La reina de los elfos

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright © 2000: Los personajes que aparecen aquí son míos. Reservados todos los derechos. No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: Este relato describe escenas de violencia y/o sus consecuencias. No hay nada muy gráfico (entra, desconocido, asumiendo todo el riesgo: aquí hay cosas espeluznantes), pero es posible que los lectores a los que les ofenda o impresione este tipo de descripción deseen leer otra cosa.
Aviso de amor/sexo: Este relato refleja una relación amorosa/sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años o si este tipo de historia es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Sois libres de escribirme con cualquier comentario/sugerencia que se os ocurra. Las críticas constructivas son bien recibidas, las destructivas no. Muchísimas gracias a mis pacientes correctoras ForevaXena y Tragic Prose por dedicar un valioso tiempo a leer esto. Sin sus comentarios, me haría una empanada total.
J Falconer

Título original: Elven Queen. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Érase una vez una niña, hija de unos pobres granjeros de una aldea. Sus padres la llamaron Addison. Desde el momento en que pronunció sus primeras palabras, sus padres se dieron cuenta de que jamás encajaría en su vida sencilla. Era de talante aventurero, siempre andaba metida en problemas y no se lo pensaba dos veces para hablar con los diversos desconocidos que pasaban por la aldea. De ellos aprendió mucho sobre el mundo exterior, incluida cierta pericia con las armas. A menudo le contaban a la vivaz chiquilla grandes historias de proezas realizadas por poderosos héroes. Estas historias le encantaban y deseaba forjar su propia leyenda. Su madre y su padre no lo comprendían e intentaban disuadirla de sus sueños. Se burlaban de sus ambiciones y la insultaban. Le decían que no era más que una niña pobre, fea y torpe y que sus sueños sólo eran tonterías. Estaban empeñados en que aceptara al marido que sus padres habían elegido para ella, pues necesitaba a un hombre, ya que nunca podría hacer nada por sí misma. A medida que su ánimo decaía, su deseo de marcharse se iba haciendo abrumador. Por fin, incapaces de soportar el espíritu y los valores pervertidos de su hija, cedieron a sus deseos, le prepararon un zurrón y la despidieron con alivio, contentos de no tener que aguantar más problemas por culpa de su desagradecida hija.

Ella se despidió de sus padres con un beso (era una muchacha de buen carácter y quería a sus padres a pesar de todo). Se colgó el raído y ligero zurrón del hombro regordete, sacó a su viejo caballo de patas torcidas del ruinoso establo y emprendió la marcha con su armadura a parches, su ropa gastada, su vieja espada oxidada y sus nobles sueños.

Durante dos años viajó por todas partes, realizando actos de valor lo mejor que podía, dada su limitada capacidad, soportando las burlas de todos cuantos encontraba, sufriendo a menudo palizas y sin cobrar las prometidas recompensas, a pesar de sus bondadosas y valientes acciones.

Un día, cuando llevaba a su viejo y cansado caballo a través de un frondoso bosque por un viejo camino de tierra lleno de socavones que se alejaba del último pueblo de donde la habían echado, vio un árbol muy viejo al lado del camino, mucho más grande que los demás. Era altísimo, de corteza vieja, marrón oscura, lisa y reconfortante, con hojas de un vivo color verde. Mientras el viento suave soplaba por entre las ramas, agitando las hojas con un murmullo de arroyo, sintió que le pesaban los párpados y deseó descansar su agotado cuerpo.

Mirando alrededor del árbol, que tenía el grosor de cinco hombres, pensó: Seguro que a nadie le importará si me detengo aquí un rato y cierro los ojos. Tengo hambre y estoy cansada. Descansaré y seguiré adelante y tal vez encuentre algo de comer más tarde.

Con esta idea, llevó a su comprensivo caballo detrás del árbol y lo ató a la espesa maleza, se acomodó entre las grandes raíces y no tardó en quedarse dormida.

Al sentir que la sacudían ligeramente, abrió los ojos, miró a su alrededor desconcertada y se llevó un buen susto. A su alrededor, el espeso bosque había desaparecido. En su lugar, se encontraba flotando libremente en un sitio lleno de una niebla blanda. Se regodeó en su ligereza y giró y saltó por la niebla llena de alegría. Delante, la blancura empezó a clarear a causa de una luz que brillaba a través de ella.

Protegiéndose los ojos y mirando hacia delante, poco a poco se sintió cada vez más abrumada por el creciente resplandor dorado. Cuando sus dedos ya no pudieron bloquear la belleza sobrenatural del brillo, tropezó y si hubiera estado en el suelo, habría acabado cayendo de bruces, sin poder ni desear mirar la luz que la rodeaba y la acariciaba con suaves, ligerísimos dedos llenos de calidez.

—Addison —susurró una voz etérea desde el centro del resplandor, rodeándola de feminidad al tiempo que la abrazaba, reconfortándola, calmando sus miedos.

Addison se avergonzaba de su fealdad y no se consideraba digna de aquella voz, de modo que no contestó de inmediato.

—Addison —repitió la voz sedosa y grave, al tiempo que una amable calidez envolvía el sonido.

Addison recuperó las cuerdas vocales y su voz le sonó fea y tuvo miedo de hablar.

—¿Quién eres? ¿Cómo es que me conoces?

La voz vibró con una risa dulce y su amabilidad la tranquilizó.

—Eso no importa —dijo la voz con sencillez—. Debes ayudarme.

—¿Cómo? —Addison estaba encantada de que una mujer de voz tan celestial quisiera relacionarse con alguien como ella.

—Libérame.

Inmediatamente, Addison quiso ayudarla con todo su corazón, pero tenía miedo. Hizo acopio de todo su valor y preguntó lo siguiente:

—¿Cómo puedo liberarte?

—Debes hacer una cosa por mí. Debes buscar mi anillo.

—¿Dónde está? —exclamó Addison.

—A un día de camino desde el árbol hay un castillo olvidado. En las mazmorras más profundas del castillo encontrarás mi anillo. Debes recuperarlo y volver aquí.

Parecía una tarea bastante fácil, de modo que Addison aceptó de buen grado. En el fondo de su corazón sabía que haría cualquier cosa que le pidiera la voz, sin importarle las consecuencias para sí misma.

—Haré lo que me has pedido —dijo.

—Vuelve al árbol cuando termines —dijo la amable y sedosa voz, desvaneciéndose junto con la luz hasta que Addison se encontró flotando en un mundo de niebla. De repente, la falta de peso desapareció y sintió que se precipitaba hacia abajo. Aspiró con fuerza y se puso a gritar... y se despertó bruscamente con un violento sobresalto.

Las hojas del árbol suspiraban al ritmo de su pecho jadeante. Se incorporó rápidamente, apretándose la frente con una mano. Soltó un suspiro tembloroso y repasó su estado. La misma armadura a parches, la ropa sucia y desgarrada sujeta con espinos, botas con grandes agujeros en las suelas.

—Qué sueño —murmuró y se levantó ágilmente, aunque todavía sentía el corazón desbocado por el susto, pero estaba totalmente descansada y no tenía hambre.

Ojalá la voz fuera real, pensó entristecida, mientras las hojas de los árboles temblaban, agitadas por la suave brisa. El viento aumentó ligeramente y en él oyó un susurro fantasmal:

—No lo olvides, Addison, el anillo...

Se desvaneció y Addison miró a su alrededor, buscando el origen del sonido, pero no encontró nada. Su caballo y ella se miraron con desazón.

Bueno, no pierdo nada por ir a ver si hay un castillo en ruinas, pensó.

Addison y su caballo no tardaron en emprender la marcha. Avanzaron despacio por el exuberante y espeso bosque, siguiendo el camino serpenteante. A medida que éste iba desapareciendo y la espesa y frondosa maleza le estorbaba el paso, Addison empezó a dudar de su sentido común. Cabalgó el resto del día y hasta bien avanzada la noche, hasta que por fin detuvo al caballo, suspiró y acampó para pasar la noche. Era demasiado tarde para ir en busca de comida (para consternación de su frustrado estómago), de modo que acabó las últimas raciones de marcha que le había dado una buena mujer una o dos aldeas atrás.

Cuando se despertó, el sol brillaba tranquilamente por encima de los árboles y la luz se filtraba a través del espeso bosque que la rodeaba. Recogió eficazmente su campamento y ensilló a su caballo, preparándose para ir a ninguna parte. Al montar ágilmente en la silla, captó algo gris por el rabillo del ojo. Un brillante rayo de sol le dio directamente en el ojo y parpadeó desconcertada. Se protegió los ojos, levantó la mirada y vio una superficie plana de piedra resquebrajada en lo alto de un lejano acantilado. Llena de curiosidad, espoleó a su caballo para atravesar la espesa maleza, hasta que llegó al pie de un acantilado cortado a pico.

Contempló las rocas agrietadas, distinguiendo sombras de asideros en la implacable superficie de piedra, y suspiró.

—¿Por qué tiene que ser un acantilado? —masculló por lo bajo—. Odio las alturas...

Desmontó y dejó suelto al caballo, que regresó a la maleza en busca de algo que comer. Ella se acercó al pie del acantilado y empezó a trepar, mientras los agujeros de las botas no dejaban de fastidiarla durante todo el ascenso. Mientras subía trabajosamente, temblando con la adrenalina que le inundaba el cuerpo, con las manos hechas jirones y ampollas en los pies, no dejaba de maldecir entre dientes los castillos en ruinas en lo alto de acantilados. Con el sol ardiente cayendo de plano sobre ella, procuró no mirar hacia abajo ni dejar que el miedo se apoderara de ella.

Por fin, con el cuerpo jadeante y dolorido, se izó hasta la cima usando los últimos asideros. Empapada en sudor, con los músculos agotados y doloridos, se alzó por encima del repecho y se quedó tumbada boca arriba, jadeando en la arena pedregosa, a un metro de la desmoronada piedra gris de la deteriorada muralla exterior del castillo. Cuando recuperó el aliento, se levantó con cuidado, con una mueca por los pinchazos de dolor que tenía en los pies, y avanzó muy despacio por el repecho, siguiendo la larga y resquebrajada muralla de piedra. Con cautela y sudorosa, dobló la esquina, con las piedras incrustradas en la espalda, intentando no mirar hacia abajo. Soltando un gran suspiro de alivio al pisar suelo más firme, contempló un enorme claro de tierra delante del castillo y sus ojos siguieron los restos abandonados del camino que en tiempos llevaba hasta la puerta. Entonces se dio cuenta de que el camino bajaba por una empinada cuesta cubierta de hierba hasta el bosque y volvió a maldecir con vehemencia.

—Noooo, no podía venir por el camino, ¿verdad? Tenía que venir por el acantilado...

Sacudiendo la cabeza y recriminándose a sí misma, se dio la vuelta y observó el castillo. Era una auténtica fortaleza olvidada, casi aniquilada por el tiempo: los muros se habían desmoronado, pues el mortero que sujetaba las piedras hacía tiempo que había desaparecido por la erosión. La piedra, en otros tiempos limpia y reluciente, ahora era gris oscura, con manchas negras por los estragos del tiempo. Advirtió la inmensa puerta de madera podrida descuidadamente abierta, reducida casi a la nada por el deterioro. Comprobó rápidamente su armadura y su espada oxidada, irguió los hombros y cruzó los restos con paso firme para entrar en el ruinoso patio cuadrado.

A su alrededor, en cada una de las paredes rotas, había dos puertas. Todas ellas estaban enteras y bien conservadas y su buen estado desafiaba con alegría a la elegante decadencia del resto de la estructura. Cada puerta estaba bien cerrada, impidiendo el paso de algún visitante fortuito.

—¿Y ahora qué? —dijo en voz alta. Mientras reflexionaba sobre la situación, profundamente ensimismada, casi le dio un ataque al sentir un empujón repentino en la parte de detrás de las piernas. Se tambaleó hacia delante con un grito sobresaltado y se giró en redondo, para descubrir a un enorme gato negro, del tamaño de un león, sentado sobre sus cuartos traseros, que se limpiaba tranquilamente los bigotes con una inmensa zarpa de afiladas garras.

Addison se acercó a él con cierto temor. Estaba ahí sentado plácidamente, sin la menor muestra de agresividad en su cómodo porte. Su pelaje era negro y sedoso y la miraba con cautela mientras seguía limpiándose, con sus ojos amarillos, despejados y curiosamente inteligentes. Ella se quedó embelesada por su belleza y se inclinó despacio para tocar su reluciente pelaje. El gato se puso tenso y ella retrocedió de un salto. Luego, cuando el animal no volvió a moverse, alargó la mano con más seguridad y se puso a acariciarle la gran cabeza.

Él se arqueó al sentir la caricia y empezó a ronronear, emitiendo un ruido potente y áspero. Se levantó y se puso a dar vueltas en torno a sus piernas con elegancia.

Ella tocó y acarició su suave pelaje durante un rato y luego lo dejó de mala gana y se alzó despacio para volver a sus reflexiones. Sin embargo, la belleza del gato seguía distrayéndola. Por fin, se agachó y lo acarició por última vez, diciéndole en tono amable:

—Eres la criatura más bella que he visto jamás. ¿Qué hace aquí algo tan precioso como tú?

El gato se limitó a arquear el lomo, frotó su enorme cabeza contra sus piernas y ronroneó con más fuerza.

Ella suspiró y volvió a contemplar el patio arrasado por el paso del tiempo. Desilusionado porque no continuaban las caricias, el gato se alejó de ella en silencio, dejando el ruinoso patio a su única huésped humana.

Como todas las puertas le parecían adecuadas, fue a la más próxima y la examinó atentamente. Era totalmente lisa, la madera pulida no revelaba nada y estaba firmemente cerrada contra el mundo exterior. No había picaporte y se preguntó cómo abrirla. Por fin, por probar, le dio un empujón y se abrió fácilmente, deslizándose sobre sus goznes bien engrasados. Sorprendida, entró, con la luz que se filtraba por las paredes rotas, los hierbajos que crecían en las grietas de la piedra gris y las rocas tiradas con descuido entre los restos polvorientos de un pasillo. Avanzó por el pasillo en ruinas, dobló una esquina y se topó con un callejón sin salida. Se volvió para regresar por el otro pasillo, siguiendo sus silenciosos recodos y curvas y pasando por una serie de habitaciones medio recordadas y en otro tiempo nobles, hasta que también este pasillo acabó en una pared de piedra desmoronada. Suspirando, volvió sobre sus pasos. Cuando salió de nuevo al soleado patio, probó con otra puerta, situada en la pared en sombra enfrente de la primera.

Ésa tuvo los mismos resultados: pasillos en principio prometedores que terminaban bruscamente en un tapón de piedras resquebrajadas, y lo mismo ocurrió con la tercera y la cuarta.

Hasta que probó con la quinta puerta.

Cuando la abrió de un empujón, la recibió una densa oscuridad semiconsciente.

—Debe de ser ésta —murmuró. Se volvió para reconfortarse con el patio vacío y polvoriento. El gato, el único ser vivo de aquel lugar desolado, no había vuelto, lo cual le produjo una gran desilusión—. Vamos allá —dijo en voz baja y sacó la espada y cruzó el umbral, adentrándose en el abismo.

La puerta se cerró de golpe justo detrás de ella, con un ruido amortiguado por el aire espeso y rancio, lo cual la hizo gritar. Volvió a asustarse cuando de repente una antorcha que había junto a la puerta cobró vida trémulamente, creando sombras grasientas y deformes en las frías e impenetrables paredes de piedra. Tratando de calmar su corazón palpitante y aflojando un poco la mano que sostenía la espada, agarró la antorcha con dedos firmes aunque algo temblorosos, la puso delante de ella y vio unos escalones de piedra resquebrajados y casi borrados.

Se apoyó en el primer escalón; no encontró ningún asidero en las paredes lisas y la escalera era muy empinada. Apretó la mandíbula con determinación cuando la escalera soltó un crujido inquietante, se armó de valor y emprendió el largo descenso.

Cada cien escalones había un rellano, ruinoso, comido de gusanos, cuyo estado iba empeorando a medida que cruzaba cada tramo de escalera. Al cabo de unos cinco tramos, las paredes de piedra dieron paso a paredes de madera y tierra putrefacta acumulada en los resbaladizos escalones toscamente tallados en la roca. La antorcha seguía ardiendo con una llama inestable y las sombras oscilantes le provocaban náuseas, al tiempo que la luz apenas conseguía penetrar la oscuridad expectante. A Addison le empezaba a flaquear el valor y su inquietud aumentaba.

Cuando llegó al décimo rellano, bajó cinco escalones más y llegó al suelo de tierra putrefacta y sólida de un pasadizo central. La luz de la antorcha vacilante se notaba ahora menos, a medida que una luz sobrenatural se iba haciendo inquietantemente visible al final del largo pasadizo.

Observó la luz, de horrendo resplandor, y se sintió aún más mareada por las sombras del color de la carne podrida que danzaban y se alargaban más de lo que la vista podía tolerar. Se esforzó por no mirar y avanzó a trompicones derecha por el pasadizo, pasando ante oscuros corredores a derecha e izquierda, celdas pobladas por inquietos y esquéleticos habitantes.

La celda de donde salía la luz la atraía. Envainó la espada, pues necesitaba las dos manos para sujetar la antorcha.

Entró con las piernas temblorosas, apenas capaz de moverse por las náuseas que se habían apoderado de ella, torturándole el estómago. En un pedestal en el centro de la inmensa celda se encontraba el anillo. Era un anillo de madera, pulido en otros tiempos, ahora negro y casi destruido por la falta de cuidados. Mientras contemplaba este espectáculo, no se atrevía a mirar hacia el origen de la luz, pues no podía, al menos físicamente.

Cuando se acercó tambaleándose al pedestal y cogió el anillo, de repente notó que la temperatura de la estancia estaba bajando y que la luz había dado a su carne la terrible tonalidad negra y verdosa de un cadáver. Con el estómago revuelto, se giró en redondo y vio una figura amortajada a menos de dos metros de ella, de tres metros de altura, que empezaba a gemir, emitiendo un sonido profundo y atormentado que iba aumentando de fuerza y volumen, grotescamente ansiosa por absorber su energía vital.

Gritó al ver aquello, al tiempo que el espectro se deslizaba directamente hacia ella y su canción de sirena llena de dolor y sufrimiento le paralizaba las piernas. Hizo amago de cogerla, atrapándola con sus desaforados ojos rojos, y ella sintió que se le saltaban las lágrimas y que la vida se le iba escapando despacio del cuerpo. Sabía que el mero contacto con este espectro era letal, pero no conseguía moverse para escapar del ataque.

Entonces, detrás de ella, oyó vagamente una voz que decía:

—Corre.

Concentrándose en la voz con todas sus fuerzas, se dio la vuelta, apartándose a duras penas del espectro, una vez roto el hechizo por el sonido de aquella voz sedosa y segura de sí misma.

—¿Quién es? —susurró, incapaz de hablar más alto.

—Soy yo, el gato —dijo la voz con tono impaciente, al tiempo que el gran gato aparecía caminando con despreocupación.

—No sabía que podías hablar —dijo Addison, temblorosa y confusa, con tono de apremio.

—No lo preguntaste —respondió el gato con sequedad, bufando, escupiendo y mirando al espectro con calculadores y fieros ojos amarillos, entornados hasta parecer meras rendijas—. ¡Ahora, CORRE!

El espectro se lanzó hacia el gato, que se mantuvo firme ante el ser espectral, con el exuberante pelaje negro totalmente erizado, preparado para saltar. Se fue moviendo despacio siguiendo el perímetro de la celda, alejándose de Addison, mientras el espectro lo seguía con ansia. Cuando el gato y el espectro se apartaron, Addison vio que tenía vía libre hasta la puerta. Sin soltar la antorcha, se puso el anillo en el pulgar y salió corriendo de la celda a toda velocidad, siguiendo el camino por el que había venido, sin hacer caso de las feas sombras y con la sensación de tener la antorcha pegada a la mano.

Tras ella, el gato bufaba, escupía y gruñía ferozmente, mientras el gemido del espectro iba aumentando de volumen y ansia.

Aunque sus agotadas piernas la odiaron por ello, subió las escaleras de dos en dos, cruzando los rellanos, y por fin se detuvo a descansar en el enésimo rellano, con el pecho jadeante, chorreando de sudor y acompañada del desagradable chisporroteo de la antorcha. Volvió a quedar bañada por un resplandor sobrenatural y salió disparada escaleras arriba, con el corazón martilleándole en el pecho y la vista borrosa por el esfuerzo. No podía pensar en nada más que en subir las escaleras escalón a escalón, lo más rápido que le permitieran las piernas.

Cada vez que se detenía a descansar, el resplandor volvía a acercarse y a ganar fuerza y ella tenía que huir del espectro.

Por fin, llegó al rellano superior, con los pulmones ardiendo, el pecho jadeante, la vista llena de manchas negras.

Con una mano temblorosa, alzó la antorcha y examinó la puerta. No había picaporte.

—¡Abre la puerta! —gritó la agradable voz del gato detrás de ella. Sintió una vaga sensación de asombro por no haberse dado cuenta de que venía detrás de ella y se sintió muy agradecida de que siguiera vivo.

—¿Cómo? —respondió a gritos—. ¡No hay picaporte!

—¡Mete los dedos en la madera y tira!

Hizo lo que le decía. Tragando saliva, cerró los ojos y echó la mano hacia delante. Agarró fácilmente un picaporte y tiró con todas sus fuerzas, tambaleándose hacia atrás cuando se abrió hacia ella. El resplandor sobrenatural se estaba haciendo más fuerte y el gemido horrible y paralizador volvía a aumentar de volumen y fuerza.

Se lanzó por la puerta, al tiempo que el gato salía disparado por entre sus piernas, y cayó hecha un guiñapo desmadejado y magullado en el polvoriento patio cuando la puerta se cerró de golpe tras ellos. Aspiró el aire con dificultad, con la garganta dolorida y las piernas incapaces de seguir sosteniéndola. Por fin, su estómago se rebeló y vomitó hasta sentirse como si se le estuvieran intentando escapar las entrañas.

El gato se dejó caer a su lado, mirándola alarmado, mientras la puerta se abombaba hacia fuera y el grito surrealista e iracundo del espectro frustrado aumentaba de volumen e intensidad detrás de ellos.

Addison contempló alarmada la puerta, inundada por una nueva oleada de adrenalina y dispuesta a huir sin importarle lo que pudieran pensar sus maltratados sentidos. El gato observaba impasible, lavándose los bigotes.

—¿Se va a romper esa puerta? —preguntó ella muy preocupada.

—No —dijo el gato con tranquilidad—. La puerta está encantada. Mantiene al espectro dentro y a los visitantes fuera.

—¿Cómo he conseguido pasar yo? —preguntó ella, al digerir esta información.

—Lo fácil es entrar, la puerta se abre para cualquiera. Lo difícil es salir. Yo soy el guardián de la puerta. Es decisión mía dejarte salir o no.

Addison miró sobresaltada al gato, estremeciéndose.

—Gracias —dijo, con toda sinceridad.

—No hay de qué —replicó el gato, sonriendo muy satisfecho.

—¿Por qué has venido a buscarme? ¿Por qué me has dejado salir? —Addison no sabía si quería saberlo, pero pensó que debía preguntarlo.

—Eres la primera persona que me ha tratado con amabilidad —replicó el gato, mirándola atentamente con ojos relucientes, interrumpiendo su aseo.

—No me puedo creer que nunca haya habido nadie que no haya tratado con amabilidad a un animal tan precioso como tú —dijo ella, sin dar crédito, contemplando la belleza del gran animal.

La cara del gato se arrugó con una sonrisa, con los ojos amarillos centelleantes y los colmillos al aire.

—Gracias, querida. Si alguna vez necesitas mi ayuda, sólo tienes que llamar al gato y acudiré. —Se alejó a elegantes saltos, salió del patio y se dirigió al bosque.

—Gracias, gato —dijo Addison en voz baja. Miró la puerta, que seguía protestando, aunque los aullidos del espectro iban perdiendo fuerza y el ruido se iba desvaneciendo porque el espectro, frustrado, estaba regresando a su guarida en las entrañas de la tierra.

Absolutamente asqueada por el desmoronado castillo abandonado, Addison levantó su dolorido cuerpo de la tierra y con el corazón alegre, se marchó del ruinoso castillo.

Bajó con cuidado por la empinada cuesta verde que se alejaba del castillo, volvió a entrar en el exuberante bosque verde y se abrió paso a través de la maleza espesa y frondosa hasta su caballo, que pastaba apaciblemente. Guardó cuidadosamente el anillo en sus alforjas, se montó en el caballo y regresó al árbol. En el camino de vuelta, hizo noche junto a un veloz y límpido arroyo.

Al despertarse por la mañana a causa de la luz del sol que le daba en la cara, interrumpiendo su sueño inquieto, se lavó la sucia ropa y el cuerpo lo mejor que pudo.

Por fin, llegó de nuevo al árbol, agotada y hambrienta. No había encontrado nada que comer, salvo unas bayas en un matorral descomunal que crecía salvaje al lado de aquel camino rara vez transitado. Exhausta, se arrastró dentro del hueco formado por las raíces protectoras del árbol y se sumió en un sueño profundo, olvidando el vacío doloroso y vociferante de su estómago.

Al poco, volvió a encontrarse en compañía de la luz resplandeciente.

—Addison —dijo la amable voz, tranquilizándola, envolviéndola.

—Aquí estoy —dijo ella, una vez más tumbada, porque no quería que aquella luz purificadora y resplandeciente viera su fealdad.

—¿Has recuperado el anillo?

—Lo tengo —dijo, pensando que estaba bien guardado en sus alforjas.

—Gracias, Addison —suspiró la voz, llena de calidez—. Debes traer mi corona.

—¿Dónde está?

—A dos días de aquí a caballo encontrarás un lago. Bajo el agua, en el centro del lago, encontrarás la corona.

—Haré lo que me pides.

Con eso, Addison abandonó de nuevo aquel apacible lugar y se despertó totalmente descansada y sin sentir ya hambre. Llena de determinación, se montó en su caballo y emprendió el viaje hasta el lago.

Avanzó por el bosque durante dos días, acompañada del denso follaje a ambos lados del estrecho y serpenteante camino casi olvidado y comiendo lo que iba encontrando. Por fin, el exuberante bosque se hizo menos espeso y se encontró en un rico prado verde que daba a un lago no muy hondo y malsano. Estaba rodeado de un bosque casi impenetrable por tres lados y de un escarpado y arenoso precipicio por el cuarto lado. Llegó hasta el lago y se detuvo al alcanzar la orilla de aquella agua viscosa, frente a unos juncos marrones y marchitos que caían fláccidos sobre el agua turbia y grasienta. Hizo una mueca de asco por el olor a azufre y murmuró:

—Vamos allá.

Retrocedió un par de pasos, echó a correr, respiró hondo y se lanzó al agua sucia con un gran chapuzón. Su cuerpo quedó cubierto rápidamente de la viscosidad verdosa del agua infestada de algas. Con potentes brazadas, se sumergió en el agua.

A medida que se iba hundiendo en el agua turbia, sentía unas manos frías y fuertes por todas partes que tiraban de ella hacia abajo. Le empezó a entrar pánico al sentir que los pulmones le pedían aire limpio y fresco. Siguieron tirando de ella hacia las profundidades desconocidas, su cerebro hambriento de oxígeno se rindió por fin y el mundo se cubrió de negro cuando perdió el conocimiento.

Cuando despertó, notó algo duro y frío bajo la espalda mojada y a su alrededor un aire cálido y húmedo que olía a pescado. Abrió los ojos despacio, metiendo una honda bocanada de aire en sus doloridos pulmones, e intentó distinguir algo en la penumbra. Le dolía la cabeza horriblemente y su cuerpo, dolorido por el descenso al fondo del lago, protestó muchísimo cuando intentó incorporarse.

Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la penumbra y distinguió la estancia donde se encontraba. Era circular, con largas columnas de un blanco sucio que iban del suelo al techo atravesando la humedad, y cuatro puertas que daban a pasillos viscosos y de oscuridad impenetrable. Miró dónde había estado tumbada y vio sobresaltada que era un altar de piedra blanca grisácea, pegajosa por la humedad fétida del aire. Se dio la vuelta y a unos dos metros detrás de ella había otra columna, que le llegaba hasta la cintura, encima de la cual había una corona maltratada y deslustrada.

Se bajó penosamente del altar y cuando apenas había dado un paso hacia la corona con las piernas flojas, aparecieron unas figuras desde las sombras. Hacia ella venían deslizándose y reptando unos seres extraños, cubiertos de escamas plateadas y verdosas, con aletas deformes, evidentes agallas a ambos lados del grueso cuello y ojos lechosos y turbios que la miraban ciegos y relucientes. El graznido de sus voces susurraba a su alrededor.

—Addison...

—Bienvenida...

—Queremos...

—Que te quedes con nosotros...

—No —dijo Addison con firmeza, esforzándose por controlar su asco ante los ruidos húmedos y chapoteantes que producían al moverse pesadamente, rodeándola. Las voces se fueron apagando a trompicones—. Quiero la corona —dijo con voz firme, sin revelar su lucha interna por controlar el estómago.

—No...

—No puedes...

—Llevarte la corona...

—Queremos...

—Que te unas a nosotros...

Con un grito de asco, esquivó los dedos resbaladizos, fríos y viscosos que tiraban de su ropa desgarrada. Sacó su vieja y oxidada espada, apartando a golpes a aquellos seres chapoteantes y pesados, hundiendo la empuñadura en la carne blanda y asquerosa de quienes la apresaban. Notó que se le desgarraba la camisa, al soltarse de una mano firme, tropezar y agarrar la corona del pedestal. Al instante, la estancia empezó a gemir y crujir y el tono de las voces se hizo triunfal.

—No deberías...

—Haber hecho eso...

—Ahora tendrás...

—Que unirte a nosotros...

Por un rincón del techo de la estancia espezó a correr un delgado chorro de agua viscosa, de un negro verdoso, que se precipitaba por la pared.

Las manos reanudaron sus esfuerzos y Addison se puso a asestar mandobles con la espada, cortando la carne blanda, matando a los guardianes de la corona que se movían chapoteando a su alrededor. La estancia no tardó en quedar inundada de clara y gélida sangre roja a medida que aquellos seres mitad hombre, mitad pez iban cayendo. El crujido y el gemido de los soportes dañados iba en aumento, mientras Addison sujetaba con fuerza la corona contra su cuerpo, tratando de matar más invasores, cuyas huestes, siempre renovadas, poco a poco la estaban superando. El hedor a pescado podrido empezó a dominarla y le dieron arcadas. De las crecientes grietas de las paredes salían disparados grandes chorros de agua que inundaban la estancia y el pánico de Addison aumentó a medida que el nivel del agua del templo subía con los chorros de porquería que entraban a borbotones por las paredes desgajadas.

Se puso la corona y ésta le pasó por la cabeza para quedar colgada alrededor de su cuello. Envainó la espada, pues necesitaba las dos manos libres para flotar en la podredumbre, sin dejar de luchar por alejarse del creciente número de atacantes. La roca explotó hacia dentro por la mitad de la pared más podrida del templo y el enorme agujero quedó rápidamente cubierto de agua sucia. Addison dio patadas y manotazos, intentando esquivar las manos que la agarraban con ansia. Empezaron a dispersarse cuando la luz sobrenatural del templo se fue desvaneciendo en la nada.

Conteniendo las arcadas, llenó los pulmones con una inmensa bocanada de aire con olor a pescado y se zambulló por el agujero. El torrente de agua le mermaba las fuerzas, pero consiguió pasar y los que la querían apresar la perdieron por el momento. Soltó un ligero chorro de burbujas para orientarse, siguiéndolas hacia arriba.

Justo cuando creía que se iba a desmayar, salió de golpe a la superficie del agua estancada, aspirando enormes bocanadas de un aire maravillosamente sulfúrico. Bajo sus pies, el agua empezó a arremolinarse inquieta y notó el ligerísimo roce de aquellos seres, que intentaban desesperadamente agarrarle los pies.

Avanzó con determinación por el agua con potentes brazadas, mientras detrás y debajo de ella notaba aquellas caricias empalagosas y enloquecedoras. Cuando llegó a los juncos muertos de la orilla, se arrastró fuera del agua, tosiendo, casi muerta por el esfuerzo. Tras ella, el agua se llenó de espuma por el intento de aquellos seres de alcanzarla. Empezaron a salir del agua, alargando a ciegas las resbaladizas manos para agarrarla, y ella se apresuró a sacar de nuevo la espada y volvió a atacar. La hoja mellada y oxidada chocaba contra la carne blanda y podrida y los susurros y murmullos se transformaron en gemidos de dolor.

Poco a poco, fue abriéndose paso a mandobles hasta su nervioso corcel, que ya no pastaba en la rica pradera. Se montó penosamente en la silla, dando patadas y manotazos cuando las hordas intentaron desmontarla del caballo. Éste, dispuesto por una vez a moverse a un paso más rápido de lo habitual, salió corriendo del prado, mientras Addison se sujetaba con todas sus fuerzas, y volvió a adentrarse en el exuberante bosque. En el límite del bosque, los que querían capturarla se detuvieron, incapaces al parecer de seguir persiguiéndola. Los susurros se convirtieron en gritos de angustia gorgoteantes y cascados mientras ella se les escapaba.

Se detuvo junto a un arroyo para lavarse el fango, incapaz de soportar el hedor a podredumbre, pero no se iba. Con absoluta repugnancia, vio que seguía totalmente pringada. Guardó la corona en sus alforjas, cerca del anillo.

Cansada, sucísima y hambrienta, regresó despacio al árbol, con la cabeza gacha.

Cuando se encontró junto al grácil tronco, se sumió en un sueño profundo.

—Addison —dijo la voz, ya familiar, acariciando su nombre.

—¿Sí? —Se sentía agradecida de no poder mirar la belleza sobrenatural de la límpida luz dorada.

—¿Tienes mi corona?

—Tengo tu corona —murmuró, avergonzada de su suciedad, encogiendo el cuerpo sin darse cuenta, en un intento inútil de disimular su olor y su repugnante aspecto.

La voz era cálida, amable y nada crítica.

—Gracias, Addison. Ahora debes recuperar mi espada.

—¿Dónde está?

—En el centro del bosque encontrarás a una bruja. Ella tiene mi espada. También debes traer una taza de su poción.

—Haré lo que me pides. —Por una vez se alegró de dejar a la voz, pues se sentía profundamente avergonzada de su horrible estado.

Con eso, Addison se despertó, descansada y bien alimentada.

Se levantó del cómodo suelo y montó en su caballo.

Tomó un camino casi abandonado que se alejaba del árbol y cabalgó durante aproximadamente medio día, hasta que el bosque empezó a clarear y apareció una cabaña ruinosa con ventanas opacas y pintura pelada y descolorida que se caía de las paredes como si estuvieran mudando una piel seca.

Addison se aseguró de que la corona y el anillo seguían a buen recaudo en sus alforjas y soltó al caballo. Éste se adentró a salvo en el bosque, en busca de alimento.

Animosamente, entró en el claro y llegó a la casucha. Llamó a la puerta podrida, creyendo que se iba a hacer añicos con sus golpes, y oyó un crujido y un roce procedentes del interior. Por fin, la puerta se abrió de golpe y apareció una vieja arpía extraordinariamente fea. Era ancianísima y jorobada y tenía la cara apergaminada medio comida de llagas, cuyo pus le resbalaba por el arrugado rostro.

—Querida y dulce Addison —arrulló la horrenda vieja con voz ronca, mostrando unos colmillos amarillos en una sonrisa rara vez practicada que hizo que en su cara se formaran grandes grietas supurantes—. Te han enviado a buscar la espada, ¿verdad?

—Así es —dijo Addison, estremecida y asqueada por el aspecto y el olor horrible de la bruja, mientras trataba de parecer segura de sí misma—. ¿Dónde la has escondido?

—No la he escondido en ninguna parte —dijo la vieja con una risotada al tiempo que le resbalaba un líquido por las grietas del cuello—. Sólo tienes que quitársela a mi campeón. Tendrás tres intentos.

Detrás de su ajado cuerpo apareció un pulcro caballero enfundado en una reluciente armadura plateada. La rodeó con arrogancia, echándola a un lado y tomando la medida a su adversaria, al tiempo que desenvainaba la espada. Addison lo miró con preocupación, bien consciente de su espada oxidada y su machacada armadura.

—¡JA! —gritó el caballero y blandió contra ella una espada de casi dos metros. Al retroceder, ella sacó su propia espada y se defendió, rezando para que la herrumbrosa arma no se rompiera.

Empezó el combate.

Addison atacó y se defendió, asestando estocadas y mandobles al caballero. Éste paró con facilidad todos sus movimientos y casi la hizo trizas. Por fin, la golpeó con un puño enfundado en un pesado guantelete y ella se desplomó hecha un guiñapo magullado e inconsciente, más muerta que viva.

Cuando por fin volvió en sí, el claro estaba vacío y la choza y el caballero habían desaparecido. Addison, que sangraba abundantemente por una docena de cortes, regresó a rastras al bosque. Comió las raíces que pudo encontrar en la nutritiva tierra y cayó en un profundo sueño.

Al amanecer del día siguiente, volvió a despertarse y examinó el triste estado de su armadura. Tenía varios cortes profundos de espada en los brazos y las piernas y su armadura estaba abollada y rayada, pero no peor de lo que había estado antes. Comprobó la espada, la afiló hasta eliminar su filo romo lo mejor que pudo con su piedra de afilar, que se caía a pedazos, y por fin salió con determinación al claro donde su adversario la estaba esperando.

De nuevo lucharon el día entero y Addison intentó herirlo con decisión, pero no lo consiguió. Cada golpe que le daba se curaba al instante, mientras la bruja miraba y se reía regocijada, cada vez más divertida. Por fin, tras un golpe especialmente brutal, su espada se rompió y ella se tambaleó y cayó, víctima de un potente golpe que le asestó el malvado caballero con el puño.

Cuando recobró el sentido, magullada, machacada y nuevamente cubierta de sangre, se arrastró al bosque, aferrando la empuñadura de su espada rota, y regresó con su fiel caballo, que la saludó acariciándola con el hocico. Agotada, se rodeó las rodillas con los brazos y se echó a llorar con desconsuelo.

—Oh, gato —susurró—. Me dijiste que te llamara si necesitaba ayuda. Necesito ayuda. —Bajó la vista mientras sus ojos seguían derramando lágrimas.

—Addison —se oyó la voz suave del gato, que entró furtivamente en el claro y le frotó el cuerpo ensangrentado y sucio con su gran cabeza.

Ella le echó los brazos cansados y sucios al cuello y lloró contra su espeso pelaje.

—Soy tan desdichada, gato —sollozó.

—¿Qué te ocurre? —respondió el gato.

—Tengo que luchar con un caballero y sé que no puedo ganar —sollozó ella.

—Sí que puedes —dijo el gato—. He estado observando tus otros combates. Los puntos débiles del caballero son su ceguera y su corazón.

—¿Qué? —preguntó Addison, consternada.

—El caballero es ciego. Te sigue por el olor y el sonido. Por desgracia, la bruja ha hechizado al caballero. No necesita la vista, porque le ha mejorado los demás sentidos. Con estos dones, jamás perderá un combate. La única manera de matarlo es arrancándole el corazón del cuerpo.

Addison se miró el cuerpo cubierto de porquería, hizo una mueca al percibir su olor constante y desagradable y suspiró muy deprimida.

—¿Cómo voy a detenerlo? No hay forma de quitarme esta porquería del cuerpo y mi armadura es lo único que me protege.

—Quítate la armadura. No te va a servir de nada. Del resto me ocupo yo.

El gato se puso a ronronear y a Addison le empezaron a pesar los ojos cada vez más, hasta que el rítmico sonido la sumió en un profundo sueño.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, el gato había desaparecido y ella estaba sin armadura. Ruborizándose, se dio cuenta de que estaba en ropa interior, que era casi inexistente. Se miró los brazos, advirtiendo que estaban cubiertos de una capa de tierra. Probó a frotarla y descubrió que no se quitaba, ni siquiera con saliva. De repente aspiró hondo y su nariz le dijo que por primera vez desde lo del lago, aquel olor asqueroso a pescado había desaparecido. Sonriendo, recogió su espada tristemente menguada, besó a su sorprendido caballo en el hocico y salió corriendo hacia el claro para matar al caballero.

El caballero ya estaba allí para recibirla, como siempre. Pero esta vez, cuando avanzó hacia él en un silencio sobrenatural, no se movió. Reprimiendo las ganas de soltar su grito de combate, se lanzó contra él y atravesó sus defensas, pillándolo desprevenido. Cayó con estrépito al suelo, ella encima de él, y se pusieron a rodar por la tierra. Ella lo atacó con su espada rota y, como un cuchillo caliente al cortar mantequilla, le rajó la armadura y llegó al pecho desprotegido que había debajo. Hundió la hoja en su pecho y le atravesó el corazón, cuyos fuertes latidos fueron apagándose hasta cesar penosamente.

La bruja dejó de reír bruscamente cuando el cuerpo acorazado se quedó inmóvil.

Salpicada por la sangre que salía a borbotones, Addison se puso de pie y caminó a grandes y firmes zancadas hacia la bruja.

—¡Addison, tienes que arrancarle el corazón! —gritó el gato, que había vuelto a aparecer en el curso del combate, y corrió hacia el caballero que se retorcía. Addison se volvió hacia el gato y eso fue lo que sin duda le salvó la vida, cuando el gato corría hacia el caballero, que ahora estaba sentado. Tuvo tiempo de agarrar débilmente su espada y lanzarla contra la petrificada Addison. Ésta sintió la corriente de aire que levantó al pasar junto a su cuerpo, clavándose en la bruja.

El gato saltó sobre el caballero, derribándolo de nuevo al suelo, luego rugió y hundió la cabeza en el pecho sangrante, para volver a aparecer segundos después con el corazón ensangrentado y partido entre las fauces, todavía palpitante. El caballero emitió un grito agudo como un maullido que se fue desvaneciendo despacio hasta sumirse en el silencio, mientras el cuerpo tendido se estremecía protestando y moría.

La bruja chilló al mismo tiempo, mientras su cuerpo supurante se caía a pedazos. Por fin explotó con un estallido húmedo, cubriendo la casucha, el cuerpo del caballero, a Addison y al gato de espesos y malolientes grumos de sangre reseca y carne putrefacta. Addison sintió una curiosa debilidad al quitarse las horrendas sustancias de la cara. Con las piernas temblorosas, entró en el atestado cuchitril, agarrando la espada, milagrosamente limpia y reluciente. Parpadeando en la puerta unos segundos mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, no tardó en ver el caldero negro que bullía sobre el fuego emitiendo un hedor horrible que se le metió como grasa en los pulmones.

Cogió un tazón medio limpio de una mesa sucia y atiborrada que había cerca. Con cuidado de no echarse encima nada del asqueroso líquido, llenó el tazón y salió tambaleándose de la choza con las piernas cada vez más débiles.

—Vámonos de aquí —le dijo al conmocionado gato, que se la quedó mirando, sin comprender, con el morro chorreando de sangre.

El gato la siguió mansamente cuando ella se dirigió hasta su caballo. Sintió que le resbalaba un líquido por el costado y por primera vez se dio cuenta de que la espada que sujetaba le había abierto el costado. Presa de un dolor creciente, gimió:

—El caballero me ha matado.

—Todavía no estás muerta —dijo el gato animosamente—. Debemos regresar al árbol. ¡Deprisa!

Dicho esto, el gato empujó a la joven agonizante y la subió a lomos de su disgustado caballo. La obligó a atarse a la silla y se adentraron en el bosque, de regreso al árbol, con el tazón transportado a salvo en las fauces del gato y la espada atada al costado del caballo.

Las extremidades de Addison habían dejado de obedecerla y no paraba de perder y recuperar el conocimiento una y otra vez. Cuando llegaron al arroyo, tenía el costado como un muro sólido de agonía ardiente por el que seguía manando una espesa sangre negruzca, despacio y sin pausa. No podían detenerse: Addison estaba casi muerta y su decisión de ayudar a la amable y cariñosa voz era lo único que la animaba a seguir.

Por fin llegaron al árbol y Addison se cayó del caballo, al romperse la vieja cuerda que la sujetaba a la silla, y se desplomó al pie del árbol y ya no supo más, pues perdió el conocimiento.

—Addison —dijo la voz, preocupada y aterciopelada, envolviéndola en su calor y su amor—. ¡Deprisa! No queda mucho tiempo. Debes coger la corona y colgarla del árbol. Clava la espada con el anillo en la tierra de las raíces del tronco y echa el brebaje por encima. ¡Rápido!

El apremio de la voz era innegable y Addison no pudo hacer nada más que asentir con un gruñido. Estaba muy débil, casi muerta, y dudaba de que su cuerpo fuera a cooperar el tiempo suficiente para hacer lo que se le pedía.

Sintió un repentino y fuerte dolor en la pierna, abrió los ojos, con la cara de un tono blanco grisáceo, y le susurró al gato que dejara de morderle la pierna.

—Tenemos... que poner... la corona... en una rama... espada... anillo... en las raíces... brebaje por encima... espada... anillo... —La voz se le apagó, demasiado débil para continuar.

Sorprendentemente, el viejo caballo tuvo a bien quedarse quieto mientras el gato arrancaba las alforjas con la espada bien atada a ellas. Las arrastró hasta Addison, que estaba semiconsciente. Volvió a morderle la pierna.

Sólo a base de fuerza de voluntad consiguió ponerse de rodillas y sacar con dedos torpes los objetos de donde estaban guardados. De rodillas, tomó la corona en sus brazos temblorosos, levantó el pesado objeto y lo colocó en un agujero del árbol. Empujó la espada y el anillo entre las raíces del árbol que le había dado cobijo y se desplomó, golpeando el tazón que llevaba el preocupado gato en la boca y derramando su contenido encima de la espada y el anillo.

Obligó al aire a entrar y salir de sus desfallecidos pulmones, mientras se le oscurecía la vista. Sintió el abrazo lejano de la muerte cuando las últimas gotas de sangre se escurrieron de su cuerpo desnutrido y maltratado.


Poco a poco, Addison empezó a oír voces a su alrededor mientras recuperaba el conocimiento. Abrió los ojos y las voces se desvanecieron y notó, más que vio, que estaba echada en una cama limpia y que había ropa limpia doblada con esmero al pie de la cama.

Con los ojos como platos, miró a su alrededor. Estaba en una cama enorme con dosel, envuelta en costosas sedas. Por primera vez advirtió su estado de desnudez cuando, al incorporarse, las suaves sábanas cayeron de su cuerpo. Se miró y vio que la mayor parte de los cortes se habían convertido en finas cicatrices y que la herida de espada del costado era un corte con una ligera costra.

Olvidando el pudor, echó las piernas por el lado de la cama, con la esperanza de ponerse la ropa rápidamente y escapar antes de que la echaran las personas que la habían puesto aquí, como lo habían hecho otros con tanta frecuencia en el pasado. Mirando a su alrededor, se puso la camisa y los pantalones nuevos, se calzó las botas nuevas y cruzó con sigilo la ornamentada, amplia y alegre habitación hasta la pesada puerta de madera, para salir a hurtadillas.

En ese momento, la puerta se abrió y ella se quedó paralizada, como un ciervo en la mira de un cazador, sabiendo que había llegado el momento de la crueldad. Agachó la cabeza, a la espera de que la echaran como la basura que sabía que era.

—Ah, ya estás despierta y vestida —dijo una voz muy conocida.

—¡Gato! —exclamó Addison, atreviéndose a subir la mirada, y vio a un hombre alto de pelo negro y sorprendentes ojos amarillos que la miraba amablemente. Tenía la piel pálida y luminosa, la cara afeitada y llevaba un pulcro y limpio uniforme.

—Sí, Addison, soy yo —dijo, con tono amable y profundo—. Me alegro mucho de haber dejado de ser gato y te agradezco profundamente que hayas ayudado a nuestro reino y a nuestra bondadosa reina.

—Oh —dijo Addison, viendo su oportunidad de escapar—. No hay de qué. Ahora me marcharé. Tengo sitios a los que ir, gente que ver...

—Tonterías —dijo el hombre con firmeza—. Mi reina no me lo perdonaría jamás si supiera que te he dejado marchar.

Addison agachó la cabeza, pues no quería que aquel amable hombre notara su desazón. Le entraron unas ganas enormes de huir.

Le oyó sofocar una exclamación y notó que se inclinaba.

—Majestad —dijo, azorado—. Iba a llevar a Addison ante vos...

—Gracias —dijo la suave voz de los sueños de Addison y ésta cayó de rodillas, sin querer levantar la mirada—. Quería hablar con Addison.

El hombre volvió a inclinarse y se fue.

La dulce presencia entró en la habitación y se detuvo justo delante de Addison. Ésta contempló las faldas de un largo vestido blanco bellamente confeccionado.

—Está bien —murmuró Addison—. Ahora mismo me voy. Ya no os molestaré más. Gracias por la ropa. —Intentó esquivar a la figura, pero la detuvo una mano fuerte y amable que se posó en su hombro.

—Addison —dijo la voz suave de la luz resplandeciente.

Ella miró hacia abajo, pues no quería que la dueña de aquella preciosa voz le viera la cara.

—Addison, mírame —dijo la dulce voz femenina con insistencia.

Addison siguió con la cabeza gacha.

—No puedo —dijo, sumida en su peor pesadilla de vergüenza por tener que enfrentarse al rechazo de aquella criatura de voz áurea.

La otra mano de dedos largos le sujetó la barbilla con gran delicadeza, obligándola a subir los ojos.

Contempló el rostro de la perfección. Era una mujer muy alta, con una melena de pelo negro que le caía por la espalda, apartado de la cara por una sencilla corona de oro. Tenía los pómulos altos y las orejas puntiagudas de los elfos. Los ojos de zafiro se clavaban en ella ardientes de amor, atrapándola, sujetándola, sin querer soltarla jamás. Unas manos la cogieron de los hombros adormecidos y la ayudaron a ponerse en pie, al tiempo que un dulce perfume inundaba sus pulmones.

—Creo que eres la elfa más bella que he visto en mi vida —dijo la mujer, con los ojos cristalinos rebosantes de amor por Addison—. Te amo tanto como cuando me casé contigo.

—¿Cómo podrías amar a alguien tan feo como yo? —preguntó Addison, llena de dolor, con los ojos arrasados de lágrimas, deseosa de creer a la elfa, contra toda probabilidad. De repente, cayó en la cuenta de lo que había dicho la reina y la conmoción le paralizó el corazón por un instante—. ¿Qué has dicho de casarte?

—Tú eres el rey de los elfos y yo soy la reina —dijo. Rodeando a Addison con un fuerte brazo, la estrechó y la llevó a un espejo, bañado por la luz dorada del castillo del bosque de los elfos.

Sosteniéndola, amándola, la reina de los elfos la colocó delante del espejo.

Por un instante, Addison se quedó mirando el reflejo de las dos juntas, de ella a salvo en los brazos de la reina. Era distinto de lo que recordaba. En lugar de una muchacha bajita y gordinflona de pelo rubio estropajoso, vio a una mujer de lustroso pelo dorado, piel clara y ojos verdes luminosos e impresionantes. Se echó el pelo a un lado y vio las orejas puntiagudas de una elfa.

Los fuertes brazos de la reina de los elfos rodearon la cintura de Addison, dándole la vuelta, y Addison se sintió hipnotizada cuando los labios de rubí de la reina acariciaron los suyos despacio y suavemente. Anheló el contacto y bajó la cabeza de la reina, profundizando el beso. A medida que aumentaba la pasión, se abrieron las compuertas de la memoria y los fuertes brazos de la reina la sujetaron y enderezaron, cuando se tambaleó.

—Lo recuerdo —dijo en voz baja, haciendo una pausa mientras procesaba las imágenes que le inundaban la mente—. Balthazar, el mago humano, vino a nosotros y se enamoró de ti. Tú no quisiste separarte de mí y él nos maldijo junto con nuestras tierras y nos separó para siempre.

El rostro de la elegante reina se iluminó con una blanca sonrisa.

—Me alegro tanto de que no pudieras estar lejos de mí. El otro mundo al que me exilió era insoportable sin ti.

Addison, rey de los elfos, soltó un resoplido y luego sonrió burlonamente.

—Deberías haber visto lo que me hizo a mí. Me transformó en una niña humana y me dejó con unos padres humanos. Me detestaban. Hasta ahora, he tenido una vida desdichada. Y no creo que a nuestro capitán de la guardia le gustara que lo conviertiera en gato.

La reina soltó una carcajada apasionada y volvió a abrazar a Addison.

—Ha pasado tanto tiempo —murmuró y se inclinó para apoderarse de los labios de su amor en un beso largo y ansioso. La pasión se adueñó de ellas y se desnudaron apresuradamente mientras se acercaban tambaleándose a la cama para volver a familiarizarse la una con la otra.

El bosque de los elfos se recuperó poco a poco de la maldición del mago Balthazar y los elfos decidieron no volver a presentarse ante sus vecinos humanos de corta vida, pues preferían desaparecer en el mito. Buscaron a Balthazar y cuando por fin tuvieron noticias sobre él, descubrieron que había muerto en combate con una mujer caballero, a quien había cometido la tontería de arrebatarle su reino. Addison envió un mensaje a los humanos que la habían criado, para hacerles saber que todo iba bien y que seguía viva, pero no se dignaron a responder, temiendo que se había vuelto loca del todo.

Y vivieron felices y comieron perdices.


FIN


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