La caza del unicornio

Julia Noel Goldman
(Xena's Little Bitch)



Descargo: Los personajes no son míos, sólo me encanta escribir sobre ellos.
Nota: Esto es un cuento de hadas erótico basado en el grupo de tapices conocido como los Tapices del Unicornio o la Caza del Unicornio, que actualmente se encuentran en los Claustros de la ciudad de Nueva York. Sin embargo, ya no se cree que estos tapices formen parte del mismo conjunto: el primero, el quinto y el séptimo no pegan con el resto, mientras que el octavo no se cree que exista.
Otra nota: ¿Habéis advertido más arriba que he dicho "erótico" y habéis dado por supuesto que este erotismo iba a tener lugar entre Xena y Gabrielle? ¡Bien! Si hay leyes que indican que no leáis este relato, supongo que es decisión vuestra obedecerlas o no.
Una última nota: Como el título indica, esta historia describe la caza de un unicornio y por eso presenta cierto grado de violencia.
¿Os ha gustado? MiladyCo@aol.com

Título original: The Hunt of the Unicorn. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2004


El primer tapiz: El inicio de la caza

La tarde es fría y húmeda. El cielo está nublado, aunque cuanto más nos acercamos al bosque, menos lo vemos. La vegetación es exuberante, compuesta de árboles frutales y plantas floridas. Los caballos patean el suelo y resoplan, impacientes por que dé comienzo la cacería: hasta mi propia montura, con lo dulce que es, ansía empezar la persecución. Como siempre he hecho, represento mi papel a la perfección: sólo mi caballo percibe mi inquietud. No deseo ni este matrimonio ni esta cacería que lo celebra. Los animales no deberían ser usados para diversión de los hombres, y tampoco las mujeres, en realidad, pero mis palabras no tienen el menor valor en este mundo. No soy más que un adorno, ¡y encima helado! Si Lady Gabrielle no se casara, el mundo mismo no se acabaría, pero mi mundo sí. Como última representante de mi generación, es mi deber perpetuar el linaje. No tengo elección. Que empiece esto para que pueda terminarse lo más pronto posible.

El ojeador que está entre los árboles hace gestos para que la partida de caza se aproxime. Los perros ladran estruendosamente, tirando de sus correas. Los hombres que los sujetan me resultan feísimos, de rostro casi inhumano. Aunque el unicornio fuese el animal más feo del mundo, su rostro tendría más gracia que estos. Por desgracia, el unicornio es cualquier cosa menos feo.


El segundo tapiz: El unicornio es descubierto

La contemplamos. Los cazadores se echan hacia atrás, asombrados por su suerte, incapaces de creer que haya venido hasta aquí, a este manantial del bosque. Es bella, como un pequeño caballo blanco y luminoso, pero no es un caballo en absoluto. Se agacha, doblando el cuello, tocando con su único cuerno el agua del manantial: se rumorea últimamente que al agua le pasa algo malo y que pone a la gente enferma. Oigo murmurar a los presentes que el unicornio ha venido para purificarla. Ha venido para ayudarnos y sin embargo, nosotros le damos caza. Aparecen otros animales del bosque: una hiena observa la escena pacientemente, a corta distancia de un ciervo. Hay incluso leones ahí cerca, observando en silencio. Yo no puedo dejar de mirar al unicornio, hechizada por su belleza. De repente, levanta la cabeza y me mira directamente. Estoy en los aledaños de la partida de caza, lo más lejos posible de los demás, y nuestros ojos se encuentran. Sus ojos son de un profundísimo azul y cuando me miran es como si me hubiera pegado una coz en el estómago con todas sus fuerzas. Un poder emana de ella y tengo una sensación de reconocimiento más fuerte que cualquier cosa que haya sentido en mi vida. ¿Cómo sé que el unicornio es hembra? Con mis ojos intento decirle que huya, que se aleje de este lugar, que los hombres van a intentar matarla. Me mira con tristeza, casi con una expresión de anhelo en los ojos, luego se alza y simplemente elude a la partida de caza, alejándose por el bosque con su galope elegante.


El tercer tapiz: El unicornio sale saltando del río

Me quedo rezagada del resto de la partida, intentando poner en orden mis ideas. El cielo está tan gris que me pregunto si va a llover y, de ser así, ¿cancelarán la cacería? ¿La cancelaría mi futuro marido si yo se lo pidiera? Como hasta ahora apenas hemos hablado, lo dudo. Qué mala suerte la mía: algunas de las jóvenes que conozco han acabado con maridos bastante cordiales. Si se me preguntara, yo no me imagino cómo sería el hombre con el que elegiría casarme. De repente, me siento casi desvanecer y los ojos del unicornio vuelven de golpe a mi mente. Siento su miedo y debo correr a reunirme con la partida.

Al acercarme, oigo los gritos de los cazadores, la voz desagradable de mi prometido chillona de excitación por encima del resto. Rezo para que no la hayan matado mientras cabalgo hacia el río. La tienen rodeada, los hombres y los perros, mientras cruza el agua. Los perros tienen rostros extrañamente humanos y el lomo del unicornio sangra levemente: me imagino que uno de ellos la ha mordido y al verla así rodeada me dan ganas de gritar. Está mal, qué mal está dar caza de esta manera a una criatura hermosa. Tiene miedo, pero no está dispuesta a rendirse. Me mira de nuevo a los ojos cuando escapa de la cacería y huye. Tiene miedo por mí. Tengo que pensar por qué lo sé, pero ni me planteo poner en duda el mensaje. Está aquí por mí.


El cuarto tapiz: El unicornio acorralado

La persecución se ha puesto en marcha y cabalgamos por el bosque a toda velocidad. Los perros están enloquecidos ahora que han olido la sangre del unicornio y el ruido de los ladridos me retumba en los oídos, haciendo que me duela la cabeza y que el corazón se me desboque de miedo. Mis piernas sujetan a mi caballo con firmeza mientras lo obligo a avanzar. Por fin alcanzo a mi prometido y lo llamo mientras cabalgamos.

—¡Mi señor! Por favor, ¿queréis perdonar a esta criatura?

Me mira como si estuviera loca, como si no fuera nada. Sí, para él, soy una nada que se ha vuelto loca: su futura esposa.

—Por supuesto que no —dice y azuza a su caballo para que se meta en medio de lo que parece ser una terrible batalla. El sonido del cuerno me hace temblar.

Tenía que intentarlo. Me siento... me siento... La tienen rodeada de nuevo, en el campo de nomeolvides y espadañas cercano al río. Es tan grácil al defenderse, dando coces a los cazadores que tiene detrás al tiempo que baja su largo cuerno blanco para ensartar a un feo perrillo gris. Cuánta sangre. Los perros ladran y gimotean, atacándole las patas. Los cazadores aguardan, preparados para clavarle sus lanzas. El cielo se oscurece hasta ponerse casi verde y a lo lejos el mar está turbulento. El unicornio no hace el menor ruido cuando me acerco. Y entonces, igual que hizo antes, me mira con una expresión peculiar y familiar al mismo tiempo y salta por encima de los perros, los cazadores e incluso de mí misma. Me quedo mirándola, extasiada.


El quinto tapiz: La caza mística del unicornio

Los hombres discuten. Algunos piensan que pueden capturar y dominar a este magnífico animal. Y otros creen que el unicornio no puede ser atrapado por cazadores, ni por la fuerza de los perros, sino únicamente por una doncella virgen. Bajo los ojos, sonrojándome intensamente, rezando para que me pasen por alto. Por desgracia, soy la única mujer del grupo. No tengo poder, no tengo nada para hacer un trato: no soy nada, salvo algo que tiene que cumplir con las obligaciones de la familia.

Al poco, he pasado de ser la joven señora del castillo a cebo. En un estado próximo a la conmoción, me llevan a un pequeño jardín y me dicen que me quede ahí hasta que el unicornio venga a mí. En cuanto los hombres se alejan para esconderse en el bosque circundante, me echo a llorar en silencio. Porque sé que vendrá a mí. Sé que esta hermosa criatura vendrá derecha a la muerte por mi causa y yo no puedo moverme.

De repente, ahí está, toda reluciente en contraste con el denso verdor de la vegetación que tiene detrás. Me mira, ve las lágrimas que me caen por la cara y camina despacio hacia mí. Sabe tan bien como yo que el bosque que nos rodea está lleno de hombres armados y perros ansiosos y sin embargo, sigue avanzando inexorable. Todo se hace más lento mientras esta criatura de leyenda cruza la hierba hasta mí, hasta donde estoy dentro del pequeño jardín de rosas.

—Por favor, huye —susurro a través de mis lágrimas.

Pasa por encima de la valla baja que me rodea y le ruego que se marche. Me mira con una expresión que dice que no tiene elección, pero casi sonríe. Qué valiente es, pienso. Alargo la mano y le acaricio la piel cálida justo debajo del cuerno. Cierra los ojos cuando la toco y mi cuerpo tiene una sensación hormigueante que nunca he sentido hasta ahora. Como si tocarla fuese... simplemente maravilloso. Alarga la cabeza hacia mí y me lame dulcemente las lágrimas con la lengua. El aroma de las rosas y de las manzanas que hay en el árbol por encima de mí, mezclado con la fragancia del unicornio mismo y la suave fuerza de su lengua, me produce vértigo.

Y de repente los perros se le echan encima y a mí me apartan gritando. Lo último que pienso antes de perder el conocimiento es que tengo que salvarla.


El sexto tapiz: Matan al unicornio y lo llevan al castillo

Vuelvo en mí súbitamente, en mi cama, sabiendo sólo que tengo que salvarla. Y entonces recuerdo fragmentos de todo ello. El unicornio rodeado, dejando que los hombres le claven sus largas lanzas, que los perros le muerdan la carne. Recuerdo el sonido de mis propios gritos, la sensación de unas manos que me agarran por los brazos y alrededor de la cintura. Y entonces muere y su cuerpo cuelga de un caballo, rodeado de gente. Todo el mundo habla al mismo tiempo y nadie mira siquiera a mi unicornio muerto. A lo lejos, la gente mira desde el castillo. Lo veo en mi imaginación y sé que ocurrió hace tan sólo unas horas. Todavía puedo salvarla. Tengo que salvarla. Siento como si todo dependiera de eso. Ataviada aún con mi largo vestido de terciopelo rojo, con el pelo rubio ahora despeinado, corro por los pasillos del castillo de mi padre hasta la gran sala.

Todo el mundo está en esta estancia grande y fría: los cazadores, los invitados a la boda, mis padres. No hay ventanas y en las paredes cuelgan viejos tapices oscuros de cacerías de antaño. Pero yo no veo nada de esto, sólo veo al unicornio. Yace muerta sobre la larga mesa de piedra, rodeada de mirones. Se me parte el corazón, pero avanzo, de algún modo, hasta que estoy tan cerca que puedo posar mi mano en su cabeza, y lo hago. De repente, sé cómo salvarla. Todo el mundo está tan distraído por el jolgorio que nadie se da cuenta cuando cojo un cuchillo y me corto rápidamente la piel de la palma izquierda, soltando un callado bufido de dolor al hacerlo. Coloco mi mano sangrante sobre la gran herida que tiene en el cuello y la dejo ahí apretando, dejando que mi sangre se mezcle con la suya, instándola a volver a su cuerpo. La llamo internamente con una voz que nunca he usado hasta este momento. De repente, se mueve y se alza temblorosa sobre sus patas encima de la mesa y la gente se vuelve como un solo hombre y suelta una exclamación de pasmo. Yo casi estoy llorando de nuevo y la miro en toda su gloria, tan brillante a la pobre luz de la gran sala. Advierto que mi padre está a mi lado.

—Padre, creo que esto es una señal. Por favor, ¿puedo quedármela de mascota?

Mi padre intenta parecer severo y murmura que si a mi futuro marido le parece bien, a él también. Mi prometido sigue mirando pasmado al dulce unicornio. Casi me echo a reír de la alegría cuando asiente. Apenas noto que una de las mujeres me venda la mano.


El séptimo tapiz: El unicornio cautivo

Me despierto al día siguiente, todavía vestida como la noche anterior, tras haber tenido unos sueños tan vívidos que apenas he conseguido dormir. Me siento casi delirante, como si su sangre me hubiera afectado a mí tanto como la mía a ella. Mis sueños trataban todos del unicornio, de sus bonitos ojos azules y su crin blanca y su olor... Mientras me cepillo el pelo me doy cuenta de que no puedo seguir apartada de ella ni un momento más. Meto algunas de mis pertenencias en una bolsa.

Descalza, corro silenciosa por el castillo y salgo a la luz del amanecer. La hierba y las flores silvestres que piso están húmedas y frías por el rocío y corro a través de ellas sin hacer ruido, sin resbalar, hasta que llego a mi destino. Un claro lleno de jacintos y claveles, aros, aguileñas, azucenas y dientes de león, y mi unicornio en medio de todo ello. Está sentada plácidamente dentro de un cercado redondo y bajo de madera: todavía no se ha dado cuenta de que estoy ahí, así que me quedo quieta y la miro. Lleva un elegante collar azul y dorado y está encadenada a un granado con una delgada cadena de oro. Pero ésa no es la prisión: soy yo.

Piso un palito y se vuelve hacia mí y se levanta. Como en trance, voy hacia ella, trepo la cerca fácilmente y suelto la cadena del árbol. La miró profundamente a los ojos y vuelvo a trepar el cercado, llevándola con la cadena como si fuese una correa. Me sigue y cuando salimos del cercado, alzo las manos y le suelto el collar. Se sacude la crin libremente y me mira. Sonrío.

—Nos vamos de aquí —explico, acariciándole el hocico. Me interno en el bosque y ella me sigue.


El octavo tapiz: El unicornio se transforma

En cuanto entramos en el bosque, el unicornio se arrodilla a mi lado y me hace un gesto con la cabeza para que me monte en ella. Así lo hago. Me agarro a su crin y sale al galope. Me alivia notar que parece tener un destino, que comprende la necesidad de apresurarnos y que me está quitando de las manos parte de la responsabilidad. El paisaje pasa borroso a mi lado, el sol se alza en el cielo, el viento me echa hacia atrás el pelo y la falda del vestido. Me doy cuenta de que nunca en mi vida he tomado una decisión ¡y mira cómo he decidido empezar! Cierro los ojos y dejo que el mundo pase volando a mi lado: me siento totalmente a salvo con el fuerte cuerpo del unicornio debajo de mí.

Está casi anocheciendo cuando el unicornio se detiene y se arrodilla para que me baje.

—Gracias por llevarme —digo con timidez, advirtiendo que estamos al lado de un río. Observo al unicornio, que agacha la cabeza por encima del agua para ensartar un pez. Acampo en un campo de tréboles dentro de un grupo de cinco melocotoneros. Cocino el pescado y me lo como mientras ella me mira.

—No tengo un plan, sabes —le confieso—. Es que tenía que sacarte de allí y tenía que ir contigo. —No tengo ni idea de si entiende realmente lo que digo. A medida que avanza la noche, hace más frío, de modo que echo más leña al fuego y me acurruco apoyada en el unicornio, envuelta en la fina manta que me he traído. Qué caliente está, qué suave es su piel, y su aliento cálido hace que me sienta segura. Duermo profundamente y vuelvo a soñar con ella. Está conmigo, estamos siempre juntas y es un placer.

Me despierto en medio de la noche, notando los tréboles blandos debajo de mí y una cálida presencia a mi espalda. Sigo con los ojos cerrados y sonrío, captando el olor familiar del unicornio y notando su calor a través del vestido. Cuando me despierto más, hay algo en el unicornio que no está bien. Abro los ojos y veo que la luna está en lo alto del cielo, bañándolo todo en su luz, y que mi cabeza descansa sobre lo que parece el brazo de una mujer, liso y extrañamente blanco. Me vuelvo de golpe en la manta y miro a los ojos sobresaltados del unicornio: me contemplan desde el rostro de una mujer. Tiene la piel blanquísima y es de una belleza casi sobrenatural. Tiene el pelo largo, espeso y blanco también y donde se le separa el flequillo hay un levísimo hueco donde antes tenía el cuerno.

—Eres el unicornio —digo, cayendo en la cuenta de que tengo a una mujer desnuda entre mis brazos. Ella me mira fijamente. Su piel es suave bajo mis manos y la sensación me hace sentir bien. No lo comprendo. Pero por otro lado, hasta esta noche nunca había tocado a una persona desnuda—. Di algo.

—Gabrielle —dice.

Sonrío aliviada.

—Sí, soy Gabrielle. ¿Y tú? —Le coloco el pelo detrás de la oreja y luego le acaricio la mejilla. Siento sus brazos alrededor de mi cintura, estrechándome con fuerza. Es una sensación maravillosa.

—Soy un unicornio. Me llamo Xena —dice despacio—. Tenía que acudir a ti. Tenemos que estar juntas.

—Yo también lo siento —susurro—. Xena.

Noto que está adquiriendo conciencia de cada parte de su nuevo cuerpo, probando sutilmente el control de sus extremidades, pegándose a mí. Su fuerza es gloriosa.

—Tú me has devuelto a la vida —susurra.

—Tenía que hacerlo —susurro a mi vez.

—¿Cómo?

—Con mi sangre. La mezclé con la tuya y te dio fuerza. No sé cómo se me ocurrió. ¿Crees que eso es lo que te ha cambiado?

—Me imagino que sí —dice, sonriéndome de medio lado.

—Ahora eres tan bella como antes.

La forma en que me mira hace que me sonroje. De repente, soy muy consciente de su desnudez y de que la estoy abrazando. Me palpita el cuerpo entero. Nunca he imaginado algo semejante. No puedo controlarme al notar mi estómago pegado al suyo. Se me ha acelerado muchísimo la respiración y estrecho su cuerpo con fuerza contra el mío, ocultando mi cara en su hombro.

—¿Gabrielle? —susurra.

—¿Sientes lo mismo que yo, Xena? ¿Que quieres frotarte entera por todo mi cuerpo? —Es evidente que no soy la misma mujer que era ayer por la mañana al despertarme.

—Sí —dice, con tono grave y sensual.

Esa sola palabra y no puedo más.

Mis manos se hunden en su espeso pelo blanco y la miro a los ojos. No recuerdo cómo ha ocurrido nada de esto. Todo parece de plata a la luz de la luna y me quedo mirando sus labios.

—Me da la impresión de que estas manos van a ser muy útiles —murmura Xena, acariciándome despacio la espalda al tiempo que baja los labios hasta mi cuello. El primer contacto es la felicidad y siseo su nombre, apretándole la cabeza con las manos. De repente, es como si mi cuello fuese el centro de mi ser y sus labios juegan por mi piel como gotas de agua sobre una piedra caliente. Cada roce me hace gemir y no puedo creerme que sea mi voz. Jamás había imaginado que el mero hecho de que me toquen pudiera hacerme sentir así. La sensación de mi cuello se extiende despacio por el resto de mi cuerpo y a los pocos segundos es como si la vida que tenía antes ya no existiera, sustituida por mi conexión con Xena, esta criatura que no es realmente humana. Le pongo las manos en la cara y espero hasta que vuelve a mirarme a los ojos. Le pongo las manos en los hombros y la empujo despacio hasta tumbarla. Me siento sobre su estómago, mirándola, jadeando.

—Nunca he hecho una cosa así —susurro—. Ni siquiera lo había pensado. Hasta que te vi. Te has apoderado de mi alma y has vuelto mi mundo del revés, en un solo día.

Me agacho para besarla y ella levanta la cabeza para encontrarse conmigo. Nuestros labios se juntan, cálidos, suaves y salvajes. Es tan maravillosa que sin duda tiene que ser en cierto modo divina. Nunca he besado a nadie y, sin embargo, siento que dirijo el beso, adentrándome en territorios desconocidos y excitantes. No sé si estoy siendo demasiado tierna o tal vez incluso demasiado brusca. Y caigo en la cuenta de que ésta es también la primera vez para ella. Esto me hace desear besarla lo mejor que pueda, y lo hago. Le doy todo lo que encuentro. Acaricio con las manos los músculos de sus brazos. Son como piedras. Se entrega más al beso y sus gemidos abren su boca para mi lengua. Sigo sentada sobre su estómago, a horcajadas encima de ella. Mis manos dejan sus brazos y se enredan en su pelo y al instante sus manos investigan mi espalda en busca de los cordones que me cierran el vestido. Los encuentra fácilmente y, mientras nos besamos, los desata. Ya no tengo frío, pero me estremezco al sentir sus manos sobre mi piel. Me muevo para sentarme sobre los talones, miro a mi bello unicornio que yace boca arriba y le paso la mano suavemente por el pecho, hasta su estómago. No tiene vello en las axilas, ni en el sexo, que reluce húmedo a la luz de la luna. Al verlo, mi propio sexo palpita casi dolorosamente y por fin comprendo el gran misterio llamado deseo. Agacho la cabeza y la beso, al tiempo que mi mano recorre su piel, apretando, y oigo que mi respiración aumenta de volumen. Noto su mano en mi pecho, tan fuerte, tan excitante. Jadeo y gimo por turnos mientras me acaricia. Tira de mí hasta que me quedo tumbada encima de ella y me rodea estrechamente con sus brazos.

—Todo ha cambiado —susurra en mi pelo.

—Todo.

Mi cuerpo grita de alegría al sentir el suyo tocándolo por todas partes. La beso y mis manos la recorren entera también y al cabo de un rato estoy desorientada. No distingo las partes de mi propio cuerpo, ni siquiera su cuerpo del mío: es como si nuestros besos nos hubieran fusionado. Nos hace rodar hasta que quedo boca arriba. Abro los ojos y levanto la mirada hacia ella. Sonríe. Sonrío.

—Gabrielle. No sé qué decir. —Tiene la respiración agitada y la cara sonrosada, rodeada por la reluciente cortina blanca de su pelo. Ahora me sonríe ampliamente. Casi se me para el corazón.

—Te amo —susurro, levantando la mano y tocándole la cara con la punta de los dedos.

—¡Eso es lo que tendría que haber dicho! —dice riendo: es arrebatadoramente bella. Su boca es bella. La bajo para darle otro beso. ¡Oh, esto sí que es como un cuento! Me siento como si ya me hubiera entregado a ella muchas veces, pero cuando me separa los muslos con uno de los suyos, revelándome un nivel más de éxtasis, me doy cuenta de que tiene que haber un millón de formas de entregarse. No conozco las palabras necesarias para describir cómo reacciona mi cuerpo por ella, pero me imagino que esto es lujuria y no siento la menor vergüenza mientras nuestros cuerpos se agitan juntos. Ahora sé por qué lo llaman "la bestia de dos lomos". ¡Pero qué bestia tan magnífica!

Nuestros cuerpos se pegan el uno al otro y es como el fuego y el agua, la tierra y el aire. Juntas somos duras y blandas y oscuras y luminosas, lánguidas e insistentes, elementales y sublimes. Todo se convierte en nosotras: mil placeres tan intensos que casi resultan insoportables. Me obligo a abrir los ojos y contemplo la expresión de éxtasis del rostro de Xena. Gimo su nombre y me mira a los ojos, con el húmedo flequillo blanco pegado a la frente. Ella también está dominada por el hambre y nos lleva a las dos dentro y a través de unas sensaciones tan gloriosas que ni siquiera puedo describirlas y que nos dejan jadeantes, regodeándonos en el bienestar que producen.

Me pierdo en el sonido de su respiración. Me quita parte de su peso de encima y me mira a la cara con una expresión a caballo entre la devoción y la adoración.

—Te amo, Gabrielle —susurra con ardor—. Sería para mí un honor si quisieras estar conmigo para siempre.

—Querría —susurro y una lágrima me resbala por la cara hacia la oreja. Xena se inclina y la lame delicadamente.

—Deliciosa —susurra, sonriendo.

—¿Cómo están tus heridas? —pregunto, acordándome de repente.

—No me duelen. ¿Y a ti?

Me miro la mano vendada que descansa sobre su hombro y sonrío.

—Nada.

—¿Gabrielle? —pregunta, mirándome con timidez—. No sé si puedo caminar.

—Yo tampoco.

—Gracias, pero lo digo en serio. Si ahora nos atacara un enemigo, no sé si podría ponerme en pie siquiera para defenderme.

—Lo siento. Por favor, deja que te ayude.

La luna sigue en lo alto del cielo cuando Xena se incorpora y yo me pongo de pie despacio. Le ofrezco las manos, ella me las agarra con firmeza y tiro de ella hasta levantarla. De repente, me mira desde arriba, apoyando las manos con fuerza en mis hombros. Cuando levanto la mirada hacia sus ojos, la alegría que siento no me deja lugar a dudas: viviremos felices para siempre.


FIN


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