Lucrecia

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright © 2000: Los personajes que aparecen aquí son míos. Reservados todos los derechos. No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: Absolutamente nada.
Aviso de amor/sexo: Este relato refleja una relación amorosa/sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años o si este tipo de historia es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Muchísimas gracias a mi paciente correctora ForevaXena por dedicar un valioso tiempo a leer esto. Sin ella, siempre me hago una empanada gramatical y ortográfica :-) Este relato es fruto de unos deberes propuestos en el Bard's Village. ¡Que disfrutéis!
J Falconer

Título original: Lucretia. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Como siempre, la casa estaba llena.

A madre y padre les gustaba así: a todas horas se veían figuras oscuras entrando y saliendo de los confines de la mansión situada en medio de la nada, amigos y Familia que venían de visita. Una vez al año, invitaban a toda la Familia a una gran fiesta y se permitía que asistieran todos los niños. La casa se llenaba de risas, aplausos borrachos y buenos deseos generales. También venían los miembros de la Familia a los que no se veía a menudo: era una ocasión estupenda de renovar viejas amistades.

Todos los hermanos y hermanas mayores de Luce asistían con sus mejores galas, regresando a la casa por una sola noche y marchándose después para volver a su existencia normal un año más.

Ella se sentía incómoda durante estas celebraciones y desaparecía en cuanto se lo permitían los buenos modales. Siempre se había sentido muy distinta de sus hermanos y aunque los quería a todos, intentaba evitarlos. Sentía que era una vergüenza para sus hermanos y padres. Nunca se burlaban de ella, pero siempre se estremecía cuando oía el vozarrón atronador y jovial de padre y el tintineo mucho más suave de la risa de madre.

Luce no se podía quedar levantada toda la noche, no podía correr tan rápido como sus hermanos. A decir verdad, la oscuridad le daba un poco de miedo y no le hacía gracia pasear por el lago como les gustaba tanto hacer a los demás.

Ensimismada en estos pensamientos, estaba sentada en el estudio de padre, esperando a que llegara con madre.

Quería hablar con ellos. Se había enamorado y deseaba casarse, y quería su bendición.

Suspiró, jugueteando nerviosa con un atizador, preguntándose cómo se lo iba a decir. No creía que la fueran a echar de menos, con ese pelo dorado y esos ojos verdes que tenía, tan distintos al aspecto oscuro de ambos.

Tras ella, la puerta crujió y ella dejó el atizador en su sitio y se sentó encima de las manos, intentando detener su temblor y no hacer caso de su sudor.

Padre la vio y sonrió y madre sonrió tanto como él. Cogidos del brazo, entraron en la habitación y madre cerró la puerta tras ellos.

—¡Hola, cariño mío! —La voz de padre sonaba tan campechana como de costumbre—. ¿Querías hablar con nosotros?

Se puso pálida y tragó, temerosa de su reacción ante lo que estaba a punto de decirle.

—Sí, padre.

Madre intercambió una mirada con padre, preocupada por la evidente desazón de su hija pequeña. Corrió a sentarse al lado de su hija, tirando suavemente de una mano pequeña y cogiéndola con la suya, mucho más grande.

—¿Estás preocupada por algo? —Madre le acarició la mano—. Tienes la mano húmeda.

—Madrepadremeheenamoradoyquierocasarme. —Las palabras le salieron de carrerilla y se puso aún más pálida, si es que eso era posible. Tragó, esperando una gran explosión por parte de sus padres.

Madre y padre se miraron un momento, impasibles.

—¿Nos quieres dar más detalles, cariño mío? —La voz de padre era más seria ahora y se sentó a su otro lado.

—Es alta, morena y muy guapa. —Aunque seguía preparada para una bronca horrible, las cosas parecían ir razonablemente bien, de modo que intentó relajarse un poco.

—¿Es como tú, cariño mío?

Al oír la pregunta de padre, no pudo contenerse. Se encogió y se echó a llorar.

—Sí. —Hundió la cara en las manos, intentando ocultar sus lágrimas y sin querer ver la decepción en los ojos de sus padres.

Luce notó que madre la rodeaba con los brazos y supo que madre y padre se estaban mirando de nuevo. El abrazo de madre seguía siendo cariñoso y al cabo de un momento notó que padre las abrazaba a las dos. Poco a poco, se fue calmando, animada por la tranquila compasión de sus padres.

—¿Te sientes mejor ahora? —La voz de madre era amable y cariñosa.

Luce asintió contra el pecho de padre.

Éste se apartó un poco y luego le levantó la barbilla delicadamente para poder mirarla a los ojos.

—Cariño mío, ya va siendo hora de que tengamos una charla contigo, ¿verdad, madre?

Madre asintió y le acarició la espalda.

Al oír a padre, Luce tragó convulsivamente, llenándose de nuevo de preocupación.

—Cariño mío, esto es difícil para nosotros. Eres nuestra hija pequeña, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, y te queremos.

Madre sonrió y asintió, animándolos a los dos.

Padre sonrió apenas y luego continuó:

—Sabemos que ya tienes edad suficiente para tomar tus propias decisiones y respetaremos cualquier cosa que hayas decidido. ¿Por qué no la traes a la fiesta mañana por la noche, para que podamos darle la bienvenida a la Familia?

Luce se sintió un poco inquieta ante la idea. Sabía que a veces su Familia podía resultar un poco abrumadora, pero la bondad que se veía en los ojos de padre y madre acabó convenciéndola. Mañana por la noche, traería a su amada a la fiesta.

Agachó la cabeza.

—Gracias, padre. Gracias, madre. —Sonrió y sintió que la volvían a abrazar y, por una vez, notó el amor que sentían por ella.

—De nada, cariño mío. Ahora, ¿qué tal si te vas a dormir? Pareces un poco cansada.

Luce sonrió y asintió, saliendo silenciosamente del estudio. Sentía que se le había quitado un peso de los hombros y tenía el corazón alegre. No vio la mirada que intercambiaron madre y padre cuando se marchó, ni la tristeza que había en sus ojos.


—¿Estás segura de que todo va a ir bien?

Luce miró a Sharon y le sonrió tranquilizadora.

—Claro que sí. Madre y padre me lo han dicho.

Luce condujo el coche por el camino oscuro que llevaba a la casa, sin advertir el destello de miedo que apareció en los ojos de su magnífica prometida. La belleza alta, de piel oscura y ojos negros, había aceptado la invitación inesperada de Luce a la fiesta sin apenas una muestra de nerviosismo, hasta que realmente estuvieron cerca del hogar de Luce. Inmerso en una región oscura y extraordinariamente bella de naturaleza salvaje, estaba muy apartado de la civilización, tan aislado como debía estarlo cualquier gran residencia de habitantes misteriosos.

—Lo que tú digas. —Sharon echó una mirada a Luce, preguntándose si merecía la pena.

Dando la impresión de que lo elegía al azar, Luce giró a la derecha por un camino oscuro, mientras los faros del coche apenas conseguían penetrar el denso follaje. El aire estaba inmóvil y hacía calor, como correspondía a la mitad del verano, y a su alrededor flotaban sonidos falsos de risas y susurros. Luce sonrió sin darse cuenta, conduciendo el coche con seguridad a través de la oscuridad aterciopelada.

Los nervios eran ya algo más, se estaban transformando en miedo.

Se detuvieron en el patio, lleno de carruajes, figuras indistintas y ropajes antiguos, y todas las miradas se posaron expectantes en ellas, que oyeron exclamaciones apagadas en el aire nocturno.

Luce sonrió, apagó el motor y salió del coche.

A Sharon no le funcionaban las piernas, a pesar de las instrucciones que les estaba enviando su cerebro.

Al ver que Sharon no se movía, Luce se recriminó a sí misma mentalmente. Una persona tan bella y amable como Sharon debía ser objeto de un mínimo de cortesía; era su derecho, por supuesto. Luce corrió al otro lado del coche y abrió la puerta, alargando la mano para ayudar a salir a Sharon.

Ésta se alegró de llevar guantes largos: así Luce no notaría que tenía las manos frías y sudorosas. Obligando a sus rasgos perfectos a sonreír, se armó de valor y dejó que su cariñosa amante de ojos verdes la sacara del coche y la llevara a la casa.

Estaba llena de gente y Sharon contempló la opulencia con una sensación de desconcierto que competía con el miedo. Uno apenas podía moverse a través de la densa masa de cuerpos. Todos se volvieron para mirarlas, estudiándolas, observándolas con curiosidad.

Luce llevaba a su amante de la mano, sin notar la creciente lentitud de los pasos de la mujer alta, la palidez de sus facciones magníficas. Por fin, la mujer menuda y dorada vio a madre y padre en el centro de la sala, bromeando y riendo con sus hermanos, hermanas y primos. Llena de ilusión, llevó a Sharon hacia ellos.

Padre y madre vieron que su hija pequeña se acercaba a ellos, guiando a una mujer realmente espléndida a través de la multitud. Sonrieron: su hija tenía buen gusto.

—Madre, padre. —Luce estaba casi sin aliento al detenerse ante ellos—. Os presento a Sharon. Sharon, estos son mis padres.

Padre y madre sonrieron encantados y el pequeño grupo que los rodeaba empezó a alzar las copas para brindar por la joven pareja.

La voz de padre se elevó tan atronadora y jovial como siempre.

—¡Bienvenida a la Familia! ¡Debemos brindar por la joven pareja y su eterna felicidad! —Hizo un gesto a los músicos y la música se apagó poco a poco.

Madre sonrió alentadoramente y abrazó rápidamente a su hija pequeña.

—Sí. ¡Que vuestro matrimonio sea tan feliz como el nuestro!

Se oyeron susurros mientras se alzaban las copas, pero un chillido de terror por parte de Sharon sumió rápidamente a la sala en el silencio.

Retrocedió apartándose de ellos, con la bella cara transformada por una mueca de asco y repugnancia, la piel pálida de terror hasta el punto de parecer enferma. Se concentró en Luce.

—¿Les has dicho que nos íbamos a casar? ¿Por qué? ¿Por qué iba a querer casarme con un bicho raro como tú? ¿Qué demonios he dicho para caigas en tan craso error? ¡Jamás, ni en mis peores sueños, querría que se me viera en público con un monstruito como tú! ¡Esto no era más que una diversión y has tenido que estropearlo! ¡Este espantoso y horrible ejército de mutantes al que llamas familia y tú podéis iros directos al infierno! ¡Que es donde debéis estar!

La masa de gente se apartó para dejar que la joven alta saliera corriendo de la casa.

Mientras hablaba, Luce sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos y cayó de rodillas llorando al tiempo que de su mano abierta caía una bolsita con un anillo de oro.

Poco a poco, un círculo de personas fue rodeando a la joven y a sus padres, con ojos desorbitados que mostraban diversos grados de ira, disgusto, compasión, pena, comprensión y amabilidad.

Luce lloraba, casi con demasiado dolor para darse cuenta de que padre se arrodillaba a su lado con madre. Estrechó a su hija pequeña entre sus brazos.

—Oh, cariño mío. —Su tono era compasivo y comprensivo y madre y él la acunaron como no habían hecho desde que era pequeña.

Sintiéndose más distinta que nunca, se apartó de sus brazos.

—¡Tiene razón! ¡Soy un monstruo! ¡Mi sitio tampoco está con vosotros!

Hubo una serie de murmullos y exclamaciones escandalizadas al oír esto.

—Vamos, vamos, cariño mío, eso no es cierto. —Padre alargó la mano y le acarició cariñosamente la espalda, tranquilizándola—. Ya sabemos que no puedes quedarte con nosotros toda la noche, ya sabemos que no te gusta el lago y que te da miedo la oscuridad. Nada de eso nos importa en absoluto, cariño mío. Eres nuestra hija pequeña y te queremos. Eres parte de nuestra Familia. Queremos que sepas que siempre te cuidaremos, incluso cuando seas vieja. Cuando nos dejes, nos ocuparemos de que tengas un entierro adecuado y lloraremos tu muerte. ¡Siempre conmemoraremos a nuestra hija y amiga, Lucrecia!

Esto fue recibido con aullidos de asentimiento y la multitud se acercó más, seres de ojos amarillos, cuerpos musculosos y peludos junto con criaturas esqueléticas de piel enfermizamente pálida, ojos negros y pelo fibroso que acudían a apoyar a la hija angustiada de padre y madre.

Brujas, licántropos, necrófagos, arpías, fantasmas y demonios, todos y cada uno de ellos bendijeron a Luce, queriendo protegerla de los horrores inmencionables del mundo humano.

Luce volvió a estallar en lágrimas al oír las dulces y amables palabras de padre y dejó que la estrechara entre sus brazos, susurrándole:

—Gracias, padre. Eso significa tanto para mí. Te quiero.

Él se echó a reír, una carcajada de pura alegría, y levantó la copa para reanudar el brindis interrumpido.

—¡Me gustaría brindar por nuestra hija pequeña, Lucrecia! ¡Ha vuelto a la Familia y está en casa!

La sala estalló en vítores y aplausos y Luce sintió las caricias de garras, pezuñas hendidas y manos ásperas, esqueléticas y carnosas que le demostraban su apoyo y su amor.

Por fin, en sus labios se fue dibujando una sonrisa y sintió que su corazón empezaba a sentirse más ligero.

Los músicos reanudaron el alegre vals que habían estado tocando cuando entró la joven y por primera vez en su vida, Luce bailó con madre y padre. No tardó en olvidar su tristeza, sumergida en la marea de aceptación que la mecía dulcemente en sus brazos.

Las horas más oscuras de la noche la encontraron bailando hacia el amplio balcón, intentando recuperarse de otra animada danza con su hermano mayor, que no paraba de reír. Un sonriente y salvaje tío suyo de ojos amarillos quiso cogerla, para que volviera al baile, pero su tía arpía se dio cuenta de que estaba agotada y sin aliento, sonrió cariñosamente y se lo llevó con ella para girar por la sala.

Tratando de recuperar el aliento, la sonriente Luce se apoyó en la barandilla de mármol, disfrutando de la noche.

Se sobresaltó cuando una mano delgada y grande salió de las sombras.

—Toma, creo que se te ha caído esto.

Intentando penetrar la oscuridad, Luce vio a una mujer alta de pelo negro azulado que se materializaba despacio, alargándole la bolsita.

—Gracias. —Luce se hundió en unos ojos cristalinos de un azul casi incandescente, una piel de alabastro y unos cabellos largos y relucientes.

Hubo un silencio cómodo mientras en los labios rojos como el rubí se dibujaba una sonrisa dulce que reveló unos dientes afilados y blancos.

—Soy tu prima Elsabeth.

Luce obligó a su cuerpo paralizado a entrar en movimiento y alargó la mano para coger la bolsita de los largos dedos, incapaz de evitar el pequeño contacto cuando sus dedos acariciaron los de la enigmática Elsabeth.

—Yo soy Lucrecia. Luce para abreviar.

Un metro ochenta de cuerpo esbelto y femenino se acercó inconscientemente a la petrificada Luce, acariciándola con su voz seductora.

—Encantada de conocerte.

—Encantada yo también de conocerte.

Dentro de Luce algo se desprendió y tocó a Elsabeth, encontrándose con su equivalente, y ambos empezaron a enredarse y poco a poco acabaron estrechamente entrelazados.

Madre y padre estaban observando desde la puerta cuando los brazos de Elsabeth tiraron despacio de Luce para abrazarla estrechamente, una bienvenida más de la joven a la Familia. El brazo de padre rodeó la cintura de madre y los dos suspiraron satisfechos.

—Cuánto me alegro de que Elsabeth haya podido aceptar nuestra invitación este año. —La voz aliviada de madre era suave, como siempre, y padre sonrió dulcemente.

Por una vez, la voz de padre sonó como la de ella.

—Sí, lo sé. Lucrecia se merece lo mejor.

Mientras los labios de Luce y Elsabeth se juntaban en un delicado beso, padre y madre se sonrieron el uno al otro.

—Me parece que vamos a celebrar una boda este año.

—Ya lo creo, querida mía, ya lo creo.


FIN


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