Recuerdo

Gabrielle Goldsby



Descargos estándar: Estos personajes son míos.
Aviso de dolor/consuelo: Sí, hay algo de eso.
Aviso de secuela: Estos personajes fueron creados en principio como respuesta a un desafío en forma de relato de 1.000 palabras, titulado Venganza. Es posible que sea necesario leer antes Venganza y Más venganza para disfrutar plenamente de este relato.
Los comentarios positivos y constructivos serán muy bien recibidos. Decidme si queréis oír el resto de la historia. GabGold@aol.com

Título original: Flashback. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


—Soy Mac.

Intenté no emocionarme al oír su voz. El hecho de tener el corazón atravesado en la garganta seguramente hizo que mi voz sonara más áspera de lo habitual.

—Quiero verte.

Hubo silencio al otro lado del teléfono.

—¿Cameron? ¿No habías dicho dos semanas?

—Ya, estás ocupada. —Me dejé caer en la cama y cerré los ojos para esperar la respuesta.

—No, no, no lo estoy. Me alegro de que hayas llamado —dijo.

—Te dije que lo haría, ¿no?

—Mm, no, la verdad es que no lo dijiste. A mí también me gustaría verte.

—Estoy en el Pan Pacific. ¿Cuándo puedes venir? —Me pregunto si me oirá sonreír.

—No lo sé. Tengo que hacer una llamada. ¿Puedes... me das dos horas?

—¡Sólo tengo esta noche, Mac! —No logré disimular la frustración de mi tono. Lo que quería decir era: hoy es el Día de los Enamorados y por culpa de esos pelmazos del trabajo, ya casi se ha terminado.

—Lo sé. Lo siento... no me queda más remedio.

—Vale, da tu nombre en recepción. Te dejaré una llave. —Colgué antes de que pudiera cambiar de idea y luego llamé al servicio de habitaciones—. Hola, llamo de la habitación 129. Cancelen la langosta. Traigan sólo la ensalada, galletas saladas y fruta o algo así. Sí, y el champán... fresas me parece bien. Espere, ¿tienen... pueden rebozarlas en chocolate? Sí, eso estaría muy bien.

Colgué el teléfono y entré en el cuarto de baño para cerrar el grifo. No podía negar la decepción que sentía. ¿En qué demonios estaba pensando? Se trataba de Mackenzie Bryant, la única persona a la que sin lugar a dudas había odiado en toda mi vida. Y ahora me dedicaba a encargar cenas con langosta y preparar baños de burbujas. ¿Por qué, porque era el Día de los Enamorados? La idea de que Mackenzie Bryant fuese mi enamorada era ridícula. ¿No? Dejé caer la bata y me metí en la bañera. Con los ojos cerrados, me recosté, dejando que el agua caliente me relajara los músculos. Dios, cómo estaba de deliciosa cuando la estuve mirando por la ventana. No sé qué se apoderó de mí, pero tenía que verla. Mi intención era mirarla mientras trabajaba en el vivero y luego seguir adelante. Ni siquiera me di cuenta de que había marcado su número. Jo, ¿y cuándo me había aprendido su número de memoria? Y cuando la vi... Parecía cansada y sudorosa.

—Qué cosa más guapa —murmuré. ¿Cómo es que no la recuerdo tan guapa en el instituto? Seguramente porque estaba siempre martirizándome. La idea me hizo reír, pero Mac tenía razón, nunca me había hecho daño. Sí, me había dado miedo unas cuantas veces. Incluso me había arrugado algunas camisas, pero poco más. ¿Por qué le estoy buscando excusas? Recordé el aspecto que tenía tumbada en ese sofá, con las piernas abiertas. Yo estaba prácticamente pegada a la ventana y me importaba un bledo que llegara alguien y me pillara. Ni podía ni quería apartar los ojos de ella. Cómo deseaba verla desde otro ángulo. Casi no veía lo que hacía su mano desde donde estaba, pero sí veía su cara y vi cómo se movía más despacio cuando se lo pedí. Oía el suave susurro de su respiración y el móvil pareció calentarse junto con el aire que me rodeaba. Vi cómo se tensaba su cuerpo al llegar al orgasmo. Se me abrieron los labios como para corresponder a su suave gemido y mis dedos ardían por tocarla cuando cerró las piernas alrededor de su propia mano.

Respiré hondo y abrí los ojos de par en par. Tenía que dejar de pensar en ella a todas horas. Me sumergí en el agua, salí de nuevo y bostecé. Había tenido que coger dos aviones para venir aquí, sólo para verla durante unas horas. Tendría que marcharme en un vuelo de las seis de la mañana si quería llegar a Oregón a tiempo para la reunión. Hice una mueca. Tal vez tendría que haber esperado una semana más. Me eché en la cama y pegué un puñetazo a la almohada.

—¿A quién demonios quiero engañar? No habrá más semanas.

Se acabó. Me dije que la vería una vez más y luego la dejaría en paz. Me estaba enloqueciendo por algo que había ocurrido diez años antes.

Dios, pero cómo estaba de buena en ese sofá. Si hubiera pensado que podía hacerle el amor y regresar a tiempo, me habría colado por esa ventana. Pero era imposible, de modo que me quedé mirando, observándola como una pervertida en un espectáculo para mirones, y ahora mis sueños estaban atormentados por esas imágenes. Miré el reloj. Dos horas, había dicho. Me echaré una siesta. Cuando llegue, estaré muy descansada.


Oí sus pasos vacilantes cuando llegó a la puerta. Se detuvo como si se hubiera olvidado de algo y luego oí que metía la tarjeta en la cerradura. Por alguna razón, sentí la necesidad de hacerle creer que seguía dormida. Se quedó de pie a mi lado largos instantes antes de hablar.

—¿Cameron?

—Mac. —Abrí los ojos y miré el reloj. Había dormido tres horas y media.

—Siento llegar tarde. Es que...

Esperé, pero se limitó a sacudir la cabeza.

—¿Qué pasa, Mac? ¿Es que tu marido no quería que salieras en el Día de los Enamorados? —Detestaba el hecho de que bajo la burla, de verdad quería saberlo. Me importaba de verdad saber si estaba disponible o no. Le pasé la mano por el brazo. Estaba estupenda con sus pantalones negros y una blusa sin mangas, muy poco maquillaje y un perfume ligero que no conseguía reconocer. Me senté y la sábana se me resbaló por los pechos y cayó sobre mi regazo. Nuestros ojos combatieron un momento hasta que los suyos se rindieron.

—Nunca me he casado —dijo.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo? ¿Has hecho que me investiguen?

El drástico cambio de su tono me hizo fruncir el ceño.

—¿Y si así fuera? ¿Te vas a ir, Mac?

—No... No me voy a ir.

—¿Entonces qué más da?

Yo no había hecho que la investigaran. Pero si hubiera querido, ya lo creo que habría podido.

—Supongo que da igual —dijo.

—¿Qué me estás ocultando, Mac? —bromeé.

Su reacción fue de todo menos humorística.

—¿Y a ti qué coño te importa? —gruñó—. He venido para que puedas follarme. ¿Recuerdas? Eso es lo único que quieres, ¿no? ¿Qué demonios te importa si estoy casada o si oculto algo? Quieres follarme, pues fóllame y deja... deja de comportarte como si te importara un carajo.

Me tiré de la cama y agarré a Mac por los hombros.

La necesidad de hacerla callar me quemaba casi tanto como la necesidad de demostrarle el daño que me hacían sus palabras. Mis dedos se enredaron en su pelo y acerqué su cara a la mía.

—¿Es esto lo que quieres, Mac? —El beso, pensado como castigo, no hizo más que aumentar mi deseo por ella. Cuando caímos encima de la cama, mis labios se trasladaron a su garganta—. Muy bien, puedo hacerlo. Si te gusta esa blusa, será mejor que te la quites ya.

Se quitó la blusa y la tiró al suelo. Las dos estábamos furiosas y ninguna sabía por qué. Tendría que haber parado en ese momento y haberla enviado a su casa. Pero no lo hice.

Se le pusieron los pezones duros bajo mis manos y apreté con fuerza entre sus piernas con mi muslo. Luchó por quitarse los zapatos con los pies y yo forcejeé con la cremallera de sus pantalones. Cuando la cremallera cedió, le metí la mano por la parte delantera de los pantalones e inmediatamente me hundí en su calor.

—Oh —susurré sin saber por qué y me quedé paralizada. Se me cerraron los ojos y apoyé la frente húmeda en su hombro.

—Cameron —dijo jadeante.

A Mac se le aceleró la respiración y sus movimientos se hicieron desesperados cuando me puse a acariciar despacio la prueba endurecida de su excitación. Una parte de mí quería hacerla esperar, hacerle pagar esas palabras acaloradas. He venido para que puedas follarme. ¿Recuerdas?

Se le escapó un grito sofocado de entre los labios y sus movimientos se aceleraron. Ahora tenía los pantalones casi por los muslos. No la penetré, aunque me di cuenta de que eso era lo que ella quería. Aceleré el ritmo y ella se mordió el labio inferior. Intenté no hacer caso de mi propia excitación mientras manipulaba la suya con dureza. Lo único que quiero es follármela, me dije.

—Ca... Cameron —susurró mi nombre cuando se corrió. Cerré los ojos mientras su cuerpo se estremecía bajo mis dedos insistentes y me incliné y le susurré al oído:

—No es... lo que quería.

Suspiró y yo alargué la mano y apagué la luz.

Ante mi sorpresa, dejó que la abrazara y cerré los ojos. Se marcharía dentro de unas horas y yo no volvería a llamarla. ¿Cuándo me había vuelto tan mezquina? ¿Cuándo había empezado a desearla hasta el punto de la enajenación? Sabía perfectamente cuándo empezó todo, cuándo la provocación se convirtió en otra cosa y mi rabia se transformó en frustración.


—Eso es mío. —El vestuario amplificaba el miedo de mi tono. Me había dejado el anuario en un banco y había vuelto corriendo para recuperarlo antes de que me lo robaran. No podría describir lo que sentí por el cuerpo cuando vi la cabeza morena de Mackenzie Bryant inclinada sobre mi libro mientras garabateaba algo en sus páginas.

Al principio se quedó como una niña pequeña a la que hubieran pillado escribiendo en la pared con una de sus ceras preferidas. La culpabilidad no tardó en convertirse en rabia y se levantó del banco y se acercó a mí, mostrándome el libro.

—¿Esto? ¿Esto es tuyo?

No pude evitarlo. Retrocedí un paso.

Ella sonreía levemente y me entraron tentaciones de mirar a mi alrededor para ver si había alguien más en el vestuario, pero sabía que estábamos solas. No habría nadie más hasta que terminara la siguiente clase. Una vez más, me había quedado atrapada a solas con Mackenzie.

—¿No quieres tu anuario? —La burla era evidente en su tono y lo sostenía lo bastante lejos de mí para que no pudiera arrebatárselo y poner pies en polvorosa.

Alargué la mano, agarré el borde del libro y, tras calibrar su reacción, empecé a tirar de él.

—Gr... gracias —dije y hasta conseguí sonreír, pegándome el anuario al pecho como si fuese una armadura. Estaba segura de que lo había conseguido. Ya había retrocedido un paso y estaba a punto de salir pitando de allí, pero Mackenzie parecía tener otras ideas. Ni siquiera recuerdo ver cómo alargaba la mano, pero de repente me encontré con el dorso de su mano debajo de la barbilla y agarró mi anuario con tal fuerza que habría sido inútil intentar evitar que me lo quitara. Deja que se lo quede, cretina, chilló mi mente y llegué al extremo de asentir ligeramente dándome por enterada, pero mis dedos se negaban a soltarlo. Me entraron ganas de llorar por su traición.

—Espera un momento. ¿Cómo sé que es tuyo?

—Lleva mi nombre. —Mi voz, aguda y quejumbrosa, rebotó hacia mí en las paredes y el suelo de piedra del vestuario.

Me arrancó el libro de los dedos inútiles y yo seguí apartándome de ella.

—Tengo que hablar contigo. ¿Dónde vas? —Ladeó la cabeza al hacer la pregunta, con los ojos extrañamente amables.

Me entró el pánico.

—Te lo puedes quedar. No lo quiero.

De repente, se enfureció de nuevo y yo me di de tortas por haber abierto la boca. De dos largas zancadas, Mackenzie no sólo cruzó la distancia que nos separaba, sino que me agarró la blusa con fuerza con los puños y me metió a empujones en las duchas. Me choqué con la pared del fondo con un ligero golpe y cerré los ojos. Esperé algún tipo de ataque físico, pero no se produjo.

Abrí los ojos con cautela. La rabia que había visto instantes antes ahora había desaparecido.

—No vuelvas a ponerte esta blusa —dijo.

—Pero... ¿pero por qué? Me la compró mi madre...

—Me importa un carajo quién te la haya comprado. No te la pongas.

—Vale, no me la pondré. —Apreté la cabeza contra la pared. Se me revolvió el estómago cuando el puño de Mackenzie me agarró la blusa con más fuerza. Parecía tener la vista clavada en algo y cuando bajé la mirada, vi que se me notaban muchísimo los pezones debajo del sujetador. Me subió un rubor por el cuello que me inundó las mejillas.

—Lo siento —dijo suavemente. Se me abrió la boca por la fuerza de la costumbre para decirle que no pasaba nada. Pero me detuve, porque no se trataba de alguien que se hubiera chocado conmigo en los pasillos. Se trataba de la persona que hacía que se me acelerara el corazón cada vez que me miraba, que hacía que cada vez me costara más levantarme por las mañanas para venir a este agujero infernal. ¿Y ahora se creía que con decirme que lo sentía, todo estaba arreglado? Apreté los labios y miré al suelo— ¿Oye? —Su voz sonaba demasiado cerca y mi rabia desapareció tan deprisa como había surgido. Fuera lo que fuese lo que se hubiera fumado, el efecto acabaría pasando y yo todavía estaría en peligro de recibir una buena paliza.

—¿Sí?

—He dicho que siento lo de la blusa, ¿vale?

Por el rabillo del ojo vi que alzaba otra vez la mano y cerré los ojos, esperando el puñetazo. Noté una cálida presión en el pecho justo encima del corazón y abrí los ojos. Me quedé mirando incrédula las uñas destrozadas de una mano sorprendentemente femenina. Se las come, pensé. ¿Qué podría poner a Mackenzie Bryant nerviosa hasta el punto de comerse las uñas? La idea me produjo tal curiosidad que tardé un momento en darme cuenta de que su mano me alisaba la blusa delicadamente moviéndose de lado a lado justo por encima de mi pecho. Se me calmó la respiración.

—Quieres que la gente te vea con esta blusa, ¿verdad? —preguntó mientras alisaba metódica e inútilmente las arrugas que había formado. Su tono al hacer la pregunta sonaba casi pensativo, como si intentara desentrañar una cosa.

—¿Qué? No. —Vale, ahora lo entendía. Está loca y nadie sabe siquiera que estoy aquí con ella. Me aparté de ella todo lo que pude. Vale, ¿qué hacen en las películas? Hacer que hablen, ¿no?—. No quiero que nadie...

Aspiró una temblorosa bocanada de aire y por fin me miró. Los ojos que yo me esperaba fríos y penetrantes parecían confusos y tal vez incluso asustados. ¿Alguna vez los había mirado de verdad? Meneé la cabeza, preguntándome por qué, cuando estaba a punto de recibir una paliza, me estaba preguntando si alguna vez me había fijado en los ojos de la persona que me maltrataba. A lo mejor no era ella la que estaba loca después de todo.

—¿Qué quieres de mí? —murmuré. De repente, dejó de alisarme la blusa y me atreví a echar un vistazo a su cara. Se cernía por encima de mí y para mirarla a los ojos haría falta mucho más valor del que yo poseía. Pero vi lo suficiente para saber que tenía los labios tan apretados que se estaba formando un círculo blanco a su alrededor y que su cara estaba por lo menos un tono más oscura que de costumbre. ¿Qué demonios había hecho ahora?

—¿Tienes novio?

—No. Sabes que no —solté. La incredulidad se coló en mi tono sin que pudiera evitarlo.

—¿No? No es eso lo que he oído.

El alivio se apoderó de mi estómago, calmando la náusea nerviosa, cuando me di cuenta de qué iba todo esto.

—¿Te... te refieres a Eddie? No es mi novio, es... ¿es el tuyo?

Eddie Fletcher me había besado, todo por una apuesta, según descubrí más tarde. Recuerdo que intenté apartar mi boca de su aliento, que era una mezcla de cigarrillos Pall Mall y chicle Hubba Bubba de sandía.

Pareció a punto de echarse a reír en ese momento e hizo un gesto negativo con la cabeza. Pensé que me iba a dejar marchar, pero se quedó sonriendo. Mis ojos se posaron en sus labios, porque me resultaba muy extraño verla sonreír. Levanté la mirada para ver si la sonrisa se le extendía a los ojos. Me sonrojé y sus largas pestañas bajaron como para ocultar el hecho de que sus ojos la habían dejado expuesta.

Me puso la mano debajo de la barbilla y aunque en realidad no presionó, volví a levantar la vista hacia ella.

—¿Entonces por qué dejaste que te besara? —preguntó.

—No le dejé... no me gustó nada. Lo aparté de un empujón.

—Mmm, él me dijo que te gustó. Que querías que lo hiciera.

—Sí, ya, como que me apetece que ese descerebrado de mierda me bese delante de todo el mundo —dije y luego me calmé rápidamente. No sería la primera vez que mi boca me había metido en problemas.

—Bien, porque no lo volverá a hacer. Le dije que si lo hacía, caminaría raro durante el resto de su vida. —Me miró a la cara un momento y luego asintió, como si le hubiera dicho algo. Yo seguía confusa. ¿Ahora era mi protectora o yo había entendido mal su interés por Eddie?—. Dijo... dijo que besas bien.

—Yo no... ¿sí? —Eso no me lo esperaba. Que me exigiera dinero, tal vez, pero no que dijera que besaba bien. Todavía me sentía un poco desequilibrada, sin saber muy bien qué podía y qué no podía decir, de modo que no me atreví a abrir la boca.

—Mmmm. Sí, eso dijo.

—Oh.

—Pero yo no me lo creo. Le dije que él no sería capaz de reconocer un buen beso ni aunque lo comprara.

Yo no parecía capaz de decir palabra.

—Se me ha ocurrido probar. Ya sabes, para ver de qué va tanto alboroto.

Se me quedó mirando como si esperara que yo dijera algo. Abrí los labios y hasta conseguí humedecérmelos, pero hasta ahí llegó mi comentario. De repente, dobló las rodillas y cuando se irguió, teníamos los labios pegados. Noté que se me resbalaban las gafas por la nariz y que mi frente constantemente húmeda se cubría de sudor. Me soltó la blusa cuando el beso se hizo más profundo y todo lo demás se quedó inmóvil. Noté que algo me rozaba el pecho a través de la blusa de seda. Oh, Dios, ¿ha sido su mano? Sin duda, se trataba de una prueba. No tardaría en parar, se reiría de mí y le diría a todo el mundo que yo era una pervertida, ¿a que sí? Le puse la mano en el pecho para apartarla y me detuve pasmada. Por alguna razón, me esperaba que fuera dura, toda músculo, y lo era, pero también era blanda. ¿Por qué no era capaz de abrir los ojos? Algo se tensó en mi estómago y se extendió hacia abajo. La sensación no me era desconocida. Ya sabía cuánta presión hacía falta y cómo debía tocarme para darme el máximo placer. Casi como si me hubiera oído, Mackenzie puso la pierna entre las mías y se apretó contra mí.

—¿Bien? —Me murmuró la pregunta al oído cuando por fin me dejó respirar. Sus dedos volvían a acariciar la pechera de mi blusa. Por segunda vez en otros tantos días, me veía obligada a besar a alguien. Sólo que esta vez, ante mi vergüenza, me había gustado. Me vencí sobre ella y asentí. No podía mirarla por miedo a ver que se reía de mí, de modo que cerré los ojos y esperé a ver qué hacía. Los labios que cubrieron los míos esta vez no lo hicieron con la fuerza del beso anterior. Eran sorprendentemente delicados, casi como si ahora tuviera miedo de que yo la mandara a paseo.

Noté la delicada presión cuando abrió más la boca y, ante mi pasmo absoluto, su lengua se coló en mi boca y se puso a jugar con la mía, y me sentí agradecida por tener la pared detrás. No se estaba burlando de mí, no era posible. Esto tenía que ser algo más, ¿verdad? Me estremecí y la respiración de Mackenzie se aceleró a medida que el beso se hacía más exigente. El aire que salía de su nariz me hacía cosquillas en la mía. Me empezó a dar la sensación de que me iba a desmayar si no cogía aire pronto. Por fin me soltó y me obligué a abrir los ojos.

—Tienes que respirar por la nariz —dijo amablemente y yo asentí con la cabeza como una lunática.

Sus ojos observaban mi cara. Parecía estar esperando algún tipo de reacción y, como siempre, obedecí torpemente.

—¿Qué... qué haces? —Tenía la lengua como si se me hubiera quedado dormida por su beso.

Siguió mirándome, con los ojos llenos de algo que había advertido en ella desde que empezaron las clases. Seguía mirándome con desdén, eso no había cambiado. Pero también había algo más.

—¿Qué crees que hago, mmm? —Se echó hacia delante de nuevo y me besó—. ¿Mmm? ¿Qué te parece que hago?

Era como si me acabara de robar el aire de los pulmones. Quise preguntarle por qué me había besado así. ¿Por qué había parado? Noté las lágrimas que me escocían los ojos y mis labios adormecidos por el beso se abrieron como para decir "Oh, no" antes de que la primera lágrima resbarala por mi mejilla.

—¿Por qué, por qué lloras? Yo no he...

De repente, su cuerpo dejó de presionarme contra a la pared y sentí a la vez alivio y desilusión. Tardé unos momentos en darme cuenta de por qué ya no estaba ahí.

La señora Graves, mi profesora de gimnasia de segunda hora, tenía a Mackenzie agarrada por el brazo y la apartaba a la fuerza de las duchas rumbo a la puerta. Era casi tan alta como Mackenzie y el doble de ancha.

—Estoy harta de ti, Mackenzie Bryant —dijo al tiempo que empujaba a Mackenzie por delante de ella. Corrí detrás de ellas, intentando recuperar el aliento para decirle a la señora Graves que estaba cometiendo un error.

—¿Cameron? Cameron. Espere, maldita sea. —Mackenzie intentó sujetarse a la puerta mientras sus ojos suplicaban algo.

—Señora Graves, por favor —la llamé—. No lo entiende... —Me callé, sin aliento. ¿Qué le iba a decir? ¿Que me había gustado el beso? ¿Que yo deseaba lo que estaba pasando? ¿Cómo podía decirle eso? ¿Cómo podía decírselo a nadie? Miré a Mackenzie y me tapé la boca. ¿Qué quería ella que dijera?

Mackenzie no paraba de mirarme, con ojos suplicantes, como cuando estábamos en las duchas. ¿Qué quería de mí? La señora Graves le apartó por la fuerza los dedos de las jambas de la puerta. En su cara se formó una sonrisa torcida y sus ojos se apartaron de mí.

—Ha sido divertido, Cameron. —Su voz había vuelto a adoptar ese tono brusco de matona que siempre me había dado miedo y la señora Graves la obligó a salir por la puerta hacia el despacho de dirección.

Las seguí, todavía incapaz de decir nada. Tres veces consiguió Mackenzie detener a la señora Graves lo suficiente como para mirar atrás. Y cada vez que lo hacía, sus ojos se ponían más fríos al darse cuenta de que yo no iba a decir nada. La señora Graves abrió de un tirón la pesada puerta del despacho y metió en él a Mackenzie de un empujón.

—Vete a clase, Cameron. Yo me ocupo de ésta.

Me quedé mirando cuando la puerta de cerró despacio. Algo dentro de mí deseaba que diera un portazo para poder librarme por fin del hechizo que me había provocado Mackenzie Bryant. Pero no fue así. Se cerró en silencio. Y, como en sueños, me di la vuelta y obedecí. Me fui a clase.

Cuando llegó la hora de comer, creo que todo el mundo se había enterado de que yo era la responsable de la expulsión permanente de Mackenzie Bryant. Estaba harta de ver las expresiones de lástima total en todas esas caras y traté de no hacer caso. Un día de clase parece demasiado corto cuando te preocupas por lo que te estará esperando cuando salgas. Estaba convencida de que Mackenzie estaría esperando para darme una paliza en cuanto saliera del edificio. ¿Por qué no había podido decir que no me estaba pegando y que en realidad estábamos...? Bueno, es que se trata de eso, ¿verdad, Cameron? No sabes muy bien qué estabais haciendo. Entré en el comedor arrastrando los pies y deposité mi bandeja con cansancio. Notaba las miradas clavadas en mi espalda y cerré los ojos, dándome de bofetadas mentales por no haber salido a comer al jardín.

Un par de bandejas se posaron atronadoramente a cada lado de la mía. Eddie, el del mal aliento y los besos desmañados, y Lisa, la única chica a quien Mackenzie toleraba, se sentaron a mi lado. Me quedé mirando el plato, a la espera de los insultos. No tuve que esperar mucho.

—Así se hace, chivata. —Lisa se lanzó la melena por encima del hombro, golpeándome de lleno en la boca y llenándome de pelos rubios el tenedor con que sujetaba la pasta. Dejé discretamente la comida estropeada en la esquina del plato y abrí un nuevo envase de cubiertos y servilleta.

—Sí, qué forma de conseguir que expulsen a Mackenzie —intervino Eddie, el borrego por antonomasia.

—No he sido yo —murmuré.

—Ya. ¿Y entonces quién ha sido? Porque yo no, ¿y tú, Eddie?

—No, a mí me ha parecido oír que ha sido la chivata.

—Da igual —dije por lo bajo.

—¿Has dicho algo?

Levanté la mirada y luego la volví a posar en mi comida.

—No.

—¿Cómo? No te he oído.

—He dicho que no. Ahora dejadme en paz.

—Claro, te dejo en paz. —Lisa se puso a quitar la comida de su bandeja y a colocarla ordenadamente encima de la mesa. Yo seguí masticando mi horror de pollo y bebiendo leche por la pajita—. Oye, Eddie, ¿te importa colocarme la bandeja?

Ni lo vi venir. Tal vez tendría que haberlo visto, pero estaba demasiado ocupada intentando desaparecer dentro de mí misma. El dorso de la bandeja de Lisa se estampó contra mi nariz. Parpadeé, cegada por el dolor y la conmoción, y aspiré aire por la boca. Intenté sorber, pero el dolor, agudo y penetrante, me obligó a cerrar los ojos de nuevo.

—Escucha, yo no quería que la expulsaran. Intenté decirle a la señora Graves...

Me callé al ver la expresión de horror auténtico con que me miraba Lisa. Fue entonces cuando noté el sabor metálico de un líquido que sólo podía ser sangre.

—¡Oh, mierda, le has jodido la nariz! —Eddie se levantó y empezó a apartarse como si yo fuese Carrie durante el baile de fin de curso. Alcé la mano y la aparté de golpe cuando el dolor me atravesó la cara y me llegó directo a la nuca. Miré la sangre que me cubría la mano, sin saber de quién era. Entonces todo se puso negro. Me enteré más tarde de que me había caído de espaldas, golpeándome la cabeza en el suelo, y que me tuvieron que llevar corriendo al hospital, donde me pusieron tres puntos y un vendaje en la nariz rota. Ah, y además con aquello también conseguí unos estupendos ojos morados.

Cuando volví a clase, me dijeron que todo el asunto se atribuía a Mackenzie Bryant. Decían que había sido una especie de venganza por haber hecho que la expulsaran. Lisa y Eddie fueron expulsados unos días y al volver me evitaban como a la peste, lo cual me venía muy bien. Pasaron diez años hasta que volví a ver a Mackenzie.

Pero sólo un mes hasta que soñé por primera vez que hacía el amor con ella.


Cerré los ojos y me puse la mano en la frente. Todas las demás cosas que me había hecho Mac empezaban a difuminarse y ésta parecía la más importante. ¿Empezaba a verlo con otros ojos ahora que habíamos hecho el amor? No, Cameron, ahora no empieces a engañarte. Habéis hecho sexo. Pero la expresión de sus ojos había sido tan...

Me volví de lado y le puse la mano en el estómago. Mac pegó un respingo, como si saliera de un sueño, y se volvió hacia mí.

—¿Qué pasa?

—Tengo cosquillas ahí —dijo.

—¿Sí?

No pude evitarlo y mis dedos se acercaron de nuevo al estómago de Mac. Ella se puso boca abajo, con el pelo extendido por la almohada, y volvió la cara sonriéndome.

—Jamás me vas a dar cuartelillo, ¿verdad, Cameron? —bromeó. Me quedé mirándola un momento, sin devolverle la sonrisa. La suya desapareció poco a poco—. ¿Qué ocurre? —preguntó con un matiz de miedo en el tono.

—Nada. Es que... me preguntaba por qué nunca me había fijado en lo expresivos que son tus ojos.

Mac sonrió.

—Recuerda que siempre llevaba gafas de sol.

—Yo creía que era porque así molabas más.

Mac se encogió de hombros y se puso de lado, dejando que la sábana le resbalara hasta la cintura.

—Eso también. Era muchas cosas cuando era niña. Estaba hecha un lío.

—¿Por tu sexualidad?

Mac asintió y sus dedos se posaron vacilantes en mi brazo y me acariciaron los músculos.

—Incluso antes de saber que era lesbiana, nunca me vi a mí misma haciendo un papel tradicional.

—Mm, ahora que lo pienso, yo tampoco te veía así.

Nos sonreímos y ella fue la primera en mirar a otro lado. Vaya, fíjate, pensé mientras esperaba a que volviera a mirarme. Es tímida. Acabamos de revolcarnos como dos cerdas salvajes y es tímida. Bajé la mano y le levanté la barbilla. Me miró y sonrió, sonrisa que se reflejó en sus ojos y que obtuvo una punzada de respuesta entre mis pechos.

Me eché hacia delante y la besé. Abrí despacio la boca y ella también abrió la suya obedientemente. Sus manos me rozaron los pezones a través de la sábana. Aunque podría haberlas metido perfectamente por debajo, las dejó encima, atormentándome. Cuando se me escapó un suave gemido de la garganta, las palabras Recuerdo este beso resonaban con fuerza en mi cerebro. Casi como si me oyera, apoyando una mano en mis riñones, Mac me dio la vuelta hasta colocarse encima de mí, con el pelo cayéndole por los hombros y derramándose en la almohada a mi lado.

—¿Bien? —Dijo la palabra como si fuera un esfuerzo tremendo para ella. Su voz era baja y ronca. También recuerdo esta voz.

Asentí y esta vez también contesté.

—Bien.

Su boca se posó sobre la mía para darme un beso tan delicado y enternecedor que supe que esto era lo que podríamos haber tenido largo tiempo atrás. Así era como tendría que haber sido nuestra primera vez, pero no lo fue. La abracé largo rato, acariciándole la espalda, sin movernos. La besé en los hombros y acaricié con los dedos la carne de gallina que se le puso de inmediato.

—¿Mac?

—Sshhh —susurró y me besó otra vez. Me calmé inmediatamente y Mackenzie sacó una pierna de entre las mías. Me rodeó un pezón con sus suaves labios y tiró ligeramente antes de emprender una delicada succión que no tardó en hacer que me frotara contra ella. No lo permitió mucho rato, me rodeó la cintura con los brazos y cerré los ojos cuando se trasladó al otro pezón. Se movía lenta y metódicamente y pensé que me iba a morir antes de que pasara del pecho. Un siglo después se acomodó entre mis piernas. Una lágrima me cayó por la mejilla y hundí las manos en su pelo, instándola a terminar lo que había empezado antes de que lo terminara yo por ella. Los labios que me besaban eran tiernos, casi demasiado. Yo quería un orgasmo rápido y fuerte antes de que me volviera loca. Lo que me daba era lento y delicado y me estaba matando.

—Mac, por favor, no puedo esperar.

—Lo sé —dijo y cogió delicadamente mi clítoris entre los labios. Y exactamente de la misma forma en que me había chupado el pecho, se ocupó con ternura de mi clítoris. Gemí por la maravillosa tortura y no estaba preparada para la primera oleada del orgasmo. Fue profunda y arrebatadora. Empezó en un sitio y acabó haciendo que mi cuerpo entero fuese una gigantesca contracción. Mac me seguía teniendo presa con sus suaves labios y su lengua persistente, cuyo movimiento no pasaba ni un solo momento de delicado y no se aceleraba nunca.

Dejó de moverse y se quedó tumbada en silencio con la mejilla apoyada en mi cadera hasta que se me calmó la respiración.

—Cameron, ¿estás cansada? —La pregunta habría tenido gracia de no haber sido por ese tono de su voz. Ese mismo tono de súplica que me había atormentado durante más años de los que debería. ¿Por qué seguía allí incluso después de haber hecho el amor?

—No —dije suavemente y le puse las manos en los hombros para subirla y darle un beso.

—No es eso, no me refiero a eso —dijo, pero dejó que tirara de ella y la besara. Me encantó saborearme en sus labios.

—¿Qué es lo que quieres, tesoro? Dímelo —dije suavemente. Noté que me estaba excitando por todas las posibilidades. En ese momento se me ocurrió brevemente que debería preocuparme que mi deseo por Mackenzie fuese igual de fuerte que la primera noche.

—Esta vez quiero sentirte —dijo, con los labios a meros centímetros de los míos.

—¿Sentirme? —pregunté tontamente, sin comprender lo que quería decir.

Esta vez ella acercó sus labios a los míos y asintió con la cabeza.

—Te lo enseño, ¿vale?

Una mano grande bajó por mi costado y se posó en mi cadera. Mackenzie pasó una pierna por encima de la mía y con la otra me abrió las piernas. Los dedos que manipulaban mi clítoris eran tan firmes que al instante pensé que iba a volver a tener un orgasmo. Y cuando se metieron en mi abertura, no me sorprendió que encontraran calor y humedad. Gemí, muy cerca ya del orgasmo, cuando ungieron mi clítoris con mi propia excitación. Esto pasó dos veces y entonce me di cuenta de que Mackenzie se metía poco a poco cada vez más hondo dentro de mí y que yo se lo estaba facilitando al abrir las piernas todo lo que podía y tirar con fuerza de sus hombros. Me mordí el labio inferior y noté que el cuerpo de Mackenzie se ponía rígido.

—¿Te hago daño? —preguntó—. ¿Paro?

—No. No, me das mucho gusto.

—Y tú a mí. —Sonrió trémula—. Me gustaría sentirte cuando te corras. ¿Te parece bien?

—Sí —asentí, y reemprendió sus movimientos. Las embestidas lentas y profundas, como sus anteriores atenciones, me daban un placer enloquecedor. Me descubrí intentando prolongar el tiempo que estaba dentro de mí contrarrestando sus embestidas con mis propios movimientos. A Mac no parecía molestarle mi estrategia y me seguía el ritmo sin dificultad. Abrí los ojos para asegurarme de que estaba bien y me quedé pasmada al ver que me estaba mirando. Sus ojos, llenos de placer y hambre, fueron lo que me lanzó por el borde del precipicio. Le sujeté la cara entre mis manos y con los ojos abiertos de par en par y sus dedos hundidos en mi interior, me sumí en el orgasmo con un grito ronco. Casi no oí a Mac diciendo mi nombre al tiempo que cerraba despacio los ojos y se hundía dentro de mí. La abracé, percibiendo, inexplicablemente, que era ella quien necesitaba consuelo, aunque fuese yo la que estuviera teniendo el orgasmo.

Por un momento dio la impresión de que Mac me aplastaba en la cama y acogí gustosa su solidez. Alzó la cabeza y dijo:

—Llevo mucho tiempo soñando con hacer eso.

Le aparté suavemente el pelo de la frente húmeda y susurré:

—Yo también.

Mac volvió a echar la cabeza hacia atrás ligeramente y una pequeña sonrisa confusa bailó en sus labios hasta transformarse en incredulidad.

—¿De verdad? —dijo y yo asentí.

—Mac... yo... ¿Crees que he jodido todo este asunto o existe la posibilidad de que podamos empezar de nuevo?

—¿Empezar de nuevo? —repitió.

Asentí.

—Si tú quieres, estoy dispuesta a olvidar ciertas cosas y a intentarlo. Mira, no sé qué es lo que tenemos, pero por alguna razón ha sobrevivido a diez años de ideas falsas y, bueno... no sé, es que creo que aquí hay algo que podría valer la pena...

—¿Valer la pena comprobar? —bromeó, y asentí—. ¿Entonces se acabaron las venganzas?

—Mmm, yo no diría eso. A mí me ha gustado lo de la venganza —bromeé y le di un beso.

Sonrió y me besó a su vez.

—¿Estás segura?

—Estoy segura —dije—. Y para lo que valga, lo siento.

—Yo también, pero esto no, esto jamás. Tengo que decirte una cosa, Cameron.

—¿El qué?

—Hoy iba a ser el último día que pensaba verte.

Me puse rígida. Por alguna razón, me sentí herida al pensar que iba a zanjar la situación. No pensé que yo había planeado hacer exactamente lo mismo. Me eché hacia atrás.

—No te culpo. Las cosas no eran precisamente sanas.

—No, no lo eran. He cambiado en muchas cosas. No soy la misma persona que era hace diez años. Y por mucho que lamente lo que ocurrió entre nosotras, no puedo pasarme la vida entera pidiéndote perdón.

Asentí.

—Bueno, no creo que tengas que hacerlo.

—Bien. —Mac se incorporó y pasó las piernas por el borde de la cama—. Tengo que irme.

—¿Tan pronto? —exclamé y al instante me sentí llena de rabia. Había dejado que se volvieran las tornas. Era yo la que se tenía que ir. No ella.

—Tienes que coger un avión. ¿Recuerdas?

Miré el reloj.

—Oh, mierda —dije, al tiempo que me levantaba de la cama de un salto y me ponía a buscar mi ropa y a meterlo todo en la maleta abierta del rincón.

—¿Cameron?

—¿Mmm? —dije distraída.

—¿Tienes tiempo para ducharte?

Me volví para mirarla y sonreí.

—Mmmm —dije, dejando caer el camisón al suelo y decidiendo mentalmente que si alquilaba un coche, podría llegar a Oregón en unas diez horas.


FIN


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