No puedo hacerlo sola

Kamouraskan



Aviso: Sufrimiento emocional.
Uber.
Mi agradecimiento a Verrath, Cath y Linda.
Siempre se agradece y se contesta correo: Kamouraskan@yahoo.com

Título original: I Can't Do This Alone. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Premio Xippy Premio Swollen Bud


La sala de espera era la habitual mezcla de angustia y aburrimiento. Era una estrecha estancia del hospital, separada de urgencias por una serie de columnas de piedra. Una rubia con la mirada perdida estaba sentada en el rincón, apenas consciente de lo que la rodeaba. A cierto nivel, los ruidos reverberaban en el vacío de su mente.

El constante y monótono murmullo de voces, interrumpido sólo por alguna que otra carcajada procedente del centro de enfermeros. El suave timbre de los teléfonos a lo lejos. El roce de batas de lino con pantalones de lino. Suelas de goma en los suelos de baldosas. La puntuación de una tos... De vez en cuando levantaba la vista para mirar las copias de Monet que colgaban en las paredes de color verde industrial como si buscara en ellas algo que había perdido.

Despacio, sus ojos se dirigieron al joven médico que miraba por la sala. Esperó con los músculos del estómago contraídos hasta que la vio y se dirigió hacia ella, con una máscara profesional en la cara. Después de rodear a un anciano con un andador y un goteo de glucosa, se deslizó en la silla que había junto a ella.

Con los ojos secos, ella parecía escuchar atentamente mientras él repasaba la lista de daños, terminando con su discurso profesional sobre los intentos de llevar a cabo una reanimación.

—Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero ya había muerto. Si le sirve de consuelo, estoy seguro de que fue instantáneo.

Eso sí que penetró. Eso sí que lo oyó. Una eternidad de un instante, pensó. Estaba sentada en su despacho de la universidad cuando vio y sintió todo lo que había sucedido. Se quedó mirando con una curiosidad casi fatalista cuando empezaron a aparecer las grietas en el parabrisas justo encima del salpicadero. Con infinita lentitud se convirtieron en un entramado de telarañas por todo el cristal. Que explotó sin hacer ruido, transformando el cristal en cuadraditos volantes que le recordaron a diminutos cubitos de hielo. Luego vinieron las oleadas de rabia y pérdida y la pena casi abrumadora cuando Morag alargó la mano hacia ella. Dolor repentino, un dolor atroz. Luego... nada.

Nada.

Que era donde todavía estaba.

—¿Lo comprende, señorita?

Sí. Lo comprendía. Asintió ligeramente.

—Siento lo de su amiga.

Esa sola palabra casi la destrozó. Mi amiga.

Mi vida.

Concentración. Tenía que concentrarse.

Despidiéndolo groseramente, junto con la noticia que había comprendido horas antes, sacó el portátil y lo encendió.

—Disculpe, pero tengo que trabajar... planificar unas cosas.


Agenda:

6/5 10:00 a.m. Chequeo mensual

La menuda rubia entró por la puerta en la sala de reconocimiento, tratando de concentrar su escasa atención en la charla profesional del médico.

—Parece muy cansada. Eso no es bueno para ninguno de los dos —le advirtió alegremente.

Intentó buscar una respuesta que contestara a la pregunta tácita, sin dar ninguna explicación.

—No consigo dormir. Tenemos problemas con nuestra casa.

Como que ya no vivo ahí. Porque han cambiado las cerraduras y la familia de Morag ha incautado todos nuestros bienes.

La respuesta fue pasada por alto, como ella esperaba que ocurriese. La charla siguió adelante.

—Pues espero que lo solucionen pronto. Bueno, ¿se sube a la báscula?

Echó un vistazo rápido al historial de la paciente.

—¿Y dónde está Morag? ¡Normalmente llega antes que usted! Siguen siendo mi única pareja gay, ¿sabe? —Deslizó las pesas hasta colocarlas correctamente—. Quédese quieta, por favor... ¡vale! —Anotó y marcó las cifras—. Todavía no comprendo cómo han conseguido permiso para la inseminación en este estado de la Unión. Eso de tener una abogada en la familia tiene que venir muy bien, ¿eh?

Abogada. Como el padre de Morag y su hermano. Todos abogados. Ya no había una guerrera que defendiera a la pequeña Cathy. Una vez más, la rabia se apoderó de ella por un momento, como cuando vio la notificación de incautación en la puerta de su casa. Una brutal declaración de que estaba sola y de que ellos tenían todo el poder. De que el testamento de Morag no se podía defender en este estado. No tenía derechos, no tenía casa, no tenía posibilidades. Pero esa rabia no procedía de su interior. Parecía proceder directamente de su alma gemela perdida. Lucha, oyó. Pero luego desapareció. ¿Que luchara? ¿Con qué? No tenía dinero, ni abogado, ni familia propia... ni motivo.

—¿Tiene pérdidas? ¿No? ¿Y qué tal come? Bien. —Otra anotación—. Ahora, si es tan amable de desnudarse y subirse a la mesa...

El médico alzó los ojos de sus notas.

—¿Cathy? Tiene que quitarse la camisa.

—No.

—¿Por qué? ¿Hay algún problema? No es más que el reconocimiento de siempre, ya lo hemos hecho en otras ocasiones.

—No puedo quitármela. Es... es lo único que... Por favor.

—No es más que una camisa, Cathy. Ni siquiera es de su talla. —El médico alargó la mano para tocar el dobladillo, con idea de ayudarla.

—¡No! —La mujer temblaba.

El ginecólogo contó hasta diez. Embarazadas. ¿Quién podía entenderlas?

—Está bien. Nos las apañaremos si tanto le importa.

—Me importa. —Su respiración volvió a normalizarse. Su cara volvió a quedar impasible.

—Vale. Los pies en los estribos y échese hacia abajo...


6/5 2:00 p.m. Funeral

¿Por qué estoy aquí?, se preguntó por enésima vez. "Aquí" era el corazón de las tradiciones familiares de los Bruce. La inmensa iglesia presbiteriana con sus arcos de piedra estaba atestada desde la nave hasta la parte de atrás de gente que no conocía. Una misa de "funeral" porque la cremación y el entierro habían sido sólo para la "familia". El organista tocaba el Himno a la Alegría mientras los amigos y los colegas de los padres de Morag se acomodaban en sus bancos. Sola en la parte de atrás, Cathy era invisible. Posiblemente una secretaria más del bufete. Nadie se daría cuenta. Nadie se la quedaría mirando.

Desde el fondo se oyeron los gemidos atormentados del gaitero al inflar la gaita y mientras marchaba por el pasillo central, la familia entró en fila india. Sólo la familia de sangre. Ni yernos ni nueras y, desde luego, nada de compañeras de muchos años. Se quedó mirando mientras el hermano y la hermana de Morag seguían a sus padres, seguidos del resto de tíos y primos, ocupando su lugar en los lejanos bancos de delante. Cuando se levantaron para entonar el himno inicial, dejó de ver la espalda de Suzanna e Ian. ¿Había sido la semana pasada cuando los dos estuvieron celebrando la noticia de su nueva sobrina o sobrino?

—Eres miembro de la familia, Cathy. Y tu hijo también lo será.

—¿De verdad, Ian?

Una vez terminada las oraciones, la congregación se unió para cantar Amazing Grace.

Estuve perdido, pero ya me he encontrado... Sólo en la muerte estaban dispuestos a volver a aceptar a la oveja negra en el rebaño.

—Tú me has salvado —le dijo Morag una noche.

Desconcertada, Cathy lo negó.

—No es cierto. Tú ya estabas saliendo de todo eso. Estabas asistiendo a las reuniones...

—No. Jamás lo habría logrado sin ti. En el sitio justo, en el momento justo. Jamás habría sobrevivido, jamás habría podido ser nada, hacer nada...

El pastor ocupó el facistol y empezó la elegía. Se sintió confusa. ¿De quién hablaba? Reconoció las numerosas referencias a los padres de Morag, pero la mujer que describía, esta mujer semejante a una santa que había caído por un momento pero vuelto al redil, no era nadie que ella conociera. ¿Dónde estaba Morag? ¿Dónde estaba la mujer a veces iracunda, a veces traviesa, pero siempre apasionada que había amado? ¿Es que no estaban contentos con cremar su cuerpo y enterrar sus cenizas? ¿Es que también tenían que meterla en otra caja?

Se encontró en el aparcamiento de la iglesia; cómo era algo que no conseguía recordar. Estaba perdiendo el control. La agenda. Se volvió a aferrar a eso. La agenda. ¿Había algo más? Ensimismada, se sobresaltó cuando un niño le dio un golpecito en el hombro.

—¿Señora? ¿Es éste su coche?

Cathy asintió mecánicamente.

El niño sonrió encantado.

—¡He ganado! Nos han mandado a buscar este coche por todas partes, tienen una cosa para usted...

Cathy ya se disponía a huir, abriendo la puerta del coche, pero antes de poder cerrarla, el niño ya había lanzado el sobre legal al interior del coche. Trató de cogerlo al tiempo que lo ponía en marcha, pero había alguien delante y tuvo que usar las dos manos para meter marcha atrás y salir. El sobre irrecusable seguía con ella. Eso no puede contar como que ha sido entregado debidamente, ¿verdad?, se preguntó. Inmediatamente, se le vino a la mente la persona a la que normalmente habría pedido consejo, pero reprimió la idea con despiadada eficacia. Mientras se dirigía al cementerio, tuvo que controlar el impulso de pisar el acelerador hasta el fondo y apuntar a todos los muros de cemento ante los que iba pasando.


6/5 3:00 p.m. Cementerio

Aparcó al lado del mausoleo de los Bruce, sabiendo que no iba a entrar, temerosa de las voces de dentro, temerosa de que se pusieran a gritar y a burlarse de ella. ¡Echadla! Como lo habían hecho sus descendientes. Tomó aliento y cerró los ojos. ¿Estaba aquí? ¿Escucharía?

Hubo un momento de quietud, antes de que empezara. Ni un solo pájaro, ni una sola brisa.

—¿Morag? —susurró—. ¿Estás aquí? Porque quiero decirte que lo siento. Pero no puedo. De verdad que no puedo. No puedo ser madre, no puedo ser nada sin ti. Así que, por favor... espérame. Sé que después de todo lo que nos esforzamos por encontrar un donante, esto es... pero no puedo. Sin ti no. Así que, por favor, tienes que perdonarme. Fuimos a todas esas manifestaciones para que la gente tuviera el derecho a elegir y, en cierto modo, eso es lo que estoy haciendo. Estoy eligiendo. No puedo quedarme aquí sola. No lo haría nada bien criando... así no. Y si de verdad somos almas gemelas, tendremos otra oportunidad, ¿verdad?

—¿Podrías abortar? —le preguntó Morag—. Nunca he conocido a nadie que respete más la vida. ¿No crees que es un poco contradictorio luchar tanto por la libertad de elección?

Ella contestó, tan segura de sí misma:

—Porque no hacerlo es mi elección. Y a lo mejor algún día me encuentro en una situación en la que podría pensar otra cosa. Pero apoyamos a nuestros amigos que deciden tener un hijo y apoyamos a los que no. Nadie tendría que tomar esa decisión, pero la gente la toma todos los días. Y nadie debería tomarla por ellos. Ni el gobierno ni, desde luego, yo.

Se quedó mirando al cielo, con cara impasible.

—¿Lo ves, Morag? Sabía que algún día se produciría una situación que ni me podría imaginar. Y así ha sido. Estoy eligiendo. Porque tengo que estar contigo.

Puso el coche en punto muerto y aceleró el motor, vigilando el contador de revoluciones. Luego arrancó y se dirigió a la autopista.

¿Música? Encendió la radio y se puso a buscar una canción, algo que pudiera cantar a pleno pulmón. Música para morirse de buena, casi rió. Vio las señales de obras a lo lejos y siguió aumentando la velocidad.

Sólo en el último momento, cuando vio un destello de una cosa verde que se movía detrás del montón de pilares de hormigón hacia el que corría, pisó los frenos y el coche empezó a derrapar. Se oyó un chirrido cuando las ruedas se bloquearon y tuvo una sensación de mareo cuando el coche volcó y se enderezó con un ¡plom! y por fin patinó hasta detenerse sobre las cuatro ruedas.

Con el corazón desbocado, maravillada de seguir con vida, allí sentada hiperventilando con el coche en diagonal con respecto a la carretera, vio los ojos curiosos que la miraban desde el otro lado de las barreras. El niño no tendría más de cinco años. He estado a punto de matar a alguien, pensó, y la ironía la ahogó. Estaba a punto de girar las llaves para volver a arrancar el coche, cuando la furgoneta chocó contra su costado.

En un momento estaba en el asiento del conductor y al momento siguiente su mundo estalló en una ola de oscuridad. De repente fue consciente de que había alguien en el vacío con ella.

¿Morag?

Sí, amor, ya te tengo.

Lo siento. No podía esperar...

No estás muerta, amor. Tenemos un poco de tiempo y tenemos que hablar.

¡No! ¡No lo digas! No puedes pedirme que me quede. No puedo. No puedo vivir media vida. ¡No puedo vivir sin ti!

Sí que puedes. Y cuando sea tu hora, estaré aquí.

¿Por qué me obligas a hacer esto? ¿Qué es lo que hay allí? No puedo estar sola... Por favor...

¿Estás diciendo que soy única e irrepetible? [risa familiar] Sólo te digo lo que ya sabes, pero estás demasiado llena de dolor para pensarlo. Hay cosas por las que merece la pena quedarse.

¿Cómo? ¿Quieres que conozca a otra? ¿Que me vuelva a casar? ¡No! Sólo hay un alma gemela por vida, sólo hay una como tú.

¿Tan egoísta me crees? ¿Tengo que dejar que te rindas, cuando sé que todavía te aguardan risas y alegrías en la vida? Quiero verte viviendo tu vida. Quiero ver tu cara cuando le demuestres a otro estudiante de qué es capaz. Quiero verte haciendo las cosas que sólo tú puedes hacer. Cath, no puedo ignorar a todas las personas que te van a necesitar.

Por favor, no me pidas que haga esto. ¿Por favor...?

Estaré aquí por ti. Siempre que necesites hablar. Si no hubieras levantado todas esas barreras en estos últimos días, lo habrías sabido.

No puedo...

Sí puedes. Estaré aquí. Nunca te he dejado. Estoy dentro de ti y a tu alrededor y lo estaré durante el resto de tu vida. Y después para siempre. Siempre tendremos eso esperándonos. Te lo prometo.

¿Me lo prometes?

Para siempre. ¿Y Cath...?

¿Sí, Morag?

No tienes que ir al cementerio. Ese sitio es taaaan deprimente...

Cathy recuperó el conocimiento, con una sonrisa trémula que contradecía sus lágrimas. Vio al conductor de la furgoneta hablando por un móvil y realizó un rápido reconocimiento de su estado.

No parecía tener nada roto, pero notaba que iba a tener el cuello fastidiado. Su puerta y la del pasajero estaban aplastadas, de modo que por el momento no se iba a poder mover de allí. Casi no era posible moverse y vio que el maldito sobre había acabado justo en su regazo. Le temblaban las manos al abrirlo.

Encima había una nota de Ian, el hermano de Morag.

Cathy, lo siento tanto.

No sé por qué Morag no se aseguró de que su testamento no se podía rescindir. Pero he estado trabajando con los papeles de adopción que preparó Morag y los hemos hecho autentificar. En este estado tu hijo heredará todos sus bienes y te hemos nombrado a ti albacea testamentaria. Mamá y papá jamás se opondrán a esto si existe la menor posibilidad de que se haga público, así que no te preocupes por ellos. Son problema nuestro, ¿vale?

Las nuevas llaves de tu casa están en el sobre y si no quieres vivir ahí, tienes dinero para ir donde quieras. Vuestras cuentas conjuntas siguen congeladas hasta que se verifiquen oficialmente, pero se ha abierto una cuenta de talonario a tu nombre. Te adjunto los cheques.

Morag jamás me dejaría dormir si Suz y yo no hiciéramos esto, así que no hace falta que nos des las gracias.

Sé que estará cuidando de ti.

No es más que dinero, pero pase lo que pase, nosotros también estaremos ahí.

Con cariño siempre,

Tu hermano Ian

Apenas pudo leer la familiar letra por las lágrimas, pero distinguió las primeras líneas:

Yo, Morag Alexandra Bruce, declaro libremente y con amor que el hijo que lleva Catherine Anne Conner es tan hijo mío como suyo...

Se oyeron unos golpes rápidos en la ventana. Levantó los ojos y vio la cara preocupada del conductor de la furgoneta.

—¿Señorita? ¿Está bien? ¿Le duele algo?

Las lágrimas siguieron corriendo al tiempo que algo se rompía en su interior, pero consiguió sonreír.

—Sí... Pero voy a intentar ponerme mejor. Lo voy a intentar con todas mis fuerzas...


FIN


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