Luto eterno

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright © 2000: Los personajes que aparecen aquí son míos. Reservados todos los derechos. No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: No merece mención siquiera.
Aviso de amor/sexo: Este relato refleja una relación amorosa/sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años o si este tipo de historia es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Muchísimas gracias a mi paciente correctora ForevaXena por dedicar un valioso tiempo a leer esto. Sin ella, siempre me hago una empanada gramatical y ortográfica :-) ¡Gracias especiales a Magenta por proponer el título!
J Falconer

Título original: Eternal Mourning. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Siento el viento nocturno que corre por mi largo pelo negro, levantándomelo ligeramente de la nunca, atravesándome la camisa; debería hacer frío, yo debería tener frío, pero ya no siento nada de eso. Echada hacia delante con las manos en la áspera madera del alféizar de mi casa en ruinas, aspiro con fuerza el aire nocturno. Ya no necesito respirar, pero a veces me da gusto fingir que estoy viva.

Fui creada hace casi un milenio por un ser que ya hace mucho que se perdió en el recuerdo. Hice un trato con él para ser lo que soy. Al principio, intentó disuadirme, pero no le hice caso. Era joven y no quería envejecer jamás. Quería la inmortalidad.

La recibí y desde entonces he recorrido la tierra varias veces, encontrándome a veces con los de mi especie, aunque nunca nos alegramos de vernos.

Aunque mi cuerpo sigue siendo joven, mi mente no lo es.

Estoy cansada. Tan cansada.

Cansada de vivir una vida a medias, cansada de estar sola.

Contemplo la clara noche iluminada por la luna, pensando en licántropos, brujas y fantasmas, intentando que la oscuridad me cale el alma, pero esta noche no me funciona. No creo que exista ninguno de esos seres y no soy un demonio, ni he visto nunca a Satanás. No sé qué ocurre cuando mueren los mortales, sólo sé que hace mucho tiempo no quise descubrirlo en persona.

Ya no puedo seguir.

Me pesa demasiado el corazón. Esta noche echo de menos con todo mi ser algo que una vez tuve sin darme cuenta y que hace mucho tiempo que perdí.

Recuerdo la primera vez que la vi. Yo estaba mirando por la ventana de su dormitorio, contemplando su belleza rubia. Era la criatura más preciosa que había visto jamás y felizmente ajena a mi presencia. Iba a ser una conquista, como tantas antes que ella. Me pasé la lengua por los afilados dientes, pensando que tendría un sabor dulcísimo, la esencia de la inocencia y la juventud. Elaborando mis mejores hechizos, me envolví en mi manto de oscuridad y la sugestioné para que me viera.

Como siempre hacían, abrió la ventana y me invitó a pasar.

Me apresuré a acercarme a ella, a tomarla entre mis brazos, pero ella no estaba dispuesta en absoluto y se echó a reír, se dio la vuelta y se soltó de mí. Fue el puro asombro ante la idea que de alguien pudiera intentar hacer una cosa así lo que me impidió agarrarla y chuparle hasta la última gota de sangre del cuerpo. En cambio, esperé a ver qué iba hacer a continuación. Por fin dejó de hacer piruetas y me pidió que me acercara. Lo hice de buen grado.

—¿Por qué? —me preguntó.

La pregunta me paró en seco. Nadie me había preguntado eso hasta ahora. ¿Hacía lo que hacía por mero capricho o era una necesidad física? Evidentemente, mi naturaleza me obligaba a buscar sangre, ¿pero tenía que ser la sangre de una criatura pura? No, no tenía que serlo: no era más que un banquete del que deseaba disfrutar más que de cualquier otro.

—Porque debo —me limité a responder, sonriendo ligeramente.

Ella se me quedó mirando, con las pestañas doradas agitándose suavemente sobre sus ojos de verde esmeralda mientras parpadeaba mirándome.

Me devolvió la sonrisa.

—Te propongo un trato.

—No estás en situación de proponerme nada.

Me crucé de brazos, sin perder mi sonrisa suficiente de satisfacción.

—Ah, pero creo que este trato te va a gustar. Tu vida por la mía.

Estallé en carcajadas. ¿Qué podía enseñarle esta niña tonta a un ser tan antiguo como yo?

Se inclinó hacia delante y me agarró los brazos y sus ojos verdes capturaron los míos, azules como el hielo. En su rostro brillaba la dulzura, la bondad. No, no podía matar a esta criatura inocente. No quería hacerlo... sentía demasiada curiosidad.

—Muéstrame. —Su voz sonaba apremiante. Mi sonrisa suficiente se convirtió en una sonrisa tranquila. ¿Así que quería viajar con una inmortal? La idea se asentó en mi mente. Era inusual, pero ¿por qué no?

Eso fue el principio.

Cabalgamos los vientos nocturnos y la llevé a lugares que ningún ser vivo había visto nunca, hicimos cosas que a los mortales no les suele apetecer hacer. A través de ella reviví el brillante mundo diurno, al tiempo que me demostraba ternura y compasión, envolviéndome en su fogoso espíritu.

Estuvimos años jugando juntas, ella y yo. Nos amábamos, pero jamás podríamos admitir ese amor. ¿Cómo podríamos? Yo no era más que una simple hija de la oscuridad, en el mejor de los casos una asesina inmortal sin escrúpulos, en el peor un demonio de las profundidades más negras del infierno. Ella era una alegre criatura del sol, una mortal. En cambio, abandonamos el pretexto de la cazadora y la presa y desarrollamos una amistad que ninguna de las dos quería reconocer.

¿Podría haber sentido amor por ella? No tenía un corazón palpitante, no tenía alma. Mi piel estaba siempre fría y pálida y mis ardientes ojos de zafiro eran lo único que revelaba un mínimo vestigio de vida. ¡Sí! Sí, la amaba más que a nada en el mundo.

Ella era mi mundo.

Estuvimos juntas más de setenta años. Vi cómo se iba transformando de una muchacha que giraba a la luz de la luna, embriagada por la gloria del mundo oscuro, en una mujer madura que me abrazaba y bailaba conmigo en mi ruinoso palacio, y de ahí en una frágil anciana, el pelo dorado convertido hacía ya tiempo en un blanco inmaculado, las manos ajadas por la edad. Y durante todo este tiempo, la luz de sus ojos brillaba con fuerza al verme, al ver a su amante inmortal y no reconocida acercándose a ella.

La última noche que pasamos juntas fue la que se me ha quedado grabada en la mente y ha atormentado todas las noches de mi existencia desde entonces.

La esperé en la oscuridad del bosque, pero no vino a mí. Esperé la noche entera, sintiendo un temor que poco a poco se iba apoderando con fuerza de mí. Seguía sola al empezar el doloroso brillo previo al amanecer. A la noche siguiente, acudí a ella.

Las sangrientas lágrimas de rubí me resbalaban por las mejillas al verla echada en su vieja cama, inmóvil, tan inmóvil. Poco a poco los indicios que me enviaban mis sentidos sobrenaturales consiguieron llegar a mi cerebro casi paralizado por la pena. Su pecho subía y bajaba al respirar penosamente. Sentí que sus labios se curvaban en una sonrisa cuando sus ojos de esmeralda, ahora apagados, se abrieron despacio y sus labios arrugados se entreabrieron en una sonrisa.

—Has venido. —Su voz suave acarició mi agudo oído y su tono triste me partió en dos.

—He venido —dije, con la misma suavidad, sentándome con cuidado en el borde de su cama. Sentí que alargaba la mano para tocarme y se la cogí.

—Nada de lamentaciones —dijo—. Siempre me has dicho eso.

—Así es.

Se hizo un momento de silencio y le acaricié la mano, incapaz de contenerme.

—Por favor, no llores —dijo con ternura y yo apoyé la cabeza en su suave mano, mientras ella me secaba las lágrimas con sus dulces dedos.

Asentí, incapaz de hablar. La realidad del vacío abismal del resto de mi vida inmortal se extendía ante mí. La había tenido a mi lado, riendo, bromeando, durante tanto tiempo que no podía concebir nada más.

—¿Recuerdas nuestra primera noche?

Asentí.

—Ya no puedo cumplir mi parte del trato. Quiero que termines lo que empezaste.

Retrocedí horrorizada. Probar su dulzura, la fuerza de su sangre inocente. ¡No! ¡No podía hacerlo!

—No. —No pude evitar la repugnancia que invadía mi tono.

—¿Por qué? Aquella noche, lo habrías hecho sin dudar. Ahora te pido que lo acabes.

—No puedo... —Me detuve antes de poder terminar. No quería confesar mi profundo amor por ella. Seguía siendo tan indigna como siempre de la hermosa mortal que yacía ante mí.

Ella me miró a los ojos intensamente.

—Nunca he sentido amistad por ti. Era amor. Te amé desde el momento en que te vi mirando por mi ventana. Tenía la esperanza de que pudieras amarme, pero nunca has podido. Así que ahora te pido como a la amiga en la que te has convertido... ¡termina!

Con el corazón inexistente roto, me agaché y tomé su frágil cuerpo entre mis brazos. La estreché, aspirando el antiguo, apenas recordado aroma del sol, la vida y la belleza del mundo diurno. Sabía que mis dientes eran afilados y que podía evitarle el dolor. Con la ternura que había aprendido de ella, le rocé la mejilla con los labios y le empecé a susurrar al oído.

—Te amaré durante el resto de mi vida.

Las palabras eran sencillas y torpes. Busqué en mi interior las palabras que pudieran transmitir mis confusas y complejas emociones, pero no se me ocurría nada.

Sentí que sus brazos se ceñían alrededor de mi cuello cuando atravesé la delicada piel de su garganta y bebí su vitalidad.

No dejó de estrecharme y cuando noté que se quedaba floja entre mis brazos, creí oírla decir:

—Gracias.

Volví a colocar con cuidado su cuerpo inmóvil en la cama y me quedé sentada mirándola, mientras las lágrimas caían despacio de mis ojos.

Se había ido.

Ya no habría más día, ni risas, ni el sonido de su dulce voz rogándome que le enseñara las cosas que había visto. Nunca podría volver a estrecharla entre mis brazos. Destrozada, llena de dolor, desolada, me quedé sentada con mi amor perdido hasta que el sol empezó a iluminar el cielo.

Aquella noche terminó hace doscientos años.

Hice lo que siempre había hecho, vagar por la tierra, cazando, corriendo por la oscuridad con los lobos.

Ya no es suficiente.

Todas las noches, cuando me despierto, siento su presencia fantasmal a mi lado, riendo conmigo, viajando en el viento, corriendo con los lobos.

Lo único que me queda son los recuerdos y el eco de un amor que fui tan estúpida de ignorar, que jamás ha cedido y que me atormentará hasta el fin de los tiempos. Estoy deshecha.

Hace tanto tiempo que no veo el mundo de día. Demasiado tiempo.

Aquí estoy, con el viento nocturno, con los brazos abiertos para recibir el ardiente abrazo del sol, libre por primera vez.


FIN


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