Réquiem

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright © 2000: Los personajes que aparecen aquí son míos. Reservados todos los derechos. No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: Nada.
Aviso de amor/sexo: Este relato refleja una relación amorosa/sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años o si este tipo de historia es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Muchísimas gracias a mi paciente correctora ForevaXena por dedicar un valioso tiempo a leer esto. Sin ella, siempre me hago una empanada gramatical y ortográfica :-) ¡Gracias especiales a Enoon, Maureen, Deb K y dee por proponer títulos para esta breve pieza!
J Falconer

Título original: Requiem. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Aquí estoy, en lo que siempre he considerado el borde del mundo.

Mis padres me trajeron aquí por primera vez cuando era muy pequeña, unos ocho años. Recuerdo aquel momento, la primera vez que vi Kurnell, al sur de Sydney, en la gran tierra de Oz. Desde uno de los extremos del parque nacional se ve el puerto de Botany y si se sigue la curva de la costa, hasta el Cabo Solander, por fin se llega a la embocadura de la bahía y más allá. Cruzando el mar está Nueva Zelanda, un buen trecho a nado, les decimos siempre a los turistas, que no parecen comprender por qué no se puede ver otro país al otro lado del Mar de Tasmán.

Falta más o menos una hora para que se ponga el sol y no sé si mirar hacia arriba. No quiero pensar más en ello.

Es como cualquier otra tarde de domingo. Un fin de semana tranquilo, acompañado de los acordes de mi música preferida, dando vueltas en mi motocicleta, como siempre. Hoy he ido a Kiama y he vuelto por la carretera de la costa, despidiéndome de todo aquello con lo que he crecido. Cada lugar está tan cargado de recuerdos. El miedo a caerme de las rocas negras del orificio (donde, podría añadir, me dejó una antigua novia), la vista de los campos verdes, el olor extraño de Port Kembla, el espectáculo de los habitantes de Wollongong entrando en esa ciudad ridículamente pequeña (tiene unas dos calles y parte es de un solo sentido... qué moderno, ¿verdad?).

Aquí fuera, veo los árboles costeros de color gris verdoso que se mecen en la suave brisa y las gaviotas se empeñan en incordiarme como siempre lo han hecho (¿qué pasa, es que tengo patatas tatuado en la frente?). Recuerdo que fue aquí donde le robé un beso a mi amada y preciosa esposa cuando aceptó primero salir conmigo y luego, tras meses de insistencia, casarse conmigo.

El recuerdo me hace aflorar una sonrisa tierna en los labios y una lágrima en los ojos. Siento sus suaves labios y es como si me faltara una parte de mí. Siempre estábamos juntas: además de amantes, también éramos grandes amigas y no creo que le dijera nunca las veces suficientes que la quería. No sé qué hacer y la muerte es algo tan definitivo. No volveré a verla en esta vida, pero si el karma me sonríe, puede que tenga la suerte de volver a verla en la siguiente.

Pienso en sus ojos verdes soltando destellos al mirarme, en su largo pelo rubio, y me voy. Me seco las lágrimas del rabillo del ojo con el borde de las manos y de repente me resulta demasiado doloroso continuar. Aquí fuera, donde hay viento y lluvia y el sol que se apaga, los recuerdos son muy fuertes. Antes odiaba mi trabajo (ahora lo aborrezco) y ella me abrazaba todos los domingos por la noche mientras nos tomábamos un helado en silencio aquí en los acantilados (cosa nada fácil de hacer en una moto, podría añadir) y me decía que no pasaba nada. Vive cada momento, me decía siempre, sabiendo que te he querido ayer, que te quiero hoy y que ciertamente te querré mañana.

Trepo por la valla y bajo hasta el borde del acantilado, todavía intentando no notar el creciente crepúsculo, y extiendo los brazos para acoger la noche. Las estrellas no tardarán en salir y ella volverá a mí en mis recuerdos; no puedo hacerme esto a mí misma. Se ha ido y mis lágrimas no me la van a devolver, y tampoco mi dolor y mis súplicas.

Es mi último adiós al encrespado azul del océano y aspiro con fuerza el aire salobre. Tengo tantos recuerdos que dejar atrás: jugar en las rocas con mi querido perro, examinar las estrellas de mar, intentar encontrar cangrejos, soñar con mi carrera como química, que nunca llegó a hacerse realidad.

—Adiós, cariño, te quiero —susurro y el viento me arranca las palabras de los labios. Sólo puedo esperar que algún día lleguen a sus oídos.

Cierro los ojos para contener las lágrimas, dolorida, aspirando una bocanada de aire.

Me doy la vuelta y recorro la corta distancia hasta mi moto. Me encanta montar en ella, pero me gustaba sobre todo cuando ella iba detrás conmigo. Pasajera excelente, nunca la notaba. Lo único que hacía era abrazarme y seguir los movimientos de la moto y yo siempre sentía la gran sonrisa que se le ponía en la cara.

Me pongo el casco y arranco la moto. Tomaré las curvas a gran velocidad, aunque la carretera está mal peraltada en algunos tramos, y regresaré a la ciudad de Sydney pasando por el lugar que en tiempos consideraba mi hogar, al sur de la ciudad.

Tardo unos veinticinco minutos en llegar a casa de mis padres por las calles oscuras en las que aprendí a llevar la moto y al parar, vuelvo de nuevo a mi pasado. Los incendios del monte que casi destruyeron mi hogar, mi queridísimo terrier que tuve de niña, paseos al amanecer y excursiones en moto.

No soporto entrar en la casa, así que me alejo en la moto. Ella también está allí y como me duele demasiado para detenerme y quedarme quieta, tengo que seguir conduciendo. Me adentraré en la ciudad, porque todavía no quiero ir a casa. Probablemente me pasaré por la oficina un rato, porque de todas formas se supone que tengo que estar ahí.

Dios, cómo odio ese sitio. También allí es mi última noche y eso me provoca una sonrisa irónica. ¿Dónde quiero ir luego? ¿A Victoria, Australia Occidental o Queensland? Sé que su familia estaba en Queensland, así que a lo mejor voy allí... para intentar volver a sentirla. La necesito en mi vida y con nuestros votos matrimoniales las dos habíamos dado por supuesto que sería para el resto de nuestras vidas naturales, pero no sabíamos lo que iba a ocurrir en el futuro. Si lo que nos ha separado hubiera sido algo tan sencillo como un divorcio, al menos sabría que seguía feliz en el mundo, aunque no estuviera a mi lado, pero no he tenido esa suerte.

La echo de menos. Parece que es lo único que me queda dentro que consigo sentir, aparte del terror y el odio asesino por mis jefes. Esta agitación imparable también me está matando, al igual que mi sentido del deber, que me mantiene en mi puesto. Quería marcharme con todas mis fuerzas, pero no me dejaron.

No me dejaron.

La echo de menos.

Cuánto deseo sentir sus suaves caricias, sus tiernos labios, su tranquilo abrazo de ánimo y apoyo. Pero no puedo. Por favor, sólo por última vez.

Se ha ido.

La echo de menos.

Quiero que vuelva. Lo único que quiero es una sola caricia, verla un solo momento. Hablar con ella una última vez. ¿Es pedir demasiado?

Sí, dirían ellos.

Las lágrimas me están destrozando los ojos y decido que lo mejor sería jugarme la vida y parar a un lado de la autopista Princes en Sylvania, detrás de un coche aparcado. Si algo me aplasta, sólo sería un alivio. Además, las lágrimas son terribles cuando se conduce al viento y tengo que sonarme la nariz antes de pasar vergüenza en un semáforo.

Hecho esto, intento calmarme y no ver fantasmas de ella a mi alrededor, mientras me pongo los guantes y vuelvo a montar en mi fiel corcel.

Cuando vuelvo a rugir por la autopista hacia la ciudad, aprieto con fuerza el acelerador, intentando silenciar todo lo posible a los fantasmas quejosos que me pisan los talones. Rodeo las barrederas justo antes del puente de Tom Ugly, mientras la voz incorpórea de mi madre me grita que acelere.

—No hace falta que frenes, ¡pásalas acelerando, so boba!

Mi moto es ágil y la conozco bien y ahora hago que mamá se sienta orgullosa, pasándolas a ciento cuarenta. A mi pesar, tengo una amplia sonrisa en la cara al enfilar por la autopista, cruzando las barrederas de Carss Park que una vez me costaron una rodilla rota. Me detengo en el semáforo para poder cortar por Grand Parade, lo cual me llevará hasta la bahía a través de Brighton Le Sands para poder ver Port Botany y Kurnell codo con codo adentrándose en la embocadura del océano.

Ya es de noche, pero estoy intentando no darme por enterada. Me da miedo la oscuridad y ella no está aquí para tranquilizarme.

Conduciendo cada vez más rápido, luchando por no salir disparada de Garrett (así se llama mi querida motocicleta), bajo zumbando por la carretera lo más deprisa que me atrevo, echada sobre el depósito, notando su ausencia, echando de menos su alarido de júbilo y sus ruegos para que corra más.

A la velocidad a la que voy, tardo un instante en cruzar el túnel del General Holmes y pasar el aeropuerto. Hay un paso superior que lleva directamente a South Dowling Street, justo al lado del aeropuerto, y que tiene la mejor vista de la ciudad de toda Sydney. Me detengo ahí ahora y vuelvo a sentir el dolor, muriéndome por compartir esto con ella. Me hundo y los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas. A menudo bromeábamos diciendo que nos gustaría comprar sólo este tramo de la carretera y levantar una casa en él. Sólo la vista de la línea del cielo de la ciudad haría que el sitio valiera una fortuna y a la porra con los follones de tráfico que se montarían.

Una vez más, el dolor y la agitación que me impulsan me empujan hacia delante y sigo conduciendo. Estoy al lado de Link Road, donde voy a saludar por última vez el lugar donde vivo, pero me resulta demasiado doloroso visitarlo. Incluso el mero hecho de venir hasta aquí me está matando. Si bajo por ahí llegaré al campo de prácticas (su pasión era el golf y a mí me encantaba quedarme con ella hasta tarde un viernes por la noche viendo cómo renegaba y despotricaba sobre lo malo que era su drive. En una ocasión memorable, se empeñó en hacer el paso lunar de Michael Jackson mientras calentaba y casi me caí del asiento del ataque de risa que me dio). Si sigo a la izquierda después del semáforo, acabaré en casa, pero no quiero volver a ver jamás ese viejo y decrépito piso.

Respirando hondo, me obligo a ser fuerte y sigo adentrándome en la ciudad por Elizabeth Street. Aguantarse las lágrimas puede mantener los ojos secos, pero vaya nudo horrible que se forma en la garganta.

Quince minutos más y estoy en la calle que bordea Hyde Park. Ni siquiera lo miro. Me voy a pasar allí la mayor parte de la noche cociéndome en mi propia salsa junto a la vieja fuente y no quiero hacerlo antes de tomar las curvas de la autopista Cahill con exceso de velocidad siguiendo por el puente del puerto de Sydney por última vez. Me dirijo al norte de Sydney para hacer lo último que haré en mi vida por ellos, pulsar un interruptor.

Acompañada de mi pena, freno delante del edificio. Gracias, pero creo que voy a aparcar en la acera. Si un poli me pone una multa, le daré un mamporro. Desde que rebajaron los requisitos de admisión en el cuerpo de policía, casi todo lo que se ve al volante de los coches patrulla son rubias bajitas y tontas que se creen que el uniforme les sienta de miedo y si les das fuerte se echan a llorar. ¡Que les den! Ya no me importa. Tengo cosas más importantes que hacer.

La oficina está a oscuras y me dirijo a mi mesa. Aquí hay una foto de ella, de nosotras, y el dolor que siento al verla es demasiado para mí. Con una mano temblorosa, la cojo y me la meto en la chaqueta de motociclista para esta noche cuando esté bajo las estrellas. Hablaremos más, pero hasta entonces tengo que hacer un trabajito.

Entro en la sala del servidor y pulso un interruptor.

Ya está. Misión cumplida. Se acabó. Ya no les debo nada. ¡Y que les den por el culo a todos! Se la han llevado de mi lado y jamás se lo perdonaré.

Jamás volveré a ver este lugar, pienso con alivio, mientras bajo corriendo por las escaleras de incendios hasta Garrett.

Cuando salgo disparada del edificio, la veo ahí aparcada, sin multa de aparcamiento. ¡Así se hace, nena! Parece que el universo ha decidido darme un pequeño y miserable respiro.

No tardo mucho y ya estoy de vuelta en la noche plena de Hyde Park. Mi moto se detiene por fin y apago el contacto por última vez. Siento un instante de orgullo. Ha sido una buena moto y me ha servido bien, la única amiga que me queda, ahora que ella se ha ido.

Me obligo a tumbarme y mirar las estrellas.

Dios, cómo las odio, con su frío resplandor.

No sé qué va a pasar mañana por la mañana, porque no estaré para verlo. Me meto la mano en el bolsillo y saco la cápsula.

Me dijeron que sería rápido, probablemente unos quince segundos o así. ¿Me la tomo ya y acabo con todo? No, creo que no... todavía tengo que hacer la paz en mi interior.

Las lágrimas que siento por ella y por mí nunca están lejos de la superficie y ya es hora de que salgan todas. Me salen a borbotones y me resbalan sin impedimento por las mejillas y las orejas mientras me quedo tumbada en la fría hierba, dando vueltas a la cápsula entre los dedos.

Estoy en una ciudad vacía en un planeta vacío.

Aquí ya no hay nadie. Se han ido todos.

Contemplo las estrellas con amargura, con la esperanza de poder verla por un instante.

Soy la última que queda. Mi único propósito en la vida y la razón de que me haya quedado aquí era pulsar un interruptor para grabar la última noche del planeta Tierra, Terra, como se quiera llamarlo. ¿Y por qué no se podía hacer esto por control remoto, preguntaréis?

Muy sencillo, dirían ellos (bien, porque al ser una humilde técnica, la verdad es que nunca lo he llegado a entender).

El sol va a estallar mañana, poco después del amanecer, y ahora mismo la radiación que está llegando a este planeta condenado está destruyendo las comunicaciones. Si alguien intentara poner en marcha las cámaras por control remoto, tendría que quedarse cerca y por lo tanto nunca podría escapar de la destrucción de nuestro humilde sistema solar. El razonamiento era sencillo: somos una raza condenada y dado que poquísimos de nosotros van a sobrevivir, ¿por qué deberíamos poner en peligro a siete de estos pocos en una nave espacial cuando podemos dejar en el planeta a una sola persona?

Por supuesto, nadie quería ese honor.

Además, ¿qué clase de honor es éste? ¿Poner en marcha una cámara que lanzará imágenes de lo que equivale a un descarrilamiento de trenes cósmico para una legión de necrófagos científicos babeantes follando con sus aparatos científicos en el espacio y empalmándose por cómo han conseguido salvar a la gente de la Tierra? Pues lo cierto es que no nos han salvado, ¿no? Lo peor es que probablemente ni siquiera conseguirán sus preciosas fotos a causa de la radiación salvaje. Se siente, no vais a recibir bonitas postales de océanos hirviendo y puentes de hierro derritiéndose desde esta pequeña bola de polvo.

Al final nos lo echamos a suertes.

Naturalmente, la china me tocó a mí.

A ella no le hizo la menor gracia cuando se enteró. Todavía veo su cara cuando los soldados la arrancaron de mis brazos, hecha un mar de lágrimas, y su último y triste adiós.

Deberíamos haber estado juntas, pero no es así.

Sé que se ha ido, aunque no pueda aceptarlo, pero al menos sé que está viva en alguna parte.

¿Cuánto tiempo, me pregunto, tardará en olvidarme? ¿La han obligado ya a casarse con alguien a quien no desea, con el único propósito de aumentar nuestra raza? ¿Se considera ya viuda? ¿Me recuerda aún? Probablemente no... Sé que a todos los supervivientes les borraron la memoria al marcharse, para que no se sintieran atormentados por los recuerdos de lo que habían tenido.

Lo único que quiero es sentirla en mis brazos, que me acaricie el pelo y me diga que todo va a salir bien y que todavía me quiere. Debería haber estado conmigo durante los próximos setenta años.

Un año.

Uno fue todo lo que tuvimos y debería sentirme agradecida por eso, ¿verdad?

La amo, la echo de menos y quiero volver a estar a su lado, pero no puedo.

Creo que es hora de tomarme la cápsula. De todas formas no me queda mucha vida y ya he hecho mi trabajo. Ahora sólo quiero descansar y esperar a que vuelva a mí.

No me gusta pensar en la mayoría de las formas de morir: ¿te imaginas que te destroza miembro a miembro un camión o que te quema por dentro el cloro convertido en ácido clorhídrico por la humedad de los pulmones? Si no me tomo esta pastilla, lo que me espera es un auténtico bautismo de fuego. No lo deseo.

Me voy a tomar la pastilla ahora, porque si no funciona por lo menos podré buscar una forma de matarme antes de que amanezca.

Me meto la pastilla en la boca con dedos temblorosos y la mastico. Tengo tiempo de mirar por última vez la foto que tenía en la mesa. Tú y yo riendo ante la cámara en nuestra boda. Estás tan viva y eres tan bella... sin duda lo más bello que he visto en mi vida. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Adiós, mi amor. Estaré contigo dondequiera que acabes y volveremos a encontrarnos.


FIN


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