metro y venir hasta aquí eran actos de locura. Y los actos de esta pobre chica eran la prueba definitiva de ello.

Pero eso no quería decir que no pudiera darle este momento.

Había una nota en la esquina de la hoja indicando los comandos para el teclado y, medio esperando que las pilas estuvieran gastadas, lo encendió y lo programó. Se oyó un árido chasquido que reverberó en la habitación ahora silenciosa y luego empezó a tocar. Acercando más a la luz la primera hoja, siguió las notas con la práctica del ojo profesional.

Un trío de flautas de madera abría la canción y unos violines marcaban un sutil contrapunto. Sin darse cuenta, movía los labios, repitiendo las palabras en silencio al leer.

Como si tuviera una religión
Y hubiera perdido la luz...

'Religión' ocupaba cuatro notas y oía cómo haría exactamente ese fraseo contra la armonía de las flautas. No había duda. Esto estaba escrito para ella. Incluso antes de coger la última hoja, las lágrimas le caían a chorros de los ojos. ¿Por qué?, pensó. ¿Por una maldita histérica? ¿Por qué se le mostraba esto cuando ya era demasiado tarde?

Un cigarrillo de más
Consumiéndose despacio
La última taza de café
Estaba fría y llena de posos
Todavía bajo mis manos
La noche se ha escapado
Dejándome tan vacía como esta hoja
Una vela más se apaga
La noche se está volviendo gris
No puedo mirar la llama agonizante
Tengo que marcharme
Así que esta noche he encendido todas mis velas
dejando sólo cenizas a su paso
y a veces me cuesta tanto aceptarme
Las simples canciones me dejan
Todas han echado a volar
Y me quedo sola
a oír la canción
que canta una vela solitaria.

La habitación estaba en silencio. Una quietud. Un silencio mortuorio. La casera dijo en voz baja:

—Canta maravillosamente.

Stash levantó la vista desconcertada.

—No me he dado cuenta de que estaba...

Con mucho cuidado, la señora Henry juntó todos los papeles y se los entregó formalmente a la inspectora.

—Creo que son suyos.

Ambas mujeres se quedaron mirando el fajo de papeles en las manos temblorosas de la inspectora. De alguna manera, la casera sabía que era lo correcto. La más joven se quedó allí quieta, estremecida, debatiéndose, pero incapaz de encontrar las palabras para rechazar el legado.

A la luz de las velas las lágrimas eran visibles y la casera no era insensible a la confusión interna de la otra mujer, de modo que se volvió hacia el armario y se puso a parlotear.

—Se ha dejado toda su ropa. Supongo que pensaba que yo la daría a la caridad o algo así. Es demasiado pequeña para usted y demasiado juvenil para mí.

Tratando de controlarse, Stash cogió una vela y fue al estrecho aseo del rincón. Se inclinó sobre el lavabo y se miró en el espejo. Se echó un poco de agua en la cara mientras la casera seguía hablando en la otra habitación.

—Es curioso que usara hasta los platos como palmatoria y que no usara su preferida.

Stash aprovechó el comentario como distracción cuando salió del aseo.

—¿Por qué era su preferida?

—Creo que porque era parte de un par —contestó la señora Henry, levantando un objeto. Era un farol en miniatura. Los cuatro lados eran de cristal azul, con una base y una corona de metal.

—En sus paseos nocturnos siempre usaba el verde. Supongo que estaría con ella donde la encontraron ustedes. El cristal era del color de sus ojos. —La casera levantó la vista con curiosidad—. Qué curioso, éste es del mismo color azul que los suyos, ¿verdad?

Ensimismada, no oyó realmente la pregunta. Donde la encontraron. ¿Otro peregrinaje? No. Dejaría estas canciones. Dejaría este lugar y seguiría adelante. Eso era lo lógico. Pero se le escapó la pregunta.

—¿Dónde la encontraron?

La señora Henry la miró extrañada.

—¿Y cómo lo voy a saber? Usted es la policía. ¿Es que no ha venido aquí al encontrar su dirección en ella? ¿Estaba Artemisa con ella? He estado esperando a que regrese. Esa gata no la dejaba nunca en paz. Ya le he dicho que siempre estaba cuidándola...

Stash cerró los ojos. En su interior, una vez más, se encendió una llamita.

—Quiere decir... ¿no le han entregado ningún aviso oficial? Simplemente ha supuesto... —Intentando controlarse, preguntó con firmeza—: ¿Dónde cree que fue anoche? ¿Por dónde solía pasear?

A la casera se le pusieron los ojos como platos y se llevó una mano a la boca.

—Oh, Dios mío, ¿cree usted...? Pero hace un frío horrible. Lleva tanto tiempo fuera... —Hizo una pausa para concentrarse—. Me dijo que bajaba hasta la orilla, paseaba por las riberas y se paraba para escribir. Dijo que tenía un sitio desde donde podía ver la orilla y a la gente en el muelle sin que nadie la viera.

Stash cogió su móvil.

—Podría avisar a un equipo, podríamos organizar una búsqueda completa...

La señora Henry la interrumpió.

—No. ¿No se da cuenta? No tenía intención de regresar. Se llevó su última vela... Si todavía tiene pensado... Se esconderá si ve a la policía. Ha dejado de esperar... de esperarla a usted.

Unos ojos llenos de lágrimas se encontraron con los otros.

—¿Entonces qué hago?


Una niebla gris flotaba por encima del agua a la espera de que saliera el sol y la calentara. En ella todo ruido quedaba en suspenso, salvo el monótono zumbido de la ciudad a lo lejos.

Lariel había perdido toda sensación en el cuerpo. Sabía que debería sentir calambres, pero en cambio había una distancia como de ensueño entre su cuerpo y ella. Concentraba toda su atención en su farol. El último centímetro de mecha de la vela se sostenía erguido, con la cera hecha un charco transparente en la base. ¿Cuánto tardaría en caer y ahogarse en su propia sustancia? Estrechó entre sus brazos un cuerpo esbelto y oscuro.

—No estaría tan mal, ¿eh, Artemisa? ¿Dejarme ir? No, nada mal. Sin sueños, sin expectativas, inevitable... ineludible, el final.

A pesar de su firme propósito, las Furias introdujeron unos últimos pensamientos desesperados en el primer plano de su empañada consciencia. ¿Por qué? ¿Por qué no ha venido a buscarme? ¿Qué es lo que he hecho mal?

En este estado de ensueño oyó que alguien gritaba su nombre a lo lejos, pero se limitó a cerrar los ojos con fuerza, derramando las últimas lágrimas. Fue el chisporroteo de la vela y el salto de la gata con las garras extendidas al oírlo, lo que la devolvió de golpe a la consciencia.

—¡Ay! ¡Artemisa!

Entonces bajó la mirada y lo vio.

Moviéndose por la moribunda oscuridad del muelle, la persona que lo portaba invisible en el sudario de la niebla, un tenue resplandor de luz azul. Balanceándose ligeramente de lado a lado como el fanal de barco que se suponía que era.

No.

Había habido demasiadas esperanzas y decepciones para arriesgar un segundo más de fe. Esto no era más que producto de su deseo. La voz que la llamaba era cosa de su imaginación. No era real.

—¿Lariel? —llamaba.

Cerró los ojos, pero la luz seguía ahí cuando los abrió.

Sin atreverse a confiar en sus sentidos, esperó. La voz volvió a llamar y la luz azul se acercó. No, por favor. Esto es demasiado cruel. Tragó saliva y llamó.

—¿Quién eres?

Al oír la voz, la inspectora se quedó inmóvil en el centro de la plaza. Justo delante de ella había un bosquecillo de árboles que se extendía por la ribera poco más de cien metros. La voz había salido de allí. La pequeña llama del pecho que la había traído hasta aquí se avivó por un momento a pesar del frío de la noche. Se acercó al bosquecillo con decisión.

—¿Lariel? ¿Eres tú?

—¿Quién lo pregunta?

La voz parecía tensa aunque clara, pero el viento la llevaba a oídos de Stash a través de la niebla y no tenía manera de saber de dónde procedía. Gritó hacia los árboles:

—Soy... —Y se detuvo. Siguió con un tono diferente—. Me envía la señora Henry.

No hubo respuesta. Su corazón dijo, Respuesta equivocada.

Dilo, le instó su mente. Sabes lo que quiere oír. Dilo y haz que se baje. Luego podrás dejarla en manos de un buen comecocos y seguir con tu vida.

—¿Lariel? —No hubo respuesta—. Por favor, Lariel. No veo dónde estás. Por favor, sigue hablando.

Nada. Encuentra un término medio. ¿Cuánto podía revelar, cuánto era real?

—Lariel. He leído tu música...

Casi pudo sentir un revuelo en los árboles.

Se detuvo y volvió a intentarlo.

—Éste es mi farol, ¿verdad? Y la música es mía también... ¿Verdad?

Soltó un suspiro cuando obtuvo una repetición de la pregunta.

—¿Quién eres?

Pero seguía sin poder dar la respuesta que sabía que era necesaria.

—Por favor. ¿Lariel?

Silencio. Pero la pregunta seguía flotando en el aire helado. ¿Quién eres? No. No me lo creo. Estoy haciendo esto para salvar una vida. Esto es lo que siempre has temido. Es una debilidad.

Pero esa vocecita ya la había capturado. Desde la primera palabra, igual que la música que había escrito. Desde la primera palabra, el primer acorde. Luchando con su miedo, consigo misma, con sus instintos, soltó:

—Soy... —Pausa. ¡Comprométete!

Su mundo se vino abajo y lo dijo.

—Alma gemela.

Oyó una aspiración casi inaudible y luego un crujido y un quejido. Corrió a colocarse bajo el árbol de donde había salido. Todavía no veía a nadie, pero hubo un movimiento de una luz verde, que sabía que procedía del farol igual al que llevaba ella.

—Alma gemela —se oyó en un susurro. Debería haber sido una pregunta, pero no lo era.

Hubo otra batalla, un choque entre su mente y su alma, antes de que Stash pudiera contestar vacilando:

—Sí.

—No suenas muy convencida —dijo la suave voz.

El alivio corrió por todas sus venas. Sintió que su cara se relajaba en una sonrisa que no sabía que tuviera. Casi en broma, dijo:

—Oye, tú. ¿Podrías dejar de jugar al gato de Cheshire conmigo y...?

No pudo terminar. La voz del árbol consiguió detenerla sólo con una pregunta amable.

—Esto es muy difícil para ti, ¿verdad?

Las palabras acabaron con su falsa seguridad. Se vio a sí misma de pie bajo el árbol, portando su ofrenda del farol como una suplicante y no una salvadora. Se quedó paralizada, incapaz de mover la boca.

Desde el árbol bajaron flotando más palabras.

—Debería estar muy enfadada contigo. Te esperé. Corrí el riesgo y tú me dejaste sola. Creo que podría haberte odiado. Pero no se trata de orgullo, ni de incredulidad, ¿verdad?

Olvidando que sólo era visible a la luz de una sola vela, Stash asintió. Luego, al darse cuenta de lo que había hecho, dijo con voz ronca:

—No.

—Pero... —La muchacha parecía igual de insegura—. ¿Tú quieres esto? ¿Puedes aceptarlo? ¿O sigues teniendo demasiado miedo?

Una locura, pensó Stash, una absoluta locura. Estoy dejando que esta chiflada me analice. Que me conozca. Pero me siento tan... bien. Tan bien que no quiero... no quiero renunciar a ello jamás.

Miró directamente al resplandor verde que bailaba entre las hojas oscuras y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. ¿Lágrimas otra vez? Hacía años que no lloraba tanto. ¿Y por qué ahora? Toda esta emoción le daba tanto miedo que tuvo el impulso irracional de salir huyendo y, sin embargo, se quedó plantada en el sitio. ¿Tengo demasiado miedo? ¿Puedo reconocerlo siquiera?

—Estoy... aterrorizada. No lo quiero. —El resto de las palabras salió a borbotones y no quiso detenerlas—. Pero... lo necesito. Yo también estaba esperando. Por favor.

—¿Por favor? —repitió la voz desde las ramas.

Stash tragó saliva con genuino dolor.

—No sé cómo... Ayúdame.

—Lo que sea. Todo lo que soy o tengo, ha sido siempre tuyo.

A Stash le inundó una sensación de maravilla que no había sentido ni siquiera de niña al tiempo que intentaba rechazar las palabras. Estaba a punto de hacer una pregunta cuando oyó un quejido y una palabrota encima de ella. Lariel siguió hablando con un tono mucho más humano.

—Pero ahora mismo lo único que tengo es esta maldita gata y una vela que no puedo dejar que se apague y estoy congelada... pero sé que tengo que bajar de este árbol para llegar a ti.

Stash se acercó al tronco y con facilidad, saltó del suelo hasta las primeras ramas. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse, pero encima de ella había una figura bañada en un resplandor verde.

Se oyó un gruñido.

—Oh, venga ya, Artemisa. No tienes que protegerme de ella. Es ella.

Stash dejó de trepar para preguntar:

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque lo eres, ¿no? Ésta es Artemisa.

La gata se alzó y plantó las patas con firmeza a cada lado de la gruesa rama, desafiando a la agente a que se acercara.

—Ya me lo he imaginado. ¿Me va a dejar pasar?

—Supongo que ésta es la primera prueba que tienes que pasar. ¿Puedes convencer a la diosa de la caza de la honradez de tu misión? —Ahora el tono era ligeramente burlón, pero de alguna manera también serio. Una locura, pensó Stash, mientras seguía acercándose.

Otro asidero, un arañazo en la espinilla con la corteza y por fin estaba cara a cara.

Sí. Sólo con mirar esa cara la invadió una sensación de bienestar, de estar completa.

—Hola —dijo el duende del árbol.

—Hola. —Y Stash se notó una sonrisa de alegría en la cara.

—Oh... —dijo Lariel en voz baja y las dos vieron cómo su mecha se avivaba por un instante y luego se apagaba.

Lariel levantó la mirada e incluso a la escasa luz de su propia vela, Stash no pudo, no quiso apartar la vista de esos ojos que brillaban con una compasión y una magia internas. Levantó su propio farol.

—Yo tengo una vela nueva en el mío. —Hizo una pausa antes de permitirse una sonrisa avergonzada—. Creo... que casi no se ha usado.

Cuando ya se habían ayudado la una a la otra a llegar al suelo, el sol estaba asomando por el horizonte, pero así y todo Stash se sorprendió cuando Lariel levantó un panel de cristal y apagó soplando la última vela. Ante su mirada de incredulidad, Lariel sonrió con timidez y dijo con tono inseguro:

—¿Es que alguien necesita realmente una vela cuando ha salido el sol? Eso sería de chiflados, ¿no?

De la garganta de la inspectora se escapó una risa entre dientes que acabó convirtiéndose en una gran carcajada. Y aunque Lariel parecía algo ofendida, se colocó junto a Stash, levantando uno de los brazos de la mujer más alta y deslizándose cómodamente debajo. Artemisa corrió delante de ellas y se detuvo a esperar, con los sentidos alerta ante cualquier peligro.

Una locura, pensó Stash. Una locura absoluta. Pero cuando su brazo estrechó a la mujer, encajaban tan perfectamente la una con la otra, caminaban con tanta naturalidad, que Stash no pudo evitar preguntarse cómo sería tener esto durante el resto de su vida. Una locura. Y sonrió.

Epílogo: 15 de diciembre

Stash:

Eso es, Sam. No tengo ningún acuerdo con la compositora. Lo sé. No digas eso, Sam. Eres mi agente, no mi padre. Sí, podría darme la vuelta en la cama una noche y preguntárselo, pero si vuelves a decir eso, iré a verte a la oficina y... ¡No! No voy a hacerlo. Las canciones son mías en todo lo que importa y no necesito ningún papel que lo diga. No te atragantes, Sam, que te va a dar algo.

Oye, yo creo que deberías estar contento de que mantenga mis vidas separadas. Sigo siendo policía, ¿recuerdas? Sí, es una amenaza. No, sé que no es racional y para serte franca... esa parte de mi mente sigue muerta de miedo, miedo de que esto no sea real. Pero lo es, Sam.

En cualquier caso, tienes que... tienes que creer, Sam. A veces tienes que correr el riesgo; dejarte ir y creer...

Lariel:

Me alegro de que hayáis decidido quedaros, chicas. Las dos. Estaba pensando que a estas alturas probablemente tendríais otro trabajo o algo. Otra persona ahí fuera que necesitaba que la protegieran y la quisieran. Que seguiríais vuestro camino como un vagabundo ahora que estoy... oh... ¿cuál es este sitio en el que estoy, Afrodita? ¿Eh? ¡La felicidad no basta para describirlo! ¡La poeta se ha quedado sin habla! Ahora estoy escuchando mis canciones y por fin son... ¡reales! Es como... antes sólo miraba y todo ocurría en una pantalla y ahora, estoy en ella. ¡Vuelvo a ser parte de la vida! ¡Me encanta! ¿Sabéis lo que quiero ahora? ¡Quiero más!

Bueno, ¿qué os parece, chicas?

Donde la tierra muestra sus huesos
De piedras partidas por el viento
Y el mar y el cielo son uno
Estoy atrapada fuera del tiempo
Mi sangre canta con el vino
Y corro desnuda bajo el sol
Con los dioses en los árboles
Tengo flojas las rodillas
Y el cielo es de un doloroso azul
Quiero mirar a mi alrededor
Pero ¿cariño?
Sólo te veo
A ti.

Sí, chicas. Esto va a funcionar...


FIN


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