Paciencia

Kamouraskan



Descargo: Ya lo sé, otro rescate. Pero hace poco recibí tres cartas muy deprimentes de ciertos individuos y sólo puedo responder de una manera. Así que esto es para Eve, Inga y Carmen y para todos los que todavía tienen esperanza e intentan creer en una serie y unos personajes de los que se habían enamorado.
Los personajes pertenecen a RenPic, pero eso y divertirse un poco es el motivo de este relato. La historia es mía, los deseos que intento transmitir son los de miles de personas.
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Patience. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2003


Me siento como si tuviera la mente envuelta en lana y debería ser reconfortante, pero hay una náusea en los aledaños de la conciencia que tengo de mi cuerpo y me muevo como una anciana. Mi cuerpo está en forma y entonado, pero no tengo control sobre él; me han estado drogando, eso sí lo sé. Qué cansada estoy.

Me llevan andando/arrastrando por una oficina, luego una puerta y otra habitación. Todo está muy limpio y las superficies son muy lisas. De algún modo sé que esto es un hospicio y que estoy esperando a una especie de sanador, pero no consigo que me funcione la mente.

Sea lo que sea lo que hemos estado esperando, por fin se produce y mi escolta vestida de blanco prácticamente me levanta en volandas y me lleva a la habitación contigua. Hay un hombre que me resulta familiar sentado detrás de una especie de escritorio; sé que he hablado con él antes de hoy, pero me cuesta separar los sueños de la realidad. Sacudo la cabeza para intentar aclarármela, pero eso sólo parece producirme más confusión. El guardia me deja de pie junto a la ventana que da a una especie de patio. Me quedo mirando los copos de nieve que bajan flotando ahí fuera, siguiéndolos con los ojos, intentando recuperar algún recuerdo.

—La nieve... —Oigo el graznido de mi voz—. Era así el día... —Pero no consigo completar la idea. Pasó algo terrible, eso sí que lo sé.

El sanador que tengo detrás también rompe su silencio.

—Sí, ése fue el día en que se le administró su primer tratamiento de electroshock. Pero creía que habíamos prometido no volver sobre eso.

No tengo ni idea de qué está hablando, pero tengo un recuerdo de unas promesas hechas en esta extraña habitación. Se levanta y me acerca una silla.

—¿Quiere sentarse?

No sé por qué, pero una parte de mí se rebela y hago un gesto negativo con la cabeza. Él habla con más firmeza:

—No quiero pensar que una vez más no está dispuesta a cooperar...

Siento un escalofrío irreprimible y me acerco a la silla automáticamente. Él me recompensa con una sonrisa.

—Gracias, Martha.

Vuelvo los ojos y los clavo en los suyos.

—Gabrielle —le corrijo, sabiendo que esto, más que nada, es importante.

Parece decepcionado.

—Sé que está un poco confusa después de su último tratamiento, pero también debería saber que no puedo alimentar su fantasía.

—Gabrielle —repito, con toda la firmeza que permite mi estado.

El sanador menea la cabeza con tristeza, pero esta vez no me corrige.

—Veamos. —Decide avanzar con cierto vigor—. La última vez, estuvimos hablando de esa relación tan destructiva en la que estaba metida, ¿no?

No sé de dónde sale la respuesta, pero sé que esto también es importante. Tan importante como mi nombre.

—No se ha acabado —digo en voz baja—. Y no era destructiva. —Veo una imagen fugaz de una guerrera, una amiga valiente y maravillosa, pero la pierdo antes de poder fijarla.

El médico suspira y luego se ríe entre dientes con tristeza.

—Martha... —Mis ojos se vuelven hacia él rápidamente, con rabia. Levanta la mano con aire condescendiente—. Gabrielle. —Yo asiento—. Usted y yo sabemos lo errónea que es esa negación. La relación había terminado y fue por su propio bien. Era tremendamente destructiva y de no haber sido por las personas que la quieren y que nos la trajeron aquí, pues... dudo mucho de que hoy siguiera viva.

—Esto no es estar viva —murmuro.

Optando por no hacer caso del comentario, el sanador lee una serie de pergaminos muy finos y los detalles me resultan familiares.

—Veamos, mantenía una relación con esta mujer... —No cabe duda de la opinión del médico sobre las relaciones entre personas del mismo sexo—. Pero antes de eso, había mantenido sólo relaciones normales. Por alguna razón, se vio arrastrada a esta relación, lo más probable es que se debiera a una especie de culto al héroe, pero eso cambió. —Hay una pausa mientras el doctor pasa una página—. Inició una especie de actividad sexual después de esto, cosa que mantuvo oculta a su familia. Durante este período, resultó herida en varias ocasiones, casi murió y reconoce que ella le pegó. ¿No cree que eso es destructivo?

—No fue así... —Había amor, pienso. Sé que hubo amor, en algún momento...

—Está aquí para aceptar la realidad, no para seguir inventando excusas, Martha. Se aferra a esta fantasía de "Gabrielle" para tapar el hecho de que es usted como cualquier otra mujer atrapada en una relación dañina. Lo que es peor es que empezó a participar en los actos de violencia de esta persona, hasta el punto de que varias personas empezaron a temer por la muchacha dulce y bondadosa a la que querían. —El sanador hace una pausa y luego dice, con tristeza—: Usted les hizo daño, Martha, y sin embargo lleva meses resistiéndose a mis intentos de ayudarla.

Junta las manos delante de él, hablando con gran sinceridad.

—Veo muchas relaciones destructivas en este sitio y fuera de él y todas tienen una cosa en común. La negación de la realidad. Usted ha mostrado todos los subsíntomas de ello. Ha afirmado que esta mujer iba a cambiar y ha negado que la violencia fuera una parte esencial de su personalidad y de la relación entre las dos. Y esto a pesar incluso de su completa falta de interés en hablar con usted durante todo el tiempo que lleva con nosotros.

Unas lágrimas involuntarias empiezan a resbalar por mi cara. Sus labios emiten la palabra "¡progreso!", pero a mí me da más la impresión de que se está preparando para una especie de golpe final.

Me siento tan sola en este momento. Murmuro:

—No entiendo por qué no ha...

—¿No ha qué, Martha...? —El médico se acerca, tomando mis manos entre las suyas.

Más recuerdos, ¿o sólo son parte de una fantasía, como me dice él?

—Lo di todo... por ella...

—Sí, así es, Martha, ¿y cómo se siente por ello...?

—Me duele... por dentro...

—¿Pero qué es lo que siente por ella...?

Espera. Intentando controlar su expectación.

—La quiero.

Lo digo entre lágrimas, pero aún así las palabras son ferozmente decididas, casi desafiantes.

El sanador vuelve a su silla, la decepción clara en su lenguaje corporal.

Coge mi historial y se dispone a anotar algo.

—Pues entonces me temo que no tenemos elección...

Entonces se oye un alboroto al otro lado de la puerta. Se abre y aparecen la cabeza y los hombros de otra ayudante.

—Lo siento, doctor Tapert, he intentado razonar con esta gente, pero...

Echándome apenas una mirada, el sanador sale detrás de la mujer. Cuando se va, me acerco tambaleándome a la puerta y echo el cerrojo, para dejarlo fuera. Miro la ventana, que no tiene rejas como las demás.

Fuera oigo una voz que me resulta curiosamente familiar, una voz que asocio a un bigote y a una fácil sonrisa. Un amigo, gracias a los dioses, un amigo.

—Ah, ¿doctor Tapert? Soy el doctor Luciérnaga. ¿Rufus T. Luciérnaga? Siento muchísimo tener que interrumpirlo de esta forma, pero dado que esa paciente está a punto de ser dada de alta de esta... institución, nos ha parecido que no tenía ningún sentido que siguiera usted perdiendo su valioso tiempo...

El sanador, el doctor, suelta un resoplido.

—Me parece que no...

La respuesta revela una seguridad divertida.

—Bueno, si hace el favor de echar un vistazo a estos papeles. —Y oigo un crujido de pergaminos.

El médico parece desconfiar y contesta:

—Los padres de la paciente me han dado plenos poderes y la tutela... doctor...

—Luciérnaga. Pues me temo que no tenían derecho a darle esos poderes y, como puede ver claramente, nuestra petición ha sido aprobada por un juez. De hecho, también se declara que la única familia que tiene esta mujer es... —hace una pausa dramática e incluso separada por una habitación, noto la presencia de otra persona—, ...ella.

El sanador suelta una exclamación y responde con rabia:

—No voy a dar de alta a esta paciente y desde luego no la voy a dejar en manos de esta... mujer.

Me imagino que debe de haber señalado a la recién llegada plantándole un dedo delante de la cara, porque lo siguiente que oigo son unas palabras frías, casi sin inflexión, y sin embargo son lo más maravilloso que he oído en mi vida. Al oírlas, dejo de tratar de subirme al alféizar.

—Le advierto que no le conviene hacer eso, doctor.

La otra voz, la que visualizo con el bigote, interviene, con tono divertido.

—Me temo que lo cierto es que no tiene elección. Sus propios informes revelan que ha sometido a esta joven a tratamientos que sus padres no han autorizado jamás, que la ha mantenido apartada de cualquier contacto...

—¡Esos contactos eran una perversión antinatural! —El sanador empieza a levantar la voz.

La voz de la mujer, la voz de mi amante, se acerca a la puerta y oigo el impacto del cuerpo del doctor Tapert al chocar contra ella.

—¡La ha tenido aquí encerrada, a ella, que es escritora, sin darle ningún tipo de material para escribir! ¡Ha intentado y casi ha conseguido transformarla en una persona totalmente distinta! ¿Qué bien le ha hecho a ella esa terapia, sanador? —Nunca hasta ahora he oído pronunciar ese título con tal sarcasmo. La mujer hace una pausa, conteniendo claramente un impulso homicida—. Ahora, nos va a dejar que nos la llevemos de este sitio y va a devolverle sus objetos personales y va a rezar... —ahora se oye un roce y me imagino un cuerpo levantado del suelo por una mano fuerte que lo sujeta por la garganta—, ...para que no tengamos motivo para volver a hablar de esto...

El doctor Luciérnaga debe de haber intercedido.

—Calma, tigre... —Luego se dirige a su colega—. Le pido disculpas por el... entusiasmo de mi amiga, pero tiene razón. Dejando aparte lo que usted pueda sentir, sería una lástima que esta institución y todas sus... buenas obras tuvieran que cerrar a causa de cierta... parcialidad excesiva por su parte.

No se oye ruido alguno por parte del sanador salvo un jadeo.

Llaman a la puerta. Estoy acurrucada, con la mitad dentro y la mitad fuera de esta ventana del segundo piso, esperando, rezando para que lo siguiente que oiga no sea "Martha"...

—¿Gabrielle?

El pestillo no significa nada ante la fuerza de la naturaleza que hay fuera y allí aparece ella. La ropa es extraña, pero es la cara lo que hace que brote un grito de alegría de mis labios. Está llena de pasión y amor y hace tanto, tanto tiempo que no veo esas expresiones. Incluso en mi frágil estado, me avergüenzo de volver a ser débil con ella. Sé que me he esforzado mucho por ser más fuerte, recuerdo por fin que no siempre he sido la que ha necesitado ser rescatada. Pero pienso que la vulnerabilidad de su rostro es nueva. Que ella ha pasado por el mismo dolor de la separación que yo.

Pero las palabras se me escapan antes de saber que voy a decirlas.

—¡Dónde Tártaro te has metido! ¿Por qué no has...? —Y me detengo al ver la vergüenza en esos ojos azules sobrecogedoramente bellos, mientras acepta mi reproche.

—Gabrielle, también ha estado jugando conmigo, yo, es muy complicado...

Se queda con las manos extendidas y sé que no me interesan las complicaciones ni nada que no sea estar en esos brazos.

Levanta la mano para detenerme y casi se me para el corazón por este rechazo. Sonríe y dice:

—En cuanto te tenga entre mis brazos, no pienso soltarte. Así que lo primero es lo primero. —Se acerca al escritorio y busca unas hojas de papel, con éxito al parecer. Me entrega un instrumento de escritura—. Sé cómo te sientes últimamente con el tema de ser rescatada, así que hemos pensado que deberías hacer los honores. ¿Crees que podrías copiar esto...?

Indica un garabato de tinta y luego señala una línea del pergamino que lleva. La pluma se acomoda en mi mano y con seguridad copio el garabato del médico en la línea indicada. Ella coge los papeles y escribe en otra línea. Luego sonríe y dice, al tiempo que los entrega fuera de la puerta:

—La primera de muchas más obras.

Oigo que el otro médico, mi amigo, suelta una carcajada satisfecha y declara:

—¡Buenas noticias, doctor! Se alegrará de saber que se acaba de librar de una acusación de infracción de varias leyes a cambio de recibir tratamiento en la Clínica Elrímel... con, debo añadir, el pleno consentimiento de su pariente más cercano, que sería su... ¿mujer?

La voz de Tapert suena ronca, todavía debe de tener la garganta magullada.

—¡Eso es falso! Nadie lo creerá...

La voz de Luciérnaga no ha perdido ni un ápice de seguridad.

—Pues aquí están las encargadas de la clínica a quienes tendrá que convencer. —Oigo que entra más gente en la habitación—. Ésta es Ephiny y ésta es Solari, pero creo que le va a costar un poco convencerlas. Me temo que también le tienen algo de rencor...

Se oye un ruido de arrastre y una petición de auxilio rápidamente silenciada. Luciérnaga asoma la cabeza por la puerta. Lo reconozco inmediatamente.

—¿Nos vamos ya? —pregunta.

Sacudo la cabeza maravillada, sintiéndome mejor de lo que me he sentido desde hace mucho tiempo.

—¿La Clínica Elrímel? —pregunto.

Él sonríe satisfecho y dice:

—Tienen una amplia gama de terapias. Creo que empezarán con Grito Primitivo. —Nos sonreímos mutuamente—. ¿Y bien...?

Miro a mi guerrera.

—¿A dónde? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—¿A casa está bien? —es lo único que tiene que decir.

Me hundo en su abrazo, sintiendo que me vuelven las fuerzas.

—No tengo que ir muy lejos...


La enfermera vuelve a la zona de recepción vacía con los ordenanzas más fuertes que ha podido encontrar. Mira por la habitación vacía y parpadea sorprendida. ¿No puede haber...?

Pero le da la impresión, por un instante, de que había una especie de portal y que al otro lado había dos mujeres fuertes vestidas de una forma muy curiosa, que estaban en un claro iluminado por un alegre sol, al lado de una hermosa yegua dorada, y que se estaban riendo...


FIN


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