Más venganza

Gabrielle Goldsby



Para los descargos, véase Venganza

Título original: Paybacks Too. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


—¿Mac? ¡Al teléfono!

Me quité los guantes y me sequé la frente. La mujer del tiempo había dicho que hoy iba a haber treinta y dos grados, pero más bien parecían cuarenta. Le cogí el teléfono a mi madre y le sonreí para darle las gracias. Me despedí de ella agitando la mano y eché a andar hacia el edificio que albergaba la refrigeración y mi oficina.

—Flores Mackenzie. —Cerré la puerta de mi oficina con aire acondicionado.

—Así que ahora te llaman Mac, ¿eh? —El tono burlón no me sonaba, pero la voz... Llevaba oyendo esa voz en sueños casi todas las noches desde hacía un mes.

Intenté no sonreír, pero fracasé por completo.

—¿Cameron?

—En carne y hueso, bueno, en cierto modo.

—No pensé que fueras a llamar.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—He estado a punto de no hacerlo, pero... bueno, hoy estoy en la ciudad. ¿Cómo estás?

—Yo bien, ¿y tú? —Ojalá pudiera decirle la verdad. Que llevaba semanas pensando en ella, que me preocupaba que no me llamara y que, cuando ya habían pasado tres semanas, me había planteado conseguir su número de teléfono. Me costó, pero logré no hacerlo. Por mucho que me disgustara la idea, tenía que dejarlo todo en manos de Cameron. Si no quería verme, yo no podía hacer mucho al respecto.

La cálida risa del otro lado del teléfono fue toda la respuesta que Cameron estaba dispuesta a dar.

—Siento haber tardado tanto en llamar.

—Lo comprendo. No pensaba...

—¿Qué no pensabas, Mac?

—Ha pasado un mes. Pensaba... que para ti a lo mejor sólo había sido una cuestión de venganza. Pensaba que nunca te volvería a ver.

—Llevo aquí un par de días por asuntos de trabajo, pero no he tenido tiempo para conversar... Claro que nuestra conversación fue bastante rápida la última vez.

—Ahora estás siendo cruel —dije como en broma, aunque sí que me dolía que el momento que habíamos pasado juntas significara tan poco para ella.

—Sí, es cierto.

Me pareció que convenía cambiar de tema.

—¿Vas a volver pronto?

—¿Por qué?

—Por curiosidad.

—Curiosidad, ¿eh? ¿Es sólo curiosidad?

—Bueno, es que quiero verte. —Me llevé la mano a la frente y me dejé caer en la silla, pensando, ¿Cómo puedo ser tan estúpida?—. ¿Dónde estás?

Cameron carraspeó.

—¿Qué estás haciendo, Mac? —Su voz era suave. Era como si me susurrara al oído.

—Nada, estoy sentada en mi oficina.

Hubo otra pausa.

—Me gusta que seas sincera conmigo.

—Lo intento.

—Me parece recordar que no te dejabas guiar mucho por la sinceridad en tus años mozos.

—Escucha, no me conoces, Cameron. Y no me conocías entonces. Nunca quisiste. Así que no te pongas... —Esto no estaba saliendo como tenía planeado. Me froté el caballete de la nariz.

—¿Qué estamos haciendo? —La voz de Cameron sonaba exasperada—. Me parece que te sería más fácil catalogar esto como una oportunidad perdida. ¿Por qué te ibas a abrir a mí... a la posibilidad de sufrir? Ya sé que dices que has cambiado, pero... es evidente que yo aún siento rencor.

—Tenía diecisiete años, Cameron, qué diablos, tú sólo tenías dieciséis. Dime qué tendría que haber dicho, con quién podría haber hablado. No comprendía lo que sentía. Ya sé que eso no es excusa, pero quiero intentar compensarte. Si tienes la necesidad... de tratarme... de decirme cosas hirientes, también puedo aguantarlo. Me he llevado mis buenos palos y siempre he logrado volver a levantarme.

—Eso sigue sin decirme por qué estás haciendo esto. ¿Es porque te sientes culpable?

—Sí... y no. También es porque... siempre me preguntaré qué habría pasado si...

—¿Si qué?

—Si te hubiera dicho que me quedaba mirándote en la sala de estudio. Que pasaba por delante de tu casa con la moto a veces hasta cuatro veces al día con la esperanza de verte salir. Si te hubiera dicho que el único motivo que tenía para evitar que me expulsaran antes era que no podría verte de lunes a viernes.

—Me preguntaba... —Carraspeó—. Me preguntaba por qué dejaste de pegar a la gente en el último año. —Parecía estar pensando y cuando habló, su voz sonaba densa y avejentada, como si no hubiera estado hablando todo este tiempo—. Era como si te concentraras más en mí. Hiciste de mi vida un infierno.

—Ya lo sé. —Eso fue lo que dije, pero lo que no sabía era que me pudiera doler tanto. Era ese dolor profundo que te llega hasta los huesos y que tiene la mala leche de dejarte dormir para que sueñes con momentos más felices—. Sé que no me vas a creer, pero me decía todos los días que iba a dejar de insultarte y que te iba a decir la verdad. Lo intenté, pero cada vez... cada día veía el asco en tus ojos. La única manera que se me ocurría de estar en contacto contigo era metiéndome contigo. Sabía que si no decía nada... si no iba a por ti, estarías encantada de no volver a dirigirme la palabra nunca más.

—Y eso no lo podías permitir, claro está. —Su tono volvía a ser duro.

—No, yo... no podía. Me moría por dejarlo. Me... me eché a llorar aquel día que te hice llorar.

—Te creo —suspiró—. Ojalá pudiera dejarlo todo atrás.

—No espero que lo hagas. —Me agité en la silla, con la sensación de que nos estábamos despidiendo, y me empezó a doler toda la zona entre el pecho y el cuello—. Ya no soy la misma persona que era entonces. Sé que te cuesta creerlo, pero ya no soy así.

—¿Me vas a contar alguna vez qué causó esta metamorfosis, mi pequeña mariposa?

Intentaba aligerar las cosas y por alguna razón, eso también me dolió. ¿Llegaríamos alguna vez a un punto en el que no tuviéramos que hacer tanto esfuerzo? ¿Estaba haciendo mal al hacerla pasar por esto? A lo mejor estaba siendo egoísta. A lo mejor tendría que dejarla en paz. Sonreí con tristeza.

—Tal vez algún día, pero no por teléfono.

—Ah, pareces convencida de que nuestros caminos volverán a cruzarse.

Me eché a reír.

—Siempre he sabido que ocurriría.

—Mmm, qué curioso, yo siempre he esperado que no ocurriera.

Abrí la boca para protestar, pero decidí no hacerlo. Se hizo un largo silencio. Me estaba esperando que Cameron me dijera que tenía que colgar.

—Mackenzie, ¿estás ahí?

—Me gusta cómo dices mi nombre... en el instituto nunca lo decías, ¿por qué?

—Por miedo a morir descuartizada, creo. —Se echó a reír y yo también, aunque con cierto nerviosismo—. ¿Mackenzie?

—¿Sí?

—¿Qué llevas puesto? —dijo en voz baja, casi con timidez. No me hizo falta mirarme los brazos para saber que tenía el pelo de punta.

—Pues... acabo de terminar de trabajar.

—Mmm, ¿ahora vas a empezar a mentirme?

—No, no miento, es que... mm, Dios. —Eché la silla hacia atrás y contemplé los rayos diagonales de sol que me cubrían las piernas enfundadas en vaqueros—. Llevo vaqueros desgastados y sucios, una camiseta blanca y botas sucias. —Me encogí a la espera de su reacción.

—¿Cómo llevas el pelo?

Me arranqué el pañuelo rojo de la cabeza.

—En una trenza.

—Ah, ¿sin sombrero ni nada?

—Mm, no.

—¿No?

—Mm, bueno, tenía un pañuelo, pero... me lo he quitado.

—Seguro que estás guapa.

—Estoy sucia. —Sonreí y me puse a dar vueltas en la silla, desaforadamente feliz por el cumplido.

—Ya, pero guapa. ¿Dónde estás ahora mismo?

—En el trabajo. —Eso ya lo sabe, cretina, te ha llamado aquí—. Estoy en mi oficina... ante mi mesa.

—¿Estás sola?

—Sí, ya se ha ido todo el mundo. Hacemos casi todo el trabajo por la mañana. Hace... más fresco.

—¿Mackenzie?

—¿Mmm?

—¿Tienes un sofá en esa oficina tuya?

Miré el sofá heredado que estaba al otro lado de la habitación y del que había librado encantada a mi madre a cambio de transportarlo.

—Mm... sí. A veces me quedo a dormir aquí... mm, cuando se hace muy tarde.

—Ya. ¿Es cómodo?

—Sí, sí, muy cómodo —dije con cierto exceso de entusiasmo y luego me puse la mano en el caballete de la nariz. ¿Pero qué demonios me pasa?—. ¿A qué vienen todas estas preguntas, Cameron? ¿Necesitas un sitio donde dormir?

Se echó a reír y luego hubo silencio al otro lado del teléfono.

—He pensado que podrías sentarte en él mientras hablamos.

—Oh... puedo hacerlo si quieres.

—Sí, me gustaría.

Me levanté y fui al sofá, contenta de que no viera lo temblorosas que tenía las piernas.

—¿Cómo es?

Me quedé mirando el viejo sofá de cuero que tenía un trozo de cinta adhesiva por encima de cada brazo para que no se saliera el relleno, y me encogí.

—Pues... es de cuero.

—¿En serio? Me gusta el cuero. ¿Es bonito?

Miré atentamente el mueble, con la esperanza de que se hubiera hecho de repente más elegante desde la última vez en que me molesté en mirarlo.

—Mm... no. La verdad es que no.

—¿No te gustaría quitarte esa ropa sucia?

Parpadeé y me miré los vaqueros.

—¿Me vas a contestar o te vas a quedar jadeándome en la oreja?

—Mm, sí, sí, me gustaría.

—Pues empieza por la camiseta.

Asentí y luego recordé que Cameron no me veía, así que dije que de acuerdo. Cameron se echó a reír.

—No pasa nada si tienes que soltar el teléfono.

Asentí de nuevo, con las manos temblorosas mientras me quitaba la camiseta por encima de la cabeza. Cogí el teléfono, medio esperándome que Cameron hubiera colgado, pero todavía la oía respirar suavemente al otro lado de la línea.

—Dime cómo es tu sujetador.

Me miré temerosa y casi solté un suspiro de alivio al ver que era el sujetador negro bueno.

—Es negro... de encaje, mm, creo que me queda bien. —Tragué con dificultad y deseé tener un poco más de labia.

Cameron se echó a reír de nuevo.

—¿También llevas bragas a juego?

—Mm, sí... había rebajas... —Oh, Dios mío, por favor, haz que me calle. Me agarré la frente y Cameron se echó a reír suavemente.

—¿Quieres quitarte los pantalones y describírmelas?

—Esto no se me da muy bien —le dije mientras me desabrochaba los pantalones.

—Lo estás haciendo bien —dijo suspirando.

—Mm, vale... —Sostuve el teléfono entre el hombro y la oreja mientras me bajaba los pantalones por los muslos.

—¿Te has acordado de quitarte antes las botas?

—Mm, sí... —Miré los vaqueros recogidos alrededor de mis botas, cerré los ojos y solté un triste—: No.

—No importa, tesoro, quítatelas primero y luego quítate los pantalones. Avísame cuando lo hayas hecho.

Se me puso la carne de gallina en los brazos al oír sus tiernas instrucciones. Dejé las botas en el suelo y doblé cuidadosamente los vaqueros.

—Vale, ya está.

—¿Tienes frío?

—No, bueno, hace un poco de fresco, pero estoy bien.

—Háblame de las bragas.

—Son negras, de encaje, como el sujetador.

—Y lo conseguiste todo en las rebajas, ¿verdad?

—Sí, de Victoria's... Secret. —Dios, ahora sé que se está riendo de mí. Seguro que piensa que no he hecho esto nunca. Que no es que lo hubiera hecho, pero no quería que ella lo supiera.

—Mmm, ¿el sujetador se abre por delante?

—Sí.

—¿Te gustaría quitártelo?

—Mm... sí, me gustaría.

—Pues quítatelo por mí.

Me solté el sujetador y mis pechos salieron despedidos de sus límites de tela como caballos al oír el disparo de salida.

—No te vi los pechos hace un mes.

—No, es cierto. —Me quité el sujetador y lo dejé en el suelo.

—Recuerdo que pensé que eran de un buen tamaño.

—Sí, yo diría que sí —dije con falsa seguridad.

—Tienes los pezones marrones, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

Me pareció que se encogía de hombros.

—Por tu tono de piel, tendrían que serlo. ¿Te los puedes tocar por mí?

—Sí —dije con timidez, como si fuese la primera vez que me tocaba a mí misma. Hice una mueca. Jo, seguro que mis pobres pechos no recordaban la última vez que los tocó alguien que no fuera yo.

—Siento no haberte tocado.

—¿En serio? —Cerré los ojos y dejé que su voz suave me arrullara al oído.

—Sí, tendría que haber pasado más tiempo contigo.

—Me gustaría volver a verte. —Seguí acariciándome los pechos.

Pensé que no iba a decir nada, pero entonces la oí tragar saliva.

—¿Por qué?

—No lo sé —dije con sinceridad—. Es que... si vuelves por aquí, me gustaría verte.

—¿Y si entonces estás saliendo con alguien?

—No estaré saliendo con nadie. —No pretendía que sonara como una promesa.

—Quítate las bragas.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

Me levanté y me bajé las bragas.

—¿Qué aspecto tienes? —preguntó, con tono repentinamente brusco.

—Pues, mm, no sé. Creo que estoy bien.

Cameron se echó a reír.

—No eres muy dada a las descripciones, ¿eh, Mac?

—No, creo que no.

—No importa, no tienes por qué hablar, ya lo hago yo. Túmbate por mí, Mac.

—Está bien.

—¿Estás cómoda?

—Sí... sí —dije más alto, porque Cameron no contestó.

Carraspeó.

—Te has... tocado ya otras veces, ¿verdad?

—Sí —reconocí al tiempo que me acariciaba los pezones hasta que se me pusieron duros bajo los dedos, y cerré los ojos imaginando que era Cameron quien me tocaba.

—¿Qué quieres hacer ahora?

—Quiero... quiero tocarme.

—Mmm, ¿es que no lo estás haciendo ya?

—Sí, por favor, Cameron, no te burles de mí.

—Lo siento, no era mi intención. ¿No preferirías un poquito de jugueteo previo? —Cameron todavía sonaba risueña, pero tenía la voz temblorosa y grave. De repente, me pregunté si ella también se estaba tocando. La idea me acaloró el centro y me hizo gemir—. ¿En qué estás pensando? —susurró.

—En que ojalá estuvieras aquí conmigo en este momento.

—¿Qué querrías que hiciera?

Abrí las piernas y bajé los dedos por mi estómago, cerrando los ojos.

—¿Te estás tocando, Mac?

—Sí.

—Lo harás despacio por mí, ¿verdad?

Me moví más despacio, con los ojos cerrados, y oí que a Cameron se le aceleraba la respiración... mis sospechas se vieron confirmadas cuando a Cameron se le quebró la voz:

—Eres una mujer muy bella, Mackenzie Bryant.

Sonreí al recordar la cara de pasión de Cameron cuando estábamos echadas en el suelo del vestuario.

—Tú también. Cameron, no puedo...

—Lo sé, Mac. Adelante.

Moví los dedos despacio por encima de mi clítoris y luego pasé a mi entrada y me detuve. Como si percibiera mi duda, dijo:

—No tienes por qué esperar.

Se me escapó un gemido de entre los labios cuando me penetré con la punta de los dedos, empujando despacio y con firmeza. Saqué los dedos hasta dejar sólo las puntas dentro y luego me penetré por completo. Mis caderas se encontraron con mis dedos. Cada embestida me causaba un placer creciente.

—Estás muy húmeda, ¿verdad?

—Sí, Dios, sí. —Con una fuerza de voluntad que no sabía que tenía, seguí moviéndome despacio. Por fin, no pude retrasar más el orgasmo. Me seguí moviendo despacio a lo largo de todo el orgasmo, y el placer era tan intenso que estuve a punto de perder el conocimiento. Cuando conseguí recuperar el aliento, me sonrojé de vergüenza. Saqué los húmedos dedos y los subí por mi clítoris hasta el estómago, dejando un rastro que se enfrió con el aire acondicionado de la habitación.

—¿Todo eso ha sido por mí?

—Sí, ha sido todo por ti.

—Pues imagínate cómo será cuando lo consigas de verdad.

—Mmm. —Estiré los brazos por encima de la cabeza y sonreí al techo—. Supongo que tendré que fiarme de tu palabra.

—Volveré dentro de una semana, dos como mucho. Me gustaría verte entonces.

—Muy bien.

—No haces preguntas, ¿eh?

—No hago preguntas. ¿Te doy mi dirección?

—Ya la tengo. Fui yo la que dio contigo para la reunión, ¿recuerdas?

—Sí, pero ¿y la dirección del trabajo? A veces me quedo aquí hasta tarde y no quiero... y no quiero que no me encuentres.

Cameron no dijo nada. Sus silencios me asustaban porque no sabía qué estaba pensando.

—Ésa también la tengo.

—¿Y tienes una idea de cuándo vas a volver? —pregunté, intentando no parecer demasiado ansiosa.

—Eso no te lo puedo decir. Tendrá que ser una sorpresa. No te importan las sorpresas, ¿verdad?

—Viniendo de ti, no.

—Pues muy bien, quedas avisada. Prepárate para llevarte una buena sorpresa.

Sentí una oleada abrumadora de felicidad. Su voz sonaba ligera y risueña: estaba a gusto conmigo. A lo mejor ganarme su confianza no iba a ser tan difícil como yo pensaba. Bajé la mano por mi estómago y mi dedo jugó con el aro que tenía en el ombligo, al tiempo que hablaba con voz más grave:

—Te convendría no ponerte el mismo perfume que llevabas en la reunión. —Cerré los ojos y se me dilataron las aletas de la nariz al imaginarme que captaba su olor en el aire. La excitación se apoderó de mi vientre—. Si estás a tres metros de mí, lo sabré.

—¿En serio?

—Mmmm, en serio.

—Interesante. ¿Mackenzie?

—¿Sí, Cameron?

—Muy bonito ese aro que llevas en el ombligo.

Sonreí de nuevo al tiempo que rodeaba el aro con el dedo y tiraba ligeramente de él.

—Gracias, a mí también me gusta. —Me senté de golpe—. Cómo... cómo has sabido... si no... no me quité la ropa cuando estuvimos juntas.

Cameron se echó a reír.

—Te convendría cerrar las persianas la próxima vez que decidas pasarlo bien en la oficina, cariño.

Me levanté de un salto y corrí a la ventana, bajando un poco las tiras de las persianas para mirar fuera. Cameron estaba sentada en su pequeño deportivo al otro lado de la calle. Unas gafas de sol le tapaban los ojos, pero no la gran sonrisa que tenía en la cara. Me lanzó un beso.

—Oh, Dios... oh, Dios mío. —Solté las persianas y dejé caer el teléfono a mi lado. Pero no me puede haber visto desde el otro lado de la calle, ¿verdad? Bajé ligeramente las tiras de las persianas y por primera vez vi la huella borrosa de una mano en la ventana. Apoyé la mano en el cristal. Mi palma era mucho más grande que la huella. Se me dilataron las aletas de la nariz, al reconocer una vez más el perfume que se me había quedado en los labios durante horas después de nuestro último encuentro. Me puse con cuidado el teléfono en la oreja—. Mm... ¿Hola?

Cameron soltó una sonora carcajada.

—Nos vemos pronto, ¿vale?

El teléfono se desconectó en mi oreja. Lo tiré a la mesa y me dejé caer en la silla, sin hacer caso del frío que sentía en el trasero. Una lenta sonrisa fue extendiéndose por mi cara. Nos vemos pronto, había dicho.

Eso de pronto no sonaba nada mal.


FIN


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