Acecho

Kamouraskan



Esto es un diálogo ligero sobre un tema serio. Trata también de lo que tan encantadoramente llamamos estilos de vida alternativos.
(Una de ellas es una actriz.)
Mi agradecimiento a Laura, Chantal, Claudia, Jlynn y todos los miembros del Bardic Circle y Tavern Wall.
Kamouraskan@yahoo.com

Título original: Stalker. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Yo no me dedico a acechar a la gente. ¿Entendido?

La única persona que quiero que me obsesione soy yo misma.

Eso es. Ésa ha sido mi meta, mi verdad, y sin embargo no he podido alcanzarla.

Ni siquiera sé por qué o cómo he llegado a este punto. Juro que he luchado contra ello sin parar, y la verdad es que creía estar consiguiéndolo la mayor parte del tiempo.

Hasta esta noche.

Ahora bien, yo sostengo que todo esto es en principio culpa de William Shakespeare. En serio. Ese miserable hijo de puta británico tuvo que escribir obras de teatro. En concreto, Como gustéis.

Ojalá se pudra en el infierno.

Porque da igual que me enamorara de su Rosalinda/Ganimedes o de Emelie Foyer en el papel. Ella pronunciaba sus palabras con su boca y bastó con eso. Me convertí en una fan obsesionada. De una @#$% actriz adolescente.

Si Will no hubiera estado ya muerto, creo que lo habría matado.

Toda mi vida me han descrito como una persona de ideas claras. Dinámica. Eso es lo que decían mis amigos. Tal vez también había alguna descripción que otra no tan halagüeña. Casi todas empezaban por Z. Pero quiero que quede claro que nunca, jamás, pasé por el típico amor adolescente. Era la única que resistía de todas mis amigas. Me limitaba a hacer una mueca cada vez que empezaban con las risitas al ver a un tío bueno en la tele. Jamás ponía pósters de famosos. Jamás me compraba revistas para fans. Jamás perdía el sentido por la última estrella de las nenas. ¿Por qué iba a hacerlo? Siempre tenía cosas mejores que hacer.

Me enorgullecía de haber superado la adolescencia sin haber caído en desgracia ni una sola vez. Ideas claras, ¿verdad? Racional. Claramente por encima de todo eso.

Y entonces, a la avanzada edad de 18 años, hecha ya una mujer madura y responsable, tuve que ponerme en plan cultural como parte de un curso de Literatura Inglesa que me exigían.

Era una tarea bien sencilla. Lo único que tenía que hacer era ir a ver Como gustéis, representada por los Actores Jóvenes. Con Emelie Foyer.

Qué nombre tan ridículo, pensé.

Deberían haberle dado el papel de Celia. Una Celia bajita, graciosa, femenina. A ver, era diminuta, rubia y sólo tenía quince años. Luego me enteré de que al ser veterana de la compañía, había pedido y conseguido el papel de Rosalinda.

Así que fui a ver la puñetera obra y toda mi sólida filosofía sobre el amor y la vida se me deshizo como un caramelo en la boca.

Ante cualquier dios que pueda estar escuchando y como futura referencia, me gustaría que alguien me hubiera advertido. Habría estado bien. No me di cuenta de que pasara nada importante. Sólo estaba disfrutando de la representación, pensé. Disfrutando muchísimo, pero nada más.

Entonces terminó la función. Se encendieron las luces y de repente me encontré de vuelta en el planeta Tierra. En un asiento rodeada de otras personas que se estaban poniendo el abrigo. Estaba en un teatro que una parte de mí sabía que tenía que dejar, porque había todo un mundo más allá y fuera de ese escenario, toda una vida que estaba viviendo y de la que me había olvidado por completo durante dos horas.

Estaba, por alguna razón demencial, total y absolutamente convencida de que Emelie Foyer era todo lo que yo quería tener, en una amiga, hermana o amante.

La chica me había arrebatado el corazón y la mente y ni siquiera me había dado cuenta de que me faltaban hasta que se fue del escenario.

Dioses. Estaba perdida. Y con un problema de la leche.

Lo poco que quedaba de mi mente racional tenía un ataque de pánico. Habría preferido que me dijeran que me estaba muriendo de un cáncer horrible que verme de repente sometida a un enamoramiento obsesivo.

Cuando me fui a casa esa noche, la mitad de mi mente quería levantar estatuas a esta diosa adolescente y el resto quería vomitar de asco y vergüenza.

Aquellos a quienes los dioses desean destruir, primero los vuelven locos, ¿verdad? Pero si era una canija. Con el pelo como rubio rojizo, pero con unos ojos y unos labios y una piel... ¡¡arrrrggghh!!

Pensé que se me pasaría. Como la gripe.

No se me pasó.

No permití que lo supiera nadie. Mis compañeras de cuarto del colegio mayor podían buscar todo lo que quisieran, pero jamás me compraba una revista para fans, jamás hablaba de Ella. En el campus todo el mundo me conocía como una máquina de estudiar superconcentrada. Bueno, hubo hombres y algunas mujeres. No es que no fuera atractiva, sobre todo cuando me acostumbré a mi tamaño, o más bien longitud. Y me gustaba el sexo; acabó dándoseme muy bien. A veces me encontraba a punto de explotar y el cuerpo que tenía encima, al lado o debajo de mí daba la impresión de hacerse como desvaído y entonces veía esos malditos ojos suyos...

En algunas ocasiones, saltaba literalmente de la puñetera cama, toda horrorizada.

La cosa fue a peor.

Cuando conseguí mi propio apartamento después de la universidad, no sólo fue a peor, sino que se hizo triste. La cosa empezó de la forma más simple. Me compré un asco de revista de cine en la que venía una pequeña foto de ella y la guardé en el fondo del armario. La dejé allí durante días. Como una adicta a la heroína que estuviera intentado dejarlo, pensaba en ella. No pensaba en ella. Pensaba en ella.

Allí sola en el armario.

Corría al apartamento imaginándome que miraba su foto y luego apretaba los puños hasta que se me pasaba el ansia.

Entonces, una mañana a las tres de la madrugada, me rendí y recorté la foto con cuidado y en un pequeño rincón donde apenas llegaba la luz, la pegué en la pared.

Eso fue. Estaba vencida.

Un año después, las paredes estaban cubiertas por un inmenso collage. Había hecho un puto santuario. Compraba programas de teatro en los que venía su nombre en letras diminutas. Compré el puñetero perfume que se suponía que usaba. ¡Me estaba matando con esto!

La cosa es, ¿y quién la conocía en estos momentos? Hacía algunos anuncios, un poco de televisión, papelitos en algunas películas y luego, ¡Dios! Hizo el papel de niña mona en aquella película de terror. Me compré el vídeo y me dedicaba a mirarla mientras ella reía como una tonta y chillaba como una descerebrada para vacunarme contra esta horrible enfermedad.

Su carrera fue progresando y el armario cada vez estaba más lleno.

Mientras, en el mundo real las cosas iban estupendamente. Conseguí entrar en la Revista Legal y me ofrecieron contrato en varios bufetes. Acepté un puesto de fiscal subalterna en lugar de aceptar cualquier oferta y me gané una reputación más deprisa que cualquier otro hasta entonces. Al cabo de un año, sólo tenía que aparecer mi nombre en la lista de litigios y la defensa me llamaba para llegar a un acuerdo. Lo cual era una lástima porque me encantaban los juicios. En una ocasión, estaba en el cubículo del cuarto de baño de los viejos juzgados y oí que hablaban de un caso de drogas poco importante que había llevado yo. Dijeron que era una asesina. Un tiburón. Recuerdo que sonreí. Ojalá hubiera podido conservar esa maravillosa mentalidad.

Mientras, la carrera de Emelie iba en ascenso. Mirara donde mirase, estaba por todas partes. Daba miedo la frecuencia con que su nombre o su imagen aparecían para torturarme.

Los papeles mejoraron y fue nominada para un Óscar que perdió. ¿Y el vestido que llevaba en la entrega de premios? Se lo arranqué en docenas de sueños febriles.

Así que tenía que cagarla. Justo después de alcanzar el estrellato con una de las películas de mayor recaudación del año, con ofertas por las que otra actriz habría matado y que le llovían por todas partes, anunció que quería volver al escenario.

A los 22 años.

En un monólogo.

Que había escrito ella misma.

¡De puta madre!

Me dio un ataque de alegría. No había amor que pudiera sobrevivir a este desastre inminente, de eso estaba segura.

Tal vez hubo una parte de mí que se sintió casi triste al saber que por fin iba a ser libre. Esta pena se me pasaría en cuanto ella se humillara pronunciando sus propias palabras.

¿Verdad?

Ya sabéis lo que ocurrió, ¿a que sí? ¿Cómo podía predecir nadie que lo conseguiría?

Pero, maldita fuera su estampa, la obra era A mi alma gemela.

¿Os imagináis cómo me sentí al ver ese título?

La estúpida producción obtuvo inmediatamente buenas críticas de los pequeños semanarios independientes. Luego se unieron los diarios más importantes. De haber podido, lo habría impedido, pero lo de correr la voz es algo tan efímero como el amor.

¡MALDITA SEA!

A mi alma gemela.

Dios.

Sí, el corazón se me salió del pecho cuando vi ese título... pero luego cayó limpiamente al retrete. Mientras tiraba de la cadena.

Por supuesto, esa parte de mí que no podía controlar esperaba, soñaba, que tratara de mí. La expresión Alma gemela era mi... ¿me atrevo a pensarlo? NUESTRA expresión. Ahí fue cuando se me salió el corazón. La caída limpia al váter ocurrió cuando me di cuenta de lo que estaba pensando.

Como evidentemente estaba maldita, la producción iba a venir a nuestra ciudad, cómo no. De hecho, estaba siguiendo el itinerario exacto que habían seguido aquellas representaciones de Como gustéis del principio. Para esto había explicaciones racionales. Era un circuito. Le gustaba el emplazamiento o era una superstición. No podía ser un mensaje sólo para mí. ¿O sí?

¿O sí?

Oh, Dios, había perdido el juicio.

Entonces dio una entrevista en la que explicaba el título. "Estoy convencida de que ahí fuera, en algún lugar, está mi otra mitad". Y esta parte imbécil que tengo se pone a agitar las manos y a chillar: "¡YO! ¡Soy yo! ¡Estoy aquí!"

El resto de mí estaba intentando decirle a la imbécil que era demasiado estúpida para vivir.

Así que hice lo que había estado evitando hacer. Me senté ante el ordenador y escribí en el buscador: Emelie Foyer.

Había 137 entradas sólo en Lycos.

Me pasé las dos horas siguientes navegando por sitios de fans. Todos tenían nombres o llevaban direcciones que iban de 1Almagemela a FoyerFolla. Había listas privadas. Ficción pornográfica y fotos de desnudos falsos.

Mi primera advertencia de la tensión a la que estaba sometida fue lo que al principio me pareció un eructo, pero que se convirtió en un buche de bilis y vómito. Conseguí controlarme a tiempo de vomitar en el retrete.

Vale. Así que era una más de los miles de miles de idiotas engañados. Maravilloso. Mi vida y mi autoestima estaban ahora completas.

Compré entradas. Rompí entradas. Compré más entradas. Fui al teatro. Me marché del teatro.

Entré en el teatro.

Sí, era bueno. Sí, ella estaba fantástica. Por supuesto.

A lo mejor lo conocéis. Emelie representaba una serie de escenas de hombres y mujeres relacionadas entre sí por el tema del amor perdido y fallido. Tendría que haber sido un asco.

Pero no lo era.

Sí, volví a quedarme allí sentada en la oscuridad, traspasada por cada una de sus palabras, luchando contra lo que arrastraba mi corazón al escenario y perdiendo. Ni siquiera el hecho de saber que la mitad del público estaba tan obsesionada como yo disminuía el poder de cada sílaba. La chica que amaba estaba hablando de amor. Sufriendo por su necesidad, llorando por su pérdida, y yo la miraba en silencio.

Así que fui la noche siguiente.

Y la siguiente.

Ni una sola vez dirigió una mirada hacia mí, nada que pudiera hacerme sentir escogida entre los fanáticos que como yo estaban allí todas las noches.

Tenía que separarme de ellos, de modo que llamé a un amigo de un periódico y le pedí que me diera una acreditación para una entrevista. Nunca pido favores a la gente, pero tenía acumuladas unas cuantas deudas.

Organicé las cosas con su agente, le di el número de mi amigo como confirmación y se me concedieron 15 minutos después de su última representación para hablar con ella. Nada de fotos, sólo una grabadora... no hay problema... nos vemos allí, gracias otra vez...

Mi corazón no dejaba de aporrear las paredes de mi pecho.

Tardé catorce horas en vestirme. Para el maquillaje y el baño, seis.

Nunca hubo tanto odio y autoaborrecimiento tan bien presentados.

Estaba tan furiosa por lo que me estaba haciendo pasar que pensé que tendría suerte si no le daba un puñetazo.

Fui a la Entrada de Actores de detrás y se me permitió pasar. Me indicaron una puerta en lo alto de las escaleras. Nadie me siguió ni mostró el menor interés. Tomé aliento y me quedé delante de la puerta.

Durante por lo menos diez minutos. Yo. La decidida y controlada. Y llamé.

Nada.

Esperé. Volví a llamar. Ninguna respuesta. Tomé aliento de nuevo y entré.

La estancia en la que entré era toda de ladrillos de cemento gris y estaba dominada por una inmensa mesa de maquillaje con un espejo rodeado de luces. Y allí, vuelta hacia mí, con la parte superior del cuerpo echada sobre la mesa, estaba Ella. Emelie Foyer. Con los ojos cerrados, ajena al mundo. Si había algo más en aquella habitación, ni lo vi, ni lo olí, ni lo sentí. Sólo tenía ojos para aquella cabeza dorada, aquellos hombros y cuello perfectos, reclinados, de aspecto tan pequeño, que tenía justo delante.

Carraspeé ligeramente y al cabo de un momento, aquellos ojos se abrieron. Incluso desenfocados, me sentí completamente arrastrada a su interior. Me echó una sonrisa increíble aunque algo vidriosa y dijo dulcemente:

—Hola.

Luego volvió a cerrarlos. Para mí fue como si se hubiera apagado la luz en la habitación.

Se abrieron de nuevo y parpadeó. Pareció tomar conciencia de la habitación y de mi presencia en ella. Y su sonrisa se congeló. Volvió a parpadear, clavándome la mirada, y los ojos se le pusieron más grandes y esa boca perfecta formó una O. Parpadeó de nuevo y se oyó una especie de "¡Ueey!" y un estrépito al caerse de la silla hacia atrás.

No recuerdo agacharme para cogerla, no recuerdo nada salvo el olor y la sensación de tenerla en mis brazos...


La perspectiva de Emelie......

Bueno, supongo que pensáis que en ese momento tendría que haber murmurado "¡Eres tú!"

Qué poco me conocéis, ¿eh? Y ella igual, así que pensé que era el momento de darle un cursillo acelerado.

Vale, reconozco que algunas personas podríííaaan decir que fui un poco cabrona. No tenía planeado ser mala con ella. Pero hay formas y formas de hacer estas cosas. En cuanto vi su cara, esos ojos, ahhhhhhh... lo supe.

Pero claro... Si hubierais visto la expresión de su cara cuando se dio cuenta de que me estaba sujetando, a vosotros también os habría entrado la tentación.

Es que era tan evidente que su cara, su mente y su corazón no estaban acostumbrados a tener más de una emoción al mismo tiempo que me sentí... inspirada, ¿qué os parece?

Soy una artista. Nos dedicamos a sacudir a la gente. Se nos permite ser unos chiflados, podéis consultar cualquier manual.

En ese momento, entró mi amiga Steph, con su personalidad plena de Representante/Guardaespaldas. Podría haber explicado lo que estaba pasando, ¿pero cuál era la gracia? Me refiero a que éste era nuestro primer encuentro, ¿no? ¿Qué sentido tendría dar una explicación?

¿Es que no sabéis nada de teatro?

Mirad, os recuerdo que no visteis la expresión de su cara cuando entró Steph como un huracán, ¿vale?

Y... a lo mejor ella tampoco tendría que haberme dejado caer al suelo a toda prisa como si tuviera una enfermedad.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió Steph. Ahora bien, Steph es una amiga y confidente que me ha acompañado en esta extraña carrera mía casi desde el principio. Pero a veces tiende a comportarse como si yo fuera de su propiedad. Así que para equilibrar las cosas de vez en cuando, no le comunico algunas cosas. Y si alguna vez iba a formar parte de la lista de Personas a Informar en este caso, sólo por entrar como una directora de internado, en ese mismo instante quedó descartada.

Porque Steph me conoce desde hace demasiado tiempo para dejarse engañar por la escena de la "damisela en apuros" y se habría echado a reír si me hubiera dado por los vapores y sacudir las manos. Así que opté por la sencillez y me esforcé por parecer confusa y aturdida. Creo que murmuré algo brillante tipo:

—¿Qué pasa?

Lo sé. A una dramaturga ganadora de premios se le deberían ocurrir frases mejores. Pero Steph y mi "entrevistadora" hicieron que pareciera Goethe.

—¡Atrás! —gritó Steph enérgicamente.

—¿Qué...? —respondió mi asaltante con mucho ingenio.

Este diálogo entre una experta en publicidad y una abogada veterana de los tribunales.

Así que tal vez lo que hice después se debió a que me sentía un poco mejor con respecto a mi capacidad para escribir diálogos. Tal vez mi preparación teatral todavía se basaba más en el cine de lo que me gustaba reconocer y sólo quería sacar todo el partido posible a esta escena tipo "y ahora conoce a la chica".

De modo que mirándolo en este contexto, creo que es perfectamente natural que me volviera a Steph y dijera:

—No sé quién es. Me he desmayado y al despertarme, estaba... ¡estaba sujetándome!

La alta, morena y despampanante se recuperó un poco y se defendió como yo esperaba:

—¡Tengo invitación! He venido a hacer una entrevista.

Me erguí y dije con desprecio:

—¿Sí? Dime otra celebridad que te hayas trabajado.

Nadie captó el doble sentido. Era evidente que me tenía que ganar al público yo sola.

Su cara se llenó de lo que supuse que era corte. Estuve tentada de acabar la escena cuando vi el dolor en sus ojos.

—Otra merodeadora —suspiró Steph.

Al oír eso, un sonido ahogado de frustración se escapó a duras penas del gran fraude y con los ojos relucientes de rabia, golpeó el tocador con el puño y gritó:

—¡YO NO SOY UNA MERODEADORA!

Un pie como pocos he oído.

—Yaaa. —Le dediqué mi mejor sonrisa despreciativa y me volví a Steph—. Seguro que escribe fanfics. En los que salgo yo.

Eso le llegó al alma. Sus ojos se transformaron en dos ranuras de perfecto hielo azul y bufó:

—¡¡Yo. JAMÁS. He escrito un puto FANfic!!

Me crucé de brazos con incredulidad.

—Claaaro. Seguro que tienes media docena de historias en la red. La típica ñoñez en la que llevas un enorme consolador y cosas así...

Se le puso la cara de un color rojo rarísimo y me volví a Steph y le susurré exageradamente:

—¿Stephanie? Más vale que traigas la pistola.

Vale. Esto no fue muy inteligente. Lo sé. Tal vez en este momento tendría que haberme cerciorado mejor de que Steph me seguía la broma.

Pero escuchad.

Ya que fue algo estúpido, incluso criminal. ¿Pero cómo iba a saber que Steph de verdad tenía una pistola? ¡Pero si estábamos en Canadá! Aquí nadie tiene pistola, ¿no? Así que cuando dijo:

—No te voy a dejar sola con ella. —Yo me creí que lo había pillado. Creo que se me puso por lo menos un poco de acento de película del oeste cuando le respondí con tono arrastrado:

—Vete. Puedo arreglármelas con ésta hasta que vuelvas.

Ojazos Azules lo pilló. Por fin alguien captaba la onda. Pero la había herido en el orgullo y cuando Steph salió corriendo, OA me miró de hito en hito y replicó, con su propio deje tipo Clint Eastwood:

—Eso crees. —Larga pausa—. ¿Verdad?

—Sí —le dije, con los brazos en jarras y acercándome más—. Creo que puedo contigo.

¿Lo veis? La cosa iba estupendamente. Tenía el material para una escena genial y todo estaba controlado.

Entonces alguien carraspeó detrás de nosotras y descubrí que algunas personas de Canadá sí que tenían pistola. En la mano. Apuntando al posible amor de mi vida.

No me preguntéis qué clase de pistola era. Era una pistola.

Bueno, reconozco que lo que le dije entonces a Ojazos Azules fue una idiotez. Me he disculpado varias, muchas, cientos de veces. Pero sí, lo dije. Dije:

—Seguro que se la puedes quitar.

Sé que pensáis que se me había ido la olla y a lo mejor sí, pero no fue una cosa de actriz. Bueno, no del todo. Es que esto era importante. Toda amante debe hacer frente a unas pruebas. La primera para ella era que yo no era perfecta. Que era lo que algunos podrían llamar... impulsiva.

Si íbamos a tener una oportunidad, yo necesitaba saber si ella podía interceptar el balón y correr con él. Y era una ocasión de demostrarle que tenía mis defectos. Es que se puede hablar todo lo que se quiera del amor y el destino y las parejas perfectas, pero tiene que ser entre iguales. No entre una fan y su diosa. Si no había un terreno común, yo no quería jugar. Lo de ama/esclava puede que les funcione bien a algunas personas, pero yo no me iba a meter en esto si ella estaba deslumbrada. Quería que me gritara, que me echara la bronca porque me lo merecía. Por ser quien realmente soy.

Al menos eso es lo que he dicho desde entonces.

En cualquier caso, hasta a Steph le pareció que aquello ya era pasarse un poco. Creo que se le desrizaron los rizos del pelo rubio. Ojazos Azules me susurró:

—¿Estás loca?

Asentí con entusiasmo.

Se volvió despacio hacia Steph y dijo claramente:

—Pues yo no.

Cuando apenas había conseguido superar mi decepción, ella levantó las manos, enseñando las palmas, para demostrarle a Steph que no iba a hacer nada, y luego una de esas piernas increíblemente largas salió disparada por el aire y de una patada soltó la pistola de la mano que la sujetaba. Y con un gesto elegante, mi maravillosa acechadora la cogió antes de que cayera al suelo.

Me quedé pasmada y dije:

—Supongo que así termina la parte demencial de nuestro concurso de talentos.

Ella se limitó a devolverle la pistola a Steph, sujetándola por el cañón.

Steph miró primero la pistola que tenía en la mano y luego alzó los ojos para echarnos a las dos una mirada furibunda.

—Eso ha sido una LOCURA. ¿Lo sabéis? ¡Es un arma cargada! ¿Es que estáis locas? ¿Las dos? ¡TÚ! —Steph me señalaba a mí, por si no lo habíais adivinado—. Atraes los problemas como un conejo atrae a los lobos y... —el dedo acusador se volvió hacia el otro lado—, ...y ahora intervienes tú, tú, que te crees que puedes hacer cualquier cosa, ¿verdad? Y las dos juntas... —A media diatriba se paró en seco como si le hubieran dado un golpe en la cabeza y se dejó caer en el sofá. Las dos nos quedamos mirando a mi amiga con cierta preocupación. Levantó la mirada aturdida—. No os vais a creer el déją vu tan raro que acabo de tener. Algo con plumas y cuero.

Volvimos a pasar de ella.

—¿Pero qué clase de chiflada eres tú? —gritó Ojos Azules.

Así que le eché el discurso completo de que sólo porque estuviéramos destinadas a encontrarnos, el destino no era suficiente y que la igualdad entre compañeras no debía perder de vista a la persona individual dentro de la relación y bla bla bla, y ella dio la impresión de que lo escuchaba todo con gran seriedad.

Luego preguntó, con una calma increíble:

—Cuando los Crispies de arroz te hablan, ¿qué te dicen?

Stephanie decidió intervenir en ese momento.

—Estáis las dos como cabras. ¿Os dais cuenta de lo que podría haber pasado hace un momento?

Hice un mohín.

—Ella debería saberlo, es la abogada.

De repente, se hizo un gran silencio.

La abogada en cuestión me estaba mirando fijamente con ojos repentinamente gélidos y me preguntó:

—¿Y tú cómo sabes eso exactamente?

Retrocedí un poco y me encogí de hombros con aire, esperaba, encantador. Nada. Steph se levantó y las dos avanzaron hacia mí al mismo tiempo con la misma expresión amenazadora. Volví a intentarlo.

—¡Oye! ¿Me recuerdas? ¿Tu ídolo?

Nadie se tragaba tampoco la sonrisa cegadora. Mis poderes, ¿y mis poderes? ¿Dónde se habían metido?

Steph se dio una palmada en la frente.

—¡El álbum! —Luego dio una palmada a Ojos Azules en el pecho, lo cual casi le costó que le arrancara un brazo. Menuda suerte la mía que la mujer se controlara para oír lo que tenía que decir—. ¡Tú eres la que tiene en el álbum! Tiene una colección de imágenes digitales en eso de ahí...

¡¡¡Mierda!!! ¡Y se sabía las contraseñas!

Me moví velozmente para colocarme entre ellas y el Powerbook.

—Escucha —le dije a Steph con toda la firmeza y frialdad posibles—. Trabajas para mí.

Me dio igual que pasara del rollo jefa/empleada que intenté colarle y hasta el momento en que Steph lo hizo, creo que nunca había oído a nadie gorjear de risa.

Hubo una rápida rebatiña para llegar a mi bolso y me tiraron, me tiraron a un lado. Esperé a que alguien diera muestras de preocupación mientras yacía con el dorso de la mano sobre la frente al mejor estilo victoriano, pero no coló. Oí el clic de las teclas y luego Steph exclamó:

—Cago en la, ¿todo esto es sobre ti?

Se oyeron más clics y luego mi entrevistadora/abogada/acechadora exclamó:

—¿Fotos de bebé? ¿De dónde... cómo ha conseguido mis fotos de bebé?

Más clics. Por si no os habíais dado cuenta aún, éste no era el Plan.

—¿Un detective? ¿Ha contratado a un puñetero detective...?

Entonces se hizo un silencio espantoso.

—Mi habitación. ¿¿¿¿Tienes fotos de mi habitación???? ¿¿¿¿Has metido a un gorila con una cámara en MI HABITACIÓN????

Nunca me había dado cuenta de lo alta que era de verdad hasta ese momento. Se cernió sobre mí, cerró los ojos y sacudió la cabeza.

—Maravilloso. Me paso años pensando en ti, atormentándome por esta ridícula obsesión, y ahora descubro que eres una loca de atar. ¡¡¡Mierda!!! ¿Cómo te crees que me siento? ¿Alguna vez te has parado a pensar cómo me sentiría? Cuando te has metido en mi casa, has pasado de todos mis derechos a la intimidad y aun así no has tenido la cortesía de decirme nada... No me has mirado cuando he ido a ver tus funciones, no me has enviado una tarjeta, ¡NADA! Y yo que creía que esto era amor. ¡Pero qué idiota soy! —Se detuvo para tomar aliento.

—¿Has terminado? —pregunté.

Dio la impresión de que iba a lanzarse de nuevo, pero en cambio escupió un gélido:

—Sí.

No me gustó cómo sonó aquello. Las cosas no tenían buen cariz, pero no en vano a los cinco años decidí que prefería estar en un escenario en vez de con el público.

—Has dicho lo que tenías que decir y ahora es el momento rebatir tus argumentos. —Me levanté y respiré hondo—. Sí. Yo tampoco he podido dejar de pensar en ti desde que tenía quince años. Quince. Eras una mujer adulta y yo era una cría quedada contigo. Así que no hice nada. ¿Eso fue un crimen o sentido común?

Me interrumpió, cosa que me vino bien en cierto modo.

—¿Así que antes tenías sentido común? ¿Qué ha sido de él?

No le hice caso y continué.

—Te estudié. Y deja que te diga que no me gustó lo que vi, a pesar de lo que me decía el corazón. ¿Y sabes por qué? Según iban pasando los años, lo único que te hacía humana, lo único que tenías aparte de tus libros y tus estudios y luego tu trabajo, era lo que tú llamas tu ridícula obsesión conmigo. El único contacto que tenías con la fragilidad normal de los seres humanos era a través de mí. ¿A cuántas obras de teatro distintas has ido en tu vida? —No esperé a que respondiera—. A dos. Y en las dos actuaba yo. Yo he sido tu único contacto con la cultura, el romanticismo y el resto de este mundo real caótico y desordenado, por raro que fuera ese contacto. Y no me digas que no me conoces. No me digas que no me he puesto en contacto contigo. He escrito una obra. Para ti. Y he volcado mi alma y mis pensamientos y mi amor por ti en cada puñetera línea. ¡Y tú le quitas valor arriesgando la vida, lista!

—Junto con cinco mil más —dijo ella con un mohín, pero supe que estaba consiguiendo llegar a ella.

—No la he escrito para ellos, la he escrito para ti. Y nada de eso importa porque te conozco y aunque no te lo creas, tú me conoces a mí. Es sólo que no nos hemos encontrado hasta ahora. Pero estamos aquí y por demencial que te parezca, estamos juntas y quiero, necesito descubrir por qué no puedo dormirme por las noches sin pensar en ti. Quiero saber por qué siento, incluso ahora mismo, que la vida me ha ido llevando hacia este momento. Así que si he hecho una locura para aferrarme a él, acostúmbrate. Porque así es como vivo la vida y eso es lo que tú necesitas en la tuya.

¿Y qué podía decir ella? ¿O hacer? Estaba atrapada en tal cantidad de necesidades y creencias contradictorias que estaba totalmente inmovilizada, como una bella mariposa con un alfiler clavado en el corazón. Y a pesar de todo lo que creía entender, sabía que yo era la única que podía quitárselo.

Ahora podría haber hecho lo evidente. Es decir, lo que esperáis es que fuera a besarla o algo así, ¿verdad? ¡Qué cosa tan tópica!

Pues no. Un abrazo fue más que suficiente.

Mi cabeza se acurrucó en su hombro perfectamente y oí cómo nuestros corazones iban bajando el ritmo y luego ella respiró hondo y se relajó. Y no me refiero a una relajación normal. Me refiero a que todos los huesos y los músculos y la tensión desaparecieron y hubo una paz entre las dos. Y levanté la vista para mirarla y las dos sonreímos. Exactamente la misma sonrisa. Que le iluminó la cara y supe que se reflejaba en la mía. Porque sabíamos una cosa que era sólo nuestra. Que nadie más compartiría nunca. Sólo nosotras podíamos sentirla y cuando esa certeza se apoderó de nosotras, las sonrisas se hicieron más amplias y casi nos echamos a reír de nuestra propia estupidez y del destino.

Pero la realidad seguía con nosotras en forma de Steph.

—¿Os dais cuenta de que esto está condenado al fracaso? Em no puede salir del armario porque si no acabaría con su carrera. Y... como te llames, no te imaginas lo que va a ser de tu vida si te lías con ella. Aparte de jugártela todos los días, cualquier esperanza de tener una carrera normal, una vida normal o incluso de que sigáis juntas acabará destruida bajo los flashes de los paparazzi.

La miré y pregunté:

—¿Y con eso qué quieres decir?

Steph lanzó las manos al aire y sacó su paquete de cigarrillos. Pero la alta, morena y deliciosa me miró con preocupación.

—Sigues siendo una chiflada y mi madre siempre me advirtió de que no me relacionara con nadie que estuviera más loco que yo.

Me encogí de hombros.

—Seguro que tu madre tampoco te recomendó que salieras con mujeres. —Le cogí la mano y probé por otro lado—. Ya que te tengo aquí, ¿sabes que han hecho unas muñecas de mi personaje de esa última película que he hecho? Son una mierda, parece que tengo los ojos saltones y encima no obtengo ni un céntimo de ello. Necesito un abogado. Y como Steph no se calle, un representante.

Ella retiró la mano despacio.

—Yo no sé nada sobre leyes del mundo del espectáculo ni de derechos de autor...

—Fuiste casi la primera de tu promoción, ¿no? Buscabas las cosas y las aprendías, ¿no?

—Escucha, si esto es un proyecto de trabajo...

—Tienes que estar conmigo. Yo tengo que estar contigo. Hasta que se nos ocurra cómo hacerlo, podrías ganar dinero para las dos. Sé que si lo fastidiamos, si no lo conseguimos, las dos somos capaces de hacernos mucho daño la una a la otra. Pero ¿y si lo logramos? Además, hemos intentado no estar juntas y no hemos sido felices. ¿Qué otra posibilidad tenemos? ¿Almas gemelas separadas? ¿Y si lo logramos?

—Muy bien. —Steph agitó su cigarrillo, echando humo literalmente al otro lado de la habitación—. Seguid adelante con esta locura. Soltadme un rollo sobre que el amor puede con todo.

Volví a coger la mano de la que pronto iba a ser mi amante y de nuevo intercambiamos esa sonrisa. Miré a Steph y dije:

—Yo no te lo voy a soltar. Porque el amor no puede con todo. Sólo te da una razón para seguir intentándolo.

Con eso me gané otro abrazo en el que quise concentrarme por completo, pero una parte de mí se preguntaba si debía cambiar la contraseña de mi Powerbook o simplemente eliminar todos los fanfics que había escrito.


FIN


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