El Reino del Hielo

Jordan Falconer



Descargo: Xena, Gabrielle, etc. pertenecen a MCA/Universal y Ren Pics y cualquier otra persona que tenga intereses en Xena, la Princesa Guerrera, no a mí.
Copyright © 2000: Los personajes que aparecen aquí son míos. Reservados todos los derechos. No se permite copiar o usar parte alguna de esta obra en forma, modo o método alguno sin el consentimiento expreso por escrito de la autora. Si queréis usar algo, sólo tenéis que pedirlo... amablemente.
Aviso de violencia: Este relato describe escenas de violencia y/o sus consecuencias. No hay nada muy gráfico, pero es posible que los lectores a los que les ofenda o impresione este tipo de descripción deseen leer otra cosa.
Aviso de amor/sexo: Este relato refleja una relación amorosa/sexual entre dos mujeres adultas con consentimiento mutuo. Si sois menores de 18 años o si este tipo de historia es ilegal en el estado o país donde vivís... largo, largo, aquí no hay nada para vosotros...
Sois libres de escribirme con cualquier comentario/sugerencia que se os ocurra. Las críticas constructivas son bien recibidas, las destructivas no. J Falconer
Muchísimas gracias a mi paciente correctora ForevaXena por dedicar un valioso tiempo a leer esto y guiarme amablemente por el buen camino. Este relato es para mi amada y preciosa Rach sin la cual jamás habría sido escrito.

Título original: Kingdom of Ice. Copyright de la traducción: Atalía (c) 2002


Érase una vez una tierra que estaba dividida en cuatro reinos. Tierra, Aire, Fuego y Agua. Estaban gobernados por poderosos reyes, el rey de la Tierra, el rey del Aire, el rey del Sol y el rey del Hielo. Los reinos vivían en armonía, pero los habitantes miraban a sus vecinos con envidia y empezaron a codiciar las riquezas de los demás reinos. Dos de los reinos consiguieron superar sus diferencias y vivir en paz y buena voluntad con los otros reinos, pero el Fuego y el Hielo acabaron yendo a la guerra. Al principio, la guerra iba igualada, pero con el paso del tiempo, el Hielo empezó a adquirir ventaja. Un príncipe terrible, nacido en el fragor de la batalla, había empezado a llevar a la victoria a las legiones del Hielo.

El precio para ambos reinos fue muy alto. El Fuego, liberado del Hielo, vivía en una tierra abrasada y presa de la sequía. El Hielo, privado del Fuego, vivía en un eterno invierno, sin que el calor bendijera sus tierras glaciales. Su pueblo se moría de frío y de hambre. En una ocasión, al regresar de un combate especialmente encarnizado, el príncipe del Hielo volvió a casa y vio a una mujer joven que se esforzaba por proteger a sus hijos del frío glacial. La escarcha que cubría el corazón del príncipe del Hielo se derritió al ver a los niños acurrucados, mirando al ejército del Hielo con ojos aterrorizados. En cuanto vio al rey, que había salido a recibir a su más fiero guerrero, el príncipe depuso las armas y rogó por la vida del pueblo.

—Padre, hemos perdido a la mitad de nuestra gente sólo en esta batalla. ¡Cuántos muertos y moribundos por una ofensa imaginaria! No podemos seguir viviendo en este estado de odio y venganza, nuestro pueblo está casi aniquilado. Si seguimos así, no nos quedará nada sobre lo que gobernar, ¡nuestro reino y nuestro futuro serán una ruina sangrienta! ¡Los supervivientes de esta guerra no tendrán hogar y nos maldecirán durante generaciones!

El rey quedó tan conmovido por el apasionado discurso del príncipe del Hielo que salió del patio del palacio para ver a sus súbditos. Al ver el sufrimiento de su pueblo volvió a conmoverse tanto que al día siguiente envió un embajador al rey del Sol para pedir la paz. Por fin, tras muchas discusiones y peleas, se elaboró un tratado de paz entre los reinos, que se sellaría con la boda del príncipe del Hielo con la princesa del Sol. Por primera vez desde hacía años, como gesto de buena voluntad, en el Reino del Sol hubo lluvia y en el Reino del Hielo hubo un suave deshielo. Los ciudadanos de los reinos rebosaban de alegría; pero en los palacios no todo eran fiestas.

Caitlin, la hija del rey del Sol, una joven de dieciocho años, estaba muy inquieta por tener que casarse con un hombre de fama tan sanguinaria al que ni ella ni nadie habían visto jamás. Era una persona bondadosa y amable, sin experiencia en materia de hombres y muy nerviosa ante la idea de tener que cumplir con sus deberes conyugales, sobre todo después de que se los hubieron explicado. Estuvo vagando por el palacio llena de terror y preocupación hasta que llegó el momento de viajar al Reino del Hielo para intercambiar los votos matrimoniales.

El viaje fue demasiado rápido y sin incidentes. Caitlin iba escoltada por dos séquitos de guerreros. El del rey del Sol estaba al mando de la pelirroja capitana de la guardia, una mujer llamada Sumatra. El capitán de la guardia del rey del Hielo, un hombre afable de pelo negro como ala de cuervo llamado Carribus, estaba al mando del otro. Por fin, llegó el día de su llegada al Reino del Hielo. El príncipe no salió a recibirla como esperaba y Carribus se echó a reír cuando lo comentó.

—¡No tardaréis en conocer a Su Alteza! —fue lo único que dijo.

Un chambelán flaco y pálido la llevó a sus aposentos, donde se refrescó, y luego a las habitaciones del rey del Hielo para conocer al rey.

Cuando llegó a los aposentos del rey, éste despidió a los criados y la invitó a ponerse cómoda. Le preguntó:

—¿Estáis dispuesta a casaros con el príncipe, sin haberlo visto nunca?

Caitlin expresó su consentimiento con voz suave, pensando en sus padres y sus súbditos.

—¿Estáis dispuesta a casaros con él aunque sea deficiente y un adefesio? —preguntó el rey, mirándola atentamente, con sus impresionantes ojos azules claros.

De nuevo, ella lo pensó un momento y dijo:

—Sí.

Al cabo de una serie de preguntas de este tipo, a cada una de las cuales contestó con un sí, empezó a creer que se iba a casar con un retrasado deforme.

—Ya es hora de que conozcáis al príncipe —dijo el rey, llamándolo para que se presentara.

Caitlin se quedó sin habla cuando de entre las sombras salió la mujer más bella que había visto jamás. Era alta, altísima, y muy musculosa, de largo pelo negro y los ojos azules como el hielo más arrebatadores que había visto nunca. Se la quedó mirando fijamente hasta que la mujer preguntó apaciblemente qué estaba mirando. Caitlin se puso como un tomate y apartó la vista, confusa. Todavía sentía restos de la oleada de pasmo e incredulidad que la había invadido. Por fin, perdió los estribos.

—¿ESTÁIS LOCOS? ¡NO VOY A HACERLO, SOY LA PRINCESA DEL SOL! ¡PARECÉIS HABER OLVIDADO QUIÉN SOY!

Se pasó un buen cuarto de marca expresando a gritos su negativa a casarse y esta vez fue el príncipe quien se ruborizó, para después alzar una ceja negra mientras la diatriba continuaba.

El rey del Hielo, que era un buen hombre, esperó hasta que se le agotaron los gritos y luego intentó convencerla para que hiciera lo más conveniente para su pueblo.

—Soy padre de mi pueblo. Jovencita, se están muriendo y no se lo merecen.

Caitlin salió enfurecida de la estancia, diciéndole que tomaría una decisión y sabiendo que la respuesta tendría que ser sí.

Cuando estaba sentada a solas en sus aposentos llorando, oyó que alguien llamaba suavemente a la puerta y le gritó que se marchara. La persona resultó ser muy insistente. Oyó que se abría la puerta y tomó aliento para reprender al intruso, luego levantó la mirada y vio que se trataba del príncipe del Hielo. Los ojos azules celestes eran muy amables. El príncipe era unos cinco años mayor que ella y le dijo que se había disgustado tanto como ella cuando se enteró: esto era igual de malo para ella. Pero quería la paz y acabar con la lucha. Podían ser amigas y no iba a oponerse en absoluto a que Caitlin tuviera amantes. Ante el sonrojo y el acuerdo balbuceante de Caitlin, se apresuró a añadir que, al menos por su parte, no esperaba que Caitlin cumpliera ningún deber conyugal con ella.

El príncipe abrazó a la mujer, sintiendo una descarga que le atravesó el cuerpo con el contacto. Estuvieron abrazadas un segundo más de lo necesario, hasta que el príncipe carraspeó y le dijo que se tenía que ir: era el cambio de guardia y la estaban esperando. El príncipe la dejó y un día después Caitlin se lavó la cara y salió de sus aposentos.

Solicitó ver al rey del Hielo y cuando el esquelético chambelán la llevó a su presencia, miró profundamente al rey a los ojos, tan parecidos a los del príncipe y tan bondadosos.

—Sí —fue lo único que le dijo y luego regresó a sus habitaciones.

El día de la boda fue turbulento. Una vez pronunciados los votos, el rey del Sol descubrió que lo habían engañado y se puso furioso. Sin embargo, el rey del Hielo le informó con calma de que su hija había sido nombrada príncipe heredero al nacer y, por lo tanto, desde el punto de vista legal, era un hombre. De modo que el matrimonio era válido: "él" era el heredero del trono del Hielo. El rey del Sol ardía de rabia, incluso después de descubrir que su hija se llevaba bien con el príncipe del Hielo. Las relaciones se pusieron tan tensas que estuvieron a punto de romperse, pero ya eran corteses cuando el séquito del Sol se marchó: el rey del Hielo se había asegurado de que todas las criadas que atendían al rey del Sol fueran muchachas bonitas.

Con el tiempo, Caitlin acabó encantada con su vida en el Reino del Hielo. En el Reino del Sol, siempre se había visto obligada a llevar una vida pasiva y decorativa. Aquí aprendió a manejar armas, se iba a montar a caballo y de pesca con el príncipe y quería al rey del Hielo como a un padre. Acabó conociendo muy bien al príncipe, le tenía mucho cariño y sentía una profunda afinidad con ella. Pero no tardó en sentir cosas muy poco fraternales por su marido. Adoraba la blanca sonrisa, la voz ronca, y con frecuencia luchaba por no ahogarse en esos ojos azules como el cielo. No había cosa que le gustara más que observar el movimiento de los duros músculos de la guerrera bajo la camisa a la más mínima oportunidad y agarrarse al fuerte cuerpo cuando paseaban por los campos, ahora exuberantes y verdes. No le gustaban mucho los caballos, pero aprovechaba la excusa para sujetarse al fornido cuerpo durante largo rato.

Al príncipe le encantaba sentir a Caitlin en sus brazos. Era cariñosa y ese cariño era correspondido con creces. El príncipe tomaba muchas amantes, con la esperanza de borrar de su mente la imagen de pelo dorado e inocentes ojos verdes a la que no tenía derecho, pero estas aventuras no la llenaban y sólo servían para que se sintiera más melancólica. Pasó un año, en el curso del cual las dos tuvieron tiempo de darse cuenta de que se habían enamorado profundamente, pero tenían miedo de confesárselo la una a la otra por temor a perder su profunda amistad.

Entonces, un día, ocurrió el desastre. La capitana de la guardia del Sol, Sumatra, que se había quedado para proteger a la princesa y a quien el príncipe del Hielo había tomado de buen grado para luego rechazarla cuando el príncipe empezó a darse cuenta de cuáles eran sus verdaderos sentimientos, estaba corroída por los celos. Se puso en contacto en secreto con el rey del Sol y le contó horribles falsedades sobre el príncipe del Hielo. El rey del Sol, al enterarse del maltrato de Caitlin a manos del Hielo, montó en cólera. Eso, unido al resentimiento que consumía su negro corazón por el matrimonio, lo llevó a planear una cruel venganza. Con ayuda de Sumatra, recuperarían a la princesa del Sol y asestarían un golpe fatal al rey del Hielo.

Hacía un día precioso y cálido cuando el príncipe del Hielo y Caitlin salieron a disfrutar de un paseo a caballo por el exuberante bosque que rodeaba el palacio. De repente, fueron atacadas por las tropas ocultas del Sol, al mando de Sumatra. La lucha fue encarnizada. El príncipe del Hielo iba ganando cuando un arquero oculto en los árboles, incapaz de conseguir un buen blanco hasta que la violencia empezó a disminuir, se puso a disparar flechas rápidamente contra Caitlin. Mientras el príncipe atrapaba las flechas, un dardo de ballesta disparado por Sumatra la alcanzó en el hombro. El príncipe del Hielo se tambaleó un segundo, lo suficiente para que un guerrero del Sol, casi inconsciente, la atravesara con la espada. Se desplomó, despacio, mientras su paralizada esposa miraba sin comprender. De repente, todo cobró sentido y Caitlin soltó un alarido, tirándose sobre el príncipe caído. Acunó al príncipe inmóvil en sus brazos mientras sus ojos derramaban torrentes de lágrimas que caían sobre el rostro blanco del príncipe del Hielo. Cuando la sangre manaba del cuerpo destrozado sobre la desolada princesa del Sol, las magulladas tropas del Sol se mostraron inflexibles y la alejaron a rastras de su amor, dejando el cuerpo abandonado en el claro del bosque, y se la llevaron al Reino del Sol.

Cuando llegaron al Reino del Sol, Caitlin estaba pálida y ojerosa y aplastada por el dolor. No quería más que regresar al Reino del Hielo para quedarse con el rey del Hielo y visitar la tumba del príncipe. Se le negó el permiso para hacerlo y cuando intentó escapar, la encerraron en la torre. Caitlin no volvió a intentar escapar. Quería al Reino del Hielo más que al Reino del Sol y rezaba para que el rey del Hielo la rescatara, al tiempo que su corazón penaba por su príncipe caído. Ocupaba los días escribiendo historias sobre su estancia en el Reino del Hielo, con el corazón y el espíritu destrozados por la pérdida y el lamento de un amor no declarado que había perdido.

Varios meses después, las tropas del Hielo marcharon contra el Reino del Sol. La llegada fue anunciada por una pronunciada caída de la temperatura y feroces y sanguinarios combates. El Reino del Hielo se hizo con la ventaja rápidamente: al mando de las tropas iba el rey del Hielo en persona, brillante comandante militar por derecho propio.

Al cabo de siete días y siete noches, los combates terminaron por fin y se abrió la puerta de la celda de Caitlin. Carribus, sonriente y despeinado, apareció en la puerta, para escoltarla hasta el trono del Sol. Ella dejó de buen grado que Carribus la llevara ante el rey del Hielo. Lo saludó con lágrimas en los ojos y se lanzó a sus brazos.

Él la abrazó y dijo:

—Jovencita, hemos venido a buscarte. He traído a alguien conmigo que, durante las dos últimas estaciones, no ha querido otra cosa que verte. —La soltó con delicadeza y se apartó.

Detrás de él, Caitlin vio al príncipe del Hielo, con la cara pálida pero con una radiante sonrisa para ella sola. Por tan sólo un segundo, Caitlin se quedó conmocionada, con el corazón en un puño, y luego se lanzó a los brazos abiertos de la guerrera y sus lágrimas de alegría cubrieron el hermoso pecho.

El príncipe del Hielo le levantó la cara bañada en lágrimas y una vez más se encontró contemplando aquellos ojos azules celestes que nunca había olvidado y una sonrisa que se le había quedado grabada en el corazón.

No pudo contenerse más.

—Príncipe, te amo y siento muchísimo no habértelo dicho nunca. Cuando creí que... tú... tú... lo único en lo que podía pensar era que no habías llegado a saberlo.

Con eso, atrajo la cara del príncipe del Hielo a la suya y la besó con una pasión totalmente correspondida. El efecto del beso sobre sus sentidos hizo que agradeciera que el príncipe del Hielo la estuviera sujetando.

—Me llamo Morgan, no príncipe —le susurró el príncipe—. Te amo. Siempre te he amado y te amaré para toda la eternidad.

Cuando volvieron a besarse, profunda y apasionadamente, las tropas del Hielo las aclamaron.

Caitlin se echó hacia atrás un poco y miró hondamente a los ojos de Morgan azules como el cielo. Se obligó a hacer la pregunta, con los ojos arrasados de lágrimas y cargados de emociones.

—¿Cómo? ¿Si estaba segura de que estabas...? —Se le apagó la voz, incapaz de continuar.

Morgan le cogió suavemente la cara entre las manos y con dedos delicados y callosos, secó las lágrimas del rostro de su amor. Al contestar, habló en voz baja y ronca.

—Debes agradecérselo a mi padre, el rey. Supo que te amaba mucho antes que yo misma. Carribus nos fue a buscar al ver que no volvíamos. Me llevó hasta mi padre. Estuve a punto... pero él me sostuvo y me habló de tu amor por mí y me pidió que te escuchara... él, y tú, me trajisteis de vuelta...

Aquello renovó el llanto de Caitlin. Incluyó al rey del Hielo en su abrazo.

—Te quiero, padre de mi corazón, y no hay agradecimiento suficiente para lo que has hecho por mí... por nosotras...

—Hija de mi corazón, era lo menos que podía hacer por las dos...


Morgan y Caitlin se quedaron en el Reino del Sol para gobernar con compasión y sabiduría. El rey del Hielo regresó al Reino del Hielo, para vivir el resto de sus días unido a su pueblo. A partir de entonces, los dos reinos fueron conocidos como la Tierra de la Primavera.

Casi dos años después de su boda oficial con el príncipe del Hielo, Caitlin acudió voluntariamente al lecho de Morgan, donde por fin consumaron el profundo amor que sentían la una por la otra.

El rey y la reina del Sol fueron enviados al exilio por destruir la frágil paz que unía a las tierras, pero fueron acogidos por los reinos vecinos y sometidos a arresto domiciliario y nunca más se los volvió a ver. Sumatra fue decapitada por su participación en el intento de destrucción de la paz entre los reinos.

Y vivieron felices y comieron perdices.


FIN


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