Venganza

Gabrielle Goldsby



Descargos estándar: Estos personajes son míos.
Aviso de dolor/consuelo: Sí, lo hay.
Nota breve: Este relato es muy breve, lo cual es a propósito, porque en realidad es el resultado de un desafío. Tenía que escribir una historia que no tuviera más de 1.000 palabras, sin incluir el título y las renuncias, y que tuviera argumento y sexo. No ha sido fácil, pero esto es lo que se me ha ocurrido. Puede que vuelva a jugar con estas chicas: creo que hay más historia que contar.
Los comentarios positivos y constructivos serán muy bien recibidos. Decidme si queréis oír el resto de la historia. GabGold@aol.com

Título original: Paybacks. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


—¿Tú sabes lo que me hiciste pasar? No sé cómo tienes la osadía de venir a saludarme.

Me estaba regodeando en el hecho de que ya no era la enclenque de dieciséis años que se acobardaba ante sus penetrantes ojos azules. Ahora, diez años después, yo era la fuerte y, aunque ella seguía siendo muy guapa, estaba segura de que podía enfrentarme a ella de ser necesario. Cuando la vi al otro lado del atestado salón de actos del instituto, percibí en sus ojos que me reconocía al instante, y también otra cosa. Noté que esos ojos me seguían durante toda la velada mientras yo entablaba charlas banales con ex deportistas calvos y empresarias triunfadoras. Esos mismos ojos me vieron entrar en el vestuario de chicas. No tuve que esperar mucho tiempo hasta que me siguió.

Era el sueño de todos los adolescentes que habían sido demasiado flacos, demasiado gordos, demasiado inteligentes o demasiado pobres para plantar cara al matón de sus años de colegio. La mía era Mackenzie Bryant. Me atormentó desde que tenía doce años, cuando vine a vivir a esta pequeña ciudad, hasta que cumplí los diecisiete, cuando ella dejó los estudios. Al parecer, le había ido bien, porque ahora era, quién se lo iba a imaginar, dueña de un vivero.

Me subí el ajustado vestido negro por los muslos y me senté en una de las duchas.

—¿Cuántas ganas tienes ahora de conocerme?

—Muchas —contestó con humildad.

—¿Estás dispuesta a pedirme disculpas?

Agachó la cabeza y asintió.

—¿Por qué es tan importante? —le pregunté. Empezaba a sentir un poco de... bueno, de lástima por lo que estaba a punto de obligarla a hacer.

—Porque siempre pensé que eras una persona a la que valía la pena conocer. No como yo.

Le sonreí. Sabía que era una maldad, pero no podía evitarlo. Llevaba tantos años soñando con esto que se había convertido en el empujón que aprovechaba para correr ese kilómetro de más o levantar esas pesas de más.

—Arrodíllate —le ordené y, sorprendentemente, obedeció. Con la cabeza morena todavía gacha, su pelo, que antes siempre estaba despeinado, le caía ahora como seda por encima del hombro.

—¿Sabes lo que quiero? —pregunté.

Asintió.

—¿Y a qué esperas?

Se acercó más a mí al tiempo que yo apoyaba la cabeza en la pared. Apenas logré evitar gritar cuando su cálida boca se cerró alrededor de mi clítoris. Se puso a chuparme. Tuve que morderme el labio para evitar gritar de placer mientras ella me cogía en brazos, me tumbaba en el suelo y empezaba a pedirme perdón. Le agarré la cabeza y la guié justo donde quería. Cerré los ojos y mi mente me dijo que esto nunca había formado parte de mi plan de venganza. Su lengua seguía deslizándose sobre mi clítoris, estimulándome y lamiendo toda la humedad que encontraba allí.

Cerré los ojos mientras la mujer a quien había llegado a odiar me llevaba al orgasmo no una, sino dos veces. Se me calmó la respiración. De repente, lamenté castigar con los sueños de una chiquilla flacucha a esta mujer que tan poco se parecía a la que me había atormentado en el pasado.

Tenía la cabeza de lado, pero por su respiración supe que no estaba dormida.

—¿Por qué? ¿Por qué me atormentabas de esa forma? —le pregunté suavemente. Esperé la respuesta y cuando estaba a punto de moverla para despertarla, me contestó, con voz ronca.

—No sabía cómo hablar contigo. No sabía cómo hablar con nadie. Tenía tantos problemas en casa que ya me daba todo igual. Era más grande que nadie y lo aprovechaba.

De repente deseé verle los ojos.

—Además... sentía cosas hacia... hacia las mujeres. No sabía cómo hacer frente a eso.

—Bueno, no se le hace frente pagándolo con otras personas. ¿Por qué has venido? No eras precisamente la persona más apreciada del instituto.

—He venido... para verte.

—¿Para verme? ¿Cómo que para verme?

—Quería... quería explicarte... decirte que lamento cómo te traté entonces.

Me entró una rabia inexplicable.

—Ya, pues gracias por las disculpas, han sido muy satisfactorias. Pero no estás perdonada. —La aparté de un empujón y empecé a levantarme.

—Espera. También quería preguntarte una cosa.

—¿El qué? —gruñí mientras me colocaba bien el vestido, pensando que no me gustaba cómo me sentía por lo que acababa de pasar.

—¿Por qué me dejabas? —Se levantó, sin mirarme. Observé a esta mujer alta que tenía tan poco que ver con la adolescente que me atormentaba que era casi como si fuesen dos personas distintas. Esta persona era... bueno, humilde, agradable, alguien a quien sin duda me gustaría conocer y pedirle que saliera conmigo. Pero no podía, esta vez no, con ella no. De modo que me enfadé.

—Corta ese rollo misterioso, Bryant. ¿De qué vas? ¿De qué hablas?

—¿Por qué dejabas que me metiera contigo? —contestó sin prisas, como si estuviéramos charlando del tiempo—. El año antes de que me fuera, te atrapaba aquí y te obligaba a quedarte sentada conmigo durante horas. Te decía que no te pusieras cierta ropa y no te la ponías. Te obligaba a contarme historias y me las contabas. Y te amenazaba con hacerte daño si se lo contabas a alguien y, que yo sepa, jamás se lo dijiste a nadie.

—Bueno, no tenía muchas ganas de que me sacaras un ojo con un clip —le dije con sarcasmo. Asintió y respiró hondo.

—Pero... nunca te hice daño. Nunca te pegué ni nada.

—¿Crees que te hacía falta hacerme daño para dejarme las cosas claras? Yo ya veía lo que les hacías a los demás. ¡No quería luchar contigo! Entonces no sabía luchar.

Asintió y dio la impresión de que se tenía que obligar a continuar.

—¿Pero por qué estabas siempre aquí, Cameron? ¿Por qué te quedabas aquí cuando terminaba la hora de gimnasia? Te podrías haber ido con las demás chicas, podrías haber hecho muchas cosas para evitarme, pero nunca las hacías. Si tanto me odiabas, ¿por qué estabas siempre aquí sola?

Me quedé sin aliento como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. ¿Por qué había dejado que me atrapara en el vestuario de chicas todos los días durante casi un año entero?

—Esta conversación se ha terminado. Ya he conseguido mis disculpas. Adiós, Mackenzie.

—Espera, Cameron. Yo... —Se irguió—. ¿Volveré a verte?

—¿Por qué querrías verme? —le pregunté sin dar crédito.

—Porque he cambiado. Quiero demostrártelo. Ya entonces sabía que merecía la pena conocerte.

—Pues yo también he cambiado, Mackenzie. No tengo muy claro que ahora te vaya a gustar. No soy tan inocente como antes.

Sonrió y tuve que obligarme a no sonreírle a mi vez. Me di la vuelta para marcharme.

—¿Volveré a verte?

—Tal vez —dije por encima del hombro.

—¿Cómo sabrás dónde encontrarme?

—Esas cosas se me dan bien. ¿Cómo crees que te encontró el comité de la reunión?

La dejé para que lo pensara y salí del instituto sin mirar atrás. Cerré de golpe la puerta de mi coche de alquiler y me quedé sentada un momento con la cabeza apoyada en el asiento. Me alegré de haber dejado la capota bajada: la noche estaba tan despejada que me parecía poder tocar cada estrella con la punta del dedo. Arranqué y salí disparada del aparcamiento rumbo al aeropuerto.

¿La llamaré? Sí, seguro que la llamo. Tengo que reconocer que siento curiosidad por saber qué es lo que ha provocado un cambio tan milagroso en su vida. A lo mejor me puede ayudar a hacer algunos cambios en la mía. A lo mejor...


FIN


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